No te rindas

Era mitad del siglo XIX y se escuchaba en las oficinas de la " Escuela Primaria de un pequeño pueblo de Ohio en los Estados Unidos, la siguiente conversación.

  • El niño tiene un leve retraso mental que le impide adquirir los conocimientos a la par de sus compañeros dé clase; debe dejar de traer a su hijo a esta escuela.

A la mujer no pareció afectarle mucho la sentencia de la maestra, pero se encargó de transmitirle a su hijo que él no poseía ningún retraso y que Dios, en quien confiaba fielmente desde su juventud, no le había dado vida para que no siguiera adelante, sino para ser un hombre de éxito.

Tuvo sólo 3 meses de educación formal, porque su madre lo sacó de la escuela y se encargó de su enseñanza. Hacía demasiadas preguntas para lo que estaba acostumbrado m maestro de escuela.

Pocos años después, este niño, con sólo 12 años, fundó un diario y se encargaba de venderlo en la estación de ferrocarril.

No fue todo; se dedicó a estudiar los fenómenos eléctricos, y gradas a sus estudios logró perfeccionar el teléfono, el micrófono, el megáfono, y otros inventos como el fonógrafo, por citar sólo alguno.

Qué lejos quedaba en el recuerdo del niño las palabras de su maestra. Todo parecía conducirse sobre ruedas, hasta que un día se encontró con un gran obstáculo: su mayor proyecto se estaba desvaneciendo ante sus ojos, había buscado incansablemente la forma de construir un filamento capaz de generar una luz incandescente, pero que al mismo tiempo resistiera la fuerza de la energía que lo encendía.

Sus inversionistas estaban impacientes, sus competidores parecían acercarse a la solución antes que él, y hasta sus colaboradores se encontraban desesperanzados.

Luego de tres años de intenso trabajo, uno de ellos le dijo:

  • Thomas, abandona este proyecto; ya llevamos más de tres años y lo hemos intentado en más de dos mil formas distintas y sólo conocemos el fracaso en cada intento.

La respuesta no se hizo esperar y se dirigió a él con la misma vehemencia que su madre había tenido unos 25 años atrás…

  • Mira, no sé que entiendes tú por fracaso, pero de algo sí estoy seguro, y es que en todo este tiempo aprendí que antes de pensar en dos mil fracasos, he descubierto más de dos mil maneras de no hacer este filamento y eso me da la pauta de que estoy encaminado.

Pocos meses después iluminó toda una calle utilizando la luz eléctrica.

Su nombre fue Thomas Alva Edison, una persona que entendió la manera de vivir de gloria en gloria, y pudo ver aún en las tormentas más fuertes, el pequeño sendero que lo llevaría al éxito.

No sólo palabras

Un candidato a un puesto público de nuestro país estaba haciendo su campaña, para obtener el mayor número de votos.

Uno de los electores decidió I someterlo a una prueba. Una | noche, ya tarde, llamó a la puerta | del candidato y le dijo:

  • Necesito ayuda. Se paró mi carro. ¿No podría usted hacerme el favor de darme un empujón?
  • Por supuesto - se oyó desde el interior de la casa y los dos hombres salieron rumbo al
    coche.

Al llegar al automóvil, el propietario se subió y dejó sorprendido al candidato, poniendo inmediatamente en marcha el motor.

Asomándose por la ventanilla, el elector le dijo al admirado candidato:

  • Únicamente quería saber si usted es el tipo de hombre por quien se puede votar.

Esta, es una prueba que valdría la pena hacer a muchos candidatos a puestos públicos. Porque es muy fácil hablar sobre el amor y el servicio al prójimo.

Ayudando, es cuando demostramos nuestro verdadero deseo de servir a los demás.

No me traigas flores nunca más

El anciano cuidador de un pacífico y solitario cementerio recibía todos los meses un cheque de una mujer, una inválida de un hospital ubicado en la ciudad cercana. El cheque estaba destinado a comprar flores para la tumba de su hijo, que había muerto en un accidente de automóvil, un par de años atrás.

Un día, un auto entró en el cementerio y se detuvo frente al edificio de la administración cubierto de hiedra donde estaba el cuidador. Un hombre lo conducía. En el asiento trasero había una dama anciana, pálida como la muerte, con los ojos a medio cerrar.

  • La señora está demasiado enferma para caminar -le dijo el chofer al cuidador-. ¿Le molestaría venir con nosotros a la tumba de su hijo? Tiene un favor que pedirle. Vea, se está muriendo y me ha pedido, por ser un viejo amigo de la familia, que la traiga aquí para echar una última mirada a la tumba de su hijo.
  • ¿Es la señora Wilson? -preguntó el cuidador.
    El hombre asintió.
  • Sí, sé quién es. Es la que me envía un cheque todos los meses para ponerle flores a la tumba de su hijo.

El cuidador siguió al hombre al auto y se sentó junto a la mujer. Era frágil y evidentemente estaba muy cerca de la muerte. Pero había algo más en su rostro, advirtió el cuidador: unos ojos oscuros y tristes que ocultaban alguna herida profunda y perdurable.

  • Soy la señora Wilson -susurró-. Todos los meses de los últimos dos años…
  • Sí, lo sé. Me he ocupado de eso, como me pidió.
  • He venido aquí hoy -prosiguió-, porque los médicos me dicen que sólo me quedan unas semanas de vida.

Pero antes de morir, quería venir a , echar una última mirada y arreglar con usted para que siga poniendo flores en la tumba de mi hijo.

Se la veía extenuada; el esfuerzo de hablar agotaba sus fuerzas. El auto se abrió paso por
una estrecha senda de adoquín hacia la tumba. Cuando llegaron a ella, la mujer, con lo que
parecía ser un esfuerzo enorme, se levantó ligeramente y miró por la ventanilla hacia la lápida de su hijo.
No hubo ningún ruido durante los momentos que siguieron: sólo el piar de los pájaros en los altos árboles añosos diseminados entre las tumbas.
Por fin, el cuidador habló.

Sabe, señora, siempre lamenté que siguiera enviando dinero para las flores.

Al principio, la mujer pareció no haber oído. Luego, lentamente se volvió hacia él.

  • ¿Lamentó? -susurró-. ¿Se da cuenta de lo que está diciendo? Mi hijo…
  • Sí, lo sé -repuso, él cariñosamente-. Pero ¿sabe? pertenezco a una parroquia que todos los días visita hospitales, asilos, prisiones. Allí vive gente que necesita alegría y la mayoría de ellos aman las flores, pueden verlas y olerías. Esa tumba… -dijo-, la que está ahí… No hay nadie vivo, nadie que vea y huela la belleza de las flores… - Apartó la mirada, mientras su voz se apagaba.

La mujer no respondió, sólo se quedó mirando la tumba de su hijo. Después de un tiempo que parecieron horas, levantó la mano y el hombre los llevó de nuevo hacia la oficina del cuidador. El se bajó y sin una palabra, se alejaron.

"La ofendí -pensó-. No debería haberle dicho lo que le dije".

Algunos meses más tarde, sin embargo, se asombró al tener otra visita de la mujer. Esta vez no había chofer ¡Ella misma manejaba el auto! El cuidador casi no podía creer lo que veía.

  • Tenía razón -le dijo-, con respecto a las flores. Por eso no hubo más cheques. Después de que volví al hospital, no pude sacarme sus palabras de la cabeza. De manera que empecé a comprar flores para los pacientes del hospital, que no tenían ninguna.

Me dio tamaña sensación de alegría ver cuánto las disfrutaban, sobre todo viniendo de una completa extraña. Los hacía felices, pero más que eso, me hacía feliz a mí misma.

Los médicos no saben -prosiguió- qué es lo que de pronto me ha hecho bien, ¡pero yo sí!

Lleva flores, ¡pero a los vivos!

No esperes

Cuando la gente recuerda lo que de su vida ha sido, se refleja en sus rostros una frase triste y vacía; "SI YO HUBIERA".

Sin embargo, es tiempo. Piensa que HOY es el primer día del resto de tu vida.

No esperes a perder algo, para darte cuenta de lo que tuviste. Voltea a tu alrededor y ve el valor de todo lo que posees.

No esperes a estar derrotado, y lucha por el triunfo; mientras más tiempo dejes pasar, más trabajo te costará alcanzarlo.

Ya no esperes, mira que el tiempo corre y de ti depende convertir los minutos de tu vida, en escalones que te lleven a la cima.

No esperes a estar hasta abajo para intentar levantarte. Piensa cuántas cosas importantes has dejado de hacer por creer que aún hay tiempo.

Seguramente se han quedado en tu pensamiento.

Entonces no esperes que pase el tiempo para empezar, pues únicamente tienes seguro el tiempo que estás viviendo AHORA.

Aprovéchalo, ¡VÍVELO!

"Día a día, lo que eliges, lo que piensas y ¡o que haces es en quien te conviertes"

No escuches…

No escuches a los mediocres que te dicen: ¡no se puede!

No escuches a los cobardes que te dicen: ¡no te arriesgues!

No escuches al desconfiado que te dice: ¡yo no creo!

No escuches a los ociosos que te dicen: ¡no trabajes!

Ni escuches al fracasado que te dice: ¡no lo intentes!

Sólo escucha al optimista que te dice: ¡avanza, tú puedes!

Sólo escucha a los valientes que te dicen: ¡no te rindas!

Escucha al inteligente que te invita a usar la mente

Escucha a los entusiastas que te animan y dan aliento.

A los grandes triunfadores que sueñan con lo imposible.

Escucha a los que conocen el camino a la victoria.

Encontrarás el tesoro más grande que hay en la vida:
la libertad verdadera.

Eres un ser total, sin fronteras, sin límites…¡CREADO A IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS!

Más vale paso que dure y no trote que canse

En cierta ocasión, dos apuestos y entusiastas jóvenes decidieron probar fuerzas ascendiendo una montaña peligrosa e inclinada. Para tan duro ejercicio, al cual no estaban acostumbrados, hicieron acopio de todos los arreos indispensables, y una mañana clara y luminosa emprendieron, con los bríos propios de la juventud, la trabajosa ascensión.

Con paso rápido y ligero avanzaban cuesta arriba, cuando en mitad de la jornada encontraron un pobre leñador, bien entrado en años, que con pasos lentos y menudos pretendía, como los dos jóvenes, llegar a la cumbre de la montaña.

Los dos ágiles montañistas no tardaron en perder de vista al leñador, en tanto comentaban, compadecidos sinceramente, la audacia del anciano, que así agotaba vanamente sus pocas fuerzas y ponía en peligro su vida.

Tres horas después, cuando aquellos jóvenes, sofocados, sudorosos y tendidos sobre la yerba, trataban de recuperar por tercera vez sus energías ya agotadas, vieron con asombro que el viejo leñador llegaba a la cima sin dar muestras de ningún cansancio excesivo.

Confusos y dolidos, los valerosos deportistas no pudieron menos que reconocer cuan ilusas son a veces las presunciones de la juventud, y al mismo tiempo descubrían, en el mesurado, prudente y constante esfuerzo de quien, a juicio de ellos, no alcanzaría las alturas; la razón del buen éxito por él logrado.

En efecto, ¿qué trabajo, qué actividad no es susceptible de reducirse, como el caminar, a una sucesión de pequeños actos parciales de cuya perfección depende la de la obra total que emprenda?

¿Quién podría negar que no basta para augurar el triunfo el entusiasmo con que se inicia cualquier empeño o trabajo? ¿Qué buen resultado se alcanzaría si faltan la paciencia y la constancia para llevar a término los pequeños detalles inherentes a toda obra?

En la verdad, cuánto depende la constancia y firmeza que pongamos en nuestras realizaciones, la calidad de ellas. Todos podemos alcanzar la meta que nos hayamos señalado, con tal de que nos resolvamos a perseguirla con esmero y perseverancia, pues lo que más cuenta para el avance no es la velocidad, sino el movimiento ininterrumpido.

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