La esperanza

Dicen que la esperanza ya estaba muy anciana. Se sentía muy débil y casi no se podía mover. Al verla así en estado tan desalentador, Dios se compadeció.
Delante de la anciana, apareció en una forma de luz.
Ella, que ya casi no veía, pudo, sin embargo, reconocer la luz y sabía quién era.

  • ¿En qué puedo servirte? - le preguntó ella a Dios.
  • Soy yo quien estoy aquí para servirte. Has sido mi fiel servidora todos estos años. Cada vez que un hijo mío se encontraba en dificultades y no podía ver la salida de un problema, aparecías delante de él, no importando la hora o cuánto tenías que viajar. Lo alentabas y le devolvías la sonrisa en la cara.

Viéndote ahora en tal estado, me siento obligado por tus servicios a ayudarte. Dime, ¿qué deseas?
La esperanza no contestó de inmediato. Tras pensar mucho, volteó su cara hacia Dios y le dijo:

  • Quiero continuar sirviéndote, mi Señor, a Ti y a tus hijos, ya que yo también soy tu hija. Pero, como ves, mal puedo moverme. Ayer oí el grito angustiado de una madre, pero estaba al otro lado del planeta y al llegar allá, no había qué hacer por ella, pues se había quitado la vida -hizo nuevamente una pausa y continuó-. Si es posible, Señor, quiero dos cosas.
  • Lo que sea. - Lo primero que quiero son alas. Alas que me lleven más rápido que la luz, hacia dondequiera que yo sea necesitada.

Sintiendo una leve comezón en la espalda, con dificultad la anciana esperanza llevó su mano a la espalda y constató dos hermosas alas brillantes.

  • ¡Gracias, muchas gracias!
  • Y ¿cuál es la segunda cosa?
  • Quiero que al comienzo del año yo sea joven de nuevo, y durante el año vaya envejeciendo, hasta llegar al estado en que estoy hoy. Y cuando llegue a este estado, que nuevamente me convierta en una dulce niña…

Antes que pudiera pensar en otra cosa, la esperanza miró sus manos, y las vio pequeñas y suaves como antes.

Nunca dejes morir la esperanza. Aunque esté vieja y todo parezca perdido, siempre e$J posible renovarla, siempre es posible resucitar el corazón y hacerlo latir de nuevo…

"LA ESPERANZA ES LO ÚLTIMO QUE SE PIERDE"

La casa bonita

Aquél era un sábado como cualquier otro; la rutina de siempre: correr, comprar rápido y escapar del tumulto y el bullicio de la ciudad en un destartalado autobús… Me sentía cansada y ofuscada por el inmenso calor, y toda la gente a mi alrededor transpiraba, como si estuvieran sumergidos en un mar de sudor.

Abordé el autobús y me senté en el primer asiento, para refrescarme un poco con la brisa del camino.
Todo transcurrió normalmente, hasta que, a mitad del camino una mujer abordó el autobús. Vestía harapos, estaba sucia y sostenía un bebé de meses en sus brazos, y a su lado llevaba un niño de no más de cuatro años.

Ella se sentó a mi lado con el bebé, el otro niño se sentó en el asiento contiguo, al otro lado del pasillo. Observé aquella mujer discretamente, era delgada y podría decirse que había aún restos de juventud en su expresión; pude ver sus facciones:
un rostro en el cual se vislumbraba unos rasgos bonitos, ojos claros, se notaba que aún era joven; sin embargo, el peso del dolor podía verse a través de sus arrugas prematuras. El niño mayor se veía saludable, vivaracho y muy simpático.

El viaje se convirtió en una "excursión de silencio" en cuanto la señora abordó el camión. Todos los pasajeros la observaban con preocupación, e incluso con cierto desprecio e incomodidad por la suciedad de sus ropas. De pronto, en medio del silencio, una chispa de luz brilló en los ojos del niño; miró sonriente por la puerta del autobús y gritó:

  • ¡Mira, mami, qué casa tan bonita!
    Inconscientemente todos los pasajeros del autobús miramos hacia donde el niño señalaba, y sólo había un pequeño rancho con unas pocas tablas, con rendijas por todas partes, sin piso y con unas latas herrumbradas y rotas por techo.
  • ¡Mira, mami, qué bonita, y hasta tiene luz! ¡Mira, tiene un cable!

La mujer, con ojos tristes le dijo:

  • Sí, hijo, sí - se volvió avergonzada hacia mí y se disculpó por su pobreza diciendo.
  • No ve que como vivimos tan pobres y nos alumbramos con velas, él todo lo ve bonito -después inclinó su rostro avergonzada. En aquel momento deseé que el asiento del autobús se abriera y me ocultara, ¡cómo podría quejarme yo después de esto!

Desee quitarme las pocas cosas valiosas que llevaba encima, y dárselas para que cubriera sus necesidades básicas. ¡Qué vergüenza! ¡Qué derecho tengo yo a "colgarme" adornos y alhajas de oro cuando otros no tienen con qué cubrir sus cuerpos del frío!

En la siguiente parada, la mujer bajó, pero todos en el autobús quedamos con el corazón estrujado y un inmenso nudo en la garganta. Y los que nos llamamos "cristianos", con una sensación de culpa por no haber cumplido el máncalo:

"Lo que a uio ds éstos haces, a Mí me lo haces". (Mateo 25,40)

Descubrí que la pobreza te hace apreciar y valorar muchas más cosas de las que a diario vemos, y que la belleza está donde la busques.

La bolsa de agua caliente

Soy una doctora que trabaja en África, en un leprosario.

Una noche, yo había trabajado mucho ayudando a una madre en su parto, pero a , pesar de todo lo que hicimos, murió dejándonos un bebé prematuro y una hija de dos años.

Nos iba a resultar difícil mantener al bebé con vida porque no teníamos incubadora, ya que no había electricidad para hacerla funcionar, ni facilidades especiales para alimentarlo.

Aunque vivíamos en el ecuador africano, las noches frecuentemente eran frías y con vientos traicioneros.

Una estudiante de partera fue a buscar una cuna que teníamos para tales bebés, y la manta de lana con la que lo arroparíamos. Otra fue a llenar la bolsa de agua caliente. Esta última volvió enseguida, diciéndome irritada que, al llenar la bolsa, la había reventado. La goma se deteriora fácilmente en el clima tropical.

  • ¡Y era la última bolsa que nos quedaba! -exclamó-, y no hay farmacias en los senderos del bosque.
  • Muy bien, -le dije-, pongan al bebé lo más cerca posible del fuego y duerman entre él y el viento, para protegerlo de éste. Su trabajo es mantener al bebé abrigado.

Al mediodía siguiente, como hago muchas veces, fui a orar con los niños del orfanato que se querían reunir conmigo. Les hice a los niños varias sugerencias de motivos para orar, y les conté del bebé prematuro.

Les dije también del problema que teníamos para mantenerlo abrigado, y les mencioné que se había roto la bolsa de agua caliente, y el bebé se podía morir fácilmente si sentía frío.

Y también que su hermanita de dos años estaba llorando porque su mamá había muerto.

Durante el tiempo de oración, Ruth, una niña de 10 años, oró con la acostumbrada seguridad consciente de los niños africanos:

  • Por favor Dios, -oró-, mándanos una bolsa de agua caliente. Mañana no servirá, porque el bebé ya estará muerto. Por eso, Dios, mándala esta tarde.
    Mientras yo contenía el aliento por la audacia de su oración, la niña agregó:
  • Y mientras te encargas de ello, ¿podrías mandar una muñeca para la pequeña, y así pueda ver que tú la amas realmente?

Frecuentemente, las oraciones de los chicos me ponen en evidencia. ¿Podría decir honestamente "Amén" a esa oración? No creía que Dios¡pudiera hacerlo. Sí, claro, sé que El puede hacer cualquier cosa. Pero hay límites, ¿no? Y yo tenía algunos grandes "peros".

La única forma en la que Dios podía contestar esta oración en ¿ particular, era enviándome un ir paquete de mi tierra natal. Había ya estado en África casi cuatro años, y nunca jamás recibí un paquete de mi casa.

De todas maneras, si alguien llegara a mandar alguno, ¿quién iba a poner una bolsa de agua caliente?

A media tarde, cuando estaba enseñando en la escuela de enfermeras, me avisaron que había llegado un auto a la puerta de mi casa… Cuando llegué, el auto ya se había ido, pero en la puerta había un enorme paquete de quince kilos.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Por supuesto que no iba abrir el paquete yo sola, así que invité a los chicos del orfanato a que juntos lo abriéramos. La emoción iba en aumento.

Treinta o cuarenta pares de ojos estaban enfocados en la gran caja… En ella había vendas para los pacientes del leprosario; en este lapso los chicos estaban un poco aburridos.

Luego saqué una caja con pasas de uvas variadas, lo que serviría para hacer una buena tanda de panecitos el fin de semana.

Volví a meter la mano, y sentí… ¿sería posible? La agarré y la saqué… ¡Sí, era una bolsa de agua caliente nueva!

Lloré; yo no le había pedido a Dios que mandara una bolsa de agua caliente, ni siquiera creía que Él podía hacerlo. Ruth estaba sentada en la primera fila, y se abalanzó gritando:

  • ¡Si Dios mandó la bolsa, también tuvo que mandar la muñeca!

Escarbé el fondo de la caja y… saqué una hermosa muñequita. A Ruth le brillaban los ojos. Ella nunca había dudado. Me miró y dijo:

  • ¿Puedo ir contigo a entregarle la muñeca a la niñita, para que sepa que Dios la ama en verdad?
    Ese paquete había estado en camino durante cinco meses. Lo había preparado mi antigua profesora de religión, quien había escuchado y obedecido la voz de Dios, que la impulsó a mandarme la bolsa de agua caliente, a pesar de estar en el ecuador africano…

Y una de las niñas del pueblo, había puesto una muñequita para alguna niñita africana "sólo" cinco meses antes, y en respuesta a la oración de fe de una niña de diez años, que la había pedido para esa misma tarde.

Esto nos habla de la fuerza que tiene la oración que se hace con fe y confianza.

"Las grandes almas tienen voluntades; las débiles tan sólo deseos"

La belleza

La belleza siempre impacta.

Nadie puede dejar de reconocer que la belleza física es un factor deseable y deseado, y que en primera instancia, puede abrir muchas puertas.
Pero más allá de favorecer un primer acercamiento, no asegura nada.

La belleza física, de por sí, no puede asegurar la perpetuidad o la continuidad de los sentimientos despertados por la persona que la posee.

La belleza interna, la belleza del espíritu, en cambio, puede perpetuar los sentimientos y hacer que los mismos perduren, incluso después de la muerte… y en el recuerdo.

Y además, con la belleza interior sucede un fenómeno opuesto a lo que sucede con la belleza externa.

El paso de los años desluce inexorablemente las bondades del cuerpo. Y aunque se lo cultive y hasta se lo someta a cirugías, su belleza decrece con los años.

En cambio, para quienes cultivan lo lindo de su interior, con el paso del tiempo ocurre lo contrario:
El cuerpo envejece, pero el espíritu se hace cada vez más noble y más hermoso.

Por eso cuidemos nuestro cuerpo, es importante. Pero fundamentalmente cuidemos nuestro espíritu, ya que es muchísimo más importante.

Y enseñemos a cultivar y valorar la belleza interior.

Esa, que es la que despierta sentimientos verdaderamente auténticos y duraderos, que son, en definitiva… los únicos que sirven.

El que no lleva la belleza dentro de alma, no la encontrará en ninguna parte. Noel

"El mejor cosmético para la belleza es la felicidad."
Condesa de Blesington

" Comprender la belleza significa poseerla."
Wilhelm Lübke

Información, ¿en qué le puedo ayudar?

Cuando yo era niño, mi padre tenía uno de los primeros teléfonos de nuestro vecindario. Recuerdo bien la vieja caja pulida clavada a la pared, y el brillante auricular colgado en el lateral de la caja. Yo era demasiado pequeño para alcanzar el teléfono, pero solía escuchar con fascinación cuando mi madre hablaba por él.

Entonces descubrí que en alguna parte dentro de ese maravilloso dispositivo, vivía una
extraña persona - su nombre era "Información" y no había nada que ella no supiera.

"Información", podía proporcionarte el teléfono de cualquiera y la hora exacta.

Mi primera experiencia personal con este "genio de la lámpara" llegó un día mientras mi madre visitaba a un vecino. Divirtiéndome con el cajón de herramientas del sótano, me aplasté el dedo con un martillo. El dolor era terrible, pero allí no parecía haber ninguna razón para llorar, porque en casa no había nadie que me pudiera consolar.

Caminé de un lado a otro por la casa, chupando mi dedo palpitante, y finalmente llegué a la escalera. ¡El teléfono! Rápidamente corrí por el taburete en el recibidor, y lo arrastré hasta el rellano de la escalera. Subiéndome a él, descolgué el receptor y lo mantuve junto a mi oreja.

  • Información, en qué lo puedo ayudar, - una vocecita clara habló en mi oído.

Dije al micrófono justo sobre mi cabeza:

  • Información. Me he lastimado el dedo… - gemí al teléfono. Las lágrimas llegaron sin demasiado esfuerzo, ahora que tenía audiencia.
  • ¿No está tu madre en casa? - preguntó. - Nadie más que yo está en casa - sollocé.
  • ¿Estás sangrando? - No - repliqué. Me he golpeado el dedo con el martillo, y me duele.
  • ¿Puedes abrir la nevera? –preguntó Dije que podía.
  • Entonces corta un trocito de hielo, y mantenlo junto a tu dedo - dijo la voz.

Después de aquello, llamaba á "Información, ¿en qué le puedo ayudar?" para cualquier cosa. La llamé para que me ayudara con la geografía y me dijo dónde estaba Canadá.

Me ayudó con las matemáticas. Me dijo que mi ardilla, que había agarrado en el parque justo un día de antes, ¡cometía frutas y nueces. Por aquel entonces, Petey, nuestro canario, murió. Llamé a "Información, ¿en qué le puedo ayudar?" y le conté la triste historia. Ella escuchó, y después dijo lo que usualmente los adultos dicen para consolar a un niño. Pero yo estaba desconsolado. Le pregunté:

  • ¿Por qué los pájaros pueden cantar tan bellamente y llevar alegría a todas las familias, sólo para acabar como un montón de plumas en el fondo de la jaula? Ella debió sentir mi profunda ^inquietud, porque dijo sencillamente:
  • Paúl, recuerda siempre que ¡hay otros mundos donde cantar.

De alguna forma me sentí mejor. Otro día estaba en el teléfono.

  • Información, ¿en qué lo puedo ayudar?
  • Información -dijo la ahora familiar voz-. ¿Cómo se deletrea aprieto? - pregunté.

Y todo ello tuvo lugar en un pequeño pueblo en el Noroeste de la costa del Pacífico.

Cuando tenía 9 años me mudé a través del país a Boston. Eché mucho de menos a mi amiga. "Información, ¿en qué le puedo ayudar?" pertenecía a aquella vieja caja de madera allá en casa, y de ningún modo pensé intentarlo con el increíble y brillante nuevo teléfono situado en la mesa en el recibidor.

Cuando llegué a la adolescencia, las memorias de aquellas conversaciones infantiles, en realidad nunca me abandonaron. A menudo, en momentos de duda y confusión, podía apelar a una serena seguridad y la tenía. Apreciaba ahora cuan paciente, comprensiva y amable era ella, para haber gastado su tiempo en un niño pequeño.

Unos pocos años más tarde, en mi ruta hacia el oeste hacia la universidad, mi avión aterrizó en Seattle. Tenía algo así como media hora entre avión y avión. Pasé alrededor de 15 minutos al teléfono con mi hermana, que en ese tiempo vivía allí. Entonces, sin pensar en lo que estaba haciendo, marqué a la operadora de mi pueblo natal. Milagrosamente, oí la menuda y clara voz que conocía tan bien, "Información".

No lo había planeado, pero me oí a mí mismo diciendo: - ¿Puede decirme cómo se deletrea aprieto?

Hubo una larga pausa. Entonces vino la respuesta en voz baja.

  • Supongo que tu dedo ya debe estar curado. - Así que realmente eres tú aún - dije y reí.
  • Me pregunto si tienes idea de cuánto significaste para mí en aquel tiempo.
  • Me pregunto, -dijo ella-, si sabes lo mucho que tus llamadas significaban para mí. Nunca he tenido hijos, y solía esperar tus llamadas.

Le dije cuan a menudo había pensado en ella a lo largo de los años, y le pregunté si podía llamarla de nuevo, cuando volviera a visitar a mi hermana.

  • Por favor, hazlo -dijo-. Pregunta por Sally.
    Tres meses después estaba de vuelta en Seattle. Una voz diferente contestó.
  • Información. Pregunté por Sally. - ¿Es usted un amigo? - dijo ella. - Sí, un muy antiguo amigo - respondí. - Siento tener que decirle esto -dijo-. Sally había estado trabajando medio tiempo los últimos años, porque estaba enferma. Murió hace cinco semanas.

Antes de que pudiera colgar dijo: - Espere un momento. ¿Dijo que su nombre era Paúl?

-Sí.

  • Bien, Sally dejó un mensaje para usted. Lo anotó por si usted llamaba. Déjeme leérselo.

La nota decía, "Dile que aún digo que hay otros mundos donde cantar. Él sabrá lo que quiero decir".
Le di las gracias y colgué. Sabía lo que Sally quería decir.

Cualquiera que sea la pregunta, amor es la respuesta.

Honor

El ambiente estaba cargado de mucha tensión. Rosa Elliot llegó a la cuarta ronda del concurso nacional de ortografía. Se le había pedido a la pequeña de 11 años que deletreara la palabra "admisión". Ella lo hizo, con su suave acento sureño, pero los jueces no fueron capaces de determinar si había pronunciado una "o" o una "a" como letra antepenúltima.

Debatieron entre sí por varios minutos mientras escuchaban las grabaciones. Sin embargo, la letra decisiva tenía su acento demasiado marcado como para descifrarla. Finalmente, el jefe de los jueces le pregunto a la única persona que conocía la respuesta.

  • ¿Disculpa, Rosa, dijiste una letra "a" o una "o"? - le preguntó.

En ese momento, estando rodeada por jóvenes concursantes que murmuraban entre ellos, Rosa sabía el correcto deletreo de la palabra. Tranquilamente, sin titubear, contestó que había pronunciado mal la palabra y se fue del escenario.

Todo el auditorio se puso de pie y aplaudió, incluyendo unos cincuenta reporteros gráficos. El momento fue emocionante y lleno de orgullo para sus padres. Aun vencida era victoriosa. En efecto, con el pasar de los años, ¡se escribió más acerca de Rosa, que sobre el "desconocido" ganador del concurso!

Ser una persona que ama la verdad, aun cuando ésta va en contra de uno, nos reviste de gran honor…

EL HONOR ES MEJOR QUE LOS HONORES

"La sabiduría termina cuando nuestro sueño es tan alto
que lo perdemos de vista mientras tratamos de
alcanzarlo"

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