por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
Una lágrima es eso que humedece los ojos del mundo y que el mundo se empeña en ocultar.
Es eso que nos tragamos tantas veces por soberbia, por orgullo, por demostrar fortaleza y queda atorada en la garganta, apretada en el corazón, comprimiéndolo todo. Es tan profunda, que no sabemos con certeza de dónde nace, ni si podrá morir alguna vez.
A veces una lágrima cicatriza una herida, lava una pena y ablanda el corazón.
Una lágrima es un recuerdo, una angustia, una desesperación, una interrogante.
Una lágrima puede ser a veces el comienzo del perdón, la primera luz de la rectificación que hace estrechar una mano.
Una lágrima puede ser rebeldía o arrepentimiento. Odio, amor, luz o sombra.
Una lágrima puede ser el sueño desvanecido que rozó nuestros párpados o el amor perdido que aún está dulce, húmedo.
Una lágrima es a veces la gota mágica que hace cambiar por dentro; cuando tenemos que pagar nuestra cuota de dolor, la lágrima ayuda.
Cuando la derramamos en el corazón querido o en la intimidad de la amistad, la lágrima une, estrecha, funde.
La lágrima transforma, enseña, disuelve los rencores, las espinas, las malas yerbas que van creciendo e impidiendo acercarse, abrazarse o comprenderse.
¡La lágrima descubre, que al que ignora los motivos por los que las derraman, no conoce el valor del llanto!
¡Dichosos los que saben llorar!
Uno debe darse cuenta de que la verdadera felicidad radica dentro de uno mismo.
No hay que desperdiciar tiempo ni esfuerzo en buscar la paz, la alegría y el gozo en el mundo externo.
Hay que tener presente que no hay felicidad, en tener y obtener, sino únicamente en dar.
Hay que dar, compartir y sonreír.
La felicidad es un perfume que no se puede rociar en los demás sin que unas cuantas gotas caigan en uno mismo.
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
En un asilo, a una huerfanita de ocho años poco atractiva, pequeña y nerviosa, le huían tanto los cuidadores como sus mismas compañeras.
Todos esperaban la oportunidad de que se la llevaran.
Un día, su compañera de cuarto informó a la encargada, que esta niña sostenía correspondencia con alguien de afuera, pues descubrió que dejaba cartas en las ramas de un árbol.
Los cuidadores se pusieron muy contentos; quizás era el pariente que habían estado esperando para llevarse a la niña.
La pequeña informadora los llevó a ese árbol. Allí, en las ramas más bajas una nota estaba escondida.
Triunfantes, la abrieron y para su asombro leyeron: "A quien encuentre esta nota: yo lo amo".
Una de las cosas más importantes en este mundo para las personas que son despreciadas es el perdón, y el mantener vivo un amor sin egoísmo para los demás.
No importa que carezcamos de apariencia física, talento, posición, podemos continuar demostrando que seguimos amando a los demás por amor de Dios.
Haciéndolo así podemos ganar amor, lo que seguramente nos dará paz.
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
Hace setenta años yo era una niña pequeña, la bebé de la familia, con un hermano y una: hermana mayores.
Mi padre estaba muy enfermo en esa época y mi madre aceptó coser cualquier cosa para que pudiéramos vivir.
Cosía hasta muy entrada la noche, tan sólo con lámparas de gas que daban poca luz y una vieja máquina de coser de pedal.
Nunca se quejó, ni cuando el fuego era débil y la comida escasa.
Se quedaba cosiendo hasta las primeras horas de la madrugada.
Ese invierno en particular las cosas empeoraron. De pronto, llegó una carta del almacén donde había comprado la máquina de coser, indicando que recogerían la máquina al día siguiente, a menos que se pusiera al corriente en los pagos.
Recuerdo que cuando mamá leyó la carta yo me asusté; pude imaginarnos muriéndonos de hambre y todo tipo de cosas que suelen pasar por la mente de un niño.
Sin embargo, mi madre no mostró preocupación, parecía muy tranquila respecto a ese asunto.
Yo, por mi parte, lloré hasta quedarme dormida, preguntándome qué iba a ser de nuestra familia.
Mamá dijo que Dios no la abandonaría, que nunca lo había hecho.
Yo no veía cómo Dios nos iba a ayudar, para conservar la vieja máquina de coser.
El día que iban a ir por nuestro único medio de sustento, alguien tocó a la puerta de la cocina.
Yo me asusté tanto como cualquier niño lo haría, pues estaba segura de que eran esos temibles hombres.
En cambio, parado frente a nuestra puerta estaba un individuo muy bien vestido, con un hermoso bebé en brazos.
Preguntó a mi madre si ella era la señora Violeta; cuando mamá lo afirmó, él le explicó:
- Tengo problemas, y necesito su ayuda.
El boticario y el abarrotero de esta misma calle me recomendaron a usted como una mujer honesta y maravillosa.
Esta mañana se llevaron a mi esposa al hospital de urgencias, como no tenemos parientes aquí y yo debo abrir mi consultorio dental, no tengo dónde dejar a mi bebé.
¿Podría usted cuidármelo por unos días? Y continuó:
-Le pagaré por adelantado.
Sacó cien pesos y se los entregó a mamá, quien le contestó:
-Sí, sí, me dará mucho gusto hacerlo - y tomó al bebé en sus brazos. Cuando el señor se fue, mamá se dirigió a mí con lágrimas escurriéndole por una cara que parecía como iluminada por una luz y añadió
-Sabía que Dios jamás dejaría que se llevaran mi máquina-.
Adeline Perkins
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
Su esposa se lo había dicho antes de salir de casa: "ése no iba a ser un buen día". Era un extraño presentimiento que le rodeaba por la cabeza desde hace varias semanas.
Su esposo convivía con el peligro, y la muerte era moneda corriente en la disipada vida de su amado; cualquier día podía ser el último que lo viera con vida. Pero esta vez era distinto.
Ella sentía un helado presagio, una nefasta premonición. Y ahora, había escuchado lo que nunca hubiera querido oír: su esposo había sido detenido.
"No debiste haberte casado con él, nunca fue un buen hombre…" pronosticó su madre, y hoy pagaba las consecuencias por una mala elección, y por desobedecer el consejo materno.
Pero que fuera un delincuente, no disminuía el amor que sentía por él.
Hubiera preferido un abogado, un ingeniero o un albañil, pero no tuvo esa fortuna. Su esposo era un ladrón y lo acababan de apresar.
No la asustaba que estuviera preso, ya había pasado por esa situación antes. Lo dramático era que esta vez no habría misericordia del juez, y la sentencia era inapelable.
Una ejemplar muerte de cruz pidió el fiscal a un tribunal con sed de justicia.
"Es que ése no iba a ser un buen día", pensó la mujer una y otra vez. "No debió haberse levantado de la cama".
Era una tarde gris, helada, con una llovizna que cortaba la cara. "Tal vez lo dañaron las malas compañías, en las andadas mientras retoma la calle principal", se lamentó la mujer.
"Su socio también será crucificado con él", le susurró una vecina, a modo de desgraciado consuelo.
De igual modo, ya no importa buscar culpables, lo cierto es que su esposo iba a terminar como ella lo había visto en tantas pesadillas: en la peor de las muertes, la más vergonzosa, la más cruel, la más atroz.
No pudo despedirse de su amado; es que los ladrones no cuentan con ese lujo, no hay piedad, humanidad o últimos deseos para los condenados a la cruz.
En el horizonte se alcanzan a ver tres cruces, la de su esposo, la de su compañero en las correrías y la de un desconocido.
"Ella conoce a su marido y al otro ladrón, pero le resta importancia al tercero: otro infeliz que condena otra viuda al olvido y a la desgracia", piensa.
El cuadro es estremecedor. No la culpen a ella por no llorar, ya gastó todas sus lágrimas en una vida miserable junto a quien le prometió amor eterno, y ahora cuelga de una cruz.
Gritos, súplicas, latigazos, sangre, ira. No quiere mirar a su esposo; él está allí, pero prefiere no recordarlo así. Sólo observa el suelo, mientras la sangre surca la tierra entre los dedos de sus pies.
Uno de los ladrones insulta al desconocido de la cruz del medio, y una voz conocida, imperceptible, pronuncia algunas débiles palabras:
- Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. (Lc 23,42)
Era la inconfundible voz de su esposo, sin duda habiéndole al desconocido de la cruz central.
- Hoy estarás conmigo en el paraíso…, (Lc 23,43) - promete el otro, como si en su condición pudiera prometer algo.
La mujer levanta la vista por primera vez. Tal vez para mirar a los ojos de su esposo una vez más, o tal vez para entender el diálogo tan extraño que acaba de oír.
El socio de su esposo acaba de morir en un seco grito. El desconocido de enmedio pareciera un inocente que paga por algo que jamás cometió, y su esposo sonríe. No tiene por qué sonreír, no hay razones.
Hizo de su vida un mundo miserable, y pende de una cruz frente a miles de ciudadanos enojados.
Pero el ladrón se encuentra con la mirada de su esposa, y le brinda una sonrisa, un último gesto de que estará bien, a pesar de todo.
El gesto de los que se encontraron con la gracia en el momento menos pensado.
Ella tampoco sabe por qué, pero presiente que su esposo finalmente encontró algo distinto.
No entendió bien el diálogo de los condenados, pero supo que algo había cambiado allí, a escasos metros de ella, en lo alto de la cruz.
Su esposo cuelga de un madero, pero inexplicablemente, irracionalmente, sonríe. Ella le devuelve el gesto en el lenguaje del silencio, ése que sólo pueden, interpretar los que han amado lo suficiente como para no tener que hablar. Su esposo se había encontrado con la gracia en el minuto final.
Segundos antes de la cita con el verdugo inevitable de la muerte. Ella sabe que no puede implorar justicia, y mucho menos misericordia.
Ella sabe que su esposo paga por crímenes verdaderos.
Ella sabe que ése era el final del camino, la terminal de la vida, tarde o temprano.
Pero ahora, la última sonrisa de su esposo le devuelve la calma.
La sonrisa que se dibuja entre la sangre y los moretones, extrañamente la compensa por toda su vida miserable.
Su esposo parece no pender de una cruz. Muere como si lo hiciera de viejo, en una cama caliente, rodeado de sus seres amados, luego de haber vivido una buena vida.
Su esposo no mereció nietos, ni una vida larga, ni una cristiana sepultura.
Pero alguien, tan condenado como él, le prometió el paraíso en lo alto de la cruz.
Ese no iba a ser un buen día. Tampoco existía la mínima posibilidad que terminara bien.
Su esposo ha dejado de respirar, pero nadie se explica por qué sonríe.
Pero ella finalmente descubrió el secreto:
si para encontrarse con el paraíso había que venir a la cruz, valió la pena haberse levantado.
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
El tren subterráneo avanza dando tumbos, y las ruedas rechinan con más furia que nunca contra los rieles.
Afuera reina el intenso frío del invierno, y la monótona bahía de Arsta, en Suecia, se abre como un enorme bostezo debajo del tren.
El vagón está repleto de pasajeros helados, ensimismados y aburridos.
De pronto, un niñito se abre paso entre las inconmovibles piernas de los adultos, que de mala gana se mueven para dejarlo pasar y ocupa el asiento del fondo.
Se acomoda junto a la ventanilla, rodeado de adultos hostiles y hastiados.
"¡Qué valiente!", me digo. Su padre se ha quedado junto a la puerta, detrás de mí.
El tren sigue su marcha bamboleante hacia el inframundo.
Entonces, sin que medie nada y en menos de lo que canta un gallo, ocurre algo insólito…
El serio muchachito se desliza del asiento y apoya su mano en mi rodilla.
Por un instante pienso que quiere regresar al lado de su padre, de modo que hago el intento de dejarlo pasar.
Pero en lugar de ello, se inclina hacia delante y alza la cabeza.
Me digo: "Quiere decirme algo al oído. ¡Qué cosas tienen los niños!".
Agacho la cabeza para oír el mensaje.
¡Pero me he equivocado otra vez!
Lo que recibo es un sonoro beso en la mejilla.
El pequeño vuelve a su asiento, se apoya contra el respaldo y sigue mirando por la ventanilla como si nada.
Yo, por mi parte, me he quedado de una pieza.
¿Qué ha ocurrido?
Un niño desconocido besando adultos en el metro.
¿Cómo es posible que alguien tenga deseos de besar a criaturas tan hurañas como nosotros?
En seguida, todos mis vecinos de asiento reciben besos.
Nerviosos y perplejos, le sonreímos al padre…
Al notar las miradas furtivas y confundidas que nos dirigimos, ya cerca de su parada, el padre nos
ofrece una explicación.
- ¡Se siente tan feliz de vivir! -dice-. Ha estado muy enfermo…
Padre e hijo desaparecen entre la multitud que avanza hacia la salida:
Las puertas se cierran y el reanuda su marcha.
En la mejilla llevo aún la quemante sensación del beso de un niño de seis años; un gesto que me ha obligado a preguntarme muchas cosas.
¿Cuántos adultos nos besamos tan sólo por la pura alegría de estar vivos?
¿Cuántos reparamos siquiera en el privilegio de vivir?
El incidente me ha traído a la memoria un pasaje de la novela Aminne:
"Un hombre que viaja en tren dobla de pronto su periódico, inclina la cabeza y se hecha a llorar desconsolado…
¿Qué pasaría si todos empezáramos a quitarnos las
máscaras?
Habría un caos total…"
Con sus besos, el pequeño nos había dado una tierna, pero importante bofetada de advertencia:
¡No se vayan a morir antes de que se les detenga el corazón!
De pronto comprendí con absoluta claridad por qué Cristo concedió a los niños un lugar especial en el Reino de los Cielos…
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
El que siendo leal y sincero, te comprende El que te acepta como eres y tiene fe en ti.
El que sin envidia reconoce tus valores, te estimula y elogia sin adularte.
El que te ayuda desinteresadamente y no abusa de tu bondad.
El que con sabios consejos te ayuda a construir y pulir tu personalidad.
El que goza con las alegrías que llegan a tu corazón.
El que respetando tu intimidad, trata de conocer tu dificultad para ayudarte.
El que sin herirte te aclara lo que entendiste mal, o te saca de error.
El que levanta tu ánimo cuando estás caído.
El que con cuidados y atenciones quiere menguar el dolor de tu enfermedad.
El que te perdona con generosidad, olvidando tu ofensa.
El que ve en ti un ser human con alegrías, esperanzas, debilidades y luchas.
"Los amigos son la manera como Dios nos cuida”