¿Qué proyectan tus ojos?

Fue hace muchos años, en una helada mañana de invierno. La barba del anciano que aguardaba para cruzar el río, lucía aperlada por la escarcha.

La espera se le hacía interminable y el viento glaciar del norte le había entumecido el cuerpo.

Oyó un lejano y firme ritmo de cascos que se acercaban a galope por el sendero helado. Eran varios jinetes que rodeaban la curva.

El anciano, esperanzado, dejó pasar al primero, sin tratar de llamar la atención. Luego pasó otro y otro más. Al fin, el último jinete se acercó al lugar donde el anciano estaba sentado, semejante a una estatua de nieve.

Cuando estuvo cerca, el viejo lo miró a los ojos y dijo:

  • Señor, ¿tendría inconveniente en llevar a un anciano hasta la otra orilla? Por lo que parece, no hay manera de cruzar a pie.
  • Cómo no -replicó el jinete, sofrenando al caballo-. Suba.

Al ver que el anciano no podía levantar del suelo su cuerpo medio helado, el jinete desmontó para ayudarlo a subir

Después lo llevó, no sólo a la otra orilla, sino hasta su destino, algunos kilómetros más allá.

Cuando se acercaban a una cabana, pequeña y acogedora, la curiosidad hizo que el jinete preguntara:

  • Señor, he notado que dejó pasar a los otros jinetes sin hacer nada por pedir ayuda. En cambio, cuando llegué yo, no vaciló en pedirme que lo llevara.

Me gustaría saber ¿por qué, en una noche tan cruda, esperó hasta el último jinete para pedir asistencia?

¿Y si yo me hubiera negado, dejándolo allí?

El anciano desmontó trabajosamente, y luego miró al jinete a los ojos y le dijo:

  • Hace mucho tiempo que ando por estos lugares. Supongo que conozco bastante a la gente. Me bastó mirar a los otros a los ojos, para ver que mi situación no les interesaba.

Pedirles que me llevaran habría sido inútil. Pero en usted vi amabilidad y compasión. De inmediato supe que en su espíritu gentil apreciaría la oportunidad de asistirme en ese momento de necesidad.

Ese reconfortante comentario emocionó profundamente al jinete.

  • Le agradezco mucho esas palabras - manifestó.

Quiera Dios que nunca, por muy ocupado que esté en mis propios asuntos, deje de atender a la necesidad ajena con amabilidad, solidaridad y compasión.

Y los demás, ¿Qué ven en ti?

¿Qué precio pagas por tus actitudes?

Un rey que pasaba en su carruaje por un pueblo, observó una flecha disparada exactamente en el centro de un blanco, que era un círculo dibujado en el tronco de un árbol.

Intrigado, se dio cuenta que además había otras flechas disparadas en varios sitios, todas con la misma precisión en el centro del blanco.
Sorprendido por la habilidad del arquero, mandó a sus pajes a buscarlo.

Después de algunos minutos encontraron al autor de los certeros disparos. Se trataba de un niño de no más de 12 años.

  • ¿Eres tú el hábil arquero? -preguntó el rey.
  • Sí -, respondió el chiquillo.
  • ¿Cómo haces para ser siempre tan certero en tu puntería? - preguntó de nuevo el rey.
  • Es muy simple, -dijo el muchacho-, primero disparo la flecha y después dibujo el blanco alrededor de ella.

Piensa por un momento si hacemos eso en nuestras vidas con las personas que nos rodean. A veces juzgamos basados en nuestros prejuicios, les decimos a todos nuestra opinión, y después buscamos cómo justificar nuestras ligerezas, -primero disparo y después pregunto-.

A veces cometemos errores o maltratamos a los que nos rodean. En vez de aceptar nuestra responsabilidad, nos ponemos a la defensiva y tratamos de justificar nuestra actitud.

¿Cuánta energía de vida desperdiciamos justificando actitudes con las que sólo pretendemos cubrir nuestros errores, miedos o inseguridades?

¿Cuánto daño innecesario nos causamos a nosotros mismos y a quienes amamos?

¿Qué precio pagamos con estas actitudes?

Prefiero

Prefiero que compartas conmigo unos pocos minutos ahora que estoy vivo, y no una noche entera cuando yo muera.

Prefiero que estreches suavemente mi mano ahora que estoy vivo, y no apoyes tu cuerpo sobre mí cuando yo muera.

Prefiero que hagas una sola llamada ahora que estoy vivo, y no emprendas un inesperado viaje cuando yo muera.

Prefiero que me regales una sola flor ahora que estoy vivo, y no me envíes un hermoso ramo cuando yo muera.

Prefiero que elevemos al cielo una oración ahora que estoy vivo, y no una misa cantada y concelebrada cuando yo muera.

Prefiero que me digas unas palabras de aliento ahora que estoy vivo, y no un desgarrador poema cuando yo muera.

Prefiero escuchar un solo acorde de guitarra ahora que estoy vivo, y no una conmovedora serenata cuando yo muera.

Prefiero que me dediques una leve plegaría ahora que estoy vivo, y no un poético epitafio sobre mi tumba cuando yo muera.

Prefiero disfrutar de los más mínimos detalles ahora que estoy vivo, y no de grandes manifestaciones cuando yo muera…

Aprovechemos a nuestros seres queridos… ahora que están entre nosotros.

Por un poco de tierra

Esto sucedió cuando se repartía la tierra de un reino muy lejano y hace mucho tiempo. El rey reunió a todos los de su pueblo y les propuso que cada uno eligiera un pedazo de campo para cultivar, según las necesidades y aspiraciones que tuviera.

Entre los que se presentaron a solicitar un trozo de tierra, se encontraba una persona sumamente ambiciosa, que quería desmedidamente ser dueño de una gran extensión. El rey lo sabía.

Cuando estuvo en su presencia y escuchó su pedido, el monarca le aseguró que se convertiría en dueño de toda aquella tierra que lograra encerrar en un círculo, caminando de sol a sol durante una jornada entera. Pero que, sin falta tendría que cerrar el circuito antes de que se pusiera el sol, porque de lo contrario nada recibiría.

Entusiasmado por la idea, el hombre partió apenas despuntado el sol, lleno de bríos y dispuesto a abarcar el máximo de terreno que pudiera. Se lanzó a la carrera bordeando un arroyo, y cada vez que encontraba un paso para vadearlo con el fin de ir cerrando el circuito, se le aparecía un paisaje que lo tentaba a abarcarlo también dentro de sus ambiciones.

Se decía que con sólo correr un poco más rápido, lograría ser dueño también de aquella región.
Corrió y corrió. Cuando mediaba el día, se encontraba ya muy lejos y comenzó a realizar el arco que le permitiera retornar al punto de partida antes de la puesta del sol, cerrando el círculo.

Pero ello significaba que su camino de regreso tendría que ser mucho más largo que lo realizado hasta ese momento. Apuró la carrera, siempre tentado por una pradera nueva, un arroyo cristalino que le cerraba el paso, o un valle encantador que no quería perder.

A media tarde ya no daba más. Pero sacando fuerzas de sus mismas ambiciones, continuó su carrera cada vez más veloz. Y cuando faltaba sólo una hora para que muriera el día, temió no llegar a tiempo. Enderezó decididamente hacia la meta que parecía cada vez más imposible de alcanzar, pero absolutamente necesaria para darle sentido al proyecto al que él mismo se había condenado.

Todo el pueblo se había reunido para verlo llegar. El rey ocupaba su trono y como juez dictaminaría sobre el resultado y el fiel cumplimiento de los términos.

Con la mirada lo habían seguido durante toda la jornada, contemplando cómo frente a cada decisión, había optado siempre por la seducción de sus ambiciones, calculando imprudentemente sus posibilidades.

El último trecho era un camino recto que trepaba la colina donde lo esperaban. Su corazón ya no daba más, y sus músculos exigidos al máximo se negaban a responder a su voluntad.

Pero había que llegar, porque el sol ya estaba por tocar el horizonte, y bajaba inexorablemente hacia su ocaso.

Y llegó. Pero fue sólo para derrumbarse fulminado por un infarto a los pies del rey, agotado su corazón por el cansancio de aquella insensata carrera.

Cuando lo llevaron a enterrar, todo el pueblo constató que poco lugar bastaba para su sepultura. Y que ella era el único trozo que en realidad había logrado conseguir con sus locas ambiciones.

Y TU… ¿POR QUÉ CORRES?

Perdonar

Un discípulo se acercó hasta su maestro espiritual y le preguntó:

  • Maestro… entonces, perdonar al enemigo, ¿implica ser un incauto, estar desprevenido o incluso ser tomado por necio?

Y el maestro le contestó:

  • En cierta ocasión, un buen hombre iba caminando por la calle de una gran ciudad cuando, de repente, le cayó encima un jarrón de agua desde uno de los pisos de un edificio situado sobre la acera.

En un principio reaccionó con indignación y con furia, vertiendo toda una serie de insultos contra aquel despistado vecino.

Al día siguiente volvió, con toda naturalidad y como era su costumbre, paseando por la misma calle, pero dirigiendo levemente su cabeza hacia el lugar desde donde, el día anterior, le sobrevino la desagradable sorpresa.

El vecino, observando la reacción del afectado, sin pensárselo dos veces, bajó a la calle y le preguntó:

  • ¿Cómo usted se fía a pasar de nuevo por debajo de mi casa?

A lo que aquél le contestó:

  • Sólo se puede ser libre en la vida si dejas atrás aquello que no merece la pena recordar.

Sólo se puede cumplir felizmente con tus obligaciones, si no das más importancia que la debida a aquello que no se convirtió en tragedia.

No olvidar las pequeñas cosas de cada día hace que el campo de tu corazón quede sembrado con cadáveres de prójimos vivos, y que tus hombros soporten un peso demasiado grande, para vivir con cierta calidad de vida.

“Eleva a tal punto tu alma, que las ofensas no te puedan alcanzar”.

Pasa todos los días

Algunas veces es un error juzgar el valor de una actividad, simplemente por el tiempo que toma realizarla…

Un buen ejemplo es el caso del ingeniero que fue llamado a arreglar una computadora muy grande y extremadamente compleja… una computadora que valía 12 millones de dólares.

Sentado frente a la pantalla, oprimió unas cuantas teclas, asintió con la cabeza, murmuró algo para sí mismo y apagó el aparato. Procedió a sacar un pequeño destornillador de su bolsillo y dio vuelta y media a un minúsculo tornillo. Entonces encendió de nuevo la computadora y comprobó que estaba trabajando perfectamente.

El presidente de la compañía se mostró encantado y se ofreció a pagar la cuenta en el acto.

  • ¿Cuánto le debo? - preguntó.
  • Son mil dólares, si me hace el favor.
  • ¿Mil dólares? ¿Mil dólares por unos momentos de trabajo? ¿Mil dólares por apretar un simple tornillito?
    ¡Ya sé que mi computadora cuesta 12 millones de dólares, pero mil dólares es una cantidad disparatada!
    La pagaré sólo si me manda una factura perfectamente detallada que la justifique.

El ingeniero asintió con la cabeza y se fue. A la mañana siguiente, el presidente recibió la factura, la leyó con cuidado, sacudió la cabeza y procedió a pagarla en el acto, sin chistar.

La factura decía:

Servicios prestados:
Apretar un tornillo………….. $1 dólar
Saber qué tornillo apretar….. $999 dólares

"A veces sentimos que lo que hacemos es una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota".

Madre Teresa de Calcuta

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