por Makf | 30 Oct, 2025 | La Eucaristía el Tesoro Más Grande del Mundo
Autor: P. Angel Peña O.A.R
La adoración perpetua, permanente, día y noche, en algunas iglesias o capillas, tiene antecedentes en las cofradías del Santísimo Sacramento, nacidas a raíz de la institución de la fiesta del Corpus Christi en 1264.
Pero, hasta el siglo XV, no fue una práctica generalizada la Exposición del Santísimo, seguida de la adoración.
En el siglo XIII surgió la adoración de las Cuarenta Horas para adorar a Jesús expuesto en la custodia durante cuarenta horas seguidas en una iglesia, y después se continuaba en otras iglesias.
En 1534 esta devoción tuvo un gran impulso en Milán y el Papa Clemente VIII extendió esta costumbre a toda la Iglesia en 1592.
A partir de 1594, comienzan a fundarse Asociaciones y Congregaciones destinadas específicamente a la adoración perpetua al Santísimo Sacramento.
Actualmente, son muchas las Congregaciones religiosas dedicadas a la Adoración perpetua.
Entre ellas: la Orden de san Norberto, las Sacramentinas y Sacramentinos, Adoratrices perpetuas del Santísimo Sacramento, Religiosas de la adoración perpetua, Benedictinas de la adoración perpetua, Clarisas de la adoración perpetua, Adoratrices perpetuas guadalupanas, Religiosas de la cruz del Sagrado Corazón de Jesús, Siervas del Espíritu Santo de adoración perpetua y muchísimas otras.
Es interesante resaltar que, durante los siglos diecisiete y dieciocho, en algunas diócesis de Francia, en todas las iglesias y capillas tenían adoración perpetua.
Por ejemplo, en la diócesis de Chartres a partir de 1658, en Amiens (1658), Lyon (1667), Evreux (1672), Rouen (1700), Boulogne (1753).
Esta adoración perpetua se interrumpió con la Revolución francesa y fue restaurada, especialmente, en 1848 por influencia del famoso pianista convertido Hermann Cohen, carmelita descalzo y gran apóstol de la Eucaristía.
Actualmente, en casi todas las diócesis del mundo hay algunas capillas de adoración perpetua y muchas de adoración diurna.
El ideal es que hubiera adoración perpetua en todas las iglesias.
Así lo manifestó el Papa Juan Pablo II en junio de 1993 en el Congreso Eucarístico internacional de Sevilla:
Deseo que el fruto de este Congreso sea establecer la adoración perpetua en cada parroquia y en cada comunidad cristiana del mundo entero.
¿Nos imaginamos que en cada parroquia y comunidad religiosa hubiera una capilla de adoración perpetua, día y noche, las veinticuatro horas del día a Jesús sacramentado? El mundo sería un paraíso.
Pero muchos católicos no están dispuestos a hacer turnos de adoración, tienen miedo a los ladrones; algunos sacerdotes no quieren complicarse la vida con más trabajos y preocupaciones… Y Jesús sigue abandonado y poco amado.
Y, en vez de crearse capillas nuevas de adoración perpetua, se cierran iglesias por falta de fieles o de sacerdotes, o están cerradas durante el día.
El Padre Martín Lucía, sacerdote norteamericano, misionero de la adoración perpetua y fundador de la Sociedad misionera apostólica Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, va por todo el mundo con sus misioneros, promoviendo en todas partes la adoración perpetua.
Él dice:
Sepan que cada minuto que le regalan a Jesús en adoración, Él lo toma y lo bendice y derrama sobre el mundo bendiciones inmensas…
Conozco hombres que vienen a saludar a Jesús de madrugada, antes de comenzar su trabajo.
Hay señoras, que cambian su itinerario al ir a hacer las compras y pasan por la capilla para adorar unos momentos a Jesús.
Hay novios que acompañan a su novias en su turno de adoración…
Debemos formar una cadena inquebrantable de amor a Jesús, para que nunca esté solo, y las capillas estén abiertas las 24 horas del día, todos los días del año, para que quien lo desee pueda ir a visitar a Jesús a cualquier hora del día o de la noche.
Una capilla de adoración perpetua es como un faro de luz en la noche del mundo y hay que hacer todo lo posible para que el mundo esté lleno de luces.
El Papa Juan Pablo II quiso dar el ejemplo y el 2 de diciembre de 1981 inauguró en la basílica de San Pedro del Vaticano una capilla de adoración perpetua.
En muchas parroquias, ya han comenzado con la adoración diurna.
Pero hay que comprometer a cada católico consciente a que dedique, al menos, una hora semanal con compromiso (tal hora concreta) para visitar a Jesús sacramentado.
De este modo, entre todos se pueden completar las 24 horas del día y hacer todos unidos una adoración perpetua.
Una hora a la semana no es mucho pedir, pues Jesús nos podría decir como a los apóstoles:
¿No habéis podido velar una hora conmigo? (Mt 26, 40).
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Autor: P. Angel Peña O.A.R
Ciertamente que el valor de una sola hora de adoración ante Jesús sacramentado es incalculable; pero, a veces, no somos conscientes de ello.
Nos puede pasar como a aquella familia que heredó una casa de un familiar.
En la casa había una pintura antigua, que representaba una maceta y, al hacer la limpieza, pensaron en tirarla a la basura.
Felizmente, estaba allí un amigo y les pidió que se la dieran para que la examinaran en el museo, donde él trabajaba.
Y resultó que era una copia original de Van Gogh, el gran pintor holandés, y el valor de la pintura era de varios millones de dólares.
¡No sabían el tesoro que tenían en casa y lo iban a tirar!
Muchos católicos no conocen lo que tienen y hasta lo tiran, al pasarse a otras sectas, donde jamás podrán tener la presencia viva y real de Jesús Eucaristía.
Tú procura aprovechar tu tiempo disponible para visitar a Jesús y, si es posible, adorarlo, al menos una hora cada día.
Que no te pase lo que se relata en la película La lista de Schindler.
Schindler saca de su solapa un prendedor de oro y se lamenta de no haberlo vendido; pues, si lo hubiese hecho, habría podido comprar a los nazis la vida de un judío más.
Y, entonces, llora y se lamenta, porque ya es demasiado tarde. Y comprende que una vida vale más que todo el oro del mundo.
¡Ojalá que no nos lamentemos demasiado tarde, cuando ya no haya tiempo disponible para recuperar tantas bendiciones perdidas por no haber asistido más a la misa y no haber adorado más a Jesús sacramentado!
Personalmente, hace veinte años me decidí a hacer todos los días una hora santa de adoración ante Jesús sacramentado y creo que ha sido una de las decisiones más positivas de mi vida.
¡Ojalá que todos nos comprometamos, al menos, con media hora diaria ante Jesús sacramentado!
¡O con una hora de adoración a distancia, desde nuestra casa, si nos es muy difícil o imposible ir a la iglesia todos los días!
¡O, al menos, una hora santa de adoración cada semana como mínimo!
Decía san Pablo: Cristo es mi vida (Fil 1, 21).
¿Podríamos decir nosotros eso? Porque decir que Cristo es mi vida es decir que Cristo, que vive en la Eucaristía, es mi vida; lo que con otras palabras es lo mismo que decir que la Eucaristía es mi vida.
Una religiosa contemplativa me escribía:
El Jueves santo de 1945, yo tenía 16 años. ¡Qué día! No podía separarme del sagrario, me era imposible. Él me hizo ver sus ojos en el fondo de mi pobre ser.
Su mirada serena, dulce, atrayente, que, aún después de tantos años, no la puedo olvidar, es la causa de mi enamoramiento de Él.
Esta mirada la conservo dentro de mí y es mi dulce compañera de camino y mi refugio en los momentos difíciles. Si quisiera decir todo lo que siento, no sería capaz.
Ella quedó enamorada de Jesús para siempre. ¿Y tú? ¿Sentirás la necesidad de ir a visitar a Jesús todos los días?
El ideal es hacerlo en una iglesia o capilla, donde está expuesto el Santísimo.
Durante la Exposición del Santísimo hay más flores, más luces… y se siente más la presencia de Jesús, pues es como hablar con alguien cara a cara, mirándolo a los ojos.
Jesús está presente en el sagrario, pero es mejor mirarlo cara a cara en la hostia consagrada, expuesta en la custodia.
¿Estarás dispuesto a adorar a Jesús una hora cada día o, al menos, cada semana como mínimo?
Decía la Madre Teresa de Calcuta:
Cuando mires un crucifijo, piensa en cuánto te amó Jesús para morir por ti; pero, cuando mires a Jesús Eucaristía, piensa en cuánto te ama ahora mismo, que sigue esperándote cada día en este sacramento.
Lo cual nos debe hacer sentir la necesidad de hablar de Él a todo el mundo para transmitirles la más grande noticia:
Cristo está vivo en la Eucaristía.
¿Serás capaz de ser apóstol de Jesús Eucaristía?
Decía Paul Claudel, el gran convertido:
Vosotros, que tenéis luz, ¿qué hacéis con ella, si el mundo está en tinieblas?.
El padre Roberto DeGrandis relata un suceso extraordinario sobre el poder de la Eucaristía y su luz divina:
Recuerdo la historia de un hombre que se hizo sacerdote a los cincuenta años, después de haber sido científico investigador de la NASA y trabajar con una cámara que podía calibrar el aura de luz alrededor de un cuerpo humano. Creo que se llama fotografía Kirlian.
El interés de la NASA estaba en poder identificar y supervisar el aura de los astronautas en órbita y determinar lo que les pasaba internamente.
Encontraron que las personas agonizantes tienen un aura muy delgada como la luz azul, la cual se va poniendo más y más débil hasta que la persona muere.
El científico y su ayudante estaban un día en un hospital, supervisando el aura de un hombre agonizante.
Mientras lo observaban, entró otro hombre en la habitación y llenó la habitación de una luz, que emanaba de su bolsillo.
El hombre sacó algo que ocasionó que la cámara se inundara de luz hasta el punto de que ellos fueron incapaces de ver lo que estaba pasando.
Fueron a ver y descubrieron que aquel hombre estaba dando la comunión al agonizante.
Ellos, entonces, observaron en su cámara que, cuando el agonizante recibió la comunión, su aura empezó a crecer y hacerse más fuerte.
Este científico supo que había un poder superior, dejó su trabajo, se convirtió y se hizo sacerdote católico131.
Jesús lo necesitaba a él y te necesita a ti, no lo olvides. Y te sigue esperando en la Eucaristía.
131 DeGrandis Roberto, Sanación a través de la misa, Ed. AMS, Bogotá, 2003, p. 163.
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Autor: P. Angel Peña O.A.R
Si todos los católicos buenos se comprometieran a estar una hora diaria en adoración ante Jesús Eucaristía, el mundo cambiaría, porque la fuerza y el poder que salen del sagrario cambiarían el mundo.
Pero ¡hay tantos que ya ni creen que Jesús está en el sagrario!
San Juan María Vianney, el famoso cura de Ars, decía constantemente a sus feligreses:
Jesús está ahí; si supieran cuánto los ama Jesús en el Santísimo Sacramento, morirían de felicidad.
Y él, que lo creía firmemente, se pasaba muchas horas del día y de la noche en adoración.
Monseñor Fulton Sheen, arzobispo de Nueva York, todos los días tenía su hora santa de adoración ante Jesús sacramentado.
Esta práctica le había sido inspirada por una historia real, ocurrida en China, cuando los comunistas ocuparon el poder.
En un pequeño pueblo, entraron a la iglesia, destrozaron el sagrario y tiraron las hostias por el suelo, encerrando al sacerdote en su propia casa.
Pero una niña del pueblo entraba cada día, sigilosamente, a la iglesia, al anochecer, y se pasaba una hora en adoración ante las hostias tiradas por el suelo y, después, recibía una para comulgar.
Esto lo podía ver cada noche el sacerdote desde su casa, que estaba junto a la iglesia.
El día en que la niña comulgó con la última hostia, los guardias comunistas la vieron y la mataron a golpes. El sacerdote pudo sobrevivir para contarlo.
Y el obispo Fulton Sheen escuchó esta historia, siendo seminarista, y, desde entonces, hasta los 82 años en que murió, siempre mantuvo su promesa de hacer una hora santa cada día, en recuerdo de aquella niña valiente, que dio la vida por amor a Jesús Eucaristía.
El padre Roberto DeGrandis nos dice:
Hace poco una mujer compartió conmigo su vida y me dijo que había sufrido mucho y que la única paz que había sentido en esos momentos, la había encontrado en la hora diaria que ella pasaba ante el Santísimo Sacramento. Ése era un lugar de curación para ella.
Yo pienso que eso fue algo muy cierto. Hay una tremenda curación con sólo estar en la iglesia rodeados de la paz del Señor128.
Otra mujer me dijo que, cuando tenía 29 años, pensó que se iba a volver loca, porque estaba pasando una menopausia anticipada. Emocionalmente, le estaban sucediendo todas las cosas posibles.
Ella también sentía que debía ir a la iglesia todos los días y estar allí una hora santa en oración; y me dijo:
Usted sabe, hay muy pocas cosas que no puedan ser curadas, estando una hora todos los días ante el Santísimo Sacramento129.
El Padre Josefino Ramírez en su libro Cartas a un hermano sacerdote dice:
Hoy, durante mi hora santa, vi algo muy peculiar: una caja de chocolates sobre el altar. Pensé que alguien la había dejado olvidada, hasta que leí la tarjeta que había en la caja: “Para Jesús, porque su amor es el más dulce de todos. Ninay”.
Una niña le había dejado a Jesús una caja de chocolates para demostrarle su amor. ¿Qué le daremos nosotros?
Otra niña le entregó a su padre el día de su cumpleaños una caja forrada con un lindo papel de regalo.
Su padre, al abrirla, vio que estaba vacía y le preguntó por qué le regalaba una caja vacía. Y la niña le dijo:
Papá, no está vacía, antes de cerrarla, la llené de besos para ti.
¡Qué hermoso sería, si todos los días vamos a visitar a Jesús y le dejamos nuestro corazón lleno de amor y lleno de besos para Él!
El beato Damián de Molokai organizó en la isla de los leprosos la adoración perpetua en su capilla y allí se pasaba muchas horas en adoración ante Jesús, ofreciéndole todo su amor por Él y por aquellos leprosos, que tanto lo necesitaban.
Un día llegó un voluntario para ayudarlo en su tarea. Era un hombre bueno, que estaba buscando un sentido para su vida. Se llamaba Dutton y venía de USA.
Un día, Dutton necesitaba consultar algunas cosas con el Padre Damián y no lo encontraba por ninguna parte. Por fin, lo encontró en la capilla.
El Padre Damián se veía como transformado de amor y sus ojos brillaban de felicidad. A Dutton le impresionó tanto esa actitud y ese amor ante Jesús sacramentado, que se convirtió al catolicismo y siguió ayudando a los leprosos.
Hoy está abierta la causa de su beatificación.
El beato Damián decía:
Sin mi hora santa diaria en presencia de Jesús sacramentado, no hubiera sido capaz de quedarme en este lugar ni un solo día.
San Pedro Julián Eymard insistía: Hay que considerar la hora de adoración como una hora de paraíso. Vayan a ella como si fuesen al cielo, como a un banquete divino130.
San Juan María Vianney vio en una ocasión con sus propios ojos cómo Jesús tomaba con cariño en sus manos la cara de cada persona que lo visitaba en el Santísimo Sacramento y le daba un tierno beso de amor y agradecimiento.
Como si quisiera cumplir lo que dice Oseas:
Con cuerdas humanas, con lazos de amor los atraía… Era para ellos como quien alza a un niño contra su mejilla y se baja para darle de comer (Os 11, 4).
128 DeGrandis Roberto, Curación a través de la misa, Ed. Minuto de Dios, Bogotá, p. 3.
129 ib. p. 30.
130 San Pedro Julián Eymard, Obras eucarísticas, Ed. Eucaristía, p. 3.
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Autor: P. Angel Peña O.A.R
¡Cuánta luz y cuánto amor y ternura sale de los sagrarios de nuestras iglesias, mientras tantísimos católicos están muriendo de frío, porque están vacíos por dentro o porque han perdido la fe!
La Madre Teresa de Calcuta decía:
En el capítulo general que tuvimos en 1973, las hermanas pidieron que la adoración al Santísimo, que teníamos una vez por semana, la tuviéramos cada día, a pesar del enorme trabajo que pesaba sobre ellas. Esta intensidad de oración ante el Santísimo ha aportado un gran cambio en nuestra Congregación.
Hemos experimentado que nuestro amor a Jesús es más grande, nuestro amor de unas a otras es más comprensivo y nosotras tenemos el doble de vocaciones.
Pero, para muchos, Jesús Eucaristía es el gran desconocido, el Dios olvidado y abandonado.
En su vida terrena fue un hombre, en la hostia consagrada ni parece hombre y la mayoría de los católicos no le dan mucha importancia.
En su vida terrena, lo seguía mucha gente; en el sagrario está muy solo.
Pasa muchas noches en soledad, esperando que amanezca para que algún amigo venga a visitarlo. Y, sin embargo, del sagrario sale una luz divina que ilumina al mundo, mientras nosotros vamos a ciegas por la vida buscando estrellas de luz.
Él es la fuente de la vida y nosotros nos morimos de sed de amor.
Si queremos calentar nuestro espíritu, si necesitamos un amigo de verdad, si estamos tristes y necesitamos un poco de comprensión y alegría, ahí, en el sagrario, está Jesús, el amigo que siempre nos espera para bendecirnos y darnos todo lo que necesitemos.
Él esta deseando bendecirnos como bendijo a aquel niño, pequeño custodio de Jesús Eucaristía, en España.
Ocurrió en un pueblecito de España, llamado Almolda, de la provincia de Zaragoza, en el año 1936, durante la guerra civil.
Cuando los rojos (comunistas) entraron al pueblo, obligaron al hornero que quemase en su horno todas las imágenes de la iglesia, a las que habían hecho pedazos.
Cuando estaba quemando los restos de aquellas imágenes, el hijo del hornero, de tan solo cinco años de edad, vio que algo brillaba de modo especial.
Era el viril de la custodia que tenía todavía la hostia santa dentro de él.
En ese momento, el niño tomó la hostia con respeto y le dijo a su padre: Papá, aquí está Nuestro Señor.
Su padre le dijo: Guarda la hostia tú, hijo mío, que tú eres un ángel puro. El niño la cogió con respeto y la llevó a su habitación.
Durante el día, acompañaba a Jesús siempre que podía y durante la noche dormía junto a Él. Realmente, sintió un amor y un cariño especial por Jesús Eucaristía. Esto ocurrió durante más de dos años.
Al acabar la guerra, se avisó al párroco y se organizó una brillante procesión para llevar a Jesús hasta la iglesia parroquial.
Y pudo comprobarse que, a pesar del tiempo transcurrido, no se había corrompido la sagrada hostia.
El nombre de aquel niño era Antonio Peña y el de su padre José Peña Pallás, hornero del pueblo de Almolda124.
El padre Darío Betancourt cuenta: Una mañana me llamaron del hospital de Armenia, en Nueva York, para atender a Ann Greer, que llevaba dos meses inconsciente, rígida y con traqueotomía.
Yo le puse el portaviáticos (con Jesús Eucaristía) sobre la frente, que era el lugar donde había sido golpeada en un terrible accidente automovilístico.
Por la noche fuimos informados de que la niña había recobrado un poco de calor y sus miembros estaban más flexibles.
Al día siguiente, los médicos estaban admirados de la mejoría tan grande de la noche a la mañana. Dos días más tarde, reconocía y recordaba.
Una semana más tarde, Ann dejaba el hospital totalmente recuperada125.
Escribe el padre Ronald La Barrera: Durante una noche de adoración y alabanza, me llamó fuertemente la atención una niña de seis o siete años que, desde el momento en que expuse el Santísimo, vino delante del altar y estuvo las dos horas de rodillas o postrada con muchas lágrimas.
No podía creer lo que estaba viendo; por eso, al terminar, me dirigí hacia la niña para averiguar lo que le sucedía.
Ella me dijo que pedía a Jesusito que su papá volviera a casa.
Lo único que le dije fue: “El Señor ha escuchado tu oración y te dará fuerza para que aceptes su voluntad”.
Después me enteré que el papá hacía cuatro meses que se había ido de casa y nadie sabía nada de él. En todo ese tiempo, no se había comunicado con su familia ni por teléfono ni por carta.
Los vecinos ayudaban a la señora y a sus hijos para la comida y la dueña de casa esperaba que, en algún momento, le pudieran pagar.
Cada día que pasaba perdían, poco a poco, la esperanza de que el papá volviera.
Esta niña acudió aquella noche a Jesús y se postró delante de Él, lloró y suplicó durante dos horas para que su papá volviera…
Al día siguiente, a las 7 a.m., el papá apareció, tocando la puerta de la casa. Traía dinero para pagar la renta de la casa y llevó a su esposa e hijos a comer a un restaurante.
Algunos dirán que fue una coincidencia, pero para los que creemos en Dios sabemos que nada sucede sin que Él lo permita.
La oración humilde y sencilla de esta pequeñita, arrancó este milagro de Dios. Así la familia, libre de las angustias y tristezas, volvió a vivir con gozo y alegría el reencuentro con el papá126.
En otra ocasión: Habíamos terminado una noche de alabanza y adoración ante el Santísimo en Lindsey, California.
Pasamos dos horas maravillosas y nos despedíamos contentos de haber pasado unos momentos junto a Jesús. Alguien se acercó a pedirme que orara por un bebé; sus padres habían hecho dos horas de camino para llegar a la oración.
Les dije que Jesús es el que sana y nos pusimos delante del sagrario, con el papá que tenía al bebé de pocos meses de nacido y la mamá a su lado.
Un grupo de personas nos rodearon para unirse a la oración. El bebé tenía un soplo en el corazón y tenía que ser operado.
Los padres, con lágrimas en sus ojos, suplicaban a Dios por su hijo. De pronto, el bebé dejó de llorar y sonreía, y los padres, derramando lágrimas, también sonrieron.
Después me enteré que ya no necesitó la operación127.
124 Este caso fue publicado en el boletín parroquial del 29 de octubre de 1940. También se encuentra en el libro Milagros eucarísticos de Manuel Traval y Roset, Ed. Apostolado mariano, Sevilla, 2001, p. 306.
125 Betancourt Darío, La Eucaristía, p. 14.
126 La Barrera Ronald, El poder de la oración, Ed. Huellas, Trujillo (Perú), 2003, p. 80.
127 ib. p. 99.
por Makf | 30 Oct, 2025 | La Eucaristía el Tesoro Más Grande del Mundo
Autor: P. Angel Peña O.A.R
La devoción de adorar a Jesús Eucaristía tiene sus antecedentes remotos en el amor con que los primeros cristianos guardaban la Eucaristía en las casas, cuando no había templos, para poder llevar la comunión fuera de la misa a los enfermos, a los presos y a otros que se encontraban en especiales necesidades.
¿Nos imaginamos con qué cuidado, respeto y devoción tendrían en sus casas aquellos primeros cristianos a Jesús Eucaristía? Y ¿con qué amor y devoción la llevarían a los enfermos, sabiendo que no era un simple pan bendito sino el mismo Señor Jesús?
Por eso, podemos comprender que el niño Tarsicio fuera capaz de dejarse matar antes de entregar a sus compañeros las hostias consagradas que llevaba a los enfermos.
Inmediatamente después de las persecuciones, en el siglo IV, según se dice en las Constituciones apostólicas, las hostias consagradas que sobraban, después de haber distribuido la comunión, se guardaban en un sacrarium (de ahí viene la palabra sagrario).
Pronto delante del sacrarium se colocó una lámpara encendida para manifestar la presencia viva de Jesús.
En el siglo VI, en el sínodo de Verdún, se manda guardar la Eucaristía en un lugar eminente y honesto, y si los recursos lo permiten, debe tener una lámpara permanentemente encendida, y se colocaba el pan eucarístico en unas cajitas preciosas.
De modo que ya el Papa León IV, en el siglo IX, dispone que en el altar solamente se coloquen las reliquias de los santos, los cuatro evangelios y la píxide (cajita) con el cuerpo del Señor para el viático a los enfermos.
El hecho de tener la Eucaristía sobre el altar, les da a las iglesias un ambiente de recogimiento y de respeto especial.
De modo que muchos se arrodillan, cuando van a la iglesia, adorando a Jesús allí presente.
Esta adoración al Santísimo Sacramento comienza a desarrollarse más, cuando, en el siglo XI, se hacen monumentos eucarísticos para la adoración el día del Jueves Santo, costumbre que continúa hasta el presente.
Esta devoción se incrementa, especialmente a partir de 1208, cuando Jesús se aparece a santa Juliana de Mont-Cornillon, una religiosa agustina de Lieja, en Bélgica.
Ella era una enamorada de Jesús Eucaristía, de modo que hasta físicamente encontraba en la comunión su único alimento.
Bajo el influjo de estas apariciones, el obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, instituye en 1246 la fiesta del Corpus Christi.
En 1264, el Papa Urbano IV, antiguo arcediano de Lieja, extiende esta fiesta a toda la cristiandad por la bula Transiturus, que es una especie de carta magna sobre el culto eucarístico fuera de la misa.
San Francisco de Asís, en este mismo siglo XIII, antes de morir, aconseja en su Testamento:
Quiero que estos santísimos misterios del cuerpo y de la sangre de Cristo sean honrados y venerados por encima de todo y colocados en lugares preciosos.
Santo Tomás de Aquino (1224-1274) celebraba todos los días la misa a primera hora y luego asistía a otra.
Era un enamorado de la Eucaristía y compuso para su adoración himnos, que se han hecho famosos a lo largo de los siglos como Pange lingua, Lauda Sion o Sacris solemniis.
A partir de este siglo, la adoración eucarística va creciendo más y más en todo el mundo católico.
En ese tiempo, tiene su origen la devoción de la Cuarenta horas, que comienza en Roma.
En el siglo XIV se fundan muchas capillas de adoración al Santísimo Sacramento y se hace, frecuentemente, Exposición del Santísimo.
Hacia 1500, en muchísimas iglesias católicas del mundo, los domingos en la tarde se acostumbraba ya a rezar vísperas con Exposición del Santísimo.
En el siglo XVI se multiplican las Asociaciones y obras eucarísticas como Hora santa, Jueves sacerdotales, Cruzada eucarística, Guardia de honor, visitas al Santísimo, procesiones eucarísticas y congresos eucarísticos diocesanos, regionales o nacionales.
En 1881 comenzó el primer Congreso eucarístico internacional en Lille (Francia), motivado por Emile Tamisier.
Actualmente, en muchos lugares, la adoración del Santísimo Sacramento tiene cotidianamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad.
La participación de los fieles en la procesión eucarística en la solemnidad del Corpus Christi es una gracia de Dios, que cada año llena de gozo a quienes toman parte en ella (EE 10).
San Alfonso María de Ligorio escribió:
Entre todas las devociones ésta de adorar a Jesús sacramentado es la primera, después de los sacramentos, la más apreciada por Dios y la más útil para nosotros (EE 25).
El Papa Juan XXIII, en su Diario de un alma, declara que tenía la costumbre de hacer frecuentes visitas al Santísimo, es decir, a Jesús sacramentado. Y eso lo convirtió en el Papa tan alegre que el mundo entero llegó a amar.
Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa, cuando le preguntaban por qué sonreía tanto y por qué era tan alegre, respondía:
Porque Jesús en el Santísimo Sacramento me ama mucho.
El Papa Juan Pablo II se pasaba dos horas diarias ante Jesús sacramentado y hacía frecuentes visitas a Jesús Eucaristía.
La beata Madre Teresa de Calcuta, cuando le preguntaban qué será lo que convertirá al mundo, decía sin dudar: la oración.
Y añadía:
En cada parroquia es preciso orar delante del Santísimo Sacramento en horas santas de adoración.