por Makf | 7 Ene, 2026 | 24 Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
Autora: Luisa Piccarretta
Jesús, Madre mía, venid a escribir conmigo, prestadme vuestras santísimas manos para que pueda escribir lo que a Vosotros os plazca y sólo lo que queráis. Jesús, amor mío, ya estás despojado de tus vestiduras; tu cuerpo santísimo está tan lacerado, que pareces un cordero desollado…
Veo que de la cabeza a los pies tiemblas, y no sosteniéndote de pie, mientras tus enemigos te preparan la Cruz, caes por tierra en este monte.
Bien mío y Todo mío, el corazón se me oprime por el dolor al ver cómo la sangre te diluvia de todas partes de tu santísimo cuerpo, y todo cubierto de llagas, de la cabeza a los pies.
Tus enemigos, cansados, pero no satisfechos, al desnudarte han arrancado de tu santísima cabeza, con indecible dolor tuyo, la corona de espinas, y después te la han clavado de nuevo entre dolores inauditos, traspasando con nuevas heridas tu sacratísima cabeza…
Ah, Tú reparas la perfidia y la obstinación del pecador, especialmente en el pecado de la soberbia…
Jesús, veo que si el amor no te empujase aún más arriba, Tú ya hubieras muerto por la intensidad del dolor que sufres en esta tercera coronación de espinas.
Pero veo que no puedes soportar el dolor, y con esos ojos velados por la sangre miras para ver si al menos hay uno que se te acerque para sostenerte en tanto dolor y confusión…
Dulce bien mío, aquí no estás solo como en la noche de la Pasión, aquí está la dolorosa Mamá que, lacerada en su Corazón sufre tantas muertes por cuantas penas sufres Tú…
Oh Jesús, también está la amante Magdalena, que parece enloquecida por causa de tus penas; el fiel Juan, que parece enmudecido por la intensidad del dolor de tu Pasión…
Este es el monte de los amantes… y no podías estar solo, pero dime, Amor mío, ¿quién quisieras que te sostuviera en tanto dolor? Ah, permíteme que sea yo quien te sostenga.
Yo soy quien tiene más necesidad de todos… La Mamá querida, con los demás, me ceden el puesto, y yo, oh Jesús, me acerco a ti, te abrazo y te ruego que apoyes tu cabeza sobre mi hombro y que me hagas sentir en mi cabeza tus espinas.
Quiero poner mi cabeza junto a la tuya„ no sólo para sentir tus espinas sino también para lavar con tu sangre preciosísima, que de la cabeza te chorrea, todos mis pensamientos, para que todos puedan estar en tacto de repararte por cualquier ofensa de pensamiento que cometan las criaturas.
Oh amor mío, estréchate a mí, pues quiero besar una por una las gotas de tu sangre que chorrean sobre tu rostro santísimo; y mientras las adoro una por una, te ruego que cada gota de tu sangre sea luz para cada mente creada, para hacer que ninguna te ofenda con pensamientos malos…
Y mientras te tengo estrechado y apoyado en mí, te miro, oh Jesús, y veo que miras la Cruz que tus enemigos te preparan.
Oyes los golpes que dan a la Cruz para hacerle los agujeros en los que te clavarán.
Oh Jesús, siento que el Corazón te palpita con violencia, anhelando ese lecho, para ti el más deseado, si bien con dolor indescriptible, con que sellarás en ti la salvación de nuestras almas; y te oigo decir:
“Amor mío, Cruz amada, lecho mío precioso:
Tú has sido mi martirio en vida y ahora eres mi descanso. Oh Cruz, recíbeme pronto en tus brazos; estoy impaciente en la espera. Cruz santa, en ti daré cumplimiento a todo.
¡Pronto, oh Cruz, cumple mis ardientes deseos, que me consumen para dar Vida a las almas, y estas Vidas serán selladas por ti, oh Cruz!
¡Ah, no tardes, que con ansia espero extenderme sobre ti para abrir el Cielo a todos mis hijos y cerrarles el Infierno!
Oh Cruz, es verdad que tú eres mi batalla, pero eres también mi victoria y mi triunfo completo. En ti concederé abundantes herencias, victorias, triunfos y coronas a mis hijos…”
¿Pero quién podrá decir todo lo que mi dulce Jesús dice a la Cruz?
Pero mientras Jesús se desahoga con la Cruz, sus enemigos le mandan que se extienda sobre ella, y El inmediatamente obedece a lo que quieren, y esto para reparar por nuestras desobediencias.
Amor mío, antes que te extiendas sobre la Cruz déjame que te estreche más fuerte a mi corazón y que te de, y tú me des, un beso.
Oye, Jesús, no quiero dejarte; quiero permanecer contigo y extenderme también yo sobre la Cruz y quedar clavada junto contigo.
El verdadero amor no soporta ninguna clase de separación. Tú perdonarás la audacia de mi amor y me concederás quedarme crucificada contigo…
Mira, tierno amor mío, no soy yo sola quien te lo pide, sino también te lo pide la doliente Mamá, la amante Magdalena, el predilecto Juan; todos te dicen que les sería más soportable quedar crucificados contigo que sólo asistir y verte a ti solo crucificado…
Por eso en unión contigo me ofrezco al Eterno Padre, identificada con tu Voluntad, con tu Amor, con tus reparaciones, con tu mismo Corazón y con todas tus penas.
Ah, parece que mi dolorido Jesús me dice: “Hija mía, has previsto mi Amor, esta es mi Voluntad:
Que todos los que me aman queden crucificados conmigo. Ah sí, ven tú también a extenderte conmigo sobre la Cruz; te haré vida de mi Vida y te tendré como la predilecta de mi Corazón.”
Dulce bien mío, he aquí que te extiendes sobre la Cruz, miras a los verdugos, que tienen en las manos clavos y martillo para clavarte, y los miras con tal amor y dulzura que les haces dulce invitación para que pronto te crucifiquen…
Y ellos, aunque sienten repugnancia, con ferocidad inhumana te sujetan la mano derecha, presentan el clavo y a golpes de martillo lo hacen salir por el otro lado de la Cruz, pero es tanto y tan tremendo el dolor que sufres, oh Jesús mío, que te estremeces; la luz de tus ojos se eclipsa, tu rostro santísimo palidece y se hace lívido…
Diestra bendita, te beso, te compadezco, te adoro y te agradezco, por mí y por todos…
Y por cuantos fueron los golpes que recibiste, tantas otras almas te pido en este momento que libres de la condena del infierno; por cuantas gotas de sangre derramaste, tantas almas te ruego que laves en esta Sangre Preciosísima; y por el dolor atroz que sufriste, especialmente cuando te clavaron en la Cruz, te ruego que a todos abras el Cielo y que bendigas a todos, y ésta tu bendición llame a la conversión a los pecadores, y a la luz de la fe a los herejes e infieles.
Oh Jesús, dulce Vida mía, habiéndote crucificado ya la mano derecha, los verdugos, con inaudita crueldad te toman la izquierda y te tiran de ella tanto, para hacer que llegue al agujero ya preparado en la Cruz, que te sientes dislocar las articulaciones de los brazos y de los hombros, y por la violencia del dolor, las piernas se contraen convulsamente…
Mano izquierda de mi Jesús, te beso, te compadezco, te adoro y te agradezco…
Y te ruego, por esos golpes y por los dolores que sufriste cuando te traspasaron con el clavo, que me concedas muchas almas que en este momento hagamos volar del Purgatorio al Cielo; y por la sangre que derramaste te ruego que extingas las llamas que atormentan a esas almas, y para todas sea refrigerio y un baño saludable que las purifique de todas las manchas y las disponga a la visión beatifica…
Amor mío y Todo mío, por el agudísimo dolor que sufriste cuando te clavaron el clavo en la mano izquierda te ruego que cierres el infierno a todas las almas y que detengas los rayos de la Divina Justicia, que por nuestras culpas está por desgracia irritada…
Ah Jesús, haz que este clavo en tu izquierda bendita sea la llave que cierre la Divina Justicia, para hacer que no lluevan los flagelos sobre la tierra, y abra los tesoros de la Divina Misericordia a favor de todos.
Por eso te ruego que nos estreches entre tus brazos… Ya has quedado inmovilizado para todo, y nosotros hemos quedado libres para poderte hacer todo; por tanto, pongo en tus brazos el mundo y a todas las generaciones, y te ruego, Amor mío, con las voces de tu misma sangre, que no niegues a ninguno el perdón, y por los méritos de tu Preciosísima Sangre te pido la salvación y la Gracia para todos, sin excluir a ninguno.
Amor mío Jesús, tus enemigos no están todavía satisfechos; con ferocidad diabólica toman tus pies santísimos, siempre incansables en la búsqueda de almas, y, contraídos como estaban por la fuerza del dolor de las manos, tiran de ellos tan fuerte que quedan descoyuntadas las rodillas, las caderas y todos los huesos del pecho…
Mi corazón no resiste, oh Bien mío… Veo que por la vehemencia del dolor, tus hermosos ojos eclipsados y velados por la sangre se ponen en blanco, tus labios lívidos e hinchados por los golpes se tuercen, las mejillas se hunden, los dientes entrechocan, el pecho se sofoca, y el Corazón, por la fuerza de la tensión con que han sido estiradas las manos y los pies, queda todo desquiciado…
¡Amor mío, con cuánto deseo me pondría en tu lugar para evitarte tanto dolor! Quiero extenderme en todos tus miembros para darte un alivio, un beso, un consuelo y una reparación por todo.
Jesús mío, veo que colocan un pie sobre el otro, y te lo traspasan con un clavo, por añadidura despuntado…
Ah Jesús mío, permíteme que mientras te los traspasa el clavo, te ponga en el pie derecho a todos los Sacerdotes, para que sean luz para todas las gentes, y en especial aquellos que no llevan una vida buena y santa; y en el pie izquierdo a todas las gentes, para que reciban la luz de los Sacerdotes, los respeten y les sean obedientes; y en la misma forma que el clavo te traspasa los pies, así traspase a los Sacerdotes y a las gentes para que unos y otras no puedan separarse de ti…
Pies benditos de mi Jesús, os beso, os compadezco, os adoro y os agradezco…
Y por los atrocísimos dolores que sufriste cuando fuiste estirado, descoyuntándose todos los huesos, y por la sangre que derramaste, te suplico que pongas y encierres a todas las almas en tus llagas. No desdeñes a ninguna, oh Jesús…
Que tus clavos crucifiquen nuestras potencias para que no se separen de ti; nuestro corazón, para que siempre y solamente quede fijo en ti; todos nuestros sentimientos queden clavados con tus clavos para que no tomen ningún gusto que no provenga de ti…
Oh Jesús mío crucificado, te veo todo ensangrentado, nadas en un baño de sangre, y estas gotas de sangre no te gritan sino:
¡Almas! Más aún, en cada una de estas gotas de tu sangre veo presentes a todas las almas de todos los siglos; de manera, que a todas nos contenías en ti, oh Jesús. Y por la potencia de esta Sangre te pido que ninguna huya nunca más de ti.
Oh Jesús mío, terminando los verdugos de clavarte los pies, yo me acerco a tu Corazón. Veo que ya no puedes más, pero el amor grita más fuerte y exige:
“¡Más penas aún!”. Jesús mío, abrazo tu Corazón, te beso, te compadezco, te adoro y te agradezco, por mí y por todos…
Oh Jesús, quiero apoyar mi cabeza sobre tu Corazón para sentir lo que sufres en esta dolorosísima crucifixión…
Ah, siento que cada golpe de martillo resuena en tu Corazón. Tu Corazón es el centro de todo, y por él empiezan los dolores y en él terminan …
Ah, si no fuera porque esperas una lanza para ser traspasado, las llamas de tu Amor y la sangre que hierve en torno a tu Corazón, se hubieran abierto camino y te lo habrían ya traspasado.
Estas llamas y esta sangre llaman a las almas amantes a hacer su feliz morada en tu Corazón, y yo, oh Jesús, por amor de este Corazón y por tu sacratísima Sangre, te suplico, te pido la santidad de todas tus almas amantes…
Oh Jesús, no las dejes salir jamás de tu Corazón, y con tu Gracia multiplica las vocaciones de almas amantes y víctimas que continúen tu vida sobre la tierra.
Tú quisieras dar un puesto especial en tu Corazón a las almas que te aman; haz que este puesto no lo pierdan jamás.
Oh Jesús, que las llamas de tu Corazón me abrasen y me consuman, que tu sangre me embellezca, que tu Amor me tenga siempre clavada al Amor, con el dolor y con la reparación.
Oh Jesús mío, ya los verdugos han clavado tus manos y tus pies a la Cruz, y volteándola para remachar los clavos obligan a tu rostro adorable a tocar la tierra empapada por tu misma sangre, y Tú, con tu boca divina, la besas…
Y con este beso, oh dulce Amor mío, quieres besar a todas las almas y vincularlas a tu amor, sellando su salvación.
Oh Jesús, déjame que tome yo tu lugar para que tu sacratísimo cuerpo no toque esa tierra, aunque esté empapada por tu preciosísima sangre; déjame que te estreche entre mis brazos, y mientras los verdugos doblan a golpes los clavos, haz que estos golpes me hieran también a mí y me crucifiquen por entero a tu Amor.
Jesús mío, mientras las espinas se van hundiendo cada vez más en tu cabeza, quiero ofrecerte todos mis pensamientos, para que como besos afectuosos te consuelen y mitiguen la amargura de tus espinas.
Oh Jesús, veo que tus enemigos aún no se han hartado de insultarte y de escarnecerte, y yo quiero confortar tus divinas miradas con mis miradas de amor.
Tu lengua está pegada casi a tu paladar por la amargura de la hiel y por la sed abrasadora.
Para aplacar tu sed quisieras todos los corazones de las criaturas rebosantes de amor, pero no teniéndolos, te abrasas cada vez más por ellas…
Dulce amor mío, quiero enviarte ríos de amor para mitigar de algún modo la amargura de la hiel y la sed ardiente…
Oh Jesús, veo que a cada movimiento que haces, las llagas de tus manos se van abriendo más y el dolor se hace más intenso y acerbo.
Querido Bien mío, para confortar y endulzar este dolor te ofrezco las obras santas de todas las criaturas…
¡Oh Jesús mío, ay! ¡Cómo está destrozado tu pobre Corazón!
¿Cómo podré confortarte en tanto dolor?
Me difundiré en ti, pondré mi corazón en el tuyo, en tus ardientes deseos pondré los míos para que sea destruido cualquier deseo malo; difundiré mi amor en el tuyo a fin de que con tu fuego sean abrasados los corazones de todas las criaturas y destruidos los amores profanos y pecaminosos.
Y así tu Corazón sacratísimo quedará reconfortado. Yo prometo desde ahora, oh Jesús, mantenme siempre clavada a este Corazón amorosísimo con los clavos de tus deseos, de tu Amor y de tu Voluntad.
¡Oh Jesús mío: Crucificado Tú, crucificada yo en ti!
No permitas que me desclave lo más mínimo de ti; sino que quede siempre clavada, para poder amarte y repararte por todos y mitigar- el dolor que te dan las criaturas con sus pecados…
Jesús clavado en la Cruz En esta hora, en íntima unión con Jesús, el alma, ejerciendo el oficio de víctima, quiere desarmar a la Justicia Divina.
Mi buen Jesús, veo que tus enemigos levantan el pesado madero de la Cruz y lo dejan caer en el hoyo que han preparado; y Tú, dulce Amor mío, quedas suspendido entre el Cielo y la tierra.
En este solemne momento te diriges al Padre, y con voz débil y apagada le dices:
“Padre Santo, héme aquí cargado con todos los pecados del mundo; no hay pecado que no recaiga sobre Mí. Por eso no descargues sobre los hombres los flagelos de tu Divina Justicia, sino sobre Mí, tu Hijo.
Oh Padre, ¿no ves a qué estado me he reducido? Por esta Cruz y en virtud de estos dolores, concede a todos el perdón, verdadera conversión, paz y santidad. Detén tu indignación contra la pobre humanidad, contra mis hijos; están ciegos y no saben lo que hacen…
Por eso mírame bien, cómo he quedado reducido por causa de ellos. Si no te mueves a compasión por ellos, enternécete al manos al ver mi rostro escupido y cubierto de sangre, lívido e hinchado por tantas bofetadas y golpes que he recibido…
¡Piedad, Padre mío! Yo era el más hermoso de todos, y ahora estoy tan desfigurado que ya no me reconozco. He llegado a ser la abominación de todos.
¡Por eso, a cualquier precio quiero salvar a la pobre criatura!”.
Crucificado Amor mío, yo también quiero seguirte ante el Trono del Eterno. y junto contigo quiero desarmar a la Divina Justicia.
Hago mía tu santísima Humanidad, me uno con mi voluntad a la Tuya y junto contigo quiero hacer lo que haces Tú…
Es más, permíteme que corran mis pensamientos en los tuyos; mi amor, mi voluntad, mis deseos en los tuyos; mis latidos corran en tu Corazón y todo mi ser, en ti, a fin de que no deje escapar nada y repita acto por acto y palabra por palabra todo lo que haces Tú.
Pero veo, crucificado Bien mío, que Tú, viendo al Divino Padre grandemente indignado contra las criaturas, te postras ante El y ocultas a todas las criaturas dentro de tu santísima Humanidad, poniéndolos al seguro, para que el Padre, mirándonos en ti, no nos eche a las criaturas de Sí.
Y si las mira airado, es porque todas las almas han desfigurado la bella imagen que El creó, y no tienen más pensamientos que para desconocerlo y ofenderlo, y de su inteligencia, que debía ocuparse en comprenderlo, forman por el contrario una guarida donde anidan todos los pecados…
Y Tú. oh Jesús mío, para aplacarlo, atraes la atención del Divino Padre a que mire tu santísima cabeza traspasada en medio de atroces dolores, que en tu mente tienen cono clavadas a todas las inteligencias de las criaturas, y por las cuales y por cada una ofreces una expiación para satisfacer a la Divina Justicia.
¡Oh, cómo estas espinas son ante la Majestad Divina voces piadosas que excusan todos los malos pensamientos de las criaturas!
Jesús mío, mis pensamientos sean uno solo con los tuyos; por eso contigo ruego, imploro, reparo y excuso ante la Divina Majestad por todo el mal que hacen todas las criaturas con la inteligencia.
Permíteme que tome tus espinas y tu misma Inteligencia, y que vaya recorriendo contigo todas las criaturas y una tu Inteligencia a las suyas, y que con la santidad de tu Inteligencia les devuelva la primera Inteligencia, tal como fue por ti creada; que con la santidad de tus pensamientos reordene todos los pensamientos de las criaturas en ti, y que con tus espinas traspase la mente de todas y de cada una de las criaturas y te devuelva el dominio y el gobierno de todas…
Ah sí, oh Jesús mío, Tú solo sé el dominador de cada pensamiento, de cada acto de todas las gentes; rige Tú solo cada cosa, y sólo así la faz de la tierra, que causa horror y espanto, será renovada.
Mas me doy cuenta, crucificado Jesús, que aún ves al Divino Padre indignado, que mira a las pobres criaturas y las ve a todas tan enfangadas de pecados y cubiertas con las más repugnantes asquerosidades, que dan asco a todo el Cielo.
¡Oh, cómo queda horrorizada la pureza de la mirada divina, casi no reconociendo como obra de sus manos santísimas a la pobre criatura!
Es más, parece que sean otros tantos monstruos ocupan la tierra y que atraen la indignación de la mirada del Padre…
Pero Tú, oh Jesús mío, para aplacarlo tratas de endulzarlo cambiando sus ojos por los tuyos, haciéndole verlos cubiertos de sangre e hinchados de lágrimas; y lloras ante la Divina Majestad para moverla a compasión por la desgracia de tantas pobres criaturas, y oigo que le dices:
“Padre mío, es cierto que la ingrata criatura cada vez más se va enfangando con pecados, hasta no merecer ya tu mirada paterna; pero mírame, oh Padre:
Yo quiero llorar tanto ante Ti, que forme un baño de lágrimas y de sangre para lavar todas las inmundicias con que se han cubierto las criaturas. Padre mío, ¿querrás acaso Tú rechazarme?
¡No, no puedes; soy tu Hijo! Y a la vez que soy tu Hijo soy también la Cabeza de todas las criaturas, y ellas son mis miembros… ¡Salvémoslas, oh Padre, salvémoslas!”.
Jesús mío, amor sin fin, quisiera tener tus ojos para llorar ante la Majestad Suprema por la pérdida de tantas pobres criaturas… y por estos tiempos tan tristes.
Permíteme que tome tus lágrimas y tus mismas miradas, que son una con las mías, y recorra todas las criaturas. Y para moverlas a compasión por sus almas y por tu amor,les hará ver que Tú lloras por su causa, y que mientras se van enfangando Tú tienes preparadas tus lágrimas y tu sangre para lavarlas… y así, al verte llorar, se rendirán.
Ah, con estas tus lágrimas permíteme que lave todas las inmundicias de las criaturas; que haga descender estas lágrimas en sus corazones y ablande a tantas almas endurecidas en el pecado, venza la obstinación de los corazones y haga penetrar en ellos tus miradas, haciéndoles levantar al Cielo sus miradas para amarte, y no las dejen más vagar sobre la tierra para ofenderte.
Así el Divino Padre no desdeñará mirar a la pobre humanidad.
Crucificado Jesús, veo que el Divino Padre aún no se aplaca en su indignación, porque mientras su paterna bondad, movida por tanto Amor a la pobre criatura, Amor que ha llenado Cielo y tierra de tantas pruebas de amor y de beneficios hacia ella, tantas que se pueda decir que en cada paso y acto de la criatura se siente correr el Amor y las gracias de ese Corazón Paterno, y la criatura, siempre ingrata, no quiere reconocerlo sino que hace frente a tanto Amor llenando cielos y tierra de insultos, de desprecios y de ultrajes, y llega a pisotearlo bajo sus inmundos pies, queriendo destruirlo si pudiera, y todo por idolatrarse a sí misma.
¡Ah, todas esas ofensas penetran hasta en los Cielos y llegan ante la Majestad Divina, la Cual, oh cómo se indigna viendo a la vilísima criatura que llega hasta insultarla y ofenderla en todos los modos posibles!
Pero Tú, oh Jesús mío, siempre atento a defendernos, con la fuerza arrebatadora de tu Amor fuerzas al Padre a que mire tu santísimo rostro, cubierto de todos estos insultos y desprecios, y le dices:
“Padre mío, no rechaces a las pobres criaturas; si las rechazas a ellas, a Mí me rechazas.
¡Ah, aplácate! Todas estas ofensas las tengo sobre mi rostro, que te responde por todas…
Padre mío, detén tu furor contra la pobre humanidad; son ciegos y no saben lo que hacen. Por eso mírame bien cómo he quedado reducido por su causa.
Si no te mueves a compasión por la mísera humanidad, que te enternezca mi rostro lleno de salivazos, cubierto de sangre, amoratado e hinchado por tantas bofetadas y golpes como he recibido…
¡Piedad, Padre mío! Yo era el más bello de los hijos de los hombres y ahora estoy tan desfigurado que soy irreconocible; soy oprobio para todos.
¡Por eso, a cualquier precio quiero a la criatura salva! “.
Jesús mío, ¿pero es posible que nos ames tanto?
Tu amor tritura mi pobre corazón, pero queriéndote seguir en todo, déjame que tome este tu rostro santísimo para tenerlo en mi poder, para mostrarlo continuamente así desfigurado al Padre, con el fin de moverlo a compasión por la pobre humanidad, que tan oprimida está bajo el látigo de la Divina Justicia que yace como moribunda; y permíteme que vaya en medio de las criaturas y les haga ver tu rostro tan desfigurado por su causa, y las mueva a compasión de sus almas y de tu amor; y que con la luz que brota de ese rostro y con la fuerza arrebatadora de tu amor les haga comprender Quién eres Tú y quiénes son ellas que se atreven a ofenderte, y haga resurgir sus almas de en medio de tantos pecados en que viven muertas a la Gracia, y les haga postrarse ante ti a todas, en acto de adorarte y de glorificarte.
Jesús mío, Crucificado adorable, la criatura continúa irritando sin cesar a la Divina Justicia, y de su lengua hace resonar el eco de horribles blasfemias, voces de imprecaciones y maldiciones, conversaciones malas, tramas para preparar cómo destrozarse mejor entre ellas y llevar a cabo horribles matanzas y asesinatos…
Ah, todas estas voces ensordecen la tierra y penetrando hasta en los Cielos ensordecen los oídos divinos, y Dios, cansado de estos ecos malignos que las criaturas le envían, siente que querría deshacerse de ellas y arrojarlas lejos de Sí, porque todas estas voces malignas imprecan y claman venganza y justicia contra ellas mismas…
¡Oh, cómo la Divina Justicia se siente constreñida a descargar flagelos!
¡Oh, cómo encienden su furor contra la criatura tantas blasfemias horrendas!
Pero Tú, oh Jesús mío, amándonos con sumo amor, haces frente a estas voces malignas con tu voz omnipotente y creadora y haces resonar tu dulcísima voz en los oídos del Padre para repararlo por las molestias que le dan las criaturas, con otras tantas voces de bendiciones, de alabanzas, y clamas:
“¡Misericordia, Gracias, Amor para la pobre criatura!” Y para aplacarlo más, le demuestras tu santísima boca y le dices:
“Padre mío, mírame de nuevo; no oigas las voces de las criaturas sino escucha la mía; soy Yo quien te da satisfacción por todas; por eso te ruego que mires a las criaturas, pero que las mires en Mí, pues si las miras fuera de Mí, ¿qué sería de ellas? Son débiles, ignorantes, capaces
sólo de hacer el mal, llenas de todas las miserias. Piedad, piedad de las pobres criaturas. Yo te respondo por ellas con mi lengua amargada por la hiel, reseca por la sed y quemada y abrasada por el Amor…”
Amargado Jesús mío, mi voz en la tuya también quiere hacer frente a todas esas ofensas.
Déjame que tome tu lengua, tus labios y que recorra todas las criaturas y toque sus lenguas con la tuya, para que sintiendo ellas en el momento de ofenderte la amargura de la tuya, no vuelvan a blasfemar, si no por amor, al menos por la amargura que sientan…; déjame que toque sus labios con los tuyos a fin de que, haciéndoles sentir en sus labios el fuego de la culpa, y haciendo resonar tu voz omnipotente en todos los pechos, pueda detener la corriente de todas las voces malas, y cambiar a todas las voces humanas en voces de bendiciones y alabanzas.
Crucificado Bien mío, ante tanto amor y dolor tuyo la criatura no se rinde aún; por el contrario, despreciándote, va añadiendo pecados y pecados, cometiendo enormes sacrilegios, homicidios, suicidios, fraudes, engaños, crueldades y traiciones…
Ah, todas estas obras malas hacen más pesados los brazos paternos, y el Padre, no pudiendo sostener su peso, está a punto de dejarlos caer, haciendo llover sobre la tierra cólera y destrucción.
Y Tú, oh Jesús mío, para librar a la criatura de la cólera divina, temiendo ver a la criatura destruida, tiendes tus brazos al Padre para que El no los deje caer y destruya a la criatura, y ayudándolo con los tuyos a sostener el peso, lo desarmas e impides a la Justicia que actúe.
Y para moverlo a compasión por la mísera humanidad y enternecerlo, con voz más conmovedora le dices:
“Padre mío, mira mis manos destrozadas y estos clavos que me las traspasan, que me tienen clavado junto con todas estas obras malas.
Ah, en estas manos siento todos los dolores que me dan todas estas malas obras. ¿No estás contento, oh Padre mío, con mis dolores?
¿No son acaso capaces de satisfacerte?
Ah, estos mis brazos descoyuntados y descarnados sean para siempre cadenas que tengan atadas a todas las pobres criaturas a fin de que ninguna me huya, sólo la que quisiera arrancarse de Mí a viva fuerza; y estos mis brazos sean las cadenas amorosas que te aten también a ti, Padre mío, para impedirte que destruyas a la pobre criatura; más aún, te atraigan siempre más hacia ella para que derrames abundantemente sobre ella tus gracias y tus misericordias.”
Jesús mío, tu amor es un dulce encanto para mí, y me mueve a hacer todo lo que haces Tú; por eso dame tus brazos, pues quiero impedir junto contigo, a costa de cualquier pena, que intervenga la Justicia Divina contra la pobre humanidad.
Con la sangre que escurre de tus manos quiero extinguir el fuego de la culpa que la enciende y aplacar su furor; y para mover al Padre a más piedad por las criaturas, permíteme que en tus brazos ponga tantos miembros destrozados, los gemidos de tantos pobres heridos, tantos corazones doloridos y oprimidos, y déjame que recorra todas las criaturas y las estreche a todas en tus brazos para que todas vuelvan a tu Corazón.
Permíteme que con la potencia de tus manos creadoras detenga la corriente de tantas obras malas y pecaminosas e impida a todos hacer el mal.
Amable Jesús mío crucificado, la criatura no está satisfecha aún de ofenderte; quiere beber hasta el fondo todas las heces del pecado y corre como enloquecida por el camino del mal; se precipita cada vez más de pecado en pecado, desobedece y desconoce tus Leyes, y desconociéndote a ti, se rebela más contra ti , y casi sólo por darte dolor quiere irse al infierno…
¡Oh, cómo se indigna la Majestad Suprema! Y Tú, oh Jesús mío, triunfando sobre todo, para aplacar al Divino Padre le muestras toda tu santísima Humanidad lacerada, descoyuntada, descarnada y destrozada en modo horrible, y tus santísimos pies traspasados, en los que contienes todos los pasos de las criaturas, que te dan dolores de muerte, tanto que están deformes por la atrocidad de los dolores; y oigo tu voz más que nunca conmovedora, como a punto de extinguirse, que a fuerza de amor y de dolor quiere vencer a la criatura y triunfar sobre el Corazón del Padre diciendo:
“Padre mío, mírame de la cabeza a los pies: No hay parte sana en Mí.
Ya no tengo donde hacerme abrir nuevas llagas y procurarme otros dolores. Si no te aplacas ante este espectáculo de amor y de dolor, ¿quién va a poder aplacarte?
¡Oh criaturas, si no os rendís ante tanto amor, ¿qué esperanza de conversión os queda?
Estas mis llagas y esta Sangre mía sean siempre voces que hagan descender del Cielo a la tierra gracias de arrepentimiento, de perdón y de compasión hacia la pobre humanidad…”
Jesús mío, te veo en estado de violencia para aplacar al Padre y para vencer a la pobre criatura; por lo cual permíteme que tome tus santísimos pies y vaya a todas las criaturas y ate sus pasos a tus pies para que si quieren caminar por el camino del mal, sintiendo las ataduras que has puesto entre Tú y ellas, no puedan.
Ah, con estos tus pies hazles echarse atrás del camino del mal y ponlas en el sendero del bien, haciéndolas más dóciles a tus Leyes; y con tus clavos cierra el infierno para que nadie más caiga en él.
Jesús mío, amante crucificado, veo que ya no puedes más…
La tensión terrible que sufres sobre la Cruz, el continuo moverse de tus huesos, que cada vez más se dislocan a cada pequeño movimiento, las carnes que cada vez más se abren, las repetidas ofensas que te añaden, repitiéndote una pasión y muerte más dolorosa, la sed ardiente que te consume, las penas interiores que te ahogan de amargura, de dolor y de amor, y en tantos martirios tuyos la ingratitud humana que te hace frente y que penetra como una ola impetuosa hasta dentro de tu Corazón traspasado, ay, te aplastan de tal manera que tu santísima Humanidad, no resistiendo bajo el peso de tantos martirios, está a punto de sucumbir, y como delirando por el amor y por el sufrimiento suplica ayuda y piedad…
Crucificado Jesús. ¿Será posible que Tú, que riges todo y das vida a todos, pidas ayuda?
¡Ah, cómo quisiera penetrar en cada gota de tu Sangre y derramar la mía para endulzarte cada llaga, para mitigar el dolor de cada espina y hacer menos dolorosas sus punzadas, y para aliviar en cada pena interior de tu Corazón la intensidad de tus amarguras!
Quisiera darte vida por vida y, si me fuera posible, quisiera desclavarte de la Cruz para substituirte…
Pero veo que soy nada y que no puedo nada; soy demasiado insignificante, por eso, dame a ti mismo; tomaré Vida en ti, te daré a ti mismo, sólo así mis ansias quedarán satisfechas.
Destrozado Jesús, veo que tu santísima Humanidad se agota para dar en todo cumplimiento a nuestra redención… Tienes necesidad de ayuda, pero de ayuda divina y por eso te arrojas en los brazos del Padre y le pides ayuda y piedad.
¡Oh, cómo se enternece el Divino Padre mirando la horrenda destrucción de tu santísima Humanidad, la terrible obra que el pecado ha hecho en tus sagrados miembros!
Y El, para satisfacer tus ansias de amor, te estrecha a su Corazón paterno y te da los auxilios necesarios para dar cumplimiento a nuestra redención.
Y mientras te estrecha, en tu Corazón sientes más fuerte repetirse los martillazos y los clavos, los rayos de los flagelos, el abrirse las llagas, las punzadas de las espinas… ¡Oh, cómo queda conmovido el Padre!
¡Cómo se indigna viendo que todas estas penas te las dan en tu Corazón hasta las almas a ti consagradas! Y en su dolor te dice:
“¿Pero es posible, Hijo mío, que ni siquiera la parte por ti elegida esté contigo?
Al contrario, parece que sean almas que piden refugio y ocultarse en este tu Corazón para amargarte y darte una muerte más dolorosa y, lo que es peor, todos estos dolores que te dan, van ocultos y cubiertos con hipocresías.
¡Ah, Hijo, no puedo contener más mi indignación por la ingratitud de estas almas que me dan más dolor que las de todas las demás criaturas juntas!”.
Pero Tú, oh Jesús mío, triunfando en todo, defiendes a estas almas y con el amor inmenso de tu Corazón das reparación por las oleadas de amarguras y de heridas mortales que estas almas te envían; y para aplacar al Padre le dices:
“Padre mío, mira este mi Corazón: Que todos estos dolores te satisfagan, y por cuanto más amargos, tanto más potentes sean sobre tu Corazón de Padre para obtenerles gracia, luz, perdón…
Padre mío, no las rechaces: Ellas serán mis defensoras y continuarán mi Vida sobre la tierra”.
“Oh Padre amorosísimo, considera que si bien mi Humanidad ha llegado ahora al colmo de sus sufrimientos, también este mi Corazón estalló por las amarguras y por las íntimas penas e inauditos tormentos que he sufrido a lo largo de casi 34 años, desde el primer instante de mi Encarnación…
Tú conoces, oh Padre, la intensidad de estas penas interiores, tan dolorosas que hubieran sido capaces de hacerme morir a cada momento de puro dolor si nuestra Omnipotencia no me hubiera sostenido para prolongar mi padecer hasta esta extrema agonía…
Ah, si todas las penas de mi santísima Humanidad, que te he ofrecido hasta ahora para aplacar tu Justicia sobre todos y para atraer sobre todos tu misericordia triunfadora, no te bastan, ahora de un modo particular Yo te presento, por las faltas y los extravíos de las almas consagradas a Nosotros, este mi Corazón despedazado, oprimido y triturado, pisoteado en el lagar de todos los instantes de mi vida mortal…
Ah, observa, Padre mío, que éste es el Corazón que te ha amado con infinito amor, que siempre ha vivido abrasado de amor por mis hermanos, hijos tuyos en Mí…
Este es el Corazón generoso con el que he anhelado sufrir para darte la completa satisfacción por todos los pecados de los hombres.
Ten piedad de sus desolaciones, de su continuo penar, de sus tedios, de sus angustias, de sus tristezas hasta la muerte…
¿Acaso ha habido, oh Padre mío, un solo latido de mi corazón que no haya buscado tu Gloria, aun a costa de penas y de sangre, y la salvación de todos mis hermanos? ¿No ha salido de este mi Corazón siempre oprimido las ardientes suplicas, los gemidos, los suspiros, los clamores, con que durante casi 34 años he llorado y clamado Misericordia en tu presencia?
Tú me has escuchado, oh Padre mío, una infinidad de veces y por una infinidad de almas, y te doy gracias infinitas…, pero mira, oh Padre mío, cómo mi Corazón no puede calmarse en sus penas, aun por una sola alma que haya de escapar a su amor, porque Nosotros amamos a un alma sola tanto como a todas las almas juntas…
¿Y se dirá que habré de dar el último respiro sobre este doloroso patíbulo viendo perecer miserablemente incluso almas a Nosotros consagradas?
Yo estoy muriendo en un mar de angustias por la iniquidad y por la pérdida eterna del pérfido Judas, que me fue tan duro e ingrato que rechazó todas mis finuras amorosas y delicadas, y al que Yo hice tanto bien que llegué a hacerlo Sacerdote y Obispo, como a los demás Apóstoles míos.
¡Ah Padre mío, baste este abismo de penas, baste… Oh, cuántas almas veo, elegidas por nosotros a esta vocación sagrada, que quieren imitar a Judas… cual más, cual menos!
¡Ayúdame, Padre mío, ayúdame; no puedo soportar todas estas penas!
¡Mira si hay una fibra en mi Corazón, una sola fibra que no esté atormentada más que todos los destrozos de mi cuerpo divino!
¡Mira si toda la sangre que estoy derramando no brote, más que de mis llagas, de mi Corazón, que se deshace de amor y de dolor!
Piedad, Padre mío, piedad, no para Mí, que quiero sufrir y padecer hasta lo infinito por las pobres criaturas, sino piedad de todas las almas, especialmente de las llamadas a ser mis Esposas, a ser mis Sacerdotes.
Escucha, oh Padre, mi Corazón, que sintiéndose faltar la vida acelera sus encendidos latidos y grita: ¡Padre mío, por mis innumerables penas te pido gracias eficaces de arrepentimiento y de verdadera conversión para todas estas infelices almas; que ninguna se pierda!
¡Tengo sed, Padre mío, tengo sed de todas las almas… pero especialmente de éstas; tengo sed de más sufrir por cada una de estas almas!
Siempre he hecho tu Voluntad, Padre mío, y ahora, ésta es mi Voluntad, que es también la Tuya, ah, haz que sea cumplida perfectamente por amor a Mí, tu Hijo amadísimo en quien has encontrado todas tus complacencias!”
Oh Jesús mío, me uno a tus súplicas, a tus padecimientos, a tu amor penante. Dame tu Corazón para que sienta tu misma sed por las almas consagradas a ti y te restituya el amor y los afectos de todas…
Permíteme ir a todas y que les lleve tu Corazón, para que a su contacto se enfervoricen las frías, se conmuevan las tibias, se sientan llamar de nuevo las extraviadas y lleguen a ellas de nuevo las gracias que han rechazado.
Tu Corazón está sofocado por el dolor y por la amargura al ver incumplidos, por su incorrespondencia, tantos designios que tenías sobre ellas, y al ver a tantas otras almas, que deberían tener vida y salvación por medio de aquellas, que sufren las tristes consecuencias…
Por eso quiero mostrarles tu Corazón tan amargado por causa suya, y arrojar en ellas dardos de fuego de tu Corazón; quiero hacer que escuchen tus súplicas y todos tus padecimientos por ellas, y así no será posible que no se rindan a ti; así volverán arrepentidas a tus pies y tus designios amorosos sobre ellas se verán cumplidos; estarán en torno a ti y en ti, no ya para ofenderte sino para repararte, para consolarte y defenderte.
Crucificado Jesús, Vida mía, veo que continúas agonizando en la Cruz, pero que no está aún satisfecho tu amor y que quieres dar cumplimiento a todo. También yo agonizo contigo y llamo a todos:
“Angeles, Santos, venid al Calvario a contemplar los excesos y las locuras de amor de un Dios!
Besemos sus llagas sangrantes, adorémoslas, sostengamos esos miembros lacerados y agradezcamos a Jesús por nuestra Redención.
Mirad también a la traspasada Mamá, que tantas penas y muertes siente en su Corazón Inmaculado por cuantas penas ve en su Hijo y Dios; sus mismos vestidos están llenos de sangre, sangre que está derramada por todo el Calvario, y nosotros, todos juntos tomemos esta sangre, suplicando a la dolorida Mamá que se una a nosotros, recorramos todo el mundo y vayamos en ayuda de todos; socorramos a los que están en peligro de muerte, para que no perezcan; a los caídos en el pecado, para que se levanten de nuevo; y a aquellos que están por caer, para que no caigan.
Demos esta Sangre a tantos pobres ciegos para que en ellos resplandezca la luz de la verdad; vayamos especialmente en medio de los pobres combatientes, seamos para ellos vigilantes centinelas, y si van a caer alcanzados por las balas, recibámoslos en nuestros brazos para confortarlos; si se ven abandonados por todos o si están impacientes por su triste suerte démosles esta Sangre para que se resignen y se mitigue la atrocidad de sus dolores…
Y si vemos que hay almas a punto de caer en el Infierno, démosles esta Sangre divina que contiene el precio de la Redención, y arrebatémoslas a Satanás…
Y mientras tengo a Jesús estrechado a mi corazón para tenerlo defendido de todo y reparado por todo, estrecharé a todos a este Corazón a fin de que todos puedan obtener gracias eficaces de conversión, de fuerza y de salvación”.
Oh Jesús, veo que la sangre te chorrea de tus manos y de tus pies… Los ángeles, llorando y haciéndote corona, admiran los portentos de tu inmenso amor.
Veo al pie de la Cruz a tu dulce Mamá, traspasada por el dolor, a tu predilecto Juan… todos petrificados en un éxtasis de estupor, de amor y de dolor…
Oh Jesús, me uno a ti y me estrecho a tu Cruz, tomo toda tu Sangre y la derramo en mi corazón.
Y cuando vea tu Justicia irritada contra los pecadores, para aplacarla le mostraré esta Sangre.
Cuando quiera la conversión de almas obstinadas en el pecado, te mostraré a ti esta Sangre y en virtud de ella no podrás rechazar mi plegaria, porque en mis manos tengo ya la prenda para ser escuchada…
Y ahora, Crucificado Bien mío, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con nuestra Mamá y con todos los ángeles, me postro profundamente ante ti diciéndote:
“Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz has redimido al mundo.”
por Makf | 7 Ene, 2026 | 24 Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
Autora: Luisa Piccarretta
Jesús mío, amor insaciable, veo que no te das tregua; siento tus delirios de amor y tus dolores; el Corazón te late con fuerza, y en cada latido siento explosiones, torturas, violencias de amor; y Tú, no pudiendo contener el fuego que te devora, te afanas, gimes, suspiras, y oigo que en cada gemido dices “¡Cruz!”, y cada gota de tu sangre repite “¡Cruz!”.
Y todas tus penas, en las cuales nadas como en un mar interminable, repiten entre ellas “¡Cruz!”. Y Tú exclamas:
“¡Oh Cruz amada y suspirada, tú sola salvarás a mis hijos, y en ti concentro Yo todo mi amor!”.
Entre tanto, tus enemigos te hacen nuevamente entrar en el pretorio y te quitan la púrpura y quieren ponerte de nuevo tus vestidos.
¡Pero ay, cuánto dolor! ¡Más dulce me sería morir que verte sufrir tanto! ¡La vestidura se atora en la corona y no pueden sacártela por arriba, así que, con crueldad jamás vista, te arrancan todo junto: la púrpura y la corona.
A tan cruel tirón se rompen muchas espinas y quedan clavadas en tu cabeza; la sangre te llueve a chorros, y es tan intenso el dolor, que gimes; pero tus enemigos no teniendo en cuenta tus torturas, te ponen tus vestiduras y de nuevo vuelven a ponerte la corona, y oprimiéndola fuertemente a tu cabeza hacen que las espinas te hieran en los ojos, en las orejas… De manera que no hay parte en tu santísima cabeza en que no sientas las punzadas de ellas.
Y tan intenso es el dolor bajo esas manos crueles que vacilas, te estremeces de los pies a la cabeza y entre atroces espasmos estás a punto de morir… pero con tus ojos apagados y llenos de sangre, penosamente me miras para pedirme ayuda en medio de tanto dolor…
Jesús mío, Rey de los dolores, déjame que te sostenga y te estreche a mi corazón.
Quisiera tomar el fuego que te devora para hacer cenizas a tus enemigos y ponerte a salvo, pero Tú no quieres, porque las ansias de la Cruz se hacen aún más ardientes y quieres inmolarte ya sobre ella, aun para bien de tus mismos enemigos…
Pero mientras te estrecho a mi corazón, Tú estrechándome al tuyo, me dices: “Hija mía, hazme desahogar en amor y repara conmigo por aquellos que haciendo el bien me deshonran…
Estos judíos me visten con mis ropas para desacreditarme aun más ante el pueblo, tratándolo de convencer de que Yo soy un malhechor. En apariencia, el acto de vestirme era bueno, pero en sí mismo era malvado…
Ah, cuántos hacen obras buenas, administran Sacramentos o los frecuentan, pero lo hacen con fines humanos e incluso perversos, y como el bien, mal hecho, conduce a la dureza, Yo quiero por segunda vez ser coronado, y con dolores más atroces que en la primera, para romper esta dureza y así atraer con mis espinas a las criaturas a Mí…
Ah, hija mía, esta segunda coronación es para Mí aun más dolorosa, la cabeza me la siento nadando entre espinas, y en cada movimiento que hago y en cada golpe que me dan, otras tantas muertes crueles sufro.
Y así reparo por la malicia de las ofensas, reparo por aquellos que, en cualquier estado de ánimo que estén, en lugar de ocuparse de la propia santificación, se disipan y rechazan mi Gracia, y vuelven a procurarme espinas aun más punzantes, y Yo me veo obligado a gemir, a llorar con lágrimas de sangre y a suspirar por su salvación…
¡Ah, Yo hago de todo por amar a las criaturas, y ellas hacen de todo por ofenderme! Al menos tú no me dejes solo en mis penas y en mis reparaciones”.
Destrozado Bien mío, contigo reparo, contigo sufro; mas veo que tus enemigos te precipitan por la escalinata; el populacho con ansia y furor te espera; ya te hacen encontrar preparada la cruz, que con tantos suspiros ansías; con amor la miras y con paso decidido te acercas a abrazarla, pero antes la besas, y corriéndote un estremecimiento de alegría por tu santísima Humanidad, con sumo contento tuyo vuelves a mirarla midiendo su longitud y su anchura…
En ella estableces la porción para todas y cada una de las criaturas, y las dotas suficientemente para vincularlas a la Divinidad con un vínculo nupcial y hacerlas herederas del Reino de los Cielos; y luego, no pudiendo contener el amor con que las amas, vuelves a besar la Cruz y le dices:
“Cruz adorada, por fin te abrazo… Tú eras el suspiro de mi Corazón, el martirio de mi Amor; pero tú, oh Cruz, tardaste hasta ahora, en tanto que mis pasos siempre se dirigían hacia ti…
Cruz Santa, tú eras la meta de mis de mis deseos, la finalidad de mi existencia acá abajo. En ti concentro todo mi ser; en ti pongo a todos mis hijos…
Tú serás su vida y su luz, su defensa, su protección, su fuerza…
Tú los sostendrás en todo y me los conducirás gloriosos al Cielo.
Oh Cruz, cátedra de Sabiduría, sólo tú enseñarás la verdadera santidad, sólo tú formarás los héroes, los atletas, los mártires, los Santos…
Cruz hermosa, tú eres mi trono, y teniendo Yo que abandonar la tierra, quedarás tú en mi lugar…
A ti te entrego en dote a todas las almas: ¡Custódiemelas, sálvamelas… te las confío! “. Y diciendo esto, ansioso te la haces poner sobre tus hombros…
Ah Jesús mío, la Cruz para tu amor es demasiado ligera, pero el peso de la Cruz se une al de nuestros enormes e inmensos pecados, tan enormes e inmensos como es la extensión de los cielos; y Tú, triturado bien mío, te sientes aplastar bajo el peso de tantos pecados.
Tu alma se horroriza ante su vista y sientes la pena propia de cada pecado; tu Santidad queda conmocionada ante tanta fealdad, y por esto, sosteniendo la Cruz sobre tus hombros, vacilas, jadeas, y de tu Humanidad santísima brota un sudor mortal.
Ay, Amor mío, no tengo ánimo de dejarte solo; quiero dividir contigo el peso de la Cruz, y para aliviarte del peso de los pecados me estrecho a tus pies…
Y en nombre de todas y de cada una de las criaturas quiero darte amor por la que no te ama; alabanzas, por la que te desprecia, y bendiciones, gratitud y obediencia, por todas.
Declaro que por cualquier ofensa que recibas quiero ofrecerte todo mi ser en reparación y hacer el acto opuesto a las ofensas que las criaturas te hagan y consolarte con mis besos y con mis continuos actos de amor…
Pero veo que soy demasiado miserable, por lo que tengo necesidad de ti para poder darte reparación de verdad.
Por eso me uno a tu santísima Humanidad, y junto contigo uno mis pensamientos a los tuyos para reparar los pensamientos malos míos y los de todos; uno mis ojos a los tuyos para reparar por las malas miradas; uno mi boca a la tuya para reparar por las blasfemias y por las malas conversaciones; uno mi corazón al tuyo para reparar por las inclinaciones, por los deseos y por los actos malos; en una palabra, quiero reparar por todo lo que repara tu santísima Humanidad, uniéndome a la inmensidad de tu amor por todos y al bien inmenso que haces a todos.
Pero no me contento aún… Quiero unirme a tu Divinidad para perder mi nada en ella y así poder dar todo…
Camino al Calvario
Pacientísimo Jesús mío, veo que das los primeros pasos bajo el enorme peso de la Cruz… Y uno mis pasos a los tuyos, y cuando Tú, débil, desangrado y agobiado, vayas a caer, a tu lado estaré yo para sostenerte, y pondré mis hombros bajo la Cruz para compartir contigo el peso.
No me desdeñes, sino acéptame como tu fiel compañera…
Oh Jesús, me miras y veo que reparas por aquellos que no llevan con resignación su propia cruz, sino que reniegan, se irritan, se suicidan o cometen homicidios; y Tú impetras para todos resignación y amor a la propia cruz…
Pero es tanto tu dolor, que te sientes aplastar bajo el peso de la Cruz.
Son los primeros pasos apenas que das y ya caes bajo ella, y al caer te golpeas en las piedras, las espinas se clavan más profundamente aun en tu cabeza y todas tus heridas se abren y sangran nuevamente; y no teniendo fuerzas para levantarte, tus enemigos, irritados, a puntapiés y empellones tratan de ponerte en pie.
Amor mío caído, déjame que te ayude a ponerte de pie, que te bese, que te limpie la sangre y que contigo repare por quienes pecan por ignorancia, por fragilidad y por debilidad, y te ruego que des ayuda a todas estas almas.
Vida mía Jesús, tus enemigos, haciéndote sufrir dolores inauditos, han logrado ponerte de pie… Y mientras caminas vacilante, oigo tus respiros afanosos; tu Corazón late con más fuerza y nuevas penas te lo traspasan acerbamente; y sacudes la cabeza para quitar de tus ojos la sangre que los llena, y miras con ansiedad…
Ah Jesús mío, comprendo todo: Es tu Mamá, que, como gimiente paloma, va en tu búsqueda y quiere decirte una palabra y recibir una última mirada tuya; y Tú sientes sus penas, sientes en tu Corazón el suyo lacerado, y enternecido y herido por vuestro común amor la descubres abriéndose paso entre la gente, pues quiere a toda costa verte, abrazarte y darte su último adiós…
Pero Tú quedas aún más traspasado al ver su palidez mortal y todas tus penas reproducidas en Ella por la fuerza del amor. Y si Ella continúa viviendo es sólo por un milagro de tu Omnipotencia…
Ya diriges tus pasos al encuentro de los suyos, pero dificilmente podéis apenas cruzaros una mirada…
¡Oh dolor del corazón de ambos! Los soldados han caído en la cuenta y a empellones impiden que la Madre y el Hijo os deis un último adiós, y es tan grande el dolor y la angustia de los dos, que tu Mamá queda petrificada por el dolor y está a punto de desfallecer…
Pero el fiel Juan y las piadosas mujeres la sostienen mientras Tú caes nuevamente bajo la Cruz. Entonces tu Mamá dolorosa, lo que no hace con el cuerpo porque se ve imposibilitada, lo hace con el alma:
Entra en ti, hace suyo el Querer del Eterno y asociándose en todas tus penas te hace el oficio de Mamá, te besa, te repara, te cura, y en todas tus llagas derrama el bálsamo de su materno y doloroso amor.
Penante Jesús mío, yo también me uno con la traspasada Madre; hago mías todas tus penas, y en cada gota de tu sangre, en cada una de tus llagas quiero hacerte de madre, y junto con Ella y contigo reparo por todos los encuentros peligrosos y por quienes se exponen a las ocasiones de pecado, o que forzados a exponerse por necesidad, quedan atrapados por el pecado…
Y Tú entre tanto gimes caído bajo la Cruz… Los soldados temen que mueras bajo el peso de tantos tormentos y por haber perdido tanta sangre; y es por esto por lo que a fuerza de latigazos y a puntapiés tratan de ponerte en pie…
Y así reparas por las repetidas caídas en el pecado, los pecados graves cometidos por toda clase de personas, y ruegas por los pecadores obstinados, llorando con lágrimas de sangre por su conversión.
Quebrantado Amor mío, mientras te sigo en las reparaciones, veo que no eres ya capaz de sostenerte bajo el peso enorme de la Cruz…
Vacilas… Y a los continuos golpes que recibes, las espinas penetran cada vez más en tu santísima cabeza; y la Cruz, por su gran peso, se hunde en tu hombro, formando en él una llaga tan profunda que te descubre los huesos…
A cada paso me parece que te mueres, y por todo esto te ves imposibilitado para seguir adelante… Pero tu amor, que lo puede y lo vence todo, te da nuevas fuerzas.
Y al sentir que la Cruz se hunde en tu hombro reparas por los pecados ocultos, que no siendo reparados acrecientan la crudeza de tus dolores…
Jesús mío, déjame que ponga mi hombro bajo la Cruz para aliviarte, y que repare contigo por todos los pecados ocultos.
Entonces tus enemigos, por temor de que mueras bajo la Cruz, obligan al Cirineo a ayudarte a llevar la Cruz, y él te ayuda, pero de mala gana y vociferando; no por amor, sino por fuerza…
Y ante esto, en tu Corazón resuenan como un inmenso eco todos los lamentos de quienes sufren, las faltas de resignación, las rebeliones, los enojos y los desprecios en el sufrir; pero quedas aun más dolorido al ver que las almas consagradas a ti, a quienes llamas por compañeras y ayudas en tu dolor, te huyen, y si Tú con el dolor las estrechas a ti, ah, se liberan de tus brazos para ir en busca de placeres y te dejan a ti solo en el sufrir…
Jesús mío, mientras reparo contigo, te ruego que me estreches entre tus brazos, y tan fuerte, que no haya ninguna pena que Tú sufras en la que yo no tome parte, para transformarme en ellas y para compensarte por el abandono de todas las criaturas.
Quebrantado Jesús mío, a duras penas y todo encorvado caminas… pero veo que te detienes y tratas de mirar. Corazón mío, ¿qué pasa, qué quieres?
Ah, es la Verónica que, sin temor a nada; valientemente te enjuga con un paño el rostro, cubierto todo de sangre. Y Tú se lo dejas estampado en señal de gratitud…
Generoso Jesús mío, también yo quiero enjugarte, pero no con un paño, sino que quiero presentar todo mi ser para aliviarte, quiero entrar en tu interior y darte, oh Jesús mío, latidos por latidos, respiros por respiros, afectos por afectos, deseos por deseos…
Quiero arrojarme en tu santísima inteligencia, y haciendo correr todos esos latidos, respiros, afectos y deseos en la inmensidad de tu Voluntad, quiero multiplicarlos infinitamente…
Quiero, oh Jesús mío, formar olas de latidos para hacer que ningún otro latido malo repercuta en tu Corazón, y así poderte aliviar todas tus amarguras íntimas; quiero formar olas de afectos y de deseos para alejar todos los afectos y deseos malos que pudieran entristecer en lo más mínimo a tu Corazón; y deseo así mismo formar oleadas de respiros y de pensamientos que pongan en fuga cualquier respiro y pensamiento que pudiesen desagradarte en lo más mínimo…
Estaré bien atenta, oh Jesús, para que nada más te aflija y añada otras amarguras a tus penas internas…
Oh Jesús mío, haz que todo mi interior nade en la inmensidad del tuyo; así podré encontrar amor suficiente y voluntad capaz de hacer que no entre en tu interior un amor malo ni una voluntad que pudieran desagradarte.
Entre tanto, tus enemigos, viendo mal este acto de la Verónica, te empujan, te azotan y te hacen proseguir el camino… Otros pocos pasos y de nuevo te detienes, pero tu amor, bajo el peso de tantas penas, no se detiene, y viendo a las piadosas mujeres que lloran por tus penas, te olvidas de ti mismo y las consuelas diciéndoles:
“Hijas, no lloréis mis penas, sino por vuestros pecados y los de vuestros hijos.” ¡Qué enseñanza sublime! ¡Qué dulce es tu. palabra!
Oh Jesús, contigo reparo por las faltas de caridad y te pido la gracia de olvidarme de mí misma para que no me acuerde sino sólo de ti. Pero tus enemigos; al oírte hablar se llenan de furor, tiran de ti con las cuerdas y te empujan con tanta rabia que te hacen caer, y cayendo te golpeas en las piedras.
El peso de la Cruz te oprime, te tortura y te sientes morir… Déjame que te sostenga y que con mis manos alivie tu santísimo rostro… Veo que tocas la tierra y te ahogas en tu misma sangre.
Pero tus enemigos te quieren poner de pie, tiran de ti con las cuerdas, te levantan por los cabellos, te dan empellones y puntapiés… pero todo es en vano.
¡Te mueres, Jesús mío! ¡Qué pena! ¡El corazón se me rompe por el dolor! Y casi arrastrándote te llevan al monte Calvario; y mientras te arrastran, siento que reparas por todas las ofensas de las almas consagradas a ti, que te dan tanto peso, que Tú, por más que te esfuerzas por levantarte, te resulta imposible…
Y así, arrastrado y pisoteado llegas al Calvario, dejando por donde pasas rojas huellas de tu sangre preciosa.
Jesús es despojado de Sus vestiduras
Y aquí en el Calvario te esperan nuevos dolores. Te desnudan de nuevo y te arrancan vestidura y corona de espinas.
Ah, gimes al sentir que de tu cabeza te arrancan las espinas; y arrancándote tus ropas, te arrancan también tus pocas carnes laceradas que aún te quedan y que están adheridas a ellas.
Las llagas se abren de nuevo, la sangre corre a ríos hasta el suelo, y es tan grande el dolor que caes casi muerto.
Y nadie se mueve a compasión por ti, bien mío… al contrario, con bestial furor te ponen de nuevo la corona de espinas, te la clavan a golpes y son tan insoportables los dolores por las laceraciones y al arrancarte los cabellos amasados en la sangre ya coagulada, que sólo los ángeles podrían decir lo que sufres, mientras horrorizados retiran sus angélicas miradas y lloran…
Desnudado Jesús mío, déjame que te estreche a mi corazón para calentarte, porque veo que tiemblas y que un gélido sudor de muerte invade tu santísima Humanidad.
¡Cuánto quisiera darte mi vida y mi sangre para sustituir a la tuya, la que has perdido para darme Vida!
Y Jesús, mientras, mirándome con sus lánguidos y agonizantes ojos parece decirme:
“¡Hija mía, cuánto me cuestan las almas! Aquí es el lugar donde las espero a todas para salvarlas, donde quiero reparar los pecados de aquellos que llegan a degradarse por debajo de las bestias y que se obstinan tanto en ofenderme que llegan a no saber vivir sin cometer pecados.
Su razón queda ciega y pecan frenéticamente, y por eso me coronan de espinas por tercera vez. Y siendo desnudado reparo por quienes llevan vestidos de lujo e indecentes, por los pecados contra la modestia y el pudor y están atados a las riquezas, a los honores y a los placeres, que de todo eso hacen un dios para sus corazones…
Ah sí, cada una de estas ofensas es una muerte que siento, y si no muero es sólo porque el Querer de mi Padre Eterno no ha decretado aún el momento de mi muerte.”
Desnudado bien mío, mientras reparo contigo, te suplico me despojes de todo con tus santísimas manos y no permitas que ningún afecto malo entre en mi corazón; vigílamelo, rodéamelo con tus penas y llénamelo con tu Amor.
Haz que mi vida no sea sino la repetición de tu Vida, y confianza mi despojamiento con tu bendición.
Bendíceme de corazón y dame la fuerza de asistir a tu dolorosa crucifixión para quedar crucificada yo también contigo.