Vigésima Primera Hora – De la 1 a la 2 de la Tarde 21 » Segunda Hora de Agonía En la Cruz – Segunda Palabra

Autora: Luisa Piccarretta

Crucificado Amor mío, mientras oro contigo, la fuerza raptora de tu amor y de tus penas mantiene mi mirada fija en ti, pero el corazón se me rompe viéndote tanto sufrir…

Tu deliras de amor y de dolor, y las llamas que abrasan tu Corazón se elevan tanto que están en acto de devorarte, reduciéndote a cenizas.

Tu amor reprimido es más fuerte que la misma muerte, y Tú queriendo desahogarlo, mirando al ladrón que está a tu derecha, se lo robas al infierno, con tu gracia le tocas el corazón y ese ladrón se siente todo cambiado, te reconoce y te confiesa como Dios, y lleno de contrición te dice:

“Señor, acuérdate de mí cuando estés en el reino”, y Tú no vacilas en responderle: “HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAISO” y haces de él el primer triunfo de tu amor. Pero veo que en tu amor no solamente al ladrón le robas el corazón, sino también a tantos moribundos.

Ah, Tú pones a su disposición tu Sangre, tu amor, tus méritos, y usas todos los artificios y estratagemas divinas para tocarles el corazón y robarlos todos para ti… Pero también aquí tu amor se ve obstaculizado…

¡Cuántos rechazos, cuántas desconfianzas, cuántas desesperaciones! Y es tan grande tu dolor, que de nuevo te reduce al silencio…

Quiero reparar, oh Jesús mío, por aquellos que desesperan de la divina Misericordia en el momento de la muerte…

Dulce amor mío, inspírales a todos fe y confianza ilimitada en ti, especialmente a aquellos que se encuentran entre las angustias de la agonía, y en virtud de esta Palabra tuya concédeles luz, fuerza y ayuda para poder morir santamente y volar de la tierra al Cielo.

En tu santísimo cuerpo; en tu Sangre, en tus llagas contienes a todas las almas, a todas, oh Jesús, así pues, por los méritos de tu preciosísima Sangre, no permitas que ni siquiera una sola alma se pierda.

Que tu Sangre aún hoy les grite a todas, juntamente con tu Palabra: “Hoy estaréis conmigo en el Paraíso”.

Tercera Palabra

Crucificado Jesús mío, tus penas aumentan cada vez más. Ah, sobre esta Cruz Tú eres el verdadero Rey de los Dolores, y en medio de tantas penas no se te escapa ningún alma, sino que le das tu Vida a cada una.

Pero tu amor se ve resistido por las criaturas, despreciado, no tomado en cuenta, y al no poder desahogarse, se hace cada vez más intenso y te procura indecibles torturas; y en estas torturas va ideando qué más puede dar al hombre para vencerlo, y te hace decir:

“¡Mira, oh alma, cuánto te he amado! ¡Si no quieres tener piedad de ti misma, ten piedad al menos de mi amor!”

Entre tanto, viendo que no tienes ya nada más que darle, pues ya te has dado todo, vuelves tu mirada agonizante a tu Mamá…

También Ella está más que agonizante por causa de tus penas, y es tan grande el amor que la tortura que la tiene crucificada a la par contigo…

Madre e Hijo os comprendéis…, entonces Tú suspiras con satisfacción y te consuelas viendo que puedes dar tu Mamá a la criatura; y considerando en Juan a todo el género humano, con voz tan tierna que enternece a todos los corazones dices:

“MUJER, HE AHÍ ATU HIJO” y a Juan: “HE AHÍ ATU MADRE”.

Tu voz desciende en su Corazón materno y juntamente con las voces de tu Sangre continúas diciéndole “Madre mía, te confio a todos mis hijos; todo el amor que me tienes a Mí, tenlo para cada uno de ellos; todos tus cuidados y ternuras maternas sean también para cada uno de mis hijos… Tú me los salvarás a todos.”

La Mamá acepta… Pero son tan intensas tus penas, que de nuevo te reducen al silencio…

Oh Jesús mío, quiero reparar por las ofensas que se le hacen a la Santísima Virgen, por las blasfemias e ingratitudes de tantos que no quieren reconocer los beneficios que nos has hecho a todos, dándonosla por Madre…

¿Cómo podremos agradecerte por tan gran beneficio?

Recurro a ti mismo, oh Jesús mío, y en agradecimiento te ofrezco tu misma Sangre, tus llagas y el amor infinito de tu Corazón…

-Oh Mamá santa, ¿cuál no es tu conmoción al oír la voz de tu Hijo, que te deja como Madre de todos nosotros?

Yo te doy las gracias, Virgen bendita, y para agradecerte como mereces te ofrezco la misma gratitud de tu Jesús.

Oh dulce Mamá, sé Tú nuestra Madre, tómanos a tu cargo y no dejes que jamás te ofendamos en lo más mínimo; manténnos siempre estrechados a Jesús y con tus manos átanos a todos, a todos a El, de modo que nunca más podamos huir de El.

Con tus mismas intenciones quiero reparar por todas las ofensas que se hacen a tu Jesús y a ti, dulce Mamá mía…

Oh Jesús mío, mientras continúas inmerso en tantas penas, abogas aun más por la causa de la salvación de las almas; y yo por mi parte no me quiero quedar indiferente, sino que quiero recorrer tus llagas, besarlas, curarlas y sumergirme en tu Sangre, para poder decir junto contigo:

“¡Almas, almas!”. Y quiero sostener tu cabeza traspasada y dolorida para repararte y pedirte misericordia, amor y perdón para todas.

Cuarta Palabra

Penante Jesús mío, mientras me estoy abandonada y estrechada a tu Corazón numerando tus penas, veo que un temblor convulsivo invade tu santísima Humanidad; tus miembros se debaten como si quisieran separarse unos de otros, y entre contorsiones por los atroces espasmos, gritas fuertemente:

“DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?”. Ante este grito, todos tiemblan, las tinieblas se hacen más densas, y la Mamá petrificada palidece y casi se desmaya…

¡Vida mía y Todo mío! ¡Jesús mío! ¿Qué veo? Ah, estás próximo a la muerte, y aun las mismas penas, tan fieles a ti, están por dejarte; y entre tanto, después de tanto sufrir, ves con inmenso dolor que no todas las almas están incorporadas en ti; por el contrario, ves que muchas se perderán, y sientes su dolorosa separación como si se arrancaran de tus miembros…

Y Tú, debiendo satisfacer a la Divina Justicia también por ellas, sientes la muerte de cada una y hasta las penas mismas que sufrirán en el infierno, y gritas con fuerza a todos los corazones:

“¡No me abandonéis! Si queréis que sufra más penas estoy dispuesto, pero no os separéis de mi Humanidad.

¡Este es el dolor de los dolores, ésta es la muerte de las muertes!

¡Todo lo demás me sería nada si no sufriera vuestra separación de Mi!

¡Ah, piedad de mi Sangre, de mis llagas, de mi muerte!

¡Este grito será continuo en vuestros corazones: ¡Ah, no me abandonéis!”.

Amor mío, cuánto me duelo junto contigo… Te asfixias; tu santísima cabeza cae ya sobre tu pecho; la vida te abandona…

Amor mío, me siento morir… Pero también yo quiero gritar contigo:

¡Almas, almas! No me separaré de esta Cruz y de estas llagas tuyas, para pedirte almas; y si Tú quieres, descenderé en los corazones de las criaturas, los rodearé con tus penas para que no se me escapen, y si me fuese posible quisiera ponerme a la puerta del infierno para hacer retroceder a las almas que quieren ir ahí y conducirlas a tu Corazón.

Pero Tú agonizas y callas, y yo lloro tu cercana muerte… Oh Jesús mío, te compadezco, estrecho tu Corazón

fuertemente al mío, lo beso y lo miro con toda la ternura de que ahora soy capaz, y para procurarte un alivio mayor, hago mía la ternura divina y con ella quiero compadecerte, con ella quiero convertir mi corazón en un río de dulzura y derramarlo en el tuyo, para endulzar la amargura que sientes por la pérdida de las almas…

Es en verdad doloroso este grito tuyo, oh Jesús; más que el abandono del Padre, es la pérdida de las almas que se alejan de ti, lo que hace escapar de tu Corazón este doloroso grito.

Oh Jesús mío, aumenta en todos la Gracia, para que nadie se pierda, y que mi reparación sea a favor de aquellas almas que habrían de perderse, para que no se pierdan.

Te ruego además, oh Jesús mío, por este extremo abandono, que des ayuda a tantas almas amantes, que por tenerlas de compañeras en tu abandono, parece que las privas de ti, dejándolas en tinieblas.

Que sus penas sean, oh Jesús, como voces que llamen a todas las almas a tu lado y te alivien en tu dolor.

» Preparación antes de la Meditación

Autora: Luisa Piccarretta

Oh Señor mío Jesucristo, postrada ante tu divina presencia suplico a tu amorosísimo Corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las Veinticuatro Horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en tu cuerpo adorable como en tu alma santísima, hasta la muerte de Cruz.

Ah, dame tu ayuda, gracia, amor profunda compasión y entendimiento de tus padecimientos mientras medito ahora la Hora...

Y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante las horas en que estoy obligada dedicarme a mis deberes o a dormir.

Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar.

Gracias te doy, oh mi Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración. Y para agradecerte mejor, tomo tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y con éstos quiero orar, fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, y extendiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza en tu corazón empiezo...

» Ofrecimiento Después de Cada Hora

Autora: Luisa Piccarretta

Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta Hora de tu Pasión a hacerte compañía y yo he venido.

Me parecía sentirte angustiado y doliente que orabas, que reparabas y sufrías y que con las palabras más elocuentes y conmovedoras suplicabas la salvación de las almas.

He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte por mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte: “Gracias” y “Te Bendigo”.

Sí, oh Jesús!, gracias te repito mil y mil veces y Te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos...

Gracias y Te bendigo por cada gota de sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra y mirada, por cada amargura y ofensa que has soportado.

En todo, oh Jesús mío, quiero besarte con un “Gracias” y un “Te bendigo”.

Ah Jesús, haz que todo mi ser te envíe un flujo continuo de gratitud y de bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo continuo de tus bendiciones y de tus gracias...

Ah Jesús, estréchame a tu Corazón y con tus manos santísimas séllame todas las partículas de mi ser con un “Te Bendigo” tuyo, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa sino un himno de amor continuo hacia Ti.

Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones, me quedo en tu Corazón. Temo salir de Él, pero Tú me mantendrás en Él, ¿no es cierto? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de manera que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión Contigo.

Ah, te ruego, dulce Jesús mío, si ves que alguna vez estoy por dejarte, que tus latidos se sientan más fuertemente en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a tu Corazón, que tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, para que sintiéndote, me deje atraer a la mayor unión Contigo.

Oh Jesús mío!, mantente en guardia para que no me aleje de Ti. Ah bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo lo que debo ahora hacer...

Vigésima Hora – De las 12 a la 1 de la Tarde 20 » Primera hora de agonía en la Cruz – La Primera Palabra

Autora: Luisa Piccarretta

Crucificado Bien mío, te veo sobre la Cruz como en tu trono de triunfo, en acto de conquistar todo y a todos los corazones, y de atraerlos tanto a ti, que todos puedan sentir tu sobrehumano poder…

La naturaleza, horrorizada ante tan gran delito, se postra ante ti y espera silenciosa una palabra tuya para rendirte homenaje y hacer que tu dominio sea reconocido.

El sol lloroso retira su luz, no pudiendo sostener tu vista, demasiado dolorosa. El infierno siente terror y, silencioso, espera… De modo que todo es silencio…

Tu traspasada Mamá, tus fieles, permanecen todos mudos y petrificados ante la vista, ay, demasiado dolorosa, de tu destrozada y descoyuntada Humanidad; y silenciosos esperan también una palabra tuya…

Tu misma Humanidad, que yace en un océano de dolores entre los atroces espasmos de la agonía, permanece silenciosa, tanto que se teme que de un respiro a otro Tú mueras…

¿Qué más? Los mismos pérfidos judíos, los despiadados verdugos, que hasta hace poco te ultrajaban y te escarnecían llamándote impostor y malhechor; los ladrones que te blasfemaban…, todos callan, enmudecen.

El remordimiento los invade, y si algún insulto se esfuerzan por lanzarte, les muere en los labios…

Pero penetrando en tu interior, veo que el amor se acrecienta, te ahoga y no puedes contenerlo, y obligado por tu amor que te atormenta más que las mismas penas, con voz fuerte y conmovedora hablas como el Dios que eres, levantas tus agonizantes ojos al Cielo y clamas:

“¡PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN!” Y de nuevo te quedas en silencio, inmerso en tus penas inauditas…

Crucificado Bien mío, ¿es posible tanto amor?

¡Ah, después de tantas penas e insultos, la Primera Palabra es de perdón, y de tantos pecados nos excusas ante el Padre!

Ah, esta Palabra la haces descender en cada corazón después de la culpa, y Tú eres el primero en ofrecer el perdón…

Pero cuántos lo rechazan y no lo aceptan; y tu amor entonces da en delirio, porque Tú quieres dar a todos el perdón y el beso de paz…

A esta Palabra tuya tiembla el infierno y te reconoce como Dios…

La naturaleza y todos quedan atónitos y reconocen tu Divinidad, tu inextinguible amor, y silenciosos esperan para ver hasta dónde llega.

Y no sólo tu voz, sino también tu Sangre y tus llagas gritan a cada corazón después del pecado: “Ven a mis brazos, que te perdono; y el sello del perdón es el precio de mi Sangre.”

Oh amable Jesús mío, repite de nuevo esta Palabra a cuantos pecadores hay en el mundo.

Implora misericordia para todos, aplica los méritos infinitos de tu preciosísima Sangre a todos, a todos…

Oh buen Jesús, continúa aplacando a la Divina Justicia y concede la gracia a quien, hallándose en el momento de tener que perdonar, no siente la fuerza…

Jesús mío, Crucificado adorado, en estas tres horas de amarguísima agonía Tú quieres dar cumplimiento a todo; y mientras permaneces silencioso en la Cruz, veo que en tu interior quieres satisfacer en todo y por todo al Padre.

Por todos le agradeces, por todos lo satisfaces, por todos pides perdón, y para todos impetras la gracia de que ya nunca más te ofendan. Y para obtener esto del Padre, resumes toda tu Vida, desde el primer instante de tu Concepción hasta tu último respiro…

Jesús mío, Amor interminable, déjame que también yo recapitule toda tu Vida junto contigo y con la inconsolable Mamá…

Dulce Jesús mío, te doy las gracias por tantas espinas que han traspasado tu adorable cabeza, por las gotas de Sangre que de ellas has derramado, por los golpes que en ella has recibido y por los cabellos que te han arrancado…

Y te doy las gracias por todo el bien que has hecho e impetrado para todos, por las luces y las buenas inspiraciones que a todos nos has dado, y por cuantas veces has perdonado nuestros pecados de pensamientos malos, de soberbia, de orgullo y de estima propia.

Te pido perdón en nombre de todos, oh Jesús mío, por cuantas veces te hemos coronado de espinas, por cuantas gotas de sangre te hemos hecho derramar de tu sacratísima cabeza y por todas las veces que no hemos correspondido a tus inspiraciones.

Por todos estos dolores que has sufrido te suplico, oh Jesús, la gracia de no volver a cometer nunca más pecados de pensamiento…

Quiero además ofrecerte todo lo que Tú mismo sufriste en tu santísima cabeza, para darte toda la gloria que todas las criaturas te habrían dado si hubieran hecho uso de su inteligencia según tu Voluntad.

Adoro, oh Jesús mío, tus sacratísimos ojos… Y te doy las gracias por todas las lágrimas y la sangre que han derramado, por las crueles punzadas de las espinas, por los insultos, befas y burlas soportados durante toda tu Pasión.

Te pido perdón por todos los que se sirven de la vista para ofenderte y ultrajarte, suplicándote, por los dolores sufridos en tus santísimos ojos, que nos concedas la gracia de que nadie más te ofenda con malas miradas…

Y quiero ofrecerte todo lo que Tú mismo padeciste en tus santísimos ojos, para darte toda la gloria que las criaturas te habrían dado si sus miradas hubieran estado fijas solamente en el Cielo, en la Divinidad y en ti, Jesús mío.

Adoro tus santísimos oídos… Y te doy las gracias por todo lo que sufriste mientras aquellos malvados te aturdían con gritos e injurias, estando sobre el Calvario.

Te pido perdón en nombre de todos por cuantas malas conversaciones se escuchan, y te ruego que los oídos de todos los hombres se abran a la Verdad Eterna, a la voz de la Gracia, y que ninguno más te ofenda con el sentido del oído…

Y quiero ofrecerte igualmente todo lo que Tú mismo sufriste en tus sacratísimos oídos, para darte toda la gloria que las criaturas te habrían dado si de este sentido siempre hubieran hecho uso según tu Voluntad.

Adoro y beso tu santísimo Rostro, oh Jesús mío… Y te doy las gracias por cuanto sufriste por los salivazos, por las bofetadas y por las burlas recibidas y por todas las veces que te dejaste pisotear por tus enemigos.

En nombre de todos te pido perdón por cuantas veces se tiene la osadía de ofenderte, suplicándote, por esas bofetadas y salivazos recibidos, que hagas que tu Divinidad sea por todos reconocida, alabada y glorificada…

Es más, oh Jesús mío, quiero ir yo misma por todo el mundo, de oriente a occidente y de norte a sur, para reunir a todas las voces de las criaturas y convertirlas en otros tantos actos de alabanza, de amor, de adoración…

Y quiero, oh Jesús mío, traer a ti todos los corazones de las criaturas para que puedas derramar en todos luz y verdad, amor y compasión de tu Divina Persona; y mientras das el perdón a todos, te ruego que no permitas que ninguno más te ofenda… y si fuera posible, aun a costa de mi sangre.

Quiero ofrecerte todo lo que Tú mismo sufriste en tu santísimo Rostro, para darte toda la gloria que las criaturas te habrían dado si ninguna se hubiera atrevido a ofenderte.

Adoro tu santísima boca… Y te doy las gracias por tus primeros llantos, por la leche que mamaste, por todas las palabras que dijiste, por cuantos besos encendidos de amor diste a tu Santísima Madre, por el alimento que tomaste, por la amargura de la hiel y por la sed ardiente que padeciste en la Cruz y por las plegarias que elevaste al Padre.

Y te pido perdón por cuantas murmuraciones y conversaciones pecaminosas y mundanas se hacen y por cuantas blasfemias son pronunciadas por las criaturas; quiero ofrecerte además todas tus santas palabras, en reparación por sus palabras no buenas.

Quiero ofrecerte la mortificación de tu gusto para reparar sus gulas y todas las ofensas que se te hacen con el mal uso de la lengua.

Y quiero ofrecerte todo lo que Tú mismo sufriste en tu santísima boca, para darte toda la gloria que las criaturas te habrían dado si ninguna hubiera osado ofenderte con el sentido del gusto y abusado de la lengua.

Oh Jesús, te doy las gracias por todo y a nombre de todos. A ti elevo un himno de agradecimiento eterno e infinito…

Quiero ofrecerte, oh Jesús mío, todo lo que has sufrido en tu sacratísima Persona, para darte toda la gloria que te habrían dado todas las criaturas si hubieran uniformado su vida a la tuya.

Te doy las gracias, oh Jesús, por todo lo que has sufrido en tus santísimos hombros, por cuantos golpes has recibido, por cuantas llagas te has dejado abrir en tu sacratísimo cuerpo y por cuantas gotas de tu sangre has derramado.

Te pido perdón en nombre de todos, por todas las veces en que, por amor a las comodidades, te han ofendido con placeres ilícitos y pecaminosos.

Te ofrezco tu dolorosa flagelación para reparar por todos los pecados cometidos con todos los sentidos, por el amor a los propios gustos, a los placeres sensibles, al propio “yo” y a todas las satisfacciones naturales…

Quiero también ofrecerte todo lo que has sufrido en tus hombros, para darte toda la gloria que las criaturas te habrían dado si hubieran en todo tratado de agradarte sólo a ti y de refugiarse a la sombra de tu divina protección.

Jesús mío, beso tu pie izquierdo… Y te doy las gracias por todos los pasos que diste en tu vida mortal y por cuantas veces cansaste tus santos miembros para ir en busca de almas para conducirlas a tu Corazón; y te ofrezco, oh Jesús mío, todas mis acciones, mis pasos y movimientos, con la intención de ofrecerte reparación por todo y por todos.

Te pido perdón por todos aquellos que no obran con recta intención.

Uno mis acciones a las tuyas para que las mías sean divinizadas por las tuyas, y te las ofrezco unidas a todas las obras que hiciste con tu santísima Humanidad, para darte toda la gloria que te habrían dado todas las criaturas si hubieran obrado santamente y con fines rectos.

Te beso, oh Jesús mío, el pie derecho… Y te doy las gracias por todo cuanto has sufrido y sufres por mí, especialmente en esta Hora en que estás suspendido en la Cruz…

Te doy las gracias por el desgarrador trabajo que te hacen los clavos en tus llagas, las cuales se abren cada vez más, con el peso de tu sacratísimo cuerpo.

Te pido perdón por todas las rebeliones y desobediencias que cometen las criaturas, ofreciéndote los dolores de tus pies santísimos en reparación por estas ofensas, para darte toda la gloria que las criaturas te habrían dado si en todo se hubieran mantenido sujetas a ti.

Oh Jesús mío, beso tu santísima mano izquierda… Y te doy las gracias por todo lo que has sufrido por mí, y por cuantas veces has aplacado a la Divina Justicia satisfaciendo por todos.

Beso tu mano derecha… Y te doy las gracias por todo el bien que has obrado y que obras para todos, especialmente te doy las gracias por las Obras de la Creación, de la Redención y de la Santificación.

En nombre de todos te pido perdón por cuantas veces hemos sido desagradecidos e ingratos entre tantos beneficios tuyos, y por tantas obras nuestras hechas sin la recta intención de agradarte.

Y en reparación por todas estas ofensas quiero ofrecerte toda la perfección y la santidad de tus obras, para darte toda la gloria que las criaturas te habrían dado si hubieran correspondido a todos esos beneficios.

Oh Jesús mío, beso tu Sacratísimo Corazón… Y te doy las gracias por todo lo que has sufrido, deseado y ardientemente anhelado por amor de todos y de cada uno en particular…

Y te pido perdón por tantos malos deseos, afectos y tendencias malas… Perdón, oh Jesús, por tantos que posponen tu amor al amor de las criaturas.

Y para darte la gloria que todos te hemos negado, te ofrezco todo lo que ha hecho y lo que continúa haciendo tu adorabilísimo Corazón.

» Preparación antes de la Meditación

Autora: Luisa Piccarretta

Oh Señor mío Jesucristo, postrada ante tu divina presencia suplico a tu amorosísimo Corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las Veinticuatro Horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en tu cuerpo adorable como en tu alma santísima, hasta la muerte de Cruz.

Ah, dame tu ayuda, gracia, amor profunda compasión y entendimiento de tus padecimientos mientras medito ahora la Hora...

Y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante las horas en que estoy obligada dedicarme a mis deberes o a dormir.

Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar.

Gracias te doy, oh mi Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración. Y para agradecerte mejor, tomo tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y con éstos quiero orar, fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, y extendiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza en tu corazón empiezo...

Categorías