El Huevo Vacio

El huevo vacio - tema de reflexionRicardito nació con un cuerpo deforme y una mente lenta.

A la edad de 12 años estaba todavía en segundo de primaria, pareciendo ser incapaz de aprender.

Su maestra, Doris, a menudo se exasperaba con él.

Podía retorcerse en su asiento y soltar gruñidos, y otras veces hablaba de manera clara y precisa, como si un rayo de luz penetrara en la oscuridad de su cerebro.

La mayor parte del tiempo, sin embargo, Ricardito simplemente irritaba a su maestra.

Un día llamó a sus padres, y les pidió que fueran a verla para una tutoría. Cuando los Ochoa entraron en la clase vacía, Doris les dijo:

  • Lo que realmente necesita Ricardo es una escuela especial.

No es bueno para él estar con niños menores, que no tienen problemas de aprendizaje. Hay una diferencia de cinco años entre su edad y la de los otros escolares.

La Sra. Ochoa sacó un pañuelo desechable y lloró silenciosamente, mientras su marido hablaba:

  • Srta. Doris, no hay escuelas de ese tipo en las cercanías. Sería un terrible trauma para Ricardito si tuviéramos que sacarlo de esta escuela. Sabemos que realmente le gusta estar aquí.

Doris permaneció sentada un largo rato después de que se marcharon, mirando fijamente el cielo a través de la ventana. Su frialdad parecía filtrarse hasta su alma. Quería simpatizar con los Ochoa. Después de todo, su único hijo tenía una enfermedad terminal. Pero no era justo mantenerlo en su clase. Ella tenía otros 18 niños a los que dar clase, y Ricardito era una distracción para ellos.

Además, él nunca aprendería a leer y escribir, así que ¿para qué perder más tiempo intentándolo?

Mientras analizaba la situación, un sentimiento de culpabilidad se apoderó de ella. "Aquí estoy, protestando, cuando mis problemas no son nada comparados con los de esa pobre familia", pensó.

"Por favor, Señor, ayúdame a ser más paciente con Ricardito".

Desde ese día, intentó duramente ignorar los ruidos de Ricardito y sus miradas vacías. Un día, Ricardito se dirigió hasta su mesa, arrastrando tras de sí su pierna mala:

  • Te quiero, Srta. Doris -exclamó lo bastante fuerte para que la clase entera lo escuchara. Los otros estudiantes soltaron risitas ahogadas, y Doris enrojeció. Balbuceó:
  • ¿Có-cómo? Eso es muy bonito Ricardo. A-ahora vuelve a tu asiento, por favor.

Llegó la primavera y los niños hablaban animadamente de la llegada de la Pascua.

Doris les contó la historia de Jesús, y para enfatizar la idea del nacimiento a una nueva vida, dio a cada uno de los niños un gran huevo de plástico.

  • Ahora quiero que se lo lleven a casa y que lo traigan de vuelta mañana, con algo dentro que signifique una nueva vida.

¿Sí me entendieron?

Sí, Srta. Doris - respondieron alegremente los niños (todos, excepto Ricardito). El la escuchó, dando muestras de estar comprendiendo lo que decía. Sus ojos no dejaron de estar fijos en su cara. Incluso ni hizo sus ruidos habituales.

¿Había entendido el chico lo que ella había explicado sobre la muerte y resurrección de Jesús?

¿Había entendido la tarea asignada? Tal vez debiera llamar a sus padres y explicarles a ellos el proyecto.

Esa tarde, el fregadero de la cocina de Doris se atascó. Llamó a su casero y esperó durante una hora a que viniera y lo desatascara. Después tuvo que ir a la tienda por la compra diaria, planchar una blusa y preparar un examen de vocabulario para el día siguiente.

Olvidó por completo llamar a los padres de Ricardito.

A la mañana siguiente, 19 niños llegaron a la escuela, riendo y hablando mientras dejaban sus huevos en la gran cesta de mimbre, sobre la mesa de la Srta. Doris.

Tras acabar su lección de matemáticas, llegó el momento de abrir los huevos. En el primer huevo, Doris encontró una flor.

  • Oh, sí. Una flor es ciertamente un signo de nueva vida. Cuando las plantas salen de la tierra, sabemos que ha llegado la primavera. Una niña pequeña en la primera fila agitó su brazo.
  • Ese es mi huevo, Srta. Doris - dijo. El siguiente huevo contenía una mariposa de plástico, que parecía muy real. Doris la mantuvo en alto:

-Todos sabemos que una oruga cambia y se transforma en una bonita mariposa. Sí, también es nueva vida.

La pequeña Judy sonrió orgullosa y dijo: Srta. Doris, ése es mío-. En el siguiente, Doris encontró una roca con musgo. Explicó que ese musgo también significaba vida.

Raúl alzó la voz desde el fondo de la clase:

  • Mi papá me ayudó – dijo sonriente. Entonces Doris abrió el cuarto huevo. Sofocó un grito. El huevo estaba vacío.

Con toda seguridad debe ser de Ricardo, pensó y naturalmente, él no había entendido sus instrucciones.

Si no se le hubiera olvidado telefonear a sus padres… Para no hacerle pasar un mal rato, con cuidado puso el huevo a un lado y alcanzó otro. De pronto, Ricardito dijo:

  • Srta. Doris, ¿no va usted a hablar de mi huevo? – Doris replicó confusa:
  • Pero Ricardito, tu huevo está vacío-. El la miró fijamente a los ojos, y dijo suavemente:
  • Sí, pero la tumba de Jesús también estaba vacía-.
    El tiempo se paró. Cuando pudo hablar de nuevo, Doris le preguntó:
  • ¿Sabes por qué estaba vacía la tumba? Oh, sí. A Jesús lo mataron y lo pusieron dentro. Entonces su Padre lo elevó hacia El.

La campana del recreo sonó. Mientras los niños corrían animadamente hacia el patio del colegio, Doris lloró. La frialdad de su interior se desvaneció por completo.

Tres meses más tarde, Ricardito murió.

Aquéllos que fueron al funeral a expresar sus condolencias, se sorprendieron al ver 19 huevos sobre la tapa de su ataúd. Todos ellos vacíos.

El Hombre y el Mundo

Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para disminuirlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas.

Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar.
El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuera a jugar a otro lugar.

Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiera darle, con el objetivo de distraer su atención. De repente, se encontró con una revista en donde venía el mapa del mundo, ¡justo lo que necesitaba!

Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos, y junto con un rollo de cinta, se lo entregó a su hijo diciendo:

  • Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto, para que lo repares sin ayuda de nadie.

Entonces calculó que al pequeño le llevaría días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño, que lo llamaba calmadamente.

  • Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo.

Al principio, el padre no dio crédito a las palabras del niño. Pensó que sería imposible que, a su edad, haya conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes.

Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones, con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible?, ¿cómo el niño había sido capaz?

  • Hijito, tú no sabías cómo era el mundo. ¿Cómo lograste armarlo?
  • Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para
    recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre.

Así que di vuelta a los recortes y comencé a formar al hombre, que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta a la hoja y vi que había arreglado al mundo.

"No puedes volver el reloj hacia atrás, pero le puedes volver a dar cuerda"

El Hombre Testarudo

Una represa de cierto pueblo se rompió y estaban evacuando a todos los habitantes del poblado, pero un hombre se negaba dejar su casa, alegando que era cristiano, que oraba todos los días y que Dios lo iba a salvar.

La policía pasó por las calles anunciando que se fueran a un refugio, y le dijeron al hombre que ellos lo llevarían hasta el refugio, pero el hombre les dijo:

  • Yo soy cristiano y oro todos los días. Dios me salvará.
    Ya cuando las aguas cubrían las calles, pasó un hombre en una canoa y le gritó:
  • Ya vienen las aguas, venga conmigo, que yo lo llevaré a salvo.

El hombre le respondió: -Yo soy cristiano y oro todos los días. Dios me salvará.
El hombre de la canoa se fue.

Luego pasó un helicóptero y le tiró una soga para sacarlo de la casa, pero el hombre rechazó la soga diciendo:

  • Yo soy cristiano, oro todos los días. Dios me salvará.
    El hombre murió ahogado, y al llegar delante de Dios, le dijo:
  • Señor, ¿no oraba yo todos los días, y era un cristiano fiel?,
    ¿por qué no me salvaste? Dios le contestó:
  • ¿No te envié a la policía, al hombre en la canoa y hasta un helicóptero?, ¿qué más querías de mí, hijo mío?

El Guiso de Lentejas

Un día, Diógenes estaba comiendo un plato de lentejas, sentado en el umbral de una casa. No había ningún alimento en toda Atenas más barato que el guiso de lentejas. Comer guiso de lentejas, significaba que te encontrabas en una situación de máxima precariedad.
Pasó un ministro del Emperador, y le dijo:

  • ¡Ay, Diógenes! Si aprendieras a ser más sumiso y adular un poco más al Emperador, no tendrías que comer lentejas.

Diógenes dejó de comer, levantó la vista y, mirando intensamente al acaudalado interlocutor, contestó:

  • ¡Ay de ti, hermano! Si aprendieras a comer lentejas, no tendrías que ser sumiso y adular tanto al Emperador.

Si para vencer estuviera en juego tu honestidad, pierde y serás siempre un vencedor.

El Guerrero y su Esposa

Cuenta una historia, que un valiente guerrero regresó a su pueblo, después de haber combatido con toda el alma, por su patria.

Al llegar a casa, su alma se derrumbó, cuando le dieron la triste noticia de que su amada esposa había muerto.

El guerrero, abatido por el dolor, hizo todo lo posible por entrevistarse con un sabio profeta, y entre otras cosas le dijo:

  • Aconséjame qué puedo hacer para que mi querida esposa nunca sea olvidada.
    Construye un pozo en el desierto, -dijo el profeta-. Así, todas las caravanas que se beneficien de él, darán gracias a Dios por calmar la sed en sus frescas aguas, y por tu amada esposa.

Así lo hizo el apenado guerrero y con el paso del tiempo, descubrió que había ganado la batalla más importante de la vida: Había derrotado a la desesperación y al pesimismo.
Una victoria que sólo se obtiene cuando en la fe, en la esperanza y en un amor hecho servicio, le hallamos sentido a la vida, a pesar de la muerte y las penas.

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