por Makf | 19 Abr, 2026 | Apologética 22
Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe
Hay hombres y mujeres cristianos que con pleno conocimiento y libertad, y con gran alegría, renuncian de por vida al matrimonio. Lo hacen «por amor al Reino de los Cielos».
El otro día un caballero me dijo que los curas están equivocados en no casarse, porque la Biblia dice que Dios bendijo al hombre y a la mujer, diciéndoles: «Sean fecundos, multiplíquense y llenen la tierra».
Le contesté que, en verdad, este texto aparece en el Antiguo Testamento (Gén. 1, 28); pero que los católicos no nos debemos quedar anclados en el Antiguo Testamento. Nosotros somos hijos del Nuevo Testamento, y ahí hay claras indicaciones a favor de la virginidad religiosa.
Además Jesús mismo no se casó para así poder entregarse totalmente a su Padre y anunciar su Mensaje. También tenemos el ejemplo del apóstol Pablo y otros más.
Queridos hermanos, en esta carta quiero explicarles por qué las religiosas y los religiosos no se casan. Les hablaré desde la Biblia y desde mi propia experiencia religiosa. Sé muy bien que muchos no encuentran valor alguno en el no casarse, y también un hombre no casado a veces hasta es mal visto en nuestra propia cultura.
Además ante el mundo moderno, que predica la libertad sexual y el erotismo asfixiante, parece ser un disparate hablar de la castidad religiosa. La televisión, el cine, la literatura y la propaganda callejera proclaman todo lo contrario. A pesar de todo, los invito a leer con mucha atención esta carta acerca del celibato religioso. No lo invento yo, sino que está todo en la Biblia.
En verdad, el hombre ha sido creado en cuerpo y espíritu con vistas al matrimonio: Dios creó al ser humano como hombre y mujer, «y vio Dios que era bueno». (Gén. 1, 27, 31). Y sin embargo, hay hombres y mujeres cristianos que con pleno conocimiento y libertad, y con gran alegría, renuncian de por vida al matrimonio. Lo hacen «por amor al Reino de los Cielos» (Mt. 19,12).
Este estado de vida lo indicamos con los términos: «castidad consagrada», o «celibato religioso», o «virginidad cristiana». Y el que renuncia a ese gran valor humano del matrimonio, lo hace para seguir el ejemplo y el consejo evangélico de Jesús. A quienes profesan de por vida este estado, se les da el nombre de «religiosos», «religiosas», (o monjitas) y sacerdotes.
¿Qué nos enseña la Biblia?
El Pueblo de Dios del Antiguo Testamento apreciaba mucho el matrimonio y cada familia israelita deseaba tener muchos hijos como bendición de Dios (Gén. 22, 17). Y la virginidad, o el no tener hijos, equivalía a la esterilidad, la cual era una humillación y una gran vergüenza (Gén. 30, 23; 1 Sam. 1,11; Lc. 1, 25).
Generalmente, en el Antiguo Testamento no hay aprecio por la virginidad como estado de vida. Recién en el Nuevo Testamento encontramos el estado de virginidad por motivos religiosos:
Jesús mismo, que permaneció sin casarse, fue quien reveló el sentido y el carácter sobrenatural de la virginidad
«Hay hombres que se quedan sin casar por causa del Reino de los Cielos. El que puede aceptar esto, que lo acepte» (Mt. 19,12). La expresión «por causa del Reino de los Cielos» confiere a la virginidad su carácter religioso y es así un signo de la Nueva Creación que irrumpe ya en este mundo, es decir, es un signo anticipado del mundo que vendrá.
El Apóstol Pablo hace entender que en su tiempo ya había algunos creyentes que vivieron como vírgenes por un tiempo para dedicarse a la oración. (1Cor. 7, 5)
También dice el Apóstol que el cuerpo no está sólo destinado para la unión sexual, sino también para dar testimonio de Dios: «El cuerpo es para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y así como Dios resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros por su poder... ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?» (1 Cor. 6,13-15). Y en otra parte Pablo habla de la virginidad como un estado mejor que el matrimonio, porque este estado de vida expresa más claramente la entrega total al Señor:
«El hombre casado está dividido, y tiene que agradar a su mujer; pero los que permanecen vírgenes no tienen el corazón dividido, sino que están consagrados a Dios tanto en cuerpo como en espíritu: ellos viven sirviendo al Señor con toda dedicación». (1 Cor. 7, 32-35). Esto no es un mandato del Señor, dice Pablo (1 Cor. 7, 25), sino un llamado personal de Dios, un carisma o un don del Espíritu Santo (1 Cor. 7,7) y, como dice Jesús, esto no todos lo pueden entender.
La virginidad es un signo del mundo que vendrá.
Los que permanecen vírgenes en este mundo están despegando de este mundo (1 Cor. 7, 27) y esperan al Esposo y al Reino que ya vienen, según la parábola de las diez vírgenes (Mt. 25, 10). Su vida, su virginidad, es un «signo permanente» del mundo que vendrá, es signo visible del estado de resurrección, de la nueva creación, del mundo futuro donde no habrá matrimonio, y donde seremos semejantes a los ángeles y a los hijos de Dios (Lc. 20, 35-36).
El ejemplo de Jesús, María y de Pablo
1. Jesús mismo no se casó, no tuvo hijos, no hizo una fortuna.
El, que nada poseía, trajo al mundo tesoros que no destruyen ni el moho ni la polilla. El, que no tuvo mujer, ni hijos, era hermano de todos y entregó su vida por todos. Además, Jesús invitó a sus discípulos a seguirlo hasta lo último. Al joven rico, no le pidió solamente que cumpliera los mandamientos de la ley; le pidió un despojo total para seguirlo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y entonces tendrás riquezas en el cielo; luego ven y sígueme» (Mt. 19, 21).
«Todos los que han dejado sus casas, o sus hermanos o hermanas, o padre, o madre, o esposa, o hijos, o bienes terrenos, por causa mía, recibirán la vida eterna» (Mt. 19, 29). «Si alguien quiere salvar su vida, la perderá; pero él que la pierda por mí, la salvará» (Lc. 9, 24; Lc. 14, 33).
2. María, la Madre de Jesús, es la única mujer del Nuevo Testamento a quien se aplica, casi como un título de honor, el nombre de «virgen» (Lc. 1, 27; Mt. 1, 23).
Por su deseo de guardar su virginidad (Lc. 1, 34), María asumía la suerte de las mujeres sin hijos, pero lo que en otro tiempo era humillación iba a convertirse para ella en una bendición (Lc. 1, 48). Desde antes de su concepción virginal, María tenía la intención de reservarse para Dios. En María apareció en plenitud la virginidad cristiana.
3. El Apóstol Pablo, un hombre apasionado por predicar el mensaje de la salvación, no quiso, como los predicadores de su tiempo, ir acompañado de una esposa (1 Cor. 9, 4-12).
Además Pablo invitó a otros a seguir este estado de vida y dice: «Yo personalmente quisiera que todos fueran como yo» (1 Cor. 7, 7). El Apóstol vio que su vida como célibe le daba mayor disponibilidad de tiempo y una mayor libertad para la predicación. Vio que el celibato le daba más tiempo para el servicio de Dios y de sus hermanos. (1 Cor. 7, 35).
Seguramente los apóstoles y muchos discípulos siguieron esta forma de vida; recordamos las palabras de Pedro: «Señor, nosotros hemos dejado todo lo que teníamos y te hemos seguido» (Mt. 19, 27).
¿Cuál es el motivo fundamental para optar por una vida sin casarse?
Después de todo, podemos decir que el celibato religioso brota de una experiencia muy especial de Dios. El no casarse en sentido evangélico es fruto de una profunda fe y de una experiencia de que Dios entra en la vida del hombre o de la mujer.
Es el Dios vivo, que deja huellas en una persona. Es el Dios, Padre de Jesucristo, que ha seducido a algunas personas de tal manera, que ellos dejan todo atrás y van como enamorados detrás de Jesús. El hombre célibe religioso es una persona «seducida por Dios»: «Tú me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir» (Jer. 20, 7).
Desde el momento que llega Dios a la vida del religioso todo cambia. El hombre religioso deja todo atrás, aun el amor humano, porque simplemente ha llegado el Amor. Dios vuelve a ser el «único amor», es como si de improviso aparece el sol y se apagan las estrellas... Dice la Escritura: «Tú eres mi bien, la parte de mi herencia, mi copa. Me ha tocado en suerte la mejor parte, que Dios mismo me escogió» (Salmo 16, 5-6).
La religiosa y el religioso hacen aparecer a Dios como «amor». Con su oración y su silencio quieren llegar a la fuente de todo amor que Dios ha manifestado en su Hijo Jesucristo. Quieren permanecer en celibato a fin de estar más disponibles para servir a sus hermanos y para entregarse totalmente al amor de Cristo. No hay nada más bello, nada más profundo, nada más perfecto que Cristo. He aquí el último núcleo de una vida célibe por el Reino de los Cielos.
La castidad consagrada no es una vida sin amor
El religioso es sobre todo un hombre de Dios, un hombre para Dios, un hombre que ve en todas las cosas la presencia amorosa de Dios. Es un «especialista de Dios».
El religioso, con su voto de castidad, no opta por un camino de egoísmo, ni tampoco desprecia la sexualidad o el matrimonio.
No hace un voto de «desamor», sino un voto de radicalismo en el amor: en su experiencia de amor descubre por intuición una dimensión más abierta y reclama un amor absoluto en toda su vida.
El voto de castidad, ciertamente, es una renuncia a la expresión genital de la sexualidad, característica de la vida matrimonial; pero el voto de castidad no implica ninguna renuncia al amor. Es un voto que expresa una superabundancia de amor radical que trasciende la carne y la sangre. Para el religioso no es posible amar a Dios, sin amar a los hombres sus hermanos.
El religioso no renuncia a la personalidad masculina o femenina
Aunque las posibilidades sexuales no se ejercitan, sin embargo una religiosa enfermera o una religiosa maestra desempeña un trabajo «como mujer» con sus cualidades de ternura y bondad; y un religioso misionero actúa «como hombre» con su vigor, con su amor por la verdad y con sus cualidades de corazón.
Es un hecho significativo que Jesús fuera varón íntegramente y que como varón nos predicó la Buena Nueva. Fue muy significativo que María, como mujer, supiera acoger al Salvador y como madre presentara su Hijo al mundo entero. Dios mismo eligió a María como mujer y como Madre para ser puente entre el cielo y la tierra. Los religiosos no viven su virginidad sin su personalidad masculina o femenina.
Ellos tratan, con su consagración a Dios y con libertad de espíritu, de ser fecundos de una manera que a menudo no es posible para los demás. Muchas veces vemos cómo el niño huérfano, el drogadicto perdido, el enfermo aislado, la anciana abandonada encuentran en la religiosa a una verdadera madre. Muchas veces el joven angustiado, el hombre fracasado, un pueblo desorientado, encuentran en un religioso a un verdadero padre.
Una tradición cristiana desde el Nuevo Testamento
Desde el comienzo de la Iglesia apareció este carisma del celibato consagrado en la historia humana. Estos carismas del celibato religioso han sido expresiones de la libertad del Espíritu Santo que durante 2.000 años ha enriquecido la historia de la Iglesia. Por inspiración del Espíritu de Dios, los religiosos se sienten empujados a ser testigos del amor divino, y sólo el amor de Dios puede amar más libremente a todos los hombres, y especialmente a los más humildes.
El celibato religioso nunca ha manifestado un desprecio por el matrimonio. El celibato no es un valor mayor al del matrimonio, es simplemente una manera radical de vivir el amor cristiano; de otra forma la castidad consagrada pierde su significado.
Nos extraña muchísimo que el reformador Lutero y los protestantes del siglo XVI rechazaran el camino de la vida religiosa como un camino prácticamente imposible y dieran preferencia al matrimonio. Esta opción de los protestantes va claramente contra una corriente religiosa que brotó desde los tiempos de Jesucristo hasta ahora.
Por eso varios grupos protestantes vuelven últimamente a esta antigua tradición cristiana y auténticamente evangélica, y comenzaron en este siglo con grupos religiosos que viven el celibato como nosotros «por el Reino de los Cielos». (Pensemos en los monjes reformados de Taizé en Francia, los hermanos y hermanas franciscanos, anglicanos y protestantes en Alemania e Inglaterra).
Queridos hermanos, siempre hubo y habrá en la Iglesia de Cristo hombres y mujeres llamados por Dios para que, con su vida de castidad consagrada, sean testigos del amor de Dios. La vida religiosa es simplemente un carisma o una manifestación del Espíritu Santo que Dios regala a su Iglesia y al mundo.
Sin estos hombres religiosos, sin estos «especialistas de Dios», el mundo sería más pobre. Pero esto no todos lo pueden entender. Por algo dijo Jesús: «El que pueda entender que entienda» (Mt. 19, 12).
Espero que estos Temas leídos una y otra vez les fortalezcan en la verdadera Fe y les den argumentos para saber dar razón de su esperanza.
Cuestionario
¿Qué nos enseña la Biblia al respecto? ¿Cuál fue el ejemplo de Jesús? ¿Qué significa también la virginidad? ¿Cuál fue el camino seguido por Pablo y por María, la Madre de Jesús?
¿Cuál es el motivo fundamental para hacer esta opción? La castidad consagrada, ¿significa dejar de amar? ¿Cuál ha sido la tradición cristiana al respecto?
por Makf | 19 Abr, 2026 | Apologética 22
Autor: Christian | Fuente: apologia21.com
La Biblia frecuentemente habla de la paternidad espiritual y los católicos lo reconocemos y seguimos con la costumbre de llamar a los sacerdotes “padres”.
Poniendo el problema en contexto
Mientras Paul y Sandra y sus hijos estaban saliendo de la iglesia un domingo después de Misa, ellos se pararon para decir hola al sacerdote:
“Gracias por la homilía, Padre Ryan,” dijo Paul. “Fue muy convincente”.
“Gracias,” contestó el Padre con una sonrisa, “Estoy contento que la encontraste benéfica.”
“Cambiando de tema, Padre”, Sandra se aventuró a preguntar al padre, “nosotros quisiéramos saber si usted estaría libre para venir a nuestro hogar y reunirse con nosotros en la cena esta semana.”
El Padre sonrió, “Claro que sí. ¡Eso sería grandioso! Gracias.” Y establecieron un día antes de irse.
Nada acerca de este encuentro parecería raro para un católico, pero muchos protestantes se horrorizan con eso. Muchos claman que cuando los católicos se refieren al sacerdote como “padre”, muestran que la Iglesia está en contra de la Biblia, porque Jesús lo prohibió: “No llamen a ningún hombre su padre en la tierra, porque ustedes tienen un Padre, quien está en el cielo” (Mat. 23:9).
En sus ensayo 10 Razones por las que no soy Católico Romano, el escritor anti-católico y fundamentalista Donald Maconaghie cita este pasaje como soporte para su acusación de que “el papado es una farsa.”
Bill Jackson, otro fundamentalista que dirige una organización anticatólica de tiempo completo, dice en su libro, La Guía Cristiana Hacia el Catolicismo Romano, que un “estudio de Mateo 23:9 revela que Jesús estaba hablando acerca de ser llamado padre como un título de superioridad religiosa…[la cual es] la base de la jerarquía [Católica]” (p. 53).
¿Como debemos los católicos responder a estas acusaciones?
Para entender el porque la acusación no es válida, uno primero debe comprender que el uso de la palabra “padre” en referencia a nuestros padres terrenales. No habría nadie que no permitiera a una niña la oportunidad de decirle a alguien que ella quiere a su padre. El sentido común nos dice que Jesús no estaba prohibiendo este tipo de uso de la palabra “padre”.
De hecho, para prohibirlo habría que quitarle a la palabra “Padre” su significado cuando se aplica a Dios, porque no habría mas la contraparte para la analogía de la divina Paternidad. El concepto de el rol de Dios como Padre no tendría significado si destruimos el concepto de la paternidad terrena.
Pero en la Biblia el concepto de paternidad no está restringido a solo nuestros padres terrenales y Dios. Es usada para referir a gente diferente de los padres biológicos o legales, y es usado como un signo de respeto con los cuales nosotros tenemos una relación especial.
Por ejemplo, José le dice a sus hermanos acerca de un especial relación fraternal que Dios le ha dado a el con el rey de Egipto: “Así que no eras tú quien me mandó aquí, sino Dios; y el me ha hecho a mi un padre para el Faraón, y señor de toda su casa y el que gobierna toda la tierra de Egipto” (Gén. 45:8).
Job indica que el tuvo un papel de paternidad con los menos afortunados: “Yo era un padre de los pobres, y busqué la causa de el a quien yo no conocía” (Job 29:16). Y Dios mismo declara que el dará un rol de paternidad a Eliakim, el guardián de la casa de David: “En aquel día yo llamé a mi sirviente Eliakim, el hijo de Hilkiah…y yo los vestiré a el con una túnica, y le ceñiré un cinturón en el, y le otrogaré…autoridad a su mano; y el deberá ser un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá” (Isaías 22:20)
Este tipo de paternidad no solamente aplica a aquellos quienes son sabios consejeros (como José) o benefactores (como Job) o ambos (como Eliakim), también aplica a aquellos quienes tienen un relación espiritual fraterna con uno. Por ejemplo, Elisha replica, “Mi padre, mi padre!” a Ellijah mientras la carta es llevada al cielo en un remolino (2 Reyes. 2:12). Después, Elisha mismo es llamado padre por el rey de Israel (2 Reyes. 6:21).
¿Un cambio con el Nuevo Testamento?
Algunos fundamentalistas debaten que este uso cambió con el Nuevo Testamento--que mientras que pudo haber sido permisible llamar a cierto hombres “padre” en el Antiguo Testamento, desde el tiempo de Cristo, no es ya permitido. Este argumento falla por varias razones.
Primero, como hemos visto, es imperativo “no llamar padre a un hombre” no aplica al padre biológico de uno. También no excluye llamar a los ancestros de uno “padre”, como se muestra en Hechos 7:2, donde Esteban se refiere a “nuestro padre Abram,” o en Romanos 9:10, donde Pablo habla de “nuestro padre Isaac.”
Segundo, hay numerosos ejemplos en el Nuevo Testamento de el término “padre” de ser usado como una forma de dirigirse y referirse, aún para hombres quienes no son padres biológicos relacionados con el locutor. Hay, de hecho, bastantes usos de “padre” en el Nuevo Testamento, que la interpretación fundamentalista de Mateo 23 (y la objeción a los católicos sobre llamar a los sacerdotes “padre”) debe estar equivocada, como lo veremos.
Tercero, un análisis cuidadoso de el contexto de Mateo 23 muestra que Jesús no intentó que sus palabras fueran entendidas literalmente. El pasaje completo versa así, “Pero no serán llamados ‘rabino,’ porque ustedes tienen un maestro, y ustedes son todos hermanos. Y no llamen a ningún hombre su padre en la tierra, porque ustedes tienen un Padre, quien esta en el cielo. Ninguno será llamado ‘maestro,’ porque ustedes tienen un maestro, el Cristo (Mat. 23:8).
El primer problema es que aún que Jesús parecía prohibir el uso del término “maestro”, Cristo mismo designó ciertos hombres para ser maestros en su Iglesia (“Vayan entonces y hagan discípulos de todas la naciones…)
Los fundamentalistas mismos se equivocan en este punto llamando a todo tipo de personas “Doctor,” por ejemplo en el caso de doctores, así como también profesores y científicos, quienes tienen grados de Ph.D. (ejemplo, doctorados). En lo que ellos se equivocan es que “doctor” es simplemente la palabra en latín para “maestro”.
¿Entonces qué es lo que quería decir Jesús?
Jesús criticado por los líderes judíos quienes amaban “el lugar de honor en los festejos y los mejores asientos en la sinagogas y los saludos en los mercados, y ser llamados ‘rabinos’ por los hombres (Mat. 23:6).
El estaba haciendo una hipérbole (exageración para ir al grano) para mostrar a los escribas y fariseos que pecadores y orgullosos eran por no parecer humildes a Dios como el origen de toda la autoridad y fraternidad y enseñanza, y que en vez se pusieren ellos mismos como la última autoridad, figuras paternales, y maestros.
Cristo usó hipérboles frecuentemente, por ejemplo cuando el declaró, “Si tu ojo derecho te hace pecar, sácatelo y tíralo; es mejor que tu pierdas uno de tus miembros que entrar entero en el infierno” (Mat. 5:28, cf. 18:9, Marcos 9:47).
Cristo ciertamente no intentó que esto fuera aplicado literalmente, porque de otra manera todos los cristianos estaríamos privados de la vista! (cf. 1 Jn 1:8; 1 Tim 1:15). Nosotros todos estamos sujetos a los apetitos de la carne y a los apetitos de la vista y al orgullo en la vida” (1 Jn 2:16).
Usando palabras fuertes como frecuentemente hacía, Jesús condenó el mal uso de la autoridad mas que el uso de ciertos términos de posición. Haciendo referencia al término “padre”, Jesús está prohibiéndonos cualquier relación de fraternidad humana con la Fraternidad espiritual que solo Dios tiene.
Nosotros debemos no olvidar que somos sujetos de la autoridad de Dios-El es nuestro Maestro y Profesor y Padre. Este es el porque, cuando nos referimos a los sacerdotes como “padres” nosotros siempre debemos hacer esto reconociendo que Dios es nuestro verdadero Padre.
Los apóstoles nos muestran el camino
La practica ancestral cristiana de llamar a los sacerdotes “padres” va muy atrás hasta el tiempo de los apóstoles, y la teología atrás es evidente en la escritura. Mientras el juicio ante el Sanedrín—el consejo mayor de los judíos de los sacerdotes y los ancianos—el primer mártir cristiano, Esteban, se refiere a ellos como “hermanos y padres” (Hech. 7:24).
Este es un pasaje clave para considerar, mientras que las Escrituras nos dice que Esteban estuvo lleno del Espíritu Santo y que habló estas palabras bajo la inspiración del Espíritu Santo (cf. Hech. 7:55). No hay manera que el Espíritu Santo podría haber inspirado a Esteban a referirse a los sacerdotes judíos como “padres” si Cristo había de hecho literalmente prohibido a los cristianos que llamaran a los hombres por ese título. Si así fuera, tendría que haber una contradicción directa entre la orden de Cristo y la actuación del Espíritu Santo.
El Nuevo Testamento esta lleno de ejemplos y de referencias hacia relaciones espirituales padre-hijo y padre-pequeño. Mucha gente no es consciente en que tan comunes estas son, así que vale la pena citar algunas aquí.
Pablo regularmente se refería a Timoteo como su hijo: “Entonces yo te mandé a ti a Timoteo, mi y amado y fiel hijo en el Señor, misericordia, y paz de Dios el Padre y Jesús Cristo nuestro Señor (1 Tim 1:2), “A Timoteo, mi hijo amado: Gracia, misericordia, y paz de Dios el Padre y Jesús Cristo nuestro Señor” (2 Tim. 1:2).
El también se refirió a Timoteo como su hijo: “Este encargo yo te encomiendo a ti, Timoteo, mi hijo, de acuerdo con las anunciaciones proféticas...” (1 Tim 1:18), “Tu entonces, mi hijo, se fuerte en la gracia de Jesús Cristo” (2 Tim 2:1), “Pero el mérito de Timoteo tu lo sabes, como un hijo con un padre el ha servido conmigo en el evangelio” (Fil. 2:22).
Pablo también se refirió a otros de sus convertidos de esta manera: “A Tito, mi hijo verdadero en una fe común: gracia y paz de Dios el Padre y Jesús Cristo nuestro Salvador” (Tito 1:4), “te ruego por mi hijo, Onésimo, a quién he engendrado en las prisiones” (Filemón 10).
Claramente, ninguno de estos hombres fueron literalmente, hijos biológicos. Por el contrario, Pablo esta enfatizando su paternidad espiritual con ellos.
Paternidad Espiritual
Quizás la referencia mas señalada en el Antiguo Testamento sobre la teología de la paternidad espiritual de los sacerdotes es la declaración de Pablo, “Y no escribo esto para hacerlos sentir avergonzados, sino para aconsejarlos como mis amados hijos. Aunque ustedes tienen incontables guías en Cristo, no tienen muchos padres, pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio” (1 Cor. 4:14-15).
Pedro siguió la mismo costumbre, refiriéndose a Marco como su hijo: “Ella que está en Babilonia, quien es similarmente escogida, te manda saludos; y así también lo hace mi hijo Marco” (1 Pet. 5:13). Los apóstoles algunas veces se refirieron a las iglesias enteras bajo el cuidado de sus hijos. Pablo escribe, “Aquí por la tercera vez yo estoy listo para llegar a ti. Y yo no seré una carga, porque no busco lo que es tuyo sino a ti; porque los hijos no deben de acumular para sus padres, sino los padres para sus hijos” (2 Cor. 12:14); y, “Mi pequeño hijo, con el cual yo estoy otra vez esforzándome hasta que Cristo se forme en ustedes!” (Gal. 4:19).
Juan dijo, “Mis pequeños hijos, escribo esto a ustedes para que así ustedes no pequen; pero si alguno de ustedes peca, tenemos un defensor con el Padre, Jesús Cristo el justo” (1 Jn 2:1), “No puedo tener una mayor alegría que esta, oír a mis hijos seguir la verdad” (3 Jn 4). De hecho, Juan también se refería a hombres de las primeras comunidades como “padres” (1 Jn 2:13).
Al referirse a esta gente como a "hijos" espirituales, Pedro, Pablo y Juan implícitamente se refieren a ellos como a sus "padres" espirituales. Debido a que la Biblia frecuentemente habla de esta paternidad espiritual, los católicos lo reconocemos y seguimos con la costumbre de llamar a los sacerdotes “padres”. No reconocer esto es de hecho es no reconocer y honrar un gran regalo que Dios ha dado en la Iglesia: la paternidad espiritual del sacerdocio”
Los católicos tienen un afecto filial hacia los padres y los llaman “padre”, sabiendo que como miembros de sus parroquias ellos tienen el compromiso de su cuidado espiritual, y tienen una relación filial con ellos. Los sacerdotes por otro lado, siguen los ejemplos bíblicos de los apóstoles en lo referente a los miembros de su congregación como “mi hijo” o “mi pequeño” (cf. Gal. 4:19, 1 Tim. 1:18, 2 Tim. 2:1, Filemón 10, 1 Ped. 5:13, 1 Jn 2:1, 3 Jn 4).
por Makf | 19 Abr, 2026 | Apologética 22
Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
La Biblia nos dice claramente que Dios es el único Padre y Maestro. Dios es el único Padre fuente y origen de todas las cosas.
Me doy cuenta de que los hermanos evangélicos tienen miedo de llamar «padre» a los sacerdotes. Y aunque saben muy bien que es costumbre de llamar al ministro de la Iglesia Católica como «padre», algunos me dicen «caballero» o «señor» y, en el mejor de los casos, me llaman «hermano».
También hay algunos que me dicen «señor sacerdote» (¡y me consta que después le dicen sin más a su gente que los sacerdotes mataron a Cristo, porque dicen que también así está en la Biblia!)
No importa cómo me llamen, o qué piensen de mí. Sé que Dios conoce los pensamientos más íntimos y es El quien me va a juzgar.
En esta carta quiero explicarles de donde viene este nombre de «padre» y luego en otra carta les hablaré de los sacerdotes, de los que ellos dicen que mataron al Señor.
El texto bíblico
Me gusta que me digan «hermano», pero no deben pensar que cometen algún pecado si me llaman «padre». Seguramente han escuchado aquel texto bíblico que dice: «No se dejen llamar Maestro, porque uno solo es vuestro Maestro y todos ustedes son hermanos. Tampoco deben decirle «padre» a nadie en la tierra, porque tienen solamente un Padre que está en el cielo» (Mt. 23, 8-9) y por eso piensan muchos que no deben decir ni por nada «padre» a un sacerdote.
Hermanos y amigos: leyendo bien toda la Biblia nos damos cuenta que las Sagradas Escrituras hacen siempre la distinción entre «Padre» como título de honor reservado al Dios Único, fuente y fin de todas las cosas, y padre con minúscula, es decir, el padre que da la vida humana o el «padre espiritual».
Lo mismo sucede con la palabra Maestro. El único Maestro -con mayúscula- es Dios, pero esto no quita que, aun entre nosotros, llamemos maestro -con minúscula- a cualquier profesor o maestro carpintero. Es decir, tenemos un Padre y un Maestro por excelencia que es Dios. Un Padre y Maestro -en letra grande- que es el Dios Único y nadie puede apropiarse de este título.
Ahora bien, entre nosotros puede haber muchos padres y maestros en cuanto que participamos de alguna manera de la paternidad y de la maestría de Dios.
¿Qué nos dice la Biblia acerca del nombre «Padre»?
La Biblia nos dice claramente que Dios es el único Padre y Maestro. Dios es el único Padre fuente y origen de todas las cosas. Dice el Apóstol: «Para nosotros no hay más que un solo Dios: el Padre. El Padre Dios hizo todas las cosas y nosotros existimos por El» (1 Cor. 8, 6).
Según este texto bíblico, está claro que no debemos dar este título divino a nadie más que a Dios. El es el Padre y Maestro por naturaleza. En El está el origen del bien, de la vida y de toda sabiduría.
Veamos el contexto de la frase de Jesús:
En el Evangelio de San Mateo, cap. 23, en un largo discurso, Jesús acusa a los fariseos y a los maestros de la ley, porque a ellos les gustan mucho los títulos de honor.
Se consideran autorizados para interpretar la ley de Moisés como quieren (vers. 2), les gusta llevar en la frente y en el brazo partes de las Sagradas Escrituras (vers. 6), quieren que la gente los salude con todo respeto en las calles y que les llame maestros (vers. 7).
Es en este contexto que Jesús les dice: «Pero ustedes no deben hacer que la gente les llame maestros, porque todos ustedes son hermanos y tienen solamente un Maestro, que es Cristo. Y no llamen ustedes Padre a nadie en la tierra, porque tienen solamente un Padre, el que está en el cielo» (vers. 8-9). «El que es el mayor de ustedes sea el que sirve a los demás (vers. 11). Porque el que se hace grande será humillado, pero el que se humilla será hecho grande» (vers. 12).
Queridos hermanos, está muy claro que Jesús no quiere que demos títulos de honor a ningún miembro de la comunidad.
Pero no debemos pensar que Jesús quiere terminar con toda autoridad entre nosotros, sino que pide que haya responsables en la comunidad de los creyentes que sirvan con mucha humildad al pueblo y que su autoridad no debe opacar la del único Padre Dios.
Lo que importa en realidad no es el título que se da a los responsables de la comunidad, sino el servicio humilde que prestan. Y para expresar este servicio de paternidad espiritual es que desde hace siglos el pueblo llama, por acomodación, «padres» a los sacerdotes.
Jesús llama a Dios «Mi Padre»
«Jesús en su condición de Verbo encarnado (como hombre) se define como: «el Hijo único del Padre, por naturaleza». «Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce realmente al Hijo sino el Padre y nadie conoce realmente al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo ha querido dar a conocer» (Mt. 11, 27).
Estos textos bíblicos nos hacen ver que hay una relación íntima y única entre el Padre y el Hijo. Jesús es el único que puede llamar Padre con propiedad a Dios. El es su Hijo por naturaleza.
Ahora bien, nosotros también llamamos a Dios «nuestro Padre», ya que por el poder del Espíritu Santo, somos hijos de Dios. Jesús es Hijo por naturaleza, nosotros somos sus hijos por adopción. Dios es el Padre Único, fuente y fin de todas las cosas, y nosotros no debemos dar a nadie este título divino.
Esto es lo que quería decir Jesús en su discurso contra los fariseos y los maestros de la ley (Mt. 23, 9) que se apropiaban títulos divinos. Pero Dios no quería decir ni que los hijos no llamen padre a su papá ni que en una comunidad cristiana los fieles no puedan llamar padre a su sacerdote.
El texto también dice: «No llamen Maestro a nadie, porque uno solo es vuestro Maestro». Cierto que Jesucristo es el único Maestro fuente de toda verdad y sabiduría (Jn 18, 37), pero Dios no se opone a que llamemos maestro -por participación- a un profesor o a un maestro carpintero. El argumento es idéntico.
Entendidas así las cosas, ni la palabra «padre» ni la palabra «maestro» son títulos exclusivos de Dios sino que, por acomodación, los aplicamos a las personas. Y así es que tanto la palabra «padre» como la palabra «maestro» forman parte del lenguaje común y corriente que empleamos a diario para conversar y para entendernos.
En consecuencia, un hijo puede llamar «padre» a su papá, o a su padre espiritual o al sacerdote y puede llamar «maestro» a su profesor y al maestro gásfiter. Y las mismas Sagradas Escrituras no tienen ningún problema en usar estos nombres. Jesús mismo dijo:
«Honra a tu padre y a tu madre» (Lc.18, 20). Y el apóstol Pablo lo repite varias veces: «Hijos, su deber como creyentes es obedecer a sus padres, porque esto es justo» (Ef. 6,1). Si el Apóstol los llama hijos en la fe significa que los hijos igualmente lo pueden llamar padre (Col. 3, 20 y Tim. 1, 2).
Según la interpretación de los evangélicos, que no trepidan en sacar textos bíblicos fuera de su verdadero contexto, tampoco podríamos llamar «maestro» a nadie, ya que en la misma cita bíblica (Mt. 23, 8-9) Jesús nos dice que «no se dejen llamar Maestro porque un solo Maestro tienen ustedes». Y sin embargo, todo el mundo llama maestro al gásfiter, al carpintero, al albañil, etc. Y a nadie se le ocurre decir que va contra el Evangelio.
La paternidad espiritual del apóstol
La Biblia habla también de una «paternidad espiritual».
-El apóstol Pablo proclama al Patriarca Abraham como «padre» en la fe. «Abraham viene a ser padre de todos los que tienen fe» (Rom. 4, 11).
-El apóstol Juan da a los «ancianos» o responsables de la comunidad el nombre de «padres» (1 Juan 2, 13-14).
-En sus cartas los apóstoles llaman a los creyentes con el nombre de «hijitos» (Gál. 4, 19 y I Juan 2, 1-12; y 18, 28). Si el apóstol les llama «hijos», es que ellos lo llamaban «padre».
-Timoteo, el colaborador del Apóstol Pablo, es llamado cuatro veces con el nombre de «hijo en la fe» (1 Tim. 2 y 18; y 2 Tim. 1, 2 y 2, 1): «Yo, Pablo, ya anciano y ahora preso... te pido un favor para Onésimo, quien ha llegado a ser un hijo mío espiritual» (Filemón 10).
-En otros textos el Apóstol Pablo también se presenta como un «padre». «Ustedes ya saben cómo Timoteo ha demostrado su virtud y cómo ha servido en la predicación del mensaje, como un hijo que ayuda a su padre» (Filip. 2, 22).
Queridos hermanos y amigos: éste es el sentido con que la Iglesia Católica usa el nombre de «padre» para indicar al pastor o ministro de la comunidad de los creyentes. No es ni de lejos con el intento de apropiarse de un título divino.
Ahora bien, para evitar confusiones y para no dar motivo a escándalos farisaicos, en algunos países la Iglesia Católica utiliza otras palabras para designar a sus sacerdotes. En Alemania, por ejemplo, se usa la palabra «pastor» (con acento en la a) para referirse al sacerdote católico, y «pastor» (con acento en la o) para referirse al ministro evangélico.
En Chile usamos generalmente el nombre de «pastor» para referirnos al Señor Obispo. En Francia se llama al sacerdote con el título de «l´Abbé».
En Cataluña, España, se le llama Mossén. Pero en América Latina está arraigada la costumbre de llamarlo «padre». Quienes tengan dificultad, que le llamen «hermano», que es también una hermosa palabra. Pero entendidas así las cosas, se puede usar la palabra «padre» y «maestro» sin que ello signifique un agravio ni ofensa a Dios. Se trata simplemente de una paternidad espiritual.
Lo que importa es ser un servidor de la comunidad
Lo que importa no es tanto la cuestión del nombre, lo que importa es que el sacerdote o ministro sea un servidor de la comunidad. Si no lo es, ahí sí que hay una contradicción, por más que use nombres muy «serviciales».
Y esta actitud se manifiesta cuando los fieles tratan al pastor o al sacerdote como a un semidiós.
No debemos caer en este defecto. Los ministros de la comunidad debemos ser servidores. La actitud orgullosa de los fariseos y maestros de la ley (Mt. 23) es una tentación de todas las religiones. Los fariseos no reconocieron la autoridad de Dios sino que simplemente se la apropiaron y «se sentaron en el trono de Moisés» (Mt. 23, 2).
Toda autoridad en la Iglesia debe fundamentarse en la fraternidad y en el servicio a Dios y a los hermanos. El que enseña y dirige la comunidad también es un hombre pecador y no debe sentirse como los grandes del mundo, sino que debe ser un amigo, un hermano, un padre y servidor en Cristo Jesús.
Así que referente al nombre de «hermano» o «padre» o «pastor», se lo digo una vez más: lo que importa es el espíritu con que se dice más que la letra. ¿No dijo, acaso, el apóstol: «La letra mata y es el espíritu el que da vida»? (2 Cor. 3, 6).
Dice el CATECISMO
¿Quién nos creó y colocó en este mundo?
Dios nos creó y colocó en este mundo.
¿Para qué nos creó Dios?
Dios nos creó para que participáramos de la comunión de amor existente entre las tres Divinas Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
¿Quién es Jesucristo?
Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre para salvarnos
¿Dónde se hizo hombre Jesucristo?
Jesucristo se hizo hombre en las purísimas entrañas de la Virgen María.
¿Para qué se encarnó el Verbo?
El Verbo se encarnó para que conociéramos el amor de Dios, para ser nuestro modelo de santidad y para hacernos partícipes de la naturaleza divina.
¿Quién es el Espíritu Santo?
El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad
¿Qué significa el misterio de la Santísima Trinidad?
Significa que en Dios hay tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Cuestionario
¿Qué dice Jesús en Mt. 23, 8-9? ¿Quién es el único Padre y Maestro en sentido propio? ¿Podemos atribuirnos atributos divinos?
¿Podemos, no obstante, utilizar la palabra «padre» o «maestro» en sentido figurado o acomodado? ¿Qué dice al respecto la Biblia sobre Jesús? ¿A quién era obediente?
¿Se utiliza en la Biblia la palabra padre aplicada a los papás? ¿Se reconoce en la Biblia una paternidad de los hijos en la fe? ¿Cuál fue la práctica de Pablo al respecto? ¿Podemos, en este sentido, decir «padre» al sacerdote
que nos engendra en la fe y «maestro» al profesor o carpintero? ¿Cuál es la actitud de fondo de todo servidor de la comunidad?
por Makf | 19 Abr, 2026 | Apologética 22
Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
Debemos tener un gran amor hacia la Iglesia y sus ministros, que Jesús nos ha dejado.
El otro día alguien me dijo que «los sacerdotes mataron a Jesús», y lo confirmó con un texto bíblico en la mano: Mt. 27,1
Leyendo esta cita fuera de contexto me imagino que efectivamente habrá gente sencilla que piensa que realmente fueron los sacerdotes de la Iglesia Católica quienes mataron a Jesús.
¡Tal vez por eso algunos evangélicos miran tan mal a los sacerdotes porque están convencidos de que ellos mataron a Jesús!
Perdono a los que así piensan acerca de los ministros de la Iglesia Católica, pero no confío en su juicio en esta materia.
En esta carta quiero contestar a los que piensan así y aclararles lo que dice la Iglesia Católica de los sacerdotes. Les hablaré con amor pero con un amor que busca la verdad, pues solamente «la verdad nos hará libres» (Jn. 8, 32).
El contexto bíblico
Debemos leer bien la Biblia y no quedar aferrados a un solo texto aislado. Con una sola cita bíblica fuera de contexto podemos condenar a medio mundo y al mismo tiempo faltar al mandamiento más importante de Dios: el amor. ¿Acaso no dijo el apóstol que la letra mata y el espíritu vivifica? (2 Cor. 3, 6).
¿Quiénes mataron a Cristo?
Debemos tener una gran confianza en la Iglesia de Cristo y en sus ministros, guiados por el Espíritu Santo. Jesús dijo a sus discípulos en la noche antes de morir: El Espíritu Santo, que el Padre va a enviar en mi nombre para que les ayude y consuele, les enseñará todo, y les recordará todo lo que Yo les dije (Jn. 14, 26 y Jn. 16, 13).
¿Qué decir de los que piensan que son los sacerdotes los que mataron a Jesús?
Dice Mateo: «Cuando amaneció todos los jefes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos se pusieron de acuerdo en un plan para matar a Jesús.»
En el contexto bíblico nos damos cuenta de que el Evangelista Mateo se refiere aquí a «los sacerdotes judíos» de aquel tiempo, es decir, a los sacerdotes de la Antigua Alianza.
Es una monstruosidad decir ahora que fueron los sacerdotes de la Iglesia Católica los que mataron a Jesús. Esta manera de leer la Biblia es una manipulación descarada de un texto bíblico y no reviste ninguna seriedad. Es simplemente una ignorancia atrevida y una forma muy sutil pero muy poco cristiana de sembrar dudas y meter miedo en el corazón de la gente sencilla.
Creo que bastan estas pocas palabras para contestar a los que piensan así. Aunque si bien lo meditamos, todos hemos puesto la mano en la crucifixión de Cristo ya que murió por nuestros pecados.
¿Quería sacerdotes Jesús?
Otros se ríen de los sacerdotes de la Iglesia Católica y dicen que «Jesús no quería sacerdotes».
Los católicos creemos:
1) Que Jesucristo es el único y verdadero Sumo Sacerdote.
2) Que todo el pueblo cristiano, por voluntad de Dios, es un pueblo sacerdotal y
3) Que dentro de este pueblo sacerdotal algunos son llamados a participar del sacerdocio llamado ministerial o pastoral.
Yo no invento esto.
Es la comunidad de los creyentes, guiada por el Espíritu Santo y meditando largamente la Palabra de Dios, la que ha llegado a esta verdad acerca de Cristo, su Iglesia y sus ministros.
Guiados por este mismo Espíritu, leamos la Biblia:
Los sacerdotes judíos de la Antigua Alianza
Leyendo bien las Sagradas Escrituras, nos damos cuenta de que Jesús nunca se identificó con los sacerdotes de la Antigua Alianza.
En su tiempo había muchos sacerdotes judíos del rito antiguo. Todos ellos eran miembros de la tribu de Leví y estaban encargados de los sacrificios de animales en el templo. Estos sacrificios eran ofrecidos para la purificación de los pecados del pueblo judío (Mc. 1, 44; Lc. 1, 5-9). Hasta José y María, cumpliendo con este rito de purificación, ofrecieron una vez un par de palomas (Lc. 2, 24).
Pero este sacerdocio judío era incapaz de lograr la santificación definitiva del pueblo (Hebr. 5, 3; 7, 27; 10, 1-4). Era un sacerdocio imperfecto y siempre sellado con el pecado. Jesús, el Hijo de Dios, el hombre perfecto, nunca se atribuyó para sí este título de sacerdote judío.
¿Participamos del sacerdocio de Cristo?
¿Es verdad que la Iglesia primitiva proclamó después a Jesucristo como el único y verdadero Sumo Sacerdote? ¿Participamos nosotros del sacerdocio de Cristo?
Así es efectivamente. Aunque durante su vida Jesús nunca usó el título de sacerdote, la Iglesia primitiva proclamó que «Jesús es el Hijo de Dios y es nuestro gran Sumo Sacerdote» (Hebr. 4, 14).
Escribe el sagrado escritor de la carta a los Hebreos, como cuarenta años después de la muerte y Resurrección de Jesucristo: «Jesús se ofreció a lo largo de su vida al Padre y a los hombres, con una fidelidad hasta la muerte en la cruz, dio su vida como el gran sacrificio de una vez por todas, y su sacrificio ha sido absoluto.
El verdadero sacerdote para toda la humanidad es Jesús el Hijo de Dios y ahora no hay más sacrificio que el suyo, que empieza en la cruz y termina en la gloria del cielo.
Jesús es el único Sumo Sacerdote, el único Mediador delante del Padre y así El terminó definitivamente con el antiguo sacerdocio.
«Cristo ha entrado en el Lugar Santísimo, no ya para ofrecer la sangre de cabritos y becerros, sino su propia sangre; y así ha entrado una sola vez para siempre y nos ha conseguido la salvación eterna» (Hebr. 9, 12).
Lea también: Hebr. 7, 22-28; 9, 11-12; 10, 12-14
¿Somos un pueblo sacerdotal?
¿Es verdad que el apóstol Pedro dice que nosotros los creyentes somos un pueblo sacerdotal? Sí, Dios, en su gran amor hacia los hombres, quiso que todos los creyentes-bautizados participaran como miembros del Cuerpo de Cristo, del único sacerdocio de Cristo:
«Ustedes también, como piedras que tienen vida, dejen que Dios los use en la construcción de un templo espiritual, y en la formación de una comunidad sacerdotal santa, para ofrecer sacrificios espirituales, gratos a Dios por mediación de Cristo» (1 Pedr. 2, 5) «Ustedes son una raza escogida, una nación santa, un pueblo que pertenece a Dios» (1 Pedr. 2, 9).
Así, hermanos, por la fe y por el bautismo Dios nos integra en un pueblo sacerdotal. Y como pueblo de sacerdotes, tenemos la vocación de ofrecer nuestras personas, nuestras vidas «como hostia viva» (Rom. 12, 1). En todo lo que hacemos con amor, en nuestra familia, en nuestro pueblo, en nuestros trabajos, siempre ejercemos este sacerdocio.
¿Quería Jesús tener ministros para su pueblo?
Así es. No es la Iglesia la que inventó el ministerio apostólico sino el mismo Jesús. El llamó a los Doce apóstoles (Mc. 3, 13-15) y les encargó ser sus representantes autorizados: «Quien los recibe a ustedes, a mí me recibe.» (Lc. 10, 16).
La misión de los apóstoles fue encomendada con estas palabras: «Les aseguro: todo lo que aten en la tierra, será atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, será desatado en el cielo» (Mt. 18, 18). Este «atar» y «desatar» significa claramente la autoridad de gobernar una comunidad y aclarar problemas en el Pueblo de Dios.
En la última Cena, Jesús dio a sus apóstoles este mandato: «Haced esto en memoria mía» (Lc. 22, 19). Es eso lo que celebra la Iglesia en la Eucaristía.
Y en una de sus apariciones, Jesús sopló sobre sus discípulos y dijo: «A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados» (Jn. 20, 23).
Dirigir, enseñar y administrar los signos del Señor, he aquí el origen del ministerio apostólico. Poco a poco la comunidad cristiana va aplicando y evolucionando en este servicio apostólico según la situación de cada comunidad.
¿Qué representan los obispos y presbíteros en una comunidad?
En las cartas apostólicas del Nuevo Testamento, los ministros de la comunidad cristiana reciben el título de «obispos y presbíteros» (Hech. 11, 30; Tit. 1, 5 etc.).
La palabra obispo viene del griego y en castellano significa «el encargado de la Iglesia»; la palabra presbítero significa en castellano «el anciano».
Los obispos y los presbíteros son así los encargados de la comunidad de los creyentes. Ellos tienen la función de servir en el nombre de Cristo al Pueblo de Dios.
Estos nombres de «obispo y presbítero» van a evolucionar hacia la función del sacerdocio ministerial. Aunque los apóstoles todavía no hablaron de sacerdocio ministerial, ya estaba esta idea en germen en la Iglesia Primitiva. Es el Espíritu Santo el que hizo ver, poco a poco, que los obispos y presbíteros representaban al Señor, al Único Sumo sacerdote, por el ministerio que ejercían.
«No nos proclamamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, Señor y a nosotros como servidores suyos, por amor a Jesús» (2 Cor. 4, 5-7).
El apóstol Pablo en su carta a los filipenses ya usa ciertos términos para expresar su sacerdocio apostólico: «Y aunque deba dar mi sangre y sacrificarme para celebrar mejor la fe de ustedes, me siento feliz y con todos ustedes me alegro» (Fil. 2, 17: «Bien sabe Dios a quién doy culto con toda mi alma proclamando la buena noticia de su Hijo» (Rom. 1, 9).
En estos textos hay indicaciones que la liturgia de la Palabra y la entrega de la vida del apóstol ya es una función sacerdotal: «En todo, los ministros del pueblo deben ser no como los grandes y los reyes, sino servidores como Jesús: como el que sirve» (Lc. 22, 27).
¿Cómo se transmite este sacerdocio?
Este ministerio apostólico se transmite con la imposición de manos. Escribe el apóstol Pablo a su amigo Timoteo: «Te recomiendo que avives el fuego de Dios que está en ti por imposición de mis manos» (2 Tim. 1, 6; 1 Tim. 4, 14).
Este gesto de imposición transmite un poder divino para una misión especial.
El apóstol Pablo recibió la imposición de manos de parte de los apóstoles (Hch. 13, 3). Pablo a su vez impuso las manos a Timoteo (2 Tim. 1, 6; 1 Tim. 4, 14) y Timoteo repitió este gesto sobre los que escogió para el ministerio (1 Tim 5, 22).
Así, la Iglesia Católica, desde los apóstoles hasta ahora, sigue sin interrupción imponiendo las manos y comunicando de uno a otro los dones del ministerio sacerdotal.
Esta sucesión apostólica tan sólo se ha perpetuado en la Iglesia Católica durante 20 siglos hasta llegar a los ministros actuales.
Ninguna otra iglesia puede decir esto, solamente la Iglesia Católica.
De esta la forma los pastores de la Iglesia participan del único sacerdocio de Cristo.
Conclusión
Tal vez es un poco difícil todo lo que les he hablado. Pero debemos en la oración pedir que el Espíritu Santo nos ilumine. Además debemos tener un gran amor hacia la Iglesia y sus ministros, que Jesús nos ha dejado. Para terminar quiero resumir las ideas más importantes de esta carta:
1) Jesús quería tener ministros (servidores) para su pueblo sacerdotal.
2) Los apóstoles transmitieron este ministerio apostólico siempre con la imposición de manos.
3) Aunque los sagrados escritores nunca usaron el nombre de «sacerdotes» para indicar a los ministros, ya está en germen en el N. T. hablar de un sacerdocio apostólico como un servicio al pueblo sacerdotal.
En este sentido es que la Iglesia Católica, ya desde el año cien hasta ahora, llama a los ministros de la comunidad (presbíteros y obispos) como sus pastores y sacerdotes.
Por supuesto que este sacerdocio pastoral participa del único sacerdocio de Cristo y no tiene nada que ver con los sacerdotes del Antiguo Testamento.
Nosotros, los sacerdotes de la nueva alianza, por una especial vocación divina somos los ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor. 4, 1).
Cuestionario
¿Quiénes mataron a Jesús? ¿Se puede decir que todos hemos puesto las manos en la muerte de Jesús? ¿Se puede decir que los sacerdotes de la Iglesia católica mataron a Jesús? ¿A qué sacerdotes se refieren los Evangelistas?
¿Es lícito sacar de su contexto estas palabras y aplicarlas a los sacerdotes del Nuevo Testamento? ¿Somos el Pueblo de Dios un pueblo sacerdotal? ¿Quiso Jesús que en su Iglesia hubiera un sacerdocio ministerial? ¿Quiénes tienen esta función?