Te amo tal y como eres

Mi mujer y un grupo de amigas habían iniciado un programa de autosuperación. Me pidió que le escribiera en un papel una lista de seis cosas que me gustaría que cambiara para mejor esposa.

Lógicamente, se me ocurrían muchas cosas qué decir (y seguro que ella también tendría cosas qué decir), pero en lugar de lanzarme por un papel para escribir, le dije:

  • Déjame pensarlo y mañana te daré una respuesta.

Al día siguiente me levanté temprano y llamé a la florería. Encargué seis rosas rojas para mi mujer y una nota que decía:

"No se me ocurren seis cosas que me gustaría que cambiaras. Te quiero tal como eres".

Cuando llegué a casa esa tarde, mi mujer me recibió en la puerta; estaba al borde de las lágrimas. No necesito decir que me alegré de no haberla criticado como me había pedido.

El domingo siguiente en la iglesia, después de que ella hubo informado del resultado de su tarea, varias mujeres del grupo se me acercaron y me dijeron:

  • Fue lo más bonito que he escuchado.

Entonces comprendí el poder de aceptarla y amarla tal como es; y así lo seguiré haciendo, sólo por amor.

"Dos mundos y un amor, dos sentimientos y un querer,
dos cuerpos y un placer, dos melodías de amor
y una vida para escucharlas juntos: eso es amor."

"Amar es querer a la otra persona, tal como la ha pensado Dios."
Fedor Dostoievski.

"Al verdadero amor no se le conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece."
Jacinto Benavente

Tan sólo piense en mí

Por poco y no la ve. Era una señora anciana con el auto detenido en el camino. El día estaba frío, lluvioso y gris. Alberto se pudo dar cuenta que la anciana necesitaba ayuda, y estacionó su viejo auto delante del carro último modelo de la anciana; aún estaba tosiendo cuando se le acercó. Aunque con una sonrisa nerviosa en el rostro, se dio cuenta que la anciana estaba preocupada.

Nadie se había detenido desde hacía más de una hora, cuando se detuvo en aquella transitada carretera. Realmente, para la anciana, ese hombre que se aproximaba no tenía muy buen aspecto, podría tratarse de un delincuente. Pero no había nada por hacer, estaba a su merced. Se veía pobre y hambriento.

Alberto pudo percibir lo que ella sentía. Su rostro reflejaba cierto temor. Así que se adelantó a tomar la iniciativa en el diálogo:

  • Vengo a ayudarla, señora. Entre a su vehículo, ahí estará protegida del clima. Mi nombre es Alberto.
    Gracias a Dios sólo se trataba de un neumático bajo, pero para la anciana ésta era una situación difícil.

Alberto se metió bajo el carro buscando un lugar donde poner el gato, y en la maniobra
se lastimó varias veces los nudillos. Estaba apretando las últimas tuercas, cuando la señora bajó la ventana y comenzó a dialogar con él. Le contó de dónde venía; que tan sólo estaba de paso por allí y que no sabía cómo agradecerle. Alberto le sonrió, mientras cerraba la caja de las herramientas.

Ella le preguntó cuánto le debía, pues cualquier suma sería correcta, dadas las circunstancias. Además, pensaba las cosas terribles que le hubieran pasado de no contar con la gentileza de Alberto.

El no había pensado en dinero. Esto no se trataba de ningún trabajo para él. Ayudar a alguien necesitado era la mejor forma de pagar por las veces que a él, a su vez, lo habían ayudado cuando se encontraba en situaciones similares.

Alberto estaba acostumbrado a vivir así. Le dijo a la anciana que si quería pagarle, la mejor manera de hacerlo sería que la próxima vez que viera a alguien necesitado, y estuviera a su alcance poder asistirlo, lo hiciera de manera desinteresada:

Tan sólo piense en mí agregó, despidiéndose.

Alberto esperó hasta que el auto se fuera. Había sido un día frío, gris y depresivo, pero se sintió bien en terminarlo de esa forma. Estas eran las cosas que más satisfacción le traían. Entró en su coche y se fue.

Unos kilómetros más adelante, la señora divisó una pequeña cafetería. Pensó que sería bueno quitarse el frío con una taza de café caliente antes de continuar el último tramo de su viaje. Se trataba de un pequeño lugar un poco desordenado. Por fuera había dos bombas viejas de combustible que no se habían usado en años.

Al entrar se fijó en la escena interior. La caja registradora se parecía a aquellas de cuerda que había usado en su juventud. Una cortés camarera se le acercó, y le extendió una toalla de papel para que se secara el cabello mojado por la lluvia. Tenía un rostro agradable, con una hermosa sonrisa, aquel tipo de sonrisa que no se borra, aunque estuviera muchas horas de pie.

La anciana notó que la camarera tendría alrededor de ocho meses de embarazo, y sin embargo esto no le hacía cambiar su simpática actitud. Pensó en cómo, gente que tiene tan poco, pueda ser tan generosa con los extraños. Entonces se acordó de Alberto.

Luego de terminar su café caliente y su comida, le entregó a la camarera un billete de $500 pesos para pagar la cuenta.

Cuando la muchacha regresó con el cambio, constató que la señora se había ido. Pretendió alcanzarla, pero al correr hacia la puerta vio en la mesa algo escrito en una servilleta de papel, al lado de otros seis billetes de $500 pesos.

Los ojos se le llenaron de lágrimas cuando leyó la nota:

"No me debes nada, yo estuve una vez como tú estás. Alguien me ayudó, como hoy te estoy ayudando a ti. Si quieres pagarme, esto es lo que puedes hacer: No dejes de asistir y ser bendición a otros, como hoy lo hago contigo. Continúa dando de tu amor y no permitas que esta cadena de bendiciones se rompa".

Aunque había mesas que limpiar y azucareras que llenar, aquél día se le fue volando. Esa noche, ya en su casa, mientras la camarera entraba sigilosamente en su cama para no despertar a su agotado esposo, que debía levantarse muy temprano, pensó en lo que la anciana había hecho con ella.

¿Cómo conocería las necesidades que tenía con su esposo, y los problemas económicos que estaban pasando ahora con la llegada del bebé? Era consciente de cuan preocupado estaba su esposo por todo esto.
Se acercó suavemente hacia él para no despertarlo, mientras lo besaba tiernamente, y le susurró al oído:

  • Todo va a estar bien, te amo… Alberto.

Sustantivos y adverbios

Hace varios años, una maestra pública fue contratada para visitar a niños internados en un gran hospital de la ciudad. Su tarea era guiarlos en sus deberes, a fin de que no estuvieran muy atrasados cuando pudieran volver a clases.

Un día, esta maestra recibió una llamada de rutina, pidiéndole que visitara a un niño en particular. Tomó el nombre del niño, el del hospital y el número de la habitación, y la maestra del otro lado de la línea le dijo:

  • Ahora estamos estudiando sustantivos y adverbios en clase. Le agradecería si lo ayudara con sus deberes, así no se atrasaría respecto de los demás. Hasta que la maestra llegó a la habitación del niño, se dio cuenta de que se hallaba ubicada en la unidad de quemados del hospital. Nadie la había preparado para lo que estaba a punto de descubrir del otro lado de la puerta. Antes de que le permitieran entrar, tuvo que ponerse un delantal y una gorra esterilizada, por la posibilidad de infección. Le dijeron que no tocara al niño ni la cama. Podía mantenerse cerca, pero debía hablar a través de la máscara que estaba obligada a usar.

Cuando por fin terminó de lavarse y se vistió con las ropas prescritas, respiró hondo y entró en la habitación. El chiquito, horriblemente quemado, sufría, mucho a plena vista. La maestra se sintió incómoda y no sabía qué decir, pero había llegado demasiado lejos, como para darse la vuelta e irse.

Por fin pudo tartamudear:

  • Soy la maestra del hospital y tu maestra me pidió que te ayudara con los sustantivos y los adverbios.

Después, le pareció que no fue una de sus mejores sesiones. A la mañana siguiente, cuando volvió, una de las enfermeras de la unidad de quemados le preguntó:

  • ¿Qué le hizo a ese chico?
    Antes de que pudiera terminar una sarta de disculpas, la enfermera la interrumpió diciendo:
  • No me entiende. Estábamos muy preocupados por él, pero desde que vino usted ayer, toda su actitud cambió. Está luchando, responde al tratamiento… Es como si hubiera decidido vivir.

El propio niño le explicó luego que había abandonado completamente la esperanza y sentía que iba a morir, hasta que vio a esa maestra especial. Todo había cambiado cuando se dio cuenta de algo. Con lágrimas de felicidad en los ojos, el chiquito tan gravemente quemado que había dejado de lado toda esperanza, lo expresó así:

  • No le habrían enviado una maestra para trabajar con los sustantivos y los adverbios a un chico agonizante, ¿no le parece?

La esperanza es el factor preponderante que mantiene viva la llama que desarrolla nuestros proyectos. Si se pierde la esperanza de algo, se pierde la motivación, y todo lo referente a ello parece no tener sentido. No resulta entonces difícil imaginarse lo que ocurriría si se pierde la esperanza de vivir.

Todo parece derrumbarse, y la voluntad nada puede hacer, porque está paralizada por la sensación de "sin sentido". Es una situación terrible, que puede
acarrear consecuencias también terribles. Pero basta una pequeña palabra de esperanza para despertar todos los sentidos, para movilizar todo aquello que se hallaba paralizado. Porque se le comienza a encontrar a la vida un significado fundamental, que va dando respuestas a muchas preguntas sobre la existencia, sobre el ser.

Es importante mantener viva la esperanza de un mañana. Es importante la certeza de que en el mañana también está la vida… Si hoy tenemos "sustantivos y adverbios", eso significa que hay… un mañana.

Y se renueva entonces la motivación de seguir adelante en búsqueda del más preciado
tesoro: La felicidad…

Su nombre era Fleming

Su nombre era Fleming, y era un granjero escocés pobre.

Un día, mientras intentaba ganarse la vida para su familia, oyó un lamento pidiendo ayuda que provenía de un pantano cercano. Dejó caer sus herramientas y corrió al pantano. Allí encontró a un muchacho aterrado, gritando y esforzándose por liberarse.

El granjero Fleming salvó al muchacho de lo que podría ser una lenta y espantosa muerte.

Al día siguiente, llegó un carruaje elegante a la granja. Un noble, elegantemente vestido, salió y se presentó como el padre del muchacho al que el granjero Fleming había ayudado.

  • Yo quiero recompensarlo -dijo el noble-. Usted salvó la vida de mi hijo.
  • No, yo no puedo aceptar un pago por lo que hice - el granjero escocés contestó.

En ese momento, el hijo del granjero vino a la puerta de la cabaña.

  • ¿Es su hijo? - el noble preguntó.
  • Sí - el granjero contestó orgullosamente.
  • La propongo hacer un trato. Permítame proporcionarle a su hijo el mismo nivel de educación que mi hijo disfrutará. Si el muchacho se parece a su padre, no dudo que crecerá hasta convertirse en el hombre del que nosotros dos estaremos orgullosos.
    Y el granjero aceptó.

El hijo del granjero Fleming asistió a las mejores escuelas y, al tiempo, se graduó en la Escuela Médica del St. Mary's Hospital en Londres, y siguió hasta darse a conocer en el mundo como el renombrado Dr.
Alexander Fleming, el descubridor de la Penicilina.

Años después, el hijo del mismo noble, que fue salvado del pantano, estaba enfermo de pulmonía.

¿Qué salvó su vida esta vez?.. La penicilina.

¿El nombre del noble? Sir Randolph Churchill.

¿El nombre de su hijo? Sir Winston Churchill.

Alguien dijo una vez: Lo que va, regresa. Haz el bien sin mirar a quien. Dios, te lo recompensará al 100%.

Dichosos los que pueden dar sin recordar y recibir sin olvidar

Soledad es…

Leer el periódico durante las comidas, por no tener con quién conversar.

Verificar que la correspondencia se resume a estados de cuenta bancarios.

Nunca tener a quién decirle buenos días, al despertar.

No tener quién te haga un té, cuando estás indispuesto.

No tener posibilidades de compartir el mismo jabón o la misma pasta de dientes.

No tener a alguien que te impida querer morir.
¿Y tú?, ¿qué tanto te sientes realmente solo?

El aislamiento es diferente de la soledad. El aislamiento es el momento que se escoge para estar con nosotros mismos.

En paz y armonía.

Es una búsqueda interior, un movimiento voluntario, una virtud desarrollada.

La soledad comienza cuando nos cerramos para el Amor.

Si pudiéramos cambiar

Si pudiéramos cambiar…

La mentira por la verdad.
El recibir por el dar.
El odio por el perdón.
La duda por la fe.
La envidia por la aceptación.
La intolerancia por la paciencia.
La dureza por la flexibilidad.
El miedo por el coraje.
El desistir por el perseverar.
Las palabras de más por la prudencia.
La soberbia por la humildad.
La burla por la piedad.
El conformarse por el progresar.
El ocio por el trabajo.
Los sueños por su realización.
La ambición desmedida por el honor.

Si pudiéramos cambiar esto, sentiríamos más cerca que nunca la presencia de Dios en nuestro corazón.

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