La Niña Ciega

Qué ciego es el mundo, madre, que ciegos los hombres son, piensan, madre, que no existe más luz que la luz del sol.

Madre, al cruzar los paseos cuando por las calles voy, oigo que hombres y mujeres de mí tienen compasión.

Que juntándose uno a otro hablan bajando la voz, y que dicen: - ¡Pobre ciega!,

que no ve la luz del sol.

Más, yo no soy ciega, madre; no soy ciega, madre, no; hay en mí UNA LUZ DIVINA que brilla en mi corazón.

El SOL que a mí me ilumina es de eterno resplandor; mis ojos, madre, son ciegos…, pero mi espíritu no.

Cristo es mi luz, es el día, cuyo brillante carmín no se apaga de la noche en el sombrío crespón.

Tal vez por eso no hiere el mundo mi corazón, cuando dicen: - ¡Pobre ciega!, que no ve la luz del sol.

Hay muchos que ven el cielo y el transparente color de las nubes, de los mares la perpetua agitación.

Más cuyos ojos no alcanzan a descubrir al SEÑOR, que tiene a leyes eternas, sujeta su gran Creación.

No veo lo que ellos ven, ni ellos lo que veo yo; ellos ven la luz del mundo yo veo… LA LUZ DE DIOS.

Y siempre que ellos murmuran: ¡Pobre ciega!, - digo yo: ¡Pobres ciegos!, ¡que no ven
más luz…, que la luz del sol!..

La Mejor Entrevista

Una vez, un hombre muy afortunado había conseguido la mejor entrevista de su vida: Iba a entrevistar, ni más ni menos que a Dios….

Esa tarde, el hombre llegó a su casa dos horas antes, se arregló con sus mejores ropas, lavó su automóvil, e inmediatamente salió de su hogar. Manejó por la avenida principal rumbo a su cita, pero en el trayecto cayó un chubasco que produjo un embotellamiento de tránsito y quedó parado.

El tiempo transcurría, eran las 7:30 y la cita era a las 8:00 p.m. Repentinamente, le tocaron el cristal de la ventanilla y al voltear vio a un chiquillo de unos nueve años, ofreciéndole su cajita llena de chicles (goma de mascar). El hombre sacó algún dinero de su bolsillo, y cuando lo iba a entregar al niño, ya no lo encontró. Miró hacia el suelo, y ahí estaba en medio de un ataque de epilepsia. El hombre

abrió la portezuela e introdujo al niño como pudo al automóvil. Inmediatamente buscó como salir del embotellamiento, y lo logró dirigiéndose al hospital de la Cruz Roja más cercano. Ahí entregó al niño, y después de pedir que lo atendieran de la mejor forma posible, se disculpó con el doctor y salió corriendo para tratar de llegar a su cita con Dios. Sin embargo, el hombre llegó 10 minutos tarde y Dios ya no estaba. El hombre se ofendió y le reclamó al cielo:

-Dios mío, pero tú te diste cuenta, no llegué a tiempo por el niño, no me pudiste esperar. ¿Qué significan 10 minutos para un ser eterno como tú?

Desconsolado, se quedó sentado en su automóvil; de pronto, lo deslumhró una luz y vio en ella la carita del niño a quien auxilió. Vestía el mismo suetercito deshilachado, pero ahora tenía el rostro iluminado de bondad. El hombre, entonces, escuchó en su interior una voz:

  • Hijo mío, no te pude esperar y salí a tu encuentro. Gracias por tu servicio. ¿Cuál es tu primera pregunta?

La Más Bella Oración

Dios, dame el día de hoy fe para seguir adelante;

Dame grandeza de espíritu para perdonar;

Dame paciencia para comprender y esperar.

Dame voluntad para no caer;

Dame fuerza para levantarme si caído estoy;

Dame amor para dar.

Dame lo que necesito y no lo que quiero;

Dame elocuencia para decir lo que debo decir;

Haz que yo sea el mejor ejemplo para mis hijos;

Haz que yo sea el mejor amigo de mis amigos.

Hazme fuerte para recibir los golpes de la vida;

Déjame saber qué es lo que tú quieres de mí;

Déjame tu paz para que la comparta con quien no la tenga.

Por último, anda conmigo y déjame saber que es así.

La Mano del Maestro

Estaba golpeado y marcado, y el rematador pensó que por su escaso valor no tenía sentido perder demasiado tiempo con el viejo violín, pero lo levantó con una sonrisa:

¿Cuánto dan por mí, señores? -gritó-, ¿quién empezará a apostar por mí?

Un dólar, ¡un dólar!-, después… ¡dos dólares! ¿Sólo dos?

¡Dos dólares!… y, ¿quién da tres?, tres dólares, a la una; tres dólares, a las dos; y van tres…

Pero ¡no!, desde el fondo de la sala, un hombre canoso se adelantó y recogió el arco; luego, después de quitar el polvo del violín y estirando las cuerdas flojas, las afinó y tocó un melodía pura y dulce, como un coro de ángeles. .

Cesó la música, y el rematador, con una voz silenciosa y baja, dijo:

  • ¿Cuánto me dan por el viejo violín? y lo levantó en alto con el arco.

-¡Mil dólares! y… ¿quien da dos? ¡Dos mil!, ¿Y quién da tres?

  • Tres mil, a la una, tres mil, a las dos; y se va y se fue, -dijo.

La gente aplaudía, pero algunos gritaron:

"No entendemos bien, ¿qué cambió su valor?".

La respuesta no se hizo esperar:

"¡La Mano del Maestro… de su creador!"

Y más de un hombre, con la vida desafinada, golpeada y marcada por el pecado como el viejo violín, se remata barato a la multitud incauta.

Una copa de vino, un juego de azar, una noche de juerga, y sigue el viaje.

Pero llega el Maestro, y la multitud no llega a entender por completo el valor del alma y el cambio que elabora la mano del Maestro.

Jesús es el Maestro que cambia por completo el sentido y el valor de la vida de cualquier hombre. Ahora mismo, pídele en oración que entre en tu corazón, que perdone todos tus pecados y que te haga un hombre nuevo.

La Joya que Perdió el Árabe

Se cuenta que, cruzando el desierto, un viajero vio a un nómada sentado al pie de una palmera. A poca distancia descansaban sus caballos, pesadamente cargados con objetos de valor.

El viajero se le acercó y le preguntó: ¿Puedo ayudarle en algo? Me parece verlo muy preocupado.

Tiene razón, respondió el árabe. Estoy muy afligido porque acabo de perder la más preciosa de las joyas.

Extrañado, el viajero preguntó: ¿Y qué joya era esa? Era una joya como no volverá a hacerse otra. Estaba tallada en un pedazo de piedra de la vida y había sido hecha en
el taller del tiempo. La adornaban veinticuatro brillantes, alrededor de los cuales se agrupaban sesenta joyas más pequeñas.

Prenda igual no podrá producirse jamás. Su joya debió haber sido preciosa-, repuso el viajero. -Pero, ¿no cree que con suficiente dinero se puede fabricar otra igual?

¡Imposible!- exclamó el árabe, - porque la joya perdida era un día y un día que se pierde no vuelve a recuperarse jamás. Hay tres días en la vida de todo ser humano: ayer, hoy y mañana. El día de ayer no lo volveremos a vivir jamás.

Una vez que se cumplan las veinticuatro horas del día, cae para siempre en el pasado irrecuperable.

El día de mañana no nos pertenece. El futuro pertenece al autor del tiempo y de la vida. Desperdiciar el día de hoy sólo porque habrá un mañana, es no reconocer que ese mañana no es nuestro.

El único día que es nuestro, es hoy. Hoy, es el día que podemos aprovechar para construir un mañana feliz, o desperdiciarlo y así echar a perder nuestro futuro. El hoy se nos ha sido dado con dos propósitos: prepararnos un buen mañana aquí en esta tierra y preparar nuestra alma para toda la eternidad. Si queremos disfrutar de un buen fruto mañana, tenemos que sembrar buena semilla hoy.

Este es el día más importante de nuestra vida.

Tal como el nómada del desierto, reconozcamos el valor de este día que es nuestro.

Con Cristo en el corazón, tendremos quien nos enseñe cómo aprovecharlo para la vida eterna. Cuidemos, pues, esta joya, así como cuidamos nuestra propia vida.

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