Como Construir Autoestima en el Niño

Devolviéndole una imagen  positiva, y ajustada de sí mismo. Si le vemos en su
aspecto positivo, sin inflar, ni exagerar ningún aspecto, aceptándole, lo estamos
consiguiendo.

Motivándole a afrontar el conocimiento de lo que le rodea, con curiosidad, e
interés. Creando un clima de descubrimiento, agradable y positivo.

Reforzándole en sus logros, no  recalcando sus fracasos. Lo que ha hecho mal, no se lo podemos presentar como algo que está bien, pero podemos relativizar su fallo.

Dándole la oportunidad de que se enfrente a los conflictos. Que ponga en
juego sus habilidades, para resolverlos autónomamente.

Criticar sus actos, nunca a su  persona. Cuando tengamos que limitar su acción,
podremos explicarle que lo que ha hecho no está bien, no nos gusta, pero
diferenciándolo claramente de lo que es su persona. Es decir, podemos expresarle: "Eso está mal", nunca le diremos: "Eres un desastre".

Asegurarle nuestro cariño y  afecto incondicional, independientemente de sus
logros y comportamiento. El niño necesita sentirse seguro, y querido por sí mismo.

Facilitar al niño una salida  "airosa" del conflicto. Cuando a un niño se le niega algo que quiere, o se le impide que lleve a cabo una acción determinada, es conveniente ofrecerle y ayudarle a tomar una opción alternativa, e incompatible con la anterior, y que sea adecuada. Una salida airosa para él, respetando la
norma. Si es posible, eligiendo entre varias.

Permitirle la expresión de sus sentimientos. Las emociones personales son el último reducto de la intimidad. No se debe enseñar a los niños a disfrazarlas desde pequeños.  Se puede exigir un control  sobre la acción, no sobre la emoción. 

En un ambiente afectivo y adecuado, las emociones irán madurando positivamente

Aprende de los errores de otros, ya que no vivirás lo suficiente para aprender todo de ti mismo

Cicatrices

En un día caluroso de verano, cu el sur de la Florida, un niño decidió ir a nadar en la laguna, detras de su casa. Salió corriendo, se tiró en el agua y comenzó a nadar feliz. No se dio cuenta de que un cocodrilo se le acercaba.

Su mamá desde la casa miraba por la ventana, y vio con horror lo que sucedía, enseguida corrió hacia su hijo, gritándole lo más fuerte que podía. Oyéndole, el niño se alarmó y viró nadando hacia su mamá, pero fue demasiado tarde.

Desde el muelle, la mamá agarró al niño por sus brazos, justo cuando el cocodrilo le agarraba sus pequeñas piernas. La mujer jalaba determinada, con toda la fuerza de su corazón. El cocodrilo era más fuerte, pero la mamá era mucho más apasionada, y su amor no la abandonaba. Un señor que escuchó los gritos, se apresuró hacia el lugar, con una pistola, y mató al cocodrilo. El niño sobrevivió y, aunque sus piernas sufrieron bastante, aún pudo llegar a caminar.

Cuando salió del trauma, un periodista le preguntó al niño si le quería enseñar las cicatrices de sus pies.

El niño levantó la sábana y se las mostró. Pero entonces, con gran orgullo, se remangó las mangas y señalando hacia las cicatrices en sus brazos le dijo:

"Pero las que usted debe ver son estas".

Eran las marcas de las uñas de su mamá, que habían presionado con fuerza. "Las tengo, porque mi mamá no me soltó y me salvó la vida".

Nosotros también tenemos las cicatrices de un pasado doloroso.

Algunas son causadas por nuestros propios desaciertos, pero algunas son la huella de Dios, que nos ha sostenido con fuerza para que no caigamos en las garras del mal.

Algunas veces nos conducimos tontamente en algunas situaciones peligrosas. La vida está repleta de riesgos, y nos olvidamos que el enemigo nos espera para atacarnos. Ahí es cuando empieza la lucha de halar y tirar. Si tienes las cicatri­ces de Su amor en tus brazos, sé muy, pero muy agradecido. El no te dejó, y no te dejará ir.

"Vivir bien y dar vida, es lo mejor que podemos hacer para no estar muertos en vida".

Céntrate en la Situación Presente

Las peleas y los problemas familiares tienen la rara característica de despertar el recuerdo de cosas que estaban, aparentemente, bien guardadas en el pasado. En especial, las peleas entre familiares, y con los amigos. Cuando uno discute por un problema, debe permanecer enfocado en ese conflicto, y no mostrar todas las "facturas" que han quedado pendientes de cobro.

Algunas de ellas podremos cobrarlas más adelante; otras, tal vez nunca y entonces, si ya no tienen solución, es mejor guardarlas en el cesto del olvido. Si tenemos un billete de lotería y ganamos, pero no nos presentamos a cobrar, lo perdemos; lo mismo ocurre con los conflictos, si no se resuelven en el momento en que se producen, ya no vale la pena hacerlo.

¿Por qué comenzar a hablar de un episodio que ocurrió hace diez años? Hoy el problema es otro, y si queremos solucionarlo, tenemos que centrarnos en la situación presente y tratar de salir adelante de la mejor manera posible. Si además queremos resolver las otras disputas que no quedaron resueltas en su momento, no lograremos remediar ni unas ni otras.

Carta de una Madre

"Mi siempre linda mamá:

Ya va saliendo el sol. La noche queda atrás, es preciosa la aurora; a la luz de la fe las cosas se ven más claras, el corazón se fortalece y la sonrisa se ensancha.

Piense en Dios que lo demás no importa. Ámelo y pléguese con Él y por Él y, de paso, un poquito por usted misma, ¡porque usted es de Dios!

¡Ya va llegando! Ya se van abriendo ante sus ojos los infinitos horizontes del mundo de Dios. ¡Qué vista! ¡Qué grandeza! ¡Qué paz! Ya no habrá más tierra. ¡Sólo cielo! ¡Sólo Dios! Usted supo ser fiel. Dentro de poquito viene el premio y Dios da a lo Dios.

Regale, mamá, sus flores; suelte sus canarios; deje sus chucherías; adórnese el cabello; póngase buena moza; mire el crucifijo, hágale una guiñada de ojos y con la mejor de sus sonrisas extiéndale los brazos con el último de sus simpáticos regalos: su dolor.

Dígale que venga a buscarla cuando guste, que usted ya está preparada, que lo espera, y hasta puede usar la frase tan llena de amor y de fe que nuestros hermanos mayores del primitivo cristianismo tenían tan frecuentemente en sus labios: ¡Ven Señor Jesús!

Que no se le ocurra querer verme por última vez. Eso no se lo permito. Yo quiero verla muchas veces más. Y sé que usted también. No dude un segundo: la esperanza nos asegura que lo haremos, que nos veremos muchas veces más, que conversaremos largo y seguiremos juntos el resto del camino con toda la eternidad por delante.

Déle un beso a Jesucristo. El la quiere, ¡dígale muchas veces que usted también! Hasta luego, mamita. Que Dios le bendiga. Un beso grande".

Su hijo Sacerdote.

Ricardo Ferreira Achaval, S.J.

"QUIZÁ DIOS QUIERA QUE CONOZCAS MUCHA GENTE EQUIVOCADA, ANTES DE QUE CONOZCAS A LA PERSONA ADECUADA, PARA CUANDO AL FIN LA CONOZCAS SEPAS ESTAR."

AGRADECIDO.

Gabriel García

Carta de un Padre a Su Hijo

Era una mañana como cualquier otra. Yo, como siempre, me hallaba de mal humor. Te regañé porque te estabas tardando demasiado en desayunar, te grité porque no parabas de jugar con los cubiertos, y te reprendí porque masticabas con la boca abierta. Comenzaste a refunfuñar, y entonces derramaste la leche sobre tu ropa. Furioso, te levanté por los cabellos y te empujé violentamente para que fueras a cambiarte de inmediato.

Camino a la escuela, no hablaste. Sentado en el asiento del auto, llevabas la mirada perdida. Te despediste de mí tímidamente, y yo sólo te advertí que no te portaras mal.

Por la tarde, cuando regresé a casa después de un día de mucho trabajo, te encontré jugando en el jardín. Llevabas puestos unos pantalones nuevos y estabas sucio y mojado. Frente a tus amiguitos, te dije que debías cuidar la ropa y los zapatos, que parecía no interesarte mucho el sacrificio de tus padres para vestirte. Te hice entrar a la casa para que te cambiaras de ropa, y mientras marchabas delante de mí, te indiqué que caminaras erguido.

Más tarde, continuaste haciendo ruido, y corriendo por toda la casa. A la hora de cenar, arrojé la servilleta sobre la mesa, y me puse de pie furioso, porque no parabas de jugar. Con un golpe sobre la mesa, grité que no soportaba más ese escándalo, y subí a mi cuarto.

Al poco rato, mi ira comenzó a apagarse. Me di cuenta de que había exagerado mi postura, y tuve el deseo de bajar para darte una caricia, pero no pude. ¿Cómo podía un padre, después de hacer tal escena de indignación, mostrarse sumiso y arrepentido? Luego escuché unos golpecitos en la puerta. "Adelante", dije, adivinando que eras tú. Abriste muy despacio, y te detuviste indeciso en el umbral de la habitación. Te miré con seriedad y pregunté: ¿Te vas a dormir?, ¿vienes a despedirte? No contestaste. Caminaste lentamente con tus pequeños pasitos y, sin que me lo esperara, aceleraste tu andar, para echarte en mis brazos cariñosamente. Te abracé, y con un nudo en la garganta percibí la ligereza de tu delgado cuerpecito. Tus manitas rodearon fuertemente mi cuello, y me diste un beso suavemente en la mejilla. Sentí que mi alma se quebrantaba. "Hasta mañana, papito" me dijiste.

¿Qué es lo que estaba haciendo?, ¿Por qué me desesperaba tan fácilmente? Me había acostumbrado a tratarte como a una persona adulta, a exigirte como si fueras igual a mí, y ciertamente no eras igual. Tú tenías unas cualidades de las que yo carecía: eras legítimo, puro, bueno y, sobre todo, sabías demostrar amor. ¿Por qué me costaba tanto trabajo?, ¿Por qué tenía el hábito de estar siempre enojado? ¿Qué es lo que me estaba pasando? ¡Yo también fui niño! ¿Cuándo fue que comencé a contaminarme?

Después de un rato entré a tu habitación, y encendí una lámpara con cuidado. Dormías profundamente. Tu hermoso rostro estaba ruborizado, tu boca entreabierta, tu frente húmeda, tu aspecto indefenso como el de un bebé. Me incliné para rozar con mis labios tu mejilla, respiré tu aroma limpio y dulce. No pude contener el sollozo, y cerré los ojos.

Una de mis lágrimas cayó en tu piel. No te inmutaste. Me puse de rodillas y te pedí perdón en silencio. Te cubrí cuidadosamente con las cobijas, y salí de la habitación.

Si Dios me escucha y te permite vivir muchos años, algún día sabrás que los padres no somos perfectos, pero sobre todo, ojalá te des cuenta de que, pese a todos mis errores…,

¡Te amo más que a mi vida!

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