por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
Su esposa se lo había dicho antes de salir de casa: "ése no iba a ser un buen día". Era un extraño presentimiento que le rodeaba por la cabeza desde hace varias semanas.
Su esposo convivía con el peligro, y la muerte era moneda corriente en la disipada vida de su amado; cualquier día podía ser el último que lo viera con vida. Pero esta vez era distinto.
Ella sentía un helado presagio, una nefasta premonición. Y ahora, había escuchado lo que nunca hubiera querido oír: su esposo había sido detenido.
"No debiste haberte casado con él, nunca fue un buen hombre…" pronosticó su madre, y hoy pagaba las consecuencias por una mala elección, y por desobedecer el consejo materno.
Pero que fuera un delincuente, no disminuía el amor que sentía por él.
Hubiera preferido un abogado, un ingeniero o un albañil, pero no tuvo esa fortuna. Su esposo era un ladrón y lo acababan de apresar.
No la asustaba que estuviera preso, ya había pasado por esa situación antes. Lo dramático era que esta vez no habría misericordia del juez, y la sentencia era inapelable.
Una ejemplar muerte de cruz pidió el fiscal a un tribunal con sed de justicia.
"Es que ése no iba a ser un buen día", pensó la mujer una y otra vez. "No debió haberse levantado de la cama".
Era una tarde gris, helada, con una llovizna que cortaba la cara. "Tal vez lo dañaron las malas compañías, en las andadas mientras retoma la calle principal", se lamentó la mujer.
"Su socio también será crucificado con él", le susurró una vecina, a modo de desgraciado consuelo.
De igual modo, ya no importa buscar culpables, lo cierto es que su esposo iba a terminar como ella lo había visto en tantas pesadillas: en la peor de las muertes, la más vergonzosa, la más cruel, la más atroz.
No pudo despedirse de su amado; es que los ladrones no cuentan con ese lujo, no hay piedad, humanidad o últimos deseos para los condenados a la cruz.
En el horizonte se alcanzan a ver tres cruces, la de su esposo, la de su compañero en las correrías y la de un desconocido.
"Ella conoce a su marido y al otro ladrón, pero le resta importancia al tercero: otro infeliz que condena otra viuda al olvido y a la desgracia", piensa.
El cuadro es estremecedor. No la culpen a ella por no llorar, ya gastó todas sus lágrimas en una vida miserable junto a quien le prometió amor eterno, y ahora cuelga de una cruz.
Gritos, súplicas, latigazos, sangre, ira. No quiere mirar a su esposo; él está allí, pero prefiere no recordarlo así. Sólo observa el suelo, mientras la sangre surca la tierra entre los dedos de sus pies.
Uno de los ladrones insulta al desconocido de la cruz del medio, y una voz conocida, imperceptible, pronuncia algunas débiles palabras:
- Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. (Lc 23,42)
Era la inconfundible voz de su esposo, sin duda habiéndole al desconocido de la cruz central.
- Hoy estarás conmigo en el paraíso…, (Lc 23,43) - promete el otro, como si en su condición pudiera prometer algo.
La mujer levanta la vista por primera vez. Tal vez para mirar a los ojos de su esposo una vez más, o tal vez para entender el diálogo tan extraño que acaba de oír.
El socio de su esposo acaba de morir en un seco grito. El desconocido de enmedio pareciera un inocente que paga por algo que jamás cometió, y su esposo sonríe. No tiene por qué sonreír, no hay razones.
Hizo de su vida un mundo miserable, y pende de una cruz frente a miles de ciudadanos enojados.
Pero el ladrón se encuentra con la mirada de su esposa, y le brinda una sonrisa, un último gesto de que estará bien, a pesar de todo.
El gesto de los que se encontraron con la gracia en el momento menos pensado.
Ella tampoco sabe por qué, pero presiente que su esposo finalmente encontró algo distinto.
No entendió bien el diálogo de los condenados, pero supo que algo había cambiado allí, a escasos metros de ella, en lo alto de la cruz.
Su esposo cuelga de un madero, pero inexplicablemente, irracionalmente, sonríe. Ella le devuelve el gesto en el lenguaje del silencio, ése que sólo pueden, interpretar los que han amado lo suficiente como para no tener que hablar. Su esposo se había encontrado con la gracia en el minuto final.
Segundos antes de la cita con el verdugo inevitable de la muerte. Ella sabe que no puede implorar justicia, y mucho menos misericordia.
Ella sabe que su esposo paga por crímenes verdaderos.
Ella sabe que ése era el final del camino, la terminal de la vida, tarde o temprano.
Pero ahora, la última sonrisa de su esposo le devuelve la calma.
La sonrisa que se dibuja entre la sangre y los moretones, extrañamente la compensa por toda su vida miserable.
Su esposo parece no pender de una cruz. Muere como si lo hiciera de viejo, en una cama caliente, rodeado de sus seres amados, luego de haber vivido una buena vida.
Su esposo no mereció nietos, ni una vida larga, ni una cristiana sepultura.
Pero alguien, tan condenado como él, le prometió el paraíso en lo alto de la cruz.
Ese no iba a ser un buen día. Tampoco existía la mínima posibilidad que terminara bien.
Su esposo ha dejado de respirar, pero nadie se explica por qué sonríe.
Pero ella finalmente descubrió el secreto:
si para encontrarse con el paraíso había que venir a la cruz, valió la pena haberse levantado.
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
El tren subterráneo avanza dando tumbos, y las ruedas rechinan con más furia que nunca contra los rieles.
Afuera reina el intenso frío del invierno, y la monótona bahía de Arsta, en Suecia, se abre como un enorme bostezo debajo del tren.
El vagón está repleto de pasajeros helados, ensimismados y aburridos.
De pronto, un niñito se abre paso entre las inconmovibles piernas de los adultos, que de mala gana se mueven para dejarlo pasar y ocupa el asiento del fondo.
Se acomoda junto a la ventanilla, rodeado de adultos hostiles y hastiados.
"¡Qué valiente!", me digo. Su padre se ha quedado junto a la puerta, detrás de mí.
El tren sigue su marcha bamboleante hacia el inframundo.
Entonces, sin que medie nada y en menos de lo que canta un gallo, ocurre algo insólito…
El serio muchachito se desliza del asiento y apoya su mano en mi rodilla.
Por un instante pienso que quiere regresar al lado de su padre, de modo que hago el intento de dejarlo pasar.
Pero en lugar de ello, se inclina hacia delante y alza la cabeza.
Me digo: "Quiere decirme algo al oído. ¡Qué cosas tienen los niños!".
Agacho la cabeza para oír el mensaje.
¡Pero me he equivocado otra vez!
Lo que recibo es un sonoro beso en la mejilla.
El pequeño vuelve a su asiento, se apoya contra el respaldo y sigue mirando por la ventanilla como si nada.
Yo, por mi parte, me he quedado de una pieza.
¿Qué ha ocurrido?
Un niño desconocido besando adultos en el metro.
¿Cómo es posible que alguien tenga deseos de besar a criaturas tan hurañas como nosotros?
En seguida, todos mis vecinos de asiento reciben besos.
Nerviosos y perplejos, le sonreímos al padre…
Al notar las miradas furtivas y confundidas que nos dirigimos, ya cerca de su parada, el padre nos
ofrece una explicación.
- ¡Se siente tan feliz de vivir! -dice-. Ha estado muy enfermo…
Padre e hijo desaparecen entre la multitud que avanza hacia la salida:
Las puertas se cierran y el reanuda su marcha.
En la mejilla llevo aún la quemante sensación del beso de un niño de seis años; un gesto que me ha obligado a preguntarme muchas cosas.
¿Cuántos adultos nos besamos tan sólo por la pura alegría de estar vivos?
¿Cuántos reparamos siquiera en el privilegio de vivir?
El incidente me ha traído a la memoria un pasaje de la novela Aminne:
"Un hombre que viaja en tren dobla de pronto su periódico, inclina la cabeza y se hecha a llorar desconsolado…
¿Qué pasaría si todos empezáramos a quitarnos las
máscaras?
Habría un caos total…"
Con sus besos, el pequeño nos había dado una tierna, pero importante bofetada de advertencia:
¡No se vayan a morir antes de que se les detenga el corazón!
De pronto comprendí con absoluta claridad por qué Cristo concedió a los niños un lugar especial en el Reino de los Cielos…
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
El que siendo leal y sincero, te comprende El que te acepta como eres y tiene fe en ti.
El que sin envidia reconoce tus valores, te estimula y elogia sin adularte.
El que te ayuda desinteresadamente y no abusa de tu bondad.
El que con sabios consejos te ayuda a construir y pulir tu personalidad.
El que goza con las alegrías que llegan a tu corazón.
El que respetando tu intimidad, trata de conocer tu dificultad para ayudarte.
El que sin herirte te aclara lo que entendiste mal, o te saca de error.
El que levanta tu ánimo cuando estás caído.
El que con cuidados y atenciones quiere menguar el dolor de tu enfermedad.
El que te perdona con generosidad, olvidando tu ofensa.
El que ve en ti un ser human con alegrías, esperanzas, debilidades y luchas.
"Los amigos son la manera como Dios nos cuida”
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
¡Éramos los mejores amigos!
Eramos inseparables, eramos una sola alma.
Por alguna razón, nuestros caminos tomaron dos rumbos distintos y nos separamos.
Yo nunca volví a saber de mi amigo hasta el día de ayer, después de 10 años, que caminando por la calle me encontré a su madre.
La saludé y le pregunté por mi amigo.
En ese momento sus ojos se llenaron de lágrimas y me miró a los ojos diciendo: - Murió ayer…
No supe qué decir, ella me seguía mirando y pregunté cómo había muerto.
Ella me invitó a su casa.
Al llegar allí me ofreció sentarme en la sala vieja
donde pasé gran parte de mi vida; siempre jugábamos ahí mi amigo y yo.
Me senté y ella comenzó a contarme la triste historia.
- Hace 2 años le diagnosticaron una rara enfermedad, y su cura era recibir cada mes una transfusión de sangre durante 3 meses, pero ¿recuerdas que su sangre era muy rara?
- Sí, lo sé.- Igual que la tuya. Estuvimos buscando donadores, y al fin encontramos a un señor vagabundo.
Tu amigo, como te acordarás, era muy testarudo, no quiso recibir la sangre del vagabundo.
Él decía que de la única persona que recibiría sangre sería de ti, pero no quiso que te buscáramos. Él decía todas las noches:
"No lo busquen, estoy seguro que mañana sí vendrá…"
Así pasaron los meses y todas las noches se sentaba en esa misma silla donde estás tú sentado, y oraba para que te acordaras de él y vinieras a la mañana siguiente.
Así acabó su vida y en la última noche de su vida, estaba muy mal, y sonriendo me dijo:
"Madre mía, yo sé que pronto mi amigo vendrá. Pregúntale por qué tardó tanto, y dale esa nota que está en mi cajón".
La señora se levantó, regresó y me entregó la nota que decía:
"Amigo mío, sabía que vendrías. Tardaste un poco, pero no importa, lo importante es que viniste. Ahora te estoy esperando en otro sitio, espero que tardes en llegar, pero mientras tanto quiero decirte que todas las noches oraré por ti y desde el cielo te estaré cuidando, mi querido mejor amigo.
¡Ah, por cierto: ¿te acuerdas por qué nos distanciamos?!
Fue porque no aprobé que agarraras el carro de tus papas sin permiso. Qué tiempos… Éramos insoportables, bueno, pues quiero decirte que te deseo lo mejor y que encuentres la felicidad que siempre buscaste.
Te quiere mucho: tu mejor amigo, por siempre".
¿Te suena conocida esta historia?
No sabes como me arrepiento no haber ido con mi amigo y decirle tan sólo una vez más:
"TE QUIERO Y ERES MI MEJOR AMIGO".
Pero mi orgullo era más grande. No le podía perdonar que no aprobara mis rebeldías hacia mis padres.
¿Cuántas veces no hemos perdido amigos, por insignificancias como éstas, siendo que ellos sólo quieren nuestro bienestar?
Hoy yo te cuento mi historia, para que no te pase lo mismo que a mí.
Si tienes un amigo dile lo mucho que lo quieres, y si por alguna razón has perdido un amigo, piensa que no lo has perdido, simplemente se han separado un poco, pero estás a tiempo de recuperarlo.
No dejes que tu orgullo pueda más que tu corazón, te lo dice la persona que perdió un amigo por culpa del orgullo.
"La amistad es como el mar, se ve el principio pero no el final"
"Los verdaderos amigos pueden crecer separadamente, sin quedar divididos por la distancia"
"¡Qué difícil es ganar un amigo en un año, y qué fácil es perderlo en un momento!"
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
Conocí a Raúl en un seminario, tres años después de haber sido liberado de un secuestro.
Sus captores lo habían encerrado en un armario durante seis meses, amarrado con cadenas.
Me hablaba con un entusiasmo, pleno de ilusiones y de afecto, parecía feliz a pesar de haber soportado una experiencia tan dolorosa y destructiva.
- ¿No sientes rabia o rencor contra tus captores? - le pregunté abiertamente.
Me miró, se frotó la cara con las manos y su rostro se ensombreció por un instante.
- Recién salí, -respondió con firmeza-, no fue fácil.
Mi desesperación y mis rencores eran mi peor tortura, pero un día decidí que ya no quería cargar más las cadenas.
- ¿A qué te refieres? - dije intrigado.
- Yo estuve secuestrado junto con otra persona, -replicó-, nos liberaron al mismo tiempo.
Después me la encontré, rabiosa y amargada; sólo hablaba de su pasado, del daño irreversible que le habían causado, de lo crueles que habían sido, de lo feliz que se sentiría el día en el que se hiciera justicia.
Guardó silencio por un instante, como si revisara sus propias reflexiones.
- ¿Sabes? -prosiguió después de una pausa-, al ver a esta persona me di cuenta que daba lo mismo que lo hubieran liberado, que su cuerpo estuviera libre, porque él había decidido continuar secuestrado en su mente, en su dolor, en su pasado.
Prefería pensar en sus captores, no disfrutaba a su familia, ni de la posibilidad de construir el presente ni el futuro que le dio la vida.
- Pero, ¿cómo se puede olvidar algo tan duro? - seguía interrogando.
- Mis captores me quitaron la libertad, pero no voy a permitir que me quiten mi tranquilidad; si yo continúo alimentando este rencor, les estaré dando mi vida.
Es como si eligiera llevarlos conmigo en cada momento por el resto de mis días.
Ni mis seres queridos ni yo nos merecemos eso, la verdadera venganza será mi felicidad, dejarlos atrás y disfrutar de cada instante de mi vida.
Hizo una pausa y miró hacia adelante con una expresión alegre.
- Las verdaderas cadenas, -concluyó- las tenemos en nuestra mente cuando decidimos continuar apegados al dolor, al resentimiento o al pasado.
Eso es peor que un armario oscuro, -dijo con énfasis y prosiguió-, yo prefiero que los míos me recuerden como alguien que supo reacoger la alegría de la vida, y no como alguien que se quedó alimentando la rabia y la autocompasión.
¿Cuáles son las cadenas que podrías elegir empezar a soltar ahora?
¿Cuáles son los eventos pasados o presentes que puedes dejar de alimentar con rabia o dolor?
En cada momento puedes decidir agravar tu herida, o empezar a sanarla para siempre.
Ojalá que como yo, algunos tomen la parte que más les aporte y vivan lo hermoso que es la vida, porque mientras haya amor en el corazón, elige cómo vivir tu vida.
Y cada día lo tomo como una posibilidad de ser mejor… en mi corazón no hay lugar para rencores ni rabias; sobre el dolor creo que debemos aprender a aceptar las etapas que se nos ofrecen en el transcurso de este proyecto llamado vida, así como también concluirlas, para evitar que esas "Cadenas" te lastimen o lastimen a otros.