por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
El anciano cuidador de un pacífico y solitario cementerio recibía todos los meses un cheque de una mujer, una inválida de un hospital ubicado en la ciudad cercana. El cheque estaba destinado a comprar flores para la tumba de su hijo, que había muerto en un accidente de automóvil, un par de años atrás.
Un día, un auto entró en el cementerio y se detuvo frente al edificio de la administración cubierto de hiedra donde estaba el cuidador. Un hombre lo conducía. En el asiento trasero había una dama anciana, pálida como la muerte, con los ojos a medio cerrar.
- La señora está demasiado enferma para caminar -le dijo el chofer al cuidador-. ¿Le molestaría venir con nosotros a la tumba de su hijo? Tiene un favor que pedirle. Vea, se está muriendo y me ha pedido, por ser un viejo amigo de la familia, que la traiga aquí para echar una última mirada a la tumba de su hijo.
- ¿Es la señora Wilson? -preguntó el cuidador.
El hombre asintió.
- Sí, sé quién es. Es la que me envía un cheque todos los meses para ponerle flores a la tumba de su hijo.
El cuidador siguió al hombre al auto y se sentó junto a la mujer. Era frágil y evidentemente estaba muy cerca de la muerte. Pero había algo más en su rostro, advirtió el cuidador: unos ojos oscuros y tristes que ocultaban alguna herida profunda y perdurable.
- Soy la señora Wilson -susurró-. Todos los meses de los últimos dos años…
- Sí, lo sé. Me he ocupado de eso, como me pidió.
- He venido aquí hoy -prosiguió-, porque los médicos me dicen que sólo me quedan unas semanas de vida.
Pero antes de morir, quería venir a , echar una última mirada y arreglar con usted para que siga poniendo flores en la tumba de mi hijo.
Se la veía extenuada; el esfuerzo de hablar agotaba sus fuerzas. El auto se abrió paso por
una estrecha senda de adoquín hacia la tumba. Cuando llegaron a ella, la mujer, con lo que
parecía ser un esfuerzo enorme, se levantó ligeramente y miró por la ventanilla hacia la lápida de su hijo.
No hubo ningún ruido durante los momentos que siguieron: sólo el piar de los pájaros en los altos árboles añosos diseminados entre las tumbas.
Por fin, el cuidador habló.
Sabe, señora, siempre lamenté que siguiera enviando dinero para las flores.
Al principio, la mujer pareció no haber oído. Luego, lentamente se volvió hacia él.
- ¿Lamentó? -susurró-. ¿Se da cuenta de lo que está diciendo? Mi hijo…
- Sí, lo sé -repuso, él cariñosamente-. Pero ¿sabe? pertenezco a una parroquia que todos los días visita hospitales, asilos, prisiones. Allí vive gente que necesita alegría y la mayoría de ellos aman las flores, pueden verlas y olerías. Esa tumba… -dijo-, la que está ahí… No hay nadie vivo, nadie que vea y huela la belleza de las flores… - Apartó la mirada, mientras su voz se apagaba.
La mujer no respondió, sólo se quedó mirando la tumba de su hijo. Después de un tiempo que parecieron horas, levantó la mano y el hombre los llevó de nuevo hacia la oficina del cuidador. El se bajó y sin una palabra, se alejaron.
"La ofendí -pensó-. No debería haberle dicho lo que le dije".
Algunos meses más tarde, sin embargo, se asombró al tener otra visita de la mujer. Esta vez no había chofer ¡Ella misma manejaba el auto! El cuidador casi no podía creer lo que veía.
- Tenía razón -le dijo-, con respecto a las flores. Por eso no hubo más cheques. Después de que volví al hospital, no pude sacarme sus palabras de la cabeza. De manera que empecé a comprar flores para los pacientes del hospital, que no tenían ninguna.
Me dio tamaña sensación de alegría ver cuánto las disfrutaban, sobre todo viniendo de una completa extraña. Los hacía felices, pero más que eso, me hacía feliz a mí misma.
Los médicos no saben -prosiguió- qué es lo que de pronto me ha hecho bien, ¡pero yo sí!
Lleva flores, ¡pero a los vivos!
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
Cuando la gente recuerda lo que de su vida ha sido, se refleja en sus rostros una frase triste y vacía; "SI YO HUBIERA".
Sin embargo, es tiempo. Piensa que HOY es el primer día del resto de tu vida.
No esperes a perder algo, para darte cuenta de lo que tuviste. Voltea a tu alrededor y ve el valor de todo lo que posees.
No esperes a estar derrotado, y lucha por el triunfo; mientras más tiempo dejes pasar, más trabajo te costará alcanzarlo.
Ya no esperes, mira que el tiempo corre y de ti depende convertir los minutos de tu vida, en escalones que te lleven a la cima.
No esperes a estar hasta abajo para intentar levantarte. Piensa cuántas cosas importantes has dejado de hacer por creer que aún hay tiempo.
Seguramente se han quedado en tu pensamiento.
Entonces no esperes que pase el tiempo para empezar, pues únicamente tienes seguro el tiempo que estás viviendo AHORA.
Aprovéchalo, ¡VÍVELO!
"Día a día, lo que eliges, lo que piensas y ¡o que haces es en quien te conviertes"
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
No escuches a los mediocres que te dicen: ¡no se puede!
No escuches a los cobardes que te dicen: ¡no te arriesgues!
No escuches al desconfiado que te dice: ¡yo no creo!
No escuches a los ociosos que te dicen: ¡no trabajes!
Ni escuches al fracasado que te dice: ¡no lo intentes!
Sólo escucha al optimista que te dice: ¡avanza, tú puedes!
Sólo escucha a los valientes que te dicen: ¡no te rindas!
Escucha al inteligente que te invita a usar la mente
Escucha a los entusiastas que te animan y dan aliento.
A los grandes triunfadores que sueñan con lo imposible.
Escucha a los que conocen el camino a la victoria.
Encontrarás el tesoro más grande que hay en la vida:
la libertad verdadera.
Eres un ser total, sin fronteras, sin límites…¡CREADO A IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS!
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
En cierta ocasión, dos apuestos y entusiastas jóvenes decidieron probar fuerzas ascendiendo una montaña peligrosa e inclinada. Para tan duro ejercicio, al cual no estaban acostumbrados, hicieron acopio de todos los arreos indispensables, y una mañana clara y luminosa emprendieron, con los bríos propios de la juventud, la trabajosa ascensión.
Con paso rápido y ligero avanzaban cuesta arriba, cuando en mitad de la jornada encontraron un pobre leñador, bien entrado en años, que con pasos lentos y menudos pretendía, como los dos jóvenes, llegar a la cumbre de la montaña.
Los dos ágiles montañistas no tardaron en perder de vista al leñador, en tanto comentaban, compadecidos sinceramente, la audacia del anciano, que así agotaba vanamente sus pocas fuerzas y ponía en peligro su vida.
Tres horas después, cuando aquellos jóvenes, sofocados, sudorosos y tendidos sobre la yerba, trataban de recuperar por tercera vez sus energías ya agotadas, vieron con asombro que el viejo leñador llegaba a la cima sin dar muestras de ningún cansancio excesivo.
Confusos y dolidos, los valerosos deportistas no pudieron menos que reconocer cuan ilusas son a veces las presunciones de la juventud, y al mismo tiempo descubrían, en el mesurado, prudente y constante esfuerzo de quien, a juicio de ellos, no alcanzaría las alturas; la razón del buen éxito por él logrado.
En efecto, ¿qué trabajo, qué actividad no es susceptible de reducirse, como el caminar, a una sucesión de pequeños actos parciales de cuya perfección depende la de la obra total que emprenda?
¿Quién podría negar que no basta para augurar el triunfo el entusiasmo con que se inicia cualquier empeño o trabajo? ¿Qué buen resultado se alcanzaría si faltan la paciencia y la constancia para llevar a término los pequeños detalles inherentes a toda obra?
En la verdad, cuánto depende la constancia y firmeza que pongamos en nuestras realizaciones, la calidad de ellas. Todos podemos alcanzar la meta que nos hayamos señalado, con tal de que nos resolvamos a perseguirla con esmero y perseverancia, pues lo que más cuenta para el avance no es la velocidad, sino el movimiento ininterrumpido.
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
Recuerdo una lluviosa tarde muy congestionada en la ciudad, hace como 4 años Me dirigía hacia la universidad, luego de visitar a un cliente. Ya había subido al autobús, y estaba en la parte trasera.
Entonces subió una persona discapacitada, quien a duras penas y ayudado por otro dobló la silla de ruedas, y fue subido en los brazos de otro hombre.
Al bajar, la gente a veces lo golpeaba y era bastante incómodo. Cuando me hiba a bajar, vi entonces que aquel hombre también intentaba bajar, por lo que lo tomé en mis brazos, lo levanté y ayudé a bajar mientras otro desplegaba la silla, todo esto en medio de la lluvia. Muy agradecido, el hombre se despidió.
Continué ya algo mojado mi camino a la universidad y me sentía realmente bien, debido a que sentí haber ayudado a mi prójimo.
Luego de las primeras lecciones en la universidad, fui al baño, donde me acomodé mi corbata y me di cuenta, al mirarme al espejo, que tenía en mi espalda las marcas de las manos de aquel hombre.
¿Saben? Siempre que hacemos el bien a otros, quedan marcas en nuestras vidas y nuestras almas, que nos "diferencian". No dudo que muchos pensaran cosas de mí al ver mi espalda, pero yo sabía por qué las tenía y me enorgullecí por haber ayudado a aquel hombre.
Todos estamos llamados a ayudar a quienes menos tienen, en especial en épocas como éstas, cuando algunos tienen mucho y otros tienen muy poco. Siempre ayudemos a otros sin alardear de ello y aunque no tengamos marcas visibles, nuestra alma quedará marcada con señas del bien que hicimos por nuestro prójimo, las cuales, aunque no nos demos cuenta, relucirán como joyas cuando lleguemos delante de Jesús.
"Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber". (Mateo 25,35)