Pastorcito

Un niño que pastoreaba ovejas en una pradera se encontraba sentado encima de una gran piedra, cuando recibió la visita de un sacerdote que pasaba por ahí, y le preguntó:

  • ¿Qué haces, niño? El niño le contestó: Estoy orando.
    El sacerdote volvió a preguntarle: - ¿Y qué oras?
    A lo que el niño respondió: -El Padre Nuestro.
  • Y ¿Cuánto tiempo lo haces? Pues tengo entendido que llegas muy temprano en la mañana, y te vas muy tarde.
    El niño le respondió:
  • Todo el día, desde que llego hasta que me voy.

El sacerdote, muy intrigado, le volvió a preguntar.

  • Y ¿cuántos Padre Nuestros oras al día?
    El niño le dijo: -A veces dos y hay veces que sólo uno.
  • Pero ¿cómo es eso?, ¿en todo el día sólo rezas 2

Padre Nuestro?-. Respondió el sacerdote sorprendido.

  • Padre, es que cuando yo comienzo y digo "padre nuestro",
    me pongo a pensar que Dios es mi padre, que me ama, que todo cuánto es y existe fue hecho por su poder y amor, que todos somos hermanos, que Él nos da todo lo que necesitamos, etc., no me da tiempo ni para terminar la oración. Padre, ¡qué grande es "nuestro padre" y qué infinito su amor!

El sacerdote ya no preguntó más, solamente le dio la bendición, y con los ojos llenos de lágrimas, continuó su camino.

Que Dios nos conceda la gracia de poder, al igual que el pastorcito, penetrar en ese infinito misterio del inmenso amor de Dios por todos nosotros, sus hijos.

Papi, regálame un domingo

Papi, me gustaron mucho todos los regalos que me diste hoy en mi cumpleaños. Sin embargo, deseo pedirte una cosa que realmente me haría más feliz que el carro con control remoto, la fiesta, la ropa y los payasos. Lo que yo quiero, papi, es que me regales un domingo enterito y para mí sólito.

Ese domingo, deseo que me levantes tempranito, me lleves al patio a enseñarme cómo se meten los goles; quisiera también que me contaras un cuento de miedo, y me explicaras algunas cosas que dicen a cada rato y que yo no entiendo.

Quiero, por ejemplo, saber: Qué es interés, lógica, financiamiento, stress, mundo de perros y no tener tiempo para nada. Sobre todo eso de "no tener tiempo para nada", porque me lo dices siempre que tengo algo qué preguntarte, o cuando te pido que juegues conmigo.

Quiero que me expliques por qué dices que quien no tiene dinero, no vale, y que todo tiene precio en la vida. ¿Sabes?, el chofer de mi camión es pobre; él habla mucho conmigo, y un día me dijo: "El dinero no hace mejor a la gente; es más, me contó que a veces la plata daña".

Por eso quiero que tú me expliques ¿por qué él piensa tan diferente? él es pobre, y dice que su mayor riqueza son sus hijos. A mí me gusta mucho hablar con él y no quiero que deje de manejar el camión, aunque no tenga dinero, ni sea gente importante, como te gusta a ti.

Papito, ese domingo deseo también que me digas qué haces para hacer llorar a mamá, y por qué ella les dice a sus amigas que es mejor no casarse, que los hombres no valoran a las mujeres, y que todos son sinvergüenzas y mujeriegos, ¿qué es mujeriego, papi?
Tú dices que todo tiene una explicación lógica, cosa que no comprendo bien; por eso, no sé la lógica de querer pasar un día enterito contigo… sólo sé que quiero hacerlo, ¿entonces me imagino que la lógica tiene que ver con querer las cosas o no?

Ese domingo, quiero enseñarte la diferencia entre Nicolás, que es mi nombre y "el niño", de quien le hablas a mi mamá. Me molesta oírte gritar: ¿Se durmió el niño?, ¿ya comió el niño?, ¿ya vestiste al niño?, ¡cómo molesta el niño! ¿Qué tal si mejor me dices Nicolás?

También quiero, papito, que me contestes algunas cosas: ¿Por qué a la secretaria del escritorio de adelante de tu oficina la miras con una sonrisa y le dices a todo:
¿¡por favor!? en cambio, a la señora Ruth, casi ni la saludas. ¿Por qué te mueres de la risa cuando llama alguien con quien no quieres hablar, y empiezas a jugar como a la mímica, levantando los brazos y haciendo aspavientos?. Dime por favor ¿es acaso una bruja mi abuela?, ¿es cierto que mi tía Sofía es amargada?, ¿mi mamá una creída?, ¿tu amigo Ernesto un enfadoso?, y ¿tú un machito?

Por ser tan pequeño no comprendo que los sábados te bañes y perfumes más que cuando vas a trabajar y llegas bien tarde; lo sé, porque a veces te oigo tropezar y pelear. ¿Qué tal si un sábado de éstos sales con mi mamá? O nos divertimos juntos los tres.

También quiero ver cómo haces tu trabajo, cómo te volviste experto en el arte del escape, cuando una mujer está molestando; eso le dijiste hace días a tu amigo, cuando se pusieron a hablar de viejas bien buenas. Perdóname, papito; me puse detrás de la puerta, y me gustó eso del escape.

Recuerda, papito, que cuando la gente dice cosas buenas de mí, tú sonríes, por eso dedícame un domingo y enséñame esas cosas raras que tú sabes. Así podrás seguir diciendo:
"HIJO DE TIGRE, PINTITO".

Paciencia y esperanza

Un pastor tenía dos ovejas, y estaba contento porque las dos habían concebido, y tenían unos hermosos y juguetones corderitos. Durante la noche, el pastor encerraba sus dos ovejas en un corral que tenía muy cerca de la casa. Así se aseguraba que lobos y zorros no las mataran.

En las horas del día, las soltaba para que fueran a pastar por los cerros. Y aquel día las soltó, como siempre, y dejó a los corderitos en el corral. Es muy riesgoso soltarlos tan pequeños.

Las dos ovejas cruzaron el río, caminando sobre su firme lecho de piedras. Las aguas del río serrano eran poco profundas, y ellas lo cruzaban a diario. Pero al poco tiempo se desató una aguas descendieron de los cerros, tormenta muy fuerte, y la lluvia fue repentina y torrencial. Las se volcaron torrentosas en los pequeños arroyos y llegaron turbias al cauce del río, el cual se desbordó.

El pastor salió hasta la orilla, porque sabía que se acercaba la hora en que sus ovejas regresarían para amamantar a sus crías y pasar la noche en el corral, y vio que sería imposible cualquier intento por cruzar aquel torrente de aguas, sin exponerse a ser arrollado y golpeado contra las piedras.

Una oveja se puso a pastar pacientemente en la orilla, esperando que las aguas bajaran, la otra se impacientó y comenzó a lamentarse:

  • Esta agua no descenderá y mi hijito se morirá de hambre, aquí nos sorprenderá el lobo y
    moriremos.

La compañera trató de calmarla:

  • No te impacientes, recuerda que ya vimos muchas crecientes en el río y siempre vimos las aguas descender, no nos pasará nada grave, y mañana amamantaremos a nuestros hijos…

De nada valieron sus reflexiones; la oveja se arrojó al de metros, pero las aguas la agua. El pastor la miraba impotente desde la orilla opuesta. La pobre oveja avanzó un par
vencieron y la arrastraron río abajo; el pastor y la compañera vieron cómo el cuerpo de la desdichada era llevado por la corriente, que lo golpeaba contra todas las rocas salientes.

Al anochecer, las aguas ya habían descendido bastante. Pastor y oveja se miraban desde las dos orillas; el pastor, que conocía bien los pasos menos riesgosos, entró al agua, y lenta y cuidadosamente, llegó hasta la otra orilla, ató una cuerda al cuello de su oveja, y ambos volvieron a cruzar el río.

Los corderitos balaban en el corral, el pastor hizo que el huerfanito mamara de la oveja sobreviviente, que se constituyó en su madre adoptiva.

"Sin esperanza, es imposible tener paciencia, porque nadie espera lo imposible, y la esperanza más hermosa es la que nace en situaciones más desesperantes. La impaciencia, con la que quieren alcanzarlo todo hoy, es la que te hace perder la oportunidad de alcanzarlo mañana".

Paciencia

Hay "cuentos chinos" que son ciertos como la vida misma.
En uno de ellos, se cuenta que una vez un campesino construyó su casa frente a un cerro enorme, que no lo dejaba ver más allá de unos metros delante de la puerta.
Cada día, salía con su pala a cavar la montaña durante un rato, recogía la tierra en un canasto, y la volcaba lejos."

Un día, se le acercó un vecino y le preguntó en tono burlón:

  • ¿Crees que así podrás hacer desaparecer el cerro?
    Y el campesino le contestó: -Yo, posiblemente no. Pero detrás de mí seguirán mis hijos, y
    después mis nietos y después, mis bisnietos. Y entre todos, conseguiremos rebajar la
    montaña.

Las tareas largas y difíciles piden paciencia, que no es "esperar sentado y aguantar lo que venga", sino trabajar con constancia y con empeño, sin desesperar porque no se vean resultados inmediatos.

Exige ilusión, confianza en lo que uno lleva entre manos, y una fortaleza especial.
Las cosas grandes, las que valen de verdad la pena, están cimentadas en la paciencia.
Un gran descubrimiento científico exige muchos días de trabajo constante; requiere estar ensayando y equivocándose, a veces empezando desde el principio, durante años y años.
Construir una gran amistad, un matrimonio firme, exige empeño, capacidad de recomenzar, alimentar la relación día a día.

Terminar unos estudios, conseguir un trabajo o una posición, exigen, más que una especial inteligencia, paciencia para no abandonarlos.
El camino de la fe, de la santidad de vida, exige también paciencia.
Ésta es la gran empresa, la empresa de la vida.

Los textos del Nuevo Testamento la recomiendan para vencer las dificultades que encontramos dentro y fuera de nosotros, como dice la Carta de Santiago:
"Tengan paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador espera el fruto precioso de la tierra, aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías. Sean también ustedes pacientes y no se desanimen". (Stgo 5,7-8).

“Recuerda que tu carácter es tu destino”

Nochebuena

Cuenta la historia que, en una Nochebuena fría, una ciudad se vistió de gala porque fue anunciado por un mensajero que el Niño Jesús recorrería las calles de la ciudad, transformando las almas de todos los que lo recibieran con el espíritu debido, y brindando bendiciones sin precio a quienes tuvieran el privilegio de hablar con El.
Toda la gente salió a las calles: pobres, ricos, ancianos, niños, hasta un sacerdote que elevaba una cruz al cielo y el rey, que iba acompañado de una corte magnífica.
También un muchacho llamado Luis, bondadoso e intrépido, salió de su hogar diciendo a su madre:

  • Aunque tenga que caminar toda la noche, veré al Niño Jesús y regresaré cuando haya
    conseguido una bendición de Él para ti y para mí. Su madre lo despidió con un beso y le dijo: -Ve, hijo mío, pero que tu alegría no se marchite si no te encuentras con Él, porque en
    la búsqueda misma ya hay una bendición.

Era tan grande la multitud y la conmoción que todos, con el deseo de llegar a los primeros lugares para ver pasar al Niño Jesús, procedieron con rudeza, pisoteando al cojo, empujando sin misericordia al mendigo que temblaba de frío, y sacaron a los niños del lugar que habían escogido para mirar. Luis, aún temiendo que el Niño Jesús pasara sin que él pudiera verle por estar atareado, ayudó al cojo a levantarse y lo llevó a un lugar seguro. Al mendigo le prestó su abrigo y consoló a los niños, que lloraban por la rudeza de los mayores.

Apareció también un niño harapiento que imploraba un pedazo de pan porque tenía mucha hambre, pero nadie le hizo caso. El rey ordenó que sacaran de su camino al harapiento, mientras recogía sus vestiduras reales. El sacerdote apenas le dirigió una mirada bondadosa al niño.

Luis temblaba de frío, pero olvidándose de su propia necesidad, corrió al lado del niño que pedía pan, lo invitó a compartir con él, el pobre abrigo de una puerta donde se había acurrucado, y con la palabra cargada de bondad, le dijo:

  • Hace frío y he prestado mi abrigo; de no ser así, podríamos compartirlo ahora. El pan está duro, pero es todo lo que tengo; lo cierto es que cuando uno espera al Niño Jesús y anhela su bendición, no se sienten ni el hambre ni el frío.
    Y sucedió que, cuando el harapiento quebró el pan para compartirlo con Luis, su rostro se glorificó y Luis, maravillado, comprendió que era el Niño Jesús quien estaba delante de él, y cayó de rodillas, adorándolo.

Muchas veces esperamos a Jesús, caminando glorioso y triunfante en nuestras vidas, pero pocas veces comprendemos que Cristo llega a nosotros de manera sencilla y humilde, como un niño harapiento, esperando que le tendamos la mano. El amor de Jesucristo se manifiesta en nosotros en Navidad y durante todo el año, a través del servicio a los demás, especialmente de los más necesitados.

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