por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Durante los últimos años de la depresión en una pequeña comunidad del sudeste de Idaho, solía parar en el puesto de vegetales del Sr. Miller.
Allí, compraba vegetales frescos y de temporada. La comida y el dinero eran todavía escasos, y el trueque se utilizaba extensamente.
Un día, el Sr. Miller estaba colocando unos jitomates en un saco, mientras lo observaba un pequeñito hambriento de rasgos delicados, harapiento pero limpio.
No pude evitar escuchar la conversación entre el Sr. Miller y el niño junto a mí.
- Hola, Tom, ¿cómo estás hoy? Hola, Sr. Miller. Muy bien, gracias. Sólo estaba admirando los jitomates; sí que se ven muy bien.
- Están muy buenos, Tom. ¿Cómo está tu mamá? Bien, se pone más fuerte cada día.
- Qué bien. ¿Te puedo ayudar en algo? No, señor. Sólo miraba los jitomates.
- ¿Quisieras llevarte algunos para tu casa? No, señor. No tengo con qué pagarlos.
Bueno, ¿qué tienes que pudieras intercambiar por algunos de esos jitomates?
- Todo lo que tengo aquí es mi canica favorita. ¿De veras?, déjame verla.
- Aquí está. Es hermosa. ¿Puedo verla?. Hmmm, lo único es que ésta es azul y a mí
me gusta el rojo. ¿Tendrás una como ésta, pero roja, en la casa? No exactamente, pero casi. Te diré algo. Llévate este paquete de tomates a tu casa, y en tu próximo viaje en esta dirección me dejas ver aquella canica roja. - Seguro. Gracias, Sr. Miller.
La Sra. Miller, quien había estado parada cerca, se acercó a ayudarme. Con una sonrisa dijo: -Hay otros dos muchachos como él en nuestra comunidad, los tres se encuentran en circunstancias muy pobres. A Jim le gusta regatear con ellos por las naranjas, manzanas, tomates o lo que sea. Cuando regresan con sus canicas rojas, y siempre lo hacen, decide que no le gusta el rojo después de todo, y les envía de vuelta a casa con un paquete de producto por una canica verde o naranja, quizás. Dejé el puesto, sonriéndome a mí misma, impresionada con este hombre.
Poco después me mudé, pero nunca olvidé la historia de este hombre, los muchachos y su trueque.
Pasaron varios años, cada uno más veloz que el otro. Hace poco tuve la oportunidad de visitar a algunos viejos amigos en la comunidad de Idaho, y estando allí descubrí que el señor Miller había muerto.
Tenían su cadáver en la capilla ardiente aquella tarde, y sabiendo que mis amigos querían ir, acepté acompañarlos.
Al llegar a la funeraria, nos colocamos en línea para saludar a los parientes del difunto y ofrecer alguna palabra de consuelo.
Delante de nosotros, en la línea, estaban tres hombres jóvenes. Uno lucía un uniforme del ejército y los otros dos lucían buenos cortes de cabello, vestidos de negro y camisas blancas. Se veían muy profesionales. Se acercaron a la Sra. Miller, quien estaba al lado del féretro de su esposo.
Cada uno de esos tres jóvenes la abrazó, la besó en la mejilla, hablaron con ella brevemente y luego se dirigieron al féretro.
Sus ojos se estaban humedeciendo. Uno por uno, cada joven se detuvo un instante, colocando sus cálidas manos sobre la pálida mano en el ataúd.
Los tres dejaron la funeraria, secándose sus ojos. Llegó nuestro turno para saludar a la Sra. Miller. Le dije quién era, mencioné la recordada historia que ella me había contado acerca de las canicas. Con los ojos brillantes, me llevó de la mano hacia el féretro.
- Los tres jóvenes que acaban de irse eran los muchachos de los que te había hablado. Me acaban de decir lo mucho que apreciaban las cosas que Jim "intercambió" con ellos. Ahora, al fin, cuando Jim no podía cambiar de idea sobre el color o el tamaño, vinieron a pagar su deuda. Nunca tuvimos mucha riqueza en este mundo -nos compartió- pero ahora mismo, Jim se hubiera sentido el hombre más rico de Idaho.
Con amoroso cuidado levantó los dedos sin vida de su esposo difunto, y descansando debajo se encontraban tres preciosas y brillantes canicas rojas.
No seremos recordados por nuestras palabras, sino por nuestras acciones. La vida no se mide por cada aliento que tomamos, sino por las cosas que nos quitan el aliento.
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Qué rápido pasa el tiempo…! Decimos jubilados como si fuera sinónimo de ancianidad, pero no tiene que ser así.
No vivamos como si fuéramos a morir mañana, porque al pensar en el futuro olvidamos vivir nuestro presente, felices con hijos, nietos, bisnietos…
Gocemos por lo feliz que hemos sido, y por lo que nos falta ser todavía, sin pensar en la
hieren.
No olviden que a perdonar se aprende perdonando, y que hay muchos que nos quieren y no saben cómo demostrarlo, porque el querer lo exige todo y el amor lo entrega todo. ¡Amemos a nuestros semejantes, brindando nuestro cariño y ayuda a quienes lo necesitan!
"No desprecies lo que cuentan los viejos, que ellos también han aprendido de sus padres". (Sir 8,9)
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Recuerdo que antes de que yo naciera, estaba preocupado porque no conocía el mundo al que llegaría. Entonces le pedí a Dios instrucciones para vivir en esta tierra.
Dios acercó su voz a mi oído, y me dijo:
Sé como el sol. Levántate temprano, y no te acuestes tarde.
Sé como la luna. Brilla en la oscuridad, pero sométete a la luz mayor.
Sé como los pájaros. Come, canta, bebe y vuela.
Sé como las flores. Enamoradas del sol, pero fieles a sus raíces.
Sé como el buen perro. Obediente, pero nada más con su señor.
Sé como la fruta. Bella por fuera, saludable por dentro.
Sé como el día, que llega y se retira sin alardes.
Sé como el oasis. Da tu agua al sediento.
Sé como el río, siempre hacia adelante.
Sé como la luciérnaga. Aunque pequeña, emite su propia luz.
Sé como el agua. Buena y transparente.
Sé como José. Cree en tus sueños.
Sé como Lázaro. Levántate y anda.
Y sobre todas las cosas:
Sé como el cielo: la morada de Dios.
Señor, no permitas que me quede donde estoy.
Ayúdame a llegar donde Tú quieres…
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Un frío viento de marzo danzaba al final de una noche, cuando el médico entró a la pequeña habitación donde se encontraba Diana. Aún aturdida por la cirugía, su esposo David sostenía su mano, mientras se daban ánimo para las últimas noticias.
Esa tarde del 10 de marzo de 1991, una serie de complicaciones obligó a Diana, con tan sólo 24 semanas de embarazo, a someterse a una cesárea de emergencia para dar a luz a la nueva hija de la pareja, Danae Lu.
Con 30 centímetros y pesando 1,300 gramos, ellos ya sabían que era una niña precariamente prematura. Aun así, las suaves palabras del médico cayeron como bomba.
- No creo que lo logre -dijo, tan amablemente como pudo-. Solamente hay un 10% de posibilidades de que sobreviva la noche y aun cuando, si por alguna escasa posibilidad lo logra, el futuro para ella podría ser muy cruel.
Pasmados e incrédulos, David y Diana escuchaban a medida que el doctor describía los problemas devastadores a los que Danae se enfrentaría si lograba sobrevivir.
Ella nunca podría caminar, nunca podría hablar, probablemente sería ciega y estaría ciertamente propensa a otras condiciones catastróficas, como parálisis cerebral, retardo mental y así… "¡No, no!" era todo lo que Diana podía decir. Ella y David, junto con Dany, habían soñado desde hace mucho con el día en que vendría una niña, para que fueran una familia de cuatro.
Ahora, en cuestión de horas, ese sueño se desvanecía. Durante las oscuras horas de la mañana, mientras la vida de Danae dependía del más delgado hilo, Diana despertó sobresaltada de su sueño, con una creciente determinación de que su pequeñísima hija viviría, y viviría para convertirse en una niña saludable y feliz.
Pero David, completamente consciente, y escuchando los horrendos detalles sobre las posibilidades de que su hija dejara con vida el hospital, mucho menos saludable, supo que debía preparar a su esposa para lo inevitable.
David hablaba sobre realizar los arreglos del funeral. Diana recuerda: "Me sentí tan mal por él, porque estaba haciendo todo lo posible para tratar de incluirme en lo que estaba ocurriendo, pero yo no escuchaba, no podía escuchar" y dije:
- No, eso no va a suceder, de ninguna manera. No me interesa lo que digan los doctores, Danae no va a morir. Un día simplemente ella estará bien, y vendrá a casa con nosotros.
Como si la determinación de Diana le diera deseos de vivir, Danae se apegó a la vida, hora tras hora, con la ayuda de cada máquina y logrando que su cuerpecito en miniatura pudiera resistir. Pero a medida que esos primeros días pasaban, una nueva agonía llegó para David y Diana. En vista de que el subdesarrollado sistema nervioso de Danae se encontraba esencialmente "en crudo", el más ligero beso o caricia intensificaría su incomodidad, de manera que ni siquiera podían arrullar a su pequeña bebita contra sus pechos, para ofrecerles la fuerza de su amor.
Todo lo que podían hacer, mientras Danae luchaba sola bajo la luz ultravioleta, en su confusión de tubos y cables, era orar para que Dios se mantuviera cerca de su preciosa niñita. Nunca hubo un momento en que Danae súbitamente se fortaleciera. Pero a medida que las semanas pasaban, ella milagrosamente iba ganando un gramo de peso aquí y un gramo de fuerza allá. Finalmente, cuando Danae cumplió los dos meses de edad, sus padres lograron estrecharla en sus brazos por primera vez. Y dos meses más tarde, aun cuando los doctores continuaban con gentileza, pero implacablemente advirtiéndoles de sus pocas oportunidades de sobrevivir, mucho menos de llevar una vida normal, sin embargo, fue a casa, justo como su madre lo predijo.
Hoy, cinco años más tarde, Danae es una pequeña pero bulliciosa niña, con chispeantes ojos grises y un inextinguible entusiasmo por la vida. Ella no muestra ningún signo de discapacidad mental o física. Simplemente, ella es todo lo que una niña puede ser y más, pero este final feliz está lejos de ser el final de esta historia.
Una relampagueante tarde en el verano de 1996, Danae estaba sentada en el regazo de su madre en las gradas de un parque local, donde el equipo de baseball de su hermano Dany se encontraba practicando. Como siempre, Danae estaba parloteando sin parar con su madre y algunos adultos que se encontraban sentados en un lugar cercano, cuando súbitamente guardó silencio.
Rodeando su pecho con sus brazos, Danae preguntó:
Olfateando el aire y detectando la cercanía de una tormenta, Diana contestó:
- Sí, huele como a lluvia. Danae cerró sus ojos, y nuevamente preguntó:
- ¿Hueles eso? Una vez más, su madre contestó:
- Sí, creo que pronto estaremos mojados, huele a lluvia.
Aún atrapada en el momento, Danae sacudió su cabeza, acarició sus delgados hombros con sus pequeñas manos, y en voz alta anunció. -No, huele a ÉL. Huele a Dios, como cuando uno recuesta la cabeza en Su pecho.
Lágrimas arrasaron los ojos de Diana, mientras Danae felizmente brincó de su regazo para ir a jugar con los otros niños. Antes de que la lluvia cayera, las palabras de su hija confirmaron lo que los miembros del resto de la familia siempre supieron, por lo menos dentro de sus corazones.
Durante esos largos días y noches de sus primeros dos meses de vida, cuando sus nervios eran demasiado sensibles para que ellos pudieran tocarla, Dios sostenía a Danae en Su pecho, y era Su amoroso aroma lo que ella recordaba tan bien.
Todo lo puedo en el Señor, que es mi fortaleza. (Fil. 4:13)
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Un hombre, su caballo y su perro caminaban por una calle. Después de mucho caminar, el hombre se dio cuenta que él, su caballo y su perro, habían muerto en un accidente. Es que a veces los muertos tardan un tiempo antes de darse cuenta de su nueva condición.
La caminata era muy larga, cerro arriba; el sol estaba fuerte y ellos estaban cansados y con mucha sed. Necesitaban desesperadamente agua.
En una curva del camino divisaron un portón magnífico, todo de mármol, que conducía a una plaza pavimentada con bloques de oro; en el centro de ella había una fuente de donde emanaba agua cristalina. El caminante se dirigió al hombre que en una caseta custodiaba la entrada.
- Buen día - dice él. Buen día - respondió el hombre.
- ¿Qué lugar es éste tan lindo? - preguntó. Esto es el Cielo - fue la respuesta.
- ¡Qué bueno que llegamos al Cielo! Tenemos mucha sed –dijo el hombre.
- Puede entrar a beber agua cuando quiera - dijo el guardia, indicando la fuente.
- Mi caballo y mi perro también están sedientos.
- Lo lamento -dijo el guardia-. Aquí no se permite la entrada de animales.
El hombre quedó desconcertado, pues su sed era grande. Pero él no estaba dispuesto a beber dejando a sus amigos con sed. Así que prosiguió su camino.
Después de mucho caminar cerro arriba, con la sed y el cansancio multiplicados, llegaron a un sitio cuya entrada estaba señalada por una puerta vieja semi abierta. La puerta conducía a un camino de tierra, con árboles a ambos lados haciendo sombra. A la sombra de uno de los árboles había un hombre acostado.
- Buen día - dijo el caminante. Buen día - dijo el hombre.
- Tenemos mucha sed yo, mi caballo y mi perro. Hay una fuente entre aquellas piedras -dijo el hombre-. Pueden beber cuanto quieran.
El hombre, el caballo y el perro fueron hasta la fuente y saciaron su sed.
- Muchas gracias - dijo al salir. Vuelvan cuando quieran - dijo el hombre.
A propósito - dijo el caminante, ¿cuál es el nombre de este lugar?
- El Cielo - respondió el hombre. ¿Cielo? Pero si el hombre de la caseta de más abajo, al lado del portón de mármol, dijo que ése era el Cielo.
Aquello no es el Cielo, eso es el Infierno. Pero entonces -dijo el caminante-, esa información falsa debe causar grandes confusiones.
- De ninguna manera -respondió el hombre-. En realidad, ellos nos hacen un gran favor, porque allá quedan las personas que son capaces de abandonar a sus mejores amigos.