por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Rompe el alba. Es una clara alba de verano. María, junto con el fiel Juan, sale de la casita del Getsemaní y camina con paso diligente por el olivar silencioso y desierto.
Sólo algún canto de pájaro y el piar de los polluelos en los nidos rompen el gran silencio del lugar.
María se dirige, con paso seguro, hacia la roca de la Agonía. Se arrodilla contra ella, pone su beso en los lugares donde algunas estrechas fisuras de la roca muestran todavía huellas de color rojo-óxido, vestigios de la Sangre de Jesús que penetró en las fisuras y allí se coaguló; las acaricia como si acariciara todavía a su Hijo o a una parte de Él. Juan, detrás de Ella, en pie, la observa y llora en silencio, secándose rápidamente los ojos cuando María hace ademán de alzarse; es más, la ayuda a levantarse, y lo hace con gran amor, veneración y piedad.
María ahora baja hacia la explanada donde fue apresado Jesús. También ahí se arrodilla, y se agacha para besar la tierra. Pero antes le ha preguntado a Juan:
-¿Es justo éste el sitio del beso horrendo e infame que contaminó este lugar más que lo que ensució el Paraíso terrenal el coloquio sucio y corruptor de la serpiente con Eva?
Luego se levanta y dice:
-Pero yo no soy Eva. Yo soy la Mujer del Ave. He trocado las cosas. Eva arrojó al sucio barro lo que era cosa del Cielo; yo he aceptado todo: incomprensiones, críticas, sospechas, dolores -¡cuántos dolores y de cuántas clases antes del dolor supremo!para sacar del sucio barro aquello que Eva y Adán a él habían arrojado, y levantarlo de nuevo hacia el Cielo. A mí no me ha podido hablar el demonio, aunque lo haya intentado, como lo intentó con el Hijo mío para destruir definitivamente el plan redentor.
Conmigo no pudo hablar porque cerré los oídos a su voz y los ojos a su vista, y, sobre todo, cerré mi corazón y mi espíritu contra todo asalto de lo que no era santo y puro.
Mi yo límpido, pero resistente a toda melladura, como puro diamante, se abrió sólo al Ángel anunciador. Mis oídos escucharon sólo esa voz espiritual, y así he reparado, reedificado aquello que Eva había lesionado y destruido.
Soy la Mujer del Ave y del Fiat. He restablecido el orden que Eva había trastornado. Y ahora puedo borrar y lavar con mi beso y mi llanto la huella de ese beso maldito y de ese emponzoñamiento, el mayor de todos, porque no fue obra de una criatura hacia otra, sino de una criatura hacia su Maestro y Amigo, hacia su Creador y Dios.
Luego se dirige a la cancilla. Juan abre. Salen juntos del Getsemaní. Bajan al Cedrón, cruzan el puentecillo, y también allí María se arrodilla para besar el rústico guardalado del puente, en el punto en que contra él cayó su Hijo. Dice:
-Me es sagrado todo lugar donde Él padeció los supremos dolores y ultrajes. Quisiera tener todo en mi casa. ¡Pero no todo se puede tener!
Suspira. Luego añade:
-Vamos rápidamente. Antes de que la gente se ponga en movimiento.
Y, junto con Juan, reanuda el camino.
No entra en la ciudad. Bordea el Valle de Hinnón y las cavernas donde viven los leprosos. Alza los ojos hacia esos antros de dolor. Hace una seña a Juan, quien inmediatamente dispone encima de una piedra unos alimentos que llevaba en una bolsa mientras lanza un grito de llamada. Algunos leprosos se asoman y se acercan a la piedra. Dan las gracias, pero ninguno pide curación. María observa esto y dice:
-Saben que Él ya no está, y, como están profundamente perturbados por su horrenda Muerte, ya no saben tener fe en Él y en sus discípulos. ¡Dos veces desdichados! ¡Dos veces leprosos! ¿Dos? No, totalmente desdichados, leprosos, muertos. En la Tierra y en el otro mundo.
-¿Quieres que intente hablar con ellos, Madre?
-¡Es inútil! Lo intentaron Pedro, Judas de Alfeo, Simón Zelote… Y se burlaron de ellos. Vino María de Lázaro, que siempre los socorre en memoria de Jesús, y también se rieron de ella. También vino Lázaro, con José y Nicodemo, para, hablándoles de su resurrección por obra de Jesús después de cuatro días de sepulcro, y de la del Hombre Dios por su propio poder, y de la Ascensión de Jesús, convencerlos de que Él era el Cristo. Fue todo inútil.
Respondieron: "Son mentiras. Los que saben la verdad dicen que son mentiras".
-Y estos últimos son los fariseos y los sacerdotes, seguro. Son ellos los que trabajan para destruir la fe en Él. ¡Estoy seguro de que son ellos!
-Puede ser, Juan. Lo cierto es que los leprosos que no se convirtieron antes, ni siquiera ante los milagros de Jesús, ya no se convertirán. Nunca. Son signo y símbolo de todos los que, a lo largo de los siglos, no se convertirán al Cristo y serán, por libre voluntad, leprosos de pecado y estarán muertos a la Gracia que es Vida; símbolo de todos aquellos por los que Él inútilmente murió… ¡y de esa manera!… -y llora, serenamente, sin sollozos, pero con verdadero caudal de lágrimas.
Juan, cuando María, para esconder su llanto a unas personas que pasan y que la observan, se cubre el rostro con su velo, la toma de un brazo, y, mientras amorosamente la guía, le dice:
-Tu llanto, tu oración, tu… vuestro… amor por todos los hombres (vuestro, porque tu amor es activo como lo es perfectamente activo-el de Jesús glorioso en el Cielo), vuestro dolor (el tuyo, por la sordera de los hombres; el suyo, por la obstinación de demasiados en pecar), no puede no dar fruto. ¡Mantén la esperanza, Madre! Mucho dolor te han dado y te darán todavía los hombres, pero también amor y alegría. ¿Quién no te querrá cuando sepa de ti? Ahora estás aquí, ignorada por el mundo, desconocida. Pero cuando la Tierra sepa, porque se haya hecho cristiana, ¡cuánto amor recibirás! Estoy seguro de ello, Madre santa.
Ya está cerca el Gólgota, y más cerca todavía el huerto de José. Llegan a éste, pero María no entra. Va primero al Gólgota. Y en los puntos que presenciaron especiales episodios durante la Pasión, o sea, en los lugares de las caídas, del encuentro con Nique y con Ella misma, se arrodilla y besa el suelo.
Llegada a la cima, sus besos se hacen más numerosos en el lugar de la Crucifixión. Besos y lágrimas -los primeros, casi convulsos; las lágrimas, serenas, pero cuantiosas como cerrada lluvia-caen en la tierra amarillenta (mojada ahora, más nítido ahora su color amarilloso).
Una plantita ha nacido justo donde la tierra fue removida para hincar la Cruz; una humilde plantita de prado, de hojas en forma de corazón y florecillas rojas como rubíes.
María la mira, piensa, luego la saca delicadamente del suelo, junto con un poco de tierra, y la pone en el vuelo de su manto, y dice a Juan:
-La voy a poner en un tiesto. Parece sangre de Él y ha nacido en la tierra teñida de rojo por su Sangre. Es una semilla traída, sin duda, por el torbellino de aquel día, una semilla venida aquí -a saber de dónde-y que cayó aquí -a saber por qué-y echó raíces en la tierra fecundada por esa Sangre. ¡Ah, si esto sucediera con todas las almas!
¿Por qué la mayor parte de ellas es más reticente que la árida y maldita tierra del Gólgota, lugar de suplicio para ladrones y homicidas? ¿Maldita? No. Él ha santificado esta tierra. Los que están bajo la maldición de Dios son aquellos que hicieron de este collado el lugar del más horrendo, injusto, sacrílego delito que jamás tendrá la Tierra.
Ahora los sollozos se unen a las lágrimas.
Juan ciñe con un brazo sus hombros para hacerle sentir todo su amor, y la convence para que se marche de ese lugar demasiado doloroso para Ella.
Bajan de nuevo hasta el pie del collado. Entran en el huerto de José. El Sepulcro muestra su interior por la amplia boca, que ya no está cerrada por la piedra, yacente ahora, volcada en el suelo, entre la hierba. El interior está vacío. Ausente toda huella del Depósito y de la Resurrección. Parece un sepulcro nunca usado.
María besa la piedra de la Unción, acaricia con la mirada las paredes. Luego solicita de Juan:
-Repíteme otra vez cómo encontraste las cosas aquí, cuando, con Pedro, viniste a este lugar durante el alba de la Resurrección.
Y Juan vuelve a describir -moviéndose a un lado o a otro, saliendo del Sepulcro y entrando en él-cómo estaban las cosas, y qué hicieron él y Pedro; y concluye:
-Hubiéramos debido retirar los paños. Pero estábamos tan impresionados por todos los acontecimientos de esos días, que no recapacitamos. Cuando volvimos aquí, ya no estaban.
-Los cogerían los del Templo para profanarlos -le interrumpe, llorando, María, que concluye:
-Tampoco María Magdalena pensó que convenía retirarlos para dármelos. Ella también estaba demasiado turbada.
-¿El Templo? No. Pienso que quizás los cogería José.
-Me lo habría dicho… ¡Oh, para un último desprecio los habrán cogido los enemigos de Jesús! -gime María.
-No llores, no sufras ya más. Jesús ya está en la gloria, en el amor perfecto e infinito; el odio y los desprecios ya no le pueden alcanzar.
-Es verdad. Pero esos paños…
-Te causarían dolor, como te lo causa el primer lienzo, que no te atreves a abrir porque además de los vestigios de su Sangre contiene también los de las cosas inmundas que arrojaron contra su Cuerpo Santísimo.
-Ése, sí. Pero estos, no: absorbieron todo lo que rezumó de É1 cuando ya no sufría… ¡Oh, no puedes comprender!
-Comprendo, Madre. Pero no creía que tú -que, sin duda, no estás separada de Él-Dios como nosotros, y menos aún como los que simplemente creen en Él-sintieras tan fuerte el deseo, es más: la necesidad, de tener algo de Él como Hombre torturado.
Perdona mi necedad. Ven… Volveremos otras veces. Ahora vámonos, porque el sol se va alzando y cada vez es más fuerte, y el camino es largo para nosotros, que tenemos que evitar la ciudad.
Salen del Sepulcro y del huerto; luego, por el mismo camino recorrido para ir allí, regresan al Getsemaní.
María anda a buen paso y silenciosa, recogida toda en su manto. Sólo una reacción, de repulsa y horror: cuando pasa cerca del olivo donde se ahorcó Judas y cerca de la casa de campo de Caifás, y susurra:
-Aquí llevó a cabo su condenación de impenitente desesperado, y allí perpetró la horrenda transacción.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
María está todavía en la casa del Cenáculo; sola, en la habitación suya habitual. Está cosiendo paños de finísimo lino, semejantes a manteles largos y estrechos.
De vez en cuando, levanta la cabeza para mirar hacia el jardín y medir, por la posición del sol sobre las tapias del jardín, la hora del día. Y, si oye un ruido en la casa o en la calle, escucha atentamente: parece estar esperando a alguien.
Pasa así un tiempo. Luego se oye un golpe en la puerta de la casa, seguido por un roce de sandalias que, corriendo, van a abrir. Voces de hombre resuenan en el pasillo, cada vez más fuertes y cercanas.
María escucha… Luego exclama:
-¡¿Ellos aquí?! ¡¿Pues qué habrá sucedido?!
Mientras está pronunciando estas palabras, alguien llama a la puerta de la habitación.
-Pasad, hermanos en Jesús, mi Señor -responde María.
Entran Lázaro y José de Arimatea, que saludan a María con profunda veneración y le dicen:
-¡Bendita tú entre todas las madres! Los siervos de tu Hijo y Señor nuestro te saludan -y se postran para besarle el extremo de la túnica.
-El Señor esté siempre con vosotros. ¿Por qué motivo, y cuando todavía no ha cesado el fermento de los perseguidores del Cristo y de sus seguidores, venís a mí?
-Como primera cosa, verte -porque verte a ti es verlo todavía a Él-, y sentirnos así menos afligidos por haberse ido de esta Tierra. Y también hemos venido para proponerte lo que, después de una reunión en mi casa, una reunión de los más amantes y fieles siervos de Jesús, tu Hijo y nuestro Señor, hemos pensado hacer -le responde Lázaro.
-Hablad. Me hablará vuestro amor, y yo con mi amor os escucharé.
Toma ahora la palabra José de Arimatea, que dice:
-Mujer, no ignoras, y lo has dicho, que el fermento -y peor aún-permanece todavía contra todos los que han vivido cercanos al Hijo tuyo y de Dios, o por parentesco o por fe o por amistad. Y no ignoramos que no tienes intención de dejar estos lugares donde has visto la perfecta manifestación de la naturaleza divina y humana de tu Hijo, su total mortificación y su total glorificación, mediante la Pasión y Muerte suyas -verdadero Hombre-y mediante sus gloriosas Resurrección y Ascensión verdadero Dios-.
Y tampoco ignoramos que no quieres dejar solos a los apóstoles, para quienes quieres ser Madre y guía en sus primeras pruebas, tú, Sede de la Sabiduría divina, tú, Esposa del Espíritu revelador de las verdades eternas, tú, Hija amada con predilección desde siempre por el Padre que ab aeterno te eligió para Madre de su Unigénito, tú, Madre de este Verbo del Padre, que ciertamente te instruyó con sus infinitas y perfectísimas Sabiduría y Doctrina, antes incluso de estar en ti como criatura en formación, o de estar contigo como Hijo que crecía en edad y sabiduría, hasta hacerse Maestro de los maestros.
Juan nos lo dijo al día siguiente de la primera, maravillosa predicación y manifestación apostólica, diez días después de la Ascensión de Jesús al Cielo. Tú, por tu parte, sabes, por haberlo visto en el Getsemaní el día de la Ascensión de tu Hijo al Padre y por haberlo sabido a través de Pedro, Juan y otros apóstoles, que yo y Lázaro, inmediatamente después de la Muerte y Resurrección, comenzamos a levantar tapias alrededor de mi huerto que está cerca del Gólgota y en el Getsemaní en el Monte de los Olivos, para que esos lugares, santificados por la Sangre del Mártir divino -Sangre que goteó, ¡ay!, ardiente de fiebre en el Getsemaní y helada y grumosa en mi huerto- no sean profanados por los enemigos de Jesús.
Ahora las obras están ultimadas, y, tanto yo como Lázaro, y con él sus hermanas y los apóstoles -que demasiado dolor sufrirían si no te tuvieran ya aquí-, te decimos: "Establécete en la casa de Jonás y María, los guardianes del Getsemaní".
-¿Y Jonás y María? La casa es pequeña, y yo aprecio la soledad. Siempre la aprecié. Y más la aprecio ahora, porque la necesito para abismarme en Dios, en mi Jesús, para no morir de congoja por no tenerlo ya aquí.
Sobre los misterios de Dios, porque Él es ahora Dios más que nunca, no es justo que se pose mirada humana. Mujer yo, Hombre Jesús. Pero nuestra Humanidad fue distinta de todas las otras, tanto por razón de la inmunidad respecto a la culpa -incluso la original-, como por razón de la relación con Dios uno y trino: somos únicos en estas cosas entre todas las criaturas, las pasadas, las presentes y las futuras. Pero el hombre, incluso el mejor y más prudente, es naturalmente, inevitablemente curioso, especialmente si tiene ante sí una manifestación extraordinaria.
Y sólo yo y Jesús -mientras estuvo en la Tierra-sabemos qué sufrimiento, qué… sí, incluso vergüenza, incomodidad, tormento, siente uno cuando la curiosidad humana escruta, vigila, espía nuestros secretos con Dios.
Es como si nos pusieran desnudos en medio de una plaza. Pensad en mi pasado, considerad que siempre busqué recato, silencio, y que siempre mantuve celados bajo las apariencias de una vida corriente de una pobre mujer, los misterios de Dios en mí. Recordad cómo, por no revelarlos ni siquiera a mi esposo José, por poco no hice de él -justo-un injusto. Sólo la intervención angélica impidió este peligro. Pensad en la vida tan humilde, oculta, corriente, que llevó Jesús durante treinta años. Pensad en su tendencia, ya como Maestro, a apartarse, a aislarse.
Debía hacer milagros e instruir, porque así era su misión. Pero, y lo sé por Él mismo, sufría -y éste era uno de los muchos motivos de la gravedad y tristeza que se reflejaban en sus grandes y poderosos ojos-, sufría, decía, por la exaltación de las muchedumbres, por la curiosidad más o menos buena con que observaban todos sus actos. ¡Cuántas veces ordenó a sus discípulos y a los que habían recibido algún milagro: "No digáis lo que habéis visto. No digáis lo que he hecho en vosotros"!… Ahora bien, yo no quisiera que miradas humanas indagaran sobre los misterios de Dios en mí, misterios que no han terminado, no, con el regreso al Cielo de Jesús, mi Hijo y mi Dios, sino que permanecen, y yo diría que incluso aumentan, por bondad suya y para mantenerme viva hasta que llegue la hora, tan deseada por mí, de unirme de nuevo a Él para toda la eternidad. Quisiera sólo a Juan conmigo. Porque es prudente, respetuoso, amoroso conmigo como un segundo Jesús. Pero Jonás y María sabrán…
Lázaro la interrumpe:
-¡Ya está hecho, oh Bendita! Ya hemos pensado en eso. Marcos, hijo de Jonás, se cuenta ahora entre los discípulos. María, su madre, y Jonás, su padre, están ya en Betania.
-¿Pero y el olivar? ¡Tiene mucha necesidad de cuidados! -le responde María.
-¡Sólo en el tiempo de podar, arrejacar y recoger! Pocos días al año, por tanto. Y menos días aún, porque mandaré a mis obreros de Betania junto con Marcos en esos períodos.
Tú, Madre, si quieres hacernos felices a mí y a mis hermanas, ven a Betania en estos días, a la casa solitaria del Zelote. Seremos vecinos, pero nuestros ojos no serán indiscretos respecto a tus encuentros con Dios.
-¿Pero y la almazara?…
-Ya ha sido transportada a Betania. El Getsemaní, completamente tapiado, propiedad aún más reservada de Lázaro de Teófilo, te espera, María. Y te aseguro que los enemigos de Jesús no se atreverán, por temor a Roma, a violar la paz de ese lugar y tuya.
-¡Bueno, siendo así! -exclama María, y aprieta sus manos contra el corazón, y los mira con una cara casi extática de tan beatífica como aparece, con una sonrisa de ángel en sus labios y lágrimas de alegría en sus rubias pestañas. Prosigue:
-¡Yo y Juan! ¡Solos! ¡Nosotros dos solos! ¡Me parecerá estar de nuevo en Nazaret con mi Hijo! ¡Solos! ¡En la paz!
¡En esa paz! ¡En el lugar donde Él, mi Jesús, pronunció tantas palabras y esparció tanto espíritu de paz! En el lugar donde, es verdad, sufrió hasta el punto de sudar sangre y de recibir el supremo sufrimiento moral del beso infame y las primeras…
Un sollozo y un recuerdo dolorosísimo le quiebran la palabra y el rostro, que durante breves momentos, presenta de nuevo la expresión doliente que tenía en los días de la Pasión y Muerte de su Hijo. Luego se repone y dice:
-¡En el lugar desde donde volvió a la infinita paz del Paraíso! Mandaré pronto a María de Alfeo aviso de que guarde mi casita de Nazaret, que tanto quiero porque allí se cumplió el misterio y allí murió mi esposo, ¡tan puro y santo!, y allí creció Jesús. ¡Muy querida por mí! Pero, desde luego, no como estos lugares donde instituyó el Rito de los ritos y se hizo Pan, Sangre, Vida para todos los hombres, y padeció y redimió y fundó su Iglesia y, con su última bendición, quedaron vestidas de bondad y santificadas todas las cosas de la Creación.
Me quedaré. Sí. Me quedaré aquí. Iré al Getsemaní. Y desde allí, siguiendo la parte externa de los muros, podré ir al Gólgota, y a tu huerto, José, donde tanto lloré; y podré ir a tu casa, Lázaro, donde siempre recibí, en mi Hijo antes y en mí después, mucho amor. Pero quisiera…
-¿Qué, Bendita? -le preguntan los dos.
-Quisiera poder volver también aquí. Porque, junto con los apóstoles, habíamos pensado, si Lázaro lo permite…
-Todo lo que quieras, Madre. Todo lo mío es tuyo. Antes se lo decía a Jesús, ahora te lo digo a ti. Y soy yo el que recibe una gracia, si aceptas mi don.
-Hijo… deja que te llame así… quisiera que nos concedieras hacer de esta casa, más exactamente: del Cenáculo, el lugar de reunión y ágape fraternos.
-Es justo. En este lugar tu Hijo instituyó el nuevo eterno Rito, constituyó la nueva Iglesia elevando al nuevo Pontificado y Sacerdocio a sus apóstoles y discípulos.
Justo es que esa habitación se transforme en el primer templo de la nueva religión. La semilla que mañana será árbol, y luego inmensa floresta; el germen que mañana será organismo vital, completo, y que irá creciendo, sin cesar, en altura, profundidad y anchura, extendiéndose por toda la Tierra. ¿Qué mesa y altar podrán ser más santos que aquellos sobre los que Él partió el Pan y puso el Cáliz del nuevo Rito, que permanecerá mientras permanezca la Tierra?
-Es verdad, Lázaro. ¿Ves? Por eso estoy cosiendo los manteles puros. Porque yo creo y ninguno creerá con igual fuerzaque el Pan y el Vino son Él, en su Carne y en su Sangre; Carne santísima e inocentísima, Sangre redentora, dados como Alimento y Bebida de Vida para los hombres.
¡Que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo os bendigan, oh buenos, sabios, piadosos siempre, para con el Hijo y para con la Madre!
-Entonces, de acuerdo. Toma. Ésta es la llave que abre las distintas cancillas del recinto del Getsemaní. Y ésta es la llave de la casa. Y sé feliz: cuanto Dios te conceda serlo y cuanto nuestro pobre amor quisiera que lo fueras.
José de Arimatea, ahora que Lázaro ha terminado de hablar, dice a su vez:
-Y ésta es la llave del recinto de mi huerto.
-Pero tú… ¡tienes tú todo el derecho a entrar!
-Tengo otra llave, María. El hortelano es un hombre justo, y lo mismo su hijo. A los únicos que podrás encontrar allí será a ellos y a mí. Y seremos todos prudentes y respetuosos.
-Que Dios os bendiga nuevamente -repite María.
-A ti gracias, Madre. Para ti nuestro amor y la paz de Dios, siempre.
Se postran después de este último saludo. Besan de nuevo el extremo de su túnica y se marchan.
Apenas han salido de la casa y ya se oyen los discretos golpes de alguien que llama a la puerta de la habitación en que está María.
-Pasa, pasa -dice María.
Juan no espera a que se lo digan dos veces. Entra y pregunta, un poco inquieto: -¿Qué querían José y Lázaro? ¿Hay algún peligro?
-No, hijo. Es sólo el cumplimiento de un deseo mío. Deseo mío y de otros. Sabes que Pedro y Santiago de Alfeo: el primero, Pontífice; el otro, cabeza de la Iglesia de Jerusalén, se sienten desolados ante la idea de perderme, y asustados por el temor a no saber actuar sin mí. Santiago sobre todo. Ni siquiera la especial aparición de mi Hijo a Él y su elección por voluntad de Jesús lo consuelan y fortalecen. ¡Y también los otros!… Ahora Lázaro satisface este deseo general y nos hace amos del Getsemaní. Yo y tú. Solos allí. Aquí están las llaves. Y ésta es la del huerto de José… Podremos ir al Sepulcro, a Betania, sin pasar por la ciudad… E ir al Gólgota… Y venir aquí siempre que se celebre el ágape fraterno. Todo nos lo conceden Lázaro y José.
-Son dos verdaderos justos. Lázaro recibió mucho de Jesús. Es verdad. Pero, antes de recibir incluso, siempre dio todo a Jesús. ¿Estás contenta, Madre?
-Sí, Juan. ¡Mucho! Viviré hasta que Dios quiera, asistiendo a Pedro y a Santiago y a todos vosotros, y ayudaré a los primeros cristianos en todos los modos. Si los judíos, los fariseos y los sacerdotes no se comportan como fieras también conmigo, como con mi Hijo, podré exhalar mi espíritu donde Él ascendió al Padre.
-Ascenderás tú también, Madre.
-No. No soy Jesús. Nací humanamente.
-Pero sin mancha original. Yo soy un pobre pescador ignorante. No sé de doctrinas ni de escrituras sino lo que me enseñó el Maestro. Pero soy como un niño, porque soy puro. Y por esto, quizás, sé más que los rabíes de Israel; porque, Él lo dijo, Dios esconde las cosas a los sabios y las revela a los pequeños, a los puros. Y por esto pienso -mejor dicho: siento-que tu destino será el que habría tenido Eva si no hubiera pecado. Y más todavía, porque tú no has sido esposa de un Adán-hombre, sino de Dios, para dar a la Tierra al nuevo Adán fiel a la Gracia.
El Creador, cuando creó a los Primeros Padres, no los destinó a la muerte (o sea, a la corrupción del más perfecto cuerpo por Él creado, y al que hizo el más noble de todos los cuerpos dotándolo de alma espiritual y de los dones gratuitos de Dios, por lo que podían llamarse "hijos adoptivos de Dios"), sino que quería para ellos solamente un paso del Paraíso terrenal al celestial. Ahora bien, tú no has tenido nunca mancha de pecado alguno en tu alma. Ni siquiera ese grande, común pecado, herencia de Adán para todos los humanos, te alcanzó a ti, porque Dios te preservó de él por singular, único, privilegio, habiendo sido tú, desde siempre, destinada a ser el Arca del Verbo.
Y el Arca, incluso esa Arca que, ¡ay!, no contiene sino cosas frías, áridas, muertas (porque, en verdad, el pueblo de Dios no las pone en práctica como debería), es, y debe ser, siempre purísima. El Arca, sí. ¿Pero quién, entre los que a ella se acercan, Pontífice y Sacerdotes, lo son realmente como lo eres tú? Ninguno. Por esto yo siento que tú, segunda Eva y Eva fiel a la Gracia, no conocerás la muerte.
-Mi Hijo, segundo Adán, la Gracia misma, obediente siempre al Padre, a mí, en modo perfecto, murió. ¡Y con qué muerte!
-Había venido para ser el Redentor, Madre. Dejó al Padre, dejó el Cielo, para tomar una Carne, para redimir, con su Sacrificio, a los hombres y devolverles la Gracia, y así elevarlos de nuevo al grado de hijos adoptivos de Dios, herederos del Cielo. Él debía morir. Y murió con su Humanidad santísima. Y tú moriste en el corazón viendo su suplicio atroz y su Muerte. Has padecido ya todo para ser redentora con Él. Yo soy un pobre ignorante, pero siento que tú, Arca verdadera del verdadero, viviente Dios, no serás, no puedes ser, corruptible.
De la misma manera que la nube de fuego (Éxodo 13, 21-22; Números 9, 1523) protegió y dirigió al Arca de Moisés hacia la Tierra prometida, el Fuego de Dios te atraerá a su Centro. Como la caña de Aarón (Números 17, 23-26) no se secó, no murió, más, al contrario, a pesar de haber sido separada del árbol, echó yemas, hojas y frutos, y vivió en el Tabernáculo, así tú, elegida de Dios entre todas las mujeres que habitaron y habitarán la Tierra, tampoco morirás como una planta que se seca, sino que en el eterno Tabernáculo de los Cielos vivirás eternamente con la totalidad de ti misma.
Como las aguas del Jordán (Josué 3, 14-17) se abrieron para dejar pasar al Arca y a sus portadores y al pueblo todo, en tiempos de Josué, así para ti se abrirán las barreras que el pecado de Adán ha puesto entre Tierra y Cielo, y pasarás de este mundo al Cielo eterno. Estoy seguro de ello. Porque Dios es justo. Y para ti permanece el decreto emanado de É1 para quien no tiene ni pecado hereditario ni pecado voluntario en el alma.
-¿Te ha revelado esto Jesús?
-No, Madre. Me lo dice el Espíritu Paráclito, Aquel de quien el Maestro nos anunció que nos revelaría las cosas futuras y toda verdad.
El Consolador ya me lo dice, en el espíritu, para hacerme menos amargo el pensamiento de perderte, oh Madre bendita a la que amo tanto como a la mía y más, por todo lo que sufriste, por lo buena y santa que eres, sólo inferior al Hijo tuyo santísimo entre todos los santos presentes y futuros. La Santa más grande.
Y Juan, conmovido, se postra venerándola.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Es una de las primeras reuniones de los cristianos, en los días inmediatamente posteriores a Pentecostés.
Los doce apóstoles son de nuevo doce, porque Matías, que ya ha sido elegido en lugar del traidor, está entre ellos.
Y el hecho de que estén los doce demuestra que no se habían separado todavía para ir a evangelizar, según la orden del Maestro.
Por tanto, Pentecostés debe haber tenido lugar poco antes, y todavía no deben haber empezado las persecuciones del Sanedrín contra los siervos de Jesucristo. En efecto, si así fuera, no tendrían esta celebración con tanta tranquilidad, y sin ninguna medida de precaución, en una casa conocida, demasiado conocida, por los del Templo, o sea, en la casa del Cenáculo, y precisamente en la habitación donde se verificó la última Cena, donde fue instituida la Eucaristía, donde empezó la verdadera y total traición, y la Redención.
Pero la vasta habitación ha sufrido un cambio, necesario para su nueva función como iglesia, e impuesto por el número de los fieles. La gran mesa ya no está en la pared de la escalera, sino en la frontal, y paralela a la pared.
De forma que incluso los que no pueden entrar en el Cenáculo -primera iglesia del mundo cristiano-, ya repleto de personas, pueden ver lo que sucede dentro, apiñándose, apretujándose, en el pasillo de entrada (donde está, abierta completamente, la puertecita por la que se entra en la habitación).
En la sala hay hombres y mujeres de todas las edades. En un grupo de mujeres, junto a la mesa, aunque en uno de los ángulos, está María, la Madre, rodeada de Marta y María de Lázaro, Nique. Elisa, María de Alfeo, Salomé, Juana de Cusa… en fin, de muchas de las mujeres discípulas, hebreas y no hebreas, a las que Jesús había curado, había consolado, había evangelizado, había hecho ovejas de su rebaño.
Entre los hombres, están Nicodemo, Lázaro, José de Arimatea, muchísimos discípulos, entre los cuales Esteban, Hermas, los pastores, Eliseo el hijo del arquisinagogo de Engadí, y muchísimos otros. Y está también Longinos, no vestido de militar, sino como si fuera un ciudadano cualquiera, con una larga y sencilla túnica cenizosa.
Luego otros, que claramente han entrado en la grey de Cristo después de Pentecostés y las primeras evangelizaciones de los Doce.
Pedro habla también ahora. Evangeliza e instruye a los presentes. Habla una vez más de la última Cena. Una vez más. Y es que, por sus palabras, se comprende que ya ha hablado otras veces de ella.
Dice:
-Os hablo unavez más -y remarca mucho estas palabras -de la Cena en que, antes de ser inmolado por los hombres, Jesús Nazareno, como le llamaban, Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador nuestro, como ha de ser afirmado y creído con todo nuestro corazón y nuestra mente, porque en este creer está nuestra salvación, se inmoló por espontánea voluntad y por exceso de amor, dándose como Alimento y Bebida para los hombres, y diciéndonos a nosotros, siervos y
continuadores suyos: "Haced esto en memoria mía". Y esto es lo que hacemos. Pero, oh hombres, de la misma manera que nosotros, sus testigos, creemos que en el Pan y en el Vino, ofrecidos y bendecidos, como Él hizo, en memoria suya y por obediencia a su divino mandato, están ese Cuerpo Santísimo y esa Sangre Santísima que lo son de un Dios, Hijo del Dios altísimo, y que fueron crucificado y derramada por amor y para vida de los hombres, también vosotros, todos vosotros, que habéis entrado a formar parte de la verdadera, nueva, inmortal Iglesia, anunciada por los profetas y fundada por el Cristo, debéis creerlo.
Creed y bendecid al Señor, que a nosotros, sus -si no materialmente, sí moral y espiritualmente-crucifixores por nuestra debilidad en servirle, por nuestra cerrazón en comprenderlo, por nuestra cobardía en abandonarlo huyendo en la hora suprema, por nuestra cobardía en nuestro… no, en mi personal traición de hombre temeroso y cobarde hasta el punto de renegar de Él, y negarlo, y negarme como discípulo suyo, es más: como el primero de entre sus siervos (y gruesas lágrimas ruedan y surcan el rostro de Pedro), poco antes de la hora primera, allí, en el patio del Templo; creed, decía, y bendecid al Señor, que a nosotros nos deja este eterno signo de perdón; creed y bendecid al Señor, que a aquellos que no lo conocieron cuando era el Nazareno les permite conocerlo ahora que es el Verbo Encarnado vuelto al Padre. Venid y tomad. Él lo dijo:
"El que come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá la Vida eterna". En aquel momento no comprendimos (y Pedro llora de nuevo). No comprendimos porque éramos obtusos de intelecto. Pero ahora el Espíritu Santo ha encendido nuestra inteligencia, fortalecido nuestra fe, infundido la caridad, y comprendemos.
Y en el Nombre del Dios altísimo, del Dios de Abraham, de Jacob, de Moisés, en el Nombre altísimo del Dios que habló a Isaías, a Jeremías, a Ezequiel, a Daniel y a los otros profetas, os juramos que esto es verdad y os conjuramos que creáis para poder tener la Vida eterna.
Pedro habla lleno de majestad. Ya nada queda en él del pescador no poco rudo de poco antes. Ha subido a un escabel para hablar y ser visto y oído mejor, porque, siendo bajo como es, si sus pies hubieran permanecido sobre el suelo de la habitación, los más lejanos no lo habrían podido ver, y él lo que quiere es alcanzar a todos con su vista. Habla equilibradamente, con voz apropiada y gestos de verdadero orador. Sus ojos, siempre expresivos, ahora hablan más que nunca: amor, fe, mando, contrición… todo sale a través de esta mirada suya, y anticipa y refuerza sus palabras.
Ya ha terminado de hablar. Baja del escabel y se coloca detrás de la mesa, en el espacio que hay entre la pared y la mesa, y espera. Santiago y Judas, o sea, los dos hijos de Alfeo y primos de Cristo, extienden ahora sobre la mesa un mantel blanquísimo. Para hacer esto levantan el arca ancha y baja que está puesta en el centro de la mesa.
También extienden sobre la tapa del arca un paño de finísimo lino.
El apóstol Juan va ahora donde María y le pide algo. María se quita del cuello una especie de llavecita y se la da a Juan. Juan la toma, vuelve al arca, la abre y vuelve la parte que está delante, la cual queda apoyada en el mantel, y cubierta con un tercer paño de lino.
Dentro del arca hay una sección horizontal que la divide en dos secciones: en la de abajo hay una copa y un plato, de metal; en la de arriba, en el centro, la copa usada por Jesús en la última Cena y para la primera Eucaristía, los restos del pan partido por Él, colocados en un platito, de material precioso como la copa.
A los lados de la copa y del platito que están en el plano superior, a un lado, están la corona de espinas, los clavos y la esponja; al otro lado, uno de los lienzos, enrollado, el velo con que Nique enjugó el Rostro de Jesús, y el que María dio a su Hijo para que se cubriera con él las caderas. En el fondo del arca hay otras cosas, pero, dado que quedan más bien ocultas y que ninguno habla de ellas ni las muestra, no se sabe lo que son.
Sin embargo, respecto a las otras, respecto a las visibles, Juan y Judas de Alfeo las muestran a los presentes, que se arrodillan ante ellas. Pero ni se muestran ni se tocan la copa y el platito del pan. Tampoco se extiende toda la sábana; sólo se muestra enrollada, mientras sé dice lo que es.
Quizás Juan y Judas no la desenrollan para no despertar en María el recuerdo doloroso de las atroces vejaciones sufridas por su Hijo.
Terminada esta parte de la ceremonia, los apóstoles, en coro, entonan unas oraciones. Yo diría que son salmos porque los cantan como acostumbraban a hacer los hebreos en sus sinagogas o en sus peregrinaciones a Jerusalén para las solemnidades prescritas por la Ley. La gente se une al coro de los apóstoles, que, de esa manera, cada vez se hace más solemne.
En fin, traen panes y los colocan en el platito de metal que había en la parte inferior del arca, y traen unas pequeñas ánforas, también de metal.
Pedro recibe de Juan, que está arrodillado al otro lado de la mesa (mientras que Pedro sigue entre la mesa y la pared, aunque vuelto hacia la gente), la bandeja con los panes; la alza y la ofrece; luego la bendice y la pone sobre el arca.
Judas de Alfeo, también arrodillado, al lado de Juan, da a su vez a Pedro la copa de la parte de abajo y las dos ánforas que antes estaban junto al platito de los panes. Pedro vierte el contenido de ellas en la copa; alza ésta y la ofrece, como había hecho con el pan. Bendice también la copa y la pone sobre el arca, al lado de los panes.
Oran de nuevo. Pedro fracciona los panes en muchos trozos mientras los presentes se postran más aún, y dice:
-Esto es mi Cuerpo. Haced esto en memoria mía.
Sale de detrás de la mesa llevando consigo la bandeja llena de los trozos de los panes, y lo primero, va donde María y le da un trozo. Luego pasa a la parte delantera de la mesa y distribuye el Pan consagrado a todos los que se acercan para recibirlo. Sobran pocos trozos, los cuales, en su bandeja, son colocados sobre el arca.
Ahora toma la copa y la ofrece -empezando esta vez también por María-a los presentes. Juan y Judas le siguen con las pequeñas ánforas y añaden los líquidos cuando el cáliz está vacío, mientras Pedro repite la elevación, el ofrecimiento y la bendición para consagrar el líquido.
Cuando todos los que pedían nutrirse de la Eucaristía han sido complacidos, los apóstoles consumen el Pan y Vino que han quedado. Luego cantan otro salmo o himno, y después de esto Pedro bendice a los presentes, quienes, después de su bendición, se marchan lentamente.
María, la Madre, que ha estado de rodillas durante toda la ceremonia de la consagración y de la distribución de las especies del Pan y del Vino, se alza y va hasta el arca.
Hace una inclinación por encima de la mesa y toca con la frente la superficie del arca donde están puestos la copa y el plato usados por Jesús en la última Cena, y pone un beso en el borde de ambos; un beso que es también para las otras reliquias recogidas ahí.
Luego Juan cierra el arca y devuelve la llave a María, que vuelve a ponérsela en el cuello.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
No hay voces ni ruidos en la casa del Cenáculo. No hay tampoco discípulos (al menos, no oigo nada que me autorice a decir que en otros cuartos de la casa estén reunidas personas). Sólo se constatan la presencia y la voz de los Doce y de María Santísima (recogidos en la sala de la Cena).
La habitación parece más grande porque los muebles y enseres están colocados de forma distinta y dejan libre todo el centro de la habitación, como también dos de las paredes.
A la tercera ha sido arrimada la mesa grande que fue usada para la Cena. Entre la mesa y la parecí, y también a los dos lados más estrechos de la mesa, están los triclinios usados en la Cena y el taburete usado por Jesús para el lavatorio de los pies.
Pero estos triclinios no están colocados verticalmente respecto a la mesa, como para la Cena, sino paralelamente, de forma que los apóstoles pueden estar sentados sin ocuparlos todos, aun dejando libre uno, el único vertical respecto a la mesa, sólo para la Virgen bendita, que está en el centro, en el lugar que Jesús ocupaba en la Cena.
No hay en la mesa mantelería ni vajilla; está desnuda, y desnudos están los aparadores y las paredes. La lámpara sí, la lámpara luce en el centro, aunque sólo con la llama central encendida, porque la vuelta de llamitas que hacen de corola a esta pintoresca lámpara está apagada.
Las ventanas están cerradas y trancadas con la robusta barra de hierro que las cruza. Pero un rayo de sol se filtra ardido por un agujerito y desciende como una aguja larga y delgada hasta el suelo, donde pone un arito de sol.
La Virgen, sentada sola en su asiento, tiene a sus lados, en los triclinios, a Pedro y a Juan (a la derecha, a Pedro; a la izquierda, a Juan). Matías, el nuevo apóstol, está entre Santiago de Alfeo y Judas Tadeo.
La Virgen tiene delante un arca ancha y baja de madera oscura, cerrada. María está vestida de azul oscuro. Cubre sus cabellos un velo blanco, cubierto a su vez por el extremo de su manto Todos los demás tienen la cabeza descubierta.
María lee atentamente en voz alta. Pero, por la poca luz que le llega, creo que más que leer repite de memoria las palabras escritas en el rollo que tiene abierto. Los demás la siguen en silencio, meditando. De vez en cuando responden, si es el caso de hacerlo.
El rostro de María aparece transfigurado por una sonrisa extática. ¡¿Qué estará viendo, que tiene la capacidad de encender sus ojos como dos estrellas claras, y de sonrojarle las mejillas de marfil, como si se reflejara en Ella una llama rosada?!: es, verdaderamente, la Rosa mística…
Los apóstoles se echan algo hacia adelante, y permanecen levemente al sesgo, para ver el rostro de María mientras tan dulcemente sonríe y lee (y parece su voz un canto de ángel). A Pedro le causa tanta emoción, que dos lagrimones le caen de los ojos y, por un sendero de arrugas excavadas a los lados de su nariz, descienden para perderse en la mata de su barba entrecana.
Pero Juan refleja la sonrisa virginal y se enciende como Ella de amor, mientras sigue con su mirada a lo que la Virgen lee, y, cuando le acerca un nuevo rollo, la mira y le sonríe.
La lectura ha terminado. Cesa la voz de María. Cesa el frufrú que produce el desenrollar o enrollar los pergaminos. María se recoge en una secreta oración, uniendo las manos sobre el pecho y apoyando la cabeza sobre el arca. Los apóstoles la imitan…
Un ruido fortísimo y armónico, con sonido de viento y arpa, con sonido de canto humano y de voz de un órgano perfecto, resuena de improviso en el silencio de la mañana. Se acerca, cada vez más armónico y fuerte, y llena con sus vibraciones la Tierra, las propaga a la casa y las imprime en ésta, en las paredes, en los muebles, en los objetos. La llama de la lámpara, hasta ahora inmóvil en la paz de la habitación cerrada, vibra como chocada por el viento, y las delgadas cadenas de la lámpara tintinean vibrando con la onda de sobrenatural sonido que las choca.
Los apóstoles alzan, asustados, la cabeza; y, como ese fragor hermosísimo, que contiene las más hermosas notas de los Cielos y la Tierra salidas de la mano de Dios, se acerca cada vez más, algunos se levantan, preparados para huir; otros se acurrucan en el suelo cubriéndose la cabeza con las manos y el manto, o dándose golpes de pecho pidiendo perdón al Señor; otros, demasiado asustados como para conservar ese comedimiento que siempre tienen respecto a la Purísima, se arriman a María.
El único que no se asusta es Juan, y es porque ve la paz luminosa de alegría que se acentúa en el rostro de María, la cual alza la cabeza y sonríe frente a algo que sólo Ella conoce y luego se arrodilla abriendo los brazos, y las dos alas azules de su manto así abierto se extienden sobre Pedro y Juan, que, como Ella, se han arrodillado.
Pero, todo lo que he tardado minutos en describir se ha verificado en menos de un minuto.
Y luego entra la Luz, el Fuego, el Espíritu Santo, con un último fragor melódico, en forma de globo lucentísimo, ardentísimo; entra en esta habitación cerrada, sin que puerta o ventana alguna se mueva; y permanece suspendido un momento sobre la cabeza de María, a unos tres palmos de su cabeza (que ahora está descubierta, porque María, al ver al Fuego Paráclito, ha alzado los brazos como para invocarlo y ha echado hacia atrás la cabeza emitiendo un grito de alegría, con una sonrisa de amor sin límites). Y, pasado ese momento en que todo el Fuego del Espíritu Santo, todo el Amor, está recogido sobre su Esposa, el Globo Santísimo se escinde en trece llamas cantarinas y lucentísimas -su luz no puede ser descrita con parangón terrenal alguno-, y desciende y besa la frente de cada uno de los apóstoles.
Pero la llama que desciende sobre María no es lengua de llama vertical sobre besadas frentes: es corona que abraza y nimba la cabeza virginal, coronando Reina a la Hija, a la Madre, a la Esposa de Dios, a la incorruptible Virgen, a la Llena de Hermosura, a la eterna Amada y a la eterna Niña; pues que nada puede mancillar, y en nada, a Aquella a quien el dolor había envejecido, pero que ha resucitado en la alegría de la Resurrección y tiene en común con su Hijo una acentuación de hermosura y de frescura de su cuerpo, de sus miradas, de su vitalidad… gozando ya de una anticipación de la belleza de su glorioso Cuerpo elevado al Cielo para ser la flor del Paraíso.
El Espíritu Santo rutila sus llamas en torno a la cabeza de la Amada. ¿Qué palabras le dirá? ¡Misterio! El bendito rostro aparece transfigurado de sobrenatural alegría y sonríe con la sonrisa de los serafines, mientras ruedan por las mejillas de la Bendita lágrimas beatíficas que, incidiendo en ellas la Luz del Espíritu Santo, parecen diamantes.
El Fuego permanece así un tiempo… Luego se disipa… De su venida queda, como recuerdo, una fragancia que ninguna flor terrenal puede emanar… es el perfume del Paraíso…
Los apóstoles vuelven en sí… María permanece en su éxtasis. Recoge sus brazos sobre el pecho, cierra los ojos, baja la cabeza… nada más… continúa su diálogo con Dios… insensible a todo… Y ninguno osa interrumpirla.
Juan, señalándola, dice:
-Es el altar, y sobre su gloria se ha posado la Gloria del Señor…
-Sí, no perturbemos su alegría. Vamos, más bien, a predicar al Señor para que se pongan de manifiesto sus obras y palabras en medio de los pueblos -dice Pedro con sobrenatural impulsividad.
-¡Vamos! ¡Vamos! El Espíritu de Dios arde en mí -dice Santiago de Alfeo.
-Y nos impulsa a actuar. A todos. Vamos a evangelizar a las gentes.
Salen como empujados por una onda de viento o como atraídos por una vigorosa fuerza.
Dice Jesús (a María Valtorta):
-Aquí termina esta Obra que mi amor por vosotros ha dictado, y que vosotros habéis recibido por el amor que una criatura ha tenido hacia mí y hacia vosotros.
Ha terminado hoy, conmemoración de Santa Zita de Luca, humilde sirvienta que sirvió a su Señor en la caridad en esta Iglesia de Luca, ciudad a la que Yo, desde lugares lejanos llevé a mi pequeño Juan para que me sirviera en la caridad y con el mismo amor de Santa Zita hacia todos los infelices.
Zita daba pan a los menesterosos, recordando que en cada uno de ellos estoy Yo, y que vivirán gozosos a mi lado aquellos que hayan dado pan y bebida a los que tienen sed y hambre. María-Juan ha dado mis palabras a los que flaquean envueltos en la ignorancia, en la tibieza o en la duda sobre la Fe, recordando que la Sabiduría dijo (Sabiduría 3, 1-9; Daniel 12, 3-4) que brillarían como estrellas en la eternidad aquellos que con fatiga se esforzaran en dar a conocer a Dios, dando gloria a su Amor dándolo a conocer a muchos y haciendo que muchos lo amen.
Y ha terminado hoy, día en que la Iglesia eleva a los altares a María Teresa Goretti, (María Teresa Goretti, más conocida como María Goretti, mártir de la pureza (1890-1902), beatificada el 27 de Abril de 1947 y canonizada en 1950) pura azucena de los campos que vio su tallo quebrado cuando todavía era capullo su corola -¿por quién quebrado, sino por Satanás, envidioso ante ese candor más esplendoroso que su antiguo aspecto de ángel?-, quebrado por ser flor consagrada al Amador divino.
Virgen y mártir, María, de este siglo de infamias en que se mancilla incluso el honor de la Mujer, escupiendo baba de reptiles negadora del poder de Dios de dar una morada inviolada a su Verbo, que, por obra del Espíritu Santo, se encarnaba para salvar a los que en Él creyeran.
También María-Juan es mártir del Odio, que no quiere que mis maravillas sean celebradas con esta Obra, arma que tiene poder para arrebatarle muchas presas. Pero también María-Juan sabe, como sabía María Teresa, que el martirio -fueren cuales fueren su nombre y su aspecto-es llave para abrir sin dilación el Reino de los Cielos para aquellos que lo padecen como continuación de mi Pasión.
La Obra ha terminado.
(Pero no han terminado las "visiones" ni los "dictados" fuera del ciclo mesiánico, declarado concluido con la venida del Espíritu Santo. Por ello se añadirán, completivos de la Obra, otros escritos pertinentes (de varios años, sobre todo del 1951). Como consecuencia, la Despedida de la Obra, escrita el 28 de Abril de 1947 y que en los cuadernos autógrafos sigue inmediatamente al presente "dictado", será recogida al término de la conclusión de la Obra)
Y, con su fin, con la venida del Espíritu Santo, se concluye el ciclo mesiánico, que mi Sabiduría ha iluminado desde sus albores (la Concepción inmaculada de María) hasta su terminación (la venida del Espíritu Santo). Todo el ciclo mesiánico es obra del Espíritu de Amor, para quien sabe ver bien. Cabal, pues, el haberlo empezado con el misterio de la inmaculada Concepción de la Esposa del Amor, y el haberlo concluido con el sello de Fuego Paráclito puesto en la Iglesia de Cristo.
Las obras manifiestas de Dios, del Amor de Dios, terminan con Pentecostés. Desde entonces, continúa ese misterioso obrar de Dios en sus fieles, unidos en el Nombre de Jesús en la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica, Romana; y la Iglesia -o sea, la asamblea de los fieles -pastores, ovejas y corderos-puede continuar su camino sin errar, por la continua, espiritual operación del Amor en sus fieles.
El Amor, Teólogo de los teólogos, Aquel que forma a los verdaderos teólogos, que viven abismados en Dios y tienen a Dios dentro de sí -la vida de Dios dentro de sí por la dirección del Espíritu de Dios que los guía-, los verdaderos "hijos de Dios" según el concepto de Pablo. (Romanos 8, 14-17)
Y al término de la Obra debo poner una vez más el lamento que he colocado al final de cada uno de los años evangélicos. Y en mi dolor de ver despreciado mi don os digo:
"No recibiréis más, porque no habéis sabido acoger esto que os he dado".
Y digo también las palabras que os hice llegar el pasado verano para llamaros de nuevo al camino recto:
“No me veréis hasta que no llegue el día en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor”.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Sereno atardecer. La luz merma dulcemente, haciendo del cielo -poco antes purpúreo-un suave entrecielo de amatista. Pronto vendrá la oscuridad, pero, por ahora, todavía hay luz; y es delicada esta luz vespertina, palidecida, después de tanto ardor de sol.
El patio de la casa del Cenáculo, vasta extensión entre los muros blancos de la casa, está lleno de gente, como en los atardeceres de después de la Resurrección. Y de estas personas congregadas aquí asciende un rumor uniformado de oraciones, interrumpidas cada cierto tiempo por pausas de meditación.
Va mermando cada vez más la luz en este patio comprendido entre los altos muros de la casa. Algunos traen lámparas, que colocan encima de la mesa junto a la cual están reunidos los apóstoles: Pedro en el centro, a su lado Santiago de Alfeo y Juan, luego los otros.
La luz palpitante de las pequeñas llamas ilumina de abajo arriba las caras apostólicas, dando gran relieve a las facciones y mostrando las expresiones: concentrada la de Pedro, una expresión como tensa por el esfuerzo de llevar a cabo dignamente estas primeras funciones de su ministerio; de una mansedumbre ascética, la de Santiago de Alfeo; serena y soñadora la de Juan; y al lado de éste el rostro pensador de Bartolomé, seguido del de Tomás, lleno de vivacidad, y del de Andrés, velado por esa humildad suya, que le hace estar con los ojos cerrados y un poco inclinado (parece decir "no soy digno"); al lado de Andrés, Mateo, que tiene apoyado un codo en la mano del otro brazo y la cara apoyada en la mano del brazo sujetado; después de Santiago de Alfeo, Judas Tadeo, con expresión de imperio (es un verdadero dominador de muchedumbres), y con unos ojos que mucho recuerdan, en color y expresión, a los de Jesús.
Ahora también Judas Tadeo -él más que todos los otros juntos-mantiene serena a la asamblea bajo el fuego de sus ojos. Y no obstante, tras su involuntaria imponencia regia, se ve aflorar el sentimiento compungido del corazón, especialmente cuando llega su turno de entonar una oración.
Cuando dice el salmo (115, 1-2): «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre dale gloria por tu misericordia y fidelidad, para que no digan las naciones:
"¿Dónde está su Dios?"», ora realmente con el alma arrodillada delante de Aquel que lo ha elegido, y el más fuerte sentimiento de su interior vibra en su voz; y también él dice con toda la intensidad de su oración:
-Yo no soy digno de servirte a ti que eres tan perfecto.
Felipe, a su lado, su rostro ya marcado por los años, pero aún dentro de la edad vigorosa, parece contemplar un espectáculo sólo presente a él, y mantiene apretadas las manos contra las mejillas, un poco agachada la cabeza y un poco triste… Mientras, el Zelote mira hacia arriba, ausente, y expresa una sonrisa interior, que embellece su rostro no bello, aunque atrayente por su austero señorío. Santiago de Zebedeo, lleno de impulso, vibrante, dice sus oraciones como si todavía hablara al Maestro amado, y el salmo 12 brota impetuoso de su espíritu encendido.
Terminan con el largo y bellísimo salmo 118, (en la Neovulgata son Salmo 13 y Salmo 119) que recitan alternadamente, una estrofa cada uno, repitiendo dos veces el turno para cumplir el número de las estrofas.
Luego se recogen en total silencio hasta que Pedro, que se ha sentado, se alza como movido por el impulso de una inspiración, y ora con voz fuerte y los brazos abiertos como hacía el Señor:
-Mándanos tu Espíritu, oh Señor, para que a su Luz podamos ver.
-Maran Athá -dicen todos.
Pedro se recoge en una intensa y muda oración, pero, quizás, más que pedir, escucha, o, al menos, espera palabras de luz… Luego alza de nuevo la cabeza, y de nuevo abre los brazos -los había aspado sobre el pecho-, y, como es pequeño respecto a la mayoría, se sube a su asiento para dominar la pequeña muchedumbre que está apiñada en el patio y para que todos lo vean. Y todos, comprendiendo que debe hablar, callan, mirando atentos.
-Hermanos míos, era necesario que se cumpliera lo que el Espíritu Santo por boca de David predijo en la Escritura (Salmo 41, 10) respecto a Judas, el cual guió a los que capturaron al Señor y Maestro nuestro bendito: Jesús.
Él, Judas, era uno de los nuestros, y recibió el destino de nuestro ministerio. Pero su elección, para él, se transformó en perdición, porque Satanás entró en él por muchos caminos y lo convirtió de apóstol de Jesús en traidor de su Señor. Creyó triunfar y gozar, y vengarse así del Santo, que había defraudado las inmundas esperanzas de su corazón lleno de toda concupiscencia.
Pero cuando creía triunfar y gozar comprendió que el hombre que se hace esclavo de Satanás, de la carne, del mundo, no triunfa, sino que, al contrario, muerde el polvo como un derrotado. Y conoció que el sabor de los alimentos que el hombre y Satanás proporcionan es amarguísimo y totalmente distinto del pan delicado y sencillo que Dios da a sus hijos. Y entonces conoció la desesperación y odió al mundo entero después de haber odiado a Dios, y maldijo todo lo que el mundo le había dado, y se dio muerte colgándose de un olivo del olivar que con sus iniquidades se había comprado, y el día que Cristo resucitó glorioso de la muerte, su cuerpo putrefacto y ya agusanado cayó, y sus entrañas se esparcieron por el suelo al pie del olivo, haciendo inmundo aquel lugar.
Sobre el Gólgota llovió la Sangre redentora y purificó la Tierra, porque era la Sangre del Hijo de Dios que se había encarnado por nosotros. Sobre la colina que está cerca del lugar del infame Consejo, no llovió sangre, ni lágrimas de buen remordimiento, sino que lo que llovió sobre el polvo del suelo fueron inmundicias de vísceras deshechas.
Porque ninguna otra sangre podía mezclarse con la Sangre santísima en esos días de purificación en que el Cordero nos lavaba con su Sangre, y muchísimo menos podía la Tierra, que bebía la Sangre del Hijo de Dios, beber también la sangre del hijo de Satanás.
Ésta es una cosa resabida. Y también se sabe que, en su furor de condenado, Judas llevó de nuevo al Templo el dinero del infame comercio y que golpeó con él, dinero inmundo, al Sumo Sacerdote en la cara.
Y se sabe que con ese dinero, sacado del Tesoro del Templo, pero que ya no podía reservarse en el Tesoro porque era precio de sangre, los príncipes de los Sacerdotes y los Ancianos, habiéndose asesorado unos a otros, compraron el campo del alfarero, como habían dicho las profecías (Jeremías 32, 6-10; Zacarías 11, 12-13) especificando incluso su precio. Y el lugar pasará a la historia de los siglos con el nombre de Haqueldamá.
Y así quede dicho todo lo relativo a Judas, y que desaparezca de entre nosotros hasta el recuerdo de su cara. Pero que se tengan presentes los caminos por los que de llamado por el Señor para el Reino celeste descendió a ser príncipe en el Reino de las tinieblas eternas, para no recorrerlos imprudentemente y no hacernos nosotros otros Judas para la Palabra que Dios nos ha confiado y que sigue siendo Cristo, Maestro en medio de nosotros.
Pero está escrito en el libro de los Salmos (69, 26; 109, 8): "Quédese su casa desierta y nadie viva en ella, y su oficio lo tome otro".
Es necesario, pues, que, de entre estos hombres que nos han acompañado durante todo el tiempo en que el Señor Jesús ha estado con nosotros peregrinando, comenzando desde el Bautismo de Juan y hasta el día en que estando entre nosotros fue elevado al Cielo, uno sea con nosotros constituido testigo de su Resurrección.
Y esto hay que hacerlo sin demora, para que esté presente con nosotros en el Bautismo de Fuego de que el Señor nos ha hablado, para que también él, que no recibió el Espíritu Santo del Maestro Santísimo, lo reciba directamente de Dios y quede por Él santificado e iluminado, y tenga las capacidades que nosotros tendremos, y pueda juzgar y perdonar y hacer lo que nosotros haremos, y sean válidos y santos sus actos.
Yo propondría elegirlo entre los fidelísimos de entre los fieles discípulos, de entre los que ya han padecido por Él y le han sido fieles incluso cuando para el mundo era el Ignorado. Muchos de éstos han venido a nosotros de Juan, Precursor del Mesías, y son almas modeladas por años de servicio a Dios.
Gran amor les tenía el Señor, y grandísimo amor tenía a Isaac, que tanto había padecido por causa de Jesús niño. Pero sabéis que su corazón cedió en la noche que siguió a la Ascensión del Señor.
No estemos tristes por su ausencia Está unido a su Señor. Era el único deseo de su corazón… Es también el nuestro… pero nosotros debemos padecer nuestra pasión. Isaac ya la había padecido.
Proponed, pues, vosotros, algún nombre de entre éstos, para poder elegir al duodécimo Apóstol según los usos de nuestro pueblo: dejando, en las situaciones más graves, al Señor altísimo la potestad de indicar: Él sabe.
Se consultan unos a otros. No pasa mucho tiempo y ya los más importantes discípulos (entre los no pastores), de común acuerdo con los diez apóstoles, comunican a Pedro que proponen a José, hijo de José de Saba, para honrar al padre, mártir por Cristo, y al hijo, discípulo fiel; y a Matías, por las mismas razones que para el primero, y además por la razón de honrar a su primer maestro, es decir, a Juan.
Y, habiendo aceptado Pedro su consejo, conducen a la mesa a los dos, y entretanto oran, extendidos los brazos hacia delante, en la postura habitual de los hebreos:
-Tú, Señor altísimo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, único y trino Dios, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos has elegido para que ocupe en este ministerio y apostolado el puesto del que prevaricó Judas para ir a su lugar.
-Maran Athá -hacen coro todos.
No teniendo dados u otra cosa con que echar a suertes, y no queriendo usar dinero para esta función, toman piedrecitas diseminadas por el patio, humildes piedrecitas, blancas y oscuras en número igual, decidiendo que las blancas son para Matías y las otras para José.
Cierran las piedrecitas dentro de una bolsa, que han vaciado de lo que contenía; agitan la bolsa y se la ofrecen a Pedro, quien, trazado sobre ella un gesto de bendición, mete dentro la mano y, orando con los ojos hacia el cielo, florecido ahora de estrellas, extrae una piedra: blanca como la nieve.
El Señor ha indicado a Matías como sucesor de Judas.
Pedro pasa a la parte delantera de la mesa y lo abraza diciendo que es para "hacerlo semejante a él". Los otros diez hacen también el mismo gesto, entre las aclamaciones de la pequeña muchedumbre.
Como última cosa, Pedro, que ha vuelto a su sitio teniendo cogida la mano del elegido -al cual tiene a su lado, de forma que ahora está entre Matías y Santiago de Alfeo-, dice:
-Ven al sitio que Dios te ha reservado, y borra con tu justicia el recuerdo de Judas, ayudándonos a nosotros, hermanos tuyos, a cumplir las obras que Jesús Santísimo nos ha dicho que cumplamos. La gracia del Señor Nuestro Jesucristo esté siempre contigo.
Se vuelve a todos y los despide…
Mientras los discípulos desalojan lentamente el patio por una salida secundaria, los apóstoles vuelven a la casa y conducen a Matías a la presencia de María, que está recogida en oración en su habitación, para que también de la Madre de Dios el nuevo apóstol reciba la palabra de saludo y de elección.