por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 6
Ahora -ya es de noche- dice Jesús (a María Valtorta):
-Has visto cuánto cuesta ser Salvadores. Lo has visto en mí y María. Has tenido conocimiento de nuestras torturas.
Has visto qué generosidad, heroísmo, paciencia, mansedumbre, constancia y fortaleza las hemos sufrido por la caridad de salvaros.
Todos aquellos que quieran, que pidan al Señor Dios hacer ellos "salvadores", deben pensar que Yo y María somos el modelo que ésas son las torturas que hay que compartir para salvar: la cruz, las espinas, los clavos, los azotes no serán materiales. Serán otros, con otra forma y naturaleza; pero igualmente dolorosos e inmoladores. Y sólo inmolándose en medio de estos dolores se puede ser salvador.
Es misión austera, la más austera de todas. Una misión respecto a la cual la vida del monje o de la religiosa de la más severa regla es como una flor comparada con un montón de espinas. Porque ésta es no regla de Orden humana, sino Regla de un sacerdocio y un rito de ingreso en el estado monacal divinos, cuyo Fundador soy Yo. Yo soy el que consagra y acoge -en mi Regla, en mi Orden-a los elegidos para ella. Y soy el que les impone el hábito (el mío): el Dolor total llevado hasta el sacrificio.
Has visto mis sufrimientos, dirigidos a hacer reparación por vuestras culpas. Nada en mi Cuerpo ha estado exento de ellos, porque nada en el hombre está exento de culpas, y todas las partes de vuestro yo físico y moral -ese yo que Dios os ha dado con una perfección de obra divina y que vosotros habéis degradado con la culpa del progenitor y con vuestras tendencias al mal, con vuestra voluntad mala-son instrumentos de los que os servís para cumplir el pecado.
Pero Yo he venido para cancelar los efectos del pecado con mi Sangre y mi dolor, lavando en ellos cada una de vuestras partes físicas y morales, para purificarlas y fortalecerlas contra las tendencias culpables.
Mis Manos fueron heridas y aprisionadas, después de haberse cansado llevando la Cruz, para reparar por todos los delitos cometidos con la mano del hombre. Desde los verdaderos actos de sujetar y usar un arma contra un hermano, haciéndoos así Caínes, hasta de robar o escribir acusaciones falsas o llevar a cabo actos contrarios al respeto de vuestro cuerpo o del cuerpo ajeno, o de estar ociosos en una holgazanería que es terreno propicio para vuestros vicios. Por las ilícitas libertades de vuestras manos, he dejado crucificar las mías, clavándolas al madero, privándolas de todo movimiento más que lícito y necesario.
Los Pies de vuestro Salvador, después de haberse fatigado y herido en las piedras de mi camino de Pasión, fueron traspasados, inmovilizados, para hacer reparación por todo el mal que vosotros hacéis con los pies, haciendo de ellos el medio para ir a vuestros delitos, hurtos, fornicaciones. He marcado las calles, las plazas, las casas, las escaleras de Jerusalén, para purificar todas las calles, las plazas, las escaleras, las casas de la tierra, de todo el mal que dentro y fuera de ellas había nacido, todo lo que había sido sembrado y sería sembrado, en los siglos pasados y en los futuros, por vuestra mala voluntad obediente a las instigaciones de Satanás.
Mi Carne se manchó, recibió contusiones y heridas, para castigar en mí todo el culto exagerado, la idolatría, que vosotros ofrecéis a esta carne y a la de quien amáis, por capricho sensual o incluso por afecto, que en sí no es reprobable, pero que lo hacéis reprobable al amar a un padre, a un cónyuge, a un hijo o a un hermano, más que a Dios.
No. Por encima de cualquier amor y vínculo terrenos está, debe estar, el amor al Señor Dios vuestro. Ninguno, ningún otro afecto de ser superior a éste. Amad a los vuestros en Dios, no por encima de Dios. Amad con todo vuestro ser a Dios. Ello no absorberá vuestro amor hasta el punto de haceros indiferentes para con los vuestros; antes al contrario, la perfección tomada de Dios -quien ama a Dios tiene en sí a Dios y, teniendo a Dios, tiene la Perfección-alimentará vuestro amor hacia ellos.
Yo hice de mi Carne una llaga para extraer de las vuestras el veneno de la sensualidad, del no pudor, del no respeto, de la ambición y admiración por la carne destinada a volver al polvo. No es dando culto a la carne como se lleva la carne a la belleza; antes bien, es con el desapego de ella con lo que se le da la Belleza eterna en el Cielo de Dios. Mi Cabeza fue torturada con mil torturas (golpes, sol, gritos, espinas) para hacer reparación por las culpas de vuestra mente. Soberbia, impaciencia, insoportabilidad, falta de aguante, pululan en vuestro cerebro como terreno fungífero. Yo hice de él un órgano torturado, cerrado dentro de un arca decorada con sangre, para hacer reparación por todo lo que brota de vuestro pensamiento.
Has visto la única corona que Yo he querido: una corona que sólo un loco o un torturado pueden llevar. Ninguno, que sea sano de mente (humanamente hablando) y que esté en posesión de su libertad, se impone. Pero a mí me consideraban loco, y loco, sobrenaturalmente, divinamente loco lo era, queriendo morir por vosotros -que no me amáis o que me amáis tan poco-, queriendo morir para vencer al Mal en vosotros, sabiendo que lo amáis más que a Dios. Y estuve a merced del hombre; y prisionero del hombre, condenado suyo. Yo, Dios, condenado por el hombre.
¡Cuántas impaciencias tenéis, por naderías; cuántas incompatibilidades, por bagatelas; cuántas exasperaciones, por simples malestares! Mirad a vuestro Salvador. Meditad en lo exasperante que debían ser esas punzadas continuas en nuevos sitios, esos enredos en los mechones del cabello, ese desplazamiento continuo sin posibilitar mover la cabeza, apoyarla, en ningún modo que no produjera tormento.
Pensad en lo que debieron significar para mi Cabeza torturada, dolorida, febril, los gritos de la muchedumbre, los golpes en la cabeza, el sol abrasador. Reflexionad en el dolor que debía tener en mi pobre cerebro, que había ido a la agonía del Viernes convertido ya por entero en un dolor por el esfuerzo sufrido durante la noche del Jueves; en mi pobre cerebro al que le subía la fiebre de todo el Cuerpo lacerado y de las intoxicaciones provocadas por las torturas.
Y, en la Cabeza, también los ojos tuvieron su parte, y la boca, y la nariz y la lengua. Para hacer reparación por vuestras miradas tan amantes de ver lo malo y tan olvidadas de buscar a Dios; para hacer reparación por las demasiadas y demasiado embusteras y sucias y lujuriosas palabras que decís en vez de usar los labios para orar, para enseñar, para confortar. Y recibieron su tortura la nariz y la lengua para hacer reparación por vuestra avidez gustativa y por vuestra sensualidad olfativa, por las cuales cometéis imperfecciones que son terreno para más graves culpas, y cometéis pecados con la avidez de alimentos superfluos sin tener piedad de los que tienen hambre, de alimentos que os podéis permitir, muchas veces recurriendo a medios ilícitos de ganancia.
Mis entrañas no quedaron exentas de sufrimiento. Ninguna de ellas. Sofocación y tos para los pulmones, los cuales, por la bárbara flagelación recibida, estaban contusos, y edemáticos por la postura en la cruz; congoja y dolor en el corazón, que había sido desplazado y estaba enfermo, por causa de la cruel flagelación, y del dolor moral que había precedido a ésta, por el esfuerzo de la subida bajo la pesada carga del madero y por la anemia consiguiente a toda la sangre que ya había vertido. El hígado congestionado, el bazo congestionado, los riñones contusos y congestionados.
Has visto la corona de moratones que estaba alrededor mis riñones. Vuestros científicos, para dar una prueba para vuestra incredulidad respecto a esa prueba de mis padecimientos que es la Sábana Santa (se conserva y venera en Turín: para los escritos valtortianos, es auténtica), explican que la sangre, el sudor cadavérico y la urea de un cuerpo ultrafatigado pudieron, mezclándose con los ungüentos, producir esa pintura natural de mi Cuerpo extinto y torturado.
Mejor sería creer sin tener necesidad de tantas pruebas para creer. Mejor sería decir: "Esto es obra de Dios" y bendecir a Dios, que os ha concedido disponer de la prueba irrefutable de mi Crucifixión y de las torturas que la precedieron.
Pero, dado que, ahora, no sabéis ya creer con la sencillez de los niños, sino que tenéis necesidad de pruebas científicas pobre fe vuestra que sin el apoyo y el acicate de la ciencia no sabe mantenerse en pie y caminar-, sabed que las atroces contusiones de mis riñones fueron el agente químico más potente en el milagro de la Sábana Santa. Mis riñones, casi rotos por los azotes, ya no pudieron trabajar.
Como los de los que han ardido en una llamarada, no fueron capaces de filtrar, y la urea se acumuló y se esparció en mi sangre, en cuerpo, produciendo los sufrimientos de la intoxicación urémica y el reactivo que, rezumando de mi cadáver, fijó la imagen en la tela. Pero los que de entre vosotros son médicos, o los que de entre vosotros están enfermos de uremia, pueden comprender qué sufrimientos debieron producirme las toxinas urémicas, tan abundantes como para ser capaces de producir una huella indeleble.
La sed. ¡Qué tortura, la sed! Y, a pesar de todo, ya has visto que no hubo ni siquiera uno, de entre tantos, que supiera en aquellas horas darme una gota de agua. Desde después de la Cena, no tuve ninguna confortación. Y la fiebre, el sol, el calor, el polvo, el desangramiento, producían mucha sed a vuestro Salvador.
Has visto que rechacé el vino mirrado. No quería atenuaciones de mi sufrimiento. Cuando nos hemos ofrecido como víctimas, tenemos que serlo sin transacciones piadosas, sin arreglos, sin atenuaciones. Es necesario beber el cáliz como se nos da. Saborear el vinagre y la hiel, hasta la hez. No el vino con añadido de drogas que produce una mitigación del dolor.
¡Oh, muy severo es el sino victimal! ¡Pero, bienaventurado el que lo elige como suyo!
Esto respecto al sufrimiento de tu Jesús en su Cuerpo inocente. Y no te hablo de las torturas de mi sentimiento hacia mi Madre y hacia su dolor. Se requería ese dolor. Pero para mí fue la congoja más cruel. ¡Sólo el Padre sabe lo que sufrió su Verbo en el espíritu, en lo moral y en lo físico! Y la presencia de mi Madre, aunque fue la cosa más deseada por mi corazón, que tenía necesidad de esa confortación en la soledad infinita que lo rodeaba, infinita, soledad procedente de Dios y de los hombres, fue tortura.
Ella debía estar allí, ángel de carne, para impedir el asalto de la desesperación, de la misma forma que el ángel espiritual la había impedido en el Getsemaní; debía estar allí para unir mi Dolor con el suyo para vuestra Redención; debía estar allí para recibir la investidura de Madre del género humano. Pero verla morir a cada uno de mis estremecimientos fue mi mayor dolor. Ni siquiera la traición, ni siquiera el saber que mi Sacrificio sería inútil para muchos – esos dos dolores que pocas horas antes me habían parecido tan grandes que me habían hecho sudar sangre-, eran comparables a éste.
Pero tú has visto lo grande que fue María en aquella hora. La congoja no le impidió ser mucho más fuerte que Judit. Ésta mató (Judit 13). María se dejó matar a través de su Hijo. Y ni imprecó ni odió. Oró, amó, obedeció. Siempre Madre, hasta el punto de pensar, en medio esas torturas, que su Jesús tenía necesidad de su velo virginal para cubrir sus carnes inocentes, para defensa de su pudor, supo al mismo tiempo ser Hija del Padre de los Cielos y obedecer a la tremenda voluntad del Padre en
aquella hora. No imprecó, no se rebeló; ni contra Dios ni contra los hombres: a éstos los perdonó; a Aquél le dijo “Fiat”. También después la has oído: "¡Padre, te amo, y Tú nos has amado!". Recuerda y proclama que Dios la ha amado y le renueva su acto de amor. ¡En aquella hora! Después de que el Padre la había traspasado y privado de su razón de ser. Lo ama.
No dice: "Ya no te amo por haber descargado tu mano sobre mí". Lo ama. Y no se aflige por el propio dolor, sino por el que sufre su Hijo. No grita por el propio corazón quebrantado, sino por mi corazón traspasado. De esto pide razón al Padre, no del propio dolor. Pide razón al Padre en nombre del Hijo de ambos.
Ella es auténticamente la Esposa de Dios. Ella es auténticamente la que concibió por unión con Dios. Sabe que a su Hijo no lo engendró un contacto humano, sino que fue solamente Fuego que descendió del Cielo para entrar en su seno inmaculado y depositar en él el Germen divino, la Carne del Hombre-Dios, del Dios-Hombre, del Redentor del mundo. Ella lo sabe, y como Esposa y Madre pide razón de esa herida. Las otras debían producirse. Pero ésta, cuando todo estaba cumplido, ¿por qué?
¡Pobre Mamá! Hubo un porqué que tu dolor no te ha permitido leer en mi herida. Y ese porqué fue el que los hombres vieran el Corazón de Dios. Tú lo has visto, María. Y no lo olvidarás nunca.
Pero ya ves que María, a pesar de no ver en ese momento las razones sobrenaturales de esa herida, enseguida piensa que no me ha hecho daño, y por ella bendice a Dios. No se preocupa del mucho daño que esa herida le haya hecho a Ella; no me ha hecho daño a mí, y eso le basta y le sirve para bendecir a Dios, a ese Dios que la inmola. Lo único que pide es un poco de confortación para no morir. Es necesaria para la naciente Iglesia de la que ha sido creada Madre pocas horas antes.
La Iglesia, como un recién nacido, necesita cuidado y leche maternos. María dará esto a la Iglesia sosteniendo a los apóstoles, hablándoles del Salvador, orando por la Iglesia. ¿Pero cómo podría hacerlo si expirara esa noche? La Iglesia, a la que le quedan pocos días para estar ya sin quien es su Cabeza, se quedaría huérfana del todo si además expirara la Madre. Y la suerte de los recién nacidos huérfanos es siempre precaria.
Dios nunca defrauda una justa oración y conforta a los hijos suyos que en Él esperan. María lo experimenta en el consuelo de la Verónica. Ella, la pobre Mamá, había imprimido en sus ojos la efigie de mi Rostro apagado. No podía resistir verlo. No es su Jesús ese Jesús envejecido, hinchado, con esos ojos cerrados que ya no la miran, con esa boca torcida que ni le habla ni le sonríe. El de la Verónica es un rostro de Jesús vivo; doliente, herido, pero todavía vivo. Su mirada la mira, su boca parece decirle: "¡Mamá!". Su sonrisa la saluda todavía.
¡Oh, María! Busca a Jesús en tu dolor. Él vendrá siempre y te mirará, te llamará, te sonreirá. Compartiremos el dolor, ¡pero estaremos unidos!
Juan, oh pequeño Juan, compartió con María y Jesús el dolor. Sé siempre como Juan. También en esto. Ya te lo he dicho: "No serás grande por las contemplaciones y los dictados -esto es mío-, sino por tu amor; y el amor más alto está en compartir el dolor". Esto proporciona la manera de intuir hasta los más pequeños deseos de Dios y hacerlos realidad a pesar de todos los obstáculos.
Mira con qué viva y delicada sensibilidad Juan actúa desde la noche del Jueves hasta la del Viernes. Y pasada esa noche. Pero, observémoslo en aquellas horas.
Un momento de desconcierto. Una hora de pesantez. Pero, una vez superado el sueño con la agitación de la captura, y esa agitación con el amor, viene, trayéndose tras sí a Pedro, para que el Maestro sienta confortación al ver a la Cabeza de los apóstoles y al Predilecto de entre los Apóstoles.
Y luego piensa en la Madre, a quien algún cruel puede gritar que su Hijo ha sido capturado. Y va donde Ella. No sabe que María ya vive la congoja del Hijo y que, mientras los apóstoles dormían, Ella velaba y oraba, agonizando con su Hijo. Él no lo sabe. Y va donde Ella y la prepara para la noticia.
Y luego hace de enlace entre la casa de Caifás y el Pretorio, entre la casa de Caifás y el palacio de Herodes, y otra vez va de la casa de Caifás al Pretorio. Hacer eso esa mañana, cruzando por entre la muchedumbre ebria de odio, con un atuendo que lo delata como galileo, no es una cosa cómoda. Pero el amor lo sostiene, y Juan no piensa en sí mismo, sino en los dolores de Jesús y de la Madre. Podría ser apedreado por ser seguidor del Nazareno. No importa. Desafía todo. Los otros han huido, están escondidos: la prudencia y el miedo los guían. A él lo guía el amor, y se queda y se muestra. Es un hombre puro. El amor prospera en la pureza.
Y si su piedad y su buen sentido de lugareño lo inducen a mantener a María alejada de la multitud y del Pretorio -no sabe que María participa de todas las torturas de su Hijo padeciéndolas espiritualmente-, cuando juzga que ha llegado la hora en que Jesús necesita a su Madre y que no es lícito tener más tiempo a la Madre separada del Hijo, la lleva a Él, la sostiene, la defiende.
¿Qué es ese puñado de personas fieles (un hombre solo, indefenso, joven, sin autoridad, a la cabeza de unas pocas mujeres) contra toda una muchedumbre embrutecida? Nada. Un montoncito de hojas que el viento puede desparramar. Una barquichuela en un océano borrascoso que puede sumergirla. No importa. El amor es su fuerza y su vela. Éste es su arma, y con éste protege a la Mujer y a las mujeres hasta el final.
Juan poseyó el amor de compasión como nadie más en el mundo, excepción hecha de mi Madre. Juan es el príncipe de los que aman con este amor. Es tu maestro en esto. Sigue el ejemplo que te da de pureza y caridad, y serás grande.
Y, dado que preveo las observaciones de los demasiados Tomases (incrédulos) y de los demasiados escribas de ahora sobre una frase de este dictado, que parece contrastar con el sorbo de agua ofrecido por Longinos… -¡oh, cómo gozarían los negadores de lo sobrenatural, los racionalistas de la perfección al revés, si pudieran encontrar una fisura en el magnífico complejo de esta obra de bondad divina y sacrificio tuyo, pequeño Juan, para poder, haciendo palanca en esa fisura con el pico de su mortífero racionalismo, provocar el derrumbamiento de todo!-previniendo a éstos, digo y explico.
Aquel pobre sorbo de agua -una gota en el incendio de la fiebre y en la sequedad de las venas vaciadas-tomado por amor a un alma a la que había que persuadir de amor para llevarla a la Verdad, tomado con suma fatiga en medio del jadeo agudo que me estrangulaba la respiración y obstaculizaba la deglución -tan quebrantado estaba por los atroces azotes-no proporcionó más alivio que el sobrenatural.
Desde el punto de vista de la carne no fue nada, por no decir un tormento… Ríos habrían sido necesarios para mi sed de entonces… Y no podía beber por el jadeo del dolor precordial. Y tú sabes lo que es este dolor… Ríos habrían sido necesarios después… y no me fueron dados. Y tampoco hubiera podido aceptarlos por el sofoco cada vez más fuerte. ¡Pero cuánto alivio habrían procurado a mi Corazón si me hubieran sido ofrecidos! Era de amor de lo que moría. De amor no dado. La piedad es amor. Y en Israel no hubo piedad.
Cuando contempláis, vosotros los buenos, o analizáis, vosotros los escépticos, aquel "sorbo", dadle su justo nombre: "piedad", no bebida. Puede, por tanto, decirse, sin incurrir por ello en falsedad, que "desde la Cena no recibí alivio". De toda la masa que me circundaba, no hubo ni uno que me procurase alivio, considerando que el vino drogado no quise sorberlo. Recibí vinagre y burlas. Recibí traiciones y golpes. Eso es lo que recibí. Nada más.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 6
María, ayudada de las mujeres, que lloran, vuelve en sí, y llora; su única fuerza consiste en llorar y llorar. Parece, verdaderamente como si su vida, hubiera de pasar y consumirse toda con ese llanto.
Quieren ofrecerle algo que le devuelva las fuerzas: Marta le ofrece un poco de vino; la dueña de la casa quisiera que tomara al menos un poco de miel; María de Alfeo, de rodillas delante de Ella, le ofrece una taza de leche tibia, diciendo:
-Yo misma la he ordeñado, de la cabrita de la pequeña Raquel (será una hija de estos que están en casa de Lázaro, no sé si como inquilinos o como guardas). Pero María no quiere nada. Llorar, sólo llorar; y pedir y oír la promesa de que serán buscados apóstoles y discípulos, que serán buscadas lanza y vestiduras, y que, cuando sea de día -dado que ahora, de ninguna manera, quieren dejarla entrar-la dejarán entrar en la habitación del Cenáculo.
-Sí. Si estás un poco tranquila, si descansas un poco, te llevaré a esa habitación -dice la cuñada -Nosotras dos entraremos y, de rodillas, buscaré para ti cualquier señal de Jesús… -dice María de Alfeo con un sollozo.
-Fíjate. Aquí tienes la copa y el pan que Jesús partió usado por Él para la Eucaristía. ¿Qué recuerdo más santo que este? ¿Ves? Juan te los ha traído ya desde esta mañana, para que los vieras esta noche… Pobre Juan que está allí llorando, y con miedo… -¿Miedo? ¿Por qué? Ven, Juan.
Juan sale de la sombra (es que esta pequeña habitación hay sólo una lamparilla, colocada encima de la mesa, junto a los objetos de la Pasión). Se arrodilla a los pies de María, la cual lo acaricia y le pregunta:
-¿Por qué tienes miedo?
Y Juan, besándole las manos y llorando:
-Porque tú estás mal. Tienes fiebre y jadeas… Y no te tranquilizas. Y si sigues así, morirás como ha muerto Él…
-¡Ah, si fuera verdad!
-¡No, Madre! ¡Mamá! ¡Es más dulce decir "Mamá"! Como a la mía. Deja que te llame así… Pero, de la misma manera que no encuentro diferencia entre mi madre y tú -es más: te quiero más que a ella porque eres la Madre que Él me ha dado y eres su Madre-, tú no hagas demasiada diferencia entre el Hijo que ha nacido de ti y el que te ha sido dado… Y ámame un poco como lo amas a Él… ¿Si fuera Él el que te dijera: "Tengo miedo de que mueras" responderías: “¡Ah!, si fuera verdad"? No. No lo lo dirías. Es más, te dolería marcharte y dejarlo a Él, a tu Cordero, en un mundo de lobos… ¿Y no te apenas por mí?… Soy mucho más cordero que Él: no por bondad y pureza, sino por ingenuidad y miedo. Si me faltas, el pobre Juan será despedazado por los lobos sin haber sabido dar un balido que hable de su Maestro… ¿Quieres que muera así, sin haberle servido? ¿Atolondrado en la muerte como en la vida? No, ¿verdad? Entonces, Mamá, trata de tranquilizarte… Por Él… ¡Oh! ¿No dices que resucita?
Sí, lo dices y es verdad. ¿Y entonces quieres que cuando resucite encuentre sin ti la casa? Porque seguro que vendrá aquí… ¡Pobre, pobre Jesús, si en vez de tu grito de amor oyera los nuestros de pésame; si en vez de encontrar tu pecho en el que reclinar su cabeza martirizada y gloriosa encontrara el cierre de tu sepulcro!… Debes vivir. Para saludarlo cuando vuelva… no digo "a nuestro amor" –nosotros merecemos todos los reproches, por la manera como hemos obrado-digo "a tu amor". ¿Qué será este encuentro? ¿Y Él, qué aspecto tendrá? Madre de la Sabiduría, Mamá del ignorantísimo Juan, tú que lo sabes todo, dinos qué aspecto tendrá cuando aparezca resucitado.
-Lázaro tenía las heridas cerradas de las piernas; pero se veían las señales. Y apareció envuelto en vendas llenas de podre -dice Marta.
-Tuvimos que lavarlo y lavarlo… -añade María.
-Y estaba débil y tuvimos que reconfortarlo, por orden suya -termina Marta.
-El hijo de la viuda de Naím estaba como ofuscado y parecía un niño incapaz de andar y hablar con soltura; tanto fue así, que Él se lo devolvió a la madre para que le enseñara a usar de nuevo de las cosas buenas de la vida. Y a la hijita de Jairo Él mismo la guió en sus primeros pasos… -dice Juan.
-Pienso que mi Señor nos enviará a un ángel a decirnos: "Venid con una túnica limpia". Y mi amor la ha preparado ya. Está en el palacio. No la he podido hilar yo, pero se la di a hilar a mi nodriza, que ahora vive tranquila respecto a mi futuro, y no llora ya. Tomé el más precioso lino. Plautina me proporcionó la púrpura y Noemí tejió su orla. Yo hice el cinturón, la bolsa y el taled, bordándolos de noche para que no me vieran. He aprendido de ti, Madre. No es perfecto, pero recibe la hermosura, más que de las perlas que componen su Nombre en el cinturón y en la bolsa, de mi llanto de amor y de mis besos: cada puntada es un latido de devoción por Él. Le llevaré esa túnica Lo permites, ¿no?
-¡Oh!… No creía que le fueran a privar de su túnica… No estoy habituada a los usos del mundo y a su crueldad…
Creía conocerlos ya… (y las lágrimas ruedan de nuevo por las mejillas céreas) pero me doy cuenta de que todavía no sabía nada… Y pensaba: "Tendrá también después la túnica de su Madre". ¡Le gustaba tanto…! Él la había querido así. Y me lo había dicho mucho tiempo antes: "Harás una túnica así y así. Me la llevarás para la Pascua… Porque Jerusalén me debe ver vestido con purpúrea túnica de rey…". ¡Oh, esa lana, más cándida que la nieve, mientras la hilaba se volvía roja ante los ojos de Dios y los míos, porque mi corazón recibió una nueva herida por aquellas palabras… Las otras, después de años o meses, habían dejado de rezumar sangre, aunque no se hubieran cerrado.
¡Pero ésta…! Todos los días, cada hora que pasaba, me removía la espada el corazón: "¡Un día menos! ¡Una hora menos! ¡Y luego morirá!". ¡Oh!… Y el hilado en el huso o en el telar se me volvía rojo… Se ha materializado luego en el color, por causa del mundo… Pero ya era rojo…
María llora de nuevo.
Tratan de consolarla hablándole de la Resurrección. Pregunta Susana:
-¿Qué dices tú respecto al aspecto que tendrá de resucitado? ¿Y cómo resucitará?
Y Ella, confusa, cegada en estos momentos de martirio redentor, responde:
-No sé… Ya no sé nada… ¡Sólo sé que Él ha muerto!…
Rompe otra vez a llorar, violentamente, y besa el velo que cubría las caderas de su Hijo, y lo aprieta contra su corazón y lo acuna como si de un niño se tratara…
Y toca los clavos, las espinas, la esponja, y grita:
-¡Esto! ¡Esto es lo que ha sabido darte tu Patria! ¡Hierro, espinas, vinagre y hiel! ¡Insultos, insultos, insultos! Y, de entre todos los hijos de Israel, hubo que elegir a uno de Cirene para llevarte la cruz. Ese hombre para mí es sagrado como un esposo. Y si supiera de otro que haya socorrido a mi Niño, le besaría los pies. ¿Pero es que ninguno tuvo compasión? ¡Salid! ¡Marchaos! ¡Veros a vosotros también me causa dolor! Porque entre todos, entre todos, no habéis sabido obtener ni siquiera una tortura menos cruel. ¡Siervos inútiles y pasivos de vuestro Rey: salid!
Con esta reacción, su aspecto es terrible: erguida, rígida, parece hasta más alta; los ojos, imperiosos; el brazo extendido y señalando a la puerta: ordena como una reina en su trono.
Salen todos sin reaccionar para no intranquilizarla más, y se sientan fuera de la puerta, que queda cerrada. Escuchan sus gemidos y cualquier otro ruido que haga. Pero, después del ruido de correr la silla, y de sus rodillas contra el suelo -porque se arrodilla y apoya la cabeza en la mesa en que están los objetos de la Pasión-ya no oyen sino su llanto, sin pausas y sin consuelo.
Ella susurra (pero tan bajo, que los de fuera no pueden oírlo):
-¡Padre, Padre, perdón! Me vuelvo soberbia y mala. Pero, ya lo ves, es verdad lo que digo. Había masas de gente en torno a Él. Toda Palestina está, en estas fiestas, dentro de las murallas santas… ¿Santas? No. Ya no son santas…
Hubieran seguido siéndolo si Él hubiera expirado dentro de ellas. Pero Jerusalén lo ha expulsado como a la regurgitación que produce náusea. Por tanto, en Jerusalén está presente sólo el Delito… Y de todo este pueblo que iba tras Él, ni siquiera ha podido reunirse un puñado de gente que se impusiera, no digo ya para salvarlo -debía morir para redimir-, pero sí para que muriera sin tantas torturas. Se han mantenido en la sombra o incluso han huido… Mi corazón se rebela frente a tanta vileza. Soy la Madre. Por esto, perdona mi pecado de dureza soberbia… -y llora…
… Afuera los otros están en ascuas, por muchos motivos. Regresa el dueño de la casa, que había salido a curiosear, y trae noticias terribles. Se dice que muchos han muerto en el terremoto, muchos han resultado heridos en refriegas entre los seguidores del Nazareno y los judíos; muchos han sido arrestados; y se dice que habrá nuevas ejecuciones por alborotos y amenazas a Roma; se dice que Pilato ha ordenado la detención de todos los seguidores del Nazareno y de los jefes del Sanedrín presentes en la ciudad o que hayan huido por Palestina; que Juana está agonizando en su palacio; que Manahén ha sido detenido por Herodes por haberle echado en cara en plena Corte el haber sido cómplice del Deicidio. En fin, un montón de noticias catastróficas…
Las mujeres gimen. No tanto por miedo por ellas mismas, cuanto por sus hijos y maridos. Susana piensa en su esposo, conocido como uno de los seguidores de Jesús en Galilea. María de Zebedeo piensa en su marido, que se hospeda en casa de un amigo, y en su hijo Santiago, del que no tiene noticias desde la noche anterior. Y Marta solloza diciendo:
-¡Habrán ido ya a Betania! ¿Quién no sabía quién era Lázaro para el Maestro?
-Pero a él lo protege Roma -replica María Salomé.
-¿Protegido? A saber, con el odio que nos tienen los jefes de Israel qué acusaciones esgrimirán contra él ante Pilato… ¡Oh, Dios!
Marta se lleva las manos a la cabeza y grita:
-¡Las armas! ¡Las armas! ¡La casa está llena de armas.., y también el palacio! ¡Lo sé! Esta mañana, al amanecer, ha venido Leví, el guarda, y me ha puesto al corriente…
¡Pero sí tú también lo sabes! Y se lo dijiste a los judíos en el Calvario… ¡Necia! ¡Has puesto en las manos de esos crueles el arma para matar a Lázaro!…
-Se lo dije, sí. Dije la verdad sin saberlo. ¡Pero… calla, gallina asustada! Lo que dije es la garantía más segura para Lázaro. ¡Pondrán mucho cuidado en no aventurarse a buscar donde saben que hay gente armada!
¡Son cobardes!
-Los judíos, sí; los romanos, no.
-No temo a Roma. Sus disposiciones son justas y medidas.
-María tiene razón -dice Juan -Longinos me dijo: "Espero que no os molesten. Pero, si lo hicieran, ven, o manda a alguien al Pretorio. Pilatos es benévolo con los seguidores del Nazareno. Era benigno también con Él. Os defenderemos".
-Pero, ¿si los judíos actúan por su cuenta? ¡Ayer noche fueron los capturadores de Jesús! Y, si dicen que somos profanadores, tiene derecho a prendernos. ¡Oh, mis hijos!
¡Tengo cuatro! ¿Dónde estarán José y Simón? Estaban en el Calvario y luego bajaron cuando Juana ya no resistía más.
Por ayudar y defender a las mujeres. Ellos, los pastores, Alfeo… ¡todos! ¡Oh, seguro que ya los han matado! ¿Has oído que Juana está agonizando? Está claro que es por herida. Y ellos, antes de que pudiera la plebe agredir a una mujer, la habrán defendido, ¡y habrán muerto!… ¿Y Judas y Santiago? ¡Mi pequeño Judas! ¡Mi tesoro! ¿Y Santiago, dulce como una muchacha? ¡Oh, ya no tengo hijos! ¡Soy como la madre de los jóvenes Macabeos!… (cuyo sacrificio está narrado en 2 Macabeos 7)
Lloran todas desesperadamente. Todas menos la dueña de la casa que ha ido a buscar un escondite para su marido; y María Magdalena, que no llora. Ésta arroja fuego por los ojos, adquiriendo de nuevo esa sobrepujanza que tenía en otros tiempos. No habla, pero asaetea con su mirada a sus compañeras abatidas. Y en sus ojos bulle un epíteto muy claro: « ¡Pusilánimes!».
Pasa así un rato… De vez en cuando alguien se levanta, abre despacio la puerta, da una ojeada, vuelve a cerrar.
-¿Qué hace? -preguntan los otros.
Y la persona que ha mirado responde:
-Sigue de rodillas. Ora.
O: -Parece como si hablara con alguien. O también: -Se ha levantado y gesticula, caminando a un lado y a otro de la habitación. Lamento de la Virgen: -¡Jesús! Jesús! ¡Jesús! ¿Dónde estás? ¿Me oyes todavía? ¡Oyes a tu pobre Mamá que grita, ahora, tu Nombre, después de haberlo llevado en el corazón durante tantas horas? Tu Nombre santo y bendito, que ha sido mi amor, el amor de mis labios, que sentían sabor de miel diciendo tu Nombre; de mis labios que ahora, por el contrario, diciéndolo parecen beber el amargor que te quedó en los labios, el amargor de la atroz mixtura.
Tu Nombre, amor de mi corazón que se henchía de alegría cuando lo pronunciaba, de igual manera que se había dilatado para transvasar su sangre y acogerte y vestirte con ella, cuando bajaste a mí desde el Cielo, tan pequeño, tan minúsculo, que habrías podido posarte en el cáliz de la menta silvestre; Tú, tan grande, Tú, el Poderoso, anonadado en una semilla de hombre por la salvación del mundo. Tu Nombre, dolor de mi corazón ahora que te han privado de las caricias de tu Madre para arrojarte en las manos de los verdugos, que te han torturado hasta darte muerte.
Tengo el corazón triturado por este Nombre tuyo que he tenido que cerrar dentro de mí durante tantas horas y cuyo grito crecía en la medida en que crecía tu dolor, hasta quedar hecho trizas como algo que hubiera sido pisoteado por el pie de un gigante: ¡sí, que mi dolor es gigantesco y me aplasta, me tritura y no hay nada que pueda aliviarlo! ¿A quién le digo tu Nombre? Nada responde a mi grito. Aunque gritara hasta quebrantar la piedra que cierra tu sepulcro no lo oirías, porque estás muerto. ¿No oyes ya a tu Mamá?
¡Cuántas veces te habré llamado, Hijo, en estos treinta y cuatro años! (no porque Jesús haya vivido 34 años sino porque María considera también los 9 meses de gestación) Desde que supe que iba a ser Madre y que mí pequeñuelo había de llamarse “Jesús”. Aún no habías nacido y yo ya, acariciando mi vientre, donde te ibas desarrollando, te llamaba suavemente "¡Jesús!", y¡Jesús!", y me parecía sentirte mover para decirme: "¡Mamá!".
Te daba ya una voz, ya soñaba tu voz; la oía antes de que existiera. Y cuando la oí, débil como la de un corderito recién nacido, temblar en la noche fría en que naciste, conocí las profundidades de la alegría… y creía haber conocido el abismo del dolor, porque era el llanto de mi Criatura que tenía frío, que sentía incomodidades, que lloraba su primer llanto de Redentor y yo no tenía ni fuego ni cuna, y no podía sufrir en tu lugar, Jesús; no tenía sino mi pecho como fuego, y almohada, y mi amor para adorarte, Hijo mío santo.
Creía haber conocido el abismo del dolor… Era el amanecer de aquel dolor, era el borde de aquel dolor. Ahora es el mediodía, ahora es el fondo. Éste es el abismo, este que toco ahora, después de haber descendido en estos treinta y cuatro años empujada por muchas cosas, y postrada hoy en el fondo horrendo por tu cruz.
Cuando eras pequeño te acunaba cantando: "¡Jesús! ¡Jesús" ¿Qué armonía será más hermosa y santa que este Nombre que hace sonreír a los ángeles en el Cielo? Para mí tu Nombre era más hermoso que el canto -¡tan dulce!-de los ángeles en la noche de tu Nacimiento, y dentro de él veía el Cielo; todo el Cielo yo veía a través de este Nombre. Pero ahora, diciéndotelo a ti que has muerto y no me oyes ni me respondes, como si nunca hubieras existido, veo el Infierno, todo el Infierno. Ahora comprendo lo que significa ser réprobo; es no poder ya decir: "¡Jesús!". ¡Horror! ¡Horror! ¡Horror!…
¿Cuánto durará este infierno para tu Mamá? Dijiste: "Después de tres días reedificaré este Templo". Hasta hoy me repito a mí misma estas palabras tuyas, para no caer muerta, para estar preparada para saludarte a tu regreso, para seguir sirviéndote… Pero ¿cómo resistiré el saberte muerto durante tres días? ¿Tres días en la muerte Tú, Vida mía?
¡Cómo! Tú que lo sabes todo, porque eres la Sabiduría infinita, ¿no conoces el dolor agudísimo de tu Madre? ¿No puedes imaginártelo recordando cuando te perdí en Jerusalén y Tú me viste abrirme paso entre la gente que estaba alrededor de ti, con un rostro de náufraga que tocase la playa después de dura lucha con las olas y la muerte; con el rostro de una que saliera de una tortura, derrengada, desangrada, envejecida, quebrantada? Y en aquella ocasión podía pensar que sólo te hubieras perdido, podía autoconvencerme de que sólo te hubieras perdido.
Hoy no. Hoy no. Hoy sé que estás muerto. No es posible crear una ilusión. He visto que te daban muerte. Mira: aunque el dolor me hiciera perder la memoria, aquí está tu Sangre, en mi velo, diciéndome: "¡Ha muerto! ¡No le queda más sangre! ¡Ésta fue la última, brotada de su Corazón!". ¡De su Corazón! Del corazón de mi Niño. ¡De mi Hijo! ¡De mi Jesús! ¡Oh, Dios, Dios compasivo, no dejes que recuerde que le abrieron el Corazón!…
Jesús, no puedo estar aquí sola mientras Tú estás solo allí. Yo, que nunca he amado los caminos del mundo ni las multitudes, y que -Tú lo sabes-desde que dejaste Nazaret, te seguí cada vez más frecuentemente, para no vivir lejos de ti. No podía vivir lejos de ti. Hice frente a curiosidades y a burlas -no cuento las fatigas, porque se anulaban al verte-, con tal de vivir donde Tú estabas. Y ahora estoy aquí sola. ¡Y Tú estás allí solo! ¿Por qué no me han dejado en tu sepulcro? Me habría sentado al lado de tu helado lecho, teniendo la mano tuya entre las mías para que sintieras que estaba a tu lado… No: para sentir que estabas a mi lado. Tú ya no sientes nada. ¡Estás muerto!
¡Cuántas veces pasé las noches junto a tu cuna, orando, amando, regocijándome en ti! ¿Quieres que te diga cómo dormías, con los puñitos cerrados como dos botones de flor junto a la carita santa? ¿Quieres que te diga cómo sonreías durante el sueño y -sin duda, acordándote de la leche de tu Mamá-cómo, durmiendo, hacías el gesto de succionar? ¿Quieres que te diga cómo te despertabas y abrías los ojitos y reías viéndome inclinada sobre tu cara y tendías las manitas con alegría impaciente para que te tomara en brazos y, con un gritito dulce como el trino de una curruca, reclamabas tu alimento? ¡Oh, sí me sentía dichosa cuando aferrabas mi seno y sentía el calor liso de tu mejilla, la caricia de tus manitas, en mi pecho!
No sabías estar sin tu Mamá. ¡Y ahora estás solo! Perdóname, Hijo, el haberte dejado solo; el no haberme rebelado por primera vez en mí vida decidiendo quedarme allí. Era mí sitio. Me habría sentido menos desolada, si hubiera estado al lado de tu fúnebre lecho, colocándote y cambiando, como en el pasado, las vendas… Aunque no hubieses podido sonreírme ni hablarme, a mí me habría parecido tenerte de nuevo como cuando eras pequeño. Te habría acogido en mi corazón, para evitarte sentir el frío de la piedra, la dureza del mármol. ¿No te he tenido también hoy? El regazo de una madre siempre es capaz de acoger a su hijo, aunque sea ya un hombre. El hijo es siempre un niño para su madre, aunque haya sido bajado de una cruz y esté cubierto de llagas y de heridas.
"¡Cuántas! ¡Cuántas heridas! ¡Cuánto dolor! ¡Oh, mi Jesús, mi Jesús tan herido! ¡Herido de esa manera! ¡Matado de esa manen No. No. ¡Señor, no! ¡No puede ser verdad! ¡Estoy loca! ¿Jesús muerto? Estoy delirando. ¡Jesús no puede morir! Sufrir, sí; morir, no. ¡Él es la Vida! Él es Hijo de Dios. Es Dios. Dios no muere.
¿No muere? ¿Y entonces por qué se ha llamado Jesús? ¿Qué quiere decir “Jesús”? Quiere decir… ¡Oh, quiere decir:
"Salvador"!
Ha muerto. Ha muerto porque es el Salvador. Ha tenido que salvar a todos perdiéndose a sí mismo… No estoy delirando, no. No estoy loca. No. ¡Ojalá lo estuviera! ¡Sufriría menos! Él está muerto. Aquí está su Sangre; aquí, su corona, y los tres clavos. ¡Con éstos, con éstos me lo han traspasado!
¡Hombres, mirad con qué habéis traspasado a Dios, a mi Hijo! Y debo perdonaros. Y debo amaros. Porque Él os ha perdonado. ¡Por qué Él me ha dicho que os ame! Me ha hecho Madre vuestra. ¡Madre de los asesinos de mi Hijo! Una de sus últimas palabras, luchando contra el estertor de la agonía… "Madre, he ahí a tu hijo… a tus hijos". Aunque yo no fuera "la que obedece", hoy habría debido obedecer, porque era el imperativo de un moribundo.
Sí, Jesús, yo perdono, yo los amo. ¡Ah, se me parte el corazón en este perdón, en este amor! ¿Me oyes? ¿Oyes que los perdono y los amo? Ruego por ellos. Sí: ruego por ellos… Cierro los ojos para no ver estos objetos de tu tortura, para poder perdonarlos, para poder amarlos, para poder orar por ellos. Cada uno de estos clavos sirve para crucificar el movimiento mío de no perdonar, de no amar, de no orar por tus verdugos.
Debo, quiero pensar que estoy al pie de tu cuna. Oraba también en aquellos momentos por los hombres. Pero en aquellos momentos era fácil. Tú estabas vivo, y yo, por muy crueles que viera a los hombres, no llegaba nunca a pensar que pudieran serlo tanto contigo que los habías favorecido sin medida. Oraba convencida de que tu Palabra los haría buenos. En mi corazón, mirándolos, les decía:
Ahora sois malos, estáis enfermos, hermanos. Pero dentro de poco hablará, dentro de poco vencerá a Satanás en vosotros, y os dará ida que habíais perdido". ¡La vida perdida! Tú, Tú has perdido la vida por ellos. ¡Jesús mío!
Si hubiera visto el horror de este día cuando todavía estabas en pañales, mi leche dulce se habría transformado en veneno a causa del dolor. Simeón lo dijo:
"Una espada te traspasará el corazón". ¿Una espada? ¡Un sinfín de espadas! ¿Cuántas heridas te han abierto Hijo? ¿Cuántos gemidos te han brotado? ¿Cuántos dolores agudísimos? ¿Cuántas gotas de sangre has derramado? Pues cada uno de estos es una espada en mí. Soy una selva de espadas. En ti no hay trozo de piel que no esté llagado, en mí no lo hay que no esté traspasado; traspasan mis carnes y penetran en el corazón.
Esperando tu nacimiento, te preparaba fajos y pañales, hilando el hilo más suave de la Tierra. No tenía en cuenta su precio, con tal disponer de la hebra más lisa. ¡Qué lindo estabas envuelto en los fajos hechos por tu Mamá! Todos me decían:
"¡Es hermoso tu Niño, Mujer!” ¡Eras hermoso! Asomaba tu carita rosada bajo el blancor del lino. Tenías dos ojitos más azules que el cielo, y la cabecita parecía -de tan rubio y esponjoso como tenías el pelito-envuelto en una niebla de oro; tenían tus cabellos sabor a flor de almendro recién abierta. Creían que te perfumaba. No. Mi tesoro tenía sólo el perfume de los fajos lavados por su Mamá, calentados en su corazón, besados con sus labios. Nunca me sentía cansada de trabajar para ti…
¿Y ahora? Ya no tengo nada que hacer para ti. Hacía tres años que estabas lejos de casa, pero seguías siendo el objeto de mis días. Pensar en ti, en tu ropa, en tu comida: amasar la harina y hacer pan, cuidar las abejas para darte la miel, tener cuidado de los árboles para que te dieran fruta. ¡Cómo amabas las cosas que te llevaba tu Madre! Ninguna comida de rica mesa, ningún indumento de tela preciosa, eran para ti como estas cosas tejidas, cosidas, cuidadas, recogidas por las manos de tu Madre.
Cuando iba a donde Tú estabas, mirabas enseguida mis manos, como cuando eras pequeño y yo y José te dábamos modestos regalos para que sintieras que eras "nuestro" Rey. Nunca fuiste antojadizo, Niño mío. Lo que buscabas era el amor, que era tu alimento, y lo encontrabas en nuestras atenciones a ti. Ahora también hallabas, buscabas, lo mismo, ¡pobre Hijo mío tan poco amado del mundo!
Ahora ya nada. Todo está cumplido. Ya nada hará por ti tu Mamá. No necesitas ya nada… Ahora estás solo… Y yo estoy sola… ¡Oh, dichoso José, que no ha vivido este día! ¡Ojalá no hubiera estado yo tampoco ya en este mundo! Pero en ese caso no habrías tenido ni siquiera el consuelo de ver a tu pobre Mamá. Habrías estado solo en la cruz, como estás solo en el sepulcro. Solo con tus heridas.
"¡Oh, Dios! ¡Dios, cuántas heridas tiene tu Hijo, el Hijo mío! ¿Cómo he podido verlas sin morir, yo que me desvanecía cuando de pequeño te hacías daño? Una vez te caíste en el huerto de Nazaret y te hiciste una herida en la frente. Pocas gotas de sangre. Pero yo me sentí morir al ver gotear tu sangre en la circuncisión, tanto que José tuvo que sujetarme porque temblaba como una moribunda-sentí como si esa herida minúscula te hubiera de llevar a la muerte y más con el llanto que con agua y aceite, la curé, y no me quedé tranquila hasta que dejó de manar sangre. Otra vez estabas aprendiendo a trabajar y te heriste con el serrucho. Una herida pequeña. Pero para mí fue como si el serrucho me hubiera serrado en dos.
No hallé descanso hasta que vi curada tu mano seis días después.
¿Y ahora? ¿Y ahora? Ahora tienes las manos, los pies, el costado abiertos; ahora tu carne está hecha jirones; tu cara, magullada, esa cara que no te rozaba -yo no osaba hacerlo-con mi beso; llagada : tienes la frente y la nuca. Y nadie te ha curado, nadie te ha confortado.
¡Mira mi corazón, oh Dios que me has herido en mi Hijo! ¡Míralo! ¿No está, acaso, llagado, como el Cuerpo del Hijo tuyo y mío? Los azotes han caído sobre mí como granizo, mientras Él los recibía. ¿Que es la distancia para el amor? ¡Yo he padecido la tortura de mi Hijo! ¡Ojalá la hubiera padecido sólo yo! ¡Ojalá estuviera yo en la piedra sepulcral! ¡Mírame, Dios! ¿No gotea sangre mi corazón?
Ahí está el círculo de las espinas. Lo siento. Es una corona que me oprime y perfora el corazón. Ahí están los agujeros de los clavos: tres puñales clavados en el corazón. ¡Oh, esos golpes! ¡Esos golpes! ¿Cómo no se ha desplomado el cielo con esos golpes sacrílegos en carnes de Dios? ¡Y no poder gritar! ¡No poder lanzarme a arrebatar el arma a los asesinos y defender con ella a mi Hijo moribundo! ¡Tener que oír, oír sin hacer nada! Un golpe en el clavo, y el clavo entra en las carnes vivas. Otro golpe, y entra más. Otro y otro, y se rompen huesos y nervios y quedan traspasados la carne de mi Niño y el corazón de su Mamá. ¿Y cuando te han levantado en la cruz? ¡Cuánto debes haber sufrido! ¡Hijo santo! Veo aún cómo tu mano se desgarra con el golpe de la caída. Tengo desgarrado el corazón como ella.
Estoy magullada, lacerada, flagelada, punzada, golpeada, traspasada, como Tú. No estaba contigo en la cruz. Pero, mira a tu Madre. ¿No está como Tú? Sí. No hay diferencia de martirio. Es más: el tuyo ha terminado, el mío continúa. Tú no oyes ya las acusaciones mentirosas, yo las oigo. Tú ya no oyes las blasfemias horrendas, yo las oigo todavía. Tú ya no sientes la mordedura de las espinas y los clavos, ni la sed ni la fiebre, yo estoy llena de puntas de fuego y me siento como que muriera de quemazón y delirio.
¡Si al menos me hubieran dejado darte una gota de agua!: mi llanto, si la crueldad de los hombres negaba al Creador el agua que Él había creado. Te di mucha leche porque éramos pobres, Hijo mío, y en la huida a Egipto habíamos perdido mucho y habíamos tenido que conseguir un nuevo techo y muebles, ropa y comida; y no sabíamos cuánto iba a durar el destierro ni lo que íbamos a encontrar cuando regresáramos a nuestra tierra. Te di leche durante más tiempo del normal, para que no sintieras la falta de alimento. Hasta que no adquirimos la cabrita, yo fui tu cabrita, ¡oh Niño de tu Mamá! ya tenías muchos dientecitos y mordías… ¡Oh, qué alegría verte reír en el juego infantil!…
Querías andar. Estabas muy sano y fuerte. Yo te sujetaba durante horas y horas y no sentía quebrantados mis riñones a pesar de estar inclinada hacia ti, que dabas tus pasitos y a cada uno de ellos me decías: "¡Mamá!", "¡Mamá!". ¡Oh, feliz dicha el oírte cantar ese nombre! Lo decías también hoy: "¡Mamá, Mamá!". Pero tu Mamá no podía hacer otra cosa sino verte morir. Yo no podía siquiera acariciarte los pies. ¿Los pies? Aunque hubiesen estado al alcance de mi mano, no habría podido tocarlos, por no aumentar tu tormento. ¡Cómo debías sufrir tus pobres pies, mi Jesús!
¡Ah, si hubiera podido subir donde estabas y ponerme entre la madera y tu cuerpo e impedir que, con las convulsiones de la agonía, tocaras contra el madero! Oigo todavía tu cabeza golpear contra el madero en medio de las últimas convulsiones. Y ese sonido, ese sonido me enloquece. Lo tengo en la cabeza… como un martillo…
¡Vuelve, vuelve, amado Hijo, Hijo adorado, Hijo santo! Estoy muriendo. No resisto esta desolación mía. Muéstrame de nuevo tu rostro. Llámame otra vez. ¡No puedo pensar en ti y verte sin voz, sin mirada, cadáver frío y sin vida!
¡Oh, Padre, socórreme Tú! ¡Jesús no me oye! ¿No ha terminado la Pasión? ¿No está todo cumplido? ¿No bastan estos clavos, estas espinas, esta sangre, este llanto mío? ¿Todavía más es necesario para curar al hombre?
Padre, te nombro los instrumentos de su dolor y mi llanto.
Pero esto es lo menor. Lo que le ha hecho morir sobrehumanamente acongojado ha sido tu abandono. Lo que me hace gritar es tu abandono. Ya no te siento. ¿Dónde estás, Padre santo? Yo era la Llena de Gracia͘
Lo dijo el Ángel: “Ave María, llena de Gracia, el Señor es contigo y tú eres bendita entre todas las mujeres".
No. ¡No es verdad! ¡No es verdad! Yo soy como una mujer por ti maldecida por su pecado. Ya no estás conmigo. La Gracia se ha retirado como si yo fuera una segunda Eva pecadora. Pero te he sido siempre fiel. ¿En qué te he desagradado? Has hecho de mí lo que has deseado y siempre te he dicho: "Sí, Padre. Estoy dispuesta". ¿Pueden, entonces, mentir los ángeles? ¿Y Ana, que me aseguró que me darías tu ángel en la hora del dolor? Estoy sola. No tengo ya gracia ante tus ojos, no te tengo ya a ti, Gracia, en mí. No tengo ya ángel. ¿Mienten, entonces, los santos? ¿En qué te he desagradado, si ellos no mienten y yo he merecido esta hora?
¿Y Jesús? ¿En qué ha faltado tu Cordero puro y manso? ¿En qué te hemos ofendido, para que, además del martirio dado por mano de los hombres, tengamos que recibir la tortura incalculable de tu abandono? ¿Y además Él, Él, que era Hijo tuyo y que te llamaba con esa voz que ha hecho a la Tierra estremecerse y reaccionar en un acceso de piedad! ¿Cómo lo has dejado solo en medio de tanto tormento?
¡Pobre Corazón de Jesús, que te amaba tanto! ¿Dónde está la señal de la herida del Corazón? Aquí está. Mira, Padre, esta señal. Aquí está la huella de mi mano que entró en la abertura de la lanzada. Aquí… Aquí… Y no la cancelan ni el llanto ni el beso de la Madre, que tiene ya abrasados los ojos de llorar y consumidos los labios de besar. Esta señal grita y acusa.
Más que la sangre de Abel, grita a ti desde la Tierra esta señal. Y Tú, que maldijiste a Caín y no dejaste aquello sin castigo, no has intervenido en favor de mi Abel, ya desangrado por sus Caínes, y has permitido el último desprecio. Le has triturado el corazón con tu abandono y has dejado que un hombre lo pusiera al descubierto para que yo lo viera y también resultara triturada. Pero por mí no me importa. Es por Él, por Él te pregunto y solicito tu respuesta. No debías…
¡Oh, perdón! ¡Perdón, Padre santo! Perdona a una Madre que llora por su Hijo… ¡Ha muerto! ¡Ha muerto mi Hijo! Muerto con el corazón abierto. ¡Padre, Padre, piedad! ¡Yo te amo! Nosotros te hemos amado y Tú mucho nos has amado. ¿Cómo has permitido que fuera herido el Corazón de nuestro Hijo? ¡Padre!… ¡Padre, piedad de esta pobre mujer!
¡Estoy blasfemando, Padre! Yo sierva tuya, tu nada, ¿y oso hacerte un reproche? ¡Piedad! Has sido bueno. Has sido bueno. La herida, la única herida que no le ha hecho daño ha sido ésta. Tu abandono ha servido para que muriera antes de la puesta de sol y así evitarle otras torturas.
Has sido bueno. Todo lo haces con un fin de bondad. Somos nosotros, criaturas, los que no comprendemos. Has sido bueno. ¡Bueno has sido! Di, alma mía, estas palabras para sacar este aguijón de tu sufrimiento, a tu sufrimiento.
Dios es bueno y te ha amado siempre, alma mía. Desde la cuna a este momento, siempre te ha amado. Te ha dado toda la alegría del Tiempo. Toda. Se te ha dado Él mismo. Ha sido bueno. Bueno. Bueno. Gracias, Señor. ¡Bendito seas por tu infinita bondad!
Gracias. Jesús, también por ti digo gracias. ¡Ésta, al menos, no la has sentido, Hijo mío! Sólo yo la he sentido en el mío, cuando he visto tu Corazón abierto. Ahora está en el mío tu lanza, y hurga y me llena de aflicción. Pero es mejor así. Tú no la sientes. Pero, Jesús, ¡piedad! ¡Una señal tuya! ¡Una caricia, una palabra para tu pobre Mamá que tiene lleno de congoja el corazón! ¡Una señal, una señal, Jesús, si me quieres encontrar viva cuando regreses!
Una llamada enérgica a la puerta hace que todos se sobresalten. El dueño de la casa huye “valientemente”… María de Zebedeo quisiera que su Juan lo siguiera y lo invita a ir al patio. Las otras, excepto la Magdalena, se apiñan gimiendo.
Es María de Magdala la que va erguida y fuerte a la puerta y pregunta:
-¿Quién llama?
Responde una voz de mujer:
-Soy Nique. Tengo una cosa para la Madre. Debo dársela.
¡Abrid! Pronto. La ronda está patrullando.
Juan, que se ha desembarazado de su madre y ha ido presuroso donde la Magdalena, se afana con los muchos cierres (todos bien asegurados esta noche). Abre. Entra Nique, acompañada de una sirvienta y de un hombre fornido que viene de escolta. Cierran.
-Tengo una cosa…
Nique llora y no puede hablar…
-¿Qué? ¿Qué es?
Todos, curiosos, se han arrimado a ella.
-En el Calvario… He visto al Salvador en ese estado… Había reparado el velo lumbar para que no usara los andrajos de los verdugos… Pero estaba tan sudado -además con sangre en los ojos-, que pensé dárselo para que se secara. Y Él así lo hizo… Me devolvió el velo. Yo ya no lo usé. Quería conservarlo como reliquia con su sudor y su sangre. Viendo la saña de los judíos, pasado un rato, con Plautina y las otras romanas Lidia y Valeria, decidimos volvernos por miedo a que nos quitaran este lienzo. Las romanas son mujeres viriles. Nos habían puesto en medio a mí y a la criada y nos protegían.
Es verdad que son contaminación para Israel… y que tocar a Plautina es un peligro. Pero eso se piensa en momentos de calma. Hoy estaban todos ebrios… En casa he llorado… durante horas… Luego ha venido el terremoto y he perdido el conocimiento… Una vez vuelta en mí, he querido besar ese lienzo y he visto… ¡oh!… ¡En él está la cara del Redentor!…
-¡A ver! ¡A ver!
-No. Antes a la Madre. Está en su derecho.
-¡Está derrengada! No resistirá…
-¡No digáis eso! Al contrario, le servirá de consuelo. ¡Llamadla Juan llama suavemente a la puerta.
-¿Quién es?
-Yo, Madre. Afuera está Nique… Ha venido en la oscuridad. Te ha traído un recuerdo… un regalo… Espera consolarte con él.
-¡Sólo un regalo me puede consolar! La sonrisa de su Rostro…
-¡Madre!
Juan la abraza por temor a que se caiga, y dice, como confiando el Nombre verdadero de Dios:
-Es eso. La sonrisa de su Rostro imprimido en el lienzo con que Nique lo enjugó en el Calvario.
-¡Oh! ¡Padre! ¡Dios altísimo! ¡Hijo santo! ¡Eterno Amor! ¡Benditos seáis! ¡La señal! ¡La señal que os he pedido! ¡Que entre! ¡Que entre!
María se sienta porque ya no se tiene en pie, y se arregla un poco mientras Juan hace una señal a las mujeres, que ojean, una señal para que pase Nique.
Entra Nique. Se arrodilla a los pies de María, con la criada al lado. Juan, en pie, erguido, al lado de María, tiene su brazo por detrás de los hombros de la Madre, como para sostenerla. Nique no dice nada, pero, eso sí, abre el arca, saca el lienzo, lo abre. Y el Rostro de Jesús, el Rostro vivo de Jesús, el doloroso y, no obstante, sonriente Rostro de Jesús mira a la Madre, sonriéndole.
María emite un grito de amor doliente y extiende los brazos. Las mujeres hacen lo mismo desde el vano de la puerta donde están apiñadas; y la imitan también en el arrodillarse ante el Rostro del Salvador.
Nique no encuentra palabras. Pasa el lienzo de sus manos a las manos maternas y se inclina para besar un borde de aquél. Luego sale hacia atrás, sin esperar a que María vuelva en sí de su éxtasis.
Se marcha… Ya está fuera, en la oscuridad, cuando piensan en ella… Sólo queda cerrar el portal, como estaba antes.
María está otra vez sola, en un coloquio de su alma con la imagen de su Hijo, porque todos se retiran de nuevo.
Pasa más tiempo. Luego Marta dice:
-¿Cómo vamos a hacer con los ungüentos? Mañana es sábado…
-Y no vamos a poder ir por nada… -dice Salomé.
-Y habría que hacerlo… Muchas libras de áloe y mirra… pero ¡estaba tan mal lavado!…
-Habría que tener todo dispuesto para el amanecer del primer después del sábado -observa María de Alfeo.
-¿Y los que hacen la guardia? ¿Cómo vamos a hacer? -pregunta Susana.
-Si no nos dejan entrar, se lo decimos a José -responde Marta.
-No podremos correr nosotras solas la piedra.
Responde la Magdalena:
-¡Oh, siendo cinco, ¿dices que no vamos a poder?! Todas somos fuertes… y el amor hace el resto.
-Y además iré yo con vosotras -dice Juan.
-Tú de ninguna manera. No quiero perderte también a ti, hijo.
-No te preocupes. Nos bastaremos nosotras.
-Bueno, pero… ¿quién nos proporciona los ungüentos?
Un sentido de desánimo se apodera de todas… Luego Marta dice:
-Habríamos podido preguntarle a Nique si era verdad lo de Juana… y lo de las revueltas…
-¡Claro! Estamos atontadas. Hubiéramos podido obtener también los ungüentos antes. Isaac estaba en la puerta de su casa cuando hemos vuelto…
-En el palacio hay muchos tarros de esencias, y también incienso. Voy por ello. Y María Magdalena se levanta de su sitio y se pone el manto.
Marta grita:
-¡No irás!
-Iré.
-¡Estás loca! ¡Te prenderán!
-Tu hermana tiene razón. ¡No vayas!
-¡Oh, no sois más que unas mujeres inútiles y gritadoras!
¡Hay que ver qué buena comitiva de seguidoras tenía Jesús! ¿Ya habéis agotado vuestra reserva de valentía? A mí, por el contrario, cuanto más valor uso, más me viene.
-Voy con ella. Soy hombre.
-Y yo soy tu madre y te lo prohíbo.
-Tranquila, María Salomé; tranquilo, Juan. Voy sola. No tengo miedo. Sé lo que es ir de noche por las calles. Lo hice mil veces por el pecado… ¿Debería temer ahora que voy a servir al Hijo de Dios?
-Pero hoy la ciudad está agitada. Ya has oído a ese hombre.
-Es un conejo. Y vosotras lo mismo. Me marcho.
-¿Y si te ven los soldados?
-Les diré: "Soy la hija de Teófilo, sirio, siervo fiel de César". Y no me pararán. Y además… El hombre ante una mujer joven y guapa es un juguete más inocuo que un tallito de paja. Yo esto lo sé, para vergüenza mía…
-¿Pero dónde pretendes encontrar perfumes en el palacio, si desde hace años está deshabitado?
-¿Tú crees? ¡Marta! ¿No te acuerdas de que Israel os obligó a dejarlo porque era uno de mis lugares de encuentro con los amantes? Allí tenía yo todo lo necesario para aumentarles su locura por mí. Cuando mi Salvador me salvó, escondí en un lugar que sólo yo conocía los recipientes de alabastro y los inciensos que usaba para orgías de amor. Y juré que sólo el llanto por mi pecado sería el agua perfumada de María arrepentida; y la adoración de Jesús santísimo sus ardientes inciensos. Y juré que esos signos de culto profano de la sensualidad y la carne los usaría únicamente para santificarlos en Él y ungirlo. Ahora es la hora. Voy. Vosotras quedaros aquí.
Tranquilas. Viene conmigo el ángel de Dios y no me sucederá nada malo. Adiós. Os traeré noticias. A Ella no le digáis nada… Aumentaríais su congoja…
Y María de Magdala sale segura, regia.
-Madre, que te sirva de lección… y que te diga: no hagas que el mundo diga que tu hijo es un cobarde. Mañana, o, mejor, hoy, porque ya estamos en la segunda vigilia, voy a la búsqueda de los compañeros, como Ella quiere…
-Es sábado… no puedes hacer eso… -objeta Salomé para retenerlo.
-"El sábado ha muerto" digo yo también con José. La era nueva ha comenzado. En ella habrá otras leyes, otros sacrificios y ceremonias.
María Salomé, sin protestar ya más, apoya la cabeza en las rodillas y llora.
-¡Oh, si pudiéramos saber de Lázaro! -gime María Cleofás.
-Si me dejáis ir, tendréis noticias. Porque Simón Cananeo, que recibió la orden de hacerlo, ha llevado donde Lázaro a los compañeros; Jesús se lo dijo a Simón estando yo presente.
-¡Ay, ay… ¿todos allí?! ¡Entonces están todos perdidos! -María Cleofás y Salomé lloran desconsoladamente.
Pasa más tiempo, entre llantos y esperas.
Luego vuelve María Magdalena, triunfadora (cargada de bolsas llenas de preciosos tarritos).
-¿Veis como no ha pasado nada? Aquí están: aceites de todo tipo, y nardo, y olíbano, y benjuí. No hay mirra ni áloe… No quería cosas amargas yo… que ahora bebo todas las amarguras… Entretanto, amasamos éstas y mañana conseguimos… Pagando, Isaac dará aunque sea sábado… Adquiriremos mirra y áloe.
-¿Te han visto?
-Nadie. Ni un murciélago por las calles.
-¿Los soldados?
-¿Los soldados? Creo que están roncando en sus jergones.
-Pero las sediciones… los arrestos…
-Los ha visto el miedo de ese hombre…
-¿Quién está en el palacio?
-Pues Leví y su mujer. Tranquilos como críos. Los hombres armados han huido… ¡Ja! ¡Ja! ¡Lo que yo digo es que buenos héroes tenemos!… En cuanto tuvieron noticia de la condena, huyeron. Digo la verdad: Roma es dura y usa el látigo… pero así se hace temer y servir. Y tiene hombres, no conejos… Jesús decía: "Mis seguidores conocerán mi mismo destino". ¡Mmm! Si se hacen de Jesús muchos romanos, puede ser; pero si esos mártires tienen que ser israelitas… se quedará solo… Aquí está mi saco. Y éste es de Juana, que… sí… no solo somos cobardes, sino que también somos embusteros. Juana está abatida, nada más. Ella y Elisa se han sentido mal en el Gólgota: una es una madre a la que se le murió un hijo, y el oír los estertores de Jesús ha hecho que se sintiera mal; la otra es una mujer delicada, que no está acostumbrada a tanto camino ni a tanto sol.
Pero nada de heridas, nada de agonías. Llora, como nosotras, eso sí, claro; nada más. Lo que le duele es que la hayan alejado de allí. Mañana vendrá. Manda estos perfumes. Los que tenía. Con ella se había quedado Valeria, por orden de Plautina; pero ahora Valeria se ha marchado con los esclavos, a casa de Claudia, porque tienen muchos inciensos. Cuando venga -porque tampoco ella, por gracia del Cielo, es una liebre eternamente temblorosa-no os pongáis a gritar como sintiendo la espada en el cuello. Arriba. Levantaos. Vamos a coger unos morteros y a trabajar. Llorar no sirve. A1 menos, llorad y trabajad. El llanto diluirá nuestro bálsamo. Y Él lo sentirá sobre sí… Sentirá nuestro amor.
Y se muerde los labios para no llorar y para dar fuerza a las otras, que están verdaderamente deshechas.
Trabajan con ahínco.
María llama a Juan.
-¿Qué te ocurre, Madre?
-Esos golpes…
-Están triturando los inciensos…
-¡Ah!… Pero… perdonad… no hagáis ese ruido… me parece oír los martillos…
Efectivamente, los majaderos de bronce contra el mármol de los morteros hacen verdaderamente ruido de martillos.
Juan dice esto a las mujeres, que salen al patio para que se las oiga menos. Juan regresa donde la Madre.
-¿Cómo los han conseguido?
-María de Lázaro ha ido por ellos a su casa y a casa de Juana… Y traerán otros más…
-¿No ha venido nadie?
-Nadie después de Nique.
-¡Míralo, Juan! ¡Qué hermoso es incluso en medio de su dolor! -María se ensimisma, con las manos juntas, frente al lienzo (lo ha extendido sobre una arqueta y lo ha sujetado con unos pesos).
-Hermoso. Sí, Madre. Y te sonríe… No llores más… Ya han pasado algunas horas. Menos que esperar para su regreso… y, mientras dice esto, Juan llora…
María le acaricia la mejilla. Pero sólo mira la imagen de su Hijo. Juan sale, cegado por el llanto.
También la Magdalena, que ha vuelto para tomar unas ánforas está en las mismas condiciones. Pero dice al apóstol:
-No debemos permitir que nos vean llorar. Porque, si no, aquéllas no sabrán hacer nada ya. Y hay que hacer…
-…Y hay que creer -termina Juan.
-Sí. Creer. Si no se pudiera creer, vendría la desesperación. Yo creo. ¿Y tú?
-Yo también…
-No lo dices bien. No amas todavía lo suficiente. Si
amaras con todo tu ser, no podrías no creer. El amor es luz y voz. Incluso contra las tinieblas de la negación y el silencio de la muerte, dice: "Yo creo".
Se muestra espléndida la Magdalena, tan alta y regia, imperiosa en su confesión de fe. Debe tener el corazón torturado (sus ojos, quemados por el llanto, lo dicen), pero el ánimo está invicto.
Juan la mira admirado y susurra:
-Eres fuerte».
-Siempre. Lo fui tanto que supe desafiar al mundo. Y entonces no tenía a Dios. Ahora que lo tengo, siento que sé desafiar hasta al infierno. Tú que eres bueno deberías ser más fuerte que yo. Porque la culpa deprime, ¿eh? Más que el agotamiento. Pero tú eres inocente… Por eso te amaba tanto…
-También a ti te amaba…
-Y yo no era inocente. Pero era su conquista y…
-Llaman fuertemente al portal.
-Será Valeria. Abre.
Juan abre sin miedo, dominado por la calma de María. Efectivamente, es Valeria, y sus esclavos, que traen la litera de la que ella ha bajado. Entra saludando a la latina:
-Salve.
-La paz sea contigo, hermana. Entra -dice Juan.
-¿Puedo ofrecer a la Madre el presente de Plautina?
Claudia también ha contribuido. Pero si no le causa dolor el verme.
Juan entra donde María.
-¿Quién llama? ¿Pedro? ¿Judas? ¿José?
-No. Es Valeria. Ha traído resinas preciosas. Quisiera ofrecértelas, si no te causa pena.
-Debo superar la pena. Él ha llamado a su Reino a los hijos de Israel y a los paganos. A todos ha llamado. Ahora… está muerto… Pero yo estoy aquí por Él. Recibo a todos. Que entre.
Valeria entra. Se ha quitado el manto oscuro y aparece toda blanca con su estola. Se inclina profundamente. Saluda y habla.
-Dómina. Sabes quiénes somos. Las primeras redimidas del oscurantismo pagano. Fango y tinieblas éramos. Tu Hijo nos ha dado ala y luz. Ahora está… dormido en paz. Conocemos vuestros usos. Y queremos que sobre el Triunfador sean esparcidos también los bálsamos de Roma.
-Que Dios os bendiga, hijas de mi Señor. Y… perdonad si no sé decir nada más…
-No te esfuerces, Dómina. Roma es fuerte. Pero también sabe comprender el dolor y el amor. Te comprende, Madre Dolorosa. Adiós.
-¡La paz sea contigo, Valeria! Para Plautina, para todas vosotras, bendición.
Valeria deja sus inciensos y otras esencias y se retira.
-¿Ves, Madre, como todo el mundo da para el Rey del Cielo y de la Tierra?
-Sí -dice María. Todo el mundo. Y la Madre sólo habrá podido darle el llanto.
Un gallo canta alegre en algún lugar cercano. Juan se estremece.
-¿Qué te sucede, Juan? -pregunta la Virgen.
-Pensaba en Simón Pedro…
-¿Pero no estaba contigo? -pregunta la Magdalena, que ha vuelto a entrar en la habitación.
-Sí. En casa de Anás. Luego he comprendido que yo tenía que venir aquí. Y no he vuelto a verlo.
-Dentro de poco amanecerá.
-Sí. Abrid.
Abren las contraventanas y las caras parecen aún más
térreas en la luz verdosa del alba.
La noche del Viernes Santo ha terminado.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 6
José de Arimatea apaga una de las antorchas, da una última ojeada y se dirige a la apertura del sepulcro manteniendo encendida y levantada la otra antorcha.
María se inclina una vez más para besar a su Hijo a través de los elementos que lo cubren. Y quisiera hacerlo dominando su dolor, conteniendo éste como forma de respeto al Cadáver, que, estando embalsamado, no le pertenece.
Pero, cuando está cerca del rostro velado, ya no se domina; se sume en una nueva crisis de desolación.
No sin dificultad, la alzan. La alejan, con mayor dificultad aún, del lecho fúnebre. Arreglan las telas desordenadas y, más en vilo que sujetándola, se llevan a la pobre Madre, que se aleja con la cara hacia atrás, para ver, para ver a su Jesús, ya solo en la oscuridad de sepulcro.
Salen al huerto silencioso bajo la luz vespertina. Ya la claridad que renació después de la tragedia del Gólgota vuelve a oscurecerse por la noche que desciende. Y allí, bajo los tupidos ramajes -tupidos aunque carezcan todavía de hojas y estén apenas adornados por las bocas blanco-rosas de los manzanos que empiezan a echar flores (extrañamente retrasados en este pomar de José, mientras que en otros lugares están ya enteramente cubiertos de flores abiertas e incluso fecundadas, constituyendo ya minúsculos frutos)-, bajo esos tupidos ramajes, la penumbra es aún más densa que en otros lugares.
Corren hasta su surco la pesada piedra del sepulcro. Largas ramas de un enmarañado rosal, que penden de lo alto de la gruta, parecen llamar a esa puerta de piedra y decir: "¿Por qué te cierras ante una madre que llora?".
Y parecen verter también ellas lágrimas de sangre con sus pétalos rojos deshojados, con las corolas distribuidas sobre la superficie de la piedra oscura, con los botones cerrados que golpean contra el inexorable cierre.
Pero pronto otra sangre humedecerá esa puerta sepulcral, y otro llanto. María, hasta ahora sujeta por Juan y sollozando, aunque bastante sosegada, se libera ahora del apóstol y, emitiendo un grito que creo que ha hecho temblar hasta las entrañas de las plantas, se arroja contra la puerta, se agarra al saliente de ésta para descorrerla, se excoria los dedos y se rompe las uñas, sin conseguir moverla, y hasta hace palanca apretando la cabeza contra este saliente áspero.
Su gemido tiene notas del rugido de una leona que se abra las venas contra el cierre de una trampa donde estén encerrados sus cachorros, compasiva y furiosa por amor de madre.
Nada tiene ahora de la mansa virgen de Nazaret, de la paciente mujer que hasta ahora hemos conocido. Es: la madre; sólo y simplemente: la madre aferrada a su criatura con todos los nervios de la carne y todas las entrañas del amor. Es la más verdadera "dueña" de esa carne que Ella generó, la única dueña después de Dios, y no quiere que le roben esta propiedad. Es la "reina" que defiende su corona: el hijo, el hijo, el hijo.
Toda la rebelión y las rebeliones que en treinta y tres años en cualquier otra mujer habría habido contra la injusticia del mundo hacia un hijo, toda la santa y lícita ira que cualquier otra madre habría manifestado durante aquellas últimas horas, para herir y matar con las manos y los dientes a los asesinos de su hijo; todas estas cosas que Ella, por amor al género humano, ha dominado siempre, ahora se agitan en su corazón, hierven en su sangre, pero, mansa incluso en medio de ese dolor suyo que la hace delirar, ni impreca ni acomete. Solamente pide a la piedra que se abra, que la deje pasar porque su sitio está ahí dentro, donde está Él; sólo pide a los hombres, despiadadamente piadosos, que la obedezcan y abran.
Después de haber golpeado y manchado de sangre con los labios y las manos la piedra tenaz, se vuelve, se apoya con los brazos abiertos, aferrando todavía los dos bordes de la piedra, y, terrible en su majestuosidad de Madre dolorosa, ordena:
-¡Abrid! ¿No queréis? Pues yo me quedo aquí. ¿No dentro? Pues afuera. Aquí están mi pan y mi lecho, aquí está mi morada. No tengo ni otras casas ni otro objetivo. Vosotros marchaos si queréis. Volved al asqueroso mundo. Yo me quedo aquí, donde no hay ambiciones ni olor de sangre.
-¡No puedes, Mujer!
-¡No puedes, Madre!
-¡No puedes, María amada!
Y tratan de separarle las manos de la piedra, asustados por esos ojos que ellos no conocían con ese destello que los hace duros e imperiosos, vítreos, fosforescentes.
La sobrepujanza mal conviene a los mansos, y los humildes saben persistir en la soberbia… Y enseguida cede en María el querer vehemente y el mandar imperioso. Vuelve a Ella su mirada mansa de paloma torturada, pierde el gesto impositivo y se inclina otra vez suplicante, y une las manos rogando:
-¡Oh, dejadme! ¡Por vuestros difuntos, por los vivos a los que amáis, piedad de una pobre madre!… Oíd… oíd mi corazón. Necesita paz para que cese en él este latido cruel; así se ha puesto a latir arriba, en el Calvario. El martillo hacía "ton", "ton", "ton".., y cada uno de esos golpes hería a mi Niño… y golpeaba mi cerebro y mi corazón… y tengo llena de esos golpes la cabeza, y mi corazón late rápido al ritmo de ese "ton", "ton”, "ton" descargado sobre las manos, sobre los pies de mi Jesús, de mi pequeño Jesús… ¡Mi Niño! ¡Mi Niño!…
Le vuelve todo el tormento que parecía calmado después de su oración a1 Padre junto a la mesa de la unción. Todos lloran.
-Necesito no oír gritos ni golpes. El mundo está lleno de voces y ruidos. Cada voz me parece ese "gran grito" que me ha petrificado la sangre en las venas; cada ruido, el del martillo en los clavos. Necesito no ver rostros de hombre.
El mundo está lleno de rostros… Hace casi doce horas que veo rostros de asesinos… Judas… los verdugos… los sacerdotes… los judíos… ¡Todos, todos asesinos!…
¡Fuera! ¡Fuera!… No quiero ver a nadie… En cada hombre hay un lobo y una serpiente. Siento escalofrío ante el hombre, siento miedo del hombre… Dejadme aquí, bajo estos árboles serenos, en esta hierba poblada de flores…
Dentro de poco saldrán las estrellas… que siempre fueron sus amigas y mis amigas… Ayer las estrellas han hecho compañía a nuestra solitaria agonía… Ellas saben muchas cosas… Ellas vienen de Dios… ¡Oh! ¡Dios! ¡Dios!…
Llora y se arrodilla.
-¡Paz, mi Dios! ¡No me quedas sino Tú!
-Ven, hija. Dios te dará paz. Pero ven. Mañana es el
sábado pascual. No podríamos venir a traerte comida…
-¡Nada! ¡Nada! ¡No quiero comida! ¡Quiero a mi Hijo! Sacio hambre con mi dolor; mi sed, con mi llanto… Aquí… ¿Oís cómo llora ese autillo? Llora conmigo, y dentro de poco llorarán los ruiseñores. Y mañana, con la luz del sol, llorarán las calandrias y los currucos y los pájaros que Él amaba, y las tórtolas vendrán conmigo a golpear a esta puerta y a decir, a decir: "¡Álzate, amor mío y ven! Amor que estás en la hendidura de la roca, en el refugio de la escarpada, déjame ver tu rostro, déjame escuchar tu voz".
¡Aaaah! ¿Qué digo? ¡Ellos, ellos también, los torvos asesinos, se han dirigido a Él con las palabras del Cantar! (Cantar de los cantares 2, 13-14; 3, 11) Sí, venid, oh hijas de Jerusalén, a ver a vuestro Rey con la diadema, como lo coronó su Patria en el día de su desposorio con la Muerte, en el día de su triunfo como Redentor.
-¡Mira, María! Están viniendo guardias del Templo. Aléjate de aquí. No te vayan a injuriar.
-¿Guardias? ¿Injurias? No. Son viles. Viles son. Y si yo saliera a su encuentro, terrible en mi dolor, huirían como Satanás frente a Dios. Pero yo recuerdo que soy María… y no arremeteré contra ellos, como tendría derecho a hacer. Estaré pacífica… ni siquiera me verán. Y, si me ven y me preguntan: "¿Qué quieres?", les diré: "La limosna de respirar el aire balsámico que sale por esta fisura". Diré: “En nombre de vuestra madre". Todos tienen una madre… hasta el ladrón compasivo lo ha dicho…
-Pero éstos son peor que los bandoleros. Te insultarán.
-¿Acaso hay un insulto que, después de los de hoy, yo no conozca?
Es la Magdalena la que encuentra la razón capaz de conseguir la obediencia de la Dolorosa.
-Tú eres buena, eres santa, y crees y eres fuerte. Pero nosotros ¿qué somos?… ¡Ya lo ves! La mayor parte han huido; los que han quedado estamos aterrados. La duda, ya presente en nosotros, nos haría ceder. Tú eres la Madre.
No tienes sólo el deber y el derecho respecto a tu Hijo, sino el deber y el derecho respecto a lo que es del Hijo.
Debes volver con nosotros, estar entre nosotros, para recogernos, para confirmarnos, para infundirnos tu fe. Tú has dicho, después de tu justo reproche de nuestra pusilanimidad e incredulidad: "Más fácil le será resucitar si está libre de estas vendas". Yo te lo digo: "Si nosotros logramos reunirnos en la fe en su Resurrección, resucitará antes. Lo llamaremos con nuestro amor…".
¡Madre, Madre de mi Salvador, vuelve con nosotros, tú, amor de Dios, para darnos este amor tuyo! ¿Acaso quieres que se pierda de nuevo la pobre María de Magdala, a la que Él ha salvado con tanta piedad?
-No. Me pesaría. Tienes razón. Debo volver… buscar a los apóstoles… a los discípulos… a los parientes… a todos… Decir… decir: creed. Decir: os perdona… ¿A quién se lo dije esto?… ¡Ah! A Judas Iscariote… Habrá que… sí, habrá que buscarlo también a él… porque es el mayor pecador…
María está ahora con la cabeza reclinada sobre su propio pecho y tiembla como por repulsa; luego dice
-Juan: lo buscarás. Y me lo traerás. Debes hacerlo. Y yo debo hacerlo.
Padre: hágase esto también por la redención de la Humanidad. Vamos.
Se levanta. Salen del huerto semioscuro. Los guardias los ven salir y no dicen nada.
El camino, polvoriento y revuelto por la riada de gente que lo ha recorrido y batido con pies, piedras y palos, dibuja una curva en torno al Calvario para llegar al camino de primer orden que va paralelo a las murallas. Y aquí las huellas de lo que ha sucedido son aún más intensas.
Dos veces María emite un grito y se inclina para examinar bajo la incierta luz el suelo, porque le parece ver sangre y piensa que es de su Jesús. Pero son sólo jirones de tela desgarrada (yo creo que con el jaleo de la fuga).
El pequeño torrente que corre a lo largo de este camino susurra un rumor leve en medio del gran silencio que lo envuelve todo. La ciudad, no viniendo de ella sino un profundo silencio, parece abandonada.
Ahí está el puentecillo que conduce a la empinada vereda del Calvario. Y, frente al puente, la puerta Judicial. Antes de desaparecer tras ella, María se vuelve para mirar la cima del Calvario… y llora desconsoladamente. Luego dice:
-Vamos. Pero guiadme vosotros. No quiero ver ni Jerusalén, ni sus calles ni sus habitantes.
-Sí, sí, pero démonos prisa. Están para cerrar las puertas y, ¿lo ves?, han reforzado la guardia en ellas. Roma teme alborotos.
-Con razón. ¡Jerusalén es una guarida de tigres! ¡Es una tribu de asesinos! Una turba de depredadores; y no sólo dirigen estos usurpadores sus colmillos rapaces hacia las riquezas, sino también contra las vidas. Hace ya treinta y dos años que acechan contra la vida de mi Niño… Era un corderito de leche, un corderito rosa de oro ensortijado… Apenas sabía decir "Mamá", y dar los primeros pasitos, y reír con sus pocos dientecitos entre los labios de pálido coral, y ya vinieron para degollarlo… Ahora dicen que había blasfemado y violado el sábado y que había movido a la sublevación y aspirado al trono y pecado con las mujeres… Pero, en aquellos tiempos, ¿qué había hecho?, ¿qué blasfemia podía haber dicho, si apenas sabía llamar a su Mamá?, ¿qué podía violar de la Ley, si Él, el eterno Inocente, era entonces también el inocente pequeñuelo del hombre?, ¿qué sublevación podía promover, si ni siquiera sabía tener un capricho? ¿A que trono podía aspirar? Tenía ya su trono en la Tierra y en el Cielo, y no pedía otros tronos: en el Cielo, el seno del Padre; en la Tierra, el mío. Jamás tuvo ojos para la carne, y vosotras, jóvenes y hermosas, podéis decirlo. Pero en aquel tiempo, en aquel tiempo… su "sensualidad” estaba limitada a la necesidad de calor y nutrición, y sus amores eran sólo con mi tibio pecho, buscando poner encima la carita y dormir así; y con el romo pezón del que mi amor fluía convertido en leche… ¡oh, Criatura mía!… ¡Y querían verte muerto! ¡Esto querían: quitarte la vida!
Tu único tesoro. La Madre al Hijo; el Hijo a la Madre, para convertirnos en los más míseros y desolados del Universo. ¿Por qué quitarle al Vivo la vida? ¿Por qué arrogaros el derecho de quitar esto que es la vida: bien de la flor y del animal, bien del hombre? Nada os pedía mi Jesús. Ni dinero, ni joyas, ni casas. Una casa tenía, pequeña y santa, y la había dejado por amor a vosotros hombres -hiena.
Había renunciado por vosotros a aquello que hasta una cría de animal posee, y fue pobre y solo por el mundo, sin tener siquiera el lecho que le había hecho el Justo, sin el pan tan siquiera que le hacía su Madre; y durmió donde pudo y comió donde pudo: sobre la yacija herbosa de los prados, velado por las estrellas; o en las casas de los buenos, como cualquier hijo de hombre.
Sentado a una mesa, o compartiendo con los pájaros de Dios los granos de trigo y el fruto de la zarza silvestre. Y no os pedía nada. Al contrario: os daba. Quería sólo la vida para daros con su palabra la Vida. Y vosotros, y Jerusalén, lo habéis despojado de la vida. ¿Te has saciado con su Sangre? ¿Te has llenado con su Carne? ¿O todavía no te llena, y quieres -tras vampiro y buitre, hiena-comer su Cadáver, y, no satisfecha aún de los oprobios y tormentos, quieres ensañarte y gozar arañando sus despojos y viendo otra vez sus lacerantes dolores, sus temblores, sus lágrimas, sus convulsiones, en mí: en la Madre del Asesinado? ¿Hemos llegado? ¿Por qué os paráis? ¿Qué quiere de José ese hombre? ¿Qué dice?
En efecto, uno de los escasos transeúntes ha parado a José y, en el silencio absoluto de la ciudad desierta, se oyen muy bien sus palabras:
-Es sabido que has entrado en la casa de Pilato. Profanador de la Ley. Rendirás cuentas de ello. ¡Tienes censura en orden a la Pascua! Estás contaminado.
-Tú también, Elquías. ¡Me has tocado y estoy cubierto de la sangre de Cristo y de su sudor mortal!
-¡Ah! ¡Horror! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera esa sangre!
-No tengas miedo. Ya te ha abandonado; y maldecido.
-Tú también estás maldecido. Y no te vayas a pensar que ahora que te entiendes con Pilato vas a poder llevarte el Cadáver. Hemos tomado medidas para que se termine el juego.
Nicodemo se ha acercado lentamente mientras las mujeres se han detenido con Juan y se han pegado a un profundo portón cerrado.
-Ya lo hemos visto -continúa José -¡Cobardes! ¡Tenéis miedo hasta de un muerto! Pero de mi huerto y de mi sepulcro hago lo que yo creo conveniente.
-Eso lo veremos.
-Lo veremos. Recurriré a Pilato.
-Sí. Fornica ahora con Roma.
Nicodemo toma la palabra:
-Mejor con Roma que con el Demonio, como vosotros, ¡deicidas! Y, oye, ¿me podrías decir cómo es que te has recobrado? Porque hace un momento huías aterrorizado. ¿Se te esta pasando? ¿No te es suficiente lo que te sucedió? ¿No se te quemó una casa? ¡Échate a temblar! No ha terminado el castigo. Es más: está llegando. Se cierne sobre tu cabeza como la Némesis de los paganos Ni guardias ni precintos impedirán al Vengador alzarse y descargar su mano.
-¡Maldito!
Elquías huye y va a toparse con las mujeres. Comprende y lanza un atroz insulto a María.
Juan no dice ni una palabra. Pero, con un salto de pantera, lo aferra fuertemente y lo tira al suelo y, sujetándolo con las rodillas y apretándole el cuello con las manos, le dice:
-¡Pídele perdón o te estrangulo, demonio!
Y no lo deja hasta que el otro, apretado y medio estrangulado por las manos de Juan, no masculla: «Perdón».
Pero su grito ha atraído a la patrulla.
-¿Quién va? ¿Qué pasa? ¿Más alborotos? Quietos todos o cargamos sobre vosotros. ¿Quiénes sois?
-José de Arimatea y Nicodemo, autorizados por el Procónsul para sepultar al Nazareno al que han dado muerte.
Regresamos del sepulcro con la Madre, el hijo y las familiares y amigas. Éste ha ofendido a la Madre y ha sido obligado a pedir perdón.
-¿Sólo eso? Debíais haberlo estrangulado. Marchaos.
Soldados arrestad a éste. ¿Qué más quieren esos vampiros? ¿También el corazón de las madres? ¡Adiós, judíos!
-¡Qué horror! Pero ya no son hombres… Juan, sé bueno con ellos. Ten presente el recuerdo de mi Jesús y de tu Jesús. Él predicaba perdón.
-Madre, tienes razón. Pero son unos malhechores y me sacan de mis cabales. Son sacrílegos. Te ofenden a ti. Y esto no puedo permitirlo.
-Son unos malhechores, sí. Y saben que lo son. Mira qué pocos por las calles; y esos pocos, cómo se escabullen furtivos. Después del delito, los malhechores tienen miedo. Verlos huir así, entrar en las casas, encerrarse en ellas por miedo, me suscita horror. Los siento a todos culpables del Deicidio. Mira, María ese viejo. Ya se asoma a la tumba y, no obstante -ahora que la luz de aquella puerta lo ilumina me parece haberlo visto pasar acusando a mi Jesús, allí, en la cima del Calvario… Lo llamaba ladrón… ¡¿Ladrón mi Jesús?!… Aquel joven, casi niño todavía, pronunciaba torpes blasfemias invocando que cayera sobre él su sangre… ¡Oh, desdichado!… ¿Y aquel hombre? Siendo tan musculoso y fuerte, ¿se habrá abstenido de golpearlo? ¡Oh, no quiero ver! Mirad: encima del rostro que tienen se superpone el rostro del alma y… y ya no tienen imagen de hombres, sino de demonios… Tanto valor tenían contra el Atado, el Crucificado…y ahora huyen, se esconden, se encierran. Tienen miedo.
¿De quién? De un muerto. Para ellos no es más que un muerto, porque niegan que sea Dios. ¿A qué tienen miedo entonces? ¿A qué cierran sus puertas? Al remordimiento. Al castigo. No sirve. El remordimiento está en vosotros. Y os seguirá eternamente. Y el castigo no es humano; no valen ni cierres ni palos, ni puertas ni barras contra él. El castigo baja del Cielo, de Dios, vengador de su Inmolado, y atraviesa paredes y puertas, y con su llama celeste os marca para el castigo sobrenatural que os espera. El mundo irá a Cristo, al Hijo de Dios y mío. Irá a aquel que vosotros habéis traspasado, pero vosotros seréis signados para siempre, los Caínes de un Dios, marcados como oprobio de la raza humana.
Yo, que he nacido de vosotros, yo que soy Madre de todos, tengo que decir que para mí, vuestra hija, habéis sido peores que padrastros, y que, en el inmenso número de mis hijos, vosotros sois los que más esfuerzo me imponéis para acogeros, porque os habéis ensuciado con el delito contra mi Criatura. Y no os arrepentís diciendo: "Eras el Mesías. Te reconocemos y te adoramos".
Ahí hay otra patrulla romana. El Amor ya no está en la Tierra, la Paz ya no está entre los hombres.
El Odio y la Guerra bullen como esas antorchas humeantes. Los dominadores tienen miedo a la muchedumbre desmandada. Saben por experiencia que cuando la fiera que se llama hombre ha sentido el sabor de la sangre se vuelve ávida de masacre…
Pero no temáis a éstos, que no son ni leones ni panteras reales, sino cobardísimas hienas que se lanzan contra el cordero inerme pero temen al león armado de lanzas y autoridad. No tengáis miedo a estos chacales reptantes.
Vuestro paso de hierro los hace huir y el brillo de vuestras lanzas los hace más mansos que conejos.
¡Esas lanzas! ¡Una ha abierto el corazón del Hijo mío!
¿Cuál de ellas? Verlas es para mí una flecha en mi corazón… Y, no obstante, quisiera tenerlas todas entre mis manos temblorosas para ver cuál es la que todavía conserva huellas de sangre y decir: "¡Es ésta! ¡Dámela, soldado! Dásela a una madre en memoria de tu madre lejana, y yo oraré por ella y por ti". Y ningún soldado me la negaría. Porque los hombres de guerra han sido los mejores ante la agonía del Hijo y de la Madre. ¡Oh, ¿por qué no he pensado arriba esto?! Me sentía como una persona a la que le hubieran golpeado la cabeza. Yo la tenía atontada por esos golpes… ¡Oh, esos golpes! ¿Quién hará que deje de sentirlos aquí, en mi pobre cabeza? La lanza ¡Cuánto quisiera tenerla!…
-Podemos buscarla, Madre. El centurión me ha parecido muy bueno con nosotros. Creo que no me la negará. Iré mañana.
-Sí, sí, Juan. Soy Pobre. Tengo poco dinero; pero me desprenderé hasta de la última moneda con tal de tener ese hierro… ¡Oh, ¿cómo es que no lo he pedido en ese momento?!
-María amada, ninguno de nosotros tenía noticia de esa herida Cuando la has visto, ya estaban lejos los soldados.
-Es verdad… Estoy ofuscada por el dolor. ¿Y las vestiduras? ¡Nada suyo tengo! Daría mi sangre por tenerlas…
María llora de nuevo desconsoladamente.
Y llega así a la calle del Cenáculo; a tiempo, porque ya está agotada y camina verdaderamente a rastras, como una anciana decrépita. Y además lo manifiesta.
-Ánimo, que ya hemos llegado.
-¿Ya? ¿Tan corto el camino que esta mañana me ha parecido largo? ¿Esta mañana? ¿Ha sido esta mañana? ¿Sólo? ¿Cuántas horas, o cuántos siglos, han pasado desde que ayer noche entré y desde que salí de aquí esta mañana? ¿Soy verdaderamente yo: la madre cincuenta años o una anciana secular, una mujer que abarca épocas, rica en siglos que pesan sobre sus espaldas arqueadas y sobre su cabeza cana? Siento como haber vivido todo el dolor del mundo y éste pese enteramente sobre mis espaldas, que se encorvan bajo su peso. Cruz incorpórea, ¡pero tan pesada…! De piedra.
Una cruz quizás más pesada que la de mi Jesús, porque llevo la mía y la suya con el recuerdo de su agonía y la realidad de la agonía mía. Vamos a entrar. Porque debemos entrar. Pero no es ningún consuelo. Es un aumento de dolor. Por esta puerta entró mi Hijo para su última cena. Por ella salió para ir al encuentro de la muerte. Y tuvo que poner pie donde lo puso el traidor, que salió para llamar a los capturadores del Inocente.
Apoyado en esa puerta he visto a Judas… ¡He visto Judas! Y no lo he maldecido, sino que le he hablado como habla una madre llena de congoja. Llena de congoja por el Hijo bueno y por el hijo malvado… ¡He visto a Judas! ¡He visto al Demonio en él! Yo que he tenido siempre a Lucifer bajo mi calcañar y, mirando sólo a Dios, nunca he bajado los ojos a mirar a Satanás-he conocido el rostro de
Satanás mirando al Traidor. He hablado con el Demonio… ha huido, porque no soporta mi voz. ¿Lo habrá dejado ahora, de forma que yo pueda hablar a ese muerto y concebirlo de nuevo -yo, la Madre-con la Sangre de un Dios para darlo a luz a la Gracia? Juan: júrame que lo buscarás y que no serás cruel con él. No lo soy yo que tendría derecho a serlo… ¡Oh, dejadme entrar en esa habitación donde mi Jesús tomó su última comida!, ¡donde la voz de mi Niño pronunció en paz sus últimas palabras!
-Sí. Entraremos. Pero, ahora, ven aquí, a donde estábamos ayer. Descansa. Despídete de José y Nicodemo, que se marchan.
-Sí. Me despido de ellos. ¡Oh, sí, me despido de ellos! Les doy las gracias. ¡Los bendigo!
-Pero, ven, ven; ¡lo harás más cómodamente!
-No. Aquí. José… ¡Oh, no he conocido a nadie con este nombre que no me quisiera!…
María de Alfeo se echa bruscamente a llorar.
-No llores… También José… Por amor, erraba tu hijo. Quería darme humanamente paz… ¡Pero hoy!… Ya lo habéis visto… ¡Oh, todos los Josés son buenos con María!… José, yo te digo "gracias". Y a Nicodemo… Mi corazón se postra a vuestros pies, ante esos pies vuestros cansados por el mucho camino recorrido por Él… por darle los últimos honores… Yo sólo puedo daros mi corazón; no tengo otra cosa… Y os lo doy, amigos leales de mi Hijo… y… y perdonad a una Madre traspasada las palabras que os he dicho en el sepulcro…
-¡Oh! ¡Santa! ¡Perdona tú! -dice Nicodemo.
-Estáte tranquila ahora. Descansa en tu Fe. Mañana vendremos -añade José.
-Sí, vendremos. Estamos a tus órdenes.
-Mañana es sábado -objeta la dueña de la casa.
-El sábado ha muerto. Vendremos. Adiós. El Señor sea con vosotros -y se marchan.
-Ven, María.
-Sí, Madre, ven.
-No. Abrid. Me habéis prometido hacerlo después de las despedidas. ¡Abrid esta puerta! No podéis cerrársela a una madre, a una madre que busca respirar en el aire el olor del aliento, del cuerpo de su Niño. ¿No sabéis, acaso, que ese aliento y ese cuerpo se los di yo? Yo, yo que lo llevé nueve meses, que le di a luz, que lo amamanté, lo crié, lo cuidé. ¡Ese aliento es mío! ¡Ese olor de carne es mío! Es el mío, pero más hermoso en mi Jesús. Dejádmelo percibir otra vez.
-Sí, querida. Mañana. Ahora estás cansada. Estás ardiendo de fiebre. No puedes así. Estás mal.
-Sí. Mal. Pero es porque tengo en los ojos la percepción de su Sangre y en el olfato el olor de su Cuerpo llagado. Quiero ver la mesa en que se apoyó vivo y sano, quiero percibir el perfume de su cuerpo juvenil. ¡Abrid! ¡No me lo sepultéis por tercera vez! Ya me lo habéis ocultado bajo los perfumes y las vendas; luego me lo habéis encerrado tras la piedra. ¿Ahora por qué, por qué negarle a una Madre que halle el último rastro de Él en el aliento que ha dejado detrás de esa puerta? Dejadme entrar.
Buscaré en el suelo, en la mesa, en el asiento, las huellas de sus pies, de sus manos. Y las besaré, las besaré hasta consumirme los labios. Buscaré… buscaré… Quizás encuentre un cabello de su cabeza rubia, un cabello no untado de sangre. ¿Sabéis vosotros qué es para una madre un cabello de su hijo? Tú, María de Cleofás, tú, Salomé, sois madres. ¿Y no comprendéis? ¡Juan! ¡Juan! Escúchame. Yo soy Madre para ti. El me ha constituido tal.
¡Él! Tú me debes obediencia. ¡Abre! Yo te amo, Juan. Siempre te he amado porque lo amabas. Te amaré más todavía. Pero abre. ¡Abre digo! ¿No quieres? ¿No quieres? ¡Ah, ¿entonces ya no tengo hijo?! Jesús no me negaba nunca nada. Porque era hijo. Tú niegas. No eres hijo. No comprendes mi dolor… ¡Oh, Juan!, perdona… perdona.
Abre… No llores… Abre… ¡Oh, Jesús! ¡Jesús!… Escúchame… ¡Obre tu espíritu un milagro! ¡Abre a tu pobre Mamá esta puerta que nadie quiere abrir! ¡Jesús! ¡Jesús!
María llama con los puños cerrados a la puertecita, a esa puertecita bien cerrada. Está en un momento de paroxismo de su congoja. Hasta que palidece y, susurrando:
-¡Oh, mi Jesús! ¡Voy! ¡Voy!», se desploma sin fuerzas sobre los brazos de las mujeres, que lloran y la sujetan para impedir que caiga a los píes de esa puerta; luego la llevan así, a la habitación que hay enfrente.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 6
Decir lo que experimento es inútil. Haría sólo una exposición de mi sufrimiento; por tanto, sin valor respecto al sufrimiento que contemplo. Lo describo, pues, sin comentarios sobre mí.
Asisto al acto de sepultura de Nuestro Señor.
La pequeña comitiva, bajado ya el Calvario, encuentra en la base de éste, excavado en la roca calcárea, el sepulcro de José de Arimatea. En él entran estos compasivos, con el Cuerpo de Jesús.
Veo la estructura del sepulcro. Es un espacio ganado a la piedra, situado al fondo de un huerto todo florecido. Parece una gruta, pero se comprende que ha sido excavada por la mano del hombre. Está la cámara sepulcral propiamente dicha, con sus nichos (de forma distinta de los de las catacumbas). Son como agujeros redondos que penetran en la piedra como agujeros de una colmena; bueno, para tener una idea. Por ahora todos están vacíos. Se ve el ojo vacío de cada nicho como una mancha negra en el fondo gris de la piedra. Luego, precediendo a esta cámara sepulcral, hay como una antecámara, en cuyo centro está la mesa de piedra para la unción. Sobre esta mesa se coloca a Jesús en su sábana.
Entran también Juan y María. No más personas, porque la cámara preparatoria es pequeña y, si hubiera en ella más personas, no podrían moverse. Las otras mujeres están junto a la puerta, o sea, junto a la abertura, porque no hay puerta propiamente dicha.
Los dos portadores destapan a Jesús.
Mientras ellos, en un rincón, encima de una especie de repisa, a la luz de dos antorchas, preparan vendas y aromas, María se inclina sobre su Hijo y llora. Y otra vez lo seca con el velo que sigue en sus caderas. Es el único lavacro para el Cuerpo de Jesús: este de las lágrimas maternas, las cuales, aun siendo copiosas y abundantes sólo bastan para quitar superficialmente y parcialmente la tierra, el sudor y la sangre de ese Cuerpo torturado.
María no se cansa de acariciar esos miembros helados. Y, con una delicadeza mayor que si tocara las de un recién nacido, toma las pobres manos atormentadas, las agarra con las suyas, besa los dedos, los extiende, trata de recomponer los desgarros de las heridas, como para medicarlos y que duelan menos, se lleva a las mejillas esas manos que ya no pueden acariciar, y gime, gime invadida por su atroz dolor. Endereza y une los pobres pies, que tan desmayados están, como mortalmente cansados de tanto camino recorrido por nosotros. Pero estos pies se han deformado demasiado en la cruz, especialmente el izquierdo, que está casi aplanado, como si ya no tuviera tobillo.
Luego vuelve al cuerpo y lo acaricia, tan frío y tan rígido, y, al ver otra vez el desgarrón de la lanza -que ahora, estando supino el Salvador en la superficie de piedra, está totalmente abierto como una boca, y permite ver mejor la cavidad torácica (la punta del corazón puede verse clara entre el esternón y el arco costal izquierdo, y unos dos centímetros por encima se ve la incisión hecha con la punta de la lanza en el pericardio y en el cardio, de un centímetro y medio abundante, mientras que la externa del costado derecho tiene, al menos, siete)-, al verlo otra vez, María vuelve a gritar como en el Calvario. Tanto se retuerce, llena de dolor, llevándose las manos a su corazón, traspasado como el de Jesús, que parece como si la lanza la traspasara a Ella. ¡Cuántos besos en esa herida! ¡Pobre Mamá!
Luego vuelve a la cabeza -levemente vuelta hacia atrás y muy vuelta hacia la derecha-y la endereza. Trata de cerrar los párpados que se obstinan en permanecer semicerrados; y la boca, que ha quedado un poco abierta, contraída, levemente desviada hacia la derecha. Ordena los cabellos, que ayer mismo eran tan hermosos y estaban tan peinados y que ahora son una completa maraña apelmazada por la sangre. Desenreda los mechones más largos, los alisa en sus dedos, los enrolla para dar de nuevo a aquéllos la forma de los dulces cabellos de su Jesús, tan suaves y ondeados. Y gime, gime porque se acuerda de cuando era niño… Es el motivo fundamental de su dolor: el recuerdo de la infancia de Jesús, de su amor por Él, de; cuidados, temerosos incluso del aire más vivo para la Criaturita divina, y el parangón con lo que le han hecho ahora los hombres.
Su lamento me hace sentirme mal. Su gesto me hace llorar y sufrir como si una mano hurgara en mi corazón; ese gesto suyo, cuando Ella, al no poder verlo así, desnudo, rígido, encima de una piedra, gimiendo «¿qué te han… qué te han hecho, Hijo mío? -se lo recoge todo en sus brazos, pasándole el brazo por debajo de los hombros y estrechándolo contra su pecho con la otra mano y acunándolo con el mismo movimiento de la gruta de la Natividad.
La terrible angustia espiritual de María.
La Madre está en pie junto a la piedra de la unción, y acaricia y contempla y gime y llora. La luz temblorosa de las antorchas ilumina intermitentemente su cara y yo veo gotazas de llanto rodar por las mejillas palidísimas de un rostro destrozado. Oigo las palabras. Todas. Bien claras, aunque sean susurradas a flor de labios. Verdadero coloquio del alma materna con el alma del Hijo. Recibo la orden de escribirlas.
-¡Pobre Hijo! ¡Cuántas heridas!… ¡Cómo has sufrido! ¡Mira lo que te han hecho!… ¡Qué frío estás, Hijo! Tus dedos son de hielo. ¡Y qué inertes! Parecen rotos. Nunca, ni en el más relajado de los sueños de tu infancia, ni en el profundo sueño de tu fatiga de obrero, estuvieron tan inertes… ¡Y qué fríos están! ¡Pobres manos! ¡Dáselas a tu Madre, tesoro mío, amor santo, amor mío! ¡Mira qué laceradas están! ¡Mira, mira, Juan, qué desgarro! ¡Oh, crueles! Aquí, aquí, con tu Mamá esta mano herida, para que yo te la medique. ¡No, no te hago daño…! Usaré besos y lágrimas, y con el aliento y el amor te calentaré esta mano. ¡Dame una caricia, Hijo! Tú eres de hielo, yo ardo de fiebre. Mi fiebre se verá aliviada con tu hielo y tu hielo se suavizará con mi fiebre. ¡Una caricia, Hijo! Hace pocas horas que no me acaricias y ya me parecen siglos.
Pasaron meses sin tus caricias y me parecieron horas porque continuamente esperaba tu llegada, y de cada día hacía una hora, de cada hora un minuto, para decirme que no estabas a una o más lunas lejano de mí, sino solamente a unos pocos días, a unas pocas horas. ¿Por qué, ahora es tan largo el tiempo? ¡Ah, congoja inhumana! Porque has muerto. ¡Te me han muerto! ¡Ya no estás en esta Tierra!
¡Ya no! ¡Cualquiera que sea el lugar a donde lance mi alma para buscar la tuya y abrazarme a ella -porque encontrarte, tenerte, sentirte, era la vida de mi carne y de mi espíritu-cualquiera que sea el lugar en que te busque con la ola de mi amor, ya no te encuentro, no te encuentro ya! ¡De ti no me queda sino este despojo frío, este despojo sin alma! ¡Oh, alma de mi Jesús, oh alma de mi Cristo, oh alma de mi Señor, ¿dónde estás?! ¿Por qué le habéis quitado el alma a mi Hijo, hienas crueles unidas con Satanás? ¿Y por qué no me habéis crucificado con Él? ¿Habéis tenido miedo de un segundo delito? (La voz va tomando un tono cada vez más fuerte y desgarrador.) ¿Y qué era matar a una pobre mujer, para vosotros que no habéis vacilado en matar a Dios hecho Carne? ¿No habéis cometido un segundo delito? ¿Y no es éste el más abominable, el de dejar que una madre sobreviva a su Hijo sañosamente matado?
La Madre, que con la voz había alzado la cabeza, ahora se inclina de nuevo hacia el rostro sin vida, y vuelve a hablar bajo, sólo para Él:
-Al menos en la tumba, aquí dentro, habríamos estado juntos, como habríamos estado juntos en la agonía en el madero, y juntos en el viaje de después de la muerte y al encuentro de la Vida. Pero, si no puedo seguirte en el viaje de después de la muerte, aquí, esperándote, sí que puedo quedarme.
Se endereza de nuevo y dice con voz fuerte a los presentes:
-Marchaos todos. Yo me quedo. Cerradme aquí con Él. Lo esperaré. ¿Decís que no se puede? ¿Por qué no se puede?
¿Si hubiera muerto, no estaría aquí, echada a su lado, a la espera de ser recompuesta? Estaré a su lado, pero de rodillas. Asistí a sus vagidos cuando, tierno y rosado, lloraba en una noche de Diciembre. A su lado estaré ahora, en esta noche del mundo que ya no tiene a Cristo. ¡Oh, gélida noche! ¡El Amor ha muerto! ¿Qué dices, Nicodemo?
¿Me contamino? Su Sangre no es contaminación. Tampoco me contaminé generándolo. ¡Ah, cómo saliste Tú, Flor de mi seno, sin lacerar fibra alguna! Antes bien, como una flor de perfumado narciso que brota del alma del bulbo-matriz y florece aunque el abrazo de la tierra no haya ceñido la matriz; así justamente. Virgen florecer que en ti se refleja, oh Hijo venido de abrazo celestial, nacido entre celestiales inundaciones de esplendor.
Ahora la Madre acongojada vuelve a inclinarse hacia el Hijo, abstrayéndose de cualquier otra cosa que no sea Él, y susurra quedo:
-¿Tú recuerdas, Hijo, aquella sublime vestidura de esplendores que todo vistió mientras nacías a este mundo?
¿Recuerdas aquella beatífica luz que el Padre mandó desde el Cielo para envolver el misterio de tu florecer y para que te fuera menos repulsivo este mundo oscuro, a ti que eras Luz y venías de la Luz del Padre y del Espíritu Paráclito? ¿Y ahora?… Ahora oscuridad y frío… ¡Cuánto frío! ¡Cuánto!, ¡y me llena de temblor! Más que aquella noche de Diciembre. Entonces, el tenerte daba calor a mi corazón. Y Tú tenías a dos amándote… Ahora… Ahora sólo yo, y moribunda también.
Pero te amaré por dos: por los que te han amado tan poco, que te han abandonado en el momento del dolor; te amaré por los que te han odiado. Por todo el mundo te amaré, Hijo. No sentirás el hielo del mundo. No, no lo sentirás. Tú no abriste mis entrañas para nacer; pero, para que no sientas el hielo, estoy dispuesta a abrírmelas y envolverte en el abrazo de mi seno. ¿Recuerdas cómo te amó este seno, siendo Tú una pequeña semilla palpitante?… Sigue siendo el mismo. ¡Es mi derecho y mi deber de Madre! Es mi deseo. Sólo la Madre puede tenerlo, puede tener hacia el Hijo un amor tan grande como el Universo.
La voz se ha ido elevando, y ahora con plena fuerza dice:
-Marchaos. Yo me quedo. Volveréis dentro de tres días y saldremos juntos. ¡Oh, volver a ver el mundo apoyada en tu brazo, Hijo mío! ¡Qué hermoso será el mundo a la luz de tu sonrisa resucitada! ¡El mundo estremecido al paso de su Señor! La Tierra ha temblado cuando la muerte te ha arrancado el alma y del corazón ha salido tu espíritu.
Pero ahora temblará… ya no por horror y dolor agudo, sino con ese estremecimiento suave -por mí desconocido, pero intuido por mi feminidad-que hace vibrar a una virgen cuando, después de una ausencia, siente la pisada del prometido que viene para las nupcias. Más aún: la Tierra temblará con un estremecimiento santo, como el que yo experimenté hasta mis más hondas profundidades cuando tuve en mí al Señor Uno y Trino, y la voluntad del Padre con el fuego del Amor creó la semilla de que Tú viniste, oh mi Niño santo, Criatura mía, toda mía. ¡Toda! ¡Toda de tu Mamá!, ¡de tu Mamá!… Todos los niños tienen padre y madre. Hasta el ilegítimo tiene un padre y una madre.
Pero Tú tuviste sólo a la Madre para formarte la carne de rosa y azucena, para hacerte estos recamos de venas, azules como nuestros ríos de Galilea, y estos labios de granado, y estos cabellos de hermosura no superada por las vedijas de oro de las cabras de nuestras colinas, y estos ojos: dos pequeños lagos de Paraíso. No, más bien: del agua de que procede el único y cuádruple Río del Lugar de delicias (Génesis 2, 8-15), y consigo lleva, en sus cuatro ramales, el oro, el ónice, el bedelio y el marfil, los diamantes, las palmas, la miel, las rosas, y riquezas infinitas, oh Pisón, oh Guijón, oh Tigris, oh Éufrates: camino de los ángeles que exultan en Dios, camino de los reyes que te adoran, Esencia conocida o desconocida, pero viviente, presente, hasta en el más oscuro de los corazones.
Sólo tu Mamá te formó esto, con su "sí"… De música y amor te formó; de pureza y obediencia te formé, ¡oh Alegría mía! ¿Qué es tu Corazón? La llama del mío, que se dividió para condensarse en corona en torno al beso de Dios a su Virgen. Esto es este Corazón. ¡Ah!
(Es un grito tan desgarrador que la Magdalena y Juan se acercan a socorrerla; las otras no se atreven, y llorando, veladas, miran de soslayo desde la abertura).
-¡Ah, te lo han partido! ¡Por eso estás tan frío y por eso estoy tan fría yo! Ya no tienes dentro la llama de mi corazón, ni yo puedo seguir viviendo por el reflejo de esa llama que era mía y que te di para formarte un corazón. ¡Aquí, aquí, aquí, en mi pecho! Antes que la muerte me quite la vida, quiero darte calor, quiero acunarte. Te cantaba: "No hay casa, no hay alimento, hay sólo dolor".
¡Proféticas palabras! ¡Dolor, dolor, dolor para ti, para mí! Te cantaba: "Duerme, duerme en mi corazón". También ahora: aquí, aquí, aquí…
Y, sentándose en el borde de la piedra, lo recoge tiernamente en su regazo pasándose un brazo de su Hijo por los hombros, poniéndose la cabeza de su Hijo apoyada en un hombro y reclinando la suya sobre ella, estrechándolo contra su pecho, acunándolo, besándolo, acongojada y acongojante.
Nicodemo y José se acercan y ponen en una especie de asiento que hay junto a la otra parte de la piedra, vasos y vendas y la sábana limpia y un barreño con agua, me parece, y vedijas de hilas, me parece.
María, que ve esto, pregunta con fuerte voz:
-¿Qué hacéis? ¿Qué queréis? ¿Prepararlo? ¿Prepararlo para
qué? Dejadlo en el regazo de su Madre. Si logro darle calor, resucita antes; si logro consolar al Padre y consolarlo a Él del odio deicida, el Padre perdona antes y Él vuelve antes.
La Dolorosa está casi en estado de delirio.
-¡No, no os le doy! Una vez lo di, una vez lo di al mundo, y el mundo no lo ha recibido. Lo ha matado por no querer tenerlo. ¡Ahora no vuelvo a darlo! ¿Qué decís? ¿Que lo amáis? ¡Ya! Y entonces ¿por qué no lo habéis defendido?
Habéis esperado a decir que lo queríais cuando ya no podía oíros. ¡Qué pobre el amor vuestro! Pero, si teníais tanto miedo al mundo, que no os atrevíais a defender a un inocente, al menos hubierais debido confiármelo a mí, a la Madre, para que defendiera al que de Ella nació. Ella sabía quién era y qué merecía. ¡Vosotros!… Lo habéis tenido como Maestro, pero no habéis aprendido nada. ¿No es, acaso, cierto? ¿Acaso miento? ¿Pero no veis que no creéis en su Resurrección? ¿Creéis? No. ¿Por qué estáis ahí, preparando aromas y vendas? Porque lo consideráis un pobre muerto, hoy gélido, mañana descompuesto, y queréis embalsamarlo por esto. Dejad vuestros ungüentos. Venid a adorar al Salvador con el corazón puro de los pastores betlemitas. Mirad: duerme. Es sólo un hombre cansado que descansa. ¡Cuánto se ha esforzado en la vida! ¡Cada vez más, ha ido esforzándose! ¡Y, bueno, no digamos ya en estas últimas horas!… Ahora está descansando. Para mí, para su Mamá, es sólo un Niño grande cansado que duerme.
¡Bien míseros la cama y la habitación! Pero tampoco fue hermoso su primer lecho, ni alegre su primera morada. Los pastores adoraron al Salvador mientras dormía su sueño de Niño. Vosotros adorad al Salvador mientras duerme su sueño de Triunfador de Satanás. Y luego, como los pastores, id a decir al mundo: "¡Gloria a Dios! ¡El Pecado ha muerto! ¡Satanás ha sido vencido! ¡Paz en la Tierra y en el Cielo entre Dios y el hombre!". Preparad los caminos de su regreso. Yo os envío. Yo, a quien la Maternidad hace Sacerdotisa del rito. Id. Yo he dicho que no quiero. Yo he lavado con mi llanto. Y es suficiente. Lo demás no hace falta. Y no os penséis que le vais a poner esas cosas. Más fácil le será resucitar si está libre de esas fúnebres, inútiles vendas. ¿Por qué me miras así, José? ¿Y tú por qué, Nicodemo? ¿Pero es que el horror de hoy os ha entontecido?, ¿os ha hecho perder la memoria? ¿No recordáis? “A Esta generación malvada y adúltera, que busca un signo, no le será dada sino la señal de Jonás…
Así, el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el corazón de la Tierra". ¿No lo recordáis? "El Hijo del hombre está para ser entregado en manos de los hombres, que lo matarán, pero al tercer día resucitará.” ¿No os acordáis? "Destruid este Templo del Dios verdadero y en tres días Yo lo resucitaré. Templo era su Cuerpo, ¡oh hombres! ¿Meneas la cabeza? ¿Es compasión hacia mí? ¿Me crees una demente? Pero bueno, ¿ha resucitado muertos y no va a poder resucitarse a sí mismo? ¿Juan?
-¡Madre!
-Sí, llámame "madre". ¡No puedo vivir pensando que no seré llamada así! Juan, tú estabas presente cuando resucitó a la hijita Jairo y al jovencito de Naím. ¿Estaban bien muertos, no? ¿No era sólo un profundo sopor? Responde.
-Estaban muertos. La niña, desde hacía dos horas; el jovencito desde hacía un día y medio.
-¿Y dio la orden y ellos se alzaron?
-Dio la orden y ellos se alzaron.
-¿Habéis oído? Vosotros dos: ¿habéis oído? ¿Por qué meneáis la cabeza? ¡Ah, quizás lo que estáis insinuando es que la vida vuelve antes a uno que es inocente y joven!
¡Pues mi Niño es el Inocente! Y es Siempre Joven. ¡Es Dios mi Hijo!…
La Madre mira con ojos acongojados a los dos preparadores, quienes, desalentados pero inexorables, disponen los rollos de las vendas empapadas ya en los perfumes.
María da dos pasos -ha dejado a su Hijo sobre la piedra con la delicadeza de quien pone en la cuna a un recién nacido-, da dos pasos, se inclina al pie del lecho fúnebre, donde, de rodillas, llora la Magdalena; y la aferra por un hombro, la zarandea, la llama:
-María. Responde. Éstos piensan que Jesús no podrá resucitar porque es un hombre y ha muerto a causa de heridas. Pero ¿tu hermano no es mayor que El?
-Sí.
-¿No estaba llagado por entero?
-Sí.
-¿No se corrompía ya antes de descender al sepulcro?
-Sí.
-¿Y no resucitó después de cuatro días de asfixia y putrefacción?
-Sí.
-¿Entonces?
Silencio grave y largo. Luego un grito inhumano. María vacila mientras se lleva una mano al corazón. La sujetan. Pero Ella los rechaza. Parece rechazar a estos compasivos; en realidad rechaza lo que sólo Ella ve. Y grita:
-¡Atrás! ¡Atrás, cruel! ¡No esta venganza! ¡Calla! ¡No quiero oírte! ¡Calla! ¡Ah, me muerde el corazón!
-¿Quién, Madre?
-¡Oh, Juan! ¡Es Satanás! Satanás, que dice: "No resucitará. Ningún profeta lo ha dicho". ¡Oh, Dios Altísimo! ¡Ayudadme todos, espíritus buenos, y vosotros, hombres compasivos! ¡Mi razón vacila! No recuerdo nada. ¿Qué dicen los profetas? ¿Qué dice el salmo? ¡Oh, ¿quién me repite los pasos que hablan de Jesús?!
Es la Magdalena la que con su voz de órgano dice el salmo davídico sobre la Pasión del Mesías.
La Madre llora más fuerte, sujetada por Juan, y el llanto cae sobre el Hijo muerto, que resulta todo mojado de lágrimas. María ve esto, y lo seca, y dice en voz baja:
-¡Tanto llanto! Y, cuando tenías tanta sed, ni siquiera una lágrima te he podido dar. Y ahora… ¡te mojo entero! Pareces un arbusto bajo un pesado rocío. Aquí, que tu Madre te seca. ¡Hijo! ¡Tanta amargura has experimentado!
¡No caiga ahora el amargor y la sal del llanto materno en tu labio herido!…
-Luego llama fuerte:
-María. David no habla… ¿Sabes Isaías? Di sus palabras…
La Magdalena dice el fragmento sobre la Pasión y termina con un sollozo: -…Entregó su vida a la muerte y fue contado entre los malhechores; Él, que quitó los pecados del mundo y oró por los pecadores.
-¡Calla! ¡Muerte no! ¡No entregado a la muerte! ¡No! ¡No! ¡Oh, vuestra falta de fe, aliándose con la tentación de Satanás, me pone la duda en el corazón! ¿Y yo no voy a creerte, Hijo? ¿No voy a creer en tu santa palabra? ¡Díselo a mi alma! Habla. Desde las lejanas regiones a donde has ido a liberar a los que esperaban tu llegada, lanza tu voz de alma a mi alma hacia ti abierta; a mi alma, que está aquí, abierta toda a recibir tu voz.
¡Dile a tu Madre que vuelves! Di: “Al tercer día resucitaré". ¡Te lo suplico, Hijo y Dios! Ayúdame a proteger mi fe. Satanás la aprisiona entre sus roscas para estrangularla. Satanás ha separado su boca de serpiente de la carne del hombre porque Tú le has arrebatado esta presa, pero ahora ha hincado el garfio de sus dientes venenosos en la carne de mi corazón y me paraliza sus latidos y me quita su fuerza y su calor. ¡Dios! ¡Dios!
¡Dios! ¡No permitas que desconfíe! ¡No dejes que la duda me hiele! ¡No des a Satanás la libertad de llevarme a la desesperación! ¡Hijo! ¡Hijo! Ponme la mano en el corazón: alejará a Satanás. Ponme la mano sobre la cabeza: le devolverá la luz. Santifica con una caricia mis labios y se fortalezcan para decir: "Creo" incluso contra todo un mundo que no cree. ¡Oh, qué dolor es no creer! ¡Padre!
Mucho hay que perdonar a quien no cree. Porque cuando ya no se cree… cuando ya no se cree… todo horror se hace fácil. Yo te lo digo… yo que experimento esta tortura.
¡Padre, piedad de los que no tienen fe! ¡Dales, Padre santo, dales, por esta Hostia consumada y por mí, hostia que aún ar consume, da tu Fe a los que carecen de fe!
Un rato largo de silencio.
Nicodemo y José hacen un gesto a Juan y a la Magdalena.
-Ven, Madre.
Es la Magdalena la que habla tratando de separar a María de su Hijo y de desligar los dedos de Jesús entrelazados con los de María, que los besa llorando.
La Madre se yergue. Su aspecto es solemne. Extiende por última vez los pobres dedos exangües, coloca la mano inerte junto al Cuerpo. Luego baja los brazos y bien erguida, con la cabeza levemente hacia arriba, ora y ofrece. No se oye una sola palabra, pero se comprende que ora, por todo el aspecto. Es verdaderamente la Sacerdotisa ante el altar, la Sacerdotisa en el instante de la ofrenda. «Offerimus praeclarae majestati tuae de tuis donis, ac datis, hostiam puram, hostiam sanctam, hostiam immaculatam… (Ofrecemos a tu suprema majestad las cosas que tú mismo nos has dado, esto es, el sacrificio puro, santo e inmaculado… (del Misal Romano).
Luego se vuelve:
-De acuerdo, hacedlo. Pero resucitará. En vano desconfiáis de mi razón, en vano estáis ciegos a la verdad que Él os dijo. En vano trata Satanás de tender asechanzas a mi fe. Para redimir al mundo falta también la tortura infligida a mi corazón por Satanás derrotado. La sufro y la ofrezco por los que han de venir. ¡Adiós, Hijo!, ¡Adiós, Criatura mía! ¡Adiós, Niño mío! ¡Adiós… !
Adiós… Santo… Bueno… Amadísimo y digno de amor… Hermosura… Gozo… Fuente de salvación…
Adiós… En tus ojos… en tus labios… en tu pelo de oro… en tus helados miembros… en tu corazón traspasado… ¡oh, en tu corazón traspasado!… mi beso… mi beso… mi beso… Adiós. Adiós… ¡Señor! ¡Piedad de mí!
Los dos preparadores han terminado de disponer las vendas.
Vienen a la mesa y despojan a Jesús incluso de su velo. Pasan una esponja -me parece; o un ovillo de lino-por los miembros (es una muy apresurada preparación de los miembros, que gotean por mil partes).
Luego untan de ungüentos todo el Cuerpo, que queda literalmente tapado bajo una costra de pomada. Lo primero, lo han alzado. Han limpiado la mesa de piedra. En ésta han puesto la sábana, que cae por más de su mitad por la cabecera del lecho. Han colocado el Cuerpo apoyado sobre el pecho y han untado todo el dorso, los muslos, las piernas, toda la parte posterior. Luego le han dado la vuelta delicadamente, poniendo atención en que no se desprendiera la pomada de perfumes. Le han ungido también por la parte anterior: primero el tronco; luego los miembros (primero los pies; lo último, las manos, que han unido encima del bajo vientre).
La mixtura de ungüentos debe ser pegajosa, como goma, porque veo que las manos han quedado estables, mientras que antes siempre resbalaban por su peso de miembros muertos. Los pies, no: conservan su posición: uno más derecho, el otro más echado.
Por último, la cabeza: la habían untado esmeradamente (de forma que sus rasgos desaparecen bajo el estrato de ungüento), después, para mantener cerrada la boca, la han atado con la venda que faja el mentón.
María ahora gime más fuerte.
Alzan la sábana por el lado que recaía y la pliegan sobre Jesús, que desaparece bajo su grueso lienzo. Jesús no es ahora sino una forma cubierta por un lienzo.
José comprueba que todo está bien y todavía coloca sobre el rostro un sudario de lino; y otros paños, semejantes a cortas y anchas tiras rectangulares, de derecha a izquierda, sobre el Cuerpo, que sujetan la sábana bien adherida: no es el típico vendaje que se ve en las momias, tampoco el que se ve en la resurrección de Lázaro: es un vendaje en embrión.
Jesús ha quedado anulado. Hasta la forma se difumina bajo los paños. Parece un alargado montón de tela, más estrecho en los extremos y más ancho en el centro, apoyado sobre el gris de la piedra.
María llora más fuerte.
-Dice Jesús (a María Valtorta):
-Y la tortura continuó con asaltos periódicos hasta el alba del domingo. Yo tuve, en la Pasión, una sola tentación. Pero la Madre, la Mujer, expió por la mujer, culpable de todos los males, repetidas veces. Y Satanás agredió a la Vencedora con centuplicada saña.
María lo había vencido, y Ella recibió la más atroz de las tentaciones. Tentación a la carne de la Madre. Tentación al corazón de la Madre. Tentación al espíritu de la Madre.
El mundo cree que la Redención tuvo fin con mi último respiro. No. La coronó la Madre, añadiendo su triple tortura para redimir la triple concupiscencia, luchando durante tres días contra Satanás, que quería llevarla a negar mi Palabra y a no creer en mi Resurrección. María fue la única que siguió creyendo. Grande y bienaventurada es también por esta fe.
Has conocido también esto. Tormento que es eco del tormento de mi Getsemaní. El mundo no comprenderá esta página.
Pero "los que están en el mundo sin ser del mundo" la comprenderán, y verán aumentado su amor hacia la Madre Dolorosa. Por esto la he dado.
Ve en paz con nuestra bendición.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 6
Cuatro hombres fornidos, que por su aspecto me parecen judíos, y judíos más merecedores de la cruz que los condenados, ciertamente de la misma calaña de los flageladores, y que estaban en un sendero, saltan al lugar del suplicio.
Van vestidos con túnicas cortas y sin mangas. Tienen en sus manos clavos, martillos y cuerdas. Y muestran burlonamente estas cosas a los tres condenados. La muchedumbre se excita envuelta en un delirio cruel.
El centurión ofrece a Jesús el ánfora, para que beba la mixtura anestésica del vino mirrado. Pero Jesús la rechaza. Los dos ladrones, por el contrario, beben mucha.
Luego, junto a una piedra grande, casi en el borde de la cima, ponen esta ánfora de amplia boca de forma de tronco de cono invertido.
Se da a los condenados la orden de desnudarse. Los dos ladrones lo hacen sin pudor alguno. Es más, se divierten haciendo gestos obscenos hacia la muchedumbre, y especialmente hacia el grupo sacerdotal, todo blanco con sus túnicas de lino, grupo que, a la chita callando y haciendo uso de su condición, ha vuelto al rellano. A los sacerdotes se han unido dos o tres fariseos y otros prepotentes personajes a quienes el odio hace amigos entre sí. Y veo a personas ya conocidas, como el fariseo Jocanán e Ismael, el escriba Sadoq, Elí de Cafarnaúm…
Los verdugos ofrecen tres trapajos a los condenados para que se los aten a la ingle. Los ladrones los agarran mientras profieren blasfemias aún más horrendas. Jesús, que se está desvistiendo lentamente por el agudo dolor de las heridas, lo rehúsa. Quizás cree que conservará el calzón corto que pudo tener durante la flagelación. Pero cuando le dicen que también se lo quite, tiende la mano para mendigar el trapajo de los verdugos para cubrir su desnudez: verdaderamente es el Anonadado, hasta el punto de tener que pedir un trapajo a unos delincuentes.
Pero María se ha percatado y se ha quitado el largo y sutil lienzo blanco que le cubre la cabeza por debajo del manto oscuro; un velo en el que Ella ha derramado ya mucho llanto. Se lo quita sin dejar caer el manto. Se lo pasa a Juan para que se lo dé a Longinos para su hijo. El centurión toma el velo sin poner dificultades, y cuando ve que Jesús está para desnudarse del todo, vuelto no hacia la muchedumbre sino hacia la parte vacía de gente -mostrando así su espalda surcada de moraduras y ampollas, sangrante por heridas abiertas o a través de oscuras costras-, le ofrece el velo materno de lino.
Jesús lo reconoce y se lo enrolla en varias veces en torno a la pelvis asegurándoselo bien para que no se caiga… Y en el lienzo –hasta ese momento mojado sólo de llanto-caen las primeras gotas de sangre, porque muchas de las heridas, mínimamente cubiertas de coágulo, al agacharse para quitarse las sandalias y dejar en el suelo la ropa, se han abierto y la sangre de nuevo mana.
Ahora Jesús se vuelve hacia la muchedumbre. Y se ve así que también el pecho, los brazos, las piernas, están llenos de golpes de los azotes. A la altura del hígado hay un enorme cardenal. Bajo el arco costal izquierdo hay siete nítidas estrías en relieve, terminada en siete pequeñas laceraciones sangrantes rodeadas de un círculo violáceo… un golpe fiero de flagelo en esa zona tan sensible del diafragma.
Las rodillas, magulladas por las repetidas caídas que ya empezaron inmediatamente después de la captura y que terminaron en el Calvario, están negras por los hematomas, y abiertas por la rótula, especialmente la derecha, con una vasta laceración sangrante.
La muchedumbre lo escarnece como en coro (con citas de: Salmo 45, 3; Cantar de los cantares 5, 10-16; y alusiones a: Números 12; Deuteronomio 24, 9):
-¡Qué hermoso! ¡El más hermoso de los hijos de los hombres! Las hijas de Jerusalén te adoran…
Y empiezan a cantar, con tono de salmo:
-Cándido y rubicundo es mi dilecto, se distingue entre millares. Su cabeza es oro puro; sus cabellos, racimos de palmera, sedeños como pluma de cuervo. Sus ojos son como dos palomas chapoteando en arroyos de leche que no de agua, en la leche de sus órbitas. Sus mejillas son aromáticos cuadros de jardín; sus labios, purpúreos lirios que rezuman preciosa mirra. Sus manos torneadas como trabajo de orfebre, terminadas en róseos jacintos. Su tronco es marfil veteado de zafiros.
Sus piernas, perfectas columnas de cándido mármol con bases de oro. Su majestuosidad es como la del Líbano; su solemnidad, mayor que 1a del alto cedro. Su lengua está empapada de dulzura. Toda una delicia es él -y se ríen, y también gritan:
-¡El leproso! ¡El leproso! ¿Será que has fornicado con un ídolo, si Dios te ha castigado de este modo? ¿Has murmurado contra los santos de Israel, como María de Moisés pues que has recibido este castigo? ¡Oh! ¡Oh! ¡El Perfecto! ¿Eres el Hijo de Dios? ¡Qué va! ¡Lo que eres es el aborto de Satanás! Al menos él, Mammona, es poderoso y fuerte. Tú… eres un andrajo impotente y asqueroso.
Atan a las cruces a los ladrones y se los coloca en sus sitios, uno a la derecha, uno a la izquierda, respecto al sitio destinado para Jesús. Gritan, imprecan, maldicen; y, especialmente cuando meten las cruces en el agujero y los descoyuntan y las cuerdas magullan sus muñecas, sus maldiciones contra Dios, contra la Ley, contra los romanos, contra los judíos, son infernales.
Es ahora el turno de Jesús. Él se extiende mansamente sobre el madero. Los dos ladrones se rebelaban tanto, que, no siendo suficientes los cuatro verdugos, habían tenido que intervenir soldados para sujetarlos, para que no apartaran con patadas a los verdugos que los ataban por las muñecas.
Pero para Jesús no hay necesidad de ayuda. Se extiende y pone la cabeza donde le dicen que la ponga. Abre los brazos como le dicen que los abra. Estira las piernas como ordenan que lo haga. Sólo se ha preocupado de colocarse bien su velo. Ahora su largo cuerpo, esbelto y blanco, resalta sobre el madero oscuro y el suelo amarillo.
Dos verdugos se sientan encima de su pecho para sujetarlo. Y pienso en qué opresión y dolor debió sentir bajo ese peso. Un tercer verdugo le toma el brazo derecho y lo sujeta: con una mano en la primera parte del antebrazo; con la otra, en el extremo de los dedos. El cuarto, que tiene ya en su mano el largo clavo de punta afilada y cuerpo cuadrangular que termina en una superficie redonda y plana del diámetro de diez céntimos de los tiempos pasados, mira si el agujero ya practicado en la madera coincide con la juntura del radio y el cúbito en la muñeca. Coincide. El verdugo pone la punta del clavo en la muñeca, alza el martillo y da el primer golpe.
Jesús, que tenía los ojos cerrados, al sentir el agudo dolor grita y se contrae, y abre al máximo los ojos, que nadan entre lágrimas. Debe sentir un dolor atroz… el clavo penetra rompiendo músculos, venas, nervios, penetra quebrantando huesos…
María responde, con un gemido que casi lo es de cordero degollado, al grito de su Criatura torturada; y se pliega, como quebrantada Ella, sujetándose la cabeza entre las manos. Jesús, para no torturarla, ya no grita. Pero siguen los golpes, metódicos, ásperos, de hierro contra hierro… y uno piensa que, debajo, es un miembro vivo el que los recibe.
La mano derecha ya está clavada. Se pasa a la izquierda. El agujero no coincide con el carpo. Entonces agarran una cuerda, atan la muñeca izquierda y tiran hasta dislocar la juntura, hasta arrancar tendones y músculos, además de lacerar la piel ya serrada por las cuerdas de la captura.
También la otra mano debe sufrir porque está estirada por reflejo y en torno a su clavo se va agrandando el agujero. Ahora a duras penas se llega al principio del metacarpo, junto a la muñeca. Se resignan y clavan donde pueden, o sea, entre el pulgar y los otros dedos, justo en el centro del metacarpo.
Aquí el clavo entra más fácilmente, pero con mayor espasmo porque debe cortar nervios importantes (tanto que los dedos se quedan inertes, mientras los de la derecha experimentan contracciones y temblores que ponen de manifiesto su vitalidad). Pero Jesús ya no grita, sólo emite un ronco quejido tras sus labios fuertemente cerrados, y lágrimas de dolor caen al suelo después de haber caído en la madera.
Ahora les toca a los pies. A unos dos metros -un poco más-del extremo de la cruz hay un pequeño saliente cuneiforme, escasamente suficiente para un pie. Acercan a él los pies para ver si va bien la medida. Y, dado que está un poco bajo y los pies llegan mal, estiran por los tobillos al pobre Mártir. Así, la madera áspera de la cruz raspa las heridas y menea la corona, de forma que ésta se descoloca arrancando otra vez cabellos, y puede caerse; un verdugo, con mano violenta, vuelve a incrustársela en la cabeza…
Ahora los que estaban sentados en el pecho de Jesús se alzan para ponerse sobre las rodillas, dado que Jesús hace un movimiento involuntario de retirar las piernas al ver brillar al sol el larguísimo clavo, el doble de largo y de ancho de los que han sido usados para las manos. Y cargan su peso sobre las rodillas excoriadas, y hacen presión sobre las pobres tibias contusas, mientras los otros dos llevan a cabo la operación, mucho más difícil, de enclavar un pie sobre el otro, tratando de hacer coincidir las dos junturas de los tarsos.
A pesar de que miren bien y tengan bien sujetos los pies, por los tobillos y los dedos, contra el apoyo cuneiforme, el pie de abajo se corre por la vibración del clavo, y tienen que desclavarlo casi (desclavar invirtiendo la posición, o sea, poniendo debajo el pie derecho y encima el izquierdo), porque después de haber entrado en las partes blandas, el clavo, que ya había perforado el pie derecho y sobresalía, tiene que ser centrado un poco más.
Y golpean, golpean, golpean… Sólo se oye el atroz ruido del martillo contra la cabeza del clavo, porque todo el Calvario es sólo ojos atentísimos y oídos aguzados, para percibir la acción y el ruido, y gozarse en ello…
Acompaña al sonido áspero del hierro un lamento quedo de paloma: el ronco gemido de María, quien cada vez se pliega más, a cada golpe, como si el martillo la hiriera a Ella, la Madre Mártir. Y es comprensible que parezca próxima a sucumbir por esa tortura: la crucifixión es terrible: como la flagelación en cuanto al dolor, pero más atroz de presenciar, porque se ve desaparecer el clavo dentro de las carnes vivas; sin embargo, es más breve que la flagelación, que agota por su duración.
Para mí, la agonía del Huerto, la flagelación y la crucifixión son los momentos más atroces. Me revelan toda la tortura de Cristo. La muerte me resulta consoladora, porque digo: « ¡Se acabó!». Pero éstas no son el final, son el comienzo de nuevos sufrimientos.
Ahora arrastran la cruz hasta el agujero. La cruz rebota sobre el suelo desnivelado y zarandea al pobre Crucificado. Izan la cruz, que dos veces se va de las manos de los que la levantan (una vez, de plano; la otra, golpeando el brazo derecho de la cruz) y ello procura un acerbo tormento a Jesús, porque la sacudida que recibe remueve las extremidades heridas.
Y cuando, luego, dejan caer la cruz en su agujero -oscilando además ésta en todas las direcciones antes de quedar asegurada con piedras y tierra, e imprimiendo continuos cambios de posición al pobre cuerpo, suspendido de tres clavos-, el sufrimiento debe ser atroz. Todo el peso del cuerpo se echa hacia delante y cae hacia abajo, y los agujeros se ensanchan, especialmente el de la mano izquierda; y se ensancha el agujero practicado en los pies. La sangre brota con más fuerza. La de los pies gotea por los dedos y cae al suelo, o desciende por el madero de la cruz; la de las manos recorre los antebrazos, porque las muñecas están más altas que las axilas, debido a la postura; surca también las costillas bajando desde las axilas hacia la cintura. La corona, cuando la cruz se cimbrea antes de ser fijada, se mueve, porque la cabeza se echa bruscamente hacia atrás, de manera que hinca en la nuca el grueso nudo de espinas en que termina la punzante corona, y luego vuelve a acoplarse en la frente y araña, araña sin piedad.
Por fin, la cruz ha quedado asegurada y no hay otros tormentos aparte del de estar colgado. Levantan también a los ladrones, los cuales, puestos ya verticalmente, gritan como si los estuvieran desollando vivos, por la tortura de las cuerdas, que van serrando las muñecas y hacen que las manos se pongan negras, con las venas hinchadas como cuerdas.
Jesús calla. La muchedumbre ya no calla; antes bien, reanuda su vocerío infernal.
Ahora la cima del Gólgota tiene su trofeo y su guardia de honor. En el extremo más alto, la cruz de Jesús; a sus dos lados, las otras dos. Media centuria de soldados con las armas al pie rodeando la cima. Dentro de este círculo de soldados, los diez desmontados del caballo jugándose a los dados los vestidos de los condenados.
En pie, erguido, entre la cruz de Jesús y la de la derecha, Longinos que parece montar guardia de honor al Rey Mártir. La otra media centuria, descansando, está a las órdenes del ayudante de Longinos, en el sendero de la izquierda y en el rellano más bajo, a la espera de ser utilizados si hubiera necesidad de hacerlo.
Los soldados muestran una casi total indiferencia; sólo alguno, de vez en cuando, alza la cabeza hacia los crucificados.
Longinos, sin embargo, observa todo con curiosidad e interés, compara y mentalmente juzga: compara a los crucificados -especialmente a Cristo- con los espectadores.
Su mirada penetrante no se pierde ni un detalle, y para ver mejor se hace visera con la mano porque el sol debe molestarle.
Es, efectivamente, un sol extraño; de un amarillo-rojo de llama Y luego esta llama parece apagarse de golpe por un nubarrón de pez que aparece tras las cadenas montañosas judías y que corre veloz por el cielo para desaparecer detrás de otros montes. Y cuando el sol vuelve a aparecer es tan intenso, que a duras penas lo soportan los ojos.
Mirando, ve a María, justo al pie del escalón del terreno, alzado hacia su Hijo el rostro atormentado. Llama a uno de los soldados que están jugando a los dados y le dice:
-Si la Madre quiere subir con el hijo que la acompaña, que venga. Escóltala y ayúdala.
Y María con Juan -tomado por hijo-sube por los escalones incididos en la roca tobosa -creo-y traspasa el cordón de los soldados para ir al pie de la cruz, aunque un poco separada, para ser vista por su Jesús y verlo a su vez.
La turba, enseguida, le propina los más oprobiosos insultos, uniéndola a su Hijo en las blasfemias. Pero Ella, con los labios temblorosos y blanquecidos, sólo busca consolarlo con una sonrisa acongojada en que se enjugan las lágrimas que ninguna fuerza de voluntad logra retener en los ojos.
La gente, empezando por los sacerdotes, escribas, fariseos, saduceos, herodianos y otros como ellos, se procura la diversión de hacer como un carrusel: subiendo por el camino empinado, orillando el escalón final y bajando por el otro sendero, o viceversa; y, al pasar al pie de la cima, por el rellano inferior, no dejan de ofrecer sus palabras blasfemas como don para el Moribundo.
Toda la infamia, la crueldad, el odio, la vesania de que, con la lengua, son capaces los hombres quedan ampliamente testificadas por estas bocas infernales. Los que más se ensañan son los miembros del Templo, con la ayuda de los fariseos.
-¿Y entonces? Tú, Salvador del género humano, ¿por qué no te salvas? ¿Te ha abandonado tu rey Belcebú? ¿Ha renegado de ti? -gritan tres sacerdotes.
Y una manada de judíos:
-Tú, que hace no más de cinco días, con la ayuda del Demonio, hacías decir al Padre… ¡ja! ¡Ja! ¡Ja!… que te iba a glorificar, ¡cómo es que no le recuerdas que mantenga su promesa?
Y tres fariseos:
-¡Blasfemo! ¡Ha salvado a los otros, decía, con la ayuda de Dios! ¡Y no logra salvarse a sí mismo! ¿Quieres que la gente crea? ¡Pues haz el milagro! ¿Ya no puedes, eh? Ahora tienes las manos clavadas y estás desnudo.
Y saduceos y herodianos a los soldados:
-¡Cuidado con el hechizo, vosotros que os habéis quedado sus vestidos! ¡Lleva dentro el signo infernal!
Una muchedumbre, en coro:
-Baja de la cruz y creeremos en ti. Tú que destruyes el Templo… ¡Loco!… Mira, allí está el glorioso y santo Templo de Israel. ¡Es intocable, profanador! Y Tú estás muriendo.
Otros sacerdotes:
-¡Blasfemo! ¿Hijo de Dios, Tú? ¡Pues baja de ahí entonces! Fulmínanos, si eres Dios. Te escupimos, porque no te tenemos miedo.
Otros que pasan y menean la cabeza:
-Sólo sabe llorar. ¡Sálvate, si es verdad que eres el Elegido!
Los soldados:
-¡Eso, sálvate! ¡Y reduce a cenizas a la cochambre la cochambre! Que sois la cochambre del imperio, judíos canallas. ¡Hazlo! ¡Roma te introducirá en el Capitolio y te adorará como a un numen!
Los sacerdotes con sus cómplices:
-Eran más dulces los brazos de las mujeres que los de la cruz, ¿verdad? Pero, mira: están ya preparadas para recibirte estas -aquí dicen un término infame- tuyas.
Tienes a todo Jerusalén para hacerte de madrina de boda. Y silban como carreteros. Otros, lanzando piedras: -¡Convierte éstas en pan, Tú, multiplicador de panes!
Otros, parodiando los hosannas del domingo de ramos, lanzan ramas y gritan: -¡Maldito el que viene en nombre del Demonio! ¡Maldito su reino! ¡Gloria a Sión, que lo segrega de entre los vivos!
Un fariseo se coloca frente a la cruz y muestra el puño con el índice y el meñique alzados y dice:
-¿“Te entrego al Dios del Sinaí, dijiste”? Ahora el Dios del Sinaí te prepara para el fuego eterno. ¿Por qué no llamas a Jonás para que te devuelva aquel buen servicio?
Otro:
-No estropees la cruz con los golpes de tu cabeza. Tiene que servir para tus seguidores. Toda una legión de seguidores tuyos morirá en tu madero, te lo juro por Yeohveh. Y al primero que voy a crucificar va a ser a Lázaro. Veremos si esta vez lo resucitas.
-¡Sí! ¡Sí! ¡Vamos a casa de Lázaro! ¡Clavémoslo por el otro lado de la cruz! -y, como papagayos, remedan el modo lento de hablar de Jesús diciendo: « ¡Lázaro, amigo mío, sal afuera! Desatadlo y dejadlo andar.
-¡No! Decía a Marta y a María, sus hembras: "Yo soy la Resurrección y la Vida". ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡La Resurrección no sabe repeler la muerte, y la Vida muere!
-Ahí están María y Marta. Vamos a preguntarles dónde está Lázaro y vamos a buscarlo.
Y se acercan, hacia las mujeres. Preguntan arrogantemente:
-¿Dónde está Lázaro? ¿En el palacio?
Y María Magdalena, mientras las otras mujeres, aterrorizadas, se refugian detrás de los pastores, se adelanta, hallando en su dolor la antigua altivez de los tiempos de pecado, y dice:
-Id. Encontraréis ya en el palacio a los soldados de Roma y a quinientos hombres de mis tierras armados, y os castrarán como a viejos cabros destinados para comida de los esclavos de los molinos.
-¡Descarada! ¿Así hablas a los sacerdotes?
-¡Sacrílegos! ¡Infames! ¡Malditos! ¡Volveos! Detrás de vosotros tenéis, yo las veo, las lenguas de las llamas infernales.
Tan segura es la afirmación de María, que esos cobardes se vuelven, verdaderamente aterrorizados; y, si no tienen las llamas detrás sí tienen en los lomos las bien afiladas lanzas romanas. Porque Longinos ha dado una orden y la media centuria que estaba descansando ha entrado en acción y pincha en las nalgas a los primeros que encuentra. Éstos huyen gritando y la media centuria se queda cerrando los accesos de los dos senderos y haciendo de baluarte a la explanada. Los judíos imprecan, pero Roma es la más fuerte.
La Magdalena se cubre de nuevo con su velo -se lo había levantado para hablar a los insultadores-y vuelve a su sitio. Las otras vuelven donde ella.
Pero el ladrón de la izquierda sigue diciendo insultos desde su cruz. Parece como si en él se condensaran todas las blasfemias de los otros, y las va soltando todas, para terminar:
-¡Sálvate y sálvanos, si quieres que se te crea. ¿El Cristo Tú? ¡Un loco es lo que eres! El mundo es de los astutos y Dios no existe. Yo existo, esto es verdad, Y para mí todo es lícito. ¿Dios?… ¡Una patraña! ¡Creada para tenernos quietecitos! ¡Viva nuestro yo! ¡Sólo él es rey y dios!
El otro ladrón, que está a la derecha y tiene casi a sus pies a María y que mira a Ella casi más que a Cristo, y que desde hace algunos momentos llora susurrando: «La madre», dice:
-¡Calla! ¿No temes a Dios ni siquiera ahora que sufres esta pena? ¿Por qué insultas a uno bueno? Está sufriendo un suplicio aún mayor que el nuestro. Y no ha hecho nada malo.
Pero el mal ladrón continúa sus imprecaciones.
Jesús calla. Jadeante por el esfuerzo de la postura, por la fiebre, por el estado cardiaco y respiratorio, consecuencia de la flagelación sufrida en forma tan violenta, y también consecuencia de la angustia profunda que le había hecho sudar sangre, busca un alivio aligerando el peso que carga sobre los pies suspendiéndose de las manos y haciendo fuerza con los brazos.
Quizás lo hace también para vencer un poco el calambre que ya atormenta los pies y que es manifiesto por el temblor muscular. Pero las fibras de los brazos -forzados en esa postura y seguramente helados en sus extremos, porque están situados más arriba y exangües (la sangre a duras penas llega a las muñecas, para rezumar por los agujeros de los clavos, dejando así sin circulación a los dedos)-tienen el mismo temblor.
Especialmente los dedos de la izquierda están ya cadavéricos y sin movimiento, doblados hacia la palma. También los dedos de los pies expresan su tormento; sobre todo, los pulgares, quizás porque su nervio está menos lesionado: se alzan, bajan, se separan.
Y el tronco revela todo su sufrimiento con su movimiento, que es veloz pero no profundo, y fatiga sin dar descanso.
Las costillas, de por sí muy amplias y altas, porque la estructura de este Cuerpo es perfecta, están ahora desmedidamente dilatadas por la postura que ha tomado el cuerpo y por el edema pulmonar que ciertamente se ha formado dentro. Y, no obstante, no son capaces de aligerar el esfuerzo respiratorio; tanto es así, que todo el abdomen ayuda con su movimiento al diafragma, que se va paralizando cada vez más.
Y la congestión y la asfixia aumentan a cada minuto que pasa, como así lo indican el colorido cianótico que orla los labios, de un rojo encendido por la fiebre, y las estrías de un rojo violáceo que pincelan e1 cuello a lo largo de las yugulares túrgidas, y se ensanchan hasta las mejillas, hacia las orejas y las sienes, mientras que la nariz aparece afilada y exangüe y los ojos se hunden en un círculo que, donde no hay sangre goteada de la corona, aparece lívido.
Debajo del arco costal izquierdo se ve la onda -irregular pero violenta-propagada desde la punta cardiaca, y de vez en cuando, por una convulsión interna, se produce un estremecimiento profundo del diafragma, que se manifiesta en una distensión total de la piel en la medida en que puede estirarse en ese pobre Cuerpo herido y moribundo.
La Faz tiene ya el aspecto que vemos en las fotografías de la Síndone, con la nariz desviada e hinchada por una parte; y también el hecho de tener el ojo derecho casi cerrado, por la hinchazón que hay en ese lado, aumenta el parecido. La boca, por el contrario, este abierta, y reducida ya a una costra su herida del labio superior.
La sed, producida por la pérdida de sangre, por la fiebre y el sol, debe ser intensa; tanto es así que Él, con una reacción espontánea bebe las gotas de su sudor y de su llanto, y también las de sangre que bajan desde la frente hasta el bigote, y se moja con estas gotas la lengua…
La corona de espinas le impide apoyarse al mástil de la cruz para ayudarse a estar suspendido de los brazos y aligerar así los pies. La zona lumbar y toda la espina dorsal se arquean hacia afuera, quedando Jesús separado del mástil de la cruz del íleon hacia arriba por la fuerza de inercia que hace pender hacia adelante un cuerpo suspendido, como estaba el suyo.
Los judíos, rechazados hasta fuera de la explanada, no dejan de insultar, y el ladrón impenitente hace eco.
El otro, que mira con piedad cada vez mayor a la Madre, y que llora, le reprende ásperamente cuando oye que en el insulto está incluida también Ella.
-¡Cállate! Recuerda que naciste de una mujer. Y piensa que las nuestras han llorado por causa de los hijos. Y han sido lágrimas de vergüenza… porque somos unos malhechores. Nuestras madres han muerto… Yo quisiera poder pedirle perdón… Pero ¿podré hacerlo? Era una santa… La maté con el dolor que le daba. Yo soy un pecador… ¿Quién me perdona? Madre, en nombre de tu Hijo moribundo, ruega por mí.
La Madre levanta un momento su cara acongojada y lo mira, mira a este desventurado que, a través del recuerdo de su madre y de la contemplación de la Madre, va hacia el arrepentimiento; y parece acariciarlo con su mirada de paloma.
Dimas llora más fuerte. Y esto desata aún más las burlas de la muchedumbre y del compañero. La gente grita:
-¡Sí señor! Tómate a ésta como madre. ¡Así tiene dos hijos delincuentes!
Y el otro incrementa:
-Te ama porque eres una copia menor de su amado.
Jesús dice ahora sus primeras palabras:
-¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!
Esta súplica le hace superar todo temor a Dimas. Se atreve a mirar a Cristo, y dice:
-Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino. Yo, es justo que aquí sufra. Pero dame misericordia y paz más allá de esta vida. Una vez te oí hablar, y, como un demente, rechacé tu palabra. Ahora, de esto me arrepiento.
Y me arrepiento ante ti, Hijo del Altísimo, de mis pecados. Creo que vienes de Dios. Creo en tu poder. Creo en tu misericordia. Cristo, perdóname en nombre de tu Madre y de tu Padre santísimo.
Jesús se vuelve y lo mira con profunda piedad, y todavía expresa una sonrisa bellísima en esa pobre boca torturada. Dice:
-Yo te lo digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso.
El ladrón arrepentido se calma, y, no sabiendo ya las oraciones aprendidas de niño, repite como una jaculatoria:
«Jesús Nazareno, rey de los judíos, piedad de mí; Jesús Nazareno, rey de los judíos, espero en ti; Jesús Nazareno, rey de los judíos, creo en tu Divinidad».
El otro continúa con sus blasfemias.
El cielo se pone cada vez más tenebroso. Ahora difícil es que las nubes se abran para dejar pasar el sol; antes al contrario, se superponen en una serie cada vez mayor de estratos plúmbeos, blancos, verduscos; se entrelazan o se desenredan, según los juegos de un viento frío que a intervalos recorre el cielo y luego baja a la tierra y luego calla de nuevo (y es casi más siniestro el aire cuando calla, bochornoso y muerto, que cuando silba, cortante y veloz).
La luz, antes de una desmesurada intensidad, se va haciendo verdosa. Y las caras adquieren caprichosos aspectos. Los soldados, con sus yelmos, vestidos con sus corazas antes brillantes y ahora como opacas bajo esta luz verdosa y este cielo de ceniza, muestran duros perfiles, como cincelados.
Los judíos, en su mayor parte de pelo, barba y tez morenos, asemejan ahora tan térreos se ponen sus rostros-a ahogados. Las mujeres parecen estatuas de nieve azulada por la exangüe palidez que la luz acentúa.
Jesús parece lividecer de una manera siniestra, como por un comienzo de descomposición, como si ya estuviera muerto. La cabeza empieza a reclinarse sobre el pecho. Las fuerzas rápidamente faltan. Tiembla, aunque le abrase la fiebre. Y, en medio de su débil estado, susurra el nombre que antes ha dicho solamente en el fondo de su corazón: «
¡Mamá!», « ¡Mamá!». Lo susurra quedamente, como en un suspiro, como si ya estuviera en un leve delirio que le impidiera retener lo que la voluntad quisiera contener. Y María, cada vez que lo oye, irrefrenablemente, tiende los brazos como para socorrerlo.
La gente cruel se ríe de estos dolores del moribundo y la acongojada. De nuevo suben los sacerdotes y escribas, hasta ponerse detrás de los pastores, los cuales, de todas formas, están en el rellano de abajo. Y dado que los soldados hacen ademán de rechazarlos, reaccionan diciendo:
-¿Están aquí estos galileos? Pues estamos también nosotros, que tenemos que constatar que se cumpla la justicia totalmente. Y, desde lejos, con esta luz extraña, no podemos ver.
En efecto, muchos empiezan a impresionarse de la luz que está envolviendo al mundo, y alguno tiene miedo. También los soldados señalan al cielo y a una especie de cono, tan oscuro, que parece hecho de pizarra, y que se eleva como un pino por detrás de la cima de un monte. Parece una tromba marina. Se alza, se alza, parece generar nubes cada vez más negras: de alguna forma, asemeja a un volcán lanzando humo y lava.
Es en esta luz crepuscular y amedrentadora en la que Jesús da Juan a María y María a Juan. Inclina la cabeza, dado que María se ha puesto más debajo de la cruz para verlo mejor, y dice:
-Mujer: ahí tienes a tu hijo. Hijo: ahí tienes a tu Madre.
El rostro de María aparece más desencajado aún, después de esta palabra que es el testamento de su Jesús, el cual, no tiene nada que dar a su Madre, sino un hombre; Él, que por amor al Hombre la priva del Hombre-Dios, nacido de Ella.
Pero trata, la pobre Madre, de no llorar sino mudamente, porque no puede, no puede no llorar… Las gotas del llanto brotan, a pesar de todos los esfuerzos hechos por retenerlas, aun expresando con la boca su acongojada sonrisa fijada en los labios por Él, para consolarlo a Él…
Los sufrimientos son cada vez mayores y la luz es cada vez menor.
Es en esta luz de fondo marino en la que aparecen, detrás de los judíos, Nicodemo y José, y dicen:
-¡Apartaos!
-No se puede. ¿Qué queréis? -dicen los soldados.
-Pasar. Somos amigos del Cristo.
Se vuelven los jefes de los sacerdotes.
-¿Quién osa profesarse amigo del rebelde? -dicen indignados.
Y José, resueltamente:
-Yo, noble miembro del Gran Consejo: José de Arimatea, el Anciano; y conmigo está Nicodemo, jefe de los judíos.
-Quien se pone de la parte del rebelde es rebelde.
-Y quien se pone de la parte de los asesinos es un asesino, Eleazar de Anás. He vivido como hombre justo. Ahora soy viejo. Mi muerte no está lejana. No quiero hacerme injusto cuando ya el Cielo baja a mí y con él el Juez eterno.
-¡Y tú, Nicodemo! ¡Me maravillo!
-Yo también. Pero sólo de una cosa: de que Israel esté corrompido, que no sepa ya reconocer a Dios.
-Me causas horror.
-Apártate, entonces, y déjame pasar. Pido sólo eso.
-¿Para contaminarte más todavía?
-Si no me he contaminado estando a vuestro lado, ya nada me contamina. Soldado, ten la bolsa y la contraseña.
Y pasa al decurión más cercano una bolsa y una tablilla
encerada.
El decurión observa estas cosas y dice a los soldados:
-Dejad pasar a los dos.
Y José y Nicodemo se acercan a los pastores. No sé ni siquiera si los ve Jesús, en esa bruma cada vez más densa, y velada su mirada con la agonía. Pero ellos sí lo ven, y lloran sin respeto humano, a pesar de que ahora arremetan contra ellos los improperios sacerdotales.
Los sufrimientos son cada vez más fuertes. En el cuerpo se dan las primeras encorvaduras propias de la tetania, y cada manifestación del clamor de la muchedumbre los exaspera. La muerte de las fibras y de los nervios se extiende desde las extremidades torturadas hasta el tronco, haciendo cada vez más dificultoso el movimiento respiratorio, débil la contracción diafragmática y desordenado el movimiento cardiaco.
El rostro de Cristo pasa alternativamente de accesos de una rojez intensísima a palideces verdosas propias de un agonizante por desangramiento. La boca se mueve con mayor fatiga, porque los nervios, en exceso cansados, del cuello y de la misma cabeza, que han servido de palanca decenas de veces a todo el cuerpo haciendo fuerza contra el madero transversal de la cruz, propagan el calambre incluso a las mandíbulas.
La garganta, hinchada por las carótidas obstruidas, debe doler y extender su edema a la lengua, que aparece engrosada y lenta en sus movimientos. La espalda, incluso en los momentos en que las contracciones tetánicas no la curvan formando en ella un arco completo desde la nuca hasta las caderas, apoyadas como puntos extremos en el mástil de la cruz, se va arqueando hacia delante porque los miembros van experimentando cada vez más el peso de las carnes muertas.
La gente ve poco y mal estas cosas, porque la luz ya tiene la tonalidad de la ceniza oscura, y sólo quien esté a los pies de la cruz puede ver bien.
Jesús ahora se relaja totalmente, pendiendo hacia delante y hacia abajo, como ya muerto; deja de jadear, la cabeza le cuelga inerte hacia delante; el cuerpo, de las caderas hacia arriba, está completamente separado, formando ángulo con la cruz. María emite un grito:
-¡Está muerto!
Es un grito trágico que se propaga en el aire negro. Y Jesús se ve realmente como muerto. Otro grito femenino le responde, y en el grupo de las mujeres observo agitación.
Luego un grupo de unas diez personas se marcha, sujetando algo. Pero no puedo ver quiénes se alejan así: es demasiado escasa la luz brumosa; da la impresión de estar envueltos por una nube de ceniza volcánica densísima.
-No es posible -gritan unos sacerdotes y algunos judíos.
-Es una simulación para que nos vayamos. Soldado: pínchale con la lanza. Es una buena medicina para devolverle la voz¡.
Y, dado que los soldados no lo hacen, una descarga de piedras y terrones vuela hacia la cruz, y chocan contra el Mártir para caer después en las corazas romanas.
La medicina, como irónicamente han dicho los judíos, obra el prodigio. Sin duda, alguna piedra ha dado en el blanco, quizás en la herida de una mano, o en la misma cabeza, porque apuntaban hacia arriba. Jesús emite un quejido penoso y vuelve en sí.
El tórax vuelve a respirar con fatiga y la cabeza a moverse de derecha a izquierda buscando un lugar donde apoyarse para sufrir menos, aunque en realidad encuentra sólo mayor dolor.
Con gran dificultad, apoyando una vez más en los pies torturados, encontrando fuerza en su voluntad, únicamente en ella, Jesús se pone rígido en la cruz. Se pone de nuevo derecho, como si fuera una persona sana con su fuerza completa.
Alza la cara y mira con ojos bien abiertos al mundo que se extiende bajo sus pies, a la ciudad lejana, que apenas es visible como un blancor incierto en la bruma, y al cielo negro del que toda traza de azul y luz han desaparecido.
Y a este cielo cerrado, compacto, bajo, semejante a una enorme lámina de pizarra oscura, Él le grita con fuerte voz, venciendo con la fuerza de la voluntad, con la necesidad del alma, el obstáculo de las mandíbulas rígidas, de la lengua engrosada, de la garganta edematosa
-¡Eloi, Eloi, lamma sebacteni! -(esto es lo que oigo).
Debe sentirse morir, y en un absoluto abandono del Cielo, para confesar con una voz así el abandono paterno.
La gente se burla de Él y se ríe. Lo insultan:
-¡No sabe Dios qué hacer de ti! ¡A los demonios Dios los maldice!
Otros gritan:
-¡Vamos a ver si Elías, al que está llamando, viene a salvarlo.
Y otros:
-Dadle un poco de vinagre. Que haga unas pocas gárgaras.
¡Viene bien para la voz! Elías o Dios -porque está poco claro lo que este demente quiere-están lejos… ¡Necesita voz para que lo oigan! -y se ríen como hienas o como demonios.
Pero ningún soldado da el vinagre y ninguno viene del Cielo para confortar. Es la agonía solitaria, total, cruel, incluso sobrenaturalmente cruel, de la Gran Víctima.
Vuelven las avalanchas de dolor desolado que ya le habían abrumado en Getsemaní. Vuelven las olas de los pecados de todo el mundo a arremeter contra el náufrago inocente, a sumergirle bajo su amargura. Vuelve, sobre todo, la sensación, más crucificante que la propia cruz, más desesperante que cualquier tortura, de que Dios ha abandonado y que la oración no sube a Él…
Y es el tormento final, el que acelera la muerte, porque exprime las últimas gotas de sangre a través de los poros, porque machaca las fibras aún vivas del corazón, porque finaliza aquello que la primera cognición de este abandono había iniciado: la muerte. Porque, ante todo, de esto murió mi Jesús, ¡oh Dios que sobre Él descargaste tu mano por nosotros! Después de tu abandono, por tu abandono, ¿en qué se transforma una criatura? En un demente o en un muerto.
Jesús no podía volverse loco porque su inteligencia era divina y, espiritual como es la inteligencia, triunfaba sobre el trauma total de aquel sobre el que cae la mano de Dios. Quedó, pues, muerto: era el Muerto, el santísimo Muerto, el inocentísimo Muerto. Muerto Él, que era la Vida. Muerto por efecto de tu abandono y de nuestros pecados.
La oscuridad se hace más densa todavía. Jerusalén desaparece del todo. Las mismas faldas del Calvario parecen desaparecer. Sólo es visible la cima (es como si las tinieblas la hubieran mantenido en alto y así recogiera la única y última luz restante, y hubieran depositado ésta, como para una ofrenda, con su trofeo divino, encima de un estanque de ónix líquido, para que esa cima fuera vista por el amor y el odio).
Y desde esa luz que ya no es luz llega la voz quejumbrosa de Jesús:
-¡Tengo sed!
En efecto, hace un viento que da sed incluso a los sanos.
Un viento continuo, ahora, violento, cargado de polvo, un viento frío, aterrador. Pienso en el dolor que hubo de causar con su soplo violento en los pulmones, en el corazón, en la garganta de Jesús, en sus miembros helados, entumecidos, heridos. ¡Todo, realmente todo se puso a torturar al Mártir!
Un soldado se dirige hacia un recipiente en que los ayudantes del verdugo han puesto vinagre con hiel, para que con su amargura aumente la salivación en los atormentados. Toma la esponja empapada en ese líquido, la pincha en una caña fina pero rígida-que estaba ya preparada ahí al lado, y ofrece la esponja al Moribundo.
Jesús se aproxima, ávido, hacia la esponja que llega: parece un pequeñuelo hambriento buscando el pezón materno.
María, que ve esto y piensa, ciertamente, también en esto, gime, apoyándose en Juan:
-¡Oh, y yo no puedo darle ni siquiera una gota de llanto!… ¡Oh, pecho mío, ¿por qué no das leche?! ¡Oh, Dios, ¿por qué, por qué nos abandonas así?! ¡Un milagro para mi Criatura! ¿Quién me sube para calmar su sed con mi sangre?… que leche no tengo…
Jesús, que ha chupado ávidamente la áspera y amarga bebida tuerce la cabeza henchido de amargura por la repugnancia.
Ante todo, debe ser corrosiva sobre los labios heridos y rotos.
Se retrae, se afloja, se abandona. Todo el peso del cuerpo gravita sobre los pies y hacia delante. Son las extremidades heridas las que sufren la pena atroz de irse hendiendo sometidas a la tensión de un cuerpo abandonado a su propio peso. Ya ningún movimiento alivia este dolor. Desde el íleon hacia arriba, todo el cuerpo está separado del madero, y así permanece.
La cabeza cuelga hacia delante, tan pesadamente que el cuello parece excavado en tres lugares: en la zona anterior baja de la garganta, completamente hundida; y a una parte y otra del esternocleidomastoideo. La respiración es cada vez más jadeante, aunque entrecortada: es ya más estertor sincopado que respiración. De tanto en tanto, un acceso de tos penosa lleva a los labios una espuma levemente rosada. Y las distancias entre una espiración y la otra se hacen cada vez más largas. El abdomen está ya inmóvil. Sólo el tórax presenta todavía movimientos de elevación, aunque fatigosos, efectuados con gran dificultad… La parálisis pulmonar se va acentuando cada vez más.
Y cada vez más débil, volviendo al quejido infantil del niño, se oye la invocación:
-¡Mamá!
Y la pobre susurra:
-Sí, tesoro, estoy aquí.
Y cuando, por habérsele velado la vista, dice:
-Mamá, ¿dónde estás? Ya no te veo. ¿También tú me abandonas?
Y esto no es ni siquiera una frase, sino un susurro apenas perceptible para quien más con el corazón que con el oído recoge todo suspiro del Moribundo. Ella responde: -¡No, no, Hijo! ¡Yo no te abandono! Oye mi voz, querido mío… Mamá está aquí, aquí está… y todo su tormento es el no poder ir donde Tú estás…
Es acongojante… Y Juan llora sin trabas. Jesús debe oír ese llanto, pero no dice nada. Pienso que la muerte inminente le hace hablar como en delirio y que ni siquiera es consciente de todo lo que dice y que, por desgracia, ni siquiera comprende el consuelo materno y el amor del Predilecto.
Longinos -que inadvertidamente ha dejado su postura de descanso con los brazos cruzados y una pierna montada sobre la otra, ora una, ora la otra, buscando un alivio para la larga espera en pie, y ahora, sin embargo, está rígido en postura de atento, con la mano izquierda sobre la espada y la derecha pegada, normativamente, al costado, como si estuviera en los escalones del trono imperial-no quiere emocionarse.
Pero su cara se altera con el esfuerzo de vencer la emoción, y en los ojos aparece un brillo de llanto que sólo su férrea disciplina logra contener.
Los otros soldados, que estaban jugando a los dados, han dejado de hacerlo y se han puesto en pie; se han puesto también los yelmos, que habían servido para agitar los dados, y están en grupo junto a la pequeña escalera excavada en la toba, silenciosos, atentos. Los otros están de servicio y no pueden cambiar de postura. Parecen estatuas. Pero alguno de los más cercanos, y que oye las palabras de María, musita algo entre los labios y menea la cabeza.
Un intervalo de silencio. Luego nítidas en la oscuridad total las palabras:
-Todo está cumplido! -y luego el jadeo cada vez más estertoroso, con pausas de silencio entre un estertor y el otro, pausas cada vez mayores.
El tiempo pasa al son de este ritmo angustioso: la vida vuelve cuando el respiro áspero del Moribundo rompe el aire; la vida cesa cuando este sonido penoso deja de oírse. Se sufre oyéndolo, se sufre oyéndolo… Se dice:
-¡Basta ya con este sufrimiento! -y se dice:
-¡Oh, Dios mío, que no sea el último respiro!
Las Marías lloran, todas, con la cabeza apoyada contra el realce terroso. Y se oye bien su llanto, porque toda la gente ahora calla de nuevo para recoger los estertores del Moribundo.
Otro intervalo de silencio. Luego, pronunciada con infinita dulzura y oración ardiente, la súplica:
-¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!
Otro intervalo de silencio. Se hace leve también el estertor. Apenas es un susurro limitado a los labios y a la garganta.
Luego… adviene el último espasmo de Jesús. Una convulsión atroz, que parece quisiera arrancar del madero el cuerpo clavado con los tres clavos, sube tres veces de los pies a la cabeza recorriendo todos los pobres nervios torturados; levanta tres veces el abdomen de una forma anormal, para dejarlo luego, tras haberlo dilatado como por una convulsión de las vísceras; y baja de nuevo y se hunde como si hubiera sido vaciado; alza, hincha y contrae el tórax tan fuertemente, que la piel se introduce entre las costillas, que divergen y aparecen bajo la epidermis y abren otra vez las heridas de los azotes; una convulsión atroz que hace torcerse violentamente hacia atrás, una, dos, tres veces, la cabeza, que golpea contra la madera, duramente; una convulsión que contrae en un único espasmo todos los músculos de la cara y acentúa la desviación de la boca hacia la derecha, y hace abrir desmesuradamente y dilatarse los párpados, bajo los cuales se ven girar los globos oculares y aparecer la esclerótica.
Todo el cuerpo se pone rígido. En la última de las tres contracciones, es un arco tenso, vibrante -verlo es tremendo-. Luego, un grito potente, inimaginable en ese cuerpo exhausto, estalla, rasga el aire; es el "gran grito" de que hablan los Evangelios y que es la primera parte de la palabra "Mamá"… Y ya nada más…
La cabeza cae sobre el pecho, el cuerpo hacia delante, el temblor cesa, cesa la respiración. Ha expirado.
La Tierra responde al grito del Sacrificado con un estampido terrorífico. Parece como si de mil bocinas de gigantes provenga ese único sonido, y acompañando a este tremendo acorde, óyense las notas aisladas, lacerantes, de los rayos que surcan el cielo en todos los sentidos y caen sobre la ciudad, en el Templo, sobre la muchedumbre…
Creo que alguno habrá sido alcanzado por rayos, porque éstos inciden directamente sobre la muchedumbre; y son la única luz, discontinua, que permite ver. Y luego, inmediatamente, mientras aún continúan las descargas de los rayos, la tierra tiembla en medio de un torbellino de viento ciclónico. El terremoto y la onda ciclónica se funden para infligir un apocalíptico castigo a los blasfemos.
Como un plato en las manos de un loco, la cima del Gólgota ondea y baila, sacudida por movimientos verticales y horizontales que tanto zarandean a las tres cruces, que parece que las van a tumbar.
Longinos, Juan, los soldados, se asen a donde pueden, como pueden, para no caer al suelo. Pero Juan, mientras con un brazo agarra la cruz, con el otro sujeta a María, la cual, por el dolor y el temblor de la tierra, se ha reclinado en su corazón. Los otros soldados, especialmente los del lateral escarpado, han tenido que refugiarse en el centro para no caer por el barranco. Los ladrones gritan de terror.
El gentío grita aún más. Quisieran huir. Pero no pueden. Enloquecidos, caen unos encima de otros, se pisan, se hunden en las grietas del suelo, se hieren, ruedan ladera abajo.
Tres veces se repiten el terremoto y el huracán. Luego, la inmovilidad absoluta de un mundo muerto. Sólo relámpagos, pero sin trueno, surcan el cielo e iluminan la escena de los judíos que huyen en todas las direcciones, con las manos entre el pelo o extendidas hacia delante o alzadas al cielo (ese cielo injuriado hasta este momento y del que ahora tienen miedo).
La oscuridad se atenúa con un indicio de luz que, ayudado por el relampagueo silencioso y magnético, permite ver que muchos han quedado en el suelo: muertos o desvanecidos, no lo sé.
Una casa arde al otro lado de las murallas y sus llamas se alzan derechas en el aire detenido, poniendo así una pincelada de rojo fuego en el verde ceniza de la atmósfera.
María separa la cabeza del pecho de Juan, la alza, mira a su Jesús. Lo llama, porque mal lo ve con la escasa luz y con sus pobres ojos llenos de llanto. Tres veces lo llama:
-¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!
Es la primera vez que lo llama por el nombre desde que está en el Calvario. Hasta que, a la luz de un relámpago que forma como una corona sobre la cima del Gólgota, lo ve, inmóvil, pendiendo todo Él hacia fuera, con la cabeza tan reclinada hacia delante y hacia la derecha, que con la mejilla toca el hombro y con el mentón las costillas.
Entonces comprende. Entonces extiende los brazos, temblorosos en el ambiente oscuro, y grita:
-¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¡Hijo mío! Luego escucha… Tiene la boca abierta, con la que parece querer escuchar también; e igualmente tiene dilatados los ojos, para ver, para ver… No puede creer que su Jesús ya no esté…
Juan -también él ha mirado y escuchado, y ha comprendido que todo ha terminado-abraza a María y trata de alejarla de allí, mientras dice:
-Ya no sufre.
Pero antes de que el apóstol termine la frase, María, que ha comprendido, se desata de sus brazos, se vuelve, se pliega curvándose hasta el suelo, se lleva las manos a los ojos y grita:
-¡No tengo ya Hijo!
Luego se tambalea. Y se caería, si Juan no la recogiera, si no la recibiera por entero, en su corazón. Luego él se sienta en el suelo, para sujetarla mejor en su pecho, hasta que las Marías -que ya no tienen impedido el paso por el círculo superior de soldados, porque, ahora que los judíos han huido, los romanos se han agrupado en el rellano de abajo y comentan lo sucedidosustituyen al apóstol junto a la Madre.
La Magdalena se sienta donde estaba Juan, y casi coloca a María encima de sus rodillas, mientras la sostiene entre sus brazos y su pecho, besándola en la cara exangüe vuelta hacia arriba, reclinada sobre el hombro compasivo. Marta y Susana, con la esponja y un paño empapado en el vinagre le mojan las sienes y los orificios nasales, mientras la cuñada María le besa las manos, llamándola con gran aflicción, y, en cuanto María vuelve a abrir los ojos y mira a su alrededor con una mirada como atónita por el dolor, le dice:
-Hija, hija amada, escucha… dime que me ves… soy tu María… ¡No me mires así!…
Y, puesto que el primer sollozo abre la garganta de María y caen las primeras lágrimas, ella, la buena María de Alfeo, dice:
-Sí, sí, llora… Aquí conmigo como ante una mamá, pobre, santa hija mía -y cuando oye que María le dice: « ¡Oh, María, María! ¿Has visto?», ella gime: «¡Sí!, sí,… pero… pero… hija… ¡oh, hija!…
No encuentra más palabras y se echa a llorar la anciana María: es un llanto desolado al que hacen de eco el de todas las otras (o sea, Marta y María, la madre de Juan y Susana).
Las otras pías mujeres ya no están. Creo que se han marchado, y con ellas los pastores, cuando se ha oído ese grito femenino…
Los soldados cuchichean unos con otros.
-¿Has visto los judíos? Ahora tenían miedo.
-Y se daban golpes de pecho.
-Los más aterrorizados eran los sacerdotes.
-¡Qué miedo! He sentido otros terremotos, pero como éste nunca Mira: la tierra está llena de fisuras.
-Y allí se ha desprendido todo un trozo del camino largo.
-Y debajo hay cuerpos.
-¡Déjalos! Menos serpientes.
-¡Otro incendio! En la campiña…
-¿Pero está muerto del todo?
-¿Pero es que no lo ves? ¿Lo dudas?
Aparecen de tras la roca José y Nicodemo. Está claro que se habían refugiado ahí, detrás del parapeto del monte, para salvarse de los rayos. Se acercan a Longinos.
-Queremos el Cadáver.
-Solamente el Procónsul lo concede. Pero id inmediatamente, porque he oído que los judíos quieren ir al Pretorio para obtener el crurifragio. No quisiera que cometieran ultrajes.
-¿Cómo lo has sabido?
-Me lo ha referido el alférez. Id. Yo espero.
Los dos se dan a caminar, raudos, hacia abajo por el camino empinado, y desaparecen.
Es entonces cuando Longinos se acerca a Juan y le dice en voz baja unas palabras que no alcanzo a oír. Luego pide a un soldado una lanza. Mira a las mujeres, centradas enteramente en María, que lentamente va recuperando las fuerzas. Todas dan la espalda a la cruz.
Longinos se pone enfrente del Crucificado, estudia bien el golpe Y luego lo descarga. La larga lanza penetra profundamente de abajo arriba, de derecha a izquierda. Juan, atenazado entre el deseo de ver y el horror de ver, aparta un momento la cara.
-Ya está, amigo -dice Longinos, y termina:
-Mejor así. Como a un caballero. Y sin romper huesos…
¡Era verdaderamente un Justo! De la herida mana mucha agua y un hilito sutil de sangre que ya tiende a coagularse.
Mana, he dicho. Sale solamente filtrándose, por el tajo neto que permanece inmóvil, mientras que si hubiera habido respiración éste se habría abierto y cerrado con el movimiento torácico-abdominal…
… Mientras en el Calvario todo permanece en este trágico aspecto, yo alcanzo a José y Nicodemo, que bajan por un atajo para acortar tiempo.
Están casi en la base cuando se encuentran con Gamaliel. Un Gamaliel despeinado, sin prenda que cubra su cabeza, sin manto, sucia de tierra su espléndida túnica desgarrada por las zarzas; un Gamaliel que corre, subiendo y jadeando, con las manos entre sus cabellos ralos y entrecanos de hombre anciano. Se hablan sin detenerse.
-¡Gamaliel! ¿Tú?
-¿Tú, José? ¿Lo dejas?
-Yo no. Pero tú, ¿cómo por aquí?, y en ese estado…
-¡Cosas terribles! ¡Estaba en el Templo! ¡La señal! ¡El Templo sacudido en su estructura! ¡El velo de púrpura y jacinto cuelga desgarrado! ¡El Sancta Sanctorum descubierto! ¡Tenemos la maldición sobre nosotros!
Gamaliel ha dicho esto sin detenerse, continuando su paso veloz hacia la cima, enloquecido por esta prueba.
Los dos lo miran mientras se aleja… se miran… dicen juntos:
-“¡Estas piedras temblarán con mis últimas palabras!” ¡Se lo había prometido! …
Aceleran la carrera hacia la ciudad.
Por la campiña, entre el monte y las murallas, y más allá, vagan, en un ambiente todavía caliginoso, personas con aspecto desquiciado… Gritos, llantos, quejidos… Dicen:
-¡Su Sangre ha hecho llover fuego!
-¡Entre los rayos Yeohveh se ha aparecido para maldecir el Templo!
-¡Los sepulcros! ¡Los sepulcros!
José agarra a uno que está dando cabezazos contra la muralla, y lo llama por su nombre, y tira de él mientras entra en la ciudad:
-¡Simón! ¿Pero qué vas diciendo?
-¡Déjame! ¡Tú también eres un muerto! ¡Todos los muertos! ¡Todos fuera! Y me maldicen.
-Se ha vuelto loco -dice Nicodemo. Lo dejan y trotan hacia el Pretorio.
El terror se ha apoderado de la ciudad. Gente que vaga dándose golpes de pecho. Gente que al oír por detrás una voz o un paso da un salto hacia atrás o se vuelve asustada.
En uno de los muchos espacios abovedados oscuros, la aparición de Nicodemo, vestido de lana blanca -porque para poder ganar tiempo se ha quitado en el Gólgota el manto oscuro-, hace dar un grito de terror a un fariseo que huye. Luego éste se da cuenta de que es Nicodemo y se lanza a su cuello con un extraño gesto efusivo, gritando:
-¡No me maldigas! Mi madre se me ha aparecido y me ha dicho: "¡Maldito seas eternamente!" -y luego se derrumba gimiendo:
-¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!
-¡Pero están todos locos! -dicen los dos.
Llegan al Pretorio. Y sólo aquí, mientras esperan a que el Procónsul los reciba, José y Nicodemo logran conocer el porqué de tanto terror: muchos sepulcros se habían abierto con la sacudida telúrica y había quien juraba que había visto salir de ellos a los esqueletos, los cuales, en un instante, se habían recompuesto con apariencia humana, y andaban acusando del deicidio a los culpables, y maldiciéndolos.
Los dejo en el atrio del Pretorio, donde los dos amigos de Jesús entran sin tantas historias de estúpidas repulsas y estúpidos miedos a contaminaciones. Vuelvo al Calvario. Me llego a donde Gamaliel, que está subiendo, ya derrengado, los últimos metros. Camina dándose golpes de pecho, y al llegar al primero de los dos rellanos, se arroja de bruces -largura blanca sobre el suelo amarillento-y gime:
-¡La señal! ¡La señal! ¡Dime que me perdonas! Un gemido, un gemido tan sólo, para decirme que me oyes y me perdonas.
Comprendo que cree que todavía está vivo. Y no cambia de opinión sino cuando un soldado, dándole con el asta de la lanza, dice
-Levántate. Calla. ¡Ya no sirve! Debías haberlo pensado antes. Está muerto. Y yo, que soy pagano, te lo digo:
¡Éste al que habéis crucificado era realmente el Hijo de Dios!
-¿Muerto? ¿Estás muerto? ¡Oh!…
Gamaliel alza el rostro aterrorizado, trata de alcanzar a ver la cima con esa luz crepuscular Poco ve, pero sí lo suficiente como para comprender que Jesús está muerto. Y ve también al grupo piadoso que consuela a María, y a Juan, en pie a la izquierda de la cruz, llorando, y a Longinos, en pie, a la derecha, solemne con su respetuosa postura.
Se arrodilla, extiende los brazos y llora:
-¡Eras Tú! ¡Eras Tú! No podemos ya ser perdonados. Hemos pedido que cayera sobre nosotros tu Sangre. Y esa Sangre clama al Cielo y el Cielo nos maldice… ¡Oh! ¡Pero Tú eras la Misericordia!… Yo te digo, yo, el anonadado rabí de Judá: "Venga tu Sangre sobre nosotros, por piedad".
¡Aspérjanos con ella! Porque sólo tu Sangre puede impetrar el perdón para nosotros… llora. Y luego, más bajo, confiesa su secreta tortura: -Tengo la señal que había pedido… Pero siglos y siglos de ceguera espiritual están ante mi vista interior, y contra mi voluntad de ahora se alza la voz de mi soberbio pensamiento de ayer… ¡Piedad de mí! ¡Luz del mundo, haz que descienda un rayo tuyo a las tinieblas que no te han comprendido! Soy el viejo judío fiel a lo que creía ser justicia y era error.
Ahora soy una landa yerma, ya sin ninguno de los viejos árboles de la Fe antigua, sin semilla alguna o escapo alguno de la Fe nueva. Soy un árido desierto. Obra Tú el milagro de hacer surgir, en este pobre corazón de viejo israelita obstinado, una flor que lleve tu nombre. Entra Tú, Libertador, en este pobre pensamiento mío prisionero de las fórmulas. Isaías lo dice (Isaías 53, 12): "…pagó por los pecadores y cargó sobre sí los pecados de muchos".
¡Oh, también el mío, Jesús Nazareno…
Se levanta. Mira a la cruz, que aparece cada vez más nítida con luz que se va haciendo más clara, y luego se marcha encorvado, envejecido, abatido.
Y vuelve el silencio al Calvario, un silencio apenas roto por el llanto de María. Los dos ladrones, exhaustos por el miedo, ya no dicen nada.
Vuelven corriendo Nicodemo y José, diciendo que tienen el permiso de Pilatos. Pero Longinos, que no se fía demasiado, manda un soldado a caballo donde el Procónsul para saber cómo comportarse, incluso respecto a los dos ladrones. El soldado va y vuelve al galope con la orden de entregar el Cuerpo de Jesús y llevar a cabo el crurifragio en los otros, por deseo de los judíos.
Longinos llama a los cuatro verdugos, que están cobardemente acurrucados al amparo de la roca, todavía aterrorizados por lo que ha sucedido, y ordena que se ponga fin a la vida de los ladrones a golpes de clava. Y así se lleva a cabo: sin protestas, por parte de Dimas, al que el golpe de clava, asestado en el corazón después de haber batido en las rodillas, quiebra en su mitad, entre los labios, con un estertor, el nombre de Jesús; con maldiciones horrendas, por parte del otro ladrón: el estertor de ambos es lúgubre.
Los cuatro verdugos hacen ademán de querer desclavar de la cruz a Jesús. Pero José y Nicodemo no lo permiten.
También José se quita el manto, y dice a Juan que haga lo mismo que sujete las escaleras mientras suben con barras (para hacer palanca) y tenazas.
María se levanta, temblorosa, sujetada por las mujeres. Se acerca a la cruz.
Mientras tanto, los soldados, terminada su tarea, se marchan. Pero Longinos, antes de superar el rellano inferior, se vuelve desde la silla de su caballo negro para mirar a María y al Crucificado. Luego el ruido de los cascos suena contra las piedras y el de las armas contra las corazas, y se aleja.
La palma izquierda está ya desclavada. El brazo cae a lo largo del Cuerpo, que ahora pende semiseparado.
Le dicen a Juan que deje las escaleras a las mujeres y suba también. Y Juan, subido a la escalera en que antes estaba Nicodemo, se pasa el brazo de Jesús alrededor del cuello y lo sostiene desmayado sobre su hombro.
Luego ciñe a Jesús por la cintura mientras sujeta la punta de los dedos de la mano izquierda -casi abierta-para no golpear la horrenda fisura. Una vez desclavados los pies, Juan a duras penas logra sujetar y sostener el Cuerpo de su Maestro entre 1a cruz y su cuerpo.
María se pone ya a los pies de la cruz, sentada de espaldas a ella, preparada para recibir a su Jesús en el regazo.
Pero desclavar el brazo derecho es la operación más difícil. A pesar de todo el esfuerzo de Juan, el Cuerpo todo pende hacia delante y la cabeza del clavo está hundida en la carne. Y, dado que no quisieran herirlo más, los dos compasivos deben esforzarse mucho.
Por fin la tenaza aferra el clavo y éste es extraído lentamente.
Juan sigue sujetando a Jesús, por las axilas; la cabeza reclinada y vuelta sobre su hombro. Contemporáneamente, Nicodemo y José lo aferran: uno por los hombros, el otro por las rodillas. Así, cautamente, bajan por las escaleras.
Llegados abajo, su intención es colocarlo en la sábana que han extendido sobre sus mantos. Pero María quiere tenerlo; ya ha abierto su manto dejándolo pender de un lado, y está con las rodillas más bien abiertas para hacer cuna a su Jesús.
Mientras los discípulos dan la vuelta para darle el Hijo, la cabeza coronada cuelga hacia atrás y los brazos penden hacia el suelo, y rozarían con la tierra con las manos heridas si la piedad de las pías mujeres no las sujetara para impedirlo.
Ya está en el regazo de su Madre… Y parece un niño grande cansado durmiendo, recogido todo, en el regazo materno. María tiene a su Hijo con el brazo derecho pasado por debajo de sus hombros, y el izquierdo por encima del abdomen para sujetarlo también por las caderas.
La cabeza está reclinada en el hombro materno. Y Ella lo llama… lo llama con voz lacerada. Luego lo separa de su su hombro y lo acaricia con la mano izquierda; recoge las manos de Jesús y las extiende y, antes de cruzarlas sobre el abdomen inmóvil, las besa; y llora sobre las heridas.
Luego acaricia las mejillas, especialmente en el lugar del cardenal y la hinchazón. Besa los ojos hundidos; y la boca, que ha quedado levemente torcida hacia la derecha y entreabierta.
Querría poner en orden sus cabellos -como ya ha hecho con la barba apelmazada por grumos de sangre-, pero al intentarlo halla las espinas. Se pincha quitando esa corona, y quiere hacerlo sólo Ella, con la única mano que tiene libre, y rechaza la ayuda de todos diciendo:
-¡No, no! ¡Yo! ¡Yo!
Y lo va haciendo con tanta delicadeza, que parece tener entre los dedos la tierna cabeza de un recién nacido. Una vez que ha logrado retirar esta torturante corona, se inclina para medicar con sus besos todos los arañazos de las espinas.
Con la mano temblorosa, separa los cabellos desordenados y los ordena. Y llora y habla en tono muy bajo. Seca con los dedos las lágrimas que caen en las pobres carnes heladas y ensangrentadas. Y quiere limpiarlas con el llanto y su velo, que todavía está puesto en las caderas de Jesús. Se acerca uno de sus extremos y con él se pone a limpiar y secar los miembros santos. Una y otra vez acaricia la cara de Jesús y las manos y las contusas rodillas, y otra vez sube a secar el Cuerpo sobre el que caen lágrimas y más lágrimas.
Haciendo esto es cuando su mano encuentra el desgarro del costado. La pequeña mano, cubierta por el lienzo sutil entra casi entera en la amplia boca de la herida. Ella se inclina para ver en la semiluz que se ha formado. Y ve, ve el pecho abierto y el corazón de su Hijo. Entonces grita. Es como si una espada abriera su propio corazón. Grita y se desploma sobre su Hijo. Parece muerta Ella también.
La ayudan, la consuelan. Quieren separarle el Muerto divino y, dado que Ella grita:
-¿Dónde, dónde te pondré, que sea un lugar seguro y digno de ti?
José, inclinado todo con gesto reverente, abierta la mano y apoyada en su pecho, dice:
-¡Consuélate, Mujer! Mi sepulcro es nuevo y digno de un grande. Se lo doy a Él. Y éste, Nicodemo, amigo, ha llevado ya los aromas al sepulcro, porque, por su parte, quiere ofrecer eso. Pero, te lo ruego, pues el atardecer se acerca, déjanos hacer esto… Es la Parasceve. ¡Condesciende, oh Mujer santa!
También Juan y las mujeres hacen el mismo ruego. Entonces María se deja quitar de su regazo a su Criatura, y, mientras lo envuelven en la sábana, se pone de pie, jadeante. Ruega:
-¡Oh, id despacio, con cuidado!
Nicodemo y Juan por la parte de los hombros, José por los pies, llevan el Cadáver, envuelto en la sábana, pero también sujetado con los mantos, que hacen de angarillas,
y toman el sendero hacia abajo.
María, sujetada por su cuñada y la Magdalena, seguida por Marta, María de Zebedeo y Susana -que han recogido los clavos, las tenazas, la corona, la esponja y la caña-baja hacia el sepulcro.
En el Calvario quedan las tres cruces, de las cuales la del centro está desnuda y las otras dos tienen aún su vivo trofeo moribundo.