603- Reflexiones sobre la agonía del Getsemaní y premisa acerca de los otros dolores de la Pasión

Dice Jesús (a María Valtorta):

-Contemplaste en la noche del Jueves el sufrimiento de mi agonía espiritual. Viste abatirse a tu Jesús cual hombre herido de muerte que siente que la vida se le escapa por las heridas que lo desangran, o como uno que se siente desbordado por un trauma psíquico superior a sus fuerzas.

Viste las fases crecientes de este trauma, culminadas en la efusión de sangre provocada por el desequilibrio circulatorio causado por el esfuerzo de vencerme y de resistir el peso que sobre mí se había abatido.

Yo era, soy, el Hijo del Dios Altísimo. Pero era también el Hijo del hombre. A través de estas páginas quiero que brote nítida esta dúplice naturaleza mía, igualmente total y perfecta.

Testimonio de mi Divinidad son mis palabras, que tienen
tonos que sólo un Dios puede tener; de mi Humanidad lo son las necesidades, las pasiones, los sufrimientos que os presento y que Yo padecí en mi carne de verdadero Hombre, propuesta como modelo de vuestra humanidad, de la misma forma que instruyo vuestro espíritu con mi doctrina de verdadero Dios.

Tanto mi santísima Divinidad como mi perfectísima Humanidad, durante el transcurso de los siglos y por la acción disgregadora de "vuestra" humanidad imperfecta, han resultado, al ilustrarlas, menoscabadas, tergiversadas.

Habéis hecho irreal mi Humanidad, la habéis hecho inhumana; de la misma forma que habéis empequeñecido mi figura divina, rechazándola en muchos aspectos que no os resultaba agradable reconocer o que ya no podíais reconocer con vuestros espíritus disminuidos a causa de las consunciones del vicio y del ateísmo, de lo humanal, del racionalismo.

Yo vengo, en esta hora trágica (Segunda Guerra Mundial), prefacio de universales desventuras, vengo a refrescar en vuestra mente mi dúplice figura de Dios y Hombre para que la conozcáis tal como es; para que la reconozcáis después de tanto oscurantismo, oscurantismo con que la habéis cubierto ante vuestros espíritus; para que la améis y volváis a Ella y os salvéis por medio de Ella. Es la figura de vuestro Salvador. Quien la conozca y ame se salvará.

En estos días te he dado a conocer mis sufrimientos físicos, que torturaron mi Humanidad. Te he dado a conocer mis sufrimientos morales relacionados, entrelazados, fundidos con los de mi Madre, como lo están las enmarañadas lianas de las selvas ecuatoriales, que no se pueden separar para cortar una de ellas solamente, sino que hay que romperlas con un único golpe de hacha para abrir brecha, matándolas juntas; o como están las venas de un cuerpo, de las que no puede ser privada de sangre una, porque un único humor las llena; o como -mejor todavía-no puede ser impedido que entre la muerte en la criatura que se está formando en el seno materno si la madre muere, puesto que la vida, el calor, la nutrición, la sangre de la madre son lo que, con ritmo sonante al compás del materno corazón, penetra, a través de las membranas internas, hasta la criatura que ha de nacer, y la completa en orden a la vida.

Ella, ¡oh Ella, la Madre mía pura, me llevó no sólo durante los nueve meses en que toda hembra de hombre lleva el fruto del hombre, sino durante toda la vida! Nuestros corazones estaban unidos por fibras espirituales y palpitaron juntos siempre, y no había lágrima materna que cayera sin surcar mi corazón con su salinidad, ni había un lamento mío interior que no resonara en Ella despertando su dolor.

Os produce pena la madre de un hijo destinado a la muerte a causa de una enfermedad incurable, la madre de un condenado al suplicio por el rigor de la justicia humana.

Pues pensad en mi Madre, que desde el momento en que me concibió tembló al pensar que Yo era el Condenado; pensad en esta Madre que cuando dio el primer beso en mis blandas y róseas carnes de recién nacido sintió las futuras llagas de su Criatura; en esta Madre que habría dado diez, cien, mil veces su vida por impedirme hacerme Hombre y llegar al momento de la Inmolación; en esta Madre que conocía y que debía desear aquella hora tremenda por aceptar la voluntad del Señor, por la gloria del Señor, por bondad para con la Humanidad. No, no ha habido agonía más larga -ni terminada en un dolor más grande-que la de mi Madre.

Y no ha habido un dolor mayor, más completo que el mío. Era Uno con el Padre. Él me había amado desde la eternidad como sólo Dios puede amar. Se había complacido en mí y había encontrado en mí su divina alegría.

Y Yo lo había amado como sólo un Dios puede amar y encontraba en la unión con Él mi alegría divina. La inefable relación que une ab aeterno al Padre con el Hijo no puede seros explicada ni siquiera con mi palabra, porque, si bien ella es perfecta, vuestra inteligencia no lo es y no podéis comprender y conocer lo que es Dios mientras no estéis con Él en el Cielo.

Pues bien, Yo sentía, cual agua que asciende y que presiona contra una presa, crecer, hora tras hora, el rigor del Padre respecto a mí.

Como testimonio contra los hombres-animales, que no querían comprender quién era Yo, Él había abierto, durante el tiempo de mi vida pública, tres veces el Cielo: en el Jordán, en el Tabor y en Jerusalén en la víspera de la Pasión. Pero lo había hecho por los hombres, no para aliviarme; Yo ya era el Expiador.

Muchas veces, María, Dios da a conocer un siervo suyo a los hombres, para que éstos reciban un impacto de este siervo, y a través de éste se vean atraídos hacia Dios. Pero esto sucede no sin el dolor de ese siervo, que paga en primera persona -comiendo el pan amargo del rigor de Dios-los consuelos y la salvación de sus hermanos.

¿No es verdad? Las víctimas de expiación conocen el rigor de Dios. Luego viene la gloria. Pero después de que la Justicia haya sido aplacada. No es como en el caso de mi Amor, que a sus víctimas da sus besos. Yo soy Jesús, soy el Redentor, Aquel que ha sufrido y sabe, por personal experiencia, lo que es el dolor de ser mirado por Dios con severidad y ser abandonado de Dios, y no soy nunca severo ni abandono nunca. Consumo igualmente, pero en una hoguera de amor.

Cuanto más cerca estaba la hora de la expiación, más sentía Yo alejarse al Padre. Cada vez más separada del Padre, mi Humanidad se sentía cada vez menos sujetada por la Divinidad de Dios. Y por ello sufría en todos los modos.

La separación de Dios trae consigo miedo, trae consigo un agarrarse a la vida, y abatimiento y cansancio y tedio. Cuanto más profunda es esta separación, más fuertes son estas consecuencias; cuando es total, comporta la desesperación. Y cuanto más uno -por un decreto de Dios-la experimenta sin haberla merecido, más sufre por ella, porque el espíritu vivo siente la separación de Dios como una carne viva siente la separación de un miembro. Es un estupor doloroso, desalentador, que el que no lo ha experimentado no lo comprende.

Yo lo experimenté. Tuve que conocerlo todo, incluso vuestras desesperaciones, para poder, respecto a todo, interceder a favor de vosotros ante el Padre. ¡Oh, Yo experimenté lo que significa decir: "Estoy solo. Todos me han traicionado, abandonado. Tampoco el Padre, tampoco Dios me ayuda ya". Y por esto obro misteriosos prodigios de gracia en los pobres corazones sobrepujados por la desesperación, y por esto pido a mis predilectos que beban este cáliz mío de tan amarga experiencia, para que ellos -los que naufragan en el mar de la desesperación-no rehúsen la cruz que ofrezco como ancla y salvación, sino que a ella se aferren y Yo pueda llevarlos a la bienaventurada orilla donde sólo habita la paz.

¡Sólo Yo sé cuánto hubiera necesitado al Padre en la noche del Jueves! Era un espíritu ya agonizante por el esfuerzo de haber tenido que superar los dos mayores dolores de un hombre: el adiós a una madre amadísima, la cercanía del amigo infiel. Eran dos llagas que me quemaban el corazón: una con su llanto, la otra con su odio.

Había tenido que compartir mi pan con mi Caín. Había tenido que hablarle como amigo para no acusarlo ante los otros ­-cuya violencia no me daba garantías-e impedir un delito, por lo demás inútil, puesto que todo estaba escrito ya en el gran libro de la vida: tanto mi Muerte santa como el suicidio de Judas. Inútiles otras muertes reprobadas por Dios. Aparte de la mía, ninguna otra sangre debía ser derramada, y no lo fue. El dogal estranguló esa vida cerrando en el saco repelente del cuerpo del traidor su sangre impura vendida a Satanás, sangre que no debía mezclarse, cayendo en la Tierra, con la Sangre purísima del Inocente.

Habrían sido suficientes esas dos llagas para hacer de mí un agonizante en mi Yo. Pero era el Expiador, la Víctima, el Cordero. El cordero, antes de ser inmolado, conoce la marca incandescente, conoce los golpes, conoce el desnudamiento, conoce la venta al matarife.

Lo último que conoce es el hielo del cuchillo que penetra en el cuello y abre las venas y mata. Antes debe dejar todo: los pastos donde ha crecido, la madre en cuyo pecho ha hallado nutrición y calor, los compañeros con que ha vivido. Todo. Yo he conocido todo: Yo, Cordero de Dios.

Por eso vino Satanás mientras el Padre se retiraba a los Cielos. Ya había venido en el comienzo de mi misión, a tentarme para desviarme de ella. Ahora volvía. Era su hora, la hora del aquelarre satánico.

Hordas de demonios estaban esa noche en la Tierra para llevar a cabo la seducción de los corazones y disponerlos a querer al día siguiente que mataran a Cristo.

Cada uno de los miembros del Sanedrín tenía el suyo, y el suyo Herodes y el suyo Pilato, y el suyo cada uno de los judíos que iba a invocar que cayera sobre sí mi Sangre.

También los apóstoles tenían a su tentador a su lado, que los adormilaba mientras Yo languidecía, que los preparaba para la cobardía. Observa el poder de la pureza. Juan, el puro, fue el primero que se liberó de la garra demoníaca, y volvió enseguida a su Jesús y comprendió su celado deseo, y me trajo a María.

Pero Judas tenía a Lucifer, y Yo tenía a Lucifer: Judas, en el corazón; yo, al lado. Éramos los dos principales personajes de la tragedia y Satanás se ocupaba personalmente de nosotros. Después de conducir a Judas hasta un punto del que ya no podía retroceder, se volvió hacia mí.

Con su astucia perfecta, me presentó las torturas de la carne con un realismo insuperable. En el desierto también empezó por la carne. Lo vencí orando. El espíritu sojuzgó los miedos de la carne.

Me presentó entonces la inutilidad de mi muerte, la utilidad de vivir para mí mismo sin ocuparme de los hombres ingratos. Vivir rico, feliz, amado. Vivir por razón de mi Madre, por no hacerla sufrir. Vivir para llevar a Dios con un largo apostolado a muchos hombres, los cuales, por el contrario, si Yo muriera, me olvidarían, mientras que, si fuera Maestro no durante tres años sino durante muchos lustros, terminarían identificándose con mi doctrina. Sus ángeles me ayudarían a seducir a los hombres.

¿No veía que los ángeles de Dios no intervenían para ayudarme? Después, Dios me perdonaría al ver la cosecha de creyentes que le habría llevado. En el desierto también me había inducido a tentar a Dios con la imprudencia. Lo vencí con la oración. El espíritu sojuzgó a la tentación moral.

Me presentó el abandono de Dios. Él, el Padre, ya no me amaba. Yo estaba cargado con los pecados del mundo. Le producía repulsa.

Estaba ausente, me dejaba solo. Me abandonaba al escarnio de una muchedumbre despiadada. Y no me concedía ni siquiera su divino consuelo. Solo, solo, solo. En esa hora sólo estaba Satanás al lado del Cristo. Dios y los hombres estaban ausentes porque no me amaban. Me odiaban o se mostraban indiferentes. Yo oraba para cubrir con mi oración las palabras satánicas. Pero la oración ya no subía a Dios. Caía sobre mí de nuevo como piedras de lapidación y me aplastaba bajo su cúmulo. La oración, que para mí era siempre caricia hecha al Padre, voz que subía y a la que respondían la caricia y la palabra paternas, ahora estaba muerta, era costosa, en vano lanzada contra el Cielo cerrado.

Entonces sentí la amargura del fondo del cáliz. El sabor de la desesperación. Era esto lo que quería Satanás. Llevarme a desesperar para hacer de mí un esclavo suyo. Vencí la desesperación, y la vencí sólo con mis fuerzas, porque quise vencerla. Sólo con mis fuerzas de Hombre. Ya no era sino el Hombre. Y ya no era sino un hombre sin la ayuda de Dios. Cuando Dios ayuda es fácil mantener elevado hasta al mundo y sostenerlo como juguete de niño. Pero cuando Dios ya no ayuda, hasta el peso de una flor nos resulta fatigoso.

Vencí la desesperación y a Satanás, su creador, por servir a Dios y a vosotros dándoos la Vida. Pero conocí la Muerte. No la muerte física del crucificado -ésa fue menos atroz-, sino la Muerte total, consciente, del luchador que cae, después de haber triunfado, con el corazón quebrantado, rezumándole la sangre con el trauma de un esfuerzo superior a lo posible. Y sudé sangre. Sudé sangre por ser fiel a la voluntad de Dios.

Por eso el ángel de mi dolor me presentó, como medicina para mi agonía, la esperanza de todos los salvados por mi sacrificio. ¡Vuestros nombres! Cada uno de ellos fue para mí una gota medicinal infundida en las venas para devolverles el tono y la función; cada uno de ellos significó para mí vida que volvía, luz que volvía, fuerza que volvía.

En medio de las inhumanas torturas, para no gritar mi dolor de Hombre y para no desesperar de Dios y decir que era demasiado severo e injusto para con su Víctima, Yo me repetí vuestros nombres. Yo os vi. Os bendije desde entonces. Desde entonces os llevé en mi corazón. Y cuando llegó para vosotros la hora de estar en la Tierra, me asomé al Cielo y me incliné para acompañar vuestra venida, exultando ante el pensamiento de que una nueva flor de amor había nacido en el mundo y que viviría por mí.

¡Oh, benditos míos, consuelo de Cristo agonizante! La Madre, el Discípulo, las Mujeres pías acompañaban mi morir. Pero vosotros también estabais. Mis ojos agonizantes veían, junto con el rostro acongojado de la Madre mía, vuestras caras amorosas, y se cerraron así, felices de cerrarse porque os habían salvado, ¡oh, vosotros que compensáis el Sacrificio de un Dios!
Ya has conocido todos los dolores que precedieron a la Pasión propiamente dicha. Ahora te daré a conocer los dolores concretos de la Pasión. Los dolores que más impresionan vuestra mente cuando meditáis en ellos.

Pero meditáis en ellos muy poco, demasiado poco. No reflexionáis en cuánto me costasteis ni en la tortura de que está hecha vuestra salvación. Vosotros que os quejáis de una excoriación, de un golpe contra un saliente, de un dolor de cabeza, no pensáis que Yo era por entero una llaga, que esas llagas estaban sulfuradas por muchas cosas, que las cosas mismas servían como tormento de su Creador porque torturaban al ya torturado Dios-Hijo sin respeto a Aquel que, siendo Padre de la Creación, las había formado.

Pero las cosas no tenían culpa. El culpable era el de siempre: el hombre; culpable desde el día en que prestó oídos a Satanás en el Paraíso terrenal. Hasta ese momento, las cosas de la Creación no le reservaban al hombre, criatura elegida, ni espinas ni venenos ni saña. Dios había constituido rey a este hombre hecho a su imagen y semejanza, y, en su paterno amor, no había querido que las cosas pudieran causar insidias al hombre. Satanás introdujo la insidia. Primero, en el corazón del hombre; luego ésta parió para el hombre, con el castigo del pecado, tríbulos y espinas.

Y he aquí que Yo, el Hombre, tuve que sufrir no sólo de mano de las personas, sino también por las cosas, recibir sufrimiento de las cosas. Las personas me propinaron insultos y vejaciones; éstas fueron el arma usada.

La mano que Dios había hecho al hombre para distinguirlo de los animales; esa mano que Dios enseñó al hombre a usar, esa mano que Dios había puesto en relación con la mente, esa mano a la que Dios había hecho ejecutora de las órdenes de la mente, esta parte vuestra que es tan perfecta y que hubiera debido ofrecer solamente caricias al Hijo de Dios -de quien había recibido sólo caricias y salud si estaba enferma-se volvió contra Él y le propinó bofetones y puñetazos, y se armó de azote y se transformó en tenaza para arrancar el pelo y 1a barba, o se armó de maza para hincar los clavos.

Los pies del hombre, que hubieran debido sólo correr diligentes para ir a adorar al Hijo de Dios, se movieron veloces para venir a capturarme y llevarme por las calles hasta mis verdugos, a empujones y tirones; fueron veloces para darme patadas de un modo que no es lícito usar con un mulo terco.

La boca del hombre, que hubiera debido usar la palabra, esa palabra que es cualidad otorgada únicamente al hombre y a ningún animal creado, para alabar y bendecir al Hijo de Dios, se llenó de blasfemias y mentiras y arrojó éstas, junto con su baba, contra mi persona.
La mente del hombre, que es la prueba de su origen celeste, se fatigó en inventar tormentos de un refinado rigor.

E1 hombre, el hombre entero hizo uso de todos y cada uno de sus elementos para torturar al Hijo de Dios. Y llamó a la tierra, con sus formas, como ayuda en la tortura. Hizo de las piedras de los torrentes proyectiles para herirme; de las ramas de los árboles, palos para golpearme; del trenzado cáñamo, lazo para arrastrarme serrándome las carnes; de las espinas, una corona de punzante fuego para mi cabeza cansada; de los minerales, un exasperante azote; de la caña, un instrumento de tortura; de las piedras de las calles, obstáculo para el pie vacilante de Aquel que subía, muriendo, para morir crucificado.

Y a las cosas de la tierra se unieron las del cielo. El frío del alba para mi cuerpo ya exhausto por la agonía del huerto, el viento que encrudecía las heridas, el sol que aumentaba la quemazón y la fiebre y traía moscas y polvo, y cegaba los ojos cansados que no podían ser protegidos por las manos apresadas.

Y a las cosas del cielo se unieron las fibras concedidas al hombre para revestir su desnudez: el cuero que se transformó en azote, la lana de la túnica, que se pegaba a las abiertas llagas de los azotes y producía la tortura de las rozaduras y laceración en cada movimiento.

Todo, todo, todo sirvió para atormentar al Hijo de Dios. Él, por quien todas las cosas fueron creadas, en la hora en que era la Hostia ofrecida a Dios, tuvo como enemigas a todas las cosas. María, tu Jesús no halló alivio en ninguna cosa. Cuales víboras enfurecidas, todo lo que existía se volvió a morderme las carnes y aumentar el padecimiento.

Esto sería necesario pensar, cuando sufrís; y, comparando vuestras imperfecciones con mi perfección y mi dolor con el vuestro, reconocer que el Padre os ama como no me amó a mí en aquella hora; y amarlo, por tanto, con todo vuestro ser, como Yo lo amé a pesar de su rigor.

602- Hacia el Getsemaní con once apóstoles. La agonía y el prendimiento

La calle está llena de silencio.
Sólo una fuentecilla que vierte su agua en una pila de piedra pone un sonido en medio de tanto silencio.

En las paredes de las casas, en el lado oriental, todavía hay oscuridad, mientras que en el otro lado la Luna empieza a blanquear la cima de las casas y, donde la calle se ensancha formando una placita, el lácteo color de plata de la Luna desciende a embellecer también los cantos y la tierra de la calle.

Pero debajo de los frecuentes arcos que van de casa a casa, semejantes a puentes levadizos o a puntales de estas viejas casas de escasísimas aperturas hacia la calle, y que a esta hora están del todo cerradas y oscuras como si fueran casas abandonadas, hay oscuridad perfecta, y el color rojizo de la antorcha que lleva Simón adquiere una vivacidad singular y una utilidad aún mayor. Los rostros, con esa luz roja y móvil, muestran un relieve neto, y cada uno de ellos revela un estado de ánimo distinto.

El más solemne y tranquilo es el de Jesús, aunque el cansancio lo avejente marcándolo con líneas que normalmente no tiene y que hacen ya aparecer la futura efigie de su rostro recompuesto en la muerte.

Juan, que camina a su lado, va posando su mirada atónita, doliente, en todo lo que ve a su alrededor; parece un niño aterrorizado por alguna narración que haya oído contar o por alguna promesa amedrentadora, y parece invocar la ayuda de alguien que sepa más que él. Pero ¿quién podrá ayudarle?

Simón, que va al otro lado de Jesús, tiene una expresión cerrada, sombría, propia de quien va rumiando dentro de sí pensamientos atroces; y aun así es el único que, además de Jesús, mantiene un aspecto de noble gravedad.

Los demás, en dos grupos cuya formación continuamente se altera, son la agitación personificada. De vez en cuando, la voz ronca de Pedro y la voz de barítono de Tomás se elevan con extraña resonancia; y la moderan luego, como temerosos por lo que dicen. Van discutiendo sobre lo que debe hacerse: quién propone una cosa, quién otra; pero todas las propuestas son inconsistentes, porque realmente está para comenzar "la hora de las tinieblas" y los juicios humanos quedan oscurecidos y confusos.

-Había que habérmelo dicho antes -dice Pedro con estrangulada voz.

-Pero nadie ha hablado. Tampoco el Maestro… -dice Andrés.

-¡Sí, ya, Él te lo iba a decir! ¡Vamos, hermano, parece que no lo conocieras!… -le responde Pedro.

-Yo percibía algo turbio. Y lo dije: "Vamos a morir con Él". ¿Os acordáis? ¡Pero, por nuestro santísimo Dios, si hubiera sabido que era Judas de Simón!… -brama Tomás amenazador.

-¿Y qué querías hacer? -pregunta Bartolomé.
-¿Yo? ¡Todavía intervendría ahora, si me ayudarais!
-¿Qué harías? ¿Irías a matarlo? ¿Y a dónde?
-No. Me llevaría al Maestro. Es más fácil.
-¡No iría!
-No se lo preguntaría. Lo raptaría como se rapta a una mujer.
-¡Pues no sería mala idea! -dice Pedro.

Y, impulsivo, vuelve hacia atrás, se pone en el grupo de los dos hijos de Alfeo, los cuales, con Mateo y Santiago, van bisbiseando como conjurados.

-Oíd: Tomás propone llevarnos a Jesús. Todos juntos. Se podría… desde Get-Sam-mí, por Betfagé, hasta Betania, y de allí… en barca hacia algún lugar. ¿Lo hacemos? Puesto en salvo Él, volvemos y nos quitamos de en medio a Judas.

-Es inútil. Todo Israel es una trampa -dice Santiago de Alfeo.

-Próxima ya a cerrarse. Esto se comprendía. ¡Demasiado odio!

-¡Pero Mateo! ¡Me da rabia oírte eso! ¡Eras más valiente cuando eras pecador! Di tú, Felipe.

Felipe, que va completamente solo y parece monologar, alza
la cara y se para. Pedro se acerca a él. Hablan los dos en voz baja. Luego se unen al grupo de antes:

-Yo diría que el sitio mejor es el Templo -dice Felipe.
-¿Estás loco? -gritan los primos y Mateo y Santiago.
-¡Pero si allí quieren su muerte!
-¡Chss! ¡Cuánto jaleo armáis! Yo sé lo que digo. Lo buscarán por todas partes, pero allí no. Tú y Juan tenéis buenas amistades entre los servidores de Anás. Se da una buena cantidad de oro… y todo arreglado. ¡Creedme! El sitio mejor para esconder a uno perseguido es la casa de los carceleros.

-Yo no lo hago -dice Santiago de Zebedeo -De todas formas, mira a ver lo que dicen también los demás. El primero, Juan. ¿Y si luego lo arrestan? No quiero que se diga que soy yo el traidor…

-No había pensado en eso. ¿Y entonces?
Pedro está completamente descorazonado.
-Entonces, yo diría que es compasivo hacer una cosa. La única que podemos hacer. Alejar a la Madre… -dice Judas de Alfeo.

-¡Ya!… Pero… ¿Y quién va? ¿Qué se le dice? Ve tú, que eres pariente.

-Yo me quedo con Jesús. Tengo derecho. Ve tú.
-¡¿Yo?! Me he armado de espada para morir como Eleazar de Saura. Atravesaré legiones para defender a mi Jesús y descargaré mi espada sin contemplaciones. Si muero por la fuerza de un número mayor, no importa. Lo habré defendido ­proclama Pedro.

-¿Pero estás totalmente seguro de que es Judas Iscariote? -pregunta Felipe a Judas Tadeo.
-Estoy seguro. Ninguno de nosotros tiene corazón de serpiente. Sólo él… Ve tú, Mateo, donde María, y dile…
-¿Yo? ¿Engañarla? ¿Verla a mi lado desconocedora de lo que sucede y luego…? ¡Ah, no! Estoy dispuesto a morir, pero no a traicionar a esa paloma…

Las voces se mezclan en un susurro.

-¿Oyes? Maestro, nosotros te queremos -dice Simón.
-Lo sé. No necesito esas palabras para saberlo. Y, si dan paz al corazón del Cristo, le hieren el alma.

-¿Por qué, mi Señor? Son palabras de amor.
-De amor enteramente humano. En verdad, en estos tres años no he hecho nada, porque sois todavía más humanos que en la primera hora. Actúan en vosotros todos los fermentos, los más fangosos, esta noche. Pero no es culpa vuestra…
-¡Sálvate, Jesús! -dice Juan gimiendo.
-Me salvo.

-¿Sí? ¡Oh, mi Dios, gracias!
Juan parece una flor, primero combada por un calor abrasador y ahora erguida de nuevo en su tallo, fresca.

-Voy a decírselo a los otros. ¿A dónde vamos?
-Yo a la muerte, vosotros a la Fe.
-¿Pero no acabas de decir que te ibas a salvar?
El predilecto se abate otra vez.

-Me salvo, eso es, me salvo. Si no obedeciera al Padre me perdería. Obedezco y, por tanto, me salvo. ¡No llores de esa manera! Eres menos valiente que los discípulos de aquel filósofo griego de que te hablé un día. Ellos estuvieron al lado del maestro que moría a causa de la cicuta, confortándolo con su dolor viril. Tú… pareces un niño que haya perdido a su padre.

-¿Y no es, acaso, así? ¡Yo pierdo más que a mi padre! Te pierdo a ti…

-No me pierdes, porque sigues queriéndome. Se pierde a uno que esté separado de nosotros, por el olvido en la Tierra, por el Juicio de Dios en el más allá. Pero nosotros no estaremos separados. Nunca. Ni por una cosa ni por la otra.

Pero Juan no comprende razones.
Simón se acerca todavía más a Jesús, y le confía en voz baja
-Maestro… yo… yo y Simón Pedro teníamos la esperanza de hacer una cosa buena… Pero… Tú que sabes todo, dime: ¿dentro de cuántas horas esperas ser capturado?
-En cuanto la Luna ocupe el ápice de su arco.

Simón pone un gesto de dolor y de impaciencia, por no decir de irritación. -Entonces todo ha sido inútil… Maestro, ahora te explico. Casi nos has reprendido a mí y a Simón Pedro por haberte dejado tan solo en estos últimos días… Pero estábamos lejos por ti… por amor a ti.

Pedro, en la noche del lunes, impresionado por tus palabras, vino a mí mientras dormía y me dijo: "Yo y tú, de ti me fío, tenemos que hacer algo por Jesús. También Judas ha dicho que quiere intervenir". ¡Oh! ¿Por qué no hemos comprendido entonces? ¿Por qué no nos dijiste nada Tú? Pero, dime: ¿no se lo has dicho a nadie? ¿A nadie en absoluto? ¿Es que te has percatado de ello hace sólo unas horas?

-Lo he sabido siempre. Aun antes de que formara parte de los discípulos. Y para que su delito no fuera perfecto, tanto en lo divino como en lo humano, he tratado por todos los medios de alejarlo de mí. Los que quieren que Yo muera son los verdugos de Dios; éste, mí discípulo y amigo, es también el traidor, el verdugo del Hombre. Mi primer verdugo, porque ya he recibido de él muerte con el esfuerzo de tenerlo a mi lado, en la mesa, y de deber protegerlo a costa de mí mismo contra vosotros.
-¿Y ninguno lo sabe?

-Juan. Se lo he dicho al final de la Cena. Pero ¿qué habéis hecho?

-¿Y Lázaro? ¿Lázaro no sabe nada en absoluto? Hoy hemos estado en su casa. Porque ha venido muy de mañana, ha sacrificado y se ha vuelto a marchar sin siquiera detenerse en su palacio ni ir al Pretorio. Porque él va siempre, por costumbre tomada de su padre. Y Pilato, ya lo sabes, está en estos días en la ciudad…

-Sí. Todos están. Está Roma: la nueva Sión, con Pilato; está Israel, con Caifás y Herodes; está todo Israel, porque la Pascua ha congregado a los hijos de este pueblo a los pies del altar de Dios… ¿Has visto a Gamaliel?

-Sí. ¿Por qué esta pregunta? Tengo que verlo también mañana…

-Gamaliel esta noche está en Betfagé. Lo sé. Cuando lleguemos al Getsemaní irás donde él y le dirás: "Dentro de poco tendrás el signo que esperas desde hace veintiún años". Nada más. Luego volverás con tus compañeros.

-Pero ¿cómo lo sabes? ¡Oh, Maestro mío, pobre Maestro que no tienes ni siquiera el consuelo de ignorar las obras ajenas!

-Bien dices: ¡pobre Maestro! ¡El consuelo de ignorar! Porque son más las obras malas que las buenas. Pero veo también las buenas y exulto por ellas.
-Entonces sabes que…
-Simón: es mi hora de pasión. Para que sea más completa, el Padre, a medida que ésta se va aproximando, me retira la luz. Dentro de poco tendré sólo tinieblas y la contemplación de lo que son tinieblas: o sea, todos los pecados de los hombres. No puedes, no podéis entender.

Ninguno, excepto el llamado por Dios a ello por especial misión, comprenderá esta pasión en la gran Pasión; y, dado que el hombre es material incluso en el amar y en el meditar, habrá quien llore y sufra por mis golpes, por las torturas del Redentor; pero no se medirá esta espiritual tortura que -creedlo vosotros que me escucháis-será la más atroz… Habla, por tanto, Simón. Guíame por los senderos por donde tu amistad fue por causa mía, porque soy un pobre que va perdiendo la visión y ve fantasmas, no cosas reales…

Juan lo abraza y pregunta:

-¿Pero es que ya no ves a tu Juan?
-Te veo. Pero los fantasmas surgen de las brumas de Satanás. Visiones de pesadilla y de dolor. Todos estamos envueltos en este miasma de infierno, esta noche. En mí trata de crear cobardía, desobediencia y dolor; en vosotros creará desilusión y miedo; en otros -personas que incluso no son ni medrosos ni dados al delito-creará miedo y delincuencia; en otros, que ya son de Satanás, creará la perversión sobrenatural (lo llamo así porque su perfección en el mal será tal, que superará las humanas posibilidades y alcanzará la perfección que siempre es propia de lo sobrehumano). Habla, Simón.

-Sí. Desde el martes no hacemos otra cosa sino salir para saber, para prevenir, para buscar ayuda.
-¿Y qué habéis podido hacer?
-Nada. O muy poco.
-Y ese poco será "nada" cuando el miedo paralice los corazones.

-He tenido también un choque con Lázaro… Es la primera vez que me sucede… Un choque porque me parecía inactivo… Podría hacer algo. Es amigo del Gobernador.

¡Sigue siendo el hijo de Teófilo! Pero Lázaro ha rechazado todas mis propuestas. Lo he dejado gritándole: "¡Pienso que eres tú ese amigo del que habla el Maestro! ¡Me produces horror!". Y no quería yo volver a su casa… Pero esta mañana me ha llamado y me ha dicho: "¿Puedes pensar todavía que sea yo su traidor?". Yo había visto ya a Gamaliel y a José y a Cusa, y a Nicodemo y Manahén, en fin, a tu hermano José… y ya no podía creer esa cosa. Le he dicho: "Perdona, Lázaro. Pero siento mi mente más confusa que cuando yo mismo era un condenado". Y es así, Maestro… Yo ya no soy yo… Pero ¿por qué sonríes?
-Porque esto confirma todo lo que te he dicho antes. La bruma de Satanás te envuelve y te turba. ¿Qué ha respondido Lázaro?

Ha dicho: "Te comprendo. Ven hoy, con Nicodemo. Necesito verte". Y es lo que he hecho mientras Simón Pedro iba donde los galileos. Porque tu hermano -él, desde tan lejos-está más informado que nosotros. Dice que lo ha sabido por azar, hablando con un galileo anciano que vive cerca de la zona de mercado, amigo de Alfeo y José.
-¡Ah!… sí… un gran amigo de la casa…

-Él está allá, con Simón y las mujeres; también está la familia de Caná.
-He visto a Simón.
-Bueno, pues José, por este amigo suyo, que además es amigo de uno del Templo que ahora es pariente suyo por enlaces con mujeres, ha sabido que está decidida tu captura, y le ha dicho a Pedro: "Siempre me opuse a Él. Pero por amor y mientras Él era fuerte. Pero ahora que es como un niño a merced de sus enemigos, yo, pariente suyo que siempre le ha querido, estoy con Él. Es deber de sangre y de corazón".

Jesús sonríe, y vuelve a verse en Él, un instante, la cara serena de las horas de alegría.

-Y José le ha dicho a Pedro: "Los fariseos de Galilea son áspides como todos los fariseos. Pero Galilea no está compuesta sólo de fariseos. Y aquí hay muchos galileos que lo quieren. Vamos y les proponemos unirse para defenderlo. No tenemos más que cuchillos. Pero hasta un palo es un arma, si se maneja bien. Y si no vienen los soldados romanos, pronto nos impondremos a esa canalla vil que son los esbirros del Templo". Y Pedro fue con él. Yo, mientras, iba donde Lázaro, con Nicodemo. Habíamos decidido convencer a Lázaro de que viniera con nosotros y de que abriera su casa para estar contigo. Nos dijo: "Debo obedecer a Jesús y estar aquí, sufriendo el doble…". ¿Es verdad?

-Es verdad. Le di esa orden.

-Pero me dio las espadas. Son suyas. Una para mí, una para Pedro. También Cusa quería darme las espadas. Pero… ¿qué son dos hierros contra todo un mundo? Cusa no puede creer que sea verdad todo esto que dices. Jura que no sabe nada y que en la corte la única idea que hay es la de gozarse la fiesta… Una juerga, como de costumbre. Tanto es así, que le ha dicho a Juana que se retire a una casa que tienen ellos en Judea. Pero Juana quiere quedarse aquí; dentro de su palacio y como si no estuviera. No se aleja.

Con ella están Plautina, Ana, Nique y dos damas romanas de la casa de Claudia. Lloran, oran e incitan a orar a los inocentes. Pero no es tiempo de oraciones, es tiempo de sangre. ¡Siento revivir en mí al "zelote" y ya ansío matar para cobrar venganza!…

-¡Simón!
Jesús habla severísimo.
-¡Si mi intención hubiera sido que murieras bajo la maldición, no te hubiera sacado de tu desgracia! …
-¡Oh, perdón, Maestro… perdón! Soy como un borracho, como uno que delira.

-¿Y Manahén qué dice?
-Manahén dice que no puede ser verdad, y que si lo fuera te seguiría hasta en el suplicio.

-¡Cómo os fiáis todos de vosotros mismos!… ¡Cuánta soberbia hay en el hombre! ¿Y Nicodemo y José? ¿Qué saben?

-No más que yo. Hace tiempo, en una asamblea, José se enfrentó al Sanedrín. Los llamó asesinos por querer matar a un inocente, y dijo: "Todo es ilegal aquí dentro. Razón tiene Él. El abominio está en la casa del Señor. Es necesario destruir este altar, porque ha sido profanado".

No lo lapidaron por ser quien era. Pero desde entonces lo han mantenido en una total falta de información. Sólo Gamaliel y Nicodemo han seguido manteniendo la amistad con él. Pero el primero no habla, y el segundo… Ni él ni José han vuelto a ser llamados al Sanedrín para las decisiones más genuinas. Se reúnen ilegalmente, acá o allá, a distintas horas, por miedo a ellos y a Roma. ¡Ah, se me olvidaba!… Los pastores. También ellos están con los galileos. ¡Pero somos pocos! ¡Si Lázaro hubiera querido escucharnos e ir a ver al Pretor! Pero no nos prestó oídos… Esto es lo que hemos hecho…

-Mucho… y nada… Y me siento tan abatido que me dan ganas de ir por los campos gritando como un chacal, de degradarme en una orgía, de matar como un bandolero, con tal de alejar de mí este pensamiento que, como han dicho Lázaro, José, Cusa, Manahén y Gamaliel, es "completamente inútil"… -El Zelote no parece él…
-¿Qué ha dicho el rabí?

-Ha dicho: "No conozco exactamente los propósitos de Caifás. Pero os respondo que lo que decís está profetizado sólo para el Cristo. Y como no admito en este profeta al Cristo, no veo que haya motivo para intranquilizarse. Se dará muerte a un hombre, a un hombre bueno, amigo de Dios. Pero ¡¿de cuántos como él ha bebido Sión la san-gre?!". Y, dado que insistíamos en tu divina Naturaleza, ha repetido testarudamente: "Cuando vea el signo, creeré". Y ha prometido abstenerse de votar por tu muerte; es más, ha prometido que, si es posible, convencerá a los otros de no condenarte. Esto, no más. ¡No cree! ¡No cree! Si se pudiera llegar a mañana… Pero dices que no. "¡Oh, ¿qué vamos a hacer nosotros?!

-Tú irás donde Lázaro y tratarás de llevar contigo a todos los que puedas. No sólo de los apóstoles, sino también de los discípulos que encuentres vagando por los caminos de la campiña. Trata de ver a los pastores y dales esta orden. La casa de Betania es más que nunca la casa de Betania, la casa de la buena hospitalidad. Los que no tengan el valor de afrontar el odio de todo un pueblo, que se refugien allí. A esperar…

-Pero nosotros no te dejaremos».
-No os separéis… Separados no seríais nada; unidos seréis todavía una fuerza. Simón: prométeme esto. Tú eres un hombre sereno, fiel, con palabra e influencia incluso ante Pedro. Y estás muy obligado conmigo. Te recuerdo esto, por primera vez, para imponerte la obediencia. Mira: estamos en el Cedrón. Por ahí subiste, leproso, hacia mí, y de ahí saliste ya limpio. Por lo que te di, dame: da al Hombre lo que Yo di al hombre: ahora el leproso soy Yo…

-¡Nooo! ¡No digas eso! -gimen juntos los dos discípulos.
-¡Así es! Pedro, mis hermanos, serán los más abatidos. Mi honesto Pedro se sentirá como un malhechor y no tendrá paz. Y mis hermanos… No tendrán corazón para mirar ni a su madre ni a la mía… Te los confío…

-¿Y yo, Señor, de quién seré? ¿En mí no piensas?
-¡Niño mío! Tú estás confiado a tu amor. Es tan fuerte, que te guiará como una madre. No te doy ni orden ni guía; te dejo en las aguas del amor: son en ti un río tan tranquilo y profundo, que no me plantean ninguna duda sobre tu futuro. Simón, ¿has comprendido?
-¡Prométemelo! ¡Prométemelo!

Es penoso ver a Jesús tan angustiado… Sigue diciendo:
-¡Antes de que vengan los otros! ¡Oh, gracias! ¡Bendito seas!
Todo el grupo se reúne.

-Ahora vamos a separarnos. Yo voy arriba, a orar. Quiero conmigo a Pedro, Juan y Santiago. Vosotros quedaos aquí. Y si os vierais en grave apuro, llamad. Y no temáis. No os tocarán ni un pelo. Orad por mí. Deponed el odio y el miedo. Será sólo un momento… Luego el júbilo será completo. Sonreíd. Que lleve Yo en mi corazón vuestras sonrisas. Y, una vez más, gracias por todo, amigos. Adiós. Que el Señor no os abandone…

Jesús se echa a andar y se separa de los apóstoles, mientras Pedro pide la antorcha a Simón, después de que éste ha encendido con ella ramas secas resinosas, que arden crujiendo en el extremo del olivar y expanden olor de enebro. Me aflige ver a Judas Tadeo mirar a Jesús con tan intensa y doliente mirada, que Jesús se vuelve buscando al que lo ha mirado. Pero Judas Tadeo se esconde detrás de Bartolomé y se muerde los labios para contenerse.

Jesús hace un gesto con la mano, entre una bendición y un adiós, y luego prosigue su camino. La Luna, ya bien alta, envuelve con su luz la alta figura de Jesús, y parece hacerla más alta incluso, espiritualizándola, haciendo más clara la túnica roja y más pálido el oro de sus cabellos. Detrás de Él, aceleran el paso Pedro -con la antorcha-y los dos hijos de Zebedeo.

Prosiguen hasta el límite del primer desnivel del rústico anfiteatro del olivar, cuya entrada sería el calvero irregular y cuyas gradas serían las terrazas, que ascienden formando escalones de olivos en el monte. Luego Jesús dice:

-Deteneos, esperadme aquí mientras oro. Pero no os durmáis. Podría necesitaros. Y os lo pido por caridad: ¡orad! Vuestro Maestro está muy abatido.

En efecto, su abatimiento es ya profundo. Parece ya bajo un peso que lo oprime. ¿Dónde está ese Jesús vigoroso que hablaba a las multitudes, hermoso, fuerte, de mirada dominadora, sonrisa serena, voz sonora y bellísima? Parece ya apoderarse de Él la congoja. Es como uno que hubiera corrido o llorado. Tiene voz cansada, entrecortada. Está triste, triste, triste…

Pedro responde por los tres:

-Puedes estar tranquilo, Maestro. Vigilaremos y estaremos en oración. Sólo tienes que llamarnos e iremos.

Y Jesús los deja mientras los tres se agachan para recoger hojas y ramos secos y encender así una hoguerita que sirva para mantenerlos despiertos y combatir el relente, que empieza a descender abundante.

Camina, dándoles la espalda, de occidente a oriente; de forma que tiene de frente la luz lunar. Veo que un gran sufrimiento dilata aún más sus ojos. Quizás es un bistre de cansancio lo que los agranda, o quizás es la sombra del arco superciliar; no lo sé. Sé que tiene los ojos más abiertos y hundidos. Sube cabizbajo. Sólo de vez en cuando alza la cabeza, suspirando como si le costara esfuerzo y jadeara, y entonces recorre con su mirada tristísima el plácido olivar. Sube algunos metros. Luego tuerce por detrás de una elevación que queda entre Él y los tres dejados más abajo.

Este saliente de la ladera, que al principio tiene una altura de pocos decímetros, es cada vez más alto, y, después de un pequeño trecho tiene ya una altura de más de dos metros, de forma que resguarda completamente a Jesús de toda mirada más o menos discreta y amiga.

Jesús prosigue hasta una voluminosa piedra que en un determinado punto corta el senderillo (una roca que quizá ha sido puesta como sostén de la vertiente que hacia abajo cae más inclinada y desnuda hasta un inerte cúmulo de piedras que precede a los muros tras los que está Jerusalén, y que hacia arriba sigue subiendo con más terrazas y más olivos).

Junto a esta voluminosa piedra, justo un poco más arriba, prominente, hay un olivo todo nudoso y retorcido: parece un caprichoso signo de interrogación puesto por la naturaleza para preguntar algún porqué. Sus tupidas ramas en la cima de su copa responden a la pregunta del tronco, diciendo ora "sí" plegándose hacia el suelo, ora "no" moviéndose de derecha a izquierda, al son de un leve viento que sopla a intervalos entre las frondas, y que a veces huele sólo a tierra, a veces a ese olor amargoso de los olivos, y a veces trae una mezcla de perfume de rosas y muguetes que quién sabe de dónde pueda venir.

Al otro lado del senderillo, hacia abajo, hay otros olivos, uno de los cuales, justo debajo de la roca, está hendido por algún rayo y aun así vivo todavía, o bifurcado por una causa que desconozco, a partir del tronco inicial y que ha hecho dos troncos que se alzan como los dos segmentos de una gran V en carácter de imprenta; y las dos copas se asoman hacia acá y allá de la roca como queriendo ver y vigilar al mismo tiempo, o formarle a esta peña un suelo de un gris plata lleno de paz.

Jesús se detiene allí. No mira a la ciudad, que aparece abajo, blanca toda bajo la luz lunar. Antes al contrario, le vuelve las espaldas. Y ora con los brazos abiertos en cruz, alzada la cara hacia el cielo. No veo su cara porque está en la sombra (tiene la Luna casi en la vertical de su cabeza, pero los tupidos ramajes del olivo están entre Él y la Luna, que se filtra apenas entre unas y otras hojas, formando aritos y agujas de luz en constante movimiento).
Es una larga, ardiente oración. De vez en cuando, un suspiro y alguna palabra más nítida.

No es un salmo, no es un Pater; es una oración hecha del amor y necesidad que de Él brotan: verdadera elocución dirigida a su Padre. Lo comprendo por las pocas palabras que capto: «Tú lo sabes… Soy tu Hijo… Todo. Pero ayúdame… Ha llegado la hora… Yo ya no soy de la Tierra. Cesa toda necesidad de ayuda a tu Verbo… Que el Hombre te aplaque como Redentor, de la misma forma que la Palabra te ha sido obediente… Lo que Tú quieras… Para ellos te pido piedad. ¿Los salvaré?

Esto te pido. Así lo quiero: salvados del mundo, de la carne, del demonio… ¿Puedo pedir aún? Es una petición justa, Padre mío. No para mí. Para el hombre, que es creación tuya y que quiso transformar en barro también su alma. Yo echo en mi dolor y en mi Sangre ese barro, para que vuelva a ser esa incorruptible esencia del espíritu grato a ti… Y está por todas partes. Él es rey esta noche. En el palacio y en las casas. Entre los soldados y en el Templo… La ciudad está henchida de él, y mañana será un infierno…

Jesús se vuelve, apoya su espalda en la roca y cruza los brazos. Mira a Jerusalén. La cara de Jesús va tomando una expresión cada vez más triste. Susurra:

-Parece de nieve… y es toda ella un pecado. ¡A cuántos he curado también en ella! ¡Cuánto he hablado!… ¿Dónde están los que parecían serme fieles?…

Jesús agacha la cabeza y mira fijamente al suelo, cubierto de hierba corta, brillante de rocío. Pero, aunque tenga la cabeza baja, comprendo que está llorando, porque algunas gotas, al caer de la cara al suelo, brillan. Luego levanta la cabeza, separa los brazos y une las manos más arriba de la cabeza, y las mueve manteniéndolas unidas.

Luego anda. Regresa donde los tres apóstoles, que están sentados alrededor de su hoguerita de hornija. Los encuentra medio dormidos. Pedro ha apoyado su espalda en un tronco, y, cruzados los brazos, cabecea, envuelto por las primeras brumas de un fuerte sueño. Santiago está sentado -también su hermano-encima de una gruesa raíz que sobresale del suelo y sobre la cual han extendido los mantos para sentir menos las protuberancias; pero, a pesar de estar más incómodos que Pedro, también están adormilados. Santiago tiene su cabeza relajada sobre el hombro de Juan, y éste tiene la suya apoyada en el de su hermano, como si el duermevela los hubiera inmovilizado en esa postura.

-¿Dormís? ¿No habéis sabido velar una hora tan sólo? ¡Tengo mucha necesidad de vuestro consuelo y vuestras oraciones!

Los tres se sobresaltan, confundidos. Se restriegan los ojos. Susurran una disculpa. Atribuyen la primera causa de este estado suyo de duermevela al esfuerzo de digerir:
-Es el vino… la comida… Pero se pasa ahora. Ha sido un momento. No sentíamos ganas de hablar y esto nos ha llevado al sueño. Pero ahora vamos a orar en voz alta y no se va a repetir esto.

-Sí. Orad y velad. También para vosotros lo necesitáis.
-Sí, Maestro. Te obedeceremos.

Jesús se marcha de nuevo. La Luna de tan fuerte claror de plata, que va haciendo ver cada vez más pálida la túnica roja, como si la cubriera de un blanco polvo brillante-, ilumina su rostro y me lo muestra desconsolado, doliente, envejecido. Sus ojos siguen bien abiertos, pero parecen empañados; su boca presenta un frunce de cansancio

Vuelve a su piedra, aún más lento y encorvado. Se arrodilla y apoya los brazos en la roca, que no es lisa, sino que a mitad de altura tiene como un entrante -parece labrado adrede así-, en el que ha nacido una plantita que creo es una de esas florecillas semejantes a pequeñas azucenas (cimbalarias), que he visto también en Italia, con hojitas pequeñas, redondas pero denticuladas, y carnosas, de florecillas muy pequeñas en sus delgadísimos tallos): parecen pequeños copos de nieve, y salpican el gris de la roca y las hojitas verde oscuro. Jesús apoya las manos ahí al lado. Las florecillas le acarician la mejilla, porque apoya la cabeza en las manos juntas y ora. Pasado un poco de tiempo, siente el frescor de las pequeñas corolas, alza la cabeza, las mira, las acaricia, les dice:

-¡También estáis vosotras!… ¡Me aliviáis! Había florecillas como éstas también en la gruta de mi Madre… y Ella las quería, porque decía: "Cuando era pequeña, decía mi padre: “Eres una azucena diminuta toda llena de rocío celeste”… ¡Oh, mi Madre! ¡Oh, Mamá!

Rompe a llorar. Reclinada la cabeza en las manos unidas, un poco apoyado en los calcañares, lo veo y oigo llorar, mientras las manos aprietan los dedos y los mortifican, la una a la otra. Oigo que dice:

-También en Belén… y te las llevé, Mamá. ¿Pero éstas quién te las llevará?…

Luego prosigue en su oración y meditación. Debe ser muy triste su meditación, angustiosa más que triste, porque para evitarla se alza y va y viene, susurrando palabras que no capto, alzando la cara, bajándola de nuevo, gesticulando, pasándose las manos por los ojos, las mejillas, el pelo, con mecánicos y agitados movimientos, propios de quien está sumido en una gran angustia: decirlo no es nada, describirlo es imposible, verlo es entrar en su angustia.

Gesticula hacia Jerusalén. Luego vuelve a alzar los brazos hacia el cielo como para invocar ayuda.

Se quita el manto como si tuviera calor. Lo mira… Pero ¿qué ve? Sus ojos no miran sino su tortura, y todo contribuye a esta tortura, a aumentarla. Hasta el manto tejido por su Madre. Lo besa y dice:

-¡Perdón, Mamá! ¡Perdón!
Parece como si se lo pidiera al paño hilado y tejido por el amor materno…

Vuelve a ponérselo. Está lleno de congoja. Quiere orar para superarla. Pero con la oración vuelven los recuerdos, los temores, las dudas, las añoranzas… Es un alud de nombres… ciudades… personas… hechos… No puedo seguirlo, porque es rápido y entrecortado. Es su vida evangélica lo que desfila ante Él… y le trae el recuerdo de Judas el traidor.

Es tanta la congoja, que grita, para vencerla, el nombre de Pedro y Juan. Y dice:

-Ahora vendrán. ¡Ellos son muy fieles! Pero "ellos" no vienen. Llama de nuevo. Parece aterrorizado, como viendo algo que no sabemos.

Huye rápidamente hacia donde están Pedro y los dos hermanos, y los encuentra más cómoda e intensamente dormidos, alrededor de unas pocas brasas que, ya mortecinas, presentan sólo algunos zigzagues de color rojo entre el gris de la ceniza.

-¡Pedro! ¡Os he llamado tres veces! ¿Pero qué hacéis? ¿Dormís todavía? ¡Pero no sentís cuánto sufro! Orad. Que la carne no venza, en ninguno. Que no os venza. El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Ayudadme…

Los tres se despiertan con mayor lentitud. Pero al final lo hacen, y con ojos atónitos se disculpan. Se ponen en pie, primero sentándose, luego irguiéndose del todo.

-¡Pues fíjate! -dice Pedro en tono quedo -¡No nos ha sucedido nunca esto! Debe haber sido ese vino, sin duda.

Era fuerte. Y también este fresco. Nos hemos tapado para no sentirlo (en efecto, se habían tapado hasta la cabeza incluso, con los mantos) y hemos dejado de ver el fuego y hemos dejado de tener frío y, bueno, pues, el sueño ha venido. ¿Dices que has llamado? Es curioso, no me parecía dormir tan profundamente… Arriba, Juan, vamos a buscar algunas ramitas, vamos, pongámonos en movimientos. Se nos pasará. Estáte seguro, Maestro, que a partir de ahora… estaremos en pie… -y arroja a las brasas un puado de hojitas secas, y sopla hasta que la llama resucita; luego la alimenta con las ramas de zarza que ha traído Juan. Mientras, Santiago trae una gruesa rama de enebro, o de un árbol similar, que ha cortado de una espesura poco lejana, y la une al resto.

La llama se alza, alta y festiva, e ilumina la pobre faz de Jesús. ¡Una faz de una tristeza… de una tristeza, que no se puede mirar sin llorar! Toda la luminosidad de ese rostro ha quedado diluida en un cansancio mortal. Dice:
-¡Estoy en una angustia que me mata! ¡Oh, sí! Mi alma está triste hasta el punto de morir. ¡Amigos… ¡Amigos! ¡Amigos!

Pero, aunque no dijera esto, su aspecto es ya de por sí el de un moribundo, el de un moribundo que, además, muere en el más angustioso y desolado de los abandonos. Cada palabra parece un acceso de llanto…

Pero los tres están demasiado cargados de sueño. Y se mueven con pasos inciertos y ojos semicerrados, tanto que parecen casi ebrios… Jesús los mira… No los mortifica con reproches. Menea la cabeza, suspira y vuelve a marcharse, al lugar de antes.

Ora de nuevo, en pie con los brazos en cruz; luego de rodillas, como antes., curvado el rostro sobre las florecillas. Piensa. Calla… Luego da en gemir y sollozar fuertemente, tan abatido sobre los calcañares, que está casi prosternado. Llama al Padre, cada vez con más congoja…

-¡Oh! -dice -¡Es demasiado amargo este cáliz! ¡No puedo! ¡No puedo! Está por encima de lo que Yo puedo. ¡Todo lo he podido! Pero no esto… ¡Aléjalo, Padre, de tu Hijo! ¡Piedad de mí!… ¿Qué he hecho para merecerlo?
Luego, cobrando nuevas fuerzas, dice:

-Pero, Padre mío, no escuches mi voz si pide algo contrario a tu voluntad. No recuerdes que soy Hijo tuyo, sino sólo servidor tuyo. No se haga mi voluntad, sino la tuya.

Permanece así durante un rato. Luego emite un grito ahogado y levanta la cara: es un rostro desencajado. Un instante sólo. Luego se derrumba, rostro en tierra, y se queda así. Un deshecho de hombre sobre el que pesa todo el pecado del mundo, sobre el que se abate toda la Justicia del Padre, sobre el que desciende la tiniebla, la ceniza, la hiel, esa tremenda, tremenda, tremendísima cosa que es el abandono de Dios mientras Satanás nos tortura… Es la asfixia del alma, es estar sepultados vivos en esta cárcel que es el mundo cuando ya no puede sentirse que entre nosotros y Dios hay una ligazón, es sentirse encadenados, amordazados, lapidados por nuestras propias oraciones que caen sobre nosotros cuajadas de agudas puntas y llenas de fuego, es chocar de plano contra un Cielo cerrado en que no penetran ni voz ni mirada de nuestra angustia, es estar "huérfanos de Dios", es la locura, la agonía, la duda de habernos engañado hasta ese momento, es la persuasión de ser rechazados por Dios, de estar condenados. ¡Es el infierno!…

¡Oh, lo sé! Y no puedo, no puedo ver ese espasmo de mi Cristo, y saber que es un millón de veces más atroz que el que me consumió el año pasado y que cuando me vuelve a la mente todavía me perturba profundamente.

Jesús gime, entre estertores y suspiros agónicos:
-¡Nada!… ¡Nada!… ¡Fuera!… ¡La voluntad del Padre! ¡Eso! ¡Sólo eso!… Tu voluntad, Padre; la tuya, no la mía… Inútil. No tengo sino un Señor: Dios santísimo. Una ley: la obediencia. Un amor: la redención… No. Ya no tengo ni Madre ni vida ni divinidad ni misión. Inútilmente me tientas, demonio, con la Madre, la vida, mi divinidad, mi misión. Tengo por madre a la Humanidad y la amo hasta morir por ella. La vida se la devuelvo a quien me la dio y ahora me la pide, supremo Señor de todo viviente. La divinidad la afirmo siendo capaz de esta expiación. La misión la cumplo con mi muerte. No tengo nada más. Nada, aparte de hacer la voluntad del Señor, mi Dios.

¡Retrocede, Satanás! Lo dije la primera y la segunda vez. Vuelvo a decirlo la tercera: "Padre, si es posible pase de mí este cáliz. Pero, hágase tu voluntad, no la mía". Retrocede, Satanás. Yo soy de Dios.

Luego ya no habla. Sólo para decir entre jadeos: « ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!». Lo llama a cada latido de su corazón, y parece rezumar la sangre a cada latido. La tela, estirada sobre los hombros, se embebe de sangre y adquiere de nuevo un tono oscuro, a pesar del intenso claror lunar que todo lo envuelve.

Y, no obstante, un claror más vivo se forma sobre su cabeza, suspendido a un metro de Él aproximadamente; un claror tan vivo, que incluso el Postrado lo ve filtrarse entre las ondas de sus cabellos, ya densos de sangre, y tras el velo que la sangre pone en los ojos. Alza la cabeza…

Resplandece la Luna sobre esta pobre faz, y aún más resplandece la luz angélica, semejante a la del diamante blanco-azul de la estrella Venus. Aparece toda la tremenda agonía en la sangre que rezuma a través de los poros. Las pestañas, el pelo, el bigote, la barba están asperjados y rociados de sangre. Sangre rezuma en las sienes, sangre brota de las venas del cuello, gotas de sangre caen de las manos; y, cuando tiende las manos hacia la luz angélica y las anchas mangas se deslizan hacia los codos, aparecen los antebrazos de Cristo también llenos de sudor de sangre. En la cara sólo las lágrimas forman dos líneas netas sobre la máscara roja.

Se quita otra vez el manto y se seca las manos, la cara, el cuello, los antebrazos. Pero el sudor continúa. Él presiona varias veces la tela contra la cara, y la mantiene apretada con las manos; y cada vez que cambia el sitio aparecen nítidamente en la tela de color rojo oscuro las señales, las cuales, estando húmedas, parecen negras. La hierba del suelo está roja de sangre.

Jesús parece próximo al desfallecimiento. Se desata la túnica en el cuello, como si sintiera ahogo. Se lleva la mano al corazón y luego a la cabeza y la agita delante de la cara como para darse aire, manteniendo entreabierta la boca. A rastras, se pega a la roca, pero más hacia el borde del desnivel del terreno. Apoya la espalda contra la piedra, de forma que -como si estuviera ya muerto-quédanle colgando los brazos, paralelos al cuerpo; y la cabeza, contra el pecho. Ya no se mueve.

La luz angélica va decreciendo poco a poco, para acabar como absorbida en el claror lunar.
Jesús abre sus ojos de nuevo. Con esfuerzo levanta la cabeza. Mira. Está solo, pero menos angustiado. Alarga una mano. Arrima hacia sí el manto que había dejado abandonado en la hierba y vuelve a secarse la cara, las manos, el cuello, la barba, el pelo.

Coge una hoja ancha, nacida justo en el borde del desnivel, empapada de rocío, y con ella termina de limpiarse mojándose la cara y las manos y luego secándose de nuevo todo. Y repite, repite lo mismo con otras hojas, hasta que borra las huellas de su tremendo sudor. Sólo la túnica, especialmente en los hombros y en los pliegues de los codos, en el cuello y la cintura, en las rodillas, está manchada. La mira y menea la cabeza. Mira también el manto, y lo ve demasiado manchado; lo dobla y lo pone encima de la piedra, en el lugar en que ésta forma una concavidad, junto a las florecillas.

Con esfuerzo -como por debilidad-se vuelve y se pone de rodillas. Ora, apoyada la cabeza en el manto donde tiene ya las manos. Luego, tomando como apoyo la roca, se alza y, todavía tambaleándose ligeramente, va donde los discípulos. Su cara está palidísima. Pero ya no tiene expresión turbada. Es una faz llena de divina belleza, a pesar de aparecer más exangüe y triste que de costumbre.
Los tres duermen sabrosamente. Bien arrebujados en sus mantos, echados del todo, junto a la hoguera apagada. Se les oye respirar profundamente, con comienzo incluso de un sonoro ronquido.

Jesús los llama. Es inútil. Debe agacharse y dar un buen zarandeo a Pedro.

-¿Qué sucede? ¿Quién viene a arrestarme? -dice Pedro mientras sale, atónito y asustado, de su manto verde oscuro.

-Nadie. Te llamo Yo.
-¿Es ya por la mañana?
-No. Ha terminado casi la segunda vigilia.
Pedro está todo entumecido.

Jesús da unos meneos a Juan, que emite un grito de terror al ver inclinado hacia él un rostro que, de tan marmóreo como se ve, parece de un fantasma.

-¡Oh… me parecías muerto!
Da unos meneos a Santiago, el cual, creyendo que lo llama su hermano, dice:

-¿Han apresado al Maestro?
-… Todavía no, Santiago -responde Jesús -Pero, alzaos ya. Vamos. El que me traiciona está cerca.
Los tres, todavía atónitos, se alzan. Miran a su alrededor… Olivos, Luna, ruiseñores, leve viento, paz… nada más. Pero siguen a Jesús sin hablar. También los otros ocho están más o menos dormidos alrededor del fuego ya apagado.

-¡Levantaos! -dice Jesús con voz potente -¡Mientras viene Satanás, mostrad al insomne y a sus hijos que los hijos de Dios no duermen!

-¡Sí, Maestro!
-¡Dónde está, Maestro?
-Jesús, yo…
-¿Pero ¿qué ha sucedido?

Y entre preguntas y respuestas enredadas, se ponen los mantos…

El tiempo justo de aparecer en orden a la vista de la chusma capitaneada por Judas, que irrumpe en el quieto solar y lo ilumina bruscamente con muchas antorchas encendidas: son una horda de bandidos disfrazados de soldados, caras de la peor calaña afeadas por sonrisas maliciosas demoníacas; hay también algún que otro representante del Templo.

Los apóstoles, súbitamente, se hacen a un lado. Pedro delante y, en grupo, detrás, los demás. Jesús se queda donde estaba.

Judas se acerca resistiendo a la mirada de Jesús, que ha vuelto a ser esa mirada centelleante de sus días mejores.

Y no baja la cara. Es más, se acerca con una sonrisa de hiena y lo besa en la mejilla derecha.

-Amigo, ¿y qué has venido a hacer? ¿Con un beso me traicionas?

Judas agacha un instante la cabeza, luego vuelve a levantarla… Muerto a la reprensión como a cualquier invitación al arrepentimiento. Jesús, después de las primeras palabras, dichas todavía con la solemnidad del Maestro, adquiere el tono afligido de quien se resigna a una desventura.

La chusma, con un clamor hecho de gritos, se acerca con cuerdas y palos y trata de apoderarse de los apóstoles ­excepto de Judas Iscariote, se entiende-además de tratar de prender a Cristo.

-¿A quién buscáis? -pregunta Jesús calmo y solemne.
-A Jesús Nazareno.
-Soy Yo.

La voz es un trueno. Ante el mundo asesino y el inocente, ante la naturaleza y las estrellas, Jesús da de sí -y yo diría que está contento de poder hacerlo--este testimonio abierto, leal, seguro.

¡Ah!, pero si de Él hubiera emanado un rayo no habría hecho más: como un haz de espigas segadas, todos caen al suelo. Permanecen en pie sólo Judas, Jesús y los apóstoles, los cuales, ante el espectáculo de los soldados derribados se rehacen, tanto que se acercan a Jesús, y con amenazas tan claras contra Judas, que éste súbitamente se retira -huye al otro lado del Cedrón y se adentra en la negrura de una callejuela-, con el tiempo justo de evitar el golpe maestro de la espada de Simón, y seguido en vano de piedras y palos que le lanzan los apóstoles que no iban armados de espada.

-Levantaos. ¿A quién buscáis?, vuelvo a preguntaros.
-A Jesús Nazareno.
-Os he dicho que soy Yo -dice con dulzura Jesús. Sí: con dulzura.

-Dejad, pues, libres a estos otros. Yo voy. Guardad las espadas y los palos. No soy un bandolero. Estaba siempre entre vosotros. ¿Por qué no me habéis arrestado entonces?

Pero ésta es vuestra hora y la de Satanás…

Mientras Él habla, Pedro se acerca al hombre que está extendiendo las cuerdas para atar a Jesús y descarga un golpe de espada desmañado. Si la hubiera usado de punta, lo habría degollado como a un carnero. Así, lo único que ha hecho ha sido arrancarle casi una oreja, que queda colgando en medio de un gran flujo de sangre. El hombre grita que lo han matado. Se produce confusión entre aquellos que quieren arremeter y los que al ver lucir espadas y puñales tienen miedo.

-Guardad esas armas. Os lo ordeno. Si quisiera, tendría como defensores a los ángeles del Padre. Y tú, queda sano.

En el alma lo primero, si puedes.

Y antes de ofrecer sus manos para las cuerdas, toca la oreja y la cura.

Los apóstoles gritan alteradamente… Sí, me duele decir esto, pero es así. Quién dice una cosa; quién, otra. Quién grita: « ¡Nos has traicionado!», y quién: « ¡Pero ha perdido la razón!», y quién dice: « ¿Quién puede creerte?». Y el que no grita huye… Y Jesús se queda solo… Él y los esbirros… Y empieza el camino…

601- Introducción

Dice Jesús:

-Y ahora ven (a María Valtorta). Aunque estés esta noche como uno próximo a expirar, ven, que quiero guiarte hacía mis sufrimientos. Largo será el camino que tendremos que recorrer juntos, porque no se me eximió de ningún dolor. De ningún dolor de la carne, de ninguno de la mente, de ninguno del corazón, de ninguno del espíritu. Todos los experimenté, con todos me alimenté, todos fueron bebida para mi sed, hasta morir por causa de ellos.

Si apoyaras en mi labio tu boca, sentirías en él todavía la amargura de tanto dolor. Si pudieras ver mi Humanidad en su aspecto fúlgido de ahora, verías que ese fulgor emana de las innumerables heridas que cubrieron con una túnica de púrpura viva mis miembros lacerados, desangrados, maltratados, traspasados por amor a vosotros.

Ahora es fúlgida mí Humanidad. Pero hubo un día en que, de tanto como la maltrataron y humillaron, asemejó a la de un leproso. El Hombre-Díos, que tenía en sí la perfección de la belleza física porque era Hijo de Dios y de la Mujer sin mancha, apareció entonces, ante los ojos de quien lo miraba con amor, con curiosidad o mirada despreciadora, feo: un "gusano" como dice David, el oprobio de los hombres, el desecho de la plebe.

(Salmo 22, 7. Siguen citas de: Isaías 53, 4-5; Cantar de los Cantares 2, 10-12)

El amor al Padre y a las criaturas de mi Padre me llevó a abandonar mi cuerpo a los que me golpeaban, a ofrecer mi rostro a los que me abofeteaban y escupían, a los que creían hacer una obra meritoria arrancándome los mechones de cabello y la barba, hincando en mi cabeza espinas, haciendo cómplices incluso a la tierra y a sus frutos de los tormentos que ellos infligían a su propio Salvador, dislocándome los miembros, descubriendo mis huesos, arrancándome las vestiduras y dando así a mi pureza la mayor de las torturas, clavándome en un madero y levantándome como el matarife cuelga de los ganchos a un cordero degollado, y ladrando alrededor de mí agonía como una manada de lobos famélicos, cuya ferocidad aumenta con el olor de la sangre.

Acusado, condenado, matado. Traicionado, negado, vendido. Abandonado incluso por Dios, al estar sobre mí los delitos con que Yo me había cargado. En un estado de pobreza mayor que el de un mendigo asaltado por bandoleros, porque no me dejaron ni siquiera el vestido para cubrir mi lívida desnudez de mártir. No eximido, ni siquiera después de la muerte, de la agresión de una herida ni de las calumnias de los enemigos. Sumergido en el fango de todos vuestros pecados, hundido hasta el fondo de las tinieblas del dolor, sin luz del Cielo que respondiera a mi mirada agonizante, ni voz divina que respondiera a mi extrema invocación.

Isaías expresa la razón de tanto dolor: "Verdaderamente Él ha tomado sobre sí nuestros males y ha llevado nuestros dolores". ¡Nuestros dolores! ¡Sí, por vosotros los he llevado! Para aliviar los vuestros, para mitigarlos, para anularlos, si me hubierais sido fieles. Pero no habéis querido serlo. ¿Y qué he recibido a cambio? Me habéis "mirado como a un leproso, como a uno castigado por Dios".

Sí, sobre mí estaba la lepra de vuestros pecados infinitos; sobre mí estaba, como un vestido de penitencia, como un cilicio. ¿Y cómo no habéis visto transparentarse a Dios con su infinita caridad a través de esa vestidura que echó sobre su santidad por vosotros!

"Llagado por nuestras iniquidades, traspasado por nuestros desmanes" dice Isaías, que con sus ojos proféticos veía al Hijo del hombre transformado todo en una equimosis para sanar las de los hombres. ¡Ah, si sólo hubieran sido heridas infligidas en mi carne! No.

Lo que más heristeis fue mi sentimiento y mi espíritu. De uno y de otro habéis hecho objeto de burla y blanco de agresión. Me heristeis, a través de Judas, en la amistad que había depositado en vosotros; a través de Pedro, que niega, en la fidelidad que de vosotros esperaba; a través de los que -después de haberlos curado de tantas enfermedades-me gritaban "¡Muere!", me heristeis en lo relativo a la gratitud por mis beneficios; me heristeis en el amor, por la congoja infligida a mi Madre; en orden a la religión, declarándome blasfemo contra Dios (a mí que por el celo de la causa de Dios me había puesto en las manos del hombre encarnándome y padeciendo durante toda la vida y abandonándome a la crueldad humana sin emitir ni palabra ni quejido).

Habría bastado que Yo hubiera vuelto la mirada, para que mis acusadores, jueces y verdugos hubiesen quedado reducidos a cenizas. Pero había venido voluntariamente para cumplir el sacrificio; y, como un cordero, porque era el Cordero de Dios y lo soy eternamente, me dejé llevar para ser despojado y matado y para hacer de mi Carne vuestra Vida.

Cuando fui elevado ya estaba consumido por padecimientos sin nombre, con todos los nombres.

Empecé a morir en Belén, al ver la luz de la Tierra, tan angustiosamente distinta para mí, que era el Viviente del Cielo. Seguí muriendo en la pobreza, en el destierro, en la huida, en el trabajo, en la incomprensión, en la fatiga, en la traición, en los sentimientos arrancados, en las torturas, en las mentiras, en las blasfemias.

¡Esto es lo que dio el hombre a Aquel que venía a unirlo de nuevo con Dios!

María, mira a tu Salvador. No lleva una vestidura blanca ni sus cabellos son rubios, no tiene esa mirada de zafiro que tú conoces: su túnica está roja de sangre, lacerada y cubierta de porquerías y esputos; su cara, tumefacta y desencajada; su mirada, velada por la sangre y el llanto, y te mira a través de la costra de sangre y llanto y polvo que cargan sus párpados. ¿Mis manos? Ya ves, son ya una entera llaga y esperan la llaga última.

Mira, pequeño Juan, (así llamaba Jesús a María Valtorta) como me miró tu hermano Juan. Tras mis pasos van quedando huellas de sangre. El sudor diluye la sangre que fluye de las heridas de los azotes y la que todavía queda de la agonía del Huerto. La palabra sale -en el jadeo de la fatiga de un corazón ya moribundo por toda suerte de torturas-de esos labios abrasados y contusos.

De ahora en adelante, frecuentemente, me verás así. Soy el Rey del Dolor y vendré a hablarte del dolor mío con mi vestidura regia. Sígueme a pesar de tu agonía. Soy el Compasivo, y sabré también poner delante de tus labios amargados por mi dolor la miel aromática de más serenas contemplaciones. Pero debes preferir estas de sangre, porque por ellas tú tienes la Vida y con ellas llevarás a otros a la Vida. Besa mi mano ensangrentada y estáte vigilante, meditando en mí como Redentor.

Veo a Jesús como Él se describe. Esta noche, desde las siete (ya es la una y cuarto del día once) me hallo verdaderamente en agonía.

Me dice Jesús esta mañana, 11 de febrero, a las siete y media: «Ayer por la noche he querido hablarte sólo de mí como Cristo penante, porque he comenzado la descripción y visión de mis dolores. Ayer por la noche ha sido la introducción. ¡Y estabas tan agotada, amiga mía! Pero antes de que vuelva la agonía debo reprocharte dulcemente algo.

Ayer por la mañana te comportaste egoístamente. Le dijiste al Padre (al Padre Migliorini): "Esperemos que yo continúe, porque mi fatiga es la mayor". No. La suya es la mayor, porque es fatigosa y no tiene la compensación de la beatitud que significa el ver y tener a Jesús, presente como lo tienes tú, incluso con su santa Humanidad. No seas nunca egoísta, ni siquiera en las cosas más pequeñas. Una discípula, un pequeño Juan, debe ser humildísimo y amantísimo como su Jesús.

Y ahora ven a estar conmigo. "Han aparecido las flores… el tiempo de la poda ha llegado… se ha oído en el campo la voz de la tortolita…". Y son las flores nacidas en las pozas de la Sangre de tu Cristo. Y Aquel que será cortado como rama podada es el Redentor. Y la voz de la tórtola, que llama a su esposa a su banquete de boda dolorosa y santa, es mi voz que te quiere.

Álzate y ven, como dice la Misa de hoy. Ven a contemplar y a sufrir. Es el don que concedo a los predilectos.

600- La última Cena pascual. Empieza el sufrimiento del Jueves Santo.

Los apóstoles -son diez-se dedican intensamente a preparar el Cenáculo.

Judas, encaramado encima de la mesa, observa si hay aceite en todas las ampollas de la lámpara, que es grande y parece una corola de fucsia doble. Y es que está formada por una barra -el tallo- rodeada de cinco lámparas en ampollas que asemejan a pétalos; luego tiene una segunda vuelta, más abajo, que es toda una coronita de pequeñas llamas; luego, por último, tiene tres pequeñas lamparitas colgadas de delgadas cadenas y que parecen los pistilos de la flor luminosa.

Luego baja de un salto y ayuda a Andrés a colocar la vajilla en la mesa con arte. Sobre ésta se ha extendido un finísimo mantel.

Oigo que Andrés dice:
-¡Qué espléndido lino!
Y Judas Iscariote:

-Uno de los mejores manteles de Lázaro. Marta se ha empeñado en traerlo.

-¿Y estas copas? ¿Y estas jarras, entonces? -observa Tomás, que ha puesto el vino en las preciosas jarras y las mira una y otra vez con ojos de experto, espejándose en sus panzas estilizadas y acariciando sus asas trabajadas con cincel.

-¿Quién sabe lo que costarán, eh? -pregunta Judas Iscariote.

-Está trabajado con martillo. A mi padre le encantarían. La plata y el oro en hojas se pliegan con facilidad cuanto están calientes. Pero tratado así… Para estropearlo basta un momento; es suficiente a un golpe mal dado. Se necesitan fuerza y ligereza al mismo tiempo.
-¿Ves las asas? Sacadas del bloque, no soldadas. Cosas de ricos… Fíjate que toda la limadura y lo desbastado se pierden. No sé si entiendes lo que te digo.

-¡Claro que entiendo! En pocas palabras, es como uno que hace una escultura.
-Exactamente.

Todos observan con admiración. Luego vuelven a su trabajo: quién coloca los asientos, quién prepara los aparadores.
Entran juntos Pedro y Simón.
-¡Oh, por fin habéis venido! ¿A dónde habéis ido otra vez? Habéis llegado con el Maestro y con nosotros y os habéis escapado de nuevo -dice Judas Iscariote.
-Una gestión que había que hacer antes de la hora» responde escuetamente Simón.
-¿Sientes melancolías?

-Creo que con lo que hemos oído durante estos días, y en esos labios que nunca hemos encontrado falaces, hay buenas
razones para sentirlas. -Y con ese tufo de… Bien, cállate, Pedro -masculla Pedro entre dientes. -¿Tú también?… Me pareces un desquiciado desde hace algunosdías. Tienes cara de conejo agreste cuando siente tras sí al chacal -responde Judas Iscariote.

-Y tú tienes morros de garduña. Tú tampoco estás muy guapo desde hace unos días. Miras de una manera… Hasta se te han torcido los ojos… ¿A quién esperas, o qué esperas ver? Pareces seguro. Quieres parecerlo. Pero se te ve como a uno temeroso de algo -replica Pedro.

-¡En cuanto a miedo!… ¡Tampoco tú eres ningún héroe!
-¡Ninguno lo somos, Judas. Tú llevas el nombre del Macabeo, pero no lo eres. El mío significa: "Dios otorga gracias", pero te juro que tiemblo por dentro como quien se supiera portador de desgracia y, sobre todo, tengo miedo de caer en desgracia ante Dios. Simón de Jonás, a pesar de su nuevo nombre de "piedra", ahora se manifiesta blando como cera en el fuego. Ya no es estable en su voluntad. ¡Y yo nunca lo vi con miedo en medio de desatadas tempestades! Mateo, Bartolmái y Felipe parecen sonámbulos. Mi hermano y Andrés no hacen más que suspirar.

Los dos primos, en quienes se une el dolor de la sangre con el del amor al Maestro, pues ya los ves: parecen hombres ya viejos. Tomás ha perdido su jovialidad. Y Simón está tan ajado por el dolor -yo diría: tan corroído, lívido y abatido-, que parece otra vez el leproso consumido de hace tres años -le responde Juan.
-Sí. Nos ha sugestionado a todos con su melancolía -observa Judas Iscariote.

-Mi primo Jesús, el Maestro y Señor mío y vuestro, está y no está melancólico. Si con esta palabra quieres decir que está triste por el exceso de dolor que todo Israel le está dando -y nosotros vemos este dolor-y por el otro, oculto dolor que sólo Él ve, te digo: "Tienes razón"; pero si usas ese término para decir que está desquiciado, eso te lo prohíbo -dice Santiago de Alfeo.

-¿Y no es demencia una idea fija de melancolía? Yo he estudiado también lo profano, y tengo conocimientos. Jesús ha dado demasiado de sí, y ahora tiene la mente cansada.
-Lo cual significa "demente", ¿no es verdad? -pregunta el otro primo, Judas, que está aparentemente calmo.

-¡Justamente eso! ¡Había visto con claridad tu padre, justo de santa memoria, a quien tú tanto te pareces en justicia y sabiduría! Jesús -triste destino de una ilustre casa demasiado vieja y que padece senilidad psíquica-ha tenido siempre una tendencia a esta enfermedad. Suave al principio, luego cada vez más agresiva. Tú mismo has visto cómo ha atacado a fariseos y escribas, saduceos y herodianos.

Él se ha hecho imposible la vida, como un camino sembrado de esquirlas de cuarzo. Y se las ha sembrado Él solo. Nosotros… lo hemos amado tanto, que el amor nos ha puesto un velo delante de nuestros ojos. Pero los que lo amaron sin idolatrarlo: tu padre, tu hermano José, y primero Simón, vieron las cosas con equilibrio… Hubiéramos debido abrir los ojos ante sus palabras. Sin embargo, su dulce hechizo de enfermo nos sedujo. Y ahora… ¡En fin!

-Judas Tadeo, que -de la misma altura de Judas Iscariote-está justo frente a él y parece oírlo con calma, reacciona violentamente. Con un fuerte revés arroja a Judas, supino, a uno de los asientos, y con una cólera contenida en la voz, inclinándose sobre la cara del cobarde que no reacciona -quizás temiendo que Judas Tadeo esté al corriente de su crimen-le dice con voz penetrante:

-¡Esto por la demencia, reptil! Y si no te estrangulo es porque Jesús está allí y es noche de Pascua. ¡Pero piensa, piénsalo bien! Si le ocurre algo malo y ya no está Él para detener mi fuerza, nadie te salva. Es como si ya tuvieras el nudo corredizo en el cuello; y serán estas manos mías honradas y fuertes de artesano galileo y de descendiente del hondero de Goliat, las que te lo hagan. ¡Levántate, enervado libertino! Y atento a lo que haces, ¡eh!
Judas se alza, lívido, sin la más mínima reacción. Y lo que me maravilla es que ninguno reacciona ante este gesto nuevo de Judas Tadeo. Al contrario… está claro que todos lo aprueban.

Vuelve el ambiente a la normalidad y un instante después Jesús entra. Se asoma en el umbral de la pequeña puerta por la que su alto físico apenas pasa. Pone pie en el tan reducido descansillo, y, con su mansa, triste sonrisa, abriendo los brazos, dice:
-La paz sea con vosotros.

Es una voz cansada, como la de uno que estuviera languideciendo en lo físico o en lo moral.
Baja. Acaricia la cabeza rubia de Juan, que ha ido a su encuentro. Sonríe, como si no supiera nada, a su primo Judas, y dice al otro primo:
-Tu madre te ruega que seas dulce con José. Ha preguntado por mí y por ti hace poco a las mujeres. Siento no haberle saludado.
-Lo vas a hacer mañana.

-¿Mañana?… Bueno… tendré tiempo de verlo…
-¡Oh, Pedro, por fin estaremos un poco juntos! Desde ayer me pareces un fuego fatuo: te veo y luego no te veo. Hoy casi puedo decir que te he perdido. Tú también, Simón.
-Nuestro pelo más blanco que negro te puede dar la seguridad de que no nos hemos ausentado por apetito carnal -dice serio Simón.

-Aunque… a todas las edades se pueda tener esa hambre… ¡Los viejos! Son peores que los jóvenes… -dice ofensivo Judas Iscariote.
Simón lo mira. Ya iba a replicar. Pero también lo mira Jesús y dice:
-¿Te duele una muela? Tienes el carrillo derecho hinchado y rojo.

-Sí. Me duele. Pero no tiene mayor importancia.
Los otros no dicen nada y la cosa muere así.
-¿Habéis hecho todo lo que había que hacer? ¿Tú, Mateo? ¿Y tú, Andrés? ¿Y Tú, Judas, has pensado en la ofrenda al Templo?

Tanto los dos primeros como Judas Iscariote dicen:

-Todo hecho, todo lo que dijiste que había que hacer para hoy. No te preocupes.
-Yo he llevado las primicias de Lázaro a Juana de Cusa. Para los niños. Me han dicho: "¡Eran mejores aquellas manzanas!". ¡Aquellas tenían el sabor del hambre! Y eran tus manzanas -dice Juan con rostro sonriente y de ensoñación.

También Jesús sonríe ante un recuerdo…
-Yo he visto a Nicodemo y a José -dice Tomás.
-¿Los has visto? ¿Has hablado con ellos? -pregunta Judas Iscariote con exagerado interés.
-Sí, ¿qué hay de raro en ello? José es un buen cliente de mi padre.

-No lo habías dicho antes… ¡Por eso me he asombrado!…
Judas trata de remediar la impresión que ha dado, una impresión de ansiedad, por el encuentro de José y Nicodemo con Tomás.
-Me resulta extraño que no hayan venido a presentarte su obsequioso saludo. Ni ellos ni Cusa ni Manahén… Ninguno de los…

Pero Judas Iscariote se ríe con una falsa carcajada interrumpiendo a Bartolomé, y dice:

-El cocodrilo vuelve a su madriguera en el momento apropiado.

-¿Qué quieres decir? ¿Qué insinúas? -pregunta Simón con una agresividad como nunca ha tenido.

-¡Calma, calma! ¿Qué os sucede? ¡Es la noche de Pascua! Nunca hemos tenido aparejo tan digno para consumir el cordero. Celebremos, pues, la cena con espíritu de paz. Veo que os he turbado mucho con mis instrucciones de estas últimas noches. Pero, ¿veis? ¡He terminado! Ahora ya no os voy a causar más turbación. No está todo dicho en cuanto a mí se refiere. Sólo lo esencial. El resto… lo comprenderéis después. Se os dirá… ¡Sí, vendrá el que os lo dirá! Juan, ve con Judas y algún otro por las copas para la purificación. Y luego nos sentamos a la mesa.

La dulzura de Jesús verdaderamente parte el corazón.
Juan con Andrés, Judas Tadeo con Santiago, traen una copa grande, echan agua en ella y ofrecen a Jesús la toalla, y también a los compañeros, los cuales hacen luego lo mismo con ellos. Y ponen la copa (en realidad es una palangana de metal) en un rincón.

-Y ahora cada uno a su sitio. Yo aquí, y aquí, a la derecha, Juan; al otro lado, mi fiel Santiago: los dos primeros discípulos. Después de Juan mi Piedra fuerte. Y después de Santiago el que es como el aire, que no se advierte pero siempre está y consuela: Andrés. A su lado mi primo Santiago. ¿No te duele, dulce hermano, el que asigne el primer puesto a los primeros? Eres el sobrino del Justo, cuyo espíritu, más que nunca en esta hora, late en suspendido vuelo sobre mí. ¡Ten paz, padre de mi debilidad de niño, encina a cuya sombra hallaron alivio la Madre y el Hijo! ¡Ten paz!… Después de Pedro, Simón… Simón, ven un momento aquí. Quiero mirar fijamente tu rostro leal. Después te veré ya sólo mal, porque otros me cubrirán tu honesto rostro. Gracias, Simón. Por todo -y lo besa.

Simón, dejado ya, va a su sitio y, un instante, se lleva las manos a la cara con un gesto de aflicción.
-En frente de Simón mi Bartolmái. Dos honradeces y sabidurías que se reflejan recíprocamente. Están bien juntos. Y, al lado, tú, Judas, hermano mío. Así te veo… y me parece estar en Nazaret… cuando alguna fiesta nos reunía a todos en torno a una mesa… También en Caná… ¿Recuerdas? Estábamos el uno al lado del otro. Una fiesta… una fiesta de boda… el primer milagro… el agua transformada en vino… También hoy una fiesta… y también hoy habrá un milagro… el vino cambiará de naturaleza… y será… -Jesús se sume en su pensamiento. Con la cabeza baja, está como aislado en su mundo secreto. Los demás lo miran sin decir nada.

Alza de nuevo la cabeza y mira fijamente a Judas Iscariote, y le dice:

-Tú estarás frente a mí.
-¿Tanto me quieres? ¿Más que a Simón, que siempre quieres tenerme enfrente?
-Mucho. Tú lo has dicho.

-¿Por qué, Maestro?
-Porque eres el que más ha hecho de todos para esta hora.
Judas mira al Maestro y a sus compañeros con una mirada muy cambiante: al primero con una cierta, irónica compasión; a los otros, con aire de triunfo.

-Y a tu lado, en una parte, Mateo; en la otra, Tomás.
-Entonces Mateo a mi izquierda y Tomás a mi derecha.
-Como quieras, como quieras -dice Mateo -Me basta con tener bien de frente a mi Salvador.

-Por último, Felipe. ¿Veis? El que no está a mi lado en el lado de honor, tiene el honor de estar frente a mí.
Jesús, en pie en su sitio, vierte en la amplia copa que está colocada delante de Él -todos tienen altas copas, pero El tiene una mucho más grande, además de la que tienen todos; debe ser la copa ritual-, vierte el vino. Alza la copa, la ofrece, la pone en la mesa.
Luego todos juntos preguntan con tono de salmo:

-¿Por qué esta ceremonia?
Pregunta formal, de rito, está claro.
A la cual Jesús, como cabeza de familia, responde:
-Este día recuerda nuestra liberación de Egipto. Bendito sea Yeohveh, que ha creado el fruto de la vid.
Bebe un sorbo de este vino ofrecido y pasa el cáliz a los demás. Luego ofrece el pan, lo parte, lo distribuye; luego las hierbas empapadas en la salsa rojiza que hay en cuatro salseras.

Terminada esta parte de la comida cantan salmos, todos en coro. Se lleva a la mesa, desde el aparador, la amplia bandeja del cordero asado, y la ponen delante de Jesús.
Pedro, que desempeña el papel de… primera parte, de coro, si le gusta más, pregunta:
-¿Por qué este cordero, así?

-Como recuerdo de cuando Israel fue salvado por el cordero inmolado. No murió ningún primogénito donde la sangre brillaba en las jambas y el dintel. Y, después, mientras todo Egipto lloraba a los primogénitos varones muertos, desde el palacio del faraón hasta los tugurios, los hebreos, capitaneados por Moisés, se movieron hacia la tierra de la liberación y la promesa. Ceñidas ya sus cinturas, calzados los pies, cayado en mano, fue diligente el pueblo de Abraham para ponerse en marcha cantando los himnos del júbilo.

Todos se ponen en pie y entonan:
-Cuando Israel salió de Egipto y la casa de Jacob de un pueblo bárbaro, Judea vino a ser su santuario» etc., etc. (en la Neovulgata Salmo 114).

Ahora Jesús corta el cordero, llena un nuevo cáliz, bebe de él y lo pasa. Luego entonan otro canto:
-Niños, alabad al Señor; bendito sea el Nombre del Eterno, ahora y por los siglos de los siglos. De Oriente a Occidente debe ser alabado» etc. (Salmo 113).

Jesús da los trozos de cordero cuidando de que todos queden bien servidos, justamente como haría un padre de familia rodeado de los amados hijos de su corazón. Solemne, un poco triste, mientras dice:

-He deseado ardientemente comer con vosotros esta Pascua. Ha sido para mí el deseo de los deseos, desde que fui -ab aeterno-"el Salvador". Sabía que esta hora precedería a esa otra. Mas la alegría de darme infundía, anticipadamente, este consuelo a mi padecer… He deseado ardientemente comer con vosotros esta Pascua, porque ya nunca comeré del fruto de la vid hasta la llegada del Reino de Dios. Entonces me sentaré nuevamente con los elegidos en el Banquete del Cordero, para el desposorio de los Vivientes con el Viviente. Pero vendrán a él solamente los que hayan sido humildes y limpios de corazón como Yo soy.

-Maestro, hace un momento has dicho que el que no tiene el honor del sitio lo tiene por estar enfrente de ti. ¿Cómo podemos saber, entonces, quién es el primero de entre nosotros? -pregunta Bartolomé.

-Todos y ninguno. Una vez… volvíamos cansados… nauseados por el odio farisaico. Pero no estabais cansados de discutir entre vosotros acerca de quién era el mayor… Un niño vino a mí rápido… un pequeño amigo mío… Y su inocencia endulzó la desazón que Yo tenía por muchas cosas (no la última, vuestra humanidad obstinada). ¿Dónde estás ahora, pequeño Benjamín que tuviste aquella sabia respuesta que te vino del Cielo porque -ángel como eras-el Espíritu te hablaba? En aquel momento os dije: "Si uno quiere ser el primero, sea el último y el servidor de todos". Y os puse como ejemplo al sabio niño. Ahora os digo:

"Los reyes de las naciones las dominan. Y los pueblos oprimidos, aun odiándolos, los aclaman, y los reyes son llamados“Benefactores”, “Padres de la Patria”. Mas el odio se anida bajo el falso obsequio". Pero entre vosotros no debe ser así.

Que el mayor sea como el menor; el que es cabeza, como uno que sirve. Efectivamente: ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? El que está a la mesa. Yo, sin embargo, os sirvo; y, dentro de poco, os serviré más.

Vosotros sois los que habéis estado conmigo en las pruebas. Y Yo dispongo para vosotros un puesto en mi Reino de la misma forma que en Él Yo seré Rey según la voluntad del Padre-, para que comáis y bebáis en mi mesa eterna y estéis sentados en tronos juzgando a las doce tribus de Israel. Habéis permanecido a mi lado en mis pruebas… Esto y no otra cosa es lo que os hace grandes ante los ojos del Padre.

-¿Y los que vendrán después? ¿No tendrán un lugar en el Reino? ¿Sólo nosotros?

-¡Oh, cuántos príncipes habrá en mi Casa! Todos los que hayan sido fieles a Cristo en las pruebas de la vida serán príncipes en mi Reino. Porque los que hayan perseverado hasta el final en el martirio de la existencia serán como vosotros, que conmigo habéis perseverado en mis pruebas.

Yo me identifico en mis creyentes. A los predilectos les doy, como enseña, ese Dolor que abrazo por vosotros y por todos los hombres. El que me sea fiel en el Dolor será un bienaventurado mío; como vosotros, mis amados.

-Nosotros hemos perseverado hasta el final.
-¿Tú crees, Pedro? Pues te digo que la hora de la prueba debe llegar todavía. Simón, Simón de Jonás, mira que Satanás ha pedido cribaros como al trigo. He orado por ti, para que tu fe no vacile. Tú, una vez enmendado, confirma a tus hermanos.

-Sé que soy un pecador. Pero te seré fiel hasta la muerte. Este pecado no lo tengo. Nunca lo tendré.
-No seas soberbio, Pedro mío. Esta hora cambiará muchas cosas que antes eran de un modo y ahora serán distintas.

¡Cuántas!… Y esas cosas traen y comportan necesidades nuevas. Vosotros lo sabéis. Siempre os he dicho, incluso cuando íbamos por lugares lejanos recorridos por bandoleros: "No temáis. No nos sucederá nada malo, porque los ángeles del Señor están con nosotros. No os preocupéis de nada". ¿Os acordáis de cuando os decía: "No estéis preocupados por lo que comeréis o por el vestido. El Padre sabe qué necesitamos"? También os decía:

"El hombre es mucho más que un pájaro y que una flor que hoy es hierba y mañana heno. Y veis que el Padre cuida también de la flor y del pajarillo. ¿Podréis, entonces, dudar de que cuide de vosotros?". Y os decía: "Dad a quien os pida, a quien os hiera presentadle la otra mejilla". Os decía: "No llevéis ni bolsa ni cayado". Porque he enseñado amor y confianza. Pero ahora… ahora ya no es ese tiempo. Ahora os digo: "¿Os ha faltado alguna vez algo hasta ahora? ¿Alguna vez os han hecho algún daño?".

-Nada, Maestro. Y sólo a ti te lo han hecho.
-Así veis que mi palabra era veraz. Pero ahora los ángeles son, todos, convocados por su Señor. Es hora de demonios… Con las alas de oro, los ángeles del Señor se tapan los ojos, se vendan, y les duele el color de sus alas, porque no es color de amargura y ésta es hora de luto, y de un luto cruel, sacrílego… Esta noche no hay ángeles en la Tierra. Están junto al trono de Dios para cubrir con su canto las blasfemias del mundo deicida y el llanto del Inocente. Y nosotros estamos solos… Yo y vosotros: solos. Los demonios son los dueños de esta hora.

Por eso nuestro aspecto ahora y nuestra actitud serán como los de los pobres hombres que recelan y no aman. Ahora el que tenga una bolsa tome consigo también una alforja, el que no tenga espada venda su manto y cómprese una. Porque también se dice de mí en la Escritura, (Isaías 53, 12) y debe cumplirse: "Fue contado entre los malhechores". En verdad, todo lo que a mí se refiere toca a su fin.

Simón, que se ha alzado y ha ido al arquibanco donde había dejado su rico manto -y es que esta noche todos visten sus mejores indumentos, y, por tanto, llevan puñales, damasquinados pero muy cortos (más cuchillos que puñales), colgados de los ricos cinturones-, coge dos espadas, dos verdaderas espadas, largas, levemente curvadas, y se las lleva a Jesús:

-Yo y Pedro nos hemos armado esta noche. Tenemos éstas. Pero los demás tienen sólo el puñal corto.

Jesús toma las espadas, las observa, desenvaina una y prueba su tajo contra una uña. Es una extraña visión, y produce una impresión todavía más extraña el ver ese fiero instrumento en las manos de Jesús.

-¿Quién os las ha dado? -pregunta Judas Iscariote mientras Jesús observa y calla. Judas parece muy inquieto…
-¿Quién? Te recuerdo que mi padre era noble y muy poderoso.

-Pero Pedro…
-¿Pero qué? ¿Desde cuándo tengo que dar cuentas de los regalos que quiero hacer a mis amigos?
Jesús alza la cabeza. Antes ha metido el arma en su vaina y ahora devuelve las dos espadas al Zelote.

-Está bien. Son suficientes. Has hecho bien en cogerlas. Pero ahora, antes de beber el tercer cáliz, esperad un momento. Os he dicho que el mayor es como el menor y que Yo estoy como quien sirve en esta mesa y que más os serviré. Hasta ahora os he dado alimentos. Es un servicio en orden al cuerpo. Ahora quiero daros un alimento para el espíritu. No es un plato del rito antiguo; es del nuevo rito.

Yo quise bautizarme antes de ser el "Maestro". Para esparcir la Palabra bastaba ese bautismo. Ahora será derramada la Sangre. Vosotros necesitáis otro lavacro, aunque os hayáis purificado (con Juan el Bautista en su momento y hoy también, en el Templo). No es suficiente. Venid para que os purifique. Suspended la comida. Hay algo más importante que la comida que se da al vientre para que se llene, aunque sea alimento santo, como este del rito pascual; y ello es un espíritu puro, en disposición de recibir el don del cielo que ya desciende para hacerse un trono en vosotros y daros la Vida. Dar la Vida a quienes están limpios.

Jesús se levanta -debe también alzarse Juan, para dejar a Jesús salir mejor de su sitio-, va a un arquibanco y se quita la túnica roja; la pone doblada encima del manto, ya doblado, se ciñe a la cintura una toalla grande, luego va a otra palangana, que todavía está vacía y limpia. Echa en ella agua, lleva la palangana al centro de la habitación, junto a la mesa, y la pone encima de un taburete. Los apóstoles lo miran estupefactos.

-¿No me preguntáis que qué hago?
-No lo sabemos. Te digo que ya estamos purificados -responde Pedro.

-Y Yo te repito que eso no importa. Mi purificación le sirve al que ya está purificado para estarlo más.

Se arrodilla. Desata las sandalias a Judas Iscariote y le lava los pies; uno primero, otro después. Es fácil hacerlo, porque los triclinios están hechos de tal manera que los pies quedan hacia la parte externa. Judas está estupefacto. No dice nada. Pero, cuando Jesús, antes de calzar el pie izquierdo y levantarse, pone el gesto de besarle el pie derecho ya calzado, Judas retrae bruscamente el pie y da un golpe con la suela en la boca divina. Lo hace sin querer. No es un golpe fuerte, pero a mí me causa mucho dolor. Jesús sonríe, y, al apóstol, que le dice: «¿Te he hecho daño? Ha sido sin querer… Perdona», le responde:

-No, amigo. Lo has hecho sin malicia y no hace daño.
-Judas lo mira… Es una mirada inquieta, huidiza…
Jesús pasa a Tomás, luego a Felipe… Rodea el lado estrecho de la mesa y va donde su primo Santiago. Lo lava, y lo besa en la frente al levantarse. Pasa a Andrés, que está rojo de vergüenza y hace esfuerzos por no llorar; lo lava, lo acaricia como a un niño. Luego está Santiago de Zebedeo, que no hace sino susurrar:

« ¡Oh, Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Anonadado y sublime Maestro mío!». Juan se ha desatado ya las sandalias y, mientras Jesús está agachado secándole los pies, él se inclina y lo besa en el pelo.

¡Pero, a Pedro!… ¡No es fácil convencerlo para este rito!

-¿Tú lavarme a mí los pies? ¡Ni por asomo! Mientras viva, no te lo permitiré. Yo soy un gusano, Tú eres Dios. Cada uno en su lugar.

-Lo que Yo hago tú no puedes comprenderlo por ahora. Más adelante lo comprenderás. Déjame.

-Todo lo que Tú quieras, Maestro. ¿Quieres cortarme el cuello? Hazlo. Pero no me lavarás los pies.

-¡Oh, mi Simón! ¿No sabes que si no te lavo no tendrás parte en mi Reino? ¡Simón, Simón! Necesitas esta agua para tu alma y para el mucho camino que debes recorrer. ¿No quieres venir conmigo? Si no te lavo, no vienes a mi Reino.

-¡Oh, Señor mío bendito! ¡Pues entonces lávame todo! ¡Los pies, las manos y la cabeza!

-El que, como vosotros, se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque ya está enteramente purificado. Los pies… El hombre con los pies camina sobre cosas sucias. Y ello sería poco, pues ya os dije que lo que ensucia no es lo que entra y sale con el alimento, ni contamina al hombre lo que se pega a los pies por el camino. No. Lo que le contamina es lo que incuba y madura en su corazón y de allí sale y contamina sus acciones y sus miembros.

Y los pies del hombre de corazón no limpio se dirigen hacia la crápula, la lujuria, los tratos ilícitos, los delitos… Por tanto, son, de entre los miembros del cuerpo, los que tienen mucha parte que purificar… como también los ojos, y la boca… ¡Oh, hombre!, ¡hombre!, ¡perfecta criatura un día, el primero, y luego tan corrompido por el Seductor! ¡Y no había en ti malicia, oh hombre, ni pecado!… ¿Y ahora? ¡Eres todo malicia y pecado y no hay parte en ti que no peque!

Jesús ha lavado los pies a Pedro. Los besa. Y Pedro llora y toma con sus gruesas manos las dos manos de Jesús, se las pasa por los ojos y las besa luego.

También Simón se ha quitado las sandalias y, sin decir nada, se deja lavar. Pero luego, cuando Jesús está ya para pasar a Bartolomé, Simón se arrodilla, le besa los pies y dice:

-¡Límpiame de la lepra del pecado como me limpiaste de la lepra del cuerpo, para no quedar confundido en la hora del juicio, Salvador mío!

-No temas, Simón. Vendrás a la Ciudad celeste, blanco como nieve alpina.

-¿Y yo, Señor? ¿A tu viejo Bartolmái qué le dices? Me viste a la sombra de la higuera y leíste mi corazón. ¿Ahora qué ves?, ¿dónde me ves? Tranquiliza a este pobre anciano que teme no tener ni fuerza ni tiempo para llegar a como quieres que seamos.
Se le ve muy emocionado a Bartolomé.

-Tampoco temas tú. En aquel momento dije: "He aquí a un verdadero israelita en quien no hay engaño". Ahora digo: "He aquí a un verdadero cristiano digno del Cristo". ¿Que dónde te veo? Sentado en un trono eterno, vestido de púrpura. Yo estaré siempre contigo.

Le toca el turno a Judas Tadeo, el cual, cuando ve a sus pies a Jesús, no sabe contenerse y reclina la cabeza sobre el brazo que tiene apoyado en las mesa y llora.

-No llores, dulce hermano. Te sientes como uno que debiera soportar que le arrancasen un nervio, y te parece que no puedes soportarlo. Pero será un dolor breve. Luego…

¡Serás feliz, porque me quieres! Te llamas Judas. Y eres como nuestro gran Judas (1 Macabeos 3, 1-9): como un gigante. Eres el protector. Tus acciones son de león y cachorro de león rugientes. Desanidarás a los impíos, que ante ti retrocederán, y los inicuos sentirán terror. Yo sé las cosas. Sé fuerte. Una eterna unión estrechará y hará perfecto nuestro parentesco, en el Cielo -Lo besa también a él, en la frente, como a su otro primo.

-Yo soy pecador, Maestro. A mí no…
-Eras pecador, Mateo. Ahora eres el Apóstol. Eres una "voz" mía. Te bendigo. ¡Cuánto camino han recorrido estos pies para avanzar sin cesar, hacia Dios!… El alma los incitaba y ellos han abandonado todo camino que no fuera mi camino. Continúa. ¿Sabes dónde termina el sendero? En el seno del Padre mío y tuyo.

Jesús ha terminado. Deja la toalla, se lava en agua limpia las manos, se pone de nuevo la túnica, vuelve a su sitio y, al sentarse, dice:

-Ahora estáis limpios, aunque no todos. Sólo los que han tenido la voluntad de estarlo.

Mira fijamente a Judas de Keriot, que ha hecho como si no hubiera oído, ocupado en explicar a su compañero Mateo cómo su padre se decidió a mandarlo a Jerusalén: palabras inútiles que tienen para Judas -quien, a pesar de su audacia, debe sentirse incómodo-la única finalidad de guardar las apariencias.

Jesús vierte vino por tercera vez en el cáliz común. Bebe. Ofrece de beber. Luego canta, y los otros le siguen en coro: «Amo porque el Señor escucha la voz de mi oración, porque inclina su oído hacia mí. Le invocaré durante toda mi vida. Me rodeaban dolores de muerte» etc. (Según la numeración de la Neovulgata, se recitan por orden: Salmo 116 (que agrupa el 114 y el 115 de la Vulgata), Salmo 117, Salmo 118 (largo himno), Salmo 119 (el que no termina nunca)

Un momento de pausa. Luego sigue cantando: «Tuve fe y por eso hablé. Me había humillado profundamente y en medio de mi turbación decía: "Todo hombre es mentiroso"». Mira fijo a Judas.

La voz de mi Jesús, esta noche cansada, recobra fuerza cuando exclama: «Valiosa es ante los ojos de Dios la muerte de los santos» y «Has roto mis cadenas. Te ofreceré un holocausto de alabanza invocando el nombre del Señor» etc. etc. (Salmo 115).

Otra breve pausa en el canto, y luego continúa: «Alabad todas al Señor, naciones, todos los pueblos alabadlo. Porque se ha afianzado en nosotros su misericordia y la verdad del Señor permanece eterna».

Otra breve pausa y luego un largo himno: «Celebrad al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia…».

Judas de Keriot canta tan desentonado, que Tomás dos veces lo conduce al tono con su potente voz de barítono y lo mira fijamente. También los otros lo miran, porque, por lo general está siempre bien entonado, y de su voz, como de todas las otras cosas -lo he podido comprender-se siente orgulloso. ¡Pero esta noche! Ciertas frases le turban, hasta el punto de que le salen gallos, y lo mismo ciertas miradas de Jesús que subrayan las frases. Una de estas frases es:

«Es mejor confiar en el Señor que confiar en el hombre». Otra es: «Se me empujó y vacilaba, y estaba para caer.
Pero el Señor me sujetó». Otra es: «No moriré, sino que viviré y referiré las obras del Señor». Y, en fin, estas dos que voy a decir, le estrangulan la voz al Traidor en la garganta: «La piedra desechada por las constructores ha venido a ser piedra angular» y « ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!».

Acabado el salmo, mientras Jesús corta y de nuevo pasa trozos de cordero, Mateo pregunta a Judas de Keriot:

-¿Te encuentras mal?
-No. Déjame tranquilo. No te preocupes de mí.
-Mateo se encoge de hombros.
Juan, que ha oído esto, dice:

-Tampoco el Maestro está bien. ¿Qué te sucede, Jesús mío?

Tienes la voz quebrada; como la de un enfermo o la de uno que haya llorado mucho -y lo abraza, estando con la cabeza apoyada en el pecho de Jesús.

-Sólo es que ha hablado mucho; y yo, lo único es que he andado mucho y he cogido frío -dice Judas nervioso.
Y Jesús, sin responderle a él, dice a Juan:
-Tú ya me conoces… y sabes qué es lo que me cansa…
El cordero está casi terminado.

Jesús, que ha comido poquísimo y ha bebido sólo un sorbo de vino por cada cáliz -sin embargo, como si se sintiera febril, ha bebido mucha agua-continúa hablando:

-Quiero que comprendáis mi gesto de antes. Os he dicho que el primero es como el último, y que os daría un alimento que no es corporal. Os he dado un alimento de humildad.

Para vuestro espíritu. Vosotros me llamáis: Maestro y Señor. Decís bien, porque lo soy. Entonces, si Yo os he lavado los pies, también debéis lavároslos vosotros los unos a los otros. Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que Yo he hecho. En verdad os digo: el siervo no es más que su señor, ni el apóstol más que Aquel que lo ha constituido apóstol. Tratad de comprender estas cosas. Y si, comprendiéndolas, las ponéis por obra, seréis bienaventurados. Pero no seréis todos bienaventurados.

Yo os conozco. Sé a quiénes he elegido. No de la misma manera me refiero a todos. Pero digo la verdad. Por otra parte, debe cumplirse lo que en relación a mí fue escrito (Salmo 41, 10)“Aquel que conmigo el pan ha alzado contra mí su calcañar".

Os digo todo antes de que suceda, para que no abriguéis dudas respecto a mí. Cuando todo esté cumplido, creeréis todavía más que Yo soy Yo. El que me recibe a mí recibe al que me ha enviado: al Padre santo que está en los Cielos. Y el que reciba a los que Yo envíe me recibirá a mí mismo. Porque Yo estoy con el Padre y vosotros estáis conmigo… Pero ahora vamos a cumplir el rito.

Vierte de nuevo vino en el cáliz común y, antes de beber de él y de pasarlo para que beban, se levanta, y con Él se levantan todos, y canta otra vez uno de los salmos de antes: «Tuve fe y por eso hablé… » Y luego uno que no termina nunca. ¡Hermoso… pero eterno! Creo identificarlo, por el comienzo y lo largo que es, como el salmo 118. Lo cantan así: un trozo todos juntos; luego, por turnos, uno dice un dístico y los otros, juntos, un trozo; y así hasta el final. ¡Yo creo que al final tienen que sentir sed!

Jesús se sienta. No se recuesta; se queda sentado, como nosotros. Y habla:

-Ahora que el antiguo rito ha sido cumplido, voy a celebrar el nuevo. Os he prometido un milagro de amor. Es la hora de realizarlo. Por esto he deseado esta Pascua. De ahora en adelante, ésta será la hostia inmolada en perpetuo rito de amor. Os he amado durante toda la vida de la Tierra, amigos amados. Os he amado durante toda la eternidad, hijos míos. Y quiero amaros hasta el final. No hay cosa mayor que ésta. Recordadlo. Yo me marcho. Pero permaneceremos siempre unidos mediante el milagro que voy a cumplir ahora.

Jesús toma un pan todavía entero. Lo pone encima del cáliz, que está completamente lleno. Bendice y ofrece ambos, luego parte el pan y toma de él trece trozos. Se los da, uno a uno, a los apóstoles, y dice:
-Tomad y comed. Esto es mi Cuerpo. Haced esto en memoria mía, que me marcho.

Pasa el cáliz y dice:

-Tomad y bebed. Ésta es mi Sangre. Éste es el cáliz del nuevo pacto en la Sangre y por la Sangre mía, que será derramada por vosotros para el perdón de vuestros pecados y para daros la Vida. Haced esto en memoria mía.
Jesús está tristísimo. Toda huella de sonrisa, de luz, de color, lo han abandonado. Su rostro es ya de agonía. Los apóstoles lo miran angustiados.
Jesús se levanta y dice:

-No os mováis. Vuelvo enseguida». Toma el trozo decimotercero de pan y el cáliz y sale del Cenáculo.
-Va donde su Madre -susurra Juan.

Y Judas Tadeo suspira:
-¡Pobre mujer!

Pedro pregunta en voz baja:
-¿Crees que Ella sabe?

-Sabe todo. Siempre lo ha sabido todo.

Hablan todos en voz bajísima, como delante de un muerto.
-Pero, creéis que realmente… -pregunta Tomás, que no quiere creer todavía.

-¿Y lo dudas? Es su hora -responde Santiago de Zebedeo.
-Que Dios nos dé la fuerza de ser fieles -dice el Zelote.
-¡Oh! Yo… -Pedro está para decir algo, pero Juan, que está alerta, dice:
-¡Chss! Está aquí.

Jesús vuelve. Trae en la mano el cáliz vacío. En su fondo, una mínima señal de vino, que, bajo la luz de la lámpara, parece realmente sangre.

Judas Iscariote, que tiene ante sí el cáliz, lo mira como
hechizado, y luego desvía la mirada.

Jesús lo observa y se estremece. Juan, estando apoyado en el pecho de Jesús, siente este estremecimiento, y exclama:
-Dilo, ¿no?! Estás temblando…

-No. No tiemblo por fiebre… Todo os lo he dicho y todo os lo he dado. Más no podía daros. Os he dado a mí mismo.
Hace ese dulce gesto suyo de las manos, las cuales, antes unidas, ahora se separan y abren, mientras agacha la cabeza, como queriendo decir: "Perdonad si más no puedo. Así es."

-Os he dicho todo y os he dado todo. Y repito que el nuevo rito se ha cumplido. Haced esto en memoria mía. Os he lavado los pies para enseñaros a ser humildes y puros como el Maestro vuestro. Porque en verdad os digo que los discípulos deben ser como es el Maestro. Recordadlo, recordadlo. Incluso cuando estéis en una posición superior. Ningún discípulo está por encima de su Maestro.

De la misma manera que Yo os he lavado, hacedlo entre vosotros. O sea, amaos como hermanos, ayudándoos los unos a los otros, venerándoos recíprocamente, siendo ejemplo los unos para los otros. Y sed puros.

Para ser dignos de comer el Pan vivo que ha bajado del Cielo y tener dentro de vosotros, por su virtud, la fuerza de ser mis discípulos en el mundo enemigo que os odiará por causa de mi Nombre. Pero uno de vosotros no es puro.

Uno de vosotros me traicionará. Por este motivo estoy intensamente conturbado en el espíritu… La mano del que me traiciona está conmigo en esta mesa. Ni mi amor, ni mi Cuerpo y mi Sangre, ni mi palabra, lo convierten y le hacen arrepentirse. Yo lo perdonaría yendo a la muerte también por él.

Los discípulos se miran aterrorizados, se escrutan, no sin recelos los unos de los otros. Pedro, despertándose todas sus dudas, mira fijamente a Judas Iscariote. Judas Tadeo se pone en pie como impulsado por un resorte, para mirar también a Judas por encima del cuerpo de Mateo.

¡Pero éste se muestra tan seguro! A su vez, clava sus ojos en Mateo, como si sospechara de él. Luego fija su mirada en Jesús. Sonríe y pregunta:
-¿Soy yo, acaso, ése?

Parece el más seguro de su honestidad, y parece que si hace esta pregunta es sólo porque no se interrumpa la conversación.

Jesús repite su gesto y dice:

-Tú lo dices, Judas de Simón. No Yo. Tú lo dices. Yo no te he nombrado. ¿Por qué te acusas? Pregúntale a tu voz interior, a tu conciencia de hombre, a esa conciencia que Dios Padre te ha dado para que vivas como hombre, y mira a ver si te acusa. Tú, antes que ningún otro, lo sabrás. Pero, si ella te tranquiliza, ¿por qué dices palabras que son malditas con sólo decirlas, y piensas en un hecho igualmente maldito con sólo pensarlo, aunque sea por juego?

Jesús habla con calma. Parece sostener la tesis propuesta como lo podría hacer un maestro con sus alumnos. La agitación es fuerte, pero la calma de Jesús la aplaca.

De todas formas, Pedro, que es el que más sospecha de Judas -quizás también Judas Tadeo, pero lo parece menos, porque la desenvoltura de Judas Iscariote lo desarma-, tira de una manga a Juan, y cuando Juan, que se había pegado fuertemente a Jesús al oír hablar de traición, se vuelve, le susurra:

-Pregúntale que quién es.
Juan vuelve a su postura de antes. Lo único es que alza levemente la cabeza, como para besar a Jesús, y entretanto le susurra al oído:

-¿Maestro, quién es?
Y Jesús, con voz bajísima, devolviéndole el beso entre los cabellos:

-Aquel al que dé un pedazo de pan untado.
Toma un pan todavía entero, no el resto del usado para la Eucaristía; separa un buen trozo, lo unta en el jugo que ha dejado el cordero en la bandeja, alarga por encima de la mesa el brazo y dice:

-Toma, Judas. Esto te gusta.

-Gracias, Maestro. Sí que me gusta -y, sin saber lo que es ese bocado, se lo come, mientras Juan, horrorizado, hasta cierra los ojos para no ver la horrenda sonrisa que tiene Judas mientras muerde con sus fuertes dientes el pan acusador.

-Bien. Ahora que te he dado esta satisfacción, márchate -dice Jesús a Judas. -Todo está cumplido, aquí (marca mucho la palabra). Lo que en otro lugar queda por hacer hazlo pronto, Judas de Simón.

-Te obedezco enseguida, Maestro. Luego me reuniré contigo en el Getsemaní. ¿Vas allí, verdad?, ¿como siempre?
-Voy allí… como siempre… sí.

-¿Qué tiene que hacer? -pregunta Pedro -¿Va solo?
-No soy ningún niño -dice en tono socarrón Judas, que se está poniendo el manto.

-Déjalo que se marche. Yo y él sabemos lo que se debe hacer -dice Jesús.

-Sí, Maestro.
Pedro guarda silencio. Quizás piensa que ha pecado de desconfianza hacia su compañero. Con la mano en la frente, piensa.

Jesús aprieta contra su corazón a Juan y le susurra otra cosa entre sus cabellos:
-No digas nada a Pedro, por ahora. Sería un inútil escándalo.
-Adiós, Maestro. Adiós, amigos -Judas se despide.
-Adiós -dice Jesús.
Y Pedro:

-Adiós, muchacho.

Juan, con la cabeza casi en el regazo de Jesús, susurra:
-¡Satanás!
Sólo Jesús lo oye, y suspira.

Hay unos minutos de absoluto silencio. Jesús está cabizbajo, mientras mecánicamente acaricia los rubios cabellos de Juan.

Luego reacciona. Alza la cabeza, mira alrededor de sí, sonríe (una sonrisa consoladora para los discípulos). Dice:

-Quitamos la mesa. Vamos a sentarnos todos bien juntos, como hijos en torno a su padre.

Toman los triclinios que había detrás de la mesa (los de Jesús, Juan, Santiago, Pedro, Simón, Andrés y el primo Santiago) y los llevan al otro lado.

Jesús toma asiento en el suyo, igual que antes, entre Santiago y Juan. Pero, cuando ve que Andrés va a sentarse en el sitio que ha dejado Judas Iscariote, grita:
-No, ahí no.

Un grito impulsivo que su suma prudencia no logra evitar.
Luego modifica de esta manera:

-No es necesario tanto espacio. Sentados, se puede estar en éstos; son suficientes. Os quiero tener muy cerca. Ahora, respecto a la mesa, están así: o sea, forman una U alargada con Jesús en el centro y, enfrente, la mesa -una mesa ya sin comida-y el sitio de Judas. Santiago de Zebedeo llama a Pedro: -Siéntate aquí. Yo me siento en este taburete, a los pies de Jesús. -¡Que Dios te bendiga, Santiago! ¡Lo estaba deseando! -dice Pedro, y se arrima a su Maestro, que viene a hallarse estrechado entre Juan y Pedro, y tiene a Santiago a los pies. Jesús sonríe:

-Veo que empiezan a obrar las palabras que he dicho antes. Los buenos hermanos se quieren. Yo también te digo, Santiago: "Que Dios te bendiga". Tampoco este acto tuyo será olvidado por el Eterno, y lo encontrarás allá arriba.
Todo lo que pido lo puedo. Ya lo habéis visto. Ha bastado un solo deseo para que el Padre concediera al Hijo el darse en Alimento al hombre.

Con todo lo que ha sucedido ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, porque el milagro, sólo posible para los amigos de Dios, es testimonio de poder. Cuanto mayor es el milagro, más segura y profunda es esta divina amistad.

Éste es un milagro que, por su forma, duración y naturaleza, por su magnitud y los límites a que llega, no admite otro posible mayor. Os digo que es tan poderoso, tan sobrenatural, tan incomprensible para el hombre soberbio, que muy pocos lo entenderán como debe entenderse, y muchos lo negarán. ¿Qué diré, entonces? ¿Condena para ellos? No. Diré: ¡piedad!

Pero, cuanto mayor es el milagro, mayor es la gloria que recibe su autor. Es Dios mismo quien dice: "Sí, este amado mío ha recibido lo que ha querido, y Yo lo he concedido, porque grande es la gracia que posee ante mis ojos". Y aquí dice:

"Posee una gracia sin límites, como infinito es el milagro que ha hecho". La gloria que de Dios revierte en el autor del milagro y la gloria que del autor del milagro revierte en el Padre son parejas: porque toda gloria sobrenatural, procediendo de Dios, a su fuente retorna. Y la gloria de Dios, aun siendo ya infinita, crece y crece y resplandece por la gloria de sus santos.

Así, digo: de la misma forma que ha sido glorificado por Dios el Hijo del hombre, Dios ha sido glorificado por Este. Yo he glorificado a Dios en mí mismo, a su vez Dios glorificará en sí a su Hijo; muy
pronto lo glorificará.

¡Exulta, Tú que vuelves a tu Sede, oh Esencia espiritual de la Segunda Persona! ¡Exulta, Carne que vuelves a subir después de tanto destierro en el fango! Y lo que se te va a dar como morada ciertamente no es el Paraíso de Adán, sino el excelso Paraíso del Padre. Que, si se dijo que sorprendido por un mandato de Dios -dado por boca de un hombre-se detuvo el Sol, (Josué 10, 12­14) ¿qué no sucederá en los astros cuando vean el prodigio de la Carne del Hombre subir y sentarse a la derecha del Padre en su Perfección de materia glorificada?

Hijitos míos, ya poco tiempo estaré con vosotros. Luego me buscaréis como los huérfanos buscan al padre o a la madre muertos. Y, llorando, hablando de Él iréis y llamaréis en vano al mudo sepulcro, y luego llamaréis a las puertas azules de los Cielos, con vuestra alma lanzada en suplicante búsqueda de amor, y diréis:

"¿Dónde está nuestro Jesús? Queremos tenerlo. Sin Él ya no hay luz en el mundo, ni alegría ni amor. O devolvédnoslo o dejadnos entrar. Queremos estar donde Él". Mas no podéis, por ahora, ir a donde Yo voy. Se lo dije también a los judíos: "Luego me buscaréis, pero a donde voy Yo vosotros no podéis ir". Os lo digo también a vosotros.

Considerad que ni siquiera mi Madre podrá ir a donde Yo voy. Y fijaos que dejé al Padre para ir a Ella y hacerme Jesús en su seno sin mancha. Fijaos que de la Inviolada vine en el éxtasis luminoso de mi Natividad; y de su amor, hecho leche, me nutrí.

Yo estoy hecho de pureza y amor porque María me nutrió con su virginidad fecundada por el Amor perfecto que vive en el Cielo. Y fijaos que por Ella crecí, costándole fatigas y lágrimas… Y fijaos que le pido un heroísmo que supera a todos los realizados hasta ahora, respecto al cual los de Judit y Yael son como heroísmos de pobres mujeres en oposición con su rival en la fuente del pueblo. Y fijaos que ninguno la iguala en amor a mí. Pues bien, a pesar de todo, la dejo y voy a donde Ella no irá hasta dentro de mucho tiempo. Para Ella no es el mandato que os doy a vosotros:

"Santificaos año tras año, mes tras mes, día tras día, hora tras hora, para poder venir a mí cuando llegue vuestro momento". En Ella reside toda gracia y santidad. Es la criatura que ha tenido todo y ha dado todo. Nada hay que añadir en Ella, y nada hay que quitar. Es el santísimo testimonio de lo que puede Dios.

Pero para estar seguro de que en vosotros exista la aptitud de venir a mí y de olvidar el dolor del luto de la separación de vuestro Jesús, os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como Yo os he amado, amaos igualmente los unos a los otros. Por esto se sabrá que sois mis discípulos.

Cuando un padre tiene muchos hijos, ¿en qué se sabe que son sus hijos? No tanto por el aspecto físico -porque hay hombres que son en todo semejantes a otro hombre con el que no tienen ninguna relación de sangre, y ni siquiera de nación-, cuanto por el común amor a la familia, a su padre y entre sí. E incluso cuando muere el padre la buena familia no se disgrega, porque la sangre es una, que es la que recibieron genéticamente de su padre y anuda vínculos que ni siquiera la muerte desata, porque más fuerte que la muerte es el amor. Pues bien, si me amáis aun después de que os deje, todos reconocerán que sois hijos míos, y por tanto, discípulos míos, y que, habiendo tenido un único padre, entre vosotros sois hermanos.

Señor Jesús, pero ¿a dónde vas? -pregunta Pedro.
-Voy a donde tú, por ahora, no puedes seguirme. Pero después me seguirás.

-¿Y por qué no ahora? Te he seguido siempre, desde que me dijiste: "Sígueme". He dejado todo sin añoranzas… Marcharte ahora sin tu pobre Simón, dejándome privado de ti, mi Todo, después de que yo he dejado mi poco bien de antes, no es ni razonable ni bonito por tu parte. ¿Vas a la muerte? Bien, pues yo también voy. Iremos juntos al otro mundo. Pero antes te habré defendido. Estoy preparado para dar la vida por ti.

-¿Tú darás tu vida por mí? ¿Ahora? Ahora, no. En verdad, en verdad te lo digo: antes de que cante el gallo me negarás tres veces. Estamos todavía en la primera vigilia. Luego vendrá la segunda… y luego la tercera. Antes del galicinio, renegarás de tu Señor tres veces.

-¡Imposible, Maestro! Creo en todo lo que dices, pero no en esto; estoy seguro de mí.

-Ahora, por ahora estás seguro; pero es porque ahora me tienes todavía a mí. Tienes contigo a Dios. Dentro de poco el Dios encarnado será prendido y ya no lo tendréis. Y Satanás, después de poneros rémoras -tu propia seguridad es una astucia de Satanás, morralla para ponerte rémoras-os amedrentará. Os insinuará: "Dios no existe. Yo existo".

Y, dado que, a pesar de que el espanto os empañe la mente, todavía razonaréis, lo que comprenderéis será que si Satanás es el amo de esa hora, es que ha muerto el Bien y lo que obra es el Mal; que el espíritu ha sido abatido y triunfa lo humano. Entonces os quedaréis como guerreros sin caudillo, perseguidos por el enemigo, y, en medio del desconcierto propio de los vencidos, os doblegaréis ante el vencedor, y, para evitar que os maten, renegaréis del héroe caído.

Pero -os lo ruego-, no se turbe vuestro corazón. Creed en Dios. Creed también en mí. Contra todas las apariencias, creed en mí. Creed en mi misericordia y en la del Padre tanto el que se quede como el que huya; tanto el que calle como el que abra su boca para decir: "No lo conozco".

Igualmente, creed en mi perdón. Y creed que, cualesquiera que sean en el futuro vuestras acciones, en el Bien y en mi Doctrina (por tanto, en mi Iglesia), esas acciones os darán un igual lugar en el Cielo.

En la casa del Padre mío hay muchas moradas. Si no fuera así, os lo habría dicho. Porque Yo voy por delante. A preparar un lugar para vosotros. ¿No hacen, acaso, eso los padres buenos, cuando tienen que llevar a sus pequeñuelos a otro lugar? Van por delante, preparan la casa, los enseres, las provisiones. Y luego vuelven y toman consigo a sus más amadas criaturas.

Eso hacen, por amor. Para que a sus pequeñuelos no les falte nada, ni se sientan incómodos en el nuevo pueblo. Lo mismo hago Yo, y por el mismo motivo. Me marcho, ahora. Cuando haya preparado para cada uno su puesto en la Jerusalén celestial, volveré y os tomaré conmigo, para que estéis conmigo donde Yo estoy, donde no habrá ya muerte ni lutos ni lágrimas ni gritos ni hambre ni dolor ni tinieblas ni quemazón, sino sólo luz, paz, bienaventuranza y canto.

¡Oh, canto de los Cielos altísimos cuando los doce elegidos estén en los tronos con los doce patriarcas de las tribus de Israel y, encendidos en el fuego del amor espiritual, canten, erguidos frente al mar de la bienaventuranza, el cántico eterno cuyo arpegio será el eterno aleluya del ejército angélico…!
Quiero que donde voy a estar estéis vosotros. Y ya sabéis a dónde voy, y sabéis el camino.

-¡Pero Señor! Nosotros no sabemos nada. No nos dices a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino que hay que tomar para ir hacia ti y abreviar la espera? -pregunta Tomás.
-Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida. Me lo habéis oído decir y explicar repetidas veces. Y, en verdad, algunos que ni siquiera sabían que existía un Dios se han encaminado antes por mi camino y ya os preceden.

¡Oh!, ¿dónde estás, oveja descarriada de Dios traída por mí de nuevo al redil?, ¿dónde estás tú, resucitada de alma?

-¿Quién? ¿De quién hablas? ¿De María de Lázaro? Está allí, con tu Madre. ¿Quieres que venga? ¿O quieres que venga Juana? Estará, sin duda, en su palacio. Pero, si quieres, vamos a llamarla…

-No. No me refiero a ellas… Pienso en aquella que será mostrada sólo en el Cielo… y en Fotinai… Ellas me han encontrado. Y desde entonces no han dejado mi camino.

A una le indiqué al Padre como Dios verdadero y al espíritu como levita en esta individual adoración; a la otra, que ni siquiera sabía que tenía un espíritu, le dije: "Mi nombre es Salvador; salvo a quien tiene buena voluntad de salvarse. Yo soy Aquel que busca a los perdidos, que da la Vida, la Verdad y la Pureza. Quien me busca me encuentra". Y ambas han encontrado a Dios… Os bendigo, débiles Evas que habéis venido a ser más fuertes que Judit… Voy a donde estáis… Vosotras me consoláis… ¡Benditas seáis!…

-Muéstranos al Padre, Señor, y seremos como estas mujeres -dice Felipe.

-¡Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, ¿y tú, Felipe, no me has conocido todavía?! El que me ve a mí ve al Padre mío. ¿Cómo es que dices: "Muéstranos al Padre"? ¿No logras creer que Yo estoy en el Padre y Él en mí? Las palabras que os digo no os las digo motu propio, sino que el Padre, que mora en mí, cumple cada una de mis obras. ¿Y no creéis que Yo esté en el Padre y Él en mí? ¿Qué tengo que decir para haceros creer? Pues si no creéis en las palabras creed al menos en las obras.

Yo os digo, y os lo digo con verdad: el que cree en mí hará las obras que Yo hago, y las hará aun mayores, porque voy al Padre. Y todo lo que pidáis al Padre en mi nombre Yo lo haré para que el Padre sea glorificado en su Hijo. Y haré lo que me pidáis en nombre de mi Nombre. Mi Nombre, en lo que realmente es, es conocido por mí sólo y por el Padre que me ha engendrado y por el Espíritu que de nuestro amor procede. Por ese Nombre todo es posible. El que piensa en mi Nombre con amor me ama, y obtiene; pero no basta amarme, es necesario observar mis mandamientos para tener el verdadero amor.

Son las obras las que dan testimonio de los sentimientos. Y por este amor rogaré al Padre, y Él os dará otro Consolador, que permanezca para siempre con vosotros, Uno en quien Satanás y el mundo no pueden ensañarse, el Espíritu de la Verdad que el mundo no puede recibir ni herir, porque ni lo ve ni lo conoce. Dirigirá contra Él sus escarnios, pero Él es tan excelso que el escarnio no lo podrá herir; mientras que su piedad superará toda medida para aquellos que lo amen, aunque sean pobres y débiles. Vosotros lo conoceréis, porque ya vive con vosotros y pronto estará en vosotros.

No os dejaré huérfanos. Ya os he dicho que volveré a vosotros. Pero antes de que llegue la hora de venir a recogeros para ir a mi Reino Yo vendré; a vosotros vendré. Dentro de poco el mundo ya no me verá. Pero vosotros me veis y me veréis. Porque Yo vivo y vosotros vivís. Porque Yo viviré y vosotros también viviréis.

Ese día conoceréis que estoy en el Padre mío y vosotros en mí y Yo en vosotros. Porque el que acoge mis preceptos y los observa es el que me ama, y el que me ama será amado por el Padre mío y poseerá a Dios porque Dios es caridad y quien ama tiene en sí a Dios. Y Yo lo amaré porque en él veré a Dios, y me manifestaré a él dándome a conocer en los secretos de mi amor, de mi sabiduría, de mi Divinidad encarnada. Serán mis regresos a los hijos del hombre, a quienes amo, aunque sean débiles e incluso enemigos. Pero éstos serán sólo débiles, y yo los fortaleceré. Les diré: "¡Álzate!", diré "¡Sal afuera!", diré: "¡Sígueme!", diré "Escucha", diré "Escribe"… y vosotros estáis entre éstos.

-¿Por qué, Señor, te manifiestas a nosotros y no al mundo? -pregunta Judas Tadeo.

-Porque me amáis y ponéis por obra mis palabras. El que haga esto será amado por el Padre y Nosotros iremos a él y viviremos con él, en él; mientras que el que no me ama no pone por obra mis palabras y actúa según la carne y el mundo.

Ahora bien, sabed que lo que os he dicho no son palabras de Jesús Nazareno sino palabras del Padre, porque Yo soy el Verbo del Padre, que me ha enviado. Os he dicho estas cosas hablando así, con vosotros, porque quiero Yo mismo prepararos a la completa posesión de la Verdad y la Sabiduría. Pero todavía no podéis comprender ni recordar.

Pero, cuando venga a vosotros el Consolador, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi Nombre, podréis comprender, y os enseñará todo y os recordará todo lo que Yo os he dicho.

Mi paz os dejo, mi paz os doy. Os la doy no como la da el mundo, y ni siquiera como hasta ahora os la he dado: saludo bendito del Bendito a los bendecidos. La paz que ahora os doy es más profunda.

En este adiós, os comunico a mí mismo, mi Espíritu de paz, de la misma manera que os he comunicado mi Cuerpo y mi Sangre, para que tengáis en vosotros una fuerza en la inminente batalla. Satanás y el mundo desatan su guerra contra vuestro Jesús. Es su hora. Tened en vosotros la Paz, mi Espíritu que es espíritu de paz, porque Yo soy el Rey de la paz. Tened esta paz para no sentiros demasiado desvalidos. El que sufre con la paz de Dios dentro de sí, sufre, pero ni blasfema ni se desespera.

No lloréis. Habéis oído también que he dicho: "Voy al Padre y luego regresaré". Si me amarais por encima de la carne, os alegraríais, porque voy con el Padre después de este gran destierro… Voy donde Aquel que es mayor que Yo y que me ama. Os lo he dicho ahora, antes de que se cumpla -como también os he revelado todos los sufrimientos del Redentor antes de ir a ellos- para que, cuando todo se cumpla, creáis más en mí.

¡No os turbéis de esa manera! No os descorazonéis. Vuestro corazón necesita equilibrio…

Poco me queda para hablaros… ¡y todavía tengo mucho que decir! Llegado al final de esta evangelización mía, me parece como si no hubiera dicho todavía nada, y que mucho, mucho, mucho quede por hacer. Vuestro estado aumenta esta sensación mía. ¿Qué diré entonces? ¿Que he desempeñado con deficiencias mi función?, ¿o que vosotros sois tan duros de corazón, que para nada ha servido mi obra? ¿Dudaré? No. Me pongo en las manos de Dios, y os pongo a vosotros, mis predilectos, en sus manos. Él dará cumplimiento a la obra de su Verbo.

No soy como un padre que muere sin más luz que la humana; Yo espero en Dios. Y aun sintiendo en mí el apremio de daros todos los consejos de que os veo necesitados, y aun sintiendo que el tiempo huye, voy tranquilo a mi destino. Sé que sobre las semillas caídas en vosotros está para descender el rocío, un rocío que las hará germinar a todas ellas; y luego vendrá el sol del Paráclito, y las semillas se transformarán en árboles corpulentos.

Muy pronto llegará el príncipe de este mundo, aquel con quien Yo nada tengo que ver; y, si no hubiera sido por la finalidad redentora, ningún poder hubiera tenido en orden a mí. Pero esto sucede para que el mundo sepa que amo al Padre y que lo amo hasta la obediencia de muerte y que por eso hago lo que me ha mandado.

Es la hora de marcharnos. Levantaos. Oíd las últimas palabras. Yo soy la verdadera Vid. El Padre es el Viñador.

Al sarmiento que no produce fruto el Padre lo corta y al que produce fruto lo poda para que dé aún más fruto.

Vosotros estáis ya purificados por mi palabra. Permaneced en mí -Yo permanezco en vosotros-para mantener esa pureza.

El sarmiento separado de la vid no puede producir fruto. Igualmente vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la Vid; vosotros, los sarmientos. El que permanece unido a mí produce abundantes frutos. Pero si uno se separa se seca, y es arrojado al fuego y allí arde. Porque sin la unión conmigo no podéis hacer nada. Permaneced, pues en mí; que mis palabras permanezcan en vosotros; luego pedid lo que queráis y se os concederá.

El Padre mío, cuanto más fruto deis y cuanto más discípulos míos seáis, más glorificado será. Como el Padre me ha amado, así os he amado Yo. Permaneced en mi amor, que salva. Amándome, seréis obedientes. La obediencia aumenta el recíproco amor. No digáis que me repito. Conozco vuestra debilidad. Quiero que os salvéis. Os digo estas cosas para que la alegría que os he querido dar esté en vosotros y sea completa.

Amaos. ¡Amaos! Éste es mi mandamiento nuevo. Amaos unos a otros más de lo que cada uno ame a sí mismo. No hay mayor amor que el del que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos y Yo doy la vida por vosotros. Haced lo que os enseño y mando.

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor, mientras que vosotros sabéis lo que Yo hago. Todo lo sabéis acerca de mí. Me he manifestado a vosotros, pero no sólo esto, sino que también os he revelado al Padre y al Paráclito y todo lo que he oído a Dios.

No os habéis elegido a vosotros mismos, sino que os he elegido Yo, y os he elegido para que vayáis a los pueblos y deis fruto en vosotros y en los corazones de los evangelizados y vuestro fruto permanezca, y el Padre os dé todo lo que en mi Nombre le pidáis.

No digáis: "Y entonces, si nos has elegido, ¿por qué has elegido a un traidor? Si lo sabes todo, ¿por qué has hecho esto?". No os preguntéis ni siquiera quién es ése. No es un hombre. Es Satanás. Se lo dije al amigo fiel y lo he dejado decir al hijo predilecto.

Es Satanás. Si Satanás no se hubiera encarnado -el eterno, torpe remedador de Dios, en una carne mortal-, este poseído no hubiera podido quedar al margen de mi poder de Jesús. He dicho: "poseído". No. Es mucho más: es uno que está anulado en Satanás».

-¿Por qué, Tú que has expulsado los demonios, no lo has liberado? -pregunta Santiago de Alfeo.
-¿Lo preguntas por amor a ti, temiendo ser él? No temas eso.
-¿Yo, entonces?
-¿Yo?
-¿Yo?

-Callad. No digo ese nombre. Uso misericordia. Haced vosotros lo mismo.

-¿Pero por qué no lo has vencido? ¿No podías?
-Podía. Pero para impedir a Satanás encarnarse para matarme habría debido exterminar a la raza humana antes de la Redención. ¿Qué habría redimido, entonces?

-¡Dímelo, Señor, dímelo!

Pedro ha caído de rodillas ante Jesús y lo zarandea frenéticamente, como si el delirio se hubiera apoderado de él.

-¿Soy yo? ¿Soy yo? ¿Me examino? No me parece serlo. Pero Tú… has dicho que te negaré… Y tiemblo… ¡Qué horror ser yo!…

-No, Simón de Jonás, tú no.

-¿Por qué me has quitado mi nombre de "Piedra"? ¿Entonces soy de nuevo Simón? ¿Lo ves? ¡Lo estás diciendo! … ¡Soy yo! ¿Cómo he podido llegar a esto? Decidlo… decidlo vosotros… ¿Cuándo me he hecho traidor?… ¿Simón?… ¿Juan?… ¡Hablad!…

-¡Pedro! ¡Pedro! ¡Pedro! Te llamo Simón porque pienso en el primer encuentro, cuando eras Simón. Y pienso en cómo has sido leal desde el primer momento. No eres tú. Lo digo Yo: Verdad.

-¿Quién, entonces?
-¡Pues Judas de Keriot! ¿No lo has entendido todavía? -grita Judas Tadeo, que ya no es capaz de seguir conteniéndose.

-¿Por qué no me lo has dicho antes? ¿Por qué? -grita también Pedro.
-Silencio. Es Satanás. No tiene otro nombre. ¿A dónde vas, Pedro?

-A buscarlo.
-Deja inmediatamente ese manto y esa arma. ¿O es que tengo que expulsarte y maldecirte?

-¡No, no! ¡Oh, Señor mío! Pero yo… pero yo… ¿estaré enfermo de delirio? ¡Oh! ¡Oh!

Pedro llora arrojado al suelo a los pies de Jesús.
-Os doy el mandamiento de que os améis. Y que perdonéis

¿Habéis comprendido? Aunque en el mundo haya odio, en vosotros haya sólo amor. Hacia todos. ¡Cuántos traidores encontraréis en vuestro camino! Pero no debéis odiarlos y devolverles mal por mal. Si eso hiciereis, el Padre os aborrecerá a vosotros.

Antes de vosotros, fui odiado y traicionado Yo. Y ya veis que Yo no odio. El mundo no puede amar lo que no es como él. Por tanto, no os amará. Si fuerais suyos, os amaría; pero no sois del mundo, pues que Yo os he tomado de entre el mundo. Y por esto sois odiados.

Os he dicho: el siervo no es más que su señor. Si me han perseguido a mí os perseguirán también a vosotros. Si me han escuchado a mí os escucharán también a vosotros. Pero todo lo harán por causa de mi Nombre, porque no conocen, no quieren conocer al que me ha enviado.

Si no hubiera venido y no hubiera hablado, no serían culpables, pero ahora su pecado no tiene disculpa. Han visto mis obras, oído mis palabras, y, no obstante, me han odiado, y conmigo a mi Padre. Porque Yo y el Padre somos una sola Unidad con el Amor. Pero estaba escrito (Salmos 35, 19; 69, 5): "Me odiaste sin motivo". Mas cuando venga el Consolador, el Espíritu de verdad que del Padre procede, dará testimonio de mí, y también vosotros lo daréis, porque desde el principio estuvisteis conmigo.

Os digo esto para que cuando sea la hora no quedéis abatidos y escandalizados. Pronto llegará el momento en que os echen de las sinagogas y en que el que os mate pensará que con ello está dando culto a Dios. No han conocido al Padre y tampoco a mí. En esto está su atenuante. Estas cosas no os las he dicho con tanta amplitud antes de ahora porque erais como niños recién nacidos. Pero ahora la madre os deja. Yo me marcho. Deberéis habituaros a otro alimento. Quiero que lo conozcáis.

Ya ninguno me pregunta: "¿A dónde vas?". La tristeza os hace mudos. Y, no obstante, es bueno también para vosotros que me marche; si no, no vendrá el Consolador. Yo os lo enviaré. Y, cuando venga, a través de la sabiduría y la palabra, las obras y el heroísmo que infundirá en vosotros, convencerá al mundo de su pecado deicida, y de justicia en orden a mi santidad.

Y el mundo será netamente dividido en réprobos, enemigos de Dios, y creyentes. Éstos serán más o menos santos, según su voluntad. Pero se llevará a cabo el juicio del príncipe del mundo y de sus siervos. Más no puedo deciros, porque todavía no podéis entender.

Pero Él, el divino Paráclito, os dará la Verdad entera porque no hablará de sí mismo, sino que dirá todo lo que ha oído de la Mente de Dios y os anunciará el futuro. Tomará lo que de mí viene -o sea, aquello que igualmente es del Padre-y os lo dirá.

Todavía un poco nos veremos. Luego ya no me veréis. Después todavía un poco, y me veréis de nuevo.
Hacéis comentarios entre vosotros y en vuestro corazón. Escuchad una parábola. La última de vuestro Maestro.
Cuando una mujer ha concebido y le llega la hora del parto, se encuentra muy afligida porque sufre y gime. Pero, cuando da a luz a su hijito y lo estrecha contra su corazón, cesa toda pena y la tristeza se transforma en alegría porque un hombre ha venido al mundo.

Lo mismo vosotros. Lloraréis y el mundo reirá a costa de vosotros. Pero luego vuestra tristeza se transformará en alegría, una alegría que el mundo nunca conocerá. Vosotros ahora estáis tristes. Pero cuando volváis a verme vuestro corazón se llenará de un gozo que ninguno podrá arrebataros, una alegría tan plena, que acallará toda necesidad de pedir, tanto para la mente como para el corazón como para la carne. Sólo os alimentaréis de verme de nuevo, y olvidaréis todas las demás cosas.

Y, precisamente desde ese momento, podréis pedir todo en mi Nombre, y el Padre os lo dará, para que vuestra alegría sea cada vez mayor. Pedid, pedid, y recibiréis.

Llega la hora en que podré hablaros abiertamente del Padre. Ello será porque habréis sido fieles en la prueba y todo habrá quedado superado; perfecto, pues, vuestro amor, porque os habrá dado fuerza en la prueba. Y lo que os falte a vosotros Yo os lo añadiré tomándolo de mi inmenso tesoro, y diré: "Padre, Tú lo ves: me han amado y han creído que he venido de ti". Bajé a este mundo y ahora lo dejo y voy al Padre, y rogaré por vosotros.

-¡Oh, ahora te explicas! Ahora sabemos lo que quieres decir y que Tú sabes todo y respondes sin que nadie te pregunte. ¡Verdaderamente vienes de Dios!

-¿Ahora creéis? ¿En el último momento? ¡Llevo tres años hablándoos! Pero es que ya obra en vosotros el Pan que es Dios y el Vino que es Sangre no venida de hombre, y os comunican el primer estremecimiento de deificación. Seréis dioses si perseveráis en mi amor y en la pertenencia a mí. No como se lo dijo Satanás a Adán y Eva, sino como Yo os lo digo. Es el verdadero fruto del árbol del Bien y de la Vida.

El Mal queda vencido en quien se alimente con este fruto, y queda vencida la Muerte. El que coma de él vivirá eternamente y será "dios" en el Reino de Dios. Vosotros seréis dioses si permanecéis en mí. Y, no obstante…, pues, a pesar de tener en vosotros este Pan y esta Sangre -pues está llegando la hora en que os desperdigaréis-, os marcharéis por vuestra cuenta y me dejaréis solo… Pero no estoy solo. Tengo al Padre conmigo. ¡Padre! ¡Padre! ¡No me abandones! Todo os lo he dicho… Para daros paz. Mi paz. Todavía sufriréis opresión. Pero tened fe. Yo he vencido al mundo.

Jesús se levanta, abre los brazos en cruz y dice, luminoso su rostro, la sublime oración al Padre. Juan la reseña integralmente. (Juan 17)

Los apóstoles lloran más o menos visible y ruidosamente. Por último, cantan un himno.

Jesús los bendice. Luego ordena:

-Vamos a ponernos los mantos, ahora. Y vámonos. Andrés, di al dueño de la casa que deje todo así, por deseo mío. Mañana… os agradará volver a ver este lugar. Jesús lo mira. Parece bendecir las paredes, los muebles, todo. Luego se pone el manto y se encamina, seguido de los discípulos.

A su lado, Juan, en quien se apoya.

-¿No saludas a tu Madre? -le pregunta el hijo de Zebedeo.
-No. Todo está ya hecho. Es más, caminad cautelosos.

Simón, que ha encendido un cirio del candelabro, ilumina el vasto pasillo que conduce a la puerta. Pedro abre cautelosamente la puerta de fuera y salen todos a la calle; luego, accionando un mecanismo, cierran desde fuera. Y se ponen en camino.

Dice Jesús (a María Valtorta):

-Del episodio de la Cena, aparte de la consideración de la caridad de un Dios que se hace Alimento para los hombres, resaltan cuatro enseñanzas principales.

Primera: la necesidad para todos los hijos de Dios de obedecer a la Ley.

La Ley decía que por Pascua se debía comer el cordero según el ritual que había dado el Altísimo a Moisés; y Yo, Hijo verdadero del Dios verdadero, no me consideré, por mi condición divina, exento de la Ley. Estaba en la Tierra:

Hombre entre los hombres y Maestro de los hombres. Tenía, por tanto, que cumplir, respecto a Dios, mi deber de hombre como los demás y mejor que los demás. Los favores divinos no eximen de la obediencia y del esfuerzo en orden a una santidad cada vez mayor. Si comparáis la santidad más excelsa con la perfección divina, la encontráis siempre llena de imperfecciones, y, por tanto, obligada a esforzarse a sí misma para eliminarlas y alcanzar un grado de perfección semejante lo más posible al de Dios.

Segunda: el poder de la oración de María.

Yo era Dios hecho Carne. Una Carne que por ser sin mancha poseía la fuerza espiritual para dominar la carne. Y, no obstante, no rehúso -antes al contrario: invoco-la ayuda de la Llena de Gracia, la cual también en esos momentos de expiación encontraría, es verdad, sobre su cabeza, cerrado el Cielo, pero no tanto como para no lograr -siendo Ella Reina de los ángeles­ arrebatar al Cielo un ángel para el consuelo de su Hijo. ¡Oh, no para ella, pobre Mamá!

También Ella saboreó la amargura del abandono del Padre. Pero, por este dolor suyo ofrecido a la Redención, me obtuvo el poder superar la angustia del Huerto de los Olivos y el poder llevar a cumplimiento la Pasión en todo su multiforme rigor (cada uno de cuyos aspectos estaba orientado a lavar una forma y un medio de pecado).

Tercera: el dominio de uno mismo y la suportación de la ofensa, -el acto de caridad más sublime de todos-pueden poseerlo únicamente aquellos que hacen vida de su vida la ley de caridad, que Yo había proclamado; y no sólo proclamado, sino realmente practicado.

No os podéis hacer una idea lo que fue para mí el tener a mi lado, a la mesa, a mi Traidor; el deber darme a él; el tener que humillarme ante él; el tener que compartir con él el cáliz del rito y poner los labios donde él los había puesto y ofrecer a mi Madre que los pusiera. Vuestros médicos han discutido y discuten sobre mi rápido fin, y lo atribuyen a un daño cardiaco debido a los golpes de la flagelación. Sí, también debido a estos golpes se debilitó mi corazón, pero ya había enfermado en la Cena, quebrantado, quebrantado en el esfuerzo de tener que sufrir a mi lado a mi Traidor. Empecé a morir físicamente entonces. El resto no fue sino un aumento de la agonía ya existente.

Todo lo que pude hacer lo hice, porque era uno con la Caridad. Incluso en el momento en que Dios-Caridad se retiraba de mí supe ser caridad, porque había vivido de caridad en mis treinta y tres años. No se puede llegar a una perfección como se requiere para perdonar y soportar a nuestro ofensor si no se tiene el hábito de la caridad. Yo lo tenía y pude perdonar y soportar a esta obra singular de Ofensor que fue Judas.

Cuarta: el Sacramento obra más cuanto más digno es uno de recibirlo; cuanto más se ha hecho digno de él uno con una constante voluntad que quebranta la carne y hace señor al espíritu, venciendo las concupiscencias, doblegando el ser a las virtudes, tendiendo el ser, cual arco, hacia la perfección de las virtudes, sobre todo, de la caridad. Porque cuando uno ama tiende a alegrar a aquel a quien ama. Juan, que era puro y era el que más me quería, recibió del Sacramento el máximo de la transformación.

Empezó desde ese momento a ser esa águila al que le resultaba familiar y fácil la altura en el Cielo de Dios, fácil fijar su mirada en el Sol eterno. Pero, ¡ay de aquel que recibe el Sacramento sin haberse hecho digno de él, sino que, al contrario, haya aumentado su siempre humana indignidad con las culpas mortales! Entonces el Sacramento pasa de ser germen de preservación y vida, a serlo de corrupción y muerte.

Muerte del espíritu y putrefacción de la carne, por lo cual ésta "revienta", como dice Pedro (Hechos 1, 18) de la de Judas. No vierte la sangre, líquido siempre vital y hermoso en su púrpura, sino que esparce sus vísceras, negras de toda su libídine, podredumbre que se esparce fuera de la carne corrompida, como de la carroña de un animal inmundo, objeto de repulsa para los que pasan.

La muerte del profanador del Sacramento es siempre la muerte de un desesperado, y, por tanto, no conoce el plácido tránsito propio de quien está en gracia, ni el heroico tránsito de la víctima que sufre agudamente con la mirada fija en el Cielo y el alma segura de la paz. La muerte del desesperado es atroz en contorsiones y terror, es convulsión horrenda del alma ya aferrada por la mano de Satanás, que la estrangula para descuajarla de la carne, y que la ahoga con su nauseabundo hálito.

Ésta es la diferencia entre el que pasa a la otra vida habiéndose nutrido en ésta de caridad, fe, esperanza, y de todas las otras virtudes y de toda doctrina celeste, y del Pan angélico que le acompaña con sus frutos -y mejor si es con su presencia real-en el extremo viaje, y el que muere después de una vida bestial con muerte bestial no confortada ni por la Gracia ni por el Sacramento: lo primero es el sereno fin del santo al que la muerte le abre el Reino eterno; lo segundo es la espantosa caída del condenado que siente que se hunde en la muerte eterna y conoce en un instante aquello que ha querido perder, sin poder ya reparar. Para uno, ganancia; para el otro, ser despejado. Para uno, alegría; para el otro, terror.

Esto es lo que os dais, según que creáis en mi don y lo améis, o que no creáis en él y lo despreciéis. Y ésta es la enseñanza de esta contemplación.

599- La llegada al Cenáculo y el adiós de Jesús a su Madre

Veo el cenáculo donde ha de celebrarse la cena pascual.

Lo veo con claridad. Podría enumerar todas las rugosidades de las paredes y las grietas del suelo.

Es una habitación grande, no perfectamente cuadrada, pero también poco rectangular. Habrá, como mucho, una diferencia de un metro o poco más entre el lado más largo y el más corto. El techo es bajo; quizás da esta impresión también por sus amplias dimensiones no proporcionadas con la altura.

Es un techo levemente combado; concretamente, los dos lados más cortos no terminan en ángulo recto con el techo, sino en un ángulo rebajado hecho así:

En estos dos lados más cortos hay dos anchas ventanas, anchas y bajas, una enfrente de la otra. No veo a dónde dan; si a un patio o a la calle, porque ahora tienen las contraventanas cerradas. He dicho: contraventanas. No sé si será exacto el término. Son hojas, de tablones, bien cerradas por una barra de hierro que las pasa de una a otra jamba.

El suelo está hecho de grandes losas de terracota, descoloridas por el paso del tiempo, cuadradas.
Del centro del techo cuelga una lámpara de aceite, de varias boquillas.

De las dos paredes más largas, una no tiene ninguna abertura, mientras que la otra tiene una puertecita en un ángulo; se tiene acceso a ésta por una escalerita sin barandilla y de seis peldaños, que terminan en una meseta de un metro cuadrado en la que hay, dentro de la pared, otro escalón, al filo del cual se abre la puerta.

Las paredes están simplemente blanqueadas, sin listas o rayas. En el centro de la habitación, una mesa grande, rectangular, muy larga respecto a su anchura, colocada paralela a la pared más larga, de madera y sencillísima.

Contra las paredes largas, lo que serán los asientos; contra las cortas, debajo de las ventanas, en una de ellas, una especie de arquibanco que tiene encima jofainas y ánforas; bajo la otra ventana, un aparador bajo y largo, sobre cuyo plano superior, por ahora, no hay nada.

Y ésta es la descripción de la habitación donde se celebrará la cena pascual. Todo el día de hoy llevo viéndola claramente; tanto que he podido contar los escalones y observar todos los detalles. Ahora, dado que anochece, mi Jesús me conduce al resto de la contemplación.

Veo que la habitación, por la escalera de los seis peldaños, lleva a un pasillo oscuro que, a la izquierda respecto a mí, se abre a la calle con una puerta ancha, baja y muy robusta, reforzada con bullones y barras de hierro.

Frente a la puertecita que del cenáculo lleva al pasillo hay otra puerta, que lleva a otra habitación, menos grande. Yo diría que el cenáculo se ha hecho aprovechando un desnivel del suelo respecto al resto de la casa y de la calle; es como un semisótano, una bodega semienterrada, o limpiada o adaptada, pero, en todo caso, hundida al menos un metro en el suelo, quizás para hacerlo más alto y proporcionado a sus vastas dimensiones.

En la habitación que ahora veo está María con otras mujeres. Reconozco a María Magdalena y a María madre de Santiago, Judas y Simón.

Da la impresión de que acaban de llegar, acompañadas por Juan, porque se están quitando los mantos y los están dejando doblados en los taburetes que hay diseminados por la habitación, mientras se despiden del apóstol, que se marcha, y saludan a una mujer y a un hombre, que han venido, a su vez, a saludarlas, y que me parece que son los dueños de la casa, y también discípulos o simpatizantes del Nazareno, porque se manifiestan llenos de solicitud y respetuosa confidencia hacia María, la cual está vestida de color celeste oscuro, un azul de añil oscurísimo.

Lleva en la cabeza un velo blanco (que aparece cuando se quita el manto, que le cubría también la cabeza). Su cara se ve muy ajada. Parece envejecida María.

Muy triste, a pesar de sonreír con dulzura. Muy pálida. También sus movimientos son cansinos y vacilantes, como los de una persona absorta en un pensamiento suyo.
Por la puerta entreabierta veo que el dueño de la casa va y viene al pasillo y al cenáculo.

Enciende éste completamente, prendiendo los restantes mecheros de la lámpara. Luego va a la otra puerta de la calle y la abre. Entra Jesús con los apóstoles. Veo que anochece, porque las sombras de la noche descienden ya sobre la estrecha calle que pasa entre casas altas.

Viene con todos los apóstoles. Saluda al propietario con su habitual: «Paz a esta casa» y luego, mientras los apóstoles bajan al cenáculo, Él entra en la habitación donde está María. Las pías mujeres saludan con profundo respeto y se marchan, cerrando la puerta y dejando así libres a la Madre y al Hijo.

Jesús abraza a su Madre y la besa en la frente. María besa primero la mano de su Hijo y luego lo besa en la mejilla derecha. Jesús invita a su Madre a que se siente -hay dos taburetes, cerca el uno del otro-, y Él se sienta al lado. La ha invitado a sentarse acompañándola de la mano a los taburetes, y sigue agarrándole la mano aun cuando Ella ya se ha sentado.

También Jesús está absorto, pensativo, triste, a pesar de que se esfuerce en sonreír. María estudia ansiosa la expresión de su Hijo. ¡Pobre Mamá, que por la gracia y por el amor comprende qué momento es éste! Contracciones de dolor recorren el rostro de María, sus ojos se dilatan por una interna visión de agudo dolor. Pero no crea un drama. Su porte es majestuoso, como el del Hijo.

Él la saluda, se acoge a sus oraciones, le habla:
-Mamá, he venido para tomar de ti fuerza y consuelo. Soy como un niño pequeño, Mamá, que tiene necesidad del corazón de su madre para su dolor y del pecho de su madre para sacar fuerzas. Soy de nuevo, en estos momentos, tu pequeño Jesús de hace años.

No soy el Maestro, Mamá. Soy sólo el Hijo tuyo, como en Nazaret cuando era pequeño, como en Nazaret antes de dejar la vida oculta. A ti sola te tengo. Los hombres, en este momento, no son amigos leales de tu Jesús. No son ni siquiera valientes en el bien.

Sólo los malvados saben ser constantes y fuertes en obrar el mal. Pero tú me eres fiel y eres mi fuerza, Mamá, en estos momentos. Sostenme con tu amor y tu oración. De entre los que en mayor o menor grado me aman, eres la única que sabes orar en estos momentos; orar y comprender.

Los otros tienen sentimiento de celebración y están absortos en pensamientos celebrativos o en pensamientos delictivos, mientras Yo sufro por muchas cosas. Muchas cosas morirán después de estos momentos; entre ellas, su humanidad; y sabrán ser dignos de mí, todos menos el que se ha perdido (y ninguna fuerza sirve para llevarlo, al menos, al arrepentimiento).

Pero, por ahora, son todavía hombres tardos que no sienten mi muerte y exultan creyendo más cercano que nunca mi triunfo. Las aclamaciones de hace pocos días los han puesto ebrios. Mamá, he venido para esta hora y, sobrenaturalmente, con alegría la veo llegar. Pero mi Yo también la teme, porque este cáliz tiene por nombre "traición", "renegamiento", "crueldad", "blasfemia", "abandono".

Infúndeme fuerzas, Mamá. De la misma manera que con tu oración atrajiste a ti al Espíritu de Dios y diste por Él al mundo a Aquel al que esperaban las gentes, atrae ahora para tu Hijo la fuerza que le ayude a cumplir la obra para la que ha venido. Mamá, adiós. Bendíceme, Mamá; también por el Padre. Y perdona a todos.

Perdonemos juntos, perdonemos desde ahora a quienes nos torturan.

Jesús ha pasado a arrodillarse y habla a los pies de su Madre mientras la mira abrazado a su cintura.

María llora, sin gemidos, levemente alzada la cara por una interna oración a Dios. Las lágrimas ruedan por las mejillas pálidas y caen en su regazo y en la cabeza de Jesús (que la ha apoyado en el corazón de María).

Luego Ella pone su mano sobre la cabeza de Jesús como para bendecirlo, luego se inclina, lo besa en el pelo, le acaricia los cabellos, le acaricia los hombros, los brazos, toma su cara entre las manos y la vuelve hacia Ella, la aprieta contra su corazón.

Besa una vez más, entre lágrimas, en la frente, en las mejillas, en los ojos dolientes, esa cabeza, acuna esa pobre cabeza cansada; como si fuera un niño; como la vi acunar en la Gruta al recién nacido divino. Pero ahora no canta. Dice solamente: « ¡Hijo! ¡Hijo! ¡Jesús! ¡Jesús mío!». Pero lo dice con una voz tal, que me desgarra el corazón.

Luego Jesús se alza. Se coloca el manto, se queda en pie frente a su Madre, que sigue llorando, y, a su vez, la bendice. Luego se dirige hacia la puerta. Antes de salir le dice:

-Mamá, vendré una vez más, antes de ofrecer mi Pascua. Ora esperándome.

Y sale.

Categorías