por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús sale de la casa de Zaqueo. La mañana está ya avanzada. Acompañan a Jesús Zaqueo, Pedro y Santiago de Alfeo. Los otros apóstoles quizás ya se han diseminado por los campos para anunciar que el Maestro está en la ciudad.
Detrás del grupo de Jesús con Zaqueo y los apóstoles, hay otro grupo, muy… variado en fisionomías, edades e indumentos. No es difícil afirmar que estos hombres pertenecen a razas distintas, quizás incluso antagonistas entre sí. Pero los hechos de la vida los han traído a esta ciudad palestina, y los han reunido para que desde sus profundidades se remontaran hacia la luz.
La mayoría son caras ajadas, propias de quien ha usado y abusado de la vida de distintas maneras; la mayoría, ojos cansados. Hay miradas a las que la larga costumbre de ejercer el… hurto fiscal o una autoridad brutal ha hecho rapaces o duras, y de vez en cuando esta antigua mirada emerge de tras un velo humilde y pensativo puesto por la nueva vida. Esto sucede especialmente cuando alguno de Jericó los mira con desprecio o farfulla alguna insolencia a cuenta de ellos. Luego la mirada vuelve a ser cansada, humilde, y las cabezas se agachan humilladas.
Jesús se vuelve dos veces a observarlos y, viéndolos retrasados y que van aminorando el paso a medida que se acercan al lugar elegido para hablar, ya lleno de gente, aminora el suyo para esperarlos y… les dice:
-Pasad delante de mí y no temáis. Desafiabais al mundo cando hacíais el mal; no debéis temerlo ahora que os habéis despojado de él. Lo que usasteis, entonces, para domeñarlo -la indiferencia ante el juicio del mundo, única arma para que se canse de juzgar-usadlo también ahora, y él se cansará de ocuparse de vosotros, y os absorberá, aunque lentamente, y os anulará en medio de la gran masa anónima que es este mísero mundo, al cual, en verdad, se da demasiado peso.
Los hombres -son quince-obedecen y pasan adelante.
-Maestro, allí están los enfermos del campo -dice Santiago de Zebedeo yendo hacia Jesús y señalando hacia un rincón templado de sol.
-Voy. ¿Los otros dónde están?
-Entre la gente. Pero ya te han visto y están viniendo. Con ellos están también Salomón, José de Emaús, Juan de Éfeso, Felipe de Arbela. Van a la casa de este último y vienen de Joppe, Lida y Modín. Traen con ellos hombres de la costa del mar y mujeres. Es más, te buscaban, porque hay desacuerdo entre ellos en el juicio acerca de una mujer. Pero hablarán contigo…
Efectivamente, Jesús pronto se ve rodeado por los otros discípulos y saludado con veneración. Detrás de ellos están los que han sido recientemente atraídos por la doctrina de Jesús. Pero no está Juan de Éfeso, y Jesús pregunta el motivo de su ausencia.
-Se ha quedado en una casa lejana de la gente, con una mujer y los padres de ella. La mujer no se sabe si está endemoniada o es profetisa. Dice cosas increíbles, según refieren los de su pueblo. Pero los escribas que la han escuchado la han juzgado poseída. Los padres han llamado varias veces a los exorcistas, pero ellos no han podido expulsar a este demonio con palabra que la tiene aferrada.
Ahora bien, uno de ellos le dijo al padre de la mujer (es una viuda virgen que se ha quedado en la familia): "Para tu hija se necesita el Mesías Jesús. Él comprenderá sus palabras y sabrá de dónde vienen. He intentado imponerle al espíritu que habla en ella que se marchara en nombre de Jesús, llamado el Cristo. Siempre que he usado este Nombre los espíritus tenebrosos han huido. Esta vez, no.
Por eso digo que o es el propio Belcebú el que habla y logra resistir incluso a ese Nombre pronunciado por mí, o es el propio Espíritu de Dios y por tanto, no teme, siendo así que es una cosa sola con el Cristo. Yo estoy convencido más de esto que de lo primero. Pero para estar seguros sólo el Cristo puede juzgarlo. Él conocerá las palabras y su origen".
Y fue ultrajado por los escribas presentes, que dijeron que estaba poseído como la mujer y como Tú. Perdona si tenemos que decir esto… Y algunos escribas ya no se han separado de nosotros, y están de guardia vigilando a la mujer porque quieren establecer si puede ser avisada de tu llegada.
Porque ella dice que conoce tu cara y tu voz, y entre miles te reconocería, cuando en realidad está probado que nunca ha salido de su pueblo, es más: de su casa, desde que, hace quince años, se le murió el esposo en la vigilia de la fiesta nupcial; y también está probado que nunca has pasado Tú por su pueblo, que es Betlequi. Y los escribas esperan esta última prueba para dejar sentado que está endemoniada. ¿Quieres verla ahora enseguida?
-No. Tengo que hablar a la gente. Y aquí, entre las turbas, sería demasiado alborotador el encuentro. Ve a decir a Juan de Éfeso y a los padres de la mujer, y también a los escribas, que los espero a todos al principio del ocaso en los bosques que están a lo largo del río, en el sendero del vado. ¡Anda, ve!
Y Jesús, despedido Salomón, que ha hablado por todos, se dirige hacia los enfermos que piden curación, y los cura. Son: una mujer anciana anquilosada por la artritis, un paralítico, un jovencito deficiente mental, una niña que yo diría que estaba tísica, y dos enfermos de los ojos. La gente lanza sus vibrantes gritos de alegría.
Pero no ha acabado todavía la serie de los enfermos. Una madre se acerca, desfigurada por el dolor, sujetada por dos amigas o parientes, se arrodilla y dice:
-Mi hijo está muriendo. No se le puede traer aquí… ¡Piedad de mí!
-¿Puedes creer sin medida?
-¡Todo, oh mi Señor!
-Entonces vuelve a tu casa.
-¿A mi casa?… ¿Sin ti?…
La mujer lo mira un momento angustiada, luego comprende.
El pobre rostro se transfigura. Grita:
-Voy, Señor. ¡Bendito seáis Tú y el Altísimo que te ha enviado!
Se marcha rauda, más ágil que sus mismas compañeras…
Jesús se vuelve hacia uno de Jericó, un vecino de noble aspecto.
-¿Esa mujer es hebrea?
-No. Al menos de nacimiento no. Viene de Mileto. De todas formas, está casada con uno de nosotros, y desde entonces está en nuestra fe.
-Ha sabido creer mejor que muchos hebreos -observa Jesús.
Luego, subiendo al alto escalón de una casa, hace el gesto habitual -abrir los brazos-que precede a su discurso y que sirve para imponer silencio. Habiéndolo obtenido, recoge los pliegues del manto, que se ha abierto en el pecho al hacer el gesto, y lo sujeta con la izquierda Mientras baja la derecha con el gesto propio de quien jura, y dice:
-Escuchad, vecinos de Jericó, las parábolas del Señor; luego, que cada uno las medite en su corazón y saque de ellas la lección para nutrir su espíritu. Podéis hacerlo porque conocéis la Palabra de Dios no desde ayer, ni desde la pasada Luna, ni siquiera desde el pasado invierno.
Antes de que Yo fuera el Maestro, Juan, mi Precursor, os había preparado para mi llegada; después de llegar Yo, mis discípulos han arado este suelo muchas veces, para sembrar en él todas aquellas semillas que les había dado. Así pues, podéis comprender la palabra y la parábola.
-¿A qué compararé Yo a los que después de haber sido pecadores se convierten? Los compararé a enfermos que se curan. ¿A qué compararé a los otros, a aquellos que no han pecado públicamente, o a aquellos -más raros que perlas negrasque no han incurrido nunca, ni siquiera secretamente, en culpas graves? Los compararé a personas sanas. El mundo está compuesto de estas dos categorías.
Tanto en el espíritu como en la carne y en la sangre. Pero, si las comparaciones son iguales, distinta es la manera de tratar que usa el mundo con los enfermos curados que eran enfermos de la carne, de la que usa con los pecadores convertidos, o sea, con los enfermos del espíritu que recuperan la salud.
Vemos que, incluso, cuando un leproso -que es el enfermo más peligroso, y más aislado por ser peligroso-obtiene la gracia de la curación, es admitido de nuevo a la colectividad de las gentes, después de haber sido observado por el sacerdote y purificado. Es más, los de su ciudad lo festejan porque está curado, porque ha resucitado para la vida, para la familia, para los negocios. ¡Gran fiesta en la familia y en la ciudad cuando uno que era leproso logra obtener esta gracia y curarse! Rivalizan entre los familiares y convecinos para llevarle esto o aquello, y, sí está solo y sin casa o muebles, rivalizan para ofrecerle techo o mobiliario, y todos dicen:
"Dios tiene preferencia por él. Su dedo lo ha curado. Honrémosle, pues, y honraremos al que lo ha creado y recreado". Es justo actuar así. Y, al contrario, cuando, desafortunadamente, uno manifiesta los primeros síntomas de lepra. ¡con qué amor angustioso parientes y amigos lo colman de ternura, mientras les es posible hacerlo, como para darle -todo en una sola vez-el tesoro de afectos que le habrían dado en muchos años, para que se lo lleve consigo a su sepulcro de vivo!
Pero ¿por qué, entonces, para los otros enfermos no se actúa así' Si un hombre empieza a pecar y los familiares y, sobre todo, los convecinos, lo ven, ¿por qué no tratan de apartarlo del pecado con amor? Una madre, un padre, una esposa, una hermana, todavía lo hacen. Pero, que lo hagan los hermanos, es ya difícil; y no digo ya que lo hagan los hijos del hermano del padre o de la madre. En fin, los convecinos, no saben hacer otra cosa que criticar, hacer mofa, insultar, escandalizarse, exagerar los pecados del pecador, señalárselos con el dedo unos a otros, tenerlo, los más justos, lejos como a un leproso y hacerse cómplices suyos, para gozar a sus espaldas, los que justos no son. Pero sólo raramente hay una boca y, sobre todo, un corazón que vaya donde el infeliz, con piedad y firmeza, con paciencia y amor sobrenatural, y, con ahínco, trate de frenar el progresivo descenso en el pecado.
¿Pero es que no es, acaso, más grave, verdaderamente grave y mortal la enfermedad del espíritu? ¿No priva, y además para siempre, del Reino de Dios? ¡La primera caridad hacia Dios y hacia el prójimo no debe ser, acaso, este trabajo de curar a un pecador por el bien de su alma y la gloria de Dios?
Y, cuando un pecador se convierte, ¿por qué ese juicio obstinado sobre él, ese casi deplorar el que haya vuelto a la salud espiritual? ¿Veis desmentidos vuestros pronósticos de segura condenación de un convecino vuestro? Deberíais, más bien, alegraros de ello, dado que quien os desmiente es Dios misericordioso, que os da una medida de su bondad para infundiros ánimo ante vuestras culpas más o menos graves.
¿Y por qué esa persistencia en querer ver sucio, despreciable, digno de vivir aislado, aquello que Dios y la buena voluntad de un corazón han hecho limpio, admirable, digno de la estima de los hermanos; es más, digno de su admiración?
¡Pero bien que exultáís si simplemente un buey o un asno vuestros o un camello o la oveja del rebaño o la paloma preferida se curan de una enfermedad! ¡Bien que exultáis si uno ajeno a vosotros, al que apenas recordáis por el nombre, por haberlo oído durante el tiempo en que fue aislado como leproso, vuelve curado!
¿Y por qué, entonces, no exultáis por estas curaciones espirituales, por estas victorias de Dios? El Cielo exulta cuando un pecador se convierte. El Cielo: Dios, los ángeles purísimos, que no saben qué es pecar. Y vosotros, vosotros hombres, ¿queréis ser más intransigentes que Dios?
Haced, haced justo vuestro corazón, y reconoced que el Señor está presente no sólo entre las nubes de incienso y los cantos del Templo, en el lugar donde solamente la santidad del Señor, en el Sumo Sacerdote, debe entrar, y debería ser santa como su nombre indica. Reconoced esta presencia también en el prodigio de estos espíritus resucitados, de estos altares reconsagrados, a los cuales el Amor de Dios desciende con sus fuegos para encender el holocausto.
La madre de antes interrumpe a Jesús. Con sus gritos de bendición quiere adorarlo. Jesús la escucha, la bendice, le dice que vaya de nuevo a casa, y reanuda el discurso interrumpido.
Y si de un pecador que antes os había dado espectáculo de escándalo recibís ahora espectáculos de edificación, no resolváis burlaros, sino imitar. Porque ninguno es nunca tan perfecto que sea imposible que otro le enseñe. Y el Bien es siempre lección que debe ser cogida, aunque el que lo practique, en el pasado, haya sido objeto de reprobación. Imitad y ayudad. Porque haciéndolo así glorificaréis al Señor y demostraréis que habéis comprendido a su Verbo.
No resolváis ser como aquellos que dentro de su corazón criticáis porque sus acciones no están de acuerdo con sus palabras. Haced, más bien, que todas vuestras buenas acciones sean la coronación de todas vuestras buenas palabras. Y entonces verdaderamente el Eterno os mirará y escuchará benévolamente.
Oíd esta parábola para que comprendáis cuáles son las cosas que tienen valor ante los ojos de Dios. La parábola os enseñará a corregir en vosotros un pensamiento no bueno que hay en muchos corazones. La mayoría de los hombres se juzgan por sí mismos, y, dado que sólo uno de cada mil es verdaderamente humilde, sucede que el hombre se juzga perfecto, sólo él perfecto, mientras que en el prójimo nota multitud de pecados.
Un día dos hombres que habían ido a Jerusalén para unos asuntos subieron al Templo, como es conforme a todo buen israelita cada vez que pone pie en la Ciudad Santa. Uno era un fariseo; el otro, un publicano. El primero había venido para cobrar el arriendo de algunos almacenes y para hacer las cuentas con sus administradores, que vivían en las cercanías de la ciudad. El otro, para imponer los impuestos recaudados y para invocar piedad en nombre de una viuda que no podía pagar lo que había sido tasado por la barca y las redes, porque la pesca -pescaba el hijo mayor-le era apenas suficiente para dar de comer a sus muchos otros hijos.
El fariseo, antes de subir al Templo, había ido a ver a los arrendatarios de los almacenes. Habiendo dado una ojeada a éstos y habiendo visto que estaban llenos de productos y de compradores, se había complacido en sí mismo y luego había llamado a uno de los arrendatarios de un lugar y le había dicho:
-Veo que tus compraventas van bien.
-Sí, por gracia de Dios. Estoy contento de mi trabajo. He podido aumentar las mercancías y espero aumentarlas aún más. He mejorado el lugar, y el año que viene no tendré los gastos de mostradores y estanterías y por tanto, ganaré más".
-¡Bien! ¡Bien! ¡Me alegro! ¿Cuánto pagas tú por este lugar?
-Cien didracmas al mes. Es caro, pero la ubicación es buena…
-Tú lo has dicho. La ubicación es buena. Por tanto, te doblo el arriendo.
-¡Pero señor! -exclamó el comerciante -¡De esta manera me quitas todas las ganancias!
-Es justo. ¿Acaso tengo que enriquecerte a ti? ¿Con lo mío? Enseguida. O me das dos mil cuatrocientos didracmas, inmediatamente, o te echo y me quedo con la mercancía. El lugar es mío y hago de él lo que quiero.
Esto hizo con el primero, y lo mismo con el segundo y el tercero de sus arrendatarios, doblando a cada uno de ellos el precio, sordo a todas las súplicas. Y porque el tercero, cargado de hijos, quiso oponer resistencia, llamó a la guardia, hizo poner los sigilos de incautación y echó afuera al desdichado.
Luego, en su palacio, examinó los registros de los administradores y encontró el modo de castigarlos por negligentes y se incautó de la parte con la que, con derecho, se habían quedado.
Uno tenía un hijo moribundo y por la gran cantidad de gastos había vendido una parte de su aceite para pagar las medicinas. No tenía, pues, qué dar al detestable amo.
-Ten piedad de mí, señor. Mi pobre hijo está para morir. Luego haré trabajos extraordinarios para resarcirte de lo que te parece justo. Pero ahora, tú mismo puedes comprenderlo, no puedo.
-¿Que no puedes? Te voy a mostrar si puedes o no puedes.
-Y, yendo con el pobre administrador a la almazara, lo privó incluso del resto de aceite que el hombre se había reservado para la mísera comida y para alimentar la lámpara que le permitía velar a su hijo durante la noche.
El publicano, por su parte, habiendo ido a su superior y habiendo entregado los impuestos recaudados, recibió esta respuesta:
-¡Pero aquí faltan trescientos setenta ases! ¿Cómo es eso?
-Bien, ahora te lo explico. En la ciudad hay una viuda con siete hijos. Sólo el primero está en edad de trabajar.
Pero no puede alejarse de la orilla con la barca, porque sus brazos son débiles todavía para el remo y la vela, y no puede pagar a un mozo de barca. Estando cerca de la orilla, pesca poco, y el pescado apenas es suficiente para matar el hambre de aquellas ocho infelices personas. No he tenido corazón para exigir el impuesto.
-Comprendo. Pero la ley es ley. ¡Ay si se viniera a saber que la ley es compasiva! Todos encontrarían razones para no pagar. Que el jovencito cambie de oficio y venda la barca, si no pueden pagar.
-Es su pan futuro… y es el recuerdo del padre.
-Comprendo. Pero no se puede transigir.
-De acuerdo, pero no puedo pensar en ocho infelices privados de su único bien. Pago yo los trescientos setenta ases.
Hechas estas cosas, los dos subieron al Templo. Pasando junto al gazofilacio, el fariseo, ostentosamente, sacó de su pecho una voluminosa bolsa y la sacudió en el Tesoro, hasta la última moneda. En esa bolsa estaban las monedas tomadas de más a los comerciantes y lo que había sacado del aceite arrebatado al administrador y vendido inmediatamente a un mercader.
El publicano, por el contrario, separó lo que necesitaba para regresar a su lugar y echó un puñadito de monedas. El uno y el otro dieron, por tanto, cuanto tenían. Es más, aparentemente, el más generoso fue el fariseo, porque dio hasta la ultima moneda que llevaba consigo. Pero hay que pensar que en su palacio tenía otras monedas y créditos abiertos con ricos cambistas.
Luego fueron ante el Señor. El fariseo, delante del todo, junto al límite del atrio de los hebreos, hacia el Santo; el publicano se quedó en el fondo, casi debajo de la bóveda que llevaba al patio de las Mujeres, y tenía agachada la cabeza, aplastado por el pensamiento de su miseria respecto a la Perfección divina. Y oraban los dos.
El fariseo, bien erguido, casi insolente, como si fuera el amo del lugar y fuera él el que se dignara agasajar a un visitante, decía:
-Ve que he venido a venerarte en esta Casa que es nuestra gloria. He venido a pesar de sentir que estás en mí, porque soy justo. Sé que lo soy. De todas formas, y aun sabiendo que lo soy sólo por mérito mío, te doy las gracias, como está estipulado por la ley, por lo que soy.
Yo no soy codicioso, injusto, adúltero, pecador como ese publicano que ha echado al mismo tiempo que yo un puñadito de monedas en el Tesoro. Yo, Tú lo has visto, te he dado todo lo que llevaba conmigo. Ese avaro, sin embargo, ha hecho dos partes y a ti te ha dado la menor. La otra, seguro, la guardará para juergas y mujeres. Pero yo soy puro. Yo no me contamino. Yo soy puro y justo, ayuno dos veces a la semana, pago los diezmos de cuanto poseo. Sí, soy un hombre puro, justo y bendito, porque soy santo. Recuerda esto, Señor.
El publicano, desde su lejano rincón, sin atreverse a levantar la mirada hacia las preciosas puertas del hecol y, dándose golpes de pecho, oraba así:
-Señor, no soy digno de estar en este lugar. Pero Tú eres justo y santo, y me lo concedes una vez más porque sabes que el hombre es pecador y que si no se acerca a ti se transforma en un demonio.
¡Oh, mi Señor! Yo quisiera honrarte noche y día y tengo que ser esclavo de mi trabajo durante muchas horas, un trabajo rudo que me deprime, porque produce dolor a mi prójimo, que es más infeliz que yo. Pero tengo que obedecer a mis superiores, porque es mi pan.
Haz, Dios mío, que sepa dulcificar el deber hacia mis superiores con la caridad hacia mis pobres hermanos, para que en mi trabajo no encuentre mi condena. Todos los trabajos son santos, si se ejercen con caridad. Ten tu caridad siempre presente en mi corazón para que yo, miserable como soy, sepa compadecerme de los que están sujetos a mí, como Tú te compadeces de mí, gran pecador.
Habría querido honrarte más, Señor. Tú lo sabes. Pero he pensado que apartar el dinero destinado al Templo para aliviar ocho corazones infelices fuera mejor que echarlo en el gazofilacio y luego hacer verter lágrimas de desolación a ocho inocentes infelices. Pero, si me he equivocado, házmelo comprender, oh Señor, y yo te daré hasta la última moneda, y volveré al pueblo a pie mendigando un pan. Hazme comprender tu justicia. Ten piedad de mí, Señor, porque soy un gran pecador.
Ésta es la parábola. En verdad, en verdad os digo que mientras que el fariseo salió del Templo con un nuevo pecado, añadido a los que había cometido antes de subir al Moria, el publicano salió de allí justificado, y la bendición de Dios lo acompañó a su casa y en ella permaneció. Porque él había sido humilde y misericordioso, y sus acciones habían sido aún más santas que sus palabras.
Por el contrario, el fariseo sólo de palabra y externamente era bueno, mientras que en su interior era como un diablo y hacía obras de diablo por soberbia y dureza de corazón, y Dios, por eso, lo aborrecía.
Quien se ensalza será, siempre, antes o después, humillado; si no aquí, en la otra vida. Y quien se humilla será ensalzado, especialmente arriba, en el Cielo, donde se ven las acciones de los hombres en su verdadera verdad.
Ven, Zaqueo. Venid los que estáis con él. Y vosotros, apóstoles y discípulos míos. Os seguiré hablando en privado.
Y, envolviéndose en su manto, vuelve a la casa de Zaqueo.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Hay gran expectación allí por la llegada de Jesús.
Numerosa gente espera en los campos cercanos a la ciudad, y en cuanto uno -que ha trepado a un alto nogal con la misión de observar-lanza el grito: « ¡Allí está el Cordero de Dios!», la gente se pone en pie y va presurosa hacia Jesús, que avanza entre las primeras nieblas crepusculares.
-¡Maestro! ¡Maestro! ¡Te esperamos desde hace mucho! ¡Nuestros enfermos! ¡Nuestros niños! ¡Tu bendición! Los viejos te esperan para morir en paz. Si nos bendices, Señor, quedaremos preservados de la desventura -hablan todos a la vez, mientras Jesús alza la mano con sucesivos gestos de bendición, y repite:
-¡Paz, paz, paz a todos vosotros!
Los apóstoles que están todavía con Él se ven alcanzados y arrollados par la muchedumbre, separados de Jesús -quien casi no puede andar-por las mismas personas que se quejan dulcemente de tanta espera.
El pobre Zaqueo lucha nerviosamente para llegar hasta Jesús para que lo oiga; para que, al menos, lo vea. Pero, siendo tan bajo como es, y ni muy ágil ni muy fuerte, se ve siempre rechazado por nuevas oleadas de gente, y su grito se pierde en el clamor; y en el jaleo de cabezas, de brazos, de indumentos que se agitan, se pierde su persona.
Inútilmente suplica, y alguna vez se enfada, para obtener un poco de piedad. La gente es siempre egoísta para lo que le gusta, y cruel con los más débiles. El pobre Zaqueo, agotado por los esfuerzos, convencido de la inutilidad de éstos, pierde la voluntad de luchar y se resigna mortificado.
En efecto, ¿cómo podrá conseguirlo, si por todas las calles sale más gente y cada calle parece un riachuelo que va a desembocar a un único río: el camino recorrido por Jesús? Y cada nuevo afluente, con una nueva oleada que hace cada vez más densa la muchedumbre -hasta el punto de que se hace peligroso encontrarse en medio-rechaza al pobre Zaqueo.
Judas Tadeo lo ve y trata de abrirse paso para sacarlo -en una de las calles-del rincón al que lo ha relegado y fijado la muchedumbre. Pero a su vez Judas de Alfeo es impelido por los que le empujan por detrás, y el intento fracasa. Tomás, haciendo arma de su robusta persona, empuja con los codos y grita con su vozarrón potente: «
¡Dejad paso!» con el mismo intento.
Pero… ¡ya, ya! La gente es un muro más sólido que la roca, y flexible como el caucho: se pliega pero no se rompe; ya no es un abrazo lo suyo: es una cadena indestructible. También Tomás se resigna.
Zaqueo pierde toda esperanza, porque Dídimo es el último de los apóstoles enganchados por el aluvión de gente, que, por fin, pasa. Ha pasado… Trozos de tela, mechones, orlas, horquillas de mujer, hebillas, quedan en el suelo como testimonio de su violencia. Hay incluso una sandalia pequeña, de niño, pisoteada… Parece esperar tristemente al piececito que la ha perdido… Zaqueo se pone en la cola, también él triste como ese calzado pequeño que la muchedumbre ha arrancado a su pequeño propietario.
A Jesús ya ni siquiera se le ve. Un esquina de la calle lo ha escondido para los ojos del pobre Zaqueo… Pero cuando -el último de la muchedumbre-llega a la plaza donde antes tenía su banco, ve que la gente se ha parado, gritando, orando, suplicando.
Y ve que Jesús, subido en la escalinata de una casa, hace con los brazos y con la cabeza gesto negativo. Y dice algo que, en medio del bramido de la muchedumbre, no se puede comprender. En fin, ve que Jesús, bajando, no sin dificultad, de su pedestal, reanuda el camino y tuerce, sí, tuerce justamente por la parte en donde se encuentra su casa. Entonces Zaqueo recupera todo el coraje. La gente es mucha, pero la plaza es amplia, y, por tanto, la masa de gente es menos compacta y puede ser… atravesada como un seto no muy tupido por una persona que tenga voluntad de hacerlo y no tenga miedo de herirse.
Y Zaqueo, transformado en cuña, en catapulta, en ariete, arremete, choca, penetra, distribuye y recibe puñetazos en la cara y codazos en el estómago y patadas en las espinillas, pero se abre paso, avanza… Ya está en el lado opuesto, donde… el ensanchamiento termina, y de nuevo se encuentra delante del muro impenetrable. Pocos pasos lo separan de Jesús, que ya está parado junto a su casa. Pero si lo separaran desiertos y ríos podría tener más esperanza en lograr llegar a Él. Se inquieta, vocea, impone:
-¡Tengo que ir a mi casa! ¡Dejadme pasar! ¿No veis que Él quiere ir a mi casa?
¿Cómo se le habrá ocurrido decirlo? Ello enciende de nuevo a la muchedumbre, en su deseo de tener en otras casas al Maestro. Quién se ríe burlándose del pobre Zaqueo, quién le responde con malos modales. No hay uno sólo que tenga piedad.
Al contrario, se ponen a gritar y a moverse para que el Maestro ni oiga ni vea a Zaqueo. Y algunos gritan:
-¡Hasta demasiado has recibido de Él, viejo pecador!
Creo que en tanta malevolencia está presente el recuerdo de las pasadas exacciones y vejaciones… El hombre, incluso el más dispuesto a lo sobrenatural, conserva casi siempre un rinconcito en que está vivo el amor por su peculio y donde, aún más vivo, está el recuerdo de quien perjudicó a este peculio…
Pero la hora de la prueba para Zaqueo ha pasado, y Jesús lo premia por su constancia. Grita Jesús con toda la fuerza de su voz:
-¡Zaqueo! ¡Ven a mí! ¡Dejadlo pasar, que quiero entrar en su casa!
Es inevitable obedecer. La gente se comprime para abrirse y Zaqueo pasa adelante, rojo por el esfuerzo, rojo de alegría, tratando de poner en orden sus cabellos despeinados, la túnica desabotonada, el cinturón que ahora tiene las borlas en los riñones en vez de por delante.
Busca el manto… ¿Quién sabe dónde estará el manto?… No importa.
Ya está delante de Jesús, semiencorvado como acto de deferencia hacia Él. No puede hacer más, porque tiene el mínimo espacio para inclinarse un poco.
-Paz a ti, Zaqueo. Ven, pues, que quiero darte el beso de paz Bien lo has merecido -dice Jesús, sonriendo con una sonrisa verdaderamente alegre, juvenil, que, efectivamente, le hace aparecer rejuvenecido.
-¡Oh, sí, Señor. Bien lo he merecido! ¡Qué difícil es llegar a ti, Señor! -dice Zaqueo alzándose lo más que puede para ponerse al nivel de Jesús, que se inclina para besarlo. Y alzándose pone a la vista una cara sangrante por un arañazo en la mejilla derecha, y lívido un ojo por algún codazo sufrido en la órbita.
Jesús lo besa y dice:
-Pero mi premio a ti no es por esta fatiga, sino por las otras, para muchos secretas, pero que Yo conozco. Sí, es verdad. Llegar a mí es difícil, y no es la muchedumbre el único obstáculo, ni es el obstáculo más difícil que uno encuentra. Pero, ¡oh pueblo que casi me has paseado como triunfador!, el obstáculo más difícil, el más hecho, y que vuelve a rehacerse después de haber intentado romperlo o superarlo, es el propio yo.
Yo parecía que no veía, pero he visto todo. Y he valorado todo. ¿Y qué he visto? He visto a un pecador convertido, a un hombre que era duro de corazón, que era amante de las comodidades, soberbio, vanidoso, lujurioso y avaro.
Y lo he visto despojarse de su yo viejo, incluso en las cosas menores, cambiar en sus modos y apegos como para venir donde su Salvador, luchar y suplicar humildemente-y lo he visto recibir pullas y reproches pacientemente, y sufrir en su cuerpo por los empujones de la muchedumbre, y en su corazón por verse relegado a la cola, sin poder recoger ni siquiera una mirada mía. Y he visto otras cosas en él; cosas que también vosotros conocéis, pero que no queréis tener en cuenta, a pesar de que os hayan producido alivio.
Diréis: "¿Y cómo lo conoces, Tú que no vives con nosotros?". Os respondo: de la misma forma que leo en el corazón de los hombres, no ignoro las acciones de los hombres, y sé ser justo y premiar en proporción al camino recorrido para llegar a mí, a los esfuerzos realizados para desplantar de la agreste selva que cubría al espíritu todo aquello que no fuera el árbol vital, y fertilizar al espíritu y ponerlo como rey en el yo, y rodearlo de árboles de virtudes para que recibiera honor, y velar para que ningún animal -las distintas pasiones malas-inmundo, porque repta, por su avidez de corrupción, o lascivo u ocioso, anidara en este bosque, sino que el espíritu vuestro espíritu-estuviera habitado sólo por lo que es bueno y capaz de alabar al Señor, o sea, por los afectos sobrenaturales: aves cantoras y mansos corderos, dispuestos a ser sacrificados, dispuestos a la perfecta alabanza por amor a Dios.
Y, de la misma forma que no he ignorado las obras de Zaqueo, sus pensamientos, sus fatigas, tampoco he ignorado que en muchos de esta ciudad, muchos que me han aclamado, hay más un amor sensible que espiritual. Si me amarais con justicia, habríais sido compasivos con vuestro convecino; no lo habríais mortificado recordándole el pasado. Ese pasado que él ha borrado y que Dios no recuerda. Porque el perdón concedido ya no se toca. A menos que el hombre vuelva a pecar. Pero se le juzga de nuevo por el pecado nuevo, no por el que fue perdonado.
Ahora Yo -y esto os lo doy como compañía en las meditaciones de la noche-os digo que el amarme de verdad no consiste en aclamarme, sino en hacer lo que Yo hago y enseño, en practicar el amor recíproco, en ser humildes y misericordiosos, recordando que un único barro os ha formado respecto a la parte material, y que el barro siempre tiende al pantano y que, por tanto, si hasta ahora lo que en vosotros es fuerza -el espíritu-que os ha tenido suspendidos por encima del pantano, no ha conocido nunca derrotas y ello es imposible, porque el hombre es pecador y sólo Dios carece de pecado, mañana vuestro espíritu podría conocerlas, y en número y alcance aún mayores que las del antiguo pecador que ha renacido a la Gracia, que ha sido rejuvenecido por ella y renovado, como un niño nacido poco antes, y que tiene a favor de él esa humildad que le viene del recuerdo de haber sido pecador, y la enardecida voluntad de hacer, en el resto de la vida, tanto bien como sea requerido para llenar una vida longeva y enteramente consagrada al bien, hasta el punto de reparar, con medida llena y rebosante, todo el mal que haya podido hacer.
Mañana os voy a hablar. Por ahora, en este atardecer, he terminado. Id, llevando en vosotros esta advertencia mía, y bendecid a Dios, que os manda al Médico que extirpa vuestras sensualidades celadas bajo un velo de santidad espiritual, como enfermedades escondidas que roen la vida bajo un velo de salud aparente… Ven, Zaqueo.
-Sí, mi Señor. Tengo sólo un anciano doméstico. Yo mismo abro la puerta, y con ella mi corazón lleno de emoción por tu infinita bondad.
Y, abierta la cancilla, invita a Jesús y a los apóstoles a entrar. Guía a Jesús hacia la casa, a través del jardín, que ahora es huerto… La casa también está despojada de todas las cosas superfluas. Zaqueo enciende una lámpara y llama al doméstico.
-Mira, el Maestro está aquí. Duerme aquí con los suyos y cena aquí. ¿Has preparado las cosas como te dije?
-Sí, todo está preparado, menos las verduras, que voy a echar ahora en el agua hirviendo.
-Entonces cámbiate de vestido y ve a decir a los que tú sabes que Él está aquí, que vengan.
-Voy, señor. ¡Bendito seas, Maestro, que me das la ocasión de morir feliz!
Se marcha.
-Servía ya a mi padre y se ha quedado en mi casa. De todos los demás he prescindido. Pero a él lo estimo. Ha sido la voz que no callaba nunca cuando pecaba. Y yo, por eso, lo maltrataba. Ahora, después de ti, es al que más quiero… Venid, amigos. Allí hay fuego y todo lo que puede aliviar a los cuerpos cansados y helados. Tú, Maestro, en mi misma habitación… -y lo guía hacia un cuarto que está en el fondo del pasillo.
Entra, cierra la puerta, echa agua humeante en un barreño, descalza a Jesús, le sirve. Antes de calzarle las sandalias, besa un pie desnudo y se lo pone encima del cuello y dice:
-¡Así! ¡Para que aplastes los residuos del viejo Zaqueo!
Se levanta. Mira a Jesús con una sonrisa que le tiembla en los labios, una sonrisa humilde, hecha un poco de llanto. Con un gesto señala todo el cuarto, diciendo:
-Aquí dentro he pecado mucho. Pero he cambiado todo, para que lo que tenía ese sabor ya no estuviera presente en mí… Los recuerdos… Yo soy débil… He dejado que viviera entre estas paredes desnudas, en este lecho duro, sólo el recuerdo de la conversión… Lo demás… Lo he vendido, porque me había quedado sin dinero y quería hacer el bien. Siéntate, Maestro…
Jesús se sienta en un asiento de madera y Zaqueo se pone en el suelo, a sus pies, medio sentado, medio arrodillado. Sigue hablando:
-No sé si he hecho bien; si aprobarás lo que he hecho. Quizás he empezado por donde tenía que terminar. Pero ellos también existen. Y sólo un viejo publicano puede no sentir rechazo hacia ellos en Israel. No. Lo he dicho mal.
No sólo un viejo publicano. Tampoco Tú. Es más, eres Tú el que me ha enseñado a amarlos verdaderamente. Antes eran mis cómplices en el vicio, pero no los quería. Ahora me opongo a ellos, pero los quiero. Tú y yo. El todo Santo, el pecador convertido.
Tú, porque no has pecado nunca y quieres darnos tu alegría, la de un Hombre sin culpa; yo, porque he pecado mucho, y sé lo dulce que es la paz que proviene de haber sido perdonado, redimido, renovado… La he deseado para ellos. Los he buscado. ¡Al principio ha sido duro! Quería hacerlos buenos a ellos y tenía que hacerme bueno yo mismo…
¡Qué fatiga! Vigilarme porque sentía que me vigilaban. La más mínima cosa habría bastado para que se alejaran… Y además… muchos pecaban por necesidad, por necesidad de oficio. He vendido todo para tener dinero para mantenerlos hasta que encontraran otros oficios menos fructíferos, más cansados, pero honestos. Y siempre hay alguno de ellos que viene, mitad curioso, mitad deseoso de ser un hombre y no sólo un animal. Y debo hospedarlos, hasta que se hacen mansos para el nuevo yugo. Muchos se han circuncidado. El primer paso hacia el verdadero Dios. Pero no lo impongo.
Tengo amplios los brazos para abrazar las miserias, yo que no puedo sentir asco de ellas. Quisiera también yo dar a éstos lo que Tú querrías dar a todos: la alegría de no tener ya remordimientos, dado que no podemos como Tú carecer de culpa. Ahora dime, mi Señor, si he sido demasiado osado.
-Has obrado bien, Zaqueo. Les das a ellos más de lo que esperas y de lo que piensas que Yo quiero dar a los hombres. No sólo la alegría del perdón, de no tener remordimientos, sino también la alegría de ser pronto ciudadanos de mi Reino celeste. No ignoraba estas obras tuyas. Observaba tu marcha por el arduo, pero glorioso, camino de la caridad; porque esto es caridad, y de la más genuina.
Has aprendido la palabra del Reino. Pocos la han comprendido, porque sobrevive en ellos la concepción antigua y la convicción de ser ya santos y doctos. Tú, eliminado de tu corazón el pasado, te has quedado vacío, y has podido, es más, has querido, meter dentro de ti las palabras nuevas, lo futuro, lo eterno. Sigue así, Zaqueo, y serás el exactor de tu Señor Jesús -concluye Jesús, sonriendo y poniendo su mano en la cabeza de Zaqueo.
-¿Estás conforme conmigo, Señor? ¿En todo?
En todo, Zaqueo. Se lo he dicho también a Nique, que me hablaba de ti. Nique te comprende. Es una mujer abierta a la piedad universal.
-Nique me ayudaba mucho. Pero ahora la veo sólo cada nueva luna… Hubiera querido seguirla. Pero Jericó es un lugar propicio para mi nuevo trabajo…
-No estará mucho tiempo en Jerusalén… Viajarías por nada. Nique volverá después aquí…
-¿Después?… ¿Cuándo, Señor?
-Cuando mi Reino haya sido proclamado.
-Tu Reino… Tengo miedo de ese momento. Los que ahora se dicen fieles tuyos, ¿sabrán serlo entonces? Porque, sin duda, habrá tumultos y luchas entre los que te aman y los que te odian… ¿Sabes, Señor, que tus enemigos pagan incluso a bandoleros, a la hez del pueblo, para tener partidarios preparados a crear alboroto para imponerse? Esto lo he sabido por uno de mis pobres hermanos… ¡Oh!
¿Entre quien roba legalmente, entre quien roba el honor y el que desvalija a un viandante, hay, acaso, mucha diferencia? Yo he robado también legalmente, hasta que Tú me salvaste, pero ni siquiera entonces habría secundado a los que te odian… Es un joven. Un ladrón. Sí. Un ladrón.
Una noche, que había ido hacia el Adomín a esperar a tres como yo, que venían de Efraím con ganado que había comprado a menos precio, lo encontré apostado en una hoz. Hablé con él… Nunca he tenido familia, pero creo que si hubiera tenido hijos les habría hablado de la misma manera para convencerlos de cambiar de vida. Me explicó cómo y por qué se hizo ladrón. Sí, ¡cuántas veces los verdaderos culpables son los que parece que no hacen nada malo!… Le dije:
"Deja de robar. Si tienes hambre, hay un pan también para ti. Te encontraré un trabajo honrado. Dado que todavía no te has hecho homicida, detente, sálvate". Y lo convencí.
Me dijo que se había quedado solo, porque los otros habían sido comprado con mucho dinero por los que te odian, y ahora están preparados para crear tumultos y para decirse tuyos y escandalizar al pueblo, escondidos en las grutas del Cedrón, en los sepulcros, hacia el Faselo en las cavernas del norte de la ciudad, entre las tumbas de los Reyes y de los Jueces, en todas partes… ¿Qué pretenden hacer, Señor?
-Josué pudo detener el Sol, pero ellos, a pesar de todos los medios, no podrán detener la voluntad de Díos.
-¡Tienen el dinero, Señor! El Templo es rico, y para ellos no es korbán el oro ofrecido al Templo, si les sirve para triunfar.
-No tienen nada. La fuerza es mía. Su edificio caerá como si fuera de hojas secadas por los vientos de otoño y colocadas en forma de castillo por un niño. No temas, Zaqueo. Tu Jesús será Jesús.
-¡Dios lo quiera, Señor!… Nos llaman. Vamos…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
La parte posterior de la casa de Simón de Tecua no es otra cosa sino una plaza, a la cual hacen de alas los lados de la casa, que es de forma de U. Digo plaza porque en los días de mercado, como el que veo yo, se abre por tres sitios el fuerte enrejado que la separa de una plaza pública más grande, y muchos vendedores invaden con sus puestos los pórticos que hay en los tres lados de la casa (comprendo ahora la utilidad… financiera de estos pórticos, porque Simón, como buen hebreo, pasa exigiendo de cada mercader el alquiler del lugar ocupado). Y Simón se lleva consigo al viejecito, vestido ahora decentemente, y a todos se lo presenta diciendo:
-De ahora en adelante le pagaréis a él la suma establecida.
Luego, recorridos ya todos los pórticos, dice a Elí-Ana:
-Éste es tu trabajo aquí; dentro, con la posada y los establos. No es difícil ni fatigoso, pero te demuestra cuánta estima te tengo. He echado, a uno después del otro, a tres que me ayudaban, porque no eran honestos. Pero tú me satisfaces. Y además te ha traído Él. Y el Maestro sabe conocer los corazones. Vamos donde Él ahora a decirle que, si quiere, la hora es buena para hablar.
Y se marcha, seguido por el viejecito…
La gente va llenando cada vez más la plaza, y el rumor también va aumentando.
Mujeres para las compras; mercaderes de ganado; compradores de bueyes para los arados o de otros animales; campesinos encorvados bajo el peso de cestos de fruta alabando sus mercancías; cuchilleros con todo lo que corta, bien expuesto encima de esteras, y que, con una bulla infernal, descargan las segures sobre leños para mostrar la consistencia de la hoja, o con un martillo golpean en hoces que tienen colgadas en caballetes para que se vea el perfecto temple de la hoja, o que levantan rejas de arado y con las dos manos las golpean contra la tierra, que se abre herida, para dar una prueba de la dureza de la reja, a la que ningún terreno se resiste; y los que trabajan el cobre -con ánforas y cubos, sartenes y lámparas-, que golpean en el metal sonoro, hasta aturdir, para que se vea que es macizo, o se desgañitan ofreciendo muchas lamparillas, de una o más llamas, para las próximas fiestas de Kisléu; y, dominando a todos, monótono y penetrante como lamento de lechuza nocturna, el grito de los mendigos esparcidos en los puntos estratégicos el mercado.
Jesús viene desde la casa, junto con Pedro y Santiago de Zebedeo. No veo a los otros. Pero pienso que estarán yendo por la ciudad anunciando al Maestro, porque veo que la gente lo reconoce en seguida, y muchos acuden, mientras el vocerío se hace menos intenso, y el ruido también. Jesús ordena dar limosna a algunos mendigos y se para a saludar a dos hombres, los cuales, seguidos de sus criados, habiendo acabado las compras, estaban para dejar el mercado.
Pero ahora se quedan también ellos para escuchar al Maestro. Y Jesús empieza a hablar, tomando el tema de lo que ve:
-Cada cosa a su tiempo, cada cosa en su lugar. No se realiza el mercado en sábado, ni se comercia en las sinagogas, y tampoco se trabaja por la noche, sino que más bien mientras es de día.
Sólo el pecador trafica en el día del Señor, o profana con negocios humanos los lugares destinados a la oración, o se da a la rapiña durante la noche cometiendo hurtos y delitos. Igualmente: el que comercia honestamente se esfuerza en probar a sus compradores la calidad de sus productos y la consistencia de sus instrumentos, y el que compra se marcha contento de la buena compra que ha hecho.
Pero si, por ejemplo, con mucha astucia, el vendedor lograra engañar al comprador, y el utensilio o el producto alimenticio le resultase a éste no bueno, inferior al precio pagado, ¿no recurriría el comprador a medidas de defensa, que irían desde un mínimo de no volver a comprar nunca donde ese vendedor, a un máximo de recurrir al juez para recuperar su dinero? Eso sucedería, y sería justo. Y, a pesar de esto, ¿no vemos en Israel al pueblo engañado por los que venden, como buenos, productos en malas condiciones, y que ese pueblo desacredita a quien da buenos productos, siendo éste el Justo del Señor? Sí, todos lo vemos.
Ayer noche muchos de vosotros vinieron a referir las artes de los malos vendedores, y Yo dije: "Dejadlos. Tened firmes vuestros corazones y Dios proveerá". ¿Estos que venden cosas no buenas, a quien ofenden?
¿A vosotros? ¿A mí? No. A Dios mismo. La culpabilidad no es tanto del engañado cuanto del que engaña. El pecado no ha sido cometido tanto contra el hombre cuanto contra Dios, al tratar de vender cosas no buenas para que el que tiene deseos de comprar vaya a las cosas buenas.
Yo no os digo: reaccionad, vengaos. No son palabras que puedan salir de mi boca. Sólo digo: escuchad el sonido verdadero de las palabras, observad bien, bajo la gran luz, las acciones de los que os hablen, saboread el primer sorbo o el primer bocado que os ofrezcan y, si oís un sonido áspero, si sus acciones tienen tenebroso aspecto, si el sabor que os queda en el corazón os turba, rechazad, como cosa no buena, aquello que os ofrecen. La sabiduría, la justicia, la caridad no son nunca ásperas ni turbadoras ni amantes de actuar en la sombra.
Sé que he sido precedido por discípulos míos, y ahora os dejo a dos apóstoles míos; además, ayer noche, con las acciones más que con las palabras, he testificado de dónde vengo y con qué misión. No hacen falta, pues, largos discursos para atraeros hacia mi camino. Pensad, y quered estar en él. Imitad a los que fundaron esta ciudad en los límites del árido desierto.
Pensad siempre que fuera de mi doctrina hay aridez de desierto, mientras que en mi doctrina están las fuentes de la Vida. Y, a pesar de todos los hechos que puedan acaecer, no os turbéis, no os escandalicéis. Recordad las palabras del Señor en Isaías (50, 2; 59, l).
Nunca será acortada mi mano ni se hará pequeña pa-favorecer a los que siguen mis caminos; de la misma forma que nunca será anulada la mano del Altísimo para castigar a aquellos que a mí -que vine y bien pocos encontré para acogerme, llamé y pocos respondieron-me ofenden y causan dolor. Porque, de la misma manera que quien me honra honra al Padre que me ha enviado, el que me desprecia desprecia a Aquel que me ha enviado. Y, por la ley antigua del talión, el que me repudia será repudiado.
Pero vosotros, que habéis acogido mi palabra, no temáis los oprobios de los hombres, ni os acongojéis por sus ultrajes, primero contra y luego contra vosotros porque me amáis. Yo, aunque parezca perseguido y vaya a parecer quebrantado, os consolaré y protegeré. No temáis, no temáis al hombre mortal, que hoy es y mañana no es sino un recuerdo y polvo. Temed al Señor, temed con un santo amor, no con miedo, temed no saberlo amar con medida proporcionada a su amor infinito. Yo no os digo: haced esto o aquello. Sabéis lo que debe hacerse. Os digo: amad. Amad a Dios y a su Cristo. Amad a vuestro prójimo como Yo os he enseñado. Y, si sabéis amar, todo lo haréis.
Yo os bendigo, habitantes de Tecua, ciudad situada en los lindes del desierto, pero oasis de paz para el perseguido Hijo del hombre, y que mi bendición permanezca en vuestros corazones y en vuestras casas, ahora y siempre.
-¡Quédate, Maestro! Quédate con nosotros. ¡El desierto fue siempre bueno para los santos de Israel!
-No puedo. Tengo a otros que me esperan. Vosotros estáis en mí, Yo en vosotros, porque nos queremos.
Jesús, con dificultad, pasa a través de la gente, que le sigue, olvidada de comprar o vender y de todas las demás cosas. Enfermos curados que todavía lo bendicen, corazones consolados que le dan las gracias, mendigos que lo saludan: «Maná vivo de Dios»…
El viejecito está pegado a Él; así hasta el extremo de la ciudad. Y sólo cuando Jesús bendice a Mateo y a Felipe, que se quedan en Tecua, se decide a dejar a su Salvador, y lo hace con besos en los pies desnudos del Maestro, y con llanto y palabras de agradecimiento.
-Levántate, Elí-Ana, y ven, que quiero besarte. Un beso de hijo a padre, y que ello te compense todo. Te aplico las palabras del profeta: "Tú que lloras no llorarás más, porque el Misericordioso ha tenido piedad de ti". El Señor te dará pan racionado y poca agua. Más no he podido hacer. Si a ti te ha expulsado de tu casa uno, a mí me expulsan todos los poderosos de un pueblo, y ya es mucho si encuentro comida y alojamiento para mí y mis apóstoles.
Pero tus ojos han visto a Aquel que deseabas ver y tus oídos han escuchado mis palabras de la misma forma que tu corazón debe sentir mi amor. Ve y está en paz, porque eres un mártir de la justicia, uno de los precursores de todos aquellos que hayan de ser perseguidos por causa mía. ¡No llores, padre!
Y lo besa en la cabeza cana.
El viejecito le devuelve, en la mejilla, el beso y le susurra al oído:
-Desconfía del otro Judas, mi Señor. Yo no quiero manchar mi lengua… Pero desconfía. No viene con pensamiento bueno a casa de mi hijo…
-Sí. Pero no pienses ya en el pasado. Pronto acabará todo y ya nadie me podrá hacer daño alguno. Adiós, Elí-Ana. El Señor está contigo.
Se separan…
-Maestro, ¿qué te ha dicho el anciano con voz tan leve? -pregunta Pedro, que va al lado de Jesús, con esfuerzo porque Jesús da largos pasos con sus largas piernas, cosa que, siendo tan bajo, no puede hacer Pedro.
-¡Pobre anciano! ¿Qué crees que me podía decir que Yo ya no supiera? -responde Jesús eludiendo una respuesta precisa.
-Hablaba de su hijo, ¿no? ¿Te ha dicho quién es?
-No. Pedro. Te lo aseguro. Ha conservado ese nombre en su corazón.
-¿Pero Tú lo conoces, no?
-Lo conozco, pero no te lo diré.
Silencio durante mucho tiempo. Luego, angustiosa, la pregunta de Pedro y su confesión.
-Maestro, pero ¿para qué?, ¿qué va a hacer Judas a casa de un pésimo hombre como es el hijo de Elí-Ana? ¡Yo tengo miedo, Maestro! No tiene buenos amigos éste. No va abiertamente. No hay en él fuerza para resistir al mal.
Tengo miedo, Maestro. ¿Para qué? ¿Para qué va Judas donde éstos, y a escondidas?
La cara de Pedro es una expresiva máscara de angustiosa interrogación.
Jesús lo mira y no responde. Efectivamente, ¿qué debe responder?; ¿qué, para no mentir ni lanzar al fiel Pedro contra el infiel Judas? Prefiere dejar hablar a Pedro.
-¿No respondes? Yo, desde ayer, desde cuando el viejo creyó reconocer entre nosotros a Judas, no tengo paz. Es como aquel día que hablaste con la esposa del saduceo. ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas mi sospecha?
-Lo recuerdo. ¿Y tú recuerdas mis palabras de entonces?
-Sí, Maestro.
-No hay nada más que decir, Simón. Las acciones del hombre tienen apariencias distintas de la realidad. Pero Yo estoy contento de haber proveído a la necesidad de ese anciano.
Es como si Ananías hubiera vuelto. Y realmente si Simón de Tecua no lo hubiera acogido lo habría llevado a la casita de Salomón, para tener allí a un padre que siempre esperara nuestra llegada. Pero, para Elí es mejor así. Simón es bueno, tiene muchos nietos. A Elí le gustan los niños… los niños hacen olvidar muchas cosas dolorosas…
Con su habitual ciencia de distraer al interlocutor y conducirlo hacia otros temas, cuando no considera conveniente responder a preguntas peligrosas, Jesús ha distraído a Pedro de su pensamiento. Y sigue hablándole de niños, conocidos acá o allá, hasta llegar a recordar a Margziam, que quizás a esa hora está retirando las redes después de la pesca en el bonito lago de Genesaret.
Y Pedro, ya lejos de Elí y Judas con el pensamiento, sonríe y pregunta:
-Pero después de Pascua vamos allá, ¿no? Es tan hermoso.
Mucho más que esto. Nosotros galileos somos pecadores para los de Judea… ¡Pero si se vive aquí! ¡Oh, Misericordia eterna! Si a nosotros se nos hubiera de castigar, no, aquí ciertamente no va a haber un premio.
Jesús llama a los otros que se han quedado atrás y se aleja con ellos por el camino calentado por el sol de Diciembre.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Son todavía once cuando toman de nuevo el camino. Once caras pensativas y desazonadas en torno al rostro triste de Jesús.
Él se despide de las hermanas; luego, después de un momento de reflexión, antes de cruzar la cancilla, ordena a Simón Zelote y a Bartolomé:
-Quedaos aquí. Os reuniréis conmigo en Tecua, en casa de Simón, o en la casa de Nique en Jericó, o en Betabara; eso si él viene. Y… servid a la caridad. ¿Entendéis?
-Ve tranquilo, Maestro. No iremos contra el amor al prójimo en ningún modo -asegura Bartolomé.
-Cualquiera que fuera la hora en que él llegue, partid enseguida.
-Enseguida, Maestro. Y… gracias por la confianza que tienes en nosotros -dice el Zelote.
Se besan y, mientras un doméstico cierra la cancilla y Jesús se aleja, los dos que se han quedado vuelven hacia la casa junto con las hermanas.
Jesús delante, solo; detrás Pedro, entre Mateo y Santiago de Alfeo; detrás Felipe, con Andrés, Santiago y Juan de Zebedeo; últimos, silenciosos como los demás, van Tomás y Judas Tadeo. Tampoco habla Pedro. Sus dos compañeros intercambian algunas, pocas palabras, pero él, que va entre los dos, no habla. Va taciturno, cabizbajo. Parece tejer un mudo coloquio con las piedras y las hierbas que pisa.
También los dos últimos tienen una actitud casi igual. Lo único es que -mientras que Tomás parece sumido en la contemplación por una ramita de sauce a la que va quitando una a una las hojas, y mirando a cada hoja que separa como si estudiara su color glauco por un lado y argénteo por el otro, o los filamentos de la nervadura-Judas Tadeo mira fijamente y recto frente a sí; no sé si mira al horizonte que, superada una cima, se abre a una claridad vaporosa de llanura a la luz de la aurora, o si mira sencillamente a la cabeza rubia de Jesús, que ha echado hacia atrás el extremo del manto, como para gozar del tenue sol de Diciembre.
Coinciden en el mismo momento el final de la ocupación de Tomás y el final de la contemplación del horizonte, o del Maestro, por parte de Judas Tadeo. Este último baja los ojos y vuelve la cabeza para mirar a su compañero, mientras Tomás, reducida su ramita a delgada vara, alza los ojos para mirar a Judas Tadeo: una mirada aguda y, al mismo tiempo, buena y triste, que encuentra una mirada igual.
-¡Así es, amigo! ¡Exactamente así! -dice Tomás como concluyendo una conversación.
-Sí, es así. Y mi dolor es muy grande… Para mí es también amor de familia…
-Comprendo. Pero… Tú tienes en el corazón un tormento de afecto. ¿Pero, yo? Tengo un remordimiento que me atormenta. Y eso es peor todavía.
-¿Un remordimiento, tú? No tienes motivos de remordimiento. Eres bueno y fiel. Jesús está contento de ti, y nosotros en ti no tenemos nunca motivo de escándalo.
¿Cómo es que te viene esa sensación de remordimiento?
-De un recuerdo. El recuerdo del día en que decidí seguir al nuevo Rabí que había aparecido en el Templo… Yo y
Judas estábamos cerca el uno del otro, y admiramos la acción y las palabras del Maestro. Y decidimos buscarlo…
Yo estaba aún más decidido que Judas; casi lo moví yo. Él dice lo contrario, pero es así. Mi remordimiento es haber insistido para que viniera… Le he traído un permanente dolor a Jesús. Pero yo sabía que Judas era estimado por muchos y pensaba que podría ser útil. Necio como todos, que no saben pensar sino en un rey de Israel mayor que David y Salomón, pero sólo un rey… un rey como Él dice que nunca será, ¡ansiaba que entre los discípulos estuviera éste que podía servir!…
Yo esperaba esto. Y sólo ahora comprendo, y cada vez más, la justa actuación de Jesús, que no lo recibió enseguida y que incluso prohibió buscarlo… ¡Te digo que tengo un remordimiento!, ¡un remordimiento!… Ese hombre no es bueno.
-No es bueno. Pero no te crees remordimientos. Aquello no lo hiciste con malicia. Por tanto, te digo que no tienes culpa.
-¿Estás totalmente seguro? ¿O lo dices por consolarme?
-Lo digo porque es verdad. Tomás, no pienses más en el pasado. No sirve para borrarlo…
-Es como dices. Pero, piensa esto: si por causa mía mi Maestro sufriera desgracias… Tengo el corazón lleno de angustia y de sospechas. Soy un pecador porque juzgo al compañero, y con juicio no piadoso. Y soy pecador porque debería creer en las palabras del Maestro,… Él disculpa a Judas… Tú… ¿crees eso de tu hermano?
Lo creo en todo menos en eso. Pero, no desfallezcas. Todos nosotros tenemos el mismo pensamiento. Incluso Pedro, que se consume tanto, lucha por pensar de ese hombre todo lo bueno; y Andrés, que -más manso que un corderito; y Mateo, el único de entre nosotros que no tiene horror a ningún pecador o pecadora; y el tan amoroso y puro Juan, que tiene la feliz fortuna de no temer ni al mal ni al vicio, porque está tan colmado de caridad y de pureza que no le cabe sitio para recibir otra cosa; y mi hermano, me refiero a Jesús, que ciertamente tiene otros pensamientos junto a éste, pensamientos por los que ve la necesidad de tener a Judas… hasta haber agotado todo intento de o bueno.
-Sí. Pero… ¿cómo terminará? Él tiene muchas… No tiene… Bueno, ya me entiendes sin que hable. ¿A qué punto llegará?
-No lo sé… Quizás se separe de nosotros… Quizás se quede a esperar a ver quién es más fuerte en esta lucha entre Jesús y el mundo hebreo…
-¿Y otras cosas? ¡No crees que él ya en este momento sirve a dos señores?
-Esto es seguro.
-¿Y no temes que pueda servir a los más numerosos, de forma que dañe totalmente al Maestro?
-No. No lo amo. Pero no puedo pensar que él… Al menos por ahora, no. Pero sí temería esto si llegara el día en que el favor de la muchedumbre abandonara al Maestro. Como estoy seguro de que, si el pueblo en aclamación lo consagrara rey y caudillo nuestro, Judas abandonaría a todos por Él. Es un oportunista… ¡Que Dios lo retenga, y proteja a Jesús y a todos nosotros!…
Los dos se dan cuenta de que han aminorado mucho el paso. Ven que se han distanciado mucho de los compañeros. Así que, dejando de hablar, se ponen a andar rápidos para llegar donde ellos.
-¿Pero qué hacíais? -pregunta Mateo. El Maestro os requería.
Tomás y Judas Tadeo siguen hacia Jesús con paso presuroso.
-¿De qué hablabais entre vosotros? -pregunta Jesús mirándolos fijamente a los ojos.
Los dos se miran. ¿Decir? ¿No decir? Vence la sinceridad.
-De Judas -dicen al mismo tiempo.
-Lo sabía. Pero quería poner a prueba vuestra sinceridad. Me habríais causado dolor, si hubierais mentido… De todas formas, no habléis ya más de él; especialmente, de esa manera. Hay muchas cosas buenas de las que hablar.
¿Por qué descender siempre a considerar, lo que es muy, demasiado, material? Isaías dice (Isaías 2, 22): "Dejad al hombre que tiene el espíritu en las narices". Yo os digo: dejad de analizar a este hombre y preocupaos de su espíritu. El animal que hay en él, su monstruo, no debe atraer vuestras miradas ni vuestros juicios; más bien, tened amor, un amor doloroso y activo, por su espíritu.
Liberadlo del monstruo que lo tiene sujeto. ¿No sabéis…?
Se vuelve para llamar a los otros siete:
-Venid aquí todos. Os viene bien lo que os voy a decir, porque todos tenéis los mismos pensamientos en vuestro corazón… ¿No sabéis que aprendéis más a través de Judas de Keriot que a través de cualquier otra persona? Muchos Judas encontraréis, y poquísimos Jesús, en vuestro ministerio apostólico. Los Jesús serán dulces, buenos, puros, fieles, obedientes, prudentes, no ambiciosos. Serán bien pocos…
Pero cuántos, ¡cuántos Judas de Keriot encontraréis vosotros y vuestros seguidores y sucesores por los caminos del mundo! Y, para ser maestros y saber, debéis pasar por este aprendizaje… Él, con sus defectos, os muestra al hombre como es; Yo os muestro al hombre como debería ser. Dos ejemplos igualmente necesarios. Vosotros, conociendo bien al uno y al otro, debéis tratar de transformar al primero en el segundo…
Mi paciencia sea vuestra norma.
-Señor, yo he sido un gran pecador. Sin duda, yo también seré muestra. Pero quisiera que Judas, que no es tan pecador como lo fui yo, se convirtiera como me convertí yo. ¿Es soberbia decir esto?
-No, Mateo, no es soberbia. Diciéndolo, rindes honor a dos verdades.
La primera es que veraz es la sentencia que dice: "La buena voluntad del hombre obra milagros divinos". La segunda es que Dios te ha amado infinitamente, ya desde antes de que pensaras en ello, y lo hacía porque no desconocía tu capacidad de heroísmo. Tú eres el fruto de dos fuerzas: tu voluntad y el amor de Dios. Y digo antes tu voluntad, porque sin ella vano habría sido el amor de Dios. Vano, inoperante…
-¿Pero sin nuestra voluntad no podría Dios convertir? ̿ pregunta Santiago de Alfeo.
-Ciertamente. Pero luego se requeriría, en todo caso, la voluntad del hombre para persistir en la conversión obtenida milagrosamente.
-Entonces en Judas no ha habido esta voluntad ni la hay, ni antes de conocerte ni ahora… -dice impetuosamente Felipe.
Algunos ríen, otros suspiran.
Jesús es el único que defiende al apóstol ausente:
-¡No digáis eso! La ha tenido y la tiene. Pero la funesta ley de la carne, a intervalos, la supera. Es un enfermo…
Un pobre hermano enfermo. En todas las familias está el
débil, el enfermo, aquel que es el dolor, la angustia, el peso de la familia. Y, a pesar de ello, ¿no es, acaso, al hijito de salud frágil al que más quiere la madre? ¿No es el hermanito desdichado el más servido por sus hermanos? ¿No es él al que el padre ofrece el bocado selecto, quitándoselo de su propio plato, para darle una alegría, para no darle a entender que es un peso y no hacerle, por tanto, pesada su enfermedad?
-Es verdad. Es justamente así. Mi hermana gemela era frágil en su primera edad. Yo había tomado toda la robustez. Pero el amor de toda la familia la socorrió, tanto que ahora es una floreciente esposa y madre -dice Tomás.
-Pues haced con vuestro hermano espiritual débil lo que haríais con un hermano carnal débil. Yo no voy a pronunciar palabras de recriminación. Vosotros no sois más que Yo. Vuestro paciente amor es la recriminación más fuerte, una recriminación contra la que no se puede reaccionar. En Tecua voy a dejar a Mateo y a Felipe para que esperen a Judas… El primero ha de acordarse de que fue pecador: el segundo, de que es padre…
-Sí, Maestro. Lo recordaremos.
-En Jericó, si todavía no está con nosotros, dejaré a Andrés y a Juan, que han de recordar que no todos han recibido con igual medida los dones gratuitos de Dios… Pero. id donde aquel anciano mendigo que va por el camino con paso vacilante. La ciudad está a la vista. Con la limosna podrá procurarse pan.
-Señor, no podemos. Judas se ha marchado con la bolsa… ̿ dice Pedro -Y las hermanas no nos han dado nada.
-Tienes razón, Simón. Están como aturdidas por el dolor, y nosotros también. No importa. Tenemos un poco de pan. Somos jóvenes y estamos fuertes. Vamos a dárselo al anciano, para que no se caiga por el camino.
Hurgan en los talegos, recogen pequeños pedazos de pan, se los dan al ancianito, que los mira asombrado.
-¡Come, come! -anima Jesús. Y le da de beber de su zaque mientras le pregunta a dónde va.
-A Tecua. Mañana hay un gran mercado. Pero desde ayer no comía.
-¿Estás solo?
-Más que solo… Mi hijo me ha echado…
Oír esta voz senil rompe el corazón.
-Dios te abrirá las puertas de su Reino si sabes creer en su misericordia.
-Y en la de su Mesías. Pero mi hijo no tendrá Mesías, porque no puede tener al Mesías él, que lo odia tanto como para odiar al padre suyo porque ama al Mesías.
-¿Por eso te ha echado?
-Por eso. Y para no perder la amistad de algunos que persiguen al Mesías. Ha querido mostrarles que su odio supera al de ellos, tanto que supera incluso la voz de la sangre.
-¡Qué horror! -dicen todos.
-Sería más horroroso si yo tuviera los mismos pensamientos que mi hijo -dice con vehemencia el viejecito.
-¿Pero quién es éste? Si no he comprendido mal, debe ser uno que tiene poder y voz… -dice Tomás.
-Hombre, no será un padre el que diga el nombre del hijo culpable porque sea despreciado. Tengo que decir que tengo hambre y frío yo que con mucho trabajo había aumentado el bienestar de la casa para hacer feliz a mi hijo varón.
Pero no más que esto. Piensa que yo soy uno de Judea, y él uno de Judea, y que, por tanto, somos iguales por la raza y distintos por el pensamiento. Lo demás no hace falta.
-¿Y no le pides nada a Dios, tú que eres un justo? -pregunta dulcemente Jesús.
-Que toque el corazón de mi hijo y lo conduzca a creer lo que yo creo.
-Pero para ti, enteramente para ti, ¿no pides nada?
-Encontrar al que para mí es el Hijo de Dios. Para venerarlo y luego morir.
-Pero si mueres ya no lo verás más. Estarás en el Limbo…
-Poco tiempo. ¿Eres un rabí, no es verdad? Veo muy poco…
La edad… y el mucho llorar, y también el hambre… Pero veo los flecos de tu cinturón… Si eres un buen rabí, y así me lo parece, debes sentir tú también que el tiempo ha llegado, quiero decir el tiempo del que habló Isaías (52, 7-l5; 53, l-l2). Y está para llegar la hora en que el Cordero cargará sobre sí todos los pecados del mundo y sobrellevará todos nuestros males y dolores, y será traspasado e inmolado para que nosotros seamos sanados y estemos en paz con el Eterno. Y entonces también los espíritus tendrán paz… Lo espero confiando en la misericordia de Dios.
-¿No has visto nunca al Maestro?
-No. Lo oí hablar en el Templo en las fiestas. Pero yo soy bajo, y todavía más bajo me hace la edad, y, como he dicho, veo poco. Por eso, si voy entre la gente el de delante no me deja ver, y si estoy lejos no veo, por eso mismo, porque estoy lejos. ¡Querría verlo! ¡Al menos una vez!
-Lo verás, padre. Dios te concederá esta alegría. ¿Y en Tecua tienes a dónde ir?
-No. Estaré debajo de un pórtico o en un portal. Ya estoy acostumbrado.
-Ven conmigo. Conozco un buen israelita. Te acogerá en nombre de Jesús, el Maestro galileo.
-Pero Tú también eres galileo. Se percibe por cómo hablas.
-Sí… ¡Estás cansado? Bueno, pero ya hemos llegado a las primeras casas. Pronto descansarás y tendrás con qué reponer tus fuerzas.
Jesús se inclina para decir a Pedro algo. Pedro, a su vez, se separa y va a decir a los otros lo que ha dicho Jesús (no lo capto). Luego, con los hijos de Alfeo y con Juan, acelera el paso, entrando en la ciudad. Jesús lo sigue con los otros, adecuando el paso al del pobre viejecito, que ya no habla (está muy agotado, de forma que acaba quedándose detrás, con Andrés y Mateo). La ciudad parece vacía. Es el mediodía y muchos están en las casas comiendo.
Recorridos pocos metros, vuelve Pedro:
-Ya está hecho, Señor. Simón lo recibe porque Tú lo traes, y te da las gracias por haber pensado en él.
-¡Bendigamos al Señor! Todavía hay justos en Israel. Este anciano es uno, y Simón otro. Sí, hay todavía personas buenas, misericordiosas, fieles al Señor. Y esto compensa muchas amarguras, y hace esperar que la justicia divina se mitigará por estos justos.
-¡Hombre, pero… un hijo que echa de casa a su padre por no perder la amistad de algún poderoso fariseo!
-¿A tanto puede llegar el odio por ti? ¡Estoy indignado! -dice Felipe.
-¡Veréis mucho más que esto! -responde Jesús.
-¡Más! ¿Qué puede ser más que un padre echado de casa porque no te odia? ¡Es enorme el pecado de ese hombre!…».
-Más enorme será el pecado de un pueblo contra su Dios… Pero vamos a esperar al anciano…
-¿Quién será su hijo?
-¡Un fariseo!
-¡Uno del Sanedrín!
-¡Un rabí!
Las opiniones son distintas.
-Un desdichado. No indaguéis. Hoy ha arremetido contra su padre. Mañana arremeterá contra mí. Así pues, veis que el pecado de Judas, el hecho de haberse alejado así, como un hijo díscolo, no es nada comparado con esto. Y, no obstante, oraré por este hijo ingrato, por este hebreo ofensor de Dios. Para que se enmiende. Haced vosotros lo mismo… Ven, padre, ¿cómo te llamas?
-Elí-Ana. ¡Nunca he sido una persona feliz! Se me murió mi padre antes de nacer yo; mi madre, dándome a luz. La madre de mi madre, que me crió, me dio por nombre los dos nombres, unidos, de mi padre y de mi madre.
-Verdaderamente eres un Elí, y tu hijo es igual que Finnes -dice Felipe, que no se resigna ante un pecado de esa naturaleza.
-Dios no lo quiera, hombre. Finnes murió pecador. Murió cuando cogieron el arca. (l Samuel l, 3; 2,l2-l7.22-34; 3,l-l8; 4, 4-l8) Para su alma y para todo Israel, estas cosas serían una desventura -responde el viejecito.
-Escucha. Ésta es casa amiga. Lo que le pido lo obtengo. Es de un cierto Simón, hombre justo ante los ojos de Dios y de los hombres. Te recibe por amor mío, si aceptas el lugar -dice Jesús antes de llamar a la puerta.
-¿Tengo, acaso, posibilidad de elegir? Invocaré las bendiciones del Cielo para quien me dé el pan y el amparo de la caridad. Pero quiero trabajar. Ser siervo no es una vergüenza, pecar sí lo es.
-Se lo diremos a Simón -dice con una sonrisa de compasión Jesús, mientras mira al viejecito, reducido a nada por las penalidades y el dolor moral.
Abren la puerta:
-Entra, Maestro. La paz sea contigo y con quien te acompaña. ¿Dónde está este hermano mío que me traes? Para que pueda darle el beso de paz y bienvenida -dice un hombre de unos cincuenta años.
-Éste es. Que el Señor te lo pague.
-Ya me ha recompensado: te tengo a ti como huésped. No te esperaba y no puedo honrarte como quisiera. Pero oigo que tienes intención de volver por aquí dentro de unos días. Bueno, pues estaré preparado para recibirte como conviene.
Ahora están en una habitación donde hay unas palanganas humeantes preparadas para las abluciones. El viejecito está acobardado, contra la puerta. Pero el dueño de la casa lo agarra de la mano y lo lleva a que se siente. Quiere descalzarlo y lo hace-él mismo, y servirle como si fuera un rey, y luego ponerle sandalias nuevas, mientras el viejecito dice:
-¿Por qué? ¿Pero por qué? ¡Yo he venido a servir y tú me sirves! No es justo.
-Es justo, hombre. No puedo seguir al Rabí porque mi casa requiere mi asistencia. Pero, como último discípulo del Maestro santo, busco la forma de poner en práctica sus palabras.
-Tú lo conoces bien. Verdaderamente lo conoces, porque eres bueno. Muchos en Israel lo conocen, pero ¿con qué? Con los ojos y con el odio. Por tanto, no lo conocen. A una mujer se la conoce sólo cuando ya de ella nada se ignora y se la posee enteramente. Lo mismo sucede con Jesús de Nazaret, que no conozco con los ojos, pero que conozco más que muchos, porque yo creo que en Él está la Sabiduría. Pero tú lo conoces con plenitud: de vista y de doctrina.
El hombre mira a Jesús, pero no dice nada.
El viejecito prosigue:
-He dicho a este rabí que quiero trabajar…
-Sí, sí. Encontraremos un trabajo para ti. Ahora de momento ven a la mesa. Maestro, tus discípulos vendrán dentro de poco. ¿Podemos sentarnos a la mesa aunque no
hayan venido, o prefieres esperarlos?
-Preferiría esperarlos. Pero si tienes que trabajar…
-¡Oh, Maestro! Sabes que para mí es una alegría obedecer el más mínimo de tus deseos.
El viejecito tiene en este momento una primera sospecha acerca de la identidad del Hombre que lo ha socorrido en el camino, y lo mira, lo mira… luego mira a sus compañeros… un atento examen… y se mueve en torno a ellos… Entran los hijos de Alfeo con Juan. Jesús los llama por el nombre.
-¡Oh, Dios Altísimo! ¡Pero entonces… Tú eres Tú! -exclama el viejecito y se arroja al suelo venerando.
El estupor suyo no es inferior al de los demás ¡Es tan extraño ese modo de reconocimiento del Maestro! Tanto, que Pedro le pregunta:
-¿Qué de especial hay en estos nombres, tan comunes en Israel, para hacerte comprender que estás frente al Mesías?
-Porque conozco a Judas. Va siempre a casa de mi hijo y…-el viejecito se detiene, turbado por haber nombrado a su hijo…
-Pero yo no te he visto nunca, hombre -dice Judas Tadeo poniéndose bien delante de él, agachado para estar cara a cara muy cerca.
-Yo tampoco te conozco. Pero un Judas, discípulo del Cristo, va frecuentemente a casa de mi hijo, y he oído hablar de un Juan, de un Santiago y de un Simón amigo de Lázaro de Betania, y de muchas otras cosas… ¡Oír tres nombres conocidos como de los discípulos más íntimos del Maestro, y Él tan bueno!… ¡Bueno, pues he comprendido! Pero ¿dónde está el otro Judas?
-No está. Pero es verdad, has comprendido. Soy Yo. El Señor es bueno, padre. Deseabas verme y me has visto. Bendigamos las misericordias de Dios… No te apartes, Elí-Ana. Estabas a mi lado cuando para ti era un viandante y nada más. ¿Por qué quieres alejarte de mí, ahora que sabes que soy la Meta? ¡No sabes cuánto me ha consolado tu corazón! No lo puedes saber. Yo, no tú, soy el que más ha recibido…
Cuando tres cuartos de Israel, y más, me odian hasta llegar al delito, cuando los débiles se alejan de mi camino, cuando las espinas de la ingratitud, del rencor, de la calumnia me hieren por todas partes, cuando no puedo encontrar alivio en el pensamiento de que mi Sacrificio será salud para Israel… encontrar uno como tú, oh padre, es recibir compensación por el dolor… Tú no sabes…
Ninguno conocéis las tristezas, cada vez más profundas, del Hijo del hombre Tengo sed de amor… y demasiados corazones son manantiales secos a los que inútilmente me acerco… Pero, vamos…
Y, teniendo cerca al viejecito, entra en la habitación donde están ya preparadas las mesas.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús despide a los discípulos Leví, José, Matías y Juan -no sé dónde los ha encontrado-y les confía al neodiscípulo Sidonio, llamado Bartolmái.
Esto sucede en las primeras casas de Betania. Y los discípulos pastores se van con el nuevo llegado y con otros siete hombres que tenían con ellos. Jesús los mira mientras se marchan. Luego se vuelve, a mirar a sus apóstoles, y dice:
-Ahora vamos a esperar aquí a Judas de Simón…
-¡Ah! ¿Te has dado cuenta de que se ha marchado? -dicen asombrados los otros. -Creíamos que no te hubieras percatado. La gente era mucha, y has estado hablando todo el tiempo, primero con el joven y después con los pastores…
-Desde el primer momento, he visto que se había alejado. Nada me pasa inadvertido. Por este motivo he entrado en las casas amigas, diciendo que manden a Judas a Betania, si preguntara por mí…
-Dios quiera que no -refunfuña, entre dientes, el otro Judas. Jesús lo mira, pero hace ademán de no haber notado la frase, y continúa, hablando a todos porque los ve a todos del parecer de Judas Tadeo (las caras, a veces, hablan mejor que las palabras): -Será bueno este descanso en espera de su regreso. Aliviará a todos. Luego iremos hacia Tecua.
El tiempo está frío pero la tendencia es a cielo sereno. Evangelizaré esa ciudad. Luego subiremos de nuevo pasando por Jericó, e iremos a la otra orilla. Me han dicho los pastores que muchos enfermos me buscan y les he enviado el mensaje de que no emprendan el viaje, sino que me esperen en estos lugares.
-Pues vamos, sí -suspira Pedro.
-¿No estás contento de ir donde Lázaro? -pregunta Tomás.
-Estoy contento.
-¡Lo dices de una manera!…
-No lo digo por Lázaro. Lo digo por Judas…
-Eres pecador, Pedro -advierte Jesús.
-Lo sé. Pero… él, Judas de Keriot, que se marcha, que es impertinente, que es un tormento, ¿no lo es? -salta Pedro, que ya no aguanta más.
-Lo es. Pero si él lo es, tú no debes serlo. Ninguno de nosotros debe serlo. Recordad que Dios nos pedirá cuentas -digo: nos pedirá porque a mí antes que a vosotros Dios Padre me ha confiado ese hombre-de lo que hayamos hecho para redimirlo.
-¿Y esperas lograrlo, hermano? No puedo creerlo. Tú, esto sí que lo creo, Tú conoces el pasado, el presente y el futuro. Y por tanto, no puedes engañarte respecto a ese hombre. Y… bueno, es mejor que no diga lo demás.
-Efectivamente, saber callar es una gran virtud. Pero debes saber que el prever más o menos exactamente el futuro de un corazón no dispensa a nadie de perseverar hasta el final para apartarlo de la ruina. No caigas tú también en el fatalismo de los fariseos, que sostienen que lo que está destinado debe cumplirse y nada impide el cumplimiento de lo que está destinado; razón con la cual avalan también sus culpas y avalarán el último acto de su odio hacia mí.
Muchas veces Dios está esperando el sacrificio de un corazón -que supera sus náuseas y sentimientos de desdén, sus antipatías, incluso justificadas-para arrancar a un espíritu del pantano en que se está hundiendo. Sí, Yo os lo digo.
Muchas veces Dios (el Omnipotente, el Todo) espera a que una criatura (una nada), haga o no haga un sacrificio, una oración, para signar o no signar la condena de un espíritu. Nunca es tarde, nunca es demasiado tarde para intentar y esperar salvar un alma. Y os daré pruebas de ello. Incluso a las puertas de la muerte, cuando tanto el pecador como el justo que por él se aflige, están próximos a dejar la Tierra para ir al primer juicio de Dios, siempre es posible salvar y ser salvados.
Entre la copa y los labios, dice el proverbio, siempre hay lugar para la muerte. Y Yo digo: entre la extrema agonía y la muerte hay siempre tiempo para obtener un perdón, para uno mismo o para aquellos que queremos que sean perdonados.
Ni una palabra de réplica de ninguno.
Jesús, que ya ha llegado a la pesada cancilla, da una voz a un doméstico para que le abran. Entra. Pregunta por Lázaro.
-¡Oh, Señor! ¿Ves? Vuelvo de recoger hojas de laurel y alcanfor y bayas de ciprés, y otras hojas y frutos olorosos, para hervirlo con vino y resinas y con ello hacerle baños a mi señor. Su carne se cae a pedazos y no se soporta el hedor. Has venido, pero no sé si te dejarán pasar…
Por miedo a que el aire oiga, el doméstico apaga su voz en un susurro:
-Ahora, que ya no se puede ocultar que tiene las llagas, las dueñas rechazan a todos… por miedo. Ya sabes… a Lázaro lo quieren realmente pocos… Y muchos, por muchos motivos gozarían si… ¡Oh, no quiero pensar en lo que es el miedo de toda la casa!
-Hacen bien ellas. Pero no temáis. No sucederá esta desventura.
-Pero… curarse, ¿podrá? Un milagro tuyo…
-No se curará. Pero servirá para glorificar al Señor.
El doméstico se siente defraudado… ¡Jesús, que cura a todos y que aquí no hace nada!… De todas formas, se limita a emitir un suspiro como única manifestación de lo que piensa. Luego dice:
-Voy donde las dueñas de la casa a anunciarte.
Jesús se ve rodeado por los apóstoles, que están interesados en las condiciones de Lázaro, y que se quedan consternados cuando Jesús habla de ellas. Pero ya vienen las dos hermanas.
Su florida y distinta belleza parece empañada por el dolor y la fatiga de las velas prolongadas. Pálidas, alicaídas, demacradas, cansados los ojos que en otro tiempo -en ambas-eran radiantes; sin anillos ni pulseras, vestidas con dos vestidos ceniza oscuro, parecen más siervas que señoras. A cierta distancia de Jesús, se arrodillan, ofreciéndoles sólo llanto. Un llanto resignado, mudo, que desciende como de una fuente interna, y que no puede pararse.
Jesús se acerca. Marta alarga los brazos susurrando:
-Apártate Señor. En verdad, tememos ser ya pecadoras contra la ley sobre la lepra. (Levítico l3,-l4) ¡Pero no podemos, oh Dios, no podemos provocar un decreto de esa clase contra nuestro Lázaro! Pero tú no te acerques, porque, no tocando sino llagas, estamos contaminadas. Sólo nosotras. Porque hemos apartado a todos los demás, y todo nos lo dejan en la puerta y nosotras tomamos las cosas, y lavamos, y quemamos, en la habitación contigua a la de nuestro hermano.
¿Ves nuestras manos? Están corroídas de la cal viva que usamos para los vasos que tenemos que devolver a los criados. Pensamos con ello que somos menos culpables -y llora.
María de Magdala, que hasta este momento ha guardado silencio, gime a su vez: -Tendríamos que llamar al sacerdote. Pero… Yo, yo soy la más culpable porque me opongo a esto y digo que no es la terrible enfermedad maldita en Israel. ¡No es, no es! Pera nos odian tanto, y tantos, que dirían que lo es. ¡Por mucho menos, Simón, tu apóstol, fue declarado leproso!
-No eres sacerdote ni médico, María -dice, entre accesos de llanto, Marta.
-No lo soy. Pero tú sabes lo que he hecho para estar segura de lo que digo. Señor, he ido y he recorrido todo el valle de Hinnón, todo Siloán, todos los sepulcros cercanos a En Rogel. Vestida de sierva, velada, con la luz de las auroras, cargada de víveres y aguas con sustancias medicinales, vendas y vestidos. Y daba, daba. Decía que era un voto por mi amado.
Era verdad. Pedía sólo poder ver las llagas de los leprosos. Deben haber pensado que estaba loca… ¿Alguien, acaso, quiere ver esos horrores? Pero yo, puestos mis presentes en los bordes de las rocas, pedía ver. Y ellos arriba, yo más abajo; ellos asombrados, yo con repugnancia; llorando ellos, llorando yo… ¡he mirado, mirado, mirado! He visto cuerpos cubiertos de escamas, de costras, de llagas; caras corroídas, cabellos blancos y más duros que cerdas, ojos que eran huras de podredumbre, carrillos que dejaban ver los dientes, calaveras en cuerpos vivos, manos reducidas a garras de monstruos, pies como ramas nudosas, hedores, horrores, podredumbre.
¡Oh, si pequé adorando la carne, si gocé con los ojos, con el olfato, con el oído, con el tacto, de lo hermoso; de lo perfumado, de lo armonioso, de lo suave y liso, oh, te aseguro que los sentidos se han purificado ya con la mortificación de esto que he conocido!
Los ojos, contemplando aquellos monstruos, han olvidado la belleza seductora del hombre; los oídos, con esas voces ásperas, que ya no son humanas, han expiado el pasado gozo de voces viriles; y se ha estremecido mi carne, y se ha rebelado mi olfato… y todo resto de culto a mí misma ha muerto, porque he visto lo que somos después de la muerte…
Pero he traído conmigo esta certeza: que Lázaro no está leproso. Su voz no está lesionada, sus cabellos y todo el vello están intactos, y las llagas son distintas.
¡No es! ¡No es! Y Marta me aflige -que no cree, porque no conforta a Lázaro en el sentido de no creerse contaminado. ¿Ves? Ahora, que sabe que estás aquí, no quiere verte para no contaminarte. ¡Los miedos tontos de mi hermana le privan incluso de tu consuelo!…
La naturaleza vehemente la lleva a la cólera. Pero, viendo que su hermana rompe a llorar desoladamente, su vehemencia cesa enseguida y abraza a Marta y la besa, y le dice:
-¡Marta, perdón! ¡Perdón! ¡El dolor me hace injusta! ¡Es el amor con que os amo a ti y a Lázaro el que querría convenceros! ¡Pobre hermana mía! ¡Pobres mujeres, eso es lo que somos!
-¡Venga, ánimo! ¡No lloréis así! Necesitáis paz y compasión recíproca, por vosotras y por él. Y Lázaro no está leproso, os lo digo Yo.
-¡Oh, ven a verlo, Señor! ¿Quién mejor que tú puede juzgar si está leproso? -suplica Marta.
-¿No te he dicho que no lo está?».
-Sí. ¿Pero cómo puedes decirlo, si no lo ves?
-¡Marta! ¡Marta! Dios te perdona porque sufres y eres como uno que delira. Tengo compasión de ti y voy a ver a Lázaro; le destaparé las llagas y…
-¡Y las curarás! -grita Marta poniéndose de pie.
-Ya te he dicho otras veces que no puedo hacerlo… Pero os daré la paz de saber que estáis en regla con la ley sobre los leprosos. Vamos…
Y abre la marcha hacia la casa, haciendo señas a los apóstoles de no seguirlo.
María se adelanta corriendo, abre una puerta, corre por un pasillo y de éste abre otra puerta, que da a un pequeño patio interior, anda pocos pasos y entra en una habitación estorbada por barreños, vasijas, ánforas, vendas… Un olor que es mezcla de aromas y de descomposición penetra en las narices. Hay una puerta frente a la de antes, y María la abre y, con una voz que quiere ser radiante de alegría, grita:
-¡Aquí está el Maestro! ¡Viene a decirte que tengo razón, hermano mío! ¡Ánimo, sonríe, que está entrando el amor nuestro, nuestra paz! -y se agacha hacia su hermano, lo incorpora en las almohadas, lo besa, sin hacer caso del olor que a pesar de todos los paliativos emana de su cuerpo llagado; y está todavía agachada para colocarlo cuando ya el dulce saludo de Jesús suena en la habitación, que, envuelta en una luz mortecina, parece iluminarse por la presencia divina.
-Maestro ¿no tienes miedo?… Estoy…
-¡Enfermo! Nada más que eso. Lázaro, las normas han sido dadas, muy amplias y severas, por un comprensible sentido de prudencia. Mejor exagerar en prudencia que en imprudencia, en ciertos casos como los de enfermedades contagiosas. Pero tú no eres contagioso, pobre amigo mío, no estás contaminado. Tanto, que no creo faltar a la prudencia respecto a los hermanos si te abrazo y te beso así y tomando el cuerpo consumido, besa a Lázaro.
-¡Tú eres realmente la Paz! Pero todavía no has visto. María está destapando el horror. Soy ya un muerto, Señor. No sé cómo mis hermanas pueden resistir…
Yo tampoco sabría cómo, pues verdaderamente son espantosas y repugnantes las llagas que han salido a lo largo de las varices de las piernas. Las espléndidas manos de María trabajan suaves en ellas, mientras con su voz maravillosa responde:
-Tus males son rosas para tus hermanas. Rosas espinosas porque tú sufres, sólo por ello. ¿Ves, Maestro? ¡La lepra no es así!
-No es así. Es una enfermedad muy mala la que te consume, pero no es causa de peligro. ¡Cree en tu Maestro! Tapa, María. Ya he visto.
-¿Y… no vas a tocar? -dice Marta suspirando, tenaz en la esperanza.
-No hace falta. No por repulsa, sino para no hurgar en las llagas.
Marta se agacha, sin insistir más, hacia una palangana donde hay vino o vinagre aromatizado, y sumerge unos paños, que luego pasa a su hermana. Lágrimas mudas caen en el líquido rojizo…
María venda las míseras piernas y extiende de nuevo las mantas sobre los pies, ya inertes y amarillentos como los de un muerto.
-¿Estás solo?
-No. Con todos, menos con Judas de Keriot, que se ha quedado en Jerusalén, y vendrá… Es más, si ya estoy lejos, lo mandáis a Betabara. Allí estaré. Y que me espere allí.
-Te vas a marchar pronto…
-Y volveré pronto. Dentro de poco es la Dedicación. En esos días estaré contigo.
-No podré honrarte para las Encenias…
-Estaré en Belén para ese día. Necesito volver a ver mi cuna…
-Estás triste… Lo sé… ¡Y no poder hacer nada!…
-No estoy triste. Soy el Redentor… Pero, tú estás cansado. No luches contra el sueño, amigo mío.
-Era por tributarte honor…
-Duerme, duerme. Luego nos veremos… -y Jesús se retira sin hacer ruido.
-¿Has visto, Maestro? -pregunta Marta afuera, en el patio.
-Sí, ya he visto. Mis pobres discípulas… Yo lloro con vosotras… pero, en verdad, os digo en confianza que mi corazón está mucho más llagado que vuestro hermano. Está comido por el dolor mi corazón… -y las mira con una tristeza tan viva, que las dos olvidan su dolor por el de Él, y, no pudiendo abrazarlo por ser mujeres, se limitan a besarle las manos y la túnica y a querer servirle como hermanas afectuosas.
Y le sirven en una salita y lo envuelven en amor.
Las voces fuertes de los apóstoles se oyen más allá del patio… Todos, menos la voz del discípulo malo. Jesús escucha y suspira… Suspira esperando pacientemente al fugitivo.