por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
La plaza de Emaús. Está llena de gente. Abarrotada. Y, en el centro de la plaza, Jesús a duras penas se mueve, pues está muy rodeado, muy oprimido por los que lo asedian.
Jesús está entre el hijo del arquisinagogo y el otro discípulo; alrededor, con la hipotética intención de protegerlo, los apóstoles y los discípulos; entre éstos y aquéllos, propensos a introducirse por todas partes, como lagartijas entre la maraña de un tupido matorral, muchos niños.
¡Es maravilloso el atractivo que ejercía Jesús sobre los pequeñuelos! Jamás hay un lugar donde, conocido o desconocido, no se vea inmediatamente rodeado por los niños, felices de pegarse a sus vestiduras; más felices aún, si Él los roza con la mano haciéndoles una caricia llena de amor, aunque al mismo tiempo hable severamente a los adultos; felicísimos, si se sienta en un asiento, en un murete, en una piedra, en un tronco derribado o incluso en la hierba: entonces, teniéndolo a su altura, pueden abrazarlo, apoyar la cabecita en su hombro o en sus rodillas, introducirse por debajo del manto para hallarse dentro del círculo de sus brazos como pollitos que hubieran encontrado la más amorosa y protectora de las defensas. Y siempre Jesús los defiende de los desafueros de los adultos, del imperfecto respeto de éstos hacia Él: un respeto que, ausente por muchos y más serios motivos, quiere mostrarse celoso alejando a los pequeñuelos del Maestro…
También ahora lo que habitualmente dice Jesús resuena para defensa de sus pequeños amigos:
-¡Dejadlos! ¡No molestan! ¡No son, ciertamente, los niños los que causan molestias y dolor!
Jesús se agacha hacia ellos, con una sonrisa resplandeciente que lo rejuvenece, siendo así que le da casi el aspecto de un hermano mayor suyo, benigno cómplice de algunos de sus inocentes pasatiempos, y susurra:
-Estad en calma, estad muy callados: así no os echan y estamos juntos todavía otro rato.
-¿Y nos cuentas una parábola bonita? -dice el más… audaz.
-Sí. Toda para vosotros. Luego hablo a vuestros padres.
Escuchad todos, porque lo que sirve para los pequeños sirve también para los hombres.
Un hombre un día fue convocado por un gran rey, que le dijo: "He sabido que eres merecedor de un premio, porque eres sabio y honras tu ciudad con el trabajo y la ciencia. Ahora bien, no te voy a dar una cosa, sino que te voy a conducir a la sala de mis tesoros, de forma que elegirás lo que quieras y yo te lo daré. Así, juzgaré también si eres como la fama te describe".
Y, contemporáneamente, el rey, acercándose a la terraza que rodeaba su atrio, echó una mirada a la plaza que estaba delante del palacio real. Vio pasar a un niñito vestido pobremente, un niño que ciertamente pertenecía a una familia pobrísima, y quizás era huérfano o mendigo. Se volvió hacia sus criados y dijo: "Id donde ese niño y traédmelo".
Y los criados fueron, y volvieron con el niño, que temblaba por estar en presencia del rey.
A pesar de que los dignatarios de la corte le decían:
"Inclínate, saluda, di: “Honor y gloria a ti, mi rey. Doblo mi rodilla ante ti, poderoso al que la Tierra exalta como al ser mayor que ningún otro", el niño no quería inclinarse y decir esas palabras, y los dignatarios, escandalizados, le daban fuertes meneos y decían:
"¡Oh, rey, este niño paleto y sucio es un oprobio en tu morada! Permite que lo echemos de aquí y le pongamos en medio de la calle. Si anhelas tener a tu lado a un niño, iremos a buscártelo entre los ricos de la ciudad, si es que estás cansado de los nuestros, y te lo traeremos. ¡Pero no este paleto, que no sabe siquiera saludar!…".
El hombre rico y sabio, que antes se había humillado con cien reverencias serviles, profundas, como hallándose ante el altar, dijo: "Tus dignatarios tienen razón. Por la majestad de tu corona, debes impedir que no se tribute a tu sagrada persona el homenaje que le corresponde", y, diciendo estas palabras, se postraba otra vez, hasta besar el pie del rey.
Pero el rey dijo: "No. Quiero tener a este niño conmigo. Y no sólo eso, sino que quiero conducirlo a él también a la habitación de mis tesoros, para que elija lo que quiera; yo se lo daré. ¿Acaso no me es concedido, por el hecho de ser rey, hacer feliz a un pobre niño? ¿No es, acaso, súbdito mío como todos vosotros? ¿Acaso tiene la culpa de ser infeliz? No, ¡viva Dios que, al menos una vez, quiero hacerlo feliz! Ven, niño, y no tengas miedo de mí" y le tendió la mano y el niño la tomó con sencillez y le dio en ella un beso espontáneo. El rey sonrió.
Así que, entre dos filas de dignatarios inclinados en actitud de reverencia, por alfombras purpúreas con motivos de flores de oro, se dirigió hacia la estancia de los tesoros, llevando a la derecha al hombre rico y sabio y a la izquierda al niño ignorante y pobre. Y el manto regio contrastaba mucho con el vestidito deshilachado y los piececitos descalzos del pobre niño.
Entraron en el aposento de los tesoros, cuya puerta había sido abierta por dos grandes de la corte. Era una estancia alta, redonda, sin ventanas. Pero la luz llovía a través del techo, que era todo él una enorme lastra de mica.
Una luz que a pesar de ser suave hacía lucir los bullones de oro de las arcas y las cintas purpuradas de muchos rollos colocados encima de altos y ornados ambones; rollos pomposos, con baqueta preciosa, cierre y marbete ornados de piedras brillantes.
Obras raras, que sólo un rey podía poseer. Y, descuidado encima de un ambón de austero aspecto, oscuro, bajo, un rollo pequeño, retorcido alrededor de un palito blanco, atado con un basto cordón, lleno de polvo, como es propio de una cosa descuidada.
El rey, señalando a las paredes, dijo: "Ved, aquí están todos los tesoros de la Tierra, y otros aún más grandes que los tesoros terrestres. Porque aquí están todas las obras del ingenio humano, y hay también obras que proceden de fuentes sobrehumanas. Id, tomad lo que queráis". Y se puso en el centro de la estancia, con los brazos cruzados, observando.
El hombre rico se dirigió primero a las arcas; alzó las tapas, con ansia cada vez más febril. Oro en barras y oro en joyas, plata, perlas, zafiros, rubíes, esmeraldas, ópalos… centelleo en todas las arcas… gritos de admiración a cada apertura…
Luego se dirigió a los ambones y, al leer el título de los rollos, nuevos gritos de admiración brotaban de sus labios. En fin, el hombre, encendido por el entusiasmo, se volvió hacia el rey y dijo: "¡Tienes un sin par tesoro, y las piedras igualan en valor a los rollos y éstos a aquéllas! ¿Realmente puedo elegir libremente?".
"Lo he dicho. Como si todo te perteneciera".
El hombre se arrojó al suelo, rostro en tierra, y decía: "¡Yo te adoro, gran rey!". Se levantó y corrió primero a las arcas y luego a los ambones y tomó de éstos y de aquéllas las mejores cosas que veía.
El rey, que había sonreído tras la barba una vez al principio, al ver la fiebre con que el hombre corría de una arca a otra, y luego otra vez al verlo arrojarse al suelo adorando, y que sonreía por tercera vez al ver con qué codicia y con qué regla y preferencias elegía gemas y rollos, se volvió hacia el niño, que se había quedado a su lado, y le dijo: "¿Y tú no vas ahí a elegir las piedras bonitas y los rollos de valor?".
El niño meneó la cabeza para decir que no.
"¿Y por qué?”
"Porque no sé leer los rollos, y respecto a las piedras… no conozco su valor. Para mí son piedrecitas normales y nada
más".
"Pero te harían rico…”
"No tengo padre ni madre ni hermanos. ¿De qué me serviría ir a mi refugio con un tesoro en mi pecho?".
"Pero podrías comprarte con ello una casa…”
"Seguiría viviendo en ella solo".
"Vestidos".
"Seguiría teniendo frío, porque falta el amor de mis padres.”
"Alimentos".
"No podría saciarme con los besos de mi madre, ni comprarlos a ningún precio.”
"Maestros, y aprender a leer…”
"Eso me gustaría más. Pero, ¿y qué leer?".
"Las obras de los poetas, de los filósofos, de los sabios… y las palabras antiguas y las historias de los pueblos".
"Son cosas inútiles, vanas o pasadas… No merece la pena".
"¡Qué niño más estúpido!" exclamó el hombre, que ya tenía los brazos cargados de rollos, y el cinturón y la túnica en la delantera hinchados de gemas.
El rey sonrió una vez más tras la barba. Y, tomando al niño en brazos, lo llevó a las arcas y, hundiendo la mano en las perlas, en los rubíes, en los topacios, en las amatistas, haciendo caer todo esto como lluvia llena de brillos, lo incitó a que cogiera.
"No, rey, no quiero. Quisiera otra cosa…".
El rey lo llevó a los ambones y leyó estrofas de poetas, episodios de héroes, descripciones de países.
"¡Leer es más bonito! Pero no es eso lo que yo querría…".
"¿Y entonces qué? Habla y yo te lo daré, niño".
"No creo, rey, que puedas hacerlo, a pesar de tu poder. No es nada de aquí abajo…".
"¡Ah, quieres obras no terrestres! Mira, entonces: aquí están las obras dictadas por Dios a sus siervos. Escucha" y leyó páginas inspiradas.
"Esto es mucho más bonito. Pero para entenderlo hay que saber primero bien el lenguaje de Dios. ¿No hay un libro que lo enseñe, que nos haga comprender qué es Dios?".
El rey hizo un gesto de estupor y se cortó su sonrisa, pero apretó contra su corazón al niño.
El hombre, por el contrario, se rió burlonamente y dijo: "Ni los mayores sabios saben lo que es Dios, ¿y tú, niño ignorante, quieres saberlo? ¡Si quieres hacerte rico con eso!…".
El rey lo miró severo, mientras el niño respondió: "Yo no busco riquezas; busco amor, y un día me dijeron que Dios es Amor".
El rey lo llevó al ambón de austero aspecto donde estaba el pequeño rollo, atado con una cuerdecita y empolvado. Lo tomó, lo desenrolló y leyó las primeras líneas: "El que sea pequeño venga a mí, y Yo, Dios, le enseñaré la ciencia del amor. En este libro está contenida, y Yo…".
"¡Esto es lo que quiero! Y conoceré a Dios. Y, teniéndolo a Él, tendré todo. Dame este rollo, rey, y seré feliz".
"¡Pero si no tiene valor en dinero! ¡Ese niño es realmente estúpido! No sabe leer y coge un libro. No sabe y no se quiere instruir. Es pobre y no coge tesoros".
̩͈ͅ“Yo me esforzaré en poseer el amor y este libro me lo enseñará. ¡Bendito seas, oh rey, porque me das algo con lo que ya puedo no sentirme ni huérfano ni pobre!".
“¡Al menos adóralo, como he hecho yo, si crees que ahora por él eres feliz".
"Yo no adoro al hombre, sino a Dios que lo ha hecho tan bueno.”
Este niño es el verdadero sabio de mi reino, oh hombre que usurpas la fama de sabio. El orgullo y la codicia te han embriagado hasta el punto de que has sustituido la adoración a Dios por la adoración a criatura. Y eso por el hecho de que la criatura te daba piedras y obras humanas.
Y no has pensado que tienes las gemas, y yo las he tenido, porque Dios las ha creado, y tienes los rollos raros, donde está el pensamiento del hombre, porque Dios ha dado al hombre el intelecto.
Este pequeño, que tiene hambre y frío, que está solo, que ha sufrido el azote de todos los dolores, que estaría disculpado y sería disculpable si se embriagase con la vista de las riquezas, pues mira: sabe dar a Dios un justo gracias por haber hecho bueno mi corazón, y sólo busca la única cosa necesaria: amar a Dios, conocer el amor para tener las verdaderas riquezas aquí y después. Hombre, yo he prometido que te daría lo que eligieras. La palabra del rey es sagrada.
Vete, pues, con tus piedras y tus rollos: piedrecitas multicolores y… paja de humano pensamiento. Y vive temblando por los ladrones y las polillas: los primeros, enemigos de las gemas; las segundas, de los pergaminos. Y deslúmbrate con los vanos resplandores de esas lascas; desazónate con el sabor dulzón de la ciencia humana, que es sólo sabor y no alimento. Márchate, pues. Este niño se quedará a mi lado, y juntos nos esforzaremos en leer este libro que es amor, o sea, Dios.
Y no veremos brillos vanos de frías gemas, ni el sabor de paja, dulzón, de las obras de humano saber. No. Los fuegos del Espíritu Eterno nos darán, ya desde aquí, el éxtasis del Paraíso y poseeremos la Sabiduría, más fortalecedora que el vino, más alimenticia que la miel. Ven, niño. A ti la Sabiduría te ha mostrado su rostro, para que la anhelases como esposa veraz".
Y, expulsado el hombre, tomó consigo al niño y lo instruyó en la divina Sabiduría, para que fuera, en la Tierra, un justo y un rey digno de la sagrada unción, y un ciudadano del Reino de Dios después de la vida.
Ésta es la parábola, prometida a los niños y propuesta a los adultos.
-¿Os acordáis de lo que dice Baruc? (3,l0-l3, 20-2l, 26-28): "¿Por qué, oh Israel, estás en tierra enemiga, envejeces en un país extranjero, estás contaminado con los muertos, y eres del número de los que bajan al abismo?". Y responde: "Porque has abandonado la fuente de la Sabiduría. Si hubieras caminado por el camino de Dios, habrías vivido en paz y para siempre".
Escuchad, vosotros que demasiado frecuentemente os quejáis -porque sobremanera la patria ya no es nuestra, sino del dominador-de estar exiliados a pesar de vivir en la patria; os quejáis de esto y no sabéis que, respecto a lo que os espera en el futuro, esto es como una gota de posca respecto al cáliz inebriativo que se da a los condenados y que, vosotros lo sabéis, es amargo como ninguna otra bebida.
El pueblo de Dios sufre porque ha abandonado la Sabiduría. ¿Cómo podéis poseer prudencia, fuerza, inteligencia; cómo podéis siquiera saber dónde se hallan, para poder saber consiguientemente las cosas menores, si ya no bebéis en las fuentes de la Sabiduría? Su Reino no es de esta Tierra, sino que es la misericordia de Dios la que concede su fuente. Ella está en Dios. Es Dios mismo. Y Dios abre su seno para que descienda a vosotros.
Y bien, ¿acaso ahora Israel, que tiene, o ha tenido -y cree tener todavía, con la necia soberbia de los despilfarradores que han derrochado y que se creen todavía ricos y, creyéndose tales, exigen atenciones, y en realidad recogen solamente compasión o burla-Israel, que tiene o ha tenido riquezas, conquistas, honores, posee ya el único verdadero tesoro? No. Y pierde también los otros, porque el que pierde la Sabiduría pierde la capacidad de ser grande. De error en error va el que no conoce la Sabiduría. E Israel conoce muchas cosas, incluso demasiadas, pero ya no conoce la Sabiduría.
Bien dice Baruc: "Los jóvenes de este pueblo vieron la luz, habitaron en la tierra, pero no saben el camino de la Sabiduría ni conocen sus senderos, y sus hijos no la han recibido y ella se ha alejado". ¡Se ha alejado de ellos! ¡Los hijos no la han recibido! ¡Proféticas palabras!
Yo soy la Sabiduría que os habla. Las tres cuartas partes de Israel no me acoge. Y la Sabiduría se aleja, y se alejará más, y lo dejará sólo…
¿Qué harán entonces los que se creen gigantes y, por tanto, capaces de forzar al Señor a ayudarlos, a servirlos? ¿Gigantes útiles a Dios para fundar su Reino? No. Yo con Baruc digo esto: "Para fundar el Reino verdadero de Dios, Dios no elegirá a estos soberbios, y los dejará perecer en su necedad" fuera de sus senderos. Porque, para subir al Cielo con el espíritu y comprender las lecciones de la Sabiduría, se necesita un espíritu humilde, obediente y, sobre todo, un espíritu que sea todo amor, ya que la Sabiduría habla su lenguaje, o sea, habla el lenguaje del amor, pues es Amor. Para conocer sus senderos se requiere una mirada clara y humilde, libre de la ternaria concupiscencia. Para poseer la Sabiduría hay que comprarla con las monedas vivas: las virtudes.
Esto no lo tenía Israel, y Yo he venido a explicar la Sabiduría, a guiaros a su camino, a sembrar en vuestro corazón las virtudes. Porque Yo todo lo conozco y lo sé, y he venido a enseñárselo a Jacob mi siervo y a Israel, mi dilecto.
He venido a la Tierra a conversar con los hombres, Yo, Palabra del Padre, a tomar de la mano a los hijos del hombre, Yo, Hijo de Dios y del hombre, Yo, Camino de la Vida. He venido para introduciros en la estancia de los tesoros eternos, Yo, a quien todo le ha sido dado por el Padre mío. He venido, Yo, Amador eterno, a tomar a mi Esposa, la Humanidad a la que quiero elevar a mi trono y a mi tálamo para que esté conmigo en el Cielo; y a introducirla en la estancia de los vinos para que se embriague con la verdadera Vid de la cual los sarmientos extraen la Vida.
Pero Israel es esposa holgazana y no se levanta de la cama para abrir a Aquel que ha venido. Y el Esposo se marcha. Pasará. Está para pasar. Después, Israel lo buscará en vano, y encontrará no la misericordiosa caridad de su Salvador, sino los carros de guerra de los dominadores, y será aplastado y soltará soberbia y vida, después de haber querido aplastar incluso a la misericordiosa voluntad de Dios.
¡Oh, Israel, Israel, que pierdes la verdadera Vida por conservar una falaz ilusión de poder! ¡Oh, Israel, que crees salvarte y quieres salvarte por caminos que no son de Sabiduría, y que te pierdes vendiéndote a la Mentira y al Delito, náufrago Israel que no te aferras al fuerte cable lanzado para tu salvación, sino a los despojos de tu quebrantado pretérito; y la tempestad te lleva a otro lugar, a alta mar, en un mar aterrador y sin luz!
¡Oh Israel, ¿de qué te vale salvar tu vida, o presumir de salvarla, durante una hora, un año, un decenio, dos, tres decenios, a costa de un delito, y luego perecer eternamente? La vida, la gloria, el poder, ¿qué son?
Burbuja de agua sucia en la superficie de un aguazal usado por los lavanderos; iridiscente no porque esté hecha de gemas, sino por la grasienta suciedad que con el nitro se hincha para formar bolas vacías destinadas a estallar sin que nada quede, aparte de un círculo en el agua limosa cargada de los sudores humanos.
Una sola cosa es necesaria, oh Israel, poseer la Sabiduría. A costa incluso de la vida. Porque la vida no es la cosa más preciosa. Y más vale perder cien vidas que perder la propia alma.
Jesús ha terminado en medio de un silencio de admiración. Trata de abrirse paso y marcharse… Pero reclaman su beso los niños; y su bendición los adultos. Y sólo después de éstas, despidiéndose de Cleofás y Hermas de Emaús, puede marcharse.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No sé en qué lugar está Jesús. Es claro que entre montes. En un sitio destruido o por algún cataclismo o por una operación bélica y después abandonado.
Y me inclinaría a pensar que por esto último, porque las ruinas de las casas muestran también señales de llamas en las bóvedas protegidas del agua y que aún pueden verse entre la maraña de las zarzas, hiedras y otras plantas trepadoras o parásitas, nacidas por todas partes.
Las anchas hojas vellosas de una planta cuyo nombre desconozco, pero que he visto también en Italia, cubren por entero los restos -parecen un montecito de pronunciada pendiente-de una construcción.
Más allá, una pared permanece enhiesta y sola contemplando el resto de la casa caída; está invadida por alcaparras y parietaria; y, por el antepecho de ojos de lo que era una terraza, cuelga una clemátide que ondea al viento sus ramas cual cabellera suelta.
Otra casa derrumbada en el centro, pero que tiene en pie aún las paredes exteriores, parece un enorme jarrón de flores que, en vez de cabillos contiene árboles, nacidos espontáneamente en la cavidad en que antes había habitaciones.
Otra, que, escalonadamente está en parte en pie, parece un altar preparado para un rito y ornado todo de verde. Dominando estas ruinas, un chopo, delgado y derecho como arista de espada, parece preguntar al cielo el porqué de una catástrofe de tanta magnitud.
Y, entre casa y casa, entre montón y montón de escombros, obstinados árboles frutales ya silvestres, ensilvecidos, que aventajan a la otra vegetación o son aventajados por ella, nacidos de frutos caídos -árboles retorcidos, o erguidos, o rastreros, o nacidos en una abertura de una pared o en un pozo agotado-, parecen un bosque hechizado.
Y pájaros y palomas, que salen de entre las quebraduras de las ruinas, se lanzan ávidos a los lugares cercanos donde antes había ciertamente campos arados, y ahora sólo hay una maraña de veza dura -reseca por el sol, y que abre sus vainas para dejar caer las semillas y luego volver a nacer en primavera-de cizañas, de joyos.
Las palomas apartar con feroces aletazos a los pájaros más pequeños, que buscan algún que otro granito de mijo o algún cañamón, nacidos quién sabe de qué lejana semilla que durante años y años se ha perpetuado, con siembra espontánea, en los campos no cultivados. Y los pájaros se vengan, especialmente los reñidores, arrancando las gráciles espigas de mijo desmedrado, y llevándoselas a sus nidos, volando con dificultad muy sesgados por el peso y el estorbo de la panoja.
Jesús no tiene consigo sólo a los apóstoles, sino también a un buen grupo de discípulos, entre los cuales a Cleofás y Hermas de Emaús, hijos del viejo arquisinagogo Cleofás, y a Esteban. Y hay también hombres y mujeres: como si hubieran venido desde algún pueblo a invitar a Jesús para que fuera al suyo, o como si lo hubieran seguido después de que ya hubiera estado allí.
Y Jesús, cruzando el lugar destruido, se detiene a mirar a menudo, y se para del todo cuando desde el lugar más alto puede dominar esa maraña de escombros y vegetales en que la vida está representada solamente por las palomas (un día, ciertamente, domésticas; ahora otra vez agrestes y feroces). Contempla, cruzados los brazos, la cabeza un poco agachada; y, cuanto más mira, más triste y pálido se pone.
-¿Por qué te quedas aquí, Maestro? El lugar te aflige, se ve. No te pares a contemplarlo. Me arrepiento de haberte hecho pasar por aquí, pero es un camino mucho más corto -dice Cleofás de Emaús.
-No miro lo que vosotros veis.
-¿Qué, entonces, Señor? ¿Será que ves el hecho pasado? Fue pavoroso, sin duda. -Éste es el sistema de Roma… dice el otro de Emaús
-Y esto debería mover a reflexión… Observad todos. Aquí había una ciudad, no grande pero sí bonita. Hecha más de casas señoriales que de casas humildes. Y estos lugares que ahora son bosques agrestes eran de ricos. Y de ricos eran estos campos ahora estériles, cubiertos de zarzas, joyos, ortigas…
Entonces había pingües árboles frutales y campos llenos de mieses. Y las casas eran bonitas en aquel entonces, con jardines llenos de flores, y pozos y fuentes en las que se bañaban las palomas y jugaban los niños. Eran felices todos los habitantes de este lugar. Y la felicidad no los hizo justos. Se olvidaron del Señor y de sus palabras…
¡Y ya veis! Ya no hay casas ni flores ni fuentes ni mieses ni frutos. Quedan sólo las palomas; y, ya no felices como entonces, en vez de disponer del trigo dorado y el comino -entonces los buscaban ávidas y de ellos se saciaban-, batallan ahora por conseguir unas pocas vezas ásperas, unos joyos amargos. ¡Y hay fiesta, si encuentran todavía una espiga de cebada renacida entre los espinos!…
Y, mirando, ya no veo las palomas… Veo caras, caras… muchas de las cuales no han nacido todavía… Veo ruinas, ruinas, y zarzas y lambrusca, y vezas silvestres que cubren tierras de la Patria… Y todo esto porque no se ha querido acoger al Señor. Oigo llantos de niños extenuados, más infelices que estos pájaros, a los que todavía Dios provee de un mínimo de ayuda para vivir, mientras que esos niños carecerán de toda ayuda, incluidos en el castigo general, y languidecerán en el pecho seco de sus madres, moribundas de inanición y dolor y espanto sin nombre. Y oigo los lamentos de las madres ante sus hijos muertos de hambre en su pecho. Y los lamentos de las esposas que ya no tienen esposo; de las vírgenes capturadas para placer de los vencedores; de los hombres encaminados hacia las cadenas tras haber conocido toda suerte de humillación de guerra; y de viejos que han vivido hasta ver cumplida la profecía de Daniel.
(Capítulo 9) Y oigo la voz incansable de Isaías (28,ll-l2, l5,l6-l9) en el soplo de este viento entre las ruinas, en el quejido de las palomas entre los escombros:
"Con palabras extrañas, con lengua extranjera hablará el Señor a este pueblo, al cual ha dicho: Aquí está mi reposo. Dad reposo al fatigado; éste es mi alivio"'. Pero ellos no han querido escuchar. No. No han querido, y el Señor no puede hallar reposo en su pueblo. El cansado, que se ha cansado recorriendo sus comarcas, enseñando, curando, convirtiendo, consolando, no encuentra descanso sino persecución; no encuentra alivio, sino insidia y traición. Perfectamente uno es el Hijo con el Padre.
Y, si la Verdad os ha enseñado que hasta un vaso de agua dado a un hombre tendrá su recompensa, porque todo acto de misericordia hecho al hermano a Dios mismo se le hace, ¿qué castigo habrá para aquellos que hasta la piedra del sendero como almohada le niegan al Hijo del hombre, y el manantial montano que brota por bondad del Creador, y el fruto olvidado en la rama por estar enfermo o verde, y la espiga substraída a las palomas, y tienen ya preparado el lazo para estrangular el aire en la garganta y con el aire la vida?
¡Oh, desventurado Israel, que has perdido en ti la justicia y que has perdido la misericordia de Dios!
Y de nuevo se oye la voz de Isaías en el viento del atardecer, más tremenda que el grito del pájaro de muerte, casi tan tremenda como la que sonó en el Jardín terrenal para la condena de los dos culpables, y -¡oh, tremenda cosa!-¡y no está unida esta voz del Profeta a la promesa de un perdón, como entonces, como entonces! No. No hay perdón para los que intentan burlarse de Dios, para los que dicen:
"Hemos hecho alianza con la muerte, hemos estrechado un pacto con el infierno. Los flagelos, cuando vengan, no nos vendrán a nosotros, porque hemos puesto nuestras esperanzas en la Mentira y ella, que es poderosa, nos protege".
Oíd, oíd cómo repite Isaías lo que oyó al Señor: "Yo pondré, como fundamento de Sión, una piedra angular, elegida, preciosa… Juzgaré sopesando, haré justicia midiendo; y el granizo destruirá la esperanza en la Mentira, y las aguas arrasarán las protecciones, y será destruida vuestra alianza con la muerte, dejará de existir vuestro pacto con el infierno. Cuando pase, violento, el flagelo, os arrastrará tras sí; cada vez que pase os arrastrará, cada hora, y sólo los castigos os harán comprender la lección".
¡Desventurado Israel! Como estos campos -en que subsiste sólo la veza pobre y el amargo joyo, y donde ya no hay trigo será Israel; y la tierra que no aceptó al Señor no tendrá pan para sus hijos, y los hijos que no quisieron acoger al cansado pasarán, castigados, enrudecidos, como galeotes amarrados al remo, a ser esclavos de aquellos a quienes despreciaron como inferiores.
Dios verdaderamente trillará al pueblo soberbio bajo el peso de su justicia, y lo ahogará con la agramadera de su juicio…
Esto es lo que veo en estas ruinas. ¡Ruinas! ¡Ruinas! A Septentrión, a Mediodía, a Oriente y Occidente, y, sobre todo, en el centro, en el corazón, donde la ciudad culpable será transformada en putrefacta fosa…
Y lágrimas lentas descienden por el pálido rostro de Jesús, que levanta el manto para taparse la cara y deja descubiertos sólo los ojos, dilatados por la dolorosa visión.
Y reanuda la marcha, mientras los que están con Él van bisbiseando apenas, helados de espanto…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús está en Nob. Y debe ser desde hace poco, porque está organizándose y dividiendo en tres grupos de cuatro personas a sus doce para distribuirlos en las casas.
Él se queda con Pedro, Juan, Judas Iscariote y Simón Zelote, mientras que Santiago de Zebedeo tiene a cargo el grupo compuesto por Mateo, Judas de Alfeo y Felipe, y Bartolomé está a la cabeza del tercero, y los que a él están sujetos son Santiago de Alfeo, Andrés y Tomás.
-Iréis a donde han ofrecido recibiros, después de cenar. Volveréis aquí por la mañana y os diré lo que tenéis que hacer. En las horas de las comidas estaremos juntos.
Recordad lo que os he dicho muchas veces: que también con el modo de vivir y convivir entre vosotros y con quien os recibe debéis predicar mi Doctrina. Sed, pues, sobrios, pacientes, honestos en vuestras palabras, en vuestras acciones, en vuestras miradas, de manera que la justicia emane de vosotros como un perfume. Ya veis cómo los ojos del mundo están siempre sobre nosotros, para calumniarnos o para estudiarnos, y también por veneración.
Pero éstos son los menos entre los muchos ojos que nos observan. Y, no obstante, de estos pocos debemos tener sumo cuidado, porque sobre su fe carga el trabajo del mundo, para desmoronarla, y todo sirve al mundo como arma para destruir el amor de los buenos hacia mí, y, como consecuencia, hacia vosotros.
No ayudéis, pues, al mundo con un modo de vida no santo, y no hagáis, siendo para ellos objeto de escándalo, más pesada la fatiga de los que deben defender su fe de las insidias de mis adversarios. El escándalo deja desorientadas a las almas, las aleja, las debilita. ¡Ay de aquel apóstol que sea escándalo para las almas! Peca contra su Maestro y contra su prójimo, contra Dios y contra el rebaño de Dios. Me fío de vosotros. No hagáis que a mi dolor, que es mucho, se una otro dolor que me venga de vosotros.
-No temas, Maestro. De nosotros no recibirás dolor, a menos que Satanás nos extravíe a todos -dice Bartolomé.
Entra Anastática, que está en la cocina con Elisa, y dice:
-La cena está preparada, Maestro. Baja mientras está caliente. Te repondrás.
-Vamos.
Y Jesús se levanta y sigue a la mujer hacia abajo por la pequeña escalera que desde la habitación de arriba -donde están preparadas ya unas camas modestas-baja hasta el huertecito. Y de este entra en la cocina, alegrada por un fuego vivo.
Está el anciano Juan junto al fuego, y Elisa ajetreada con las cosas de comer. Ella se vuelve con una sonrisa materna a mirar a Jesús cuando entra, y se apresura a volcar en una bandeja grande el trigo o cebada cocidos en la leche (esto ya lo he visto hacer a María de Alfeo en Nazaret antes de la partida de Juan y Síntica).
-Mira. He tenido siempre presente que María Cleofás me dijo que te gustaba. Y había reservado la mejor miel para hacerlo también para Margziam… Siento que el niño no haya venido…
-Nique ha querido que se quedara, junto con Isaac, dado que mañana a la aurora salen, y ella aprovecha el carro hasta Jericó para llevar a cabo la misión que ya sabes…
-¿Qué misión, Maestro? -pregunta interesado Judas Iscariote.
-Una misión muy femenina. Criar a un niño. Lo único que el niño no necesita leche, sino fe, porque es un niño en el espíritu. Pero la mujer es siempre madre, y sabe hacer estas cosas. ¡Y una vez que ha comprendido!… Vale cuanto el hombre. Y con la superioridad de la fuerza de su dulzura materna.
-¡Qué bueno eres con nosotras, Maestro! -dice Elisa acariciándolo con la mirada.
-Soy veraz, Elisa. Nosotros de Israel, y no sólo nosotros, estamos acostumbrados a ver a la mujer como si fuera un ser inferior, a pensar en ella así. No. Si está sujeta al hombre, como es justicia, si en ella recae más el castigo por el pecado de Eva, si su misión está destinada a desarrollarse entre velos y penumbras, sin gestos ni gritos llamativos, si todo en ella sucede como celado bajo un entrecielo, no por ello es menos fuerte o menos capaz que los hombres.
Incluso sin traer a la memoria a las grandes mujeres de Israel, Yo os digo que hay mucha fuerza en el corazón de la mujer. En el corazón. Como para nosotros, varones, en la mente. Y os digo que está para cambiar la posición de la mujer respecto a las tradiciones, como respecto a muchas otras cosas. Y ello será justo, porque de la misma manera que Yo para los hombres todos, así, una Mujer obtendrá en modo especial para las mujeres gracia y redención.
-¿Una mujer? ¿Y, según Tú, cómo va a redimir una mujer? -y Judas de Keriot se ríe.
-En verdad te digo que Ella ya está redimiendo. ¿Tú sabes lo que es redimir?
-¡Claro que lo sé! Es liberar del pecado.
-Sí. Pero liberar del pecado no serviría de mucho, porque el Adversario es eterno y volvería a insidiar. Pero del Jardín terrenal una voz surgió, la Voz de Dios, diciendo:
"Pondré enemistad entre ti y la Mujer… Ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su calcañar". Nada más que una asechanza, porque la Mujer tendrá, tiene en sí, aquello que vence al Adversario. Y redime, por tanto, desde que existe. Redención ya presente, aunque celada. Pero pronto se manifestará al mundo, y las mujeres se fortalecerán en Ella.
-Que Tú redimas… de acuerdo. Pero una mujer que pueda… No lo acepto, Maestro.
-¿No recuerdas a Tobías? ¿Su cántico? (Tobías l3).
-Sí. Pero habla de Jerusalén.
-¿Tiene, acaso, ya Jerusalén un Tabernáculo en que esté Dios? ¿Puede Dios asistir desde su gloria a los pecados que se consuman dentro de las murallas del Templo? Otro Tabernáculo era necesario, y que fuera santo, y que fuera estrella que recondujera los errantes al Altísimo. Y esto se da en la Corredentora, que por los siglos de los siglos exultará de ser la Madre de los redimidos. "Tú brillarás con luz espléndida. Todos los pueblos de la Tierra se postrarán ante ti. Las naciones llegarán a ti desde lejos, llevando dones, y adorarán en ti al Señor… Invocarán tu gran nombre…
Los que no te escuchen estarán entre los malditos, y benditos aquellos que se adhieran a ti… Serás feliz en tus hijos, porque ellos serán los benditos reunidos con el Señor". El verdadero cántico de la Corredentora. Y ya en el Cielo lo cantan los ángeles, que ven… La Jerusalén nueva y celeste comienza en Ella. ¡Oh, sí, esto es verdad! Y el mundo la ignora. Y la ignoran los ofuscados rabíes de Israel…
Jesús se sumerge en sus pensamientos…
-¿Pero de quién habla? -pregunta Judas Iscariote a Felipe, que está a su lado.
Antes de que Felipe responda, Elisa, que está poniendo en la mesa queso y aceitunas negras, dice, más bien con dureza:
-De su Madre habla. ¿No lo comprendes?
-Nunca he sabido que sea nombrada por los profetas como mártir… Se habla únicamente del Redentor, y…
-¿Y piensas que existe sólo la tortura de la carne? ¿Y no sabes que esa cosa no es nada, para una madre, respecto a la de ver morir a un hijo? ¡Tu mente -no hablo de tu corazón, no sé qué latido tiene, tu mente de que te jactas no te dice que un sinfín de veces una madre se sometería a la tortura y a la muerte con tal de no oír un gemido del hijo?
Hombre, tú eres hombre y conoces el saber. Yo sé ser mujer y madre; no sé otra cosa. Pero te digo que eres más ignorante que yo, porque ni siquiera conoces el corazón de tu madre…
-¡Me ofendes!
-No. Soy anciana y te aconsejo. Haz sagaz tu corazón y evitarás llanto y castigo. Haz eso, si puedes.
Los apóstoles, especialmente Judas de Alfeo, Santiago de Zebedeo, Bartolomé y el Zelote, se miran de reojo disimuladamente y agachan la cabeza para ocultar la sonrisita que aflora en sus labios por las francas palabras de Elisa al apóstol que se cree perfecto. Jesús sigue absorto y no oye nada.
Elisa se vuelve a Anastática y dice:
-Ven. Mientras terminan de comer vamos a preparar otras dos camas, porque tres son pocas -y hace ademán de querer salir.
-¡Elisa, no dejaréis la vuestra, ¿no?! -exclama Pedro -No está bien. Yo y Juan podemos dormir en las tablas. Estamos acostumbrados.
-No, Simón. Hay cañizos y esteras. Están guardados. Ahora los montamos en los caballetes.
Sale con la otra.
A los apóstoles, cansados y con el calorcito de la cocina, casi se les cae la cabeza. Jesús, apoyados el codo en la mesa y la cabeza en la mano, piensa.
Un golpe en la puerta. Tomás, que es el más cercano, se levanta vara abrir. Exclama:
-¿Tú, José? ¿Y con Nicodemo? ¡Entrad! ¡Entrad!
-Paz a ti, Maestro, y a los que están en esta casa. Vamos a Ramá, Maestro; Nicodemo me ha invitado a ir allí. Pasando, hemos dicho: Detengámonos a saludar al Maestro".
Queríamos saber si… te habían importunado más, visto que han ido a casa de José a buscarte. Te han buscado ya por todas partes, después de que has curado a aquel ciego. Es verdad que no han paseado fuera de las murallas. No han movido una silla, para no profanar el sábado. Y por eso se creen puros. Pero, para buscarte, para seguir a Bartolmái, han recorrido mucho más del máximo.
-¿Y cómo lo han sabido, si el Maestro no ha hecho nada en la calle? -pregunta Mateo.
-¡Eso! Ni siquiera nosotros hemos sabido si estaba curado. Hemos ido a la sinagoga y luego a saludar a Nique y a Isaac y a Margziam, que se quedan donde ella. Y luego, después del ocaso, rápidamente hemos venido aquí -dice Pedro.
-Vosotros no lo habéis sabido. Pero los enviados de los fariseos sí. Vosotros no lo habéis visto, pero yo sí. Dos de ellos estaban presentes cuando el Maestro tocó los ojos al ciego. Desde horas antes estaban esperando.
-¿Y eso? ¿Por qué? -pregunta Judas de Keriot con aire de inocente.
-¿A mí me lo preguntas?
-Es una cosa extraña. Por eso lo pregunto.
-Cosa más extraña es que de un tiempo a esta parte donde está el Maestro hay siempre espías.
-Los buitres van donde está el despojo; los lobos, donde el rebaño.
-Y los ladrones, donde un cómplice les señala una caravana. Es como has dicho.
-¿Qué quieres insinuar?
-Nada. Completo tu proverbio aplicándolo a los hombres.
Porque Jesús es hombre; y hombres son sus trasechadores.
-Cuenta, José, cuenta… -dicen muchos de los presentes.
-Si el Maestro quiere… he venido para contar.
-Habla -dice Jesús.
Y José narra minuciosamente todo lo que ha observado. Pero omite el detalle de que fue Judas el que habló al ciego del domicilio de Jesús.
Los comentarios son muchos, furiosos, doloridos, según los corazones. Y Judas de Keriot es el más -en aparienciaafligido e inquieto. Contra todos, y especialmente contra el ciego imprudente que ha venido a ponerse en el sendero de Jesús en día de sábado, confiando en la conocida bondad del Maestro…
-¡Pero si has sido tú el que se lo has señalado! Estaba cerca de ti y he oído -dice Felipe asombrado.
-Señalar no quiere decir ordenar hacer.
-¡Ah, te creo, que no te habrías permitido dar órdenes al Maestro!… -dice Judas Tadeo.
-¿Yo? ¡Nada que ver! Se lo he señalado sólo para pedir explicación.
-Sí. Pero señalar, a veces, es también tentar a hacer. Y esto lo has hecho -rebate Judas Tadeo.
-Eso lo dices tú, pero no es verdad -afirma Judas con desfachatez.
-¿Que no es verdad? ¿Estás completamente seguro? ¿Seguro como de vivir, de no haber hablado nunca de Jesús al ciego, de no haberlo sugestionado para que se dirigiera a Jesús, y, estás seguro, naturalmente, de no haberlo inducido a hacerlo inmediatamente, antes que Jesús dejara la ciudad? -pregunta José de Arimatea.
-¡Por supuesto! ¡Y quién ha hablado a ese hombre? Yo seguro que no. Estoy siempre con el Maestro, día y noche, y si no con Él con los compañeros…
-Creía que lo habías hecho ayer, cuando saliste con las mujeres -dice Bartolomé.
-¿Ayer? Tardé menos en ir y volver que una golondrina volando. ¿Cómo hubiera podido buscar al ciego, encontrarlo y hablar con él en tan poco tiempo?
-Quizás te encontraste con él…
-¡Jamás lo había visto!
-Entonces ese hombre es un mentiroso, porque ha afirmado que tú le habías dicho que viniera, y dónde, y cómo hacer las cosas; y le habías garantizado que Jesús le prestaría oídos y… -dice José de Arimatea.
Judas le interrumpe con violencia:
-¡Basta! ¡Basta! ¡Merece volverse ciego otra vez por todas las mentiras que dice! Yo, y puedo jurarlo por el Santo, no lo conozco nada más que de vista, y nunca he hablado con él.
-Verdaderamente basta así. Tu alma está en regla, Judas de Keriot, que no temes a Dios porque sabes que tus obras son santas. Dichoso tú… que no temes nada -le dice José, mirándolo con severidad, con unos ojos que perforan.
-No temo, no, porque no tengo pecado.
-Todos pecamos, Judas. ¡Y poco aún es si sabemos arrepentirnos después de los primeros pecados y no aumentarlos en número y en maldad! -dice Nicodemo, que hasta ahora no ha hablado.
Y luego se vuelve hacia el Maestro y dice:
-Lo penoso es que José de Seforí ha sido amenazado con ser expulsado de la sinagoga, si vuelve a hospedarte, y Bartolmái ya ha sido expulsado. Iba a ella con su padre y su madre, pero unos fariseos lo esperaban y le negaron la entrada, y lo anatematizaron.
-¡Esto ya es demasiado! ¿Hasta cuándo, Señor…? -gritan muchos de los presentes.
-¡Calma! ¡Calma! No pasa nada. Bartolmái está en el camino del Reino. ¿Qué ha perdido, pues? Está en la Luz. ¿No es, entonces, más hijo de Dios que antes? ¡Oh, no confundáis los valores! ¡Calma! ¡Calma! No iremos tampoco a casa de José… Lo que siento es que Isaac piensa llevar allí a mi Madre y a María de Alfeo… Pero, en todo caso, serían pocas horas, porque ya hay uno que ha proveído a ello.
Se dirige a Juan de Nob:
-Padre, ¿tienes miedo del Sanedrín? Ya ves lo que cuesta dar posada al Hijo del hombre… Eres anciano. Eres un fiel israelita. Podrías ser expulsado de la sinagoga en tus últimos sábados. ¿Serías capaz de soportarlo? Habla con sinceridad, y Yo, si temes, me iré. Una cueva quedará en los montes de Israel para el Hijo de Dios…
-¿Yo, Señor? ¿A quién crees que puedo temer, sino a Dios? No tengo miedo de la boca del sepulcro -es más, la miro como a cosa amiga-, ¿y crees que puedo tener miedo de la boca de los hombres? Sólo temería el juicio de Dios si, por miedo a los hombres, alejara de mí a Jesús, ¡el Cristo de Dios!
-De acuerdo. Eres un hombre justo… Me quedaré aquí… cuando no esté en las ciudades cercanas, como tengo pensado hacer todavía otra vez.
-Ve a Ramá y vienes a mi casa, Señor -dice Nicodemo.
-¿Y si te perjudica?
-¿Acaso no te invitan, por mala fe, los fariseos? ¿No podría hacerlo yo, para profundizar en tu corazón?
-Sí, Maestro. Vamos a Ramá. Mi padre se alegrará mucho, si está en casa. Y, si no está, como sucede a menudo, encontrará tu bendición a su regreso -suplica Tomás.
-El primer lugar al que iremos será Ramá, mañana…
-Maestro, nosotros te dejamos. Tenemos afuera las cabalgaduras y estaremos en Ramá antes del final de la segunda vigilia. La Luna pone blancos los caminos, como de pálido sol. Adiós, Maestro. La paz sea contigo -dice Nicodemo.
-La paz a ti, Maestro… y, escucha un consejo bueno de José el Anciano. Sé un poco astuto. Vigila alrededor de ti. Abre los ojos y cierra la boca. Haz, y no digas nunca antes lo que quieres hacer… Y no vengas a Jerusalén durante un tiempo; y, si vienes, no vayas al Templo sino el tiempo necesario para orar. ¿Me comprendes? Adiós, Maestro. La paz a ti.
José ha remarcado mucho las palabras que subrayo, y, mientras las decía, miraba intensamente a Jesús; ya simplemente su mirada era un aviso.
Salen al huertecito, blanco de luna. Desatan dos robustos asnos que estaban atados al tronco del nogal; suben a la silla y se marchan por el camino desierto y blanco…
Jesús vuelve a la cocina con los suyos…
-Pero ¿qué habrá querido decir aquí al final?
-Y ¿cómo se habrán enterado ésos?
-¿Qué le harán a José de Seforí?
-Nada. Palabras. Sólo palabras. No penséis ya más en ello. Son cosas pasadas y sin consecuencias. Vamos. Decimos la oración y nos separamos para la noche. "Padre nuestro…"».
Los bendice, los mira mientras se marchan. Luego sube, con los cuatro con que se ha quedado, a la habitación donde están las camas.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús sale junto con sus apóstoles y José de Seforí en dirección a la sinagoga. El día alegra, terso y sereno, cual promesa de primavera, después de días de viento y nubes llenas de invierno.
Así que muchos de Jerusalén están en las calles: unos, camino de las sinagogas; otros, volviendo de éstas o de otros lugares; otros, con la familia y con la intención de salir de la ciudad para disfrutar del sol del campo. Por la puerta de Herodes, visible desde la casa de José de Seforí, se ve salir a la gente buscando alegres entretenimientos fuera de las murallas, al aire libre.
Una zambullida en el verde del campo, en la amplitud, en la libertad; fuera de las calles, angostas entre las altas casas. Creo que la cintura agreste que rodeaba a Jerusalén era espontáneamente estimada por los habitantes de la ciudad, que querían conciliar la medida del sábado con su deseo de aire y sol (tomados por los caminos y no sólo en las solanas de las casas).
Pero Jesús no va hacia la puerta de Herodes. Es más, vuelve las espaldas a esta puerta para dirigirse al interior de la ciudad. Pero, habiendo recorrido sólo unos pocos pasos por la calle más ancha -en la cual desemboca la callecita donde se encuentra la casa de José de Seforí-, Judas de Keriot le señala la presencia de un joven que viene en dirección contraria, tentando la pared con un bastón, hacia arriba la cabeza carente de ojos, con el típico modo de andar de los ciegos.
Sus vestidos son pobres, pero limpios, y debe ser una persona conocida por muchos de los habitantes de Jerusalén, porque más de uno lo señala, y algunas personas se acercan a él y le dicen:
-Hombre, hoy has confundido el camino. Todos los caminos del Moria están ya atrás. Ya estás en Beceta.
-Hoy no pido limosna de dinero -responde el ciego con una sonrisa, y sigue andando, sonriente todavía, hacia el norte de la ciudad.
-Maestro, obsérvalo. Tiene los párpados soldados. Es más, yo diría que no tiene párpados. La frente se une a las mejillas sin ninguna oquedad, y parece como si debajo no estuvieran los globos de los ojos. El pobre ha nacido así.
Y así morirá, sin haber visto una sola vez la luz del Sol ni el rostro de los hombres. Ahora, dime, Maestro: para recibir este castigo tan grande, sin duda pecó; pero, si es ciego de nacimiento, como lo es, ¿cómo pudo pecar antes de nacer? ¿Será que pecaron sus padres y Dios los castigó haciéndole nacer así?
También los otros apóstoles e Isaac y Margziam se arriman a Jesús para escuchar la respuesta. Y, acelerando el paso, como atraídos por la altura de Jesús, que domina al resto de la gente, acuden dos jerosolimitanos de aspecto educado y que estaban un poco detrás del ciego. Con ellos está José de Arimatea, que no se acerca, sino que, adosándose a un portal elevado sobre dos escalones, mira a todas las caras observando todo.
Jesús responde. En el silencio que se ha formado, se oyen nítidamente las palabras:
-No han pecado ni él ni sus padres más de lo que pecan todos los hombres, y quizás menos; porque frecuentemente la pobreza es un freno para el pecado. No. Ha nacido así para que en él se manifiesten -una vez más-el poder y las obras de Dios. Yo soy la Luz que ha venido al mundo, para que aquellos del mundo que han olvidado a Dios, o han perdido su imagen espiritual, vean y recuerden, y para que aquellos que buscan a Dios o son ya de Él se vean confirmados en la fe y en el amor.
El Padre me ha enviado para que, en el tiempo que todavía se le concede a Israel, complete el conocimiento de Dios en Israel y en el mundo. Así que debo llevar a cabo las obras de Aquel que me ha enviado, como testimonio de que puedo lo que Él puede, porque soy Uno con Él; y para que el mundo sepa y vea que el Hijo no es desemejante del Padre y crea en mí en lo que Yo soy.
Después llegará la noche, en la cual ya no se puede trabajar; la tiniebla. Y el que no se haya grabado mi signo y la fe en mí, ya no podrá hacerlo en las tinieblas y en medio de la confusión, el dolor, la desolación y destrucción que cubrirán a estos lugares y aturdirán los espíritus con la agitación producida por las angustias.
Pero mientras estoy en el mundo soy Luz y Testimonio, Palabra, Camino y Vida, Sabiduría, Poder y Misericordia. Ve, pues, llégate donde el ciego de nacimiento y tráemelo aquí.
-Ve tú, Andrés. Yo quiero quedarme aquí y ver lo que hace el Maestro -responde Judas señalando a Jesús, que se ha agachado hacia el camino polvoriento, ha escupido en un montoncito de tierrilla y con el dedo está mezclando la tierra con la saliva y formando una pelotita de barro, y que, mientras Andrés, siempre condescendiente, va por el ciego, que en este momento está para torcer hacia la callecita donde está la casa de José de Seforí, se la extiende en los dos índices y se queda con las manos como las tienen los sacerdotes en la Santa Misa, durante el Evangelio o la Epístola. Pero Judas se retira de su lado diciendo a Mateo y a Pedro:
-Venid aquí, vosotros que tenéis poca estatura, y veréis mejor.
Y se pone detrás de todos, casi tapado por los hijos de Alfeo y por Bartolomé, que son altos.
Andrés vuelve, trayendo de la mano al ciego, que se esfuerza en decir:
-No quiero dinero. Dejadme que siga mi camino. Sé dónde está ese que se llama Jesús. Y voy para pedir…
-Éste es Jesús, éste que está enfrente de ti -dice Andrés deteniéndose delante del Maestro.
Jesús, contrariamente a lo habitual, no pregunta nada al hombre. Enseguida le extiende ese poco de barro que tiene en los índices, sobre los párpados cerrados, y le ordena:
-Y ahora ve, lo más deprisa que puedas, a la cisterna de Siloé, sin detenerte a hablar con nadie.
El ciego, embadurnada la cara de barro, se queda un momento perplejo y abre los labios para hablar. Luego los cierra y obedece. Los primeros pasos son lentos, como de uno que esté pensativo o se sienta defraudado. Luego acelera el paso, rozando con el bastón la pared, cada vez más deprisa (para lo que puede un ciego, aunque quizás más, como si se sintiera guiado…).
Los dos jerosolimitanos ríen sarcásticamente, meneando la cabeza, y se marchan. José de Arimatea -y me sorprende el hecho-los sigue, sin siquiera saludar al Maestro,
volviendo sobre sus pasos, o sea, hacia el Templo, siendo así que por esa misma dirección venía. Así, tanto el ciego como los dos como José de Arimatea van hacia el sur de la ciudad, mientras que Jesús tuerce hacia occidente y lo pierdo de vista, porque la voluntad del Señor me hace seguir al ciego y a los que le siguen.
Superada Beceta, entran todos en el valle que hay entre el Moria y Sión -me parece que he oído otras veces llamarle Tiropeo-y lo recorren todo hasta Ofel; orillan Ofel; salen al camino que va a la fuente de Siloé, siempre en este orden: primero, el ciego, que debe ser conocido en esta zona popular; luego los dos; último, distanciado un poco, José de Arimatea.
José se para cerca de una casita miserable, semiescondido por un seto de boj, que sobresale rodeando el huertecillo de la mísera casa. Pero los otros dos van hasta la misma fuente y observan al ciego, que se acerca cautamente al vasto estanque y, palpando el murete húmedo, introduce en la cisterna una mano y la saca rebosando de agua, y se lava los ojos, una, dos, tres veces. A la tercera aprieta también contra la cara la otra mano, deja caer el bastón y lanza un grito como de dolor.
Luego separa lentamente las manos y su primer grito de pena se transforma en un grito de alegría:
-¡Oh! ¡Altísimo! ¡Yo veo! -y se arroja al suelo como vencido por la emoción, las manos puestas para proteger los ojos, apretadas contra las sienes, por ansia de ver, por el sufrimiento de la luz, y repite:
-¡Veo! ¡Veo! ¡Ésta es entonces la tierra! ¡Ésta es la luz! ¡Ésta es la hierba que conocía sólo por su frescura!… Se levanta y, estando encorvado, como uno que lleva un peso, su peso de alegría, va al arroyo que se lleva el agua que sobra, y mira cómo fluye brillante y risueña, y susurra:
-Y esto es el agua… ¡Claro! Así la sentía entre los dedos (introduce la mano en ella), fría y que no se sujeta. Pero no te conocía… ¡Ah, hermosa, hermosa! ¡Qué hermoso es todo!
Levanta la cara y ve un árbol… Se acerca a él, lo toca, alarga una mano, acerca hacia sí una ramita, la mira, y ríe, ríe, y da sombra a los ojos con la mano y mira al cielo, al Sol, y dos lágrimas descienden de los párpados vírgenes abiertos para contemplar el mundo… Y baja los ojos hacia la hierba, donde una flor ondea en la cima de su tallo, y se ve a sí mismo, reflejado en el agua del arroyo, y se mira y dice:
-¿Así soy yo? -y observa, asombrado, a una tórtola que ha venido a beber un poco más allá, y a una cabrita que arranca las últimas hojas de un rosal agreste, y a una mujer que viene hacia la fuente con un hijito contra su pecho. Y esa mujer le recuerda a su madre, a su madre de desconocido rostro, y, alzando los brazos al cielo, grita:
-¡Bendito seas, Altísimo, por la luz, por la madre, y por Jesús! -y se echa a correr, dejando en el suelo su bastón, ya inútil…
Los dos no han esperado a ver todo esto. En cuanto han visto que el hombre veía, han ido raudos hacia la ciudad. José, sin embargo, se queda hasta el final, y, cuando el ciego que ya no es ciego pasa por delante de él como una flecha para entrar en el dédalo de callejuelas del popular barrio de Ofel, deja a su vez su lugar y vuelve sobre sus pasos, hacia la ciudad, muy pensativo…
El barrio de Ofel, siempre ruidoso, ahora está se puede decir alborotado: unos corren hacia la derecha, otros hacia la izquierda; preguntas, respuestas.
-Pero lo habréis confundido con otro…
-Te digo que no. Le he preguntado: "¿Pero eres realmente tú, Sidonio, llamado Bartolmái?", y él me ha dicho: "Lo soy". Quería preguntarle cómo sucedió, pero se fue corriendo.
-¿Dónde está ahora?
-Donde su madre, sin duda.
-¿Quién? ¿Quién lo ha visto? -preguntan nuevos llegados.
-¡Yo!
-¡Yo!-responden varios.
-¿Y cómo ha sucedido?
-…Yo lo he visto correr sin bastón, con dos ojos en la cara, y he dicho: "¡Mira! Así sería Bartolmái si…"
-Te digo que estoy temblando a más no poder. Entrando, ha dicho: "¡Madre, te veo!"
-Una gran dicha para los padres. Ahora podrá ayudar al padre y ganarse su pan…
-¡Esa pobre mujer se ha sentido mal de la alegría! ¡Una cosa! ¡Una cosa! Yo había ido a pedir un poco de sal y…
-Vamos, deprisa, a oírselo a él…
José de Arimatea se encuentra aprisionado en medio de este
jaleo no sé si por curiosidad o si por espíritu de imitación, sigue la corriente y acaba en un callejón que no tiene salida, que si prosiguiera iría al Cedrón, donde la gente se apiña y sobrepuja con sus voces el frufrú de las aguas del torrente, engrosado por las lluvias de otoño. José llega allí cuando, por otra callecita que desemboca en ésta, vienen los dos de antes con otros tres: un escriba, un sacerdote y otro que no identifico por el indumento. Se abren paso con arrogancia y tratan de entrar en la casa abarrotada de gente.
La casa es: una cocina grande, negra como el alquitrán, con un rincón aislado por un rústico tabique de tablas, tras el cual hay una yacija y una puerta que da a otro cuarto que tiene una cama más grande; una puerta, abierta en la pared opuesta, deja ver un huertecito de pocos metros cuadrados. Eso es todo.
El ciego curado habla arrimado a la mesa, respondiendo a los que le preguntan, que son todos gente pobre como él, población modesta de Jerusalén, de este barrio que es quizás el más pobre de todos. Su madre, en pie al lado de él, lo mira y llora secándose los ojos en su velo. El padre, un hombre ajado por el trabajo, se manosea la barba con su mano trémula. Entrar en la casa es imposible hasta para la prepotencia judía y doctoral, y los cinco tienen que escuchar desde fuera las palabras del curado.
-¿Que cómo se me han abierto? Ese hombre que se llama Jesús me ha ensuciado los ojos con tierra mojada y me ha dicho: "Ve a lavarte en la fuente de Siloé". He ido, me he lavado y se han abierto los ojos y he visto.
-¿Pero cómo es que has encontrado al Rabí? Siempre decías que eras un desdichado porque nunca lo encontrabas, ni siquiera cuando pasaba siempre por aquí para ir a casa de Jonás al Getsemaní. Y hoy, ahora que no se sabe nunca dónde está…
-¡Hombre! Ayer al anochecer vino un discípulo suyo y me dio dos monedas: Me dijo: "¿Por qué no tratas de ver?". Le dije: "He buscado, pero no encuentro nunca a ese Jesús que hace los milagros. Lo busco desde que curó a Analía, de mi mismo barrio, pero si voy acá Él está allá…", y él me dijo: "Yo soy un apóstol suyo y lo que yo quiero lo hace.
Ven mañana a Beceta y busca la casa de José el galileo, el del pescado seco, José de Seforí, cerca de la puerta de Herodes y del arco de la plaza, por la parte oriental, y verás que antes o después Él pasa por allí o entra en la casa, y yo le señalaré tu presencia". Dije: "Pero mañana es sábado". Quería decir que Él no haría nada en sábado.
Me dijo: "Si quieres curarte, es el día, porque después dejamos la ciudad, y no sabes si podrás volver a encontrarlo". Yo insistí: "Sé que lo persiguen. Lo he oído en las puertas de la muralla del Templo, donde voy a pedir limosna. Por eso digo que ahora que lo persiguen así menos todavía querrá ser perseguido y no curará en sábado". Y él:
"Haz lo que te digo y en sábado verás el Sol". Y he ido. ¿Quién no habría ido? ¡Si lo dice un apóstol suyo! También me dijo: "A mí es al que más escucha, y vengo expresamente porque me inspiras compasión y porque quiero que resplandezca su poder ahora que lo han ultrajado. Tú, ciego de nacimiento, harás que resplandezca. Sé lo que digo. Ven y verás". Y he ido. No había llegado todavía a la casa de José, cuando un hombre me ha tomado de la mano, pero por la voz no era el de ayer, y me ha dicho:
"Ven conmigo, hermano". No quería ir. Creía que me quisiera dar pan y dinero, o quizás vestidos, y le decía que me dejara seguir mi camino porque había sabido dónde encontrar al llamado Jesús; y el hombre me ha dicho: "Éste es Jesús, este que está delante de ti". Pero yo no he visto nada, porque era ciego.
He sentido dos dedos embadurnados en tierra mojada que me tocaban aquí y aquí, y he oído una voz que me decía: "Ve rápido a Siloé y lávate y no hables con nadie". Y lo he hecho. Pero estaba desalentado, porque esperaba ver enseguida, y casi he creído que hubiera sido una broma de jóvenes sin corazón, y casi no quería ir. Pero he sentido dentro una especie de voz decir: "Ten esperanza y obedece". Y entonces he ido a la fuente y me he lavado y he visto.
Y el joven se detiene, extático, y piensa de nuevo en la alegría de su primer momento de ver…
-¡Que salga ese hombre! ¡Queremos hacerle una serie de preguntas! -gritan los cinco.
El joven se abre paso y sale a la puerta.
-¿Dónde está el que te ha curado?
-No sé -dice el joven, al cual un amigo le ha susurrado:
«Son escribas y sacerdotes».
-¿Cómo que no lo sabes? Decías ahora que lo sabías. ¡No mientas a los doctores de la Ley y al sacerdote! ¡Ay de aquel que trate de engañar a los magistrados del pueblo!
-Yo no engaño a nadie. Ese discípulo me dijo: "Está en esa casa" y era verdad, porque yo estaba cerca cuando me han tomado de la mano y conducido donde Él. Pero, dónde está ahora, no lo sé. El discípulo me dijo que se marchaban. Podría haber salido ya por la puerta.
-¿Pero a dónde iba?
-¿Y yo qué sé?! Irá a Galilea… ¡Teniendo en cuenta cómo lo tratan aquí!…
-¡Necio e irrespetuoso! ¡Ten cuidado de cómo hablas, hez del pueblo! Te he dicho que digas por qué camino iba.
-¿Y cómo queréis que lo sepa si estaba ciego? ¿Puede un ciego decir por dónde va otro?
-Está bien. Síguenos.
-¿A dónde queréis llevarme?
-A los jefes de los fariseos.
-¿Por qué? ¿Qué tienen que ver conmigo? ¿Acaso me han curado ellos para que tenga que agradecérselo? Cuando estaba ciego y pedía limosna, mis manos no sentían nunca sus monedas; mi oído, nunca su palabra compasiva; mi corazón, nunca su amor.
¿Qué tengo que decirles? Sólo a uno debo decir "gracias", después de a mi padre y a mi madre, que durante tantos años me han amado siendo un desdichado. Y es a este Jesús que me ha curado amándome con su corazón, como mis padres con el suyo. No voy donde los fariseos. Me quedo aquí con mi madre y mi padre, a gozar de ver su rostro y ellos mis ojos que han nacido ahora, después de tantas primaveras desde aquella en que nací pero no vi la luz.
-No tantas palabras. Ven y síguenos.
-¡Que no! ¡Que no voy! ¿Habéis, acaso, enjugado alguna vez una lágrima de mi madre, abatida por mi desventura, o una gota de sudor de mi padre, agotado por el trabajo? Ahora puedo hacerlo yo con mi vista. ¿Debería, acaso, dejarlos y seguiros?
-Te lo ordenamos. No eres tú el que ordena, sino el Templo y los jefes del pueblo. Si la soberbia de estar curado te ofusca la mente para recordar que mandamos nosotros, nosotros te lo recordamos. ¡Vamos! ¡Camina!
-¿Pero por qué tengo que ir? ¿Qué queréis de mí?
-Que declares sobre esta cosa. Es sábado. Obra llevada a cabo en sábado. Debe registrarse, por el pecado. Pecado tuyo y de ese diablo.
-¡Diablos, vosotros! ¡Pecado, vosotros! ¡Y voy a ir a declarar contra el que me ha hecho un bien? ¡Vosotros estáis borrachos! Al Templo iré. Para bendecir al Señor. Y nada más que eso. Durante muchos años he estado en la sombra de la ceguera. Pero los párpados cerrados han creado tiniebla sólo para los ojos. El intelecto ha estado igual en la luz, en gracia de Dios, y me dice que no debo dañar al único Santo que hay en Israel.
-¡Basta! ¿No sabes que hay castigos para quien se opone a los magistrados?
-Yo no sé nada. Aquí estoy y aquí me quedo. Y no os conviene hacerme ningún daño. Ya veis que todo Ofel está de mi parte.
-¡Sí! ¡Sí! ¡Dejadlo! ¡Ventajistas! Dios lo protege. No lo toquéis ¡Dios está con los pobres! ¡Dios está con nosotros! ¡Explotadores, hipócritas!
La gente grita y amenaza, con una de esas espontáneas manifestaciones populares, que son las explosiones de indignación de los humildes contra quien los oprime, o de amor hacia quien los protege. Y gritan:
-¡Ay de vosotros si agredís a nuestro Salvador! ¡Al Amigo de los pobres! Al Mesías tres veces Santo. ¡Ay de vosotros! No hemos temido la ira de Herodes ni la de los Gobernadores, cuando ha hecho falta. ¡No tememos las vuestras, viejas hienas de mandíbulas desdentadas!
¡Chacales de uñas desmochadas! ¡Inútiles prepotentes! Roma no quiere tumultos y no importuna al Rabí porque Él es paz. Pero a vosotros os conoce. ¡Marchaos! ¡Fuera de los barrios de los oprimidos por vosotros con diezmos superiores a sus fuerzas, para tener dinero para saciar vuestros apetitos y realizar torpes comercios.
¡Descendientes de Jasón! ¡De Simón! ¡Torturadores de los verdaderos Eleazares, de los santos Onías. (2 Macabeos 4-6)¡Vosotros que pisoteáis a los profetas! ¡Fuera! ¡Fuera!
El tumulto se enciende, cada vez más fiero.
José de Arimatea, aplastado contra un murete, espectador de los hechos, hasta ahora atento pero inactivo, con una agilidad insospechable en un viejo -y menos todavía estando tan arrebujado en túnicas y mantos-, salta al murete y, en pie, grita:
-¡Silencio, ciudadanos! ¡Escuchad a José el Anciano!
Una, dos, diez cabezas se vuelven en la dirección del grito. Ven a José. Gritan su nombre. Debe ser muy conocido el de Arimatea y debe gozar del favor del pueblo, porque los gritos de indignación se transforman en gritos de alegría:
-¡Está José el Anciano! ¡Viva él! ¡Paz y larga vida al justo! ¡Paz y bendición al benefactor de los indigentes! ¡Silencio, que habla José! ¡Silencio!
Con dificultad se hace silencio, y durante unos momentos se oye el susurro del Cedrón al otro lado de la callejuela. Todas las cabezas -habiendo ya olvidado todos el objeto que antes los hacía mirar en dirección opuesta: hacia los cinco desdichados e inconsiderados que han suscitado el tumulto-se dirigen hacia José.
-Ciudadanos de Jerusalén, hombres de Ofel, ¡por qué permitís que os cieguen la sospecha y la ira? ¿Por qué faltar al respeto y a las costumbres, vosotros que siempre habéis sido tan fieles a las leyes de los padres? ¿De qué tenéis miedo? ¡Acaso de que el Templo sea un Mólek que no devuelva lo que recibe? ¿Acaso de que vuestros jueces sean todos ciegos, más que vuestro amigo, ciegos en el corazón y sordos respecto a la justicia? ¿No es, acaso, costumbre el que un hecho prodigioso sea declarado, escrito y conservado por quien deba hacerlo para las crónicas de Israel?
Dejad, pues, incluso por honor del Rabí a quien amáis, que el curado milagrosamente suba a declarar la obra por Él realizada. ¿Todavía titubeáis? Bien, pues yo me hago garante de que nada malo le sucederá a Bartolmái. Y sabéis que no miento. Como a un hijo amado de mi corazón lo escoltaré hasta allá arriba, y os lo traeré aquí después.
Creed en mí. Y del sábado no hagáis un día de pecado con la rebelión contra vuestros jefes.
-¡Es como dice! No debemos. Podemos creerlo. Es un justo. En las buenas deliberaciones del Sanedrín siempre su voz está presente.
La gente intercambia sus ideas y al final grita:
-¡A ti sí, te confiamos nuestro amigo!
Y, dirigiéndose al joven:
-¡Ven! No temas. Con José de Arimatea estás tan seguro como con tu padre y más -y se abre para que el joven pueda ir donde José, que ha bajado de su púlpito improvisado; y, mientras pasa, le dicen:
-Vamos también nosotros. ¡No temas!
José, ricamente vestido de espléndida lana, pone una mano en un hombro del joven y se pone en camino. La túnica cenizosa y gastada del joven, su pequeño manto, van rozando contra la amplia túnica rojo oscura y el pomposo manto aún más oscuro del anciano miembro del Sanedrín. Detrás, los cinco; después de éstos, muchos, muchos de Ofel…
Ya están en el Templo, tras haber atravesado las calles centrales llamando la atención de muchos. Y la gente recíprocamente se señala al que antes era ciego, diciendo:
-¡Pero si es el que pedía limosna ciego! ¡Y ahora tiene ojos! Bueno, quizás es uno que se le parece. No. Es él, sin duda, y lo llevan al Templo. Vamos a oír -y la fila aumenta cada vez más, hasta que los muros del Templo se tragan a todos.
José guía al joven a una sala -no es el Sanedrín-donde hay muchos fariseos y escribas. Entra. Y con él entran Bartolmái y los cinco. A los lugareños de Ofel los echan para atrás reteniéndolos en el patio.
-Aquí está el hombre. Yo mismo os le he traído, pues, sin ser visto, he asistido a su encuentro con el Rabí y a su curación. Y os puedo decir que fue totalmente casual por parte del Rabí.
El hombre, lo oiréis también vosotros, fue conducido -o mejor: invitado a ir-donde estaba el Rabí, por Judas de Keriot, a quien conocéis. Y yo he oído, y también estos dos que están conmigo han oído porque estaban presentes, cómo fue Judas el que tentó a Jesús de Nazaret en orden al milagro.
Ahora aquí declaro que si hay que castigar a uno no es ni al ciego ni al Rabí, sino al hombre de Keriot, que -Dios ve si miento al decir lo que mi intelecto piensa-es el único autor del hecho, en el sentido de que lo ha provocado con intencionada maniobra. He dicho.
-Lo que dices no anula la culpa del Rabí. Si un discípulo peca, no debe pecar el Maestro. Y Él ha pecado curando en sábado. Ha realizado obra servil.
-Escupir en el suelo no es hacer obra servil. Y tocar los ojos de otro no es hacer obra servil. Yo también toco al hombre y no creo pecar.
-Él ha realizado un milagro en sábado. En esto está el pecado.
-Honrar el sábado con un milagro es gracia de Dios y su bondad. Es su día. ¿No puede, acaso, el Omnipotente celebrarlo con un milagro que haga resplandecer su poder?
-No estamos aquí para escucharte a ti. Tú no eres el encausado. Al que queremos interrogar es a ese hombre. Responde tú. ¿Cómo has obtenido la vista?
-Ya lo he dicho. Y éstos me han oído. El discípulo de ese Jesús ayer me dijo: "Ven y haré que te cures". Y fui. Y he sentido ponerme barro aquí y una voz que me decía que fuera a Siloé a lavarme. Lo he hecho y veo.
-¿Pero tú sabes quién te ha curado?
-¡Claro que lo sé! Jesús. Ya os lo he dicho.
-¿Pero sabes exactamente quién es Jesús?
-Yo no sé nada. Soy un pobre y un ignorante. Y hasta hace poco estaba ciego. Esto es lo que sé. Y sé que Él me ha curado. Y, si lo ha podido hacer, sin duda, Dios está con Él.
-¡No blasfemes! Dios no puede estar con quien no observa el sábado -gritan algunos.
Pero José y los fariseos Eleazar, Juan y Joaquín observan:
-Tampoco puede un pecador hacer esos prodigios.
-¿Acaso estáis seducidos también vosotros por ese poseído?
-No. Somos justos. Y decimos que, si Dios no puede estar con quien realiza obras en sábado, tampoco puede el hombre sin Dios hacer que un ciego de nacimiento vea -dice con calma Eleazar. Y los otros asienten.
-¿Y al demonio dónde lo dejáis? -gruñen los malévolos.
-No puedo creer, y tampoco vosotros lo creéis, que el demonio pueda realizar obras que tengan la virtud de hacer alabar al Señor -dice el fariseo Juan.
-¿Pero quién lo alaba?
-El joven, sus padres, todo Ofel, y yo con ellos, y conmigo todos los que son justos y temen santamente a Dios -rebate José.
Los malévolos, cortados, no sabiendo qué objetar, arremeten contra Sidonio, llamado Bartolmái:
-¿Tú qué dices del que te ha abierto Is ojos?
-Para mí es un profeta. Y más grande que Elías con el hijo de la viuda de Sarepta. Porque Elías hizo que el alma volviera al niño (l Reyes l7,l7-24). Pero este Jesús me ha dado lo que nunca había perdido, porque no lo había tenido nunca: la vista. Y si me ha hecho los ojos, así, en un instante y con nada, excepto un poco de barro, mientras que en nueve meses mi madre con carne y sangre no había logrado hacérmelos, debe ser tan grande como Dios, que con barro hizo al hombre.
-¡Fuera! ¡Fuera! ¡Blasfemo! ¡Embustero! ¡Vendido! -y echan afuera al hombre como si fuera un réprobo.
-Ese hombre miente. No puede ser verdad. Todos pueden decir que uno que ha nacido ciego no se puede curar. Será uno que asemeja a Bartolmái, y preparado por el Nazareno… o… Bartolmái no ha estado nunca ciego.
Ante esta sorprendente afirmación, José de Arimatea reacciona sin vacilar:
-Que el odio ciegue se sabe desde los tiempos de Caín; pero que vuelva necia a la gente no se sabía aún. ¿Os parece lógico que uno llegue a la madurez de la juventud fingiéndose ciego por… esperar un presumible hecho estrepitoso y muy futuro? ¿O que los padres de Bartolmái no conozcan a su hijo o se presten a esta mentira?
-El dinero lo puede todo. Y son pobres.
-El Nazareno es más pobre que ellos.
-¡Mientes! Sumas de sátrapa pasan por sus manos.
-Pero no se paran en ellas ni un instante. Son de los pobres esas sumas; usadas para el bien, no para el engaño.
-¡Cómo lo defiendes! ¡Y eres uno de los Ancianos!
-José tiene razón. La verdad hay que decirla independientemente del cargo que un hombre ocupe -dice Eleazar.
-Corred a llamar al ciego. Y traedlo otra vez aquí. Y que otros vayan donde los padres y los traigan aquí -grita Elquías (ha abierto de par en par la puerta y ha dado la orden a algunos que estaban afuera esperando). Y su boca está casi recubierta de baba, de tanto como lo ahoga la ira.
Unos corren en una dirección, otros en otra. El primero que vuelve es Sidonio, llamado Bartolmái, sorprendido y molesto. Lo encajan en un rincón y lo miran al igual modo que una jauría de perros acecha a la caza… Luego, después de un buen rato, llegan los padres de él, rodeados de gente.
-Entrad vosotros. ¡Los demás, afuera!
Los dos entran asustados, y ven a su hijo allí, en el fondo, sano pero en situación de arresto. La madre, gimiendo, dice:
-¡Hijo mío'. ¡Y debía ser día de fiesta para nosotros!
-Escuchadnos. ¿Es vuestro hijo este hombre? -pregunta rudamente un fariseo.
-¡Sí que es nuestro hijo! ¿Quién creéis que puede ser, sino él?
-¿Estáis completamente seguros?
El padre y la madre están tan asombrados de la pregunta, que antes de responder se miran.
-¡Responded!
-Noble fariseo, ¿cómo piensas que un padre y una madre puedan engañarse respecto a su hijo? -dice humildemente el padre.
-¿Pero… podéis jurar… sí, que por ninguna suma os ha sido pedido decir que éste es vuestro hijo, mientras que es uno que le asemeja?
-¿Pedido decir? ¿Y quién habría sido? ¿Jurar? ¡Mil veces, y por el altar y el Nombre de Dios, si quieres!
-Es una afirmación tan segura que desalentaría hasta al más obstinado.
Pero los fariseos no se desalientan! Preguntan:
-¿Pero vuestro hijo no había nacido ciego?
-Sí. Así había nacido. Con los párpados cerrados y, debajo, el vacío, la nada…
-¿Y cómo es que ahora ve, tiene los ojos y, sobre ellos, abiertos los párpados? ¿No querréis decir que los ojos pueden nacer así, como flores en primavera, y que un párpado se abre exactamente como el cáliz de una flor!… -dice otro fariseo, y se ríe sarcásticamente.
-Sabemos que este hombre es verdaderamente nuestro hijo desde hace casi treinta años, y que nació ciego; pero no sabemos cómo es que ahora ve, ni tampoco quién le ha abierto los ojos. Y… ¿por qué no le preguntáis a él? No es un idiota ni un niño. Tiene ya sus buenos años.
Preguntadle y os responderá.
-Vosotros mentís. Él, en vuestra casa, ha contado cómo ha sido curado y por quién. ¿Por qué decís que no sabéis? -grita uno de los dos que habían seguido siempre al ciego.
-Estábamos tan atónitos por la sorpresa, que no hemos oído -se justifican los dos.
Los fariseos se vuelven hacia Sidonio, llamado Bartolmái:
-Acércate ¡Y da gloria a Dios, si es que puedes! ¿No sabes que quien te ha dado los ojos es un pecador? ¿No lo sabes? Bueno, pues ya lo sabes. Lo decimos nosotros, que lo sabemos.
-¡Bueno…! Será como decís vosotros. Yo si es pecador no lo sé. Sé solo que antes estaba ciego y ahora veo, y bien nítido.
-Pero ¿qué te ha hecho? ¿Cómo te ha abierto los ojos?
-Ya os lo he dicho y no me habéis escuchado. ¿Queréis oírlo otra vez? ¿Por qué? ¿Es que queréis haceros discípulos de Él?
-¡Necio! Sé tú discípulo de ese hombre. Nosotros somos discípulos de Moisés. Y de Moisés sabemos todo, y que Dios le habló. Pero de este hombre no sabemos nada, ni de dónde viene ni quién es, y ningún prodigio del Cielo lo señala como profeta.
-¡Aquí precisamente está lo increíble! Que no sabéis de dónde es y decís que ningún prodigio lo señala como justo.
Pero Él me ha abierto los ojos y ninguno de nosotros de Israel había podido hacerlo jamás, ni siquiera el amor de una madre y los sacrificios de mi padre. Pero hay una cosa que sabemos todos, tanto yo como vosotros, y es que Dios no presta oídos al pecador, sino a aquel que tiene temor de Dios y hace su voluntad. No se ha oído nunca que ninguno, en todo el mundo, haya podido abrir los ojos a un ciego de nacimiento; pero este Jesús lo ha hecho. Si no viniera de Dios, no habría podido hacerlo.
-Has nacido enteramente en el pecado, eres deforme en el espíritu igual y más de lo que lo fuiste en el cuerpo, ¿y te las das de poder enseñarnos a nosotros? ¡Fuera, maldito aborto, y hazte diablo con tu seductor! ¡Fuera! ¡Fuera todos, plebe necia y pecadora! -y echan fuera a hijo, padre y madre, como si fueran tres leprosos.
Los tres se marchan raudos, seguidos por los amigos. Pero, llegado afuera de la muralla, Sidonio se vuelve y dice:
-¡Para vosotros la perra gorda! Decid lo que queráis. La verdad es que yo veo, y alabo a Dios por ello. Y diablos seréis vosotros, no el Bueno que me ha curado.
-¡Calla, hijo! ¡Calla! ¡Basta que no nos perjudique!… -gime la madre.
-¡Oh, madre! ¿El aire de aquella sala te ha envenenado el alma, a ti que en mi dolor me enseñabas a alabar a Dios y ahora en la alegría no le sabes dar gracias y temes a los hombres? Si Dios me ha amado tanto, y te ha amado tanto, que nos ha dado el milagro, ¿no sabrá defendernos de un puñado de hombres?
-Nuestro hijo tiene razón, mujer. Vamos a nuestra sinagoga
a alabar al Señor, dado que del Templo nos han echado. Y vamos raudos, antes de que termine el sábado…
Y, acelerando el paso, desaparecen por los caminos del valle.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Pedro entra y cae en el mismo estado de abatimiento en que cayó en el Jordán después de vadear en Betabara: se relaja derrengado en el primer asiento que encuentra y mete la cabeza entre las manos.
Los otros no están tan abatidos. Pero turbados, pálidos, yo diría: desconcertados, lo están todos; unos más, otros menos. Los hijos de Alfeo, Santiago de Zebedeo y Andrés no responden casi al saludo de José de Seforí y de la mujer de éste (la cual llega con una anciana criada y con pan caliente y alimentos varios). Margziam presenta signos de haber llorado. Isaac acude hacia Jesús y le toma la mano y se la acaricia susurrando:
-Igual que en la noche de la matanza… Y otra vez salvo.
¡Oh, mi Señor, hasta cuándo? ¿Hasta cuándo podrás salvarte?
Éste es el grito que abre las bocas, y todos, confusamente, hablan, refiriendo los maltratos, las amenazas, los miedos sufridos…
Otro golpe en la puerta.
-¿Oye no nos habrán seguido? ¡Ya había dicho yo que viniéramos en pequeños grupos!… -dice Judas Iscariote.
-Hubiera sido mejor, sí. Los tenemos siempre pisándonos los talones. Pero ya… -dice Bartolomé.
José, aunque con pocas ganas, va personalmente a mirar por el ventanillo mientras su mujer dice:
-Desde la terraza podéis bajar a las cuadras y de allí al huerto de atrás. Os lo voy a mostrar…
Pero, mientras se encamina, su marido exclama:
-¡El Anciano José! ¡Qué honor! -y abre la puerta y deja entrar a José de Arimatea.
-Paz a ti, Maestro. Estaba y he visto… Saliendo yo del
Templo profundamente asqueado, Manahén me ha encontrado. Y no poder intervenir, no poder hacerlo, para serte más útil y… ¡Oh!, ¿estás también tú aquí, Judas de Keriot? Tú podrías hacerlo, tú que eres amigo de tantos. ¿No sientes el deber de hacerlo, tú que eres su apóstol?
-Tú eres discípulo…
-No. Si lo fuera, lo seguiría como le siguen otros. Soy un amigo suyo.
-Es lo mismo.
-No. También Lázaro es amigo suyo, y no querrás decir que es discípulo…
-En el alma, sí.
-Todos los que no son diablos son discípulos de su palabra, porque la sienten palabra de Sabiduría.
La pequeña disputa entre José y Judas de Keriot se agota, mientras José de Seforí, comprendiendo ahora -no antes-que algo malo ha sucedido, pregunta a éste o a aquél con interés y muestras de dolor.
-¡Hay que decírselo a José de Alfeo! ¡Eso hay que decirlo! Y encargaré… ¿Qué quieres, José? -pregunta, volviéndose al Anciano, que le ha tocado el hombro para preguntarle algo.
-Nada. Sólo quería felicitarte por tu buen aspecto. Éste es un buen israelita. Fiel y justo en todo. ¡Sí, yo lo sé! De él se puede decir que Dios lo ha probado y conocido…
Otra llamada a la puerta.
Los dos José se dirigen juntos hacia ella para abrirla, y veo que José de Arimatea se inclina para decirle al oído algo al otro, que reacciona con un gesto de viva sorpresa y se vuelve un momento a mirar hacia los apóstoles. Luego abre la puerta.
Nicodemo y Manahén entran, seguidos de todos los pastores-discípulos presentes en Jerusalén, o sea, de Jonatán y de los que fueron discípulos de Juan el Bautista. Luego, con ellos, está el sacerdote Juan junto con otro muy anciano, y Nicolái. Y, al final de todos, Nique con la jovencita que le ha sido confiada por Jesús, y Analía con su madre. Se quitan el velo que esconde sus caras y aparecen sus rostros turbados.
-¡Maestro! ¿Pero qué te está sucediendo? Lo he sabido… antes por la gente que por Manahén… La ciudad está llena de estas voces, como una colmena de zumbidos. Y los que te aman te buscan con solicitud en los lugares donde piensan que estás. Claro, también han ido a tu casa, José… Yo misma estaba yendo a las casas de Lázaro… ¡Esto es demasiado! ¿Cómo te has salvado?
-La Providencia ha velado en defensa de mí. No lloren las discípulas; antes bien, bendigan al Eterno y fortalezcan el propio corazón. Y, a todos vosotros, gracias y bendiciones. No está del todo muerto el amor en Israel. Y ello me consuela.
-Sí. Pero no vayas más al Templo, Maestro. Durante mucho no vayas. ¡No vayas!
Las voces son unánimes al decir estas palabras, y el angustioso "no vayas" retumba entre las robustas paredes de la vieja casa con voz de suplicante advertencia.
El pequeño Marcial, escondido en alguna parte, siente ese rumor y, curioso, acude y mete la carita en la fisura de la cortina. Y al ver a María va donde ella y se refugia entre sus brazos por temor a la reprensión de José de Seforí. Pero José está demasiado intranquilo y ocupado en escuchar a uno o a otro, en aconsejar, en aprobar, etc. como para ocuparse de él, y lo ve sólo cuando el niño -al que la anciana María ha dicho algo-va donde Jesús y, echándole los brazos al cuello, lo besa. Jesús le coge con un brazo y lo arrima a sí, mientras responde a los muchos que le dicen lo que creen que sea mejor hacer.
-No. No me muevo de aquí. A casa de Lázaro, que me esperaba, id vosotros a decir que no puedo. Yo, galileo y amigo de años de la familia, me quedo aquí hasta el ocaso de mañana. Y luego… pensaré a dónde ir…
-Siempre dices esto, y luego vuelves allá. Pero ya no te dejaremos ir. Yo al menos. Verdaderamente te he creído perdido… -dice Pedro, y dos lágrimas se le forman de nuevo en la comisura de sus ojos abombados.
-Nunca he visto una cosa así. Y ya basta. Esto me ha hecho decidirme. Si no me rechazas… Estoy ya demasiado viejo para el altar, pero para morir por ti valgo todavía. Y moriré, si hace falta, entre el vestíbulo y el altar, como el sabio Zacarías; o como Onías, defensor del Templo y del Tesoro (2 Crónicas 24, l7-22; 2 Macabeos 4, 30-35) , moriré fuera del sagrado recinto al que he consagrado mi vida.
¡Pero Tú me abrirás un lugar más santo! ¡No, no puedo seguir viendo la abominación! ¿Por qué mis viejos ojos han tenido que ver tanto? ¡La abominación vista por el Profeta (Daniel 9, 27; ll, 3l; l2, ll) está ya dentro de los muros, y sube, sube como un movimiento de aguas que la riada empuja para sumergir a una ciudad! ¡Sube, sube! Invade los patios y los pórticos, supera los escalones, penetra más adelante.
¡Sube! ¡Sube! ¡Choca ya contra el Santo! ¡La ola fangosa lame ya las piedras que pavimentan el sagrado lugar! ¡Ensombrece los exquisitos colores! ¡Ensucia ya el pie del Sacerdote! ¡Moja la túnica! ¡Empapa el efod! ¡Vela las piedras del racional y ya no se pueden leer las palabras! ¡Oh! ¡Oh! Las ondas de la abominación suben hasta el rostro del Sacerdote Sumo y lo embadurnan, y la Santidad del Señor está debajo de una costra de fango, y la tiara es como un tejido caído en un pantano lodoso. ¡Fango! ¡Fango! ¿Pero sube desde fuera, o es que desde lo alto del Moria rebosa y cae sobre la ciudad y sobre todo Israel?
¡Padre Abraham! ¡Padre Abraham! ¿No querías encender allí el fuego del sacrificio (Génesis 22, l-l8) para que resplandeciera el holocausto del corazón fiel? ¡Ahora, donde debía haber fuego, brota lodo a borbotones! Isaac está en medio de nosotros y el pueblo lo inmola. Pero si pura es la Víctima… si pura es la Víctima… emponzoñados están los sacrificadores. ¡Anatema sobre nosotros! ¡Encima del monte el Señor verá la abominación de su pueblo!… ¡Ah! -y el viejo, que está con el sacerdote Juan, cae abatido al suelo, se cubre la cara y rompe en un desolado llanto de anciano.
-Te lo traía… Hace mucho que quiere… Pero hoy, después de lo que ha visto, nadie podía retenerlo… El anciano Matán (o Natán) tiene frecuentemente espíritu profético, y si bien la vista de sus pupilas se vela cada vez más, la de su espíritu cada vez más se ilumina. Acepta a mi amigo, Señor -dice el sacerdote Juan.
-No rechazo a nadie. Álzate, sacerdote, y alza el espíritu. En lo alto no hay fango. Y el fango no toca a quien sabe estar arriba.
El viejo se alza (pero, lleno de reverencia, antes de hacerlo, toma el borde extremo de la túnica de Jesús y lo besa).
Las mujeres, especialmente Analía, todavía lloran en su velo, conmovidas. Las palabras del anciano aumentan su llanto. Jesús las llama y ellas, desde su rincón, van cabizbajas hasta el Maestro. Si Nique y la madre de Analía saben reprimir el llanto y tenerlo casi escondido, la joven discípula solloza abiertamente, sin contención respecto a quienes la observan no con el mismo sentimiento.
-Perdónala, Maestro. Te debe la vida y te ama. No soporta pensar que te dañen. Y además se ha quedado tan… sola y tan… triste después de que… -dice la madre.
-¡No, no es por eso! ¡No, no es por eso! ¡Señor! ¡Maestro! ¡Salvador mío! Yo… Yo… -Analía no logra hablar, parte por los sollozos, parte por vergüenza, o por otros motivos.
-Ha temido represalias porque es discípula. Sin duda es por eso. Muchos se marchan por ese motivo… -dice Judas Iscariote.
-¡No! ¡Menos todavía por eso! Tú no comprendes nada, hombre, o es que prestas tu pensamiento a otros. Pero Tú, Señor, sabes por qué lloro. Mi temor ha sido que hubieras muerto y que no te hubieras acordado de la promesa… -termina en suspiro, después de haber dicho con fuerza las primeras palabras, al rebelarse a la insinuación de Judas.
Jesús le responde:
-Nunca olvido. No temas. Ve a tu casa tranquila a esperar la hora de mi triunfo y de tu paz. Ve. De un momento a otro se pondrá el sol. Retiraos, mujeres. Y la paz sea con vosotras.
-Señor, no querría dejarte… -dice Nique.
-La obediencia es amor.
-Es verdad, Maestro. ¿Pero por qué no yo también como Elisa?
-Porque tú me eres útil aquí como ella en Nob. ¡Ve, Nique, ve! Que algunos hombres acompañen a las mujeres para que no sean importunadas.
Manahén y Jonatán se preparan a obedecer. Pero Jesús para a Jonatán preguntándole:
-¿Entonces vuelves a Galilea?
-Sí, Maestro. El día después del sábado. Me manda mi patrón.
-¿Tienes sitio en el carro?
-Voy solo, Maestro.
-Entonces llevarás contigo a Margziam y a Isaac. Tú, Isaac, sabes lo que debes hacer; y tú también, Margziam…
-Sí, Maestro -responden los dos, Isaac con su pacífica sonrisa, Margziam con un temblor de llanto en la voz y en los labios.
Jesús lo acaricia y Margziam, olvidando todo comedimiento, se deja caer sobre su pecho y dice:
-¡Dejarte… ahora que te persiguen todos!… ¡Oh, Maestro mío! ¡No volveré a verte!… Has sido todo mi Bien. ¡Todo he encontrado en ti!… ¿Por qué me mandas irme? ¡Déjame morir contigo! ¿Qué crees que me importe ya la vida, si no te tengo a ti?
-Te digo a ti lo que le he dicho a Nique. La obediencia es amor.
-¡Me voy! ¡Bendíceme, Jesús!
Jonatán se marcha con Manahén, con Nique y las otras tres mujeres. También los otros discípulos se marchan en pequeños grupos.
Sólo cuando la habitación -antes muy llena-casi se vacía, se nota la falta de Judas de Keriot. Y muchos se sorprenden, porque estaba allí poco antes y no ha recibido ningún encargo.
-Habrá ido a comprar para nosotros -dice Jesús para impedir comentarios, y sigue hablando con José de Arimatea y Nicodemo, que son los únicos que, junto con los once apóstoles y Margziam, se han quedado. Margziam está al lado de Jesús con la avidez de disfrutar de Él estas últimas horas. Así, Jesús está entre Margziam, jovencito, Marcial, niño, morenitos, delgaditos, igualmente infelices en su niñez e igualmente recogidos en nombre de Jesús por dos buenos israelitas.
José de Seforí y su esposa se han eclipsado prudentemente para dejar libre al Maestro.
Nicodemo pregunta:
-¿Quién es este niño?
-Es Marcial. Un niño que José ha tomado como hijo.
-No lo sabía.
-Nadie, o casi nadie, lo sabe.
-Muy humilde, ese hombre. Otro habría sacado a relucir su acción -observa José.
-¿Tú crees?… Marcial, ve a enseñarle la casa a Margziam… -dice Jesús. Y, una vez que los dos se han marchado, sigue hablando:
-Estás en un error, José. ¡Qué difícil es juzgar con justicia!
-Pero, Señor, recoger a un huérfano, porque está claro que es un huérfano, y no jactarse de ello, es humildad.
-El niño, lo dice su nombre, no es de Israel…
-¡Ah, ahora entiendo! Hace bien entonces en tenerlo oculto.
-Pero ha sido circuncidado…
-No importa… Ya sabes… También Juan de Endor estaba circuncidado… y fue para ti ocasión de censura. José, que además es galileo, podría tener problemas, a pesar de la circuncisión. Hay muchos huérfanos también en Israel… La verdad es que con ese nombre… y con el aspecto…
-¡Hay que ver: sois todos "Israel", incluso los mejores; incluso cuando hacéis el bien no comprendéis y no sabéis ser perfectos! ¿No entendéis todavía que Uno solo es el Padre de los Cielos, y que todas las criaturas son hijas suyas?
¿No entendéis todavía que el hombre puede recibir un único premio o un único castigo, que sean verdaderamente premio o castigo? ¿Por qué haceros esclavos del miedo a los hombres?
¡Ah!, esto es el fruto de la corrupción de la Ley divina, tan trabajada, tan oprimida por leyezuelas humanas, que se llega a ofuscar y a oscurecer incluso el pensamiento del justo que la practica.
¿Acaso en la Ley mosaica -y, por tanto, divina-, o en la premosaica -únicamente moral, o surgida por inspiración celeste-está escrito que el que no era de Israel no podía entrar a formar parte de él? ¿No se lee en el Génesis (Génesis l7, l2): "Cumplidos ocho días, todo niño varón que esté entre vosotros sea circuncidado; tanto el nacido en casa como el comprado, aunque no sea de vuestra estirpe, sea circuncidado"? Esto estaba escrito.
Cualquier otro añadido es vuestro. Se lo he dicho a José y os lo digo a vosotros. Pronto ya no tendrá excesiva importancia la circuncisión antigua. Una nueva, y más verdadera, será aplicada, y en parte más noble. Pero mientras la primera siga, y vosotros, por fidelidad al Señor, la apliquéis al varón nacido de vosotros, o adoptado por vosotros, no os avergoncéis de haberlo hecho en carne de otra estirpe.
La carne es del sepulcro, el alma es de Dios. Se circuncida la carne al no poder circuncidar lo que es espiritual. Pero la señal santa resplandece en el espíritu. Y el espíritu es del Padre de todos los hombres. Meditad en esto.
Un momento de silencio. Luego José de Arimatea se levanta y dice:
-Me marcho, Maestro. Ven mañana a mi casa.
-No. Es mejor que no vaya.
-Entonces a la mía, a la casa que está en el camino que del monte de los Olivos va hacia Betania. Allí hay paz y…
-Tampoco. Iré al monte de los Olivos. Para orar… Mi espíritu busca soledad. Os ruego que me consideréis disculpado.
-Como quieras, Maestro. Y… no vayas al Templo. La paz a ti.
-La paz a vosotros.
Los dos se marchan…
-¡Yo quisiera saber a dónde ha ido Judas! -exclama Santiago de Zebedeo.
-Yo diría que donde los pobres.
-¡Pero está aquí la bolsa!
-No haced caso… Vendrá…
Vuelve María de José con unas lámparas, porque la luz ya no rompe el espesor de la plancha de mica puesta como lucernario en la espaciosa habitación. Y vuelven los dos chicos.
-Estoy contento de dejarte con uno que tiene casi mi nombre. Así, cuando lo llames a él, te acordarás de mí -dice Margziam.
Jesús lo estrecha contra sí.
Vuelve también Judas -le ha abierto la criada-. Entra seguro de sí, sonriente, atrevido.
-Maestro, quería ver… La tempestad está calmada. He acompañado a las mujeres… ¡Qué miedosa esa jovencita! No te he dicho nada porque me lo habrías impedido, y quería ver si había peligro para ti. Pero ya ninguno piensa en ello. El sábado vacía las calles.
-Bueno, bien. Ahora vamos a estar aquí en paz y mañana…
-¡No querrás ya ir al Templo! -gritan los apóstoles.
-No. A nuestra sinagoga, donde hay buenos galileos fieles.