493- Jesús habla cabe la fuente de En Royel, lugar en que hicieron un alto los tres Sabios

Jesús regresa de Betania por el camino bajo (empleo esta palabra para referirme al más largo, que no pasa por el Monte de los Olivos y que entra en la ciudad pasando por el barrio de Tofet).

Primero se detiene para ofrecer unas ayudas a los leprosos que no han sabido pedirle más que pan. Luego va derecho a un amplio receptáculo cuadrangular, cubierto, cerrado por todos los lados menos por uno. Un pozo, un pozo grande cubierto, el más grande que he visto. Es más grande que el de la Samaritana, y debe ser también más rico en aguas, porque el suelo de alrededor acusa su nutrición y muestra mucha fertilidad, en contraste con el árido y sepulcral valle de Hinnon, que se vislumbra de refilón al noroeste.

Sólo una construcción de sólida piedra, como es la del pozo y su cubierta, habría podido resistir a la humedad del suelo. Y las piedras -no hace falta ser expertos para considerarlas antiguas-resisten, oscuras y robustas, como protección del agua preciosa.

A pesar del aspecto tétrico del día, y a pesar de la proximidad de los sepulcros de los leprosos, que infunden siempre en las cercanías una gran tristeza, el lugar es sereno, sea por su gran fertilidad, sea porque tiene detrás, al norte, vastos jardines, ricos en árboles de todo tipo, que alzan sus tupidas copas contra el fondo del cielo pardo que se abate sobre la ciudad; y, delante, al sur, el valle del Cedrón, que ensancha su lecho y se hace más nutrido de aguas, de la misma forma que el valle se hace más alegre y rico en luz, siguiendo el camino que va a Betania y a Jericó por un buen trecho.

Mucha gente (mujeres con ánforas, asnerizos con cubos, caravanas que van a salir o que están llegando) se paran junto al pozo y sacan agua. Un largo trecho de suelo está húmedo por los cubos que gotean cuando se vierte su contenido en los recipientes. Tranquilidad y dulces voces de mujeres, gorjeantes vocecitas de niños, voces graves, roncas, fuertes de hombres, rebuznos de burros y estridentes gritos de camellos que, acoclados bajo su carga, esperan a que el camellero vuelva con el agua.

Una escena muy típica, en un ocaso fosco, en que el cielo tiene extrañas pinceladas de un amarillo innatural, improviso, que esparce una luz extraña sobre todas las cosas; mientras, más arriba, nubes densas y plúmbeas se encabalgan corriendo hacia Occidente. Las partes más altas de la ciudad, con esa luz extraña contra el fondo del horizonte plúmbeo estriado con pinceladas sulfúreas, son espectrales.

-Esto es todo agua, y viento… -sentencia Pedro, y pregunta:
-¿A dónde vamos esta noche?
-A casa del hombre de los jardines. Mañana subo al Templo y…
-¿Todavía? ¡Mira bien lo que haces! Sería mejor que aceptaras la invitación de los libertos a su sinagoga -aconseja Simón Zelote.

-Entonces, sinagoga por sinagoga; hay otras, ¡y que han dado muestras de desear su presencia! ¿Por qué tienen que ser ellos? -dice Judas de Keriot.

-Porque son los más seguros. Y la razón se comprende sin que yo la diga -rebate el Zelote.
-¡Seguros! ¿Qué es lo que te da esa certeza?
-El hecho de que han sabido permanecer fieles, a pesar de lo que han pasado.

-No discutáis entre vosotros. Mañana voy a subir al Templo. Ya lo he dicho. Ahora, quedémonos aquí un poco. Siempre es un lugar de buena evangelización.
-No más que otro. No sé por qué lo prefieres.

-¿Que por qué, Judas? Por muchas razones que diré a los que se están congregando, y por una que os digo a vosotros en particular. En este pozo de la fuente de Royel se detuvieron, inseguros y contrariados los tres Sabios de Oriente, pues que había desaparecido la estrella que los había guiado desde tan lejos. Cualquier otro hombre habría dudado de Dios y de sí mismo. Ellos estuvieron en oración hasta el alba, junto a sus cansados camellos (los únicos que estaban despiertos, entre los servidores que dormían).

Y luego, al alba, se alzaron y se dirigieron a las puertas, desafiando el peligro de ser tomados por locos y agitadores, desafiando también el peligro de morir.

Recordad que reinaba Herodes, el sanguinario. Y bastaba mucho menos de la frase que los Sabios querían decirle para que les decretara su muerte. Pero ellos me buscaban a mí. No buscaban gloria, riquezas, honores. Me buscaban a mí, sólo a mí. A un niño: a su Mesías, a su Dios.

La búsqueda de Dios, siendo buena, proporciona siempre todas las ayudas y todo el coraje. Los miedos, las cosas bajas, son la herencia de los que sueñan cosas bajas.

Ellos aspiraban a adorar a Dios. Este amor suyo los hacía fuertes. Y, pocas horas después, el amor tuvo un premio, porque aquí, en la noche lunar, reapareció la estrella ante sus ojos. Nunca le falta la estrella de Dios a quien con justicia y amor lo busca.

¡Los tres Sabios! Hubieran podido quedarse entre los falsos honores que Herodes les daba, después de la respuesta de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas y doctores. Y estaban muy cansados… Pero no se quedaron ni siquiera una noche, y, antes de que se cerraran las puertas, salieron para esperar aquí al alba. Luego… no el alba solar, sino el alba de Dios apareció de nuevo para hacer de plata el camino. La estrella los llamó con sus luces y ellos fueron a la Luz.

¡Bienaventurados! ¡Bienaventurados ellos y quien sabe imitarlos!

Los apóstoles y Margziam con Isaac están centrados en escuchar, con ese rostro feliz que tienen siempre que Jesús evoca su nacimiento; e Isaac, absorto, suspira, sonríe ante este recuerdo… con un rostro extático, lejano del lugar y del tiempo, regresando a más de treinta años antes, a aquella noche, a aquella estrella que ciertamente vio entre su rebaño…

Más gente se ha acercado, porque el camino es de mucho tránsito, y está escuchando; y alguno recuerda la fantástica caravana, y la noticia que trajo… y las consecuencias de ella.

-Éste siempre es lugar de consejo. La historia siempre se repite. Este siempre es lugar de prueba. Para los buenos, para los malos. Pero toda la vida es una prueba de la fe y justicia del hombre.

Os recuerdo la fidelidad de Jusay, de Sadoq y Abiatar, de Jonatán y Ajimaas, que de este lugar partieron para salvar a su rey y fueron protegidos por Dios porque obraban con justicia.

Os recuerdo (2 Samuel l7 y en l Reyes l) un hecho relacionado con este mismo lugar y que no tuvo buenas consecuencias por tratarse de un abuso y, por tanto, no estar bendecido por Dios. Junto a la piedra de Zojélet, cerca de la fuente de Royel, Adonías conspiró contra la voluntad de su padre y se hizo proclamar rey por los de su partido.

Pero el abuso no lo favoreció, porque, antes del final del banquete, los gritos de hosanna que resonaban en Guijón le notificaron -aún antes de que Jonatán de Abiatar hablara-, que Salomón era rey, y él, que había querido usurpar el trono, debía confiar sólo en la misericordia de Salomón.

Demasiados repiten el gesto de Adonías y se oponen al verdadero Rey, o conjuran contra Él siguiendo el partido aparentemente más fuerte. Y demasiado pocos, actuando así, sabrán luego abrazarse al altar pidiendo perdón y confiando en la misericordia de Dios. ¿Podremos, nosotros que hemos considerado tres sucesos de este pozo, decir que el lugar está sujeto a influjos buenos o no buenos? No. No el lugar. No el tiempo. No los sucesos, sino la voluntad del hombre es la que turba las acciones del hombre.

En Royel ha visto la fidelidad de los súbditos de David y el pecado de Adonías, de la misma forma que ha visto la fe de los tres Sabios. Es el mismo pozo. En sus piedras se han apoyado y en sus aguas han apagado su sed Jonatán y Ajimaas, como Adonías y los suyos, como los tres Sabios.

Pero el agua y las piedras han visto tres cosas distintas: la fidelidad al rey David, la traición al rey David, la fidelidad a Dios y al Rey de los reyes. Es siempre la voluntad del hombre la que hace cumplir el bien o el mal.

Y sobre la voluntad del hombre proyecta sus luces la voluntad de Dios, y sus vapores venenosos la voluntad de Satanás. Del hombre depende el acoger la luz o el veneno y venir a ser justo o pecador.

En este pozo está colocado un guardián para que nadie corrompa las aguas. Y, además del guardián, le han sido dados unas paredes y un techo, para que el viento no meta dentro de él hojas y cosas sucias que contaminen las preciosas aguas.

También ha puesto Dios un guardián al hombre: la voluntad inteligente y consciente del hombre; y protecciones: los mandamientos y los consejos angélicos, para que el espíritu del hombre no fuera corrompido consciente o inconscientemente. Pero cuando el hombre corrompe su conciencia, su intelecto, no escucha las inspiraciones del Cielo, pisotea la Ley, es como si fuera un guardián que dejara sin custodia el pozo, o como un demente que desmantelara sus defensas. Deja libre el campo a los enemigos satánicos, a las concupiscencias del mundo y de la carne, y a las tentaciones que, aunque no sean secundadas después, siempre es prudente tenerlas vigiladas y rechazarlas.

Hijos de Jerusalén, hebreos, prosélitos, viandantes que el destino ha reunido aquí a escuchar la voz de Dios, sed sabios, con la verdadera sabiduría, que es saber defender el propio yo de las acciones que deshonran al hombre.

Veo aquí a muchos gentiles. A ellos les digo que no existen sólo las riquezas y las mercancías como únicas cosas que conquistar, sino que hay otra cosa que hay que conquistar: la vida para la propia alma.

Porque el hombre tiene un alma dentro de sí, una cosa impalpable, pero que es la que le hace vivir, una cosa que no muere ni siquiera cuando la carne ha muerto, una cosa que tiene derecho a vivir su verdadera, eterna vida, y no la puede vivir sí el hombre mata su verdadero yo con sus malas acciones.

La idolatría y el gentilismo no son insuperables. El sabio medita y dice: "¿Por qué tengo que seguir a unos ídolos y vivir sin esperanza de una vida más buena, mientras que, yendo al verdadero Dios, puedo conquistar la alegría para toda la eternidad?". El hombre es avaro de sus días y la muerte le causa horror.

Cuanto más envuelto está en las tinieblas de falsas religiones o en la no fe, más teme a la muerte. Pero el que viene a la verdadera Fe pierde el terror a la muerte, porque sabe que más allá de la muerte hay una vida eterna, donde los espíritus se volverán a encontrar y no habrá ya ni dolores ni separaciones. No es difícil seguir el camino de la Vida. Basta creer en el único verdadero Dios, amar al prójimo y amar la honestidad en todas las acciones.

Vosotros, de Israel, sabéis cuáles son las cosas mandadas y cuáles las prohibidas. Pero Yo digo a estos que escuchan y que llevarán lejos, consigo, mis palabras, cuáles son estas cosas… (y dice el Decálogo). La verdadera religión está en esto, no en los sacrificios vanos y pomposos.

Obedecer a los preceptos de una moral perfecta, de una virtud sin defecto, usar misericordia, eludir lo que deshonra al hombre, dejar las vanidades, las adivinaciones del error, los augurios falaces, los sueños de los malvados, como dice el libro sapiencial (Eclesiástico 34, l-8); usar con justicia los dones de Dios, o sea, la salud, la prosperidad, las riquezas, la inteligencia, el poder; no tener soberbia, que es signo de necedad, porque el hombre vive, está sano, es rico o sabio o poderoso mientras Dios se lo concede; no tener deseos inmoderados que algunas veces llevan incluso al delito; vivir, en una palabra, como hombres y no como los animales, por dignidad incluso hacia uno mismo.

Bajar es fácil; subir de nuevo, difícil. Pero, ¿quién querría vivir en un abismo fétido sólo por el hecho de haber caído en él, y no trataría de dejarlo subiendo hasta su sumidad florida y llena de sol? En verdad os digo que la vida del pecador está situada en un abismo, y también la vida que vive en el error. Pero aquellos que acogen la Palabra de la verdad y van a la Verdad suben a la sumidad, a la Luz.

Id ahora todos a vuestro lugar de destino. Y recordad que, junto a la fuente de En Royel, la Fuente de la Sabiduría os ha dado de beber sus aguas para que tengáis otra vez sed y a Ella volváis.

Jesús se abre paso y se encamina hacia la ciudad, dejando a la gente comentando, preguntando, respondiendo.

492- En Betania se evoca la memoria de Juan de Endor

Una casa de Betania cada vez más triste, pero siempre acogedora…

La presencia de amigos y discípulos no le quita a la casa la tristeza. Están José, Nicodemo, Manahén, Elisa y Anastática. Éstas, por lo que entiendo, no han sabido resistir estar lejos de Jesús, y se disculpan de ello como de una desobediencia, aunque estando bien decididas a no marcharse. Y Elisa explica las válidas razones que existen: la imposibilidad para las hermanas de Lázaro de seguir al Maestro, para darles a Él y a los apóstoles aquellos cuidados femeninos que son necesarios para un grupo de hombres solos y, además, perseguidos.

-Sólo nosotras podemos. Porque Marta y María no pueden dejar a su hermano. Juana no está. Analía es demasiado joven para ir con vosotros. Nique conviene que esté donde está, para recibiros allí. Mis canas evitan las murmuraciones. Yo te precederé a donde vayas, o estaré donde me digas, y tendrás siempre a tu lado a una madre, y yo creeré que tengo todavía un hijo. Haré lo que Tú quieras, pero déjame servirte.

Jesús, sintiendo que todos consideran justa la cosa, accede. Quizás también, en medio de las grandes amarguras que ciertamente tiene en su corazón, desea tener cerca un corazón en que hallar un reflejo de la dulzura materna… Elisa exulta en su triunfo.

Jesús dice:
-Estaré frecuentemente en Nob. Irás a la casa del anciano Juan. Me la ha ofrecido para mis estadías. Te encontraré cada vez que regresemos…

-¿Tienes pensado irte, a pesar de las lluvias? -pregunta José de Arimatea.

-Sí. Quiero ir todavía hacia la Perea y detenerme en la casa de Salomón. Luego hacia Jericó y Samaria. ¡Oh, quisiera ir todavía a muchos lugares!…

-No te alejes demasiado, Maestro, de los caminos presidiados y de las ciudades presidiadas por un centurión. Ellos están vacilantes. Y también lo están los otros. Dos miedos. Dos vigilancias. A ti y recíprocamente. Pero, créelo, para ti son menos peligrosos los romanos…

-¡Nos han abandonado!… -prorrumpe Judas de Keriot.
-¿Lo crees? No. ¡Entre los gentiles que escuchan al Maestro, puedes distinguir, acaso, los enviados por Claudia o por Poncio? Entre los libertos de la primera y de sus amigas, no son pocos los que podrían hablar en el Bel Nidrás, si fueran israelitas. No olvides nunca que en todas partes hay doctos; que Roma somete al mundo, que a sus patricios les gusta tomar el mejor botín para ornato de sus casas.

Si cada uno de los gimnasiarcas y de los que presiden los Circos eligen lo que puede proporcionarles ganancia y gloria, los patricios eligen a aquellos que por cultura o belleza son decoro y satisfacción de las casas y de sí mismos… Maestro, este tema me suscita un recuerdo… ¿Se me concede una pregunta?
-Habla.

-Aquella mujer, aquella griega que estaba aquí el año pasado… y que era un elemento de acusación contra ti, ¿dónde está? Muchos han tratado de saberlo… no con buena finalidad. Pero yo no tengo en mí un deseo malo… Sólo… El que haya vuelto al error no me parece posible. Había en ella una gran inteligencia y una justicia sincera. Pero, el no verla ya…

-En un lugar de la Tierra, ella, la pagana, ha sabido ejercitar, para un israelita perseguido, la caridad que los israelitas no tenían.
-¿Te refieres a Juan de Endor? ¿Está con ella?
-Ha muerto.
-¿Muerto?

-Sí. Y se le podía haber dejado morir cerca de mí… No había que esperar mucho… Aquellos que trabajaron para provocar su separación, y son muchos, cometieron un homicidio como si hubieran alzado la mano, armada de cuchillo, contra él. Le quebrantaron el corazón. Y, aun sabiendo que ha muerto de esto, no piensan que son unos homicidas.

No sienten remordimiento de haberlo sido. Se puede matar de muchas maneras a los hermanos. Con un arma y con la palabra, o con una acción malvada. Como el hecho de referir, a quien persigue, los lugares del perseguido; el hecho de quitar a un desdichado un cobijo que le sirva de conforto… ¡Oh, de cuántas formas se mata!… Pero el hombre no siente remordimiento. El hombre, y éste es el signo de su decadencia espiritual, ha matado el remordimiento.

Se muestra tan severo Jesús al decir estas palabras, que ninguno encuentra la fuerza para hablar. Se miran de reojo, cabizbajos, confundidos, incluso los más inocentes y buenos.

Jesús, después de un momento de silencio, dice:
-No hace falta que ninguno lleve a los enemigos del muerto y a los míos las palabras que he dicho, para que exulten satánicamente. Pero, si os preguntan, podéis responder que Juan está en paz, con el cuerpo en un sepulcro lejano y el espíritu en espera de mí.

-Señor, ¿esto te ha producido mucho dolor? -pregunta Nicodemo.

-¿El qué? ¿Su muerte?
-Sí.
-No. Su muerte me ha producido paz, porque ha significado su paz. Dolor, un gran dolor me han producido aquellos que, por un bajo sentimiento humano, han denunciado al Sanedrín su presencia entre los discípulos y han provocado su partida. Mas, cada uno tiene su sistema, y sólo una gran voluntad buena puede cambiar los instintos y los sistemas. Y os digo: "Quien denunció denunciará. Quien hizo morir hará morir". Pero, ¡ay de él! Cree vencer y pierde. Y le espera el juicio de Dios.

-¿Por qué me miras así, Maestro? -pregunta Juan de Zebedeo, turbándose y ruborizándose como si fuera culpable.

-Porque, si te miro a ti, ninguno pensará, ni siquiera el más malvado, que hayas podido odiar a un hermano tuyo.
-Habrá sido algún fariseo o algún romano… Él los proveía de huevos… -dice Judas de Keriot.

-Un demonio ha sido. Pero le ha hecho un bien queriéndolo perjudicar. Ha acelerado su completa purificación y su paz.

-¿Cómo lo supiste? ¿Quién te trajo la noticia? -pregunta José.
-¿Acaso el Maestro necesita tener a alguien que le traiga las noticias? ¿No ve, acaso, las acciones de los hombres? ¿No fue a llamar a Juana para que viniera donde Él y se curase? ¿Qué es imposible para Dios? -dice, vehemente, María de Magdala.

-Es verdad, mujer. Pero pocos poseen tu fe… Y por este motivo he hecho una pregunta necia.
-Bien. Pero, ahora, Maestro, ven. Lázaro se ha despertado y te espera…

Y se lo lleva, cortante y decidida, atajando cualquier otro posible tema de conversación y cualquier otra posible pregunta.

491- En el Templo el último día de la fiesta de los Tabernáculos. Sermón sobre el Agua viva

El Templo rebosa de gente. De todas formas, falta mucho el elemento femenino, y los niños.

La persistencia de una temporada ventosa y con precoces chaparrones, breves pero violentos, debe haber persuadido a las mujeres de ponerse en camino junto con los niños.

Pero los hombres de todos los lugares de Palestina y los prosélitos de la Diáspora atestan -ésta es la palabra-el Templo para hacer las últimas oraciones, las últimas ofrendas, y escuchar las últimas lecciones de los escribas.

Los galileos seguidores de Jesús están en su totalidad: los jefes más importantes en primera fila; en el centro, muy identificado con su condición de pariente, está José de Alfeo con su hermano Simón. Otro grupo, apiñado, que espera, es el de los setenta y dos discípulos.

Con esta expresión me refiero a los discípulos elegidos por Jesús para evangelizar, y que han cambiado de número y de caras, porque algunos de los antiguos, después de la defección que siguió al discurso del Pan del Cielo, ya no están, y se han agregado otros nuevos, como Nicolái de Antioquía. El tercer grupo, también muy apiñado y numeroso, es el de los judíos; entre ellos, veo a los arquisinagogos de Emaús, de Hebrón, de Keriot; de Yuttá está presente el marido de Sara; de Betsur los parientes de Elisa.

Están junto a la puerta Hermosa, y es clara su intención de rodear al Maestro en cuanto aparezca. Efectivamente, Jesús no puede dar un paso dentro del recinto amurallado sin que estos tres grupos lo circunden, casi como aislándolo de los malévolos, o también de los que, simplemente, están allí por curiosidad.

Jesús se dirige al atrio de los Israelitas para las oraciones; los otros le siguen, compactos -en la medida en que lo permite la gran densidad de gente-, sordos a las expresiones de desagrado de quienes tienen que apartarse y dejar paso al gran número de personas que va con Jesús. Él va entre sus hermanos. Y no es dulce como la de Jesús la mirada, ni humilde como la de Jesús la actitud de José de Alfeo, que, expresivamente, fija sus ojos en algunos fariseos…

Oran. Luego regresan al patio de los Paganos. Jesús se sienta humildemente en el suelo, apoyando la espalda en la pared del pórtico. Lo rodea un semicírculo que cada vez se va haciendo más compacto, debido a la sucesión de filas de personas que se van poniendo a espaldas de las filas más cercanas a Él, sentándose o apoyándose y permaneciendo de pie: rostros y miradas que convergen en el único Rostro.

Los curiosos, los que han venido de lejos y no están al corriente, y los malévolos, están detrás de esta barrera de fieles, esforzándose por ver, alargando los cuellos, levantándose sobre las puntas de los pies.

Jesús, entretanto, está escuchando a éste y a aquél, que piden consejos o refieren noticias. Hablan así los parientes de Elisa, dando noticias de ella y preguntando si puede venir a servir al Maestro. Él responde:
-No me quedo aquí. Más tarde vendrá.

Y habla el pariente de María de Simón, madre de Judas de Keriot, diciendo que se ha quedado, él, custodiando las propiedades, pero que María está casi siempre con la madre de Yoana. A Judas, que está atónito, se le salen los ojos de las órbitas, pero no habla. Y habla el marido de Sara, diciendo que pronto le nacerá a él otro hijo, y pregunta que cómo puede llamarlo. Jesús responde:
-Si es varón, Juan; si es mujer. Ana.

Y el anciano arquisinagogo de Emaús le susurra, bajo, algún caso de conciencia, y Jesús, en voz baja, le responde. Y así sucesivamente.

Mientras, la gente va aumentando. Jesús alza la cabeza y mira. Estando el pórtico elevado unos cuantos escalones, Él, a pesar de estar sentado en el suelo, domina buena parte del patio, por ese lado, y ve muchas caras.
Se pone en pie y dice con fuerte voz, con toda su entonada y fuerte voz:

-¡El que tenga sed que venga a mí y beba! Del interior de los que crean en mí brotarán ríos de agua viva.
Su voz llena el vasto patio, los espléndidos pórticos.

Ciertamente, atraviesa los de este lado, y se propaga a otros lugares, y sobrepuja todas las demás voces, cual armónico trueno lleno de promesas. Dice esto, y luego calla unos instantes, como habiendo querido enunciar el tema y dar tiempo a quienes no tienen interés en oírlo de marcharse sin causar molestias. Los escribas y doctores callan, o sea, bajan sus voces (ahora son un susurro, aunque, ciertamente, malévolo). No veo a Gamaliel.

Jesús camina de frente, entre el semicírculo, que se abre según va llegando y se va cerrando a sus espaldas, transformándose de semicírculo en anillo. Camina despacio, majestuosamente. Parece deslizarse sobre los mármoles policromos del suelo, con el manto un poco suelto, que le forma por detrás una incipiente cola. Va al ángulo del pórtico, al extremo del escalón que penetra hacia el patio; allí se detiene. Domina, así, dos lados de la primera muralla. Alza el brazo derecho, con su gesto habitual de cuando empieza a hablar, mientras con la mano izquierda apretada contra el pecho tiene sujeto el manto.

Repite las palabras iniciales:
-¡El que tenga sed que venga a mí y beba! ¡Del interior de los que crean en mí manarán ríos de agua viva!

Aquel que vio la teofanía del Señor, el gran Ezequiel, (Ezequiel l; 8-l0; 37, l-l4; 47, l-l9) sacerdote y profeta, después de ver proféticamente los actos impuros en la profanada casa del Señor, después de ver, también proféticamente, que sólo los signados con el Tau vivirán en la Jerusalén verdadera, mientras que los demás conocerán más de un exterminio, más de una condena, más de un castigo -y el tiempo está cercano, oh vosotros que me escucháis, está cercano, está más cercano de lo que pensáis; por lo cual, os exhorto, como Maestro y Salvador, a no tardar más en signaros con el signo que salva; a no tardar más en poner en vosotros la Luz y la Sabiduría, a no tardar más en arrepentiros y llorar, por vosotros y por los demás, para poderos salvar-, Ezequiel, después de ver todo esto y más, habla de una terrible visión: la de los huesos secos.

Día llegará en que en un mundo muerto, bajo un firmamento apagado, aparecerán al sonido angélico numerosísimos huesos de muertos. Como un vientre que se abre para dar a luz, así la Tierra arrojará de sus entrañas todo hueso de hombre que sobre ella murió y en su fango fue sepultado, desde Adán al último hombre.

Y se producirá entonces la resurrección de los muertos para el grande y supremo juicio, después del cual, como un pomo de Sodoma, el mundo se vaciará para transformarse en una nada, y terminará el firmamento con sus astros. Todo tendrá fin, menos dos cosas eternas, lejanas, en los extremos de dos abismos de una profundidad incalculable, totalmente antitéticos en la forma y en el aspecto y en el modo con que en ellos proseguirá eternamente la potencia de Dios: el Paraíso: luz, alegría, paz, amor; el Infierno: tinieblas, dolor, horror, odio.

-¿Pero creéis que por el hecho de que el mundo no esté todavía muerto y no suenen, convocadoras, las trompetas angélicas, el inmenso campo de la Tierra no está cubierto de huesos sin vida, requetesecos, inertes, separados, muertos, muertos, muertos? En verdad os digo que es así. Entre los que viven, porque respiran todavía, innumerables son los que son como cadáveres, como los huesos secos vistos por Ezequiel. ¿Quiénes son? Aquellos que no tienen en sí la vida del espíritu.

Hay en Israel de éstos, como en todo el mundo. Y el que entre los gentiles y los idólatras no haya sino muertos que esperan ser vitalizados por la Vida es una cosa natural, y causa dolor sólo a aquellos que poseen la verdadera Sabiduría, porque Ella les hace comprender que el Eterno ha creado a las criaturas para Él y no para la idolatría, y se aflige viendo a tantas criaturas en la muerte.

Pero, si el Altísimo tiene este dolor, y es ya grande, ¿cuál será su dolor por aquellos que, de su Pueblo, son huesos que albean, sin vida, sin espíritu?

Los elegidos, los predilectos, los protegidos, los nutridos, los instruidos por Él directamente o por sus siervos y profetas, ¿por qué tienen que ser, culpablemente, huesos secos, siendo así que para ellos siempre ha descendido un hilo de agua vital del Cielo y les ha dado a beber Vida y Verdad? ¿Por qué, plantados en la tierra del Señor, se han secado? ¡Por qué su espíritu ha muerto, si el Espíritu Eterno puso a su disposición todo un tesoro sapiencial para que de él bebieran y vivieran? ¿Quién?, ¿con qué prodigio podrán volver a la Vida, si han dejado las fuentes, los pastos, las luces que Dios les ha dado, y caminan a tientas entre las calígines, y beben fuentes no puras, y se nutren de alimentos no santos?

¿No volverán, pues, a vivir? Sí. En nombre del Altísimo Yo lo juro. Muchos resucitarán. Dios tiene ya preparado el milagro; es más, el milagro ya está activo, ya ha actuado en algunos, y algunos huesos secos se han revestido de vida, porque el Altísimo -al cual nada le está prohibido-ha mantenido la promesa y la mantiene, y cada vez la completa más.

Él, desde lo alto de los Cielos, grita a estos huesos que están esperando la Vida: "Ved que Yo infundiré en vosotros el espíritu y viviréis". Y ha tomado su Espíritu, a sí mismo se ha tomado, y ha formado una Carne para revestir su Palabra, y la ha enviado a estos muertos para que, hablándoles, se infundiera de nuevo en ellos la Vida.

¡Cuántas veces, en el transcurso de los siglos, Israel ha gritado: "Están secos nuestros huesos, nuestra esperanza ha muerto, estamos separados"! Pero, toda promesa es sagrada, toda profecía es verdadera. Y ha llegado el tiempo en que el Enviado de Dios abre las tumbas para sacar de ellas a los muertos y vivificarlos para conducirlos consigo a la verdadera Israel, al Reino del Señor, al Reino del Padre mío y vuestro.

¡Yo soy la Resurrección y la Vida! ¡Yo soy la Luz que ha venido a iluminar a quien yacía en las tinieblas! ¡Soy la Fuente de la que, impetuosa, brota Vida eterna! El que venga a mí no conocerá la Muerte. El que tenga sed de Vida venga y beba. Quien quiera poseer la Vida, o sea, a Dios, crea en mí, y de su interior brotarán no gotas, sino ríos de agua viva. Porque el que crea en mí formará conmigo el nuevo Templo del que manan las aguas saludables de que habla Ezequiel.

¡Venid a mí, pueblos! ¡Venid a mí, criaturas! Venid a formar un único Templo; pues que no rechazo a ninguno, sino que, por amor, os quiero conmigo, en mi trabajo, en mis méritos, en mi gloria.

"Y vi aguas que brotaban de debajo de la puerta de la casa, a * oriente… y las aguas bajaban al lado derecho, al sur del altar". (Ezequiel cap. 47).

Aquel Templo son los que creen en el Mesías del Señor, en el Cristo, en la Nueva Ley, en la Doctrina del tiempo de Salud y de Paz. Así como de piedras están formados los muros de este templo, de espíritus vivos estarán formados los místicos muros del Templo, que no morirá por los siglos de los siglos y que desde la Tierra ascenderá hasta el Cielo, como su Fundador, después de la lucha y la prueba.

Aquel altar del que brotan las aguas, aquel altar situado a levante soy Yo. Y mis aguas brotan de la derecha porque la derecha es el lugar de los elegidos para el Reino de Dios. Brotan de mí para verterse sobre mis elegidos y hacerlos ricos en aguas vitales, portadores de ellas, distribuidores de ellas hacia el Septentrión, hacia el Mediodía, hacia Oriente, hacia Occidente, para dar Vida a los pueblos de la Tierra que esperan la hora de la Luz, la hora que llegará, que sin falta llegará a todos los lugares antes de que la Tierra deje de existir.

Brotan y se esparcen mis aguas, mezcladas con las que Yo mismo he dado y daré a mis seguidores; y, a pesar de estar esparcidas para hacer apta la Tierra, formarán un único río de Gracia, cada vez más profundo, cada vez más grande, que irá creciendo día tras día, paso a paso, con las aguas de los nuevos seguidores, hasta que forme como un mar; un mar que, con sus aguas, tocará todos los lugares para santificar toda la Tierra.

Dios quiere esto. Dios hace esto. Un diluvio lavó el mundo dando muerte a los pecadores. Un nuevo diluvio, de otro líquido, que no será lluvia, lavará el mundo y dará Vida. Y, por un misterioso acto de gracia, los hombres podrán formar parte de ese diluvio santificador, uniendo sus voluntades a la mía, sus fatigas a la mía, sus sufrimientos al mío. Y el mundo conocerá la Verdad y la Vida. Y el que quiera participar podrá hacerlo. Sólo el que no quiera ser nutrido por las aguas de Vida se transformará en lugar palúdico y pestífero, o seguirá siéndolo, y no conocerá las pingües cosechas de los frutos de gracia, sabiduría, salvación, que conocerán los que vivan en mí.

En verdad os digo, otra vez, que el que tenga sed y venga a mí beberá y no volverá a tener sed, porque mi Gracia abrirá en él fuentes y ríos de agua viva. Y quien no crea en mí perecerá, como salina donde la vida no puede subsistir.

En verdad os digo que después de mí no se interrumpirá la Fuente, porque Yo no moriré, sino viviré, y, cuando me haya ido, ido y no muerto, para abrir las puertas de los Cielos, Otro, que es igual que Yo, vendrá y completará mi obra haciéndoos comprender las cosas que Yo os he dicho, y encendiéndoos para haceros "luces", ya que habéis acogido la Luz.
Jesús calla.

La muchedumbre, que ha estado en silencio bajo el imperio del discurso, ahora musita y hace distintos comentarios:
Quién dice:

-¡Qué palabras! ¡Es un verdadero profeta!
Quién:

-Es el Cristo. Os lo digo. Ni siquiera Juan hablaba así. Y ningún profeta tiene su fuerza.

-Y además nos hace comprender a los profetas; incluso a Ezequiel, que es tan oscuro en sus símbolos.

-¿Habéis oído, no? ¡Las aguas! ¡El altar! ¡Está claro!
-¿Y los huesos secos? ¿Has visto cómo se han turbado escribas, fariseos y sacerdotes? ¡Han comprendido la alusión!

.Sí. Y han mandado a la guardia. Pero ellos… se han olvidado de prenderlo y se han quedado como niños que ven a los ángeles. ¡Miradlos allí! Están como apapanatados. -¡Mira! ‘Mira! Un magistrado los llama y los reprende. ¡Vamos a oír!

Mientras tanto, Jesús está curando a unos enfermos que le están siendo acercados y no se ocupa de nada más, hasta que, abriéndose paso entre la gente, un grupo de sacerdotes y fariseos, capitaneados por un hombre de unos treinta o treinta y cinco años -veo que todos lo evitan, con un temor que es casi terror-llega hasta Él.

-¿Todavía estás aquí? ¡Vete! ¡En nombre del Sumo Sacerdote!

Jesús se alza -estaba agachado hacia un paralítico-y lo mira con calma y mansedumbre. Luego vuelve a agacharse para imponer las manos al enfermo.
-¡Vete! ¿Has entendido? Seductor de muchedumbres. O haremos que te prendan.

-Ve y alaba al Señor con una vida santa -dice Jesús al enfermo, que se alza curado; y ésta es su única respuesta. Los que amenazan, por su parte, echan espuma venenosa, y la muchedumbre los intima, con sus voces de hosanna, que no causen daño a Jesús.

Pero, si Jesús se muestra manso, no así se muestra José de Alfeo, el cual, irguiéndose engallado, echando hacia atrás la cabeza para parecer más alto, grita: -¡Eleazar, tú que con los que te asemejan querrías abatir el cetro del Hijo escogido de Dios y de David, has de saber que estás cortando todas las plantas, la tuya la primera, esa de que tanto te jactas! ¡Porque tu maldad hace pender sobre tu cabeza la espada del Señor! -y diría más cosas; pero Jesús le pone la mano en el hombro y dice:

-¡Paz, paz, hermano mío! -y José, lívido de indignación, calla.

Se encaminan hacia la salida. Ya fuera de la muralla, refieren a Jesús que los jefes de los sacerdotes y los fariseos han reprendido a la guardia por no haberlo arrestado, y que ellos se habían justificado diciendo que nunca nadie había hablado como Él. Respuesta que había enfurecido a los príncipes de los sacerdotes y a los fariseos, entre los cuales había muchos del Sanedrín.

Tanto que, para probar a los soldados que sólo los necios podían ser seducidos por un loco, querían ir a arrestarlo, como blasfemo. Y también para enseñar a la gente a comprender la verdad. Pero Nicodemo, que estaba presente, se había opuesto diciendo:

-No podéis actuar contra Él. Nuestra Ley prohíbe condenar a un hombre antes de haberlo escuchado y haber visto lo que hace. Y nosotros de su boca hemos oído, y de Él hemos visto, cosas no condenables.

Ante estas palabras la ira de los enemigos de Jesús se había volcado contra Nicodemo, con amenazas e insultos y burlas, como contra un necio y un pecador. Y Eleazar ben Anás se había puesto en movimiento, personalmente, con los más enfurecidos, para ir a echar a Jesús, pues a más no se atrevía por la muchedumbre.

José de Alfeo está furioso. Jesús lo mira y dice:
-¿Lo ves, hermano?
No dice nada más… ¡pero hay mucho en esas palabras! Contienen la advertencia de que Él, ya hable, ya calle, tiene razón, contienen el recuerdo de sus palabras, contienen el índice de lo que son las castas más importantes de Judea, de lo que es el Templo, etc.
José agacha la cabeza y dice:

-Tienes razón…
Guarda silencio, pensativo. Luego, al improviso, echa sus brazos en torno a la espalda de Jesús y llora sobre el pecho de Él, mientras dice:
-¡Pobre hermano mío! ¡Pobre María! ¡Pobre Madre!
Creo que José intuye claramente, en este momento, la suerte de Jesús…

-¡No llores! Haz tú también, como Yo hago, la voluntad de nuestro Padre -lo conforta Jesús, y lo besa para consolarlo.
Cuando José está un poco calmado, se ponen en marcha en dirección a la casa en que se hospeda, y allí se saludan besándose. Y José, muy emocionado, mucho, dice como últimas palabras:

-¡Ve en paz, Jesús! Respecto a todo. Lo que te dije cerca de Nazaret te lo repito, y con más fuerza todavía. Ve en paz. Ten sólo las preocupaciones de tu trabajo. De lo demás me ocuparé yo. Ve y que Dios te conforte.
Y lo besa una vez más, paternal en el rostro, y en la caricia que, como bendición de jefe de familia, le deposita en la cabeza.

Luego José saluda a sus hermanos. Se saludan también éstos y Simón. Pero noto que Santiago, no sé por qué motivo, se muestra más bien distante con José, y viceversa. Sin embargo, con Simón, hay más afectuosidad. Lo último que José dice a Santiago es: -¿Entonces tengo que pensar que te he perdido?

-No, hermano. Debes pensar que tú sabes dónde estoy y que, por tanto, de ti depende el encontrarme. Sin rencor. Es más, con muchas oraciones por ti. Pero en las cosas del espíritu no hay que tomar dos senderos juntos. Tú sabes lo que quiero decir…

-Ya ves que lo defiendo…

-Defiendes al hombre y al pariente. No es suficiente para darte esos ríos de Gracia de que Él hablaba. Defiende al Hijo de Dios, sin miedo al mundo, sin cálculo de intereses, y serás perfecto. Adiós. Cuida de nuestra madre, cuida a María de José…

Jesús -no sé si ha oído, porque está centrado en saludar a los otros nazarenos y galileos-, terminados los saludos, ordena:

-Subamos al Monte de los Olivos. Desde allí nos dirigiremos a algún lugar…

490- En el campo de los Galileos con los primos apóstoles y encuentro con el levita Zacarías

-Judas y Santiago, venid conmigo.

A los dos hijos de Alfeo no hay que repetírselo. Se levantan inmediatamente y salen con Jesús de una casita de un arrabal situado al sur de Jerusalén, donde los hospedan hoy.

-¿A dónde vamos, Jesús? -pregunta Santiago.
-Al Monte de los Olivos, a saludar a los galileos.
Caminan un rato hacia Jerusalén. Pasan muy cerca de unas pequeñas colinas donde hay casas -sin duda, solariegas­entre el verde. Cortan el camino que va a Betania y a Jericó, y el que está más al sur, que termina entre Tofet y Siloán. Dan la vuelta, por detrás, a otra colina, que ya es estribación del Monte de los Olivos.

Cortan el otro camino que lleva directamente a Betania desde el Monte de los Olivos. Y, por un camino secundario que va entre olivos, suben al campo de los Galileos, donde las tiendas son mucho menos numerosas, y quedan, como recuerdo del agolpamiento, ramajes arrojados al suelo y ya deslucidos, restos de hogares rudimentarios -que han dejado hierba chamuscada y cenizas y palos carbonizados-, morralla: lo que siempre queda donde hubo gente acampada.

La temporada fría y precozmente lluviosa ha acelerado la partida de los peregrinos. También ahora se están poniendo en camino caravanas de mujeres y niños. Los hombres, especialmente los vigorosos, se han quedado todavía para terminar la fiesta.

Los galileos que creen en el Señor han debido ser avisados, quizás por algún discípulo, porque los veo a todos, y procedentes de todos aquellos lugares que más conozco. Nazaret está presente con los dos discípulos, con Alfeo -aquel a quien Jesús perdonó después de la muerte de su madre-y con algún otro. De todas formas, no veo ni a José ni a Simón de Alfeo.

Pero, como contrapartida, no faltan otros, entre los cuales el arquisinagogo, que se muestra visiblemente apurado al saludar con deferencia a Jesús después de haberle puesto tantos obstáculos. Pero se ayuda diciendo que los parientes de Jesús están hospedados en casa de «ese amigo que sabes», por razón de los niños, que sufrían con el viento de la noche. Y Caná está presente, con el marido de Susana, su padre y otros; y así Naím, con su resucitado y otros; y Belén de Galilea, con muchos vecinos; y las ciudades occidentales del lago, con sus moradores…

-¡La paz a vosotros! ¡La paz a vosotros! -saluda Jesús, pasando entre ellos, acariciando a los niños que todavía están ahí -sus pequeños amigos de los lugares galileos-; y escucha a Jairo, que le refiere lo mucho que sintió el no haber estado la última vez.

Jesús se informa sobre si la viuda de Afeq se ha establecido en Cafarnaúm y si ha aceptado al huérfano de Yiscala.

-No sé, Maestro. Quizás yo ya me había marchado… -dice Jairo.

-Sí, sí, ha venido una mujer que da mucha miel y muchas caricias a los niños. Y, fíjate, hace tortas. Y aquellos niños que iban a donde estabas Tú van siempre donde ella a comer. Y el último día nos mostró un niñito muy pequeño.

Ha comprado dos cabras para la leche. Y nos ha dicho que es el hijo del Cielo y del Señor. No vino a la fiesta, como quería, porque no podía llevar consigo a un niño tan pequeño. Y nos dijo, a nosotros, que te dijéramos que lo querrá con justicia y que te bendice.

Los niños de Cafarnaúm gorjean como gorrioncillos alrededor de Jesús, orgullosos de saber, ellos, lo que ni siquiera el arquisinagogo sabe, y de verse, ellos, haciendo de embajadores ante el Maestro bueno, que los escucha con la atención con que escucharía a los adultos, y que responde:

-Y vosotros le diréis que Yo también la bendigo y que quiera a los niños por mí. Y vosotros queredla; no os aprovechéis porque sea buena; no la queráis sólo por la miel y las tortas, sino porque es buena. Tan buena, que ha comprendido que quien ama en mi nombre a un niño me hace feliz. E imitadla todos, ya seáis pequeños, ya seáis adultos, pensando siempre que aquel que recibe a un niño en mi nombre tiene su sitio señalado en el Cielo.

Porque, si la misericordia siempre recibe premio -aunque fuere un solo vaso de agua dado en mi nombre-, la que se practica con los niños -salvándolos no sólo del hambre, de la sed, del frío, sino también de la corrupción del mundo-es infinitamente premiada… He venido a bendeciros antes de que os marchéis. Llevaréis mi bendición a vuestras mujeres, a vuestras casas…

-Pero, ¡no vas a volver donde nosotros, Maestro?
-Volveré… Pero no ahora. Después de Pascua…
-¡Si estás tanto, seguro que te olvidas de la promesa!…
-No temáis. Antes podrá dejar de resplandecer el Sol que Jesús olvidarse de quien espera en Él.

-¡Será un tiempo largo!…
-¡Y triste!
-Si enfermamos…
-Si desciende la muerte a nuestras casas…

-¿Quién nos ayudará? -dicen no pocas personas de no pocos lugares.
-Dios. El está con vosotros, si permanecéis en mí con vuestra voluntad.

-¿Y nosotros? Hace poco que creemos en ti. Lo confesamos. ¿No tendremos ayuda, entonces? Pero ahora que te hemos visto hacer milagros y te hemos oído hablar en el Templo, ¡te creemos,..!

-Esto me es motivo de gran gozo, porque el que mis coterráneos vayan por el camino de la Salud es mi más ardiente deseo.

-¿Nos amas así? ¡Pero nosotros durante mucho tiempo te hemos escarnecido!…

-Es pasado. Ya no existe. Sed fieles en el futuro, y en verdad os digo que tanto en la Tierra como en el Cielo está borrado vuestro pasado.

-¿Vas a estar con nosotros? Compartiremos el pan como muchas veces en Nazaret, cuando éramos todos iguales y los sábados descansábamos en los olivares, o cuando Tú eras sólo Jesús y venías con nosotros y como nosotros a Jerusalén para las fiestas…

Hay añoranza y deseo de los tiempos pasados en la voz de los nazarenos que se han convencido.

-Quería ir donde José y Simón. Pero iré después. Todos sois para mí hermanos en Dios, y para mí tiene más valor el espíritu y la fe que la carne y la sangre, porque estos últimos perecen, mientras que los otros son inmortales.

Y, mientras algunos se apresuran a preparar los fuegos para asar las carnes y a limpiar algunos lugares del olivar para hacerlos aptos para las mesas, los más ancianos y altos de grado, de todos los lugares de Galilea, se arriman a Jesús en círculo y le preguntan que cómo esa mañana y el día anterior no estaba en el Templo, y que si va a volver al día siguiente, último día de la fiesta.

-Estaba en otro lugar… Mañana seguro que estaré.
-¿Y vas a hablar?
-Si puedo…
Alfeo de Sara baja la voz y mirando a su alrededor, susurra al Maestro:

-Tus hermanos han ido a la ciudad para asegurarte ayudas… Ese hombre sabe muchas cosas, porque es pariente de uno del Templo por línea femenina… José se preocupa de ti, ¡eh! En el fondo… es bueno.
-Lo sé. Y será cada vez mejor, cuando sea espiritualmente bueno.

Llegan de la ciudad otros galileos. El número de los que están alrededor de Jesús aumenta, con gran desagrado de los niños, que se ven apartados por los adultos y no logran abrirse paso hasta Jesús; hasta que Él se apercibe del tropel inocente y enfurruñado y, sonriendo, dice:
-Dejad venir a mí a mis niños.

¡Ah, entonces, mientras el círculo se rompe, alegres otra vez como una bandada de pájaros, corren hacia Jesús! Y El los acaricia, mientras sigue hablando con los adultos. Y su mano, larga y todavía morenita por el mucho sol tomado en el verano, pasa una y otra vez sobre las cabecitas negras y castañas, con alguna cabecita de oro diseminada entre las cabezas morenas, que están lo más que pueden pegadas a Él, con la carita escondida entre sus indumentos, bajo el manto, abrazados a las rodillas, a la cadera, ávidos de su caricia, dichosos si la obtienen.

Comen en círculo -después de bendecir Jesús los alimentos, y repartirlos-, con una serena y amigable unión de corazones. Los otros, los que no son seguidores de Jesús, miran desde lejos, sarcásticos e incrédulos. Pero ninguno les presta atención…

La comida termina. El primero en levantarse es Jesús. Llama a Jairo, a Alfeo, a Daniel de Naím, a Elías de Corazín, a Samuel (el ex tullido de no sé dónde), también a un cierto Urías, a uno de los tantos Juanes, a uno de los tantos Simones, a un Leví, a un Isaac, a Abel de Belén, etc. etc.; en definitiva, a uno por pueblo. Ayudado por sus primos, hace de dos bolsas bien llenas tantas partes iguales cuantos son los llamados, y da una parte a cada uno de ellos, para que la usen para los pobres de cada uno de los pueblos.

Luego, cuando ya no tiene ni una moneda, bendice a todos y se despide de ellos. Y querría despedirse para dirigirse hacia el Getsemaní y así volver a la ciudad por la puerta de las Ovejas. Pero casi todos lo siguen, especialmente los niños, que no le sueltan la túnica ni los bordes del manto, y, sin duda, le causan molestia, pero Él no se lo impide…

Y aquel niño de Magdala, Benjamín, que un día dijo claramente su juicio a Judas de Keriot, le tira de la túnica hasta que Jesús se inclina para escucharlo particularmente. -¿Sigues teniendo contigo a ese malo?
-¿Qué malo? Conmigo no hay malos… -dice Jesús sonriéndole.

-¡Sí que los hay! Aquel hombre alto y moreno que se reía… ¿no sabes?, aquel al que le dije que era guapo por fuera y feo por dentro… Ése es malo.
-Habla de Judas -dice Judas Tadeo, que está detrás de Jesús y oye.

-Lo sé -le responde Jesús volviéndose; y luego, al niño:
-Sí que está conmigo ese hombre. Es un apóstol mío. Pero ahora es muy bueno… ¿Por qué meneas la cabeza? No se debe pensar mal del prójimo, especialmente de aquel al que no se conoce.

El niño agacha la cabeza y calla.

-¿No me respondes?

-Tú no quieres que diga mentiras… y te prometí no decirlas y lo he hecho. Pero, si ahora te digo que sí, que creo que es bueno, digo algo no verdadero, porque pienso que es malo. Puedo tener cerrada la boca, por agradarte, pero no puedo tener cerrada la cabeza para no pensar.
La salida es tan espontánea y lógica, dentro de su sencillez aún infantil, que todos los que la oyen se echan a reír. Todos menos Jesús, que suspira y dice:

-Bien, pues debes hacer una cosa. Orar para que se haga bueno, si es que realmente te parece malo. Debes ser su ángel. ¿Lo vas a hacer? Si se hace mejor, mayor será mi alegría; así que tú, rezando por esto, rezas porque Yo me sienta feliz.

-Lo haré. Pero si es malo y no se hace bueno contigo, el que yo rece no va a hacer nada.

Jesús zanja esta confrontación de criterios parándose y agachándose a besar a los niños. Luego ordena a todos que regresen… Cuando están solos Jesús y sus dos primos, Judas de Alfeo, pasado un rato de silencio, como si antes hubiera razonado dentro de sí, dice a manera de conclusión:

-¡Tiene razón! ¡En todo tiene razón! Yo soy de su misma opinión.

-¿Pero de qué hablas? -le pregunta su hermano Santiago, que caminaba absorto un poco adelantado por el senderillo que permite el paso de uno en uno solamente.

-De Benjamín hablo. Y de lo que ha dicho. Y… bueno, pero Tú no lo quieres oír, y te digo también yo que Judas es… No es un verdadero apóstol… No es sincero, no te quiere, no…

-¡Judas! ¡Judas! ¿Por qué apenarme?
-Hermano mío, porque te quiero. Y tengo miedo de Judas Iscariote; más miedo a él que a una serpiente…

-Eres injusto. Sin él, quizás Yo habría sido ya capturado.

-Jesús tiene razón. Judas ha hecho mucho. Ha atraído hacia sí, sin poner límites, odios y burlas… pero ha trabajado y trabaja para Jesús -dice Santiago.

-No puedo pensar ni que Tú seas necio ni que mientas… Y me pregunto por qué entonces defiendes a Judas. No hablo por celos ni por odio… Hablo porque siento dentro que es malo, que es insincero… Todo lo más que, por tu amor, puedo admitir es que esté loco. Un pobre loco que hoy delira en un sentido y mañana en otro. Pero bueno no, no lo es.

¡Desconfía, Jesús! Desconfía… Ninguno de nosotros es bueno. Pero, míranos bien. Nuestra mirada es transparente. Obsérvanos bien. Nuestra conducta es igual. Pero… ¿no te dice nada el hecho de que los fariseos no le hagan pagar las burlas contra ellos?: ¿nada, el que los del Templo no reaccionen contra sus palabras?; ¿nada, el que tenga siempre amigos precisamente entre aquellos a quienes aparentemente ofende?; ¿nada, el que tenga siempre dinero?

No digo nosotros dos, pero incluso Natanael, que es rico, y Tomás, que no tiene escasez de medios, tienen sólo lo necesario. Él… ¡Oh!…

Jesús calla…

Santiago observa:

-En parte mi hermano tiene razón. Cierto es que Judas encuentra siempre la manera de… estar solo, de ir solo… de… Bueno, no quiero ni murmurar ni juzgar. Tú ya sabes…

-Sí, sé. Y por eso digo que no quiero juicios. Cuando estéis en el mundo sustituyéndome, trataréis con criaturas bastante más extrañas que Judas.

¿Qué apóstoles seríais si los eliminarais por ser extraños? Es más, precisamente por serlo, habréis de amarlos con paciente amor para transformarlos en corderos del Señor. Ahora vamos donde José y Simón. Habéis oído, ¿no? Ellos trabajaban en secreto para beneficiarme a mí.

Diréis: amor de familia. Sí. Es verdad. Pero, en todo caso, es amor. Os habéis dejado mal la última vez. Echad los pelillos a la mar, ahora. Ellos y vosotros tenéis, y no tenéis, razón. Que cada uno reconozca su error, y no alce la voz en la parte que tiene de razón.

-Él me ha ofendido mucho ofendiéndote muchísimo a ti -dice Santiago.

-Tú te asemejas en mucho a José, mi padre. Y José, tu hermano, se asemeja en mucho a Alfeo, tu padre. Pues bien, José fue a menudo criticado por su hermano mayor, pero José fue siempre indulgente con él y lo perdonó siempre.

¡Porque mi padre era un gran justo! Sélo tú igual.
-¿Y si me regaña como si fuera todavía un niño? Ya sabes que cuando está nervioso no atiende a razones…

-Pues calla. Es la única medicina para calmar las iras.

Calla con humildad y paciencia; y si sientes que no puedes callar sin desaires, te marchas. ¡Saber callar! ¡Saber marcharse! No por vileza, no por falta de palabras, sino por virtud, por prudencia, por caridad, por humildad. ¡Es tan difícil conservar la justicia en las disputas! Y la paz del espíritu.

Alguna cosa baja siempre a perturbar en las profundidades, a enturbiar, a hacer bullicio. Y la imagen de Dios que se refleja en todo espíritu bueno queda empañada, desaparece, y ya no se pueden oír las palabras de Dios. ¡Paz! Paz entre hermanos. Paz también con los enemigos. Si son enemigos nuestros, son amigos de Satanás.

Pero, ¿querríamos hacernos nosotros también amigos de Satanás, odiando a quien nos odia? ¿Cómo podríamos conducirlos al amor si estuviéramos fuera del amor? Me diréis: “Jesús, lo has dicho ya muchas veces, y lo haces; pero te siguen odiando siempre". Siempre lo diré. Cuando ya no esté entre vosotros, os lo inspiraré desde el Cielo.

Y también os digo que no contéis las derrotas, sino las victorias. ¡Alabemos por éstas al Señor! No pasa una luna sin la nota de alguna conquista. Esto debe constatar el obrero de Dios, y por ello exultar en el Señor, sin la rabia que tienen los del mundo cuando pierden una de sus pobres victorias. Si lo hacéis así…

-La paz a ti, Maestro. ¿No me conoces? -dice un joven que subía hacia el Getsemaní de regreso de la ciudad.
-¿Tú?… Tú eres el levita que el año pasado estuviste con nosotros junto con el sacerdote.

-Soy yo. ¿Cómo me has reconocido, Tú que ves a todo un mundo alrededor de ti?
-No olvido los rostros ni los espíritus en sus características.

-¿Qué característica tiene mi espíritu?

-Buena. E insatisfecha. Estás cansado de lo que te rodea. Tu espíritu tiende a cosas mejores. Sientes que existen. Sientes que es la hora de decidirte por un Bien eterno. Sientes que tras las brumas hay un Sol, la Luz. Tú quieres
la Luz.

El joven se arroja al suelo de rodillas:

-¡Maestro, Tú lo has dicho! Es verdad. Tengo estas cosas en el corazón. Y no sabía decidirme. El viejo sacerdote Jonatán ha creído, y después ha muerto. Era viejo. Yo soy joven. Pero te he oído hablar en el Templo… No me rechaces, Señor, porque no todos te odian allí, y yo soy de los que te quieren. Dime qué debo hacer, siendo levita…

-Tu deber hasta el tiempo nuevo. Reflexionar, porque, viniendo a mí, no vas al encuentro de la gloria terrena, sino del dolor. Si perseveras, tendrás gloria en el Cielo.

Instruirte en mi doctrina. Confirmarte en ella…
-¿Con qué?
-El Cielo mismo te confirmará con sus signos. Reconfirmarte con la ayuda de mis discípulos y conocer y practicar cada vez más lo que he enseñado. Haz esto y tendrás la vida eterna.

-Lo haré, Señor. Pero… ¿puedo seguir sirviendo en el Templo?

-Te lo he dicho: hasta el tiempo nuevo.
-Bendíceme, Maestro. Será mi nueva consagración.
Jesús lo bendice y lo besa. Se separan.

-¿Veis? Así es la vida de los obreros del Señor. Hace un año, en ese corazón cayó la semilla. Y no pareció una victoria, porque no vino inmediatamente a nosotros. Pasado un año, como confirmación de mis palabras de poco antes, he aquí que viene. Una victoria. ¿Y no hace, éste, hermoso el día para nosotros?

-Tienes siempre razón, Jesús mío… ¡Pero ten cuidado con Judas! Soy un necio al decírtelo. Lo sé. Tú sabes… Pero en el corazón está este tormento… y no lo manifiesto a los otros, pero está… y estoy seguro de que también los otros lo tienen.

Jesús no rebate. Dice:

-Estoy contento de que José y Nicodemo me dieran ese dinero. Así puedo enviar una ayuda a mis pobrecitos de Galilea…

Han llegado a la puerta. Entran por ella. Se confunden con el gentío.

489- En Nob. Parábola del rey no comprendido por sus súbditos. Jesús calma el viento

Es un pueblo recogido, bastante cuidado. Los habitantes están en las casas porque hace mucho viento.

Pero, cuando los discípulos van a advertir que está Jesús, todas las mujeres y niños y viejos (a quienes la edad ha obligado a quedarse en el pueblo) se arremolinan en torno a Jesús, que se ha detenido en la placita principal. El pueblo, al estar en un alto, tiene aire y luz incluso en este día lóbrego; y la vista se extiende: al sur hacia Jerusalén; al norte hacia Rama (digo Rama porque está escrito en un poste, con la indicación de la distancia).

La gente está muy emocionada. ¡Haber pasado a ser los que dan hospedaje al Señor es para ellos una cosa tan nueva y conmovedora!… Un viejo, un verdadero patriarca, lo dice por todos, y las mujeres, con la cabeza, asienten, asienten.

Acostumbrados a ser aplastados por la soberbia sacerdotal y farisaica, se muestran temerosos… Pero Jesús los pone enseguida a sus anchas tomando en brazos a una niñita que da sus primeros pasitos, acariciando al anciano, diciendo:
-¿No me habíais visto todavía?

-Desde lejos… Pasar por el camino… Algún hombre, en el Templo. Pero para nosotros, que estamos tan cerca de la ciudad, es aún más difícil obtener lo que otros consiguen viniendo de lejos -dice el anciano.

-Es siempre así, padre. Lo que parece facilitar las cosas las hace difíciles, porque todos se apoyan en la idea de que es fácil. Pero ahora nos conoceremos. Retírate, padre. El otoño desata sus vientos, que no son propicios a los patriarcas.

-¡Si me he quedado sólo! Los días ya no tienen valor para mí…
-Su hija se ha casado lejos, y la mujer se le murió en las Encenias -explica una mujer.

-Juan, no debes hablar así, hoy que tienes al Rabí contigo. ¡Lo deseabas mucho! -le dice una viejecita.
-Es verdad. Pero… Tú eres el Mesías, ¿no es verdad?
-Sí, padre.

-Y entonces, ¿qué más puedo desear, ahora que lo he visto y veo cumplida la promesa hecha a Abraham? Un anciano ­entonces el anciano era él-profirió un canto un día en el Templo -yo estaba porque ese día mi Lía se purificaba de su único parto, y yo estaba al lado de ella, y antes de nosotros había cumplido el rito Una poco más que niña…-, un anciano profirió este canto, besando al Hijo de la Muchacha:

"Ahora deja, oh Señor, que tu siervo se marche en paz, porque mis ojos han visto al Salvador". Aquel Recién Nacido eras Tú, entonces. ¡Oh, dichoso yo! En aquel momento oré al Señor diciendo: "Haz que yo también pueda morir después de haberlo conocido". Ahora te conozco. Estás aquí. La mano del Señor está apoyada en mi cabeza.

Su voz me ha hablado. El Eterno me ha escuchado. ¿Y qué diré, sino las palabras del anciano Simeón, docto y justo? Las digo: "¡Deja, oh Señor, que tu siervo se marche en paz, porque los ojos míos han conocido a tu Cristo!"
-¿No quieres esperar a ver su Reino? -dice una mujer.

-No, María. Las fiestas no son para los viejos. Y yo no creo lo que la mayoría dice. Recuerdo las palabras de Simeón… Prometió una espada en el corazón de aquella Muchacha, porque no todo el mundo amará al Salvador… Dijo que ruina o resurrección vendrían a muchos por Él… Y tenemos a Isaías… y a David… No. Prefiero morir y esperar su gracia desde allá… y desde allá, a su Reino…

-Padre, tú ves mejor que los jóvenes. Mi Reino es el de los Cielos. Pero para ti mi venida no significa ruina, porque sabes creer en mí. Vamos a tu casa. Yo permanezco contigo -y, guiado por el viejo, va a una casita blanca situada en un caminito entre huertos, que se desnudan de hojas por la violencia del viento, y entra con Pedro, los dos hijos de Alfeo y Juan.

Los demás se distribuyen por las otras casas… para, pasado un rato, regresar y abarrotar la casita, el huerto, la terraza del tejado, hasta el punto de que se suben a una albarrada baja que separa de la calle un lado del huerto, y a un robusto nogal y a un manzano robusto cuanto el primero, sin preocuparse del viento, que sigue aumentando y levanta mucho polvo. Quieren oír a Jesús.

Y Jesús hace un poco de tiempo. Hasta que empieza a hablar, permaneciendo en el umbral de la cocina (de forma que la voz se esparza dentro y fuera de la casa).

-Un rey poderoso, cuyo reino era muy vasto, quiso ir un día a visitar a sus súbditos. Vivía en un excelso palacio desde el que, por medio de sus servidores y mensajeros, enviaba sus órdenes y mercedes a los súbditos, los cuales, por eso, sabían que existía y conocían el amor que tenía por ellos y conocían sus propósitos; pero, de ninguna manera, conocían su persona, su voz ni su lenguaje. En una palabra, sabían que existía y que era su Señor, pero nada más.

Y, como a menudo sucede, por este hecho, muchas de sus leyes y mercedes sufrían variación, o por mala voluntad o por incapacidad de comprenderlas; tanto que esto perjudicaba los intereses de los súbditos y los deseos del rey, que quería que fueran felices. Él se veía obligado a castigarlos alguna vez, y, al hacerlo, sufría más que ellos. Mas los castigos no producían mejora.

Dijo entonces: "Iré yo. Les hablaré directamente. Me daré a conocer. Me amarán y me seguirán mejor y serán felices". Y dejó su excelsa morada para ir con su pueblo.

Mucho estupor causó su llegada. El pueblo sufrió una fuerte impresión, se agitó: quién con júbilo, quién con terror, quién con ira, quién con desconfianza, quién con odio. El rey, paciente, sin cansarse nunca, se puso a tratar tanto con los que lo querían como con los que le temían y con los que lo odiaban.

Se puso a explicar su ley, escuchó a sus súbditos, los favoreció, los soportó. Y muchos acabaron queriéndolo, no evitándolo por su excesiva grandeza; algunos, pocos, dejaron también de desconfiar y de odiar. Eran los mejores. Pero muchos siguieron siendo lo que eran, pues no tenían en sí buena voluntad.

Mas el rey, que era muy sabio, soportó también esto, refugiándose en el amor de los mejores como premio a sus fatigas.

Pero, ¿qué es lo que sucedió? Pues sucedió que incluso entre los mejores no todos lo comprendieron. ¡Venía de tan lejos! ¡Su lenguaje era tan nuevo! ¡Lo que quería era tan distinto de lo que querían los súbditos! Y no fue comprendido por todos…

Es más, algunos le causaron dolor, y con el dolor perjuicio, o al menos corrieron el riesgo de procurárselo, por comprenderlo mal. Y, cuando se dieron cuenta de que le habían causado dolor y perjuicio, huyeron de su presencia desolados, y, temiendo su palabra, no volvieron a acercarse a él.

Pero el rey había leído en sus corazones, y todos los días los llamaba con su amor, oraba al Eterno que le concediera encontrarlos de nuevo para decirles: "¿Por qué me teméis? Es verdad.

Vuestra incomprensión me ha causado dolor; pero la he visto sin malicia, fruto solamente de una incapacidad para comprender mi lenguaje, tan distinto del vuestro. Lo que me causa dolor es vuestro temor hacia mí.

Ello me dice que no sólo no me habéis comprendido como rey. Sino que tampoco como amigo. ¿Por qué no venís? Volved, pues. Lo que la alegría de amarme no os había hecho comprender, os lo ha esclarecido el dolor de haberme causado dolor.

¡Oh, venid, venid amigos míos! No aumentéis vuestro desconocimiento estando lejos de mí, vuestras brumas escondiéndoos, vuestras amarguras impidiéndoos a vosotros mismos mi amor. ¿Veis? Sufrimos tanto yo como vosotros estando separados. Yo más que vosotros todavía. Venid, pues, y alegrad mi corazón".

Así quería hablar el rey. Y así habla. Y Dios también habla así a aquellos que pecan. Y así habla el Salvador a aquellos que hayan podido cometer errores. Y así habla el Rey de Israel a sus súbditos.

El verdadero Rey de Israel, el que quiere llevar a sus súbditos desde el pequeño reino de la Tierra al grande de los Cielos. En éste no pueden entrar aquellos que no siguen al Rey, aquellos que no aprenden a comprender sus palabras y su pensamiento.

Pero, ¿cómo aprender si al primer error se elude al Maestro? Que ninguno se deprima si ha pecado y está arrepentido, si ha errado y reconoce su error. Venga a la Fuente que borra los errores y da luz y sabiduría; y en ella apague su sed; en ella, que ardientemente desea donarse y ha venido del Cielo para donarse a los hombres.

Jesús termina de hablar. Solamente el viento hace oír su voz, cada vez más fuerte (en el copete del montecito en que está Nob se ensaña tanto, que los árboles crujen temiblemente).

La gente se ve obligada a retirarse a las casas. Pero, cuando ya se han dispersado y Jesús entra de nuevo en la casa y cierra la puerta Matías, seguido por Manahén y Timoneo, aparece de detrás de la albarrada, entra en el huertecillo y llama a la puerta cerrada. Jesús mismo sale a abrir.

-¡Maestro, aquí los tienes!… -dice Matías señalando a los dos que, acobardados, se han quedado en el umbral del huerto y no se atreven a alzar la cara para mirar a Jesús.

-¡Manahén! ¡Timoneo! ¡Amigos míos! -dice Jesús mientras cierra la puerta -para dar a entender a los de dentro que no salgan a curiosear-y sale al huerto. Y va hacia los dos, con los brazos abiertos, ya abiertos para el abrazo.

Los dos alzan la cara, tocados por el amor, trémulo en la voz del Maestro; le ven la cara y los ojos, henchidos de amor, y su miedo cae; se echan a correr hacia Él con un grito ronco de llanto:

-¡Maestro! -caen a sus pies, le abrazan los tobillos y besan sus pies desnudos, bañándolos de lágrimas.

-¡Amigos míos! No ahí. Aquí, en mi corazón. ¡Os he
esperado mucho! ¡Y os he comprendido mucho! ¡Venga!… -y trata de ponerlos de pie.

-¡Perdón! ¡Perdón!… No nos lo niegues, Maestro. ¡Hemos sufrido mucho!

-Lo sé. Pero, si hubierais venido antes, antes os hubiera dicho: "Os quiero".

-¿Nos quieres? ¿Maestro? ¿Como antes? -es Timoneo el primero que habla, alzando un rostro interrogativo.

-Más que antes, porque ahora estáis curados de todo lo humano en vuestro amor por mí.

-¡Es verdad! ¡Oh, Maestro mío! -y Manahén, como movido por un resorte, se pone en pie. Ya no resiste, se arroja al pecho de Jesús. Timoneo hace lo mismo…

-¿Veis lo bien que se está aquí? ¿No es mejor aquí que en un pobre palacio? ¿Dónde se me podrá tener más, y más poderoso, dulce, rico de tesoros sin fin, sino allí donde se me tiene como Salvador, Redentor, Rey espiritual, Amigo amoroso?

-¡Es verdad! ¡Es verdad! ¡Oh! ¡Nos habían seducido! ¡Y nos parecía que te honrábamos, y que era justa su idea!
-No penséis ya más en ello. Ha pasado. Pertenece al pasado. Dejad que el tiempo, fluyendo veloz como el torbellino que nos choca, lo lleve lejos, lo disuelva para siempre… Pero, vamos a entrar en casa. No es posible seguir aquí…

Es verdaderamente un torbellino lo que arremete contra el pueblo desde el norte. Ramas que se tronchan, tejas que vuelan, algún antepecho inseguro de las terrazas de los techos que cae con fragor. El nogal y el manzano se tuercen como si quisieran descuajarse del suelo. Entran en casa y los cuatro apóstoles miran sorprendidos el rostro aún húmedo de lágrimas de los dos discípulos, que contrasta con la sonrisa que también muestran. Pero no dicen nada.

-Alguna catástrofe se está preparando -dice el anciano Juan.
-Sí. No sé qué van a hacer los que están todavía en las cabañas… -dice Pedro.

El viento es tan fuerte, que las llamitas de una lámpara de tres boquillas, encendida para iluminar la habitación cerrada, vacilan, a pesar de que las puertas estén bien cerradas.

Con el estrépito del viento, que continuamente aumenta y golpea la casa con tierra y detritos -tanto que parece que cayera un granizo menudo-, se mezclan gritos de mujeres, cada vez más cercanos; son esposas asustadas, madres angustiadas:

-¡Nuestros maridos! ¡Nuestros hijos! Están en camino. Tenemos miedo. Se ha derrumbado una pared de la casa abandonada… ¡Señor! ¡Jesús! ¡Piedad!».

Jesús se pone en pie, apenas puede abrir la puerta que el viento comprime con toda su violencia. Algunas mujeres, curvadas para resistir el viento -una verdadera tromba de aire bajo un cielo terrorífico-gimen echando hacia delante los brazos.

-Entrad. ¡No temáis! -dice Jesús. Y mira al cielo y a los árboles ya próximos a quebrarse.

-Entra, Jesús! ¿Ves cómo se rompen las ramas y caen tejas? No es prudente estar afuera -grita Judas de Alfeo.
-¡Pobres olivos! Esto es granizo. Donde caiga se pueden despedir de recoger -sentencia Pedro.

Jesús no entra. Es más, sale del todo, en medio del torbellino, que le retuerce la túnica y le alza los cabellos. Abre los brazos, ora, y luego ordena:

-¡Basta! ¡Lo quiero! -y vuelve a la casa.
El viento, después de un último mugido, cesa de golpe. Es impresionante el silencio que reina, después de tanto fragor. Es tal, que a las puertas o ventanas de las casas se asoman caras asombradas. Quedan las señales del huracán: hojas, ramas quebradas, telas hechas jirones.

Pero todo está calmo. El firmamento responde a la tierra, que ya no está agitada, aligerándose de nubes que de negras pasan a ser claras y se esparcen sin causar daño. Antes al contrario, dejan éstas caer una salpicadura de agua que termina de purificar el aire enturbiado por tanta tierra.

-¿Pero que ha sucedido?
-¿Así ha terminado?
-¿Parecía el fin, y ahora viene la calma?
Voces que preguntan, de una casa a otra.
Las mujeres que habían corrido hacia Jesús ahora corren hacia afuera.

-¡El Señor! ¡El Señor está con nosotros! ¡Ha hecho el milagro! ¡Ha detenido el viento! ¡Ha roto las nubes! ¡Hosanna! ¡Hosanna'. ¡Alabanza al Hijo de David! ¡Paz! ¡Bendición! ¡Cristo está con nosotros! ¡Con nosotros está el Bendito! ¡El Santo! ¡El Santo! ¡El Santo'. ¡El Mesías está con nosotros! ¡Aleluya!

Todos los habitantes del pueblo se echan a la calle, los reales y los ocasionales (o sea, apóstoles y discípulos, que acuden todos, a la casita donde está Jesús). Todos quieren besarlo, tocarlo, ensalzarlo.
-¡Alabad al Señor Altísimo. Él es el Amo de los vientos y las aguas. Si ha escuchado a su Hijo, ha sido para premiar vuestra fe y amor para con Él.

Y querría despedirlos. Pero ¿quién calma a un pueblo que está de fiesta, agitado por un milagro manifiesto? Especialmente, si es un pueblo lleno de mujeres. Los esfuerzos de Jesús son vanos. Él sonríe, paciente, mientras el anciano que le da hospedaje le lava con sus lágrimas la mano izquierda y se la llena de besos.
Llegan los primeros hombres de regreso de Jerusalén, jadeantes, asustados. Temen quién sabe qué catástrofe. Ven al pueblo de fiesta.

-¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado? ¿Pero no habéis tenido una borrasca? Desde el monte se veía desaparecer a la ciudad tras nubes de polvo. Creíamos que se hubiera venido abajo. ¡Y aquí todo está en pie!

-¡El Señor! ¡El Señor! Ha venido a tiempo de salvarnos de la destrucción. Sólo la casa maldita se ha derrumbado, y alguna teja y alguna rama. ¿Y vosotros? ¿Qué ha sucedido en Jerusalén?

Las preguntas y las respuestas se cruzan. Pero los hombres se abren paso para ir a venerar al Salvador. No antes de venerarlo, explican que había miedo en la ciudad por la borrasca inminente, y que todos huían de las cabañas hacia las casas, y los dueños de los olivos lloraban ya su recolección… cuando, de repente, el viento se ha calmado, el cielo se ha aclarado con poca lluvia… de modo que toda la ciudad se ha quedado asombrada.

Y, dado que la fantasía trabaja inmediatamente en ciertos casos, los hombres refieren que, mientras la gente huía, muchos que habían estado en el Templo los días antes, viendo que el Moria era el más embestido por las ráfagas, tanto que el viento había volcado los bancos de los cambistas y había habido daños en la casa del Pontífice, decían que era el castigo de Dios por los insultos contra su Mesías.

Y más y más y más… Llegan otros hombres y la narración toma más colorido. Casi que se hace más apocalíptica que la narración del Viernes Santo…

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