por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Siguen entre montes -y montes bien escabrosos-, por unas veredas por donde no pasan, ciertamente, carros; sólo,
transeúntes a pie o personas montadas en fuertes asnos de montaña, más altos y robustos que los habituales burritos de las zonas menos accidentadas (una observación que a muchos podrá parecer inútil, pero que la hago de todas formas).
En Samaria hay diferencias respecto a los usos de los otros lugares, tanto en el vestido como en muchas otras cosas. Y una es la abundancia de perros, no común en otros lugares, que me choca, como me chocó la presencia de puercos en la Decápolis.
Muchos perros, quizás porque Samaria tiene muchos pastores y tendrá muchos lobos en esos montes tan agrestes; muchos, también, porque en Samaria veo a los pastores generalmente solos -al máximo con un muchacho- apacentando el rebaño propio, mientras que en otras partes, por lo general, un grupo de pastores custodia rebaños compuestos por numerosas cabezas, propiedad de algún rico. Bueno, de hecho aquí cada pastor tiene su perro, o más de un perro, según el número de ovejas de su rebaño.
Otra característica son precisamente estos asnos casi tan altos como un caballo, robustos, capaces de escalar estos
montes con cargas pesadas en la albarda, a menudo cargados de gruesa leña que se encuentra en estos magníficos montes cubiertos de bosques seculares.
Otra particularidad: la soltura de comportamiento de los habitantes, los cuales no son unos "pecadores", como los
juzgaban judíos y galileos, sino que son abiertos y francos y están exentos de beaterías, exentos de todas esas historias que tienen los otros. Y son hospitalarios.
Esta constatación me hace pensar que en la parábola del buen samaritano no hubiera sólo intención consciente de hacer resaltar que bueno y malo hay en todas partes, en todos los lugares y razas, y que entre los heréticos también puede haber rectos de corazón, sino también, justamente, una real descripción de las costumbres samaritanas hacia quien necesitaba ayuda. Se habrán detenido en el Pentateuco -oigo que hablan de él y no de otra cosa- pero practican, al menos hacia el prójimo, con más rectitud que los otros con sus seiscientas trece cláusulas de preceptos, etc. etc.
Los apóstoles hablan con el Maestro y, a pesar de ser incorregiblemente israelitas, deben reconocer y alabar el espíritu que han encontrado en los habitantes de Siquem, que -lo comprendo por las cosas que oigo- han invitado a Jesús a detenerse y estar con ellos.
-¿Has oído, no? - dice Pedro - ¿cómo han dicho claramente que conocen el odio judío? Han dicho: "Hacia ti y contra ti hay más odio que contra todos nosotros juntos, los samaritanos de ahora y del pasado. Te odian sin límite".
-¿Y aquel viejo? ¡Qué acertadamente lo ha dicho!: "En el fondo es natural que sea así, porque Tú no eres un hombre sino que eres el Cristo, el Salvador del mundo, y por eso eres el Hijo de Dios, porque sólo un Dios puede salvar al mundo corrompido. Por eso, no teniendo Tú límites como Dios, no teniendo límites tu poder ni tu santidad ni tu amor, como tampoco tendrá límites tu victoria sobre el Mal, es natural que el Mal y el Odio -una cosa sola con el Mal- no tengan límites contra ti".
¡Verdaderamente ha hablado con acierto! ¡Y este razonamiento explica muchas cosas! - dice el Zelote.
-¿Qué explica, según tú? Yo… yo digo que explica sólo que son unos estúpidos - dice Tomás expeditivo.
-No. La estupidez podría ser incluso una justificación. Pero no son estúpidos.
-Ebrios entonces, ebrios de odio - replica Tomás.
-Tampoco. El enajenamiento cede cuando estalla. Este odio no cede.
-¡Sí, porque más estallado que así!… ¡Hace tanto tiempo que ha estallado… que ya habría tenido que caer!
-Amigos, la malignidad no ha tocado todavía la meta - dice Jesús, tranquilo, como si la meta del odio no fuera su
suplicio.
-¿No? ¿Pero si no nos dejan en paz nunca?
-Maestro, todavía éstos no se convencen de que es verdad lo que he dicho. Pero lo es. ¡Vaya que si lo es! Y digo
también que, si hubiera sido por vosotros, habríais caído todos en la trampa como cayó Juan Bautista. Pero no lo lograrán, porque yo vigilo… - dice Judas Iscariote.
Y Jesús lo mira. Y yo también lo miro, preguntándome -y me lo pregunto desde hace algunos días- si la conducta de
Judas obedece a un retorno bueno y real al camino del bien y del amor hacia su Maestro, obedece a una liberación de las fuerzas humanas y extrahumanas que lo sujetaban, o si se trata de un trabajo más refinado de preparación al golpe final, de una servidumbre mayor a los enemigos de Cristo y a Satanás.
Pero Judas es un ser tan especial, que no es descifrable.
Sólo Dios puede entenderlo. Y Dios, Jesús, corre un velo de misericordia y de prudencia sobre todas las acciones y sobre la personalidad de su apóstol… un velo que se rasgará, iluminando completamente muchos porqués, ahora misteriosos, sólo cuando se abran los libros de los Cielos.
Los apóstoles están tan preocupados por la idea de que el odio de los enemigos no ha alcanzado todavía su culmen, que guardan silencio durante un tiempo. Luego Tomás se dirige otra vez al Zelote y dice:
-Entonces, si ni están ebrios ni son estúpidos, si su odio explica muchas cosas pero no ésta, ¿qué explica entonces?
¿Qué son? No lo has dicho…
-¿Que qué son? Posesos. Son eso mismo que dicen de Él. Esto explica su ensañamiento, que no conoce interrupción, es más, que crece cada vez más cuanto más evidente se hace su poder. Acertado lo que ha dicho ese samaritano. En Él,
Hijo del Padre y de María, Hombre y Dios, está la infinitud de Dios, e infinito es el Odio que a esta Infinitud perfecta se opone, aunque en su no tener límite el Odio no es perfecto, porque sólo Dios es perfecto en sus acciones.
Pero, si el Odio pudiera tocar el abismo de la perfección bajaría a tocarlo, es más, se arrojaría a tocarlo, para resurgir luego, por la misma vehemencia de a la caída en el abismo de infierno, contra el Cristo, para herirlo con todas las armas arrancadas al abismo infernal.
El firmamento, reglado por Dios, tiene un solo Sol, que surge y resplandece y desaparece y deja el sitio al sol más pequeño que es la Luna; y ésta, después de haber alumbrado a su vez, se pone para ceder el sitio al Sol.
Los astros enseñan mucho a los hombres, porque se sujetan a la voluntad del Creador. Pero los hombres no. Y un ejemplo es éste: este querer oponerse al Maestro. ¿Qué sucedería si la Luna en una aurora dijera: "No quiero desaparecer, vuelvo por el camino recorrido”? Sin duda, chocaría violentamente contra el Sol, con horror y daño de toda la Creación. Esto es lo que quieren hacer ellos, creyendo que pueden hacer pedazos al Sol…
-Es la lucha de las Tinieblas contra la Luz. La vemos todos los días en los amaneceres y en los crepúsculos. Las dos fuerzas que se contraponen, que adquieren recíprocamente el dominio sobre la Tierra. Pero las tinieblas siempre pierden, porque nunca son absolutas.
Siempre emana un poco de luz, aun en la noche más privada de astros. Parece como si el aire por sí mismo la creara en los infinitos espacios del firmamento y la diseminara, si bien limitadísima, para convencer a los hombres de que los astros no están apagados.
Y yo digo que, igualmente, en estas especiales tinieblas del Mal contra la Luz que es Jesús, siempre, a pesar de todos los esfuerzos de las Tinieblas, la Luz estará ahí para confortar a quien en Ella cree dice Juan, sonriendo ante este pensamiento suyo, recogido dentro de sí como si monologara.
Santiago de Alfeo recoge su pensamiento:
-Los Libros (Génesis 1, 2-3. Números 11, 26-29; 22, 20-35; 23, 4-30; 24; 1 Reyes 13, 1-5; 2 Reyes 1, 15-16; Isaías 11-12) llaman al Cristo "Estrella de la mañana".
Él, por tanto, también conocerá una noche, y -¡oh, espanto mío!- también nosotros la conoceremos; conoceremos una noche, un tiempo en que no parecerá fuerte la Luz, sino victoriosas las Tinieblas. Pero, dado que Él es llamado Estrella de la mañana excluyendo un límite en el tiempo, yo digo que tras la momentánea noche Él será Luz matutina, pura, fresca, virginal, renovadora del mundo, semejante a la que siguió al Caos en el día primero. ¡Oh!, sí. El mundo será creado de nuevo en su Luz.
-Y la maldición – dice Judas de Alfeo - caerá sobre los réprobos que hayan querido alzar las manos contra la Luz,
repitiendo los errores ya cometidos, desde Lucifer hasta los profanadores del pueblo santo. Yeohveh deja libre al hombre en sus acciones. Pero, por amor del propio hombre, no permitirá que el Infierno prevalezca.
-¡Oh, menos mal que, después de tanto sopor de espíritu, por el que todos parecíamos como obtusos y entorpecidos por vejez precoz la sabiduría vuelve a florecer en nuestros labios! ¡Ya no parecíamos nosotros! ¡Ahora reconozco de nuevo al Zelote y a Juan y a los dos hermanos de otros tiempos! - dice Judas Iscariote felicitándose.
-No me parece que hubiéramos cambiado tanto, que no pareciéramos nosotros - dice Pedro.
-¡Que si habíamos cambiado! Todos. Tú el primero. Y luego Simón y los otros, incluido yo. Si había uno que era más o menos el de siempre, era Juan.
-¡Mmm! Verdaderamente no sé en qué…
-¿En qué? Taciturnos, como cansados, indiferentes, pensativos… Ya no se oía nunca una de estas conversaciones, semejantes a muchas de otros tiempos, semejantes a la de ahora, que son tan útiles…
-Para discutir - dice Judas Tadeo, recordando cómo, efectivamente, con frecuencia degeneraban en disputas.
-No. Para formarse. Porque no todos somos como Natanael, ni como Simón, ni como vosotros de Alfeo, por nacimiento o sabiduría. Y quien lo es menos aprende siempre de quien lo es más - rebate Judas Iscariote.
-Verdaderamente… yo diría que más que nada es necesario formarse en la justicia. Y de ésta nos ha dado magníficas lecciones Simón - dice Tomás.
-¿Yo? ¡Tú ves mal! Soy el más necio de todos - dice Pedro.
-No. Tú eres el que más ha cambiado. En esto tiene razón Judas Keriot. Bien poco queda en ti del Simón que conocí yo cuando vine con vosotros, y que, perdona, siguió siendo igual durante mucho tiempo.
Desde que estoy de nuevo contigo después de la separación para las Encenias, no has hecho otra cosa que transformarte. Ahora eres… sí, lo digo: eres más paterno y, al mismo tiempo, más austero.
Tienes conmiseración de todos tus pobres hermanos, mientras que antes… Y se ve, yo al menos lo veo, que esto te cuesta. Pero te vences a ti mismo. Y nunca nos has impuesto tanto respeto como ahora, que hablas poco y regañas poco…
-¡Pero, amigo mío, tú eres muy bueno viéndome así!… Yo, aparte de en el amor hacia el Maestro, que me crece
continuamente, no he cambiado en nada de nada.
-No. Tomás tiene razón. Estás muy cambiado - confirman bastantes.
-¡Bueno, bueno!, lo decís vosotros… - dice Pedro encogiéndose de hombros. Y añade:
-Sólo el juicio del Maestro sería seguro. Pero me guardo bien de pedírselo. Él conoce mi debilidad y sabe que incluso una alabanza mal dada podría perjudicar a mi espíritu. Por tanto, no me alabaría, y haría bien en no hacerlo. Comprendo cada vez mejor su corazón y su sistema, y ahí veo toda la justicia.
-Porque tienes ánimo recto y porque amas cada vez más. Lo que te hace ver y comprender es tu amor por mí. Maestro tuyo, el verdadero y más grande Maestro que te hace comprender, es el Amor - dice Jesús, que hasta ese momento ha escuchado y guardado silencio.
-Yo creo que… es también el dolor que llevo dentro…
-¿Dolor? ¿Por qué?» preguntan algunos.
-¡Bueno, pues por muchas cosas!, que en el fondo son una sola cosa: todo lo que sufre el Maestro… y el pensamiento de lo que sufrirá. No podemos seguir pensando en las musarañas como en los primeros tiempos, pensando en las nubes como críos que no saben, ahora que sabemos de qué son capaces los hombres y cómo se debe sufrir para salvarlos. ¡Venga, hombre!
¡Creíamos todo fácil en los primeros tiempos! ¡Creíamos que bastaba presentarse para que los otros vinieran a nuestra parte!
Creíamos que conquistar Israel y el mundo era como… echar una red en un fondo abundante en pesca. ¡Pobres de nosotros!
Pienso que si no consigue Él una buena presa, nosotros no conseguiremos ninguna. ¡Pero esto no es nada todavía! Pienso que ésos son malos y le hacen sufrir, y creo que éste es el motivo de nuestro cambio en general…
-Es verdad. Por mi parte, es verdad - confirma el Zelote.
-También en mi caso.
-También yo - dicen los otros.
-Yo hace mucho que estaba inquieto por esto y he tratado de disponer de buenas ayudas. Pero me han traicionado… y vosotros no me habéis comprendido… Y yo no os he comprendido a vosotros. Creía que erais como sois por cansancio del espíritu, por falta de confianza, por desilusión… - confiesa Judas Iscariote.
-Yo nunca he esperado humanas alegrías y por tanto, no estoy desilusionado - dice el Zelote.
-Yo y mi hermano querríamos verlo victorioso, pero para alegría suya. Lo hemos seguido por amor de parientes antes que de discípulos. Lo hemos seguido siempre, desde niños.
Él, el más pequeño en edad de nosotros, hermanos, pero siempre mucho más grande que nosotros… - dice Santiago con su admiración ilimitada por su Jesús:
-Si tenemos un dolor es el que no todos nosotros, los de la parentela, lo amamos en espíritu y sólo con el espíritu. Pero no somos los únicos en Israel que lo aman mal - dice Judas Tadeo.
Judas Iscariote lo mira, y quizás hablaría, pero le distrae un grito que llega hasta ellos desde un cerro que se alza por encima del pueblecito que están orillando, buscando el camino para entrar en él:
-¡Jesús! ¡Rabí Jesús! ¡Hijo de David y Señor nuestro, ten piedad de nosotros!
-¡Leprosos! Vámonos, Maestro. Si no, va a venir el pueblo y nos van a retener en sus casas - dicen los apóstoles.
Pero los leprosos tienen la ventaja de estar más adelante que ellos, arriba, en el camino, aunque al menos a unos
quinientos metros del pueblo, y bajan cojeando por el camino, y corren hacia Jesús repitiendo su grito.
-Entremos en el pueblo, Maestro. Ellos no pueden hacerlo – dicen algunos apóstoles. Pero otros rebaten:
-Ya algunas mujeres se han asomado a mirar. Si entramos nos libraremos de los leprosos, pero no de ser reconocidos y retenidos.
Y mientras titubean sobre la postura a tomar, los leprosos se van acercando a Jesús, quien, no haciendo caso de los
pero y de los si de sus apóstoles, ha proseguido por su camino. Y los apóstoles se resignan a seguirle, mientras mujeres con los niños agarrados a las faldas, y algún hombre viejo que se ha quedado en el pueblo, vienen a ver, dejando una prudente distancia entre ellos y los leprosos, los cuales se detienen a algunos metros de Jesús y suplican una vez más:
-¡Jesús, ten piedad de nosotros!
Jesús los contempla un instante; luego, sin arrimarse a este grupo de dolor, pregunta:
-¿Sois de este pueblo?
-No, Maestro, de diversos lugares. Pero ese monte donde estamos, por la otra parte, mira al camino que va a Jericó, y es bueno para nosotros ese lugar…
-Id entonces al pueblo cercano a vuestro monte y mostraos a los sacerdotes.
Y Jesús reanuda la marcha, apartándose hacia el borde del camino para no rozar a los leprosos, los cuales, sin otra cosa sino una mirada de esperanza en los pobres ojos enfermos, lo miran mientras se acerca; y Jesús, llegado a su altura, alza la mano para bendecir.
La gente del pueblo, desilusionada, vuelve a las casas… Los leprosos ganan de nuevo el monte, para ir hacia su gruta o hacia el camino de Jericó.
-Has hecho bien no curándolos. Los del pueblo ya no nos habrían dejado marcharnos…
-Sí, y sería necesario llegar a Efraím antes de la noche.
Jesús camina y calla. El pueblo ya está escondido a la vista, por las curvas del camino, que es muy sinuoso porque sigue los caprichos del monte en cuyo pie está hendido.
Pero una voz los alcanza:
-¡Alabado sea el Dios Altísimo y su verdadero Mesías! ¡En Él, todo poder, toda sabiduría y piedad! ¡Alabado sea el Dios Altísimo, que en Él nos ha concedido la paz!
¡Alabadlo todos vosotros, hombres de las ciudades de Judea y Samaria, de Galilea y Transjordania! ¡Hasta las nieves del altísimo Hermón, hasta los resecos pedregales de Idumea, hasta las arenas bañadas por las olas del Mar Grande, cántese con poderosa voz la alabanza al Altísimo y a su Cristo!
¡Se ha cumplido la profecía de Balaam! ¡La Estrella de Jacob resplandece en el cielo rehecho de la patria que el verdadero Pastor ha vuelto a unir! ¡Se han cumplido también las promesas hechas a los patriarcas!
¡Oíd la palabra de Elías, que nos amó, oídla, pueblos de Palestina, y comprendedla! ¡Ya no se debe cojear de las dos partes, sino que se debe elegir por luz de espíritu, y si el espíritu es recto elegirá bien! ¡Éste es el Señor!
¡Seguidle! ¡Ah, que hasta ahora hemos sido castigados porque no nos hemos esforzado en comprender!
El hombre de Dios maldijo el falso altar profetizando: "Sí, nacerá de la casa de David un hijo llamado Josías, que sacrificará en el altar y quemará huesos de Adán. Y el altar entonces se romperá y se hundirá en las entrañas de la Tierra, y las cenizas de la inmolación se esparcirán a septentrión y a mediodía, hacia oriente y hacia donde el Sol de pone".
No queráis hacer como el necio Ocozías, que mandaba a consultar al dios de Ecrón cuando el Altísimo estaba en Israel. No queráis ser inferiores a la burra de Balaam, la cual, por su reverencia al espíritu de luz, mientras que habría caído muerto el profeta que no veía, habría merecido la vida.
¡He aquí la Luz, que pasa entre nosotros! ¡Abrid los ojos, ciegos de espíritu, y ved!- y uno de los leprosos los sigue, cada vez más cerca -incluso en el camino de primer orden en que ya están-, señalando a Jesús a los peregrinos.
Los apóstoles, desazonados, se vuelven dos o tres veces, intimando al leproso, perfectamente curado, a callarse. Y la última vez casi lo amenazan.
Pero él, dejando por un momento de alzar así la voz para hablar a todos, responde:
-¿Y qué queréis, que no glorifique las grandes cosas que Dios me ha hecho? ¿Queréis que no lo bendiga?
-Bendícelo en tu corazón y calla - le responden inquietos.
-No, no puedo callar. Dios pone las palabras en mi boca - y, otra vez con voz fuerte:
-¡Gentes de los dos lugares de frontera, gentes que pasáis fortuitamente, deteneos a adorar a Aquel que reinará en el nombre del Señor. Yo rechazaba muchas palabras. Pero ahora las repito porque las veo cumplidas. Y todas las gentes se ponen en movimiento y vienen exultantes hacia el Señor por las vías del mar y de los desiertos, por las colinas y los montes.
Y también nosotros, pueblo que hemos caminado en las tinieblas, iremos hacia la gran Luz que ha surgido, hacia la Vida, saliendo de la región de la muerte. Lobos, leopardos y leones como éramos, renaceremos en el Espíritu del Señor y nos amaremos en Él, a la sombra del Retoño de Jesé que ya es cedro, bajo el cual acampan las naciones por Él recogidas desde los cuatro puntos de la Tierra.
He aquí que llega el día en que los celos de Efraím tendrán fin, porque ya no existen Israel y Judá, sino un solo Reino: el del Cristo del Señor. Oíd, yo canto las alabanzas del Señor, que me ha salvado y consolado.
Oíd, yo digo: alabadlo y venid a beber la salvación a la fuente del Salvador. ¡Hosanna! ¡Hosanna a las grandes cosas que Él hace! ¡Hosanna al Altísimo que ha puesto en medio de los hombres a su Espíritu revistiéndolo de carne, para que fuera el Redentor!
Es inagotable. La gente aumenta, se agolpa, ocupa el camino: quien estaba atrás se acerca, quien estaba delante
regresa. Los habitantes de un pequeño pueblo -en cuyos aledaños están ya- se unen a los viandantes.
-Pero mándale que se calle, Señor. Es el samaritano. Esto dice la gente. ¡No debe hablar de ti, si ya no permites siquiera que nosotros te precedamos predicándote! - dicen inquietos los apóstoles.
-Amigos míos, repito las palabras de Moisés a Josué, hijo de Nun, que se quejaba porque Eldad y Medad profetizaban en el campamento: "¿Estás celoso por mí, en vez de mí? ¡Ojalá profetizara así todo el pueblo y el Señor diera a todos su Espíritu!". De todas formas, me detengo y lo despido para complaceros.
Y se para. Se vuelve y llama al leproso curado, el cual se acerca presuroso, se postra ante Jesús y besa la tierra.
-Álzate. ¿Y los otros dónde están? ¿No erais diez? Los otros nueve no han sentido la necesidad de dar gracias al Señor.
¿Entonces? ¿De diez leprosos, de los cuales sólo uno era samaritano, no se ha encontrado ninguno, aparte de este extranjero, que sintiera el deber de regresar para dar gloria a Dios, antes de restituirse a sí mismo a la vida y a la familia?
Y se le conoce como "samaritano". ¿Ya no están ebrios los samaritanos, puesto que ven sin equivocaciones y acuden al camino de la Salvación sin paso vacilante? ¿Es que habla la Palabra un lenguaje extranjero, pues que lo entienden los extranjeros y no los de su pueblo?
Extiende la mirada de sus espléndidos ojos sobre la multitud que se encuentra allí procedente de todas partes de la Palestina. Y esos ojos, con su centelleo, son irresistibles… Muchos agachan la cabeza y azuzan a las cabalgaduras o se echan a caminar y se alejan…
Jesús baja los ojos hacia el samaritano que está arrodillado a sus pies. La mirada se hace dulcísima. Alza la mano -la tenía relajada- haciendo un gesto de bendición, y dice:
-Álzate y márchate. Tu fe ha salvado en ti más que tu carne. Camina en la Luz de Dios. Ve.
El hombre besa nuevamente la tierra y, antes de levantarse, pide:
-Un nombre, Señor. Un nombre nuevo, porque todo es nuevo en mí, para siempre.
-¿En qué tierra nos encontramos?
-En la de Efraím.
-Pues llámate Efrén de ahora en adelante, porque dos veces la Vida te ha dado vida. Ve. (Efrén significa “doble fruto”)
Y el hombre se alza y se marcha.
La gente del lugar y algún peregrino quisieran retener a Jesús. Pero Él subyuga con su mirada, que no es severa -antes al contrario, es muy dulce al mirarlos- pero que debe despedir poder, porque ninguno hace un gesto para retenerlo.
Y Jesús deja el camino sin entrar en el pueblecito. Cruza un campo, luego un regato y un sendero, y sube al cerro
oriental, todo lleno de bosques, donde se adentra con los suyos. Dice:
-Para no extraviarnos, seguiremos el camino, pero por el bosque.
Después de aquella curva, el camino se pega a este monte.
Encontraremos alguna gruta para dormir y al alba rebasaremos Efraím…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No sé decir en qué lugar de Samaria nos encontramos.
Ciertamente en plenos montes samaritanos (aunque no son los más altos, porque los más altos están más al sur, con sus cimas bien erguidas, hacia el cielo, que de nuevo está sereno).
Los apóstoles caminan lo más que pueden cerca de Jesús. Pero el sendero, un atajo, no lo permite frecuentemente, así que el grupo se forma y se deshace continuamente.
Hay muchos pastores con sus hatos en los montes; a ellos se dirigen los apóstoles para preguntar si sigue siendo el sendero que conduce al camino de caravanas que del mar va a Pel.la. A pesar de ser samaritanos, responden siempre a las preguntas sin desaires. Es más, uno, en un nudo de caminos estrechos que van en todas las direcciones, para bifurcarse luego aún en otros nudos, dice:
-Dentro de poco bajo. Descansad bien. Recorreremos el camino juntos. Si os perdierais en estos montes… no sería cosa buena…
Baja la voz y añade:
-¡Los bandoleros!… -y mira a su alrededor como temiendo tenerlos cerca amenazadores. Luego, tranquilizado, sigue diciendo:
-De las laderas del Garizim y del Ebal bajan, y se esparcen, en esta época de peregrinajes. Y siempre encuentran trabajo, a pesar de que los romanos refuercen la guardia en los caminos… porque siempre hay gente que evita los caminos transitados, para llegar antes, o por otros motivos.
-Tenéis muchos bandoleros, ¿eh? -dice Felipe con una sonrisita significativa.
-¿Crees que son samaritanos, tú, galileo? -dice enseguida, resentido, el pastor.
Interviene Judas Iscariote, el cual, habiendo sido el promotor de esta desviación del itinerario, se siente en el deber de eliminar todo incidente desagradable.
-¡No, no! Es porque, sabiendo que sois hospitalarios, los que hacen el mal en otro lugar vienen a refugiarse aquí.
Es como si… si fuerais un lugar enteramente de refugio. Los malhechores saben bien que nadie, ni galileo ni judío, los perseguiría aquí, y se aprovechan de ello. Y también se pone de su parte la naturaleza. Estos montes…
-¡Ah, creía que pensarais!… Los montes, sí, ayudan mucho. Bueno y los dos más altos… Sí… ¡pero… cuántos bandoleros nos traen el Adomín y el paso de Efraím! ¡De todas las razas, je, je! Y los soldados de Roma son astutos… No van a desalojarlos. Ya de por sí sólo las serpientes y las águilas pueden conocer y penetrar en sus madrigueras.
Y se cuentan cosas tremendas. Pero sentaos.
Os doy leche… Samaritano, sí, ¡pero yo también sé el Pentateuco! Y con quien no ofende no ofendo. Vosotros… a pesar de ser galileos y judíos, no ofendéis. Pero se dice que os ha surgido un profeta que enseña a amarnos. Si no pensara que según los escribas y fariseos de Israel somos malditos -así dicen-, diría que los grandes profetas que nos han amado, a pesar de ser samaritanos, han vuelto, en Él, como dicen algunos, para vivir de nuevo. Pero yo no creo estas cosas…
Aquí tenéis la leche… De todas formas, me gustaría encontrar a ese profeta. Dicen que el otro profeta, el que se había refugiado en nuestras fronteras y al cual no traicionamos -los que nos insultan deberían recordarlo-, dijo que este profeta surgido en Israel es más grande que Elías. Lo llamó Cordero de Dios, Cristo.
Y samaritanos de Siquem han hablado con Él, y dicen de Él grandes cosas, y muchos se han puesto en los caminos grandes, porque se piensa que pasará. Es más -es la primera vez que sucede-, también judíos, fariseos y doctores nos han preguntado en todas las ciudades, diciéndonos que si lo vemos corramos adelante para decir que llega, porque quieren festejarlo mucho.
Los apóstoles se miran de reojo, pero, prudentemente, no hablan. Judas, con sus brillantes ojos negros, llenos de una luz de triunfo, parece decir:
-¿Habéis oído? ¿Convencidos ahora de que tengo razón?
El pastor sigue hablando:
-Vosotros lo conocéis, claro. ¿De dónde venís?
-De la alta Galilea -responde rápidamente Judas.
-¡Ah! sois… No. Tú no eres galileo.
-Somos de todos los lugares. Hemos hecho una peregrinación a las tumbas de los doctores.
-¿Ah, sois discípulos, quizás?… ¿Pero este hombre no es un rabí? -dice señalando a Jesús.
-Somos discípulos. Bien has dicho. Sí, es un rabí este hombre. Pero tú sabes que de rabí a rabí hay diferencia…
-Lo sé. Claro que éste es joven y tendrá que aprender todavía de los grandes doctores del Templo vuestro -y va una evidente pulla de desprecio en el adjetivo posesivo.
Pero Judas, siempre tan dispuesto a rebatir, se comporta con una docilidad maravillosa.
Los otros no hablan. Jesús está como absorto y, por tanto, el alfilerazo no suscita réplicas. Judas, incluso, dice son riendo:
-Es muy joven, efectivamente. Pero es el más sabio de nosotros -y, para poner fin a la conversación, que podría hacerse peligrosa, dice:
-¿Tienes que estar todavía mucho aquí? Porque para la noche querríamos estar abajo.
-No. Voy. Reúno a las ovejas y voy.
-De acuerdo. Nosotros, mientras, nos adelantamos… -y se alza con los demás, y toman inmediatamente el sendero.
Y, cuando un bosquecillo espeso se interpone entre él y el pastor se ríe, se ríe, diciendo:
-¡Pero qué fácil es torear a la gente! ¿Os habéis convencido ahora de que yo no mentía ni era un estúpido?
-No, no mentías… pero has mentido ahora.
-¿Mentido? No. ¿En virtud de qué dices eso, Felipe? He sabido decir la verdad sin que se transforme en daño ¿No venimos, acaso, de la alta Galilea? ¿No somos, acaso, de todos los lugares? ¿No fuimos, acaso, un día a recibir pedradas por venerar las tumbas de los doctores? ¿Y no hemos pasado cerca también en el último viaje hacia Yiscala? ¿He negado, acaso, que Jesús es un rabí? ¿He dicho, acaso, que no es más sabio que todos nosotros?…
Al decir estas cosas yo pensaba -y reía en mi corazón-que diciendo "nosotros" asestaba un golpe a los rabíes, todos inferiores al Maestro, aunque crean no serlo, y toreaba al pastor… ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Hay que saber decir las cosas… y se dice todo sin pecar ni causar daño.
Judas de Alfeo hace una mueca de desagrado y dice:
-Para mí, en todo caso, es mentir.
-¡Ya, claro! ¡Lo he hecho yo! Pero, has oído, ¿no? Han depuesto los prejuicios, las repulsas y la altanería, para decir a los samaritanos que señalen el paso del Maestro para festejarlo en la frontera. ¡Ja! ¡Ja! ¡Menuda fiesta!
-¡La fiesta! También ellos han sabido decir y pensar, hablando con falsedad, una verdad… Judas de Keriot tiene razón dice Tomás.
Jesús se vuelve y dice:
-Sí. El suyo, un engaño, y odioso. Pero también decir una cosa por otra con buen fin es siempre censurable. ¿Crees tú que el Señor tiene necesidad de esto para proteger a su Mesías? No vuelvas a mentir, ni siquiera con buen fin. El ánimo se acostumbra a imaginar la mentira, y los labios a proferirla. No, Judas. Evita la insinceridad.
-Lo haré, Maestro. Pero ahora callemos. El pastor está llegando corriendo.
Efectivamente, las ovejas, que ya sienten cercano el aprisco, se echan a correr con esa carrera suya hecha de saltos desgarbados, y balan y se chocan unas con otras, avanzan y pasan inevitablemente por entre los apóstoles, de forma que casi los arrollan. Así que llega el pastor, seguido del zagal y del perro. Y no se para sino cuando logra, con la ayuda del muchacho y del perro, frenar a las ovejas, reunirlas, para que no se esparzan o bajen solas.
-¡Son los animales más necios que hay en la Tierra! ¡Pero son muy útiles! -dice secándose el sudor, y suspira:
-¡Si estuviera todavía Rubén! ¡Pero con este muchacho sólo!…
Menea la cabeza bajando tras sus ovejas, a las que el perro y el muchacho, a la cabeza del rebaño, tienen recogidas. Y monologa:
-Si supiera encontrar a ese profeta, samaritano y todo, hablaría con Él…
-¿Y qué le dirías? -pregunta Jesús.
-Diría: "Tenía una mujer buena como agua de monte para un sediento, y el Altísimo me la arrebató. Tenía una hija buena como su madre; un romano me la vio y la quiso como esposa, y se la llevó lejos. Tenía al hijo varón, que era todo para mí… patinó en el monte un día que llovía y se rompió la columna y está inmóvil y ahora está además mal, porque se ha enfermado por dentro, y los médicos dicen que morirá. No te pregunto por qué el Eterno me ha castigado. Pero te ruego que me cures al hijo".
-¿Y crees que podría curártelo?
-¡Sí, cierto que lo creo! Pero no lo veré nunca…
-¿Por qué esa certeza? No es samaritano.
-Es un justo. Es el Hijo de Dios, se dice.
-Vosotros, en los padres, habéis ofendido a Dios.
(En los padres, habéis ofendido a Dios, a causa del cisma referido en l Reyes l2-l3; 2 Reyes l7, 24-4l; 2 Crónicas l0; se lee esta promesa, en el llamado "protoevangelio" de Génesis 3, l5)
-Es verdad. Pero también está escrito que Dios concederá el perdón de la Culpa del hombre enviando al Redentor. En el Pentateuco al lado de la condena contra Adán y Eva, se lee esta promesa. Y el Libro la cita más veces. Si perdona aquella culpa, ¿puede no tener misericordia de mí, que no tengo culpa de haber nacido samaritano -Yo creo que si el Mesías conociera mi dolor se compadecería.
Jesús sonríe, pero no dice nada. Y los apóstoles se entienden con recíprocas sonrisas. Pero el pastor no lo nota.
-¿Ese muchacho, entonces, no es tu hijo? -pregunta Jesús.
-No. Es hijo de una viuda que tiene ocho hijos varones y que pasa hambre. Yo lo he tomado como ayuda… y como hijo… para no estar solo después… cuando Rubén esté en la tumba… -y suspira.
-Pero si tu hijo se curara, ¿qué harías de éste?
-Lo seguiría teniendo. Es bueno y siento compasión de él… -baja la voz diciendo:
-Él no lo sabe… pero su padre murió en las galeras.
-¿Qué había hecho para merecerlo?
-Nada voluntario. Pero su carro arrolló a un soldado borracho y fue acusado de haber querido hacerlo…
-¿Cómo sabéis que ha muerto?
-¡No se sobrevive mucho en el remo! Pero la noticia cierta nos llegó a través de un mercader de Samaria, que vio que lo sacaban muerto de los grilletes y lo arrojaban al mar más allá de las Columnas.
-¿Y lo tendrías contigo realmente?
-Estoy dispuesto a jurarlo. Él, infeliz; yo, infeliz. Y no soy el único.
Otros han tomado consigo a los hijos de la viuda y ella se ha quedado con las tres niñas. Siguen siendo demasiadas. Pero mejor ser cuatro que doce… ¡De todas formas, no hace falta que jure!… Rubén morirá…
Ya se ve el camino, muy transitado por peregrinos que se dirigen hacia los lugares de parada: el crepúsculo se acerca.
-¿Tienes dónde dormir? -pregunta el pastor.
-No, la verdad es que no.
-Te diría: "ven", pero la casa es pequeña para todos. De todas formas, el aprisco es grande.
-Dios te recompense como si me hubieras dado posada, aunque voy a proseguir hasta que se ponga la Luna.
-Como quieras. ¿No temes perderte?, ¿y tener encuentros desagradables?
-Respecto a los salteadores, me protege mi pobreza y la de mis compañeros. Respecto al camino, me pongo en las manos del ángel de los peregrinos.
-Tengo que ir delante del rebaño. El muchacho no sabe todavía… Y el camino está lleno de carros… -y se adelanta presuroso para guiar a las ovejas y salvaguardarlas.
-Maestro, ahora viene lo malo. Hay que recorrer un tramo de camino entre la gente… -susurran los apóstoles.
Ya están en el camino, detrás de las ovejas, que van en fila, ajustadas entre el monte y el cayado del pastor y la vigilancia del perro. El niño está ahora al lado de Jesús, que lo acaricia.
Llegan a una bifurcación. El pastor ha parado el rebaño y ahora dice:
-Aquí tienes el camino para ti y éste es el mío. Pero, si vas hacia el pueblo, vas a encontrar un tercero, más corto, para llegar al pueblo vecino. Mira: ¿ves aquel sicómoro gigante? Ve hasta allá y luego tuerces a la derecha. Verás una placita con una fuente y, después de ella, una casa, negra de humo. Es el herrero. Pasada su casa está el camino. No tiene pérdida. Adiós.
-Adiós. Has sido bueno. Dios te consolará.
El pastor se marcha por su camino, Jesús por el suyo: con el primero, las ovejas; con el segundo, los apóstoles: dos pastores en medio de su rebaño…
Ya están separados, ocultos por un grupo de casas que se introduce entre el camino de primer orden, seguido por el pastor, y este caminito que entra en una pobre barriada del pueblo, el más pobre, creo… silencioso, solitario…
Esta pobre gente está ya en las casas. Las puertas entornadas muestran los fuegos en las cocinas… Cae la tarde con las calígines del crepúsculo.
-Nos detenemos en cuanto atravesemos el pueblo -dice Judas -Veo allí casas en los campos.
-No. Mejor proseguir.
Las opiniones son distintas. Llegan a la fuente. Se acercan a ella para lavarse y llenar los zaques. Y está el herrero. Está cerrando su negro taller. Y se ve el camino que va hacia los campos… Se adentran.
Pero un grito viene de lejos, del pueblo.
-¡Rabí! ¡Rabí! ¡Mi hijo!
-¡Vecinos! ¡Venid! ¿Dónde está el Peregrino?
-¡Nos buscan a nosotros, Señor! ¿Qué has hecho?
-Corred. Si llegamos a aquel bosque ya no nos verá nadie.
Corren por un prado cubierto con el último heno segado; llegan a un promontorio, trepan, desaparecen, perseguidos por las voces, que ahora son numerosas, y por las personas que se diseminan fuera del pueblo, llamando más que mirando, porque ya la penumbra borra muchas cosas. Se detienen al pie del promontorio.
-Os digo que era el Rabí que fue a Siquem. No podía ser otro. Y me ha curado a Rubén. Y yo no lo he reconocido. ¡Rabí! ¡Rabí! ¡Deja que te venere! ¡Dime dónde te ocultas!
Sólo el eco responde y parece decir: « ¡Abí! ¡Abí! ¡Abí!» y cambia--la última palabra en «cielos».
-Pero no puede estar lejos -dice el herrero -Ha pasado delante de mí poco antes de que vinieras tú…
-Pues no está. Ya ves. El camino está vacío de gente. Tenía que seguir éste.
-¿No estará en el bosque?
-No. Tenía prisa…
Luego busca ayuda en su perro. Lo incita:
-¡Busca! ¡Busca! -y por un momento parece que el perro podrá des-cubrir el escondite, porque se dirige hacia el bosque después de haber olido el prado. Pero luego el animal se para vacilante, con una pata levantada y el morro también alzado… Luego, engañado por no sé qué cosa, se echa a correr ladrando en dirección completamente contraria; y la gente detrás, también corriendo…
-¡Oh, alabado sea el Señor! -exclaman los apóstoles soltando un suspiro de alivio; y no pueden contenerse de decir al Maestro:
-¿Pero qué has hecho, Señor? -y casi le reconvienen por haberlo hecho.
-Ya sabes que conviene que no seas señalado, y Tú…
-¿Y no debía premiar una fe? ¿No conviene que crean que estoy en el camino que va de Dotán a Pel.la? ¿No queréis, acaso, confundirlos del todo?
-Es verdad. ¡Tienes razón! Pero ¡si te hubiera descubierto el animal?
-¡Simón! ¿Y piensas que quien impone su voluntad, incluso a distancia, sobre las enfermedades y los elementos, y arroja los demonios, no puede imponérsela a un animal?
Ahora vamos a tratar de ir al camino después de la curva que hace. Ya no vemos. Vamos.
Y, casi a tientas, continúan por el bosquecillo del cerro, hasta que regresan al camino, pequeño, blanco bajo la Luna que surge, lejano del pueblo al que el cerro completamente oculta…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
El tiempo ha mantenido exactamente sus promesas y se ha resuelto en un agua fastidiosa, menuda, persistente.
Quien va en carro se defiende bien. Pero quien va a pie o en burro se moja y siente la molestia, sobre todo los que soportan no sólo el fastidio del agua, que les moja la cabeza y los hombros, sino también el del fanguillo, cada vez más suelto, que entra en las sandalias, se pega en los tobillos y salpica los vestidos. Los peregrinos se han puesto sobre la cabeza, quizás hechas dos dobleces, los mantos o mantas y parecen todos frailes encapuchados.
Jesús y Juan, a pie, están bien mojados. Pero se preocupan más de proteger las sacas, donde están los vestidos de recambio, que de sí sismos. Así llegan a Enganním, y se ponen a buscar a los apóstoles, separándose para encontrarlos antes.
Es Juan el que los encuentra; bueno, encuentra a Santiago de Zebedeo, que ha comprado las provisiones para el sábado.
-Estábamos preocupados. Y, si no os hubiéramos visto, hubiéramos vuelto para atrás a pesar del sábado… ¿Dónde está el Maestro?
-Ha ido a buscaros. Aquel al que encuentre antes irá donde el fabro.
-Entonces… Mira, nosotros estamos en aquella casa. Una buena mujer con tres hijas. Ve enseguida donde el Maestro y ven…
Santiago baja la voz y, mirando a su alrededor, bisbisea:
-Hay muchos fariseos… seguro que con malas intenciones. Nos preguntaron por qué no estaba con nosotros. Querían saber si ha seguido adelante o si se ha quedado atrás. Primero dijimos:
"No sabemos". No nos han creído. Y es normal, porque ¿cómo podemos decir nosotros que no sabemos dónde está Él? Entonces Judas Iscariote -él no tiene tantos escrúpulos-dijo:
"Ha ido por delante", y, dado que no estaban convencidos y hacían preguntas sobre con quién, con qué, sobre cuándo se había marchado, sobre si se sabía que el otro viernes estaba en la zona de Yiscala, pues dijo:
"En Tolemaida subió a una nave; por tanto, nos ha precedido. Bajará en Joppe y entrará en Jerusalén por la Puerta de Damasco, para ir inmediatamente a la casa de Beceta de José de Arimatea".
-¿Pero por qué tantas mentiras? -pregunta Juan escandalizado.
-¿Qué sé yo? Se lo dijimos también nosotros. Pero se rió y dijo "Ojo por ojo, diente por diente, y mentira por mentira. Basta con que el Maestro se encuentre a salvo. Lo buscan para hacerle algún daño Lo sé". Pedro le hizo la observación de que nombrar a José podía crearle a éste problemas. Pero Judas respondió:
"Irán rápidamente all: y, al ver el estupor de José, comprenderán que no era verdad". "Te odiarán, entonces, por haberte burlado de ellos…" objetamos. Pero él, riéndose, dijo:
"¡Me río yo de su odio! Sé cómo mantenerle inocuo…". Pero, ve, Juan. Trata de encontrar al Maestro y vuelve con Él. El agua nos viene bien. Los fariseos están en las casas para no mojarse sus amplísimos ropajes…
Juan da a su hermano la saca y hace ademán de marcharse veloz. Pero Santiago lo retiene para decirte: «Y no refieras al Maestro las mentiras de Judas. Aunque hayan sido dichas con buena finalidad, no dejan de ser mentiras. Y el Maestro odia la mentira…
-No se lo diré -y Juan se marcha raudo.
Santiago ha atinado en lo que ha dicho: los ricos están ya en las casas. Por las calles circula, en busca de un alojamiento, solamente la gente modesta…
Jesús está debajo de un atrio, junto al taller del herrador. Juan se llega a Él y le dice:
-Ven enseguida. Los he encontrado. Podremos vestirnos con ropa seca.
No dice ninguna otra cosa para explicar su prisa.
Pronto llegan a la casa. Entran por la puerta que han dejado entornada. Allí, inmediatamente detrás, están los once apóstoles; ellos se arremolinan en torno a Jesús, como si no lo vieran desde muchos meses atrás.
La dueña de la casa, una mujercita ajada, carniseca, echa alguna ojeada desde detrás de una puerta entornada.
-La paz a vosotros -dice Jesús con una sonrisa, y los abraza sin diferencias en el afecto.
Todos hablan al mismo tiempo, queriendo decir muchas cosas. Pero Pedro grita: -¡Callaos! Y no lo retengáis. ¿No veis lo mojado y cansado que está? -y al Maestro:
-He dicho que te preparen un baño caliente y… trae acá ese manto mojado… y también que te calienten la ropa. La he sacado de tu saca…
Luego se vuelve hacia el interior de la casa y grita:
-¡Eh! ¡Mujer! El Huésped ha llegado. Trae el agua, que de lo demás me preocupo yo.
Y la mujer, tímida como todos los que han sufrido -y su cara dice que ha sufrido-cruza silenciosa el pasillo, seguida de tres jovencitas que la asemejan en la delgadez y en la expresión, para ir a la cocina a tomar los calderos llenos de agua hirviendo.
-Ven, Maestro. Y también tú, Juan. Estáis más fríos que un ahogado. Pero he dicho que cocieran enebro con vinagre para meterlo en agua. Es bueno.
Efectivamente, los calderos, al pasar, han emanado olor de vinagre y otros aromas.
Jesús, al entrar en un cuartito donde hay dos anchos artesones (o sea, dos tinas de madera, quizás destinadas a las coladas), mira a la mujer que sale con sus hijas y la saluda:
-La paz a ti y a tus hijas. Que el Señor te recompense.
-Gracias, Señor… -dice ella, y desaparece.
Pedro entra con Jesús y Juan. Cierra la puerta y susurra:
-Ten en cuenta que no sabe quién eres… Somos peregrinos todos, y Tú eres un rabí; nosotros, tus amigos. Es verdad, en el fondo… Es… ¡mmm! ¡Bueno!, es una verdad, sólo que velada… Demasiados fariseos y… demasiados interesados en ti. Hazte tu composición de lugar…
Después hablaremos -y se marcha; los deja solos y regresa donde los compañeros, que están sentados en un cuartito.
-¿Y ahora? ¿Qué le vamos a decir al Maestro? Si decimos que hemos mentido, se va a apenar. Pero… no podemos no decírselo dice Pedro.
-¡No te sacrifiques, hombre! Yo he mentido, yo se lo diré.
-Y lo vas a poner más triste todavía. ¿No has visto lo afligido que está?
-Lo he visto. Pero es porque está cansado… Y además… sé también decir a los fariseos: "Os mentí". Esto son pequeñeces. Lo importante es que Él no deba sufrir.
-Yo no diría nada. A nadie. Si se lo dices a Él, no vas a conseguir tenerlo oculto; si a ellos, no vas a conseguir salvarlo de las insidias… -observa Felipe.
-Eso lo veremos -dice Judas seguro.
Pasa poco tiempo y Jesús vuelve con la ropa seca, reconfortado por el baño. Juan le sigue.
Hablan de todo lo que ha sucedido al grupo apostólico y al Maestro y a Juan. Pero ninguno habla de los fariseos, hasta que Judas dice:
-Maestro, sé seguro que los que te odian te buscan. Y, para salvarte, he esparcido la voz de que no vas a Jerusalén por los caminos normales, sino por mar hasta Joppe… Ellos se van a abalanzar hacia allá, ¡ja! ¡ja!
-¿Pero por qué mentir?
-¿Y ellos por qué mienten?
-Pero ellos son ellos, y tú no eres, no deberías ser como ellos…
Maestro, yo soy una cosa sólo: soy uno que los conoce y que te quiere. ¿Quieres destruirte? Yo estoy dispuesto a impedirlo. Escúchame bien, y percibe mi corazón en mis palabras. Tú mañana no sales de aquí…
-Mañana es sábado…
-De acuerdo. Pero no sales de aquí. Descansas…
-Todo menos el pecado, Judas. Ninguna consideración me hará aceptar faltar a la santificación del sábado.
-Ellos…
-Que hagan lo que quieran. Yo no pecaré. Si lo hiciera, además de mi pecado que pesaría sobre mí, pondría en sus manos un arma para destruirme. ¿No recuerdas que ya me llaman profanador del sábado?
-El Maestro tiene razón -dicen los otros.
-De acuerdo… Harás lo que quieras para el sábado. Pero no por el camino. No vayamos por el camino de todos, Maestro. Escúchame. Desoriéntalos…
-¡Pero bueno! ¡¿Qué es lo que sabes con precisión, tú que hablas? -grita Simón, agitando sus cortos brazos -¡Maestro, ordénale que hable!
-Calma, Simón. Si tu hermano ha venido a saber de la existencia de un peligro, quizás con peligro para sí mismo, y nos advierte de él, no debemos tratarlo como a un enemigo, sino agradecérselo.
Si él no puede decir todo, porque podría comprometer a terceras personas no suficientemente valientes como para tomar la iniciativa de hablar, pero todavía suficientemente honestas como para no permitir un delito, ¿por qué queréis forzarlo a hablar? Dejadlo, pues, expresarse. Aceptaré lo que de bueno haya en su proyecto y rechazaré lo que podría ser no bueno. Habla, Judas.
-Gracias, Maestro. Sólo Tú me conoces verdaderamente como lo que soy. Estaba diciendo que dentro de los confines de Samaria podríamos ir seguros. Porque en Samaria manda Roma más que en Galilea y Judea, y ellos, los que te odian, no quieren problemas con Roma. Pero -esto también para desorientar a los espías-lo que yo digo es que no sigamos el camino directo, sino que, saliendo de aquí nos dirijamos a Dotán, y luego, sin llegar a Samaria, atravesar la región y pasar por Siquem; luego abajo hasta Efraím, hacia el Adomín y el Carit, y llegar por esa parte a Betania.
-Camino largo y difícil, especialmente si llueve.
-¡Peligrosa! E-Adomín…
-Parece que buscas el peligro…
No hay entusiasmo en los apóstoles.
Pero Jesús dice:
-Judas tiene razón. Iremos por este camino. Después tendremos tiempo de descansar. Tengo que hacer todavía otras cosas antes de que la hora llegue y sea perfecta, y no debo neciamente ponerme en sus manos hasta que todo esté cumplido. Pasaremos, así, por casa de Lázaro, que está, ciertamente, muy enfermo y me espera… Comed vosotros. Yo me retiro. Estoy cansado…
-¿Pero ni siquiera un poco de comida? ¿No estarás enfermo, eh?
-No, Simón. Pero hace siete días que no toco una cama. Adiós, La paz sea con vosotros…
Y se retira.
Judas, exultante, dice:
-¿Habéis visto? Es humilde y justo y no rechaza lo que siente que es bueno…
-Sí… pero… ¿Tú crees que está contento? ¿Verdaderamente contento?
-No lo creo… Pero comprende que tengo razón…
-Yo quisiera saber cómo te las has agenciado para saber tantas cosas. ¡Y habiendo estado siempre con nosotros!…
-Sí, estando con vosotros. Y vosotros me vigiláis como a un animal peligroso. Ya lo sé. Pero no importa. Recordad esto: un mendigo incluso, e incluso un bandolero, pueden servir para saber; e incluso una mujer. Hablé con un mendigo y lo favorecí. Con un bandolero y descubrí… Con una… mujer y… ¡cuántas cosas puede saber una mujer!
Los apóstoles se miran estupefactos. Con las miradas se preguntan. ¿Cuándo? ¿Dónde ha sabido y entablado relación Judas?…
El se ríe y dice:
-¡Y con un soldado! Sí. Porque la mujer había dicho tantas cosas que me mandó a un soldado. Y tuve la confirmación. Y yo también dije… Todo es lícito cuando es necesario. ¡Incluso las cortesanas y los soldados!
-¡Eres… tú eres…! -dice Bartolomé, y frena lo que iba a decir.
-Sí. Soy yo. Nada más que yo. Para vosotros un pecador. Pero yo, o mis pecados, sirvo mejor al Maestro que vosotros. Y además… Si una cortesana sabe lo que quieren hacer los enemigos de Jesús, señal es que ellos también van con las cortesanas y las tienen consigo, a bailarinas y mimos, para divertirse…
Y si ellos tienen cerca a estas mujeres… puedo tenerlas también yo. Me ha servido, ¿veis? Tened en cuenta que en los confines de Judea Él podía haber sido atrapado. Decid, pues, que he sido sabio por haberlo evitado…
Todos están pensativos y comen su comida sin ganas. Luego Bartolomé se levanta.
-¿A dónde vas?
-Voy donde Él… No estoy convencido de que esté durmiendo. Voy a llevarle leche caliente… y veo.
Sale. Está fuera un rato. Vuelve.
-Estaba sentado en la cama… y lloraba… Tú, Judas, lo has apenado. Yo lo pensaba.
-¿Lo ha dicho Él? Voy a dar explicaciones.
-No. No lo ha dicho. Es más, ha dicho que tú también tienes tus méritos. Pero yo lo he comprendido. Y no vayas. Déjalo en paz.
-Sois todos unos necios. Sufre porque se ve perseguido, impedido en su misión. Eso es -se rebela Judas.
Y Juan confirma:
-Es verdad. Ha llorado también antes de reunirse con vosotros. Sufre mucho. Por su Madre también. Y por sus hermanos, por los campesinos infelices. ¡Mucho dolor!…
-Cuenta, cuenta…
-Dejar a su Madre es dolor. Ver que no lo comprenden, que nadie lo comprende, es dolor. Ver que los siervos de Jocanán…
-¡Sí, sí! ¡Verlos a ellos es verdaderamente un dolor!… Me alegro de que Margziam no los haya visto. Habría sufrido y odiado al fariseo… -dice Pedro.
-¿Pero mis hermanos han hecho sufrir otra vez a Jesús? pregunta severo Judas Tadeo.
-¡No! Es más, se vieron y hablaron con amor y se dejaron pacíficamente, con buenas promesas. Pero Él querría que fueran… con nosotros… y más que todos nosotros… Querría vernos a todos convencidos de su Reino y de la naturaleza de su Reino. Y nosotros…
Juan no dice nada más… El silencio desciende sobre el cuartito alumbrado por una lámpara de dos boquillas que ilumina doce rostros distintamente pensativos.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
-Juan, ya ha llegado la aurora. Álzate y vamos -dice Jesús, meneando al apóstol para que se despierte.
-¡Maestro! ¡Ya ha salido el Sol! ¡Cuánto he dormido! ¿Y Tú?
-Yo también, a tu lado, debajo de nuestros mantos.
-¡Ah! ¡Te convenciste de que los campesinos no venían y te acostaste! Lo había previsto…
Jesús sonríe y responde:
-Han venido cuando la posición de las estrellas de la Osa decía que empezaba el galicinio.
-¡No he oído nada!…
Juan está afligido.
-¿Por qué no me has tenido despierto?
-Estabas muy cansado. Parecías un niño durmiendo en una cuna. ¿Para qué despertarte?
-¡Pues para hacerte compañía!
-Me hacías compañía con tu sueño sereno. Te dormiste hablando de ángeles, estrellas, almas, luz… y ciertamente seguiste viendo en el sueño ángeles y estrellas, y a tu Jesús… ¿Por qué traerte de nuevo a las maldades del mundo cuando estabas tan lejos de ellas?
-¿Y si… si en vez de los campesinos hubieran subido aquí maleantes?
-Entonces te habría llamado. Pero ¿quién iba a venir?
-Pues… No sé… Jocanán, por ejemplo… Te odia… -Lo sé. Pero han venido sólo sus siervos. Nadie ha traicionado… porque tú sospechas también que alguno haya hablado para perjudicarme a mí y a ellos. Pero ninguno ha traicionado. Y he hecho bien esperándolos aquí.
El nuevo administrador es digno de su jefe y ha recibido órdenes severísimas; no falto a la caridad calificándolas de crueles; otro nombre sería falsedad… Salieron en cuanto la noche se adensó, rogando al Señor que les hiciera encontrarse conmigo.
Dios premia siempre la fe y consuela a sus hijos infelices. Si no me hubieran encontrado, habrían estado aquí hasta los primeros albores: luego habrían regresado para que los vieran a la aurora en las tierras… Así, los he visto y bendecido…
-Y estás triste por haberlos visto tan oprimidos.
-Es verdad. Muchas tristezas… Por eso que dices, por no haber tenido nada que dar a sus cuerpos extenuados, por el pensamiento de que no los volveré a ver…
-¿Se lo has dicho?
-No. ¿Por qué poner un dolor donde ya todo es dolor?
-Los habría saludado yo también con gusto por última vez.
-Para ti no es la última vez. Es más, tú, junto con los condiscípulos, te ocuparás mucho de ellos cuando Yo me haya marchado. Os confío mis seguidores a todos vosotros, especialmente aquellos que son los más infelices y que tienen en la fe su único apoyo y en la esperanza del Cielo su única alegría.
-¡Oh, Maestro mío! Digo también yo como tu hermano José: ve en paz, Maestro. Yo, créeme, como sepa hacerlo, te continuaré.
-Estoy seguro de ello. Vamos… El camino se anima de gente. Las nubes se encabalgan en el cielo, y la luz, en vez de aumentar, disminuye. Hoy va a llover y todos se apresuran para acabar la etapa. Pero las nubes se han portado bien con nosotros. La noche ha sido tibia y no ha habido lluvia, por nosotros que estábamos al raso. El
Padre siempre vela por sus hijos entrañablemente amados.
-Entrañablemente amado Tú, Maestro. Yo…
-Tú lo eres para Él, porque me amas…
-¡Oh, eso sí! Hasta la muerte…
Y, mezclados entre la gente, se alejan hacia el sur…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
-Estás muy cansado, Juan. Y, no obstante, habría que llegar a Enganním antes de la puesta del Sol de mañana.
-Llegaremos, Señor -dice Juan, y sonríe, a pesar de estar -él que ha andado más que todos-hasta pálido por el cansancio. Y trata de tomar un paso más rápido para convencer al Maestro de que no está muy cansado. Pero pronto vuelve a los andares de quien no puede más: espalda curvada, cabeza pendiendo hacia adelante como oprimida por un yugo, pies que rozan el suelo y frecuentemente tropiezan.
-Dame, al menos, las sacas. La mía pesa.
-No, Maestro. Tú no estás menos cansado que yo.
-Tú lo estás más, porque fuiste desde Nazaret al bosque de Matatías y luego volviste a Nazaret.
-Y dormí en una cama. Tú no. Estuviste en vela en el bosque y pronto te pusiste en camino de nuevo.
-También tú. Lo dijo José. Salisteis con las estrellas.
-¡Pero las estrellas duran hasta el alba!… -sonríe Juan.
Luego, poniéndose serio, añade: -Y no es el poco sueño lo que da dolor…
-¿Qué otra cosa, Juan? ¿Qué te ha causado dolor? ¿Quizás que mis hermanos…?
-¡No, Señor! Ellos también… Pero lo que me pone lastre… no, no lo que me pone lastre… lo que me envejece es haber visto llorar a tu Madre… No me dijo por qué lloraba, y yo tampoco se lo pregunté, a pesar de mis ganas de preguntárselo. Pero la miraba tanto, que mr dijo:
"En casa te diré. Ahora no, porque lloraría más fuerte". Y en casa me habló, tan dulce y tristemente, que también lloré yo.
-¿Qué te dijo?
-Me dijo que te quisiera mucho, que no te causara nunca el más mínimo dolor, porque luego tendría mucho remordimiento. Me dijo "Hagamos todo nuestro deber en los meses que nos quedan, y más que el deber". Porque para ti, que eres Dios, sólo el deber es poco. Y también me dijo -y esto me hizo sufrir mucho y, si no lo hubiera dicho ella, no podría creerlo-, me dijo: "Y es incluso poco hacer sólo el deber hacia quien se marcha y no podremos luego servirle… Para poder estar resignados después, cuando ya no esté entre nosotros, es necesario haber hecho más que el deber.
Hay que haber dado todo el amor, los cuidados, la obediencia, todo, todo. Entonces, en medio del desgarro de la separación, se dice: “¡Puedo decir que, mientras Dios ha querido que lo tuviera, no he descuidado ni un instante de amarle y servirle!"'. Y yo dije: "¿Pero se va realmente el Maestro?
¡Muchas cosas tiene que hacer todavía! Habrá tiempo…".
Y ella meneó la cabeza diciendo (y dos grandes lágrimas bajaban de sus ojos, "El Maná verdadero, el vivo Pan, volverá al Padre cuando el hombre se esté felicitando de saborear el trigo nuevo… Y nosotros estaremos solos, entonces, Juan". Yo, para consolarla, dije: "Un gran dolor. Pero, si vuelve al Padre, debemos alegrarnos.
Ninguno podrá ya dañarle". Y ella gimió: "¡Oh, pero antes!", y yo creí entender. Pero ¿va a ser exactamente así, Señor? ¿Así, así? Mira, no es que no creamos en tus palabras. Lo que pasa es que te queremos y… Yo no te voy a decir como Simón un día: esto no te puede suceder. Yo creo, todos creemos… Pero te queremos y… ¡Oh, Señor mío! ¿Los pecados del amor son realmente pecados?
-El amor no peca nunca, Juan.
-Pues entonces nosotros, que te queremos, estamos dispuestos a combatir y a matar por defenderte. Los galileos no son estimados por los otros. Precisamente porque nos llaman pendencieros. Bueno, pues, defendiéndote, justificaremos la fama que tenemos. Estamos en los lugares donde, en tiempos de Débora, Baraq destruyó el ejército de Sisara, con sus diez mil (Jueces 4, l-l6). Y esos diez mil eran de Neftalí y Zabulón. Y nosotros venimos de aquéllos. El nombre era distinto, pero el corazón es igual.
-Eran diez mil… ¿Pero ahora, aunque fuerais diez veces diez mil, qué podríais?
-¡Qué! ¿Temes a las cohortes? No son tantas, y además… Ellos no te odian. No molestas. No piensas en el reino, en un reino que arrebate una presa a las águilas romanas. No intervendrán entre nosotros y tus enemigos, y éstos estarán pronto vencidos.
-Mil, diez mil, cien mil que fuerais… ¿Qué sería eso contra la voluntad del Padre? Yo debo cumplirla…
Juan, desalentado, deja de hablar. Es extraña esta testarudez, esta incapacidad mental, incluso en los mejores seguidores de Jesús, para comprender la más alta misión de Él.
Lo aceptan como Maestro, como Mesías. Creen en su facultad de salvar y redimir. Pero, cuando se encuentran frente al modo como redimirá… pues su intelecto se cierra. Parece, incluso, que para ellos pierdan valor las profecías. Y decir esto respecto a los israelitas, que se puede decir que respiran y caminan y se nutren y viven por medio de las profecías, es decir todo.
Todo lo que traen los Libros sagrados es verdadero, menos esto: que el Mesías debe padecer y morir, ser vencido por los hombres. Esto no lo pueden aceptar. Cristo se afana en mostrar cuadros de su futura Pasión, para que puedan leer lo que ésta será, y ellos me parecen ciegos y sordos. Cierran los ojos. No ven y, por tanto, no comprenden.
La noche ya se va acercando, un poco fosca, cuando llegan a la vista de Yizreel.
Jesús da ánimos a Juan -que ya no ha vuelto a hablar y que va como un sonámbulo, de tan cansado como estádiciéndole:
-Pronto llegaremos. Y tú entrarás a buscar un alojamiento para ti.
-Y para ti.
-No, Juan. Yo me quedaré junto al camino que viene de la llanura. Pienso que vendrán de noche, y quiero consolarlos y despedirlos antes del alba.
-¡Estás tan cansado…! y quizás llueva, como la noche pasada.
-Ven, al menos, hasta la mitad de la vigilia del gallo.
-No, Juan.
-Entonces me quedo contigo. Estamos cerca de las tierras de los fariseos y… Y además se lo prometí a tu Madre, y a mí mismo. No quiero tener motivo de autoacusarme…
En los cuatro ángulos de Yizreel hay torres, destinadas no sé para qué uso. Deben ser antiguas, ya cuando las veo yo.
Parecen cuatro ceñudos gigantes puestos allí para hacer de carceleros de la pequeña ciudad, construida en un alto que domina a la llanura, la cual, en la sombra precoz de un atardecer nublado, va desapareciendo.
-Vamos a subir a ese talud que hay al pie de la torre. Veremos todo el camino sin ser vistos. Hay hierba para echarse, y el escalón que hay delante de la puerta nos resguardará si viene agua -dice Jesús.
Suben. Se sientan en un bajísimo murete, semiderruido, situado a unos diez metros de la torre. Parece una protección puesta antiguamente alrededor de este torreón.
Ahora está casi enteramente caído, y la tupida hierba recubre sus restos con grandes cascadas de convólvulos silvestres y con otras hierbas que se alzan y cuyo nombre desconozco, propias de las ruinas, con anchas hojas peludas. Dan unos mordiscos a un poco de pan -no tienen otra cosa-bajo los últimos rayos de luz. Juan, a pesar de estar cansadísimo, da una ojeada por entre las ramas de una higuera nacida entre las piedras, retorcida toda y enmarañada, y, entre las hojas que tienden a amarillecer, descubre algún higuito respetado por los pájaros y los muchachos. Los comen, completando así la comida. El agua la tienen en los zaques. Pronto termina la comida.
-¿Estará habitada la torre? -pregunta Juan soñoliento.
-No creo. No se filtran a través de ella ni luz ni voz. ¿Querías pedir alojamiento? Ya no puedes más…
-¡No! No era por un motivo concreto… Aquí se está bien…
-Túmbate, al menos, Juan. La hierba es tupida, y aquí no debe haber llovido todavía: el suelo está seco.
-…No… No… Señor. No tengo sueño… Hablemos. Dime algo… Una parábola… Me siento aquí a tus pies. Me basta con poner la cabeza sobre tus rodillas… -y se sienta y apoya la cabeza, la cara hacia el cielo, en las rodillas de Jesús.
Hace esfuerzos heroicos para no dormirse. Trata de hablar
para vencer el sueño… Trata de interesarse en lo que ve… estrellas en el cielo, luces en el camino. Cada vez más numerosas las primeras, porque el viento, soplando, ha alejado las nubes; cada vez más escasas las segundas, porque la noche ha suspendido la marcha de los peregrinos.
Sólo algún obstinado persiste en continuar con su carro provisto de farol, un farol que se bambolea atado al techo (hecho de esteras o mantas extendidas sobre los arcos del carro). Pero el propio silencio, cada vez más profundo, ayuda a conciliar el sueño…
Juan, con una voz cada vez más lejana, dice:
-¡Cuántas luces en el cielo! Y, mira: parece que alguna ha bajado a la Tierra y titila y palpita como arriba… Pero son más pequeñas y feas…
Nosotros no podemos ser estrellas… En las nuestras hay humo, hay olor de pabilo… y todo las puede apagar… Una vez dijiste que para apagar la luz en nosotros basta una mariposa, y comparabas las mariposas a las seducciones del mundo… Y luego decías que… mientras las mariposas pueden apagar una lámpara, el ala de los ángeles, y llamabas ángeles a las cosas espirituales, avivan la luz que hay en nosotros… Yo… el ángel… la luz.
Juan se va sumiendo lentamente en el sueño, y se extiende, abatido sin querer por el cansancio.
Jesús espera a que esté recostado del todo, y luego le coloca la saca debajo de la cabeza, y le extiende el manto encima con ademanes paternos. En un último destello de lucidez, Juan susurra todavía:
-¡No estoy dormido, eh, Maestro!… Lo único es que así veo más estrellas y te veo mejor… -y pasa a ver mejor a Jesús y el cielo estrellado soñándolos profundamente dormido.
Jesús se sienta de nuevo en su verde asiento. Apoya el codo derecho en la rodilla, apoya el carrillo en la palma de la mano y piensa, ora, mirando el camino, ya desierto, mientras a sus pies el Predilecto, doblado un brazo debajo le la cabeza, duerme con la placidez de un niño.