448- Encuentro de barcas en el lago y parábola sugerida por Simón Pedro

¿A dónde, Maestro? -pregunta Pedro, que ha ultimado las maniobras y los preparativos de la navegación y está, con su barca, a la cabeza de la pequeña flotilla que, cargada de gente, está dispuesta a seguir al Maestro.

-A Magdala. Se lo prometí a María de Lázaro.
-Bien -responde Pedro, y mueve el timón en el modo adecuado para tomar la dirección requerida, dando bordadas.

Juana -que está en la barca con el Maestro, María Stma., María Cleofás, Margziam, Mateo, Santiago de Alfeo y uno que no conozco -señalando a las muchas barcas que hay en el lago en el sosegado atardecer estival que aplaca los fuegos del ocaso transformándolos en cascadas de velos violáceos, casi como si del cielo llovieran cascadas de amatistas o de racimos de glicina en flor, dice:

-Quizás entre aquéllas están también las barcas de las romanas. Fingir una pesca en estos atardeceres serenos es uno de sus entretenimientos preferidos.

-Pero estarán más hacia el sur -observa el hombre que no conozco.

-¡No, hombre, Benjamín! Tienen barcas rápidas y expertos barqueros. Suben hasta aquí.

-Para lo que tienen que hacer… -refunfuña Pedro, y prosigue, hablando entre dientes, con la intransigencia del pescador que ve la navegación y la pesca como una profesión, no como un entretenimiento, casi como una religión, enteramente reglada por leyes severas y útiles, y que este hecho de usarla torpemente le parece una profanación -Con sus inciensos, flores, perfumes y otras cosas demoníacas continúa mascullando Simón de Jonás -corrompen las aguas; con sus sonidos, gritos y lenguajes molestan a los peces; con sus lámparas humeantes los espantan; con sus malditas redes, que echan sin miramientos, dañan los fondos y a las crías… Debería estar prohibido.

El Mar de Galilea es de los galileos, y que además sean pescadores, no de las prostitutas y de sus compinches… ¡Si fuera yo el amo! Veríais vosotras, fétidas barcas paganas, sentinas flotantes de vicio, alcobas navegantes para traer también a estas aguas de Dios, de nuestro Dios para sus hijos, a los vuestros… ¡Oh! ¡Pero mirad! ¡Si se dirigen hacia aquí, precisamente hacia nosotros! ¡Pero habráse visto!… ¿Pero se puede consentir?… ¡Pero…!»

Jesús interrumpe este discurso acusatorio, en que Pedro da rienda suelta a todo su espíritu de israelita y de pescador, poniéndose rojo, sofocado por la indignación, jadeante como si luchara contra fuerzas infernales, y dice, con una tranquila sonrisa:

-Pero es mejor que no seas tú el amo. ¡Por fortuna no lo eres! Por ellos y por ti. Porque a ellos les impedirías seguir un buen impulso, y, por tanto, un impulso imprimido en su espíritu -pagano, estoy de acuerdo, pero por naturaleza bueno­ imprimido en su espíritu por la Misericordia eterna que mira a estas criaturas -que no tienen culpa de haber nacido en la nación romana en vez de en la hebrea-con mirada piadosa, precisamente porque las ve tender a lo bueno. Y te perjudicarías a ti mismo, porque cometerías un acto contra la caridad y otro contra la humildad…

-¿Humildad? No veo… Siendo el amo del lago, me sería lícito disponer de él según mi gusto.

-No. Simón de Jonás. No. Te equivocas. Hasta las cosas que nos pertenecen nos pertenecen porque Dios nos las concede. Por tanto, aunque durante un tiempo limitado se posean, hay que pensar siempre que Uno sólo es el que posee todo y sin limitación alguna en el tiempo ni en la medida. Uno sólo es el Amo. Los hombres… ¡Oh, los hombres son sólo los administradores de pequeñas parcelas de la gran Creación. Pero el Amo es Él, el Padre mío y tuyo y de todos los vivientes.

Además, Él es Dios, y por tanto, son perfectísimos todos sus pensamientos y acciones. Ahora bien, si Dios mira benigno el impulso de estos corazones paganos hacia la Verdad, y no sólo mira sino que favorece este impulso imprimiéndole un movimiento cada vez más fuerte hacia el Bien, ¿no te parece que tú, oh hombre, pretendiendo impedírselo, en el fondo pretendes impedirle a Dios una acción? Y ¿cuándo se impide una cosa? Cuando se la juzga no buena.

Tú, por tanto, pensarías esto de tu Dios: que realiza una acción no buena. Ahora bien, si juzgar a los hermanos no es cosa buena (porque todos los hombres tienen sus defectos y una facultad de conocer y juzgar tan limitada, que siete veces de diez yerra su juicio), absolutamente malvado será el juzgar las acciones de Dios. ¡Simón!

¡Simón! Lucifer quiso juzgar un pensamiento de Dios, y lo definió como errado, y quiso ocupar el lugar de Dios, creyéndose más justo que Él. Y ya sabes, Simón, lo que consiguió Lucifer; y ya sabes que todo el dolor que padecemos ha venido por aquella soberbia…

-¡Tienes razón, Maestro! ¡Soy un gran desdichado!

¡Perdóname, Maestro!
Y Pedro, siempre impulsivo, deja la barra del timón para arrojarse a los pies de Jesús. Y en esto la barca, improvisamente abandonada a sí misma, y precisamente en el curso de una corriente, se desvía y ladea tremendamente, en medio de los chillidos de María Cleofás y Juana y los gritos de los de la ligera barca gemela, que ven que se les echa encima la pesada barca de Pedro. Afortunadamente, Mateo puede tomar prontamente el timón, y la barca se estabiliza, después de unos tremendos cabeceos (incluso por el hecho de que, para mantenerla a distancia, los otros han usado los remos, imprimiendo bruscos zarandeos y agitando las aguas).

-¡Hombre, Simón! Una vez lanzaste invectivas contra los romanos, como navegantes de tres al cuarto porque se nos echaban encima. Pero ahora eres tú el que te pones en evidencia… Y además delante de ellos. Mira: están todos de pie en las barcas, observando… -dice Judas Iscariote, provocador, señalando a las barcas romanas, que ya están -en la porción de lago de frente a Magdala-tan cercanas, que se puede ver (a pesar de que los velos violáceos del atardecer se hayan ido entenebreciendo cada vez más, reduciendo la luz).

-Has perdido también una nasa y un cubo, Simón. ¿Quieres que tratemos de pescarlos con los garfios? -dice Santiago de Zebedeo desde otra barca ya cercana, porque, después del incidente, todos se han agrupado en torno a la barca de Pedro.

-¿Pero qué has hecho? ¡No te sucede nunca! -dice y exclama Andrés desde otra barca distinta.

Pedro responde a todos, a uno después de otro, mientras que los otros han hablado casi juntos.

-¿Me han visto? ¡No importa! Aunque hubieran visto también mi corazón y… Bien, esto no lo digas, Pedro… Pero has de saber que no me dañas. Lo que me puede mortificar no es una mala maniobra, y además sucedida por una buena causa…

¡No te preocupes, Santiago! Cosas viejas que se han ido al fondo… ¡Ojalá pudiera arrojar también tras ellas al hombre viejo que resiste en mí! Quisiera perder todo, incluso la barca, pero ser exactamente como el Maestro quiere… ¿Que qué he hecho? Hombre, pues me he mostrado a mí mismo, a mi soberbia -que quiere enseñar incluso a Dios en las cosas del espíritu-que soy un animal incluso para las cosas de la barca… Me viene bien. Me he hecho una parábola yo a mí mismo… Maestro, ¿no es verdad?

Jesús sonríe asintiendo… Sentado en la popa, sereno, en su sitio habitual, blanco en contraste con el ambiente, que se viste de noche, sus cabellos ondeando levemente con el viento vespertino, destaca en el crepúsculo como un ángel de paz luminosa. Las barcas romanas los han alcanzado.

-Tienen naves excelentes y velas perfectas… ¡bueno y unos marineros…! ¡Van veloces como gaviotas! Aprovechan hasta el más mínimo hilo de viento, la más mínima vena de corriente…

-Los remadores son casi todos esclavos cretenses o nilotas» explica Juana.

-Los marineros del delta son expertísimos, y lo mismo los de Creta. Pero son muy buenos también los de Italia… Superan a Escila y Caribdis… y es suficiente para decir que son excelentes -confirma el desconocido llamado Benjamín.

-¿A dónde vamos, Señor? ¿A Magdala propiamente, o…? ¡Mira! Los de Magdala vienen hacia nosotros…
En efecto, todas las barcas de este lugar se apresuran a dejar el guijarral y el pequeño puerto, cargadas, terriblemente sobrecargadas, de gente; tanto, que casi tienen el borde al ras del agua. Y se dirigen fatigosamente hacia las barcas de Cafarnaúm.

-No. Vamos a detenernos aquí, aguas adentro en el lago, frente a la ciudad. Hablaré desde la barca…

-Es que… Esos imprudentes se quieren ahogar. ¡Pero mira, Maestro! Verdad es que el lago está calmo como una lámina de plata… Pero el agua es siempre agua… y el peso es peso… y allí… parece como si creyeran que están en tierra, no en agua… Da la orden de que vayan para atrás… Se van a ahogar…

-¡Hombre de poca fe! ¿Y no recuerdas que, mientras creíste en mi invitación, caminaste sobre el agua como en terreno sólido? Ellos tienen fe. Por tanto, contra las leyes de equilibrio entre peso y densidad, las aguas sujetarán a esas barcas súper repletas.

-Si sucede eso… es verdaderamente una noche de gran milagro… -susurra Pedro encogiéndose de hombros mientras echa la pequeña ancla para detener la barca, la cual, así, se queda en el centro de un nimbo radiado de barcas, parte de Cafarnaúm, parte de Magdala y parte de Tiberíades (y éstas son las de las romanas, que, prudentemente, se ponen detrás de las de Cafarnaúm, hacia el centro del lago).
Jesús vuelve las espaldas a éstas: mira hacia los de Magdala, hacia el vasto y umbrío jardín de María de Lázaro, hacia las casitas que albean en la noche dispuestas a lo largo en la orilla.

Ya las proas y los remos no rompen el lago; de forma que éste se recompone en paz: una vasta lámina de cristal veteada de plata por la primera claridad de la Luna y sembrada de topacios o rubíes en los lugares en que los fuegos de los faroles o las llamas de las antorchas, colocados en todas las proas, se espejan en el lago.

Las caras parecen extrañas en el contraste de luces rojo-amarillas o de rayos de luna: en parte aparecen nitidísimas, en parte apenas se ve cuáles son; otras parecen partidas en dos, o a lo largo o a lo ancho, sólo con la frente o el mentón iluminados, o con un solo carrillo (una media cara que resalta con anguloso perfil, como si en la otra parte no hubiera cara); los ojos de algunos rostros brillan, otros parecen cuencas vacías, y lo mismo las bocas (en alguna de las cuales se aprecia una abierta sonrisa en los dientes fuertes, mientras que otras parecen anuladas en las caras en sombra).

Pero, para ver todos a Jesús, la gente pasa muchos faroles de las barcas de Cafarnaúm y Magdala, faroles que se ponen a los pies de Él, en los bancos, colgados de los remos inactivos, o colocados en la madera de la popa y la proa, e incluso dispuestos en racimos en el mástil del que se ha arriado la vela. Así, la barca donde está Jesús resplandece en medio de un círculo de barcas que se han quedado sin lámparas, y Jesús ahora aparece bien visible, iluminado desde todas las partes. Sólo las barcas romanas rojean aún por sus antorchas rojas, que apenas pliegan su llama bajo la brisa ligerísima.

-¡La paz sea con vosotros! -empieza Jesús, poniéndose en pie, seguro a pesar del leve cabeceo de la barca, y abriendo los brazos para bendecir. Luego prosigue, hablando lentamente, para que lo oigan bien todos; y la voz se esparce por el lago silencioso, potente y armoniosa.

-Hace un rato, un apóstol mío me ha propuesto una parábola. Ahora os la propongo Yo a vosotros, porque puede ser útil para todos, dado que todos podéis entenderla. Oídla.

Un hombre, navegando por el lago en una noche serena como
ésta y sintiéndose seguro de sí mismo, se figuró que no tenía defectos. Era un hombre expertísimo en las maniobras y, por tanto, se sentía superior a los otros con que se cruzaba en las aguas, de los cuales muchos venían al lago por placer, y por tanto sin esa experiencia que da el trabajo asiduo y realizado para ganarse la vida. Además, era un buen israelita, y, por tanto, se creía posesor de todas las virtudes. Y, en fin, era realmente un buen hombre.

Así pues, en un atardecer en que navegaba seguro, se permitió expresar juicios sobre su prójimo. Según él, un prójimo tan lejano, que ni tenía condición de prójimo: ningún vínculo de nacionalidad ni de oficio ni de fe lo unía a aquel prójimo, y, por tanto, él, sin ningún freno de solidaridad nacional, religiosa o profesional, tranquilamente lo despreciaba; es más: con dureza. Y se quejaba de no ser el amo del lugar, porque, de haberlo sido, habría arrojado de aquel lugar a ese prójimo suyo; y, en su fe intransigente, casi reprochaba al Altísimo el hecho de conceder a éstos, distintos de él, que hicieran lo que hacían y que vivieran donde él vivía.

En su barca iba un amigo suyo, un buen amigo suyo, que lo quería con justicia, y por eso quería que fuera sabio, un amigo que, cuando era necesario hacerlo, le corregía las ideas no rectas. Aquel atardecer, pues, este amigo dijo al barquero:

"¿Por qué estos pensamientos? ¿No es uno el Padre de los hombres? ¿No es Él el Señor del Universo? ¿Su sol no desciende, acaso, a todos los hombres para darles calor, y sus nubes no riegan, acaso, los campos de los gentiles igual que los de los hebreos? Y, si hace esto por las necesidades materiales del hombre, ¿no tendrá los mismos cuidados para sus necesidades espirituales?

¿Pretendes sugerir a Dios lo que debe hacer? ¿Quién como Dios?".

El hombre era bueno. En su intransigencia había mucha ignorancia, muchas ideas erradas; pero no había mala voluntad, no había intención de ofender a Dios; antes al contrario, había intención de defender los intereses de Dios. Al oír esas palabras, se arrojó a los pies del sabio y le pidió perdón por haberse expresado como un necio.

Tan impetuosamente lo pidió, que por poco no causó una catástrofe haciendo hundirse la barca y perecer a quien en ella iba: porque con el afán de pedir perdón, descuidó el timón, la vela y las corrientes. Por tanto, después del primer error de juicio, cometió un segundo error de mala maniobra, demostrándose a sí mismo que no sólo era un defectuoso juez, sino también un ineficiente marinero.

Ésta es la parábola. Ahora escuchad. Según vosotros, ¿habrá perdonado Dios a ese hombre o no? Recordad que había pecado contra Dios y contra el prójimo, juzgando las acciones de ambos; y por poco no había sido homicida de sus compañeros. Meditad y responded…

Y Jesús cruza los brazos y pasa su mirada por todas las barcas, hasta las más lejanas, hasta las romanas (en que se ve, sobresaliendo de los bordes de las barcas, una fila de rostros atentos de patricias y remadores)…

La gente habla en tono bajo, se consultan unos a otros… un susurro apenas sensible de voces, que se funde con el chapoteo, apenas perceptible, del agua contra el cuerpo de las barcas. El juicio es difícil. De todas formas, la mayor parte opina que el hombre no habrá sido perdonado porque había pecado. No, no habrá sido perdonado, al menos por lo que se refiere al primer pecado…

Jesús oye cómo va aumentando el murmullo de los que opinan esto, y sonríe con la mirada de sus bellísimos ojos, luminosos incluso en la noche como dos zafiros heridos por el rayo de la Luna, cada vez más hermosa y resplandeciente, tanto que muchos deciden apagar antorchas y faroles para quedarse, por toda luz, con la fosforescente luz lunar.

-Apaga también éstas, Simón. Son míseras como chispas, respecto a las estrellas, bajo este cielo lleno de astros y planetas -dice Jesús a Pedro, que está pendiente de oír el juicio de la gente. Y, mientras Pedro alarga los brazos para descolgar los faroles, Jesús, acariciando a su apóstol, le pregunta en voz baja:

-¿Por qué esos ojos turbados?
-Porque esta vez me expones al juicio del pueblo…
-¿Y por qué lo temes!
-Porque… es como yo… injusto…
-¡El que juzga es Dios, Simón!
-Sí. Pero Tú no me has perdonado todavía y estás esperando su juicio para hacerlo… Tienes razón, Maestro… Soy incorregible… Pero… ¿por qué a tu pobre Simón este juicio de Dios?…

Jesús le pone la mano en el hombro, y lo hace cómodamente porque Pedro está en el suelo de la barca y Él está erguido encima de la madera de la popa, por tanto altísimo respecto a Pedro. Y sonríe… pero no le responde. Lo que hace es dirigirse a la gente:

-¿Entonces? Responded fuerte. Barca por barca.
¡Ay, pobre Pedro! Si Dios lo hubiera juzgado según el parecer de los presentes, lo habría condenado. Menos tres barcas, todas las demás, incluidas las apostólicas, lo condenan. Las romanas no se pronuncian -tampoco les preguntan-, pero es visible que ellas también juzgan digno de condena al hombre, porque desde una a otra barca -son tres-se hacen el gesto del pulgar vuelto hacia abajo.

Pedro levanta sus ojos overos, turbados, hacia el rostro de Jesús, y encuentra una mirada aún más dulce, que fluye de los ojos de zafiro, que fluye como una paz; y ve inclinarse hacia él un rostro resplandeciente de amor, y se siente atraído hacia un lado de Jesús, siendo así que su cabeza entrecana está contra el costado de éste, mientras el brazo del Maestro lo estrecha hacia sí abrazándolo por los hombros.

-Así juzga el hombre. Pero Dios no juzga así, ¡oh, hijos míos! Vosotros decís: "No habrá sido perdonado". Yo digo:

"El Señor no vio siquiera en él materia de perdón". Porque perdón presupone culpa. Pero aquí no había culpa.

No, no murmuréis meneando la cabeza. Repito: aquí no había culpa. ¿Cuándo se forma la culpa? Cuando hay voluntad de pecar, conocimiento de que se peca y persistencia en querer pecar aun después de haber entendido que una acción es pecado. Todo depende de la voluntad con que uno cumple un acto, sea virtuoso, sea pecaminoso. Incluso cuando uno cumple un acto aparentemente bueno, pero no sabe que está haciendo un acto bueno, sino que, al contrario, cree que está realizando un acto malo, comete pecado como si llevara a cabo un acto malo, y viceversa.

Pensad en un ejemplo. Uno tiene un enemigo y sabe que está enfermo. Sabe que por orden médica no debe beber agua fría; es más, ningún líquido. Va a verlo, fingiendo afecto. Lo oye quejarse: "¡Tengo sed! ¡Tengo sed!", y, fingiendo piedad, se preocupa solícito de darle agua helada de pozo diciendo:

"Bebe, amigo. Te quiero y no puedo verte sufrir de esta manera por el ardor. Mira. He pensado en traerte esta agua tan fresca. Bebe, bebe, que gran recompensa recibe el que asiste a los enfermos y da de beber a los sedientos". Y, dándole de beber, le acarrea la muerte.

¿Creéis que ese acto, bueno en sí por estar constituido de dos obras de misericordia, es bueno ahora, que se verifica con finalidad mala? No lo es.

Otro ejemplo: un hijo que tenga un padre borracho y que, para salvarlo de la muerte por la continua bebida, cierre la bodega, quite el dinero a su padre y se imponga, incluso severamente, para que no salga por el pueblo a beber y a destruirse, ¿os parece que falte al cuarto mandamiento sólo por el hecho de regañar a su padre y hacer él de cabeza de familia para con su propio padre? Aparentemente hace sufrir a su padre, y parece culpable. En realidad es un buen hijo, porque su voluntad es buena, tiene voluntad de salvar a su padre de la muerte. Siempre es la voluntad la que da valor a la acción.

Y otro ejemplo: ¿el soldado que mata en guerra es homicida? No, si su espíritu no acepta la masacre y combate porque se ve obligado a ello, pero combate con ese mínimo de humanidad que la dura ley de la guerra y de la subordinación impone.

Por tanto, ese hombre de la barca, que por una buena voluntad de creyente, patriota y pescador, no soportaba a aquellos que, según él, eran unos profanadores, no cometía pecado contra el amor al prójimo, sino que solamente tenía un errado concepto del amor al prójimo.

Y no cometía pecado contra el respeto a Dios, porque su resentimiento hacia Dios venía de su espíritu bueno -aunque no equilibrado y luminoso-de creyente. Y no cometía homicidio, porque era por una buena voluntad de pedir perdón por lo que provocaba el que la barca se ladeara.

Sabed discernir siempre.
Dios es Misericordia más que intransigencia. Dios es bueno. Dios es Padre. Dios es Amor. El verdadero Dios es esto. Y el verdadero Dios abre su corazón a todos, a todos, diciendo: "Venid", indicando a todos su Reino. Y es libre de hacerlo, porque es Él el Señor único, universal, creador, eterno.

Os ruego, a vosotros israelitas, que seáis justos. Recordad estas cosas. Que no os suceda que las comprendan los que veis como cosa impura y para vosotros permanezcan incomprensibles. También es pecado el excesivo y desordenado amor a la religión y a la patria, porque se hace egoísmo. Y el egoísmo es siempre razón y motivo de pecado.

Sí. El egoísmo es pecado porque siembra en el corazón una mala voluntad que hace al hombre rebelde a Dios y a sus mandamientos. La mente del egoísta ya no ve a Dios nítidamente, ni tampoco las verdades de Dios. La soberbia exhala sus vapores en el egoísta y empaña las verdades.

En la calígine, la mente, que ya no ve la luz clara de la verdad como la veía antes de hacerse soberbia, empieza el proceso de los porqués, y de los porqués pasa a la duda, de la duda a la indiferencia, no sólo respecto al amor y a la confianza en Dios y en su justicia, sino también respecto al temor de Dios y al temor a su castigo. De ahí la predisposición a pecar, y de ésta se pasa a la soledad del alma que se aleja de Dios, la cual, no teniendo ya la voluntad de Dios como guía, cae en la ley de su voluntad de pecador.

¡Muy mala cadena es la voluntad del pecador, uno de cuyos extremos lo tiene en su mano Satanás, mientras que el otro ata a los pies del hombre una bola pesada, para tenerlo sujeto, esclavo en el fango, abatido, en tinieblas! ¿Puede entonces el hombre no incurrir en culpas mortales? ¿Puede no incurrir en ellas, teniendo en sí sólo mala voluntad? Entonces, sólo entonces, Dios no perdona. Pero, cuando el hombre tiene algo de buena voluntad y lleva a cabo incluso actos espontáneos de virtud, ciertamente acaba poseyendo la Verdad, porque la buena voluntad conduce a Dios, y Dios, el Padre Stmo. se inclina amoroso, compasivo, indulgente a ayudar, a bendecir, a perdonar a sus hijos que tienen buena voluntad.

Por eso el amor hacia el hombre de aquella barca fue amplio, porque, no queriendo cometer el pecado, no había pecado.

Marchaos en paz, ahora, a vuestras casas. Las estrellas han ocupado todo el cielo y la Luna viste de pureza el mundo. Marchaos obedientes como las estrellas y haceos puros como la Luna. Porque Dios ama a los obedientes y a los puros de espíritu, y bendice a los que ponen en todas sus acciones la buena voluntad de amar a Dios y a los hermanos y trabajar para su gloria y para su utilidad. ¡La paz sea con vosotros!

Y Jesús, abriendo de nuevo sus brazos, bendice, mientras el círculo de las barcas se aleja, se disgrega, tomando cada uno la propia dirección.

Pedro se siente tan feliz, que no piensa en moverse.
Lo hace reaccionar Mateo: -¿No te mueves, Simón? Yo no soy muy ducho…

-Es verdad… ¡Oh, Maestro mío! ¿Entonces no me habías condenado? Y yo tenía mucho miedo…
-No tengas miedo, Simón de Jonás. Te he tomado conmigo para salvarte, no para perderte. Te he tomado conmigo por tu buena voluntad… ¡Ánimo! Toma el timón y mira a la Polar y ve seguro, Simón de Jonás. Siempre seguro…

En todas las travesías… Dios, tu -Jesús, estará siempre en pie a tu lado en la proa de tu barca espiritual. Y te comprenderá siempre, Simón de Jonás. ¿Comprendes? Siempre.

Y no tendrá que perdonarte, porque podrás incluso caer, como un débil niño, pero no tendrás jamás la mala voluntad de caer… Alégrate, Simón de Jonás.

Y Pedro asiente, asiente, demasiado emocionado como para hablar, sofocado por el amor; y la mano le tiembla un poco en el timón, pero su rostro resplandece de paz, de seguridad, de amor, mientras mira a su Maestro, que está erguido a su lado, allí, en el extremo de la barca, como un cándido arcángel.

447- En Cafarnaúm unas palabras de Jesús sobre la misericordia y el perdón no encuentran eco

Es sábado. Eso creo yo, porque veo a la gente reunida en la sinagoga. Pero también podría ser que se hubieran reunido allí huyendo del sol, o para estar más seguros en la casa de Jairo.

La gente se apiña, y está atenta a pesar del calor que no logran atenuar ni siquiera las puertas y ventanas, abiertas para crear corrientes de aire. Los que no han podido entrar en la sinagoga se han refugiado, para que no los cueza el sol en la calle, en el umbrío jardín que hay detrás de la sinagoga, el jardín de Jairo, de tupidas enramadas y de frondosos árboles frutales.

Jesús está hablando junto a la puerta que da al jardín, para que lo oiga tanto este auditorio como el de la sinagoga. Jairo está a su lado, atento; los apóstoles, en grupo, cerca de la puerta que da al jardín; las discípulas, con María en el centro, están sentadas bajo una enramada que casi toca la casa; Miriam de Jairo y las dos hijas de Felipe están sentadas a los pies de María.

Por las palabras que llegan a mis oídos -porque Jesús exhorta a la paz y al perdón, diciendo que en corazones turbados no puede penetrar con fruto la palabra de Dios-, intuyo que ha habido algún incidente entre los fariseos de marras y Jesús, y que la gente está inquieta por este motivo.

-No podemos tolerar que se te insulte -grita alguno de entre la multitud.

-Dejad al Padre mío y vuestro que resuelva. Vosotros imitadme a mí. Tolerad, perdonad. No se persuade a los enemigos respondiendo al insulto con el insulto.

-Pero tampoco con la mansedumbre continua. Te dejas pisotear -grita Judas Iscariote.

-Tú, apóstol mío, no sirvas de escándalo dando un ejemplo de ira y crítica.
-De todas formas, tu apóstol tiene razón. Sus palabras son justas.

-No es justo el corazón que las formula ni el que las escucha. Quien quiere ser discípulo mío debe imitarme. Yo tolero y perdono. Soy manso, humilde y pacífico. Los hijos de la ira no pueden estar conmigo, porque son hijos del siglo y de sus propias pasiones.

¿No recordáis el libro cuarto de los Reyes? En un punto (2 Reyes l9, 20-37) se dice que Isaías habló contra Senaquerib, que creía que podía atreverse a todo, y le profetizó que nada lo salvaría del castigo de Dios. Lo compara a un animal al que se pone un anillo en las narices y un freno en los labios para domar su inicuo furor. Y ya sabéis que Senaquerib murió de manos de sus propios hijos. Porque, en verdad, el cruel perece por su propia crueldad; perece en la carne y en el espíritu. Yo no amo a los crueles, no amo a los soberbios, no amo a los iracundos, a los ambiciosos, a los lujuriosos.

(Yo no amo debe interpretarse no con referencia a las personas de los pecadores, sino, como se lee en los renglones siguientes, a estas cosas y más exactamente a las malas pasiones. En este mismo sentido deberían interpretarse ciertas expresiones presentes en la Biblia sobre el odio de Dios hacia los pecadores (como en Sabiduría l4, 9; Eclesiástico l2, 6; Malaquías l, 3), y presentes en la Obra valtortiana)

No os he dado ni palabra ni ejemplo de estas cosas; antes bien, siempre os he enseñado las virtudes opuestas a estas malas pasiones.

¡Qué bonita es la oración de David, (l Crónicas 29, l0-l9), y la cita de unos renglones adelante está en l Crónicas 22, 8-l0) rey nuestro, cuando, santificado de nuevo por el sincero arrepentimiento de las culpas pasadas y por años de sabia conducta, alabó al Señor, manso y resignado ante el decreto de no poder ser él el que erigiera el nuevo Templo! Vamos a decirla juntos dando gloria al Señor Altísimo…

Y Jesús entona -mientras los que están sentados se levantan y los que están apoyados en las paredes dejan el apoyo para tomar una postura de respeto-la oración de David. Luego Jesús sigue, con su tono habitual:
-Hay que recordar siempre que todas las cosas están en las manos de Dios, todas las empresas, todas las victorias. Magnificencia, potencia, gloria y victoria son del Señor.

Él concede una u otra cosa al hombre, si juzga que es la hora de concederla para un bien cierto. Pero el hombre no puede reivindicarla. Dios no le concede a David -ya perdonado pero aún necesitado de victoria sobre sí mismo después de los pasados errores -no le concede erigir el Templo: "Has derramado mucha sangre y has hecho demasiadas guerras; no podrás, por tanto, erigir una casa a mi Nombre, habiendo derramado tanta sangre delante de mí. Te nacerá un hijo que será hombre de paz… por eso será llamado el Pacífico… Él edificará la casa a mi Nombre".

Esto dice el Altísimo a su siervo David. Esto os digo Yo. ¿Queréis, por ser iracundos, no merecer erigir en vuestros corazones la casa al Señor Dios vuestro? Lejos, pues, de vosotros todo sentimiento que no sea de amor. Tened un corazón perfecto, como el que invocaba David para su hijo, constructor del Templo, para que, custodiando mis mandamientos y realizando todas las cosas según lo que os he enseñado, lleguéis a edificar en vosotros la morada de vuestro Dios, en espera de ir vosotros a la suya, eterna y jubilosa. Pásame un rollo, Jairo. Voy a explicarles lo que Dios quiera.

Jairo va adonde están apilados los rollos y toma al azar uno que está en el centro del montón, y, quitándole previamente el polvo, se lo entrega a Jesús, que lo desenrolla y lee: «Jeremías, capítulo 5. Caminad por las calles de Jerusalén, mirad, observad, buscad por sus plazas a ver si encontráis un hombre que practique la justicia y quiera ser fiel, y Yo tendré misericordia de ella"». (Me dice el Señor: «No continúes. Digo todo el capítulo».)

Jesús, después de leer todo el capítulo, devuelve el volumen a Jairo y se pone a hablar.

-Hijos míos. Habéis oído qué tremendos castigos están reservados a Jerusalén, al Israel que no es justo. Pero no os alegréis de ello. Es nuestra Patria. No os alegréis pensando: "Quizás ya no estaremos". En todo caso está llena de hermanos vuestros. No digáis: "Le está bien empleado, porque es cruel con el Señor" Las desventuras de la Patria, los dolores de los convecinos deben afligir siempre a los justos. No midáis como miden los demás, sino como Dios mide, o sea, con misericordia.

¿Qué debéis hacer, entonces, para con esta Patria, para con estos compatriotas, bien sea que por Patria y compatriotas se entiendan la gran Patria y sus habitantes, toda la Palestina, bien sea que se entienda esta pequeña que es Cafarnaúm, ciudad vuestra, bien sea que se entiendan todos los hebreos o estos pocos, enemigos míos, en esta pequeña ciudad de Galilea? Debéis hacer obras de amor. Hacer lo posible por salvar Patria y compatriotas. ¿Cómo? ¿Quizás con la violencia? ¿Con el desprecio? No. Con el amor, con el paciente amor para convertirlos a Dios.

Habéis oído: "Si encuentro un hombre que practique la justicia, usaré con aquélla misericordia". Trabajad, pues, para que los corazones se acerquen a la justicia y se hagan justos. Verdaderamente, en su injusticia, dicen de mí:

"No es Él", y por eso creen que por perseguirme no les vendrá ningún mal. Verdaderamente dicen: "Estas cosas no sucederán nunca. Los profetas han hablado al azar". Y tratarán de llevaros también a vosotros a que digáis lo mismo que ellos.

Los que estáis aquí presentes sois fieles. Pero ¿dónde está Cafarnaúm? ¿Es ésta toda Cafarnaúm? ¿Dónde están los que otras veces veía agolparse alrededor de mí? ¿Entonces la levadura, fermentada la última vez que estuve aquí, ha obrado la destrucción en muchos corazones? ¿Dónde está Alfeo? ¿Dónde, José con sus tres hijos? ¿Dónde, Ageo de Malaquías? ¿Dónde, José y Noemí? ¿Dónde, Leví, Abel, Saúl y Zacarías? ¿Olvidado a causa de palabras engañosas el claro beneficio recibido? ¿Pero pueden las palabras destruir los hechos?

¡Ya veis! Es sólo un pequeño lugar. En este lugar, donde los agraciados son los más numerosos, el odio ha podido devastar la fe en mí. Sólo veo reunidos aquí a los perfectos en la fe. ¿Podéis pretender que una serie de hechos lejanos y lejanas palabras puedan mantener a todo Israel fiel a Dios? Así debería ser, porque la fe debe ser fe aún sin el soporte de los hechos. Pero no es así. Y cuanto más grande es la ciencia, más baja es la fe, porque los doctos se creen dispensados de la fe simple y franca, que cree por la fuerza del amor y no por el auxilio de la ciencia.

Lo que hay que trasmitir y encender es el amor. Y, para hacer esto, es necesario arder. Estar convencidos, heroicamente convencidos para convencer. En vez de los desaires, como respuesta a los insultos, humildad y amor. E ir con humildad y amor, recordando las palabras del Señor a quien ya no las recuerda: "Temamos al Señor, que nos da la lluvia de la primera y la última estación".

¡No nos comprenderían! Es más, nos ofenderían, diciendo que somos unos sacrílegos por enseñar sin tener derecho a hacerlo. ¡No ignoras quiénes son los escribas y los fariseos!…

No, no lo ignoro. Aunque lo hubiera ignorado, ahora lo sabría. Pero no importa lo que ellos sean; importa lo que nosotros somos. Si ellos y los sacerdotes aplauden a los falsos profetas que profetizan lo que les proporciona una ganancia, olvidando que sólo ha de aplaudirse a las obras buenas que el Decálogo ordena, no por ello mis fieles deben imitarlos, y tampoco deben intranquilizarse y ponerse a mirar como gente vencida. Vosotros debéis trabajar tanto cuanto el Mal trabaja…

-¡Nosotros no somos el Mal! -grita desde el límite con la calle la voz cascada de Elí el fariseo, que trata de entrar mientras va gritando:

-¡Nosotros no somos el Mal, alborotador!
-¡Tú sí que alborotas! ¡Fuera! -dice enseguida el centurión, que debía estar atento allí, junto a la sinagoga, a juzgar por lo rápido de su intervención.
-¿Tú?, ¿tú, pagano, te atreves a imponerme?…
-Yo, romano, sí. ¡Fuera! El Rabí no te molesta a ti. Tú sí lo molestas a Él. No puedes hacerlo.

-Nosotros somos los rabíes, no el carpintero galileo -grita el viejo, más parecido a una hortelana que a un maestro.

-Uno más, uno menos… Los tenéis a cientos, y todos de mala doctrina. El único virtuoso es Éste. Te ordeno que salgas.

-¿Virtuoso, eh?! ¿Virtuoso uno que trafica con Roma la propia incolumidad? ¡Sacrílego! ¡Impuro!
El centurión lanza un grito, y el paso pesado de algunos soldados se mezcla con los estridentes insultos de Elí.

-¡Prended a ese hombre y arrojadlo afuera! -ordena el centurión.

-¿Yo? ¿Paganos me ponen la mano encima? ¡Pies paganos en una sinagoga nuestra! ¡Anatema! ¡Auxilio! ¡Me están profanando! ¡Me…!

-Soldados, os ruego que lo dejéis marcharse. No entréis. Respetad este lugar y la canicie de este hombre -dice Jesús desde donde está.
-Como quieras, Rabí.

-¡Ja! ¡Ja! ¡Embrollón! Pero lo sabrá el Sanedrín. ¡Tengo la prueba! ¡Tengo la prueba! Ahora creo en las palabras que nos han sido referidas. Tengo la prueba. ¡Y sobre ti pesa el anatema!.

-Y la espada va a pesar sobre ti, si dices una palabra más. Roma defiende el derecho. No embrolla, vieja hiena, a nadie.

El Sanedrín sabrá tus mentiras y el Procónsul mi informe.

Voy a redactarlo. Ve a casa y estáte en ella a disposición de Roma -y el centurión, hecha antes una media vuelta perfecta, se marcha, seguido de los cuatro soldados, dejando plantado al palidecido y tembloroso, vilmente tembloroso Elí…

Jesús reanuda su discurso, como si nada le hubiera interrumpido:

-Debéis trabajar tanto cuanto el Mal trabaja, para edificar en vosotros y en torno a vosotros la casa del Señor, como os decía al principio.

Hacer, con una gran santidad, que Dios pueda seguir descendiendo a los corazones y a nuestra amada Patria natal, que tan castigada está ya y que no sabe qué nimbo de desventura se está hinchando para ella en el septentrión, en la nación fuerte que ya nos domina y que nos dominará cada vez más, porque las acciones de los ciudadanos son tales, que suscitan la repugnancia del Bonísimo e instigan al fuerte. Y, enojados Dios y el dominador, ¿cómo pretendéis gozar de paz y bien? Sed, sed buenos, hijos de Dios.

Haced que en Israel no uno sino una multitud sean buenos, para alejar los tremendos castigos del Cielo. Os he dicho al principio que, donde no hay paz, la palabra de Dios no puede, pacíficamente escuchada, dar frutos en los corazones. Y ya veis que esta reunión no ha sido tranquila y no será fructífera. Demasiada agitación en los corazones… Podéis marcharos. Tendremos todavía unas horas para estar juntos. Y orad, como Yo oro, para que quien nos turba se convierta… Vamos, Madre -y, abriéndose paso entre la multitud, sale a la calle.

Elí está todavía allí, y, térreo como un muerto, se arroja a los pies de Jesús. -¡Piedad! Me salvaste una vez al nieto. Sálvame a mí, para tener tiempo de convertirme. ¡He pecado! Lo confieso. Pero Tú eres bueno… Roma… ¡Oh, qué me va a hacer Roma?

-Te va a desempolvar bien el polvo del verano con unos buenos zurriagazos -grita uno, y la gente se ríe mientras Elí emite un grito de agudo dolor, como si ya sintiera los azotes, y gime:

-Soy viejo… Enfermo de dolores… ¡Ay de mí!
-¡La cura hará que se te pasen, viejo chacal!
-¡Te vas a rejuvenecer y vas a bailar!…
-¡Silencio! -dice Jesús en tono impositivo a los
protagonistas de esta burla. Y al fariseo:

-Levántate, ten decoro. Tú sabes que no desciendo a complots con Roma. ¿Qué quieres, pues, que te haga?
-Es verdad. Sí. Es verdad. Tú no conspiras. Es más, desprecias a los romanos, los odias, los mal…
-Nada de eso. No mientas ensalzándome como antes acusándome. Y ten presente que no sería alabanza el decir de mí que odio a éste o a aquél, o maldigo a éste o a aquél:

Yo soy el Salvador de todos los espíritus, y ante mis ojos no hay razas ni rostros, sino espíritus.

-¡Es verdad! ¡Es verdad! Pero Tú eres justo y Roma lo sabe, y te defiende por ello. Mantienes tranquilas a las turbas, enseñas el respeto a las leyes y…
-¿Es acaso un pecado ante tus ojos?
-¡No! ¡No! ¡Es justicia! Sabes hacer lo que todos deberíamos hacer, porque eres justo, porque…

La gente hace risitas y cuchichea. No pocos epítetos se oyen, aunque se digan en voz baja:

-¡Embustero! ¡Bellaco! ¡Esta misma mañana hablaba de otra manera! etc.

-Bien, ¿y qué tengo que hacer Yo?

-¡Ir allí, donde el centurión! ¡Rápido! Antes de que se marche la estafeta. ¿Ves? ¡Ya están preparando los caballos! ¡Piedad!

Jesús lo mira: pequeño, tembloroso, lívido de miedo, miserable… Lo mira atentamente, y con compasión. Sólo cuatro pupilas lo miran con compasión: las del Hijo y las de la Madre. Todas las demás son o irónicas o severas o inquietas… Incluso Juan, incluso Andrés tienen mirada dura de severidad desdeñosa.

-Tengo piedad. Pero Yo donde el centurión no voy…
-Está en buena amistad contigo…

-Que no.
-Quería decir que te está agradecido por… por motivo del siervo que le curaste.

-También a ti te curé al nieto, y no me estás agradecido, a pesar de ser israelita como Yo. La merced no crea obligación.

-Sí que la crea. ¡Ay de aquel que no sea agradecido para con…! -comprende que se está condenando a sí mismo y, trabándose, se calla. La gente se burla.

-¡Pronto, Rabí! ¡Gran Rabí! ¡Santo Rabí! ¿No ves que está dando órdenes? ¡Ya se van a marchar! ¿Deseas verme escarnecido?, ¿muerto?

-No. Yo no voy a recordar una merced. Ve tú y dile: "El Maestro dice que seas compasivo". ¡Ve!

Elí se echa a trotar, mientras Jesús se dirige hacia su casa, en sentido opuesto.

El centurión debe haber aceptado, porque se ve que desmontan los soldados que ya estaban a caballo, y que le devuelven al centurión una tablilla encerada y se llevan los caballos.

-¡Qué pena! ¡Venía de maravilla! -exclama Pedro, y Mateo le responde:

-Sí. El Maestro debía haber dejado que lo castigaran. Tantos golpes como insultos nos propina. ¡Viejo odioso!
-¡Y así otra vez dispuesto a empezar! -exclama Tomás.
Jesús se vuelve severo:

-¿Tengo seguidores o demonios? ¡Marchaos vosotros que tenéis un corazón sin misericordia! Me resulta penosa vuestra presencia.

Los tres se quedan donde están, petrificados por el reproche.

-¡Hijo mío! ¡Ya tienes mucho dolor! ¡Y yo tengo ya mucha pena! No añadas ésta… ¡Míralos!… -implora María.

Y Jesús se vuelve a mirar a los tres… Tres rostros desolados, con toda la esperanza y el dolor en los ojos.

-¡Venid! -ordena Jesús.

¡Oh, las golondrinas son menos rápidas!

-Que sea la última vez que os oigo decir palabras como ésas. Tú, Mateo, no tienes derecho a decirlas; tú, Tomás, no has muerto todavía para juzgar quién es perfecto creyéndote salvado; y tú, Simón de Jonás, lo que has hecho es como subir fatigosamente a una cima una piedra voluminosa y dejarla rodar hacia abajo. Entiéndeme rectamente lo que quiero decir…

Y ahora escuchad. Aquí, en la sinagoga y en la ciudad es inútil hablar. Voy a hablar desde las barcas, en el lago, ahora en un lugar, luego en otro. Prepararéis las barcas, las que hagan falta, e iremos o en las tardes serenas o en las auroras frescas…

446- Llegada a Cafarnaúmen medio de un cálido recibimiento

No sé si espontáneamente o si es porque alguien la ha avisado, lo cierto es que Porfiria está ya en la pequeña playa de Cafarnaúm cuando llegan las barcas, que son tres en vez de dos, lo cual me hace pensar que alguno se ha adelantado a Cafarnaúm para avisar de que el Maestro llega y para tomar una barca para las mujeres y Margziam. Y con Porfiria están las hijas de Felipe, y Miriam de Jairo, además de la madre de Santiago y Juan.

Pero observo con claridad que Porfiria, sin hacer caso de las pequeñas olas del lago -todavía un poco agitado-que recorren el guijarral con su fluir riente y descocado, entra en el agua hasta la mitad de la pierna y se asoma hacia dentro de la barca, a la altura de Margziam, y lo besa; le dice:

-¡Te querré también por él, por todos te querré, hijo amado! -y lo dice muy conmovida; y en cuanto se detiene la barca y bajan los que estaban en ella, Porfiria abraza a Margziam, no cediendo a nadie la tarea de hacer sentir al jovencito que es muy amado.

Va así a reunirse con el grupo de la otra barca, para venerar al Maestro, y poder hacerlo antes de que los de Cafarnaúm y los muchos discípulos que esperan desde hace bastante la llegada de Jesús se apoderen del Maestro, substrayendo a las discípulas la alegría de tenerlo para ellas.

Las mujeres están apiñadas en torno al Maestro, y sólo los niños de Cafarnaúm pueden romper este círculo de las discípulas, introduciendo sus cuerpecitos con su propia fuerza entre una y otra mujer para poder llegar a Jesús, que va lentamente hacia la casa.

Dado que es una hora temprana, hay poca gente por los caminos, la mayor parte mujeres que van al manantial o al mercado rodeadas de la nidada de hijitos; o algún pescador que vuelve, a dejar remos y redes en las barcas para prepararlas para la pesca de la noche.

Pero no se ve a ninguna persona importante del lugar, aparte de Jairo, que acude lleno de deferencia a venerar a Jesús y a congratularse, pues ha oído que tiene intención de quedarse algunas semanas, yendo de noche a las ciudades del lago para hablar en ellas por la mañana y volver luego a descansar durante el día a Cafarnaúm.

Y es Jairo, por el respeto que infunde a sus paisanos, el que logra primero ponerse al lado de Jesús. Y lo consigue porque aparta a su hija con autoridad de padre. Después de él logran juntarse a Jesús los discípulos más influyentes, aquellos a quienes, por un instintivo impulso de justicia, los otros ceden el primer puesto después de los apóstoles, o sea: el anciano sacerdote Juan (el ex leproso), Esteban, Hermas, Timoneo, Juan el hijo de Noemí, Nicolái y los discípulos ex pastores (todos presentes excepto los dos que han ido hacia el Líbano).

Jesús se interesa por los otros, por los ausentes, y pregunta por ellos a sus compañeros.
-¿Son todavía fervorosos?
-¡Oh, mucho!
-¿Descansan en sus casas?
-No. Trabajan en hacer nuevos discípulos en sus ciudades y en los pueblos cercanos.

-¿Y Hermasteo? Hermasteo ha ido por el litoral, bajando hacia su ciudad; va con José, el de Emaús, y quieren hablar del Salvador por toda la costa, y a ellos se han unido los dos amigos Samuel y Abel (para mostrar lo que puede el Señor, pues ellos estaban uno cojo y el otro leproso).

Preguntas y respuestas. Y no basta el camino para agotarlas, como tampoco la casa de Tomás de Cafarnaúm para acoger a tanta gente, que ya se apretuja en torno al Maestro, que ha regresado después de tanta ausencia.

Y Jesús decide ir a los campos para estar en medio de todos sin hacer preferencias.

445- Dos parábolas durante una tormenta en Tiberíades. Llegada de Maria Stma., e impenitencia de Judas Iscariote

Jesús llega con los suyos a Tiberíades en una mañana borrascosa.

Y llega, cabeceando fuertemente las barcas en el lago, que está muy agitado y gris, como el cielo en que corretean nubarrones poco prometedores, por el breve trayecto que une Tariquea a Tiberíades. Pedro escudriña el cielo y el lago, y ordena a los mozos que pongan las barcas en seguro:

-Dentro de poco vais a oír qué música. Dejo de ser Simón el pescador, si dentro de poco las avalanchas de agua del cielo y del lago no causan daños. ¿Hay alguien en el lago?
se pregunta a sí mismo, mientras escudriña el agitado mar de Galilea. Y lo ve desierto, recorrido sólo por fuertes olas, cada vez más altas bajo la cada vez más amenazadora bóveda del cielo. Se consuela al verlo vacío, pensando que no causará víctimas humanas.

Y sigue más contento al Maestro, que ya camina en medio de las embestidas del viento, tan fuertes que con dificultad avanzan los hombres entre nubes de polvo y en medio de un gran golpeteo de túnicas.

En Tiberíades, en esta parte de Tiberíades, la popular, constituida por familias de pescadores o de obreros menores dedicados a trabajos inherentes a la pesca, hay un intenso ajetreo para guardar en las casas aquellas cosas que podría dañar el temporal: quién corre cargado con las redes, con los remos de las barcas ya puestas en seguro, quién arrastra hasta las casas los instrumentos de trabajo: todo entre silbidos de viento y nubes de polvo y portazos.

La otra Tiberíades, la que está más al norte, la de las construcciones dispuestas a lo largo del lago, la de los hermosos parques que se ven en el arco de la orilla, duerme ociosa. Únicamente algunos criados o esclavos -según sean de israelitas o romanos las casas-se afanan en quitar toldos en lo alto de las terrazas, en retirar las barcas ligeras de recreo, los asientos que están desperdigados por los jardines…

Jesús, que ha dirigido sus pasos hacia esta parte, dice a su primo Judas y a Simón Zelote:
-Id donde el portero de Juana de Cusa, a ver si alguno de los nuestros ha preguntado por nosotros. Yo espero aquí.
-De acuerdo. ¿Y Juana?

-La veremos después. Id y haced esto que digo.

Los dos van sin demora, y mientras los otros esperan su regreso, Jesús manda a éstos, a uno acá a otro allá, a conseguir comida «para ellos y para las mujeres, porque no es justo cargarlo sobre la familia del discípulo» dice Jesús. Y se queda solo, apoyado en la tapia de un jardín del que viene -tan grande es la lucha que sus altos árboles sostienen contra el viento-un ruido de huracán.

Jesús está recogido dentro de sí mismo y en los indumentos (los ha ajustado bien bajo su manto, y el manto se lo ha echado sobre la cabeza, ciñéndolo bien a ella como una capucha, para defenderse del viento, que mete el pelo en los ojos). Y así, lleno de polvo, el rostro semioculto con los extremos del manto, apoyado en una tapia que está casi en la esquina de la calle que se cruza con una bella arteria que va del lago al centro de la ciudad, parece un mendigo en espera de limosnas. Alguno pasa y lo mira.

Pero, dado que Él no dice nada ni pide nada y está así con la cabeza agachada, ninguno se para a dar nada ni a decir nada. Y, mientras tanto, la borrasca aumenta de intensidad y el rumor del lago crece en violencia llenando ya toda la ciudad con su mugido.

Un hombre alto, caminando encorvado para defenderse del viento, también todo arropado en su manto, que mantiene ceñido bajo la garganta con la mano, viene desde el camino interior hacia este camino litoral. Cuando levanta la mirada del suelo para esquivar una fila de burritos de hortelanos que, dejadas las verduras en los mercados, vuelven a sus huertos, ve a Jesús (y yo veo que el joven es Judas de Keriot).

-¡Oh, Maestro! -dice desde el otro lado, separado por la fila asnal -Venía precisamente a casa de Juana a buscarte a ti. He estado en Cafarnaúm buscándote, pero…

El último asno ha pasado y Judas se apresura a acercarse al Maestro, y termina lo que estaba diciendo:

…pero en Cafarnaúm no estaba ninguno. He esperado algunos días y luego he vuelto aquí, y todos los días iba donde José y donde Juana a buscarte…

Jesús lo mira con sus ojos penetrantes, y detiene esta avalancha de palabras diciendo solamente:
-La paz sea contigo.

-¡Es verdad! ¡Ni siquiera te he saludado! La paz sea contigo, Maestro. ¡Bueno, pero Tú siempre tienes esta paz!
-¿Y tú no?
-Yo soy un hombre, Maestro.

-El hombre justo tiene la paz. Sólo el hombre culpable está turbado. ¿Tal eres tú?

-¿Yo?… No, no, Maestro. Al menos… Bueno, si he de decir la verdad, estar lejos de ti no me ponía feliz… pero eso no era todavía estar sin paz. Era nostalgia de ti, por el afecto que te tengo… Pero la paz es otra cosa, ¿no es verdad?…

-Sí. Es otra cosa. Las separaciones no lesionan la paz del corazón, si el corazón del ausente no hace cosas que su conciencia le dice que entristecerían al amado si las supiera.

-Pero los ausentes no saben… A menos que haya alguien que lo informe.

Jesús lo mira y calla.

-¿Estás solo, Maestro? -pregunta Judas, tratando de desviar la conversación hacia argumentos más banales.

-Estoy esperando a los que he enviado a casa de Juana para preguntar si mi Madre ha venido de Nazaret.

-¿Tu Madre? ¿Traes aquí a tu Madre?

-Sí. Voy a estar con ella en Cafarnaún durante toda esta luna. Iré con las barcas por los pueblos de la ribera, pero volviendo todos los días a Cafarnaúm. Debe haber muchos discípulos en esta zona…
-Sí… Muchos… -Judas ha perdido la parlería. Está pensativo.

-¿No tienes nada que decirme, Judas? Estamos los dos solos. ¿No te ha sucedido nada en este tiempo de separación, ningún hecho respecto al cual sientas necesario oír la palabra de tu Jesús? dice Jesús dulcemente, como para ayudar al discípulo a confesar haciéndole sentir todo su misericordioso amor.

-¿Y Tú conoces algo en mí que necesite tus palabras? Si lo conoces -yo la verdad es que no sé de nada que pueda merecer esas palabras-, habla. Es duro para un hombre el tener que indagar sobre las culpas y los defectos y confesarlos a otro…

-El que te habla no es otro hombre, sino…
-No. Eres Dios. Lo sé. Por eso mismo, no es ni siquiera necesario que sea yo el que hable. Tú ya conoces…
-Yo no soy otro hombre, te estaba diciendo, sino tu amigo más amoroso; no te digo el Maestro, el superior, sino que te digo: el amigo…

-Sigue siendo lo mismo. Y sigue siendo fastidiosa la indagación sobre lo que se ha hecho en el pasado y cuya confesión podría acarrearle a uno una serie de reproches.

Aunque la verdad es que más que los reproches duele el hecho de venir a menos en la estima del amigo…

-En Nazaret, el último sábado que estuve allí, Simón Pedro dijo a un compañero, sin darse cuenta, una cosa que debía callar. No era una desobediencia voluntaria, no era maledicencia, no era algo que pudiera causar daño al prójimo.

Simón Pedro se la había dicho a un corazón honesto y a un hombre serio, el cual, viendo que tenía conocimiento, sin voluntad suya ni de Pedro, de una cosa secreta, juró que no repetiría a otros el secreto. Simón podía tranquilizarse… Pero no se tranquilizó hasta que no me confesó la culpa. Enseguida… ¡Pobre Simón! ¡La llamaba culpa!

Pero si en el corazón de los discípulos hubiera sólo culpas como ésa, y mucha, mucha humildad, mucha confidencia, mucho amor, como tiene Pedro, ¡debería proclamarme Maestro de una muchedumbre de santos!…

-Lo que me quieres decir con esto es que Pedro es santo y yo no. Es verdad. No soy un santo. Arrójame de tu presencia entonces…

-Lo que no eres es humilde, Judas. La soberbia te destruye. Y no me conoces todavía… -termina Jesús tristísimamente.

Judas siente esta pena y susurra:
-¡Perdóname, Maestro!…
-Siempre. Pero sé bueno, hijo. ¡Sé bueno! ¿Por qué quieres causarte el mal a ti mismo?

Judas -si son verdaderas o falsas no lo sé-tiene lágrimas en las pestañas y se refugia entre los brazos de Jesús, llorando encima de su hombro.

Y Jesús lo acaricia en el pelo susurrando:

-¡Pobre Judas! ¡Pobre, pobre Judas, que va buscando su paz, y a quien pueda comprenderlo, en lugares donde no puede encontrarlos!…

-Sí. Es verdad. Tienes razón, Maestro. La paz está aquí… entre tus brazos… Soy un desdichado… Sólo Tú me comprendes y me amas… Sólo Tú… El necio soy yo… Perdóname, Maestro.

-Sí, sé bueno, sé humilde. Si caes, ven a mí y te levantaré. Si te sientes tentado, corre a mí; te defenderé, de ti mismo, de quien te odie, de todo… Pero, estáte erguido. Vienen los demás…

-Un beso, Maestro… Un beso… Jesús lo besa…, y Judas recupera su compostura… Sí, pero -pienso yo-la realidad es que no ha confesado en absoluto sus culpas…
-Hemos tardado mucho porque Juana estaba ya levantada y el portero ha querido avisarla. Vendrá hoy, a venerarte, a casa de José -dice Judas Tadeo.

-¿A casa de José? Si cae toda el agua que el cielo promete, esos caminos serán pantanos. No, está claro que Juana no va a venir ni a esa choza ni por esos caminos. Sería mejor que fuéramos nosotros a su casa… -dice Judas, que ya ha recuperado la seguridad.

Jesús no le responde, pero contesta a su primo preguntando:

-¿No nos ha buscado ninguno de los nuestros en casa de Juana?
-Todavía ninguno.
-De acuerdo. Vamos a casa de José. Los otros nos alcanzarán allí…
-Para estar seguros de que nuestras madres están en camino, yo iría a su encuentro… -dice Judas de Alfeo.
-Estaría bien. Pero más de un camino trae a Tiberíades. Y quizás no han tomado el principal…

-Es verdad, Jesús… Vamos…
Andan a buen paso, entre los primeros truenos, con su fuerte fragor en las hoces de los collados que rodean casi por completo al lago, y entre los primeros relámpagos que surcan el cielo lívido. Entran en la casa pobre de José, que parece aún más pobre y oscura con el aire borrascoso. Lo único luminoso que hay es el rostro del discípulo y de sus familiares, dichosos de tener en su casa al Maestro.
-Pero llegas en mal momento, Señor -dice el barquero disculpándose -Con este lago no he podido pescar y… tengo sólo verduras…

-Y tu buen corazón. Pero ya he pensado en ello: ahora van a venir los compañeros con lo que necesitamos. No estés trajinando, mujer… Podemos sentarnos también en el suelo. Hay mucha limpieza. Eres una mujer excelente, lo sé. Y el orden que aquí veo lo confirma.

-¡Oh, mi esposa! ¡Una verdadera mujer fuerte! Mi alegría, nuestra alegría -proclama el barquero, embelesado por el elogio del Señor, que se ha sentado tranquilamente en el borde bajo del hogar apagado, casi en el suelo, y ha puesto entre sus rodillas a un niñito que lo observa asombrado.

Los que habían ido a las compras entran bajo el primer chaparrón. En el umbral de la puerta sacuden los mantos y las sandalias para no meter agua y barro en la casa. Es un maremágnum de truenos, relámpagos, lluvia, viento. El fragor del lago hace de acompañamiento a los solos de las centellas y a los aullidos del viento.

-¡Salud! El verano se moja las plumas y remoja el hogar… Después estaremos mejor… Con tal de que no haga daños a las vides… ¿Puedo ir arriba a mirar el lago? Quiero ver que humor tiene…

-Ve, ve. La casa es vuestra -responde el discípulo a Pedro.
Y Pedro, sólo con la túnica, sale feliz para fruir con la tempestad. Sube la escalera exterior y se queda en la terraza, refrescándose y dando sus responsos a los de dentro, como si estuviera en el puente de su barca y dirigiera las maniobras.

Los demás están sentados, acá o allá, en la cocina, donde apenas se ve, porque tienen que tener la puerta entornada, por el chaparrón; y por el resquicio entra un hilo de luz verdosa, excepto cuando relumbran breves y cegadores los relámpagos…

Vuelve Pedro, mojado como si se hubiera caído en el lago, y sentencia:
-Ahora la tenemos encima de la cabeza. Se aleja hacia Samaria. Va a mojar allí…
-¡A ti te ha mojado ya! Estás chorreando como una fuente -observa Tomás.

-Sí. Pero estoy muy bien después de tanto calor.
-Pasa, que te va a caer mal estar en la puerta mojado de esa forma -aconseja Bartolomé.

-¡No, hombre, no! Yo soy madera añejada… Ya estaba en el agua y todavía no sabía decir bien "padre". ¡Ah, con qué facilidad se respira!… Pero… el camino… es un río… ¡Si vierais el lago! Está de todos los colores y hierve como una cazuela. Ya no sabe uno siquiera hacia dónde van las olas. Hierven donde están… Pero hacía falta…

-Sí, hacía falta. Las paredes ya no se enfriaban, de tanto como las calentaba el sol. Mi vid tenía las hojas abarquilladas, polvorientas… Le echaba agua en la base… Pero, ¡ya, ya!… ¿Qué hace un poco de agua cuando todo el resto es fuego? -dice José.

-Más mal que bien, amigo -sentencia Bartolomé -Las plantas necesitan el agua del cielo, porque beben también con las hojas, ¡eh! Parece que no, pero es así. ¡Las raíces, las raíces! Está bien. Pero también las hojas están para algo y tienen sus derechos…

-¿No te parece, Maestro, que Bartolomé está proponiendo el tema de una hermosa parábola? -dice el Zelote, incitando a Jesús a hablar.
Pero Jesús, que está arrullando al niñito, que tiene miedo a los rayos, no dice la parábola, sino que asiente diciendo:

-¿Y tú cómo la plantearías?
-Sin duda, mal, Maestro. Yo no soy Tú…
-Dila como la sepas. Predicar con parábolas os servirá mucho. Acostumbraos. Te escucho, Simón…

-¡Oh!… Tú, Maestro, yo… necio… Pero obedezco. Yo diría esto:

"Un hombre tenía una hermosa planta de vid. Pero, no poseyendo aquel hombre una viña, había plantado su vid en el pequeño huerto de su casa, para que trepara hasta la terraza a dar sombra y a dar racimos; y cuidaba mucho a su vid. Pero ésta crecía entre casas, junto al camino: por tanto, el humo de las cocinas y hornos y el polvo que venía del camino subían a molestar a la vid. Y, mientras descendían del cielo las lluvias de Nisán, las hojas de la vid se limpiaban de las impurezas y, no teniendo en la superficie una fea costra de suciedad que lo impidiera, gozaban del sol y del aire.

Pero, cuando llegó el verano y el agua dejó de caer del cielo, humo, polvo, excrementos de aves se depositaron en espesos estratos sobre las hojas, mientras el sol, demasiado ardiente, las secaba. El dueño de la vid echaba agua a las raíces que se hundían en el terreno, y por eso la planta no moría; pero vegetaba enfermiza, porque el agua que absorbían las raíces subía sólo internamente, sin que gozaran de ella las míseras hojas.

Es más, del suelo tórrido, humedecido con poca agua, subían efervescencias y emanaciones que estropeaban las hojas, manchándolas como por pústulas dañinas. Pero al final vino una gran lluvia del cielo que cayó sobre las hojas, corrió por las ramas, por los racimos, por el tronco, sofocó el ardor de las paredes y del terreno.

Pasada la tormenta, el dueño de la vid vio su planta limpia, fresca, gozando y produciendo gozo bajo el cielo sereno". Ésta es la parábola».

-Está bien: Pero ¿el parangón con el hombre?…
-Maestro, hazlo Tú.
-No. Tú. Estamos entre hermanos, no debes temer quedar mal.
-Si es por quedar mal, no lo temo como cosa desdichada. Es más, lo amo, porque sirve para mantenerme humilde. Es que no quisiera decir cosas equivocadas…
-Te las corrijo Yo.

-¡Oh, entonces! Mira, yo diría: "Así le sucede al hombre que no vive aislado en los huertos de Dios, sino que vive en medio del polvo y del humo de las cosas del mundo, que lo recubren lentamente de una costra, casi desapercibidamente, y su espíritu se hace infecundo, debajo de una costra de humanidad tan espesa, que la brisa de Dios y el sol de la Sabiduría no pueden ya beneficiarlo.

Y trata inútilmente de poner remedio con un poco de agua, sacada de las prácticas y dada con mucha humanidad a la parte inferior, siendo así que la parte superior no se beneficia… ¡Ay del hombre que no se limpia con el agua del Cielo que limpia las impurezas, que sofoca los ardores de las pasiones, que verdaderamente nutre el yo todo". He dicho.

-Bien has dicho. Yo diría también que, a diferencia de la planta, criatura carente de libre albedrío y clavada en la tierra ­no libre, por tanto, de ir en busca de lo que la beneficia ni de evitar lo que la perjudica-el hombre puede ir a buscar el agua del Cielo y evitar el polvo, el humo y el ardor de la carne y del mundo y del demonio. Sería una enseñanza más completa.

-Gracias, Maestro. Lo recordaré -responde el Zelote.
-No somos unos solitarios… Vivimos en el mundo… Por tanto… -dice Judas de Keriot.

-¿Por tanto, qué? ¿Quieres decir que Simón ha hablado como un necio? -le pregunta Judas de Alfeo.
-No digo eso. Digo que, no pudiéndonos aislar…, tenemos que estar, por fuerza, cubiertos de lo que hay en el mundo.

-El Maestro y Simón dicen precisamente que se debe buscar el agua del Cielo para conservarse uno limpio, a pesar del mundo que nos rodea -dice Santiago de Alfeo.
-¡Ya, claro! Pero ¿está siempre preparada el agua del Cielo para limpiarnos?
-Sí -dice seguro Juan.
-¿Sí? ¿Y dónde la encuentras?
-En el amor.

-El amor es fuego. Te quema más.
-Es fuego, sí. Pero también es agua que lava. Porque se lleva todo lo que es de la Tierra y da todo lo que es del Cielo.

-…No entiendo esas operaciones. Quita, pone…
-Sí. No estoy loco. Digo que te quita lo que es humanidad y te da lo que de Dios viene y por tanto es divino. Y una cosa divina no puede sino nutrir y santificar. Día tras día, el amor te purifica de lo que el mundo te ha dado.
Judas está para rebatir, pero el pequeñuelo que está sobre las piernas de Jesús dice:

-Otra parábola, bonita, bonita… para mí… -y esto hace desviar la controversia.

-¿Sobre qué, niño? -pregunta, condescendiente, Jesús.
El niñito mira a su alrededor y halla. Dirige un dedito hacia su madre y dice: -Sobre mamá.

-Una mamá es para el alma y para el cuerpo lo que para estos mismos es Dios. ¿Qué te hace tu mamá? Vela por ti, te cuida, te enseña, te quiere, está atenta a que no te hagas daño, te tiene, como hace la paloma con sus crías, debajo de las alas de su amor. Y se ha de obedecer y querer a la propia mamá, porque todo lo que hace lo hace por nuestro bien. También el buen Dios, y mucho más perfectamente que la más perfecta de las mamás, tiene a sus hijos bajo las alas de su amor, los protege, los instruye, les ayuda, piensa en ellos de día y le noche.

Pero también al buen Dios, como y mucho más que a la propia mamá ­porque la mamá es el más grande amor de la Tierra, pero Dios es el más grande y eterno amor de la Tierra y del Cielo-ha de obedecérsele y amarlo, porque todo lo que hace lo hace por nuestro bien…

-¿También los rayos? ̿ interrumpe el pequeño, que tiene mucho miedo de ellos.
-También.
-¿Por qué?
-Porque limpian el cielo, el aire y…
-¡Y después viene el arco iris!… -exclama Pedro, que, medio fuera y medio dentro, ha escuchado y ha callado. Y añade:

-Ven, tortolito que te lo muestro. ¡Mira qué bonito!…
Y, efectivamente, la luz se aclara porque la tempestad ha pasado, y un amplio arco iris, que empieza en las orillas de Ippo, proyecta su cinta en forma de arco sobre el lago, para desvanecerse tras los montes a espaldas de Magdala.

Van todos a la puerta, pero para ver el lago tienen que descalzarse, porque el patio es un pequeño estanque de agua amarillenta que lentamente mengua. De la tempestad, queda como recuerdo el color amarillento del lago y todavía una agitación de sus aguas que tiende a calmarse. Pero el cielo está sereno y el aire descargado, y las frondas han tomado de nuevo color.

Tiberíades recobra vida… Pronto se ve venir a Juana -viene con Jonatán-por el camino aún lleno de agua y barro. Alza su rostro para saludar al Maestro, que está en la terraza, y sube rauda para postrarse, feliz… Los apóstoles hablan entre sí; sólo Judas, a mitad de distancia entre Jesús y Juana por un lado y los apóstoles por el otro, se abstrae como pensativo.

Apostaría porque está todo atento a escuchar las palabras de Juana, cuyo pensamiento respecto a Judas no se ha hecho descifrable, porque ha saludado a todos los apóstoles con un único: «La paz a vosotros». Pero Juana habla únicamente de los niños y del permiso que Cusa le ha dado para ir con la barca a Cafarnaúm mientras está el Maestro en la ciudad. Y la sospecha de Judas se calma. Se reúne entonces con los otros compañeros…

Embarradas en los bajos de los vestidos, pero secas en el resto del cuerpo, vese venir a María Santísima y a María de Alfeo, junto con los cinco que han ido a recogerlas. La sonrisa de María, mientras sube por la corta escalera, es más hermosa que el arco iris persistente aún en el cielo.
-¡Tu Madre, Maestro! -avisa Tomás.

Jesús va a su encuentro, y todos los demás con Él. Y se felicitan que las mujeres no presenten signos de dificultades aparte de un poco de barro en el borde de los vestidos.

-Nos hemos parado en casa de un hortelano cuando han empezado las primeras gotas -explica Mateo. Y pregunta:
-¿Hace mucho que nos esperáis?
-No. Hemos llegado al amanecer.

-Hemos tardado por causa de un necesitado… -dice Andrés.
-Bien. Ahora que estáis todos y que el tiempo se pone bueno, propondría salir al atardecer para Cafarnaúm -dice Pedro.

María, siempre condescendiente, esta vez dice:
-No, Simón. No podemos partir si antes… Hijo mío, una madre me suplicó que Tú, que eres el único que puede hacerlo, convirtieras el alma de su único hijo varón. Yo te lo ruego, escúchame, porque le prometí… Perdónalo… Tu perdón…

-Ya está concedido, María. Ya he hablado yo con el Maestro… -interrumpe Judas Iscariote, creyendo que María habla de él.

-No hablo de ti, Judas de Simón. Hablo de Ester de Leví, nazarena, madre que ha muerto a causa de los comportamientos de su hijo. Jesús, ella murió en la noche que te marchaste. Sus invocaciones dirigidas a ti no eran por ella, pobre madre mártir de un hijo infame, sino por su hijo… porque nosotras las madres es de vosotros, los hijos, y no de nosotras, de quienes nos preocupamos… Ella quiere ver salvo a su Samuel… Pero ahora, ahora que ha muerto, Samuel, víctima del remordimiento, parece enloquecido, y no escucha ningún tipo de razones… Pero Tú puedes, Hijo, sanarle la mente y el espíritu…

-¿Está arrepentido?
-¿Cómo quieres que lo esté, si está desesperado?
-Efectivamente, matar a la propia madre dándole un dolor continuo debe hacerle a uno un desesperado. No se viola impunemente el primero de los mandamientos de amor hacia el prójimo. Madre, ¿cómo quieres que Yo perdone y Dios dé paz al matricida impenitente?

-Hijo mío, esa madre te pide paz desde la otra vida… Era buena… ha sufrido mucho…
La paz será suya…

-No, Jesús. No puede tener paz un espíritu de madre, si ve a su hijo privado de Dios…
-Justo es que esté privado.

-Sí, Hijo. Sí. Pero por la pobre Ester… La última palabra fue oración por su hijo… Y me dijo que te lo dijera, Jesús, Ester durante su vida no tuvo nunca una alegría, Tú lo sabes. Dale ésta, ahora que ha muerto; dásela a su espíritu, que sufre por su hijo.
-Madre, he tratado de convertir a Samuel en mis permanencias en Nazaret. Pero mis palabras han sido inútiles, porque en él estaba apagado el amor…

Lo sé. Pero Ester ofreció su perdón, sus sufrimientos, porque renaciera el amor en Samuel. Y, ¿quién sabe?, ¿este tormento suyo actual no podría ser amor que está resucitando? Un amor doloroso, y, alguno podría decir, un amor inútil, porque la madre ya no puede gozarlo. Pero Tú, pero yo, sabemos, yo por fe, Tú por conocimiento, que la caridad de los difuntos está atenta y cercana. Ni ignoran lo que sucede en los amados que han dejado aquí ni se desinteresan de ello…

Y Ester puede aún gozar de este tardío amor por ella de su hijo ingrato, ahora perturbado por el remordimiento. ¡Oh, mi Jesús, ya sé que este hombre te causa horror por la enormidad de su culpa! ¡Un hijo que odia a su madre! Un monstruo para ti que eres todo amor hacia la tuya. Pero, precisamente porque eres todo amor hacia mí, escúchame. Volvamos juntos a Nazaret, enseguida. No siento

el peso del camino, nada me pesa si sirve para salvar un alma…
-Bien. Has vencido, Madre…

-Judas de Simón, toma contigo a José y parte para Nazaret. Me llevarás a Samuel a Cafarnaúm.
-¿Yo? ¿Por qué yo?

-Porque tú no estás cansado. Los otros sí. Durante mucho tiempo han andado, mientras tú descansabas…

-También he andado yo. He estado en Nazaret, buscándote. Tu Madre lo puede decir.

-Tus compañeros han estado en Nazaret todos los sábados y ahora regresan de un largo recorrido. Ve y no discutas…

-Es que… en Nazaret no me estiman… ¿Por qué me mandas precisamente a mí?

-Tampoco me estiman a mí, y no obstante voy a Nazaret. No es necesario que lo estimen a uno en un lugar para ir a él.
Ve y no discutas, te repito.
-Maestro… yo tengo miedo de los dementes…
-Ese hombre está perturbado por el remordimiento, pero no está loco.

-Tu Madre lo ha dicho…

-Y Yo te digo por tercera vez: ve y no discutas. Meditar sobre las consecuencias que puede acarrear el hacer sufrir a una madre sólo podrá hacerte un bien…
-¿Me estás comparando con Samuel? Mi madre es reina en su casa. Ni siquiera estoy con ella controlándola, ni siéndole gravoso con mi mantenimiento…

-A las madres no les son gravosas estas cosas: Pero la falta de amor de los hijos, el que sean imperfectos a los ojos de Dios y de los hombres es una roca que las aplasta. Ve, te digo.

-Voy. ¿Y qué le voy a decir a ese hombre?
-Que venga a verme a Cafarnaúm.
-Si no ha obedecido nunca ni siquiera a su madre, ¿cómo quieres que me obedezca a mí ahora, estando además tan desesperado?

-¿Y no has comprendido todavía que si te envío es señal de que ya he actuado en el espíritu de Samuel, sacándolo del delirio del remordimiento desesperado?

-Voy. Adiós, Maestro. Adiós, Madre. Adiós, amigos.
-Y se marcha, sin ningún entusiasmo, seguido por José, que por el contrario está todo contento de ser elegido para esa misión.

Pedro, entre dientes, canturrea algunas palabras…
Jesús le pregunta:
-¿Qué dices, Simón de Jonás.
-Cantaba una vieja canción del lago…
-¿Y cuál es?

-Es: "¡Siempre así! ¡Le gusta la pesca al agricultor, no le gusta pescar al pescador!". Y en verdad aquí se ha visto que ha tenido más ganas de pescar el discípulo que el apóstol…

Muchos se echan a reír. Jesús no se ríe, suspira.
-¿Te he apenado, Maestro? - pregunta Pedro.
-No. Pero no critiques siempre.
-Es por Judas por quien está apenado mi hermano - dice Judas de Alfeo.

-Guarda silencio también tú; sobre todo, en lo hondo de tu corazón.

-Pero ¿verdaderamente se ha efectuado ya en Samuel el milagro? - pregunta, curioso y un poco incrédulo, Tomás.
-Sí.

-Entonces es inútil que vaya a Cafarnaúm.
-Es necesario. No he curado del todo su corazón. Samuel tiene que buscar por sí mismo la curación, o sea, el perdón con un arrepentimiento santo. Pero he hecho que de nuevo sea capaz de razonar. Ahora le toca a él obtener el resto con su libre voluntad. Vamos a bajar. Vamos a estar con los humildes…

--¿No a mi casa, Maestro?
-No, Juana. Tú podrás venir a verme cuando quieras. Ellos están atados por sus trabajos, así que voy yo a ellos…

-Y Jesús baja de la terraza y sale a la calle seguido por los demás, también por Juana, que está bien decidida a no
separarse de Jesús, dado que Jesús no está dispuesto a ir a su casa.

Van por entre las casitas pobres, en dirección a lugares cada vez más pobres y periféricos… Y la visión termina así.

444- Las dotes de Margziam. Lección sobre la caridad, sobre la salvación, sobre los méritos del Salvador

-¿Dónde has dejado las barcas, Simón, cuando has venido a Nazaret? -pregunta Jesús mientras camina en dirección nordeste, dando la espalda a la llanura de Esdrelón y en dirección al Tabor.

-Las he mandado de nuevo a pescar, Maestro. Pero he dicho que cada tres días estén en Tariquea… No sabía cuánto tiempo me quedaría contigo.

-Muy bien. ¿Quién de vosotros quiere ir a advertir a mi Madre y a María de Alfeo que se agreguen a nosotros en Tiberíades? En casa de José es la cita.

-Maestro… quisiéramos todos. Di Tú quién debe ir y será mejor.

-Entonces Mateo, Felipe, Andrés y Santiago de Zebedeo. Los otros que vengan conmigo a Tariquea. Explicaréis a las mujeres el motivo del retraso. Y decidles que cierren la casa y que vengan. Estaremos juntos durante una luna entera. Marchaos, que aquí está la bifurcación. Y que la paz esté con vosotros.

Besa a los cuatro que se separan y reanuda la marcha con los otros.

Pero después de pocos pasos se detiene y observa a Margziam, que camina un poco retrasado, con la cabeza baja. Cuando el jovencito llega a donde Él, Jesús le pasa la mano por debajo del mentón y le fuerza a levantar la cara: dos líneas de llanto hay en el rostro morenito.
-¿Irías con gusto también tú a Nazaret?
-Sí, Maestro… Pero haz lo que Tú quieras.

-Quiero que te sientas confortado, hijo mío… Ve… corre detrás de aquéllos. La Madre te consolará.

Lo besa y lo deja partir. Margziam se echa a correr y pronto alcanza a los cuatro.

-Es todavía un niño… -observa Pedro.
-Y sufre mucho… Ayer por la noche, que lo encontré llorando en un rincón de la casa, me dijo: "Es como si se me hubieran muerto ayer mi padre y mi madre… La muerte del anciano padre me ha abierto de nuevo todo el corazón…" -dice Juan.

-¡Pobre hijo!… Pero ha sido buena cosa el que haya estado presente en esa muerte… -dice el Zelote.
-¡Se había hecho tantas ilusiones de poder hacer algo por el anciano!… Me decía Porfiria que hacía todo tipo de sacrificios para poder reunir el dinero. Ha trabajado en los campos, ha hecho haces de leña para los hornos, ha pescado, no ha comido los quesitos, para venderlos, ni la miel, para venderla… Tenía esa preocupación en su corazón y quería tener consigo al anciano… ¡En fin! -dice Pedro.
-Es un hombre de propósitos serios. No le pesa ni el sacrificio ni el trabajo. Buenas cualidades -dice Bartolomé.

-Sí, es un buen hijo y se contará entre los mejores discípulos. Ya veis con qué disciplina se guía incluso en los momentos más desazonados… Su corazón afligido añoraba a María, pero no ha pedido ir con ella. Ha entendido tan bien lo que es fuerza en la oración, que supera a muchos adultos -dice Jesús.
-¿Tú crees que hace los sacrificios con una finalidad determinada? -pregunta Tomás.

-Estoy seguro de ello.
-Es verdad. Ayer dio la fruta a un viejo diciéndole: "Reza por el padre de mi padre, que se me ha muerto hace poco", y yo le hice esta observación: "Él está en paz, Margziam. ¿No crees válida la absolución de Jesús?". Me respondió: "La creo válida. Pero al ofrecer sufragios pienso en las almas por las que ninguno reza, y digo: si a mi padre ya no le hace falta, pues que vayan estos sacrificios para aquellos en quien nadie piensa". Y me he sentido edificado -dice Santiago de Alfeo.

-Sí. Ayer se acercó a mí y, echándome los brazos al cuello, porque en el fondo es todavía un niño, me dijo: "Ahora sí que eres mi padre del todo… y te devuelvo lo que tu bondad me había posibilitado ahorrar. Ya no le sirve ese dinero a mi anciano padre,… y tú y Porfiria hacéis mucho por mí…". Yo, conteniendo a duras penas las lágrimas, le respondí:

"No, hijo mío. Vamos a usar ese dinero en limosnas para los ancianos pobres o para huerfanitos pobres, y Dios usará tus limosnas para aumentar la paz al pobre anciano". Y Margziam me dio dos besos tan fuertes, que… bueno… que ya no pude contener las lágrimas. Y, Bartolomé, como te está agradecido por haber corrido con los gastos, me decía: "Para mí, el honor dado al anciano no tiene precio. Le voy a decir a Bartolomé que me tenga como criado".

-¡Pobre hijo! ¡Ni durante una hora! Él sirve al Señor y nos edifica a todos. He honrado a un justo. Podía hacerlo, porque mi nombre es conocido y me es fácil encontrar a alguien que me anticipe. Desde Betsaida me encargaré de saldar la pequeña deuda, en el fondo una menudencia…
-Sí. Como dinero es poco, porque los de Yizreel han sido generosos. Pero tu amor hacia el condiscípulo no es una menudencia. Porque todo acto de amor tiene un valor grande.

Vosotros estáis formándoos en este amor al prójimo, que es la segunda parte del precepto básico de la Ley de Dios, y que en realidad en Israel ha caído mucho en abandono. Los muchos preceptos y ese andarse con tiquismiquis -cosas que han subseguido a la clara, coherente, completa Ley del Sinaí, dentro de su brevedad-han tergiversado la primera parte de ese precepto básico, reduciéndolo a un cúmulo de ritos exteriores a los que les falta lo que les da el nervio, el valor, la verdad; o sea, falta la adhesión activa del interior -con las obras que cumple, con las tentaciones que supera-a las formas de culto externo. ¿Qué valor puede tener a los ojos de Dios la ostentación de un culto, cuando luego en el interior el corazón no ama a Dios, no se anonada en un respetuosísimo amor a Dios, cuando no lo alaba y admira teniendo amor por las cosas hechas por Él, y en primer lugar por el hombre, que es la obra maestra de la Creación terrestre?

¿Veis dónde se ha producido el error en Israel?: en haber hecho, en un primer momento, de un único precepto dos preceptos, para separar luego netamente, con la decadencia de los espíritus, el segundo del primero, como si fuera una rama inútil. No era una rama inútil, no eran ni siquiera dos ramas: era un único tronco, que ya desde la base se había adornado con las distintas virtudes de los dos amores.

Mirad esa gruesa higuera que ha nacido allá arriba, encima de aquel collado. Nacida espontáneamente, casi en la raíz, o sea, apenas salida de la tierra, se ha formado en dos ramas tan unidas, que las dos cortezas se han fundido; pero cada una de las dos ramas han dado las propias frondas a los lados, en forma tan caprichosa, que ha dado el nombre de "Casa de la higuera gemela" a este pueblecillo que está en este pequeño collado.

Ahora bien, si uno quisiera ahora separar los dos troncos, que en el fondo son un solo tronco, debería usar la segur o la sierra. Pero, ¿qué haría? Haría morir a la planta, o, si fuera tan hábil que guiara la segur o la sierra de forma que lesionara a uno de los dos troncos solamente, salvaría uno de los dos, pero el otro moriría inexorablemente, y el que quedara, aunque siguiera vivo, estaría semimuerto, y probablemente perdería vigor y no daría ya fruto o lo daría muy escaso.

Lo mismo ha sucedido en Israel. Han querido cortar, separar las dos partes (tan unidas que son verdaderamente una cosa sola); han querido retocar lo que era perfecto. Porque todas las obras de Dios son perfectas, todos los pensamientos, todas las palabras. Por tanto, si Dios en el Sinaí mandó amar a Dios santísimo y al prójimo con un único precepto, está claro que no son dos preceptos que puedan ser practicados con independencia el uno del otro, sino que son un solo precepto.

Y, no bastándome nunca la formación de que os hago objeto en esta sublime virtud (la mayor de todas, la que sube con el espíritu al Cielo, porque es la única que subsiste en el Cielo), insisto en ella, que es alma de toda la vida del espíritu, el cual pierde la vida si pierde la Caridad, porque pierde a Dios.

Oídme. Imaginad que a vuestra puerta vengan un día a llamar dos riquísimos esposos, pidiendo hospitalidad para toda la vida. ¿Podríais decir: “Aceptamos al esposo, pero no queremos a la esposa", sin oír esta respuesta del esposo: "Eso no puede ser, porque no me puedo separar de la carne de mi carne. Si no queréis acogerla, yo tampoco me puedo alojar en vuestra casa, y me voy con todos mis tesoros, de los cuales os habría hecho copartícipes”?

Dios está aunado con la Caridad. Esta es verdaderamente, y más íntima y verdaderamente que dos esposos que se aman intensamente, espíritu de su Espíritu. Es Dios mismo la Caridad. La Caridad no es sino el aspecto más manifiesto, más ilustrativo de Dios.

Entre todos sus atributos, es el atributo rey y el atributo origen, porque todos los demás atributos de Dios nacen de la caridad. ¿Qué es la Potencia sino caridad que obra? ¡Qué es la Sabiduría sino caridad que enseña? ¿Qué es la Misericordia sino caridad que perdona? ¿Qué es la Justicia sino caridad que administra? Y podría continuar así para todos los innumerables atributos de Dios.

¿Y bien?, ¿teniendo en cuenta esto que digo, podéis pensar que quien no tiene la Caridad puede tener a Dios? No lo tiene. ¿Podéis pensar que pueda acoger a Dios y no la Caridad, esa Caridad que es única y abraza Creador y criaturas y no se puede tener de ella sólo una mitad, la tributada al Creador, sin tener también la otra mitad, la tributada al prójimo?

Dios está en las criaturas. Está en ellas con su señal imborrable, con sus derechos de Padre, de Esposo, de Rey.

El alma es su trono; el cuerpo, su templo. Ahora bien, el que no ama a un hermano suyo y lo hace objeto de desprecio, hace desprecio, produce dolor, niega su reconocimiento al Amo de la casa de su hermano, al Rey, al Padre, al Esposo de su hermano; y es natural que este gran Ser que es Todo, y que está presente en un hermano, en todos los hermanos, haga suya la ofensa infligida al ser menor, a la parte del Todo, o sea, a éste o a aquel hombre. Por este motivo os he enseñado las obras de misericordia corporales y espirituales; por esto, os he enseñado a no escandalizar a los hermanos; por esto, os he enseñado a no juzgar, a no despreciar, a no rechazar a los hermanos, ya sean buenos, ya sean no buenos, fieles o gentiles, amigos o enemigos, ricos o pobres.

Cuando en un tálamo se verifica una concepción, ésta se forma con el mismo acto, ya se produzca en un tálamo de oro, ya se produzca en el mullido de paja de un establo. Y la criatura que se forma en el seno regio no es distinta de la que se forma en el seno de una mendiga.

La concepción, el hecho de formar un nuevo ser es igual en todos los puntos de la Tierra, cualquiera que fuere su religión. Todas las criaturas nacen como nacieron Abel y Caín del seno de Eva. Y a la igualdad de la concepción, formación y modo de nacer, de los hijos de un hombre y una mujer en la Tierra, corresponde otra igualdad en el Cielo: la creación de un alma para ser infundida en el embrión, para que el embrión sea de hombre y no de animal y lo acompañe desde el momento en que es creada hasta la muerte, y sobreviva a él en espera de la resurrección universal para volver a unirse, entonces, al cuerpo resucitado y recibir con él el premio o el castigo. El premio o el castigo, según las acciones realizadas en la vida terrena.

Porque no os penséis que la Caridad es injusta y que, sólo porque muchos no vayan a ser de Israel o de Cristo, aun siendo virtuosos en la religión que siguen, convencidos de estar en la verdadera, vayan a permanecer para toda la eternidad sin premio. Después del fin del mundo, ninguna virtud sobrevivirá, sino la Caridad, o sea, la unión del Creador y de todas las criaturas que vivieron con justicia. No habrá muchos Cielos (uno para Israel, uno para los cristianos, uno para los católicos, uno para los gentiles, uno para los paganos); no los habrá, sino que habrá un solo Cielo. Igualmente, habrá un solo premio:

Dios, el Creador que se une de nuevo con aquellas criaturas suyas que han vivido en justicia, en las cuales, por la belleza de los espíritus y de los cuerpos de los santos, admirará su propio Ser con alegría de Padre y de Dios. Habrá un solo Señor. No un Señor para Israel, uno para el catolicismo, uno para cada una de las otras religiones.

Ahora os voy a revelar una gran verdad. Recordadla. Transmitidla a vuestros sucesores. No esperéis siempre a que el Espíritu Santo proyecte luz sobre las verdades, después de años o siglos de oscuridad. Oíd.

Vosotros quizás decís: "Pero entonces, ¿qué justicia hay en el hecho de ser de la religión verdadera, si al final del mundo vamos a ser tratados de la misma manera que los gentiles?". Os respondo: la misma justicia que hay -y es justicia verdadera­ para aquellos que aun siendo de la religión santa no serán bienaventurados por no haber vivido como santos. Un pagano virtuoso, por el solo hecho de haber vivido con virtud escogida, convencido de que su religión era buena, tendrá al final el Cielo.

¿Pero cuándo? Cuando llegue el fin del mundo, cuando de las cuatro moradas de los que han muerto queden sólo dos: el Paraíso y el Infierno. Porque la Justicia en ese momento deberá conservar y dar estos dos reinos eternos, respectivamente a quien del árbol del libre albedrío escogió los frutos buenos y a quien quiso los malos.

¡Pero, cuánta espera antes de que un pagano virtuoso llegue a ese premio!… ¿No consideráis esto? Y esa espera, especialmente desde el momento en que la Redención, con todos los consiguientes prodigios, se verifique, y el Evangelio sea predicado en el mundo, será la purgación de las almas que vivieron con justicia en otras religiones y que no pudieron entrar en la Fe verdadera después de conocerla como existente y efectivamente real. Para ellos el Limbo durante siglos y siglos, hasta el fin del mundo.

Para los creyentes que creen en el Dios verdadero y que no supieron ser heroicamente santos, el largo Purgatorio (y para algunos podrá terminar en el fin del mundo). Pero, después de la expiación y la espera, todos los buenos, cualquiera que fuere su procedencia, estarán a la derecha de Dios; los malos, cualquiera que fuere su procedencia, a la izquierda, y luego en el Infierno horrendo; mientras que el Salvador entrará con los buenos en el Reino eterno.

Señor, perdona si no te entiendo. Lo que dices es muy difícil… al menos para mí… Dices siempre que eres el Salvador y que redimirás a los que creen en ti. ¿Y entonces los que no creen, o porque no te han conocido por haber vivido antes, o porque -¡es tan grande el mundo!-no han tenido noticia de ti, cómo pueden ser salvados? -pregunta Bartolomé.

-Ya te lo he dicho: por su vida de justos, por sus obras buenas, por esa fe suya que consideran verdadera.
-Pero no han recurrido al Salvador…

-Pero el Salvador por ellos, también por ellos, sufrirá. ¿No consideras, Bartolmái, qué gran valor tendrán mis méritos de Hombre Dios?

-Mi Señor, en todo caso inferiores a los de Dios, a los que, por consiguiente, posees desde siempre.

-Respuesta correcta y no correcta. Los méritos de Dios son infinitos, dices, Todo es infinito en Dios. Pero Dios no tiene méritos, en el sentido de que no ha merecido. Tiene atributos, virtudes propias suyas. Él es el que es: la Perfección, el Infinito, el Omnipotente. Pero para merecer hay que llevar a cabo, con esfuerzo, algo que sea superior a nuestra naturaleza. No es un mérito comer, por ejemplo.

Pero puede ser un mérito el saber comer parcamente, haciendo verdaderos sacrificios para dar a los pobres lo que ahorramos. No es un mérito el estar callados, pero lo es cuando lo estamos no replicando contra una ofensa. Y así sucesivamente. Ahora bien, como tú puedes comprender, Dios, que es perfecto, infinito, no tiene necesidad de someterse a esfuerzo. Pero el Hombre Dios puede someterse a esfuerzo, humillando la infinita Naturaleza divina a la limitación humana, venciendo a la naturaleza humana, que no está ausente de Él ni en Él es metafórica, sino que es real, con todos sus sentidos y sentimientos, con sus posibilidades de sufrimiento y muerte, con su voluntad libre.

A nadie le gusta la muerte, especialmente si es dolorosa, precoz e inmerecida. A ninguno le gusta. Y, no obstante, todo hombre debe morir. Por tanto, el hombre debería mirar a la muerte con la misma alma con que ve que termina todo lo que tiene vida. Pues bien, Yo fuerzo a mi Humanidad a amar la muerte. No sólo esto. He elegido la vida para poder tener la muerte. Por la Humanidad.

Por eso, Yo, en mi condición de Hombre-Dios, adquiero esos méritos que en mi condición de Dios no podía adquirir. Y, con ellos, que son infinitos por la forma como los adquiero, por la Naturaleza divina unida a la humana, por las virtudes de caridad y obediencia con las cuales me he puesto en condiciones de merecerlos, por la fortaleza, la justicia, la templanza, la prudencia, por todas las virtudes que he puesto en mi corazón para hacerlo grato a Dios, mi Padre, Yo tendré un poder infinito no sólo como Dios, sino como Hombre que se inmola por todos, o sea, que alcanza el límite máximo de la caridad. Lo que da el mérito es el sacrificio.

Cuanto mayor es el sacrificio, mayor es el mérito. Si es completo el sacrificio, completo es el mérito; si perfecto el sacrificio, perfecto el mérito, y utilizable según la santa voluntad de la víctima, a la que el Padre dice:

"¡Sea como tú quieres!", porque la víctima lo ha amado sin medida y ha amado al prójimo sin medida.

Y os digo que el más pobre de los hombres puede ser el más rico y beneficiar a un número sin medida de hermanos, si sabe amar hasta el sacrificio. Os digo que, aunque no tuvierais ni una miga de pan ni un vaso de agua ni un vestido roto, podríais hacer un bien siempre. ¿Cómo? Orando y sufriendo por los hermanos. ¿Hacer un bien a quién? A todos. ¿De qué forma? De mil maneras, todas santas, porque si supierais amar sabríais obrar como Dios, y enseñar, perdonar, administrar, y, como el Hombre-Dios, redimir.

-¡Oh, Señor, danos esta caridad! -suspira Juan.
-Os la da Dios, porque se da a vosotros. Pero vosotros debéis acogerla y practicarla cada vez más perfectamente.

Ningún hecho debe estar para vosotros separado de la caridad. Desde los hechos materiales a los del espíritu.

Todo se haga con caridad y por la Caridad. Santificad vuestras acciones, vuestras jornadas; poned la sal en vuestras oraciones, la luz en vuestras acciones. La luz, el sabor, la santificación, es la caridad. Sin ella, nulos son los ritos y vanas las oraciones, falsas las ofrendas.

En verdad os digo que la sonrisa con que un pobre os saluda como a hermanos tiene más valor que el saco de monedas que uno puede arrojaros a los pies sólo para ser notado. Sabed amar y Dios estará con vosotros, siempre.
-Enséñanos a amar así, Señor.

-Hace dos años que lo estoy haciendo. Haced lo que me veis hacer y estaréis en la Caridad, y la Caridad estará en vosotros, y tendréis el sello, el crisma, la corona que harán que seáis verdaderamente reconocidos como ministros de Dios-Caridad. Ahora vamos a detenernos en este lugar umbrío. Aquí hay hierba tupida y alta, y los árboles mitigan el calor. Proseguiremos cuando atardezca…

Categorías