427- Bartolomé instruye a Áurea Gala

Son tan precoces las albas estivas, que breve es el tiempo que media entre el ocaso de la Luna y la aparición del primer albor.

De manera que, a pesar de que hayan andado ligeros, la fase más oscura de la noche los sorprende todavía en las cercanías de Cesárea; y tampoco da suficiente luz una rama encendida de un arbusto espinoso. Es necesario hacer un alto, incluso porque la jovencita, menos acostumbrada que ellos a andar de noche, tropieza a menudo en las piedras medio sepultadas en la arena.

-Es mejor pararse un poco. La niña no ve y está cansada -dice Jesús.

-No, no, puedo… Vamos lejos, lejos… Podría venir. Por aquí hemos pasado para ir a aquella casa -dice, entrechocando los dientes, la jovencita, mezclando hebreo y latín en un nuevo idioma, para que la entiendan.

-Iremos detrás de aquellos árboles y no nos verá nadie. No temas -le responde Jesús.

-Sí, no temas. Ese… romano a esta hora está debajo de la mesa como una cuba… -dice Bartolomé para tranquilizarla.

-Y además estás con nosotros. ¡Nosotros te queremos! No dejamos que te hagan daño. ¡Oye, que somos doce hombres fornidos!… -dice Pedro, poco más alto que ella, pero tan corpulento cuanto grácil es ella, tan quemado por el sol cuanto nívea es ella, pobre flor crecida a la sombra para que fuera más estimulante y valiosa.

-Eres una hermanita. Y los hermanos defienden a las hermanas… -dice Juan.

La jovencita, a la luz última de la improvisada antorcha, alza hacia sus consoladores los claros iris gris hierro apenas teñido de azul, dos limpios iris aún brillantes por el llanto vertido con el terror de poco antes… Es recelosa, pero, no obstante, de ellos se fía. Y cruza con los otros el reguero seco que está pasado el camino, para entrar en una propiedad que termina allí en un tupido huerto.

Se sientan. Es noche oscura. Esperan. Los hombres quizás dormirían. Pero cualquier ruido hace dar un gemido a la muchacha, y el galope de un caballo le hace agarrarse convulsa al cuello de Bartolomé, que, quizás, por ser muy anciano, atrae su confianza y confidencia. Por tanto es imposible dormir.

-¡Pero no tengas miedo! Cuando se está con Jesús ya no pasa nada malo -dice Bartolomé.
-¿Por qué? -pregunta la muchacha, temblorosa y enroscada todavía al cuello del apóstol.
-Porque Jesús es Dios en la Tierra, y Dios es más fuerte que los hombres.
-¿Dios? ¿Qué es Dios?

-¡Pobre criatura! ¡Pero cómo te han criado! ¿No te han enseñado nada?

-A tener blanca la piel, brillante el pelo, a obedecer a los amos… a decir siempre que sí… Pero yo no podía decir que sí al romano… era feo y me producía miedo… Todo el día miedo… Siempre allí… cuando el baño, cuando una se viste… y unos ojos… y las manos… ¡oh!… Y a quien no dice "sí" le dan de palos…
-No recibirás palos. Ya no está el romano, ni sus manos… Lo que hay es la paz… le responde Jesús.

Y los otros comentan:
-¡Pero qué horror! ¡Como a animales de valor, no más que como a animales! Y peor todavía… Porque un animal sabe al menos que le enseñan a arar o a llevar la montura y el bocado porque ésa es su función. ¡Pero esta criatura ha sido arrojada allí sin saber!…

-Yo, si hubiera sabido, me habría echado al mar. Había dicho: "Te haré feliz"…
-Efectivamente te ha hecho feliz. De una manera que no imaginaba. Feliz para la Tierra y para el Cielo. Porque conocer a Jesús es felicidad -le dice el Zelote.

Un silencio, en que cada uno medita en los horrores del mundo. Luego, en voz baja, la niña pregunta a Bartolomé:
-¿Me dices lo que es Dios? ¿Y por qué Él es Dios? ¿Porque es guapo y bueno?

-Dios… ¿Cómo arreglárselas para enseñarte tanto a ti que estás vacía de toda idea religiosa?
-¿Religiosa? ¿Qué es?

-¡Altísima Sabiduría! ¡Me siento como uno que se está ahogando en un gran mar! ¿Cómo me las arreglo ante esta sima?

-Es muy sencillo, Bartolomé, lo que difícil te parece. Es una sima, sí, pero vacía. Y puedes colmarla de Verdad. Peor es cuando las simas están colmas de fango, venenos, serpientes… Habla con la sencillez con que hablarías a un niño pequeño. Te comprenderá de forma que mejor que ella no te comprendería un adulto.

-¡Maestro! ¿Pero no podrías hacerlo Tú?
-Podría. Pero la muchacha aceptará las palabras de un semejante suyo más fácilmente que las mías de Dios. Y además es que… en el futuro os encontraréis ante estas simas, para llenarlas de mí, y debéis aprender a hacerlo.
-Es verdad. Voy a intentarlo. Escúchame, niña… ¿Te acuerdas de tu mamá?

-Sí, Señor. Hace siete años que las flores florecen sin ella. Pero antes estaba con ella.
-De acuerdo. ¿Y te acuerdas de ella? ¿La quieres?
-¡Oh! -un acceso de llanto unido a la exclamación dice todo.

-Pobre criatura, no llores… Escucha… El amor que sientes por tu mamá…
-…Y mi padre… y mis hermanitos… -dice entre sollozos la niña.

-Sí… por tu familia, el amor por tu familia, el pensamiento que tienes de tu familia, el deseo de volver a ella…
-¡Ya nunca!…

-Bueno pues… todo esto es una cosa que se puede llamar la religión de la familia. Las religiones, las ideas religiosas, por tanto, son el amor, el pensamiento y el deseo de ir a donde está Aquel o aquellos en quienes creemos, a quienes amamos y anhelamos.
-¡Ah! Y si yo creo en ese Dios, tendré una religión… ¡Es fácil!

-Bien. ¿Fácil qué? ¿Tener una religión o creer en ese Dios?
-Una cosa y la otra. Porque se cree fácilmente en un Dios bueno como ése. El romano nombraba muchos dioses y juraba… decía: "¡Por la diosa Venus!", "¡por el dios Cupido!". Pero debían ser dioses no buenos, porque él hacía cosas no buenas cuando los nombraba.
-No es estúpida la niña -comenta Pedro en voz baja.
-Pero todavía no sé qué es Dios. Yo lo veo hombre como tú… Es un hombre Dios entonces. ¿Y entonces cómo podemos comprenderlo? ¿En qué es más fuerte que todos? No tiene ni espadas ni siervos…

-Maestro, ayúdame…

-¡No, hombre, Natanael, que enseñas muy bien!…
-Lo dices por bondad… De todas formas vamos a intentar seguir adelante. Escucha, niña… Dios no es hombre. Él es como una luz, una mirada, un sonido, tan grandes, que llenan el cielo y la tierra e iluminan todo, y todo lo ve, instruye todo y a todo da órdenes…
-¿También al romano? Entonces no es un Dios bueno. ¡Tengo miedo!

-Dios es bueno y da órdenes buenas, y a los hombres les había dado órdenes de no hacer guerras, de no hacer esclavos, de dejar a las niñas con sus madres y no aterrorizar a las muchachas. Pero los hombres no escuchan siempre las órdenes de Dios.
-Pero tú sí…
-Yo sí.

-Pero, si es más fuerte que nadie, ¿por qué no se hace obedecer? ¿Y cómo habla, si no es hombre?
-Dios… ¡oh, Maestro!…

-Sigue, Bartolmái. ¿Siendo un maestro tan sabio y sabiendo decir con tanta sencillez los más altos pensamientos, tienes miedo? ¿No sabes que el Espíritu Santo está en los labios de los que enseñan la Justicia?

-¡Parece tan fácil cuándo uno te escucha!… Y todas tus palabras están aquí dentro… ¡Pero para sacarlas afuera cuando se debe hacer lo que Tú haces!… ¡Ay, míseros de nosotros, pobres hombres! ¡Qué maestros de tres al cuarto!
-Reconocer vuestra nada predispone al espíritu a la enseñanza del Espíritu Paráclito…

-De acuerdo. Escucha, niña. Dios es fuerte, fortísimo, más que César, más que todos los hombres puestos juntos con sus ejércitos y máquinas de guerra. Pero no es un amo despiadado que haga decir siempre que sí, so pena del azote para quien no lo dice. Dios es un padre. ¿Tu padre te quería?

-¡Mucho! Me puso por nombre Áurea Gala, porque el oro es precioso y Galia es la patria, y decía que me quería más que al oro que un tiempo tuvo y más que a la patria…
-¿Tu padre te apaleaba?
-No. Nunca. Aunque fuese mala me decía: "¡Pobre hija mía!" y lloraba…

-¡Eso! Así hace Dios. Es padre, nos ama y llora si somos malos, pero no nos fuerza a obedecerle. Pero el que es malo será un día castigado con suplicios horrendos…
-¡Oh, qué bien! ¡En los suplicios el amo que me arrebató de mi madre y me llevó a la isla y el romano! ¿Y lo voy a ver yo?

-Tú verás a Dios de cerca, si crees en Él y eres buena. Pero para ser buena no debes odiar ni siquiera al romano.
-¿No? ¿Y cómo lo hago?
-Orando por él o…
-¿Qué es orar?

Hablarle a Dios diciéndole lo que queremos…
-¡Pero yo quiero la mala muerte para los amos! -dice con salvaje vehemencia la muchacha.
-No, no debes hacerlo. Jesús no te quiere si hablas así…
-¿Por qué?

-Porque no se debe odiar a quien nos haya hecho el mal.
-Pero no puedo quererlos…
-Por ahora olvídalos… Trata de olvidarlos… Luego, cuando estés más… instruida en Dios, orarás por ellos… Bueno, estábamos diciendo que Dios es poderoso, pero deja libres a sus hijos.
-¿Yo hija de Dios? ¿Tengo dos padres? ¿Cuántos hijos
tiene?

-Todos los hombres son hijos de Dios, porque han sido hechos por Él. ¿Ves las estrellas allá arriba? Las ha hecho Él. ¿Y estos árboles? Los ha hecho Él. Y la tierra donde estamos sentados, y aquel pájaro que canta, y el mar con su grandeza, todo, y a todos los hombres. Y los hombres son más hijos que todo, porque son hijos por una cosa que se llama alma y que es luz, sonido, mirada, no grandes como su luz, su sonido, su mirada, que llenan el Cielo y la Tierra, pero bonitos de todas formas, y que no mueren nunca, como tampoco muere Él.

-¿Dónde está el alma? ¿Yo la tengo?
-Sí. En tu corazón, y es la que te ha hecho comprender que el romano era malo, y ciertamente no te hará desear ser como él. ¿No es verdad?
-Sí…

La jovencita reflexiona después del titubeante sí… Luego dice con seguridad:

-Sí! Era como una voz de dentro y una necesidad de que alguien me auxiliara… y con otra voz aquí dentro -pero esta era mía -llamaba a mi mamá… porque no sabía que existía Dios, que existía Jesús… Si lo hubiera sabido, le habría llamado a Él con aquella voz que tenía aquí dentro…

-Has comprendido bien, niña, y crecerás en la Luz. Yo te lo digo. Cree en el Dios verdadero, escucha la voz de tu alma virgen respecto a la sabiduría adquirida, pero virgen también respecto a la mala voluntad, y tendrás en Dios a un Padre, y en la muerte, que es paso de la Tierra al Cielo para los que creen en el Dios verdadero y son buenos, tendrás un puesto en el Cielo, cerca de tu Señor -dice Jesús, poniendo la mano en la cabeza de la jovencita, la cual cambia de postura, se arrodilla y dice:
-De ti. Es bonito estar contigo. No te separes de mí, Jesús. Ahora sé quién eres y me postro. En Cesárea tenía miedo de hacerlo… Pero me parecías un hombre. Ahora sé que eres un Dios escondido en un hombre y para mí eres
Padre, y Protector.

-Y Salvador. Áurea Gala.
-Y Salvador. Me has salvado.
-Y te salvaré más. Tendrás un nombre nuevo…

-¿Me quitas el nombre que me dio mi padre? El amo en la isla me llamaba Aurea Quintilia, porque nos dividían por color y por número y yo era la quinta rubia así… Pero ¿por qué no me dejas el nombre que me dio mi padre?
-No te lo quito. Llevarás, añadido a tu antiguo nombre, el nombre nuevo, eterno».
-¿Cuál?

-Cristiana. Porque Cristo te ha salvado. Pero ya clarea. Vamos… ¿Ves, Natanael, como es fácil hablar de Dios a las simas vacías?… Has hablado muy bien. La niña se formará rápidamente en la Verdad… Ve adelante con mis hermanos, Áurea…

La niña obedece, pero con temor. Preferiría permanecer junto a Bartolomé, el cual comprende y promete:
-Voy inmediatamente yo también. Ve, obedece…
Y va sólo con Jesús, Pedro, Simón y Mateo, observa:

-Es una pena que la tenga Valeria. Al fin y al cabo es una pagana…

-No puedo imponérsela a Lázaro…
-Está también Nique, Maestro -sugiere Mateo.
-Y Elisa… -dice Pedro.
-Y Juana… Es amiga de Valeria, y Valeria se la cede sin duda de buena gana. Estaría en una casa buena -dice el Zelote.

Jesús piensa y guarda silencio…

-Bueno, Tú verás… Yo voy donde la muchacha, que se vuelve continuamente. Se fía de mí porque soy viejo… La tomaría conmigo… una hija más… Pero no es de Israel… -y se marcha el bueno de Natanael, bueno aunque demasiado israelita.

Jesús lo mira mientras camina y menea la cabeza.
-¿Por qué ese gesto, Maestro? -pregunta el Zelote.
-Porque… me da pena ver que los sabios también son esclavos de los prejuicios…

-Pero… así, entre nosotros… Bartolmái tiene razón… y, es más, deberías tomar medidas… Acuérdate de Síntica y Juan… No vaya a suceder una cosa igual… Mándasela a Síntica… -dice Pedro, que tiene miedo de complicaciones por la presencia de la paganita entre ellos.

-Pronto morirá Juan… Síntica no está todavía suficientemente formada como para ser maestra de una niña como ésta… No es ambiente adecuado…

-De todas formas, no debes tenerla. Piensa que Judas pronto estará con nosotros. Y Judas, Maestro, déjame que lo diga, es un lujurioso y un… uno que suelta la lengua con facilidad con tal de obtener ganancias… y tiene demasiados amigos entre los fariseos… -insiste el Zelote.

-¡Sí, Simón tiene razón! ¡Es exactamente lo que pensaba yo! -exclama Pedro. ¡Hazle caso, Maestro!…
Jesús piensa y calla… Luego dice:
-Vamos a orar y el Padre nos ayudará… -y, al final del grupo, oran fervorosamente…

El alba se transforma en aurora… Pasan un pueblecillo, vuelven al camino que va entre los campos… El sol se hace cada vez más fuerte. Se paran a comer a la sombra de un gigantesco nogal.

-¿Estás cansada? -pregunta Jesús a la niña, que come sin apetito -Dilo y nos paramos.
-No, no. Vamos…

-Se lo hemos preguntado varias veces. Pero contesta siempre que no… -dice Santiago de Alfeo.
-¡Puedo, puedo! Vamos lejos…

Reanudan la marcha. Pero Áurea se acuerda:
-Tengo una bolsa. Me han dicho las damas: "La darás cuando empiecen los montes". Los montes están aquí. Y la doy.
Y hurga en la talega donde Livia le ha metido algún indumento… Saca la bolsa y se la da a Jesús.
-La dádiva… No han querido que les diéramos las gracias. Son mejores que muchos de nosotros… Toma, Mateo. Y conserva estas monedas. Servirán para limosnas secretas.
-¿No debo decírselo a Judas de Keriot?
-No.
-Pero verá a la niña…

Jesús no responde… Reanudan la marcha fatigosamente, por el gran calor, el polvo y la luz cegadora. Luego empieza la subida a las primeras estribaciones del Carmelo, creo. Pero, a pesar de que aquí haya más sombra y más frescor, Áurea va lentamente, tropezando a menudo.
Bartolomé vuelve hacia atrás, a donde el Maestro.

-Maestro, la niña está febricitante y exhausta. ¿Qué hacemos?

Se consultan. ¿Pararse? ¿Cargar con ella y seguir? Sí. No. Al final deciden que es necesario, al menos, llegar hasta el camino que va a Sicaminón, para pedir ayuda a algún viandante que tenga cabalgadura o carro. Ellos quisieran tomar en brazos a la niña, pero ella, heroica en su voluntad de alejarse, repite su:

« ¡Puedo! ¡Puedo!», y quiere caminar por sí sola. Está roja, tiene ojos febriles, está realmente exhausta. Pero no cede… Va lentamente, aceptando ser sujetada por Bartolomé y Felipe… Pero anda… Están todos cansados verdaderamente. Pero comprenden que es necesario andar, y andan…

Ya han superado la colina. Ya tienen enfrente la ladera opuesta… el llano de Esdrelón allá abajo, y más allá… las colinas donde se halla Nazaret…
-Si no encontramos, nos detendremos donde los campesinos… -dice Jesús…

Caminan, caminan… Ya casi en el llano, ven a un grupo de discípulos. Están Isaac y Juan de Éfeso con su madre, y Abel de Belén con la suya, y otros que no conozco de nombre. Y para las mujeres llevan un rústico carro tirado por un fuerte mulito. Están también los pastores Daniel y Benjamín, y el barquero José y otros.

-¡Es la Providencia, que nos socorre! -exclama Jesús, y ordena que se detengan mientras Él va a hablar con los discípulos y especialmente con las dos discípulas.

Las toma aparte, junto con Isaac, y cuenta en parte el caso de Áurea:

-Se la hemos arrebatado a un inmundo amo… Quisiera llevarla a Nazaret para atenderla, porque está enferma de miedo y de fatiga. Pero no tengo vehículo. ¿Vosotros a dónde ibais?

-A Belén de Galilea, a casa de Mirta. Es imposible resistir los calores del llano -responde Isaac.

-Id a Nazaret primero, os lo pido por caridad. Llevadle la niña a mi Madre y decidle que Yo, dentro de dos o tres días, llegaré. La niña está febril. Por tanto no hagáis caso de sus delirios. Más adelante os explicaré…
-Sí, Maestro. Lo que quieras. Partimos inmediatamente. ¡Pobre criatura! ¿La apaleaba? -preguntan los tres.
-Quería profanarla.

-¡Oh!… ¿Cuántos años tiene?
-A lo mejor ni trece…

-¡Qué vil! ¡Qué inmundo! Pero nosotros la querremos. No somos madres por ganancia, ¿verdad Noemí?
-Por supuesto, Mirta. Señor, ¿la recibes como discípula?
-No sé todavía…

-Si la recibes, estamos nosotras. Yo no vuelvo a Éfeso. He mandado a unos amigos para que liquiden todo. Me quedo con Mirta… Acuérdate de nosotras para la niña. Tú nos has salvado a nuestros hijos. Nosotras queremos salvar a esta niña.

-Veremos más adelante…
-Maestro, estas dos discípulas dan garantías de santidad… -intercede Isaac.
-No depende de mí… Orad mucho y guardad silencio con todos. ¿Entendéis? Con todos.
-Guardaremos silencio.
-Venid con el carro.

Y Jesús retrocede, seguido por Isaac (que guía el carro) y por las dos mujeres. La muchacha está echada en el prado, buscando refrigerio entre la hierba para la fuerte fiebre…

-¡Pobre criatura! Pero no morirá, ¿verdad?
-¡Qué niña más bonita!

-Bonita, no temas. Soy una mamá, ¿sabes? Ven… Sujétala, Mirta… Vacila… Ayúdanos, Isaac… Aquí donde hay menos traqueteos… El talego debajo de la cabeza… Vamos a meterle debajo nuestros mantos… Isaac, moja estos paños para ponérselos en la frente… ¡Qué fiebre, pobre hija!…

Las dos mujeres se muestras solícitas y maternales. Áurea, obnubilada por el febrón, está casi ausente…
Todo listo… El carro puede empezar a moverse… Isaac, antes de dar con la tralla, se acuerda:

-Maestro, si vas al puente encuentras a Judas de Keriot. Te espera como un mendigo… Es él el que nos ha dicho que ibas a pasar por aquí. La paz a ti, Maestro. Hoy por la noche estaremos en Nazaret.
-La paz a ti, Maestro -dicen las discípulas.
-¡La paz a vosotros!…

El carro se va al trote…
-¡Gracias sean dadas al Señor!… -dice Jesús.
-Sí. Bien para la niña y para Judas… Mejor si no sabe nada…

-Sí, es mejor; tanto, que pido a vuestro corazón un sacrificio: nos separaremos antes de llegar a Nazaret, y vosotros, los del lago, iréis con Judas a Cafarnaúm, mientras Yo con mis hermanos y Tomás y Simón iremos a Nazaret.

-Así lo haremos, Maestro. ¿Y a esos que te esperan qué les vas a decir?
-Que teníamos urgencia de advertir a mi Madre de mi llegada… Vamos… -y va donde los discípulos, que, demasiado felices por tener con ellos al Maestro, no hacen ninguna pregunta.

428- Parábola de la viña y del viñador, figuras del alma y del libre albedrío

-La paz a vosotros, amigos míos. El Señor es bueno. Nos concede reunirnos para un ágape fraterno, ¿A dónde ibais? ­pregunta Jesús a los ex pastores, mientras se adentra en un bosquete para resguardarse del sol.

-Unos hacia el mar, otros hacia los montes. Pero hasta aquí hemos venido juntos y creciendo cada vez más en número, por otros grupos que hemos encontrado por el camino -dice Daniel, el que fue pastor del Líbano.

-Sí, y nosotros dos quisiéramos ir hasta el gran Hermón, donde hemos pastoreado a los rebaños, para pastorear corazones -dice Benjamín, su compañero.

-Es una buena idea. Yo voy a estar un poco en Nazaret; luego estaré entre Cafarnaúm y Betsaida hasta la neomenia de Elul. Os lo digo para que, en caso de necesidad, podáis encontrarme. Sentaos, pongamos en común nuestros alimentos para repartirlos con justicia.

Así lo hacen. Extienden encima de un lienzo sus… riquezas: tortas de pan, quesos pequeños, pescado salado, aceitunas, algunos huevos, las primeras manzanas… y, de la misma forma que han entregado alegremente, con alegría reparten, después del ofrecimiento y la bendición de Jesús.

¡Qué contentos están de este inesperado banquete de amor! Inmersos en la alegría de escuchar a Jesús -que les hace preguntas acerca de las cosas que han hecho, y que los aconseja o les cuenta lo que Él ha hecho -, se han olvidado del cansancio y del calor. Y, a pesar de que esta hora calentísima de un día de bochorno produzca un atontamiento de somnolencia, el interés es tanto, que ninguno se abandona al sueño; antes al contrario, terminada la comida, recogidas las pocas provisiones que han sobrado, dividiéndolas en sendas partes iguales, se retiran aún más hacia la espesura de los primeros boscajes del collado, y, a la sombra fresca de los árboles, sentados en círculo en torno a Jesús, le ruegan que les exponga una bonita parábola que sirva como regla de vida y como enseñanza.

Jesús, que está sentado de forma que tiene enfrente la llanura de Esdrelón, ya despojada de mieses, pero rica en viñas y árboles frutales, extiende su mirada por el paisaje como buscando un tema en lo que ve. Sonríe. Ha encontrado. Empieza con una pregunta genérica:
-¿Verdad que son bonitas las viñas de esta llanura?
-Muy bonitas. Están increíblemente cargadas de uvas que maduran. Y muy bien cuidadas. Por eso producen tanto.
-Pero serán plantas selectas… -insinúa Jesús. Y termina:

«La llanura, estando casi toda dividida en propiedades de ricos fariseos, ha sido cultivada con plantas buenas sin dolerse del precio de adquisición».

-¡No serviría el haber adquirido las mejores plantas, si luego no hubieran seguido cuidándolas! Yo entiendo de esto, porque todos mis bienes consisten en vides. Pero, si no sudo yo, o sea, si no hubiera sudado, como ahora siguen sudando mis hermanos, créeme, Maestro, que no podría ofrecerte para la vendimia racimos iguales que los del año pasado -dice un hombre vigoroso, de unos cuarenta años, que me parece haber visto ya pero cuyo nombre no recuerdo.
-Tienes razón, Cleofás. Todo el secreto para tener buenos frutos está en el cuidado que se da a nuestros bienes -dice otro.

-Buenos frutos y buena ganancia. Porque, si la tierra diera sólo lo que se ha gastado por ella, sería siempre un mal empleo del dinero. La tierra debe producir el fruto del capital que nos cuesta, más una ganancia que nos permita aumentar nuestro patrimonio. Porque hay que pensar que un padre debe repartir entre los hijos. Y de unos bienes, sea en tierras o en dinero, debe hacer varias partes, tantas como hijos tiene, para dar a todos con qué vivir. No creo que multiplicar así los bienes en beneficio de los hijos sea una cosa reprochable -insiste Cleofás.
-No lo es si se consigue con el trabajo honrado y de forma honrada. ¿Entonces tú dices que, a pesar de la calidad de los vástagos plantados, para sacar ganancia es necesario trabajar mucho en ellos?

-¡Hombre claro! Antes de que den el primer racimo… ¡Porque tiene que pasar tiempo, eh! Y por tanto hay que tener paciencia y también hay que trabajar mientras las cepas tiernas tienen sólo hojas. Y después también, cuando ya dan fruto y son fuertes. Estar atentos a que no tengan ramas inútiles ni insectos nocivos, a que las hierbas parásitas no debiliten el terreno, o a que no se ahoguen los sarmientos bajo el follaje de las zarzas y de las enredaderas; mullir en la base, hacer los círculos para que el aguazo penetre y las aguas se detengan un poco más que en otras partes para nutrir a la planta, y abonar…

¡Trabajo duro! Pero es necesario, aunque sea muy arduo, porque la uva, tan dulce, tan espléndida que cada racimo parece una aglomeración de piedras preciosas, se forma precisamente absorbiendo ese negro y fétido estiércol. ¡Parece imposible pero es así! Y quitar hojas para dejar que baje el sol a los racimos; y, terminada la vendimia, arreglar las plantas, atando, podando, cubriendo las raíces con paja y excrementos para defenderlas del hielo; e ir también en invierno, a ver si los vientos o algún malandrín han arrancado los palos, y si el tiempo ha soltado los mimbres usados para sujetar las ramas a los soportes…

¡Siempre hay cosas que hacer mientras la vid no muere del todo!… Y después hay que trabajar todavía para sacarla de la tierra y limpiar el terreno de raíces para prepararla para recibir un nuevo vástago. ¿Y sabes qué mano tan suave y paciente y qué ojo tan fino hay que tener para desenredar los sarmientos de las plantas muertas, mezclados con los de las plantas todavía vivas! ¡Si se fuera con ignorancia y mano ruda, se harían daños! ¡Hay que dedicarse a este oficio para saber!… ¿Las vides? ¡Hombre, son como hijos! ¡Y, antes de que un hijo sea hombre, cuánto hay que sudar para mantenerlo sano de cuerpo y de espíritu!… Pero yo estoy hablando sin parar y no te dejo hablar a ti… Nos has prometido una parábola…

-Verdaderamente ya la has dicho tú. Bastaría con aplicar tu conclusión y decir que las almas son como las vides…
-¡No, Maestro! Habla Tú. Yo… he dicho simplezas y no podemos hacer por nosotros mismos la labor de aplicarlo…
-De acuerdo. Oíd.

Llegado el momento en que tuvimos una carne animal en el seno de nuestra madre, Dios, en los Cielos, creó el alma para hacer a semejanza de Él al futuro hombre, y la puso en esa carne en formación en un seno materno. Y el hombre, llegado su tiempo de nacer, nació con su alma, la cual, hasta el uso de razón, fue como una tierra no cultivada por su dueño. Pero, llegada la edad de la razón, el hombre empezó a razonar y a distinguir el Bien y el Mal. Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía una viña, para cultivarla como él quisiera. Y se dio cuenta de que tenía a un viñador encargado de esa viña: su libre arbitrio. En efecto, la libertad de guiarse, que Dios ha dejado al hombre hijo suyo, es como un siervo idóneo dado por Dios al hombre hijo suyo para que le ayude a hacer fértil la viña, o sea, el alma.

Si el hombre no debiera trabajar con sus propias manos para hacerse rico, para construirse un futuro eterno de prosperidad sobrenatural; si hubiese tenido que recibir todo de Dios, ¿qué mérito tendría por restaurarse de nuevo en santidad, después de que Lucifer corrompió la santidad inicial, dada gratuitamente por Dios a los primeros hombres? Mucho es ya el que Dios conceda a las criaturas caídas por la herencia de la culpa merecer el premio y ser santas, volviendo, por voluntad propia, a aquella naturaleza inicial de criaturas perfectas que el Creador había dado a Adán y Eva, y a sus descendientes si sus progenitores se hubieran conservado inmunes de la culpa original. El hombre caído debe volver a ser hombre elegido, por su libre voluntad.

Ahora bien, ¿qué sucede en las almas? Esto. El hombre confía su alma a su voluntad, a su libre arbitrio, que se pone a trabajar la viña que hasta entonces había sido un terreno sin plantas, bueno, pero sin plantas duraderas; sólo gráciles hierbas y florecillas caducas habían estado esparcidas en aquélla: las bondades instintivas del niño que es bueno porque es todavía un ángel desconocedor del Bien y del Mal.

Diréis: "¿Durante cuánto tiempo permanece así?". Generalmente se dice: durante los primeros seis años. Pero verdad es que hay razones precoces, siendo así que tenemos niños responsables de sus acciones antes de los seis años. Tenemos niños responsables de sus acciones incluso a los tres o cuatro años, responsables porque saben que eso es Bueno, y que eso es Malo, y quieren libremente esto o aquello. Cuando una criatura sabe distinguir la mala acción de la buena acción ya es responsable. No antes.

Por tanto, un subnormal, incluso a los cien años, es irresponsable; pero se asumen su responsabilidad sus tutores, que deben velar amorosamente por él y por el prójimo que puede sufrir daño por parte del subnormal o del loco, a fin de que éste no se haga daño a sí mismo ni se lo haga a otros. Pero Dios no imputa al subnormal o al loco culpa alguna, porque, desgraciadamente para él, está privado de la razón. Pero nosotros hablamos de seres inteligentes y sanos de mente y cuerpo.

Así pues, el hombre confía su viña sin cultivar a su trabajador, el libre arbitrio, y éste empieza a cultivarla. El alma, la viña, tiene, no obstante, voz, y se la hace oír al arbitrio. Una voz sobrenatural, nutrida de voces sobrenaturales que Dios no niega nunca a las almas: la del Custodio, la de los espíritus enviados por Dios, la de la Sabiduría, la de los recuerdos sobrenaturales que toda alma recuerda aun sin la percepción exacta por parte del hombre entero.

(Recuerdos sobrenaturales que MV explica con la siguiente nota en una copia mecanografiada: “Dios ha puesto en el hombre la conciencia además de la razón. Y la conciencia tiene una voz propia que recuerda, advierte o amonesta. Recuerda aquello que debería hacerse y aquello que no se debe hacer porque está mal. Advierte que no se haga el mal, porque va contra toda ley natural y sobrenatural. Amonesta por el mal hecho, moviendo a la reparación y al arrepentimiento. Hace sentir que el mal obrado en la Tierra provoca la pérdida de un premio futuro, la pérdida del Bien supremo. Esto hace la conciencia, porque, habiendo sido dada por Dios, no puede sino mantener despierto o suscitar en la criatura el recuerdo de Aquel que se la dio al hombre como guía.”)

Y habla al arbitrio, con voz suave, incluso suplicante, para rogarle que la adorne con buenas plantas, y que sea activo y sabio para no hacer de ella un zarzal agreste, malo, venenoso, donde aniden serpientes y escorpiones y hagan su madriguera la zorra y la garduña y otros cuadrúpedos malos.

El libre albedrío no siempre es un buen cultivador; no siempre vigila la viña y la defiende con un seto infranqueable, o sea, con una voluntad firme y buena en actitud de defender al alma de ladrones y parásitos y de todas las cosas perniciosas, de los vientos violentos que podrían hacer caer las florecillas de las buenas resoluciones apenas formadas en el deseo. ¡Oh, qué alto y fuerte deberá ser el seto que hay que levantar en torno al corazón para salvarlo del mal! ¡Qué atención hay que tener para que no sea forzado, para que no abran en él ni grandes aberturas -puerta para disipaciones -, ni encubiertas y pequeñas aberturas en su base, por las que se introduzcan las víboras: los siete pecados capitales!

¡Cómo hay que escardar, quemar las malas hierbas, podar, mullir el terreno, abonar con la mortificación, cuidar con el amor a Dios y al prójimo, la propia alma! Y vigilar con ojo abierto y luminoso, y con mente despierta, para que los majuelos que podían parecer buenos no se manifiesten luego dañinos; y si sucede esto, arrancarlos sin piedad: mejor es una planta sola pero perfecta, que no muchas inútiles y dañinas.

Tenemos corazones, tenemos por tanto viñas siempre trabajadas, plantadas de nuevas plantas por un desordenado cultivador que hacina nuevas plantas: este trabajo, aquella idea, aquel deseo; incluso no malos, pero que luego se dejan sin cuidar y se hacen malos; caen al suelo, se degeneran, mueren… ¡Cuántas virtudes perecen por estar mezcladas con las sensualidades, por falta de cultivo, por… en conclusión, por no estar sostenido por el amor el libre arbitrio! ¡Cuántos ladrones entran a robar, a profanar, a devastar, porque la conciencia duerme en vez de velar, porque la voluntad se enerva y se corrompe, porque el arbitrio se deja seducir y, siendo libre, se hace esclavo del Mal.

¡Fijaos, Dios lo deja libre, y el arbitrio se hace esclavo de las pasiones, del pecado, de las concupiscencias, en definitiva, del Mal! Soberbia, ira, avaricia, lujuria, primero mezcladas, luego triunfadoras sobre las plantas buenas… ¡Un desastre! ¡Cuánto ardor que reseca las plantas por no existir ya la oración que es unión con Dios, y, por tanto, rocío de benéfica linfa en el alma! ¡Cuánto hielo que hiela las raíces con la falta de amor a Dios y al prójimo! ¡Cuánta pobreza del terreno por rechazar el abono de la mortificación, de la humildad!

¡Qué maraña inextricable de ramas buenas y no buenas, por no tener el valor de sufrir por amputarse lo que es nocivo! Éste es el estado de un alma que tiene como custodio y cultivador un arbitrio desordenado y vuelto hacia el Mal.

Mientras que el alma que tiene un arbitrio que vive en el orden, y por tanto en la obediencia de la Ley -que ha sido dada para que el hombre sepa lo que es el orden, cómo es el orden y cómo se conserva -, y que es heroicamente fiel al Bien ­porque el Bien eleva al hombre y lo hace símil a Dios, mientras que el Mal lo afea y lo hace símil al demonio -, es una viña regada por las aguas puras, abundantes, útiles, de la fe, y adecuadamente sombreada por los árboles de la esperanza, y calentada por el sol de la caridad, corregida por la voluntad, abonada por la mortificación, ligada con la obediencia, podada por la fortaleza, conducida por la justicia, vigilada por la prudencia y por la conciencia. Y la gracia crece, ayudada por tantas cosas, crece la santidad, y la viña viene a ser un maravilloso jardín al que baja Dios a gustar sus delicias hasta que, conservándose la misma viña siempre como jardín perfecto, hasta la muerte de la criatura, Dios manda a sus ángeles que lleven este trabajo de un libre arbitrio voluntarioso y bueno al grande y eterno jardín de los Cielos.

(Ángeles: MV precisa su papel en la siguiente nota escrita en una copia mecanografiada: No es que el alma tenga necesidad de los ángeles para subir a Dios. Lo que se quiere decir es que los ángeles de alguna forma presentan a Dios el trabajo "bueno" para que quede escrito en los libros eternos)

Ciertamente, vosotros queréis este destino. Pues entonces velad para que el Demonio, el Mundo, la Carne no seduzcan a vuestro albedrío y devasten vuestra alma. Velad porque en vosotros haya amor, y no amor propio, que apaga el amor y arroja al alma a merced de las distintas sensualidades y del desorden. Velad hasta el final, y las tempestades podrán mojaros pero no dañaros, y, cargados de frutos, iréis a vuestro Señor para el premio eterno.
He terminado. Ahora meditad y descansad hasta el ocaso mientras Yo me retiro a orar.

-No, Maestro. No debemos tardar en ponernos en camino para llegar a las casas -dice Pedro.
-¿Pero por qué? ¡Falta tiempo hasta la puesta del Sol! -dicen muchos.

-No estoy pensando ni en la puesta del sol, ni en el sábado. Pienso que no pasará una hora sin que venga una furiosa tempestad. ¿Veis aquellas lenguas negras que aparecen lentamente por las montañas de Samaria?, ¿y aquellas tan blancas que vienen veloces galopando desde Occidente?: un viento alto empuja a éstas; uno bajo, a las otras. Pero, cuando estén aquí encima, el viento alto cederá al siroco, y las nubes negras, cargadas de granizo, descenderán y chocarán contra las blancas, cargadas de rayos, ¡y ya oiréis la música!

-¡Venga, rápidos! ¡Soy pescador y leo el cielo!
Jesús es el primero en obedecer, y, diligentes, todos se ponen a caminar hacia las alquerías del llano…

En el puente se encuentran con Judas, que grita:
-¡Maestro mío! ¡Cómo he sufrido sin ti! ¡Alabado sea Dios, que ha premiado mi constancia esperándote aquí! ¿Cómo ha ido por Cesárea?

-Paz a ti, Judas -responde brevemente Jesús y añade: «Hablaremos en las casas. Ven, que la tormenta amenaza inminente».

Efectivamente, ya empiezan las oleadas de viento que levantan nubes de polvo por los caminos resecos; el cielo ya se cubre de nubes de todas las formas y colores; el aire se pone amarillo y cárdeno… Ya empiezan a caer las primeras, escasas gotazas calientes; ya surcan el cielo, que se ha puesto casi nocturno, los primeros relámpagos… Se echan a correr. Sólo sus buenas piernas, estimuladas por el deseo de no quedar empapados por un aguacero, les hace llegar a la primera casa cuando un diluvio de agua mezclada con granizo, entre un estampido de saeta que cae poco lejos, se abate sobre la zona, en medio de un gran olor a tierra mojada y a ozono liberado por los relámpagos sin pausa…

Entran. Por suerte, es una casa provista de pórticos y habitada por campesinos que creen en el Mesías. Con veneración invitan al Maestro a alojarse con sus compañeros «como si la casa fuera tuya. Pero levanta tu mano para alejar el pedrisco, por piedad de nuestro trabajo» dicen arremolinándose alrededor de Jesús.
Jesús alza la mano y señala los cuatro puntos cardinales: y del cielo baja sólo agua, para dar de beber a los pomares, a los viñedos, a los prados, y para purificar esa atmósfera tan cargada.

-¡Bendito seas, Señor! -dice el cabeza de familia -¡Entra, mi Señor!

Y, mientras sigue el chaparrón, Jesús entra en una habitación grandísima, sin duda un almacén, y se sienta cansado, rodeado de los suyos.

426- Con las romanas en Cesárea Marítima. Profecía en Virgilio. La joven esclava salvada

Jesús es huésped de la humilde familia del soguero.

Una casita baja, y salitrosa por la proximidad de las aguas marinas. Detrás de la casa, unos almacenes poco fragantes, donde se descargan las mercancías antes de que los distintos compradores las retiren.

Delante, un camino polvoriento, surcado por pesadas ruedas, rumoroso a causa de los descargadores, de los muchachos traviesos, de los carreteros, de los marineros que van y vienen ininterrumpidamente.

Al otro lado del camino, una pequeña dársena, de agua oleaginosa por los detritos arrojados en ella y por su inmovilidad.

De la dársena sale un pequeño puerto-canal, que desemboca en el verdadero, amplio puerto capaz de recibir naves grandes. Por la parte occidental, una plaza arenosa donde se fabrica la cuerda en medio de un fuerte rechinar de cabrestantes de torsión movidos a mano. En la parte oriental otra plaza, mucho más pequeña y aún más ruidosa y desordenada, donde hombres y mujeres apañan redes y velas.

Luego casuchas bajas y salitrosas, llenas de críos semidesnudos.

Ciertamente no se puede decir que Jesús haya elegido un lugar señorial de alojamiento. Moscas, polvo, batahola, olor de agua detenida y cáñamo puesto a remojo antes de ser usado son los soberanos del lugar. Y el Rey de los reyes, echado con sus apóstoles encima de un montón de cáñamo sin elaborar, duerme, cansado, en ese pobre cuarto, medio trastero, medio almacén, que está en la parte de atrás de la casita y a través del cual se entra, por una puerta negra como el alquitrán, a la cocina, también negra, y por una puerta carcomida y corroída por el polvo y el salitre, que le dan una tonalidad blanco-gris de pómez, se sale a la plaza donde se fabrica la cuerda y de don-de llegan hedores de cáñamo en maceración.

El sol azota la plaza, a pesar de cuatro enormes plátanos, dos a un lado, dos al otro, de la plaza rectangular, bajo los cuales están los cabrestantes para retorcer el cáñamo. No sé si digo la palabra correcta para nombrar la máquina que usan. Los hombres, cubiertos con una túnica reducida a lo esencial para tapar lo que la decencia impone, empapados de sudor como si estuvieran debajo de una ducha, dan vueltas y vueltas a su cabrestante, con movimiento continuo como galeotes condenados… No hablan sino para decir las indispensables palabras inherentes al trabajo.

Por tanto, si se quita el chirrío de las ruedas de los cabrestantes y el del cáñamo estirado en la torsión, no hay ningún otro ruido en la plaza, extraño contraste con el que hay en los otros lugares de alrededor de la casa del soguero.

Por eso sorprende, como cosa no pensada, la exclamación de uno de los sogueros:

-¿Mujeres?! ¿A estas horas tremendas? ¡Mirad! Vienen justamente hacia aquí…
-Tendrán necesidad de cuerdas para atar a sus maridos… -dice bromeando un joven soguero.
-Pueden necesitar también cáñamo para labores.

-¡Mmm! ¿El nuestro, tan tosco como es, cuando hay quien lo da espadillado?

-Cuesta menos el nuestro. ¿Ves? Son pobres…
-Pero no son hebreas. Fíjate que el manto es distinto…
-Serán no hebreas. En Cesárea ya hay un poco de todo…
-Quizás buscan al Rabí. Estarán enfermas… Fíjate cómo están completamente tapadas a pesar de este calor…
-Con tal de que no sean leprosas… Miseria sí, pero lepra no; no la quiero ni siquiera por resignación a Dios -dice el soguero al que todos obedecen.

-¿Pero oyes lo que dice el Maestro?: "Hay que aceptar todo lo que Dios manda".

-Pero Dios no manda la lepra. La mandan los pecados, los vicios y los contagios…

Las mujeres han llegado ya a las espaldas, no de estos que hablan, y que están en el lado opuesto de la plaza, sino de los que están en la parte de la casa -más próximos, por tanto, para llegar a ellos -, y una se inclina a decir algo a uno de los sogueros, el cual se vuelve, asombrado, y se queda donde está como atolondrado.

-Vamos un poco a oír qué dicen… Tan tapadas… ¡Lo único que me faltaría sería lepra en casa, con todos los hijos que tengo!… -dice el soguero patrón, dejando de mover el cabrestante y poniéndose en camino. Sus compañeros lo siguen…

-Simón, esta mujer quiero algo, pero habla extranjero. Mira a ver tú, que has navegado -dice el hombre al que se ha dirigido la mujer.

-¿Qué quieres? -pregunta el rudo soguero, tratando de verla a través del lino cendalí teñido de oscuro que cubre su rostro.
Y en un griego purísimo la mujer responde:
-El Rey de Israel. El Maestro.
-¡Ah! Comprendo. ¿Pero… sois leprosas?
-No.
-¿Quién me lo asegura?
-Él mismo. Pregúntale a Él.
El hombre duda… Luego dice:
-Bien. Pondré un acto de fe y Dios me protegerá… Voy a llamarlo. Quedaos ahí.

Las mujeres, cuatro, no se mueven: grupo ceniciento y mudo, mirado con estupor y con muy claro temor por parte de los sogueros, que se han agrupado a algunos pasos de distancia.

El hombre va al almacén y toca a Jesús, que duerme.
-Maestro… Sal afuera. Te buscan.
Jesús se despierta y se alza enseguida, preguntando:
-¿Quién?
-¡Mmm!… Mujeres griegas… Tapadas completamente… Dicen que no son leprosas y que Tú me lo puedes asegurar…

-Voy enseguida -dice Jesús. Se anuda las sandalias que se había quitado, se ata la túnica en la parte del cuello y se ciñe el cinturón (se lo había quitado para estar más libre en el sueño). Y sale con el soguero.

Las mujeres hacen ademán de ir hacia Él.
-¡Estad ahí, os digo! No quiero que caminéis por donde juegan mis hijos… Primero quiero que Él diga que estáis sanas.

Las mujeres se paran.

Jesús se llega a ellas. La más alta, no la que ha hablado antes en griego, dice en voz baja una palabra. Jesús se vuelve al soguero:

-Simón, puedes estar tranquilo. Las mujeres están sanas y necesito escucharlas en paz. ¿Puedo entrar en casa?…
-No. Está la vieja, más charlatana y curiosa que una urraca. Ve allí, al final, debajo del cobertizo de los pilones. Hay también un cuartito. Allí estás solo y en paz.

Venid… -dice Jesús a las mujeres. Y va con ellas al final de la plaza, debajo del hediondo cobertizo, dentro del cuartucho -estrecho como una celda -donde hay herramientas rotas, trapajos, sobras de cáñamo, telas de araña gigantescas, y donde el olor de la maceración y del moho raspan la garganta, de lo penetrantes que son. Jesús, que está muy serio y pálido, sonríe levemente y dice:

-No es un lugar adecuado para vuestros gustos… Pero no tengo otro…
-No vemos el lugar, porque vemos a Aquel que está en él en este momento -responde Plautina quitándose el velo y el manto. Y las otras, que son Lidia, Valeria y la liberta Álbula Domitila, hacen lo mismo.

-De ello arguyo que, a pesar de todo, me creéis todavía un justo.

-Más que un justo. Y Claudia nos manda precisamente porque te cree más que un justo y no tiene en cuenta las palabras oídas. Pero quiere tu confirmación al respecto para tributarte doble veneración.

-O suspenderla, si le aparezco como han querido dibujarme. Pero, tranquilizadla. No tengo miras humanas. Mi ministerio y mi deseo son total y solamente sobrenaturales. Quiero, sí, reunir en un único reino a todos los hombres. ¿Pero qué de los hombres? ¿La carne y la sangre? No.

Eso se lo dejo, materia lábil, a las lábiles monarquías, a los imperios inseguros. Quiero reunir bajo mi cetro solamente a los espíritus de los hombres, espíritus inmortales en un reino inmortal. Yo repudio cualquier otra versión de mi voluntad, quienquiera que fuere el que la diese, distinta de ésta. Y os ruego que creáis y que digáis a la que os envía que la Verdad tiene solamente una palabra…

-Tu apóstol hablaba con tal seguridad…

-Es un muchacho exaltado, y tal hay que considerarlo cuando se le escucha.

-¡Pero te perjudica! Repréndelo… Despídelo…
-¿Y mi misericordia entonces dónde estaría? Hace eso por un amor errado. ¿No debo tener compasión, pues? ¿Y qué cambiaría si lo despidiera? Se haría doble mal a sí mismo y me haría doble mal a mí.

-¿Entonces para ti es como una bola atada al pie!…
-Para mí es como un infeliz al que redimir…

Plautina cae de rodillas extendiendo los brazos y
diciendo:

-¡Ah, Maestro más grande que cualquier otro, qué fácil es creerte santo cuando se siente tu corazón en tus palabras!

¡Qué fácil es amarte y seguirte por esta caridad tuya que es más grande aún que tu inteligencia!

-No más grande, sino más comprensible para vosotras… que tenéis vuestro intelecto estorbado por demasiados errores y no tenéis la generosidad de despojarlo de todo para acoger la Verdad.

-Tienes razón. Eres adivino y sabio.

-La sabiduría, siendo forma de santidad, da siempre luminosidad de juicio, ya sobre hechos pasados o presentes, ya sobre premoniciones de hechos futuros.
-Por eso vuestros profetas…

-Eran personas santas. Dios por eso se comunicaba a ellos con gran plenitud.

-¿Eran santos porque eran de Israel?

-Eran santos porque eran de Israel y porque eran justos en sus acciones. Porque no todo Israel es ni ha sido santo, aun siendo Israel. No es la pertenencia casual a un pueblo o a una religión lo que puede hacer a uno santo. Estas dos cosas pueden ayudar grandemente a serlo. Pero no son el factor absoluto de la santidad.

-¿Cuál es, entonces, el factor?
-La voluntad del hombre. La voluntad que conduce las acciones del hombre: a santidad, si es buena; a iniquidad, si es mala.

-Entonces… no se excluye que haya justos también entre nosotros.

-No se excluye. Es más, ciertamente hay justos entre vuestros antepasados, y ciertamente los habrá entre los que viven. Porque sería demasiado horrendo que todo el mundo pagano fuera de demonios. Los que, de entre vosotros, sienten atracción hacia el Bien, hacia la Verdad, y repugnancia contra el Vicio, y evitan las malas acciones como degradantes del hombre, habéis de creer que están ya en el sendero de la justicia.

-Entonces Claudia…

-Sí. Y vosotras. Perseverad.
-Pero, ¿en el caso de que muriéramos antes de habernos… convertido a Ti… de qué serviría el haber sido virtuosas?…

-Dios juzga con justicia. Pero ¿por qué aplazar el venir al Dios verdadero?

Las tres damas agachan la cabeza… Un silencio… Y luego la gran confesión, que será la que dé explicación de tantas crueldades y resistencias romanas hacia el cristianismo…

-Porque nos parecería traicionar a la Patria…

-Al contrario, serviríais a la Patria haciéndola moral, y espiritualmente más grande, porque tendría la fuerza de la posesión y protección de Dios, además de la de su ejército y riquezas. ¡Roma, la Urbe mundial, Urbe de la religión universal!… Fijaos…

Un silencio…

Luego Livia, poniéndose roja como la llama, dice:

-Maestro, hace tiempo te buscábamos a ti aun en las páginas de nuestro Virgilio. Porque para nosotros tienen más valor las… profecías de los completamente vírgenes respecto a la fe de Israel, que las de vuestros profetas, en los cuales podemos sentir la sugestión de creencias milenarias…

Y hemos discutido de ello… Comparando las diversas personas que en todo tiempo, nación y religión, te han presentido. Pero ninguno te sintió con tanta exactitud como nuestro Virgilio…

¡Cuánto hablamos aquel día con Diomedes, el liberto griego, astrólogo, que goza de la estima de Claudia! Él sostenía que esto ha sucedido porque los tiempos estaban más cercanos, y los astros hablaban con sus conjunciones… Y en apoyo de su tesis esgrimía el hecho de los tres Sabios de tres países de Oriente que vinieron a adorarte infante, y provocaron la matanza de que Roma se horrorizó…

Pero no nos convenció, porque… en más de cincuenta años ningún otro sabio de todo el mundo ha hablado de ti por noticia de los astros, a pesar de estar más próximos aún a tu manifestación actual. Claudia exclamó:

"¡Se requeriría aquí la presencia del Maestro! El daría la palabra de la verdad y sabríamos el lugar y el destino inmortal de nuestro máximo poeta". ¿Quisieras decirnos… para Claudia…? Un don para mostrarnos que no le tienes antipatía por su duda acerca de ti…

-He comprendido su reacción de romana y no le he guardado rencor. Tranquilizadla. Y escuchad. ¿Virgilio no fue grande únicamente como poeta, no es verdad?

-¡Oh, no! También como hombre. En medio de una sociedad ya corrompida y viciosa, resplandeció de pureza espiritual. Ninguno pudo decir que lo hubiera visto lujurioso, amante de orgías y de licencias. Sus escritos son castos, pero más casto tuvo el corazón. Tanto que en los lugares en que más vivió le llamaban "la virgencita": con burla los viciosos, con veneración los buenos.

-Y entonces, ¿en un alma límpida de hombre casto no habrá podido reflejarse Dios, aunque fuera un hombre pagano? ¿La Virtud perfecta no habrá amado al virtuoso? Y si le fueron concedidos el amor y la visión de la Verdad por la belleza pura de su espíritu, ¿no habrá podido tener una chispa de profecía, de una profecía que no es sino verdad que se revela a quien merece conocer la Verdad como premio y estímulo a una virtud cada vez mayor?

-¿Entonces… te profetizó realmente?

-Su mente encendida de pureza y genio ascendió para conocer una página referida a mí, y puede ser considerado el poeta pagano y justo, un espíritu profético y precristiano como premio a sus virtudes.

-¡Oh! ¡Nuestro Virgilio! ¿Y recibirá un premio?

-He dicho: "Dios es justo". Pero vosotras no imitéis al poeta deteniéndoos en su límite. Seguid, porque a vosotras la Verdad no se os ha mostrado por intuición y en parte, sino completa, y os ha hablado.

Plautina, sin dar respuesta, dice:

-Gracias, Maestro… Nos retiramos. Claudia nos ha dicho que te preguntemos si te puede ser útil en cosas morales.
-Y os ha dicho que me lo dijerais si no era un usurpador…

-¡Oh, Maestro! ¿Cómo lo sabes?

-Yo soy más que Virgilio y los profetas…
-¿Es verdad! ¡Todo es verdad! ¿Podemos servirte?…

-Para mí no tengo necesidad sino de fe y amor. Pero hay una criatura que está en gran peligro y cuya alma será muerta esta noche. Claudia podría salvarla.
-¿Aquí? ¿Quién? ¿Muerta el alma?

Un patricio vuestro ofrece una cena y…
-¡Ah, sí! Enio Casio. También mi marido está invitado… -dice Livia.

-Y también el mío… Y la verdad es que nosotras también.

Pero, dado que Claudia se abstiene de ir, también nosotras nos abstendremos. Habíamos decidido retirarnos nada más acabar la cena, en el caso de que hubiéramos ido…

Porque… nuestras cenas terminan en orgías… que ya no podemos soportar… Y, con el desdén de la esposa desatendida, dejamos que se queden allí nuestros maridos… -dice, severa, Valeria.

-No con desdén… Con piedad de su miseria moral… -corrige Jesús.

-Es difícil, Maestro… Sabemos lo que sucede allí dentro…

-Yo también sé muchas cosas que suceden en los corazones… y no obstante perdono…

-Tú eres santo…

-Vosotras debéis haceros santas. Por deseo mío y por acicate de vuestra voluntad…

-¡Maestro!…

-Sí. ¿Podéis afirmar que sois felices como antes de conocerme, con la pobre felicidad animal, sensual de paganas desconocedoras de que son más que carne, ahora que conocéis un poco de Sabiduría?..

-No, Maestro. Lo confesamos. Nos sentimos insatisfechas, inquietas, como uno que busca un tesoro y no lo encuentra.

-¡Pues lo tenéis delante! Lo que os pone inquietas es el anhelo de Luz de vuestro espíritu, la impaciencia de vuestro espíritu por vuestra tardanza… en darle lo que os pide…

Un momento de silencio… Luego, Plautina otra vez, sin dar respuesta, dice:

-¿Y qué podría hacer Claudia?
-Salvar a esa criatura. Una niña comprada por placer por el romano. Una virgen que mañana ya no lo será.
-Si la ha comprado… le pertenece.

-No es un mueble. Dentro de la materia hay un espíritu…
-Maestro… nuestras leyes…

-¡Mujeres: la Ley de Dios!…

-Claudia no va a la fiesta…

-No le digo que vaya. Os digo que le digáis: "El Maestro, para tener la certeza de que Claudia no lo acusa, le pide ayuda para esta alma niña"…

-Se lo diremos. Pero no podrá hacer nada… Esclava adquirida… objeto del que se puede disponer…
-El cristianismo enseñará que el esclavo tiene un alma como la del César, mejor en la mayor parte de los casos, y que el alma pertenece a Dios; y la maldición pesa sobre quien la corrompa.

Jesús se muestra majestuoso al decir esto.

Las mujeres sienten su imperiosidad y severidad. Se inclinan sin replicar. Se ponen de nuevo los mantos y los velos y dicen:
-Lo transmitiremos. ¡Maestro!
-Adiós.

Las mujeres salen a la plaza caliente. Pero Plautina se vuelve y dice:

-Para todos éramos mujeres griegas. ¿Entiendes?
-Entiendo. Marchaos tranquilas.

Jesús se queda solo, debajo del bajo cobertizo, y ellas se marchan por el mismo camino recorrido para venir.
Los sogueros vuelven al trabajo…

Jesús vuelve, lentamente, al almacén. Está pensativo. Ya no se echa: sentado encima de un montón de cuerdas enrolladas, ora intensamente… Los once siguen durmiendo profundamente…

Pasa un rato así… Una hora más o menos. Luego el soguero introduce la cabeza y hace un gesto a Jesús de que vaya a la puerta.
-Hay un esclavo. Pregunta por ti.

El esclavo, un númida, está afuera, en la plaza llena de sol todavía. Se inclina y, sin decir nada, entrega una tablilla encerada.

Jesús lee y dice:

-Dirás que esperaré hasta el alba. ¿Has comprendido?
El hombre asiente con la cabeza y, para que se entienda por qué no habla, abre la boca y enseña la lengua cortada.
-¡Pobrecillo! -dice Jesús acariciándolo.

Al esclavo le ruedan dos lágrimas por las negras mejillas. Toma la blanca mano entre las suyas negras -muy semejantes a las de un mono grande -y se la pasa por su cara, la besa, la pone sobre su corazón y luego se arroja al suelo, toma el pie de Jesús y se lo pone encima de la cabeza… Todo un lenguaje de gestos para expresar su gratitud por ese gesto de amor compasivo…

Y Jesús repite:

-¡Pobrecillo! -pero no hace el gesto curativo.
El esclavo se pone en pie y pide la tablilla encerada… Claudia no quiere dejar señales de su contacto epistolar… Jesús sonríe y devuelve la tablilla. El númida se marcha y Jesús se acerca al soguero.
-Tengo que quedarme hasta el alba… ¿Lo concedes?…
-Todo lo que quieras. Siento ser pobre…
-Y a mí me place el que seas honesto.
-¿Quiénes eran esas mujeres?
-Extranjeras necesitadas de consejo.
-¿Sanas?
-Como Yo y como tú.

-¡Ah! ¡Bien!… Ahí están tus apóstoles…
Efectivamente, restregándose los ojos, desperezándose, todavía medio adormilados, los once salen del almacén y van hacia el Maestro.

-Maestro… habrá que cenar, si quieres partir al anochecer… -dice Pedro.
-No. Ya no parto hasta el alba.
-¿Por qué?
-Porque me han rogado que lo haga así.
-¿Pero por qué? ¿Por quién? Era mejor andar de noche. Ya hay Luna nueva…

-Espero salvar a una criatura… Y ello es más luminoso que la Luna y más aliviador para mí que los frescores de la noche.

Pedro le lleva aparte:
-¿Qué ha sucedido? ¿Has visto a las romanas? ¿De qué humor están? ¿Son ellas las que se convierten? Dímelo…

Jesús sonríe:
-Si me dejas responder te lo digo, curiosísimo hombre. He visto a las romanas. Caminan hacia la Verdad, aunque lentamente. Pero no retroceden. Ya es mucho.
-Y… respecto a lo que decía Judas… ¿Qué hay?
-Que continúan venerándome como a un sabio.

-Pero… ¿por Judas? ¿No está él en medio?…
-Han venido a buscarme a mí, no a él…
-Pero entonces, ¿por qué ha tenido miedo de encontrarse con ellas? ¿Por qué no quería que vinieras a Cesárea?
-Simón, no es la primera vez que Judas tiene extraños caprichos…

-Eso es verdad. Y… ¿vienen esta noche las romanas?
-Ya han venido.
-¿Y entonces por qué esperamos al alba?
-¿Y por qué eres tan curioso?
-¡Anda, Maestro… dime todo!

-Bueno. Para quitarte toda sospecha… Tú también has oído la conversación de aquellos tres romanos…
-Sí. ¡Inmundos! ¡Peste! ¡Demonios! ¿Pero nosotros qué tenemos que ver con ello?… ¡Ah, comprendo! Las romanas van a la cena y luego vienen a pedir perdón de haber estado en la inmundicia… Me maravillo que des tu conformidad.

-¡Me maravillo de que hagas juicios temerarios!
-¡Perdóname, Maestro!
-Sí. Pero debes saber que las romanas no van a esa fiesta y que Yo he pedido a Claudia que intervenga en favor de aquella niña…

-¡Pero Claudia no puede hacer nada! ¡La muchacha ha sido comprada por el romano y él tiene plenos poderes respecto a ella!

-Pero Claudia tiene mucho poder sobre el romano. Y Claudia me ha mandado el mensaje de que espere al alba para partir. Nada más. ¿Estás contento?

-Sí, Maestro. Pero lo que está claro es que de momento no has descansado… Ven ahora… ¡Estás tan cansado…! Vigilaré para que te dejen en paz… Ven, ven… -y, amorosamente tiránico, tira de El, lo empuja, le obliga a echarse de nuevo…

Pasan las horas. Desciende el crepúsculo, cesa el trabajo, más fuerte chillan los niños por las calles y placitas, y las golondrinas en el cielo. Y luego descienden las primeras sombras. Las golondrinas van al nido y los niños a la cama. Uno a uno los ruidos cesan, hasta que queda solamente el leve chapoteo del agua en el canal y el ruido más fuerte de las olas en la playa. Las casas se cierran.

Estas casas de trabajadores cansados. Se apagan en ellas las luces. El descanso desciende a hacer a todos ciegos y mudos… a alejar a todos… Se levanta la Luna y ennoblece con su plata también la balsa sucia de la pequeña dársena, que ahora parece una lámina de plata…

Los apóstoles duermen de nuevo encima del cáñamo… Jesús, sentado en uno de los cabrestantes parados, apoyadas las manos en su regazo, ora, piensa, espera… No aparta los ojos del camino que viene de la ciudad.

La Luna se alza, se alza. Está perpendicular sobre la cabeza. El mar tiene ahora voz más fuerte y el agua del canal más fuerte olor, y el cono de la Luna que hunde sus rayos en el mar se hace más amplio, abraza toda la balsa de agua que está frente a Jesús, y se pierde cada vez más lejano: senda de luz que desde los confines del mundo parece venir hacia Jesús, remontando el canal, terminando en la balsa de la dársena. Y por esta senda viene una barca, pequeña, blanca. Avanza, avanza, sin dejar huellas de su paso en el camino de agua que se reconstruye después de su paso… Remonta el canal… Ya está en la dársena silenciosa. Aborda. Se para. Y tres sombras bajan. Un hombre musculoso, una mujer y una grácil figurita entre los dos. Se dirigen hacia la casa del soguero.

Jesús se pone en pie y va hacia ellos.
-La paz a vosotros. ¿A quién buscáis?

-A ti, Maestro -dice Lidia mientras se descubre y se aproxima sola. Y continúa:

«Claudia te ha servido. Porque era una cosa justa y completamente moral. Ésa es la muchacha. Valeria, dentro de un poco, la tomará como niñera de la pequeña Fausta. Pero, entretanto, te ruega que la tengas Tú; es más, que se la confíes a tu Madre o a la madre de tus parientes. Es completamente pagana. Bueno, más que pagana.

El amo con quien ha crecido ha metido en ella la absoluta nada. No sabe ni de Olimpo ni de ninguna otra cosa. Lo único que tiene es un terror loco de los hombres, porque la vida se le ha descubierto totalmente y en toda su brutalidad desde hace algunas horas…».

-¡Oh, triste palabra! ¿Demasiado tarde?

-No materialmente… Pero él ya la preparaba para su… digamos sacrilegio. Y la criatura está aterrorizada… Claudia ha tenido que dejarla durante toda la cena junto a ese sátiro, reservándose para entrar en acción cuando el vino le hubiera hecho menos capaz de reflexionar. No es necesario que yo te recuerde que, si el hombre es siempre lúbrico en sus amores sensuales, lo es en modo sumo cuando está ebrio… Pero sólo entonces es un juguete que puede ser instado por una fuerza y privado de su tesoro. Y Claudia se ha aprovechado de esto. Enio desea el regreso a Italia, de la que ha sido alejado por desaire… Claudia ha prometido el regreso a cambio de la muchacha. Enio se ha tragado el anzuelo… Pero mañana, pasada la embriaguez, se rebelará, la buscará, montará un jaleo. Verdad es que mañana Claudia tendrá la manera de hacerle callar.

-¿Violencia? ¡No!…

-¡La violencia usada con buen fin es útil! Pero no será usada. Lo único es que Pilatos, todavía un poco atontado por el mucho vino bebido esta noche, firmará la orden para Enio de ir a informar a Roma… ¡Ja! ¡Ja!… Y con la primera nave militar partirá.

Pero entretanto… conviene que la muchacha esté en otro lugar, por temor a que Pilatos se arrepienta y revoque la orden… ¡Es tan variable! Y conviene que la muchacha olvide, si puede, las porquerías humanas. Maestro… Hemos ido a la cena por esto… Pero, ¿cómo hemos podido ir a esas orgías hasta hace pocos meses sin sentir náusea? Hemos huido de allí en cuanto hemos obtenido lo que queríamos… Allí nuestros maridos emulan todavía a los animales… ¡Qué náusea, Maestro!… Y tenemos que recibirlos después de que… después de que…

-Sed austeras y pacientes. Con el ejemplo mejoraréis a vuestros consortes.
-¡Oh, no es posible!… No sabes…
La mujer llora más de indignación que de dolor. Jesús suspira.

Lidia continúa:

-Claudia te dice que ha hecho esto para mostrarte que te venera como al único Hombre que merece veneración. Y quiere que te diga que te agradece el que le hayas enseñado el valor de un alma y de la pureza. Lo recordará.

¿Quieres ver a la muchacha?

-Sí. ¿Y el hombre quién es?

-El númida mudo de quien se sirve Claudia en las cosas más secretas. No hay peligro de delación… No tiene lengua…
Jesús repite, como por la tarde: « ¡Pobrecillo!». Pero tampoco ahora hace el milagro.

Lidia va por la muchacha. La toma de la mano y casi la lleva a rastras frente a Jesús. Explica:
-Sabe pocas palabras latinas y menos aún judías… Un animalito salvaje… Únicamente objeto de placer. Y a la muchacha: «No tengas miedo. Dile "gracias". Es el que te ha salvado… Arrodíllate. Bésale los pies. ¡Ánimo! ¡No tiembles!… ¡Perdona, Maestro! Está aterrorizada por las últimas caricias de Enio ya borracho…

-¡Pobre criatura! -dice Jesús poniendo la mano en la cabeza cubierta de la muchacha -¡No temas! Te llevaré donde mi Madre durante un tiempo. Con una Mamá, ¿comprendes? Y tendrás a tu alrededor a muchos buenos hermanos… ¡No temas, hija mía!

¿Qué hay en la voz de Jesús y en la mirada? Todo: paz, seguridad, pureza, amor santo. La muchacha lo siente, echa hacia atrás el manto y la capucha para mirarlo mejor, y la figurita grácil, de joven que apenas si está en los umbrales de la pubertad, casi todavía niña, de gracias inmaduras e inocente aspecto, aparece envuelta en una túnica demasiado ancha para ella…

-Estaba semidesnuda… Le he puesto y le he metido en el fardel los primeros vestidos que he encontrado… -explica Lidia.

-¡Una niña! -dice con piedad Jesús, y tendiéndole la mano pregunta: « ¿Quieres venir conmigo, sin miedo?».
-Sí, amo.
-No. No amo. Dime: Maestro.
-Sí, Maestro -dice más segura la muchacha, y una tímida sonrisa substituye a la expresión de miedo que había antes en el rostro blanquísimo.

-¿Eres capaz de andar mucho camino?
-Sí, Maestro.
-Luego descansarás donde mi Madre, en mi casa, en espera de Fausta… una niñita a la que querrás mucho… ¿Te gusta?
-¡Oh, sí!… -y la muchacha levanta segura los claros ojos de un gris azul bellísimo, entre pestañas de oro, y osa preguntar:

-¿Ya nunca más aquel amo? -y un destello de terror todavía le turba la mirada.
-Jamás -vuelve a prometer Jesús, poniendo de nuevo la mano en los tupidos cabellos de color blondo miel de la muchacha.

-Adiós, Maestro. Dentro de pocos días estaremos en el lago también nosotras. Quizás nos veremos todavía. Ruega por las pobres romanas.

-Adiós, Livia. Dile a Claudia que estas son las conquistas que Yo pretendo, y no otras. Ven, niña. Partiremos. Dile a Claudia que estas son las conquistas que Yo pretendo, y no otras. Ven, niña. Partiremos inmediatamente…
Y, llevándola de la mano, se asoma a la puerta del almacén llamando a los apóstoles.

Mientras la barca, sin dejar huella de su venida, regresa al mar abierto, Jesús y los apóstoles, con la niña en medio del grupo cubierta con un manto, van, por las callejuelas periféricas y desérticas, hacia los campos…

425- En Cesárea Marítima. Romanos mundanos y parábola de los hijos con destinos distintos

Cesárea tiene vastos mercados, a los que afluyen productos alimenticios finos para las refinadas mesas romanas.

Cerca de las plazas de los mercados donde, formando una imagen calidoscópica de rostros, colores y géneros, están los alimentos más humildes, se encuentran los almacenes para los alimentos más ricos, importados de todas partes -bien sea de las distintas colonias romanas o de la distante Italia -para hacer menos penosa la ausencia de la lejana Patria.

Y los almacenes de los vinos o de las finuras culinarias traídas de otros lugares están bajo profundos pórticos, porque a los romanos no les gusta que el sol los queme, ni que los mojen las lluvias, mientras buscan para sus paladares refinados los alimentos que consumirán en los festines. De acuerdo con ser epicúreos en el gusto del paladar, pero ello no debe faltar al respeto a los otros miembros… así que sombras de pórticos frescos, arcos protectores para las lluvias conducen desde el barrio romano -casi todo él reunido en torno al palacio del Procónsul, apretado entre la vía litoral y la plaza de los edificios militares y telonios -a los almacenes romanos cercanos a los mercados de los judíos.

Hay mucha gente bajo estos pórticos, que, si bien no son bonitos en esta parte extrema suya que desemboca en los mercados, cómodos sí que son. Gente de todos los tipos.

Esclavos y libertos, y también algún que otro epicúreo señor circundado de esclavos, que, dejada su litera en la vía, va indolente de una tienda a otra, comprando cosas que los esclavos llevan a casa. Las consabidas ociosas conversaciones, cuando dos señores romanos se encuentran: el tiempo, el aburrimiento de la ciudad, que no ofrece las satisfacciones de la Italia lejana, añoranzas de espectáculos grandiosos, programas de festines y conversaciones licenciosas.

Un romano, precedido por un grupo de unos diez esclavos cargados de sacos y paquetes, se cruza con otros dos de su clase. Saludos recíprocos:

-¡Salve, Enio!
-¡Salud, Floro Tulio Cornelio! ¡Salud, Marco Heracles Flavio!

-¿Cuándo has vuelto?
-Cansado, al alba de anteayer.
-¿Tú cansado? ¿Pero cuándo sudas tú! -dice, burlón, el joven llamado Floro.

-No te burles, Floro Tulio Cornelio. ¡También ahora estoy sudando por los amigos!

-¿Por los amigos? No te hemos pedido fatigas -objeta el otro, más anciano, llamado Marco Heracles Flavio.
-Pero mi amor piensa en vosotros. ¿Veis, vosotros, crueles que os burláis de mí, esta fila de esclavos cargados de pesos? Otros los han precedido con otros pesos. Y todo para vosotros. Para daros honores».

-¿Este es entonces tu trabajo? ¿Un banquete? ¿Y por qué? -gritan rumorosamente los dos amigos.
-¡Chist! ¡Un alboroto como éste entre nobles patricios! Os parecéis a la plebe de esta ciudad donde nos consumimos en…

-Orgías y ocio. Que no hacemos sino eso. Todavía me pregunto: ¿para qué estamos aquí?, ¿qué misiones tenemos?
-Morir de aburrimiento es una.

-Enseñar a vivir a estas plañideras quejumbrosas es otra.
-Y… sembrar a Roma en los sagrados bacinetes de las mujeres hebreas es otra más.

-Y otra es gozar, aquí como en otras partes, de nuestra riqueza y poder, al cual todo le está permitido.

Los tres se alternan como por una letanía, y ríen.
Pero el joven Floro se para y se pone serio, y dice:
-Pero desde hace ya un tiempo una neblina se abate sobre la alegre corte de Pilato. Las más hermosas damas parecen castas vestales y sus maridos las secundan en el capricho.

Ello quita mucho a las habituales fiestas…
-¡Ya! El capricho por ese tosco Galileo… Pero pasará pronto…

-Te equivocas, Enio. Sé que también Claudia está conquistada, y por eso una… extraña morigeración de costumbres se ha establecido en su palacio. Parece como si reviviera allí la austera Roma republicana…

-¡Uf! ¡Qué aburrimiento! ¿Pero desde cuándo?
-Desde el dulce Abril propicio a los amores. Tú no lo sabes… Estabas ausente. Nuestras damas han regresado fúnebres como las lloronas de las urnas cinerarias, y nosotros, pobres hombres, tenemos que buscar en otros lugares muchos solaces, que tampoco se nos conceden en presencia de las púdicas.

-Una razón más para que os socorra. Esta noche gran cena… y además gran orgía, en mi casa. En Cintium, donde he estado, he encontrado delicias que estos inmundos consideran impuras: pavos reales, perdices y zancudas de todas las especies, y crías de jabalíes: la madre matada y ellos cogidos vivos y criados para nuestras cenas. Y vinos…

¡Ah, delicados, preciosos vinos de las colinas romanas, de mis cálidas pendientes de Liternum y de tus soleadas playas en Aciri!… Y aromáticos vinos de Quío y de la isla en que Cintium es la gema. Y embriagadores vinos de Iberia, propicios para encender la sensualidad para el goce final. ¡Oh, tiene que ser una gran fiesta! Para sacudirnos el aburrimiento de este exilio. Para persuadirnos de que somos todavía viriles…

-¿También mujeres?
-También… Y más guapas que rosas. De todos los colores y… sabores. Un tesoro me ha costado adquirir todas las mercancías, y entre ellas las hembras… Pero soy generoso para los amigos… Ahora aquí estaba terminando de comprar las últimas cosas: las que en el viaje podían estropearse. ¡Después del banquete… a nosotros el amor!…
-¿Has tenido buena navegación?

-Magnífica. Venus marina me ha sido propicia. En fin… le dedico a ella el rito de esta noche…

Los tres se ríen de forma vulgar, catando ya con anticipación las próximas, indignas delicias…

Pero Floro pregunta:

-¿Por qué esta extraordinaria fiesta? ¿Hay un motivo para ella?…
-Tres motivos: mi amado nieto se pone en estos días la toga viril. Debo dar solemnidad a este acontecimiento. Una obediencia al presagio que me decía que Cesárea se transformaba en dolorosa morada y había que conjurar el hado con un rito a Venus. El tercero… -bajo, os lo digo bajo -es que estoy de boda…
-¡Tú! ¡Embustero!

-Estoy de boda. Es "boda" cada vez que uno saborea el primer trago de un ánfora cerrada. Yo esta noche lo voy a hacer. He pagado por ella veinte mil sextercios o, si lo preferís, doscientos áureos, porque en realidad es lo que he terminado por desembolsar entre intermediarios y… similares. Pero no la habría encontrado más hermosa y pura ni aunque la hubiera dado a luz Venus en una aurora de Abril y la hubiera hecho de espumas y rayos de oro. Un capullo, un capullo cerrado… ¡Ah, y yo soy su dueño!
-¡Profanador! -dice, burlón, Marco Heracles.

-¡No te pongas censor, que eres como yo!… Cuando se marchó Valeriano, aquí languidecíamos de aburrimiento. Pero yo tomo su lugar… Los tesoros de los antepasados están para esto. Y no voy a ser como él, tan necio que espere a que la más rubia que la miel, Gala Ciprina -la he llamado así -, sea corrompida por las melancolías y filosofías de los emasculados que no saben gozarse la vida…

-¡Sí señor! pero, de todas formas… la esclava de Valeriano era culta y…
-… y estaba desquiciada con sus lecturas de los filósofos… Alma, segunda vida, virtud… ¡qué va hombre!… vivir es gozar. Y aquí se vive. Ayer he arrojado a las llamas todos los volúmenes funestos, y so pena de muerte, he mandado a los esclavos que no recuerden miserias de filósofos ni de galileos. Y la muchacha me conocerá sólo a mí…

-¿Pero dónde la has encontrado?
-Ya ves, hubo quien fue sagaz y adquirió esclavos después de las guerras gálicas y no los usó más que como reproductores, manteniéndolos bien. Sólo debían procrear para dar flores nuevas… Y Gala es una de éstas. Ahora es púber, y el amo la ha vendido… Y yo la he comprado… ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
-¡Libidinoso!

-Si no hubiera sido yo, hubiera sido otro… Por tanto… no debía nacer mujer…
-Si te oyera… ¡Oh, ahí está!
-¿Quién?

-El Nazareno que ha hechizado a nuestras damas. Está detrás de ti…

Enio se vuelve como si tuviera a sus espaldas un áspid. Mira a Jesús, que avanza lentamente entre la gente que se apiña alrededor de Él, pobre gente común y también esclavos de romanos, y, riendo maliciosamente, dice:

-¿Ese andrajoso? Las mujeres son unas depravadas. Pero vamos a largarnos, ¡no vaya a ser que nos hechice también a nosotros! Vosotros -dice por fin a sus pobres esclavos, que han estado todo el tiempo bajo sus cargas, semejantes a cariátides para las cuales no hay piedad -vosotros, id a casa, y raudos, que habéis perdido tiempo hasta ahora y los preparadores están esperando las especias, los perfumes. ¡Corriendo! Y recordad que os espera el azote, si todo no está preparado para la puesta del sol.
Los esclavos se marchan corriendo y más lentamente, los sigue el romano con los dos amigos…

Jesús avanza. Triste, porque ha oído el final de la conversación de Enio. Y desde lo alto de su estatura mira con infinita compasión a los esclavos que corren bajo sus pesos.

Se vuelve en torno a sí, busca otras caras de esclavos de romanos… Ve algunas, mezcladas entre la turba que le aprieta, temblorosas de miedo (los esclavos tienen miedo a ser sorprendidos por los encargados u obligados por los hebreos a marcharse), y, deteniéndose, dice:

-¿No hay entre vosotros alguno de aquella casa?
-No, Señor. Pero los conocemos -responden los esclavos presentes.

-Mateo, dales abundante limosna. Lo repartirán con sus compañeros, para que sepan que hay quien los quiere. Y vosotros sabed, y decídselo a los otros, que con la vida cesa el dolor sólo para los que fueron buenos y honestos en sus cadenas, y con el dolor cesa la diferencia entre ricos y pobres, esclavos y libres. Después hay un único y justo Dios para todos, el cual, sin tener en cuenta ni riquezas ni cadenas, dará premio a los buenos y castigo a los no buenos. Recordadlo.

-Sí, Señor. Pero nosotros los de las casas de Claudia y Plautina vivimos bastante felices, como también los de Livia y Valeria; y te bendecimos porque has mejorado nuestra condición -dice un anciano, al que todos escuchan como jefe.

-Para mostrarme que me estáis agradecidos, sed cada vez más buenos, y tendréis al verdadero Dios como vuestro eterno Amigo.

Jesús alza la mano como para despedirse y bendecir, y luego se pone junto a una columna y empieza a hablar en medio del atento silencio de la muchedumbre. Y ya no se marchan los esclavos, sino que se quedan a escuchar las palabras que salen de la boca divina.

-Oíd. Un padre que tenía muchos hijos dio a cada uno de ellos, ya adultos, dos monedas de mucho valor, y les dijo: "No pienso seguir trabajando para cada uno de vosotros. Ya estáis en la edad de ganaros la vida. Por tanto os doy a cada uno una cantidad igual de dinero, para que la empleéis como más os plazca y para vuestro interés.

Yo estaré esperando aquí, dispuesto a aconsejaros, dispuesto también a ayudaros, si por una involuntaria calamidad perdierais todo el dinero que ahora os doy o parte de él. Pero recordad bien que seré intransigente con el que lo disipe con malicia voluntaria y con los holgazanes que lo gasten o lo dejen como está, con el ocio o con los vicios. A todos os he mostrado el Bien y el Mal.

Así que no podéis decir que vais ignorantes al encuentro de la vida. A todos os he dado ejemplo de laboriosidad sabia y justa y de vida honesta. Por tanto, no podéis decir que os haya pervertido el espíritu con mi mal ejemplo. He cumplido con mi deber. Cumplid vosotros ahora con el vuestro, que ni sois tontos ni estáis sin la necesaria preparación ni sois analfabetos. Idos", y se despidió de ellos y se quedó solo, a la espera, en su casa.

Los hijos se dispersaron por el mundo. Tenían todos las mismas cosas: dos monedas de gran valor, de las que podían libremente disponer, y un tesoro mayor de salud, energía, conocimientos y ejemplos paternos. Por tanto, habrían debido llegar todos de la misma forma a un resultado positivo. Pero ¿qué sucedió?

Que entre los hijos hubo quien hizo buen uso de las monedas y consiguió pronto un grande y honesto tesoro con el trabajo asiduo y honesto y una vida moderada, conformada a las enseñanzas del padre; hubo quien al principio se enriqueció honestamente, pero luego despilfarró la fortuna con el ocio y las orgías; hubo quien hizo dinero con usura y comercio indigno; y hubo quien no hizo nada, porque fue pasivo, perezoso, vacilante, y acabó las monedas de mucho valor sin haber podido encontrar todavía una ocupación cualquiera.

Después de un tiempo, el padre de familia mandó servidores a todas las partes donde sabía que estaban sus hijos, y dijo a los servidores: "Diréis a mis hijos que se reúnan en mi casa. Quiero que rindan cuentas de lo que han hecho en este tiempo, y hacerme idea directa de sus condiciones". Y los servidores fueron por todos los lugares y encontraron a los hijos de su señor; transmitieron el mensaje y cada uno de ellos regresó con el hijo de su señor encontrado.

El padre de familia los recibió con mucha solemnidad. Como padre, pero también como juez. Y todos los parientes de la familia estaban presentes, y con los parientes los amigos, los conocidos, los criados, los convecinos y los de los lugares limítrofes. Una reunión solemne.

El padre estaba en su sitial de cabeza de familia. En torno, en semicírculo, todos los parientes, amigos, conocidos, servidores, convecinos y habitantes de zonas limítrofes. Enfrente, alineados, los hijos.

Incluso sin preguntas, su diverso aspecto daba respuesta acerca de la verdad: los que habían sido laboriosos, honrados, morigerados, y habían construido una santa fortuna, tenían el aspecto lozano, pacífico y holgado propio de quien tiene abundantes medios, buena salud y serenidad de conciencia.

Miraban a su padre con una sonrisa buena, agradecida, humilde pero al mismo tiempo triunfadora, esplendorosa por la alegría de haber honrado al padre y a la familia y por haber sido buenos hijos, buenos ciudadanos y buenos fieles. Los que habían derrochado sus haberes en la negligencia o en el vicio estaban apesadumbrados, mustios, deslucidos la cara y el vestido, con las señales de las orgías o del hambre claramente imprimidas en todos ellos.

Los que se habían enriquecido con maniobras delictivas tenían la agresividad, la dureza, en su rostro, la mirada cruel y turbada de fieras que temen al domador y se preparan a reaccionar…

El padre empezó el interrogatorio por estos últimos: "¿Cómo es que vosotros, que teníais un aspecto tan sereno cuando os marchasteis, ahora parecéis fieras preparadas a despedazar? ¿De dónde os viene ese aspecto?".

"Nos lo ha dado la vida. Y tu dureza de mandarnos fuera de casa. Tú nos pusiste en contacto con el mundo".
"Bien. ¿Y qué habéis hecho en el mundo?".

"Lo que hemos podido para obedecer a tu orden de ganarnos la vida con la nada que nos diste.”
"Bien. Poneos en aquel rincón… Y ahora a vosotros, delgados, enfermos y mal vestidos.

¿Qué habéis hecho para acabar así? Cuando os marchasteis estabais sanos y bien vestidos".
"En diez años la ropa se deteriora…" objetaron los holgazanes.

"¿Es que ya no hay telares en el mundo que hagan telas para los indumentos de los hombres?".
"Sí… Pero se necesita dinero para comprar estas cosas…". "Lo teníais.”

"En diez años… se han requeteterminado. Todo lo que tiene principio tiene fin".
"Sí, si se saca sin meter. Pero, ¿por qué habéis sacado sólo? Si hubierais trabajado, podíais meter y sacar sin que se terminara el dinero; es más, consiguiendo que aumentara. ¿Habéis estado enfermos?".
"No, padre".
"¿Y entonces?".

"Nos sentimos desorientados… sin saber qué hacer, sin saber qué fuera lo bueno… Temíamos actuar mal, y para no actuar mal no hicimos nada'".
"¿Y no estaba vuestro padre a quien dirigirse para ser aconsejados? ¿Es que he sido alguna vez un padre intransigente, amedrentador?".

"¡Oh, no! Pero nos avergonzábamos de decirte: `No somos capaces de tomar iniciativas'. ¡Tú has sido siempre tan activo!… Nos hemos escondido por vergüenza".
"Bien. Id al centro de la estancia. ¡A vosotros! ¿Qué me decís vosotros, vosotros que al aspecto del hambre unís el de la enfermedad? ¿Quizás os ha enfermado el excesivo trabajo? Sed sinceros y no os regañaré".

Algunos de los interpelados se hincaron de rodillas golpeándose el pecho y diciendo: "¡Perdónanos, padre! Ya Dios nos ha castigado, y nos lo merecemos. Pero tú, que eres nuestro padre, perdónanos… Habíamos empezado bien, pero no perseveramos. Viéndonos fácilmente ricos, dijimos: `Pues bien, ahora vamos a gozar un poco, como nos sugieren los amigos, y luego volveremos al trabajo y reconstruiremos lo perdido'. Y queríamos hacerlo así de verdad.

Volver a las dos monedas y luego volver a hacerlas producir, como por juego. Y dos veces -dos dicen dos, uno dice tres -lo conseguimos. Pero luego la suerte nos abandonó… y consumimos todo el dinero".

”Pero ¿por qué no os corregisteis después de la primera vez?”

  "Porque el pan condimentado con el vicio corrompe el paladar y ya uno no puede prescindir de él...”

"Estaba vuestro padre…”
"Es verdad. Y te anhelábamos con añoranza y nostalgia. Pero te hemos ofendido… Suplicábamos al Cielo que te inspirara llamarnos para recibir tu reprensión y tu perdón; esto pedíamos y pedimos, más que las riquezas que ya no queremos porque nos han extraviado".
"Bien. Poneos también junto a los de antes, en el centro de la estancia. ¿Y vosotros, enfermos y pobres como éstos, pero que estáis silenciosos y no mostráis dolor, qué decís?".

"Lo que han dicho los primeros. Que te odiamos porque con tu imprudente modo de actuar nos has causado la ruina. Tú, que nos conocías, no debías lanzarnos a las tentaciones. Nos has odiado y te odiamos. Nos has preparado esta trampa para librarte de nosotros. ¡Maldito seas!".

"Bien. Id junto a los primeros a aquel rincón. Y ahora a vosotros, de lozano aspecto, serenos, ricos hijos míos. Decid. ¿Cómo habéis alcanzado esto?".

"Poniendo en práctica tus enseñanzas, ejemplos, consejos, órdenes, todo. Resistiendo a los tentadores por amor a ti, padre bendito que nos has dado la vida y los conocimientos".

"Bien. Venid a mi derecha. Y oíd todos mi juicio y mi defensa. Yo he dado a todos igual en dinero, ejemplo y conocimientos; mis hijos han respondido de formas diferentes. De un padre trabajador, honrado, morigerado, han salido algunos semejantes a él, luego ociosos, luego débiles que con facilidad caen en tentación, y crueles que odian a su padre, a sus hermanos y al prójimo, contra quien -aunque no lo digan, lo sé -han ejercitado usura y han cometido delitos. Y en los débiles y los ociosos están los arrepentidos y los impenitentes.

Ahora juzgo. Los perfectos ya están a mi derecha, a mi nivel en la gloria como en las obras; los arrepentidos estarán de nuevo sujetos, como niños que han de instruirse todavía, hasta que alcancen el grado de capacidad que los haga de nuevo adultos; los impenitentes y culpables, que sean arrojados fuera de mis fronteras y perseguidos por la maldición de quien ya no es su padre, porque su odio a mí anula las relaciones de paternidad y filiación entre nosotros. Y recuerdo a todos que cada uno se ha construido su destino, porque yo he dado a todos las mismas cosas, que, en los que las han recibido, han producido cuatro desenlaces distintos, y no puedo ser acusado de haber querido su mal".

La parábola ha terminado, oh vosotros que habéis escuchado. Ahora os doy sus equivalencias.
El Padre de los Cielos está celado en el padre de familia numerosa. Las dos monedas dadas por el padre a todos los hijos antes de mandarlos al mundo son el tiempo y la libre voluntad que Dios da a cada uno de los hombres, para que los use como mejor le parezca, después de haber sido adoctrinado y edificado con la Ley y los ejemplos de los justos.

A todos, iguales dones. Pero cada hombre los usa como su voluntad quiere: quién atesora el tiempo, los medios, la educación, la riqueza, todo, en el bien y se mantiene sano y santo, rico con una riqueza multiplicada; quién empieza bien y luego se cansa y disipa los bienes; quién no hace nada pretendiendo que sean los demás los que hagan las cosas; quién acusa al Padre de los propios errores; quién se arrepiente, dispuesto a ofrecer reparación; quién no se arrepiente y acusa y maldice como si su ruina hubiera estado forzada por otros. Y Dios a los justos les da inmediatamente premio; a los arrepentidos, misericordia y tiempo de expiar para alcanzar el premio por su arrepentimiento y expiación; y da maldición y castigo a quien pisotea el amor con la impenitencia después del pecado. A cada uno le da lo suyo.

No malgastéis nunca las dos monedas, el tiempo y el libre arbitrio; antes bien, usad éstos con justicia para estar a la derecha del padre, y, si habéis faltado, arrepentíos y tened fe en el misericordioso Amor. Idos. ¡La paz esté con vosotros!

Los bendice y los mira mientras se alejan bajo el sol que inunda la plaza y las calles. Pero los esclavos están todavía allí…

-¿Todavía aquí, pobres amigos? ¿Y no os van a castigar?
-No, Señor, si decimos que te hemos estado escuchando a ti. Nuestras amas te veneran. ¿A dónde vas ahora, Señor? Desean verte desde hace mucho…

-A casa del soguero del puerto. Pero me marcho esta noche, y vuestras amas estarán en la fiesta…
-Lo diremos igualmente. Nos tienen ordenado, desde hace meses y meses, que señalemos todas las veces que pases.

-De acuerdo. Marchaos. Y también vosotros haced buen uso del tiempo y del pensamiento, que es siempre libre aunque el hombre esté encadenado.

Los esclavos se prosternan y se marchan hacia los barrios romanos; Jesús y los suyos, por una callecita modesta, van hacia el puerto.

424- Pensamientos de gloria y martirio ante la vista de la costa mediterránea

Desde las cimas de las últimas elevaciones, que ya no es propio llamar colinas, pues son de una altura muy relativa, aparece un amplio radio de la costa mediterránea, limitado al norte por la elevación del Carmelo, libre al sur hasta las extremas lejanías que la vista humana puede alcanzar. Una plácida costa, casi recta, que tiene a sus espaldas una llanura feraz, apenas interrumpida por levísimas ondulaciones.

Las ciudades marítimas son visibles con la blancura de sus casas entre el verde del interior y el azul espléndido del mar plácido y sereno que refleja el azul puro del cielo.

Cesárea se halla un poco al norte del lugar en que están los apóstoles con Jesús y algunos discípulos, encontrados quizás en los pueblos que han atravesado al anochecer o al alba.

Porque ahora ya está superada el alba, y superada la aurora, a pesar de que todavía el día transcurra sus primeras horas: esas horas tan hermosas de las mañanas estivales en que el cielo, después del rosicler de la aurora, vuelve a ser azul, y fresco el aire nítido, frescos los campos, intacto de velas el mar; horas virginales del día, en que se abren las nuevas flores, y las gotas de rocío, secándose con el primer sol, exhalan consigo los aromas de las hierbas, y confían el frescor y el perfume al respiro leve de la brisa matutina, que apenas si mueve las hojas en sus tallitos y riza apenas la superficie llana del mar.

La ciudad -bonita como todos los lugares en que el refinamiento romano tiene sede -aparece extendida sobre la orilla. Termas y palacios marmóreos albean, como bloques de nieve endurecida, en los barrios más cercanos al mar, custodiados por una torre, también blanca, alta, cuadrada, enclavada junto al puerto. Quizás un castro o un lugar de vigía. Luego las casitas más modestas, periféricas, construidas en estilo hebreo. Y, por todas partes, verdor de pérgolas y jardines elevados (más o menos fastuosos, ubicados en las terrazas que coronan las casas) y descollar de copas de árboles.

Los apóstoles admiran, se detienen a la sombra fresca de un grupo de plátanos puesto casi en la cima de la colina.
-¡Se ensancha el respiro viendo esta inmensidad! -exclama Felipe.

-Y a uno le parece ya sentir todo el frescor de aquellas bonitas aguas azules -dice Pedro.

-¡Sí, verdaderamente! ¡Después de tanto polvo, piedras, zarzas… mira que tersura! ¡Qué frescor! ¡Qué paz! El mar da siempre paz -comenta Santiago de Alfeo.

-¡Mmm! Menos cuando… te bambolea y te hace dar vueltas a ti y a la barca como a bolos en manos de chavales… -le responde Mateo, que probablemente recuerda su mal de mar.

-Maestro… yo pienso… pienso en todas las palabras de nuestros salmistas, en el libro de Job, en las palabras de los libros sapienciales… pienso en los lugares en que se celebra la potencia de Dios. Y, no sé por qué, este pensar, que me viene de lo que veo, me hace brotar el pensamiento de que seremos sublimados hasta una belleza perfecta en una pureza azul y luminosa, si somos justos hasta el final, hasta la gran revista, hasta el momento de tu triunfo eterno, el que Tú nos describes y que significará el final del Mal…

Y me parece ver poblada esta inmensidad celeste de luminosos cuerpos resucitados en ti, refulgente más que mil soles, en el centro de los bienaventurados, y ya no habrá dolor ni lágrimas ni insultos ni denigraciones como las de ayer al anochecer… y paz, paz, paz… Pero, ¿cuándo va a terminar de hacer daño el Mal? ¿Va a romper, acaso, las puntas de sus saetas contra tu Sacrificio? ¿Se va a persuadir de estar derrotado? -dice Juan, el cual, si al principio sonreía, ahora está angustiado.

-Jamás. Siempre creerá que es triunfador, a pesar de todos los mentís que le den los santos. Y mi Sacrificio no despuntará sus saetas. Pero llegará la hora, la hora final, en que el Mal será vencido, y en una belleza aún más infinita de la que tu espíritu prevé, los elegidos serán el único Pueblo, eterno, santo, el Pueblo verdadero del Dios verdadero.

-¿Y nosotros estaremos allí todos? -preguntan los apóstoles.
-Todos.

(Todos. María Valtorta precisa en una copia mecanografiada̢ ̩Puede decir "todos" porque Judas Iscariote no está
presente, y de los apóstoles sólo el hombre de Keriot se condenó”)

-¿Y nosotros? -pregunta el grupo, más numeroso, de los discípulos.

-Vosotros también estaréis todos.
-¿Todos los presentes o todos los que somos discípulos? Ya somos muchos, a pesar de los que se han separado.
-Y cada vez seréis más. Aunque no todos seréis fieles hasta el final. Pero muchos estarán conmigo en el Paraíso. Unos recibirán el premio después de una expiación, otros desde el primer momento después de la muerte; pero el premio será tal, que, de la misma forma que olvidaréis la Tierra y sus dolores, olvidaréis también el Purgatorio con sus penitenciales nostalgias de amor.

Maestro, Tú nos has dicho que sufriremos persecuciones y martirios. Entonces, podremos ser apresados y muertos sin tener tiempo de arrepentirnos; o nuestra debilidad nos hará faltar de resignación a la muerte cruenta… ¿Y entonces? -pregunta Nicolái de Antioquía, que está entre los discípulos.

-No creas eso. Por vuestra debilidad de hombres no podríais, efectivamente, sufrir resignados el martirio. Pero a los grandes espíritus, que deben dar testimonio del Señor, el Señor les infunde una ayuda sobrenatural…

-¿Cuál? ¿La insensibilidad quizás?
-No, Nicolái. El amor perfecto. Llegarán a un amor tan completo, que el suplicio de la tortura, el suplicio de las acusaciones, el suplicio de las separaciones de los parientes o de la vida o de todo, no serán ya una realidad que abate. Antes al contrario, y sobre todo, se transformará en base para elevarse al Cielo, para acoger este Cielo, para verlo; por tanto, para tender los brazos y el corazón hacia las torturas y así ir a donde ya estará su corazón: al Cielo.

-Uno que muera así estará muy perdonado entonces -dice un discípulo anciano cuyo nombre desconozco.
-No mucho, perdonado del todo, Papías. Porque el amor es absolución y el sacrificio es absolución, y la confesión heroica de la fe es absolución. Así pues, como ves, los mártires recibirán un ternario lavacro.

-¡Oh! Entonces… Yo he pecado mucho, Maestro, y he seguido a éstos para obtener perdón, y ayer me lo has dado y por eso has sido insultado por quien no perdona y es culpable. Yo creo que tu perdón es válido. Pero por mis largos años de culpa dame el martirio absolutorio.
-Mucho pides, hombre.

-No será nunca cuanto debo dar para obtener la bienaventuranza que Juan de Zebedeo ha descrito y Tú has confirmado. Te lo suplico, Señor: haz que muera por ti, por tu doctrina…

-Mucho pides, hombre. La vida del hombre está en las manos de mi Padre…
-Pero todas tus oraciones hayan acogida, como hayan acogida todos tus juicios. Pídele al Eterno este perdón para mí…

El hombre está de rodillas a los pies de Jesús, que lo mira á los ojos y dice:

-¿Y no te parece martirio vivir cuando el mundo ha perdido todo atractivo y cuando el corazón tiene su anhelo puesto en el Cielo; y vivir para adoctrinar a otros en orden al amor y conocer las desilusiones del Maestro y perseverar sin cansancios para darle almas al Maestro? Haz la voluntad de Dios, siempre, aunque te pareciera más heroica la tuya, y serás santo…

Pero ahí están los compañeros que vienen con las provisiones. Vamos a ponernos en camino para llegar a la ciudad antes de las horas tórridas.

Y se pone Él el primero en marcha por la suave bajada, que pronto toca la llanura cortada por la cinta blanca de la calzada que conduce a Cesárea Marítima.

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