304- Con Juan de Endor, Síntica y Margziam. María es Madre y Maestra

-¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro!

Los tres gritos de Juan de Endor, que al salir de su habitación para ir a la pila a lavarse se ha encontrado de frente a Jesús que de allí viene, despiertan a Margziam, el cual sale corriendo de la habitación de María, vestido sólo con una camisola sin mangas y corta, todavía descalzo, todo ojos y boca, para ver y gritar:

«¡Está aquí Jesús!», y todo piernas para correr y trepar a sus brazos. Despiertan también a Síntica (que duerme en el ex taller de José), la cual, pasados unos momentos, sale, ya vestida pero con sus obscuras trenzas todavía semisueltas y colgándole por los hombros.

Jesús, con el niño todavía en los brazos, saluda a Juan y a Síntica, y los exhorta a entrar en la casa, porque la tramontana es muy fuerte. Entra Él el primero, y lleva al semidesnudo Margziam, que castañetea los dientes a pesar de su entusiasmo, al lado de la lumbre, ya encendida, donde María se apresura a calentar leche y luego la ropa del niño para que no contraiga una enfermedad.

Los otros dos no hablan, pero parecen la personificación de la alegría extática. Jesús, que está sentado con el niño en su regazo mientras la Virgen, presurosamente, lo arreboza en la ropa calentada, alza la cara y les sonríe diciéndoles:

-Os prometí que vendría. Y hoy o mañana viene también Simón Zelote. Ha ido, por indicación mía, a otro lugar, pero pronto vendrá y estaremos juntos bastantes días.

El aseo de Margziam ha terminado; ya el color vuelve a sus carrillitos lívidos de frío. Jesús lo baja de sus rodillas y se pone de pie. Pasa a la habitación de al lado, seguido por todos. La última es María, con el niño de la mano, al cual regaña dulcemente así:

-¿Qué tendría que hacer yo ahora contigo? Has desobedecido. Te había dicho: "Estáte en la cama hasta que vuelva", y has venido antes…

-Me he despertado por los gritos de Juan… -se disculpa Margziam.

-Precisamente entonces debías saber obedecer. Estar en la cama mientras uno duerme no es obediencia, y no hay ningún mérito en hacerlo. Debías haber sabido hacerlo cuando había mérito porque exigía voluntad. Yo te habría llevado a Jesús. Lo habrías tenido todo para ti, y sin el riesgo de coger una enfermedad.

-No sabía que hacía tanto frío.

-Pero yo sí que lo sabía. Me apena el verte desobediente.

-No, Mamá. Me apena más a mí el verte así… ¡Si no hubiera sido por Jesús no me habría levantado ni aunque me hubieras olvidado en la cama sin comer, Mamá guapa, Mamá mía!… Dame un beso. Mamaíta. ¡Ya sabes que soy un pobre niño!…

María lo toma en brazos y lo besa, deteniendo así las lágrimas en su carita, a la que devuelve la sonrisa con la promesa del niño:

-No te voy a volver a desobedecer nunca, nunca, nunca!
Jesús, entretanto, habla con los dos discípulos. Se informa de sus progresos en la Sabiduría, y, dado que dicen que por la palabra de María todo se ilumina en ellos, dice:

-Lo sé. La sobrenaturalmente luminosa Sabiduría de Dios se hace comprensible luz incluso para los más duros de corazón si es ella quien la expone. Pero vosotros no sois duros de corazón, así que os beneficiáis enteramente de su enseñanza.

-Ahora estás Tú, Hijo. La maestra se convierte de nuevo en alumna.

-¡No! Tú sigues siendo maestra. Yo te escucharé como ellos. Estos días soy sólo "el Hijo". Nada más. Tú serás la Madre y Maestra de los cristianos. Lo eres ya desde ahora: Yo, tu Primogénito y primer alumno; éstos, y con ellos Simón cuando venga, los otros… ¿Ves, Madre? El mundo está aquí: el mundo del mañana en el pequeño israelita puro que ni siquiera se dará cuenta de hacerse "el cristiano"; el mundo, el viejo mundo de Israel, en el Zelote; la humanidad en Juan; los gentiles en Síntica.

Y vienen todos a ti, santa Criadora que das leche de Sabiduría y Vida al mundo y a los siglos. ¡Cuántas bocas han deseado prenderse a tu pezón! ¡Y cuántas lo harán en el futuro! Te anhelaron los Patriarcas y los Profetas, porque de tu seno fecundo había de venir el Alimento del hombre. Y te buscarán, como otro Margziam cada uno de ellos, los "míos", para ser perdonados, instruidos, defendidos, amados. ¡Y dichosos los que lo hagan! Porque no será posible perseverar en Cristo si no se fortalece la gracia con tu ayuda, Madre llena de Gracia.

María parece una rosa vestida de oscuro, de tanto como se le ha encendido el rostro por la alabanza de su Hijo: una espléndida rosa muy humildemente vestida, de gruesa lana marrón oscura…

-Llaman y entran en grupo María de Alfeo, Santiago y Judas, cargados, estos últimos, de ánforas de agua y haces de leña. La alegría de verse es recíproca, y aumenta cuando vienen a saber que pronto llegará el Zelote. El afecto de los hijos de Alfeo por él es claro, incluso sin tener en cuenta la frase que Judas dice como respuesta a la observación de su madre, que repara en esta alegría de ellos:

-María, precisamente en esta casa, una noche muy triste para nosotros, nos dio afecto de padre, y lo mantiene. Esto no podemos olvidarlo. Para nosotros es "el padre"; nosotros para él "los hijos". ¿Qué hijos no exultan al volver a ver a un padre bueno?

María de Alfeo reflexiona y suspira… Luego, muy práctica incluso en medio de sus penas, pregunta:
-¿Y dónde lo vais a meter para dormir? No tenéis sitio. Mandadlo a mi casa.

-No, María. Estará bajo mi techo. Se resuelve pronto. Síntica duerme con mi Madre, Yo con Margziam, Simón en el taller. Es más, lo mejor será preparar las cosas enseguida. Vamos.

Y los hombres salen al huerto con Síntica, mientras las dos Marías van a la cocina para sus tareas.

303- Jesús donde su Madre en Nazaret

Una noche oscura de Diciembre. Fría, ventosa. Aparte de las hojas arrancadas de aquellos árboles que todavía las tienen y que zurren con los silbidos del viento, no se siente ruido alguno por las calles de Nazaret, oscuras como las de una ciudad muerta.

A través de las casas trancadas no se filtran ni luz ni ruidos. Es verdaderamente una noche de lobos…

Y, no obstante, por las calles desiertas de Nazaret, se mueve el Cordero de Dios, en dirección a su casa. Alta sombra oscura con su vestido oscuro, casi se pierde en la tiniebla de esta noche sin estrellas, y su paso es sólo un leve crujido cuando su pie apoya sobre un conjunto de hojas que el viento, tras haberlas remolineado en el aire, ha depositado en el suelo, para, inmediatamente, volver a tomarlas y llevarlas a otro sitio.

Llega a la casa de María Cleofás. Un momento duda si entrar en el huerto y llamar a la puerta de la cocina o si seguir… Pero luego sigue, sin detenerse. Ya está en la callecita de su casa. Ya se ve el atormentado ondear de los olivos en el promontorio contra el que está construida la casa: un ondear negro en el cielo negro. Acelera el paso. Llega a la puerta. Escucha atentamente. ¡Tan fácil es oír lo que sucede en esa casa tan pequeña! Basta arrimarse a las jambas para tener sólo los pocos centímetros de la madera de la puerta entre quien escucha y quien habla… Y, no obstante, no oye ninguna voz.

-Es tarde suspira -Esperaré a que amanezca para llamar.
Pero mientras está para irse llega hasta Él el rítmico sonido del telar. Sonríe. Dice: -Está levantada. Teje. Sin duda es Ella… Es la cadencia de Mamá.
Yo no puedo ver su cara, pero estoy segura de que sonríe, porque la sonrisa se oye en su voz, antes triste, ahora alegre.

Llama. El sonido cesa un momento; luego, el ruido de una silla echada para atrás; luego, la voz argentina que pregunta:
-¿Quién llama?
-¡Yo, Mamá!
-¡Hijo mío!

Un dulce grito de alegría (grito, aunque mantenido en tono bajo). Se oye el rumor confuso de las manos en los cerrojos… se oye descorrerlos… y la puerta se abre, poniendo un recorte de oro en el color negro de la noche. María cae en los brazos de Jesús, allí mismo, en el umbral de la puerta… como si no pudieran retrasar un minuto:

Él, recibirla; Ella, abandonarse en ese Corazón.
-¡Hijo! ¡Hijo! ¡Hijo mío!

Besos, las dulces palabras «Mamá -Hijo»… Luego entran y la puerta se cierra de nuevo, despacio.
María, en voz baja, explica:

-Están todos durmiendo. Yo velaba… Desde que han vuelto Santiago y Judas y han dicho que Tú venías detrás, te he esperado siempre hasta tarde. ¿Tienes frío, Jesús? Sí. Estás de hielo. Ven. He mantenido encendida la lumbre. Voy a echar un haz de ramas. Así te calentarás.
Y lo lleva de la mano como si siguiera siendo el pequeño Jesús…

La llama resplandece alegre y crepitante en la lumbre avivada. María mira a Jesús, que extiende las manos hacia la llama para calentárselas.
-¡Qué pálido estás! No estabas así cuando nos separamos… Cada vez estás más delgado y pálido, Hijo mío. Tiempo atrás eras de leche y rosas; ahora pareces hecho de marfil añoso. ¿Qué otras cosas te han sucedido, Hijo mío? ¿Otra vez los fariseos?

-Sí… y más cosas. Pero ahora me siento feliz, aquí contigo; muy pronto estaré perfectamente. ¡Este año se celebran aquí las Encenias, Mamá! Cumplo la edad perfecta aquí a tu lado. ¿Te sientes contenta?

-Sí. Pero la edad perfecta para ti, corazón mío, está todavía lejana… Eres joven, y para mí sigues siendo mi Niño. Mira, ya está caliente la leche. ¿Quieres beberla aquí o allí en la otra habitación?
-Allí, Mamá. Ahora tengo calor. Me la bebo mientras cubres tu telar.

-Vuelven a la pequeña habitación. Jesús se sienta en el arquibanco, junto a la mesa, y se bebe la leche. María lo mira y sonríe. Sonríe más todavía cuando toca el talego de Jesús y lo pone encima de una repisa. Sonríe tanto que Jesús pregunta:

-¿En qué piensas?

-Estoy pensando en que has llegado precisamente en el aniversario de nuestra partida para Belén. También entonces había talegos y arquetas abiertas y llenas de ropa, especialmente de ropa pequeña… para un Pequeñuelo que podía nacer -decía a José -, que debía nacer -me decía a mí misma -, en Belén de Judá… Los tenía escondidos en el fondo, porque José tenía miedo de esto… No sabía todavía que el nacimiento del Hijo de Dios no estaría sujeto, ni para Él mismo ni para su Mamá, a las comunes miserias de dar a luz y de nacer.

No sabía… y tenía miedo de estar lejos de Nazaret conmigo en ese estado. Estaba segura de que iba a ser Puérpera allí… Exultabas demasiado en mí por la alegría de haber llegado a tu Natalicio, y, por tanto, al Natalicio de la Redención, como para que pudiera equivocarme. Los ángeles remolineaban en torno a la Mujer que te llevaba a ti, mi Dios… Ya no era el sublime Arcángel, ni el dulcísimo Ángel custodio mío, como meses antes. En ese momento era un sinfín de coros de ángeles, que, como saetas, venían del Cielo de Dios a mi pequeño Cielo: mi seno, donde estabas Tú… Los oía cantar y hablarse con sus palabras de luz… palabras ansiosas de verte a ti, Encarnado Dios… Los oía en esas fugas suyas de amor, fugas del Paraíso para venir a adorarte, Amor del Padre, escondido en mi seno. Y yo trataba de aprender sus palabras… sus cantos… sus ardores… Pero una criatura humana no puede ni decir ni tener cosas de Cielo…

Jesús la escucha, sentado. Ella está de pie, junto a la mesa. El, muy feliz; ella, soñando… una mano relajada sobre la oscura madera; la otra, apoyada contra el corazón… Jesús cubre su mano blanca y delicada con la suya, larga y más oscura; y aprieta en su puño esa mano santa… Y cuando ella calla, casi deplorando el no haber podido aprender de los ángeles palabras, cantos y ardores, Jesús dice:

-¡Todas las palabras de los ángeles, todos sus cantos, todos sus ardores, no me habrían hecho feliz en la tierra, si no hubiera gozado de los tuyos, Mamá mía! Tú me dijiste y me diste aquello que ellos no pudieron darme. De ti, ellos aprendieron, no tú de ellos… Ven aquí, Mamá, a mi lado; sígueme contando cosas… No de entonces, sino de ahora. ¿Qué estabas haciendo?
-Estaba trabajando…

-Lo sé. Pero, ¿qué era? De seguro que te estabas fatigando por mí. Déjame ver…
María se pone más colorada que la tela que está sobre el telar y que está siendo observada por Jesús, que se ha levantado.

-¿Púrpura? ¿Quién te la ha dado?
-Judas de Keriot. La consiguió de los pescadores de Sidón, creo. Quiere que te haga una túnica regia… Te voy a hacer la túnica, pero Tú no necesitas la púrpura para ser rey.

«Judas es más tozudo que un mulo» es el único comentario respecto a la púrpura regalada…

Luego se vuelve a su Madre:
-¿Y se hace una túnica entera con eso que te ha dado?
-¡No Hijo! Podrá servir para las orlas de la túnica y del manto. Más no.

-Bien. Entiendo por qué tejes franjas estrechas. Entonces… Mamá, me parece muy bien esta idea. Consérvame aparte estas franjas; un día te diré que las uses para un bonito vestido. Pero todavía hay tiempo. No te mates a trabajar.

-Trabajo cuando estoy en Nazaret…
-Es verdad… ¿Y los otros qué han hecho en este tiempo?
-Se han instruido.

-Es decir, los has instruido. ¿Qué te parecen?
-¡Oh, son tres personas buenas! Aparte de ti, nunca he tenido alumnos más dulces y atentos. He tratado también de dar un poco de fuerzas a Juan. Está muy enfermo. No vivirá mucho…

-Lo sé. Pero para él es un bien. Por lo demás, él mismo lo desea. Ha comprendido espontáneamente el valor del sufrimiento y de la muerte. ¿Y Síntica?
-Es una pena mandarla lejos. Vale por cien discípulos por santidad y por capacidad de entender lo sobrenatural.
-Comprendo. Pero tengo que hacerlo.
-Lo que haces está siempre bien hecho, Hijo.
-¿Y el niño?

-También aprende. Pero estos días está muy triste… Se acuerda de la desgracia de la que ahora se cumple un año… ¡Oh, no ha habido mucha alegría aquí!… Juan y Síntica están afligidos pensando en la partida de aquí, el niño llora pensando en su mamá muerta…
-¿Y tú?

-Yo… ya sabes, Hijo. No hay sol cuando estás lejos de mí. No lo habría ni aunque el mundo te amara; pero, al menos, habría cielo sereno… Sin embargo…
-Hay llanto. ¡Pobre Mamá!… ¿No te han hecho preguntas acerca de Juan y Síntica?

-¿Quién crees que iba a hacerlas? María de Alfeo sabe, pero guarda silencio. Alfeo de Sara ha visto ya a Juan, pero no se siente curioso. Lo llama "el discípulo".
-¿Y los demás?

-Menos María y Alfeo, ninguno viene a esta casa. Alguna mujer, para algún trabajo o consejo. Pero los hombres de Nazaret ya no atraviesan mi puerta.

-¿Ni siquiera José y Simón?
-…No… Simón me manda aceite, harina, aceitunas, leña, huevos… como para subsanar el hecho de no comprenderte, como para hablar a través de estos presentes. Pero se los da a María, su madre, y aquí no viene. Pero es que además viniera quien viniere solamente me vería a mí, porque Síntica y Juan se retiran cuando llama alguna persona…
-Una vida muy triste.

-Sí. Y el niño sufre un poco por ello; tanto es así que ahora María de Alfeo se lo lleva consigo cuando me hace las compras. Pero ahora ya no estaremos tristes, mi Jesús: ¡estás Tú!

-Estoy Yo… Ahora vamos a dormir. Bendíceme, Mamá, como cuando era niño.

-Bendíceme, Hijo. Soy tu discípula.
Se besan… Encienden una nueva lamparita y salen para ir a descansar.

302- En Magdala, antes de mandar a todos a sus respectivas familias para las Encenias

Agua, agua, agua… Los apóstoles, poco satisfechos de ir bajo la lluvia, insinúan a Jesús que si no sería mejor buscar refugio en Nazaret, que no está lejos… y Pedro dice: --Luego podríamos reanudar la marcha con el niño…
El «no» de Jesús es tan seco, que ninguno se atreve a insistir.

Jesús va delante, completamente solo… Los otros van detrás, mohínos, en dos grupos.
Luego Pedro, no sabiendo resistir más, se acerca a Jesús.

-Maestro, ¿me aceptas aquí? -pregunta un poco apesadumbrado.

-Siempre me eres grato, Simón. Ven.

Pedro se tranquiliza. Camina con paso forzado al lado de Jesús, que con sus largos pasos recorre mucho camino fácilmente. Al poco rato dice:

-Maestro… ¡qué bonito si hubiéramos traído con nosotros al niño para la fiesta…!
Jesús no responde.

-Maestro, ¿por qué no me das esta satisfacción?
-Simón, te estás arriesgando a que te quite el niño.

-¡No! ¡Señor! ¿Por qué?
Pedro está aterrorizado por la amenaza y desolado.
-Porque no quiero que estés atado a nada. Te lo dije cuando te concedí a Margziam. Tú, sin embargo, te estás encallando en este afecto.

-No es pecado amar. Y amar a Margziam… Tú también lo quieres…

-Pero este amor no me impide darme enteramente a mi misión. ¿No tienes presentes mis palabras sobre los afectos humanos?, ¿mis consejos -tan claros que son órdenes -acerca de quien quiere poner la mano en el arado? ¿Te estás cansando, Simón de Jonás, de ser heroicamente mi discípulo?

Pedro responde con voz ronca de llanto:
-No, Señor. Tengo presente todo y no estoy cansado. Me da la impresión de que sea lo contrario… Que Tú estés cansado de mí, del pobre Simón que ha dejado todo por seguirte…

-Que ha hallado todo siguiéndome, querrás decir.
-No… Sí… Maestro… Yo soy un pobre hombre…
-Lo sé. Precisamente por eso te labro. Para hacer del pobre hombre un hombre, y de éste un santo, mi Apóstol, mi Piedra. Soy duro para hacerte duro. No quiero que seas blando como este fango, sino un bloque escuadrado, perfecto: la Piedra de base. ¿No comprendes que esto es amor? ¿No recuerdas lo que dice el Sabio? Dice que quien ama es severo. ¡Pero compréndeme, hombre! ¡Compréndeme tú, al menos! ¿No ves cómo estoy agobiado, desolado por tantas incomprensiones, por demasiadas simulaciones, por la mucha indiferencia, y por las aún más numerosas desilusiones?

-¿Te sientes… te sientes así, Maestro? ¡Oh! ¡Divina Misericordia! ¡Y yo sin darme cuenta! ¡Pero qué animal soy!… Pero, ¿desde cuándo? ¡Por causa de quién? Dímelo…

-No se gana nada con decírtelo. No podrías hacer nada. Ni siquiera Yo puedo hacer nada…

-¿No podría hacer absolutamente nada para aliviarte?
-Ya te lo he dicho: comprender que mi severidad es amor. Ver el amor en todo acto mío respecto a ti.
-Sí, sí. Ya no hablo más. ¡Mi amado Maestro! Ya no hablo más. Perdona a este completo animal que soy. Dame una prueba de que realmente me perdonas…

-¡La prueba! Verdaderamente debería bastarte mi sí. De todas formas te doy la prueba. Mira: no puedo ir a Nazaret porque en Nazaret están Juan de Endor y Síntica además de Margziam, y no se debe saber.

-¡¿Ni siquiera nosotros? ¿Por qué?… ¡Ah! ¡¿Maestro?! ¡¿Maestro?! ¿Desconfías de alguno de nosotros?
-La prudencia enseña que cuando se debe guardar secreto de una cosa demasiado es que dos la sepan. Se puede hacer daño también con una palabra dicha a la ligera. Y no todos ni siempre sois reflexivos.

-Es verdad… no lo soy tampoco yo. Pero cuando quiero sé callar. Y en este caso callaré. ¡Sin duda callaré! Dejaré de ser Simón de Jonás si no sé callar! Gracias, Maestro, por tu estima. Esto sí que es una gran prueba de amor… ¿Entonces ahora vamos a Tariquea?

-Sí. Luego a Magdala con las barcas. Tengo que retirar el oro de las joyas…
-¡Ves como sé guardar silencio! ¡No le he dicho nada a Judas, eh!

Jesús no comenta la interrupción. Continúa:
-Una vez que haya retirado el oro, os dejo a todos libres hasta el día de las Encenias. Si necesito a alguno de vosotros, os llamo para que vayáis a Nazaret. Los judíos, excepto Simón Zelote, acompañarán a las hermanas de Lázaro y a sus criadas, más Elisa de Betsur, a la casa de Betania. Luego irán para las Encenias a sus casas. Me bastará con que estén de regreso para el final de Sabat; entonces reanudaremos la marcha. Esto lo sabes tú sólo, ¿verdad, Simón Pedro?

-Lo sé yo sólo. Pero… de todas formas, tendrás que decirlo…
-Lo diré en su momento. Ahora regresa con los compañeros y estáte seguro de mi amor.

Pedro obedece contento, y Jesús se vuelve a ensimismar en sus pensamientos.

Las olas se rompen contra la playita de Magdala, cuando las dos barcas tocan tierra al caer de una tarde del mes de Noviembre. No son olas grandes. En todo caso, son molestas para quien desembarca, porque los vestidos se mojan. Pero la perspectiva del ya próximo alojamiento en casa de María de Magdala hace soportar sin refunfuños el no deseado baño.

-Poned en seguro las barcas y luego nos alcanzáis -dice Jesús a los mozos. Y, enseguida, se pone en camino siguiendo el litoral, porque han desembarcado en una pequeña ensenada que está un poco fuera de la ciudad y en la que hay otras barcas de pescadores de Magdala.

-Judas de Simón y Tomás, venid aquí conmigo -llama Jesús. Los dos van sin demora. -He decidido daros un encargo de confianza y, al mismo tiempo, una alegría. El cometido es éste: que acompañéis a las hermanas de Lázaro a Betania. Y, con ellas, a Elisa. Os estimo lo suficiente como para confiaros las discípulas. Aprovecharéis para llevar una carta mía a Lázaro. Luego, una vez cumplido este cometido, iréis a vuestras casas, para las Encenias… No interrumpas, Judas. Todos pasaremos las Encenias en nuestra casa, este año. Es un invierno demasiado lluvioso para poder viajar.

Como podéis ver, incluso los enfermos son más escasos. Por tanto, aprovecharemos de ello para descansar y dar una satisfacción a nuestras familias. Os espero en Cafarnaúm para el final de Sabat.

-¿Pero vas a estar en Cafarnaúm? -pregunta Tomás.

-No estoy todavía seguro de dónde voy a estar. En un sitio o en otro, para mí es igual. Basta con tener cerca a mi Madre.
-Yo prefería pasar las Encenias contigo -dice el Iscariote.

-Te creo. Pero, si me amas, obedece; mucho más, considerando que vuestra obediencia os proporcionará la manera de ayudar a los discípulos que se han vuelto a esparcir por todas partes. ¡Sí que tenéis que ayudarme en esto! En las familias los hijos mayores son los que ayudan a los padres en la formación de los hijos menores. Vosotros sois los hermanos mayores de los discípulos, que son los menores, y os debéis sentir contentos de que Yo me ponga en vuestras manos. Ello es señal de que he quedado contento de vuestra reciente actuación.

Tomás dice sencillamente:

-Demasiado bueno, Maestro. Pero, por lo que a mí respecta, trataré de hacer las cosas ahora todavía mejor. De todas formas, siento dejarte… Bueno… pasará pronto… Y mi anciano padre se sentirá contento de tenerme para la fiesta… y también mis hermanas… ¿Y mi hermana gemela?… Debe haber tenido un niño, o estará para tenerlo… Mi primer sobrino… Si es varón y nace cuando estoy yo, ¿qué nombre le pongo?

-José.
-¿Y si es niña?
-María. No hay nombres más dulces.

Judas, sin embargo, orgulloso del encargo recibido, ya
está pavoneándose y haciendo proyectos, y más proyectos… Se ha olvidado completamente de que se aleja de Jesús, mientras que, poco tiempo antes (hacia los Tabernáculos, si bien recuerdo), había protestado como un potro salvaje ante la disposición de Jesús de separarse de Él por un tiempo. Pierde también de vista completamente la sospecha de entonces de que era un deseo de Jesús de apartarlo. Todo lo olvida… y está contento de ser considerado una persona a la que se le pueden confiar cometidos delicados.

Promete:
-Te traeré mucho dinero para los pobres -y, mientras, saca la bolsa y dice: «Toma éstos. Es todo lo que tenemos. No tengo más. Tú dame el viático para nuestro viaje de Betania a nuestra casa.

-Pero no partimos esta noche -objeta Tomás.
-No importa. En casa de María no hace falta más dinero, por tanto… Bien contento estoy de no tener más dinero que manejar… Cuando vuelva le traeré a tu Madre semillas de flores. Se las pediré a mi madre. Quiero también traer un regalo a Margziam… -Judas está exaltado. Jesús lo mira…

Ya llegan a la casa de María de Magdala. Se dan a conocer y entran todos. Las mujeres acuden llenas de alegría al encuentro del Maestro, que ha venido a alojarse en su hogar.

Después de la cena, cuando ya los apóstoles, cansados, se han retirado, Jesús, sentado en el centro de una sala, rodeado por el círculo de las discípulas, comunica a éstas su deseo de que partan cuanto antes. Al contrario de los apóstoles, ninguna de ellas protesta. Inclinan la cabeza en señal de asentimiento y salen para preparar sus equipajes.

Jesús llama a la Magdalena cuando está para atravesar el umbral de la puerta. -¿Entonces, María? ¿Por qué me has susurrado a mi llegada: "Tengo que hablarte en secreto"?
-Maestro, he vendido las piedras preciosas. En Tiberíades. Las ha vendido Marcela con la ayuda de Isaac. Tengo la suma en mi habitación. No he querido que Judas viera nada… -y se pone muy colorada.

Jesús la mira fijamente, pero no dice nada.
La Magdalena sale… y vuelve con una pesada bolsa y se la da a Jesús.

-Aquí tienes ̀ dice -Las han pagado bien.
-Gracias, María.
-Gracias, Rabbuní, por haberme pedido este favor. ¿Deseas pedirme alguna cosa más?…

-No, María. Y tú, ¿tienes algo más que decirme?
-No, Señor. Bendíceme, Maestro mío.
-Sí. Te bendigo… María… ¿estás contenta de volver donde Lázaro? Imagínate que Yo ya no estuviera en Palestina. ¿Volverías gustosa a casa, entonces?

-Sí, Señor. Pero…
-Termina, María. No tengas miedo nunca de manifestarme lo que piensas.

-Pero estaría más contenta de volver a casa si en vez de Judas de Keriot viniera Simón el Zelote, gran amigo de familia.

-Lo necesito para una seria misión.
-Entonces tus hermanos, o Juan, de corazón de paloma. Bueno, todos menos él… Señor no me mires con severidad… Quien se ha alimentado de lujuria siente su proximidad… No la temo. Sé controlar a alguien que supera ampliamente a Judas. Es mi terror a no ser perdonada, es mi yo, es Satanás, que ciertamente da vueltas en torno a mí, es el mundo… Pero si María de Teófilo no tiene miedo de ninguno, María de Jesús siente repulsa por el vicio que la había subyugado, y la… Señor… El hombre que brega por la carnalidad me da asco…

-No estás sola en el viaje, María. Y contigo estoy seguro de que no se volverá para atrás… Ten presente que debo proveer para la partida de Síntica y Juan para Antioquía, y que ello no debe saberlo quien es un imprudente…

-Es verdad. Iré entonces… Maestro, ¿cuándo nos volveremos a ver?

-No lo sé, María. Quizás no antes de la Pascua. Ve en paz ahora. Te bendigo esta noche y todas las noches, y, contigo, a tu hermana y al buen Lázaro.

María se agacha para besar los pies de Jesús y sale, dejando solo a Jesús en la silenciosa habitación.

301- Ola de las frentes destronadas y explicación de la parábola sobre lo no puro

Jesús regresa solamente a Endor. Se detiene en la primera casa del pueblo, que es más un aprisco que una casa; pero, precisamente por serlo, con establos bajos, cerrados, colmados de heno, puede alojar a los trece peregrinos. El dueño, un hombre rudo pero bueno, se apresura a llevar una lámpara y un pequeño cubo de leche espumosa, y unos panes muy oscuros.

Luego se retira, con la bendición de Jesús, que se queda sólo con los doce apóstoles. Jesús ofrece el pan y lo distribuye. A falta de escudillas o tazas, cada uno moja sus rebanadas de pan en el cubo y, cuando tiene sed, bebe directamente de él. Jesús sólo bebe un poco de leche. Está serio, silencioso… Tanto que, acabada la comida, saciada el hambre que en los apóstoles nunca falta, terminan por darse cuenta de su mutismo.

Andrés es el primero que pregunta:
-¿Qué te sucede, Maestro? Te veo triste o cansado…
-No niego que lo esté.

-¿Por qué? ¿Por esos fariseos? Pues si ya deberías estar acostumbrado a ellos… ¡Casi, casi que me he acostumbrado yo que…! Ya sabes cómo era yo las primeras veces con ellos. ¡Cantan siempre la misma canción!… La verdad es que las serpientes sólo pueden silbar; jamás ninguna logrará imitar el canto del ruiseñor. Se termina por no hacer caso -dice Pedro, parte convencido, parte queriendo liberar de preocupaciones a Jesús.

-Así es como se pierde el control y se cae en sus roscas. Os ruego que no os habituéis nunca a las voces del Mal como si fueran voces inocuas.

-¡Ah, sí! Pero no deberías estar triste, si es sólo por eso. Ya ves cómo te ama el mundo -dice Mateo.

-¿Pero es sólo por eso por lo que estás triste de esa forma? Dímelo, Maestro bueno. ¿O es que te han referido mentiras, o te han insinuado calumnias, o sospechas, o qué sé yo… respecto a nosotros, que te queremos? -pregunta presuroso y lisonjero el Iscariote, pasando un brazo por detrás de Jesús, que está sentado en el heno a su lado.

Jesús vuelve la cara en la dirección de Judas. Sus ojos emanan un relámpago fosfórico a la luz trémula de la lámpara colocada en el suelo, en medio del círculo de los que están sentados en el heno dispuesto como bajo asiento en redondel. Jesús mira muy fijamente a Judas de Keriot, y mirándolo, le pregunta:

-¿Y me crees tan necio como para recibir como verdaderas las insinuaciones de cualquiera, hasta el punto de preocuparme por ellas? Son las realidades, Judas de Simón, las que me preocupan -y su mirada no deja ni un momento de hincarse, derecha como un calador, en la pupila oscura de Judas.

-¿Qué realidades te turban, entonces? -pregunta seguro el Iscariote.
-Las que veo en el fondo de los corazones y leo en las frentes destronadas.
Jesús marca mucho esta palabra.

Todos se agitan:

-¿Destronadas? ¿Por qué? ¿Qué quieres decir?
-Un rey pierde el trono cuando es indigno de permanecer en él. Lo primero que se le quita es la corona que tiene en su frente como en el lugar más noble del hombre, único animal que -siendo animal como materia, pero sobrenatural como ser dotado de alma -tiene la frente erguida hacia el cielo. Pero no es necesario ser rey con un trono terreno para poder ser destronados. Todo hombre es rey por el alma y su trono está en el Cielo.

Pero cuando un hombre prostituye su alma y viene a ser un animal, y viene a ser un demonio, entonces pierde el trono. El mundo está lleno de frentes destronadas, que ya no están erguidas hacia el Cielo, sino agachadas hacia el Abismo, gravadas con la palabra que en ellas ha esculpido Satanás.

¿Queréis saber qué palabra es? Es la que leo en las frentes. Está escrito en ellas: "¡Vendido!". Y, para que no tengáis dudas acerca de quién es el comprador, os digo que es Satanás, en sí mismo y en los siervos que tiene en el mundo».

-¡Comprendo! Esos fariseos, por ejemplo, son siervos de un siervo que está por encima de ellos y que a su vez es siervo de Satanás -dice convencido Pedro.
Jesús no rebate.

-Pero, ¿sabes, Maestro, que esos fariseos, cuando han oído tus palabras, se han marchado escandalizados? Al salir se han chocado conmigo y lo decían… Has estado muy tajante -observa Bartolomé.

Y Jesús replica:

-Pero muy verdadero. Si se tienen que decir estas cosas, es culpa de ellos, no mía. Es más, decirlas es un acto de caridad por mi parte. Toda planta que no haya plantado mi Padre celeste debe ser arrancada; y plantas no plantadas por Él es el improductivo brezal de parásitas hierbas, sofocantes, espinosas, que ahogan la semilla de la Verdad santa.

Caridad es extirpar las tradiciones y preceptos que ahogan el Decálogo, lo enmascaran, hacen de él una cosa ineficaz e imposible de ser observado. Para las almas honestas, es caridad hacerlo.

Respecto a ésos, a los alteros obstinados, cerrados a toda acción y consejo del Amor, dejadlos; que los sigan los que por corazón y por tendencias son semejantes a ellos. Son ciegos, guías de ciegos. Si un ciego guía a otro ciego, por fuerza caerán los dos en la fosa. Dejadlos que se nutran de esas cosas contaminadas a las que dan el nombre "pureza"; ya no pueden contaminarlos más, porque lo único que hacen es colocarse bien en la matriz de que provienen.

-Esto que dices ahora empalma con cuanto dijiste en casa de Daniel, ¿no es verdad? Que no es lo que entra en el hombre lo que contamina, sino lo que sale del hombre» pregunta, pensativo, Simón el Zelote.

-Sí -dice escuetamente Jesús.
Pedro, después de un silencio, porque la seriedad de Jesús congela hasta el carácter más exuberante, solicita:

-Maestro, yo -y no sólo yo -no he comprendido bien la parábola. Explícanosla un poco. ¿Cómo es que lo que entra no contamina y lo que sale contamina? Yo, si tomo un ánfora limpia y meto en ella agua sucia, la ensucio. Por tanto, lo que entra en el ánfora la ensucia. Pero si de un ánfora llena de agua pura arrojo agua al suelo, no ensucio el ánfora, porque del ánfora sale agua pura. ¿Y entonces?

Y Jesús:
-Nosotros no somos ánforas, Simón. No somos ánforas, amigos. ¡Y en el hombre no todo es puro! ¿Entonces también vosotros estáis sin inteligencia? Reflexionad sobre el caso que esgrimían contra vosotros los fariseos. Vosotros, decían, os contaminabais porque llevabais alimento a vuestra boca con manos polvorientas, sudadas… bueno, sin lavar. Pero, ¿esa comida a dónde iba? De la boca al estómago, de éste al vientre, del vientre a la cloaca.

¿Podrá, pues, portar impureza a todo el cuerpo, y a lo que en él está contenido, pasando sólo por el canal a ello destinado, cumpliendo su oficio de nutrir a la carne, sólo a ella, para terminar, como conviene, en una cloaca? ¡No es esto lo que contamina al hombre! Lo que contamina al hombre es lo que es suyo, únicamente suyo, aquello que suyo ha engendrado y dado a la luz. O sea, aquello que tiene en el corazón y del corazón sube a los labios y a la cabeza y corrompe el pensamiento y la palabra y contamina a todo el hombre. Del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias.

Del corazón vienen avaricias, lujurias, soberbias, envidias, iras, apetitos intemperados, ocios pecaminosos. Del corazón viene el fómite de las distintas acciones; si el corazón es malo, malas serán éstas como el corazón.

Todas las acciones: desde los actos de idolatría a las murmuraciones insinceras…

Todas estas cosas malas que van del interior hacia afuera contaminan al hombre, no el comer sin lavarse las manos.

La ciencia de Dios no es cosa del suelo, lodo para ser pisado por todo pie; es algo sublime, que habita en las regiones de las estrellas, de donde desciende con rayos de luz para informar de sí a los justos.

No queráis, vosotros al menos, arrancarla de los cielos para envilecerla en el fango… Id a descansar ahora. Yo salgo para orar.

300- Con escribas y fariseos en casa del resucitado de Naím

Hay gran ambiente festivo en la ciudad de Naím: recibe a Jesús por primera vez después del milagro del joven Daniel resucitado de la muerte.

Precedido y seguido por un buen número de personas, Jesús atraviesa la ciudad bendiciendo. Además de los de Naím, hay personas de otros lugares, que vienen de Cafarnaúm, adonde habían ido a buscarlo y de donde los habían mandado a Caná, y de esta ciudad a Naím.

Tengo la impresión de que, ahora que tiene muchos discípulos, Jesús ha creado una red de informaciones, de forma que los peregrinos que lo buscan lo puedan encontrar a pesar de su continuo cambio de lugar, que, de todas maneras, es de pocas millas al día, tanto cuanto consienten la época del año y la brevedad de los días.

Entre estas personas que han venido de otros lugares buscándole, no faltan fariseos y escribas, aparentemente respetuosos…

Jesús se hospeda en casa del joven resucitado, en la que han concurrido también las personas importantes de la ciudad; y la madre de Daniel, al ver a los escribas y fariseos -siete como los pecados capitales -, toda humilde, los invita, disculpándose de no poder ofrecerles una morada más digna.

-Está el Maestro, está el Maestro, mujer. Ello daría valor incluso a una cueva. Tu casa es mucho más que una cueva. Así que entramos y decimos: "Paz a ti y a tu casa".

Efectivamente, la mujer, a pesar de que ciertamente no es
rica, ha hecho lo posible y lo imposible para dar honor a Jesús. No hay duda de que han entrado en liza todos los bienes de Naím, puestos conjuntamente en movimiento para embellecer la casa y aderezar las mesas. Las respectivas propietarias ojean, desde todos los puntos posibles, a la comitiva que pasa por el pasillo de entrada, y que se dirige a dos habitaciones situadas una frente a la otra, donde la dueña de la casa ha preparado las mesas.

Quizás han pedido sólo esto por el préstamo de vajillas, manteles, asientos, y por su ayuda en la cocina; esto sólo: ver de cerca al Maestro y respirar donde Él respira.

Y ahora se asoman acá o allá, rojas, llenas de harina o de ceniza, o goteándoles las manos, según su tarea culinaria; ojean, reciben su pedacito de mirada divina, su porcioncita de voz divina, beben la dulce bendición con el oído y la dulce figura con la mirada, y vuelven, todavía más rojas, felices, a la lumbre, a la amasadera o al fregadero.

Felices ellas. Felicísima la que, con la dueña de la casa, ofrece las jofainas de las abluciones a los invitados importantes. Es una jovencita oscura de ojos y cabellos, pero de tez tenuemente sonrosada; más rosa cuando la dueña de la casa explica a Jesús que es la prometida de su hijo y que pronto se celebrarán la boda.

-Hemos esperado a que vinieras para celebrarlas, para que toda la casa quedara por ti santificada. Ahora bendícela, para que sea una buena esposa en esta casa
Jesús la mira, y, dado que ella se inclina, le impone las manos diciendo:

-Florezcan en ti las virtudes de Sara, Rebeca y Raquel; de ti nazcan verdaderos hijos de Dios, para su gloria y para alegría de esta morada.

Ya Jesús y las personas importantes se han purificado y entran en la sala del banquete con el joven, dueño de la casa, mientras los apóstoles, con otros hombres de Naím menos influyentes, entran en la habitación de enfrente. El banquete empieza.

Comprendo, por lo que hablan, que, antes de que empezase la visión, Jesús había predicado y curado en Naím. Pero los fariseos y escribas poco se detienen en esto. En cambio llenan de preguntas a los de Naím para saber detalles sobre la enfermedad de que había muerto Daniel, sobre las horas que habían transcurrido entre la muerte y la resurrección, y sobre si había sido embalsamado completamente o no, etc. etc.

Jesús se abstrae de todas estas indagaciones hablando con el resucitado, que está magníficamente y come con un apetito formidable. Pero un fariseo llama a Jesús para preguntarle si había sabido antes de la enfermedad de Daniel.
-Venía de Endor por pura coincidencia, porque había querido complacer a Judas de Keriot, como también había complacido a Juan -le Zebedeo. Ni siquiera sabía que había de pasar por Naím cuando empecé el camino para el peregrinaje pascual -responde Jesús.

-¿Ah, no habías ido premeditadamente a Endor? -pregunta asombrado un escriba.
-No. No tenía, entonces, ni la más mínima intención de ir a Endor.
-¿Y entonces cómo es que fuiste?
-Lo acabo de decir: porque Judas de Simón quería ir.
-¿Y por qué este capricho?
-Para ver la gruta de la maga.

-Quizás es que Tú habías hablado de eso,…
-¡Jamás! No tenía motivo para hablar de eso.
-Lo que quiero decir es que… quizás habías explicado con ese episodio otros sortilegios, para iniciar a tus discípulos en…

-¿En qué? Para iniciar en la santidad no se necesitan peregrinajes. Una celda o una landa desierta, un pico de montaña o una casa solitaria van bien igualmente. Basta, en quien enseña, autoridad y santidad, y, en quien escucha, voluntad de santificarse. Yo enseño esto y no otras cosas.

-Pero los milagros que ahora hacen ellos, los discípulos, qué son sino prodigios y…

-Y voluntad de Dios. Sólo eso. Y cuanto más santos vayan siendo más harán. Con la oración, con el sacrificio y con su obediencia a Dios. No con otras cosas.

-¿Estás seguro de eso? -pregunta un escriba, con la mano en el mentón y mirando de reojo, y de abajo arriba, a Jesús, con tono discretamente irónico y no sin un sentido de conmiseración.

-Son las armas y las doctrinas que les he dado. Si luego alguno de ellos, y son muchos, se corrompe con innobles prácticas, por soberbia o por otra cosa, el consejo no habrá provenido de mí. Puedo orar para tratar de redimir al culpable.

Puedo imponerme duras penitencias expiatorias para obtener que Dios le ayude especialmente con luces de su sabiduría para que vea el error. Puedo arrojarme a sus pies para suplicarle que abandone el pecado, con todo mi amor de Hermano, Maestro y Amigo.

Y no pensaría que me estaría rebajando al hacer eso, porque el precio de un alma es tal, que merece la pena sufrir cualquier humillación para ganarla. Pero no puedo hacer más. Si, a pesar de eso, continúa el pecado, llanto y sangre rezumarán de los ojos y el corazón del traicionado e incomprendido Maestro y Amigo.

¡Qué dulzura y qué tristeza en la voz y en la expresión de Jesús!

Los escribas y fariseos se miran entre sí. Es todo un juego de miradas. Pero no hacen ningún comentario al respecto.

En cambio, eso sí, hacen preguntas al joven Daniel: ¿se acuerda de qué es la muerte?; ¿qué sintió al volver a la vida?; ¿qué vio en el espacio entre la muerte y la vida?
-Yo sé que estaba enfermo y que sufrí la agonía. ¡Oh, qué cosa más tremenda! ¡No me hagáis recordarlo!… Y, no obstante, llegará el día en que tendré que volverla a sufrir. ¡Oh, Maestro!… -Lo mira aterrorizado, y empalidece ante el pensamiento de que tendrá que morir otra vez.

Jesús lo consuela dulcemente diciendo:
-La muerte es de por sí expiación. Tú, muriendo dos veces, quedarás purificado de toda mancha y gozarás enseguida del Cielo. Pero que este pensamiento te haga vivir una vida santa, de forma que sólo haya en ti involuntarias y veniales culpas.

Pero los fariseos vuelven al ataque:
-¿Pero qué experimentaste al volver a la vida?
-Nada. Me he encontré vivo y sano como si me hubiera despertado de un largo sueño pesado.

-¿Pero te acordabas de haber muerto?
-Me acordaba de que había estado muy mal, hasta la agonía, y nada más.

-¿Y qué recuerdas del otro mundo?

-Nada. No hay nada. Un agujero negro, un espacio vacío en mi vida… Nada.

-¿Entonces para ti no hay Limbo, ni Purgatorio ni Infierno?

-¿Quién ha dicho que no existen? Claro que existen. Pero yo no los recuerdo.
-¿Pero estás seguro de haber estado muerto?

Reaccionan todos los que hay de Naím:
-¿Que si estaba muerto? ¿Qué más queréis? Cuando lo pusimos en la lechiga estaba casi empezando a oler. ¡Y,
además!… con todos esos bálsamos y vendas habría muerto hasta un coloso. -¿Pero tú no te acuerdas de haber muerto? -Os he dicho que no. El joven se impacienta y añade:

-¿Pero qué es lo que queréis establecer con estas lúgubres argumentaciones?: ¿que un entero pueblo aparentaba que me tenía muerto a mí, incluida mi madre, incluida mi mujer, que estaba en la cama muriendo de dolor, incluido yo, atado y embalsamado, y que no era verdad?

¿Qué estáis diciendo?: ¿que en Naím éramos todos niños o imbéciles con ganas de bromas? Mi madre se puso blanca en pocas horas, mi mujer tuvo que ser asistida porque el dolor y la subsiguiente alegría la habían como enloquecido. ¿Y vosotros dudáis? ¿Y por qué lo íbamos a haber hecho?

-¿Por qué? ¡Es verdad! ¿Por qué lo íbamos a haber hecho? -dicen los de Naím.

-Jesús no habla. Se entretiene con el mantel como si estuviera ausente. Los fariseos no saben qué decir… Pero Jesús, al improviso, cuando la conversación y el asunto parecían concluidos, abre su boca y dice:

-El porqué es el siguiente. Ellos (y señala a los fariseos y escribas) quieren establecer que tu resurrección no fue sino una artimaña bien montada para aumentar mi estima ante las multitudes: Yo, el que la ideó; vosotros, cómplices para traicionar a Dios y al prójimo. No. Yo dejo las fullerías a los innobles.

No necesito hechicerías ni estratagemas, ni artimañas o complicidades, para ser lo que soy. ¿Por qué queréis negar a Dios el poder de devolver e1 alma a una carne? Si El la da cuando la carne se forma, y crea una a una las almas, ¿no podrá restablecerla cuando, volviendo a la carne por la oración de su Mesías, puede ser incentivo para que multitud de gente se acerque a la Verdad? ¿Podéis negar a Dios e1 poder del milagro? ¿Por qué 1o queréis negar?

-¿Eres Tú Dios?
-Yo soy quien soy. Mis milagros y mi doctrina dicen quién soy.

-¿Y entonces por qué éste no recuerda, mientras que los espíritus invocados saben decir lo que es el más allá?
-Porque esta alma, ya santificada por la penitencia de una primera muerte, habla la verdad; mientras que lo que sale de los labios de los nigromantes no es verdad.

-Pero Samuel…
-Pero Samuel fue, por mandato de Dios y no de la maga, a llevar al desleal para con la Ley el veredicto del Señor cuyas disposiciones no se hacen objeto de burla.

-¿Y entonces, por qué tus discípulos lo hacen?

La voz arrogante de un fariseo, que ha alzado el tono porque se ha sentido tocado en la herida, llama la atención de los apóstoles, que están en la habitación de enfrente, separados por un pasillo de poco más de un metro de ancho y sin separación de puertas o cortinas gruesas.

Sintiendo que es algo que los atañe, se levantan y van al pasillo sin hacer ruido, y se poner a escuchar.

-¿En qué lo hacen? Explícate. Si tu acusación es verdadera, les advertiré que no vuelvan a obrar contra la Ley.

-Yo sé en qué, y como yo muchos otros. Pero descúbrelo Tú por ti mismo, Tú, que resucitas a los muertos y te dices más que profeta. Nosotros, puedes estar seguro, no te lo vamos a decir. Además, tienes ojos para ver también muchas otras cosas cometidas por tus discípulos, hechas cuando no se debe o no hechas cuando se deben hacer. Y Tú no le das importancia a esto.

-¿Queréis indicarme algunas de estas cosas?
-¿Por qué tus discípulos violan las tradiciones de los antepasados? Hoy los hemos observado. ¡Hoy otra vez! ¡No hace más de una hora! ¡Han entrado en su sala para comer y antes no se han purificado las manos!» (Si los fariseos hubieran dicho: «y antes han degollado a unos cuantos de la ciudad» no habrían expresado un tono tan profundamente lleno de horror).

-Sí, los habéis observado. Hay muchas cosas que ver. Cosas hermosas y buenas, cosas que mueven a bendecir al Señor por habernos dado la vida, para que pudiéramos verlas, y por haberlas creado o consentido. Esas no las veis. Y, como vosotros, otros muchos. Y la verdad es que perdéis el tiempo y la paz yendo detrás de las cosas no buenas.

Parecéis chacales, o mejor, hienas que corren tras la estela de una pestilencia y no se cuidan de la afluencia de perfumes que vienen en el viento desde jardines llenos de aromas.

A las hienas no les gustan las azucenas ni las rosas, jazmines ni alcanfores, cinamomos ni claveles. Para ellas significan olores desagradables.

Pero el hedor de un cuerpo en putrefacción en el fondo de un barranco, o en un camino, sepultado bajo los espinos a que lo ha arrojado un asesino, o lanzado a una playa desierta por la tempestad, hinchado, cárdeno, agrietado, horrendo, ¡ah, ese hedor es perfume agradable para las hienas!

Olisquean el viento vespertino, que condensa y transporta consigo todos los olores que el sol destila de las cosas que ha calentado, para sentir este vago, sugestivo olor; y, una vez descubierto, una vez captada su dirección, empiezan a correr, con el hocico alzado, los dientes descubiertos por la vibración -semejante a una risa histérica -de las mandíbulas, para ir al lugar de la podredumbre. Y, ya sea cadáver de hombre o de cuadrúpedo, o de culebra quebrantada por el campesino) garduña muerta a manos del ama de casa, o aunque fuera una simple rata… les gusta, sí, les gusta, les gusta. Y en ese hedor en fermentación hunden sus patas, comen, se relamen…

¿Que hay hombres que día tras día se santifican? ¡Eso no les interesa! Pero basta con que uno sólo haga algún mal, basta con que algunos descuiden no ya un precepto divino sino una práctica humana -llamadla tradición, precepto o como queráis… al fin y al cabo una cosa humana -, basta eso para ir allí y acusar; aunque se trate solamente de una sospecha… cuando menos para darse la satisfacción de ver que la sospecha era una realidad.

Pues bien, responded ahora vosotros, vosotros que habéis venido aquí no por amor, sino con maligna intención, responded: ¿Por qué violáis el precepto de Dios por una tradición vuestra?

¡No me diréis ahora que una tradición es más que un mandamiento! Pues bien, Dios dijo: "Honra a tu padre y a tu madre", y también: "Quien maldijere a su padre o a su madre será reo de muerte".

Pero vosotros decís: “Aquel que dijere a su padre y a su madre: `Lo que debías recibir de mí es korbán no está obligado a usarlo para su padre o para su madre". Por tanto, con vuestra tradición, habéis anulado el precepto de Dios.

¡Hipócritas! Bien profetizó de vosotros Isaías diciendo:

"Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; en vano me honran, pues, enseñando doctrinas y preceptos de hombre".

Estáis atentos a las tradiciones de los hombres, al lavado de ánforas y copas, de platos y manos, y otras cosas semejantes; pero, eso sí, descuidáis los preceptos de Dios.

Os escandalizáis porque uno no se lave las manos; pero, eso sí, justificáis la ingratitud y la avaricia de un hijo ofreciéndole la escapatoria de la ofrenda sacrificial para no dar un pan a quien lo engendró y ahora necesita ayuda y él tiene la obligación de honrarlo porque es padre suyo.

Alteráis y violáis la palabra de Dios por obedecer a palabras vuestras, elevadas por vosotros a precepto. Así, os proclamáis más justos que Dios. Os arrogáis el derecho de legisladores, siendo así que sólo Dios es Legislador en su pueblo. Vosotros…

Y seguiría; pero el grupo enemigo abandona la sala bajo la granizada de acusaciones, chocándose con los apóstoles y con todas las otras personas que estaban en la casa, invitados o gente venida a ayudar a la dueña de la casa, los cuales, atraídos por el tañido de la voz de Jesús, se habían agrupado en el pasillo.

Jesús, que se había puesto de pie, se sienta de nuevo, e indica a todos los presentes que entren adonde está Él.

Les dice:

-Escuchad todos y comprended esta verdad. No hay nada fuera del hombre que entrando en él lo pueda contaminar.

Lo que sale del hombre es lo que contamina. Quien tenga oídos para oír que oiga, y use la razón para comprender y la voluntad para obrar. Y ahora salgamos. Vosotros de Naím perseverad en el bien y esté siempre con vosotros mi paz.

Se levanta, saluda en particular a los dueños de la casa, y se encamina por el pasillo.

Pero ve a las mujeres amigas, que, recogidas en un ángulo, lo miran embelesadas, y se dirige a ellas para decirles:

-Paz a vosotras también. Que el Cielo os pague el haberme socorrido con un amor que no me ha permitido echar de menos la mesa materna. He sentido vuestro amor de madres en cada miga de pan, en cada una de las viandas guisadas o asadas, en el dulce de miel, en el vino fresco y aromático. Amadme siempre así, buenas mujeres de Naím. Y la próxima vez no trabajéis tanto para mí. Es suficiente un pan y un puñado de aceitunas condimentadas con vuestra sonrisa materna y vuestra mirada honesta y buena.

Sed felices en vuestras casas, porque tenéis el agradecimiento del Perseguido, que se pone en camino consolado por vuestro amor.

Las mujeres, todas, felices a pesar de estar llorando, se han arrodillado; y El, al pasar, roza apenas, una a una, sus cabellos blancos o negros, como para bendecirlas.

Luego sale y reanuda su camino…
Las primeras sombras de la noche descienden y celan la palidez de Jesús, entristecido por demasiadas cosas.

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