por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús regresa con los apóstoles de una gira apostólica por las cercanías de Betania. Debe haber sido una gira breve, porque no traen siquiera los talegos de las provisiones.
Vienen hablando entre ellos. Dicen:
-Ha sido un buen regalo el de Salomón el barquero, ¿no es verdad, Maestro?
-Sí, un buen regalo.
Naturalmente, Judas disiente de los demás:
-No veo mucho de bueno en esa cosa. Nos ha dado lo que ya a él, que es discípulo, no le sirve. No hay motivo para ensalzarlo…
-Una casa siempre viene bien -dice serio el Zelote.
-Si fuera como la tuya. Pero, ¿qué es? Una casucha malsana.
-Es todo lo que tiene Salomón -replica el Zelote.
-Y de la misma forma que él allí se ha hecho viejo sin enfermedades, podremos ir de vez en cuando nosotros. ¿Qué quieres? ¿Todas las casas como la de Lázaro? -añade Pedro.
-No quiero nada. No veo la necesidad de este regalo.
Cuando se fuera a ese lugar, se podría estar en Jericó. Están sólo a unos pocos estadios de distancia. Para unos como nosotros, que parecemos gente perseguida, obligados a caminar siempre, ¿unos pocos estadios qué es?
Jesús interviene, antes de que la paciencia de los otros falle, como ya claros signos lo avisan.
-Salomón, en proporción a sus bienes, ha dado más que nadie. Porque ha dado todo. Lo ha dado por amor. Lo ha dado para ofrecernos un cobijo en caso de que nos coja la lluvia en esa zona poco hospitalaria, o en caso de una crecida del río, y, sobre todo, en caso de que la mala voluntad judía se haga tan fuerte que sea aconsejable interponer entre ella y nosotros el río.
Esto por lo que respecta al regalo. Y el que un discípulo, humilde y rudo, pero muy fiel y lleno de buena voluntad, haya sabido llegar a esta generosidad, que denota en él la clara voluntad de ser para siempre discípulo mío, me procura una gran alegría.
Verdaderamente veo que muchos discípulos con las pocas lecciones que han recibido de mí os han superado a vosotros, que mucho habéis recibido. Vosotros no me sabéis sacrificar, tú especialmente, ni siquiera eso que no cuesta nada: el juicio personal. Tú te lo conservas duro, resistente a cualquier flexión.
-Dices que la lucha contra uno mismo es la más costosa…
-¿Y con eso quieres decirme que me equivoco al decir que no cuesta nada? ¿Es así? ¡Tú sabes bien lo que quiero decir! Para el hombre -y verdaderamente eres un auténtico hombre-sólo tiene valor lo que es comerciable. El yo no se comercia a precio de moneda. A menos que… a menos que uno se venda a alguien esperando un beneficio. Un tráfico ilícito, semejante al que el alma contrae con Satanás.
Es más, mayor, porque además de al alma abraza también al pensamiento, o juicio, o libertad del hombre, llámala como quieras. Existen también estos desdichados… Pero no pensemos en ellos por el momento. He elogiado a Salomón porque veo todo lo bueno que hay en su acto. Y basta así.
Un momento de silencio. Luego Jesús continúa:
-Dentro de algunos días Hermasteo podrá andar sin perjuicio. Yo voy a volver a Galilea. No vendréis todos conmigo. Una parte se quedará en Judea y luego volverá arriba con los discípulos judíos, de forma que estemos todos juntos para la fiesta de las Luces.
-¿Tanto tiempo? ¿Y a quién le va a tocar? -dicen entre sí los apóstoles.
Jesús recoge el cuchicheo y responde:
-Les va a tocar a Judas de Simón, a Tomás, a Bartolomé y a Felipe. Pero no he dicho que haya que estar en Judea hasta la fiesta de las Luces.
Incluso quiero que recojáis o aviséis a los discípulos para que estén para la fiesta de las Luces. Por tanto, iréis, los buscaréis. Los reunís y los avisáis, y, mientras, les ponéis atención y les ayudáis. Luego seguiréis mis pasos trayendo con vosotros a los que hayáis encontrado; para los otros, dejáis dado el aviso de que vengan.
En estos momentos tenemos ya amigos en los principales lugares de Judea. Nos harán este favor de avisar a los discípulos. Después, en el camino de regreso hacia Galilea, por la Transjordania, y sabiendo que Yo iré por Gerasa, Bosra, Arbela, hasta Aera, vais recogiendo a todos los que a mi paso no se hayan atrevido a manifestar su petición de doctrina o milagro y que luego hayan lamentado el no haberlo hecho. Los conduciréis a mí. Estaré en Aera hasta vuestra llegada.
-Entonces convendría salir en seguida -dice el Iscariote.
-No. Saldréis al caer de la tarde del día antes de mi partida. Iréis donde Jonás, al Getsemaní. Allí estaréis hasta el día siguiente. Luego saldréis para Judea. Así podrás ver a tu madre y le servirás de ayuda en este momento de contrataciones agrícolas.
-Ya hace años que ha aprendido a arreglárselas por sí sola.
-¿No te acuerdas de que el año pasado le eras indispensable para la vendimia? -pregunta Pedro no sin una buena dosis de ironía. Judas se pone más rojo que una amapola, afeado por su ira y vergüenza.
Pero Jesús sale al paso de cualquier posible respuesta hablando Él:
-Un hijo siempre sirve de ayuda y de confortación a su madre. Ya hasta Pascua, e incluso después, no te volverá a ver. Por tanto, ve y haz lo que te digo.
Judas no replica ya a Pedro, pero descarga su rabia contra Jesús:
-Maestro, ¿sabes qué tengo que decirte? Que tengo la impresión de que quieres deshacerte de mí, al menos separarme, porque tienes sospechas, porque me crees injustamente culpable de algo, porque me faltas a la caridad, porque…
-¡Judas! ¡Basta! Podría decirte muchas cosas. Sólo te digo: "Obedece".
Jesús se muestra majestuoso al decir esto. Alto, con mirada centelleante y rostro severo… Hace temblar.
Judas también tiembla. Se pone el último de todos, mientras que Jesús se pone a la cabeza, solo. Entre ambos, el grupo enmudecido de los apóstoles.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús está sentado en el patio interior de pórticos de la casa de Betania, el patio que vi abarrotado de discípulos la mañana de la Resurrección de Jesús.
Sentado en un asiento de mármol cubierto de almohadones, apoyadas sus espaldas contra la pared de la casa, rodeado por los dueños de ésta, por los apóstoles y los discípulos Juan y Timoneo, más José y Nicodemo, y por las pías mujeres, está escuchando a Síntica, la cual, erguida, frente a El, parece estar respondiendo a alguna pregunta suya.
Todos, más o menos interesados y en distintas posturas (quién sentado en asientos, quién sentado en el suelo, quién de pie, quién apoyado en las columnas o en la pared, escuchan.
-…Era una necesidad. Para no sentir todo el peso de mi condición. Era no convencerme, un no querer convencerme de estar sola, de ser esclava, de estar exiliada de la patria. Pensar que mi madre; mis hermanos, que mi padre e Ismene, tan tierna y dulce, no estaban perdidos para siempre; sino que, a pesar de que todo el mundo insistía con saña en separarnos, como Roma, que nos había dividido siendo libres y nos había vendido como a bestias de carga, un lugar, más allá de esta vida, nos uniría de nuevo.
Pensar que no es sólo materia nuestro vivir, materia que se encadena, sino que dentro tiene una fuerza libre que ninguna cadena sujeta excepto la cadena voluntaria del vivir en el desorden moral y en la crápula material.
Vosotros a esto lo llamáis "pecado". Aquel y aquellos que eran mi luz en la oscuridad de mi noche de esclava lo definen de otra manera. Pero ellos también admiten que un alma clavada al cuerpo por las pasiones malas y corporales no alcanza lo que vosotros llamáis Reino de Dios y nosotros convivencia en el Hades con los dioses.
Para ello es necesario abstenerse de caer en la materialidad, esforzarse por alcanzar la libertad respecto al cuerpo, dándonos a nosotros mismos un patrimonio de virtud para obtener una feliz inmortalidad y el juntarnos de nuevo con los propios seres queridos.
Pensar que las almas de los muertos no se ven imposibilitadas para ayudar a las almas de los vivos, y sentir, por tanto, junto a una misma el alma materna, encontrar de nuevo su mirada y su voz hablándole al alma de su hija, y poder decir: "Sí, madre. Por ir a ti, sí.
Por no turbar tu mirada, sí. Por no poner lágrimas en tu voz, sí. Por no enlutar el Hades en que vives en paz, sí. Por todo esto mantendré mi alma libre: la única propiedad que tengo y que nadie me puede arrebatar, y que quiero conservar pura para poder razonar según virtud".
Pensar así era libertad y alegría. Y así quise pensar. Y obrar. Porque pensar pero luego obrar con incoherencia respecto al pensamiento no es sino demediada y falsa filosofía. Pensar así significaba construirse de nuevo una patria incluso en el exilio. Una íntima patria en el yo, con sus altares, su fe, su instrucción, sus afectos… Y una patria grande, misteriosa, y al mismo tiempo no misteriosa, por ese "algo" de misterioso que hay en el alma, que sabe que no desconoce el más allá, a pesar de que al presente lo conozca sólo como un marinero conoce desde plena alta mar en una mañana brumosa los detalles de la costa, es decir, confusamente, en boceto, sólo con algún que otro punto netamente delineado, pero suficiente, suficiente para el cansado navegante mortificado por las borrascas, que puede decir: “Allí está el puerto, la paz". La patria de las almas, el lugar de proveniencia… el lugar de la Vida. Porque la vida se engendra de la muerte…
¡Oh, entendía esto a medias, hasta que vine a saber una cosa que Tú habías dicho! Después… después fue como si un rayo de sol hiriera el diamante de mi pensamiento. Todo fue luz, y entendí hasta qué punto acertaban los maestros de Grecia, y cómo después, a falta de un dato, uno sólo, para resolver con equidad el teorema de la Vida y a Muerte, erraban. El dato era: ¡el verdadero Dios, Señor y Creador de todo cuanto existe!
¿Puedo nombrarlo con estos labios míos paganos? Sí, sí puedo. Porque de Él vengo, como todos. Porque ha puesto capacidad en las mentes de los hombres todos, y en los más sabios una inteligencia superior, en virtud de la cual verdaderamente muéstranse semidioses de ultrahumana potencia. Sí, porque Él les hizo escribir aquellas verdades que son ya religión, si no divina como la tuya, moral, capaz de mantener "vivas" a las almas no en este espacio de tiempo que dura la estancia aquí en la tierra sino siempre.
Después entendí lo que quería decir: "la vida se genera de la muerte". El que lo dijo estaba no como uno totalmente ebrio, pero sí con la inteligencia cargada. Dijo una frase sublime, pero no la entendió enteramente. Yo -perdona, Señor, mi orgullo-yo entendí más que él, y desde ese momento soy feliz.
-¿Qué comprendiste?
-Que esta existencia no es sino el principio embrional de la vida, que la verdadera Vida empieza cuando la muerte nos da a luz… para el Hades, como pagana, para la Vida eterna, como creyente en Ti ¿Me equivoco?
-Es como dices, mujer -aprueba Jesús.
-Nicodemo interrumpe:
-Pero, ¿cómo es que tuviste noticia de las palabras del Maestro?
-Quien tiene hambre busca comida, señor. Yo buscaba mi comida. Siendo lectora -porque era culta y tenía una bonita voz y una buena pronunciación-, podía leer mucho en las bibliotecas de mis amos. Pero no me sentía saciada todavía. Sentía que había otra realidad al otro lado de las paredes historiadas de ciencia humana, y, cual prisionera en cárcel de oro, golpeaba con los nudillos, trataba de forzar las puertas para salir, para encontrar… Viniendo a Palestina con el último amo, temía caer en las tinieblas… sin embargo, venía hacia la Luz.
Cada palabra de los siervos de Cesárea era un golpe de pico que iba resquebrajando las paredes y abriendo agujeros cada vez mayores por los que entraba tu Palabra. Yo recogía estas palabras y noticias. Como un niño que ensarta perlas, me las alineaba y me adornaba con ellas, y sacaba fuerzas de ellas para estar cada vez más purificada para recibir la Verdad. En la catarsis sentía que hallaría. Ya desde la tierra.
A costa de la vida quise ser pura para el encuentro con la Verdad, con la Sabiduría, con la Divinidad. Señor, estoy diciendo palabras sin juicio. Éstos me miran atónitos. Pero has sido Tú quien me las ha pedido…
-Habla, habla. Es necesario.
-Con fortaleza y templanza he resistido a las presiones externas. Bastaría que hubiera querido y habría podido ser libre y feliz, según el mundo. Pero no quise trocar el saber por el placer. Porque sin sabiduría no es útil tener las otras virtudes.
Él, el filósofo, lo dijo: “Justicia, templanza y fortaleza, separadas del saber, son semejantes a un escenario pintado, virtudes verdaderamente de esclavos sin nada firme y real". Quería tener cosas reales. El amo, necio, hablaba de ti en mi presencia. Entonces fue como si las paredes se transformasen en velos. Bastaba con querer para rasgar el velo y unirse a la Verdad. Y lo hice.
-No sabías que nos ibas a encontrar -dice el Iscariote.
-Sabía creer que el dios premia la virtud. No quería ni oro, ni honores, ni libertad física, ni siquiera la libertad física; lo que quería era la Verdad. A Dios le pedía esto, o morir.
Quería que me fuera evitada la humillación de acabar siendo sólo un "objeto" y, más todavía, de consentir en serlo. Renunciando a todo lo corporal en mi búsqueda de ti, ¡oh, Señor!, porque buscar por medio del sentido es siempre imperfecto -Tú lo viste cuando huí al verte, engañada por mis ojos- me abandoné al Dios que está sobre nosotros y en nosotros y que de sí informa el alma. Y te encontré porque el alma me condujo a ti.
Habla otra vez el Iscariote y dice:
-Tu alma es pagana.
-Pero el alma tiene siempre en sí misma algo de lo divino, especialmente cuando, con esfuerzo, se ha preservado del error… Y, por tanto, tiende a las cosas que tienen su misma naturaleza.
-¿Te estás comparando con Dios?
-No.
-Entonces, ¿por qué dices eso?
-¿Cómo? ¿Y me lo preguntas tú, que eres discípulo del Maestro? ¿A mí, que soy griega y libre desde hace poco? ¿No escuchas cuando habla? ¿O es que en ti el fermento del cuerpo es tal que te obceca? ¿No dice siempre Él que somos hijos de Dios? Pues entonces somos dioses, si somos hijos del Padre, de ese Padre suyo y nuestro de que habla siempre. Me podrás reprochar falta de humildad, pero no que soy una incrédula y una distraída.
-¿Así que te crees más que yo? ¿Crees haber aprendido todo con tus libros de tu Grecia?
-No. Ni una cosa ni la otra. De todas formas, los libros de los sabios, de cualquier lugar que sean, me han dado ese mínimo para tenerme en pie. No pongo en duda que un israelita sea más que yo. Pero estoy contenta con esta suerte mía que de Dios me viene. ¿Qué más puedo desear? Encontrando al Maestro he encontrado todo. Y pienso que ello era destino, porque verdaderamente veo que hay un Poder que vela sobre mí y que me ha designado un gran destino; yo, sintiéndolo bueno, no he hecho más que secundarlo.
-¡Bueno! Has sido esclava, y de amos crueles… Si el último te hubiera atrapado de nuevo, por ejemplo, ¿cómo habrías secundado el destino, tú, que tan sabia eres?
-¿Te llamas Judas, verdad?
-Sí… ¡y qué quieres decir?
-Quiero decir… Nada. Quiero recordar tu nombre además de tu ironía. Mira que la ironía es desaconsejable incluso en los virtuosos… ¿Cómo habría secundado el destino?
Quizás me habría matado. Porque, realmente, hay casos en que es mejor morir que vivir, a pesar de que el filósofo diga que ello no es correcto y que es cosa impía el procurarse este bien por propia iniciativa porque los dioses son los únicos que tienen derecho a llamarnos.
Esto de esperar una señal de los dioses para hacerlo ha sido lo que siempre me ha refrenado en medio de las cadenas de mi triste suerte. Pero esta vez, si me hubiera capturado mi repulsivo amo, habría visto la señal suprema, y habría preferido morir a vivir. Yo, hombre, también tengo una dignidad.
-¿Y si ahora te atrapara de nuevo? Estarías en las mismas condiciones…
-Ahora ya no me mataría. Ahora sé que la violencia contra la carne no hiere al espíritu que no consiente. Ahora resistiría hasta que me doblegasen con la fuerza, hasta morir a causa de las violencias. Porque interpretaría también esta violencia como señal con la que Dios me llamaría a su presencia. Ahora moriría tranquila, sabiendo que perdería algo perecedero.
-Bien has respondido, mujer -dice Lázaro, y Nicodemo también aprueba.
-El suicidio nunca está permitido -dice el Iscariote.
-Muchas son las cosas prohibidas, y no se respeta la prohibición.
-Tú, Síntica, debes pensar que Dios, de la misma forma que te ha guiado siempre, te habría preservado también de la violencia sobre ti misma. Ahora ve. Te agradecería que me buscases al niño y me lo trajeses -dice Jesús dulcemente.
La mujer se prosterna hasta tocar el suelo y se marcha. Todos la siguen con la mirada. Lázaro susurra:
-¡Y siempre es así! No logro entender cómo las cosas que en ella han significado "vida", para nosotros de Israel han significado "muerte". Si tienes modo de continuar examinándola, verás que precisamente ese helenismo que nos ha corrompido a nosotros, que ya poseíamos una Sabiduría, a ella la ha salvado. ¿Por qué?
-Porque los caminos del Señor son admirables, y Él se los abre a quien lo merece. Ahora, amigos, os saludo porque declina la tarde. Estoy contento de que todos vosotros hayáis oído hablar a la griega. De la constatación de que Dios se revela a los mejores, sacad la lección de que excluir de las filas de Dios a todos aquellos que no son de Israel es odioso y peligroso. Que esto os sirva de norma para el futuro… No murmures Judas de Simón.
Y tú, José, no tengas escrúpulos que no vienen a cuento.
Ninguno de vosotros se ha contaminado en nada por haber estado al lado de una griega. Ocupaos, eso sí, de no estar con el demonio o darle cabida en vosotros. Adiós José, adiós Nicodemo. ¿Os voy a poder ver otra vez mientras estoy aquí? Ahí está Margziam… Ven, niño, saluda a los jefes del Sanedrín. ¿Qué les dices?
-La paz sea con vosotros, y… digo también: a la hora del incienso pedid por mí.
-No lo necesitas, niño. Pero, ¿por qué precisamente a esa hora?
-Porque la primera vez que entré en el Templo con Jesús, me habló de la oración del atardecer… ¡Oh, qué bonito!…
-¿Y tú vas a orar por nosotros? ¿Cuándo?
-Rezaré… rezaré por la mañana y al atardecer. Para que Dios os preserve del pecado de día y de noche.
-¿Y qué vas a decir, niño?
-Diré: "Señor Altísimo, haz de José y Nicodemo unos verdaderos amigos de Jesús". Será suficiente, porque quien es amigo verdadero no apena al amigo. Y quien no apena a Jesús está seguro de poseer el Cielo.
-¡Que Dios te conserve así, niño! -dicen los dos miembros del Sanedrín mientras lo acarician.
Luego saludan al Maestro, después a la Virgen y a Lázaro en particular, y a todos los demás en grupo, y se marchan.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús, con los apóstoles y discípulos, va camino de Betania. Está precisamente hablando con los discípulos; les está dando la orden de separarse: los judíos irán por Judea, los galileos subirán por la Transjordania, anunciando al Mesías.
Esto último despierta alguna objeción. Me parece que la Transjordania no gozaba de buena fama entre los israelitas. Hablan de ella casi como de regiones paganas. Pero ello ofende a los discípulos de esta zona. Entre ellos están el arquisinagogo de Agua Especiosa -la voz más autorizada-y también un joven cuyo nombre desconozco; y defienden enfervorizadamente a sus ciudades y paisanos.
Timoneo dice:
-Ven a Aera, Señor. Verás como allí te respetan. No encontrarás en Judea tanta fe como allí. 0, mejor: yo no quiero ir. Tenme contigo. Que vaya un judío con un galileo a mi ciudad. Verán cómo ha sabido creer en ti sólo por mi palabra.
Y el joven dice:
-Yo he sabido creer sin haberte visto ni siquiera una vez. Después del perdón de mi madre, te he buscado. De todas formas, me gustaría volver, a pesar de que ello comporte burlas de los malos del lugar, malos como era yo antes, y reproches de los buenos por mi pasada conducta. Pero no me importa. Te predicaré con mi ejemplo.
-Bien dices. Harás como has dicho. Luego subiré Yo. Tú también. Timoneo, has hablado con buen juicio. Irán, pues, Hermas y Abel de Belén de Galilea a anunciarme a Aera, mientras que tú, Timoneo, te quedarás conmigo. Pero no quiero estas discusiones. Ya no sois ni judíos ni galileos; sois los discípulos. Es suficiente. El nombre y la misión os equiparan en región, en grado, en todo. Sólo os podéis diferenciar en una cosa, en la santidad: la santidad será individual y tendrá la medida que cada uno sepa alcanzar. De todas formas, quisiera que tuvierais todos la misma medida, la perfecta. ¿Veis a los apóstoles? Estaban como vosotros, divididos por razas u otras cosas.
Ahora, después de más de un año de instrucción, son únicamente los apóstoles. Haced vosotros lo mismo, de forma que, como entre vosotros el sacerdote convive con el que fue pecador, el rico con el que fue mendigo, el joven junto al hombre longevo, haced que se anule la separación de pertenecer a esta o aquella región. Tenéis una sola patria: el Cielo. Porque habéis emprendido voluntariamente el camino que lleva al Cielo. No deis nunca a mis enemigos la impresión de ser enemigos entre vosotros. El enemigo es
el pecado, y ningún otro.
Avanzan en silencio un rato. Luego, Esteban se acerca al Maestro y dice:
-Tendría que decirte una cosa. He esperado a que me la preguntes, pero no lo has hecho. Ayer me habló Gamaliel…
-Lo vi.
-¿No me preguntas lo que me dijo?
-Espero a que me lo digas tú, porque el buen discípulo no tiene secretos para su Maestro.
-Gamaliel… Maestro, ven unos metros delante conmigo…
-Vamos, sí. Pero podías hablar en presencia de todos…
Se adelantan unos metros. Esteban, ruborizado, dice:
-Debo darte un consejo, Maestro. Perdóname…
-Si es bueno, lo aceptaré. Habla.
-Maestro, en el Sanedrín todo se sabe antes o después. Es una institución que tiene mil ojos y cien tentáculos. Penetra por todas partes, ve todo, oye todo. Sus informadores superan en número a los ladrillos de los muros del Templo. Muchos viven así…
-Como espías. Termina, sí. Es verdad. Lo sé. ¿Y entonces?
¿Qué han dicho, más o menos verdadero, en el Sanedrín?
-Han dicho… todo. No sé cómo se las arreglan para saber ciertas cosas. Ni siquiera sé si son o no verdaderas…
Pero te digo que me ha dicho Gamaliel textualmente: "Di al Maestro que haga circuncidar a Hermasteo, o que, si no, que lo separe del grupo, para siempre. No hace falta decir nada más"
-Efectivamente, no hace falta decir nada más. Ante todo, porque si voy a Betania es precisamente para esto; estaré allí hasta que Hermasteo pueda viajar de nuevo. En segundo lugar, porque ninguna justificación podría demoler las prevenciones y… las exageradas reservas de Gamaliel, que está escandalizado por el hecho de que lleve conmigo a un incircunciso de un miembro del cuerpo. ¡Ay, si mirase a su alrededor y dentro de sí!, ¡cuántos incircuncisos en Israel.
-Pero Gamaliel…
-Es el perfecto representante del viejo Israel. No es malo, pero… Mira este canto. Podría romperlo, pero no lo haría maleable. Lo mismo él. Deberá ser triturado para adquirir nueva forma. Y lo haré.
-¿Quieres hacer la guerra a Gamaliel? ¡Atento, porque es poderoso!
-¿Hacerle la guerra, como si fuese un enemigo? No. Al contrario de presentarle batalla, lo amaré, complaciéndole en un deseo para su cerebro momificado, y derramando sobre él un bálsamo que ha de disgregarlo para darle forma nueva.
-Pediré yo también para que esto se cumpla, porque lo quiero. ¿Hago mal?
-No. Debes amarlo orando por él; y lo harás, ciertamente lo harás. Es más, serás tú precisamente el que me ayude a elaborar el bálsamo… En todo caso, dile a Gamaliel, para que se tranquilice, que ya había pensado en Hermasteo, y que le agradezco el consejo.
Bien, hemos llegado a Betania. Detengámonos. Hemos llegado al lugar en que nos separaremos. Quiero bendeciros a todos.
Y se reúne de nuevo con el espeso y único grupo de los apóstoles y discípulos. Los bendice y se despide de ellos, de todos menos de Hermasteo, Juan de Endor y Timoneo.
Luego, con los que se han quedado, recorre ligero los pocos pasos que todavía le separan de la cancilla del jardín de Lázaro (ya abierta de par en par para recibirlo).
Entra alzando la mano para bendecir a la casa hospitalaria. En el vasto parque, distanciados, están los dueños de la casa y las pías mujeres, que ríen de las carreras de Margziam por los senderos ornados con las últimas rosas. Además de los dueños y las mujeres, cuando éstas gritan, aparecen por un sendero José de Arimatea y Nicodemo, que también gozan de la hospitalidad de Lázaro para que así puedan estar tranquilamente con el Maestro Acuden todos a recibir a Jesús: María, con su dulce sonrisa; María de Magdala, con su grito de amor:
«¡Rabbuní!»; Lázaro, cojeando: luego, los dos solemnes miembros del Sanedrín; al final, las pías mujeres de Jerusalén y Galilea, rostros marcados de arrugas y rostros lisos de mujeres jóvenes, y, dulce como la de un ángel, la carita virginal de Analía, que se ruboriza al saludar al Maestro.
-¿No está Síntica? -pregunta Jesús después de los primeros saludos.
-Con Sara, Marcela y Noemí, adornando las mesas. Pero… ahí llegan.
Llegan, en efecto, junto con la anciana Ester de Juana: dos caras marcadas por la edad y por los dolores pasados, en medio de otras dos caras serenas, y -distinto por la raza y por todo un no sé qué que distingue a Síntica- el rostro grave, aunque luminoso de paz, de la griega.
No podría tampoco definirla como una belleza en el verdadero sentido de la palabra. Y, no obstante, si me refiero a sus ojos, de un negro mitigado con tonalidades de añil oscurísimo bajo una frente alta y nobilísima, impresionan más aún que su cuerpo, que, eso sí, es sin duda más hermoso que la cara. Un cuerpo esbelto sin ser delgado, proporcionado, armónico en su caminar y en sus ademanes.
Pero lo que impresiona es la mirada, esta mirada inteligente, abierta, profunda, que parece aspirar el mundo, seleccionarlo, retener lo bueno, lo útil, lo santo, y rechazar todo lo malo, esta mirada sincera que se deja hurgar hasta las mayores profundidades y a través de la cual el alma se asoma a escrutar a quien se le acerca. Si es verdad que los ojos permiten conocer al individuo, yo digo que Síntica es mujer de juicio seguro y de firmes y honestos pensamientos.
Ella también se arrodilla con las otras, y espera a alzarse a que el Maestro lo diga.
Jesús sigue por el verde jardín hasta el pórtico que precede a la casa y entra luego en una sala donde los domésticos están preparados para ofrecer refrigerio a los recién llegados y ayudarlos en las purificaciones de antes de la comida. Todas las mujeres se retiran. Jesús se queda con los apóstoles en la sala. Juan de Endor con Hermasteo van a la casa de Simón Zelote para dejar los fardos de que se han cargado.
-¿Ese joven que ha salido con Juan el bizco es el filisteo que has aceptado? -pregunta José.
-Sí, José. ¿Cómo lo sabes?
-Maestro… Yo y Nicodemo llevamos ya algunos días preguntándonos cómo es que lo sabemos, y cómo es que lo saben los otros del Templo, por desgracia. Lo cierto es que lo sabemos. Antes de los Tabernáculos, durante la sesión que precede siempre a las fiestas, algunos fariseos dijeron que sabían con precisión que a tus discípulos se habían unido un filisteo incircunciso y una pagana, además de… -perdona, Lázaro-las pecadoras conocidas y desconocidas, y de los publicanos -perdona, Mateo hijo de Alfeo-, y de los ex presidiarios. Por lo que respecta a la pagana, que es ciertamente Síntica, se comprende que se pueda saber, o por lo menos intuir.
El jaleo que preparó el romano fue grande, y ha sido objeto de carcajadas entre los de su ambiente y entre los judíos… incluso porque fue, quejumbroso y amenazador al mismo tiempo, a buscar por todos los rincones a su fugitiva, e importunó incluso a Herodes, porque decía que se había escondido en casa de Juana y que el Tetrarca debía imponer a su oficial que la entregase a su amo. Ahora bien, que, entre tantos hombres como te siguen, se sepa que uno es filisteo e incircunciso, y otro es un ex presidiario… es extraño, muy extraño. ¿No te parece?
-Sí y no. Tomaré oportunas medidas para Síntica y para el ex presidiario.
-Sí. Bien harás. Sobre todo, en desprenderte de Juan. No está bien entre tus seguidores.
-José, ¿ahora eres fariseo? -pregunta severo Jesús.
-No… Pero…
-¿Debería, por un estúpido escrúpulo del peor fariseísmo, humillar a un alma regenerada? ¡No lo haré! Me ocuparé de su tranquilidad. De la suya, no de la mía. Velaré por su formación, como también velo por la del inocente Margziam.
¡En verdad, no hay diferencia entre el desconocimiento espiritual de uno y otro!: uno de ellos está empezando a decir palabras de sabiduría porque Dios lo ha perdonado, porque ha renacido en Dios, porque Dios ha abrazado al pecador; el otro las dice porque, pasando de una niñez abandonada a una adolescencia custodiada por el amor del hombre además del de Dios, abre su alma al sol como una corola, y el Sol lo ilumina con su propia Luz; su Sol: Dios.
Y el primero se aproxima a decir las últimas palabras… ¿No tenéis ojos para ver que se está consumiendo de penitencia y amor? ¡Ya querría tener muchos Juanes de Endor en Israel y entre mis adictos! Querría que tú, José, y tú, Nicodemo, tuvierais un corazón como el suyo, y, sobre todo, que lo tuviera su delator, esa abyecta serpiente que se cela bajo apariencia de amigo, y que espía antes de asesinar; esa serpiente que envidia las alas del pájaro, y que lo acosa para arrancárselas y meterlo en la prisión. ¡Ah! ¡No! El ave está ya para transformarse en ángel. Aunque la serpiente pudiera -no podrá-arrancarle las alas, éstas se transformarían en su cuerpo glutinoso en alas de demonio. Todo delator es ya un demonio.
-¿Dónde estará el tal delator? Decídmelo, para que pueda ir inmediatamente a arrancarle la lengua -exclama Pedro.
-Sería mejor que le arrancases los dientes del veneno -dice Judas de Alfeo.
-¡No, hombre, no! ¡Mejor estrangularlo! Así no hará ya ningún daño con nada. Son seres que siempre pueden causar daños… -dice resueltamente el Iscariote.
Jesús fija en él sus ojos y termina:
-… Y mentir. Pero ninguno debe hacer nada contra él. Es quebranto, por ocuparse de la culebra dejar perecer al ave. Por lo que respecta a Hermasteo, voy a estar aquí un tiempo, en casa de Lázaro precisamente, para su circuncisión; él abraza, por amor a mí y para evitar persecuciones de las restringidas mentes hebreas, la religión santa de nuestro pueblo. No es sino tránsito de las tinieblas a la luz. Y no es necesario para que un corazón reciba la luz. De todas formas, lo concedo para calmar las susceptibilidades de Israel y para poner de manifiesto la verdadera voluntad de este filisteo de llegar a Dios.
Ahora bien, os digo que en el tiempo del Cristo no es necesario esto para ser de Dios. Basta la voluntad y el amor, basta la rectitud de conciencia. ¿Y dónde vamos a circuncidar a la griega? ¿En qué punto de su espíritu, si por sí sola ha sabido sentir a Dios mejor que muchos en Israel? En verdad, entre los presentes muchos son tinieblas respecto a los que despreciáis como tinieblas. En todo caso, el delator y vosotros, miembros del Sanedrín, podéis informar a quien haya que hacerlo de que el escándalo, desde hoy mismo, está eliminado.
-¿Para quién? ¿Para los tres?
-No, Judas de Simón. Para Hermasteo. Ya me encargaré de los otros. ¿Tienes algo más que preguntar?
-Yo no, Maestro.
-Y Yo tampoco tengo más que decirte. Sin embargo, a vosotros os pregunto, si lo sabéis, qué es del amo de Síntica.
-Pilatos lo mandó a Italia con el primer barco que tuvo a mano, para no tener complicaciones con Herodes y con los hebreos en general. Pilatos está pasando momentos difíciles… y ya le bastan… -dice Nicodemo.
-¿Esta noticia es segura?
-Si quieres, Maestro, puedo asegurarme -dice Lázaro.
-Sí, hazlo. Y luego dime la verdad.
-Pero en mi casa Síntica está igualmente segura.
-Lo sé. También Israel tutela a una esclava que haya huido de su amo extranjero y cruel. Pero quiero saberlo.
-Y yo quisiera saber quién es el delator, el informador, el gracioso espía de los fariseos… y -esto se puede saber y lo quiero saber-quiénes son los fariseos denunciadores. Que salgan los nombres de los fariseos y de su ciudad.
Me refiero a los fariseos que han hecho la bonita obra de informar -previa traición de uno de nosotros, porque sólo nosotros sabemos ciertas cosas, nosotros los discípulos antiguos y nuevos-de informar al Sanedrín sobre las cosas que hace el Maestro, cosas que son todas justas; y es un demonio el que diga y piense lo contrario, y…
-Y basta, Simón de Jonás. Te lo ordeno.
-Y yo obedezco, aun a costa de que se me revienten las venas del corazón por el esfuerzo. En todo caso, lo bonito de esta jornada ya se ha perdido…
-No. ¿Por qué? ¿Ha cambiado algo entre nosotros?
¿Entonces? ¡Oh, Simón mío! Ven aquí a mi lado, hablemos de las cosas buenas…
-Vienen a decirnos que es la hora de la comida, Maestro -dice Lázaro.
-Pues vamos entonces…
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús se dirige al Templo. Le preceden en grupos los discípulos, le siguen en grupo las discípulas, es decir, su Madre, María Cleofás. María Salomé, Susana, Juana de Cusa, Elisa de Betsur, Analía de Jerusalén, Marta y Marcela. No está la Magdalena. En torno a Jesús, los doce apóstoles y Margziam.
Jerusalén muestra la pompa de las ocasiones solemnes.
Gente de todos los lugares en todas sus calles. Cantos, discursos, murmullo de oraciones, imprecaciones de asnerizos, algún llanto de niño. Cubriéndolo todo, un cielo nítido que se deja ver entre las casas, y un sol que desciende alegre a dar vivacidad a los colores de los vestidos, a encender los mortecinos colores de las pérgolas y árboles que acá o allá se vislumbran tras las tapias de los jardines recintados o de los antepechos de las terrazas.
Hay veces que Jesús se cruza con personas conocidas; entonces el saludo es más o menos deferente, según la disposición de éstas. Así, es respetuosísimo, aunque gravedoso, el de Gamaliel, que mira fijamente a Esteban; éste le sonríe desde el grupo de los discípulos (Gamaliel, después de inclinarse ante Jesús, llama aparte a Esteban y le dice unas palabras, y luego Esteban regresa al grupo).
De veneración es el saludo del anciano arquisinagogo Cleofás de Emaús, que se dirige con sus paisanos al Templo.
Desabrido como una maldición, el saludo de respuesta de los fariseos de Cafarnaúm.
Los campesinos de Jocanán, capitaneados por el administrador, saludan echándose al suelo y besando los pies de Jesús entre el polvo del camino. La gente, extrañada, se detiene a observar a este grupo de hombres que, en un cruce de calles, se arroja con un grito a los pies de un hombre joven, que no es ni un fariseo ni un famoso escriba, que no es ni un sátrapa ni un alto cortesano. Alguno pregunta que quién es. Corre un murmullo:
-Es el Rabí de Nazaret, el que se dice que es el Mesías.
Entonces, prosélitos y gentiles se arremolinan, curiosos, de forma que empujan al grupo hacia una pared y crean un atasco en la minúscula placita; hasta que un grupo de arrieros los disgrega gritando imprecaciones contra el obstáculo. Mas la multitud, exigente, brutal en esta manifestación suya que es también de fe, se aglomera de nuevo, separando las mujeres de los hombres. Todos quieren tocar el vestido de Jesús, decirle una palabra, hacerle alguna pregunta… esfuerzo inútil, porque esa misma prisa, esa ansia, ese nerviosismo por pasar adelante rechazándose unos a otros, hace que ninguno pueda llegar. Las preguntas y respuestas se confunden también en un único rumor incomprensible.
El único que se abstrae de la escena es el abuelo de Margziam. Ha respondido con un grito al grito de su nietecito, y, enseguida, tras venerar al Maestro, ha estrechado contra su corazón al nieto, y luego, todavía apoyado sobre los talones, ambas rodillas en tierra, lo ha sentado en su regazo, y lo admira y acaricia con lágrimas y besos de dicha mientras le pregunta y escucha. El anciano se siente tan feliz que está ya en el Paraíso.
Acuden los soldados romanos, creyendo que hay alguna pelea. Se abren paso. Pero sonríen cuando ven a Jesús, y, limitándose a aconsejar a los presentes que dejen libre ese importante cruce, se retiran tranquilos. Jesús obedece inmediatamente, aprovechando el espacio que crean los romanos, que van unos pasos delante de Él como para abrirle camino, aunque en realidad es para volver a su puesto de piquete, porque la guardia romana ha sido reforzada mucho, como si Pilatos fuera al corriente de un descontento entre la muchedumbre y temiera amotinamientos en estos días en que Jerusalén está colmada de hebreos procedentes de todas partes. Y es bonito verlo caminar precedido por este grupo armado romano, como un rey al que se va abriendo paso cuando se dirige a sus posesiones.
Cuando ha empezado a moverse ha dicho al niño y al anciano:
-Estad juntos y seguidme – y al administrador de Jocanán: “Te ruego que me dejes a tus hombres. Serán invitados míos hasta la noche”.
El administrador responde obsequioso:
-Hágase todo lo que quieras -y, tras un respetuoso saludo, se marcha solo.
El Templo está ya cerca, y el bullicio de la multitud, como movimiento de hormigas junto a la entrada del hormiguero, es aún mayor. En esto, un campesino de Jocanán grita:
-¡El amo! -y cae de rodillas para saludar, y lo imitan los demás.
Jesús está en pie en medio de un grupo de hombres postrados (porque los campesinos se habían arrimado bien a Él). Vuelve la mirada hacia el lugar señalado y encuentra la mirada de un fariseo pomposamente vestido, que no me resulta nuevo pero que no sé dónde lo he visto.
El fariseo Jocanán está con otros de su casta: un montón de preciosos tejidos, de franjas, hebillas, cinturones, filacterias; todo de dimensiones exageradas respecto a lo común. Jocanán fija su atención en Jesús: es una mirada de pura curiosidad, aunque no irreverente. Es más, lo saluda: estirado, apenas una inclinación de cabeza… pero al fin y al cabo es un saludo, al cual Jesús responde con deferencia.
También lo saludan otros dos o tres fariseos, mientras que otros miran despreciativos o fingen mirar a otra parte; sólo uno lanza una ofensa (seguro, porque veo que los que van en torno a Jesús se sobresaltan, y el mismo Jocanán se vuelve de repente para fulminar con la mirada al ofensor, que es un hombre más joven que él, de facciones marcadas y duras).
Una vez rebasados, cuando ya los campesinos se atreven a hablar, uno de ellos dice:
-El que te ha maldecido es Doras, Maestro.
-Déjalo. Os tengo a vosotros, que me bendecís -dice tranquilo Jesús.
Apoyado en el intradós de un arco, junto con otros, está Manahén, el cual, en cuanto ve a Jesús, alza los brazos acompañando el gesto con una exclamación de alegría:
-¡Éste es un día jubiloso, porque te he encontrado! -y viene hacia Jesús, seguido por los que lo acompañan. Lo venera bajo el umbrío arco que hace retumbar las voces como si fuera una cúpula.
Precisamente mientras lo está venerando, pasan, rozando al grupo apostólico, los primos Simón y José con otros nazarenos… y no saludan… Jesús los mira apenado, pero no dice nada.
Judas y Santiago, agitados, cambian recíprocamente unas palabras, y Judas, encendido su rostro de indignación, inútilmente sujetado por su hermano, echa a correr tras ellos. Pero Jesús lo llama con un tan imperioso: « ¡Judas, ven aquí!», que el inquieto hijo de Alfeo se vuelve para atrás… -Déjalos. Son semillas que todavía no han sentido la primavera. Déjalos que estén en la sombra del avariento terrón. Penetraré igualmente, aunque éste se transformase en jaspe cerrado en torno a la semilla. Lo haré a su tiempo.
Más fuerte que la respuesta de Judas de Alfeo resuena el llanto de María de Alfeo, desolada: un llanto largo, propio de una persona abatida… Pero Jesús no se vuelve para consolarla, a pesar de que se oiga bien nítido ese lamento bajo el arco lleno de ecos.
Sigue hablando con Manahén, el cual le dice:
-Éstos que están conmigo son discípulos de Juan. Quieren, como yo, ser tuyos.
-Paz a los buenos discípulos. Allá delante están Matías, Juan y Simeón, conmigo para siempre. Os recibo a vosotros como los recibí a ellos, porque Yo amo todo lo que me viene del santo Precursor.
Llegan a los muros del Templo.
Jesús da órdenes al Iscariote y a Simón Zelote para las compras y ofrendas de rito. Luego llama al sacerdote Juan y dice:
-Tú, que eres de este lugar, te encargarás de invitar a algún levita que sepas que es digno de conocer la Verdad. Porque verdaderamente este año puedo celebrar una fiesta de alegría. Nunca volverá a ser tan dulce el día…
-¿Por qué, Señor? -pregunta el escriba Juan.
-Porque os tengo a todos en torno a mí, o con la presencia visible o en espíritu.
-¡Siempre estaremos! Y, con nosotros, muchos otros -asegura con vehemencia el apóstol Juan, secundado en coro por todos los demás. Jesús sonríe y calla mientras el sacerdote Juan, con Esteban, se adelanta, al Templo, para cumplir la orden. Jesús le grita detrás:
-Nos encontraréis en el pórtico de los Paganos.
Luego entran, y, casi enseguida, se topan con Nicodemo, el cual hace un gesto respetuoso de saludo; no se acerca a Jesús, pero le dirige una sonrisa de avenencia llena de paz.
Las mujeres, no pudiendo ir más allá, se detienen. Mientras, Jesús con los hombres va a la oración, al lugar de los hebreos, y luego, cumplidos todos los ritos, se vuelve para reunirse con los que lo esperan en el pórtico de los Paganos.
Los pórticos, vastísimos y altísimos, están llenos de gente que escucha las lecciones de los rabíes. Jesús se dirige a donde ve que están parados los dos apóstoles y los dos discípulos que había mandado delante. Enseguida se forma un círculo alrededor de Él; a los apóstoles y discípulos se unen otras, numerosas personas que estaban, acá o allá, entre la muchedumbre que llena el patio marmóreo. Tanta es la curiosidad, que hasta algunos alumnos de rabíes -no sé si espontáneamente o mandados por sus maestros-se acercan al círculo que se ciñe en torno a Jesús.
Él, sin rodeo alguno, dice:
-¿Por qué os apiñáis alrededor de mí? Responded. Tenéis rabíes conocidos y sabios, bienquistos de todos; Yo soy el Desconocido y el Malquisto. ¿Por qué, pues, venís a mí?
-Porque te amamos -dicen algunos, y otros: «Porque tienes palabras distintas de los otros», y otros: «Para ver tus milagros», y «Porque hemos oído hablar de ti», y «Porque sólo Tú tienes palabras de vida eterna y obras que corresponden a las palabras», y en fin: «Porque queremos unirnos a tus discípulos».
Jesús mira a cada uno según va hablando, como para traspasarlos con la mirada y leer los más ocultos sentimientos; alguno, no resistiendo esa mirada, se aleja, o, cuanto menos, se esconde detrás de una columna o de gente más alta.
Jesús continúa:
-¿Pero sabéis qué quiere decir y qué es el hecho de seguirme? Doy respuesta solamente a estas palabras, porque la curiosidad no merece respuesta, y porque quien tiene hambre de mis palabras, como consecuencia, me ama y desea unirse a mí. Por tanto, los que han hablado se clasifican en dos grupos: los curiosos, de los cuales no me ocupo, y los que ponen buena voluntad; a éstos los adoctrino sin engaño acerca de la severidad de esta vocación.
Venir a mí como discípulo quiere decir renuncia de todos los amores en aras de un solo amor: el mío. Amor egoísta a uno mismo: amor culpable a las riquezas, a la sensualidad o el poder; amor justo a la propia esposa; santo, hacia la madre o el padre; amor cariñoso de los hijos y a los hijos o hermanos: todo debe ceder ante mi amor, si uno quiere ser mío.
En verdad os digo que mis discípulos han de ser más libres que las aves que extienden su vuelo por el cielo, más libres que los vientos que recorren el firmamento sin ser detenidos por nadie ni por nada; libres, sin pesadas cadenas, sin vínculos de amor material, sin siquiera las finas telarañas de las más leves barreras.
El espíritu es como una delicada mariposa enclaustrada dentro del capullo pesado de la carne; su vuelo lo puede obstaculizar -o pararlo del todo-simplemente la irisada e impalpable tela de una araña: la araña de la propia sensibilidad, de la falta de generosidad en el sacrificio.
Quiero todo, sin reservas. El espíritu tiene necesidad de esta libertad de dar, de esta generosidad de dar, para poder estar seguro de no caer en la telaraña de las inclinaciones, costumbres, reflexiones, miedos, tejido todo ello como otros tantos hilos de esa monstruosa araña que es Satanás, ladrón de almas.
Si uno quiere venir a mí y no odia santamente a su padre, a su madre, su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, e incluso la propia vida, no puede ser discípulo mío. He dicho: "odia santamente". En vuestro corazón decís:
"El odio -Él lo enseña-no es jamás santo. Por tanto, se contradice". No. No me contradigo. Digo que se odie lo grave del amor, la pasionalidad terrenal del amor al padre y a la madre, a la esposa y a los hijos, a los hermanos y hermanas, a la propia vida; pero ordeno que se ame, con la libertad ingrávida propia de los espíritus, a los padres y la vida. Amadlos en Dios y por Dios, no posponiendo jamás a Dios, no posponiéndolo a ellos, ocupándoos y preocupándoos de conducirlos a donde el discípulo ha llegado, o sea, a Dios Verdad. Así amaréis santamente a los padres y a Dios, y conciliaréis los dos amores, y haréis de los vínculos de la sangre no un peso sino alas, no culpa sino justicia.
Debéis estar dispuestos a odiar también vuestra vida para seguirme a mí. Odia su vida aquel que, sin miedo a perderla o a que sea humanamente triste, la pone a mi servicio. Pero es sólo apariencia de odio, un sentimiento erróneamente llamado "odio" por la mente del hombre que no sabe elevarse, del hombre todo terrenal, superior en poco a los animales.
En realidad, este aparente odio, que es el negar las satisfacciones sensuales a la existencia para dar cada vez más amplia vida al espíritu, es amor; amor es, y del más alto que existe, del más bendito. Negarse las bajas satisfacciones, prohibirse la sensualidad de los deseos, atraerse reprensiones y comentarios injustos, arriesgarse a sufrir castigos, rechazos, maldiciones, quizás persecuciones, todo esto es una serie continua de penas.
Mas es necesario abrazarse a ellas, e imponérselas como una cruz, un patíbulo en que expiar todos los pecados pasados para presentarse uno justificado ante Dios; un patíbulo del cual se obtienen todas las gracias, verdaderas, poderosas, santas gracias de Dios para aquellos a quienes amamos. Quien no carga con su cruz y no me sigue, quien no sabe hacer esto, no puede ser discípulo mío.
Por tanto, los que decís: "Hemos venido porque queremos unirnos a tus discípulos" pensadlo mucho, mucho. No es vergüenza, sino sabiduría, sopesarse, juzgarse y confesar, a sí mismo y a los demás: "No tengo la aptitud del discípulo". Los paganos, como base de una de sus disciplinas, tienen la necesidad de "conocerse uno a sí mismo". ¿Acaso vosotros, israelitas, no vais a saber hacerlo para conquistar el Cielo? Porque -recordad esto siempre-bienaventurados los que vienen a mí. Pero, si venís para luego traicionarme a mí y al que me ha enviado, mejor es no venir para nada y seguir siendo hijos de la Ley como habéis sido hasta ahora. ¡Ay de aquellos que primero dicen: "Voy" y luego, traicionando la idea cristiana, escandalizando a los pequeños y buenos, perjudican al Cristo! ¡Ay de ellos!… ¡Y los habrá, siempre los habrá!
Sed, pues, como aquel hombre que, queriendo edificar una torre, primero calcula atentamente los gastos necesarios y hace balance de su dinero, para ver si tiene los medios para concluirla, y no verse obligado, una vez echados los cimientos, a suspender la obra por falta de dinero. Si esto sucediera, perdería incluso lo que tenía primero y se quedaría sin torre y sin talentos; a cambio atraería hacia sí las burlas del pueblo, que diría: "Éste empezó a edificar, pero no pudo concluir; ahora tendrá que llenar su estómago con los restos de su construcción inacabada".
Sed también -sacando así enseñanza sobrenatural de los pobres-hechos de este mundo-como los reyes de la Tierra, que, cuando quieren hacer la guerra a otro rey, examinan todo con calma y atención, los pros y los contras; meditan si lo que van a sacar con la conquista les compensa o no el sacrificio de las vidas de sus súbditos; estudian si es posible conquistar el lugar, estudian la posibilidad de victoria de su ejército (numéricamente la mitad del de su rival pero más combativo); y, si, lógicamente, ven que es improbable que diez mil venzan a veinte mil, entonces, antes de que estalle la batalla, mandan al encuentro de su rival -que ya está en guardia a causa de las operaciones militares del otro-una embajada con ricos presentes, y lo amansan, lo apaciguan con pruebas de amistad, anular sus sospechas, en fin firman un tratado de paz, que siempre es más ventajoso, humana y espiritualmente, que una guerra.
Eso es lo que debéis hacer vosotros antes de empezar la nueva vida y de tomar partido contra el mundo. Porque ser discípulo mío significa eso: presentar batalla a la vortiginosa y violenta corriente del mundo, de la carne, de Satanás. Si no os sentís con valor de renunciar a todo por amor a mí, no vengáis porque no podéis ser discípulos míos.
Bien. Lo que dices es verdad -admite un escriba que se ha mezclado en el grupo -Pero, si nos despojamos de todo, ¿con qué te servimos? La Ley tiene prescripciones que son como monedas que Dios ha dado al hombre para que, usándolas, se compre la vida eterna Dices: "Renunciad a todo", y mencionas el padre, la madre, las riquezas, los honores. Dios ha dado también estas cosas, y nos ha dicho, por boca de Moisés, que las usáramos con santidad para aparecer justos ante los ojos de Dios. Si nos quitas todo, ¿qué nos das?
-He dicho, rabí, que el verdadero amor. Os doy mi doctrina, que no quita ni una iota a la antigua Ley; antes bien, la perfecciona.
-Entonces todos somos discípulos iguales, porque todos tenemos las mismas cosas.
-Todos según la Ley mosaica, no todos según la Ley que perfecciono Yo según el Amor. Pero no todos, en ésta, alcanzan la misma suma de méritos. Entre mis propios discípulos no todos obtendrán una suma de méritos igual; y alguno de ellos, no sólo no alcanzará suma alguna, sino que perderá incluso su única moneda: su alma.
-¿Cómo? A quien más se le da, más le quedará. Tus discípulos, y más tus apóstoles, te siguen en tu misión, y conocen tu forma de actuar; han recibido muchísimo. Mucho han recibido tus discípulos efectivos; menos, los discípulos que lo son sólo de nombre. Nada han recibido los que, como yo, te oyen sólo por una contingencia. Es evidente que en el Cielo los apóstoles tendrán muchísimo; mucho, los discípulos efectivos; menos, los discípulos de nombre; nada, los que son como yo.
-Humanamente es evidente, y humanamente puede ser también un mal. Porque no todos son capaces de hacer producir los bienes recibidos. Escucha esta parábola, y perdona si adoctrino demasiado tiempo aquí; pero es que Yo soy la golondrina que va de paso, y estaré poco tiempo en la Casa del Padre, pues he venido para todo el mundo y, además, este pequeño mundo que es el Templo de Jerusalén no quiere dejarme recoger el vuelo y permanecer donde la gloria del Señor me llama.
-¿Por qué dices eso?
-Porque es la verdad.
El escriba mira a su alrededor y agacha la cabeza. Ve que lo que ha dicho Jesús es verdad. Lo ve en demasiados rostros de miembros del Sanedrín, rabíes y fariseos, que han ido engrosando cada vez más la aglomeración de gente que hay en torno a El: rostros verdes de bilis o purpúreos de ira; miradas que equivalen a maldiciones y a esputos de veneno; rencor en fermentación por todas partes; deseos de pegarle a Cristo, que queda en deseo sólo por miedo a los muchos que circundan al Maestro con devoción y que están dispuestos a todo por defenderlo, miedo quizás también a represalias por parte de Roma, que mira con benignidad al pacífico Maestro galileo.
Jesús reanuda sereno la exposición de su pensamiento con la parábola:
-Un hombre, antes de emprender un largo viaje y ausentarse por un largo período, llamó a todos sus siervos y les confió todos sus bienes. A uno le dio cinco talentos de plata; a otro, dos de plata; a uno, uno sólo, de oro. A cada uno según su grado y habilidad. Y luego se marchó.
Entonces, el siervo que había recibido cinco talentos de plata negoció sagazmente sus talentos, y, pasado un tiempo, le produjeron otros cinco. El que había recibido dos talentos de plata hizo lo mismo, y dobló la suma recibida. Pero el que había recibido más de su señor (un talento de oro puro), víctima del miedo a no saber negociar del miedo a los ladrones, a mil quimeras, víctima, sobre todo, de la holgazanería, cavó un profundo hoyo en el suelo y escondió el dinero de su señor.
Pasaron muchos, muchos meses. Volvió el amo. Llamó enseguida a sus súbditos para que restituyeran el dinero que habían recibido en depósito.
Vino el que había recibido cinco talentos de plata y dijo: "Aquí tienes, mi señor. Me diste cinco talentos. Me parecía mal no hacer producir lo que me habías dado, así que me las he ingeniado para ganar otros cinco. No he podido más…".
-Bien, muy bien, siervo bueno y fiel. Has sido fiel en lo poco, te has aplicado con buena voluntad, has sido honesto. Te daré autoridad sobre muchas cosas. Entra en la alegría de tu señor.
Luego vino el otro, el de los dos talentos, y dijo:
-Me he permitido emplear tus bienes para beneficio tuyo. Aquí tienes las cuentas para que veas cómo he empleado tu dinero. ¿Ves? Eran dos talentos de plata. Ahora son cuatro. ¿Estás contento, mi señor?".
Y el amo dio a este siervo bueno la misma respuesta que había dado al primero. Vino por último aquel que, por gozar de la máxima confianza del amo, había recibido el talento de oro. Desenrolló el paño en que lo conservaba, lo sacó y dijo:
-Me confiaste lo que tenía mayor valor, porque me juzgas prudente y fiel, de la misma forma que yo sé que eres intransigente y exigente y que no toleras pérdidas de tu dinero, sino que si te sobreviene la desgracia te resarces con quien tienes a tu lado, porque, en verdad, cosechas donde no sembraste, recoges donde no esparciste, siendo así que no perdonas un centavo ni al encargado de tus tierras ni a tu banquero, por ninguna razón. Tu dinero debe ser el que tú dices. Ahora bien, yo, temiendo disminuir este tesoro, lo he cogido y lo he escondido. No me he fiado de nadie, ni siquiera de mí mismo. Ahora lo he desenterrado y te lo devuelvo. Aquí tienes tu talento".
"¡Oh, siervo inicuo y holgazán! Verdaderamente no me has amado porque no me has conocido, ni has amado mi bienestar porque has dejado el talento improductivo. Has traicionado la estima que había depositado en ti. Te desautorizas a ti mismo. Por ti mismo te acusas y te condenas. Sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido. ¿Por qué, entonces, no has obrado de forma que pudiera cosechar y recoger? ¿Así respondes a mi confianza? ¿Así me conoces? ¿Por qué no has llevado el dinero a los banqueros, de forma que a mi regreso lo hubiera retirado con los intereses? Te había instruido para ello con especial esmero, mas tú, necio holgazán, no lo has tenido en cuenta. Te sea, pues, arrebatado el talento, y todos los demás bienes, para el que tiene diez talentos".
-Pero tiene ya diez, y éste se queda sin nada… -objetaron.
-Eso es. A quien tiene, y trabaja con eso que tiene, le será dado más, hasta que le sobre. Pero a quien no tiene, porque no quiso tener, le será arrebatado incluso lo que se le dio. Respecto al siervo parásito que ha traicionado mi confianza y ha dejado improductivos los dones recibidos, arrojadlo de mi propiedad, y que se aleje con lágrimas en los ojos y remordimiento en el corazón.
Ésta es la parábola. Ves, rabí, que le quedó menos al que más tenía, porque no supo merecer la conservación del don de Dios. No se puede afirmar que uno de esos que llamas discípulos sólo de nombre (que tienen poco con que negociar), y de los que, como dices, me escuchan sólo por una contingencia, y que tienen la única moneda de su alma, no lleguen a poseer el talento de oro -arrebatado a uno de los más beneficiados-y sus frutos correspondientes. Las sorpresas del Señor son infinitas, porque infinitas son las reacciones del hombre. Veréis a gentiles que alcanzan la Vida eterna, a samaritanos recibiendo el Cielo, y veréis a israelitas puros y seguidores míos perder el Cielo y la eterna Vida.
Jesús calla y, como queriendo truncar toda discusión, se vuelve hacia los muros del Templo.
Pero un doctor de la Ley, que estaba sentado escuchando seriamente bajo el pórtico, se alza y se le pone delante para preguntarle:
-Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Has respondido a los otros, respóndeme también a mí.
-¿Por qué quieres tentarme? ¿Por qué quieres mentir? ¿Esperas que diga algo disconforme con la Ley por el hecho de que añado a la Ley conceptos más luminosos y perfectos? ¿Qué está escrito en la Ley? ¡Responde! ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?
-Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con toda tu inteligencia. Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
-Bueno, has respondido bien; haz eso y obtendrás la vida eterna.
-¿Y quién es mi prójimo? El mundo está lleno de gente buena y mala, conocida y desconocida, amiga y enemiga de Israel. ¿Cuál es mi prójimo?
-Un hombre, bajando de Jerusalén a Jericó, en uno de los pasos estrechos de las montañas, se topó con unos ladrones. Éstos lo hirieron cruelmente, lo despojaron de todo cuanto llevaba, incluso de sus vestidos, y lo dejaron más muerto que vivo en el borde del camino. Pasó por ese mismo camino un sacerdote que había terminado su turno en el Templo. ¡Todavía perfumado de los inciensos del Santo! ¡Debería haber tenido también el alma perfumada de bondad sobrenatural y de amor, pues que había estado en la Casa de Dios, casi en contacto con el Altísimo! Este sacerdote tenía prisa de volver a su casa. Miró, pues, hacia el herido y no se detuvo. Pasó ligero de largo y dejó al desdichado en la cuneta.
Luego, un levita. ¿Contaminarse, teniendo que servir en el Templo? ¡De ninguna manera! Recogió su vestido para que no se manchase de sangre, lanzó una mirada huidiza hacia el hombre que gemía en medio de su sangre y aceleró el paso en dirección a Jerusalén, hacia el Templo.
El tercero que pasó, viniendo de Samaria, en dirección al vado, fue un samaritano. Vio la sangre, se detuvo, descubrió la presencia del herido en el crepúsculo que ya se iba espesando; se apeó del burro, se acercó al herido, lo confortó con un trago de vino generoso, desgarró su manto para hacer vendas, le lavó las heridas con vinagre, se las ungió con aceite, se las vendó con amor; luego cargó al herido sobre su jumento, guió con cautela al animal, sujetando al mismo tiempo al herido y confortándolo con buenas palabras, sin preocuparse del cansancio, sin enfado por el hecho de que el herido fuera de nacionalidad judía. Cuando llegó a la ciudad, lo llevó a una posada y lo veló toda la noche. Al alba, viéndolo mejorado, lo dejó en manos del posadero, a quien pagó con antelación unos denarios y dijo: "Cuídalo como si se tratara de mí mismo. A mi regreso te daré lo que hayas gastado de más, y con medida generosa, si haces bien las cosas". Y se marchó.
Doctor de la Ley, respóndeme: ¿Quién de estos tres fue "prójimo" del que se topó con los ladrones? ¿Acaso el sacerdote? ¿Acaso el levita? ¿No lo fue, más bien, el samaritano, que no se preguntó quién era el herido, porque estaba herido, o si hacía mal en socorrerlo perdiendo tiempo y dinero y arriesgándose a ser acusado de haberlo herido él?
El doctor de la Ley respondió: -Fue "prójimo" éste, porque tuvo misericordia. -Haz tú lo mismo, y amarás al prójimo y a Dios en el prójimo y merecerás la vida eterna.
Ya ninguno se atreve a hablar. Jesús aprovecha para ir donde las mujeres, que estaban esperando al pie de los muros, e ir con ellas de nuevo a la ciudad. Ahora se han añadido al grupo de los discípulos dos sacerdotes, o más exactamente un sacerdote y un levita: jovencísimo éste, patriarcal el otro.
Pero Jesús está ahora hablando con su Madre -entre sí y ella, tiene a Margziam-, y le pregunta:
-¿Me has escuchado, Madre?
-Sí, Hijo mío, y a la tristeza de María Cleofás se ha unido la mía. Ella ha llorado poco antes de entrar en el Templo…
-Lo sé, Madre; sé el motivo. No debe llorar, sólo orar.
-¡Ora mucho! Las noches pasadas, dentro de su cabaña, entre sus hijos dormidos, oraba y lloraba. La oía llorar a través de la pared delgada de los ramajes adyacentes. ¡Ver a pocos pasos a José y a Simón, cercanos pero tan lejos!… Y no es la única que llora. Juana, que la ves tan serena, ha llorado en mi presencia…
-¿Por qué, Madre?
-Porque Cusa… se comporta de una forma… inexplicable. Un poco la complace en todo, un poco la rechaza en todo; si están solos, donde nadie los ve, es el marido ejemplar de siempre, pero si están con él otras personas -naturalmente de la Corte -se vuelve autoritario y despreciativo para con su mansa esposa. Ella no comprende por qué…
-Te lo digo Yo. Cusa es siervo de Herodes. Entiéndeme, Madre: "Siervo". Esto no se lo digo a Juana para no apenarla. Pero es así. Cuando no teme la reprensión y el escarnio del soberano, es el buen Cusa; cuando tiene motivo para temerlos, deja de serlo.
-Es porque Herodes está muy irritado por Manahén y…
-Es porque Herodes ha perdido el juicio por el tardío remordimiento de haber cedido a las peticiones de Herodías. Pero Juana tiene ya mucho bien en la vida. Debe, bajo la diadema, llevar su cilicio.
-Analía también llora… ¿Por qué?
-Porque su prometido se está poniendo contra ti.
-Que no llore. Díselo. Se trata de una resolución. Es bondad de Dios. Su sacrificio conducirá de nuevo a Samuel al Bien. Por el momento esto la librará de presiones para la celebración del matrimonio. Le prometí que la tomaría conmigo. Me precederá en la muerte…
-¡Hijo!… -María, palideciendo, aprieta la mano de Jesús.
-¡Mi querida Mamá! Es por los hombres. Ya lo sabes. Es por amor a los hombres. Bebemos nuestro cáliz con buena voluntad, ¿no es verdad?
María traga las lágrimas y responde:
-Sí. (Un "sí" acongojado, verdaderamente desgarrador).
Margziam alza su carita y dice a Jesús:
-¿Por qué dices estas cosas feas que hacen sufrir a Mamá? Yo no te voy a dejar morir. Te voy a defender como defendía a los corderos.
Jesús lo acaricia, y, para animar a los dos afligidos, pregunta al niño:
-¿Qué harán ahora tus ovejitas? ¡No las echas de menos?
-¡Pero si estoy contigo! De todas formas pienso en ellas siempre, y me pregunto: "¿Las habrá sacado a pastar Porfiria?, ¿habrá tenido cuidado de que Espuma no se meta en el lago?". Porque Espuma es muy vivaracho, ¿sabes? Su madre lo llama una y otra vez, ¡pero nada! Hace lo que quiere. ¡Y Nieve, que es tan glotona que come hasta que se siente mal! Mira, Maestro, yo entiendo lo que es ser sacerdote en tu Nombre, lo comprendo mejor que los otros.
Ellos -y señala con la mano a los apóstoles, que vienen detrás-dicen muchas palabras elevadas, hacen muchos proyectos… para el futuro. Yo digo: "Seré pastor. Seré para los hombres como con las ovejitas. Será suficiente".
Mamá, nuestra Mamá, me ha contado ayer un pasaje muy bonito de los profetas… y me ha dicho: "Exactamente así es nuestro Jesús". Y yo dentro del corazón dije: "Pues yo también seré exactamente así". Luego le dije a nuestra Mamá: "Por ahora soy cordero, pero luego seré pastor; sin embargo, Jesús ahora es Pastor, y… también Cordero. Pero tú eres siempre la Cordera, sólo nuestra Cordera, blanca, bonita, encantadora, con palabras más dulces que la propia leche. Por eso Jesús es tan Cordero: porque ha nacido de ti, Corderita del Señor.
Jesús se inclina y lo besa, impetuosamente. Luego pregunta:
-¿Entonces verdaderamente quieres ser sacerdote?
-¡Sí, claro, mi Señor! Por eso trato de hacerme bueno y de saber mucho. Voy siempre donde Juan de Endor. Me trata siempre como a un hombre, y con mucha bondad.
Quiero ser pastor de las ovejas descarriadas y de las no descarriadas, y médico-pastor de las heridas y de las que tengan algún miembro fracturado, como dice el Profeta. ¡Qué bonito!». Y el niño da un salto y choca las manos.
-¿Por qué está tan contento este curruco? -pregunta Pedro mientras se acerca.
-Ve su camino. Clarísimamente. Hasta el final. Yo con mi "sí" consagro esta visión suya.
Se paran delante de una casa que, si no me equivoco, está en la zona del barrio de Ofel, pero en un lugar más distinguido.
-¿Nos detenemos aquí?
-Esta es la casa que Lázaro me ha ofrecido para el banquete de alegría. María ya está aquí.
-¿Por qué no ha venido con nosotros? ¿Por miedo a las burlas?
-¡No! Ha sido una disposición mía.
-¿Por qué, Señor?
-Porque el Templo es más susceptible que una esposa encinta. Mientras pueda, no quiero provocar ningún choque, y no es por cobardía.
-No te va a servir de nada, Maestro. Yo en tu lugar no sólo chocaría con él, sino que lo echaría abajo del Moria junto con todos los que viven dentro.
-Simón, eres un pecador; se debe orar por los semejantes, no matarlos.
-Yo soy pecador, pero Tú no… y… deberías hacerlo.
-Habrá quien lo haga. Cuando se colme la medida del pecado.
-¿Qué medida?
-Una medida tan grande, que henchirá el Templo y rebosará hacia Jerusalén. No puedes comprender… ¡Marta, abre, pues, tu casa al Peregrino!
Marta se hace reconocer y abren. Entran todos en un largo atrio terminado en un patio empedrado que tiene cuatro árboles en sus cuatro ángulos. Una amplia sala se abre en el piso superior; por sus ventanas abiertas, se ve toda la ciudad con sus subidas y bajadas. Deduzco, por tanto, que la casa está en las pendientes meridionales, o sur-orientales de la ciudad. La sala está preparada para recibir a una gran cantidad de invitados. Han colocado gran número de mesas, paralelas las unas a las otras. Un centenar de personas puede cómodamente comer.
María Magdalena, que estaba en otra parte de la casa ocupándose de las despensas, viene enseguida y se postra delante de Jesús. Y viene Lázaro, con una sonrisa feliz en su cara achacosa. Van llegando también los invitados: unos, un poco azorados; más seguros otros: pero la amabilidad de las mujeres hace que pronto todos se sientan a gusto.
El sacerdote Juan lleva a la presencia de Jesús a los dos que ha traído del Templo.
-Maestro, mi buen amigo Jonatán y mi joven amigo Zacarías. Son auténticos israelitas, sin malicias ni rencores.
-Paz a vosotros. Me alegro de que hayáis venido. El rito debe ser observado incluso en estas delicadas costumbres. Es hermoso que la Fe antigua tienda su mano amiga a la nueva Fe nacida de su mismo tronco. Sentaos a mi lado hasta que llegue la hora de ponerse a la mesa.
Habla el patriarcal Jonatán, mientras el joven levita mira a todas las partes, curioso, asombrado y, quizás, también acobardado. Creo que quiere dar la impresión de desenvoltura, aunque en realidad se sienta como un pez fuera del agua. Tiene la suerte de que Esteban viene en su ayuda y le trae, uno tras otro, a los apóstoles y discípulos principales.
El viejo sacerdote, acariciándose la barba de nieve, dice:
-Cuando Juan vino a mí, precisamente a mí, su maestro, a que viera que estaba curado, sentí ganas de conocerte. Pero, Maestro, ya casi no salgo de mi recinto. Soy viejo… De todas formas, tenía esperanza de verte antes de morir. Yeohveh ha escuchado mi deseo. ¡Loado sea! Hoy te he oído en el Templo. Superas a Hil.lel, el anciano, el sabio.
No quiero -es más, no puedo-dudar de que eres lo que mi corazón espera. ¿Sabes lo que significa beber durante ochenta años esta fe de Israel, como es ahora, tras siglos de… elaboración humana? Se ha hecho sangre nuestra. ¡Y soy tan viejo!… Oírte a ti es como oír el agua que brota de manantial fresco. ¡Sí, agua virgen! Y yo… estoy harto de esta agua cansada que viene de muy lejos y está cargada de muchas cosas. ¿Cómo librarme de esta hartura para saborearte a ti?
-Creyendo en mí y amándome. No es necesario nada más para el justo Jonatán.
-¡Pero si voy a morir pronto! ¿Me va a dar tiempo a creer en todo lo que dices? Ni siquiera tendré tiempo para seguir todas tus palabras, o para conocerlas por boca de otros. ¡Entonces!
-Las aprenderás en el Cielo. Sólo el réprobo muere a la Sabiduría. Sin embargo, quien muere en gracia de Dios alcanza la Vida y vive en la Sabiduría. ¿Qué crees que soy Yo?
-Sólo puedes ser el Esperado, que ha sido precedido por el hijo de mi amigo Zacarías. ¿Lo conociste?
-Era pariente mío.
-¡Oh! ¿Eres pariente del Bautista?
-Sí, sacerdote.
-Ha muerto… y no puedo decir: "¡Desdichado!". Porque ha muerto fiel a la justicia, tras haber cumplido su misión, y porque… ¡Oh, qué tiempos más atroces vivimos! ¿No sería mejor volver a Abraham?
-Sí. Pero vendrán tiempos aún más atroces, sacerdote.
-¿Tú crees? ¿Roma, no?
-No sólo Roma. Israel, con su culpabilidad, será la primera causa.
-Es verdad. Dios nos castiga. Lo merecemos. Pero también Roma… Habrás oído lo de los galileos asesinados por Pilatos mientras consumaban un sacrificio. Su sangre se unió a la de la víctima. ¡Hasta el mismo altar! ¡Hasta el mismo altar!
-Sí, lo he oído.
-Todos los galileos se alborotan por este atropello. Gritan: «Es verdad que era un falso Mesías. ¿Pero por qué ha tenido que matar a sus seguidores después de haber descargado su mano sobre él? ¿Y por qué en ese momento? ¿Es que quizás eran más pecadores?
Jesús impone paz y dice:
-¿Os preguntáis si éstos eran más pecadores que muchos otros galileos, y si ha sido éste el motivo de su muerte? No, no lo eran. En verdad os digo que han pagado; y que muchos otros pagarán, si no os convertís al Señor. Si no hacéis todos penitencia, pereceréis todos igualmente, en Galilea y en otros lugares. Dios está enojado con su pueblo. Os lo digo. No se crea que son siempre los peores los que sufren el daño. Que cada uno se examine a sí mismo, se juzgue a sí mismo, y no a otros. También esos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató no eran los más pecadores de Jerusalén.
Os lo digo. Haced penitencia, haced penitencia si no queréis morir aplastados como ellos incluso en el espíritu. Ven, sacerdote de Israel. La mesa está preparada. Te toca a ti -porque el sacerdote debe ser siempre enaltecido por la Idea que representa y recuerda-, te toca a ti, patriarca entre todos nosotros más jóvenes, ofrecer y bendecir.
-¡No, Maestro! ¡No! ¡No puedo delante de ti! ¡Tú eres el Hijo de Dios!
-¡Tú ofreces el incienso ante el altar! ¿No crees que allí esté Dios?
-¡Sí que lo creo! ¡Con todas mis fuerzas!
-¿Entonces? Si no vacilas en ofrecer dones antes la Gloria santísima del Altísimo, ¿por qué quieres temblar ante la Misericordia, que se ha vestido de carne para traerte -también a ti-la bendición de Dios antes de que te alcance la noche?
¡Oh, no sabéis los de Israel que he corrido sobre mi Divinidad irresistible el velo de la carne precisamente para que el hombre pueda aproximarse a Dios sin morir por ello! Ven y cree, y sé feliz. En ti venero a todos los sacerdotes santos, desde Aarón hasta el último sacerdote justo de Israel; quizás hasta ti, porque, verdaderamente, la santidad sacerdotal languidece entre nosotros como planta sin asistencia.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
En el largo crepúsculo de un sereno día de Octubre, regresan los setenta y dos discípulos con Elías, José y Leví. Cansados, llenos de polvo… ¡Pero, qué dichosos!
Dichosos los tres pastores por poder ya servir libremente al Maestro; dichosos también de estar -después de tantos años de separación-unidos a sus compañeros de antaño; dichosos los setenta y dos, por haber desarrollado bien su primera misión: los rostros resplandecen más que las lamparillas que iluminan las cabañas construidas para este numeroso grupo de peregrinos.
En el centro está la cabaña de Jesús. Dentro de ella, María con Margziam, que le ayuda a preparar la cena; alrededor, las cabañas de los apóstoles. En la de Santiago y Judas está María de Alfeo; en la de Juan y Santiago, María Salomé con su marido; en la que esta pegando a esta última, Susana con su marido, que no es ni apóstol ni discípulo… oficial, pero que debe haber hecho valer su derecho de estar allí, sobre la base de haber concedido a su mujer ser toda de Jesús. Luego, alrededor, las de los discípulos, quién con familia, quién sin ella; los que están solos -los más-se han agregado a uno o más compañeros. Juan de Endor ha tomado consigo al solitario Hermasteo, pero ha tratado de acercarse lo más posible a la cabaña de Jesús; así es que Margziam va a menudo donde él a llevar esto o aquello o a alegrarle con sus palabras de niño inteligente y feliz de estar con Jesús, María y Pedro, y además en una fiesta.
Terminada la cena, Jesús se encamina hacia las laderas del monte de los Olivos. Los discípulos le siguen en masa.
Aislados del runrún y la multitud, después de orar en común, informan a Jesús más ampliamente de cuanto no han podido hacerlo antes en medio de unos que iban y otros que venían. Se revelan asombrados y contentos, mientras dicen:
-¿Sabes, Maestro, que por la fuerza de tu Nombre hemos dominado no sólo las enfermedades sino incluso a los demonios? ¡Qué cosa, Maestro! ¡Nosotros, nosotros, unos pobres hombres, por el simple hecho de que nos habías enviado Tú podíamos liberar al hombre del espantoso poder de un demonio!… -y narran muchos casos, sucedidos en uno u otro lugar.
Sólo de uno dicen:
-Sus familiares, para más exactitud su madre y unos vecinos, lo trajeron a la fuerza a nuestra presencia. Pero el demonio se burló de nosotros diciendo: "He vuelto aquí por voluntad suya, después de que Jesús Nazareno me había expulsado, y ya no me vuelvo a marchar de él porque me ama más a mí que a vuestro Maestro y me ha buscado de nuevo".
Y, de repente, con una fuerza irresistible, arrancó al hombre de las manos del que lo sujetaba y lo arrojó por una escarpada. Corrimos a ver si se había espachurrado. ¡Qué va, hombre! Corría como una joven gacela, profiriendo blasfemias y palabras burlescas que ciertamente no eran de este mundo… Sentimos compasión de la madre… ¡Pero él!
¡Pero él! ¿Pero puede hacer eso el demonio?
-Eso y más todavía -dice afligido Jesús.
-Quizás si hubieras estado Tú…
-No. A ese hombre le había dicho: "Ve y no quieras volver a caer en tu pecado". Ha querido. Era consciente de querer el Mal y ha querido. Está perdido. El que sufre posesión por su primitiva ignorancia es distinto del que se deja poseer sabiendo que, haciéndolo, se vende de nuevo al demonio. No habléis de él. Es un miembro amputado sin esperanza. Es un voluntario del Mal. Alabemos, más bien, al Señor por las victorias que os ha dado. Yo sé el nombre del culpable y los nombres de los salvados. Veía a Satanás caer del Cielo como un rayo por vuestro mérito unido a mi Nombre.
Porque he visto también vuestros sacrificios, vuestras oraciones, el amor con que ibais a los desdichados para cumplir lo que Yo había indicado. Habéis obrado con amor y Dios os ha bendecido. Otros harán lo mismo que hacéis vosotros, pero sin amor, y no obtendrán conversiones… Mas no os alegréis por haber dominado a los espíritus, alegraos porque vuestros nombres están escritos en el Cielo. No los borréis jamás de allí…
-Maestro, ¿cuándo vendrán esos que no van a obtener conversiones? ¿Quizás cuando ya no estés con nosotros?
pregunta un discípulo cuyo nombre desconozco.
-No, Agapo. En todo tiempo.
-Es decir, ¿incluso mientras nos adoctrinas y nos amas?
-Sí. Amaros os amaré siempre, aunque estéis lejos de mí. Mi amor llegará siempre a vosotros, y lo sentiréis.
-¡Es verdad! Yo lo sentí una tarde que estaba preocupado por no saber qué responder a las preguntas de uno. Ya estaba para marcharme avergonzado. Pero me acordé de tus palabras: "No temáis. En su momento se os darán las palabras que habréis de decir", y te invoqué con mi espíritu.
Dije: "Sin duda Jesús me ama, así que pido el auxilio de su amor" y me vino el amor… como un fuego, una luz… una fuerza… El hombre estaba frente a mí, y me observaba y sonreía maliciosamente con ironía haciendo guiños a sus amigos; se sentía seguro de vencer la disputa. Abrí mi boca y fue como un torrente de palabras que salía con gozo de mi necia boca. Maestro, ¿viniste realmente o fue una ilusión? No lo sé. Sé que, al final, el hombre y -era un escriba- ha arrojado a mi cuello diciéndome: “Bienaventurado tú y quien te ha conducido a esta sabiduría". Me pareció una persona deseosa de buscarte. ¿Vendrá?
-La idea del hombre es lábil como palabra escrita en el agua, su voluntad se mueve cual ala de golondrina que revolotea en busca de la última comida del día. De todas formas, ora por él… Y… sí, fui a ti; y, como tú, me tuvieron también Matías y Timoneo, Juan de Endor, Simón, Samuel y Jonás. Quién advirtió mi presencia, quién no la advirtió; pero he estado con vosotros, y estaré con quien me sirva en amor y verdad, hasta el final de los siglos.
-Maestro, no nos has dicho todavía si entre los presentes habrá personas sin amor…
-No es necesario saberlo. Sería falta de amor por mi parte indisponeros hacia un compañero que no sabe amar.
-¿Pero hay? Esto sí lo puedes decir…
-Hay. El amor es la cosa más sencilla, dulce e infrecuente que hay; no siempre arraiga, aunque haya sido sembrado.
-Pero, si no te amamos nosotros, ¿quién te puede amar?
Casi hay indignación en los apóstoles y discípulos, que se alborotan, descontentos, por la sospecha y el dolor.
Jesús baja los párpados, y con sus ojos cela también su mirada para que no señale a nadie. Eso sí, hace su gesto de resignación, el gesto dulce y triste de sus manos, que se abren con las palmas hacia arriba; su gesto de resignada confesión, de resignada constatación, y dice:
-Así debería ser. Pero no es así. Muchos todavía no se conocen. Pero Yo sí los conozco, y siento compasión de ellos.
-¡Oh! ¡Maestro, Maestro! ¿No seré yo, eh? -pregunta Pedro mientras se pega literalmente a Jesús, aplastando al pobre Margziam entre sí y el Maestro, y echa sus brazos cortos y robustos a los hombros de Jesús, y lo agarra y lo menea, enloquecido por el terror de ser uno que no ama a Jesús.
Jesús abre sus ojos, luminosos a pesar de estar tristes, y mira el rostro interrogativo y aterrorizado de Pedro, y le dice:
-No, Simón de Jonás, tú no eres; tú sabes amar y sabrás amar cada vez más; tú eres mi Piedra, Simón de Jonás, una buena piedra, sobre la cual apoyaré las cosas que más quiero, y estoy seguro de que las sostendrás imperturbable.
-¿Y entonces?,
-¿Yo?,
-¿Yo? Las preguntas se repiten de boca en boca, como el eco.
-¡Calma! ¡Calma! Estad tranquilos y esforzaos en poseer todos el amor.
-Pero, de nosotros, ¿quién sabe amar más?
Jesús extiende su mirada (una caricia sonriente) a todos… luego baja su mirada y la posa en Margziam, que sigue apretado entre Él y Pedro, y apartando un poco a Pedro y poniendo al niño de cara a la pequeña muchedumbre, dice:
-Éste es el que más sabe amar de vosotros. El niño. No os acongojéis, de todas formas, los que tenéis ya barba en la cara e hilos canos en los cabellos. Todo el que renace en Mí se hace "un niño". ¡Marchaos en paz! Alabad a Dios, que os ha llamado, porque verdaderamente veis con vuestros ojos los prodigios el Señor. Bienaventurados los que vean lo que vosotros veis. Porque os digo que muchos profetas y reyes anhelaron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y muchos patriarcas habrían querido saber lo que vosotros sabéis y no lo supieron, y muchos justos habrían querido escuchar lo que vosotros oís y no pudieron escucharlo.
Mas, de ahora en adelante, los que me amen sabrán todo.
-¿Y después, cuando te vayas, como dices?
-Después hablaréis vosotros por mí. Y luego… ¡Oh, las grandes formaciones, no por número sino por gracia, de los que verán, sabrán y escucharán lo que vosotros ahora veis, sabéis y oís! ¡Oh, las grandes, amadas formaciones de mis "pequeñosgrandes"! ¡Ojos eternos, mentes eternas, oídos eternos! ¿Cómo explicaros a vosotros que estáis en torno a mí lo que será este eterno vivir -más que eterno, sin medida-de los que me amarán y por mí serán amados hasta el punto de abolir el tiempo, y serán los "ciudadanos de Israel" -aunque vivan cuando ya Israel no sea sino un recuerdo de nación-, los contemporáneos de Jesús vivo en Israel? Estarán conmigo, en mí, hasta el punto de conocer lo que el tiempo ha borrado y la soberbia ha confundido.
¿Qué nombre les daré? Vosotros apóstoles, vosotros discípulos, los creyentes serán llamados "cristianos". ¿Y éstos? ¿Qué nombre tendrán éstos? Un nombre conocido solamente en el Cielo. ¿Qué premio tendrán ya en la Tierra? Mi beso, mi voz, el calor de mi carne. Todo, todo, todo Yo mismo. Yo, ellos. Ellos, Yo. La comunión total…
Podéis iros. Yo me quedo aquí a deleitar mi espíritu en la contemplación de mis futuros conocedores y amantes absolutos.
La paz sea con vosotros.