por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La tarde está ya avanzada; es casi de noche, porque apenas si se ve por el sendero que trepa hacia la cima de un cerro en que hay, diseminados, árboles de olivo, según me parecen. De todas formas, dada la luz, no puedo asegurarlo. Bueno, son árboles no demasiado altos, frondosos y retorcidos, como generalmente son los olivos.
Jesús está solo. Vestido de blanco y con su manto azul oscuro. Sube y se interna entre los árboles. Camina con paso largo y seguro. No va rápido, pero, debido a lo largo que da los pasos, recorre mucho camino aun yendo sin prisa. Anda hasta llegar a una especie de balcón natural, desde el que uno se asoma al lago; un lago todo calmado bajo la luz de las estrellas que ya abarrotan el cielo con sus ojos de luz. El silencio envuelve a Jesús con su abrazo relajador; le aleja y distrae su memoria de las muchedumbres y de la tierra, y le une al cielo que parece descender más para adorar al Verbo de Dios y acariciarlo con la luz de sus astros.
Jesús ora en su postura habitual, en pie y con los brazos abiertos en cruz. Tiene detrás de su espalda un olivo; parece ya crucificado en este tronco oscuro. Puesto que es alto, el follaje sobresale poco por encima de Él, y sustituye con una palabra conforme al Cristo el cartel de la cruz: allí, Rey de los judíos; aquí, Príncipe de la paz. (El pacífico olivo habla cabalmente a quien sabe oír).
Ora largo tiempo. Luego se sienta en la prominencia que sirve de base al olivo, encima de una gruesa raíz que sobresale, y toma su postura habitual, con las manos entrecruzadas y los codos apoyados sobre las rodillas. Medita. ¿Quién sabrá qué divina conversación entabla con el Padre y el Espíritu en esta hora en que está solo y puede ser todo de Dios! ¡Dios con Dios!
Creo que pasan muchas horas así, porque veo que las estrellas cambian de zona y muchas se han ocultado ya por el occidente.
En el preciso momento en que un asomo de luz -es más, de luminosidad, porque todavía no se puede llamar luz-se dibuja en el extremo horizonte del este, una vibración de viento menea el olivo Luego, calma. Luego vuelve, más fuerte. Con pausas sincopadas cada vez más violentas.
La luz del alba, que apenas si acaba de nacer encuentra dificultad para abrirse camino a través de una acumulación de nubes oscuras que vienen a ocupar el cielo, empujadas por ráfagas de un viento cada vez más fuerte. El lago tampoco está ya sereno; antes al contrario, creo que está formando una borrasca como la de la visión de la tempestad. El ruido de las frondas y el ronquido de las aguas llenan ahora este espacio, poco antes tan sosegado.
Jesús sale del ensimismamiento de su meditación. Se pone en pie. Mira al lago. Busca en él, a la luz de las estrellas que aún quedan y de la pobre aurora enferma, y ve a la barca de Pedro avanzando fatigosamente hacia la orilla opuesta, pero sin llegar. Jesús se envuelve estrechamente en su manto y se echa a la cabeza, como si fuera una capucha, los bajos (que penden y le dificultarían el descenso); y baja corriendo, no por el camino ya hecho, sino por un senderillo rápido que va directamente al lago. Va tan deprisa, que parece volar.
Llegado a la orilla, sacudida por las aguas, que forman en el guijarral toda una orla de espuma rumorosa y bofa, prosigue su veloz camino como si no andara sobre un elemento líquido y todo en movimiento, sino sobre el más liso y sólido pavimento de la tierra.
Ahora Él se hace luz. Parece como si toda la poca luz, que todavía llega de las raras y moribundas estrellas y de la borrascosa aurora, convergiera en El; parece como si fuera recogida como fosforescencia en torno a su cuerpo esbelto. Vuela en las olas, en las crestas espumosas, en los pliegues oscuros entre ola y ola, con los brazos extendidos hacia adelante, hinchándosele el manto en torno a la cara y flotando al viento -relativamente, porque está muy ceñido al cuerpo-con pulsación de ala.
Los apóstoles lo ven y lanzan un grito de miedo que el viento lleva hacia Jesús.
-No temáis. Soy Yo.
La voz de Jesús, a pesar de tener el viento en contra, se expande sin dificultad por el lago.
-¿Eres Tú verdaderamente, Maestro? -pregunta Pedro.
-Si eres Tú, dime que vaya a ti caminando como Tú sobre las aguas.
Jesús sonríe:
-Ven -dice sencillamente, como si caminar por el agua fuera la cosa más natural del mundo.
Y Pedro, semidesnudo como está, o sea, con una túnica ligera, corta y sin mangas, salta por encima de la borda y va hacia Jesús. Pero, cuando se encuentra a unos cincuenta metros de la barca y casi a otros tantos de Jesús, se apodera de él el miedo. Hasta ahí lo ha mantenido su impulso de amor. Ahora la humanidad le sobrepuja y… tiembla, temiendo por su propia vida. Como quien estuviera sobre un suelo resbaladizo -o mejor, sobre arena movediza-, empieza a bambolearse, a hacer movimientos bruscos, a hundirse. Y cuanto más acciona sus miembros y más miedo tiene, más se hunde.
Jesús se ha detenido y lo está mirando, serio. Espera. Pero ni siquiera extiende una mano; es más, tiene ambas manos entrecruzadas sobre el pecho. Ya no da un paso, no dice una palabra.
Pedro se hunde. Desaparecen los tobillos, las espinillas, las rodillas. El agua le llega casi a las ingles, las superan, suben hacia la cintura. Y el terror se lee en su rostro. Un terror que paraliza incluso su pensamiento. No es más que una carne con miedo a ahogarse. No piensa ni siquiera en echarse a nadar. Nada. Está alelado de miedo.
Por fin se decide a mirar a Jesús. Le basta mirarlo para que su mente empiece a razonar, a comprender dónde hay salvación.
-Maestro, Señor, sálvame.
Jesús abre los brazos y, casi como llevado por el viento y la ola, se apresura hacia el apóstol, le tiende la mano y le dice:
-¡Oh, qué hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado de mí? ¿Por qué has querido actuar por ti mismo?
Pedro, que se ha agarrado convulsamente a la mano de Jesús, no responde. Se limita a mirarlo, para ver si está airado, lo mira con mezcla de restante miedo y naciente arrepentimiento.
Pero Jesús sonríe y lo mantiene bien sujeto por la muñeca, hasta que, habiendo llegado a la barca, superan la borda y suben a bordo. Y Jesús ordena:
-Id a la orilla. Éste está empapado. Y sonríe mientras mira al humillado apóstol.
Las olas se allanan para facilitar el arribo. La ciudad, vista otra vez desde lo alto de una colina, ahora se delinea allende la orilla. La visión me termina aquí.
Dice Jesús:
-Muchas veces no espero siquiera a ser llamado, cuando veo a hijos míos en peligro. Y muchas veces acudo también en favor del hijo ingrato conmigo.
Vosotros dormís o estáis embebidos en los cuidados de esta vida, en los afanes de esta vida. Yo velo y oro por vosotros. Ángel de todos los hombres, velo sobre vosotros, y para mí no hay nada más doloroso que el no poder intervenir por rechazar vosotros mi intervención, prefiriendo actuar por vosotros mismos, o, peor aún, solicitando la ayuda del Mal. Como un padre al que su hijo le da a entender: "No te amo. No te quiero conmigo. Sal de mi casa", quedo humillado y dolorido como no lo estuve por las heridas. Pero si lo que pasa es que estáis distraídos por esta vida y mínimamente no me instáis a que me vaya, entonces soy el eterno Velador dispuesto a acudir antes incluso de ser llamado. Y si espero a que apenas me digáis una palabra -alguna vez lo espero -es para oír vuestra llamada.
¡Qué caricia, qué dulzura oír que me llaman los hombres; percibir que se acuerdan de que soy "Salvador"! Y no te digo qué infinita alegría me penetra y exalta cuando hay alguien que me ama y me llama incluso sin esperar el momento de la necesidad; que me llama porque me quiere más que a nadie en el mundo y se siente llenar de una alegría semejante a la mía por el simple hecho de llamarme: "¡Jesús, Jesús!", como hacen los niños cuando llaman a sus madres: "¡Mamá, mamá!" y les parece como si fluyera miel de entre sus labios, pues el simple hecho de pronunciar la palabra "mamá" conlleva el sabor de los besos maternos.
Los apóstoles bogaban, obedeciendo a mi orden de que fueran a esperarme a Cafarnaúm. Yo, tras el milagro de los panes, me había alejado de la gente, no por desdén hacia ella o por cansancio.
Nunca sentía desdén hacia los hombres, ni siquiera si conmigo eran malos. Sólo me indignaba cuando veía pisoteada la Ley y profanada la casa de Dios. No estaba entonces en juego Yo, sino los intereses del Padre; y Yo era en la tierra el primero de los siervos de Dios al servicio del Padre de los Cielos. Nunca estaba cansado de dedicarme a las muchedumbres, a pesar de verlas tan obtusas, tardas, humanas, como para hacer perder el ánimo a los más optimistas en su misión.
Es más, precisamente por estas grandes deficiencias, multiplicaba hasta el infinito mis lecciones, los consideraba verdaderamente como escolares retrasados y guiaba su espíritu hacia los más rudimentales descubrimientos y pasos primeros, de la misma forma que un paciente maestro guía las manitas inexpertas de los escolares para que tracen los primeros signos, para irlos haciendo cada vez más capaces de comprender y hacer. ¡Cuánto amor di a las gentes! Los cogía de la carne para llevarlos al espíritu. Sí, Yo también empezaba por la carne; pero, mientras que Satanás coge de la carne para meter en el Infierno, Yo cogía de la carne para llevar al Cielo.
Me había aislado para dar gracias al Padre por el milagro de los panes. Habían comido muchos millares de personas. Yo había exhortado a decir al Señor "gracias". Mas el hombre, una vez conseguida la ayuda, no sabe decir "gracias". Di Yo las gracias por ellos.
Y después… y después me había fundido con mi Padre, del cual sentía una nostalgia de amor infinita. Vivía en la tierra, pero como un cadáver inerte. Mi espíritu se había lanzado al encuentro de mi Padre -lo sentía inclinado hacia su Verbo-para decirle: "¡Te amo, Padre Santo!".
Decirle "te amo" era mi dicha. Decírselo como Hombre además de como Dios. Prosternar ante Él el sentimiento del hombre, de la misma forma que le ofrecía mi palpitar de Dios. Me veía como un imán que atraía hacia sí todos los amores del hombre, del hombre capaz de amar un poco a Dios; y me parecía acumularlos y ofrecerlos en la cavidad de mi Corazón. Me veía Yo solo el Hombre, o sea, la raza humana, que volvía -como en los tiempos inocentes-a conversar con Dios con el fresco del atardecer.
Pero no me abstraía de las necesidades de los hombres, a pesar de que la beatitud fuera completa, pues era beatitud de caridad. Y advertí el peligro que corrían mis hijos en el lago. Entonces dejé al Amor por el amor. La caridad debe ser diligente.
Me tomaron por un fantasma. ¡Oh, cuántas veces, pobres hijos míos, me tomáis por un fantasma, un objeto que infunde miedo! Si pensarais continuamente en mí, me reconoceríais al momento. Pero tenéis muchos otros espectros en vuestro corazón y ello os aturde. Yo me doy a conocer. ¡Ah, si supierais oírme!
¿Por qué se hunde Pedro después de haber andado muchos metros? Tú lo has dicho: porque la humanidad sobrepuja su espíritu. Pedro era muy "hombre". Si hubiera sido Juan, ni habría tenido esa violenta osadía ni habría cambiado volublemente de pensamiento. La pureza da prudencia y firmeza. Mas Pedro era "hombre" en toda la extensión del término. Deseaba sobresalir, hacer ver que "ninguno" como él amaba al Maestro; quería imponerse y, sólo por el hecho de ser uno de los míos, se creía ya desarraigado de las debilidades de la carne. Sin embargo, ¡pobre Simón!, en las pruebas daba muestras contrarias no sublimes. Ello era necesario, para que luego fuera el que perpetuase la misericordia del Maestro entre la naciente Iglesia.
Pedro no sólo deja la delantera al miedo por el peligro de perder la vida, sino que queda reducido, como has dicho, a "carne que tiembla". Ya no reflexiona, ni me mira. También vosotros hacéis lo mismo. Y, cuanto más inminente es el peligro, más queréis valeros por vosotros mismos. ¡Como si pudierais hacer algo! Nunca como en los momentos en que tendríais que esperar en mí, y llamarme, os alejáis y me clausuráis vuestro corazón, y hasta me maldecís. Pedro no me maldice, pero sí me olvida, con lo cual tengo que manifestar una voluntad imperiosa para llamar hacia mí a su espíritu y que éste le haga levantar los ojos hacia su Maestro y Salvador.
Lo absuelvo con antelación de su pecado de duda porque lo amo, porque amo a este hombre impulsivo que, una vez confirmado en gracia sabrá caminar ya sin turbaciones ni cansancios hasta el martirio, echando incansablemente, hasta la muerte, su mística red, para llevar almas a su Maestro.
Y cuando me invoca, no sólo ando, sino que vuelo para ayudarle y le agarro bien fuerte para ponerlo a salvo. Mi reprensión es delicada porque comprendo todos los atenuantes de Pedro. Yo soy el defensor y juez más bueno que hay y que jamás habrá. Para todos.
¡Os comprendo, pobres hijos míos! Y aun cuando os digo una palabra de reprensión, mi sonrisa os la dulcifica. Os amo y nada más. Quiero que tengáis fe. Si la tenéis, llego y os saco del peligro. ¡Ah, si la Tierra supiera decir:
"¡Maestro, Señor, sálvame!"! Sería suficiente un grito -habría de ser de toda la Tierra-para que instantáneamente Satanás y sus colaboradores cayeran vencidos. Pero no sabéis tener fe. Voy multiplicando los medios para conduciros a la fe, pero éstos caen en vuestro lodo, como piedra en la fanguilla de un pantano, y quedan ahí sepultados.
No queréis purificar las aguas de vuestro espíritu. Os place ser pútrido fango. No importa. Yo cumplo mi deber de Salvador eterno. Aunque no pueda salvar al mundo, porque el mundo no quiere ser salvado, salvaré del mundo a aquellos que, por amarme como debo ser amado, no son ya del mundo.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Sigue siendo el mismo lugar. Sólo que el sol ya no viene de oriente, filtrándose por entre el boscaje que bordea el Jordán en este lugar agreste situado junto al desagüe del lago en el lecho del río; viene, igualmente oblicuo, pero de occidente, y va declinando en medio de una gloria de rojo, rasgando el cielo con el sable de sus últimos rayos.
Bajo el tupido follaje, ya la luz está muy atenuada y tiende a las equilibradas tonalidades del atardecer. Los pájaros, embriagados del sol habido durante todo el día, del alimento arrebatado a los limítrofes campos, se abandonan a una algazara de gorjeos y cantos en las copas de los árboles. La tarde se pone con las pompas finales del día.
Los apóstoles se lo hacen notar a Jesús, que siempre adoctrina según los temas que le exponen.
-Maestro, la noche se acerca. Este lugar es un desierto, lejos de casas y pueblos, umbrío y húmedo. Dentro de poco aquí ya no será posible vernos, ni andar. La Luna se alza tarde. Despide a la gente para que vaya a Tariquea o a los pueblos del Jordán para comprarse comida y buscar alojamiento.
-No es necesario que se vayan. Dadles vosotros de comer. Pueden dormir aquí, como durmieron mientras me esperaban.
-No nos han quedado más que cinco panes y dos peces, Maestro, ya lo sabes.
-Traédmelos.
-Andrés ve a buscar al niño, que está vigilando la bolsa. Poco antes estaba con el hijo del escriba y otros dos más, fabricándose unas coronitas de flores jugando a los reyes.
Andrés va con diligencia. También Juan y Felipe se ponen a buscar a Margziam entre la muchedumbre, que continuamente se mueve. Lo encuentran casi al mismo tiempo, con su bolsa de las provisiones en bandolera, un sarmiento de clemátide arrollado en torno a la cabeza y un cinturón, también de clemátide, en que pende, haciendo de espada, un nudo: la empuñadura es el nudo propiamente dicho; la hoja, el tallo de éste. Con él están otros siete, igualmente ataviados, y hacen de cortejo al hijo del escriba, un gracilísimo niño de mirada muy seria, como de quien ha sufrido mucho, el cual, más adornado que los otros, hace de rey.
-Ven, Margziam. ¡El Maestro te requiere!
Margziam deja plantados a los amigos y va rápidamente, sin quitarse siquiera sus… distintivos florales. Pero le siguen también los otros. Pronto Jesús se ve circundado de una coronita de niños enguirnaldados de flores. Los acaricia mientras Felipe saca de la bolsa un envoltorio con pan dentro y en cuyo centro hay, a su vez envueltos, dos peces grandes: dos quilos de pescado, poco más. Insuficientes incluso para los diecisiete -es más, dieciocho con Manahén-de la comitiva de Jesús. Llevan estos alimentos al Maestro.
-Bien. Ahora traedme unos cestos. Diecisiete, como cuantos sois vosotros. Margziam dará la comida a los niños…
Jesús mira fijamente al escriba, que ha estado siempre a su lado, y le pregunta:
-¿Quieres dar también tú la comida a quienes tienen hambre?
-Me gustaría. Pero yo también estoy sin comida.
-Te concedo que des de lo mío.
-Pero… ¿pretendes dar de comer a unos cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños, con esos dos peces y esos cinco panes?
-Sin duda. No seas incrédulo. Quien cree habrá de ver el cumplimiento del milagro.
-¡Oh, entonces sí que quiero repartir el alimento también yo!
-Que te den un canasto a ti también.
Vuelven los apóstoles con canastos y cestas (anchas y bajas u hondas y estrechas). Y vuelve el escriba con un cesto más bien pequeño. Se comprende que su fe o su incredulidad le han hecho elegir ése como el máximo.
-Está bien. Poned todo aquí delante. Disponed que se siente con orden la muchedumbre; en lo posible, regladamente.
Mientras esto se lleva a cabo, Jesús alza el pan -encima del pan, los peces-. Ofrece, ora, bendice. El escriba no quita ni un instante de El sus ojos. Luego Jesús divide los cinco panes en dieciocho partes, y los dos peces en dieciocho partes, y pone un trozo de pez -un trocito bien mísero-en cada uno de los canastos. Trocea los dieciocho pedazos de pan: cada pedazo en muchos trozos (muchos relativamente: no más de unos veinte). Cada pedazo troceado en un canasto, con el trozo de pez.
-Y ahora tomad y ofreced hasta la saciedad. Empezad. Ve, Margziam, a dárselo a tus compañeros. -¡Huy, cuánto pesa! -dice Margziam al levantar su canasto, y se dirige enseguida hacia sus pequeños amigos, caminando como quien lleva un peso. Los apóstoles, los discípulos, Manahén, el escriba, lo ven alejarse, perplejos… Luego cogen los canastos y, meneando la cabeza, se dicen unos a otros:
-¡El niño está de broma! No pesan más que antes. El escriba mira incluso dentro y, dado que ya allí, en la espesura en que está Jesús, no hay mucha luz -no así más allá, en el calvero, donde todavía hay buena luz-, mete la mano para palpar el fondo.
No obstante, a pesar de la constatación, se encaminan hacia la gente y empiezan a repartir. Dan, dan, dan… De vez en cuando vuelven la cabeza asombrados, cada vez más lejanos, hacia Jesús, el cual, con los brazos cruzados, apoyado en un árbol, sonríe finamente por el estupor de ellos.
La repartición es larga y abundante… El único que no muestra estupor es Margziam, que ríe feliz de poder llenar de pan y pescado el regazo de tantos niños pobres. Es también el primero que vuelve donde Jesús, y dice:
-¡He dado mucho, mucho, mucho!… porque sé lo que es el hambre… -y levanta esa carita suya, que ya no se ve demacrada pero que, al recordar, palidece y abre los ojos como platos… Pero Jesús, su Maestro y Protector, lo acaricia, y vuelve a sonreír luminosamente ese rostro niño que, confiado, se apoya sobre Él.
Poco a poco van volviendo los apóstoles y los discípulos, enmudecidos de estupor. El último en volver es el escriba, que no dice nada; pero hace un gesto que es más que un discurso: se arrodilla y besa el borde de la túnica de Jesús.
-Tomad vuestra porción y dadme un poco a mí. Comamos el alimento de Dios.
Comen, efectivamente, pan y pescado, cada uno según su necesidad…
Entretanto la gente, saciada, intercambia sus impresiones.
También los que están en torno a Jesús rompen a hablar observando a Margziam que, terminando su pescado, juega con otros niños. -Maestro -pregunta el escriba -¿por qué el niño ha sentido inmediatamente el peso y nosotros no? Yo incluso he palpado dentro del canasto: seguían siendo los mismos pocos trozos de pan y el único trozo de pescado. He empezado a sentir el peso yendo hacia la muchedumbre. Pero, si hubiera pesado en proporción a cuanto he repartido, habría hecho falta una pareja de mulos para llevarlo, y no el canasto sino un carro, lleno, henchido de comida. A1 principio daba escaso… luego me he puesto a dar y a dar, y, para no ser injusto, he vuelto a pasar por donde los primeros, y les he vuelto a dar, porque a los primeros les había dado poco. ¡Ha habido suficiente!
-Yo también he sentido que se hacia pesado el canasto mientras me encaminaba; enseguida he dado mucho, porque he comprendido que habías hecho un milagro -dice Juan.
-Yo, por el contrario, me he parado y me he sentado para volcar en mi regazo el peso y ver… Y he visto muchos panes. Entonces he ido -dice Manahén.
-Yo los he contado incluso, porque no quería quedar en situación ridícula. Eran cincuenta panes pequeños. He dicho: "Se los doy a cincuenta personas y luego regreso".
Y he llevado la cuenta. Pero, llegado a cincuenta, el peso seguía igual. He mirado dentro. Había todavía los mismos.
He seguido adelante y he repartido cientos de panes Pero no disminuían nunca -dice Bartolomé.
-Yo, lo confieso, no creía. He cogido los trozos de pan y esa miaja de pescado y los miraba diciendo: "¿Y a quién le sirve esto? ¡Es una broma de Jesús!…". Y estaba mirándolos, mirándolos, escondido detrás de un árbol, esperando y desesperando porque crecieran. Pero eran siempre iguales. Estaba para volverme, cuando ha pasado Mateo diciendo: "¿Has visto qué hermosos?". "¿Qué?" he dicho yo "¡Pues los panes y los peces!…". "¿Estás loco? Yo sigo viendo trozos de pan". "Ve a repartirlos con fe y verás.” He echado dentro del canasto esos pocos trozos de pan y he ido a disgusto… Y luego…
¡Perdóname, Jesús, porque soy un pecador! -dice Tomás.
-No. Eres un espíritu del mundo. Razonas como el mundo.
-Entonces también yo, Señor. Tanto que quería dar una moneda junto con el pan pensando: "Comerán en otro sitio" dice el Iscariote -Esperaba ayudarte a salir mejor parado. ¿Qué soy entonces? ¿Cómo Tomás o más todavía?
-Eres "mundo" mucho más que Tomás.
-¡Y, sin embargo, pensaba dar limosna para ser Cielo! Eran denarios míos particulares…
-Limosna a ti mismo, a tu orgullo. Y limosna a Dios. Dios no 1a necesita y la limosna a tu orgullo es culpa, no mérito.
Judas baja la cabeza y calla.
-Yo pensaba que tendría que desmenuzar ese trozo de pez y esos trozos de pan para que llegaran. Pero no dudaba que serían suficientes como número y como alimento. Una gota de agua que das te puede alimentar más que un banquete -dice Simón Zelote.
-¿Y vosotros qué pensabais? -pregunta Pedro a los primos de Jesús.
-Nos acordábamos de Caná… y no dudábamos -dice serio Judas.
-¿Y tú, Santiago, hermano mío, pensabas sólo esto?
-No. Pensaba que fuera un sacramento, como me dijiste…
¿Es así o me equivoco?
Jesús sonríe:
-Es y no es. A la verdad que ha dicho Simón, del poder de nutrición en una gota de agua, debe unirse tu pensamiento en orden a una figura lejana. Pero todavía no es un sacramento.
El escriba conserva entre sus dedos un pedazo de corteza.
-¿Qué vas a hacer con ello?
-Un… recuerdo.
-Yo también la conservo. Se la voy a colgar al cuello a Margziam en una pequeña bolsita -dice Pedro.
-Yo se la llevo a nuestra madre -dice Juan.
-¿Y nosotros? Hemos comido todo… -dicen apenados los otros.
-Levantaos. Pasad otra vez con los canastos y recoged lo que ha sobrado. Separad de entre la gente a los más pobres y traédmelos aquí junto con los canastos, y luego id todos, discípulos míos, a las barcas, haceos a la mar e id a la llanura de Genesaret. Yo despido a la gente después de favorecer a los más pobres. Luego os alcanzaré.
Los apóstoles obedecen… y vuelven con doce canastos colmados de restos; los siguen unos treinta mendigos, o personas muy míseras.
-Bien. Podéis marcharos.
Los apóstoles y los de Juan saludan a Manahén y se marchan; obedecen a pesar de estar poco contentos de dejar a Jesús. Manahén espera a despedirse de Jesús cuando ya la muchedumbre, con las últimas luces del día, o se encamina hacia los poblados o busca un sitio para dormir entre los altos y secos juncos. Luego se despide. Antes de él se ha marchado el escriba; es más, uno de los primeros, porque, junto con su hijito, se ha puesto en camino cerrando la fila de los apóstoles.
Una vez que todos se han marchado, o que han caído en el sueño, 273. Jesús se levanta, bendice a los que duermen, y a paso lento se dirige hacia el lago, hacia la península de Tariquea, elevada unos metros por encima del lago, cual si fuese un recorte de colina introducido en el lago. Y, llegado a su base, no entrando en la ciudad sino bordeándola, sube el montecillo y se pone en un risco, en oración, frente al azul del lago y al blancor de la noche serena y lunar.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Cuando Jesús pone pie en la orilla derecha del Jordán -a una buena milla, quizás más, de la pequeña península de Tariquea, en esa zona en que todo es campo bien verde, porque el terreno, ahora seco pero húmedo en lo profundo, mantiene vivas todas las plantas, hasta las más gráciles-, encuentra a mucha gente esperándolo.
Vienen a su encuentro sus primos y Simón Zelote: -Maestro, las barcas nos han delatado… Quizás también Manahén ha sido índice…
Manahén se disculpa:
-Maestro, me puse en camino de noche para no ser visto, y no he hablado con nadie. Créeme. Muchos me han preguntado dónde estabas, pero a todos les he dicho solamente: "Se ha marchado". Creo que el daño lo ha hecho un pescador, diciendo que te había dejado la barca…
-¡El imbécil de mi cuñado! -exclama con vehemencia Pedro -¡Mira que le había dicho que guardara silencio! ¡Y le había dicho que íbamos a Betsaida! ¡Y le había dicho que si hablaba le arrancaba la barba! ¡Y lo voy a hacer! ¡Vaya que si lo hago! ¿Y ahora? ¡Adiós paz, aislamiento, descanso!
-Tranquilo, tranquilo, Simón. Hemos tenido ya nuestros días de paz. Además ya he conseguido parte del objetivo que perseguía: adoctrinaros, consolaros y tranquilizaros, para impedir ofensas y choques entre vosotros y los fariseos de Cafarnaúm. Ahora vamos con estos que nos están esperando. Para premiar su fe y amor. ¿No alivia también este amor? Sufrimos por odio, aquí hay amor: por tanto, dicha.
Pedro se calma como viento que se para de golpe. Jesús se dirige hacia la muchedumbre de los enfermos que lo esperan con el deseo grabado en su rostro. Los cura, uno tras otro, benévolo, paciente (incluso con un escriba que le presenta a su hijito enfermo).
Es este escriba el que le dice:
-¿Ves como huyes? Pero es inútil, tanto el odio como el amor son sagaces para encontrar. Aquí te ha encontrado el amor, como está escrito en el Cantar. Para demasiados eres ya como el Esposo de los Cantares. Se viene a ti como la sulamita a su esposo, desafiando a la ronda y las cuadrigas de Aminadab.
-¿Por qué dices esto? ¿Por qué?
-Porque es verdad. Venir a ti es un peligro, porque eres odiado. ¿No sabes que te acecha Roma y te odia el Templo?
-¡Oh, hombre!, ¿por qué me tientas? Pones insidia en tus palabras para llevar al Templo y a Roma mis respuestas. Yo no he curado a tu hijo con insidia…
El escriba, ante esta dulce reprensión, agacha la cabeza confundido, y confiesa:
-Me doy cuenta de que realmente ves los corazones de los hombres. Perdona. Me doy cuenta de que realmente eres santo. Perdona. He venido, sí, incubando dentro de mí el fermento que otro me había metido…
-Y que había encontrado en ti el calor apropiado para fermentar
-Sí, es verdad… Pero ahora me marcho sin fermento, o sea, con fermento nuevo.
-Lo sé. Y no siento rencor. Muchos incurren en falta por propia voluntad, muchos por voluntad ajena. Los juzgará con distinta medida el justo Dios. Tú, escriba, sé justo y en el futuro no corrompas como fuiste corrompido. Cuando te hostiguen las presiones del mundo, mira a esta gracia viva que es tu hijo, salvado de la muerte, y muéstrate agradecido con Dios.
-Contigo.
-Con Dios. A Él toda gloria y alabanza. Yo soy su Mesías y soy el primero en alabarlo y glorificarlo, el primero en obedecerlo. Porque el hombre no se rebaja honrando y sirviendo a Dios en verdad; como se rebaja es sirviendo al pecado.
-Dices bien. ¿Siempre hablas así? ¿Para todos?
-Para todos. Ya hablase a Anás o a Gamaliel, ya hablase al mendigo leproso del camino, las palabras son las mismas porque una es la Verdad.
-Habla, entonces, pues todos estamos aquí porque somos mendigos de una palabra o de una gracia tuyas.
-Hablaré. Para que no se diga que tengo prejuicios contra quien es honesto en sus convicciones.
-Han muerto las que tenía. Pero es verdad, en ellas era honesto; creía servir a Dios yendo contra ti.
-Eres sincero. Por eso mereces comprender a Dios, que nunca es mentira. Pero tus convicciones no han muerto todavía. Yo te lo digo. Son como malas hierbas quemadas.
Superficialmente parecen muertas. En verdad han sufrido un duro ataque que las ha arrasado, pero las raíces están vivas, el terreno las nutre, el rocío las invita a echar nuevos rizomas, y éstos nuevas hojas. Hay que vigilar para que ello no suceda; si no, quedarás de nuevo invadido por las malas hierbas. ¡Israel ofrece mucha resistencia a morir!
-¿Entonces tiene que morir Israel? ¿Es árbol malo?
-Tiene que morir para resucitar.
-¿Una reencarnación espiritual?
-Una evolución espiritual. No hay ningún género de reencarnaciones.
-Hay quien cree en ella.
-Están en error.
El helenismo ha introducido en nosotros también estas creencias. Y los doctos -como si fuera un nobilísimo alimento-se alimentan de ellas y en ellas se glorían.
-Contradicción absurda en quienes lanzan anatemas por el descuido de uno de los seiscientos trece preceptos menores.
-Es verdad. Pero… es así. Agrada imitar aquello que, contrariamente, se aborrece.
-Pues entonces imitadme a mí, dado que me odiáis. Y será mejor para vosotros.
El escriba debe sonreír finamente, por fuerza, por esta salida de Jesús. La gente está escuchando boquiabierta, y los que están lejos piden a los que están cerca que les repitan las palabras de los dos.
-Pero Tú, en confidencia, ¿qué piensas de la reencarnación?
-Que es un error. Ya lo he dicho.
-Hay quien sostiene que los vivos se generan de los muertos y los muertos de los vivos, porque lo que es no se destruye.
-Lo eterno, en efecto, no se destruye. Pero, dime, según tu opinión ¿el Creador tiene límites para sí mismo?
-No, Maestro. Pensarlo sería una mengua.
-Tú lo has dicho. ¿Puede entonces pensarse que permita que un espíritu se reencarne porque llegado a un cierto
número de espíritus ya no puede haber más?
-No se debería pensar. Pero hay quien lo piensa.
-Y, lo que es peor, hay quien lo piensa en Israel. Este pensamiento de una inmortalidad del espíritu -grande de por sí en un pagano, aunque unido al error de una inexacta valoración acerca de cómo se produce esta inmortalidad-debería ser perfecto en un israelita. Sin embargo, en el israelita que lo admite en los términos de la tesis pagana, se transforma en pensamiento disminuido, rebajado, culpable. No es, como en el pagano, gloria de un pensamiento que muestra ser digno de admiración por haber tocado casi, por sí mismo, la Verdad, y que, por tanto, da testimonio de la naturaleza compuesta del hombre, por esta intuición suya de la vida perenne de esa cosa misteriosa que se llama alma y que nos distingue de los animales.
Pero es mengua del pensamiento que, conociendo la divina Sabiduría y al Dios verdadero, viene a ser materialista incluso en una cosa tan altamente espiritual. El espíritu no transmigra sino del Creador al ser y del ser al Creador, ante el cual se presenta después de la vida para recibir juicio de vida o de muerte. Esto es una verdad. Y eternamente permanece en el lugar a que es enviado.
-¿No admites el Purgatorio?
-Sí. ¿Por qué lo preguntas?
-Porque dices: "Permanece en el lugar a que es enviado".
El Purgatorio es temporal.
-Precisamente por eso, en mi pensamiento lo asimilo a la Vida eterna. El Purgatorio es ya "vida"; mortecina, trabada, pero de todas formas vital. (El Purgatorio, desconocido en aquel tiempo como vocablo, era conocido como concepto, ya insinuado en 2 Macabeo 12, 45. Por tanto, la expresión Purgatorio, aquí y en otros lugares puede entenderse como la traducción de ese concepto en el lenguaje de la Obra Valtortiana) Una vez terminada la estancia temporal en el Purgatorio, el espíritu conquista la perfecta Vida, la alcanza ya sin límites ni ataduras.
Quedarán dos cosas: el Cielo, el Abismo; el Paraíso, el Infierno. Dos categorías: los bienaventurados, los réprobos. Pero, de los tres reinos que actualmente existen, ningún espíritu volverá a vestirse jamás de carne hasta la resurrección final, que clausurará para siempre la encarnación de los espíritus en los cuerpos, de lo inmortal en lo mortal.
-¿De lo eterno, no?
-Eterno es Dios. La eternidad es no tener ni comienzo ni final. Ello es Dios. La inmortalidad es seguir viviendo desde que se empieza a vivir: así para el espíritu del hombre. He aquí la diferencia».
-Dices: "vida eterna".
-Sí. Desde que uno es creado a la vida, puede, por el espíritu, por la gracia y por la voluntad, conseguir la vida eterna. No la eternidad. Vida supone comienzo. No se dice "vida de Dios", porque Dios no ha tenido comienzo.
-¿Y Tú?
-Yo viviré porque soy también carne, y al espíritu divino he unido el alma del Cristo en carne de hombre.
-Dios es llamado "el que vive".
-Efectivamente, no conoce muerte. Él es Vida, la Vida inagotable. No vida de Dios, sino Vida; sólo esto. Son matices, escriba. Pero la Sabiduría y la Verdad se visten de matices.
-¿Hablas así a los gentiles?
-No, así no; no entenderían. (La respuesta de Jesús a esta pregunta puede ayudar a comprender el motivo de ciertas adaptaciones que las verdades sufren, en la presente Obra, cuando se enseñan a romanos y romanas) A ellos les muestro el Sol. Pero se lo muestro de la misma forma como se lo mostraría a un niño que hubiera sido ciego e ignorante hasta ese momento y que milagrosamente hubiera recuperado vista e inteligencia. Así: como astro; sin adentrarme a explicar su composición. Pero vosotros, los de Israel, ni estáis ciegos ni sois ignorantes; desde hace siglos el dedo de Dios os ha abierto los ojos, os ha despejado la mente…
-Es verdad, Maestro. Pero a pesar de todo estamos ciegos y somos ignorantes.
-Tales os habéis hecho. Y no queréis el milagro de quien os ama.
-Maestro…
-Es verdad, escriba.
El escriba agacha la cabeza y guarda silencio. Jesús lo deja, y va adelante. Al pasar acaricia a Margziam y al hijito del escriba, los cuales se han puesto a jugar con unas piedrecitas multicolores.
Más que una predicación, lo suyo es una conversación con éste o aquel grupo. Pero es una continua predicación porque va resolviendo todas las dudas, aclarando todas las ideas, resumiendo o ampliando cosas ya dichas o conceptos aprehendidos sólo en parte por alguno. Y las horas pasan así…
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Es ya plena noche cuando Jesús vuelve a casa. Entra en el huerto sin hacer ruido. Se asoma un momento a la oscura cocina; la ve vacía. Se asoma a las dos habitaciones donde están las esteras y las camas: también están vacías. El único indicio de que los apóstoles hayan regresado es la ropa cambiada amontonada en el suelo. La casa está tan silenciosa, que parece deshabitada.
Jesús, haciendo menos ruido que una sombra, sube la pequeña escalera -candor en el candor de la Luna llena-y llega a la terraza. La atraviesa. Parece un espectro moviéndose sin hacer ruido, un luminoso espectro. En la incandescencia blanca de la Luna parece estilizarse, alzarse aún más. Levanta con la mano la cortina que cubre la puerta de la habitación de arriba (estaba corrida desde cuando los discípulos de Juan habían entrado en la habitación con Jesús). Dentro, sentados acá o allá, en grupos, están los apóstoles con los discípulos de Juan y con Manahén, y también Margziam, dormido, reclinada su cabeza en las rodillas de Pedro. La Luna se encarga de iluminar la habitación entrando con sus flujos fosfóricos por las ventanas abiertas. Ninguno habla. Y ninguno duerme; aparte del niño, sentado en el suelo sobre una estera.
Jesús entra despacio. El primero que lo ve es Tomás.
-¡Oh, Maestro! -dice sobresaltándose.
Todos los demás también reaccionan. Pedro, en su ímpetu, hace ademán de levantarse repentinamente, pero se acuerda del niño y se levanta suavemente, apoyando la morena cabeza de Margziam donde estaba sentado, de forma que es el último en acercarse al Maestro, mientras está respondiendo, con voz cansada como de quien ha sufrido mucho, a Juan, Santiago y Andrés, que le están expresando su dolor:
-Lo comprendo. Pero solamente el que no cree debe sentirse desolado por una muerte. No nosotros, que sabemos y creemos. Juan ya no está separado de nosotros; antes lo estaba. Es más, antes nos separaba: o conmigo o con él. Ahora ya no es así; donde está él estoy Yo, junto a mí está él.
Pedro introduce su cabeza entrecana entre las cabezas juveniles.
Jesús lo ve:
-¿También has llorado tú, Simón de Jonás?
Y Pedro, con voz más ronca de lo habitual:
-Sí, Señor. Porque yo también había sido de Juan… Y además… y además… ¡Y pensar que el viernes pasado lamentaba el que la presencia de los fariseos nos fuera a amargar el sábado! ¡Este sí que es un sábado de amargura! Había traído al niño… para gozar de un sábado más bonito… Sin embargo…
-No desfallezcas, Simón de Jonás. No hemos perdido a Juan. Te lo digo también a ti. Y en cambio tenemos tres discípulos bien formados. ¿Dónde está el niño?
-Está allí, Maestro, durmiendo.
-Déjalo dormir -dice Jesús agachándose hacia la cabecita morena que duerme tranquila. Y pregunta:
-¿Habéis cenado? -No, Maestro. Te esperábamos a ti, y ya estábamos preocupados por la tardanza. No sabíamos dónde buscarte… Nos parecía que te habíamos perdido también a ti. -Tenemos todavía tiempo para estar juntos. ¡Hala, preparad la cena, que luego nos marchamos a otro lugar! Necesito aislarme, entre amigos; si nos quedáramos aquí, mañana estaríamos siempre rodeados de personas. -Y te juro que no los soportaría, especialmente a esos reptiles de las almas fariseas. ¡Y sería grave que se les escapase
una sonrisa -aunque fuera una sola-referida a nosotros, en la sinagoga!
-¡Tranquilo, Simón!… Pero he calculado también esto. Por eso he vuelto para tomaros conmigo.
A la luz de las lamparillas encendidas a ambos lados de la mesa, se ven mejor las alteraciones de los rostros. Sólo Jesús se muestra con majestad solemne. Margziam sonríe en el sueño.
-El niño ha comido antes -explica Simón.
-Entonces es mejor dejarlo dormir -dice Jesús.
Y en medio de los suyos ofrece y distribuye la parca comida. Y se la comen sin ganas. Pronto termina la cena.
-Contadme ahora qué habéis hecho… -dice Jesús animándolos.
-Yo he estado con Felipe por los campos de Betsaida y hemos evangelizado y curado a un niño enfermo -dice Pedro.
-Verdaderamente ha sido Simón el que lo ha curado -dice Felipe, no queriendo tomarse una gloria no suya.
-¡Oh, Señor! No sé cómo. Sé que he orado mucho, con todo mi corazón, porque me daba pena el enfermito. Luego lo he ungido con el aceite y le he restregado ligeramente con mis rudas manos… y se ha curado. Cuando le he visto que tomaba color su cara y que abría los ojos, en pocas palabras que revivía, he sentido casi miedo.
Jesús le pone la mano en la cabeza sin decir nada.
-Juan ha causado gran asombro al arrojar un demonio. Pero hablar me ha tocado a mí -dice Tomás.
-También tu hermano Judas lo ha hecho -dice Mateo.
-Entonces también Andrés -dice Santiago de Alfeo.
-Simón el Zelote ha curado a un leproso. ¡No ha tenido miedo de tocarlo! Y luego me ha dicho: "Pero no tengas miedo. A nosotros no se nos pega ningún mal físico por voluntad de Dios"» dice Bartolomé.
-Bien dices, Simón. ¿Y vosotros dos? -pregunta Jesús a Santiago de Zebedeo y al Iscariote, que están un poco retirados; el primero hablando con los tres discípulos de Juan, el segundo solo y amostazado.
-Yo no he hecho nada -dice Santiago -Pero Judas ha hecho tres milagros potentes: un ciego, un paralítico, un endemoniado. A mí me parecía lunático. Pero la gente decía eso…
-¿Y estás ahí con esa cara habiéndote ayudado Dios tanto? -pregunta Pedro.
-Yo también sé ser humilde -responde el Iscariote.
-Luego nos ha alojado en su casa un fariseo. Yo no me sentía a gusto, pero Judas, que es más hábil, le bajó bien los humos. El primer día era altivo, pero luego… ¿Verdad, Judas?
Judas asiente sin decir nada.
-Muy bien. Y cada vez lo haréis mejor. La próxima semana estaremos juntos. Entretanto, Simón, ve a preparar las barcas. También tú, Santiago.
-¿Para todos, Maestro? No cabremos».
-¿No puedes conseguir otra?
-Si se la pido a mi cuñado, sí. Voy.
-Ve, y en cuanto hayas terminado vuelve. Y no des muchas explicaciones.
Los cuatro pescadores se marchan. Los demás bajan a coger sacos y unos mantos. Se queda Manahén con Jesús. El niño sigue durmiendo.
-Maestro, ¿vas lejos?
-Todavía no lo sé… Ellos están cansados y apenados. Yo también. Mi propósito es ir a Tariquea, a la campiña, para aislarnos en paz…
-Yo tengo el caballo, Maestro. Pero, si me lo permites, voy siguiendo el lago. ¿Vas a estar allí mucho?
-Quizás toda la semana. No más.
-Entonces iré. Maestro, bendíceme en esta primera despedida. Y quítame un peso del corazón.
-¿Cuál, Manahén?
-Tengo el remordimiento de haber dejado a Juan. Quizás, si hubiera estado…
-No. Era su hora. Además él ciertamente se ha alegrado al verte venir donde mí. No tengas este peso. Es más, trata de liberarte pronto y bien del único peso que tienes: el gusto de ser hombre. Hazte espíritu, Manahén. Puedes hacerlo. Está en ti la capacidad de serlo. Adiós, Manahén. Mi paz sea contigo. Pronto nos veremos de nuevo en Judea.
Manahén se arrodilla y Jesús lo bendice; luego lo levanta y lo besa. Vuelven los otros y se saludan recíprocamente, tanto los apóstoles como los discípulos de Juan. Los últimos en llegar son los pescadores.
-Ya está, Maestro; podemos marcharnos.
-Bien. Saludad a Manahén, que se queda aquí hasta la puesta del sol de mañana. Recoged las provisiones, tomad el agua y vámonos. Haced poco ruido.
Pedro se agacha para despertar a Margziam.
-No, deja. Podría echarse a llorar. Lo cojo en brazos yo -dice Jesús, y delicadamente levanta al niño, que refunfuña entre sueños un poco, pero luego se acomoda instintivamente en los brazos de Jesús.
Apagan las lámparas. Salen. Cierran la puerta. Bajan. En el linde del huerto saludan nuevamente a Manahén, y luego, en fila, por el camino lleno de luna van al lago: enorme espejo de plata bajo la Luna en su zenit. Tres gotas rojas sobre el espejo calmo parecen los tres farolillos de las proas ya metidas en el agua. Suben y se distribuyen por las barcas. Los últimos en subir son los pescadores: Pedro y un mozo ayudante, donde Jesús; Juan y Andrés en la otra; Santiago y otro ayudante en la tercera.
-¿A dónde, Maestro? -pregunta Pedro.
-A Tariquea. Donde desembarcamos después del milagro de los gerasenos. Ahora no habrá pantano. Y habrá calma.
Pedro se adentra en el lago, y también los otros, detrás, con las barcas: tres estelas en una. Ninguno habla. Sólo cuando están ya en zona abierta y Cafarnaúm se difumina entre el claror de la luna, que uniforma todo con su diminuto polvillo de plata, Pedro, como si le hablara a la caña del timón, dice:
-Pues me da gusto. Mañana nos buscarán, vieja mía, y gracias a ti no nos encontrarán.
-¿Con quién hablas, Simón? -pregunta Bartolomé.
-Con la barca. ¿No sabes que para los pescadores es como una esposa? ¡Cuánto he hablado con ella! ¡Más que con Porfiria, Maestro!… ¿Está bien tapado el niño? De noche hay relente en el lago…
-Sí. Mira, Simón, ven aquí, que tengo que decirte una cosa…
Pedro pasa la caña del timón al ayudante y va donde Jesús.
-He dicho Tariquea. Pero será suficiente estar allí pasado el sábado para saludar de nuevo a Manahén. ¿No podrías encontrar un sitio cerca de allí donde estar en paz?
-Maestro, ¿en paz nosotros o también las barcas? Para las barcas hace falta Tariquea, o los puertos de la otra orilla; pero, si es para nosotros, basta con que te adentres en los bosques del otro lado del Jordán, y sólo los animales te descubrirán… y quizás algún que otro pescador que esté vigilando las nasas de los peces.
Podemos dejar las barcas en Tariquea, cuando lleguemos al alba; luego nos echamos a caminar veloces hasta el otro lado del vado. Se pasa bien en este período.
-Bien. Así lo haremos…
-Te da asco también a ti el mundo, ¿eh? Prefieres los peces y los mosquitos, ¿eh? Tienes razón.
-No tengo asco. No hay que tenerlo. Lo que pasa es que quiero evitar que arméis escándalos y quiero consolarme en vosotros en estas horas del sábado.
-Maestro mío…
Pedro lo besa en la frente y se retira secándose un lagrimón que se empeña en rodar afuera y bajar hacia la barba.
Vuelve a su timón y apunta al sur, con firmeza, mientras la luz lunar decrece al ponerse el planeta, que desciende por debajo de la línea de un collado, escondiendo su carota a la vista de los hombres, pero dejando todavía el cielo blanco de su luz, y de plata la orilla oriental del lago; lo demás, es añil oscuro que apenas si se distingue a la luz del farol de proa.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús está curando a unos enfermos. Le asiste sólo Manahén. Están en la casa de Cafarnaúm, en el huerto umbrío en esta hora matutina. Manahén ya no lleva ni el precioso cinturón ni la lámina de oro en la frente: sujeta su túnica un cordón de lana; una cinta de te-la, la prenda que cubre su cabeza. Jesús tiene descubierta la cabeza, como siempre cuando está en casa.
Una vez que ha terminado de curar y de consolar a los enfermos, Jesús sube con Manahén a la habitación alta. Se sientan los dos en el alféizar de la ventana que mira al monte (porque la parte del lago cae toda bajo el sol, que todavía calienta bien, a pesar de que la canícula ha debido pasar ya hace algo de tiempo).
-Dentro de poco empezará la vendimia -dice Manahén.
-Sí. Y luego vendrán los Tabernáculos… y pronto llegará el invierno. ¿Cuándo piensas partir?
-¡Mmm!… No me iría nunca… Pero pienso en el Bautista. Herodes es una persona débil. Si se le sabe influir positivamente, aunque no se vuelva bueno, al menos… no se hace sanguinario. Pero son pocos los que le aconsejan bien. ¡Y esa mujer!… ¡Esa mujer!… De todas formas, quisiera quedarme hasta que vuelvan tus apóstoles. No es que yo presuma mucho de mí… pero todavía valgo algo… si bien mi auge ha sufrido un duro golpe desde que han comprendido que sigo los caminos del Bien. Pero no me importa. Quisiera tener la verdadera valentía de saber abandonar todo para seguirte completamente, como los discípulos a los que esperas. Pero, ¿algún día lo lograré? Nosotros que no somos del pueblo presentamos más dura resistencia a seguirte.
¿Por qué?
-Porque los tentáculos de las míseras riquezas os retienen.
-La verdad es que sé también de algunos que no son lo que se dice ricos, sino que son doctos, o están en camino de serlo, y tampoco vienen.
-También están retenidos por los tentáculos de las míseras riquezas. No se es rico sólo de dinero. Existe también la riqueza del saber. Pocos llegan a la confesión de Salomón:
"Vanidad de vanidades, todo es vanidad", considerada de nuevo y ampliada -no tanto materialmente cuanto en profundidad-en Qohélet. ¿Lo recuerdas? La ciencia humana es vanidad, porque aumentar sólo el humano saber "es afán y aflicción de espíritu, y quien multiplica la ciencia multiplica los afanes". En verdad te digo que es así. Como también digo que no sería así si la ciencia humana estuviera sostenida y refrenada por la sabiduría sobrenatural y el santo amor a Dios. El placer es vanidad, porque no dura; arde y rápido se desvanece dejando tras sí ceniza y vacío. Los bienes acumulados con distintas habilidades son vanidad para el hombre que muere, porque con los bienes no puede evitar la muerte, y los deja a otros.
La mujer, contemplada como hembra y como tal apetecida, es vanidad. De lo cual se concluye que lo único que no es vanidad es el santo temor de Dios y la obediencia a sus mandamientos, o sea, la sabiduría del hombre, que no es sólo carne sino que posee la segunda naturaleza: la espiritual. Quien así sabe concluir y querer, sabe liberarse de todo tentáculo de mísero tesoro y sabe ir libre al encuentro con el Sol.
-Quiero recordar estas palabras. ¡Cuánto me has dado en estos días! Ahora puedo ir a la suciedad de la Corte -que parece luminosa sólo a los necios, poderosa y libre; y no es sino miseria, cárcel y tinieblas-, e ir con un tesoro que me permitirá vivir mejor en espera de lo mejor. ¿Pero llegaré algún día a esta cosa mejor que es ser tuyo, totalmente?
-Llegarás.
-¿Cuándo? ¿El año que viene? ¿Más adelante todavía? ¿Cuándo la vejez me haga sabio?
-Llegarás… alcanzando madurez de espíritu y perfección de voluntad en el transcurso de pocas horas.
-Manahén lo mira pensativo y escrutador… Pero no pregunta nada más.
Un rato de silencio. Luego Jesús dice:
-¿Has tenido contacto alguna vez con Lázaro de Betania?
-No, Maestro. Puedo decir que no; que si hubo algún encuentro, no puede llamarse amistad. Ya sabes… Yo con Herodes, Herodes contra él… Por tanto…
-Lázaro ahora te vería por encima de las cosas, en Dios. Debes tratar de conocerlo como condiscípulo.
-Lo haré si Tú lo quieres…
Se oyen voces inquietas en el huerto. Preguntan con angustia:
-¡El Maestro! ¡El Maestro! ¿Está aquí?
Responde la voz cantarina de la dueña de la casa:
-Está en la habitación de arriba. ¿Quiénes sois?
¿Enfermos?
-No. Discípulos de Juan y queremos ver a Jesús de Nazaret.
Jesús se asoma por la ventana y dice:
-Paz a vosotros… ¡Oh! ¡Sois vosotros? ¡Venid! ¡Venid!
Son los tres pastores Juan, Matías y Simeón.
-¡Oh! ¡Maestro! -dicen, y levantan la cabeza y dejan ver un rostro apenado. Ni siquiera viendo a Jesús se sosiegan.
Jesús deja la habitación y va a su encuentro a la terraza. Manahén lo sigue. Se encuentran justamente en el punto en que la escalera termina en la soleada terraza.
Los tres se arrodillan y besan el suelo. Luego Juan, por todos, dice:
-Ahora recíbenos, Señor, pues somos tu herencia -y unas lágrimas se deslizan por la cara del discípulo y de sus compañeros.
Jesús y Manahén, al unísono, gritan:
-¿Juan?!
-Le han dado muerte…
La palabra cae cual enorme fragor que cubre todos los ruidos del mundo, a pesar de que haya sido pronunciada muy bajo. Petrifica a quien la dice y a quien la oye. Y se produce un rato de silencio tan profundo y de tan profunda inmovilidad en los animales, frondas y aire, que parece como si la tierra, para recoger esta palabra y sentir todo su horror, suspendiera todo ruido propio. Queda suspendido el zureo de las palomas, truncada la flauta de un mirlo, enmudecido el coro de los pardales, y, como si de golpe se le hubiera roto el artilugio, una cigarra detiene su chirrido al improviso, mientras se para el viento que, haciendo frufrú de seda y crujido de palos, acariciaba las pámpanas y las hojas.
Jesús se pone pálido como el marfil mientras sus ojos se dilatan y se vidrian de llanto. Abre los brazos y, con voz profunda por el esfuerzo de hacerla firme, dice:
-Paz al mártir de la justicia, paz a mi Precursor.
Luego recoge sus brazos y su espíritu y, claramente, ora, entrando en contacto con el Espíritu de Dios y el de Juan Bautista.
Manahén no se atreve a hacer ni un gesto. A1 contrario de Jesús, se ha puesto intensamente rojo y ha sentido un impulso de ira. Luego se ha quedado paralizado; toda su turbación se manifiesta en el movimiento mecánico de la mano derecha, que zalea el cordón de la túnica, y de la izquierda, que involuntariamente busca el puñal… y mueve la cabeza compadeciéndose de su fragilidad de mente, pues no se acordaba de que se había desarmado para ser «el discípulo del Manso», para estar «junto al Manso».
Jesús abre de nuevo su boca y sus ojos. Su rostro, su mirada, su voz han recuperado la majestad divina que habitualmente tienen en Él. Sólo queda una tristeza grave temperada de paz.
-Venid. Decidme cómo ha sucedido. Desde hoy sois míos.
Y los conduce a la habitación. Cierra la puerta, corre las cortinas -no del todo-para suavizar la luz, para crear un ambiente de recogimiento en torno al dolor y la belleza de la muerte del Bautista, para separar esta perfección de vida y el mundo corrompido.
-Hablad -ordena.
Manahén todavía parece petrificado. Está con el grupo, pero no dice una palabra.
Era la noche de la fiesta… No se podía prever esto… Sólo dos horas antes, Herodes había solicitado consejo de Juan, y se había despedido de él con benignidad… Y poco, poco antes de que se produjera… el homicidio, el martirio, el delito, la glorificación, había mandado a un siervo con frutas gélidas y vinos raros para el prisionero.
Juan nos había distribuido esas cosas… Nunca mudó su austeridad… Estábamos sólo nosotros, porque por mérito de Manahén estábamos en el palacio como siervos en las cocinas y en las caballerizas. Esta concesión nos permitía ver siempre a nuestro Juan… Estábamos en las cocinas yo y Juan. Simeón no; él vigilaba a los caballerizos para que tratasen con cuidado las caballerías de los invitados…
El palacio estaba lleno de gente importante, jefes militares, personalidades de Galilea. Herodías se había encerrado en sus habitaciones tras una escena violenta que se había producido por la mañana entre ella y Herodes…
Manahén interrumpe:
-¡Pero cuándo había llegado la hiena?
-Dos días antes. No la esperaban… Dijo al monarca que no podía vivir lejos de él y estar ausente el día de su fiesta. Víbora y maga como siempre, había hecho de él un juguete… Pero Herodes, por la mañana de este día, se había negado -a pesar de que ya estuviera embriagado de vino y lujuria-a concederle a la mujer lo que con fuertes gritos pedía.., ¡Y nadie pensaba que se tratase de la vida de Juan!…
Estaba en sus habitaciones, desdeñosa. Había rechazado los alimentos reales, enviados por Herodes en preciosas fuentes. Sólo había aceptado una fuente preciosa colmada de fruta y había recompensado el presente con un ánfora de vino drogado para Herodes… Drogado…
¡Ah, era suficiente su naturaleza ebria y viciosa para alucinarlo para el delito! Por los que servían a las mesas, supimos que después de la danza de las mujeres mimos de la Corte, es más, a la mitad de la danza, había irrumpido en la sala del banquete Salomé, bailando. Los mimos, ante la joven real, se habían retirado hacia las paredes. La danza era perfecta, nos han dicho. Lúbrica y perfecta. Digna de los invitados… Herodes… ¡Oh!, ¡quizás fermentaba dentro de él un nuevo deseo de incesto!…
Herodes, al final de este baile, entusiasta, dijo a Salomé: "¡Has bailado bien! Juro que mereces un premio. Juro que te lo daré. Juro que te daré cualquier cosa que me pidas. Lo juro en presencia de todos. Y la palabra de un rey es fiel incluso sin juramento. Di, pues, qué quieres". Y Salomé, fingiendo perplejidad, inocencia y modestia, recogiéndose en sus velos con gesto púdico después de tanta desvergüenza, dijo:
"Permíteme, gran señor, que reflexione un momento.
Me retiro y luego vuelvo, porque tu gracia me ha turbado"… y se retiró para ir donde su madre. Selma me ha dicho que entró riendo, diciendo: "¡Madre, has vencido! Dame la bandeja". Y Herodías, con un grito de triunfo, ordenó a la esclava que diera a la joven la bandeja no devuelta antes, y dijo:
"Ve. Vuelve con la odiada cabeza, y te vestiré de perlas y oro". Selma, horrorizada, obedeció… Salomé volvió a entrar en la sala bailando, y, bailando, fue a postrarse a los pies del rey, y dijo: "En esta bandeja que has mandado a mi madre, en señal de que la amas y de que me amas, quiero la cabeza de Juan. Y luego seguiré bailando, si tanto te gusto. Bailaré la danza de la victoria. ¡Porque he vencido!
¡Te he vencido a ti, oh rey! ¡He vencido a la vida, y soy feliz!". Esto es lo que dijo. A nosotros nos lo repitió un amigo copero. Herodes se turbó ante estas dos solicitaciones: ser fiel a la palabra, ser justo. Pero no supo ser justo porque es hombre injusto. Hizo una señal al verdugo que estaba detrás del asiento real, y éste, habiendo cogido de las manos alzadas de Salomé la bandeja, salió de la sala del banquete para ir a las habitaciones bajas. Yo y Juan lo vimos atravesar el patio… Luego oímos el grito de Simeón: "¡Asesinos!"… y lo vimos que volvía a pasar con la cabeza sobre la bandeja… Juan, tu Precursor, había muerto…
-Simeón, ¿puedes decirme como ha muerto? -pregunta Jesús, pasado un momento.
-Sí. Estaba en oración… Me había dicho antes: "Dentro de poco volverán los dos que envié, y quien aún no cree creerá. De todas formas, recuerda que, si a su regreso ya no viviera, yo, como quien está cercano a la muerte, todavía te digo, para que tú por tu parte se lo digas a ellos: Jesús de Nazaret es el verdadero Mesías".
Pensaba siempre en ti… Entró el verdugo. Yo grité fuerte. Juan alzó la cabeza y lo vio. Se puso en pie.
Dijo: "Sólo puedes quitarme la vida. Pero la verdad que permanece es que no es lícito hacer el mal". Estaba para decirme algo cuando el verdugo volteó la pesada espada, mientras Juan estaba todavía de pie, y la cabeza cayó del busto, con un gran flujo de sangre que puso roja la piel caprina, de cera el rostro enjuto en que quedaron vivos, abiertos, acusadores, los ojos. Rodó a mis pies… Yo caí junto con su cuerpo, vencido por el dolor…
Después… después… La cabeza, después de lacerarla Herodías, fue arrojada a los perros. Pero nosotros la recogimos diligentemente y la envolvimos junto con el tronco en un precioso lienzo; durante la noche recompusimos el cuerpo y lo transportamos fuera de Maqueronte. Lo embalsamamos en una espesura de acacias allí cerca con los primeros rayos del Sol y la ayuda de otros discípulos… Pero de nuevo nos la arrebataron para nuevas laceraciones. Porque ella no puede ni destruirlo ni perdonarlo… Y sus esclavos, temiendo la muerte, nos quitaron esa cabeza con ferocidad mayor que la de los chacales. ¡Si hubieras estado tú, Manahén!…
-Si hubiera estado yo… Pero esa cabeza es su maldición… Aunque el cuerpo esté incompleto, nada se resta a la gloria del Precursor. ¿No es verdad, Maestro?
-Es verdad. Aunque los perros lo hubieran destruido, su gloria no habría sufrido mutación.
-Tampoco ha cambiado su palabra, Maestro. Sus ojos, a pesar de haber quedado lacerados bajo una gran herida, todavía dicen: "No te es lícito". ¡Pero nosotros lo hemos perdido! -dice Matías.
-Y ahora somos tuyos, porque así lo dijo él; y dijo también que Tú ya lo sabías.
-Sí, desde hace meses sois míos. ¿Cómo habéis venido?
-A pie, por etapas. Largo, penoso camino entre quemazón de arenas y sol, y aún más quemazón de dolor. Hace casi veinte días que caminamos…
-Ahora descansaréis.
Manahén pregunta:
-Decid: ¿Herodes no se extrañó de mi ausencia?
-Sí. Primero estuvo inquieto, luego se puso furioso; pero, pasado el furor, dijo: "Un juez menos". Así nos refirió el amigo copero.
Jesús dice:
-¡Un juez menos! Tiene a Dios por juez, que ya es suficiente. Venid a donde dormimos. Estáis cansados y llenos de polvo del camino. Encontraréis vestidos y sandalias de vuestros compañeros. Tomadlos. Descansad y reponed fuerzas. Lo que es de uno es de todos. Tú, Matías, que eres alto, puedes coger una túnica mía. Luego ya veremos. Esta noche, dado que es la vigilia del sábado, vienen mis apóstoles. La próxima semana vendrá Isaac con los discípulos, luego Benjamín y Daniel; después de los Tabernáculos, vendrán también Elías, José y Leví. Es tiempo de que a los doce se unan otros. Id ahora a descansar.
Manahén los acompaña y luego vuelve. Jesús se queda solo con Manahén. Se sienta, pensativo, visiblemente triste, con la cabeza reclinada sobre la mano y el codo apoyado en la rodilla como soporte. Manahén está sentado junto a la mesa. No se mueve. Pero está taciturno. Su rostro es toda una borrasca.
Después de mucho, Jesús alza la cabeza, lo mira y pregunta:
-¿Y tú? ¿Qué vas a hacer ahora?
-Todavía no lo sé… La idea de quedarme en Maqueronte ya no existe. Pero quisiera quedarme todavía en la Corte, para estar al corriente… para protegerte a ti estando al corriente de las cosas.
-Sería mejor para ti seguirme sin dilación. Pero no te fuerzo. Vendrás una vez que el viejo Manahén, molécula por molécula, haya quedado deshecho.
-También quisiera arrebatarle esa cabeza a esa mujer. No es digna de tenerla…
Jesús expresa un leve gesto de sonrisa, y, con franqueza, dice:
-Además no has muerto todavía a las riquezas humanas. Pero te quiero lo mismo. Sé que no te perderé aunque espere. Sé esperar…
-Maestro, quisiera darte mi generosidad para consolarte… Porque sufres. Lo veo.
-Es verdad. Sufro.¡ Mucho! ¡Mucho!…
-¿Sólo por Juan? No creo. Sabes que está en paz.
-Sé que está en paz, y no lo siento lejano.
-¿Y entonces?
-¡Y entonces!… Manahén, ¿a qué precede el alba?
-Al día, Maestro. ¿Por qué lo preguntas?
-Porque la muerte de Juan precede al día en que seré el Redentor. Y la parte humana de mí se estremece frente a esta idea… Manahén, voy al monte. Tú quédate aquí para recibir a los que vengan y socorrer a los que ya han llegado. Quédate aquí hasta que vuelva. Luego… harás lo que quieras. Adiós.
Y Jesús sale de la habitación. Baja despacio la escalera, atraviesa el huerto y, por la parte posterior del huerto, se introduce por un senderillo entre huertos desarreglados y matas de olivos, manzanos, vides e higueras. Toma la pendiente de un suave collado donde desaparece a mi vista.