por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús -mostrándome el curso del Jordán, o mejor, la desembocadura del Jordán en el lago de Tiberíades, en el lugar en que se extiende la ciudad de Betsaida en la orilla derecha del río respecto a quien mira al norte -me dice:
-Ahora la ciudad ya no parece en las orillas del lago, sino un poco más hacia el interior. Esto desconcierta a los estudiosos. La explicación se debe buscar en el espacio cedido por el lago, por esta parte, al terreno seco, debido a veinte siglos en que el río ha ido depositando tierra suelta, y también a aluviones y desprendimientos de tierra de las colinas de Betsaida.
En aquel tiempo la ciudad estaba justamente en la desembocadura del río en el lago; es más, las barcas más pequeñas, en las estaciones más ricas en aguas, remontaban un buen trecho del río, casi hasta la altura de Corazín; las orillas del río servían siempre como embarcadero y lugar protegido para las barcas de Betsaida en los días de borrasca en el lago. Esto no te lo digo por ti, que poco te importa, sino por los doctores difíciles. Y ahora continúa.
Las barcas de los apóstoles, recorrido el breve trecho de lago que separa Cafarnaúm de Betsaida, echan amarras en esta ciudad. Pero otras barcas las han seguido y muchos bajan de ellas para unirse enseguida a los de Betsaida que han venido a saludar al Maestro. Jesús está entrando ahora en la casa de Pedro en la que… está de jefe su mujer, la cual supongo que ha preferido la soledad antes que vivir entre las continuas quejas de su madre contra su marido.
Afuera reclaman al Maestro a voces, lo cual inquieta no poco a Pedro, que sube a la terraza y con tono autoritario se dirige a la gente, de la ciudad o no, diciendo que se requiere respeto y educación (quisiera, en efecto, poder gozar un poco de la presencia del Maestro, en paz, ahora que lo tiene en su casa, y, sin embargo, no tiene el tiempo ni la satisfacción de ofrecerle ni siquiera un poco de agua y miel, entre las muchas cosas que ha dicho a su mujer que traiga), y se muestra enfadado.
Jesús lo mira, sonriente, y menea la cabeza diciendo:
-¡Parece como si no me vieras nunca y que estemos juntos de casualidad!
-¡Pues si es así! Cuando estamos por el mundo, ¿estamos, acaso, yo y Tú? ¡Ni soñarlo! Entre Tú y yo está el mundo, con sus enfermos, sus afligidos, sus oyentes, sus curiosos, sus calumniadores, sus enemigos, y no estamos nunca yo y Tú. Aquí, sin embargo, Tú estás con-migo, en mi casa, ¡y deberían comprenderlo!
Está verdaderamente alterado.
-No veo la diferencia, Simón. Mi amor es igual, mi palabra es la misma; ¿no es lo mismo que te la diga en privado o que la diga para todos?
Pedro entonces confiesa su gran pesar:
-Es que soy cerrado de mollera, y me distraigo con facilidad. Cuando hablas en una plaza, en un monte, en medio de una muchedumbre, no sé por qué, comprendo todo, pero luego no recuerdo nada. Se lo he dicho también a los compañeros y me han dado razón. La otra gente -me refiero al pueblo que te escucha -te comprende y luego se acuerda de lo que has dicho.
¡Cuántas veces hemos oído confesar a uno: "No he vuelto a hacer esto porque Tú lo has dicho", o: "He venido porque una vez te oí decir esta otra cosa y se me quedó grabado en el pensamiento". Sin embargo, nuestro caso… ¡ay!, ¡ay!, es como un curso de agua que pasa sin detenerse: la orilla ya no tiene esa agua que ha pasado. Viene otra, sí, continuamente, y mucha, pero sigue pasando, sigue pasando… Yo pienso, con gran temor, que, si es como dices, llegará el momento en que Tú ya no podrás seguir haciendo de río y… y yo… ¿Qué le voy a poder dar a quien tenga sed, si no conservo ni una gota de lo mucho que me das?
También los otros apoyan las quejas de Pedro, lamentándose de no encontrar nunca nada de lo que escuchan, cuando querrían encontrarlo para responder a los muchos que los preguntan.
Jesús sonríe y responde:
-No creo que sea así. La gente está muy contenta también de vosotros…
-¡Sí, claro, para lo que hacemos!… Abrirte paso dando codazos, llevar a los enfermos, recoger las dádivas y decir: "¡Sí, sí, aquél es el Maestro!". ¡Pues vaya una cosa, ¿no?!
-No te rebajes demasiado, Simón.
-No me estoy rebajando, es que me conozco.
-Es la más difícil de las sabidurías. De todas formas, quiero quitarte este gran miedo. Las veces que hable y veáis que no habéis podido comprender y retener todo, preguntadme, sin miedo a parecer latosos o a desanimarme.
Siempre tenemos algunas horas de intimidad; abridme en esos momentos vuestro corazón. Yo doy mucho a muchos, ¡qué no os daría a vosotros, a quienes amo con un amor que Dios no podría superar? Has hablado de la ola que va sin dejar rastro en la orilla. Llegará un día en que te darás cuenta de que cada una de las olas ha depositado en ti una semilla, y que cada una de las semillas ha producido una planta, y verás ante ti flores y árboles para todos los casos, te asombrarás de ti mismo, de lo que el Señor ha hecho contigo, porque entonces estarás redimido de la esclavitud del pecado y tus virtudes actuales habrán adquirido muy alta perfección.
-Si Tú lo dices, Señor, descanso en estas palabras tuyas.
-Ahora vamos con los que nos están esperando. Venid. Recibe la paz; mujer. Esta noche seré tu huésped.
Salen. Jesús va hacia el lago para evitar la compresión de la muchedumbre. Pedro, diligentemente, separa la barca de la orilla unos pocos metros, de modo que la voz de Jesús sea oída por todos y que haya un espacio entre el auditorio y Él.
-De Cafarnaúm a aquí he venido pensando qué podría deciros. La indicación la he encontrado en los hechos sucedidos esta mañana. Habéis visto a tres hombres que se han acercado a mí. Uno, espontáneamente, otro porque lo he llamado, el tercero por un entusiasmo repentino. Habéis podido ver también cómo de estos tres he tomado sólo a dos. ¿Por qué? ¿Será porque he visto en el tercero a un traidor? No, ciertamente no; lo que he visto en él ha sido una persona no preparada. A simple vista parecía menos preparado éste hombre que ahora está a mi lado, este hombre que iba a enterrar a su padre. Sin embargo, el menos preparado era el tercero. Éste estaba tan preparado -aún sin saberlo -que ha sabido realizar un sacrificio verdaderamente heroico.
Seguir a Dios con heroísmo es siempre prueba de una fuerte preparación espiritual. Esto explica ciertos hechos sorprendentes que se producen en torno a mí. Los que están más preparados para recibir al Cristo -cualesquiera que sean su casta o su cultura -vienen a mí con prontitud y fe absolutas. Los menos preparados me observan como a un hombre que se sale de lo habitual, o me estudian con desconfianza y curiosidad, o incluso me atacan y desacreditan acusándome de varias formas. Las distintas formas de actuar son proporcionales a la falta de preparación de los espíritus.
En el pueblo elegido deberían encontrarse por todas partes espíritus preparados para recibir a este Mesías en cuya espera se consumieron de ansiedad los Patriarcas y los Profetas; a este Mesías que por fin ha venido, precedido y acompañado por todos los signos profetizados; a este Mesías cuya figura espiritual se delinea cada vez más clara a través de los milagros visibles, en los cuerpos y en los elementos, y de los milagros invisibles en las conciencias que se convierten, y en los gentiles que se vuelven al Dios verdadero. Y, sin embargo, no es así. Precisamente en los hijos de este pueblo la prontitud para seguir al Mesías se ve fuertemente obstaculizada, y, además, aunque duela decirlo, a medida que se sube a las clases más altas, más obstaculizada está. No lo digo para escandalizaros, sino para induciros a orar y a reflexionar.
¿Por qué sucede esto? ¿Por qué gentiles y pecadores avanzan más por mi camino?, ¿por qué acogen lo que Yo digo, y los otros no? Porque los hijos de Israel están anclados; es más, incrustados como madreperlas al banco en que nacieran. Porque están saturados, henchidos de su sabiduría, que los ha engordado, y no saben abrir camino a la mía desprendiéndose de lo superfluo para hacer espacio a lo necesario. Los otros no padecen esta esclavitud: son pobres paganos, o pobres pecadores, desancorados como naves a la deriva; son pobres, que no tienen tesoros propios, sino que sólo poseen fardos de errores y pecados de los que se desprenden con gozo en cuanto logran comprender la Buena Nueva y prueban su dulzura corroborante, bien distinta del desagradable revoltijo de sus pecados.
Escuchad, y quizás entenderéis mejor cómo de una misma acción pueden surgir diversos frutos.
Salió un sembrador a sembrar. Sus tierras eran muchas y de distintos tipos. Algunas de ellas las había heredado de su padre; en éstas, su falta de atención había permitido la proliferación de plantas espinosas. Otras eran adquiridas; las había comprado a una persona descuidada y las había dejado como estaban. Otras estaban atravesadas por caminos, porque el hombre era un comodón y no quería hacer mucho recorrido para ir de un lugar a otro. En fin, había algunas, las más cercanas a la casa, que había cuidado, para que el aspecto de delante de su casa fuera agradable; éstas tierras estaban bien limpias de cantos, de espinos, de malas hierbas, etc.
Pues bien, el hombre cogió su saquito de trigo de simiente, el de mejor calidad, y empezó a sembrar. La simiente cayó en el terreno bueno, esponjoso, arado, limpio, abonado, de las tierras cercanas a la casa. Cayó en las tierras cortadas por esos caminos más o menos anchos que las fragmentaban hasta la saciedad y que, además, eran fuente de despreciable polvo árido para la tierra fértil. Otras semillas cayeron en las tierras en que la ineptitud del hombre había dejado proliferar los espinos; el arado, ahora, los había arrastrado a su paso y parecía que ya no hubiera, pero seguían estando, porque sólo el fuego, la radical destrucción de las malas plantas, les impide volver a nacer. La última semilla cayó en los campos comprados poco antes, en esos campos que el sembrador había dejado como estaban cuando los adquirió, sin roturarlos profundamente, sin levantar todas las piedras que estaban hundidas en la tierra y que formaban un pavimento duro en que no podían prender las tiernas raíces. Una vez esparcida por los campos toda la simiente, volvió a su casa y dijo: "¡Bien!, ¡bien!, ahora no hay sino que esperar a la cosecha".
Y se regocijaba al ver con el paso de los meses, primero germinar bien espeso el trigo en las tierras que estaban delante de su casa, luego crecer -¡oh, qué suave alfombra! -y producir espiga -¡qué mar! -y dorarse y cantar su hosanna al sol entrechocándose las espigas. El hombre decía: "Como estas tierras serán todas las demás.
Preparemos la hoz y los graneros. ¡Cuánto pan! ¡Cuánto oro!", y exultaba de gozo. Segó el trigo de las parcelas más cercanas y luego pasó a las tierras que había heredado de su padre y que había dejado abandonadas. A1 verlas se quedó de piedra. Mucho trigo había nacido, porque eran buenas parcelas, y la tierra, bonificada por su padre, era rica y fértil. Pero esta misma fertilidad había actuado en las plantas espinosas -arrastradas por el arado pero aún vivas -, que habían renacido creando un verdadero techo de híspidos ramajes de espinos, a cuyo través sólo algunas escasas espigas de trigo habían podido emerger, con lo cual casi todo había quedado ahogado.
El hombre dijo: "Con estas parcelas he sido negligente, pero en otras no había espinos; irá mejor la cosa". Y pasó a las tierras que había comprado recientemente. Su estupor pasó a ser dolor: delgadas hojas de trigo, ya resecas, yacían, como heno seco, diseminadas por todas partes. Heno seco. "¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible!", se lamentaba el hombre. "¡Pues si aquí no hay espinos y el trigo era el mismo! Y había nacido bien compacto y hermoso: se ve por las hojas, bien formadas y numerosas. ¿Por qué, entonces, todo ha muerto sin formar espiga?". Y, con dolor, se puso a excavar en el suelo para ver si encontraba nidos de topos u otros flagelos. No había ni insectos ni roedores.
¡Ah, pero, cuántas piedras, cuántas piedras! Estas parcelas estaban, literalmente hablando, pavimentadas con lascas de piedra; era engañosa la poca tierra que las cubría. ¡Ah, si hubiera hincado profundamente el arado a su debido tiempo! ¡Ah, si hubiera excavado antes de aceptar esas tierras y comprarlas como buenas! ¡Ah, si, al menos, una vez cometido el error de adquirir lo que se le ofrecía sin asegurarse de su calidad, lo hubiera bonificado a fuerza de brazos! Pero ya era demasiado tarde. Inútil plañirse.
El hombre se enderezó, desanimado, y fue a ver los campos cortados por los caminos que él mismo, buscando la comodidad, había trazado… Y se rasgó las vestiduras del dolor. Aquí no había nada, absolutamente nada. La tierra oscura del campo estaba cubierta por un leve estrato de polvo blanco. El hombre se desplomó gimiendo: "Pero aquí, ¿por qué? Aquí no hay ni espinos ni piedras, porque estos campos son nuestros; mi abuelo, mi padre, yo, los hemos tenido siempre y durante muchos lustros los hemos hecho producir y han sido fértiles. Yo he abierto los caminos; habré quitado espacio a las parcelas, pero ello no puede haberlas hecho tan improductivas…". Estaba llorando cuando un nutrido conjunto de pájaros, que con frenesí se lanzaban de los senderos a la tierra de labor y de ésta a los senderos, para buscar, buscar, buscar semillas, semillas, semillas… le dieron la respuesta a su dolor: esta tierra se había convertido en una red de caminos, a cuyos bordes habían ido a parar granos de trigo, atrayendo así a muchos pájaros, los cuales primero se habían comido los granos que habían caído en el camino y luego lo que había caído dentro, hasta el último grano.
De esta forma, la simiente, igual para todas las parcelas, había producido, en unas, cien, en otras, sesenta o treinta o nada. El que tenga oídos para oír que oiga. La semilla es la Palabra, que es igual para todos; los lugares donde cae la simiente son vuestros corazones. Que cada cual lo aplique y lo comprenda. La paz sea con vosotros.
Luego, volviéndose a Pedro, dice:
-Remonta el río hasta donde te sea posible y amarra al otro lado.
Y mientras las dos barcas recorren un corto trecho por el río para luego detenerse junto a la orilla, Jesús se sienta y le pregunta al nuevo discípulo:
-¿Quién queda ahora en tu casa?
-Mi madre con mi hermano mayor, que está casado desde hace cinco años. Mis hermanas están en distintos puntos de esta región. Mi padre era muy bueno. Mi madre lo llora desconsoladamente.
El joven calla bruscamente al sentir que un sollozo le sube del corazón. Jesús lo agarra de una mano y dice:
-Yo también he experimentado este dolor y he visto llorar a mi Madre. Por tanto, te comprendo…
El fondo restriega contra el guijarral. Ello hace que la conversación se interrumpa, para permitir bajar de la barca. Ya no se ven las bajas colinas de Betsaida que casi se introducen en el lago; aquí hay una llanura rica en gramíneas que se extiende desde esta orilla, opuesta a Betsaida, hacia el Norte.
-¿Vamos a Merón? -pregunta Pedro.
-No. Cogemos este sendero que va por entre las tierras.
Los campos, hermosos y bien cuidados, muestran las espigas aún tiernas pero ya formadas. Todas a la misma altura y cimbreándose levemente por el viento fresco que viene del norte, parecen otro lago, pequeño, en que las velas son los árboles que esporádicamente se yerguen, llenos de trinos de pájaros.
-Estos campos no son como los de la parábola -observa el primo Santiago.
-¡No, sin duda! No han sido devastados por los pájaros, ni hay espinos ni piedras. ¡Hermoso trigo! Dentro de un mes ya estará dorado… y dentro de dos estará maduro para la hoz y el granero -dice Judas Iscariote.
-Maestro… Te recuerdo lo que has dicho en mi casa. Has hablado muy bien, pero yo empiezo ya a tener en la cabeza nubes desmadejadas como ésas del cielo… -dice Pedro.
-Esta noche te lo explicaré. Ahora tenemos ante nuestros ojos a Corazín.
Y Jesús mira fijamente al neodiscípulo diciendo: «A quien tiene se le da. El hecho de recibir no quita el mérito a la ofrenda. Llévame a vuestro sepulcro y a casa de tu madre.
El joven se arrodilla y besa entre lágrimas la mano de Jesús.
-Levántate. Vamos. Mi espíritu ha oído tu llanto. Quiero fortalecerte en el heroísmo con mi amor.
-Isaac el Adulto me había hablado de tu gran bondad.
¿Sabes qué Isaac, no? Aquel al que le curaste la hija. Ha sido el apóstol para mí. Pero veo que tu bondad es aún mayor de cuanto me habían referido.
-Iremos a saludar también al Adulto para darle las gracias por haberme dado un discípulo.
Llegan a Corazín. La primera casa es precisamente la de Isaac. El anciano, que está volviendo a casa, cuando ve al grupo de Jesús con los suyos, y entre ellos al joven de Corazín, levanta los brazos con su bastoncito en la mano.
Se queda sin respiración, a boca abierta. Jesús sonríe y su sonrisa devuelve la voz al anciano.
-¡Dios te bendiga, Maestro! ¿A qué se debe este honor?
-Para decirte "gracias".
-¿Por qué motivo, Dios mío? Soy yo quien debe decirte esta palabra. Pasa, pasa. ¿Qué pena que mi hija esté lejos asistiendo a su suegra! Porque se ha casado, ¿sabes? Toda suerte de bendiciones tras el encuentro mío contigo. Ella, curada; inmediatamente después, ese rico pariente, que regresaba de lejos, viudo, con unos pequeñuelos necesitados de una madre… ¡Bueno, pero si ya te he contado estas cosas! ¡Mi cabeza es anciana también! Perdona.
-Tu cabeza es sabia, se olvida además de gloriarse del bien que hace por su Maestro. Olvidarse del bien realizado es sabiduría; demuestra humildad y confianza en Dios.
-Bueno… yo… no sabría…
-¿Acaso no tengo este discípulo por ti?
-Bueno, no he hecho nada; sólo, decir la verdad… Me alegro de que Elías esté contigo.
Y se vuelve hacia Elías y dice:
-Tu madre, pasado el primer momento de estupor, vio enjugado su llanto al saber que eras del Maestro. Tu padre tuvo un digno duelo. Se le ha enterrado hace poco.
-¿Y mi hermano?
-Guarda silencio… Ya sabes… Le ha sido un poco duro el no verte… Por el pueblo… Piensa todavía así…
El joven se vuelve hacia Jesús:
-Es lo que dijiste. Pero no quiero que esté muerto… Haz que venga a la vida como yo, y a tu servicio.
Los otros no entienden y miran con ademán de pregunta a Jesús, quien sólo responde:
-No pierdas la esperanza y persevera.
Luego bendice a Isaac y se marcha, a pesar de todas las presiones en contra. Se detienen primero a orar junto a la tumba cerrada. Luego, atravesando un majuelo aún semideshojado, se dirigen a la casa de Elías. El encuentro entre los dos hermanos es más bien circunspecto: el mayor se siente ofendido y lo quiere poner de manifiesto; el menor se siente humanamente culpable y no reacciona. Pero cuando aparece la madre -la cual, sin mediar palabra, se postra y besa el extremo del vestido de Jesús -el ambiente y los ánimos se calman; tanto, que quieren hacer los honores al Maestro.
Pero Jesús no acepta nada, limitándose a decir:
-Sean justos vuestros corazones recíprocamente, como justo era el hombre al que lloráis. No deis impronta humana a lo sobrehumano: la muerte y la elección para una misión. El alma del justo no ha sufrido turbación al ver la ausencia del hijo en el entierro de su cadáver; es más, la seguridad sobre el futuro de su Elías le ha dado paz. No turbe el pensamiento del mundo la gracia de la elección.
Si el mundo se ha podido quedar sorprendido al no ver a éste junto al féretro paterno, los ángeles han exultado al verlo al lado del Mesías. Sed justos. Y a ti, madre, que esto te consuele; has educado sabiamente y tu hijo ha sido llamado por la Sabiduría. Os bendigo a todos. La paz os acompañe ahora y siempre.
Vuelven al camino que los ha de llevar al río y después a Betsaida. El hombre, Elías, no ha perdido ni un instante en el umbral de la casa paterna; tras el beso de despedida a su madre ha seguido al Maestro con la sencillez con que un niño sigue a su verdadero padre.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Veo a Jesús con sus once apóstoles -sigue faltando Juan -dirigiéndose hacia la orilla del lago. Mucha gente se aglomera en torno a Él: muchas de estas personas, en su mayor parte hombres, son las mismas que estaban en el Monte y que ahora se han llegado de nuevo a Él, a Cafarnaúm, para seguir escuchando su palabra. Intentan retenerlo, pero Jesús dice: -Yo soy de todos. Debo ir a otros muchos. Volveré. Ya os reuniréis de nuevo conmigo.
Ahora dejadme que me vaya.
Con mucha dificultad logra andar entre la muchedumbre que se comprime por la estrecha callecilla. Los apóstoles empujan para abrirle paso, pero es como incidir contra una sustancia blanduzca, que enseguida recupera la forma que tenía; incluso se irritan, pero inútilmente.
Ya se ve la orilla, cuando, tras un feroz esfuerzo, un hombre de mediana edad y de aspecto distinguido se acerca al Maestro y, para atraer su atención, le toca en el hombro.
Jesús se para, se vuelve y pregunta:
-¿Qué quieres?
-Soy escriba. Lo que hay en tus palabras supera toda comparación con lo que hay en nuestros preceptos. A mí me ha conquistado. Maestro, ya no te dejo. Te seguiré a dondequiera que vayas. ¿Cuál es tu camino?
-El del Cielo.
-No me refiero a ése. Lo que te pregunto es a dónde vas: después de ésta, ¿cuáles son tus casas, para poderte encontrar siempre?
-Las raposas tienen sus huras y las aves nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza. Mi casa es el mundo, está dondequiera que haya espíritus a los que enseñar, miserias que aliviar, pecadores que redimir.
-Entonces, por todas partes.
-Tú lo has dicho. ¿Serías capaz de hacer, tú, doctor de Israel, lo que éstos, los últimos, hacen por amor mío? Aquí se requiere sacrificio y obediencia, y caridad para con todos, espíritu de adaptación a todo y con todos.
Porque la condescendencia atrae. Porque quien quiere curar debe curvarse hacia todas las llagas. Luego vendrá la pureza del Cielo; aquí estamos en el fango, y hay que arrancarle al barro en que pisamos las víctimas que ya ha succionado. No subirse las vestiduras y apartarse porque ahí el barro cubre más. La pureza debe estar en nosotros. Tenemos que estar henchidos de ella de forma que nada más pueda entrar. ¿Puedes hacer todo esto?
-Prueba. Rogaré porque seas capaz de ello.
Jesús reanuda su camino. Luego, captada su atención por dos ojos que lo están mirando, dice a un joven alto y fuerte que se ha detenido para dejar pasar a la multitud, pero que parece llevar otra dirección:
-Sígueme.
El joven siente un sobresalto, cambia de color, parpadea como si hubiera sido deslumbrado por un resplandor, abre la boca para hablar, pero no encuentra en ese momento qué responder; al final dice:
-Te seguiré. Pero, se me ha muerto mi padre en Corazín; tengo que enterrarlo. Volveré después del entierro.
-Sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos. La Vida ya te ha succionado; por otra parte, tú lo has deseado. No llores por el vacío que en torno a ti te ha creado la Vida, para tenerte como discípulo suyo. Las mutilaciones del afecto son raíces de las alas que nacen en el hombre que se ha hecho siervo de la Verdad. Deja la corrupción a su suerte. Elévate hacia el Reino de lo incorrupto. Allí encontrarás también la perla incorruptible de tu padre. Dios llama y pasa. Mañana ya no encontrarías ni tu corazón de hoy ni la llamada de Dios.
Ven. Ve a anunciar el Reino de Dios.
El hombre, que está apoyado en una pared baja, con los brazos colgando, de los cuales penden las bolsas (que contienen sin duda los aromas y las vendas), tiene la cabeza agachada, y medita, en pugna entre los dos amores: el de Dios y el de su padre.
Jesús lo mira y aguarda, luego coge a un pequeñuelo y lo aprieta contra su corazón diciendo:
-Repite conmigo: "Te bendigo, Padre, e invoco tu luz para los que lloran envueltos por las ofuscaciones de la vida.
Te bendigo, Padre, e invoco tu fuerza para quien es semejante a un niño que necesita de alguien que lo sostenga. Te bendigo, Padre, e invoco tu amor para que canceles el recuerdo de todo lo que no seas Tú de la memoria de todos aquellos que en ti encontrarían -y no saben creerlo -todo bien propio, aquí y en el Cielo".
Y el niño -un inocente de unos cuatro años -repite con su vocecita las palabras santas, mientras Jesús le mantiene con su derecha las manitas unidas, en oración, cogidas por las muñecas regordetas, como si fueran éstas dos tallitos de flor.
El hombre se decide. Da a un compañero sus envoltorios y se acerca a Jesús, que pone en el suelo al niño tras haberlo bendecido y echa su brazo sobre los hombros del joven y sigue caminando así, para confortarlo y sostenerlo en su esfuerzo.
Otro hombre le interpela:
-También yo quisiera ir contigo como ese joven, pero antes de seguirte querría despedirme de mis familiares. ¿Me lo permites?
Jesús lo mira fijamente y responde:
-Demasiado arraigado en lo humano. Arranca las raíces, y, si no eres capaz de ello, córtalas. Al servicio de Dios se viene con espiritual libertad. Nada debe atar a quien se entrega.
-Pero, Señor, ¡la carne y la sangre son siempre carne y sangre! Alcanzaré lentamente la libertad de que hablas…
-No. Jamás lo lograrías. Dios, de la misma forma que es infinitamente generoso cuando premia, es también exigente.
Si quieres ser discípulo debes abrazar la cruz y venir; si no, te quedarás en el número de los simples fieles. El camino de los siervos de Dios no es de pétalos de rosa; es de exigencia absoluta. Nadie, habiendo puesto la mano sobre el arado para arar los campos de los corazones y esparcir en ellos la semilla de la doctrina de Dios, puede volverse para observar lo que ha dejado y lo que ha perdido, o lo que tendría si siguiera un camino común; quien así actúa no es apto para el Reino de Dios.
Trabájate a ti mismo, hazte viril y luego ven. Ahora no.
Llegan a la orilla. Jesús sube a la barca de Pedro y le susurra unas palabras; veo que Jesús sonríe y que Pedro hace un gesto de admiración, pero no dice nada. Sube también el hombre que ha dejado de ir a enterrar a su padre por seguir a Jesús.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús entra en Cafarnaúm. Viene de los campos. Le acompañan sólo los doce; es más, los once, porque Juan no está. Se producen los consabidos saludos de la gente: una gama muy variada de expresiones (desde los sencillísimos saludos de los niños, hasta los de las mujeres, un poco tímidos, o los de quienes han recibido la gracia de un milagro, extáticos, o incluso los curiosos o irónicos: los hay para todos los gustos). Jesús responde a todos según el modo en que es saludado: caricias para los pequeños; bendiciones para las mujeres; sonrisas para los agraciados; respeto profundo para los demás.
Pero esta vez a la serie se une el saludo del centurión del lugar -creo -. Su saludo es:
-¡Salve, Maestro!
Jesús responde con su expresión:
-¡Que Dios vaya a ti!
El romano prosigue:
-Hace varios días que te espero. Si no me reconoces como uno de los que te escuchaban en el Monte es porque estaba vestido de paisano. ¿No me preguntas por qué estaba allí?
Mientras, la gente se ha acercado, curiosa por ver cómo se desarrolla este encuentro.
-No te lo pregunto. ¿Qué quieres de mí?
-La orden recibida es seguir a quienes reúnen en torno a sí a la gente, porque demasiadas veces Roma ha tenido que arrepentirse de haber concedido reuniones aparentemente justas. Pero, viendo y oyendo, he pensado en ti como en… como en… Tengo un siervo que está enfermo, Señor. Yace en su lecho, en mi casa, paralizado a causa de un mal de huesos, y sufre terriblemente. Nuestros médicos no lo curan. He invitado a los vuestros a venir a mi casa, porque estas enfermedades se originan en los aires corrompidos de estas regiones y vosotros las sabéis curar con las hierbas del suelo que produce la fiebre, el suelo de la orilla donde se estancan las aguas antes de ser absorbidas por las arenas del mar; pero se han negado a venir. Me apena porque es un siervo fiel.
-Iré y te lo curaré.
-No, Señor. No te pido tanto. Soy pagano, inmundicia para vosotros. Si los médicos hebreos temen contaminarse por poner pie en mi casa, con mayor razón será contaminadora para ti, que eres divino. No soy digno de que entres en mi casa. Si dices desde aquí una palabra, una sola, mi siervo quedará curado, porque tienes mando sobre todo lo que existe.
Si yo -que soy un hombre que depende de muchas autoridades, la primera de las cuales es César (por lo cual tengo que obrar, pensar, actuar como se me dice) -puedo dar órdenes a los soldados que tengo bajo mi mando, de forma que si a uno le digo: "Ve", al otro: "Ven", y al siervo: "Haz esto", el uno va a donde le mando, el otro viene porque lo llamo, el tercero hace lo que le digo, pues Tú, que eres quien eres, serás inmediatamente obedecido por la enfermedad y desaparecerá.
-La enfermedad no es un hombre…-objeta Jesús.
-Tú tampoco eres un hombre, eres el Hombre; puedes, por tanto, imperar sobre los elementos y las fiebres, porque todo está sujeto a tu poder.
Algunas personalidades de Cafarnaúm se llevan un poco aparte a Jesús y le dicen:
-Aunque sea un romano, atiéndelo, porque es un hombre de bien y nos respeta y ayuda. Fíjate que ha sido él quien ha hecho construir nuestra sinagoga; además tiene controlados a sus soldados los sábados para que no nos ultrajen. Concédele, pues, esta gracia por amor a tu ciudad, a fin de que no se sienta defraudado y no se irrite y su amor hacia nosotros se vuelva odio.
Jesús, habiendo escuchado a éstos y al centurión, se vuelve a este último sonriendo y le dice:
-Ve caminando, que ahora voy yo.
Pero el centurión insiste:
-No, Señor. Como he dicho, el hecho de que vinieses a mi casa sería un gran honor, pero no merezco tanto; di sólo una palabra y mi siervo quedará curado.
-Pues así sea. Ve con fe. En este instante la fiebre lo está dejando y la vida está volviendo a sus miembros; haz que también llegue a tu alma la Vida. Ve.
El centurión saluda militarmente, se inclina y se marcha.
Jesús se le queda mirando mientras se marcha, luego se vuelve hacia los presentes y dice:
-En verdad os digo que no he encontrado tanta fe en Israel. Es verdad: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que habitaban en la oscura región de muerte ha surgido la Luz", y: "El Mesías, alzada su bandera sobre las naciones, las reunirá". ¡Oh, Reino mío, verdaderamente será incontable el número de los que a ti afluyan! Más que todos los camellos y dromedarios de Madián y de Efá, y que los transportadores de oro e incienso de Saba, más que todos los rebaños de Quedar y los carneros de Nebayot, serán los que a ti vayan, y mi corazón se dilatará de júbilo al ver venir a mí a los pueblos del mar y a las potencias de las naciones.
Las islas me esperan para adorarme, los hijos de los extranjeros edificarán los muros de mi Iglesia, cuyas puertas siempre estarán abiertas para acoger a los reyes y a las potencias de las naciones y para santificarlos en mí. ¡Lo que Isaías vio se cumplirá! Os digo que muchos vendrán de oriente y occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y rechinar de dientes.
-¿Estás profetizando que los gentiles estarán al mismo nivel que los hijos de Abraham?
-No al mismo nivel, sino a nivel superior. Que esto os duela sólo por el hecho de que es culpa vuestra. No lo digo Yo, lo dicen los Profetas, y los signos ya lo están confirmando. Ahora que alguno de vosotros vaya a casa del centurión para constatar que el siervo ha sido curado, como lo merecía la fe del romano. Venid. Quizás en la casa hay enfermos que esperan mi llegada.
Y Jesús, con los apóstoles y algún otro -la mayoría se ha lanzado, curiosa y alborotadora, hacia la casa del centurión -se dirige a la casa de siempre, a la casa en que se aloja los días que está en Cafarnaúm.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús, durante la noche, subiendo por el monte, se ha alejado bastante. La aurora lo muestra erguido sobre el borde de un despeñadero. Pedro lo ve y se lo indica a sus compañeros. Se encaminan hacia arriba en dirección a Él.
-Maestro -preguntan bastantes de ellos -¿por qué no has venido con nosotros?
-Necesitaba orar.
-Pero también tienes mucha necesidad de descansar.
-Amigos, durante la noche una voz venida del Cielo pedía oración por los buenos y por los malos, y también por mí mismo.
-¿Por qué? ¿Es que acaso la necesitas?
-Como los demás. Mi fuerza se nutre de oración; mi alegría, de hacer lo que mi Padre quiere. El Padre me ha dicho dos nombres de personas, y, para mí, un hecho doloroso. Estas tres cosas tienen necesidad de oración.
Jesús está muy triste. Mira a los suyos con una mirada que parece suplicar o querer preguntar algo; se posa en éste o en aquél y, finalmente, en Judas Iscariote, y en él se detiene.
El apóstol lo nota y pregunta:
-¿Por qué me miras así?
-No te veía a ti. Mis ojos contemplaban otra cosa…
-¿Y qué es?…
-La naturaleza del discípulo. Todo el bien y el mal que un discípulo puede dar a su Maestro y hacer por Él.
Pensaba en los discípulos de los Profetas y en los de Juan; y en los míos. Y rogaba por Juan, por los discípulos y por mí…
-Esta mañana estás triste y cansado, Maestro. Manifiesta tu pesar a quien te ama.
Es Santiago de Zebedeo el que lo invita a expresarse.
-Sí, dínoslo; que, si se puede hacer algo para aliviártelo, lo haremos -dice Judas Tadeo, el primo de Jesús.
Pedro habla con Bartolomé y Felipe, pero no comprendo lo que dicen.
Jesús responde:
-Sed buenos, esforzaos por ser buenos y fieles: ése será mi consuelo. No existe ningún otro, Pedro, ¿comprendes?; abandona esa sospecha. Queredme. Quereos. No os dejéis seducir por quien me odia. Amad sobre todo la voluntad de Dios.
-¡Sí, pero, si todo viene de ella, también de ella vendrán nuestros errores! -exclama Tomás con aire de filósofo.
-¿Tú crees? No es así. Pero… vamos, que muchos se han despertado ya y están mirando hacia aquí. Vamos a bajar. Santifiquemos el día santo con la palabra de Dios.
Descienden mientras los que dormían se van despertando en número cada vez mayor. Los niños, alegres como gorrioncillos, ya gorjean corriendo y saltando por los prados, y mojándose de rocío a base de bien; tanto que se ganan algún que otro pescozón, con el correspondiente lloro. Pero luego los niños corren hacia Jesús, que los acaricia, y recupera su sonrisa (como si reflejase en sí esas manifestaciones inocentes de alborozo).
Una niña quiere colgarle del cinturón un ramito de flores que ha cogido de los prados, «porque así es más bonita la túnica», y Jesús se lo consiente a pesar de que los apóstoles refunfuñen; es más, dice:
-¡Alegraos de que me quieran! El rocío se lleva el polvo de las flores, el amor de los niños aleja las tristezas de mi corazón.
Llegan contemporáneamente donde Jesús, que viene del monte, los peregrinos y el escriba Juan, que viene de su casa acompañado de muchos siervos cargados de canastos de pan, y con aceitunas, quesos pequeños y un corderito -quizás es un cabritillo -ya asado para el Maestro.
Todo lo depositan a los pies de Jesús, el cual se ocupa de repartirlo, dando a cada uno un pan y una tajada de queso con un puñado de aceitunas; llegado el turno de una madre que lleva todavía al pecho a un niñito regordete que ríe con sus dientecitos de leche, le da con el pan un pedazo de cordero asado, y esto lo repite con otros dos o tres que le parecen necesitados de reponer fuerzas en modo especial.
-Es para ti, Maestro -dice el escriba.
-Lo probaré, no lo dudes. Mira, el saber que tu bondad llega a muchos me mejora su sabor.
Termina el reparto. La gente come una parte de su pan y se reserva el resto para otro momento. Jesús bebe un poco de leche. El escriba ha querido servírsela personalmente en una taza valiosa, vertiéndola de una garrafilla que lleva uno de los siervos (es como una pequeña orza). -Pero tienes que concederme la alegría de poderte escuchar -dice el escriba Juan, a quien ha saludado Hermas con el mismo respeto con que Juan lo ha saludado, y Esteban con más respeto aún. -No te lo niego. Ven, arrímate aquí -y Jesús se pone junto a la pared del monte. Empieza a hablar.
-La voluntad de Dios nos ha retenido en este lugar porque alargar el camino ya recorrido hubiera sido lesivo contra los preceptos, con el correspondiente escándalo; tal cosa no debe suceder jamás hasta que no se escriba el nuevo Pacto.
Justo es santificar las fiestas y alabar al Señor en los lugares de oración, mas toda la creación puede ser lugar de oración si la criatura sabe convertirla en eso con su elevación hacia el Padre. Lugar de oración fue el Arca de Noé, a la deriva sobre las olas; y el vientre de la ballena de Jonás; lugar de oración fue la casa del Faraón cuando José vivió en ella; y la tienda de Holofernes para la casta Judit. ¿Y no era, acaso, sagrado para el Señor el lugar corrompido en que, esclavo, vivía el profeta Daniel; sagrado por la santidad de su siervo, que santificaba el lugar, hasta el punto de merecer las altas profecías del Cristo y el Anticristo, clave de estos momentos y de los últimos tiempos? Pues con mayor razón será santo este lugar que, con los colores, los perfumes, la pureza del aire, la riqueza de los cereales, las perlas del rocío, habla de Dios Padre y Creador y dice: "Creo; quered creer vosotros, pues de Dios damos testimonio". Sea, por tanto, la sinagoga de este sábado; leamos en ella las páginas eternas escritas sobre las corolas y las espigas, teniendo como sagrada lámpara el Sol.
He nombrado a Daniel. Os he dicho: "Sea este lugar nuestra sinagoga". Esto trae a la memoria el gozoso "benedicite" de los tres santos jóvenes entre las llamas del horno: "Cielos y aguas, rocío y escarcha, hielos y nieves, fuegos y colores, luces y tinieblas, relámpagos y nubes, montes y colinas, todo vegetal nacido, pájaros, peces, animales todos, alabad y bendecid al Señor, junto con los hombres de humilde y santo corazón". Éste es el resumen de este cántico santo que tanto enseña a los humildes y santos. Podemos orar y merecer el Cielo en cualquier lugar. Lo merecemos cuando hacemos la voluntad del Padre.
Hoy al amanecer se me ha hecho la observación de que, si todo viene de voluntad divina, también ésta quiere los errores de los hombres. Es un error, un error además muy difundido. ¿Puede, acaso, un padre querer que el hijo se haga merecedor de condena? No, no puede. Y, a pesar de ello, vemos en las familias que algunos hijos se hacen tales, incluso teniendo un padre justo que les señala el bien que hay que hacer y el mal que hay que evitar: ninguna persona recta acusará a ese padre de haber estimulado al hijo al mal.
Dios es el Padre, los hombres son los hijos. Dios señala el bien, y dice: "Mira, te pongo en esta circunstancia para tu bien"; o también, cuando el Maligno y los hombres que le sirven procuran desgracias a los hombres, Dios dice: "Mira, en esta hora penosa actúa así, de forma que este mal sirva para eterno bien". Os aconseja, pero no os fuerza. Pues bien, entonces, si uno, aun conociendo lo que sería la voluntad de Dios, prefiere hacer todo lo contrario, ¿se puede decir que tal cosa contraria es voluntad de Dios? No, no se puede.
Amad la voluntad de Dios; amadla más que a la vuestra, y seguidla contra las seducciones y los poderes de las fuerzas del mundo, de la carne y el demonio. También estas cosas tienen su voluntad, mas en verdad os digo que bien infeliz es quien ante ellas se doblega.
Me llamáis Mesías y Señor. Decís que me amáis y me entonáis alabanzas. Me seguís, y tal cosa parece amor. Y, sin embargo, en verdad os digo que no todos de entre vosotros entrarán conmigo en el Reino de los Cielos. Incluso entre mis más próximos y antiguos discípulos habrá quien no entre, porque muchos harán su voluntad, o la de la carne, el mundo y el demonio; no la de mi Padre. No quien me dice: "¡Señor! ¡Señor!" entrará en el Reino de los Cielos, sino aquellos que hacen la voluntad del Padre mío; sólo éstos entrarán en el Reino de Dios.
Llegará un día en que Yo, quien os está hablando, tras haber sido Pastor, seré Juez. No os confiéis ilusamente en mi aspecto actual. Ahora mi cayado congrega a todas las almas dispersas y se muestra dulce para invitaros a venir a los pastos de la Verdad; entonces, el cayado será substituido por el cetro del Juez Rey y muy distinta será mi potencia. Entonces, separaré, no con dulzura sino con justicia inexorable, las ovejas que se alimentaron de Verdad de aquellas otras que mezclaron Verdad y Error o se nutrieron sólo de Error. Una primera vez y luego otra haré esto.
¡Ay de aquellos que entre la primera y la segunda comparecencia ante el Juez no se hayan purgado, no puedan purgarse de los venenos. La tercera categoría no se purgará. Ninguna pena podría purgarla. Ha querido sólo el Error. En el Error permanezca.
Pues en ese momento habrá incluso, entre éstos, quien gima: "¿Cómo es esto, Señor? ¿No hemos profetizado en tu nombre, no hemos arrojado demonios y realizado muchos prodigios en tu nombre?". Pero Yo, en ese momento, muy claramente les diré: "Sí, habéis osado revestiros de mi Nombre para aparecer como no erais; habéis querido hacer pasar por vida en Jesús vuestro satanismo. El fruto de vuestras obras os acusa. ¿Dónde están los salvados por vosotros? ¿Dónde se cumplieron vuestras profecías? ¿A qué llevaron vuestros exorcismos? ¿Quién fue el cómplice de vuestros prodigios? ¡Oh, sí, muy potente es mi Enemigo, pero no está por encima de mí! Os ayudó, sí, para aumentar su botín; por obra vuestra se ensanchó el círculo de los que fueron arrastrados a la herejía. Realizasteis prodigios, sí, incluso aparentemente mayores que los de los verdaderos siervos de Dios, que no son histriones que dejan estupefactas a las muchedumbres, sino que son humildad y obediencia que dejan estupefactos a los ángeles. Mis siervos verdaderos, con sus inmolaciones, no crean fantasmas, sino que los cancelan de los corazones; ellos, mis verdaderos siervos, no se imponen a los hombres, sino que muestran a Dios a los corazones de los hombres; lo único que hacen es cumplir la voluntad del Padre y llevan a otros a cumplirla (de la misma forma que una ola impulsa a la que la precede y atrae a la que la sigue), sin colocarse sobre un trono para decir: `Mirad'.
Ellos, mis siervos verdaderos, hacen lo que Yo digo, sin pensar sino en hacerlo, y sus obras llevan ese signo mío de paz inconfundible, de mansedumbre, de orden. Por tanto puedo deciros: éstos son mis siervos; a vosotros no os conozco. Alejaos de mí todos vosotros, obradores de iniquidad".
Esto diré entonces. Tremenda palabra será. Estad atentos a no merecérosla. Id por el camino seguro de la obediencia aunque sea penoso -hacia la gloria del Reino de los Cielos.
Ahora gozaos vuestro reposo del sábado alabando a Dios con todo vuestro ser. La paz sea con todos vosotros.
Y Jesús bendice a la muchedumbre antes de que ésta se disperse en busca de sombra, hablando en grupos, comentando las palabras oídas. Con Jesús se quedan los apóstoles y el escriba Juan, que no habla pero medita profundamente, escudriñando todos los gestos de Jesús. Concluye así el ciclo del Monte.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Entre las muchas flores que perfuman el suelo y alegran la vista, se yergue el horrendo espectro de un leproso, llagado, maloliente, corroído.
La gente grita de espanto y se vuelca de nuevo hacia las primeras pendientes del monte. Hay quien incluso agarra piedras para tirárselas al imprudente.
Pero Jesús se vuelve, con los brazos abiertos, gritando:
-¡Paz! ¡Quedaos donde estáis y no tengáis miedo! Dejad las piedras. Tened piedad de este pobre hermano. También él es hijo de Dios.
La gente obedece dominada por el poder del Maestro, que se acerca a través de las altas hierbas en flor hasta pocos pasos del leproso, el cual a su vez, habiendo comprendido que está bajo la protección de Jesús, se ha acercado también.
Ya próximo a Jesús, se postra: la hierba florecida lo acoge, lo sumerge, cual fresca y perfumada agua. Las flores ondean y se agrupan, como haciendo de velo a la miseria celada tras ellas. Sólo la voz quejumbrosa que de allí dentro proviene recuerda la presencia de un pobre ser. La voz dice:
-Señor, si Tú quieres puedes limpiarme. ¡Ten piedad también de mí!
Jesús responde:
-Alza tu rostro y mírame. El hombre debe saber mirar al Cielo cuando cree en él; y tú crees, porque pides.
Las hierbas se agitan y se abren de nuevo. Aparece, cual cabeza de náufrago sobre la superficie del mar, el rostro del leproso, despojado de cabellos y de barba. Es una cabeza de calavera con restos de carne todavía.
Sin embargo, Jesús se atreve a colocar la punta de sus dedos en esa frente, en el punto en que está limpia, o sea, sin llagas, donde sólo es piel cinérea, escamosa, entre dos erosiones purulentas, de las cuales una ha destruido el cuero cabelludo y la otra ha abierto un hueco donde antes estaba el ojo derecho, de manera que no sabría decir si dentro de ese enorme agujero lleno de porquería, que va desde la sien hasta la nariz, dejando al descubierto el pómulo y el cartílago nasal, está o no todavía el globo ocular.
Y dice Jesús, manteniendo apoyada ahí la punta de su bonita mano:
-Lo quiero. Queda limpio.
Y, como si el hombre no estuviera corroído por la lepra y llagado, sino sólo recubierto de porquería, y sobre él se arrojasen aguas purificadoras, el mal desaparece.
Primero se cierran las llagas, luego recupera su color claro la piel, el ojo derecho vuelve a aparecer bajo el renacido párpado, los labios vuelven a cerrarse delante de los dientes amarillentos. Sólo le siguen faltando el pelo y la barba (aparecen escasos mechones de pelo en los lugares donde antes existía todavía un trocito de epidermis sana).
La muchedumbre grita de estupor. El hombre, por esos gritos de júbilo, comprende que ha quedado curado. Levanta las manos, que hasta este momento habían quedado escondidas entre la hierba, y se toca el ojo, en el lugar en que antes estaba el enorme agujero; se toca la cabeza, donde antes estaba la extensa llaga que dejaba al descubierto el hueso craneal, y siente la nueva piel. Entonces se pone en pie y se mira el pecho, las caderas… Todo ha quedado curado y limpio… El hombre se deja caer de nuevo sobre el prado florido llorando de alegría.
-No llores. Levántate y escúchame. Cumple el rito y vuelve a la vida; no hables a nadie hasta que no lo hayas cumplido. Preséntate lo antes posible al sacerdote, haz la ofrenda prescrita por Moisés como testimonio del milagro de tu curación.
-¡A ti te debería presentar mi testimonio, Señor!
-Así lo harás amando mi doctrina. Ve.
La muchedumbre se ha acercado de nuevo, y, aun guardando debida distancia, se congratula con el hombre que ha sido curado. No falta quien siente la necesidad de arrojarle, como viático, unas monedas. Otros le lanzan unos panes y otras provisiones, y uno, viendo que el vestido del leproso no es sino un harapo reducido a jirones que deja todo al descubierto, se quita el manto, lo anuda como si fuese un pañuelo muy grande y se lo arroja al leproso, el cual puede así taparse de forma decente. Otro -pues la caridad es contagiosa cuando se hace en común -no resiste al deseo de procurarle las sandalias: se las quita y las lanza hacia el leproso.
-¿Y tú? -pregunta Jesús al ver el gesto.
-Estoy aquí cerca. Puedo andar descalzo. Él tiene que recorrer mucho camino.
-La bendición de Dios descienda sobre ti y sobre todos los que han favorecido a este hermano. Hombre: pedirás por ellos.
-Sí, sí; por ellos y por ti: para que el mundo tenga fe en ti.
-Adiós. Ve en paz.
El hombre anda unos metros y luego se vuelve y grita:
-¿Puedo decirle al sacerdote que Tú me has curado?
-No hace falta. Di solamente: "El Señor ha tenido misericordia de mí". Dices toda la verdad y no hace falta más.
La gente se arremolina en torno al Maestro. Es un círculo que bajo ningún concepto quiere abrirse. Pero, entretanto, el sol se ha ocultado y comienza el reposo del sábado. Los centros habitados están lejos. De todas formas, la gente no echa de menos ni el pueblo ni la comida ni nada. No sucede lo mismo con los apóstoles, y se lo comentan a Jesús. También los discípulos ancianos están preocupados.
Hay mujeres y niños, y, si bien la temperatura de la noche es moderada y la hierba de los campos está blanda, las estrellas no son pan ni se transforman en alimentos las piedras de las laderas.
Jesús es el único que se lo toma con tranquilidad. La gente, mientras, come lo que les había sobrado, sin mayores problemas. Jesús llama la atención de los discípulos sobre este hecho:
-¡En verdad os digo que éstos están más adelantados que vosotros! Mirad con qué despreocupación consumen todo lo que tienen. Les he dicho: "El que no sea capaz de creer que mañana Dios dará el alimento a sus hijos que se retire", y se han quedado aquí. Dios no desmentirá a su Mesías ni defraudará a quien en Él espera.
Los apóstoles se encogen de hombros y ya no se ocupan de nada más.
Se pone la tarde, después de un intenso rojo de ocaso, serena y bella; el silencio del campo se extiende sobre todas las cosas, tras el último coro de los pájaros. Algún frufrú del viento y luego el primer vuelo mudo de ave nocturna junto a la primera estrella y la primera rana que croa.
Los niños ya duermen. Los adultos hablan entre sí. De vez en cuando alguno va a donde el Maestro a pedirle alguna aclaración. Es así que no se produce estupor cuando, por un sendero entre dos campos de trigo, se ve venir a una persona que impone por su aspecto, indumento y edad. Le siguen algunos hombres. Todos se vuelven a mirarlo y se lo señalan unos a otros bisbiseando. El bisbiseo se transmite de grupo a grupo. Se aviva y se atenúa. Los grupos más lejanos se acercan atraídos por la curiosidad.
El hombre de noble aspecto llega hasta donde Jesús, que está sentado al pie de un árbol escuchando a unos hombres, y lo saluda con toda reverencia. Jesús se alza enseguida y responde al saludo con igual respeto. Los presentes se centran completamente en ellos.
-Estaba en el monte. Quizás has pensado que no tenía fe, que me iba por miedo a tener que ayunar. La verdad es que me fui por otro motivo. Quería comportarme como hermano con los hermanos, como el hermano mayor. Quisiera manifestarte aparte lo que pienso. ¿Podrías escucharme? A pesar de ser un escriba, no soy enemigo tuyo.
-Vamos un poco lejos… -y se meten entre los cereales.
-Quería proveer de alimento a los peregrinos, así que bajé para encargar que hicieran pan para una multitud. Respecto a la distancia estoy dentro de la Ley, porque estos campos son míos y de aquí a la cima se puede recorrer en día de sábado. Mi intención era venir mañana con los siervos, pero he sabido que estabas aquí con la muchedumbre. Te ruego que me permitas surtir de lo necesario a la muchedumbre este sábado; si no, sentiría demasiado el haber renunciado a tus palabras por nada.
-En ningún caso hubiera sido por nada, porque el Padre te habría recompensado con sus luces. Yo por mi parte te doy las gracias. No te defraudaré. Lo único que quisiera observarte es que la gente es mucha.
-He encargado que enciendan todos los hornos, incluso los que se usan para secar productos agrícolas. Conseguiré pan para todos.
-No lo digo por eso, lo digo por la cantidad de pan…
-No me causa problema. El año pasado recogí mucho trigo, y este año ya ves qué espigas. Déjame, que sé lo que hago. ¡Qué mayor seguridad para mis tierras! Y, además,
Maestro… ¡El pan que me has dado hoy!… ¡Tú sí que eres Pan del espíritu!…
-Sea entonces como quieres. Ven, vamos a decírselo a los peregrinos.
-No. Tú lo has dicho.
-¿Y eres escriba?
-Sí, lo soy.
-Que el Señor te lleve a donde tu corazón merece.
-Comprendo lo que no dices. Quieres decir: a la Verdad. Porque en nosotros hay mucho error y.., y mucha mala fe.
-¿Quién eres?
-Un hijo de Dios. Ruega al Padre por mí. Adiós.
-La paz sea contigo.
Jesús regresa lentamente hacia los suyos mientras el hombre se aleja con los siervos.
-¿Quién era? ¿Qué quería? ¿Te ha dicho alguna cosa desagradable? ¿Tiene algún enfermo?
Jesús se ve asaltado de preguntas.
-No sé quién es. Bueno, quiero decir, tiene buen corazón y esto me…
-Es Juan el escriba -dice uno de la multitud.
-Bien, pues ahora lo sé por tus palabras. Quería sencillamente ser el siervo de Dios para con los hijos de Dios. Orad por él porque mañana todos comeremos gracias a su bondad.
-Verdaderamente es un justo» dice uno.
-Sí. Lo que no sé es cómo puede ser amigo de otros -comenta otro.
-Fajado de escrúpulos y de reglas como un recién nacido; pero no es malo -concluye otro.
-¿Son éstas sus tierras? -preguntan muchos, que no son de la zona.
-Sí. Creo que el leproso era uno de sus siervos o de sus labriegos; pero permitía que estuviera en las cercanías, e incluso creo que le daba de comer.
La crónica continúa, pero Jesús se abstrae de ello y llama a sí a los doce y les pregunta:
-¿Y ahora qué tengo que deciros por vuestra incredulidad? ¿No ha puesto, acaso, el Padre pan para todos nosotros en las manos de una persona que, por su casta, está contra mí?
¡Oh, hombres de poca fe!… Id, id allí, al mullido heno y dormid. Yo voy a orar al Padre para que abra vuestros corazones y para darle las gracias por su bondad. Paz a vosotros.
Y va a las primeras pendientes del monte. Se sienta y se recoge en su oración. Alza los ojos y ve el rebaño de las estrellas que abarrotan el cielo; los baja y ve el rebaño de los que duermen echados en los prados. Nada más; mas es tal la alegría que siente en su corazón, que parece transfigurarse de luz…