REGRESANDO A CASA
Testimonio
Dice:
“Yo crecí fundamentalista bautista en una zona rural de Carolina del Norte (USA).
Al catolicismo sólo lo conocía por televisión y por las enciclopedias. Por eso, crecí sin ningún sentimiento anticatólico...
Mi padre era pastor... Y yo llegué a ser predicador bautista...
En una conferencia ecuménica, encontré a muchos devotos e instruidos católicos, que vivían profundamente su fe y sabían exactamente por qué eran católicos.
Un domingo asistí a su misa. Era la fiesta del Corpus Christi y Fr. John Michael Beers celebraba la misa en la que citó a san Agustín, hablando de la Eucaristía.
Mi esposa y yo comenzamos a estudiar el catolicismo, del que sabíamos muy poco, y, cuando viajábamos, íbamos a la misa católica, en vez de ir al servicio bautista.
Después de varios meses de estudio, encontramos a Fr. Conrad Kimbrough, un sacerdote de la diócesis de Charlotte, que fue providencial para nosotros.
Este santo y sabio sacerdote, convertido él mismo, fue el instrumento de nuestra conversión. Nos recomendó leer los escritos de los Santos Padres de la primitiva Iglesia para ver cuál era la religión de los primeros cristianos.
Cuando comencé a leer estos escritos como la Didache, la tradición apostólica de san Hipólito, la epístola de Papa san Clemente a los corintios o los escritos de san Ireneo, me admiré de que aquellas doctrinas, que yo había considerado como inventos medievales, por ejemplo la veneración de los santos o la oración por los difuntos, estaban claramente aceptadas en la antigüedad...
Después leí las siete cartas de san Ignacio de Antioquía, que fue martirizado el año 107, y en ellas habla de la presencia real de Jesús en la Eucaristía y de la importancia esencial de la sucesión apostólica desde el principio. Por eso, me hice católico.
El 1° de enero de 1994, mi esposa y yo, fuimos bautizados condicionalmente y recibidos en la Iglesia católica, recibiendo la primera comunión.
Yo me sentí como un hombre que había vivido comiendo sólo pan y agua toda su vida, y descubre de pronto un suntuoso banquete al que es invitado...
Me sentía como un hombre que toda su vida ha estado hablando de que debe construir una casa, pero nunca ha tenido un martillo ni una sierra para hacerlo.
Ahora he descubierto todas las herramientas en la adoración eucarística, el rosario, el oficio divino, etc.
Desde que hemos entrado a la Iglesia católica, Dios nos ha bendecido con tres nuevos hijos.
Hemos vivido en distintos lugares y hemos encontrado maravillosos católicos y muchos convertidos.
Cada conversión es única. Pero la conversión no es el final, sino el comienzo de un nuevo viaje de crecimiento.
Desde hace dos mil años, Jesús ha estado presente en el sacramento eucarístico para hacernos santos”108
108 Moss Rosalind, o.c., pp. 71-81.
