Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Nos cuenta en su Autobiografía espiritual su profundo amor a Jesús Eucaristía:

El año 1900, cuando Jesús empezó a llamarme desde el fondo del sagrario en concepto de buen pastor con amorosos silbidos, entró mi alma en nueva fase de vida; me establecí en el sagrario y empecé a vivir de la vida de Jesús sacramentado en concepto de fiel y amante ovejita…

Decíame que el sagrario era el aprisco y Él mi pastor, pero pastor divinamente apasionado y celoso de su rebaño, y yo su ovejita privilegiada y singularmente amada de su divino Corazón.

Desde entonces, mis relaciones con Jesús sacramentado estrecháronse y fueron tan íntimas y continuas que ni de día ni de noche podía separarme de su lado, excepto el tiempo preciso del sueño y el que empleaba en el cumplimiento de mis deberes comunes o particulares, para los cuales era necesario abandonar el santuario…

Vivía con el cuerpo en el convento o en el coro, pero mi alma yacía con Jesús en el fondo del sagrario, empleada toda en contemplar su divina belleza y en amar su infinita bondad, que conocía por experiencia; pues gozaba los efectos de su bondad y ternura divinas.

¡Qué belleza la suya tan divina! ¡Qué bondad, qué ternura, qué afabilidad tan fascinadora!

Deseando corresponder a sus finezas, me ofrecía y me entregaba a Jesús sacramentado en concepto, ora de preciosa flor transplantada al místico vergel del sagrario, ora en concepto de amante paloma y tórtola solitaria para hacerle compañía, consolarle en sus penas y hacer su felicidad en la sagrada Eucaristía.

Entregábame también a su santo amor y servicio en concepto de ángel tutelar, para custodiarle en el sagrario y hacerle la guardia de honor, en unión con los espíritus angélicos que le hacen la corte en todos los sagrarios del mundo cristiano y, especialmente, en nuestra iglesia.

En el sagrario, no solamente gozaba de la presencia del Verbo humanado, sino también de la asistencia y compañía de los espíritus angélicos, que rodean las sagradas hostias.

Vivía en intimidad con ellos y los trataba con una confianza llena de respeto, como a hermanos y confidentes. Cuando entraba en el coro, adoraba a Jesús con viva fe.

Luego, saludaba a los santos ángeles, les agradecía el culto que habían tributado al Señor en mi ausencia y, como recompensa, pedía para ellos muchos grados de gloria accidental…

Luego, identificada con los ángeles o asociada a ellos, me presentaba a Jesús sacramentado, le tributaba mis homenajes de amor y respeto, contemplaba los misterios que me inspiraba y le hacía la guardia de honor72.

En todas las misas o altares, me ofrecía a Dios Padre, en unión con su divino Hijo, para los altísimos fines que este divino Señor se ofrece. Y, no sólo en todas las misas, sino también en todos los sagrarios y tabernáculos, donde yace Jesús sacramentado, reservado o expuesto a la veneración de los fieles, me ofrecía a Dios Padre en unión suya73.

Otra de mis ocupaciones principales era asistir en espíritu a todas las misas que se celebraban en el mundo y acompañar a Jesús en todos los sagrarios y tabernáculos donde yacía sacramentado74.

72 Sorazu Ángeles, Autobiografía espiritual, Ed. Fundación universitaria española, Madrid, 1990, pp.
269-274.
73 ib. p. 429.
74 ib. p. 448.

Categorías