Autora: Luisa Piccarretta

Encontrándome en mi habitual estado, estaba pensando en la Pasión de nuestro Señor, y mientras esto hacía, él vino y me dijo:

“Hija mía, me es tan grato quien siempre va rumiando mi Pasión, la siente y me compadece, que me siento como retribuido por todo lo que sufrí en el curso de mi Pasión.

El alma, rumiándola siempre, llega a formar un alimento continuo en el que hay variados condimentos y sabores, que producen en ella diversos efectos.

Entonces, si durante mi Pasión me dieron cadenas y cuerdas para atarme, el alma me desata y me da libertad; aquellos me despreciaron, me escupieron y me deshonraron, ella me aprecia, me limpia de esas escupitinas y me honra; aquellos me desnudaron y me flagelaron, ella me cura y me viste; aquellos me coronaron de espinas, me trataron como rey de burla, me amargaron la boca con hiel y me crucificaron; el alma, rumiando todas mis penas, me corona de gloria y me honra como su Rey, me llena la boca de dulzura y me da el alimento más exquisito, como es el recuerdo de mis mismas obras; me desclava de la Cruz y me hace resucitar en su corazón.

Y por cada vez que todo esto hace, Yo como recompensa le doy una nueva vida de Gracia; de manera que ella es mi alimento y Yo me hago su alimento continuo.

Así que, la cosa que más me gusta es que el alma rumie continuamente y siempre mi Pasión”.

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