574- En Enón, rescatado y acogido el pastorcillo Benjamín. Hacia Tersa

Enón, un puñado de casas, está más arriba, hacia el Norte. Conserva el lugar en que estuvo Juan el Bautista: es una gruta rodeada de exuberante vegetación.

Poco distantes, unos manantiales gotean, para formar después un regato bien nutrido de aguas que van hacia el Jordán. Jesús está solo, sentado fuera de la gruta, en el lugar en que se despidió de su primo.

La aurora apenas pone rosicler el oriente y las frondas se desadormecen con los trinos de los pájaros que se despiertan. Balidos llegan de los apriscos de Enón. Un rebuzno rasga ambiente sereno.

Rumor confuso de pasitos por el sendero. Pasa un rebaño de cabras guiadas por un adolescente que, titubeante, se detiene un momento a mirar a Jesús. Luego se marcha. Pero, al cabo de poco, vuelve, porque una cabrita se ha emperrado en quedarse ahí, observando a ese hombre al que no estaba acostumbrada a ver en ese lugar y que ahora extiende su larga mano para ofrecerle un tallo de mejorana y le acaricia su cabeza inteligente.

El pastorcillo titubea. No sabe si alejar al animal o dejar que Jesús lo acaricie, sonriendo, como contento de que sin temor haya ido a acurrucarse a sus pies y le haya puesto la cabeza en las rodillas. También las otras cabras vuelven, comiendo la hierba tachonada de florecillas.

El pastorcillo pregunta:

-¿Quieres leche? No he ordeñado todavía a dos cabras rebeldes, que si no están bien llenas de comida amochan al que les aprieta en el pecho; son iguales que su amo, que si no está bien lleno de ganancias, nos da de palos.
-¿Eres siervo, pastor?

-Soy huérfano. Estoy solo. Y soy siervo. Él es pariente mío porque es el marido de la hermana de la madre de mi madre. Y mientras vivía Raquel… Pero hace muchos meses que murió… Y yo soy muy infeliz… ¡Tómame contigo! Estoy acostumbrado a vivir de nada… Te serviré… Un poco de pan me basta como paga. Tampoco aquí tengo nada…

Si me pagara, me iría. Pero dice: "¿Tu dinero? No. Me lo quedo yo, porque te visto y te doy de comer". ¡Me viste!
Ya lo ves. ¡Me da de comer!… Mírame… Y éstos
son los palos… Mi pan de ayer, éste…

Enseña unos cardenales en los brazos y hombros delgadísimos.

-¿Qué habías hecho?
-Nada. Tus compañeros, los discípulos quiero decir, hablaban del Reino de los Cielos, y yo estaba escuchando… Era sábado. Aunque no trabajara, no estaba ocioso, porque era sábado… Me pegó fuerte, tanto que… que no quiero seguir con él. Tómame contigo. Si no huyo…

He venido adrede aquí esta mañana. Tenía miedo de hablar. Pero Tú eres bueno y hablo.

-¿Y el rebaño? No querrás huir con él, claro…
-Lo llevo al aprisco… El hombre, dentro de poco, irá al bosque para cortar leña… Yo llevo el rebaño y huyo.

¡Tómame contigo!

-¿Pero tú sabes quién soy?
-¡Eres el Cristo! El Rey del Reino de los Cielos. El que te sigue es feliz en la otra vida. Aquí nunca he tenido alegría… pero, no me rechaces… que tenga alegría allí… Llora echado a los píes de Jesús, cerca de la cabrita.

-¿Cómo me conoces tan bien? ¿Es que me has oído hablar?
-No. Sé desde ayer que aquí, donde estaba el Bautista, estabas Tú. Pero alguna vez pasaban por Enón discípulos tuyos. Les he oído a ellos. Se llaman Matías, Juan, Simeón, y estaban a menudo porque Juan el Bautista había sido su maestro antes de ti. Y luego Isaac… En Isaac yo sentía a mi padre y a mi madre. Isaac quería liberarme del patrón, y dio dinero. ¡Pero él! Cogió el dinero, eso sí, pero luego no me libertó, y se burló de tu discípulo.

-Sabes muchas cosas. Pero ¿sabes a dónde voy?
-A Jerusalén. Pero no llevo escrito en la cara que sea de Enón.

-Voy más lejos. Pronto me marcharé y no podré tomarte conmigo.

-Tómame el poco tiempo que puedas.
-¿Y luego?
-Y luego… Lloraré, pero iré con los de Juan, que fueron los primeros que dijeron a este pobre muchacho que la alegría que los hombres no dan en la Tierra la da Dios en el Cielo a quien ha tenido buena voluntad. Yo, por tenerla, me he llevado muchos palos y he pasado mucha hambre, pidiendo a Dios que me diera esta paz. Ya ves que he tenido buena voluntad…

Pero ahora, si me rechazas… ya no podré tener esperanza… Llora quedo, suplicando a
Jesús más que con los labios con los ojos llorosos.

-No tengo dinero para tu rescate. Ni sé si tu patrón daría el consentimiento.

-Pero ya han pagado por mí. Tengo testigos. Elí, Leví y Jonás lo vieron, y se enfadaron con el hombre. ¡Y son los más importantes de Enón, eh!

-Sí es así… Vamos. Levántate y ven.
-¿A dónde?
-Donde tu patrón.

-¡Tengo miedo! Ve Tú solo. Está allí, en aquel monte, entre los árboles cortando madera. Yo espero aquí.

-No tengas miedo. Mira, vienen mis discípulos. Seremos muchos para él. No te hará ningún daño. Levántate. Iremos a Enón, a buscar a los tres testigos y luego vamos donde tu patrón. Dame la mano. Después te confiaré a los discípulos que conoces. ¿Cómo te llamas?

-Benjamín.
-Tengo otros dos pequeños amigos que se llaman así. Tú serás el tercero.
-¿Amigo? ¡Demasiado! Soy siervo.
-Del Señor Altísimo. De Jesús de Nazaret eres el amigo. Ven. Recoge el rebaño y vamos.

Jesús se levanta y, mientras el pastorcito reúne y empuja a las cabras reacias hacia el camino de regreso, hace señas a los apóstoles (que vienen por el sendero y miran hacia Jesús) de que se apresuren. Ellos aceleran el paso.

Mas ya el rebaño está en camino y Jesús, con el pastorcito de la mano, va hacia ellos…

-¡Señor! ¿Te has hecho pastor de cabras? Verdaderamente Samaria puede ser llamada la cabra… Pero Tú…

-Yo soy el Buen Pastor y transformo las cabras en corderos. Además, todos los niños son corderos, y éste es poco más que niño».

-¿No es el niño al que aquel hombre se llevó ayer con tan malos modales? -dice Mateo observándolo.

-Creo que es él. ¿Eres tú?
-Soy yo.

-¡Oh, pobre muchacho! ¡Tu padre está claro que no te quiere! -dice Pedro.

-Mí patrón. No tengo más padre que a Dios.
-Sí. Los discípulos de Juan instruyeron su ignorancia y confortaron su corazón, y en el momento preciso el Padre de todos hizo que nos encontráramos. Vamos a Enón para tomar con nosotros a tres testigos, y luego vamos donde su patrón… ­dice Jesús.

-¿Para que nos dé al muchacho? ¿Y dónde está el dinero? María ha distribuido lo último que tenía… -observa Pedro.

-No hay necesidad de dinero. No es esclavo y ya han dado dinero para que el patrón lo deje libre. Lo dio Isaac, que sintió compasión del niño.

-¿Y por qué no recibió el niño?
-Porque muchos son los burladores de Dios y del prójimo.

Ahí está mi Madre con las mujeres. Id a decirles que no sigan viniendo.

Santiago de Zebedeo y Andrés se echan a correr, raudos como gacelas. Jesús acelera el paso hacia su Madre y las discípulas, y cuando llega ellas ya saben y observan con compasión al jovencito.

Regresan a buen paso hacia Enón. Entran. Van, guiados por el muchacho, a la casa de Elí, que es un hombre añoso, de ojos enturbiados por los años, pero todavía vigoroso. De joven debió ser robusto como una encina de estos lugares.
-Elí, el Rabí de Nazaret me toma consigo si…

-¿Te toma consigo? Obra mejor no podría hacer. Estando aquí acabarías haciéndote malo. El corazón se endurece cuando dura demasiado la injusticia. Y es demasiado dura.

¿Lo has encontrado? El Altísimo, entonces, escucha tu llanto, aunque sea llanto de un niño samaritano. Dichoso tú, entonces, que por la edad careces de cadenas y puedes seguir a la Verdad sin que nada te retenga, ni siquiera la voluntad de un padre o de una madre. Lo que durante tantos años parecía un castigo ahora se muestra como providencia. Dios es bueno. Pero ¿qué quieres de mí, que has venido aquí? ¿Mi bendición? Como Anciano del lugar, te la doy.

-Tu bendición quiero. Porque eres bueno. Y también he venido para que tú, con Leví y Jonás, vinierais, junto con el Rabí, donde mi patrón, para que no pida más dinero.

-¿Pero dónde está el Rabí? Soy viejo y veo poco, y reconozco sólo a los que conozco mucho. No conozco al Rabí.

-Aquí está. Delante de ti.
-¿Aquí? ¡Poder eterno!

El anciano se levanta y se inclina ante Jesús diciendo:
-Perdona a este viejo de ojos empañados. Yo te saludo, porque sólo uno es justo en todo Israel. Y eres Tú. Vamos.

Leví está ocupado con una tina, en su huerto, y Jonás dedicado a sus quesos.

E1 anciano se endereza -es tan alto como Jesús, a pesar de que la edad lo encorve-y se encamina, bordeando la tapia, evitando, con la ayuda de su bastón, los posibles tropiezos del camino.

Jesús, que lo ha saludado con su paz, le ayuda en un punto en que tres rudimentales peldaños hacen peligroso el camino para un semiciego. Antes de empezar a andar, Jesús había dicho a las discípulas que lo esperaran en ese lugar. Benjamín, entretanto, va a su redil.
El anciano dice:

-Eres bueno. Pero Alejandro es un desalmado. Es un lobo. No sé si… Pero mi caudal llega a poderte dar dinero por Benjamín, si Alejandro quiere más. Mis hijos no tienen necesidad de mi dinero. Yo ya estoy cerca del siglo y el dinero no sirve para la otra vida; una acción de humanidad, sí, tiene valor…

-¿Por qué no lo has hecho antes?

-No me reprendas, Rabí. Yo daba comida al niño y lo confortaba, para que no acabara siendo un malhechor.

Alejandro es capaz de transformar a una tortolita en animal feroz. Pero no podía, ninguno podía, quitarle el niño. Tú… te marchas lejos. Pero nosotros… nos quedamos aquí, y tememos sus venganzas. Un día, uno de Enón se interpuso porque Alejandro estaba borracho y estaba pegando salvajemente al niño, y él, no sé cómo, logró envenenarle el rebaño.

-¿No es un mal pensamiento?

-No. Esperó muchos meses. A que llegara el invierno, cuando las ovejas están en el aprisco. Y envenenó el agua del pilón. Bebieron. Se hincharon. Murieron. Todas. Somos todos pastores aquí, y comprendimos lo que había pasado…

Para mayor seguridad, se puso aquella carne como comida a un perro, y el perro murió. Y alguien había visto a Alejandro entrar furtivamente en el aprisco. ¡Sí, es un malhechor! Nosotros le tenemos miedo… Es cruel. Por la noche, siempre borracho. Despiadado con todos los suyos.

Ahora que todos se han muerto, tortura al muchacho.

-Pues entonces no vengas si…».

-¡No! Voy. La verdad se debe decir. ¡Ah!, oigo el sonido del martillo. Es Leví. Y, junto a un seto, llama con voz fuerte:

-¡Leví! ¡Leví! Sale un anciano menos viejo que el primero, ceñidas las vestiduras y con un mazo en la mano. Saluda a Elí y le pregunta:

-¿Qué quieres, amigo?

-Aquí a mi lado está el Rabí de Galilea. Ha venido a tomar consigo a Benjamín. Ven, que en el bosque está Alejandro. A testificar que ya recibió de aquel discípulo aquel dinero por Benjamín.

-Voy. Siempre me decían que el Rabí era bueno. Ahora lo creo. ¡Paz a ti!

Deja el mazo, grita a no sé quién que lo espere, y se marcha con Elí y Jesús.

Pronto llegan al aprisco de Jonás. Lo llaman. Explican…
-Voy. Tú -ordena a un mozo -sigue con el trabajo.

Se seca las manos en un paño que luego deja en una estaca, y sigue a Jesús, después de haberlo saludado, junto con Leví y Elí.

Jesús va hablando con el primer anciano. Le dice:
-Eres un hombre justo. Dios te dará paz.
-Lo espero. ¡El Señor es justo! No tengo la culpa de haber nacido en Samaria…

-No tienes culpa de ello. En la otra vida no hay fronteras para los justos. Sólo la culpa alza una separación entre el Cielo y el Abismo.

-Es verdad. ¡Cuánto me gustaría verte! Tu voz es dulce, y delicada es tu mano guiando a este viejo ciego. Delicada y fuerte. Parece la de mi hijo predilecto, Elí como yo, hijo de mi hijo José. Si tu figura es como tu mano, dichoso quien te ve.

-Mejor es oírme que verme: hace más santo el espíritu.
-Es verdad. Yo escucho a los que hablan de ti. Pero pasan sólo de vez en cuando… Pero ¿no es esto ruido de hachas contra troncos?
-Lo es.

-Entonces… Alejandro está aquí cerca… Llámalo.

-Sí. Vosotros quedaos aquí. Si me arreglo Yo solo, no os llamo. No aparezcáis si no os llamo.

Se adelanta y llama con voz fuerte.

-¿Quién es? ¿Quién eres? -dice un hombre anciano, robustísimo, de facciones duras y pecho y extremidades de luchador. Un golpe de esas manos debe ser como un golpe de clava: brutal.

-Soy yo. Un desconocido que te conoce. Vengo a tomar lo que es mío.

-¿Tuyo? ¡Ja! ¡Ja! ¿Qué es tuyo en este bosque mío?
-Nada del bosque. De tu casa. Benjamín es mío.
-¡Tú estás loco! Benjamín es mi siervo.

-Y también pariente. Y tú eres su cómitre. Un enviado mío te dio el dinero que pedías por el rescate del muchacho. Cogiste el dinero y te negaste a entregar al muchacho. Mi enviado, hombre de paz, no reaccionó. Yo vengo ahora movido por la justicia.

-Tu enviado se habrá bebido el dinero. No he recibido nada. Y me quedo con Benjamín. Lo aprecio.
-No. Lo odias. Tu amor está en el salario que no le das. No mientas. Dios castiga a los que mienten.

-Yo no he recibido dinero. Si has hablado con mi siervo, has de saber que es un astuto embustero. Y voy a pegarle por calumniarme. ¡Adiós! -le da la espalda y hace ademán de marcharse.

-Cuidado, Alejandro, que Dios está presente. No desafíes su bondad.

-¡Dios! ¿Dios tiene que tutelar mis intereses, acaso? Yo soy el único que los debe tutelar, y los tutelo.
-¡Cuidado!

-¿Pero quién eres, miserable galileo? ¿Cómo te atreves a echarme algo en cara? No te conozco.

-Me conoces. Soy el Rabí de Galilea y…
-¡Ah! ¡Sí! Y crees que me das miedo. Yo no temo ni a Dios ni a Belcebú. ¿Y pretendes que te tema a ti, un loco?

¡Vete, vete! Déjame trabajar. Te he dicho que te marches. No me mires. ¿Crees que tus ojos me pueden meter miedo? ¿Qué quieres ver?

-Tus delitos no, porque los conozco todos. Todos. Incluso los que ninguno conoce. Lo que quiero es ver si no comprendes siquiera que ésta es la última hora de misericordia que Dios te da para arrepentirte. Quiero ver si el remordimiento no surge y te abre ese corazón de piedra; si…

El hombre, que tiene el hacha en la mano, la lanza contra Jesús, que se agacha rápido. El hacha describe un arco por encima de su cabeza y va contra una joven encina, que queda cortada de un tajo y cae acompañada de fuerte ruido de vegetación y batir de alas de pájaros asustados.

Los tres que están escondidos cerca salen al improviso, gritando, temiendo que también Jesús haya sido alcanzado por el hacha. El que no ve grita:

-¡Oh, ver! ¡Ver si realmente no ha sido herido! ¡La vista sólo para esto, Dios Eterno!

Y, sordo a todas las afirmaciones los otros, avanza, dando tumbos porque ha perdido el bastón, y quiere tocar a Jesús para sentir si no sangra por alguna parte del cuerpo, y gime:

-Un rayo de luz clara, y luego las tinieblas. Pero ver, ver, sin este velo que apenas me concede adivinar los obstáculos…

-No tengo nada, padre. Tócame -dice Jesús, tocándolo y dejándose tocar.

Entretanto, los otros dos dirigen duras palabras al bruto, y le echan en cara culpas y mentiras. Él, ya sin hacha, saca un cuchillo y arremete, blasfemo contra Dios, burlón contra el ciego, amenazador contra los otros, verdaderamente similar a una fiera enfurecida. Pero se tambalea, se para, deja caer el puñal, se restriega los ojos, los abre, los cierra, y lanza un tremendo grito:

-¡No veo! ¡Auxilio! ¡Mis ojos!… Las tinieblas… ¿Quién me salva?

Gritan también los otros. De estupor. Y… se burlan de él, diciendo:

-Dios te ha escuchado. En efecto, entre sus blasfemias, se oían éstas: «Que Dios me ciegue si miento y si he pecado. ¡Que me quede ciego antes que adorar a un loco nazareno! Y a vosotros… me vengaré y partiré en dos a Benjamín como a ese árbol… Y se burlan de él diciendo también:

-Véngate ahora…

-No seáis como él. No odiéis -aconseja Jesús, y acaricia al anciano añoso, que no se preocupa de nada sino de la incolumidad de Jesús, y para tranquilizarle dice: -¡Alza la cara! ¡Mira!

El milagro se cumple. Como antes para el violento las tinieblas, ahora para el justo la luz. Y el grito que ahora se alza entre los robustos árboles es distinto, dichoso: « ¡Veo! ¡Mis ojos! ¡La Luz! ¡Bendito seas!» -y el anciano mira fijamente a Jesús con ojos bien claros por nueva vida, y luego se postra para besar sus pies.

-Vamos nosotros dos. Vosotros llevaréis a Enón a este desdichado. Sed compasivos porque Dios ya lo ha castigado. Y basta Dios. El hombre debe ser bueno ante cualquier desgracia.

-Toma contigo al niño, y las ovejas, el bosque, la casa, el dinero. Pero devuélveme la vista. No puedo quedarme así.

-No puedo. Te dejo todo aquello por lo que te hiciste pecador. Tomo conmigo al inocente porque ya ha padecido el martirio. Que en las tinieblas pueda tu alma abrirse a la Luz.

Jesús saluda a Leví y Jonás y baja raudo con el anciano añoso, que parece rejuvenecido y que cuando llega a las primeras casas grita su alegría… Toda Enón se agita…
Jesús se abre paso. Va donde el pastorcito, que está con los apóstoles, y dice: -¡Ven! Vamos, que en Tersa nos esperan.

-¿Libre? ¿Libre? ¿Contigo? ¡Oh! ¡No creía…! Me despido de Elí. ¿Y los otros? El muchacho está inquieto…
Elí lo besa y bendice, y le dice:
-Y perdona al desdichado.

-¿Por qué? Perdonar, sí. Pero, ¿por qué, desdichado?
-Porque blasfemó contra el Señor y la luz se apagó en sus ojos. Ninguno de nosotros tendrá motivo para temerle. Está en las tinieblas y en el quebranto. ¡Tremendo poder de Dios!…

El anciano, con los brazos levantados, mirando hacia el cielo, pensativo por lo que ha visto, parece un profeta inspirado.

Jesús se despide de él y se abre paso entre la pequeña muchedumbre inquieta. Se marcha. Detrás de Él, los apóstoles y las discípulas; y también se marcha Benjamín, con el saludo de las mujeres, que quieren ofrecer algún detalle al que ha sido amado con predilección por el Señor: una pieza de fruta, una bolsa, un pan, una túnica… lo que encuentran a mano. Y él, feliz, se despide de ellas, les da las gracias, dice:

-¡Siempre buenas conmigo! Lo recordaré. Oraré por vosotras. Mandad a vuestros hijos al Señor. Es hermoso estar con Él. Es la Vida. ¡Adiós! ¡Adiós!…
Enón queda atrás. Bajan hacia el Jordán, hacia la llanura del valle del Jordán, hacia nuevos acontecimientos desconocidos todavía…

Pero el niño no se vuelve para mirar. No hace comentarios. No piensa. No suspira. Sonríe. Mira a Jesús, allá, delante de todos, verdadero Pastor seguido por su rebaño, por ese rebaño del que ahora él, e1 pobre muchacho, también forma parte… Y de improviso canta, a voz en grito…
Sonríen los apóstoles diciendo:

-El muchacho se siente feliz.
Sonríen las mujeres diciendo:
-El ave prisionera ha vuelto a encontrar libertad y nido.
Sonríe Jesús volviéndose para mirarlo, y su sonrisa, como siempre, parece hacer todo más luminoso, y lo llama diciendo:

-Ven aquí, corderito de Dios. Quiero enseñarte una bella canción.

Y entona, seguido por los otros, el salmo: «El Señor es mi Pastor. Nada me faltará. Me ha puesto en un lugar de abundantes pastos» etc. (salmo 22 que en la Neovulgata es el 23). La hermosísima voz de Jesús se extiende por la campiña feraz, una voz tan potente por su carga de alegría, que resalta sobre las otras, incluso sobre las mejores.

-Se siente feliz tu Hijo, María -dice María de Alfeo.
-Sí, se siente feliz. Todavía le queda algo de alegría…
-Ningún viaje es infructífero. Jesús pasa derramando gracias, y siempre hay alguno que verdaderamente encuentra al Salvador. ¿Recuerdas aquel atardecer en Belén de Galilea? -pregunta María de Magdala.

-Sí. Pero no quisiera recordar a aquellos leprosos, ni a este ciego…

-Tú perdonarías siempre. ¡Eres muy buena! Pero también es necesaria la justicia -observa María Salomé.

-Es necesaria. Pero buena cosa es para nosotros que sea mayor la misericordia -interviene de nuevo María Magdalena.

-Tú puedes decir eso, pero María… -responde Juana.

-María no quiere otra cosa sino perdón, aunque Ella no lo necesita. ¿No es verdad, María? -dice Susana.

-No quisiera otra cosa sino perdón. Sí, sólo perdón. Ya el hecho de ser malo debe ser un terrible sufrimiento… -y suspira al decirlo.

-¿Tú perdonarías a todos? ¿Sin excepción alguna? Y… ¿sería justo hacerlo? Hay quien se obstina en el mal y echa a perder todo género de perdón burlándose de él por tacharlo de debilidad -dice Marta.

-Yo perdonaría. Por mí perdonaría. No por necedad, sino porque a todas las almas las veo como a un niño más o menos bueno, como a un hijo… Una madre siempre perdona… aunque diga: "La justicia requiere un justo castigo". Si una madre pudiera morir por engendrar un corazón nuevo, bueno, para el hijo malo, ¿vosotras creéis que no lo haría? Pero no se puede.

Hay corazones que rechazan toda ayuda… Y yo pienso que incluso a ésos la piedad ha de concederles perdón. Porque ya grande es el peso que tienen en su corazón: el de sus culpas, el del rigor de Dios… ¡Oh, perdonemos, perdonemos a los culpables!… ¡Ah… si quisiera Dios acoger nuestro absoluto perdón para disminuir la deuda de los culpables!…

-¿Pero por qué lloras siempre, María, incluso ahora que tu Hijo ha tenido un momento de alegría? -dice, no sin tono de queja, María de Alfeo.

-No ha sido alegría completa, porque el culpable no se ha arrepentido. La alegría de Jesús es completa cuando puede redimir…

Y no sé por qué Nique, que ha estado siempre callada, de improviso dice: -Dentro de poco estaremos de nuevo con Judas de Keriot.

Las mujeres se miran, como si esta frase sencilla fuera una cosa extraordinaria, como si detrás de ella se escondiera… no sé, algo grande. Pero ninguna dice nada.
Jesús se ha parado en un olivar hermosísimo. Se paran todos. Jesús bendice y parte el alimento, y lo reparte.

Benjamín mira todo lo que le han dado y pone orden en ello: túnicas demasiado largas o demasiado anchas, sandalias no adecuadas para su pie, almendras todavía con su cáscara verde, las últimas nueces, un quesito, algunas manzanas rugosas, un cuchillito. Está contento con sus tesoros. Ofrece lo de comer, y las prendas de vestir las dobla y dice:

-Me pondré la más bonita para Pascua.
María de Alfeo promete:
-En Betania te la arreglaré perfectamente. De momento deja ésta fuera. En Tersa se le podrá dar un agua y más adelante habrá hilo para componerla. Respecto a las sandalias… no sé qué solución encontrar.
-Se dan éstas al primer pobre que encontremos y que tenga un pie tan grande, y se compra un par nuevo en Tersa -dice tranquilamente María de Magdala.

-¿Con qué dinero, hermana? -le pregunta Marta.
-¡Ah, es verdad! No tenemos ya una perra… Pero Judas tiene dinero… Así Benjamín no puede recorrer mucho camino. Y además, ¡pobre niño! Su alma ha recibido la gran alegría, pero también su humanidad debe recibir una sonrisa… Ciertas cosas agradan.

Susana, joven y alegre, ríe diciendo:
-¡Hablas como si supieras por experiencia que un par de sandalias nuevas constituyen la alegría de uno que no las haya tenido nunca!

-Es verdad. Pero es porque en realidad sé lo que puede agradar un vestido seco cuando estamos mojados, y uno fresco cuando sólo se tiene uno. Yo lo recuerdo…
Y reclina la cabeza en el hombro de María Santísima diciendo:

-¿Te acuerdas, Madre? -y la besa con ternura.
Jesús da la orden de reanudar la marcha, para estar en Tersa antes del anochecer: -Estarán preocupados aquellos dos, que no saben…

-¿Quieres que nos adelantemos y les digamos que estás llegando? -propone Santiago de Alfeo.
-Sí. Id todos menos Juan y Santiago y mi hermano Judas.

Tersa no está lejos… Id, pues. Preguntad por Judas y Elisa y, entretanto id preparando los lugares para nosotros, porque, habiendo tardado tanto y trayendo con nosotros a las mujeres, conviene que nos quedemos por la noche… Nosotros, entretanto, os seguiremos. Esperad junto a las primeras casas…

Los ocho apóstoles se marchan raudos, y Jesús, más lentamente, los sigue.

573- Partida para Enón después de un tira y afloja entre Judas Iscariote y Elisa, que se quedan en Siquem

Jesús, solo, medita sentado debajo de una encina gigantesca nacida en las faldas del monte que domina a Siquem. La ciudad, rosic1er con el primer sol, está abajo, extendida sobre las pendientes más bajas del monte.

Parece, vista desde arriba, un puñado de grandes cubos blancos desbaratados por un niño gigante en un verde prado en declive.

Los dos cursos de agua junto a los que está edificada dibujan un semicírculo azulplata oscuro en torno a la ciudad; luego, uno de los dos entra en ella e introduce su canto y su cabrilleo entre las casas blancas, para salir luego y correr entre el verde, apareciendo y desapareciendo por entre matas exuberantes de olivos y árboles frutales, hacia el Jordán.

El otro, más modesto, permanece fuera de los muros de la ciudad; los lame casi; y riega los fértiles huertos, para correr luego a calmar la sed de rebaños de ovejas blancas que pastan en prados salpicados de la sangre de las cabecitas rojas de las flores del trébol.

El horizonte se abre anchuroso frente a Jesús. Detrás de ondulaciones de colinas cada vez más bajas, se ve, a través de una franja de horizonte, el valle verde del Jordán, y allende éste los montes de Transjordania, que terminan al nordeste en las originales cimas de la Auranítida.

El sol, que ha salido de tras ellos, incide ahora en tres caprichosas nubes semejantes a tres cintas de sutil gasa puestas horizontalmente sobre el velo turquesa del firmamento; y la leve gasa de las tres nubes largas y estrechas se ha puesto toda de un rosa anaranjado semejante al de ciertos corales de gran valor.

El cielo parece vallado por este enrejado aéreo, bellísimo, que Jesús mira fijamente.

Bueno, mira en esa dirección, absorto. ¡Quién sabe… a lo mejor, ni siquiera lo ve! Apoyado el codo en la rodilla, sujetando con la mano el mentón hincado en el cuenco de la palma, mira, piensa, medita. Por encima de Él, los pájaros, chilladores, alborotan describiendo un alegre carrusel de vuelos.

Jesús baja los ojos hacia Siquem, que va despertándose con el sol matutino. Ahora, a los pastores y rebaños -los únicos que antes animaban el panorama-se unen los grupos de peregrinos, y al tintineo de las esquilas de las greyes se une el de los cascabeles de los borricos, y voces, y rumores de pasos y palabras. El viento, con sus ondas, trae hasta Jesús el ruido de la ciudad que se despierta, de la gente que deja el descanso nocturno.

Jesús se pone en pie. Con un suspiro deja este lugar sereno y baja a buen paso, por un atajo, hacia la ciudad, donde entra entre caravanas de hortelanos y peregrinos que se apresuran, los primeros, a descargar su género, los segundos, a comprar los productos de los primeros antes de ponerse en camino.

En un ángulo de la plaza del mercado están ya, en grupo, esperando, los apóstoles y las discípulas; en torno a ellos, los de Efraím, Silo y Lebona y muchos de Siquem.
Jesús va donde ellos. Los saluda. Luego dice a los de Samaria:

-Y ahora vamos a dejarnos. Volved a vuestras casas. Recordad mis palabras. Creced en la justicia.
Se vuelve hacia Judas de Keriot:

-¿Has dado, como dije, para los pobres de todos los lugares?
-Sí, lo he dado. Excepto a los de Efraím porque ya han recibido.

-Entonces marchaos. Ocupaos de que todos los pobres reciban un alivio.

-Nosotros te bendecimos por ellos.
-Bendecid a las discípulas. Son ellas las que me han dado el dinero. Marchaos. La paz sea con vosotros.
Y éstos se marchan; remolones, con pena… pero obedecen.
Jesús se queda con los apóstoles y las discípulas. Les dice:

-Voy a Enón. Quiero saludar el lugar del Bautista. Luego bajaré al camino del valle. Es más cómodo para las mujeres.

-¿Y… no sería mejor ir por el camino de Samaria?
-pregunta Judas Iscariote.

-Nosotros no tenemos por qué temer a los bandidos, aun yendo por un camino cercano a sus grutas. El que quiera venir conmigo que venga, el que no se sienta muy dispuesto a ir hasta Enón que se quede aquí hasta el día siguiente del sábado. Ese día iré a Tersa. El que se quede que se reúna después conmigo allí.

-Yo, la verdad… preferiría quedarme. No me encuentro muy bien… estoy cansado… -dice Judas Iscariote.
-Se ve. Tienes aspecto de enfermo. Turbio de humor, de mirada y de piel. Hace un tiempo que te observo… -dice Pedro.
-Pero ninguno me pregunta si sufro…

-¿Te hubiera gustado? Yo no sé nunca lo que te gusta. Pero, si te satisface, te lo pregunto ahora. Y estoy dispuesto a quedarme contigo para cuidarte… -le responde pacientemente Pedro.

-¡No, no! Es sólo cansancio. Ve, ve. Yo me quedo aquí donde estoy.

-También me quedo yo. Soy anciana. Descansaré haciéndote de madre -dice al improviso Elisa.

-¿Tú te quedas? Habías dicho… -interrumpe Salomé.
-Si todos fuéramos, yo también iría, para no quedarme aquí sola. Pero dado que Judas se queda…

-Pues entonces voy. No quiero sacrificarte, mujer. Estoy seguro de que irías con agrado a ver el refugio del Bautista…

-Soy de Betsur y no he sentido nunca la necesidad de ir a Belén a ver la gruta donde nació el Maestro -estas cosas las haré cuando ya no tenga al Maestro-, así que fíjate tú si voy a estar ansiosa de ver el lugar donde estuvo Juan… Prefiero ejercer la caridad, porque estoy segura de que la caridad tiene más valor que un peregrinaje.

-¿No te das cuenta de que estás reprobando la actitud del Maestro?

-Hablo por mí. Él va allí y hace bien. Él es el Maestro.

Yo soy una vieja a la que los dolores le han quitado toda curiosidad, y el amor por Cristo le ha quitado todo deseo de cualquier otra cosa que no sea servirle.
-Para ti es servicio espiarme, entonces.

-¿Haces cosas reprochables? Se vigila a quien hace cosas dañinas. Pero, hombre, nunca he espiado a nadie. No pertenezco a la familia de las serpientes. Y no traiciono.
-Yo tampoco.

-Dios lo quiera, por tu bien. Pero no logro entender por qué te resulte tan odioso el que me quede aquí descansando…

Jesús, hasta este momento mudo, escuchando, en medio de los otros, que están asombrados de este tira y afloja, alza la cabeza -la tenía un poco inclinada-y dice: -Basta.

El mismo deseo que tienes tú lo puede tener, con mayor razón, una mujer, que además es anciana. Os quedaréis aquí hasta el alba del día siguiente del sábado. Luego os reuniréis conmigo. De momento compra todo lo que podamos necesitar para estos días. Ve, y no te demores.
Judas, a regañadientes, va a comprar las provisiones.
Andrés querría acompañarle, pero Jesús lo agarra por el brazo Y dice:

-Quédate aquí. Puede él solo.
Jesús tiene aspecto muy severo. Elisa lo mira y luego se acerca a Él. Dice: -Perdona, Maestro, si te he causado un dolor.

-Nada tengo que perdonarte, mujer. Más bien, perdona tú a ese hombre, como si fuera un hijo tuyo.

-Con este sentimiento me quedo con él… aunque él crea una cosa muy distinta… Tú me comprendes…

-Sí, y te bendigo. Y te digo que es correcto lo que has dicho que los peregrinajes a mis lugares serán una necesidad que vendrá cuando ya no esté con vosotros… una necesidad de confortar vuestro espíritu. Ahora se trata de servir a los deseos de vuestro Jesús. Y tú has comprendido un deseo mío, porque te sacrificas por tutelar un espíritu imprudente…

Los apóstoles se intercambian miradas… Las discípulas también. Sólo María, enteramente velada, no alza la cabeza para intercambiar miradas con nadie. Y María de Magdala, erguida como una reina juzgadora, no ha quitado la mirada un momento de Judas, que se mueve entre los vendedores, y en sus ojos hay amargura, no sin un cierto desprecio en su boca cerrada: habla con su expresión más que si dijera palabras…

Judas vuelve. Da a los compañeros lo que ha comprado. Se pone en orden el manto -lo había usado para transportar lo que había comprado-y hace ademán de dar la bolsa a Jesús.

Jesús la rechaza con la mano:

-No hace falta. Para las limosnas está todavía María. Tú preocúpate de ejercitar la beneficencia aquí. Muchos son los mendigos que, de todas partes, bajan para ir hacia Jerusalén en estos días. Da sin prejuicios y con caridad, recordando que todos somos mendigos ante Dios, de su misericordia y de su pan… Adiós. Adiós, Elisa. La paz sea con vosotros.

Y se vuelve rápidamente. Se echa a andar a buen paso por el camino que tenía cerca sin dar tiempo a Judas para despedirse de Él…

Todos lo siguen en silencio. Salen de la ciudad en dirección hacia nordeste por estos bellísimos campos…

572- En Siquem, la última parábola sobre los consejos dados y recibidos

La plaza más grande de Siquem aparece abarrotada de gente hasta lo increíble.
Yo creo que está ahí toda la ciudad, y que se han concentrado también los que viven en los campos y en los pueblos cercanos.

Los de Siquem a primeras horas de la tarde del primer día deben haberse esparcido para avisar por todas partes, y todos han venido: sanos y enfermos, pecadores e inocentes.

Repleta ya la plaza, atestadas las terrazas que están en lo alto de las casas, la gente se ha acoclado incluso encima de los árboles que dan sombra a la plaza. En primera fila, en el lugar que se ha mantenido libre para Jesús, junto a una casa realzada sobre cuatro escalones, están los tres niños que Jesús salvó de los bandidos, y también los parientes.

¡Qué ansiosos, los tres pequeñuelos de ver a su Salvador! Cada grito que se oye los hace volverse buscándolo. Y, cuando se abre la puerta de la casa y en su vano aparece Jesús, los tres niñitos vuelan a su encuentro gritando:

«¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!», y suben los altos escalones sin esperar siquiera a que Él baje a abrazarlos. Y Jesús se agacha, los abraza, los alza -vivo ramo de flores inocentes-, los besa en la cara… y ellos también lo besan.

Un murmullo de la gente, conmovida, y alguna voz que dice:
-Sólo Él sabe besar a nuestros inocentes.
Y otras voces:

-¿Veis cómo los quiere? Los salvó de los bandidos, les dio de comer y los vistió, les ha dado una casa y ahora los besa como si fueran los hijos de sus entrañas.

Jesús, que ha puesto a los niños en el suelo, en el escalón más alto, cerca de su cuerpo, responde a todos contestando a estas últimas palabras anónimas:

-En verdad, éstos son para mí más que hijos de mis entrañas. porque soy para ellos padre de su alma, que es mía, y no para el tiempo que pasa, sino para la eternidad que perdura. ¡Ojalá pudiera decir lo mismo de todo hombre que de mí, Vida, obtuviera vida para salir de su muerte!

Cuando vine por primera vez a vosotros os invité a esto. Pero pensasteis que teníais mucho tiempo para decidiros a hacerlo. Sólo una persona fue solícita en seguir la llamada y en entrar por el camino de la Vida: la criatura más pecadora que había entre vosotros. Quizás, precisamente, porque se sintió muerta, se vio muerta, pútrida con su pecado, tuvo prisa en salir de la muerte.

Vosotros ni os sentís ni os veis muertos, y no tenéis su prisa. Pero ¿qué enfermo espera a estar muerto para tomar las medicinas de vida? El muerto no necesita sino mortaja y bálsamos, y un sepulcro donde yacer para convertirse en polvo después de ser podredumbre. Porque el que la podredumbre de Lázaro, a quien miráis con ojos dilatados por el temor y el estupor, haya sido, por sabios fines, recompuesta por el Eterno y devuelta a la salud, no debe tentar a nadie a morir en su espíritu diciendo:

"El Altísimo me dará de nuevo la vida del alma”.No tentéis al Señor Dios vuestro.

Venid vosotros a la Vida. Ya no hay tiempo de espera. La Vid ya va a ser vendimiada y exprimida. Preparad vuestro espíritu para el Vino de la Gracia que muy pronto os será dado. ¿No es lo que hacéis cuando vais a asistir a un gran banquete? ¿No preparáis vuestro estómago para que reciba alimentos y vinos selectos haciendo preceder al banquete una prudente abstinencia que afine el gusto y dé vigor al estómago para degustar y apetecer la comida y la bebida?

¿Y no hace lo mismo el viñador para catar el vino reciente? No desarregla su paladar el día en que quiere catar el vino nuevo; no lo hace porque quiere percibir con exactitud las cualidades y los defectos de ese vino, para corregir éstos y resaltar aquéllas, y así vender bien su mercancía.

Pero si esto sabe hacer la persona que ha sido invitada a un banquete, para saborear con mayor deleite los manjares y vinos. y si el viñador hace eso para poder vender bien su vino, o para convertir en vendible aquello que sí se ofreciera defectuoso sería rechazado por el comprador, ¿no debería saber hacerlo el hombre en orden a su espíritu, para saborear el Cielo, para ganar el tesoro y poder entrar en el Cielo?

Escuchad mi consejo. Éste sí, escuchadlo. Es consejo bueno. Es consejo justo del Justo, al que vanamente se aconseja mal, del Justo que quiere salvaros de los frutos de los malos consejos que habéis recibido. Sed justos como Yo lo soy. Y sabed dar el justo valor a los consejos que os dan. Si sabéis haceros justos, daréis ese justo valor.
Oíd una parábola. Una parábola que cierra el ciclo de las que he dicho en Silo y Lebona, y que habla también de los consejos que se dan o se reciben.

Un rey mandó a su hijo amado a visitar su reino. El reino de este rey estaba dividido en muchas provincias, pues era vastísimo. En estas provincias existía un distinto conocimiento del rey. Algunas lo conocían tanto, que se consideraban las predilectas y se ensoberbecían por ello.

Estas provincias pensaban que eran las únicas perfectas en conocimiento del rey y de lo que el rey quería. Otras lo conocían pero no se creían sabias por ello y buscaban el modo de conocerlo cada vez más. Otras conocían al rey, pero lo querían a su manera, ya que se habían dado un código especial que no era el verdadero código de1 reino.

Del verdadero código habían tomado aquello que les gustaba y hasta donde les gustaba, e incluso habían desvirtuado ese poco con mezclas de otras leyes -no buenas-tomadas de otros reinos, o que ellos mismos se habían dado. No. No buenas. Y otras provincias ignoraban todavía más acerca de su rey. Y algunas solamente sabían que había un rey, nada más que eso, y creían incluso que esto poco era una fábula.

El hijo del rey fue a visitar el reino de su padre para transmitir a las distintas regiones, a todas ellas, un exacto conocimiento del rey: en corrigiendo la soberbia, bien elevando los ánimos, bien enderezando conceptos desviados, en otras regiones convenciendo para que eliminaran los elementos impuros de la ley pura, o enseñando para colmar las lagunas, o, en fin, instruyendo para dar un mínimo de conocimiento y de fe en orden a este rey real de quien todos los hombres eran súbditos.

El hijo del rey pensaba, de todas formas, que la primera lección para todos había de ser el ejemplo de una justicia conforme al código, tanto en las cosas graves como en las menores. Y era perfecto. Tanto que la gente de buena voluntad se mejoraba a sí misma porque seguía las acciones y las palabras del hijo del rey, pues sus palabras y sus obras eran tan congruentes entre sí, sin disonancia alguna, que eran una única cosa.

Pero los de las provincias que se sentían perfectas sólo por saber al pie de la letra las letras del código, pero sin poseer su espíritu, veían que de la observancia de lo que hacía el hijo del rey y de lo que exhortaba a hacer, demasiado claramente resultaba que ellos conocían la letra del código pero no poseían el espíritu de la ley del rey, y que, por tanto, su hipocresía quedaba desenmascarada.

Entonces pensaron quitar de en medio aquello que los hacía aparecer como eran. Y para hacerlo usaron dos vías: una contra el hijo del rey, la otra contra los seguidores del hijo del rey; para el primero, malos consejos y persecuciones; para los segundos, malos consejos e intimidaciones.

Muchas cosas son malos consejos. Es un mal consejo decir: "No hagas esto que te puede acarrear perjuicio" fingiendo interesarse positivamente. Y es mal consejo perseguir para persuadir a faltar contra su misión a aquel al que se quiere descarriar. Es consejo malo el decir a los propios partidarios:

"Defended a toda costa y usando cualquier medio al justo perseguido", y es consejo malo decir a los propios partidarios: "Si lo protegéis, os encontraréis con nuestro desdén".

Pero ahora no estoy hablando de los consejos dados a los propios partidarios, sino de los consejos dados al hijo del rey y de 1os consejos encargados a otros, con falsa candidez, con perverso odio, o a través de ingenuos instrumentos que creyendo que los mueven para un beneficio en realidad son movidos para causar daño.

El hijo del rey escuchó estos consejos. Tenía oídos, ojos, intelecto y corazón. No podía, por tanto, no oírlos, no verlos, no comprenderlos, no discernir acerca de ellos. Pero el hijo del rey tenía, sobre todo un espíritu recto de hombre verdaderamente justo, y a cada uno de los consejos que se le ofrecían, consciente o inconscientemente, para hacerle pecar y dar mal ejemplo a los súbditos e infinito dolor a su padre, respondió:

"No. Yo hago lo que quiere mi padre. Sigo su código. El ser hijo del rey no me exime de ser el más fiel de sus súbditos en la observancia de la ley. Vosotros, que me odiáis y queréis amedrentarme, sabed que nada me hará violar la ley. Vosotros, los que me queréis y queréis salvarme, sabed que os bendigo por este pensamiento vuestro, pero sabed también que ni vuestro amor ni el amor mío hacia vosotros -por ser más fieles a mí que los que se dicen "sabios"-no debe hacerme injusto en mi deber hacia el amor más grande, que es el que ha de darse al padre mío".

Ésta es la parábola, hijos míos. Y es tan clara, que todos pueden haberla comprendido. Y en los espíritus rectos sólo una voz puede surgir: "Él es realmente el Justo, porque ningún consejo humano puede desviarlo por un camino de error". Sí, hijos de Siquem. Nadie puede llevarme al error. ¡Ay si caminara en el error! ¡Ay de mí y ay de vosotros! En vez de ser vuestro Salvador, sería vuestro traidor, y tendríais razón en odiarme. Pero no lo haré.

No os reprendo por haber aceptado sugestiones y haber pensado una serie de medidas contra la justicia. No sois culpables porque lo habéis hecho por espíritu de amor.

Pero os digo lo que he dicho al principio y al final. A vosotros os digo: Os quiero más que si fuerais hijos de mis entrañas, porque sois hijos de mi espíritu. Yo he conducido a la Vida a vuestro espíritu, y lo haré aún más.

Sabed -y que éste sea el recuerdo mío-sabed que os bendigo por el pensamiento que habéis tenido en vuestro corazón.

Pero creced en la justicia, queriendo solamente aquello que dé honor al Dios verdadero, a quien ha de profesarse un amor absoluto, como a ninguna otra criatura se ha de profesar. Venid a esta perfecta justicia que Yo os doy como ejemplo, justicia que aplasta los egoísmos del propio bienestar, los miedos de los enemigos y de la muerte; que todo lo aplasta para hacer la voluntad de Dios.

Preparad vuestro espíritu. El alba de la Gracia surge. El banquete de la Gracia ya está siendo preparado. Vuestras almas, las almas de los que quieren venir a la Verdad, están en las vísperas de su desposorio, de su liberación, de su redención. Preparaos en justicia para la fiesta de la Justicia.

Jesús hace una seña a los parientes de los niños, que están cerca de éstos, para que entren en la casa con Él, y, habiendo alzado en brazos a los tres niños como al principio, se retira.

En la plaza la gente intercambia comentarios, muy distintos.
Los mejores dicen:

-Tiene razón. Aquellos falsos enviados nos traicionaron.
Los menos buenos dicen:

-Pero entonces no hubiera debido halagarnos. Hace que nos odien todavía más. Se ha burlado de nosotros. Es judío de veras.

-No podéis decir eso. Nuestros pobres saben de sus ayudas; nuestros enfermos, de su poder; nuestros huérfanos, de su bondad. No podemos pretender que peque para satisfacernos a nosotros.

-Ya ha pecado, porque haciendo que nos odien nos ha odiado…
-¿Quién?

-Todos. Y se ha burlado de nosotros. Sí, se ha burlado de nosotros.

Los distintos pareceres llenan la plaza, pero no turban el interior de la casa, donde está Jesús, junto con los notables y con los niños y sus parientes. Una vez más, se confirman las palabras proféticas: "El será piedra de contradicción".

571- Llegada a Siquem y recibimiento

Ahí está Siquem, hermosa y adornada; llena de gente de Samaria que se dirige al templo samaritano; llena de peregrinos de todas partes dirigidos hacia el Templo de Jerusalén.

El sol la inunda toda, pues está extendida sobre las laderas del este del Garizim, que la supera por el extremo oeste, todo verde; tan verde el monte como blanca la ciudad. A su nordeste el Ebal, de aspecto aún más agreste, parece protegerla de los vientos del norte.

La fertilidad del lugar, rico de aguas que descienden desde la divisoria de los montes y se dirigen en dos arroyos risueños, nutridos por cien regatillos, hacia el Jordán, es magnífica, y rezuma por las tapias de los jardines y en los setos de los huertos.

Todas las casas se enguirnaldan de verde, de flores, de ramas donde crecen los pequeños frutos; y la mirada, recorriendo los alrededores bien visibles, dada la configuración del terreno, no ve sino verde de olivares, de viñedos, de matas de árboles frutales, y amarillecer de campos que dejan, cada día más, el color glauco del trigo tierno para ir adquiriendo un delicado amarillor de paja, de espigas maduras, que el sol y el viento, plegando y agrediendo, ponen casi de un blanco de oro blanco.

Verdaderamente las mieses "amarillecen", como dice Jesús, ahora realmente blondas, después de haber sido "blanquecinas" cuando nacían, y luego de un color verde de preciosa joya mientras crecían y echaban espiga. Ahora el sol las prepara para la muerte, después de haberlas preparado para la vida.

Y uno no sabe si bendecirlo ahora que las conduce al sacrificio, o cuando, paterno, daba calor a los terrones para hacer germinar el trigo y pintaba la palidez del tallo, desde el momento mismo en que asomaba, de un hermoso verde lleno de vigor y promesas.

Jesús, que ha hablado de esto entrando en la ciudad y señalando al lugar del encuentro con la Samaritana, y aludiendo a aquella conversación lejana, dice a sus apóstoles, a todos menos a Juan (ya su puesto de consolador, junto a María, que está muy afligida):
-¿Y no se cumple ahora lo que entonces dije? En aquella ocasión entramos aquí desconocidos y solos. Sembramos. ¡Ahora, mirad! Mucha mies ha nacido de aquella semilla. Y seguirá creciendo y vosotros recogeréis. Y otros, además de vosotros, recogerán…

-¿Y Tú no, Señor? -pregunta Felipe.

-Yo he recogido donde había sembrado mi Precursor. Y luego he sembrado para que vosotros recogierais y sembrarais con la semilla que os había dado. Pero, de la misma forma que Juan no recogió lo sembrado, Yo tampoco recogeré esta mies. Nosotros somos…

-¿Qué, Señor? -pregunta inquieto Judas de Alfeo.

-Las víctimas, hermano mío. Se requiere sudor para hacer fértiles los campos. Y se requiere sacrificio para hacer fértiles los corazones. Nosotros aparecemos, trabajamos, morimos. Otro, después de nosotros, toma nuestro puesto, aparece, trabaja, muere… Y otro recoge lo que nosotros regamos muriendo.

-¡Oh, no! ¡No digas eso, Señor mío! -exclama Santiago de Zebedeo.

-¿Y tú, discípulo de Juan antes que mío, dices eso? ¿No recuerdas las palabras de tu primer maestro?: "Es necesario que Él crezca y yo disminuya". Él comprendía la belleza y la justicia de morir para dar a otros la justicia". Yo no seré inferior a él.

-Pero Tú, Maestro, eres Tú: ¡Dios! Él era un hombre.
-Soy el Salvador. Como Dios, debo ser más perfecto que el hombre. Si Juan, hombre, supo mermar para hacer surgir el verdadero Sol, Yo no debo empañar la luz de mi Sol con nieblas de vileza. Debo dejar un límpido recuerdo mío.

Para que vosotros caminéis. Para que el mundo crezca en la Idea cristiana. El Cristo se marchará, volverá al lugar de donde ha venido, y allí os amará estando atento a vuestro trabajo, preparándoos el puesto que será vuestro premio.

Pero el Cristianismo no se marcha. El Cristianismo crecerá por mi partida… y por la de todos aquellos que, sin apegos al mundo y a la vida terrena, sepan, como Juan y como Jesús, marcharse… morir para dar vida.
-¿Entonces encuentras justo que te den muerte?… -pregunta, casi acongojado, Judas Iscariote.

-No encuentro justo que me den muerte. Encuentro justo morir en aras de lo que mi sacrificio producirá. El homicidio será siempre homicidio para quien lo lleva a cabo, aunque tenga valor y aspecto distinto en relación al que lo sufre.

-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que, si el homicida mandado o forzado, como un soldado en la batalla o un verdugo que debe obedecer al magistrado, o uno que se defiende de un bandido, no tiene de ninguna manera en su alma el peso de un crimen, o tiene un relativo crimen de haber quitado la vida a un semejante, en cambio, aquel que sin orden y necesidad mata a un inocente, o coopera a su muerte, se presenta ante Dios con el rostro horrendo de Caín.

-¿Pero no podríamos hablar de otra cosa? Al Maestro le hace sufrir, tú pones ojos de torturado, a nosotros nos parece estar en la agonía; si la Madre oyera, lloraría, ¡y ya bien que llora detrás de su velo! ¡Hay muchas otras cosas de que hablar!… ¡Ah, mira, vienen los notables! Así os callaréis. ¡Paz a vosotros! ¡Paz a vosotros!
Pedro, que estaba un poco adelantado y se había vuelto para hablar, hace ahora reverencias a un nutrido grupo de siquemitas pomposos que vienen hacia Jesús.

-La paz a ti, Maestro. Las casas que te han hospedado la otra vez abren sus puertas para recibirte, y muchas otras casas, para las discípulas y para los que vienen contigo.

Vendrán los que han sido agraciados por ti recientemente o lo fueron la primera vez. Sólo faltará una, porque se marchó del lugar para llevar una vida de expiación. Eso dijo, y yo lo creo, porque cuando una mujer se despoja de todo aquello que era objeto de su amor y rechaza el pecado y da sus bienes a los pobres, es señal de que verdaderamente quiere llevar una vida nueva.

Pero no sabría decirte dónde está. Ninguno la ha vuelto a ver desde que dejó Siquem. A uno de nosotros le pareció verla, como criada, en un pueblo cercano al Fialé. Otro jura haberla reconocido vestida míseramente en Bersabea. Pero no es seguro el testimonio de estas personas. Se la llamó por su nombre y no respondió, y hay quien oyó en un lugar que a la mujer la llamaban Juana; esto fue en el otro Agar.

-No es necesario saber más, aparte de que ella se ha redimido. Cualquier otro dato acerca de ella es vano, y toda indagación es curiosidad indiscreta. Dejad a vuestra conciudadana en su secreta paz, satisfechos suficientemente con que ya no cause escándalo.

Los ángeles del Señor saben dónde está, para darle la única ayuda de que tiene necesidad, la única ayuda que no puede perjudicar a su alma. Ahora sed caritativos con las
mujeres, que están cansadas, y llevadlas a las casas.

Mañana os hablaré. Hoy voy a escucharos a todos y voy a recibir a los enfermos.

-¿No te vas a quedar mucho tiempo con nosotros? ¿No vas a transcurrir aquí el sábado?
-No. En otro lugar, en oración.
-Esperábamos tenerte mucho con nosotros…

-Tengo el tiempo justo para volver a Judea para las fiestas. Os dejaré a los apóstoles y las mujeres, si quieren quedarse, hasta el atardecer del sábado. No os miréis así. Sabéis que debo tributar, más que nadie, honor al Señor Dios nuestro, porque el ser lo que soy no me exime de ser fiel a la Ley del Altísimo.

Se dirigen hacia las casas. En cada una entran dos discípulas y un apóstol: María de Alfeo y Susana con Santiago de Alfeo; Marta, María con el Zelote; Elisa y Nique con Bartolomé; Salomé y Juana con Santiago de Zebedeo.

Luego, en grupo, van juntos a otra casa Tomás, Felipe, Judas de Keriot y Mateo. Pedro y Andrés, a otra.

Y Jesús con Judas de Alfeo y Juan, entra con María, su Madre, en la de un hombre que siempre ha hablado en nombre de los habitantes del lugar.

Los seguidores y los de Efraím, Silo y Lebona, y otros peregrinos que iban a Jerusalén y, interrumpiendo el viaje, se han unido a los que seguían a Jesús, se esparcen en busca de alojamiento.

570- En Lebona, la parábola de los mal aconsejados

Están para entrar en Lebona, ciudad que no me parece muy importante ni bonita, pero que, en cambio, está muy llena de gente, la razón es que ya están en movimiento las caravanas que para la Pascua bajan a Jerusalén, procedentes de Galilea, Iturea, la Gaulanítida, la Traconítida, la Auranítida y la Decápolis. Yo diría que es que Lebona está situada en un camino de caravanas; es más, diría que es un nudo de caminos, caminos de caravanas, que vienen de esas regiones (del Mediterráneo y del este y norte de Palestina), para confluir en este lugar, en la vasta vía que conduce a Jerusalén.

Probablemente la preferencia de la gente se debe al hecho de que esta vía está muy patrullada por los romanos, de forma que se sienten más seguros del peligro de malos encuentros con bandidos. Pienso esto, pero quizás la preferencia se debe a otras causas, a recuerdos históricos o sagrados, no lo sé.

Las caravanas se están poniendo en movimiento -la hora es propicia por el sol, opino que son aproximadamente las ocho de la mañana-en medio de un gran rumor de voces, gritos, rebuznos, cascabeles, ruedas. Mujeres que llaman a los niños. Hombres que azuzan a los animales.

Vendedores ofreciendo mercancías. Tratos entre vendedores samaritanos y gente… menos hebrea, o sea, de la Decápolis y de otras regiones, poco intransigentes por estar más fundidas con el elemento pagano; rechazos desdeñosos, incluso con improperios, cuando un desdichado vendedor de Samaria se acerca a ofrecer su género a algún campeón del judaísmo.

Tanto gritan éstos sus anatemas, que parece como si se les hubiera acercado el diablo en persona… lo cual suscita vivísimas reacciones de los samaritanos ofendidos y se produciría algún tumulto si no estuvieran los soldados romanos vigilando bien.

Jesús avanza en medio de este jaleo. En torno a Él, los apóstoles; detrás, las discípulas; detrás de éstas, la fila de los de Efraím engrosada por muchos de Silo.
Un murmullo precede al Maestro, y se propaga desde los que lo ven hasta los que están más lejos y todavía no lo ven. Un murmullo más fuerte le sigue. Y muchos suspenden la salida para ver lo que sucede.

Se preguntan:
-¿Cómo? ¿Se aleja cada vez más de Judea? ¿Es que predica ahora en Samaria?
Una voz cantarina de Galilea:
-Los santos lo han rechazado y se dirige a los no santos para santificarlos, para bochorno de los judíos.
Una respuesta más mordaz que un ácido venenoso:

-Ha encontrado ya su nido, y también a quien entiende sus palabras de demonio. Otra voz:
-¡Callad, asesinos del Justo! ¡Esta persecución os marcará con el más triste nombre para todo el futuro; a vosotros, tres veces más corrompidos que nosotros los de la Decápolis!

Otra voz, de anciano, también mordaz:
-Es tan justo, que huye del Templo en la Fiesta de las fiestas. ¡Je! ¡Je! ¡Je!
Uno de Efraím, rojo de ira:
-No es verdad. ¡Mientes, vieja serpiente! Va ahora a su Pascua.

Un barbado escriba, con desprecio:
-Por el camino del Garizim.
-No. Del Moria. Viene a bendecirnos porque sabe amar; luego subirá hacia vuestro odio, ¡malditos!
-¡Calla, samaritano!
-¡Calla tú, demonio!

-Quien cree tumulto irá a las galeras. Así lo tiene ordenado Poncio Pilato. No lo olvidéis. Y desalojad este lugar -impone un suboficial romano haciendo maniobrar a sus subordinados para separar a algunos que están ya para enzarzarse por una de esas muchas disputas regionales y religiosas que fácilmente surgían en la Palestina de los tiempos de Cristo.

La gente se separa, pero ya ninguno parte. Llevan a los asnos a las caballerizas, a los encaminan hacia el lugar a donde se ha dirigido Jesús. Mujeres y niños se apean y siguen a sus maridos o padres, o bien se quedan en grupo charlador, si el estado de ánimo del marido o del padre así lo ordena, “para que no oigan hablar al demonio”. Pero los hombres, amigos, enemigos, o simplemente curiosos, se apresuran a ir al lugar a donde se ha dirigido Jesús. Y, mientras van, se miran mal, o se gozan de esta inesperada alegría, o hacen preguntas: según sean amigos y enemigos, o amigos entre sí, o curiosos.

Jesús se ha parado en una plaza, junto a la inevitable fuente ubicada a la sombra de algún árbol. Está allí, contra la húmeda pared de la fuente, que aquí está como cubierta por un pequeño pórtico abierto solamente por un lado. Quizás es un pozo, más que una fuente. Se parece al pozo de En Royel.

Está hablando con una mujer, que le muestra al hijito que lleva en sus brazos. Veo que Jesús asiente y pone su mano en la cabeza del niño. Enseguida veo que la madre alza al niño y grita:

-¡Malaquías!, ¡Malaquías!, ¿dónde estás? Nuestro hijo ya no es deforme -y la mujer, eleva cantarina su hosanna, al que se une el de la gente mientras un hombre se abre paso y va a postrarse ante el Señor.

La gente comenta lo sucedido. Las mujeres -la mayor parte de ellas, madres-se congratulan con la mujer agraciada. Los más lejanos, después de haber gritado «^hosanna!» para unirse a los que saben lo que ha sucedido, alargan el cuello y preguntan: «¿Pero qué ha pasado?».

-Un niño jorobado. Tan jorobado, que a duras penas podía sostenerse sobre sus piernas. Era así de alto sólo. No exagero, así, de lo encorvado que estaba. Parecía de tres años y tenía siete. ¡Miradlo ahora! Tiene la altura de todos, está derecho como una palma, y ágil. Mirad cómo se encarama al murete de la fuente para que lo vean y para ver. ¡Mirad cómo ríe feliz!

Un galileo se vuelve a uno que, a juzgar por los esponjosos caireles del cinturón, creo adivinar sí digo que es un rabí; le pregunta:

-¡Eh! ¿Tú que piensas? ¿También esto es una obra del demonio? Verdaderamente, si así actúa el demonio, o sea, eliminando tantas desventuras para hacer felices a los hombres y hacer que Dios sea alabado, ¡habrá que decir que es el mejor siervo de Dios!
-¡Blasfemo, calla!

-No estoy blasfemando, rabí. Comento lo que veo. ¿Por qué vuestra santidad nos acarrea sólo pesos y desventuras, y nos trae improperios a los labios, y pensamientos de desconfianza en el Altísimo, mientras que las obras del Rabí de Nazaret nos dan la paz y la certeza de que Dios es bueno?

El rabí no responde. Se separa y va a cuchichear algo con otros, amigos suyos. Y uno de ellos se separa del grupo.

Se abre paso entra la gente y, llegado frente a Jesús, le pregunta sin saludarlo antes:

-¿Qué piensas hacer?
-Hablar a los que piden mi palabra -responde Jesús mirándole a los ojos, sin desprecio, pero también sin miedo.

-No te es lícito. El Sanedrín no quiere.
-Lo quiere el Altísimo, del que el Sanedrín debería ser siervo.

-¿Sabes que has sido condenado. Calla, o…
-Mi nombre es Palabra. Y la Palabra habla.

-A los samaritanos. Si fuera verdadero que eres quien dices ser, no darías a los samaritanos tu palabra.

-Se la he dado, y seguiré dándosela, a galileos, a judíos, a samaritanos, porque a los ojos de Dios no hay diferencia.

-¡Intenta hablar en Judea, si te atreves!…
-En verdad, hablaré. Esperadme. ¿No eres Eleazar ben Parta? Entonces verás antes que Yo a Gamaliel. Dile en nombre mío que también a él le daré, después de veintiún años, la respuesta que espera. ¿Comprendes? Recuérdalo bien: también a él le daré, después de veintiún años, la respuesta que espera. Adiós.

-¿Dónde? ¿Dónde quieres hablar? ¿Dónde quieres responder al gran Gamaliel? Seguro que ha dejado Gamala de Judea para entrar en Jerusalén. Pero, aunque estuviera todavía en Gamala, no podrías hablar con él.

-¿Dónde? ¿Y dónde se reúnen los escribas y rabíes de Israel?
-¿En el Templo? ¿Tú en el Templo? ¿Te atreverías? ¿Pero no sabes…?

-¿Qué me odiáis? Lo sé. Me basta con no ser odiado por mi Padre. Dentro de poco el Templo se estremecerá por mi palabra.

Y, sin preocuparse ya más de su interlocutor, abre los brazos para imponer silencio a la gente, alterada entre opuestas corrientes y alborotada contra los perturbadores. Se produce enseguida silencio, y en el silencio Jesús habla:

-En Silo he hablado de los malos consejeros, y de lo que puede realmente hacer, de un consejo, un bien o un mal. A vosotros, que no sois sólo de Lebona, sino que ya sois de todas las partes de Palestina, propongo ahora esta parábola. La llamaremos: "La parábola de los mal aconsejados".

Oíd. Había una familia numerosísima. Tan numerosa, que era una tribu. Numerosos hijos se habían casado y habían formado, en torno a la primera familia, muchas otras familias ricas en hijos, los cuales, casándose, a su vez habían formado otras familias. De manera que el anciano padre se había encontrado como a la cabeza de un pequeño reino donde él era el rey.

Como siempre sucede en las familias, los muchos hijos, y los hijos de los hijos, tenían caracteres distintos. Unos eran buenos y justos, otros avasalladores e injustos. Unos estaban contentos con su estado, otros eran envidiosos y les parecía menor su parte que la de su hermano o pariente. Y, junto al peor, estaba el mejor de todos. Era natural que este bueno fuera el más amado, el más tiernamente amado, por el padre de toda esa gran familia.

Y, como siempre sucede, el malvado y los que más se parecían a él odiaban al bueno, porque era el más amado, no reflexionando en que también ellos habían podido ser amados, si hubieran sido buenos como éste. Y al bueno, a quien el padre confiaba sus pensamientos para que, a su vez, los manifestara a todos, le seguían los otros buenos.

De manera que, pasada una serie de años, esa gran familia se había divido en tres partes: la de los buenos y la de los malos, y entre ésta y aquélla, la tercera, compuesta por los titubeantes (los cuales se sentían atraídos hacía el hijo bueno pero temían al hijo malo y a los de su partido). Esta tercera parte oscilaba entre las dos primeras y no sabía decidirse con firmeza por una o por otra.

Entonces el anciano padre, viendo esta incertidumbre, dijo a su hijo amado: "Hasta ahora has dedicado tu palabra especialmente a los que la aman y a los que no la aman, porque los primeros te la piden para amarme cada vez más con justicia, y los otros son necios que deben ser corregidos en orden a la justicia.

Pero, como ves, éstos, los necios, no sólo no la acogen -de forma que siguen siendo lo que eran-, sino que a su primera injusticia, respecto a ti, portador de mi deseo, añaden la de corromper con malos consejos a aquellos que todavía no saben decidirse fuertemente por el camino mejor. Ve, pues, donde estos últimos y háblales de lo que soy yo y de lo que eres tú, y de lo que deben hacer para estar conmigo y contigo".

El hijo, siempre obediente, fue, como quería el padre. Y cada día que pasaba conquistaba algún corazón. De forma que el padre vio así con claridad quiénes eran los verdaderos hijos suyos rebeldes, y los miraba con severidad, aunque no los increpaba, porque era padre y quería atraerlos a sí con la paciencia, el amor y el ejemplo de los buenos.

Pero los malos, al verse solos, dijeron: "De esta forma, demasiado claramente se ve que nosotros somos los rebeldes. Antes nos camuflábamos entre los que no eran ni buenos ni malos. ¡Ahora ahí los veis! Van todos detrás del hijo predilecto. Hay que hacer algo. Destruir su obra.

Vamos, fingiendo que hemos cambiado, y nos introducimos entre los recién convertidos, y también entre los más simples de los mejores, y difundimos la voz de que el hijo predilecto finge servir al padre, pero que en realidad se está atrayendo seguidores para sublevarse contra él; o también decimos que el padre tiene intención de eliminar al hijo y a sus seguidores porque triunfan demasiado y empañan su gloria de padre-rey, y que, por tanto, para defender al hijo predilecto traicionado, debemos retenerlo con nosotros, lejos de la casa paterna donde le espera la traición".

Y se pusieron en marcha. Y fueron tan astutamente sutiles en sugerir y extender voces y consejos, que muchos cayeron en la celada, especialmente los que hacía poco que se habían convertido, a los que los malos consejeros daban este mal consejo: "¿Veis cuánto os ha amado?

Ha preferido venir a vosotros antes que estar junto a su padre, o, cuando menos, junto a los buenos hermanos. Tanto ha hecho, que ante los ojos del mundo os ha levantado de la abyección en que os encontrabais: erais personas que no sabían lo que querían y, por eso, erais objeto de burla por parte de todos.

Por esta predilección que ha mostrado hacia vosotros, tenéis el deber de defenderlo, incluso tenéis el deber de retenerlo con la fuerza, si no bastan vuestras palabras de persuasión para que se quede en vuestros campos. O… sublevaros. Proclamadlo vuestro caudillo y rey y marchad contra el inicuo padre y sus hijos, inicuos como él".

Y a los que titubeaban haciendo esta observación: "Pero él quiere, ha querido que le acompañáramos a rendir honor al padre, y nos ha obtenido bendiciones y perdón", a éstos, les decían: "¡No lo creáis! os ha dicho toda la verdad, ni el padre os ha mostrado toda la verdad.

El hijo ha actuado así porque siente que el padre está para traicionarlo y ha querido probar vuestros corazones para saber dónde encontrar protección y refugio. Pero, quizás… ¡es tan bueno!… quizás luego se arrepienta de haber dudado de su padre y quiera volver donde él. No se lo permitáis".

Y muchos prometieron: "No lo permitiremos" y se pusieron, apasionadamente, a buscar planes adecuados para retener al hijo predilecto, sin darse cuenta de que mientras los malos consejeros decían: les ayudaremos a salvar al bendito" sus ojos estaban llenos de luces de falsedad y crueldad, y sin darse cuenta de que éstos se intercambiaban miradas frotándose las manos y bisbiseando:

"¡Caen en la trampa! ¡Triunfaremos!" cada vez que alguno se adhería a sus subrepticias palabras.

Luego se marcharon los malos consejeros. Se marcharon esparciendo por otros lugares la voz de que pronto tendría lugar la traición del hijo predilecto, que había salido de las tierras de su padre para crear un reino, contrario al padre, con aquellos que odiaban a su padre, o que, por lo menos, le profesaban incierta estima. Y, entretanto, los que habían sido sugestionados por los malos consejeros tramaban cómo podrían inducir al hijo predilecto al pecado de rebelión que habría de escandalizar al mundo.

Sólo los más sabios de entre ellos -aquellos en que había penetrado más profundamente la palabra del justo, aquellos en que la palabra del justo había arraigado por haber caído en terreno deseoso de acogerla-, tras haber reflexionado, dijeron:

"No. Hacer eso no es bueno. Es un acto de maldad hacia el padre, hacia el hijo y también hacia nosotros. Conocemos la justicia y sabiduría del uno y del otro, las conocemos aunque, por desgracia, no siempre las hayamos seguido. Y no debemos pensar que los consejos de los que han estado siempre abiertamente contra el padre y la justicia, y también contra el hijo predilecto del padre, pueden ser más justos que los que nos ha dado el hijo bendito". Y no los siguieron.

Es más, con amor y dolor, dejaron marcharse al hijo a donde debía ir, limitándose a acompañarlo con signos de amor hasta los confines de sus campos, y a prometerle en la despedida: "Vete. Nosotros nos quedamos. Pero tus palabras están en nosotros, y de ahora en adelante haremos lo que el padre quiere. "Ve tranquilo. Tú nos has sacado para siempre del estado en que nos hallaste. Ahora, de nuevo en el buen camino, sabremos ir por él hasta llegar a la casa paterna, y así recibir la bendición del padre".

Por el contrario, algunos prestaron su adhesión a los malos consejos y pecaron, tentando a pecar al hijo predilecto y burlándose de él como necio por obstinarse en cumplir con su deber.

Ahora Yo os pregunto: "¿Por qué el mismo consejo obró en manera distinta?". ¿No respondéis? Os lo diré Yo, como lo dije en Silo. Porque los consejos adquieren valor o resultan nulos según que sean o no acogidos. Si uno no quiere pecar, no pecará.

Inútilmente será tentado con malos consejos. Y no será castigado por haber tenido que oír las insinuaciones de los malvados. No será castigado porque Dios es justo y no castiga por culpas no cometidas.

Será castigado sólo si, después de haber debido escuchar el Mal que tienta, sin hacer uso del intelecto para meditar sobre la naturaleza y origen del consejo, lo pone en práctica. Y no tendrá disculpa por decir: "Lo consideré bueno". Bueno es lo que agrada a Dios.

¿Puede, acaso, Dios aprobar y aceptar con agrado una desobediencia o algo que induzca a la desobediencia? ¿Puede Dios bendecir algo que se oponga a su Ley, o sea, a su Palabra? En verdad os digo que no. Y os digo también en verdad que hay que saber morir, antes que transgredir la Ley divina.

En Siquem seguiré hablando para haceros justos en orden a saber querer o no querer practicar el consejo que se os ofrece. Podéis iros.

La gente se marcha haciendo comentarios.

-¿Has oído? ¡Sabe lo que nos dijeron! Y nos ha dado un toque de atención en orden a la rectitud -dice un samaritano.

-Sí. ¿Y has visto cómo se han inquietado los judíos y los escribas que estaban presentes?

-Sí. Ni siquiera han esperado al final para marcharse.

-¡Malas víboras! Pero… Él dice lo que quiere hacer. Hace mal. Podría causarse problemas. ¡Los del Ebal y el Garizim se han exaltado mucho!…

-Yo… nunca me he forjado una falsa idea. El Rabí es el Rabí. Y diciendo esto está dicho todo. ¿Puede, acaso, pecar el Rabí no subiendo al Templo de Jerusalén?

-Encontrará la muerte. ¡Ya verás!… ¡Y será el final!…
-¿Para quién? ¿Para Él? ¿Para nosotros? ¿O… para los judíos?

-Para Él. ¡Si muere!
-Eres un necio. Yo soy de Efraím. Lo conozco bien. He vivido a su lado dos lunas enteras. Más de dos lunas.

Siempre hablaba con nosotros. Será doloroso… pero no será el final, ni para Él ni para nosotros. No puede morir, acabar, el Santo de los santos. Ni puede acabar así para nosotros. Yo… soy un ignorante, pero siento que el Reino vendrá cuando los judíos crean que ha acabado… Y serán ellos los que encontrarán su final…

-¿Piensas en una venganza del Maestro por parte de los discípulos? ¿Una rebelión? ¿Una matanza? ¿Y los romanos?…

-¡No hay necesidad de discípulos, de venganzas humanas, de matanzas! Será el Altísimo el que los vencerá. ¡Bien nos ha castigado a nosotros, durante siglos, y por mucho menos! ¿Piensas que no los castigará por su pecado de atormentar a su Cristo?

-¡Verlos derrotados! ¡Ah!
-Tienes un corazón como no querría el Maestro que lo tuvieras. Él ora por sus enemigos…

-Yo… mañana lo seguiré. Quiero oír lo que dirá en Siquem.
-Yo también.
-Y yo también…

Muchos de Lebona tienen el mismo pensamiento y, fraternizando con los de Efraím y Silo, van a prepararse para la partida del día siguiente.

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