por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
-Alzaos. Vamos por la orilla del torrente. Como los hebreos que están fuera de su patria y en lugares donde no hay sinagogas, celebraremos el sábado entre nosotros.
Venid, niños… -dice Jesús a los apóstoles, ociosos en el huerto de la casa, y tiende la mano a los tres pobres niños que están en grupo en un ángulo.
Éstos acuden con una tímida alegría en la carita precozmente pensativa, de niños que han visto cosas demasiado mayores que ellos. Los dos más grandecitos meten su manita en la de Jesús, pero el más pequeño quiere que lo coja en brazos, y Jesús lo contenta. Al más mayor le dice:
-Tú estáte de todas formas a mi lado. Me agarras la túnica como ayer. Pero Isaac está demasiado cansado y es demasiado pequeño como para arreglárselas solo…
El más grandecito bebe la sonrisa de Jesús y acepta, contentándose con caminar al lado de Jesús como un hombrecito.
-Déjame a mí el niño, Maestro. Supongo que estarás cansado todavía de ayer, y Rubén sufre si no te agarra la mano… dice Bartolomé, y hace ademán de tomar de sus brazos al más pequeño, que se abraza al cuello de Jesús.
-¡Obcecado como toda la raza! -exclama Judas Iscariote.
-No. Está asustado. No entiendes nada de hijos. Los pequeñuelos son así. Cuando están afligidos o asustados buscan refugio en el primero que les ha sonreído y consolado -rebate Bartolomé, quien, no pudiendo tomar en brazos al más pequeño, da la mano al mayor después de haberle acariciado en el pelo y haberle sonreído paternamente.
Salen de la casa, donde se queda sola la mujer. Van siguiendo el torrente ya fuera del pueblo. Son bonitas sus márgenes cubiertas de hierba nueva, tachonadas de flores pradeñas.
Es agua cristalina, cantarina entre las piedras; aunque sea poca, canta con notas de arpa, susurra rompiéndose contra las piedras más grandes diseminadas en el guijarral, o introduciéndose entre los recovecos de alguna minúscula isla poblada de cañas.
En los árboles que hay en las orillas, los pájaros alzan velocísimos el vuelo con trinos de alegría, o se posan en alguna rama expuesta al sol y cantan las primeras canciones de primavera, o bajan al suelo, graciosos y vivarachos, a buscar insectos y gusanos o a beber en las orillas.
Dos tortolitas silvestres se bañan en una curva de la orilla y zureando, se picotean, para alzar el vuelo luego, llevando en el pico una vedija de lana dejada por alguna oveja contra un arbusto de espino albar que empieza ya a florecer en su cima.
-Hacen eso para hacer el nido -dice el mayor de los niños -Está claro que tienen pichoncítos…
Agacha mucho la cabeza, y, después de un atisbo de sonrisa mientras decía las primeras palabras, llora quedo secándose los ojos con la mano.
Bartolomé lo coge en brazos, comprendiendo en qué herida han hurgado las dos tortolitas con sus cuidados; y suspira, él que tiene el buen corazón de un buen padre de familia. El niño llora sobre el hombro de Bartolomé, y el otro, el segundo, viendo ese llanto, se echa a llorar a su vez, imitado por el tercero, que llama a su padre con su vocecita de pequeñuelo que desde hace poco sabe hablar.
-Hoy será ésta nuestra oración del sábado. ¡Hubieras podido dejarlos en casa! La mujer es más idónea que nosotros en estos casos y… -observa Judas Iscariote.
-¡Pero si ella no hace más que llorar, también! Como incluso yo, que tengo también grandes ganas de llorar… Porque son cosas… que hacen llorar… -le responde Pedro tomando en brazos al segundo niño.
-Sí. Son cosas que hacen llorar. Es verdad. Y María de Jacob, una pobre anciana afligida, no es muy capaz de consolar… confirma el Zelote.
-Y nosotros tampoco parece que lo consigamos mucho. E1 único que podía consolar era el Maestro, y no lo ha hecho.
-¿No lo ha hecho? ¿Y qué más debía hacer? Ha convencido a los bandidos, ha recorrido millas con los niños en brazos, ha dispuesto las cosas para que sean advertidos los parientes de los niños…
-Esas son cosas secundarias. Él, que tiene autoridad incluso sobre la muerte, podía, es más, debía, haber bajado al aprisco y haber resucitado al pastor. ¡Lo ha hecho incluso por Lázaro, que no era ya útil para nadie! Aquí, un padre, y además viudo; unos niños que se quedan solos… Esta resurrección había que haberla hecho. No te comprendo, Maestro…
-Y nosotros no te comprendemos a ti, tan irrespetuoso como te muestras…
-¡Calma! ¡Calma! Judas no comprende. No es el único que no comprende las razones de Dios y las consecuencias del pecado. Tú tampoco comprendes, Simón de Jonás, por qué los inocentes deben sufrir. No queráis juzgar, pues, a Judas de Simón, que no comprende por qué ese hombre no ha resucitado. Si Judas reflexiona, él, que siempre me echa en cara el que vaya sólo y lejos, comprenderá que no podía ir tan lejos… Porque el aprisco estaba en la llanura de Jericó, pero pasada la ciudad, hacia el vado. ¿Qué habríais dicho si hubiera estado fuera al menos tres días?
-Hubieras podido, con tu espíritu, ordenar al muerto resucitar.
-¿Eres más que los fariseos y escribas, que quisieron la prueba de un muerto ya descompuesto para poder decir que Yo resucito realmente a los muertos?
-Pero ellos la querían porque te odian. Yo la quisiera porque te amo y quisiera verte aplastar a todos tus enemigos.
-Tu viejo sentimiento y tu desordenado amor. No has sabido desarraigar de tu corazón las viejas plantas para sustituirlas por las nuevas; y las viejas, fertilizadas por la Luz a que te has acercado, se han hecho aún más fuertes. Este error tuyo es el de muchos, presentes y futuros; el de los que, a pesar de las ayudas de Dios, no se transforman porque no responden con heroica voluntad al auxilio de Dios.
-¿Y es que éstos, que son discípulos tuyos como yo, han destruido las viejas plantas?
-Al menos, las han podado mucho y han hecho muchos injertos. Tú esto no lo has hecho. Ni siquiera has observado con atención si era conveniente hacerles injertos o podarlas o arrancarlas. Eres un jardinero incauto, Judas.
-Bueno, sólo para mi alma ¿eh?, porque para los jardines soy hábil.
-Eres hábil. Para todas las cosas terrenas eres hábil. Quisiera verte igualmente hábil para las cosas del Cielo.
-¡Pero tu Luz debería obrar por sí sola todo prodigio en nosotros! ¿Es que no es buena? Si fertiliza el mal y lo hace más fuerte, no es buena; y, si no nos hacemos buenos, es culpa suya.
-Habla por ti, amigo. Yo no veo que el Maestro haya hecho en mí más fuertes las malas tendencias -dice Tomás.
-Yo tampoco.
-Ni yo -dicen Andrés y Santiago de Zebedeo.
-¡Pues a mí!… Su potencia me ha liberado del mal y me ha renovado. ¿Por qué hablas así? ¿No reflexionas en lo que dices? -pregunta Mateo.
Pedro está para intervenir, pero prefiere marcharse; se echa a andar, raudo, con el niñito sobre los hombros, imitando el ondeo de una barca para hacerle reír; al pasar, toma de un brazo a Judas Tadeo y grita:
-¡Venga, vamos allá, a aquella isla! Está llena de flores, como una canasta. Venid, Natanael, Felipe, Simón, Juan… Un buen salto y estamos allí. El torrente, dividido así, es sólo dos arroyos, a este lado y al otro de la isla…
Y él es el primero que salta y pone el pie en una porción arenosa emergente, de unos pocos metros de extensión, herbosa como un prado, florida como una alfombra con las primeras flores; en el centro de ella hay un solo chopo, alto y fino, que ondea sus ramas con un viento ligero. Se unen a Pedro, poco a poco, los apóstoles que han sido nombrados; y a éstos los siguen los que estaban más cerca de Jesús, que se queda retrasado hablando con Judas Iscariote.
-¿Pero no ha terminado todavía ése? -pregunta Pedro a su hermano.
-El Maestro está trabajando su corazón -responde Andrés.
-¡En fin! Es más fácil que yo consiga que broten higos en este árbol, que no que la justicia entre en el corazón de Judas.
-Y en su intelecto -añade Mateo.
-Es necio porque quiere serlo, y en lo que quiere -dice Judas Tadeo.
-Sufre porque no ha sido elegido para evangelizar. Yo lo sé -explica Juan.
-Pues por mí… Si quiere ir él en mi lugar… ¡No tengo ningún interés especial en andar por esos caminos! -exclama Pedro.
-Ninguno de nosotros lo tiene. Pero él sí. Y, sin embargo, mi hermano no quiere enviarlo. Esta mañana le he hablado de esto, porque había comprendido el estado de ánimo de Judas y las causas de él. Y Jesús me ha dicho:
"Precisamente por ser un corazón tan enfermo, lo tengo a mi lado. Son los enfermos y los débiles los que tienen necesidad del médico y de alguien que los sujete".
-¡Ya!… ¡Bien!… Venid, niños. Ahora agarramos estas hermosas cañas y hacemos barquitas con ellas. ¡Mirad qué bonitas! Y dentro de ellas metemos estas flores, que son los pescadores. Mirad si no parecen cabezas con un gorro blanco y rojo… Aquí hacemos el puerto y aquí… pues las casitas de los pescadores… Ahora atamos las barcas a estas bonitas hierbas finas y vosotros las metéis en el agua… así… y luego las sacáis a la orilla después de la pesca…
Podéis dar la vuelta a la isla… ¡pero cuidado con los escollos, eh!… Pedro tiene una paciencia admirable. Ha trabajado con el cuchillo trozos de caña, cortando de nudo a nudo y destapando un lado para transformar las cañas en barquitas; ha puesto a hacer de pescadores unas mayas todavía en capullo; ha excavado en la arena un puerto liliputiense; ha construido casitas con la arena húmeda: ha conseguido la finalidad de recrear a los niños, y se sienta satisfecho susurrando:
-¡Pobres criaturas!…
Jesús pone pie en la isla precisamente cuando los dos niñitos empiezan su juego y, dejando en el suelo al más pequeño, que se une al juego de sus hermanitos, los acaricia.
-Aquí estoy, con vosotros. Ahora vamos a hablar de Dios. Porque hablar de Dios y hablar a Dios es prepararse para la misión. Después de hacer oración, o sea, después de hablar a Dios, hablaremos de Dios, que está presente en todas las cosas para instruir en orden a las cosas buenas.
Vamos, alzaos y vamos a orar -y entona unos salmos en hebreo a los cuales los apóstoles hacen coro.
Los niños, que se habían alejado con sus barquitas, suspenden el gorjeo de sus vocecitas y sus juegos y se acercan al oír cantar a estos hombres. Escuchan atentos con los ojos fijos en Jesús, que para ellos es todo, y luego, con ese espíritu de imitación que tienen los niños, toman la misma postura de los que están orando y tratan de seguir su canto, sólo con la voz, pues no saben las palabras de los salmos. Jesús baja los ojos y los mira con una sonrisa que aumenta el canto de las vocecitas inocentes. Se sienten aprobados y cobran ánimos…
El canto de los salmos termina. Jesús se sienta en la hierba y empieza a hablar:
-Cuando los reyes de Israel (2 Reyes 3,1-20), el de Edom y el de Judá, se unieron para combatir contra el rey de Moab y se dirigieron a Eliseo profeta para solicitar consejo, éste respondió al enviado de los reyes: "Si no sintiera respeto por Josafat, rey de Judá, ni siquiera te habría mirado. Pero ahora traedme a un arpista".
Y, mientras el arpista tocaba, Dios habló a su profeta y ordenó que hiciera excavar muchos fosos en el torrente árido, para que se llenara de agua para hombres y animales. Y a la hora del sacrificio de la mañana el torrente, sin que hubiera ni viento ni lluvia, se llenó como el Señor había dicho. ¿Cuáles, según vosotros, son las lecciones de este episodio? ¡Hablad!
Los apóstoles se consultan entre sí. Quién dice: «En la turbación del corazón Dios no habla. Eliseo quiere aplacar su irritación, surgida al verse enfrente al rey de Israel, para poder oír a Dios». Quién: «Es una lección sobre la justicia. Eliseo, para no castigar al inocente rey de Judá, salva también al culpable». Quién: «Es una lección de obediencia y fe. Excavaron los fosos obedeciendo a una indicación aparentemente absurda, y esperaron con fe el agua, aunque el cielo estuviera sereno y no hubiera viento».
-Habéis respondido bien, pero no ampliamente bien. En la turbación del corazón Dios no habla. Es verdad. Pero no se necesitan las arpas para calmar el corazón. Basta con tener la caridad, que es el arpa espiritual que emite notas de paraíso. Cuando un alma vive en la caridad, tiene el corazón sereno y oye la voz de Dios y la comprende.
-Entonces Eliseo no tenía caridad, porque estaba turbado.
-Eliseo es del tiempo de la Justicia. Hay que saber transportar al tiempo de la Caridad los episodios antiguos, y verlos no a la luz de los rayos, sino a la de los astros. Vosotros sois del tiempo nuevo. ¿Y por qué, entonces, tan frecuentemente sois más iracundos y estáis más turbados que los del tiempo antiguo? Despojaos del pasado.
Lo repito, aunque a Judas no le guste oírlo repetir.
Extirpad, podad, injertad, plantad plantas nuevas.
Renovaos, excavad los fosos de la humildad, obediencia y fe. Aquellos reyes supieron hacerlo, y eran en la proporción de dos a uno no de Judá, y no oyeron a Dios, sino al profeta de Dios referir la voluntad del Altísimo.
Habrían muerto de sed en medio de la aridez, si no hubieran sabido obedecer. Obedecieron y el agua llenó los fosos excavados, y no sólo fueron salvados de la sed; vencieron también a los enemigos. Yo soy el Agua de la Vida. Excavad fosos en vuestros corazones para poder recibirme. Y ahora escuchad. No pronuncio largos discursos.
Os doy sentencias para que las meditéis. Seréis siempre como estos niños -e incluso menos que ellos, porque ellos son inocentes y vosotros no lo sois, y por eso es más sombría en vosotros la luz espiritual-, si no os acostumbráis a meditar. Siempre escucháis, pero de ninguna manera retenéis, porque vuestra inteligencia duerme en vez de estar activa.
Por tanto, oíd. Cuando a la Sunamita (2 Reyes 4, 1837) se le murió el hijo, quiso presentarse al profeta, a pesar de que el marido le dijera que no era el uno del mes ni sábado. Pero ella sabía que debía ir porque para ciertas cosas no se admiten dilaciones. Y por haber sabido comprender el espíritu de las cosas recobró a su hijo resucitado. ¿Qué decís de este hecho?
-Que es un reproche a mí, por el sábado -dice Judas Iscariote.
-¿Ves, Judas, que cuando quieres sabes entender? Abre, pues, tu espíritu a la justicia.
-Sí… pero Tú no has violado el sábado por resucitar al hombre.
-He hecho más. He impedido la ruina, la muerte de éstos, la verdadera muerte, y he recordado a los bandidos que…
-¡Espera a contentarte de haber hecho algo! No creo que te hayan obedecido…
-Si el Maestro lo dice…
-También Eliseo en la narración de la Sunamita dice: "El Señor me lo ha mantenido oculto". Así que los profetas no saben todo -rebate Judas Iscariote.
-Nuestro hermano es más que un profeta -observa Judas Tadeo.
-Lo sé. Es el Hijo de Dios. Pero también es el Hombre.
Como tal, puede estar sujeto a no saber cosas secundarias, como esta de una conversión y de un regreso… Maestro, ¿sabes realmente siempre, siempre, todo?
Yo me pregunto esto a menudo… -insta con corazón tenaz Judas Iscariote.
-¿Con qué espíritu? ¿Buscando paz, consejo, turbación?
-pregunta Jesús.
-Hombre, pues… no sabría decirte. Me lo pregunto y…
-Y pareces turbado incluso en el acto de preguntártelo -dice Tomás.
-¿Yo? Hombre, claro, la perplejidad siempre turba…
-¡Cuántas sutilezas! Yo no me planteo tantas sutilezas.
Creo sin indagar, y no me siento ni perplejo ni turbado por nada. Pero, dejemos hablar al Maestro. A mí no me gusta esta lección. Dinos palabras hermosas, Maestro. Les gustarán también a los niños -dice Pedro.
-Todavía tengo una cosa que preguntar. Ésta: ¿Qué significado tiene para vosotros la harina que anula lo amargo en el potaje de los hijos de los profetas?
Un profundo silencio es la respuesta a la pregunta.
-¿Entonces? ¿No sabéis responder?
-Quizás la harina absorbió la sustancia amarga… -dice inseguro Mateo.
-Todo se habría puesto amargo, incluso la harina.
-Por un milagro del profeta, que no quería que se sintiera avergonzado el criado -sugiere Felipe.
-También. Pero no por eso sólo.
-El Señor quiso que resplandeciera el poder del profeta incluso sobre las cosas comunes -dice el Zelote.
-Sí. Pero no es todavía el significado exacto. Las vidas de los profetas anticipan lo que luego se actuará en el tiempo pleno: el mío; reflejan mi día terrenal en símbolos y figuras. ¿Entonces?…
Silencio. Se miran. Luego Juan agacha la cabeza, se ruboriza, sonríe.
-¿Por qué no manifiestas tu pensamiento, Juan? -le pregunta Jesús -No es falta de amor hablar, porque no lo haces para zaherir a nadie.
-Creo que quiere decir esto. Que en el tiempo del hambre de la Verdad y la carestía de Sabiduría -este en que has venido-todo árbol se ha vuelto silvestre y ha dado frutos amargos, imposibles de comerse, como el veneno, para los hijos de los hombres, que, de tal forma, en vano los recogen y se los preparan para alimentarse.
Pero la bondad del Eterno te envía a ti, harina de trigo elegido; y Tú, con tu perfección, anulas el tóxico de todo alimento, devolviendo la bondad, tanto a los árboles de las Escrituras, que los siglos han desnaturalizado, como a los paladares de los hombres, que la concupiscencia ha corrompido. En este caso, el que ordena llevar la harina y la echa en la olla amarga es el Padre tuyo, y Tú eres la harina que se sacrifica para hacerse alimento para los hombres. Y, después de tu consumación, ya no quedará nada tóxico en el mundo, porque habrás restablecido la amistad con Dios. Quizás me he equivocado. -No te has equivocado. Ése es el símbolo.
-¿Y cómo lo has pensado? -pregunta asombrado Pedro.
Le responde Jesús:
-Te lo digo con tus propias palabras de hace un rato. Un buen salto y se está en la isla pacífica y florecida de la espiritualidad. Pero hay que tener el valor de dar ese salto, abandonando la orilla, el mundo. Saltar sin pensar si alguien puede reírse a causa de nuestro salto desmañado, o burlarse de nuestro simplismo de preferir antes que el mundo una islita solitaria. Saltar sin miedo a herirse o mojarse, o a quedar defraudados. Dejar todo para refugiarse en Dios.
Establecerse en la isla separada del mundo y salir de ella únicamente para distribuir, a los que se han quedado en las orillas, las flores y las aguas puras recogidas en la isla del espíritu, donde hay un único árbol: el de la Sabiduría. Estando a su pie, lejos del fragor del mundo, se aferran todas sus palabras y uno se hace maestro sabiendo ser discípulo. También esto es un símbolo. Pero ahora contaremos una bonita parábola a los niños. Venid aquí bien cerca.
Los tres niños se acercan tanto, que incluso se sientan en sus piernas. Jesús los rodea con los brazos y empieza a narrar:
-Un día el Señor Dios dijo: "Haré al hombre, y el hombre vivirá en el Paraíso Terrenal, donde está el gran río, que luego se reparte en cuatro brazos, que son el Pisón, el Guijón, el Eufrates y el Tigris, que riegan la Tierra. Y el hombre será feliz, teniendo todas las bellezas y bondades de la Creación y mi amor para gozo de su espíritu".
Y así hizo. Era como si el hombre estuviera en una isla grande, pero más florida todavía que ésta y con árboles de todos los tipos y con todos los animales; y como si, sobre él, estuviera el amor de Dios haciendo de Sol para el alma. Y la voz de Dios estaba en los vientos, más melodiosa que canto de pájaro.
Pero en esta bonita isla florida, entre todos los animales y las plantas, entró reptando una serpiente distinta de las que habían sido creadas por Dios y que eran buenas, sin veneno en los dientes, sin saña en las vueltas de su cuerpo flexuoso.
Esta serpiente se había vestido con la piel de colores de gemas que tenían las otras; es más, se había engalanado más que las otras, tanto que parecía una gran joya de rey que fuera zigzagueando por entre los espléndidos árboles del Jardín. Fue a enroscarse en torno a un árbol que se alzaba en medio del jardín, un árbol bello, solitario, mucho más alto que éste, cubierto de hojas y frutos maravillosos.
La serpiente parecía una joya alrededor del bonito árbol, y con el sol despedía destellos. Todos los animales la miraban porque ninguno se acordaba de haberla visto crear ni de haberla visto antes de entonces. Pero ninguno se acercaba a ella; al contrario, todos se alejaban del árbol, ahora que tenía enroscada en su tronco a la serpiente.
Sólo el hombre y la mujer se acercaron allí; la mujer antes que el hombre, porque le gustaba esa cosa resplandeciente que brillaba al sol y movía la cabeza como una flor semicerrada, y escuchó lo que decía la serpiente, y desobedeció al Señor e hizo desobedecer a Adán.
Sólo después de la desobediencia vieron a la serpiente en su realidad y comprendieron el pecado, porque habían perdido la inocencia del corazón. Y se escondieron de Dios, que los buscaba, y luego mintieron a Dios, que les hacía preguntas.
Entonces Dios puso ángeles en la entrada del Paraíso y expulsó de él a los hombres. Fue como si los hombres fueran arrojados, de la orilla segura del Edén, a los ríos terrestres llenos de agua como cuando vienen las riadas de primavera.
Pero Dios dejó en el corazón de los expulsados el recuerdo de su destino eterno, o sea, del pasaje del hermoso Jardín, donde percibían la voz y el amor de Dios, al Paraíso en que habrían gozado de Dios completamente: y con este recuerdo dejó el estímulo santo de remontarse, con una vida de justicia, hasta el lugar perdido.
Pero, niños míos, vosotros habéis experimentado hace poco que mientras la barca baja siguiendo la corriente es fácil su camino, mientras que, cuando remonta la corriente, le cuesta mantenerse a flote, no ser arrollada por la ola, no naufragar entre las hierbas y arenas o piedras del río. Si Simón Pedro no hubiera atado vuestras barquichuelas con los juncos finos de la orilla, habríais perdido todas, como le ha sucedido a Isaac por haber soltado el junco.
Lo mismo les sucede a los hombres arrojados a las corrientes de la Tierra. Deben estar siempre en las manos de Dios, poniendo confiadamente su voluntad, que es como el junco, en las manos del buen Padre que está en los Cielos y que es Padre de todos, especialmente de los inocentes; y deben tener mirada vigilante para evitar hierbas y espadañas, piedras, remolinos y barro, que podrían retener, romper, tragarse la barca de su alma, arrancando el hilo de la voluntad que los mantiene unidos a Dios.
Porque la Serpiente, que ya no está en el Jardín, está ahora en la Tierra tratando de hacer naufragar a las almas, de no dejarlas remontarse por el Éufrates, el Tigris, el Guijón y el Pisón, hasta el Gran Río que fluye en el Paraíso eterno y alimenta los árboles de la Vida y la Salud, que dan perpetuos frutos de que gozarán todos los que hayan sabido remontar la corriente para unirse de nuevo a Dios y a los ángeles suyos sin tener que sufrir ya jamás por nada.
-Esto lo decía también nuestra mamá -dice el más grandecito de los niños.
-Sí, lo decía-gorjea el más pequeño.
-Tú no lo puedes saber. Yo sí, porque soy mayor. Pero si dices cosas que no son verdad no vas a entrar en el Paraíso.
-Pero nuestro padre decía que no era verdad nada -objeta el del medio.
-Porque no creía en el Señor de mamá.
-¿No era samaritano tu padre? -pregunta Santiago de Alfeo.
-No. Era de otros lugares. Pero nuestra mamá sí que lo era. Y nosotros lo somos, porque quería que fuéramos como ella. Y nos hablaba del Paraíso y del Jardín, pero no bien como lo has dicho Tú. Yo tenía miedo de la serpiente y de la muerte, porque decía que una era el diablo y porque nuestro padre decía que con la muerte acaba todo.
Por eso me sentía tan infeliz de estar solo, y decía que ya era inútil ser bueno, porque, mientras estaban mamá y papá, uno daba alegría siendo bueno, pero ya no había nadie al que alegrar siendo bueno. Pero ahora sé… Y voy a serlo. No voy a quitar nunca mi hilo de las manos de Dios, para que no me lleven las aguas de la Tierra.
-¿Pero nuestra mamá ha ido arriba o abajo? -pregunta con perplejidad el segundo de los niños.
-¿Qué quieres decir, niño? -pregunta Mateo.
-Digo que dónde está. ¿Ha ido al río del Paraíso eterno?
-Esperemos que sí, niño. Si era buena…
-Era samaritana… -dice con desprecio Judas Iscariote.
-¿Y entonces no hay Paraíso para nosotros, por ser samaritanos? ¿Entonces no vamos a tener a Dios nosotros?
Él lo ha llamado "Padre de todos". Yo, huérfano, quería pensar que tenía un Padre todavía… Pero si para nosotros no existe… -agacha la cabeza afligido.
-Dios es el Padre de todos, niño mío. ¿Acaso Yo te he querido menos, porque seas samaritano? He luchado por ti ante los bandidos, y lucharé por ti contra el demonio, de la misma manera con que lucharía por el hijito del Sumo Sacerdote del Templo de Jerusalén, si él no considerara un oprobio el que el Salvador salvara a su criatura.
Es más, lucho todavía más por ti, porque estás solo y vives infeliz. No hay diferencia para mí entre el espíritu de un judío y el de un samaritano. Y dentro de poco no habrá división entre Samaria y Judea porque el Mesías tendrá un solo pueblo, que llevará su Nombre y estará formado por todos los que lo quieran.
-Yo te quiero, Señor. Pero ¿me llevas donde mi mamá? -dice el mayor de los tres niños.
-No sabes dónde está. Ese hombre ha dicho que hay que tener esperanza… -dice el segundogénito.
-Yo no lo sé. Pero el Señor sí que lo sabe. Ha sabido hasta dónde estábamos nosotros, y nosotros ni siquiera lo sabíamos.
-Con los bandidos… Nos querían matar…
El terror vuelve a la carita del segundogénito.
.Los bandidos eran como demonios. Pero Él nos ha salvado porque nuestros ángeles lo han llamado.
-También a mamá la han salvado los ángeles. Yo lo sé porque sueño con ella siempre.
-Eres un mentiroso, Isaac. No puedes soñar con ella porque no la recuerdas.
El pequeñuelo llora diciendo:
-¡No! ¡No! ¡Sueño con ella, sí que sueño con ella!…
-No llames mentiroso a tu hermano, Rubén. Su alma claro que puede ver a su mamá, porque el buen Padre de los Cielos puede conceder que este huerfanito sueñe con ella y la conozca parcialmente, de la misma forma que concede conocerlo a Él mismo. Para que de este conocimiento limitado nazca una buena voluntad de conocerlo perfectamente, cosa que se obtiene siendo siempre muy buenos. Y ahora vámonos. Hemos hablado de Dios y el sábado ha sido santificado.
Se levanta y entona otros salmos.
Gente de Efraím, al oír el coro, viene en esa dirección y espera con respeto a que el salmo termine, para saludar; y dicen a Jesús:
-¿Has preferido venir aquí antes que ir donde nosotros? ¿Es que no nos estimas?
-Ninguno de vosotros me había invitado. Por tanto, he venido aquí con mis apóstoles y los niños.
-Es verdad. Pero creíamos que tu discípulo te habría manifestado nuestro deseo -Jesús mira a Juan y a Judas.
Y Judas responde:
-Ayer me olvidé de decírtelo; y hoy, con estos niños… pues me he distraído.
Jesús, mientras tanto, pasa el minúsculo brazo de agua y deja la isla. Va hacia los de Efraím. Los apóstoles lo siguen, mientras los niños se detienen un poco para desatar las dos barquichuelas de caña que quedan, y a Pedro, que los apremia, le explican:
-Queremos conservarlas para recordar la lección.
-¿Y yo? ¡Yo la he perdido! No recordaré la lección y no iré al Paraíso -dice llorando el más pequeño.
-¡Espera! No llores. Te hago la barquita inmediatamente. Por supuesto. Tú también tienes que recordar la lección.
¡Todos tendríamos que hacernos una barquita con su junco atado a la proa para recordar! ¡Y más nosotros, los adultos, que vosotros, los niños! ¡En fin! -y Pedro corta y forma la barquita, con su junco. Y toma en brazos abarcándolos sólo con uno-a los tres niños, luego salta el río y va donde Jesús, a su lado.
-¿Son éstos? -pregunta Malaquías de Efraím.
-Estos.
-¿Y son de Siquem?
-Eso decía el zagal. Decía que los parientes eran de la campiña.
-¡Pobres niños! Pero, si los parientes no vinieran, ¿qué harías?
-Los tendría conmigo. Pero vendrán.
-Esos bandidos… ¿No vendrán ellos también?
-No vendrán. Pero no tengáis miedo de ellos. Aunque vinieran… Yo sería su ladrón y no ellos vuestros ladrones. Ya les he arrebatado cuatro presas y espero haber arrebatado al pecado un poco de su alma, al menos en alguno.
-Te ayudaremos con estos niños. Esto nos lo concederás, ¿no?
-Sí. No porque sean de vuestra región, sino porque son inocentes, y el amor a los inocentes es un camino que conduce rápidamente a Dios.
-Tú eres el único que no hace distinciones entre unos inocentes y otros. Un judío no habría recogido a estos pequeños samaritanos; y tampoco un galileo. No somos amados. Y el desamor hacia nosotros lo extienden también a los que ni siquiera saben lo que es ser samaritano o judío. Y eso es cruel.
-Sí. Pero cuando se siga mi Ley no será así. ¿Ves, Malaquías? Los niños están en los brazos de Simón Pedro, mi hermano y Simón Zelote, y ninguno de los tres es ni samaritano ni padre. Pues bien, ni siquiera tú aprietas contra tu corazón con tanto amor a tus hijos, como estos discípulos míos hacen con los huérfanos de Samaria. La idea mesiánica es ésta: reunir a todos en el amor. Ésta es la verdad de la idea mesiánica. Un solo pueblo en la Tierra bajo el cetro del Mesías, un solo pueblo en el Cielo bajo la mirada de un solo Dios.
Se alejan, hablando, en dirección a la casa de María de Jacob.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Los diez, cansados y polvorientos, vuelven a la casa. A la mujer que los saluda al abrirles la puerta, le preguntan inmediatamente:
-¿Dónde está el Maestro?
-En el bosque, creo. Orando, como siempre. Ha salido muy pronto esta mañana y todavía no ha vuelto.
-¿Y nadie ha ido a buscarlo? ¿Pero qué hacen esos dos? -alza la voz Pedro, inquieto.
-No te alteres. Entre nosotros está tan seguro como en la casa de su Madre.
-¿Seguro? ¿Seguro? ¿Os acordáis del Bautista? ¿Estuvo seguro?
-No lo estuvo porque no supo leer el corazón de quien le hablaba. Pero si el Altísimo lo permitió para el Bautista, ciertamente no lo permitirá para su Mesías. Esto debes creerlo más que yo, que soy mujer y samaritana.
-María tiene razón. Pero ¿concretamente a dónde ha ido?
-No lo sé. Unas veces va por un lado, otras por otro. A veces, solo; a veces, con los niños, que lo quieren mucho.
Les enseña a orar viendo a Dios en todas las cosas. Pero hoy quizás esté solo porque no ha vuelto a la hora sexta.
Cuando tiene consigo a los niños, vuelve, porque los niños son pajarillos que quieren la comida a las horas precisas… -sonríe la ancianita, recordando quizás a sus diez hijos, y luego suspira… y es que las alegrías y dolores están presentes en todos los recuerdos de la vida.
-¿Y dónde están Judas y Juan?
-Judas, en la fuente; Juan, haciendo leña. Se me había terminado porque he lavado la ropa de todos para dárosla limpia cuando os marchéis.
-Dios te lo pague, madre. Mucho trabajo por nosotros… -dice Tomás, poniéndole una mano en su espalda delgada y corva, como para acariciarla.
-¡No es ningún trabajo! Es como si volviera a tener a mis hijos conmigo… -y sonríe de nuevo, no sin un brillo en sus ojos hundidos de anciana.
Regresa Juan cargando un haz grande de leña, y el pasillo, más bien tétrico, parece iluminarse con su llegada. He advertido siempre la luminosidad que parece encenderse donde está Juan. Su sonrisa franca, tan dulce, de niño, su mirada límpida y sonriente como un hermoso cielo abrileño, su voz jubilosa al saludar afectuosamente a sus compañeros son como un rayo de sol o un arco iris de paz. Todos lo quieren, excepto Judas de Keriot, que no sé si lo ama o si lo odia; eso sí, ciertamente lo envidia, y a menudo se chancea con él, ofendiéndolo a veces. Pero por ahora Judas no está.
Le ayudan a dejar la carga y le preguntan dónde puede estar Jesús. También Juan se alarma un poco por el retardo. Pero, más confiado en Dios que los otros, dice:
-El Padre suyo lo preservará del mal. Debemos creer en el Señor.
Y añade:
-Venid. Estáis cansados y cubiertos de polvo del camino. Hemos tenido preparados para vosotros comida y agua caliente. Venid, venid…
Regresa también Judas de Keriot, con sus ánforas goteando agua.
-Paz a vosotros. ¿Os ha resultado fácil el viaje? -pregunta. Pero en su voz no hay bondad. Es una voz llena de ironía y disgusto.
-Sí. Comenzamos por la Decápolis.
-¿Por miedo a que os apedrearan o a contaminaros? -pregunta con ironía Judas Iscariote.
-Ni una ni otra cosa. Por prudencia de principiantes. Lo propuse yo. Y a mí -no quiero refregarte nada-me ha salido el pelo blanco delante de los pergaminos -dice Bartolomé.
Judas no replica. Se marcha de la cocina, donde los que han vuelto reponen fuerzas con lo que estaba preparado.
Pedro mira a Judas Iscariote, que se marcha, y menea la cabeza; pero no dice nada. Judas Tadeo, sin embargo, tira de una manga a Juan y pregunta:
-¿Cómo ha estado estos días? ¿Siempre tan inquieto? Sé sincero…
-Sincero siempre, Judas. Pero, te aseguro que no ha causado dolor. El Maestro está casi siempre aislado. Yo estoy con la madre anciana, que es muy buena. Escucho a los que vienen para hablar con el Maestro y luego le refiero a Él las palabras. Judas, sin embargo, va por el pueblo. Se ha hecho amistades… ¿Qué, si no? El es así… No sabe estarse quieto, como sabríamos estar nosotros…
-Por mí, que haga lo que quiera. Me basta con que no cause dolor.
-No. Eso no. Se aburre, eso sí. Pero… ¡ahí está el Maestro! Oigo su voz. Está hablando con alguien…
Salen presurosos y ven a Jesús, que se acerca a ellos con dos niños en brazos y uno agarrado a su túnica, a los cuales da ánimos porque lloran. Se va desvaneciendo el crepúsculo.
-¡Dios te bendiga, Maestro! ¿Pero de dónde vienes tan tarde?
Jesús, entrando en casa, responde:
-He estado con bandoleros. Yo también traigo mi botín. He andado más allá del ocaso, pero el Padre no me lo tendrá en cuenta porque he hecho una obra de misericordia… Toma, Juan, y tú, Simón… Tengo los brazos rotos… y estoy realmente cansado.
Se sienta en un taburete al lado de la chimenea. Sonríe, cansado pero contento.
-¿Con bandoleros? ¿Pero dónde has estado? ¿Quiénes son estos niños? ¿Has comido? ¿Dónde estabas? ¡No es prudente estar fuera con esta poca luz y tan lejos!… Estábamos preocupados. ¿No estabas en el bosque? -hablan todos al mismo tiempo.
-No estaba en el bosque. He ido hacia Jericó…
-¡Imprudente! ¡Por esos caminos puedes encontrar a los que te odian! -dice Judas Tadeo en tono reprobatorio.
-He ido por el sendero que nos han indicado. Hacía días que quería ir allí… donde hay desdichados a quienes redimir. A mí no podían hacerme nada malo, y he llegado a tiempo para estos niños. Dadles de comer. Creo que están casi en ayunas, porque sentían miedo de los bandoleros. Y Yo no llevaba comida conmigo. ¡Si, al menos, hubiera encontrado a un pastor!… Pero el sábado cercano ya había dejado desiertos los pastos…
-¡Ya! Nosotros somos los únicos que, de un tiempo a esta parte, no respetamos el sábado… -observa Judas de Keriot, siempre cortante.
-¿Cómo hablas? ¿Qué insinúas? -le preguntan.
-Digo que ya llevamos dos sábados que trabajamos después de la puesta del Sol.
-Judas, tú sabes por qué tuvimos que andar el sábado pasado. El pecado no siempre es del que lo hace. También es del que fuerza a hacerlo. Y hoy… ya sé, quieres decirme que también hoy he violado el sábado. Te respondo que si es grande la ley del reposo sabático, grandísimo es el precepto del amor. No tengo obligación de justificarme ante ti, pero lo hago para enseñarte la mansedumbre, la humildad, y la gran verdad de que ante una necesidad santa se debe saber aplicar la ley con flexibilidad de espíritu.
Nuestra historia tiene episodios de estas necesidades. Al despuntar el día he ido hacia los montes Adomín porque sé que allí hay desdichados que tienen el delito como lepra del alma. Esperaba encontrarlos, hablarles, volver antes de la puesta del sol. Los he encontrado. Pero no he podido hablarles en los términos que había pensado, porque había que decir otras cosas…
Los bandidos se habían encontrado con estos tres niñitos llorando en la puerta de un aprisco pobre de la llanura. Los bandidos habían bajado de noche para robar los corderos y, si el pastor hubiera opuesto resistencia, matar. Mala cosa es el hambre en los montes en invierno… y, cuando los que la sufren son corazones
crueles, hace a los hombres más feroces que los lobos.
Estos niños estaban, pues, allí, junto con un zagal poco mayor que ellos y amedrentado como ellos. El padre de los niños, no sé por qué motivo, había muerto durante la noche. Quizás le había mordido algún animal, o le había fallado el corazón… Estaba frío sobre la paja junto a las ovejas. Se dio cuenta de ello el hijo mayor, que dormía a su lado. De forma que los bandidos, en vez de cometer una matanza, se encontraron con un muerto y cuatro niños llorando.
Dejaron al muerto, mandaron hacia delante ovejas y zagal y, dado que hasta en los más siniestros puede haber una piedad que se resista a morir, recogieron a los niños…
Yo me encontré con los bandidos cuando estaban decidiendo qué hacer. Los más crueles querían matar al zagal de diez años, peligroso testigo del robo y del refugio; los menos duros querían soltarlo bajo amenazas, quedándose con el rebaño. Y todos querían que los niñitos se quedaran con ellos.
-¿Y qué querían hacer con ellos? ¿Es que no tienen familia? La madre ha muerto. Por eso el padre los había llevado consigo a los pastos invernales; ahora estaba subiendo de nuevo a su casa desierta, atravesando estos montes.
¿Podía Yo dejar los pequeños a los bandidos, para que los hicieran bandidos como ellos? He hablado… En verdad os digo que me han comprendido más que muchos otros; tanto me han comprendido, que me han dejado a los niños y mañana van a acompañar al zagal al camino de Siquem. Porque en aquellos campos están los hermanos de la madre de éstos.
De momento, he recogido a los niños; los tendré, los tendremos, hasta que lleguen parientes suyos.
-Y Tú te haces ilusiones de que los bandidos… dice Judas Iscariote, y se ríe…
-Estoy seguro de que no le tocarán un pelo al pastorcillo. Son unos desdichados. No debemos juzgar por qué lo son.
Pero sí debemos tratar de salvarlos. Una obra buena puede ser el comienzo de su salvación… -Jesús agacha la cabeza, absorto en quién sabe qué pensamiento.
Los apóstoles y la anciana hablan e intercambian sentimientos de compasión, e intentan consolar a los niños, que están asustados… Jesús alza la cabeza al oír el llanto del más pequeño, un niñito moreno que apenas tendrá tres años, y dice a Santiago, que inútilmente trata de darle leche:
-Déjame a mí el niño y ve por mi fardel… -y sonríe porque el niño se tranquiliza encima de sus rodillas y bebe la leche ávidamente, aunque antes la rechazara. Los otros, más grandecitos, comen la sopa que les ponen delante; pero descienden lágrimas de sus ojos.
-¡En fin! ¡Cuántas miserias! ¡Hombre, que suframos nosotros es justo; pero los inocentes!… -dice Pedro, que no puede ver sufrir a los niños.
-Eres un pecador, Simón. Alzas censuras contra Dios -observa Judas Iscariote.
-Seré un pecador. Pero no censuro a Dios. Lo único que digo es… Maestro, ¿por qué tienen que sufrir los niños? No tienen pecados.
-Todos tienen pecados, al menos el original -dice Judas Iscariote. Pedro no le contesta. Espera la respuesta de Jesús.
Y Jesús, que está acunando al niño -el cual ha satisfecho ya su hambre y tiene sueño-, responde:
-Simón, el dolor es la consecuencia de la culpa.
-De acuerdo. Entonces… una vez que hagas desaparecer la culpa, los niños ya no sufrirán.
-Seguirán sufriendo. No te sientas escandalizado, Simón, por esto que te digo. El dolor y la muerte estarán siempre presentes en la Tierra. Hasta los más puros sufren y sufrirán; es más, ellos sufrirán por todos. Serán las hostias que harán propicio al Señor.
-Pero ¿por qué? No lo comprendo…
-Son muchas las cosas que no se entienden en la Tierra. Sabed creer, al menos, que son cosas que el Amor perfecto quiere. Y cuando la Gracia, devuelta a los hombres, haga de los más santos de ellos los conocedores de las verdades ocultas, entonces se verá que precisamente los más santos querrán ser víctimas, porque habrán comprendido el poder del dolor… El niño duerme. María ¿lo llevas contigo?
-Claro, Maestro. Nosotros decimos: niño asustado, sueño breve y mucho llanto; y: el pájaro sin nido necesita el ala materna. Mi cama es grande, ahora que la ocupo yo sola. Llevo allí a los niños, de forma que pueda estar atenta a ellos. También éstos están a punto de olvidar su dolor en el sueño. Venid y los llevamos a descansar.
Recoge al pequeñuelo de las rodillas de Jesús y, seguida por Pedro y Felipe, se marcha. Entretanto, vuelve Santiago de Zebedeo con el morral de Jesús.
Jesús lo abre y busca dentro. Extrae una túnica gruesa, la extiende, observa su medida. No está todavía satisfecho. Busca el manto del mismo color oscuro que la túnica. Pone ambos aparte. Cierra el morral y se lo devuelve a Santiago.
Vuelven Pedro y Felipe. La viejecita se ha quedado con los tres niños. Pedro ve inmediatamente los indumentos extendidos y puestos aparte. Dice:
-¿Quieres cambiarte la ropa, Maestro? Estando cansado, un baño caliente te descansaría. Hay agua. Te calentamos la ropa. Luego cenamos y nos vamos a descansar. Este hecho de estos pobres niños me ha conmovido profundamente…
Jesús sonríe, pero no responde adecuadamente; se limita a decir:
-¡Alabemos al Señor, que me ha guiado a tiempo de salvar a los inocentes. Luego se calla, cansado…
Vuelve a entrar la viejecita, con las tuniquitas de los niños.
-Deberían cambiárselas… Están rotas y llenas de barro… Pero ya no tengo las túnicas de mis hijos para sustituirlas. Las lavaré mañana…
-No, madre. Cuando termine el sábado, coses tres prendas pequeñas con estas mías…
-Pero Señor, ¿sabes que ya sólo tienes tres túnicas? Si das una, ¿con qué te quedas? ¡No está aquí Lázaro, como aquella vez del manto a la leprosa! -dice Pedro.
-Deja. Quedan dos. Demasiadas ya, para el Hijo del hombre. Toma, María. Mañana a la puesta del Sol empiezas tu trabajo, y el Perseguido tendrá la dicha de socorrer al pobre, cuyas penalidades comprende.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
-Maestro, la paz a ti -dicen Pedro y Santiago de Zebedeo, que vuelven a casa cargados de ánforas llenas de agua.
-La paz a vosotros. ¿De dónde venís?
-Del torrente. Hemos cogido el agua y todavía traeremos más, para asearnos. Dado que hacemos un alto en el camino… Y no es justo que la anciana se fatigue por nosotros. Está allí haciendo una hoguera para calentar el agua. Mi hermano ha ido al bosque por leña. No llueve desde hace tiempo y arde como si fuera brezo -explica Santiago de Zebedeo.
-La cosa es que, a pesar de que acabara de despuntar el día, nos han visto en el torrente y también en el bosque. Y pensar que yo había ido al torrente por no ir a la fuente… -dice Pedro.
-¿Y por qué, Simón de Jonás?
-Porque en la fuente siempre hay gente, y podían reconocernos y venir enseguida aquí…
Mientras hablan, han entrado en el largo pasillo que divide la casa los dos hijos de Alfeo, Judas de Keriot y Tomás. Por tanto, también ellos oyen las últimas palabras de Pedro y la respuesta de Jesús:
-Lo que no hubiera sucedido en las primeras horas de hoy, hubiera sucedido más tarde, mañana como mucho, porque nos quedamos aquí…
-¿Aquí? Yo creía que íbamos a hacer sólo un alto en el camino… -dicen varios.
-No es una pausa de descanso. Es la pausa. De aquí no nos marcharemos sino para volver a Jerusalén para la Pascua.
-Pues yo había creído que cuando hablaste de tierra de lobos y matarifes te estabas refiriendo a esta región por la que querías pasar, como hiciste otras veces, para ir a otros lugares sin recorrer los caminos más transitados por judíos y fariseos… dice Felipe, que ha llegado en ese momento; y otros dicen:
-Yo también creía lo mismo.
-Habéis entendido mal. No es ésta la tierra de lobos y matarifes, a pesar de que en sus montes tengan guarida los verdaderos lobos. No hablo de los lobos animales…
-¡Eso lo habíamos entendido! -exclama Judas de Keriot con buena carga de ironía -Para ti que te llamas Cordero se comprende que son lobos los hombres. No somos necios del todo.
-No. No sois necios sino en aquello que no queréis comprender. O sea, sobre mi naturaleza y misión y sobre el dolor que me causáis no trabajando asiduamente en prepararos para el futuro. Por bien vuestro os hablo y os enseño con obras y palabras. Pero vosotros rechazáis aquello que disturba a vuestra humanidad con presagios de dolor o con solicitud de esfuerzos contra vuestro yo.
Escuchad antes de que haya extraños. Os voy a dividir en dos grupos de cinco. Iréis, bajo la guía del que esté a la cabeza de cada grupo, por las tierras cercanas, como en los primeros tiempos en que os enviaba. Recordad todo lo que dije entonces y ponedlo en práctica. La única salvedad es que ahora pasaréis anunciando como próximo el día del Señor, a los samaritanos también, para que estén preparados cuando ese día llegue y sea más fácil para vosotros el convertirlos al único Dios. Id llenos de caridad y prudencia, sin prevenciones.
Ya veis y más que veréis-que lo que se nos niega en otros lugares aquí se nos concede. Por tanto, sed buenos con estos que expían, inocentes, las culpas de sus antepasados. Pedro guiará el grupo de Judas de Alfeo, Tomás, Felipe y Mateo; Santiago de Alfeo, el de Andrés, Bartolomé, Simón Zelote y Santiago de Zebedeo. Judas de Keriot y Juan sé quedan conmigo. Esto a partir de mañana.
Hoy vamos a descansar, haciendo los preparativos para los próximos días. El sábado lo pasaremos juntos. Haced, pues, las cosas de forma que estéis aquí antes del sábado, para volver a salir una vez transcurrido éste, que será el día del amor entre nosotros después de haber amado al prójimo en el rebaño que salió del redil paterno. Ahora, cada uno a su tarea.
Se queda solo y se retira a una habitación que está al final del pasillo.
Rumor de pasos y voces llena la casa, aunque todos estén en las habitaciones y no se vea a ninguno, aparte de la ancianita, que una y otra vez cruza el pasillo ocupándose de sus tareas, de las cuales una, sin duda, es el pan, porque tiene harina en el pelo, y las manos cubiertas de masa.
Jesús sale un poco después y sube a la terraza de la casa. Pasea arriba meditando, y mira de vez en cuando a lo que le rodea.
Se acercan a Él Pedro y Judas de Keriot; no muy alegres, verdaderamente. Quizás a Pedro le apena el separarse de Jesús. Quizás a Judas Iscariote le apena el no poder hacerlo y no poder ir a llamar la atención por las ciudades. Lo cierto es que están muy serios cuando suben a la terraza.
-Venid. Mirad qué bonito panorama se ve desde aquí.
Y señala al horizonte variopinto. Al noroeste, montes altos, boscosos, que se alargan como una espina dorsal orientados de norte a sur (uno, detrás de Efraím, es verdaderamente un gigante verde que domina sobre los otros).
Al nordeste y al sureste, ondulantes collados más suaves. El pueblo está en una cuenca verde con horizontes lejanos -poco ondulados, entre las dos cadenas: la más alta y 1a más baja-que desde el centro de la región descienden hacia la llanura jordánica.
A través de un corte entre los montes más bajos, se vislumbra esa llanura verde en cuyo extremo está el Jordán azul. En plena primavera debe ser éste un lugar hermosísimo, todo verde y fértil. Por ahora los viñedos y huertos de árboles frutales interrumpen con su oscuro color el verde de los campos sembrados de cereales (que ya echan sus tiernos tallos afuera de la tierra) y de los pastos nutridos con este suelo feraz.
Si Juan llama desierto a eso que está tras Efraím, señal es de que bien suave era el desierto de Judea, al menos en esa zona -o hay que decir al menos que era desierto sólo por carecer de lugares habitados-, llena de bosques y pastos entre alegres torrentillos, bien distinta de las tierras de la zona del Mar Muerto, que con preciso nombre ya pueden ser llamadas desierto, porque son áridas y carecen de vegetación, si se exceptúan las matas bajas, espinosas, retorcidas, salpicadas de sal, de las pocas plantas desérticas nacidas entre los pedruscos diseminados y las arenas cargadas de sales. Pero este dulce desierto que está allende Efraím se decora, todavía en un largo espacio de terreno, con vides, olivos y árboles frutales; y ahora los almendros sonríen bajo el sol, esparcidos acá o allá y formando matas blanco-rosas en las laderas que pronto estarán cubiertas de los festones de las vides abiertas para nuevas frondas.
-Parece casi como estar en mi ciudad -dice Judas.
-También asemeja a Yuttá. Lo único es que allí el torrente está abajo y la ciudad arriba. Aquí, por el contrario, el pueblo parece estar dentro de una vasta concha con el río en el centro. ¡Es un pueblo rico de vid! Debe ser muy hermoso, y muy bueno, para los dueños, tener estas tierras -observa Pedro.
-Bendiga el Señor su tierra con los frutos del cielo y el rocío, con los manantiales que surgen de las profundidades, con los frutos producidos por el Sol y la Luna, con los frutos de las cimas de sus antiguos montes, con los frutos de sus eternos collados y las mieses de la abundancia de la tierra" está escrito (Deuteronomio 33, 13-16).
Y en estas palabras del Pentateuco basan su orgullosa obstinación en creerse superiores. Así es. Hasta la palabra de Dios y los dones de Dios, si caen en corazones soberbios, vienen a ser causa de ruina. No por sí, sino por la soberbia que altera su savia buena -dice Jesús.
-Y ellos del justo José han conservado sólo la furia del toro y la cerviz del rinoceronte. No me gusta estar aquí.
¿Por qué no me dejas ir con los otros? -dice Judas Iscariote.
-¿No te gusta estar conmigo? -pregunta Jesús dejando de observar el paisaje y volviéndose para observar a Judas.
-Contigo sí, pero no con los de Efraím.
-¡Bonita razón! ¿Y nosotros, entonces, que vamos a ir por Samaria o por la Decápolis -porque en el tiempo prescrito de sábado a sábado no podremos ir a otro lugar-vamos a ir, acaso, con santos? -dice Pedro reprendiendo a Judas, que no responde.
-¿Qué te importa quién tienes a tu lado si sabes amar todo a través de mí? Ámame en el prójimo y todos los lugares te serán iguales -dice tranquilo Jesús.
Judas tampoco le responde a Él.
-Y pensar que yo me tengo que marchar… ¡Con mucho gusto me quedaría aquí! Total… ¡para lo que sé hacer! Pon, al menos, al frente a Felipe o a tu hermano, Maestro. Yo… mientras se trate de decir: vamos a hacer esto, vamos a aquel sitio… bueno, todavía. ¡Pero si tengo que hablar!… Lo estropearé todo.
-La obediencia te hará hacer bien todo. Lo que hagas me gustará.
-Entonces… si te gusta a ti, me gusta a mí. Me basta con contentarte. Pero… ¡Ah, ya lo había dicho! ¡Ahí viene media ciudad!… ¡Mira! El arquisinagogo… los notables… sus mujeres… los niños y la gente! …
-Vamos a bajar a su encuentro -ordena Jesús, y se apresura a bajar la escalera mientras da una voz a los otros apóstoles para que salgan con Él fuera de casa.
Los habitantes de Efraím se acercan con señales de la más viva deferencia. Después de los saludos de rigor, uno, quizás el arquisinagogo, habla por todos:
-Bendito sea el Altísimo por este día, y bendito sea su Profeta que ha venido a nosotros porque ama a todos los hombres en nombre del Dios altísimo. Bendito seas Tú, Maestro y Señor, que te has acordado de nuestro corazón y de nuestras palabras y has venido a descansar en medio de nosotros. Te abrimos corazón y casas, pidiendo tu palabra para nuestra salud. Bendito sea este día porque por él el que sepa acogerlo con recto espíritu verá fructificar el desierto.
-Bien has hablado, Malaquías. El que sepa acoger con recto espíritu al que ha venido en nombre de Dios verá fructificar su desierto y convertirse en domésticas las plantas, fuertes pero agrestes, que en él hay. Yo estaré en medio de vosotros. Y vosotros vendréis a mí. Como buenos amigos. Y éstos llevarán mi palabra a los que la sepan acoger.
-¿No vas a enseñar Tú, Maestro? -pregunta un poco desilusionado Malaquías.
-He venido aquí para recogerme y orar. Para prepararme a las grandes cosas que van a suceder. ¿No os agrada el que
haya elegido vuestro lugar para mi sosiego?
-¡Sí! Verte orar será ya hacernos sabios. Gracias por habernos elegido para esto. No turbaremos tus oraciones ni permitiremos que sean turbadas por tus enemigos. Porque ya se sabe lo que ha sucedido y sucede en Judea. Haremos buena guardia. Y nos contentaremos con una palabra tuya cuando buenamente puedas decirla. Entretanto, acepta los dones de la hospitalidad.
-Soy Jesús y no rechazo a nadie. Por tanto, acepto lo que me ofrecéis para mostraros que no os rechazo. Pero si queréis amarme dad de ahora en adelante lo que me daríais a mí a los pobres del pueblo o a los que estén de paso. Yo sólo necesito paz y amor.
-Lo sabemos. Todo lo sabemos. Y esperamos darte eso, tanto como para hacerte exclamar: "La tierra que habría debido ser para mí Egipto, o sea, dolor, ha sido, como para José de Jacob, tierra de paz y gloria".
-Si me amáis aceptando mi palabra, lo diré.
Los habitantes de Efraím pasan sus dones a los apóstoles y luego se retiran, menos Malaquías y otros dos que le dicen algo en voz baja a Jesús.
Y se quedan los niños, cautivados por el hechizo habitual que Jesús emana hacia los niños; se quedan, sordos a las voces de sus madres, que los llaman, y no se marchan hasta que Jesús no los ha acariciado y bendecido. Entonces, gárrulos como golondrinas, cual golondrinas que baten las alas para alzar el vuelo, se echan a correr. Tras ellos se marchan también los tres hombres.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Llegada a los confines de Judea
Al rayar, fresco y límpido, el alba, los campos que rodean la casa de Nique son todo un verdecer de cereales tiernos de pocos centímetros de altura y color delicado de clarísima esmeralda. Más cercano a la casa, el huerto, todavía desnudo de hojas, parece aún más oscuro y sólido en comparación con la delicadeza de los tallos herbáceos y con el cielo leve de serenidad paradisíaca. El vuelo de las palomas corona la casa blanca bajo los primeros rayos del día.
Nique está ya levantada. Diligente, se ocupa de que los que se marchan tengan todo lo que podrá aprovecharles en el camino. De los primeros que se despide es de los criados de Lázaro, a quienes ha hecho quedarse esa noche.
Ahora ellos, repuestas las fuerzas, se marchan poniendo sus caballos al trote. Luego entra en la cocina, donde las domésticas preparan leche y comida en unos fuegos grandes, y echa, de una jarra grande, aceite en dos jarras más pequeñas, y vino en pequeños odres de piel. Apremia a una criada, que está preparando formas de pan sutiles como tortas, para que las lleve enseguida al horno ya pronto.
Elige, de unas mesas grandes en que se secan los quesos al calor de la cocina, las piezas más logradas. Coge miel y la echa en pequeños recipientes con una tapadera segura.
Luego hace paquetes con todos estos alimentos: uno de ellos contiene un cabritillo entero, o lechazo, que la criada ha sacado de la varilla en que se asaba; otro es de manzanas rojas como corales; otro, de aceitunas ya compuestas; un tercero, de uvas secadas; uno, de cebada
limpia.
Está metiendo este último en el talego cuando entra en la cocina Jesús y saluda a todos los presentes.
-Maestro, paz a ti. ¿Ya levantado?
-Hubiera debido levantarme antes. Pero estaban tan cansados mis discípulos, que los he dejado dormir más. ¿Qué haces, Nique?
-Estoy preparando… No pesarán, ¿ves? Doce pesos. Y he calculado las fuerzas de los que los van a llevar.
-¿Y Yo?
-Maestro, Tú ya tienes tu peso… -y en los ojos de Nique se forma un reflejo de llanto.
-Ven conmigo afuera, Nique. Vamos a hablar tranquilamente.
Salen y se alejan de la casa.
-Mi corazón llora, Maestro…
-Lo sé. Pero se requiere ser fuertes. Fuertes pensando que no se me ha causado dolor…
-¡Eso nunca! Pero me había hecho ilusiones de poder estar a tu lado y por eso había ido a Jerusalén. Si no, me habría quedado aquí, donde tengo las tierras…
-También Lázaro, María y Marta creían que iban a poder estar conmigo. ¡Y ya ves!…
-Ya veo, sí, ya veo. No vuelvo a Jerusalén, ahora que no estás allí. Aquí estaré, en todo caso, más cerca de ti, y podré ayudarte.
-Ya has dado mucho…
-No he dado nada. Quisiera poder llevarte mi casa a donde vas. Pero iré, claro que iré, para ver lo que necesitas.
Ahora es justo lo que me has dicho que haga. Estaré aquí hasta que se convenzan de que Tú no estás. Pero luego…
-Es camino largo y penoso para una mujer, e inseguro.
-¡No tengo miedo! Soy demasiado vieja para gustar como mujer, y no llevo tesoros para ser deseada como presa. Los bandoleros son mejores que muchos que se creen santos y que son ladrones y quieren robarte la paz y la libertad…
-No los odies, Nique.
-Esto es más difícil para mí que cualquier otra cosa. Pero trataré de no odiar por tu amor… ¡He pasado toda la noche llorando, Señor!
-Te oía ir y venir por la casa, incansable como una abeja. Y me parecías una mamá apenada por el hijo perseguido… No llores. Deben llorar los culpables, no tú. Dios es bueno con su Mesías. En las horas más tristes pone siempre a mi lado un corazón materno…
-¿Y qué vas a hacer respecto a tu Madre? Me habías dicho que pronto iba a venir…
-Irá a Efraím… Lázaro se va a ocupar de avisarle. Ahí están Simón de Jonás y mis hermanos…
-¿Lo saben?
-Todavía nada, Nique. Se lo diré cuando estemos lejos…
-Y yo te diré a ti, cuando vaya, lo que sucede aquí y en Jerusalén.
Se unen a los apóstoles, que van saliendo de la casa uno tras otro en busca de Jesús.
-Venid, hermanos. Reponed fuerzas antes de salir. Está todo preparado.
-Nique, por nosotros, no ha dormido esta noche. Dad las gracias a esta buena discípula -dice Jesús, y entra en la amplia cocina en que, encima de una mesa de refectorio -tan grande es-humean tazones llenos de leche y emanan fragancia las tortas recién sacadas del horno, en las cuales Nique unta generosamente mantequilla y miel, diciendo que son alimentos fortalecedores para quien tiene que recorrer un largo camino en esas horas todavía muy frescas.
Pronto terminan de comer. Nique, mientras tanto, ha hecho los últimos envoltorios con el pan desenhornado, crujiente y fragante. Cada apóstol carga su peso, atado de forma que pueda ser llevado sin excesiva molestia.
Es la hora de salir. Jesús se despide y bendice. Los apóstoles se despiden. Pero Nique quiere acompañarlos hasta los lindes de sus campos, para regresar luego, lentamente, llorando en su velo mientras Jesús se aleja por un camino secundario que ella le ha indicado. Los campos están todavía desiertos.
La vereda pasa por campos de trigo tierno y por viñedos deshojados. Por tanto, faltan también los pastores, porque no llevan los rebaños a los terrenos cultivados. El sol calienta un poco el aire matinal. Las primeras florecillas en los lindes brillan como gemas bajo el velo del rocío que el sol enciende.
Los pájaros cantan sus primeros cantos de amor. Viene la primavera. Todo se embellece y renace, todo ama… Y Jesús va al exilio que precede a la muerte que el odio ha querido.
Los apóstoles no hablan. Van pensativos. La subitánea partida los ha desorientado. ¡Estaban tan seguros de que las aguas habían vuelto ya a su cauce! Caminan más encorvados de lo que el peso correspondiente de sus fardeles y de las provisiones de Nique pudieran plegarlos; los pliega la desilusión, la constatación de lo que son el mundo y los hombres.
Jesús, sin embargo, aunque no esté sonriente, no está triste ni deprimido. Va con la cabeza alta, delante de todos, sin arrogancia, pero también sin temor. Va como quien supiera bien a dónde debe ir y lo que debe hacer. Va como un hombre fuerte, como un héroe al que nada altera ni amilana.
El camino secundario termina en el principal. Jesús prosigue por este camino de primer orden manteniendo la dirección norte. Los apóstoles detrás, sin hablar. Siendo éste el camino que viene de Galilea, por la Decápolis y Samaria, hacia Judea, está transitado (más que nada, por caravanas de mercaderes).
La hora pasa y el sol tonifica cada vez más cuando Jesús deja el camino de primer orden para tomar otra senda que, por campos de trigo, se dirige hacia las primeras colinas.
Los apóstoles se miran unos a otros. Quizás empiezan a entender que no van hacia Galilea por el camino del valle del Jordán, sino que van hacia Samaria. Pero todavía no hablan.
Jesús, llegado a los primeros bosques de las colinas, dice:
-Vamos a pararnos y a descansar comiendo. El sol señala la mitad del día.
Están en la orilla de un pequeño torrente que lleva poca agua porque hace tiempo que no llueve. Pero la que lleva se ve limpia sobre el lecho guijarroso; y en sus orillas hay piedras grandes, esparcidas acá o allá, que pueden hacer de mesa y de asientos. Jesús bendice y ofrece los alimentos. Se sientan. Comen en silencio y como absortos.
Jesús los saca del ensimismamiento diciendo:
-¿No me preguntáis a dónde vamos? ¿La preocupación por el mañana os hace muda la lengua, o es que ya no os parezco vuestro Maestro?
Los doce levantan la cabeza. Son doce caras afligidas, o, al menos, desconcertadas, que se vuelven hacia el rostro tranquilo de Jesús, y un unánime «¡oh!» sale de las doce bocas. Y a la exclamación de todos sigue la respuesta de Pedro, que habla en nombre de todos:
-Maestro, sabes que para nosotros sigues siéndolo. Pero es que desde ayer estamos como uno que hubiera recibido un golpe fuerte en la cabeza. Y todo nos parece un sueño. Y Tú… Vemos y sabemos que eres Tú, pero nos pareces… ya como lejano. Nos ha quedado un poco esta sensación desde que hablaste con tu Padre antes de llamar a Lázaro, y desde que lo sacaste de allí así, atado, sólo con el medio de tu voluntad, y le diste vida sólo con la fuerza de tu poder. Casi nos das miedo. Hablo por mí.., pero creo que lo mismo les sucede a todos… Y además ahora…
Nosotros… ¡Marcharnos así… tan rápida y misteriosamente! …
-¿Tenéis doble miedo? ¿Sentís más amenazador el peligro?
¿No tenéis, sentís que no tenéis fuerza para afrontar y superar las últimas pruebas? Decidlo con la máxima libertad. Estamos todavía en Judea. Estamos cerca de los caminos bajos que llevan a Galilea. El que quiera puede marcharse, y marcharse a tiempo de no ganarse el odio del Sanedrín…
Los apóstoles se intranquilizan ante estas palabras: algunos, que estaban casi echados sobre la hierba templada por el sol, se sientan; otros, que estaban sentados, se ponen en pie.
Jesús continúa:
-Porque desde hoy soy el Perseguido legal; sabedlo. A esta hora está para ser leído, en las más de quinientas sinagogas de Jerusalén y en las de las ciudades que han podido recibir el decreto emitido ayer a la hora sexta, que soy el Gran Pecador y que quienquiera que sepa dónde estoy tiene el deber de denunciarme al Sanedrín para que éste me capture…
Los apóstoles gritan como si ya lo vieran preso. Juan se le echa al cuello gimiendo:
-¡Ah, siempre lo he presagiado! -y solloza fuertemente.
Unos imprecan contra el Sanedrín, otros invocan la justicia, otros lloran, otros permanecen como estatuas.
-Callad. Escuchad. Yo nunca os he engañado. Siempre os he dicho la verdad. Si he podido, os he defendido y tutelado.
Vuestra cercanía me ha resultado grata como la de los hijos. No os he ocultado ni siquiera mi última hora… mis peligros… mi pasión. Pero éstas eran cosas mías, exclusivamente mías. Ahora lo que hay que considerar son vuestros peligros, vuestra seguridad, la de vuestras familias. Os ruego que lo hagáis. Con libertad absoluta.
No lo consideréis a través del amor que me tenéis, a través de la elección que Yo he hecho de vosotros.
Imaginaos -puesto que Yo os dispenso de todo compromiso respecto a Dios y a su Cristo-que nos hemos encontrado aquí, ahora, por primera vez, y que vosotros, después de haberme escuchado, os sopesáis respecto a si conviene o no seguir al Desconocido cuyas palabras os han conmovido.
Imaginaos que me oís y veis por primera vez y que os digo: "Tened en cuenta que soy perseguido y odiado, y que el que me ama y sigue es perseguido y odiado como Yo, en la persona, en los intereses, en los afectos. Tened en cuenta que la persecución puede terminar incluso en la muerte y en la confiscación de los bienes familiares". Pensad, decidid
Y, aunque me digáis: "Maestro, yo no puedo seguir yendo contigo", os amaré. ¿Os entristecéis? No, no debéis entristeceros. Somos buenos amigos. Amigos que deciden con paz y amor lo que se ha de hacer, con recíproca compasión.
No puedo dejaros ir al encuentro del futuro sin haceros reflexionar. No os desdeño. Os amo a todos. Pero Yo soy el Maestro. Es evidente que el Maestro conoce a los discípulos. Yo soy el Pastor, y es evidente que el pastor conoce a sus corderos. Yo sé que mis corderos, introducidos en una prueba sin estar suficientemente preparados -no sólo en la sabiduría que viene del Maestro, y que, por tanto, es buena y perfecta, sino también en la reflexión que debe venir de ellos-, podrían fracasar o, al menos, no triunfar como atletas en un estadio. Sopesarse y sopesar es siempre una sabia medida. En las pequeñas cosas y en las grandes. Yo, Pastor, debo decir a mis corderos:
"Ved que ahora me adentro en un país de lobos y matarifes. ¿Tenéis fuerza para caminar entre ellos?". Podría también deciros quién no tendrá fuerza para resistir la prueba, a pesar de que os puedo tranquilizar y asegurar que ninguno de vosotros caerá a manos de los verdugos que sacrificarán al Cordero de Dios. Mi captura es de tal valor que les bastará… Pero, de todas formas, os digo: "Reflexionad".
Hace tiempo os decía: "No temáis a los que matan". Os decía: “Aquel que ha puesto la mano en el arado y se vuelve a considerar el pasado y lo que puede perder o ganar no es idóneo para mi misión".
Pero eran normas para daros la medida de lo que significaba ser los discípulos; eran normas para el futuro que vendrá cuando Yo ya no sea el Maestro, sino que lo serán mis fieles; estaban dadas para daros un alma fuerte.
Pero incluso esta fortaleza, que es innegable que habéis alcanzado respecto a la nada que erais -hablo de vuestro espíritu-, es todavía demasiado poca respecto a la magnitud de la prueba. No penséis en vuestro corazón: "¡El Maestro se escandaliza de nosotros!". No me escandalizo.
Es más, os digo que tampoco vosotros debéis, ni deberéis, escandalizaros de vuestra debilidad. En todos los tiempos que vendrán, entre los miembros de mi Iglesia, tanto corderos como pastores, habrá personas que estarán por debajo de la magnitud de su misión. Habrá épocas en que los pastores ídolos y los fieles ídolos sean más numerosos que los verdaderos pastores y fieles; épocas de eclipse del espíritu de fe en el mundo. Pero el eclipse no significa la muerte de un astro. Es únicamente un momentáneo oscurecimiento más o menos parcial del astro.
Después, su belleza vuelve a aparecer y parece más luminosa. Lo mismo sucederá con mi Redil. Os digo:
"Reflexionad". Os lo digo como Maestro, Pastor y Amigo. Os dejo en plena libertad de examinar esto conjuntamente. Voy allí, a aquella espesura, a orar. Uno por uno iréis a decirme lo que habéis pensado. Y bendeciré vuestra honestidad sincera, sea cual fuere. Y os querré por todo lo que ya hasta ahora me habéis dado. Adiós.
Se levanta y se va.
Los apóstoles están asustados, perplejos, impresionados. En ese momento no son capaces ni siquiera de hablar. El primero que habla es Pedro. Dice:
-¡Que me trague el infierno si quiero dejarlo! Estoy seguro de mí. ¡Ni aunque arremetieran contra mí todos los demonios que hay en la Gehena, con Leviatán a la cabeza, me separaría de Él por miedo!
-Y yo tampoco. ¿Voy a ser yo menos que mis hijas? -dice Felipe.
-Estoy seguro de que no le van a hacer nada. El Sanedrín amenaza, pero lo hace para convencerse de que existe todavía. El Sanedrín es el primero en saber que nada sucede si Roma no quiere. ¡Sus condenas! ¡Es Roma la que condena! -dice Judas Iscariote ufano.
-Pero para cosas religiosas es todavía el Sanedrín -observa Andrés.
-¿Acaso tienes miedo, hermano? Mira que en la familia no ha habido nunca gente vil -advierte con tono amenazador Pedro, que siente en su corazón un espíritu muy belicoso.
-No tengo miedo y espero poder demostrarlo. Sólo le estoy diciendo a Judas lo que pienso.
-Tienes razón. Pero el error del Sanedrín es querer usar el arma política para no querer decir, y no querer oír que le digan, que ellos han alzado la mano contra el Cristo.
Lo sé seguro. Quisieran, es decir, hubieran querido, hacer caer al Cristo en pecado para que la muchedumbre lo despreciara. ¿Pero, matarlo? ¿Ellos? ¡No! ¡Tienen miedo! Un miedo sin cotejo humano, porque es miedo de alma. ¡Bien saben ellos que Él es el Mesías! Lo saben. Lo saben tanto, que sienten que es el fin de ellos porque llega el tiempo nuevo. Y quieren destruirlo. Pero, ¿destruirlo ellos? No.
Por eso buscan la razón política, para que sea el Gobernador, para que sea Roma, quienes lo destruyan. Pero el Cristo no causa perjuicios a Roma, y Roma no le hará ningún mal. Así que el Sanedrín alza en vano sus gritos.
-¿Entonces tú sigues con Él?
-Por supuesto. ¡Más que nadie!
-Yo no tengo nada que perder ni que ganar, sea que me quede, sea que me vaya. Sólo tengo el deber de amarlo. Y lo haré -dice el Zelote.
-Yo lo reconozco como el Mesías y, por tanto, le sigo -dice Natanael.
-Yo también. Creo que lo es desde que Juan el Bautista me lo indicó diciendo que lo era -dice Santiago de Zebedeo.
-Nosotros somos sus hermanos. A la fe unimos el amor de la sangre. ¿No es verdad, Santiago? -dice Judas Tadeo.
-Jesús es mi Sol desde hace años. Sigo su curso. Si cae en el abismo excavado por los enemigos, yo le seguiré -responde Santiago de Alfeo.
-¿Y yo? ¿Puedo olvidarme de que me ha redimido? -pregunta Mateo.
-Mi padre me maldeciría siete y siete veces si lo dejara. Además, aunque sólo sea por amor a María, no me separaré jamás de Jesús -dice Tomas.
Juan no habla. Está cabizbajo, abatido. Los otros toman su actitud como debilidad y, muchos de ellos, le preguntan.
-¿Y tú? ¿Sólo tú te quieres marchar?
Juan levanta la cara, una cara llena de pureza incluso en gestos y miradas, y, mirando fijamente con sus limpios ojos azules a los que le preguntan, dice:
-Estaba orando por todos nosotros. Porque nosotros queremos hacer y decir, y presumimos de nosotros, y no nos damos cuenta de que, haciéndolo, ponemos en duda las palabras del Maestro. Si Él considera deficiente nuestra formación, señal es que es así. Si en tres años no nos hemos formado, no nos vamos a formar en unos pocos meses…
-¿Qué dices? ¿En unos pocos meses? ¿Y tú qué sabes? ¿Acaso eres profeta? -le acometen casi censurándolo.
-Nada soy yo.
-¿Y entonces? ¿Qué sabes? ¿Es que te lo ha dicho Él? Tú sabes siempre sus secretos… -dice, envidioso, Judas de Keriot.
-No me aborrezcas, amigo, porque sepa comprender que el tiempo sereno ha terminado. ¿Cuándo será? No lo sé. Sé que será. Él lo dice. ¡Cuántas veces lo ha dicho! No queremos creer. Pero el odio de los otros confirma sus palabras…
Y entonces oro; porque no hay otra cosa que hacer; rogar a Dios que nos haga fuertes. ¿No recuerdas, Judas, cuando nos dijo que oró al Padre para tener fuerza en las tentaciones? Toda fuerza viene de Dios. Yo imito a mi Maestro, como debe hacerse…
-Bueno, pero ¿te quedas? -pregunta Pedro.
-¿Y a dónde quieres que vaya sí no me quedo con Él, que es mi vida y mi bien? Pero, dado que soy un pobre niño, el más mísero de todos, pido todo a Dios, Padre de Jesús y nuestro.
-Ya está dicho. Entonces todos nos quedamos. Vamos donde Él. Está triste. Nuestra fidelidad le pondrá alegre -dice Pedro.
Jesús está postrado en oración. Rostro en tierra entre las hierbas, suplicando, ciertamente, a su Padre. Pero, con el rumor de los pasos, se alza y mira a sus doce; los mira con una seriedad un poco triste.
-Alégrate, Maestro. Ninguno de nosotros te abandona -dice Pedro.
-Habéis decidido demasiado pronto y…
-Ni horas ni siglos modificarán nuestro pensamiento -dice Pedro.
-Ni las amenazas nuestro amor -profesa Judas Iscariote.
Jesús deja de mirarlos en grupo para fijar su mirada en cada uno de ellos. Es una mirada larga, aguantada sin miedo por todos. Su mirada se detiene especialmente en Judas Iscariote, que lo mira más seguro que ningún otro.
Abre los brazos con gesto de resignación y dice:
-Vamos. Vosotros, todos, habéis signado vuestro destino.
Vuelve al sitio de antes, recoge su fardel, ordena:
-Tomamos el camino que lleva a Efraím, el que nos han enseñado.
-¿A Samaria?
El estupor es enorme.
-A Samaria. Al menos a la zona limítrofe de ella. También Juan fue a esos lugares para vivir hasta la hora señalada para su predicación del Cristo.
-¡Pero no se salvó por ello! -objeta Santiago de Zebedeo.
-No busco salvarme. Busco salvar. Y salvaré en la hora señalada. El Pastor perseguido va hacia las ovejas más desdichadas, para que ellas, las abandonadas, tengan su parte de sabiduría que las prepare para el tiempo nuevo.
Va con paso veloz, después de este alto en el camino que ha servido para descansar y respetar el sábado, queriendo llegar antes de que la noche haga impracticables los senderos.
Cuando llegan al torrentillo que viene de Efraím y va hacia el Jordán, Jesús llama a Pedro y a Natanael y les da una bolsa diciéndoles:
-Adelantaos. Buscad a María de Jacob. Recuerdo que Malaquías me dijo que era la más pobre del lugar, a pesar de que tenga una casa grande, ahora que ya no tiene en ella hijos ni hijas. Estaremos en su casa. Dadle buen dinero, para que nos dé enseguida alojamiento sin hablar con mil. La casa sabéis cuál es. La grande que está a la sombra de los cuatro granados, casi en el puente del torrente.
-Lo sabemos, Maestro. Haremos como Tú dices.
Se marchan diligentemente. Jesús los sigue, con los demás, lentamente.
Desde la cuenca que el torrente divide en dos semicuencas, se ve albear el pueblo con las últimas luces del día y los primeros candores lunares. No hay un alma por la calle cuando llegan a la casa ya toda blanca de luna. Sólo el torrente tiene voz en el silencio nocturnal. Volviéndose y mirando al horizonte, se ve un gran espacio de cielo estrellado curvado sobre una gran vastedad de terreno en declive hacia la llanura desierta que baja al Jordán. Una paz profunda reina en esa tierra.
Llaman a la puerta. Pedro abre:
-Todo hecho, Señor. La anciana, al ver que le daban monedas, ha llorado. Ya no tenía una perra. Le he dicho:
"No llores, mujer. Donde está Jesús de Nazaret el dolor deja de estar". Me ha respondido: "Lo sé. He sufrido toda mi vida y ahora me sentía realmente en el límite del sufrimiento. Pero el Cielo se ha abierto para mí en el ocaso de mi vida y me trae la Estrella de Jacob para darme paz". Ahora está allí preparando las habitaciones que llevan mucho tiempo cerradas. ¡Mmm! Hay muy poco. Pero la mujer parece muy buena. ¡Ahí está! "¡Mujer! ¡El Rabí está aquí!
Se acerca una viejecita avellanada, de mansos ojos llenos de melancolía. Se para azarada a unos pasos de Jesús. Está acobardada.
-La paz a ti, mujer. No te voy a causar muchas molestias.
-Yo… quisiera… quisiera que caminaras sobre mi corazón para hacerte más dulce la entrada en mi pobre casa. Entra, Señor y entre Dios contigo.
Con la luz de la mirada de Jesús, ha cobrado nuevo aliento y valor.
Entran todos. Cierran la puerta. La casa es tan grande como una posada y está tan vacía como un lugar abandonado.
Sólo la cocina está alegre, debido al fuego que llamea en el centro de ella, en el hogar.
Bartolomé, que alimentaba el fuego, se vuelve y sonríe mientras dice:
-Consuela a la mujer, Maestro. Está apenada porque no puede honrarte como quisiera.
-Me basta tu corazón, mujer. No te preocupes de nada. Mañana remediaremos las carencias. Yo también soy un pobre. Traed las provisiones. Entre los pobres se comparte el pan y la sal sin avergonzarse y con amor fraterno, que, para ti, mujer, es filial porque podrías ser mi madre y Yo te honro como hijo…
La mujer derrama silenciosas lágrimas de anciana afligida y se enjuga los ojos con su velo; susurra:
-Tenía tres hijos varones y siete niñas. A un hijo se me lo llevó el torrente y a otro la fiebre, el tercero me abandonó. Cinco de las niñas se cogieron el mal de su padre y murieron, la sexta murió de parto y la séptima… lo que no hizo la muerte lo hizo el pecado. En mi vejez no recibo honor de mis hijos, y ello me causa… En el pueblo son buenos… pero con la pobre mujer, mientras que Tú eres bueno con la madre…
-Tengo una madre Yo también. En toda mujer que es madre honro a la mía. Pero no llores. Dios es bueno. Ten fe, y los hijos que te quedan podrán regresar a ti todavía. Los otros descansan en paz…
-Yo lo veo como un castigo por ser de estos lugares…
-Ten fe. Dios es más justo que los hombres…
Vuelven los apóstoles que habían ido con Pedro a las habitaciones. Traen las provisiones. Calientan en el fuego el corderito que Nique había asado. Lo llevan a la mesa. Jesús ofrece y bendice, y quiere que la ancianita esté con ellos, no comiendo en su rinconcito la pobre achicoria de su cena…
El exilio en los confines de Judea ha comenzado…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Jesús debe huir a Samaria
Es hermoso estar así, descansando, rodeado del amor de los amigos, con el Maestro, en estos días de sol que ya reflejan una primera precoz sonrisa de la primavera; mirando a los campos, que ya abren su tierra al verdecer inocente de los cereales que brotan; mirando a los prados, que rompen el verde uniforme del invierno con las primeras florecillas multicolores; mirando a los setos, que, en los lugares más expuestos al sol, presentan ya sonrisas de yemas semiabiertas, mirando a los almendros, que ya forman espuma en sus copas por las primeras flores que nacen.
Y Jesús goza de ellos, y también los apóstoles, como los tres amigos de Betania. ¡Parecen tan lejanos la malevolencia, el dolor, la tristeza, la enfermedad, la muerte, el odio, la envidia, todas aquellas cosas que constituyen dolor, tormento, preocupación en la Tierra…!
Los apóstoles, todos, están jubilosos, y lo expresan. Manifiestan su persuasión -¡tan segura, tan triunfante!-de que ya Jesús ha vencido a todos sus enemigos, de que su misión irá adelante sin obstáculos, de que será reconocido como Mesías hasta por los más tenaces en negar esto. Hablan un poco exaltados. Están eufóricos, haciendo proyectos para el futuro, soñando… soñando mucho… y humanamente; tanto, que se los ve rejuvenecidos.
El más exaltado, por esa psique suya que le lleva siempre a los extremos, es Judas de Keriot. Se autofelicita por haber sabido esperar y por haber actuado hábilmente; se autofelicita por su larga fe en el triunfo del Maestro, por haber plantado cara a las amenazas del Sanedrín…
Está tan exaltado, que al final dice, en medio del estupor atónito de sus compañeros, algo que hasta este momento ha mantenido oculto: -Sí, me querían comprar, me querían seducir con lisonjas, y con amenazas, al ver que aquéllas no producían efecto. ¡Si supierais! Pero les he pagado con la misma moneda.
He fingido estima por ellos, como ellos por mí; les he lisonjeado, como ellos me lisonjeaban; los he traicionado, como ellos querían traicionarme… porque es lo que querían hacer. Querían hacerme creer que probaban al Maestro con espíritu bueno para poder proclamarlo solemnemente el Santo de Dios.
¡Pero yo los conozco! Yo los conozco. Y, en todas las cosas que me decían que querían hacer, me movía hábilmente, de forma que la santidad de Jesús apareciera más radiante que el Sol de mediodía en un cielo sin nubes… Este juego mío era peligroso, porque… ¡si se hubieran dado cuenta!…
Pero estaba dispuesto a todo, incluso a la muerte, por servir a Dios en mi Maestro. Y de esta forma sabía todo… ¡Claro, algunas veces os habré parecido un loco, o malo o huraño! ¡Si hubierais sabido esto!… ¡Sólo yo sé cómo han sido mis noches, y qué precauciones debía tener para hacer el bien sin llamar la atención de nadie! Todos me habéis mirado un poco con sospecha. Ya lo sé.
Pero no os guardo rencor por ello. Mi modo de actuar… sí… podía crear sospechas. Pero el fin era bueno, y eso era lo único que me preocupaba. Jesús no sabe nada. O sea, creo que Él también me mira con sospechas. Pero sabré callar, sin exigir una alabanza suya. Guardad silencio también vosotros. Un día, al principio de estar con Él -y tú, Simón Zelote, y tú, Juan de Zebedeo, estabais conmigo— me corrigió porque me había gloriado de tener sentido práctico de las cosas. Desde entonces yo… no le he hecho observar esta cualidad, pero he seguido usándola, para bien suyo. He obrado como una madre con su hijo inexperto.
La madre le quita los obstáculos del camino, le acerca la rama sin espinas y le alza la que puede herirle; o, con juiciosas acciones, lo lleva a hacer aquello que debe saber hacer y a evitar lo malo, sin que siquiera el hijo se dé cuenta. Es más, el hijo cree que ha conseguido por sí solo caminar sin tropezar, recoger una bonita flor para su mamá, o hacer esa cosa o aquella otra.
Yo he hecho lo mismo con el Maestro. Porque la santidad no es suficiente en un mundo de hombres y de diablos. Hay que luchar con armas iguales, al menos con armas de hombre… y, algunas veces… no viene mal meter entre las otras armas un poco de astucia de infierno. Así pienso yo. Pero Él no quiere oír estas ideas… Es demasiado bueno… Bien. Yo comprendo todo y comprendo a todos, y os perdono a todos los malos pensamientos que hayáis podido tener respecto a mí.
Ahora ya sabéis. Ahora nos queremos como buenos compañeros, todo por amor a Él y para gloria suya -y señala a Jesús, que pasea mucho más lejos, por un paseo lleno de sol, hablando con Lázaro, que lo escucha con una sonrisa de éxtasis en su rostro.
Los apóstoles se alejan en dirección a la casa de Simón. Jesús, sin embargo, se acerca con su amigo. Los oigo.
Dice Lázaro:
-Sí. Había comprendido que había una finalidad grande, benigna sin duda, en el hecho de dejarme morir. Pensaba que quizás era por evitarme ver la persecución de que eres objeto. Y, Tú sabes que digo la verdad, estaba contento de morir para no verla. Me irrita. Me turba. Mira, Maestro, he perdonado muchas cosas a los jefes de nuestro pueblo. He tenido que perdonar hasta en los últimos días…
Elquías… Pero la muerte y la resurrección han borrado lo que había antes de ellas. ¿Para qué recordar las últimas acciones de ellos para causarme dolor? He perdonado todo a María. Ella parece dudarlo. Es más, no sé por qué, pero desde que he resucitado ha tomado respecto a mí una actitud tan… no sé cómo definirla; de una mansedumbre y acatamiento tan poco comunes en mi María… Ni siquiera en los primeros momentos después de volver aquí, redimida por ti, era así…
Bueno, quizás Tú sabes y me puedes decir algo al respecto, porque María te dice todo… Quizás sabes si los que vinieron aquí la censuraron demasiado. Yo siempre, cuando la veía absorta en la idea de su pasado, trataba de disminuir el recuerdo de su error, para medicar su sufrimiento. No logra restablecerse en sosiego.
¡Y parece tan… por encima de cualquier tipo de abatimiento!… A algunos les podrá parecer incluso poco arrepentida… Pero yo comprendo… Yo sé. Hace de todo por expiar. Pienso que hace grandes penitencias, de todo tipo. No me extrañaría que bajo sus vestidos llevara un cilicio, ni que su carne conociera las dentelladas de los azotes…
Pero el amor fraterno que tengo yo y que quiere sostenerla interponiendo un velo entre el pasado y el presente, no lo tienen los demás… ¿Tú sabes si, acaso, ha sido maltratada por alguien que no sepa perdonar… de forma que esté necesitada de perdón?
-No lo sé, Lázaro. María no me ha hablado de esto. Sólo me ha dicho que ha sufrido mucho oyendo la insinuación de los fariseos de que Yo no era el Mesías porque no te curaba o no te resucitaba.
-¿Y… no te ha dicho nada de mí? Es que… yo sufría mucho… y recuerdo que mi madre, en sus últimas horas, manifestó cosas que tanto a Marta como a mí nos habían pasado desapercibidas: fue como si el fondo de su alma y de su pasado subiera nuevamente a la superficie con las últimas convulsiones del corazón.
Mi temor es… Mi corazón ha sufrido mucho por María… y ha hecho mucho esfuerzo para que no percibiera nunca lo que por ella he sufrido… Mi temor es el haberla herido ahora que es buena, mientras que, antes por amor de hermano y luego por amor a ti, nunca la había herido en el tiempo infame, cuando ella era un oprobio. ¿Qué te ha dicho de mí, Maestro?
-Me ha manifestado su dolor por haber tenido demasiado poco tiempo para darte su santo amor de hermana y condiscípula. Perdiéndote ha medido toda la extensión de los tesoros de afecto que en el pasado había pisoteado… y ahora se siente feliz de poderte dar todo el amor que quiere darte, para decirte que tú para ella eres el santo, amado hermano.
-¡Ah, es lo que había intuido! Esto me da satisfacción. Temía haberla ofendido… Desde ayer pienso, pienso… me esfuerzo en recordar… pero no lo logro…
-¿Pero por qué quieres recordar? Tienes el futuro por delante. El pasado ha quedado en la tumba. Es más, ni siquiera ha quedado allí. Ha sido consumido por el fuego junto con las vendas fúnebres.
Pero, si esto te tranquiliza, te diré las últimas palabras que tuviste para tus hermanas, para María sobre todo. Dijiste que por María Yo he venido aquí y vengo, porque María sabe amar más que todos los demás. Es verdad. Le dijiste que ella te ha amado más que todos los que te han amado. Esto también es verdad, porque ella te ha amado renovándose por amor a Dios y a ti.
Le dijiste que toda una vida de delicias no te habría dado la alegría que has experimentado gracias a ella. Y las bendijiste, como los patriarcas bendecían a sus más amados hijos. Bendijiste igualmente a Marta, y la llamaste "tu paz", y a María, y la llamaste "tu alegría". ¿Te sientes en paz ahora?
-Ahora sí, Maestro. Me siento en paz.
-Pues entonces, dado que la paz da misericordia, perdona también a los jefes del pueblo que me persiguen. Porque esto es lo que querías decir: que todo puedes perdonarlo, pero no el mal que me hacen a mí.
-Así es, Maestro.
-No, Lázaro. Yo los perdono. Tú debes perdonarlos, si quieres asemejarte a mí.
-¡Oh! ¡Asemejarme a ti! No puedo. ¡Soy un simple hombre!
-El hombre ha quedado allá abajo. ¡El hombre! Tu espíritu… Tú sabes lo que sucede cuando muere un hombre…
-No, Señor, no recuerdo nada de lo que me ha sucedido -interrumpe vehementemente Lázaro.
Jesús sonríe y responde:
-No hablaba de tu personal saber, de tu experiencia particular. Hablaba de lo que todo creyente sabe que le sucede cuando muere.
-¡Ah! El Juicio particular. Lo sé. Lo creo. El alma se presenta a Dios, y Dios la juzga.
-Así es. Y el juicio de Dios es justo e inviolable. Y tiene un infinito valor. Si el alma juzgada es culpable mortalmente, pasa a ser alma réproba; si es levemente culpable, es enviada al Purgatorio; si es justa, va a la paz del Limbo, a la espera de que Yo abra las puertas de los Cielos. Así pues, Yo he hecho regresar a tu espíritu habiendo sido ya juzgado él por Dios. Si hubieras sido un réprobo, no te habría podido llamar de nuevo a la vida, porque, haciéndolo, habría anulado el juicio de mi Padre.
Para los réprobos no hay ya mutaciones. Están juzgados para siempre. Por tanto, tú estabas dentro del número de los no réprobos, y, por tanto, estabas en la clase de los bienaventurados o de los que son bienaventurados después de la purificación. Pero, reflexiona, amigo mío. Si la sincera voluntad de arrepentimiento que puede tener el hombre siendo todavía hombre, o sea, carne y alma, tiene valor de purificación; si un simbólico rito de bautismo en las aguas, buscado por contrición respecto a las inmundicias contraídas en el mundo y por la carne, tiene para nosotros, hebreos, valor de purificación, ¿qué valor tendrá el arrepentimiento, más real y perfecto, mucho más perfecto, de un alma liberada de la carne, consciente de lo que Dios es, iluminada acerca de la gravedad de sus errores, iluminada acerca de la magnitud de la alegría que ha alejado de sí por horas, años o siglos: la alegría de la paz del Limbo, que poco después será la alegría de una posesión de Dios ya alcanzada:
¿qué será la purificación dúplice, ternaria, del arrepentimiento perfecto, del amor perfecto, del baño en el ardor de las llamas encendidas por el amor de Dios y por el amor a los espíritus, en el cual y por el cual los espíritus se despojan de toda impureza y surgen hermosos como serafines, coronados por algo que no corona ni siquiera a los serafines: el martirio terreno y ultraterreno, contra los vicios y por el amor? ¿Qué será? Dilo, amigo mío.
-Pues… no sé… una perfección. Mejor… una nueva creación.
-Eso es. Has dicho la palabra precisa. El alma queda como recreada. El alma queda como la de un recién nacido. Es nueva. Desaparece todo el pasado, su pasado de hombre.
Cuando desaparezca la culpa de origen, el alma, ya sin mancha ni sombra de manchas, será supercreada y será digna del Paraíso. Yo he hecho regresar tu alma, que ya se había recreado por la determinación al Bien, por la expiación del sufrimiento y de la muerte, y por tu perfecto arrepentimiento y amor alcanzados después de la muerte.
Tienes, pues, un alma completamente inocente, cual la de un niño de unas horas. Y si eres un niño recién nacido, ¿por qué quieres vestir esta niñez espiritual con los molestos, pesados indumentos del hombre adulto? Los niños tienen alas y no cadenas para su espíritu alegre. Los niños me imitan con facilidad, porque no han adquirido todavía ninguna personalidad. Se hacen como Yo soy, porque en su alma exenta de improntas se puede imprimir, sin confusión de rasgos, mi figura y mi doctrina. En su alma no hay recuerdos humanos, ni resentimientos ni prejuicios.
No hay nada, y puedo estar Yo ahí, perfecto, absoluto, como estoy en el Cielo. Tú, que te encuentras como renacido, uno que ha nacido nuevamente, porque en tu vieja carne la capacidad motora es nueva, no tiene pasado, ni mancha, ni huellas de lo que fue; tú, que has regresado para servirme, sólo para esto, debes, más que todos, ser como Yo soy.
Mírame. Mírame bien. Espéjate en mí, refléjame en ti: dos espejos que se miren para reflejar, el uno en el otro, 1a figura de lo que aman. Tú eres hombre y eres niño. Eres hombre por la edad, eres niño por la pureza de corazón.
Tienes, respecto a los niños, la ventaja de conocer ya el Bien y el Mal, y de haber sabido ya elegir el Bien incluso antes del bautismo en las llamas del amor. Pues bien, Yo te digo a ti, hombre cuyo espíritu está limpio por la purificación vivida:
"Sé perfecto como lo es el Padre nuestro de los Cielos y como Yo lo soy. Sé perfecto, o sea, semejante a mí, que te he amado tanto, que he ido contra todas las leyes de la vida y de la muerte, del Cielo y de la Tierra, para tener de nuevo en la Tierra a un siervo de Dios y a un verdadero amigo; y, en el Cielo, un bienaventurado, un gran bienaventurado". Esto lo digo a todos:
"Sed perfectos". Y ellos, la mayoría, no tienen el corazón que tú tenías, digno del milagro, digno de ser tomado como instrumento para esta glorificación de Dios en su Hijo. Y ellos no tienen tu deuda de amor para con Dios… Puedo decírtelo, puedo exigírtelo a ti. Y en primer lugar lo exijo en una cosa: en no guardar rencor a quien te ha ofendido y me ofende. Perdona, perdona, Lázaro. Has sido sumergido en las llamas, en las llamas encendidas por el amor. Debes ser "amor", para no conocer nunca otra cosa que no sea el abrazo de Dios.
-¿Y, haciéndolo así, cumpliré la misión para la que me has resucitado?
-Haciéndolo la cumplirás.
-Es suficiente esto, Señor; no necesito ni preguntar ni saber más. Servirte era mi sueño. Si te he servido incluso en la nada que puede hacer un enfermo y un muerto, y si voy a poder servirte en lo mucho que puede hacer uno que ha sido curado, mi sueño está cumplido y no pido nada más.
¡Bendito seas, Jesús, Señor y Maestro mío! Y, contigo, bendito sea el que te ha enviado.
-Bendito sea siempre el Señor Dios omnipotente.
Van hacia la casa, deteniéndose de vez en cuando a observar el despertar de los árboles, y Jesús alza un brazo y, como es alto, coge un ramito de flores de un almendro que se calienta al sol contra la pared meridional de la casa.
Sale María, que los ve y se acerca a oír lo que Jesús dice:
-¿Ves, Lázaro? También a éstas el Señor les ha dicho: "Salid afuera". Y ellas han obedecido para servir al Señor.
-¡Qué misterio es la germinación! Parece imposible que del tronco duro o de la dura semilla puedan salir pétalos tan frágiles y tallos tan tiernos, y transformarse en fruta o en plantas. ¿Es erróneo, Maestro, decir que la savia o el germen son como el alma de la planta o de la semilla?
-No es erróneo, porque es la parte vital. En ellas no es eterna, y creada para cada especie en el primer día en que árboles y cereales existieron. En el hombre es eterna, semejante a su Creador, creada una a una para cada nuevo hombre que es concebido. Pero es por ella por la que la materia vive.
Por este motivo te digo que sólo por el alma el hombre vive. No sólo aquí, sino también después. Vive por su alma. Nosotros, hebreos, no hacemos dibujos en los sepulcros, como los hacen los gentiles. Pero, si los hiciéramos, deberíamos dibujar siempre no la antorcha apagada, no la clepsidra vacía u otro símbolo de fin; antes bien, la semilla arrojada al surco y que se hace espiga. Porque es la muerte de la carne la que libera al alma de la corteza y la hace fructificar en los jardines de Dios. La semilla: esa chispa vital que Dios ha puesto en nuestro polvo y que se hace espiga, si sabemos, con la voluntad, y también con el dolor, hacer fértil a la porción de tierra que la ciñe. La semilla: el símbolo de la vida que se perpetúa… Pero Maximino te llama…
-Voy, Maestro. Serán administradores… Todo estaba parado en estos últimos meses. Ahora vienen solícitos a presentarme las cuentas…
-Que apruebas de antemano porque eres un buen patrón.
-Y porque ellos son buenos subordinados.
-El buen patrón hace buenos subordinados.
-Entonces yo voy a ser un buen subordinado, porque te tengo a ti como perfecto Patrón -y se marcha sonriendo, ágil, ¡tan distinto del pobre Lázaro de antes, del Lázaro de los años anteriores!…
Con Jesús se queda María.
-¿Y tú, María, vas a ser una buena sierva de tu Señor?
-Tú puedes saberlo, Rabbuní. Yo… sólo sé que he sido una gran pecadora.
Jesús sonríe:
-¿Has visto a Lázaro? También él era un gran enfermo, y, a pesar de ello, ¿no te parece que ahora está bien sano?
-Así es, Rabbuní. Tú lo has curado. Lo que haces Tú es siempre total. Lázaro no ha estado nunca tan fuerte y alegre como desde que ha salido del sepulcro.
-Tú lo has dicho, María. Lo que hago Yo es siempre total. Por eso, también tu redención es total, porque Yo la he realizado.
-Es verdad, mi amado Salvador, Redentor, Rey, Dios. Es verdad. Y, si así lo quieres, yo también seré una buena sierva de mi Señor. Yo, por mi parte, lo quiero, Señor. No sé si Tú lo quieres.
-Lo quiero, María. Una buena sierva mía. Hoy más que ayer, mañana más que hoy. Hasta que Yo te diga: “Basta así,
María. Es la hora de tu descanso".
-De acuerdo, Señor. Quisiera que me llamaras Tú entonces, como has llamado a mi hermano del sepulcro. ¡Llámame de la vida!
-No "de la vida". Te llamaré a la Vida, a la verdadera Vida. Te llamaré del sepulcro que son la carne y la Tierra, te llamaré al desposorio de tu alma con tu Señor.
-¿Mi desposorio? Tú amas a los que son vírgenes, Señor…
-Yo amo a los que me aman, María.
-¡Eres divinamente bueno, Rabbuní! Por eso no lograba serenarme cuando oía que te llamaban malo porque no venías. Era como sentir que todo se venía abajo. ¡Qué esfuerzo el tener que decirme a mí misma: "No. ¡No! No debes aceptar esta evidencia. Esto que te parece evidencia es un sueño. La realidad es el poder, la bondad, la divinidad de tu Señor"!
¡Cuánto he sufrido! Mucho ha sido el dolor por la muerte de Lázaro y por sus palabras… ¿Te ha referido algo? “No recuerda" Dime la verdad…
-No miento nunca, María. Lázaro teme haber hablado y haber manifestado lo que había sido el dolor de su vida. Pero Yo, sin mentir, lo he serenado, y ahora está tranquilo.
-Gracias, Señor. Esas palabras… en mí produjeron un bien. Sí. Como produce un bien la cura de un médico que pone al descubierto las raíces de un mal y las cauteriza. Esas palabras terminaron de aniquilar a la vieja María. Tenía todavía un concepto demasiado alto de mí. Ahora… mido el fondo de mi ruindad y sé que debo andar mucho para remontarlo. Pero lo andaré, si me ayudas.
-Te ayudaré, María. Incluso cuando me haya marchado, te ayudaré.
-¿Cómo, mi Señor?
-Aumentando tu amor hasta una medida incalculable. Para ti no hay otro camino aparte de éste.
-¡Demasiado dulce para lo que tengo que expiar! Todos se salvan con el amor. Todos ganan el Cielo. Pero lo que es suficiente para los puros, para los justos, no es suficiente para la gran culpable.
-No hay otro camino para ti, María. Porque, cualquiera que sea el camino que tomes, ese camino será siempre amor: amor si haces el bien en mi Nombre, amor si evangelizas, amor si te aíslas, amor si te martirizas, amor si te entregas al martirio. Tú sólo sabes amar, María. Es tu naturaleza.
Las llamas sólo pueden arder, bien sea que se arrastren por el suelo quemando pajuz, bien sea que suban como un abrazo de resplandores en torno a un tronco, a una casa o a un altar para lanzarse al cielo. A cada uno su naturaleza. La sabiduría de los maestros de espíritu está en saber aprovechar las tendencias del hombre orientándolas hacia el camino por el que puedan resolverse en bien.
En las plantas y en los animales también existe esta ley, y sería necio el pretender que un árbol frutal diera sólo flores, o que diera frutos distintos de los que se siguen de su naturaleza, o que un animal llevara a cabo funciones que son propias de otra especie.
¿Podrías pretender que esa abeja destinada a producir miel se transformara en un pajarillo que cantara entre las ramas de los setos? ¿O que esta ramita de almendro que tengo en mis manos, junto con el propio almendro de donde la he arrancado, en vez de almendras diera a través de su corteza gotas de resinas aromáticas? La abeja trabaja, el pájaro canta, el almendro da fruto, el árbol de resina produce sustancias aromáticas. Y todos sirven para su función. Lo mismo las almas. Tú tienes la función de amar.
-Entonces enciéndeme, Señor. Te lo pido como gracia.
-¿No te basta la fuerza de amor que posees?
-Es demasiado poca, Señor. Podría servir para amar a seres humanos; no, para ti, que eres el Señor infinito.
-Pero, precisamente por serlo, sería necesario un amor sin límites…
-Sí, mi Señor. Esto es lo que quiero, que pongas en mí un amor sin límites.
-María, el Altísimo, que sabe lo que es el amor, dijo al hombre: "Me amarás con todas tus fuerzas". No exige más. Porque sabe que ya es martirio amar con todas las fuerzas…
-No importa, mi Señor. Dame un amor infinito para amarte como debes ser amado, para amarte como no he amado a nadie.
-Me pides un sufrimiento semejante a una hoguera que quema y consume, María. Quema y consume lentamente… Piénsalo.
-Hace mucho que lo pienso, mi Señor, pero no me atrevía a pedírtelo. Ahora sé cuánto me amas. Ahora sí que sé en qué medida me amas, y me atrevo a pedírtelo. Dame este amor infinito, Señor.
Jesús la mira. Ella está delante de É1, todavía enflaquecida a causa de las vigilias y el dolor, modesta y sencillamente vestida y peinada, como una niña sin malicia, pálida su cara que se enciende de deseo, ojos suplicantes, aunque ya brillantes de amor; ya más serafín que mujer: es, verdaderamente, la contempladora que pide el martirio de la contemplación absoluta.
Jesús dice una sola palabra, después de haberla mirado atentamente como queriendo medir la voluntad de ella:
-Sí.
-¡Ah, mi Señor! ¡Qué don, morir de amor por ti! -cae de rodillas y besa los pies de Jesús.
-Levántate, María. Ten estas flores. Serán las de tu desposorio espiritual. Sé dulce como el fruto de este almendro, pura como su flor y luminosa como el aceite que de este fruto se extrae, cuando lo encienden, fragante como ese aceite cuando, saturado de esencias, es esparcido en los banquetes o sobre las cabezas de los reyes, fragante por tus virtudes. Entonces, verdaderamente, derramarás sobre tu Señor el bálsamo que Él apreciará infinitamente.
María coge las flores, pero no se levanta, sino que anticipa los bálsamos del amor regando de lágrimas y besos los pies de su Maestro. Se acerca Lázaro:
-Maestro, un niño pregunta por ti. Había ido a la casa de Simón a buscarte y ha encontrado allí sólo a Juan, que lo ha mandado hacia acá. Pero quiere hablar solamente contigo.
-De acuerdo. Acompáñalo aquí. Voy hacia la pérgola de los jazmines.
María vuelve a la casa con Lázaro. Jesús va a la pérgola. Vuelve Lázaro trayendo de la mano al niño que vi en casa de José de Seforí. Jesús lo reconoce enseguida y le saluda:
-¿Tú, Marcial? La paz sea contigo. ¿Cómo por aquí?
-Me envían para decirte una cosa… -y mira a Lázaro, que comprende y hace ademán de marcharse.
-Quédate, Lázaro. Éste es mi amigo Lázaro. Puedes hablar delante de él, niño, porque Yo no tengo otro amigo más fiel que él.
El niño cobra confianza. Dice:
-Me manda José el Anciano -porque ahora estoy con él-a decirte que vayas sin demora, enseguida, a Betfagé, a la casa de Cleonte. Tiene que decirte algo urgentemente. Algo urgentísimo. Y ha dicho que vayas solo porque tiene que hablar contigo muy secretamente.
-¡Maestro! ¿Qué sucede? -pregunta Lázaro sobresaltado.
-No lo sé, Lázaro. Hay que ir. Ven conmigo.
-Enseguida, Señor. Podemos ir con el niño.
-No, Señor. Voy solo. José me lo ha dicho así. Ha dicho: "Si sabes hacerlo tú solo y bien, te querré como un padre". Yo quiero que José me quiera como hijo. Me marcho enseguida, corriendo. Tú ven después. Adiós, Señor. Adiós, hombre.
El niño se echa a correr, cual golondrina echándose a volar.
-Vamos, Lázaro. Tráeme el manto. Me adelanto porque, como ves, el niño no logra abrir la cancilla y no quiere llamar a nadie.
Jesús va rápido a la cancilla; Lázaro, rápido, a la casa: el primero abre los cierres de hierro al niño, que se marcha raudo; el segundo lleva el manto a Jesús y, al lado de Jesús, va por el camino que lleva a Betfagé.
-¿Qué es lo que querrá José, para enviar con tanto secreto a un niño?…
-Un niño pasa desapercibido a quien pueda estar vigilando -responde Jesús.
-¿Crees que?… ¿Sospechas que?… ¿Te sientes en peligro, Señor?
-Estoy cierto de ello, amigo.
-¡Pero todavía ahora! ¡Prueba más grande no habrías podido darla!…
-El odio crece azuzado por las realidades.
-¡Entonces por causa mía! ¡Yo te he perjudicado!… ¡Mi dolor es sin igual! -dice Lázaro, verdaderamente afligido.
-No por causa tuya. No te aflijas sin motivo. Has sido el medio, pero la causa ha sido la necesidad, comprende esto, la necesidad de dar al mundo la prueba de mi naturaleza divina. Si no hubieras sido tú, otro habría sido, porque Yo debía probar al mundo que, como Dios que soy, puedo todo lo que quiero. Y devolver a la vida a uno ya muerto días antes y ya descompuesto no puede ser obra nada más que de Dios.
-¡Lo que quieres es consolarme! Pero para mí la alegría, toda mi alegría, se ha esfumado… Sufro, Señor.
Jesús hace un gesto como queriendo decir: "¡en fin!", y callan luego los dos.
Caminan a buen paso. La distancia es corta entre Betania y Betfagé, y pronto llegan.
José pasea arriba y abajo por el camino que está al principio del pueblo. Está vuelto de espaldas cuando Jesús y Lázaro aparecen por una callejuela ocultada por un seto. Lázaro lo llama.
-¡Ah! Paz a vosotros. Ven, Maestro. Te estaba esperando aquí para verte inmediatamente. Pero vamos al olivar. No quiero que nos vean…
Los lleva detrás de las casas, a una espesura de olivos que, con sus frondas tupidas y revueltas que cubren las laderas, es un cómodo refugio para hablar sin ser notados.
-Maestro, he mandado al niño, que es espabilado y obediente y me quiere mucho, porque debía comunicarte algo y no debía ser visto. He recorrido el Cedrón para venir aquí… Maestro, tienes que marcharte enseguida de aquí.
El Sanedrín ha sentenciado tu captura y mañana será leído el decreto en las sinagogas. Quienquiera que sepa dónde estás tiene el deber de comunicarlo. No hace falta que te diga, Lázaro, que tu casa será la primera en ser vigilada. He salido del Templo a la hora sexta. Me he puesto inmediatamente a la obra porque mientras hablaban yo ya había hecho mi plan. He ido a casa. He tomado al niño. He salido a caballo de un asno por la puerta de Herodes como para dejar la ciudad. Luego he cruzado el Cedrón y lo he seguido. He dejado el asno en el Getsemaní. He enviado corriendo al niño, que ya sabía el camino porque había ido conmigo a Betania. Márchate inmediatamente, Maestro. A un lugar seguro. ¿Sabes a dónde ir? ¿Tienes dónde ir?
-¿Pero no basta con que se aleje de aquí? ¿De Judea al máximo?
-No basta, Lázaro. Están furiosos. Debe ir a un lugar al que ellos no vayan…
-¡Pero si ellos van a todas partes! ¡No querrás que el Maestro deje Palestina! ¿No?… -dice Lázaro inquieto.
-¿Y qué quieres que yo te diga? El Sanedrín quiere capturarlo…
-Por causa mía, ¿no es verdad? ¡Dilo!
-¡Mmm! ¡Pues… sí! Por causa tuya… es decir, por causa de que todos se convierten a Él, y ellos esto… no lo quieren.
-¡Pero es un delito! ¡Es un sacrilegio!… ¡Es…!
Jesús, pálido pero tranquilo, alza la mano e impone silencio. Dice:
-Calla, Lázaro. Cada uno hace su trabajo. Todo está escrito. Te agradezco esto, José, y te aseguro que me voy. Vete, vete, José; que no noten tu ausencia… Que Dios te bendiga. A través de Lázaro, te diré dónde estoy.
Márchate. Te bendigo a ti, a Nicodemo y a todos los justos de corazón.
Lo besa y se separan. Jesús vuelve con Lázaro, por el olivar, hacia Betania, mientras José va hacia la ciudad.
-¿Qué vas a hacer, Maestro? -pregunta angustiado Lázaro.
-No lo sé. Dentro de pocos días vendrán las discípulas con mi Madre. Hubiera querido esperarlas…
-Respecto a esto… yo las recibiría en tu nombre y te las llevaría. Pero Tú, mientras, ¿a dónde vas? A casa de Salomón, no me convence. Tampoco a alguna casa de discípulos conocidos. ¡Mañana!… ¡Tienes que marcharte inmediatamente!
-Tendría un lugar. Pero quisiera esperar a mi Madre. Su angustia comenzaría demasiado pronto si no me viera…
-¿Qué lugar es ése, Maestro?
-Efraím.
-¿Samaria?
-Samaria. Los samaritanos son menos samaritanos que muchos otros, y me estiman. Efraím es tierra de frontera…
-¡Y por contrariar a los judíos te dispensarán honor y protección! Pero… ¡espera! Tu Madre sólo puede venir por el camino de Samaria o por el del Jordán. Iré yo con los criados por uno y Maximino con otros criados por el otro, y uno u otro se encontrará con Ella. No volveremos si no es con ellas. Tú sabes que ninguno de la casa de Lázaro puede traicionar. Tú, entretanto, vas a Efraím.
Inmediatamente. ¡Era el destino que no pudiera gozar de ti! Pero iré. Por los montes de Adomín. Ahora estoy sano.
Puedo hacer lo que desee. Es más… sí… haré creer que por el camino de Samaria voy a Tolemaida para tomar una nave para Antioquía. Todos saben que allí tengo tierras… Mis hermanas se quedan en Betania… Tú… Sí. Voy a mandar que preparen dos carros y vais con ellos a Jericó. Luego, mañana, al amanecer, reanudáis a pie el camino. ¡Oh, Maestro! ¡Maestro mío! ¡Sálvate! ¡Sálvate!
Pasada la agitación del primer momento, Lázaro cae en la tristeza y llora.
Jesús suspira, pero no dice nada. ¿Y qué podría decir?…
Ya están en la casa de Simón. Se separan. Jesús entra en la casa. Los apóstoles, ya de por sí extrañados de que el Maestro se haya marchado sin decir nada, se arriman a Él, que está diciendo:
-Tomad la ropa. Preparad las sacas. Tenemos que marcharnos
inmediatamente de aquí. Rápido, rápido. Y os reunís conmigo en casa de Lázaro.
-¿También la ropa mojada? ¿No podemos recogerla al volver? -pregunta Tomás.
-No volveremos. Coged todo.
Los apóstoles se marchan hablándose unos a otros con las miradas.
Jesús va por sus cosas a la casa de Lázaro y se despide de las hermanas, que están consternadas…
Los carros están pronto preparados. Carros pesados, cubiertos, tirados por robustos caballos. Jesús se despide de Lázaro, de Maximino, de los criados que han venido.
Montan en los carros, que esperan en una salida posterior.
Los carreros golpean con la tralla a los animales, y el viaje comienza por el mismo camino por el que Jesús ha venido a resucitar a Lázaro unos pocos días antes.