por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Han abierto todas las puertas y ventanas en la habitación de Lázaro, para hacerle menos difícil la respiración.
Alrededor de él, que está ausente, en estado de coma -un coma profundo, semejante ya a la muerte, de la que difiere sólo por el movimiento de la respiración-, están las dos hermanas, Maximino, Marcela y Noemí, pendientes de cualquier mínimo gesto del moribundo.
Cada vez que una contracción espasmódica altera la boca, pareciendo que se preparara para hablar, o que los ojos, entreabriéndose los párpados, aparecen, las dos hermanas se inclinan para aferrar una palabra, una mirada… Pero es inútil. Son sólo acciones sin coordinación, independientes de la voluntad y la inteligencia, las cuales ya están inertes, perdidas; son acciones que provienen del sufrimiento de la carne, como de ésta viene el sudor que da brillo al rostro del moribundo, y el temblor que a intervalos agita los esqueletados dedos y les transmite una contracción de garra.
Y lo llaman las dos hermanas, con todo el amor en su voz. Pero el nombre y el amor chocan contra las barreras de la insensibilidad intelectiva, y la respuesta a su llamada es el silencio de las tumbas
Noemí, llorando, sigue poniendo en los pies -sin duda, helados-ladrillos envueltos en fajas de lana. Marcela tiene en sus manos una copa de la que saca un pañito fino que Marta usa para mojar los labios secos de su hermano. María, con otro paño, seca el abundante sudor que desciende en regueros por el rostro esqueletado y que moja las manos del moribundo.
Maximino, apoyado en una arquimesa alta y oscura, junto a la cama del moribundo, observa, en pie, a espaldas de María, que se inclina hacia su hermano. Nadie más. El máximo silencio, como si estuvieran en una casa vacía, en un lugar desierto. Las criadas que traen los ladrillos calientes están descalzas y no hacen ruido en el suelo marmóreo. Semejan apariciones.
María rompe el silencio diciendo:
-Me parece que está volviendo calor a las manos. Mira, Marta, los labios están menos pálidos.
-Sí. También respira más libremente. Lo estoy mirando desde hace un rato -observa Maximino.
Marta se inclina y llama despacio, pero con acento intenso:
-¡Lázaro! ¡Lázaro! ¡Oh, mira, María! Ha expresado como una sonrisa y un parpadeo. ¡Está mejorando, María! ¡Está mejorando! ¿Qué hora tenemos?
-Hemos pasado ya en una vigilia el crepúsculo.
-¡Ah! -y Marta se yergue apretando las manos contra el pecho y alzando los ojos hacia arriba en un visible gesto de muda pero confiada oración. Una sonrisa ilumina su cara.
Los otros la miran asombrados y María le dice:
-No veo por qué el haber superado el crepúsculo te deba poner contenta… -y la escruta, sospechosa, ansiosa.
Marta no contesta, pero toma de nuevo la postura de antes. Entra una criada con ladrillos. Se los pasa a Noemí. María le ordena:
-Trae dos lámparas. La luz mengua y quiero verlo.
-La criada sale sin hacer ruido y vuelve al cabo de poco con dos lamparillas encendidas. Las coloca: una encima del bargueño en que está apoyado Maximino; la otra, encima de una mesa llena de vendas y pequeñas ánforas, puesta en el otro lado de la cama.
-¡Oh, María! ¡María! ¡Mira! Está realmente menos pálido.
Y tiene aspecto menos agotado. ¡Se está reanimando! -dice Marcela.
-Dadle algunas gotas más de ese vino con los aromas que ha preparado Sara. Le ha hecho bien -sugiere Maximino.
María toma de la tabla de la arquimesa una anforita de cuello finísimo en forma de pico de ave y, con precaución, introduce algunas gotas de vino en los labios entreabiertos.
-Ve despacio, María. ¡No vaya a ser que se ahogue! -aconseja Noemí.
-¡Oh, traga! ¡Lo busca! ¡Mira, Marta! ¡Mira! Saca la lengua queriendo…
Todos se inclinan para mirar. Noemí lo llama:
-¡Tesoro! ¡Mira a tu nodriza, alma santa! -y se aproxima para besarlo.
-¡Mira! ¡Mira, Noemí, bebe tu lágrima! Le ha caído junto a los labios y la ha sentido; la ha buscado y la ha absorbido.
-¡Oh, tesoro mío! ¡Si tuviera todavía la leche de antaño, la exprimiría gota a gota en tu boca, corderito mío, aunque tuviera que exprimir mi corazón y morir después!
Intuyo que Noemí, nodriza de María, lo haya sido también de Lázaro.
-Señoras, ha vuelto Nicomedes -dice un criado que se presenta a la puerta.
-¡Que venga! ¡Que venga! Nos ayudará a hacerlo mejorar. ¡Fijaos! ¡Fijaos! Abre los ojos, mueve los labios -dice Maximino.
-¡Y a mí me aprieta los dedos con sus dedos! -grita María. Y se inclina diciendo:
-¡Lázaro! ¡Me oyes? ¿Quién soy?
Lázaro abre del todo los ojos y mira. Es una mirada insegura, empañada, pero, en todo caso, es una mirada. Mueve con dificultad los labios y dice:
-¡Mamá!
-¡Soy María! María! ¡Tu hermana!
-¡Mamá!
-No te reconoce y llama a su madre. Los moribundos. Siempre así -dice Noemí con el rostro lavado en llanto.
-Pero habla. Después de tanto tiempo, habla. Ya es mucho… Luego estará mejor. ¡Oh, mi Señor, premia a tu sierva! dice Marta mientras permanece todavía en ese gesto de ferviente y confiada oración.
-¿Pero qué te ha sucedido? ¿Es que has visto al Maestro? ¿Se te ha aparecido? ¡Dímelo, Marta! ¡Quítame la angustia! dice María.
La entrada de Nicomedes impide la respuesta. Todos se vuelven hacia él. Cuentan cómo después de su partida Lázaro se había agravado hasta el punto de tocar la muerte, y ya lo habían dado por muerto; pero que luego, con unos auxilios, habían logrado hacerlo recuperarse, pero sólo en lo referente a la respiración. Y cómo, desde hacía poco, después de que una de sus mujeres hubiera preparado vino con aromas, le había vuelto el calor y había tragado, tratando de beber, y también había abierto los ojos y había hablado… Hablan todos juntos, encendidas de nuevo sus esperanzas, que ellos lanzan contra la serenidad no poco escéptica del médico, que les deja hablar sin decir una palabra
Por fin han terminado y él dice:
-De acuerdo. Permitidme que vea.
Y los aparta. Se aproxima a la cama y ordena que acerquen las lámparas y cierren la ventana porque quiere descubrir al enfermo. Se inclina sobre él, lo llama, le hace preguntas, hace que pasen la lámpara por delante de la cara de Lázaro, que ahora tiene los ojos abiertos y parece como asombrado de todo; luego lo descubre, estudia su respiración, los latidos del corazón, el calor y la rigidez de los miembros… Todos están ansiosos en espera de su palabra. Nicomedes cubre de nuevo al enfermo, le sigue mirando, piensa. Luego se vuelve hacia los presentes y dice:
-Es innegable que ha recuperado vigor. Actualmente está mejorado respecto a la última vez que lo he visto. Pero no os hagáis ilusiones. Esto es sólo la ficticia mejoría de la muerte. Estoy tan seguro de ello -como estaba seguro de que es-a a las puertas de la muerte-, que, como podéis ver, he vuelto, después de haberme liberado de todos los compromisos, para hacerle menos penosa la muerte, en la medida en que puedo hacerlo… o para ver el milagro si… ¿Ya habéis hecho aquello?
-Sí, sí, Nicomedes -le interrumpe Marta. Y, para impedirle otras palabras, dice:
-Pero no habías dicho que… en el plazo de tres días…
Llora.
-He dicho eso. Soy un médico. Vivo entre agonías y llantos. Pero el estar acostumbrado a escenas de dolor no me ha dado todavía un corazón de piedra. Y hoy… os he preparado… con un plazo bastante largo… e impreciso…
Pero mi ciencia me decía que el desenlace era más rápido, y mi corazón mentía por engaño piadoso… ¡Ánimo! ¡Sed fuertes!… Salid afuera… Nunca se sabe hasta qué punto los moribundos entienden…
Las impele a salir. Ellas salen llorando. Y repite:
-¡Sed fuertes! ¡Sed fuertes!
Junto al moribundo se queda Maximino… También el médico se aleja para preparar unos medicamentos que sirven para hacer menos angustiosa la agonía, que, dice, «preveo muy dolorosa».
¡Hazlo vivir! Hazlo vivir hasta mañana. Es casi de noche, ya lo ves, Nicomedes. ¿Qué es para tu ciencia mantener en pie una vida durante menos de un día? ¡Hazle vivir!
-Dómina, yo hago lo que puedo. ¿Pero cuando el estambre se acaba, nada hay que pueda mantener la llama!-responde el médico, y se marcha.
Las dos hermanas se abrazan, llorando desoladas (y la que llora más, ahora, es María; la otra tiene su esperanza en el corazón)…
La voz de Lázaro viene de la habitación. Una voz fuerte e imperiosa. Y hace que ellas se sobresalten, porque es una voz inesperada en medio de tanto abatimiento. Las llama:
-¡Marta! ¡María! ¿Dónde estáis? Quiero levantarme. ¡Vestirme! ¡Decir al Maestro que estoy curado! Tengo que ir donde el Maestro. ¡Un carro! ¡Inmediatamente! Y un caballo rápido. Sin duda es Él el que me ha curado…
Habla rápido, articulando bien las palabras, sentado en la cama encendido de fiebre, tratando de abandonar la cama, e impedido en ello por Maximino, el cual a las mujeres, que entran corriendo, les dice:
-¡Está delirando!
-¡No! Déjalo levantarse. ¡El milagro! ¡El milagro! ¡Oh, me siento feliz de haberlo suscitado! ¡En cuanto Jesús ha tenido noticia! Dios de los padres, bendito seas y alabado por tu poder y por tu Mesías…
Marta, que ha caído de rodillas, está ebria de alegría
Mientras tanto, Lázaro continúa, cada vez más dominado por la fiebre (Marta no comprende que es la causa de todo):
-Ha venido muchas veces a mi casa, enfermo. Justo es que yo vaya donde Él para decirle: "Estoy curado". ¡Estoy curado! ¡Ya no tengo dolores! Estoy fuerte. Quiero levantarme. Ir. Dios ha querido probar mi resignación. Seré llamado el nuevo Job…
Pasa a un tono hierático haciendo amplios gestos:
-"El Señor se conmovió de la penitencia de Job (Job 42, 10-1);… y le aumentó en el doble cuanto había tenido. Y el Señor bendijo los últimos años de Job más aún que los primeros… y él vivió hasta…". ¡Oh, no, yo no soy Job! Me envolvían las llamas y me sacó de ellas, estaba en el vientre del monstruo y vuelvo a la luz; entonces soy Jonás, (29) y soy los tres muchachos de Daniel (3.3)…
-Llega el médico, avisado por alguno. Le observa:
-Es el delirio. Me lo esperaba. La corrupción de la sangre enciende el cerebro.
Se esfuerza en colocarlo en la cama y recomienda mantenerlo así, y vuelve afuera, a sus tisanas.
Lázaro un poco se inquieta por estar sujeto y un poco llora como un niño: alternativamente.
-Está realmente en estado de delirio -gime María.
-No. Ninguno entiende nada. No sabéis creer. ¡Eso es! No sabéis… A esta hora el Maestro sabe que Lázaro está agonizando. Sí. ¡Lo he hecho, María! Lo he hecho sin decirte nada…
-¡Ah, infame! ¡Has destruido el milagro! -grita María.
-¡Que no! Lázaro, tú lo has visto, ha empezado a mejorar en el momento en que Jonás ha llegado donde el Maestro. Está delirando… sí… Está débil y tiene todavía el cerebro obnubilado por la muerte, que ya lo aprisionaba. Pero no delira como cree el médico. ..¡Escúchalo! ¿Son palabras de delirio éstas?
En efecto, Lázaro está diciendo: «He inclinado la cabeza ante el decreto de muerte y he probado cuán amargo es morir, y Dios se ha considerado satisfecho de mi resignación y me devuelve a la vida y lo mantiene con mis hermanas.
Podré seguir sirviendo al Señor y santificarme junto con Marta y María… ¡Con María! ¿Qué es María? María es el don de Jesús para el pobre Lázaro. Me lo había dicho…
¡Cuánto tiempo desde entonces! "Vuestro perdón hará más que ninguna otra cosa. Me ayudará". Me lo había prometido:
"Ella será tu alegría". Y aquel día en que estaba inquieto porque ella había traído su vergüenza aquí, junto al Santo, ¡qué palabras para invitarla al regreso! La Sabiduría y la Caridad se habían unido para tocarle el corazón… ¿Y el otro, que me encontró ofreciéndome por ella, por su redención?…
¡¡Quiero vivir para gozar de ella redimida! ¡Quiero alabar con ella al Señor! Ríos de lágrimas, afrentas, vergüenza, amargura… todo me penetró y me quitó la vida por causa de ella… ¡Este es el fuego, el fuego el horno! Vuelve, con el recuerdo…
María de Teófilo y de Euqueria, mi hermana, la prostituta. Podía ser reina y se ha hecho fango que hasta el puerco pisotea. Y mi madre muere. Y, no poder ya ir con la gente sin tener que soportar sus burlas. ¡Por ella! ¿Dónde estás, desventurada? ¿Te faltaba el pan, acaso, para venderte como te has vendido? ¿Qué has succionado del pezón de la nodriza? ¿Tu madre qué te ha enseñado? ¿Lujuria una? ¿Pecado la otra? ¡Fuera! ¡Deshonor de nuestra casa!
La voz es un grito. Parece loco.
Marcela y Noemí se apresuran a cerrar herméticamente las puertas y a correr de nuevo las cortinas gruesas para amortiguar las resonancias, mientras el médico, que ha vuelto a la habitación, se esfuerza inútilmente en calmar el delirio, que cada vez se va haciendo más furioso.
María, arrojada al suelo como un trapajo, solloza bajo la implacable acusación del moribundo, que prosigue:
-Uno, dos, diez amantes. El oprobio de Israel pasaba de unos brazos a otros… Su madre moría, ella se consumía en sus amores indecentes. ¡Bestia feroz! ¡Vampiro! Has succionado la vida a tu madre. Has destruido nuestra alegría. Marta sacrificada por ti: nadie se casa con la hermana de una meretriz. Yo… ¡Ah! ¡Yo! Lázaro, caballero hijo de Teófilo… ¡Me escupían los gamberros de Ofel!
"He ahí: cómplice de una adúltera e impura" decían escribas y fariseos, y sacudían sus vestiduras para significar que rechazaban el pecado con que yo estaba manchado por el contacto con ella. "¡Ahí está el pecador!
El que no sabe castigar al culpable es culpable como él gritaban los rabíes cuando subía al Templo. Y sudaba bajo el fuego de las pupilas sacerdotales…
El fuego. ¡Tú! Tú vomitabas el fuego que llevabas dentro. Porque eres un demonio, María. Eres inmunda. Eres la maldición. Tu fuego prendía en todos, porque tu fuego estaba hecho de muchos fuegos, y había, ¡vaya que si había!, para los lujuriosos, que parecían peces apresados en el trasmallo cuando pasabas… ¿Por qué no te maté?
Arderé en la Gehenna por haberte dejado vivir destruyendo tantas familias, dando escándalo a mil… ¿Quién dice:
"¡Ay de aquel por el que se produce el escándalo!"? ¿Quién lo dice? ¡Ah, el Maestro! ¡Quiero ver al Maestro! ¡Quiero verlo! Para que me perdone. Quiero decirle que no podía matarla porque la amaba… María era el sol de nuestra casa…
¡Quiero ver al Maestro! ¿Por qué no está aquí? ¡No quiero vivir! Pero sí quiero el perdón por el escándalo que he dado dejando vivir al escándalo. Ya estoy en las llamas.
Es el fuego de María. Me ha apresado. A todos apresaba. Para lujuria suya, para odio a nosotros, y para quemarme las carnes a mí. ¡Fuera estas mantas, fuera todo! Estoy en el fuego. Me ha apresado la carne y el espíritu. Estoy perdido a causa de ella.
¡Maestro! ¡Maestro! ¡Tu perdón! No viene. No puede venir a la casa de Lázaro. Es un estercolero por causa de ella.
Entonces… quiero olvidar. Todo. Ya no soy Lázaro. Dadme vino. Lo dice Salomón (Proverbios 31, 6-7: "Dad vino a los que tienen el corazón acongojado. Que beban y olviden su miseria, y no recuerden ya de su dolor". No quiero recordar. Dicen todos: "Lázaro es rico, es el hombre más rico de Judea". ¡No es verdad! Todo es paja No es oro. ¿Y las casas? Nubes. ¿Las viñas, los oasis, los jardines, los olivares? Nada. Engaños. Yo soy Job (1-2. No tengo ya nada. Tenía una perla. ¡Hermosa! De infinito valor. Era mi orgullo. Se llamaba María. Ya no la tengo. Soy pobre. El más pobre de todos. El más engañado de todos…
También Jesús me ha engañado, porque me había dicho que me la traería de nuevo, y, sin embargo, ella… ¿Dónde está ella? Ahí está. ¡Parece una hetaira pagana la mujer de Israel, hija de una santa! Semidesnuda, borracha, enloquecida… Y alrededor… con los ojos fijos en el cuerpo desnudo de mi hermana, la jauría de sus amantes…
Y ella ríe de ser admirada y deseada así. Quiero expiar mi delito. Quiero ir por Israel diciendo: "No vayáis a casa de mi hermana. Su casa es el camino del infierno y desciende a los abismos de la muerte". Y luego quiero ir donde ella y pisotearla, porque está escrito (Eclesiástico 9, 10):
"Toda mujer lasciva será pisoteada como estiércol en el camino". ¡Oh!, ¿te atreves a presentarte a mí, que muero deshonrado, destruido por ti?, ¿a mí, que he ofrecido mi vida como rescate de tu alma, y en vano? ¿Cómo quería que fueras, dices? ¿Cómo quería que fueras para no morir así? Pues te quería como Susana, la casta. ¿Dices que te han tentado?
¿Y no tenías un hermano para que te defendiera? Susana, ella sola, respondió (Daniel 13, 23);: "Mejor es para mí caer en vuestras manos que pecar en la presencia del Señor", y Dios hizo relucir su candor. Yo habría dicho las palabras contra tus tentadores y te habría defendido.
¡Pero tú… te marchaste! Judit era viuda y vivía en una habitación apartada, ceñido el cilicio y ayunando, y gozaba de grandísima estima de todos porque temía al Señor, y de ella se canta: "Eres gloria de Jerusalén, alegría de Israel, honor de nuestro pueblo, porque has obrado virilmente y tu corazón ha sido fuerte, porque has amado la castidad y después de tu matrimonio no has conocido a otro hombre. Por eso la mano del Señor te ha hecho fuerte y serás bendecida eternamente (Judith 15, 10 – 11) Si María hubiera sido como Judit, el Señor me habría curado. Pero no ha podido hacerlo por causa de ella. Por eso no he pedido la curación. No puede haber milagro donde está ella. Pero morir, sufrir, no es nada; una y mil veces más, una y mil muertes, con tal de que ella se salve.
¡Oh! ¡Señor Altísimo! ¡Todas las muertes! ¡Todo el dolor! ¡Pero que María se salve! ¡Gozar de ella una hora, sólo una hora! ¡Gozar de ella santa otra vez, pura como en la infancia! ¡Una hora de esta alegría! Gloriarme en ella, la flor de oro de mi casa, la gacela primorosa de dulces ojos, el ruiseñor a la caída de la tarde, la amorosa paloma…
Quiero ver al Maestro para decirle que lo que quiero es a María, a María. ¡Ven! ¡María! ¡Cuánto dolor tiene tu hermano, María! Pero, si vienes, si te redimes, mi dolor se hace dulce. ¡Buscad a María! ¡Estoy a las puertas de la muerte! ¡María! ¡Alumbrad! Aire Yo… Me ahogo… ¡Oh, qué cosa siento!…
El médico hace un gesto y dice:
-Es el final. Después del delirio el sopor y luego la muerte. Pero puede volver a la lucidez. Acercaos. Tú especialmente. Le será motivo de alegría -y colocado de nuevo Lázaro, agotado después de tanta agitación, se acerca a María, que ha estado todo este tiempo llorando en el suelo y diciendo entre gemidos: «¡No dejéis que siga!».
La alza y la conduce al pie de la cama Lázaro ha cerrado los ojos. Pero debe sufrir atrozmente. Todo él es estremecimiento y contracción. El médico trata de socorrerlo con jarabes… Pasan así un tiempo.
Lázaro abre los ojos. Parece desmemoriado de lo que ha sucedido antes, pero está en sí. Sonríe a sus hermanas y trata de cogerles las manos y responder a sus besos.
Palidece mortalmente. Gime:
-Tengo frío…
Le castañean los dientes. Trata de cubrirse hasta la boca Gime:
-Nicomedes, ya no resisto estos dolores. Los lobos me arrancan la carne de las piernas y me devoran el corazón.
¡Cuánto dolor! Y, si así es la agonía, ¿qué será la muerte? ¿Qué voy a hacer? ¡Si tuviera aquí al Maestro! ¿Por qué no me lo habéis traído? Habría muerto feliz en su pecho…
Llora.
Marta mira a María severamente. María comprende esa mirada y, todavía abatida por el delirio de su hermano, cae en el remordimiento y, inclinándose, arrodillada como está contra la cama besando la mano de su hermano, gime:
-Soy yo la culpable. Marta quería hacerlo desde hace ya dos días. Yo no he querido. Porque Él nos había dicho que le avisáramos sólo después de tu muerte. ¡Perdóname, Yo te he dado todo el dolor de la vida… Y, no obstante, te he amado y te amo, hermano. Después del Maestro, tú eres la persona a quien más amo; y Dios ve que no miento. Dime que me absuelves del pasado, dame paz…
-¡Dómina! -interviene el médico -El enfermo no tiene necesidad de emociones.
-Es verdad… Dime que me perdonas el haberte negado a Jesús…
-¡María! Por ti Jesús ha venido aquí… y viene por ti… porque tú has sabido amar… más que ningún otro… Me has amado más que ningún otro… Una vida… de delicias no me habría… no me habría dado la… alegría que he gozado por ti… Te bendigo… Te digo… que has hecho bien… en obedecer a Jesús… Yo no sabía eso… Sé… Digo… está bien… ¡Ayudadme a morir!… Noemí… tú, en el pasado, eras capaz de… hacerme dormir… Marta… bendita… paz mía,… Maximino… con Jesús. También… por mí… Mi parte… para los pobres,… a Jesús… para los pobres… Y perdonad… a todos… ¡Ah, qué espasmos!… ¡Aire!… Luz… Todo tiembla… Tenéis como una luz en torno a vosotros y me ciega si… os miro… Hablad… fuerte…
Ha puesto la mano izquierda en la cabeza de María y ha dejado desmayada la izquierda entre las manos de Marta. Jadea…
Lo alzan con precaución añadiendo almohadas. Nicomedes le hace sorber todavía otras gotas de jarabes. La pobre cabeza, mortalmente relajada, se hunde y pende. Toda la vida está en la respiración. No obstante, abre los ojos y mira a María, que le sujeta la cabeza, y le sonríe diciendo:
-¡Mamá! Ha vuelto… ¡Mamá! ¡Habla! Tu Voz… Tú sabes… el secreto… de Dios… ¿He servido… al Señor?…
María, con voz blanca por la pena, susurra:
-El Señor te dice: Ven conmigo, siervo bueno y fiel, porque has escuchado todas mis palabras y has amado al Verbo que he enviado".
-¡No oigo! ¡Más fuerte!
María repite más fuerte…
-¡Es verdaderamente mamá!… -dice satisfecho Lázaro, y abandona la cabeza en el hombro de su hermana…
Ya no habla. Sólo gemidos y temblores convulsos, sólo sudor y estertores. Ya insensible respecto a la Tierra, a los sentimientos, se hunde en la oscuridad cada vez más absoluta de la muerte. Los párpados descienden sobre los ojos vidriosos en que brilla la última lágrima.
-¡Nicomedes! ¡Se entumece! ¡Se pone frío!… -dice María.
-Dómina, para él la muerte es un alivio.
-Mantenlo en vida! Mañana, sin duda, estará aquí Jesús. Se habrá puesto en camino enseguida. Quizás ha tomado el caballo del criado, u otra cabalgadura -dice Marta. Y, vuelta hacia su hermana:
-¡Oh, si me hubieras dejado enviar aviso antes!
Luego, al médico:
-¡Haz que viva! -impone convulsa.
El médico abre los brazos. Prueba con unos cordiales. Pero Lázaro ya no deglute. El estertor aumenta… aumenta. Es acongojante…
-¡No se puede soportar ya oírlo! -gime Noemí.
-Sí. Tiene una larga agonía… -asiente el médico.
Pero, casi no ha terminado de decir esto y, con una convulsión de todo el cuerpo, que se arquea y luego se abate, Lázaro exhala el último suspiro.
Las hermanas gritan… al ver esa convulsión; gritan al ver ese abatimiento. María llama a su hermano, besándolo; Marta se agarra al médico, que se inclina sobre el muerto y dice:
-Ha expirado. Ya es demasiado tarde para esperar a que suceda el milagro. Ya no hay espera. ¡Demasiado tarde!…
Yo me marcho, señoras. Ya no hay motivo para que siga aquí. Apresuraos en los funerales, porque ya está descompuesto.
Baja los párpados del muerto y, observándolo, dice todavía esto:
-¡Qué pena! Era un hombre virtuoso e inteligente. ¡No debía haber muerto!
Se vuelve hacia las hermanas, se inclina, se despide:
-¡Dómine, salve! -y se marcha.
Los llantos llenan la habitación. María, ya sin fuerzas, se deja caer sobre el cuerpo de su hermano gritando sus remordimientos, invocando su perdón. Marta llora en los brazos de Noemí.
Luego María grita:
-¡No has tenido fe! ¡Ni obediencia! ¡Yo lo maté antes, tú ahora; yo pecando, tú desobedeciendo!
Está como fuera de sí. Marta la levanta, la abraza, se excusa.
Maximino, Noemí, Marcela tratan de inducir a las dos a entrar en razón y a resignarse. Y lo logran recordando a Jesús…
El dolor se hace más ordenado, y, mientras la habitación se llena de domésticos que lloran, mientras entran los encargados de la preparación del cadáver, las dos hermanas son conducidas a otro lugar a llorar su dolor. Maximino, que las guía, dice:
-Ha expirado al concluir la segunda vigilia de la noche.
Y Noemí:
-Mañana habrá que darle sepultura, y pronto, antes de la puesta del sol, porque viene el sábado. Dijisteis que el Maestro quería grandes honores…
-Sí, Maximino. Ocúpate tú de todo eso. Yo estoy aturdida -dice Marta.
-Me retiro para enviar a criados a la gente cercana o lejana, y para dar todas las demás indicaciones -dice Maximino, y se retira.
Las dos hermanas, abrazadas, lloran. Ya no se echan culpas la una a la otra. Lloran. Tratan de consolarse…
Pasan las horas. El muerto está preparado en su habitación. Una larga forma envuelta en vendas bajo el sudario.
-¿Por qué ya cubierto así? -exclama Marta con tono de reproche.
-Señora… Hedía mucho por la nariz, y al moverlo ha arrojado sangre corrompida -se excusa un doméstico anciano.
Las hermanas lloran intensamente. Lázaro está ya más lejos bajo esas vendas… Otro paso en la lejanía de la muerte.
Lo velan con lágrimas hasta el alba, hasta que regresa del otro lado del Jordán el criado; este criado que se queda anonadado, pero que, no obstante, informa de la veloz carrera que ha realizado para llevar la respuesta de que Jesús va.
-¿Ha dicho que viene? ¡No ha hecho ningún reproche? -pregunta Marta.
-No, señora. Ha dicho: "Iré. Diles que iré y que tengan fe". Y antes había dicho: "Diles que estén tranquilas. No es una enfermedad de muerte, sino que es para gloria de Dios, para que su poder sea glorificado en su Hijo".
-¿Ha dicho exactamente eso? ¿Estás seguro de ello? -pregunta María.
-¡Señora, durante todo el camino he venido repitiendo las palabras!
-Márchate, márchate. Estás cansado. Has hecho todo bien. ¡Pero ya es demasiado tarde!… -suspira Marta, y rompe a llorar ruidosamente en cuanto se queda con su hermana.
-¡Marta!, ¿Por qué?…
-¡Oh, además de la muerte la desilusión! ¡María! ¡María!
¿No piensas en que el Maestro esta vez se ha equivocado? Mira a Lázaro. ¡Está bien muerto! Hemos esperado más allá de lo creíble y no ha servido. Cuando le he mandado el aviso -me habré equivocado, no digo que no, Lázaro estaba ya más muerto que vivo. Y nuestra fe no ha recibido fruto ni premio. ¡Y el Maestro envía el mensaje de que no es enfermedad de muerte! ¿Es que el Maestro ya no es la Verdad? Ya no es… ¡Oh! ¡Todo! ¡Todo! ¡Todo está terminado!
María se retuerce las manos. No sabe qué decir. La realidad es realidad… Pero no habla. No dice una palabra contra su Jesús. Llora, verdaderamente agotada.
Marta tiene un pensamiento obsesivo en su corazón, el de haber tardado demasiado:
-Es por culpa tuya -dice en tono de reproche -Jesús quería probar nuestra fe así. Obedecer, sí. Pero también desobedecer por fe y demostrarle que creíamos que sólo Él podía y debía hacer el milagro. ¡Pobre hermano mío! ¡Y cuánto ha deseado su presencia! Al menos esto: ¡verlo!
¡Pobre hermano nuestro! ¡Pobrecillo! ¡Pobrecillo! Y el llanto se transforma en grito, al que hacen coro tras la puerta los gritos de las criadas y de los criados, según la costumbre oriental…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Me encuentro todavía en la casa de Lázaro, y veo que Marta y María salen al jardín acompañando a un hombre entrado ya en años, de aspecto muy noble, y del que diría que no es hebreo, porque tiene la cara completamente afeitada, como los romanos.
Una vez que se han alejado un poco de la casa, María le pregunta:
-Bueno, Nicomedes, ¿qué nos dices, entonces, de nuestro hermano? Nosotras lo vemos muy… enfermo… Habla.
El hombre abre los brazos en un gesto de conmiseración y de constatación de lo innegable, y, parándose, dice:
-Está muy enfermo… Desde los primeros momentos en que empecé a cuidar de su salud nunca os he engañado. He intentado todo. Vosotras lo sabéis. Pero no ha sido eficaz. Esperaba también… sí, esperaba que, al menos, pudiera vivir reaccionando al agotamiento de la enfermedad con la buena nutrición y los cordiales que le preparaba.
He probado incluso con tóxicos adecuados para preservar a la sangre de la corrupción y para sostener las fuerzas, según las viejas escuelas de los grandes maestros de la medicina. Pero la enfermedad es más fuerte que los medios para curarla. Estas enfermedades son como corrosiones.
Destruyen. Y cuando se manifiestan externamente ya los huesos por dentro están invadidos, y, de igual manera que la savia en un árbol se alza desde lo profundo hasta la cima, aquí la enfermedad se ha extendido desde los pies a todo el cuerpo…
-Pero tiene enfermas sólo las piernas -gime Marta
-Sí, pero la fiebre destruye donde vosotras pensáis que no hay sino salud. Mirad esta ramita caída de ese árbol. Parece carcomido aquí, junto a la fractura. Pero, mirad… (la desmenuza con sus dedos). ¿Veis? Bajo la corteza, todavía lisa, está la caries hasta el extremo superior, donde todavía parece que hay vida porque tiene todavía unas hojitas. Lázaro está ya… muriendo. ¡Oh, pobres hermanas!
El Dios de vuestros padres, y los dioses y semidioses de nuestra medicina, nada han podido hacer… o… querido hacer (me refiero a vuestro Dios)… Así que… sí, preveo ya cercana la muerte, incluso por el aumento de la fiebre, que es síntoma de que la descomposición ha entrado en la sangre, por los movimientos desordenados del corazón y por la falta de estímulos y reacciones en el enfermo y en todos sus órganos. ¡Ya lo veis vosotras! No se alimenta, no retiene lo poco que toma y no asimila lo que retiene.
Es el final… Y -creed en lo que os dice un médico que recordando a Teófilo os está agradecido-y la cosa más deseable en estos momentos es la muerte… Son enfermedades terribles. Desde hace miles de años destruyen al hombre y el hombre no logra destruirlas a ellas. Sólo los dioses podrían, si… -se para, las mira mientras se pasa repetidamente los dedos por el mentón rasurado. Piensa. Luego dice:
-¿Por qué no llamáis al Galileo? Es vuestro amigo. Él puede, porque lo puede todo. Yo he observado a personas que estaban condenadas y que se curaron. Una fuerza extraña sale de Él. Un fluido misterioso que reanima y reúne las reacciones disgregadas y les impone la voluntad de curar… No sé. Sé que lo he seguido incluso, mezclado con la muchedumbre, y he visto cosas maravillosas…
Llamadlo. Yo soy un gentil, pero honro al Taumaturgo misterioso de vuestro pueblo. Y me alegraría si Él pudiera lo que yo no he podido.
-Es Dios, Nicomedes. Por eso puede. La fuerza que llamas fluido es su voluntad divina -dice María.
-No ridiculizo vuestra fe. Al contrario, la impulso a que crezca hasta lo imposible. Además… se lee que los dioses alguna vez han descendido a la Tierra. Yo… nunca lo había creído… Pero, con ciencia y conciencia de hombre y médico, tengo que decir que es así, porque el Galileo obra curaciones que sólo un dios puede obrar.
-No un dios, Nicomedes. El verdadero Dios -insiste María.
-Bueno, de acuerdo, como tú quieras. Y yo lo creeré y me haré discípulo suyo, si veo que Lázaro… resucita. Porque ya, más que de curación, hay que hablar de resurrección.
Llamadlo, pues, y con urgencia… porque, si no me he vuelto un ignorante, al máximo a la tercera puesta de sol a partir de ésta, morirá. He dicho "al máximo". Podría ser antes.
-¡Oh, si pudiéramos! Pero no sabemos dónde está… -dice Marta.
-Yo lo sé. Me lo dijo un discípulo suyo que iba donde Él llevándole unos enfermos (y dos eran míos). Está al otro lado del Jordán, en los alrededores del vado. Eso dijo. Vosotros quizás conocéis mejor el lugar.
-¡Ah, sin duda, en casa de Salomón! -dice María.
-¿Muy lejos?
-No, Nicomedes.
-Pues mandad inmediatamente a un criado para decirle que venga. Yo vuelvo más tarde y me quedo aquí para ver su acción en Lázaro. Salve, señoras. Y… animaos mutuamente.
Les hace una reverencia y se marcha hacia la salida. Allí un criado lo espera para sujetarle el caballo y abrirle la cancilla.
Marta ve partir al médico y luego pregunta:
-¿Qué hacemos, María?
-Obedecemos al Maestro. Dijo que le avisáramos después de la muerte de Lázaro. Y nosotras lo haremos.
-Pero, una vez muerto… ¿de qué sirve tener aquí al Maestro? Para nuestro corazón sí, será útil. ¡Pero para Lázaro!… Yo mando a un criado a llamarlo.
-No. Destruirías el milagro. Él dijo que había que saber esperar y creer contra toda realidad contraria. Si lo hacemos, tendremos el milagro; estoy segura. Si no sabemos hacerlo, Dios nos dejará con nuestra presunción de querer hacer las cosas mejor que Él, y no nos concederá nada.
-¿Pero no ves cuánto sufre Lázaro? ¿No oyes cómo, en los momentos que está consciente, desea la presencia del Maestro? ¿Quieres negarle la última alegría al pobre hermano nuestro? ¡No tienes corazón!… ¡Pobre hermano nuestro! ¡Pobre hermano nuestro! ¡Dentro de poco ya no tendremos hermano! ¡Sin padre, sin madre, sin hermano! La casa destruida, y nosotras solas, como dos palmas en un desierto.
Cae en una crisis de dolor. Yo diría que también en una crisis de nervios típica oriental: se contorsiona, se golpea el rostro, se despeina.
María la agarra. Le impone:
-¡Calla! ¡Calla, te digo! Lázaro puede oír. Yo lo quiero más y mejor que tú, y sé dominarme. Pareces una mujer enferma. ¡Calla, digo! No se cambia el curso de las cosas con estas vehemencias, ni tampoco así se conmueven los corazones. Si lo haces para conmover el mío, te equivocas. Piénsalo bien. El mío queda aplastado en la obediencia, pero resiste en ella.
Marta, dominada por la fuerza de su hermana y por sus palabras se calma mucho; pero -expresión de su dolor, ahora más tranquilo-gime invocando a la madre: -¡Mamá!
¡Oh, madre mía, consuélame! Ya no hay paz en mí, desde que moriste. ¡Si estuvieras aquí, madre! ¡Si la pena no te hubiera matado! Si tú estuvieras, nos guiarías y nosotras te obedeceríamos, por el bien de todos… ¡Oh!…
María cambia de color y, silenciosamente, llora con un rostro angustiado y retorciéndose las manos sin decir nada.
Marta la mira y dice:
-Nuestra madre, estando ya para morir, me hizo prometer que sería una madre para Lázaro. Si ella estuviera aquí…
-Obedecería al Maestro porque era una mujer justa. En vano tratas de conmoverme. Dime, si quieres, que he sido la asesina de mi madre por las penas que le causé. Te diré: "Tienes razón". Pero, si quieres hacerme decir que tienes razón queriendo que venga el Maestro, te digo: "No". Y siempre diré: "No". Y estoy segura de que desde el seno de Abraham ella me aprueba y bendice. Vamos a casa.
-¡Ya no tenemos nada! ¡Nada!
-¡Todo! ¡Debes decir: "Todo"! La verdad es que escuchas al Maestro y pareces atenta mientras habla, pero luego no recuerdas lo que dice. ¿No ha dicho siempre que amar y obedecer nos hace hijos de Dios y herederos de su Reino? ¿Y entonces cómo es que dices que nos vamos a quedar sin nada?, pues tendremos a Dios y poseeremos el Reino por nuestra fidelidad. ¡Oh, verdaderamente hemos de ser absolutas como yo lo fui en el mal, incluso para poder ser, y saber, y querer ser absolutas en el bien, en la obediencia, en la esperanza, en la fe, en el amor!…
-Tú consientes que los judíos ridiculicen al Maestro y hagan insinuaciones respecto a Él. Los has oído anteayer…
-¿Y piensas todavía en el graznido de esas cornejas, en los chillidos de esos buitres? ¡Déjalos que escupan lo que tienen dentro! ¡Qué te importa el mundo! ¿Qué es el mundo respecto a Dios? Mira: menos que este sucio moscón, entorpecido o envenenado por haber chupado inmundicias, que piso así -y da un enérgico golpe con el talón a un tábano de torpes movimientos que camina lentamente por el guijarros del paseo. Luego toma a Marta de un brazo y dice:
-Venga, ven a casa y…
-Comuniquémoselo al menos al Maestro. Mandémosle aviso de que está muriendo. Sin decirle nada más…
-¡Como si tuviera necesidad de saberlo por nosotras! No, he dicho. Es inútil. Él dijo: "Cuando haya muerto, comunicádmelo". Y lo haremos. No antes de que suceda.
-¡Nadie, nadie tiene piedad de mi dolor! Tú menos que nadie…
-Deja de llorar de esa manera, ¿no? No puedo soportarlo…
Sufriendo ella, se muerde los labios para dar fuerza a su hermana sin llorar ella también.
Marcela sale corriendo de la casa, seguida por Maximino:
-¡Marta! ¡María! ¡Corred! Lázaro está mal. Ya no responde…
Las dos hermanas se echan a correr, raudas, y entran en la casa… Después de un poco, se oye la voz fuerte de María que da órdenes para los socorros propios de esta situación, y se ve a criados correr con cordiales y barreños humeantes de agua hirviendo; se oyen bisbiseos y se ven gestos de dolor…
A tanta agitación, poco a poco, le va sustituyendo la calma. Se ve a los criados que cuchichean unos con otros, menos nerviosos pero con gestos de intenso desconsuelo que remarcan lo que dicen: quién menea la cabeza, quién la alza al cielo abriendo los brazos, como diciendo: "así es", quién llora, quién quiere esperar todavía en un milagro.
Ahí tenemos de nuevo a Marta, pálida como una muerta. Mira tras sí, para ver si la siguen. Mira a los siervos que están apretadamente en torno a ella angustiados. Vuelve a mirar para ver si de la casa sale alguien a seguirla. Luego dice a un criado:
-¡Tú, ven conmigo!
El criado se separa del grupo y la sigue hacia la pérgola de los jazmines y dentro de ella. Marta habla, sin perder de vista la casa, que se puede ver a través de la tupida maraña de las ramas:
-Escucha bien. Cuando todos los criados hayan entrado y yo les dé indicaciones para que estén ocupados en la casa, tú irás a las caballerizas, tomarás un caballo de los más rápidos, lo ensillarás… Si por casualidad alguien te ve, di que vas por el médico… No mientes tú ni te enseño a mentir yo, porque verdaderamente te envío donde el Médico bendito… Toma contigo forraje para el animal y comida para ti, y esta bolsa para todo lo que puedas necesitar.
Sal por la puerta pequeña y, pasando por los campos arados, que no producen ruido con los: y, pasando por los campos arados, que no producen ruido con los cascos, te alejas de la casa. Luego tomas el camino de Jericó y galopa sin detenerte nunca, ni siquiera de noche. ¿Has comprendido? Sin detenerte nunca. La Luna nueva te iluminará el camino, si viene la oscuridad mientras todavía sigues galopando. Piensa que la vida de tu señor está en tus manos y en tu rapidez. Me fío de ti.
-Señora, te serviré como un esclavo fiel.
-Ve al vado de Betabara. Pasas y vas al pueblo que hay más allá de Betania de la Transjordania. ¿Sabes? Donde al principio bautizaba Juan.
-Lo sé. Fui allí yo también, a purificarme.
-En ese pueblo está el Maestro. Todos te dirán cuál es la casa donde le dan alojamiento. Pero si sigues en vez del camino principa1 las orillas del río, es mejor. Te ven menos y encuentras por ti mismo la casa. Es la primera de la única calle del pueblecito, la que va de los campos al río. No tienes posibilidad de error. Una casa baja, sin terraza ni habitación alta, con un huerto que se encuentra, viniendo del río, antes de la casa, un huerto cerrado por una pequeña portilla de madera y un seto de espino albar, creo… bueno, un seto. ¿Entendido? Repite.
El criado repite pacientemente.
-Bien. Solicita hablar con Él, sólo con Él, y le dices que tus señoras te envían para decirle que Lázaro está muy enfermo, que está agonizando, que nosotras ya no podemos más, que él lo precisa y que venga enseguida, enseguida, por piedad. ¿Has comprendido bien?
-He comprendido, señora.
Y después vuelve inmediatamente, de forma que ninguno note mucho tu ausencia. Toma un farol contigo, para las horas de oscuridad. Ve, corre, galopa, revienta al caballo, pero vuelve pronto con la respuesta del Maestro.
-Lo haré, señora.
-¡Ve! ¡Ve! ¿Ves? Han entrado ya todos en casa. Ve inmediatamente. Nadie te va a ver hacer los preparativos. Yo misma te llevo la comida. ¡Ve! Te la pongo al pie de la puerta pequeña. ¡Ve! Que Dios te acompañe. ¡Ve! …
Lo empuja, ansiosa, y luego corre a casa, rápida y cauta, para salir después sigilosa por una puerta secundaria que está en el lado sur, con un pequeño saco en sus manos; camina rozando un seto hasta la primera apertura, tuerce, desaparece…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Aunque esté deshecha de dolor y cansancio, Marta sigue siendo la señora que sabe recibir y ofrecer la casa, y honrar a las personas con ese porte señorial perfecto propio de la verdadera señora.
Así, ahora, habiendo antes conducido al grupo a una de las salas, da las indicaciones para que se traigan los refrescos habituales y para que los huéspedes tengan todo aquello que pueda serles reconfortante.
Los criados van de acá para allá sirviendo bebidas calientes o vinos de calidad, ofreciendo fruta espléndida, dátiles dorados como topacios, uva seca, parecida a nuestra uva moscatel, de racimos de una perfección fantástica, y miel virgen; todo en ánforas, copas, bandejas, platos preciosos.
Y Marta vigila atentamente, para que ninguno quede desatendido; es más, según la edad, y quizás también según las personas (cuyos caracteres le resultan bien conocidos), da la pauta para el servicio a los criados. Así, para a un criado que se dirige a Elquías con un ánfora llena de vino y con una copa y le dice:
-Tobías, no vino, sino agua de miel y jugo de dátiles.
Y a otro:
-Sin duda, Juan prefiere el vino. Ofrécele el blanco de uva pasa.
Y, personalmente, al viejo escriba Cananías le ofrece leche caliente, abundantemente dulcificado por ella con la dorada miel mientras dice:
-Te vendrá bien para tu tos. Te has sacrificado para venir, estando enfermo y en un día crudo. Me conmueve el veros tan solícitos.
-Es nuestro deber, Marta. Euqueria era de nuestra estirpe. Una verdadera judía que nos honró a todos.
-El honor a la venerada memoria de mi madre toca mi corazón. Transmitiré a Lázaro estas palabras.
-Pero nosotros queremos saludarlo. ¡Un hombre tan amigo! -dice, falso como siempre, Elquías, que se ha acercado.
-¿Saludarlo? No es posible. Está demasiado agotado.
-¡No le vamos a molestar! ¿No es verdad, vosotros? Nos contentamos con un adiós desde la puerta de su habitación dice Félix.
-No puedo, no puedo de ninguna manera. Nicomedes se opone a cualquier tipo de fatiga o de emoción.
-Una mirada al amigo moribundo no puede matarlo, Marta – dice Calasebona. ¡Demasiado nos dolería el no haberle saludado!
Marta está nerviosa, vacilante. Mira hacia la puerta, quizás para ver si María viene en su ayuda. Pero María está ausente.
Los judíos observan este nerviosismo suyo, y Sadoq, el escriba, se lo dice a Marta:
-Se diría que viniendo te hemos puesto nerviosa, mujer.
-No. Nada de eso. Comprended mi dolor. Hace meses que vivo al lado de uno que agoniza y… ya no sé… ya no sé moverme como antes en las fiestas…
-¡Esto no es una fiesta! ¡No queríamos tampoco que nos dieras estos honores! Pero… quizás… quizás nos escondes algo y por eso no nos dejas ver a Lázaro ni permites que pasemos a su habitación. ¡Je! ¡Je! ¡Esto se sabe! Pero, no temas, que la habitación de un enfermo es lugar sagrado de asilo para cualquiera. Créelo… -dice Elquías.
-No hay nada que esconder en la habitación de nuestro hermano. Nada hay escondido en ella. Esa habitación únicamente acoge a un moribundo para el que sería un acto de piedad evitarle todo recuerdo penoso. Y tú, Elquías, y todos vosotros, sois recuerdos penosos para Lázaro -dice María con su espléndida voz de órgano, apareciendo en la puerta y manteniendo apartada la cortina purpúrea con la mano.
-¡María! -gime Marta, suplicante para frenarla.
-Nada, hermana. Déjame hablar…
Se dirige a los otros:
-Y para quitaros todas las dudas, que uno de vosotros -sólo un recuerdo del pasado volverá a causar dolor-venga conmigo, si ver a un moribundo no le molesta y el hedor de la carne que muere no le produce náuseas.
-¿Y tú no eres un recuerdo que causa dolor? -dice, irónico, el herodiano, que ya he visto aunque no sé dónde, saliendo del rincón en que se hallaba y poniéndose frente a María.
Marta gime. María mira con mirada de águila inquieta, sus ojos centellean; se yergue altiva, olvidándose del cansancio y el dolor, que verdaderamente encorvan su cuerpo, y, con una expresión de reina ofendida, dice:
-Sí, yo también soy un recuerdo, pero no de dolor como tú dices; soy el recuerdo de la Misericordia de Dios. Y, viéndome a mí, Lázaro muere en paz, porque sabe que encomienda su espíritu en las manos de la infinita Misericordia.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡No eran éstas las palabras de otros tiempos! ¡Tu virtud! A quien no te conoce podrías mostrársela…
-Pero a ti no, ¿no es así? Pues precisamente a ti te la pongo delante de los ojos, para decirte que uno se hace como aquellos con quienes va. Yo, en aquellos tiempos, por desgracia, estaba contigo, y era como tú; ahora estoy con el Santo, y me hago honesta.
-Una cosa destruida no se reconstruye, María.
-Efectivamente, tú, todos, vosotros, no podéis reconstruir el pasado; no podéis reconstruir lo que habéis destruido: no puedes tú que me causas horror; ni vosotros, que ofendisteis en el tiempo del dolor a mi hermano y que ahora, por torcida finalidad, queréis aparecer como amigos suyos.
-¡Oh, eres audaz, mujer! El Rabí habrá expulsado de ti muchos demonios, pero mansa no te ha hecho -dice uno de aproximadamente cuarenta años.
-No, Jonatán ben Anás, no me ha hecho débil; al contrario, me ha hecho más fuerte, con esa audacia que es propia de la persona honesta, de la persona que ha querido volver a ser honesta y ha roto todo vínculo con el pasado para hacerse una vida nueva. "¡Vamos! ¿Quién viene donde Lázaro?!
Se muestra imperiosa como una reina. Los domina a todos con su franqueza, despiadada incluso contra sí misma.
Marta, por el contrario, está angustiada, con lágrimas en esos ojos suyos que miran fijamente a María suplicándole que calle.
-¡Voy yo! -dice, acompañando sus palabras de un suspiro de víctima, Elquías, falso como una serpiente. Salen juntos.
Los otros se vuelven hacia Marta:
-¡Tu hermana!… Siempre ese carácter. No debería. Tiene que ganarse mucho perdón -dice Uriel, el rabí visto en Yiscala, el que allí lanzó piedras a Jesús y lo hirió. Marta, azuzada por estas palabras, encuentra de nuevo su fuerza y dice:
-La ha perdonado Dios. Cualquier otro perdón no tiene valor después de ése. Y su vida actual es ejemplar para el mundo.
Pero la audacia de Marta pronto decae y se muda en llanto. Gime, entre lágrimas:
-¡Sois crueles! Con ella… conmigo… No tenéis compasión ni del dolor pasado ni del dolor actual. ¿A qué habéis venido? ¿A ofender y dar dolor?
-No, mujer, no. Sólo para saludar a este judío grande que agoniza. ¡Para ninguna otra cosa! ¡Para ninguna otra cosa! No debes tomar a mal nuestras rectas intenciones. Hemos sabido por José y Nicodemo que había habido un agravamiento, y hemos venido… de la misma forma que ellos, los dos grandes amigos del Rabí y de Lázaro. Por qué esa actitud de tratarnos de manera distinta a nosotros que amamos al Rabí y a Lázaro como ellos? No sois justas.
¿Puedes, acaso, decir que ellos -con Juan, Eleazar, Felipe, Josué y Joaquín-no hayan venido a informarse de cómo estaba Lázaro?, ¿y que Manahén no ha venido?…
-Yo no digo nada. Lo que me asombra es que sepáis todo también. No sabía que hasta por dentro las casas fueran vigiladas por vosotros. No sabía que existiera un nuevo precepto, además de los seiscientos trece que ya existen: el de indagar, espiar dentro de las familias… ¡Perdón! ¡Os estoy ofendiendo! El dolor me hace perder los cabales, y vosotros lo agudizáis.
-¡Te comprendemos, mujer! Hemos venido a daros un consejo bueno porque pensamos que estáis fuera de vuestros cabales. Avisad al Maestro. Ayer incluso, siete leprosos vinieron a dar gloria al Señor porque el Rabí los había curado. Llamadlo también para Lázaro.
-¡Mi hermano no está leproso! -grita Marta muy agitada -¿Éste es el motivo por el que queríais verlo? ¿Para esto habéis venido? ¡No! ¡No está leproso! Mirad mis manos. Lo curo desde hace años y yo no tengo lepra. Tengo la piel enrojecida por los ungüentos aromáticos, pero no tengo lepra. No tengo…
-¡Calma! Calma, mujer. ¿Quién ha dicho que Lázaro esté leproso? ¿Quién sospecha en vosotras un pecado tan horrendo como el de ocultar a un leproso? ¿Tú crees que, a pesar de vuestro poder, no habríamos descargado nuestra mano sobre vosotras si hubierais pecado? Nosotros somos capaces de pasar por encima incluso del cuerpo de nuestro padre y de nuestra madre, de nuestra esposa y de nuestros hijos, con tal de hacer obedecer los preceptos. Esto te lo digo yo, yo, Jonatán de Uziel.
-¡Cierto! ¡Es así! Y ahora te decimos, por el amor que te profesamos, por el amor que profesábamos a tu madre, por el que profesamos a Lázaro: llamad al Maestro. ¿Meneas la cabeza? ¿Quieres decir que ya es tarde? ¿Cómo es eso? ¿No tienes fe en Él, tú, Marta, discípula fiel? ¡Eso es grave! ¿Tú también empiezas a dudar? -dice Arquelao.
-Blasfemas, escriba. Creo en el Maestro como en el Dios verdadero.
-¿Y entonces por qué no quieres intentarlo? Él ha resucitado a muertos… A1 menos, eso se dice… ¿Es que no sabes dónde está? Si quieres, te lo buscamos nosotros, te ayudamos nosotros -insinúa Félix.
-¡No, hombre, no! En casa de Lázaro ciertamente se sabe dónde está el Rabí. Dilo con franqueza, mujer, y nos pondremos en marcha para buscártelo y te lo traeremos aquí, y estaremos presentes en el milagro para exultar contigo, con todos vosotros -dice, tentador, Sadoc
Marta vacila, casi tentada a ceder. Los otros instan, mientras ella dice:
-No sé dónde está… No tengo la menor idea… Se marchó hace unos días y nos saludó como quien se marcha para largo
tiempo… Para mí sería consolador saber dónde está… Al menos, saberlo… Pero no lo sé, de verdad…
-¡Pobre mujer! Nosotros te ayudaremos… Te lo traeremos aquí-dice Cornelio.
-¡No! No hace falta. El Maestro… ¿Os referís a Él, no es verdad? El Maestro dijo que debíamos esperar más de lo esperable, y esperar únicamente en Dios. Y nosotras así lo haremos -dice María con voz de trueno mientras regresa con Elquías, quien inmediatamente la deja y habla, encorvado, con tres fariseos.
-¡Pero se está muriendo, por lo que oigo! -dice uno de ellos, que es Doras.
-¿Y entonces? ¡Pues muera! No pondré obstáculos al decreto de Dios, ni desobedeceré al Rabí.
-¿Y qué pretendes esperar después de la muerte, insensata? -dice, burlón, el herodiano.
-¿Qué? ¡Pues la Vida!
La voz es un grito de fe absoluta.
-¿La Vida? ¡Ja! ¡Ja! Sé sincera. Tú sabes que ante una verdadera muerte nulo es su poder, y en tu insensato amor por Él no quieres que eso se ponga de manifiesto.
-¡Salid todos! Le correspondería a Marta hacerlo, pero Marta os teme; yo sólo temo ofender a Dios, que me ha perdonado. Por eso, lo hago en vez de Marta. Salid todos.
No hay lugar en esta casa para los que odian a Jesucristo. ¡Fuera! ¡A vuestras guaridas tenebrosas! ¡Fuera todos! ¡O haré que os expulsen los criados como a un hatajo de harapientos inmundos!
Se muestra majestuosa en su ira. Los judíos ahuecan el ala, extremadamente cobardes, ante esta mujer (verdad es que parece un arcángel airado)…
La sala se desaloja. Las miradas de María, según van cruzando de uno en uno la puerta pasando por delante de ella, crean una inmaterial horca caudina bajo la cual debe humillarse la soberbia de los derrotados judíos. Por fin, la sala queda vacía.
Marta, rompiendo a llorar, se derrumba sobre la alfombra.
-¿Por qué lloras, hermana? No veo la razón de ello…
-¡Oh!, los has ofendido… y ellos te han, nos han ofendido… y ahora se vengarán… y…
-¡Cállate, mujer desatinada! ¿En quién piensas que se van a vengar? ¿En Lázaro? Antes tienen que deliberar, y antes de que decidan… ¡Oh, en un gulal uno no se venga! ¿En nosotras? ¿Es que, acaso, necesitamos su pan para vivir?
Los haberes no nos los tocarán. Se proyecta sobre ellos la sombra de Roma. ¿En qué, entonces? Y aunque pudieran hacerlo, ¿no somos, acaso, fuertes y jóvenes las dos? ¿No vamos a poder trabajar? ¿No es pobre Jesús? ¿No ha sido, acaso, nuestro Jesús obrero? ¿No seríamos más semejantes a Él, siendo pobres y trabajadoras? ¡Gloríate si lo eres! ¡Espera serlo! ¡Pídeselo a Dios!
-Pero lo que te han dicho…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Un nutrido y pomposo grupo de judíos, que montan cabalgaduras de lujo, entra en Betania. Son escribas y fariseos, además de algún saduceo y herodiano ya vistos otra vez (si no me equivoco, en el banquete en casa de Cusa para tentar a Jesús a que se proclamara rey). Los siguen criados a pie.
El grupo a caballo cruza lentamente la pequeña ciudad. El sonido de los cascos contra el terreno duro, el tintineo de los jaeces, las voces de los hombres convocan a las puertas a los habitantes, que miran y -visiblemente cohibidos-se inclinan haciendo profundas reverencias, para erguirse luego y reunirse y bisbisear en grupos.
-¿Habéis visto?
-Todos los miembros del Sanedrín de Jerusalén.
-No. José el Anciano, Nicodemo y otros no estaban.
-Y los fariseos más conocidos.
-Y los escribas.
-¿Y el que iba en ese caballo quién era?
-Está claro que van donde Lázaro.
-Debe estar a las puertas de la muerte.
-No logro entender por qué el Rabí no está aquí.
-¿Y cómo iba a estar, si lo buscan los de Jerusalén para matarlo?
-Tienes razón. Es más, esas serpientes que han pasado vienen, sin duda, para ver si el Rabí está aquí.
-¡Alabado sea Dios porque no está!
-¿Sabes lo que le han dicho a mi marido en los mercados de Jerusalén? Que estén preparados, porque pronto se proclamará rey, y todos tendremos que ayudarle en…
-¿Cómo han dicho?
-¡Bueno! Una palabra que quería decir como si yo dijera que echo a todos de casa y me hago la dueña.
-¿Un complot?… ¿Una conjura?… ¿Una sedición?… -preguntan y sugieren.
Un hombre dice:
-Sí. También me lo han dicho a mí. Pero no lo creo.
-¡Pero si lo dicen discípulos del Rabí!…
-¡Mmm! Yo no creo que el Rabí haga uso de la violencia y que destituya al Tetrarca y usurpe un trono que, con justicia o sin ella, es de los herodeos. Haríais bien en decirle a Joaquín que no crea en todo lo que oye…
-¿Pero sabes que el que le ayude será premiado en la Tierra y en e1 Cielo? Bien contenta estaría yo de que mi marido recibiera este premio: estoy cargada de hijos y la vida es difícil. ¡Si pudiéramos tener un puesto entre los siervos del Rey de Israel!
-Mira, Raquel, creo que será mejor cuidar mi huerto y mis dátiles. Si me lo dijera Él… sí que dejaría todo y lo seguiría. Pero… dicho por otros…
-¡Son discípulos suyos!
-Nunca los he visto con Él. Y además… No. Fingen que son corderos, pero tienen unas caras de maleantes que no me convencen.
-Es verdad. Desde hace un tiempo, suceden hechos extraños, y siempre se dice que son los discípulos del Rabí los que los hacen. El último día antes del sábado, algunos de ellos trataron con ultrajes a una mujer que llevaba huevos al mercado y le dijeron: "Los queremos en nombre del Rabí galileo".
-¿Tú crees que Él puede querer que se hagan estas cosas, Él, que da y no toma, É1, que podría vivir entre los ricos y prefiere estar entre los pobres, y quitarse el manto, como decía a todos aquella leprosa curada que se encontró con Jacob?
Otro hombre, que se ha acercado al grupo y ha estado escuchando, dice:
-Tienes razón. ¿Y eso otro que se dice, entonces?: ¿que el Rabí nos va a acarrear grandes desventuras porque los romanos nos castigarán a todos nosotros por causa de sus instigaciones a la gente? ¿Vosotros lo creéis?
Yo digo y no me equivoco, porque soy anciano y cuerdo-, digo que tanto los que nos dicen, a nosotros, gente sencilla, que el Rabí quiere apoderarse del trono con violencia, y también expulsar a los romanos -¡Ah, si así fuera!, ¡si fuera posible hacerlo!-, como los que cometen actos violentos en su nombre, como los que nos instigan a la rebelión con promesas de una futura ganancia, como los que quisieran que odiáramos al Rabí como individuo peligroso que nos ha de llevar a la desventura… todos éstos son enemigos del Rabí, y tratan de destruirlo para triunfar ellos.
¡No los creáis! ¡No creáis en los falsos amigos de la gente sencilla! ¿Veis lo soberbios que han pasado? A mí por poco si no me dan un palo, porque me era difícil hacer que las ovejas entraran, y les obstaculizaba su camino…
¿Amigos nuestros ésos? Nunca. Son nuestros vampiros, y -¡Dios no lo quiera!-vampiros también de Él.
-Tú que estás cerca de los campos de Lázaro, ¿sabes si ha muerto?
-No. No ha muerto. Está allí, entre la muerte y la vida… Le he preguntado por él a Sara, que estaba cogiendo flores aromáticas para los lavatorios.
-¿Y entonces para qué han venido ésos?
-¡Pues si ya lo he dicho yo! ¡Han venido para ver si estaba el Rabí! Para hacerle algún daño. ¿Sabes lo que sería para ellos el poder causarle algún mal? ¡Y precisamente en casa de Lázaro! Dilo tú, Natán, ¿ese herodiano no era el que hace tiempo era el amante de María de Teófilo?
-Era él. Quizás quería vengarse así de María…
Llega corriendo un muchachito. Grita:
-¡Cuánta gente en casa de Lázaro! Yo volvía del arroyo con Leví, Marcos e Isaías, y hemos visto eso. Los criados han abierto la cancilla y han tomado las caballerías.
Y Maximino ha salido al encuentro de los judíos, y otros han acudido y han saludado con grandes reverencias. Han salido de la casa Marta y María con sus criadas, para saludar. Y hubiéramos querido ver más, pero han cerrado la cancilla y se han metido todos en la casa.
El jovencito está todo emocionado por las noticias que trae, por lo que ha visto…
Los adultos hacen comentarios entre sí.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Están ya en las tierras que acusan la cercanía del Mar Muerto.
Apartados de los caminos de caravanas, yendo directamente hacia el nordeste, la marcha -salvo la aspereza del terreno, que está lleno de piedras cortantes y lastras de sal y salpicado de matas bajas y espinosas-es buena y, sobre todo, tranquila, porque no hay alma viviente hasta donde alcanza la vista y la temperatura es suave y el terreno está seco.
Van conversando. Deben haber encontrado en los días anteriores a algunos pastores en cuya compañía han debido hacer un alto, porque hablan de ellos. Hablan también de un niño curado. Dulcemente, queriéndose. Aun cuando callan, se hablan con sus corazones, mirándose con la mirada de quien se siente feliz de estar con un amigo íntimo. Se sientan para descansar y comer algo, reanudan la marcha, siempre con ese aspecto de paz que da paz a mi corazón sólo con verlo.
-Allí está Galgala -dice Jesús señalando hacia delante, a un grupo de casas que albea bajo el sol en un montecito situado hacia el nordeste -Ya estamos cerca del río.
-¿Y vamos a entrar en Galgala para la noche?
-No, Juan. He evitado todas las ciudades a propósito, y ésta también. Si encontramos a algún otro pastor, iremos con él. Si vemos en el camino al que llegaremos pronto caravanas que estén preparándose para detenerse durante la noche, pediremos que nos acojan bajo sus tiendas. Los nómadas del desierto son siempre hospitalarios. Y en esta época es fácil encontrarlos. Si nadie nos recibe, dormiremos bajo las estrellas, uno al lado del otro bajo nuestros mantos, y nos velarán los ángeles.
-¡Oh, sí! ¡Cualquier cosa será mejor que la noche de tristeza, que la última noche que he pasado allá, en Belén!
-¿Pero por qué no viniste conmigo inmediatamente?
-Porque me sentía culpable. Y además decía: Jesús es tan bueno, que no me va a reprender, es más, me va a consolar, como hiciste. Y, entonces, ¿dónde habría acabado la penitencia que quería hacer?
-La habríamos hecho juntos, Juan. Yo también de hecho estuve sin comida ni fuego, a pesar de los alimentos y la leña que encontré por la mañana.
-Sí. Pero, estando contigo, nada es nada. Yo, cuando estoy contigo, no padezco nada. Te miro, te escucho, y me siento feliz.
-Ya lo sé. Y sé también que en ninguno mi pensamiento se imprime como en mi Juan. Y sé también que sabes comprender y callar cuando hay que callar. Tú me comprendes, sí. Porque me quieres. Juan, escúchame. Dentro de no mucho…
-¿Qué, Señor? -pregunta inmediatamente, interrumpiéndole, Juan; y le agarra un brazo y lo para para mirarle a la cara, con ojos de preocupación escrutadora, quebrado el rostro.
-Dentro de no mucho, hará tres años que evangelizo. Todo lo que había que decir a las gentes lo he dicho. Quienes quieren amarme y seguirme tienen ya los elementos para hacerlo, con seguridad. Los demás… Alguno se convencerá con los hechos. La mayor parte permanecerán sordos también a los hechos. Pero a éstos he de decirles unas pocas cosas. Y las diré. Porque también la justicia, además de la misericordia, debe ser satisfecha. Hasta ahora la misericordia ha callado muchas veces y en muchas cosas.
Pero, antes de callar para siempre, hablará el Maestro incluso con severidad de juez. Pero no quería hablarte de esto. Quería decirte que dentro de poco, habiendo dicho al rebaño todo aquello que había que decir para hacerlo mío, me recogeré mucho orando y preparándome. Y, cuando no esté orando, me dedicaré a vosotros. Como hice al principio, haré al final. Vendrán las discípulas. Vendrá mi Madre. Nos prepararemos todos para la Pascua. Juan, desde ahora te pido que te dediques mucho a las discípulas. A mi Madre en especial…
-¡Mi Señor! ¿Pero qué le puedo dar yo a tu Madre que Ella no posea sobreabundantemente; con tanta sobreabundancia, que tiene para darnos a todos nosotros?»
-Tu amor. Ponte en el caso de que eres como un segundo hijo para Ella. Ella te ama y tú la amas. Tenéis un único amor
que os une: el amor por mí. Yo, su Hijo de carne y corazón, cada vez estaré más… ausente, absorto en mis… ocupaciones. Y Ella sufrirá, porque sabe…que pronto va a venir. Tú debes consolarla incluso por mí, hacerte tan amigo de Ella, que pueda llorar en tu corazón y sentirse consolada. Ya estás familiarizado con mi Madre, has vivido ya con Ella; pero, una cosa es hacerlo como un discípulo que ama reverencialmente a la Madre de su Maestro, y otra cosa es hacerlo como hijo. Quiero que lo hagas como hijo, para que Ella sufra un poco menos cuando ya no me tenga.
-Señor, ¿vas a morir? ¡Hablas como uno que esté para morir! Me apenas…
-Os he dicho varias veces que debo morir. Es como si hablara a niños distraídos o a personas con pocas luces. Sí. Voy a morir. Se lo diré también a los otros. Pero más tarde. A ti te lo digo ahora. Recuérdalo, Juan.
-Yo me esfuerzo en recordar tus palabras, siempre… Pero éstas son tan dolorosas…
-Que haces de todo para olvidarlas. ¿Quieres decir eso? ¡Pobre muchacho! No eres tú el que olvida, ni eres tú el que recuerda. Tú con tu voluntad. Es tu misma humanidad la que no puede recordar esta cosa que supera con mucho su capacidad de resistencia, esa cosa demasiado grande -y no sabes siquiera cabalmente cuán grande, monstruosa, será-; esa cosa tan grande, que te atonta como un peso caído de lo alto encima de tu cabeza. Y, a pesar de todo, es así. Ya pronto iré a la muerte. Y mi Madre se quedará sola. Moriré con una gota de dulzura en mi océano de dolor si te veo "hijo" para con mi Madre…
-¡Oh, mi Señor! Si voy a ser capaz… si no me sucede como en Belén, sí, lo haré. Velaré con corazón de hijo. ¿Pero qué podré darle que la consuele si te pierde a ti? ¿Qué le voy a poder dar, si yo también estaré como uno que ha perdido todo, entontecido por el dolor? ¿Cómo lograré hacer esto, yo que no he sabido velar y padecer ahora, en la calma, durante una noche y por un poco de hambre? ¿Cómo voy a lograr hacer eso?
-No te intranquilices. Ora mucho en este tiempo. Te tendré mucho conmigo y con mi Madre. Juan, tú eres nuestra paz. Y lo seguirás siendo cuando llegue el momento. No temas, Juan. Tu amor hará todo.
-¡Oh, sí, Señor! Tenme mucho contigo. A mí, ya lo sabes, no me seduce el hacerme patente, el hacer milagros; yo sólo quiero y sólo sé amar…
Jesús lo besa una vez más en la frente, hacia la sien, como en la gruta.
Tienen ya a la vista el camino que va hacia el río. Ahí hay algún peregrino que aguija a las cabalgaduras o acelera el paso para estar antes de que sea de noche en los lugares de parada. Pero todos van arrebujados en el manto, porque, habiéndose ocultado el sol, el aire se hace crudo, y ninguno advierte la presencia de los dos viandantes que caminan ligeros hacia el río.
Un caballero al trote cochinero, casi al galope, llega a ellos y los supera, pero se para después de unos metros, debido a una acumulación de asnos en un pequeño puente horcado, tendido sobre un ancho río que quiere aparentar ser torrente y va espumando hacia el Jordán o el Mar Muerto. Mientras espera su turno de paso, el caballero se vuelve. Se ve que se sorprende. Baja de la silla y, sujetando de las riendas al caballo, vuelve hacia atrás, hacia Jesús y Juan, que no lo han visto.
-¡Maestro! ¿Cómo por aquí, y sólo con Juan? -pregunta el caballero echando hacia atrás las alas de la prenda que cubre su cabeza y que había extendido sobre la cara como capucha y, podría decir, como máscara-para protegerse del viento y del polvo. Aparece el rostro moreno y viril de Manahén.
-La paz a ti, Manahén. Voy hacia el río para cruzarlo. Pero dudo que pueda hacerlo antes de que sea de noche. ¿Y tú a dónde ibas?
-A Maqueronte. A la sucia guarida. ¿No tienes dónde dormir? Ven conmigo. Yo iba con prisa a una posada que hay en el camino de las caravanas. O, si lo prefieres, monto la tienda debajo de los árboles del río. Tengo todo en la silla.
-Eso prefiero. Pero tú, sin duda, prefieres la posada.
-Yo te prefiero a ti, mi Señor. Haberte encontrado lo considero una gracia. Vamos, entonces. Conozco las orillas como si fueran los pasillos de mi casa. Al pie del collado de Galgala hay un bosque resguardado del viento, rico en hierba para el animal, y en leña para los fuegos de los hombres. Allí estaremos bien.
Van a buen paso, torciendo netamente hacia Oriente, dejando el camino que va hacia el vado o hacia Jericó.
Llegan pronto a los lindes de un tupido bosque que desciende de las pendientes del collado y se extiende en la llanura hacia las orillas del río.
-Voy a aquella casa. Me conocen. Voy a pedir leche y paja para dos -dice Manahén, y se marcha con su caballo. Pronto regresa, seguido por dos hombres que traen fajos de paja en los hombros y un pequeño cubo de cobre colmado de leche.
Entran bajo el bosque sin decir nada. Manahén indica que echen al suelo la paja y despide a los dos hombres. De los bolsillos de la silla saca yesca y eslabón y hace fuego con las muchas ramas que hay en el suelo. El fuego alegra y da calor. El caldero, colocado encima de dos piedras que ha traído Juan, se calienta, mientras Manahén, que ya ha quitado la silla al caballo, extiende la tienda de suave lana de camello atándola a unas estacas clavadas en el suelo y arrimándola al robusto tronco de un árbol secular.
Abre sobre la hierba una piel de oveja, que también estaba atada a la silla, y pone ésta encima luego dice:
-Maestro, ven. Un refugio de caballeros del desierto. Pero defiende del rocío y la humedad del suelo. Para nosotros será suficiente la paja. Te aseguro, Maestro, que las alfombras preciosas y los baldaquinos, los asientos del palacio, me parecerán menos, mucho menos hermosos que este trono tuyo y que esta tienda y esta paja, y las viandas suculentas que en distintas ocasiones he saboreado no habrán tenido nunca el sabor del pan y la leche que vamos a tomar aquí debajo juntos. ¡Me siento feliz, Maestro!
-Yo también, Manahén; y, sin duda, también Juan. La Providencia nos ha reunido esta noche para nuestra recíproca alegría.
-Esta noche y mañana, Maestro, y también pasado mañana, hasta que no te vea en seguro entre tus apóstoles. Pienso que vas a reunirte con ellos…
-Sí. Voy donde ellos. Me esperan en la casa de Salomón.
Manahén lo observa. Luego dice:
-He pasado por Jerusalén… Y he sabido lo ocurrido. Por Betania. Y he comprendido por qué no te has detenido allí. Haces bien en retirarte. Jerusalén es un cuerpo lleno de veneno y de podredumbre. Más que el pobre Lázaro…
-¿Lo has visto?
-Sí. Afligido por los tormentos del cuerpo y del corazón, por ti. Muere muy afligido Lázaro… Pero quisiera morir yo también, antes que ver el pecado de nuestros compatriotas.
-¿Estaba revuelta la ciudad? -pregunta Juan mientras cuida el fuego.
-Mucho. Dividida en dos partidos. Y, cosa extraña, los romanos han sido clementes con algunos que habían sido detenidos por sedición el día antes. Se dice en secreto que eso es para no aumentar la agitación. Se dice también que pronto el Procónsul irá a Jerusalén. Antes de lo normal. Si ello va a ser un bien o no, no lo sé. Lo que sí sé es que Herodes hará lo mismo, lo cual, ciertamente, será un bien para mí, porque podré estar cerca de ti. Con un buen caballo -las caballerizas de Antipas tienen árabes veloces-ir de la ciudad al río será cosa rápida. Si vas a detenerte allí…
-Sí. Voy a estar allí. Por ahora al menos…
Juan lleva la leche caliente, donde todos introducen su pan después del ofrecimiento y bendición llevados a cabo por Jesús. Manahén pasa unos dátiles blondos como la miel.
-¿Pero dónde tenías tantas cosas? -pregunta Juan maravillado.
-La silla de un caballero es un pequeño mercado, Juan; en ella hay de todo para el hombre y el animal -responde Manahén con una sonrisa leal en su cara morena.
Piensa un momento y luego pregunta:
-Maestro, ¿es lícito amar a los animales que nos sirven y que muchas veces lo hacen con más fidelidad que el hombre?
-¿Por qué esta pregunta?
-Porque recientemente se han burlado de mí y me han criticado algunos que me vieron cubrir con la manta que ahora nos hace de tienda a mi caballo sudado por la carrera que había hecho.
-¿Y no te dijeron nada más?
Manahén mira desorientado a Jesús… y calla.
-Habla con sinceridad. No es murmurar ni ofenderme el decir lo que ellos te han dicho para lanzar un nuevo puñado de fango contra mí.
-Maestro, Tú lo sabes todo. Verdaderamente, Tú lo sabes todo y es inútil querer celarte nuestros pensamientos o los de otros. Sí. Me dijeron: "Se ve que eres discípulo de ese samaritano. Eres un pagano como Él, que viola los sábados por hacerse impuro tocando animales impuros".
-¡Ah, esto seguro que ha sido Ismael! -exclama Juan.
-Sí. Él y otros con él. Yo me opuse diciendo: "Os comprendería si me llamarais impuro por vivir en la Corte de Antipas; no por mirar por un animal que ha sido creado por Dios". Y, como en el grupo había también herodianos -lo cual, de un tiempo a esta parte fácilmente se ve, y también es sorprendente, porque hasta ahora la disidencia entre ellos era fuerte-, me respondieron: "Nosotros no juzgamos los actos de Antipas, sino los tuyos. También Juan el Bautista estaba en Maqueronte y tenía contactos con el rey. Pero fue siempre un justo. Tú, por el contrario, eres un idólatra…".
Se concentraban personas y me frené para no alterar a la gente de la ciudad. Desde hace un tiempo, la gente es mantenida en agitación por algunos de tus falsos seguidores, que la incitan a rebelión contra los que te hostigan, o por otros, que cometen abusos presentándose como discípulos enviados por ti…
-¡Esto es demasiado! Maestro, ¿a dónde van a llegar? ̿ pregunta inquieto Juan.
-No más allá del límite que podrán alcanzar. Tras ese límite, Yo sólo continuaré adelante y resplandecerá la Luz y ya nadie podrá dudar que Yo era el Hijo de Dios. Pero venid aquí a mi lado y escuchad Primero alimentad el fuego.
Los dos, bien contentos, se echan sobre la compacta piel de oveja que está extendida en el suelo bajo los pies de Jesús. Él está sentado en la silla escarlata, contra la tienda, que está pegada al tronco del árbol. Manahén está casi echado: el codo hincado en el suelo, la cabeza apoyada en la mano, los ojos en los ojos de Jesús. Juan se sienta sobre los calcañares y, en su postura habitual, apoya la cabeza en el pecho de Jesús y lo ciñe con un brazo.
-Cuando el Creador hizo la Creación y le dio como rey al hombre creado a su imagen y semejanza, mostró al hombre todas las criaturas creadas y quiso que el hombre les diera un nombre para distinguir a unas de otras. Y se lee en el Génesis "que todo nombre que Adán dio a los animales era bueno, era el verdadero nombre". Y también se lee en el Génesis que Dios, habiendo creado al hombre y a la mujer, dijo:
"Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los animales y toda la Tierra y sobre los reptiles que serpean en ella". Y, cuando hubo creado la compañera a Adán, la mujer, como él hecha a imagen y semejanza de Dios, no siendo conveniente que la Tentación, que estaba al acecho, tentase y corrompiera aún más ruinmente al varón creado a imagen de Dios, dijo Dios al hombre y a la mujer: Creced, multiplicaos, y poblad la Tierra y dominadla, y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todos los animales que se mueven en la Tierra", y dijo también:
"Ved que os he dado todas las hierbas de semilla que existen en la Tierra, y todos los árboles que llevan en sí semilla de la propia especie, para que os sirvan de alimento a vosotros y también a todos los animales de la Tierra y a las aves del cielo y a cuanto se mueve sobre la Tierra y lleva en sí alma viviente, para que tengan vida".
Los animales y las plantas y todo lo que el Creador ha creado para beneficio del hombre representan, pues, un don de amor y un patrimonio entregado por el Padre a los hijos para su custodia, para que lo usen con beneficio y con gratitud hacia el Dador de todo favor. Por eso, deben ser amados y tratados con justo cuidado.
¿Qué diríais vosotros de un hijo al que el padre le diera vestidos, muebles, dinero, campos, casas, diciendo: "Te los doy para ti y tus sucesores, para que tengáis con qué ser felices. Usad todo esto con amor en memoria del amor mío que os lo da", y que luego su hijo o los hijos de éste dejasen que se estropeara todo o dilapidaran todos los bienes? Diríais que no han hecho honor a su padre, que no han amado ni a su padre ni el don recibido.
Igualmente, el hombre debe cuidar de todo lo que Dios con cuidado providencial ha puesto a su disposición. Cuidado no quiere decir idolatría, ni inmoderado apego hacia los animales o las plantas, o cualquier otra cosa. Cuidado quiere decir sentido de afecto de gratitud hacia las cosas menores que nos son útiles y que tienen su vida, o sea, su sensibilidad.
El alma viviente de las criaturas menores de que habla el Génesis no es el alma como la tiene el hombre. Es la vida, simplemente la vida, o sea, el ser sensible a las cosas actuales, tanto materiales como afectivas. Cuando un animal está muerto es insensible, porque con la muerte, para él, ha llegado el verdadero final. No hay futuro para él. Pero, mientras vive, sufre hambre, frío, cansancio; está sujeto a herirse y sufrir, a gozar, a amar, a odiar, a enfermarse y morir.
Y el hombre, en recuerdo de Dios, que le ha dado ese medio para hacerle menos desapacible el exilio en la Tierra, debe ser humano para con sus siervos menores que son los animales. ¿En el Libro mosaico (Deuteronomio 22, l-4.6-7) no está, acaso, prescrito tener sentimientos de humanidad también lacia los animales, sean aves o cuadrúpedos?
En verdad os digo que hay que saber ver con justicia las obras del Creador. Si se miran con justicia, se ve que son "buenas". Y lo bueno ha de ser amado siempre. Se ve que son cosas dadas con un fin bueno y por un impulso de amor, y, como tales, podemos, debemos amarlas, viendo, más allá del ser finito, al Ser infinito que las ha creado para nosotros. Se ve que son útiles, y como tales han de ser amadas.
Nada -recordad esto bien-ha sido hecho sin finalidad en el Universo. Dios no desperdicia su perfecta potencia en cosas inútiles. Este tallito de hierba no es menos útil que el poderoso tronco en que se apoya nuestro pasajero refugio. La gota de rocío, la pequeña perla, escarcha, no son menos útiles que el inmenso mar.
El mosquito no menos útil que el elefante; ni el gusano que está en el fango de una zanja es menos útil que la ballena. Nada hay inútil en la creación. Dios ha hecho todo con fin bueno, con amor hacia el hombre. El hombre debe usar todo con recto fin y amor a Dios, que le ha dado todo lo que hay sobre la Tierra, para que ello sea súbdito del rey de la creación.
Tú has dicho, Manahén, que el animal, a menudo, sirve a los hombres mejor que los hombres. Yo digo que los animales, las plantas, los minerales, los elementos, superan, todos, al hombre en obediencia a la finalidad para la que han sido creados: siguiendo pasivamente las leyes creativas, o siguiendo activamente el instinto inculcado por el Creador, o rindiéndose a la domesticación.
El hombre que debería ser la perla en la creación, demasiadas veces es la fealdad de la creación. Debería ser la nota más acorde con el coro de los habitantes del Cielo en la alabanza a Dios, y demasiadas veces es la nota discorde que impreca o blasfema o se rebela o dedica su canto a alabar a las criaturas en vez de al Creador. Por tanto, la idolatría; por tanto, la ofensa; por tanto, la inmundicia. Y esto es pecado.
Quédate, pues, en paz, Manahén. Esta piedad tuya hacia un caballo, que está sudado por haberte servido, no es pecado. Pecado son las lágrimas que se hacen derramar a los semejantes y los desenfrenados amores que son ofensa a Dios, digno de todo el amor del hombre.
-¿Pero yo, estando cerca de Antipas, peco?
-¿Con qué finalidad estás? ¿Para gozar?
-No, Maestro. Para velar por ti. Tú lo sabes. También ahora iba por esto. Porque sé que han mandado mensajeros a Herodes para incitarlo contra ti.
-Entonces no hay pecado. ¿No te gustaría más estar conmigo, en mi pobreza de vida?
-¿Y me lo preguntas? Lo he dicho al principio. Esta noche bajo la tienda, el pobre alimento que hemos comido, no tienen comparación para mí. ¡Si no fuera porque para oír los silbos de las serpientes hay que estar junto a su madriguera, yo estaría contigo! He comprendido la verdad de tu misión. Un día erré. Pero me sirvió para comprender y ya no volveré a salir de la justicia.
-¡Ya lo ves! Nada hay inútil. Incluso el error, para quien tiende al Bien, es medio para el Bien. El error cae como camisa de crisálida, y sale la mariposa, que no es deforme, que no huele mal, que no repta, sino que vuela en busca de cálices de flores y rayos de luz. Las almas buenas también son así. Pueden dejarse envolver un momento por miserias y mortificantes angosturas. Pero luego se liberan de ello y vuelan de flor en flor, de virtud en virtud, hacia la Luz, hacia la Perfección. Alabemos al Señor por sus obras de continua misericordia, que actúan incluso sin que el hombre lo sepa en el corazón del hombre y alrededor del hombre.
Y Jesús ora, poniéndose de rodillas, porque la tienda, baja y limitada, no permite otra postura. Luego, alimentado el fuego delante de la tienda, trabado el caballo, se preparan para descansar, proponiéndose sustituirse en vigilar por turno el fuego y el animal, sobre el cual Manahén ha echado la zalea gruesa como capa para protección del frescor nocturno.
Jesús y Manahén se echan encima de los fajos de paja y se envuelven en el manto para dormir. Juan, por miedo a quedarse dormido, va y viene, fuera de la tienda, alimenta el fuego, observa al caballo, que, a su vez, lo mira con sus inteligentes ojos negros y golpea rítmicamente la pezuña y menea la cabeza, haciendo tintinear las cadenitas de plata de los jaeces y rompiendo aromáticos tallitos de hinojos agrestes nacidos al pie del árbol al que está atado.
Y, como Juan le ofrece otros mejores, crecidos poco lejos, relincha de placer y trata de rozar los blandos y rosados ollares contra el cuello del apóstol. De más lejos, en el gran silencio de la noche, se oye venir el tranquilo frufrú del río.
Dice Jesús:
-Y termina también el tercer año de vida pública. Viene ahora el período preparatorio de la Pasión. Ese período en que, a primera vista, todo parece limitarse a pocas acciones y a pocas personas. Como si disminuyera mi figura y mi misión. En realidad, Aquel que parecía vencido y excluido era el héroe que se preparaba para la apoteosis, y, en torno a Él, las pasiones -no las personas, sino las pasiones de las personas- se condensaban, llevadas a los máximos límites.
Todo lo anterior -y quizás algunos episodios, a los lectores con mala disposición de ánimo o superficiales, les haya parecido cosa sin finalidad- aquí se ilumina con su luz resplandeciente o tétrica.
Y especialmente las figuras más importantes, esas cuyo conocimiento muchos no quieren reconocer útil, precisamente porque en ella se ve la lección para los actuales maestros, que deben ser instruidos más que nunca para hacerse verdaderos maestros de espíritu.
Como he dicho a Juan y Manahén, nada de lo que hace Dios es inútil, ni siquiera el grácil tallito de hierba. De la misma manera, nada es superfluo en este trabajo: no lo son las figuras espléndidas, no lo son las débiles y tenebrosas; es más, para los, maestros de espíritu, más útiles son las figuras débiles y tenebrosas que no las formadas y heroicas.
Como desde lo alto de un monte, en la cima, puede abarcarse toda la configuración del monte y la razón de ser de los bosques, de los torrentes, de los prados y declives, que hay para llegar desde la llanura hasta la cima, y se ve toda la belleza del panorama, y más fuerte viene la persuasión de que todas las obras de Dios son útiles y estupendas, y de que una sirve y completa a la otra y todas están presentes para formar la belleza de la Creación; así -naturalmente para quien tiene espíritu recto-, todas las distintas figuras, o lecciones o episodios de estos tres años de vida evangélica, contemplado-como desde lo alto de la cima del monte de mi obra de Maestro, sirven para dar la visión exacta de aquel complejo político, religioso, social, colectivo, espiritual, egoísta hasta el delito o altruista hasta la oblación, en que Yo fui Maestro y en el que me constituí en Redentor La grandiosidad del drama no se ve en una escena, sino en todas las partes de él. La figura del protagonista sobresale con las distintas luces con que lo iluminan las partes secundarias.
Llegando ya a la cima, y la cima era el Sacrificio para que me había encarnado, develados todos los recónditos pliegues de los corazones y todos los manejos de las sectas, sólo queda por hacer lo que hace el viandante que llega a la cima: mirar.
Mirarlo todo y mirar a todos. Conocer el mundo hebreo. Conocer lo que Yo era: el Hombre que estaba por encima de la sensualidad, del egoísmo, del rencor; el Hombre que debió ser tentado por todo un mundo, tentado a la venganza, al poder, a las alegrías, incluso las honestas de las nupcias y de la casa; el Hombre que debió soportarlo todo viviendo en contacto con el mundo y sufrir por ello -porque infinita era la distancia entre la imperfección y el pecado del mundo y mi Perfección-; y que a todas las voces, a todas las seducciones, a todas las reacciones del mundo, de Satanás y del yo, supo responder "no" y permanecer puro, manso, fiel, misericordioso, humilde, obediente, hasta la muerte de Cruz.
¿Comprenderá todo esto la sociedad de ahora, a la cual brindo este conocimiento de mí para fortalecerla contra los asaltos, cada vez más fuertes, de Satanás y del mundo? Hoy también, como hace veinte siglos, habrá contradicción entre aquellos para quienes me revelo. Yo soy signo de contradicción una vez más. Pero no Yo, por mí mismo, sino Yo respecto a lo que en ellos suscito.
Los buenos, los de buena voluntad, tendrán las reacciones buenas de los pastores y de los humildes. Los otros tendrán reacciones malas, como los escribas, fariseos, saduceos y sacerdotes de aquel tiempo. Cada uno da lo que tiene.
El bueno que entra en contacto con los malos desencadena en éstos una efervescencia de mayor maldad. Y ciertamente habrá un juicio sobre los hombres, como lo hubo el Viernes de Parasceve, según hayan juzgado, aceptado y seguido al Maestro que, con un nuevo intento de infinita misericordia, se ha dado a conocer una vez más.
¿A cuántos se les abrirán los ojos y me reconocerán y dirán: "Es Él. Por eso nuestro corazón ardía en nuestro pecho mientras nos hablaba y nos explicaba las Escrituras"?
Mi paz a éstos y a ti, pequeño, fiel, amoroso Juan (nombre que Jesús daba a María Valtorta)