519- Inexplicable ausencia de Judas Iscariote y alto en Betania, en casa de Lázaro

Jesús despide a los discípulos Leví, José, Matías y Juan -no sé dónde los ha encontrado-y les confía al neodiscípulo Sidonio, llamado Bartolmái.

Esto sucede en las primeras casas de Betania. Y los discípulos pastores se van con el nuevo llegado y con otros siete hombres que tenían con ellos. Jesús los mira mientras se marchan. Luego se vuelve, a mirar a sus apóstoles, y dice:

-Ahora vamos a esperar aquí a Judas de Simón…
-¡Ah! ¿Te has dado cuenta de que se ha marchado? -dicen asombrados los otros. -Creíamos que no te hubieras percatado. La gente era mucha, y has estado hablando todo el tiempo, primero con el joven y después con los pastores…

-Desde el primer momento, he visto que se había alejado. Nada me pasa inadvertido. Por este motivo he entrado en las casas amigas, diciendo que manden a Judas a Betania, si preguntara por mí…

-Dios quiera que no -refunfuña, entre dientes, el otro Judas. Jesús lo mira, pero hace ademán de no haber notado la frase, y continúa, hablando a todos porque los ve a todos del parecer de Judas Tadeo (las caras, a veces, hablan mejor que las palabras): -Será bueno este descanso en espera de su regreso. Aliviará a todos. Luego iremos hacia Tecua.

El tiempo está frío pero la tendencia es a cielo sereno. Evangelizaré esa ciudad. Luego subiremos de nuevo pasando por Jericó, e iremos a la otra orilla. Me han dicho los pastores que muchos enfermos me buscan y les he enviado el mensaje de que no emprendan el viaje, sino que me esperen en estos lugares.

-Pues vamos, sí -suspira Pedro.
-¿No estás contento de ir donde Lázaro? -pregunta Tomás.
-Estoy contento.
-¡Lo dices de una manera!…

-No lo digo por Lázaro. Lo digo por Judas…
-Eres pecador, Pedro -advierte Jesús.

-Lo sé. Pero… él, Judas de Keriot, que se marcha, que es impertinente, que es un tormento, ¿no lo es? -salta Pedro, que ya no aguanta más.

-Lo es. Pero si él lo es, tú no debes serlo. Ninguno de nosotros debe serlo. Recordad que Dios nos pedirá cuentas -digo: nos pedirá porque a mí antes que a vosotros Dios Padre me ha confiado ese hombre-de lo que hayamos hecho para redimirlo.

-¿Y esperas lograrlo, hermano? No puedo creerlo. Tú, esto sí que lo creo, Tú conoces el pasado, el presente y el futuro. Y por tanto, no puedes engañarte respecto a ese hombre. Y… bueno, es mejor que no diga lo demás.

-Efectivamente, saber callar es una gran virtud. Pero debes saber que el prever más o menos exactamente el futuro de un corazón no dispensa a nadie de perseverar hasta el final para apartarlo de la ruina. No caigas tú también en el fatalismo de los fariseos, que sostienen que lo que está destinado debe cumplirse y nada impide el cumplimiento de lo que está destinado; razón con la cual avalan también sus culpas y avalarán el último acto de su odio hacia mí.

Muchas veces Dios está esperando el sacrificio de un corazón -que supera sus náuseas y sentimientos de desdén, sus antipatías, incluso justificadas-para arrancar a un espíritu del pantano en que se está hundiendo. Sí, Yo os lo digo.

Muchas veces Dios (el Omnipotente, el Todo) espera a que una criatura (una nada), haga o no haga un sacrificio, una oración, para signar o no signar la condena de un espíritu. Nunca es tarde, nunca es demasiado tarde para intentar y esperar salvar un alma. Y os daré pruebas de ello. Incluso a las puertas de la muerte, cuando tanto el pecador como el justo que por él se aflige, están próximos a dejar la Tierra para ir al primer juicio de Dios, siempre es posible salvar y ser salvados.

Entre la copa y los labios, dice el proverbio, siempre hay lugar para la muerte. Y Yo digo: entre la extrema agonía y la muerte hay siempre tiempo para obtener un perdón, para uno mismo o para aquellos que queremos que sean perdonados.

Ni una palabra de réplica de ninguno.
Jesús, que ya ha llegado a la pesada cancilla, da una voz a un doméstico para que le abran. Entra. Pregunta por Lázaro.

-¡Oh, Señor! ¿Ves? Vuelvo de recoger hojas de laurel y alcanfor y bayas de ciprés, y otras hojas y frutos olorosos, para hervirlo con vino y resinas y con ello hacerle baños a mi señor. Su carne se cae a pedazos y no se soporta el hedor. Has venido, pero no sé si te dejarán pasar…

Por miedo a que el aire oiga, el doméstico apaga su voz en un susurro:

-Ahora, que ya no se puede ocultar que tiene las llagas, las dueñas rechazan a todos… por miedo. Ya sabes… a Lázaro lo quieren realmente pocos… Y muchos, por muchos motivos gozarían si… ¡Oh, no quiero pensar en lo que es el miedo de toda la casa!

-Hacen bien ellas. Pero no temáis. No sucederá esta desventura.

-Pero… curarse, ¿podrá? Un milagro tuyo…
-No se curará. Pero servirá para glorificar al Señor.
El doméstico se siente defraudado… ¡Jesús, que cura a todos y que aquí no hace nada!… De todas formas, se limita a emitir un suspiro como única manifestación de lo que piensa. Luego dice:

-Voy donde las dueñas de la casa a anunciarte.
Jesús se ve rodeado por los apóstoles, que están interesados en las condiciones de Lázaro, y que se quedan consternados cuando Jesús habla de ellas. Pero ya vienen las dos hermanas.

Su florida y distinta belleza parece empañada por el dolor y la fatiga de las velas prolongadas. Pálidas, alicaídas, demacradas, cansados los ojos que en otro tiempo -en ambas-eran radiantes; sin anillos ni pulseras, vestidas con dos vestidos ceniza oscuro, parecen más siervas que señoras. A cierta distancia de Jesús, se arrodillan, ofreciéndoles sólo llanto. Un llanto resignado, mudo, que desciende como de una fuente interna, y que no puede pararse.

Jesús se acerca. Marta alarga los brazos susurrando:

-Apártate Señor. En verdad, tememos ser ya pecadoras contra la ley sobre la lepra. (Levítico l3,-l4) ¡Pero no podemos, oh Dios, no podemos provocar un decreto de esa clase contra nuestro Lázaro! Pero tú no te acerques, porque, no tocando sino llagas, estamos contaminadas. Sólo nosotras. Porque hemos apartado a todos los demás, y todo nos lo dejan en la puerta y nosotras tomamos las cosas, y lavamos, y quemamos, en la habitación contigua a la de nuestro hermano.

¿Ves nuestras manos? Están corroídas de la cal viva que usamos para los vasos que tenemos que devolver a los criados. Pensamos con ello que somos menos culpables -y llora.

María de Magdala, que hasta este momento ha guardado silencio, gime a su vez: -Tendríamos que llamar al sacerdote. Pero… Yo, yo soy la más culpable porque me opongo a esto y digo que no es la terrible enfermedad maldita en Israel. ¡No es, no es! Pera nos odian tanto, y tantos, que dirían que lo es. ¡Por mucho menos, Simón, tu apóstol, fue declarado leproso!

-No eres sacerdote ni médico, María -dice, entre accesos de llanto, Marta.

-No lo soy. Pero tú sabes lo que he hecho para estar segura de lo que digo. Señor, he ido y he recorrido todo el valle de Hinnón, todo Siloán, todos los sepulcros cercanos a En Rogel. Vestida de sierva, velada, con la luz de las auroras, cargada de víveres y aguas con sustancias medicinales, vendas y vestidos. Y daba, daba. Decía que era un voto por mi amado.

Era verdad. Pedía sólo poder ver las llagas de los leprosos. Deben haber pensado que estaba loca… ¿Alguien, acaso, quiere ver esos horrores? Pero yo, puestos mis presentes en los bordes de las rocas, pedía ver. Y ellos arriba, yo más abajo; ellos asombrados, yo con repugnancia; llorando ellos, llorando yo… ¡he mirado, mirado, mirado! He visto cuerpos cubiertos de escamas, de costras, de llagas; caras corroídas, cabellos blancos y más duros que cerdas, ojos que eran huras de podredumbre, carrillos que dejaban ver los dientes, calaveras en cuerpos vivos, manos reducidas a garras de monstruos, pies como ramas nudosas, hedores, horrores, podredumbre.

¡Oh, si pequé adorando la carne, si gocé con los ojos, con el olfato, con el oído, con el tacto, de lo hermoso; de lo perfumado, de lo armonioso, de lo suave y liso, oh, te aseguro que los sentidos se han purificado ya con la mortificación de esto que he conocido!

Los ojos, contemplando aquellos monstruos, han olvidado la belleza seductora del hombre; los oídos, con esas voces ásperas, que ya no son humanas, han expiado el pasado gozo de voces viriles; y se ha estremecido mi carne, y se ha rebelado mi olfato… y todo resto de culto a mí misma ha muerto, porque he visto lo que somos después de la muerte…

Pero he traído conmigo esta certeza: que Lázaro no está leproso. Su voz no está lesionada, sus cabellos y todo el vello están intactos, y las llagas son distintas.

¡No es! ¡No es! Y Marta me aflige -que no cree, porque no conforta a Lázaro en el sentido de no creerse contaminado. ¿Ves? Ahora, que sabe que estás aquí, no quiere verte para no contaminarte. ¡Los miedos tontos de mi hermana le privan incluso de tu consuelo!…

La naturaleza vehemente la lleva a la cólera. Pero, viendo que su hermana rompe a llorar desoladamente, su vehemencia cesa enseguida y abraza a Marta y la besa, y le dice:
-¡Marta, perdón! ¡Perdón! ¡El dolor me hace injusta! ¡Es el amor con que os amo a ti y a Lázaro el que querría convenceros! ¡Pobre hermana mía! ¡Pobres mujeres, eso es lo que somos!

-¡Venga, ánimo! ¡No lloréis así! Necesitáis paz y compasión recíproca, por vosotras y por él. Y Lázaro no está leproso, os lo digo Yo.

-¡Oh, ven a verlo, Señor! ¿Quién mejor que tú puede juzgar si está leproso? -suplica Marta.

-¿No te he dicho que no lo está?».

-Sí. ¿Pero cómo puedes decirlo, si no lo ves?

-¡Marta! ¡Marta! Dios te perdona porque sufres y eres como uno que delira. Tengo compasión de ti y voy a ver a Lázaro; le destaparé las llagas y…

-¡Y las curarás! -grita Marta poniéndose de pie.

-Ya te he dicho otras veces que no puedo hacerlo… Pero os daré la paz de saber que estáis en regla con la ley sobre los leprosos. Vamos…

Y abre la marcha hacia la casa, haciendo señas a los apóstoles de no seguirlo.

María se adelanta corriendo, abre una puerta, corre por un pasillo y de éste abre otra puerta, que da a un pequeño patio interior, anda pocos pasos y entra en una habitación estorbada por barreños, vasijas, ánforas, vendas… Un olor que es mezcla de aromas y de descomposición penetra en las narices. Hay una puerta frente a la de antes, y María la abre y, con una voz que quiere ser radiante de alegría, grita:

-¡Aquí está el Maestro! ¡Viene a decirte que tengo razón, hermano mío! ¡Ánimo, sonríe, que está entrando el amor nuestro, nuestra paz! -y se agacha hacia su hermano, lo incorpora en las almohadas, lo besa, sin hacer caso del olor que a pesar de todos los paliativos emana de su cuerpo llagado; y está todavía agachada para colocarlo cuando ya el dulce saludo de Jesús suena en la habitación, que, envuelta en una luz mortecina, parece iluminarse por la presencia divina.

-Maestro ¿no tienes miedo?… Estoy…
-¡Enfermo! Nada más que eso. Lázaro, las normas han sido dadas, muy amplias y severas, por un comprensible sentido de prudencia. Mejor exagerar en prudencia que en imprudencia, en ciertos casos como los de enfermedades contagiosas. Pero tú no eres contagioso, pobre amigo mío, no estás contaminado. Tanto, que no creo faltar a la prudencia respecto a los hermanos si te abrazo y te beso así y tomando el cuerpo consumido, besa a Lázaro.

-¡Tú eres realmente la Paz! Pero todavía no has visto. María está destapando el horror. Soy ya un muerto, Señor. No sé cómo mis hermanas pueden resistir…

Yo tampoco sabría cómo, pues verdaderamente son espantosas y repugnantes las llagas que han salido a lo largo de las varices de las piernas. Las espléndidas manos de María trabajan suaves en ellas, mientras con su voz maravillosa responde:

-Tus males son rosas para tus hermanas. Rosas espinosas porque tú sufres, sólo por ello. ¿Ves, Maestro? ¡La lepra no es así!

-No es así. Es una enfermedad muy mala la que te consume, pero no es causa de peligro. ¡Cree en tu Maestro! Tapa, María. Ya he visto.

-¿Y… no vas a tocar? -dice Marta suspirando, tenaz en la esperanza.

-No hace falta. No por repulsa, sino para no hurgar en las llagas.

Marta se agacha, sin insistir más, hacia una palangana donde hay vino o vinagre aromatizado, y sumerge unos paños, que luego pasa a su hermana. Lágrimas mudas caen en el líquido rojizo…

María venda las míseras piernas y extiende de nuevo las mantas sobre los pies, ya inertes y amarillentos como los de un muerto.

-¿Estás solo?
-No. Con todos, menos con Judas de Keriot, que se ha quedado en Jerusalén, y vendrá… Es más, si ya estoy lejos, lo mandáis a Betabara. Allí estaré. Y que me espere allí.

-Te vas a marchar pronto…
-Y volveré pronto. Dentro de poco es la Dedicación. En esos días estaré contigo.

-No podré honrarte para las Encenias…
-Estaré en Belén para ese día. Necesito volver a ver mi cuna…

-Estás triste… Lo sé… ¡Y no poder hacer nada!…
-No estoy triste. Soy el Redentor… Pero, tú estás cansado. No luches contra el sueño, amigo mío.
-Era por tributarte honor…
-Duerme, duerme. Luego nos veremos… -y Jesús se retira sin hacer ruido.

-¿Has visto, Maestro? -pregunta Marta afuera, en el patio.

-Sí, ya he visto. Mis pobres discípulas… Yo lloro con vosotras… pero, en verdad, os digo en confianza que mi corazón está mucho más llagado que vuestro hermano. Está comido por el dolor mi corazón… -y las mira con una tristeza tan viva, que las dos olvidan su dolor por el de Él, y, no pudiendo abrazarlo por ser mujeres, se limitan a besarle las manos y la túnica y a querer servirle como hermanas afectuosas.

Y le sirven en una salita y lo envuelven en amor.
Las voces fuertes de los apóstoles se oyen más allá del patio… Todos, menos la voz del discípulo malo. Jesús escucha y suspira… Suspira esperando pacientemente al fugitivo.

518- En Jerusalén, encuentro con el ciego curado y palabras que revelan a Jesús como buen Pastor

Jesús, que ha entrado en la ciudad por la puerta de Herodes; está cruzándola en dirección hacia el Tiropeon y el barrio de Ofel.

-¿Vamos al Templo? -pregunta Judas Iscariote.
-Si.

-¡Cuidado con lo que haces! -advierten muchos.
-Estaré allí sólo el tiempo de la oración.
-Te van a salir al paso.

-No. Vamos a entrar por las puertas de septentrión y saldré por las de mediodía, y no tendrán tiempo de organizarse para hacerme algún daño. A menos que esté siempre detrás de mí uno que vigile e informe.

Ninguno replica, y Jesús prosigue hacia el Templo, que aparece, en lo alto de su colina, casi espectral bajo la luz verde amarillenta de una plomiza mañana de invierno, en la que el sol nacido es sólo recuerdo que se obstina en mantenerse presente tratando de abrir una brecha en la densa masa de nubes. ¡Esfuerzo vano! El alegre lucir de la aurora ha quedado reducido al reflejo mate de un amarillo irreal, no extendido, sino agrupado en manchas que contienen también tonalidades de plomo veteado de verde.

Y, debajo de esta luz, los mármoles y el oro del Templo aparecen sin brillo, tristes, yo diría lúgubres, como ruinas que aún despuntan en una zona de muerte.

Jesús lo mira intensamente mientras sube hacia la muralla.

Y mira las caras de los viandantes matutinos. Son, por lo general, gente humilde: hortelanos, pastores con los animalitos que han de ser matados, criados o amas de casa dirigidos a los mercados. Y todos se alejan silenciosos, arrebujados en los mantos, un poco encorvados para defenderse del viento más bien frío de la mañana.

También los rostros parecen más pálidos de como son normalmente los de esta raza. Es la luz extraña la que los pone así, verdosos o casi perlinos, con el fondo de los mantos de colores, que, verdes o de vivo color violado o amarillos intensos, no son, ciertamente, adecuados para proyectar reflejos róseos en las caras. Alguno saluda al Maestro, pero no se detiene. No es la hora propicia.

Todavía no hay mendigos lanzando sus quejumbrosos gritos en los cruces y debajo de las amplias bóvedas que, cada poco, cubren las calles. La hora y el período del año contribuyen a la libertad -para Jesús-de caminar sin obstáculos.

Ya están en las murallas. Entran. Van al atrio de los Israelitas. Oran mientras un sonido de trompetas -diría que son de plata por timbre-anuncia algo que es, sin duda, importante, y se esparce por la colina; y, mientras un perfume de incienso se esparce suavemente, sobrepujando todos los otros olores menos agradables que puedan percibirse en la cima del Moria, o sea: el perpetuo -diría: natural-olor a carne de animales degollados y consumidos por el fuego; el olor a harina quemada; el olor a aceite ardiendo: olores éstos que se detienen siempre ahí arriba, más o menos fuertes, pero que siempre están presentes, por los continuos holocaustos.

Se marchan siguiendo otra dirección, y empiezan a ser notados por los primeros que vienen al Templo, por gente que pertenece al templo, por los cambistas y vendedores, que están montando sus mesas o recintos. Pero son demasiado pocos; y la sorpresa es tal, que no saben reaccionar. Entre sí intercambian palabras de estupor:

-¡Ha vuelto!
-¡No ha ido a Galilea, como decían!
-¿Pero dónde estaba escondido, si no se le ha encontrado en ninguna parte?

-Quiere realmente desafiarlos­
-¡Qué necio!

-¡Qué santo! -etcétera, según la disposición de cada uno.

Jesús está ya fuera del Templo y baja hacia la calle que lleva a Ofel. En esto, se encuentra al ciego de nacimiento, curado hace poco, el cual, cargado de cestas llenas de manzanas olorosas, camina alegre, bromeando con otros jóvenes igualmente cargados, que van en sentido opuesto al suyo.

Quizás al joven le pasaría inadvertido el encuentro, dado que desconoce el rostro de Jesús y el de los apóstoles.

Pero Jesús no desconoce la cara del que fue curado milagrosamente. Y lo llama. Sidonio, llamado Bartolmái, se vuelve y mira interrogativamente al hombre alto y majestuoso -a pesar de ir vestido humildemente-que lo llama por el nombre dirigiéndose hacia una callejuela.

-Ven aquí -ordena Jesús.
El joven se acerca sin dejar su carga. Mira a Jesús. Cree que desea comprar manzanas. Dice:

-Mi jefe las ha vendido ya. Pero tiene más todavía, si quieres. Son bonitas y buenas. Traídas ayer de los pomares de Sarón. Y, si compras muchas, tienes un importante descuento, porque…

Jesús sonríe mientras alza la derecha para poner freno a la locuacidad del joven. Y dice:

-No te he llamado para comprar las manzanas, sino para alegrarme contigo y bendecir contigo al Altísimo, que te ha concedido su favor.

-¡Oh, sí! Yo lo hago continuamente, por la luz que veo y por el trabajo que puedo realizar, ayudando a mi padre y a mi madre, por fin. He encontrado un buen jefe. No es hebreo, pero es bueno. Los hebreos no me querían por… porque saben que he sido expulsado de la sinagoga -dice el joven, y pone las cestas en el suelo.

-¿Te han expulsado? ¿Por qué? ¿Qué has hecho?
-Yo nada. Te lo aseguro. El Señor es el que lo ha hecho. En sábado, el Señor hizo que me encontrara con ese hombre que se dice que es el Mesías, y Él me curó, como ves. Por eso me han expulsado.

-Entonces el que te curó no te ha hecho en todo un buen servicio-prueba Jesús.

-¡No digas eso, hombre! ¡Esto que dices es una blasfemia! Ante todo, me ha mostrado que Dios me ama, luego me ha dado la vista… Tú no sabes lo que es "ver", porque has visto siempre. ¡Pero uno que no había visto nunca! ¡Oh!…

Es… Con la vista se tienen juntamente todas las cosas. Yo te digo que cuando vi, allá en Siloé, reí y lloré, pero de alegría ¿eh? Lloré como no había llorado en el tiempo de la desventura. Porque entendí entonces cuán grande era ella y cuán bueno era el Altísimo. Y, además, puedo ganarme la vida, y con trabajo decoroso. Y, además… -esto es lo que, más que todo, espero que me conceda el milagro recibido-, además, espero poder encontrar al hombre al que llaman Mesías y a su discípulo que me…

-¿Y qué harías entonces?
-Quisiera bendecirlo. A Él y a su discípulo. Y quisiera decirle al Maestro, que tiene que venir realmente de Dios, que me tome a su servicio.

-¿Cómo? Por causa suya estás anatematizado, con fatiga encuentras trabajo, puedes ser incluso más castigado, ¿y quieres servirle? ¿No sabes que están perseguidos todos aquellos que siguen al que te curó?

-¡Ya lo sé! Pero Él es el Hijo de Dios. Eso se dice entre nosotros. A pesar de que aquellos de arriba (y señala al Templo) no quieran que diga. Y ¿no merece la pena dejarlo todo para servirle a Él?

-¿Crees, entonces, en el Hijo de Dios y en su presencia en Palestina?

-Lo creo. Pero quisiera conocerlo, para creer en Él no sólo en la mente, sino con todo mi ser. Si sabes quién es y dónde se encuentra, -dímelo, para ir donde Él, verlo, creer completamente en él y servirle.

-Ya lo has visto, y no tienes necesidad de ir donde Él. El que ves y te habla en este momento es el Hijo de Dios.

Y -no podría afirmarlo con plena seguridad-me ha parecido que al decir estas palabras Jesús ha tenido casi una brevísima transfiguración, adquiriendo un aspecto bellísimo y, diría, esplendoroso. Yo diría que, para premiar y confirmar en su fe a este humilde creyente que cree en Él, ha descubierto, durante el tiempo que dura un destello, su belleza futura (quiero decir la que asumirá después la Resurrección y conservará en el Cielo, su belleza de criatura humana glorificada, de cuerpo glorificado y hecho uno con la inefable belleza de su Perfección).

Un instante, digo. Un destello. Pero el rincón semioscuro donde se han refugiado para hablar, bajo el arco de calleja, se ilumina extrañamente con una luminosidad que emana de Jesús, el cual, lo repito, adquiere una grandísima hermosura.

Luego todo vuelve a ser como antes, excepto el joven, que ahora está en el suelo, rostro en tierra, y que adora y dice:
-¡Yo creo, Señor, mi Dios!

-Levántate. He venido al mundo para traer la luz y el conocimiento de Dios y para probar a los hombres y juzgarlos.

Este tiempo mío es tiempo de opción, de elección y de selección. He venido para que los puros de corazón e intención, los humildes, los mansos, los amantes de la justicia, de la misericordia, de la paz, los que lloran y los que saben dar a las distintas riquezas su valor real y preferir las espirituales a las materiales encuentren aquello que su espíritu anhela; y para que los que eran ciegos ­porque los hombres habían alzado gruesos muros para impedir el paso de la luz, o sea, impedir el conocimiento de Dios-vean, y los que se creen con vista se queden ciegos…

-Entonces Tú odias a una parte grande de los hombres y no eres bueno como dices ser. Si lo fueras, buscarías que todos vieran, y que quien ya viera no se quedara ciego -interrumpen algunos fariseos, que han llegado al improviso por la calle principal y, cautamente, se han acercado con otros a espaldas del grupo apostólico.
Jesús se vuelve y los mira.

¡Ciertamente ya no está transfigurado en dulce belleza! Es un Jesús bien severo el que fija en sus perseguidores sus miradas de zafiro. Su voz ya no tiene la nota de oro de la alegría, sino que es broncínea, y, cual sonido de bronce, es incisiva y severa en la respuesta:

-No soy Yo el que quiere que no vean la verdad los que actualmente combaten contra ella. Son ellos mismos los que levantan delante de sus pupilas un muro de adoquines para no ver. Y se hacen ciegos por su libre voluntad. Y el Padre me ha enviado para que esta división tenga lugar, y sean verdaderamente conocidos los hijos de la Luz y los de las Tinieblas, los que quieren ver y la que quieren hacerse ciegos.

-¿Acaso estamos nosotros también entre estos ciegos?
-Si lo fuerais y trataseis de ver, no seríais culpables. Pero es porque decís: "Vemos", y luego no queréis ver, por lo que pecáis. Vuestro pecado permanece porque no tratáis de ver aun siendo ciegos.

-¿Y qué tenemos que ver?

-El Camino, la Verdad, la Vida. Un ciego de nacimiento, como era éste, con su bastoncito puede en todo caso encontrar la puerta de su casa e ir por ella, porque conoce su casa. Pero si lo llevaran a otros lugares, no podría entrar por la puerta de la nueva casa, porque no sabría dónde estaría y se chocaría contra las paredes.

El tiempo de la nueva Ley ha llegado. Todo se renueva y un mundo nuevo, un nuevo pueblo, un nuevo reino surgen. Ahora los del tiempo pasado no conocen todo esto. Conocen su tiempo. Son como ciegos llevados a una ciudad nueva, donde está la casa regia del Padre, pero cuya ubicación no conocen. Yo he venido para guiarlos e introducirlos en ella y para que vean. Pero soy Yo mismo la Puerta por la cual se pasa a la casa paterna, al Reino de Dios, a la Luz, al Camino, a la Verdad, a la Vida. Y soy también Aquel que ha venido a reunir el rebaño que había quedado sin guía, y a conducirlo a un único redil: el del Padre.

Yo soy la puerta del Redil, porque soy al mismo tiempo Puerta y Pastor. Y entro y salgo como y cuando quiero Y entro libremente, y por la puerta, porque soy el verdadero Pastor.

Cuando uno viene a dar a las ovejas de Dios otras indicaciones, o trata de descaminarlas llevándolas a otras moradas y a otros caminos, no es el buen Pastor; es un pastor ídolo. Y el que no entra por la puerta del redil, sino que trata de entrar por otra parte saltando el recinto, no es el pastor, sino un ladrón y un asesino que entra con intención de robar y matar, para que los corderos de que se han apoderado no emitan voces de lamento y no atraigan la atención de los guardianes y del pastor.

También entre las ovejas del rebaño de Israel tratan de introducirse falsos pastores para desviarlas de los pastos y alejarlas del Pastor verdadero. Y entran dispuestos incluso a arrancarlas del rebaño con violencia, y, si llega el caso, están dispuestos a matarlas y a dañarlas de muchas maneras, para que no hablen y no le manifiesten al Pastor las astucias de los falsos pastores, ni griten invocando la protección de Dios contra sus adversarios y los adversarios del Pastor.

Yo soy el Buen Pastor y mis ovejas me conocen, y me conocen los eternos porteros del verdadero Redil. Ellos me han conocido y han conocido mi Nombre, que han manifestado para que Israel lo conociera; me han descrito y han preparado mis caminos, y, cuando mi voz se ha oído, el último de ellos me ha abierto la puerta y ha dicho al rebaño que esperaba al verdadero Pastor, al rebaño que estaba agrupado en torno a su cayado:

"Aquí tenéis a Aquel de quien he dicho que viene después de mí. Uno que me precede porque existía antes de mí y yo no lo conocía.

Pero para esto, para que estéis preparados a recibirlo, he venido a bautizar con agua, para que fuera manifestado en Israel". Y las ovejas buenas han oído mi voz y, cuando las he llamado por el nombre, han venido solícitas y las he llevado conmigo, como hace un verdadero pastor al que conocen las ovejas, que lo reconocen por la voz y lo siguen a dondequiera que vaya. Y, cuando ha sacado a todas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen porque aman la voz del pastor.

Por el contrario, no siguen a un extranjero; antes bien, huyen lejos de él porque no lo conocen y le temen. Yo también camino delante de mis ovejas para señalarles el camino y hacer frente, Yo el primero, a los peligros y señalárselos al rebaño, al cual quiero guiar a mi Reino y ponerlo a salvo.

-¿Acaso Israel ya no es el reino de Dios?
-Israel es el lugar desde donde el pueblo de Dios debe elevarse hasta la verdadera Jerusalén y hasta el Reino de Dios.

-¿Y el Mesías prometido, entonces? Ese Mesías que afirmas que eres, ¿no debe, pues, hacer a Israel triunfante, glorioso, dueño del mundo, sometiendo a su cetro todos los pueblos, y vengándose, sí, vengándose ferozmente de todos los que lo han sometido desde que es pueblo? ¿Entonces nada de esto es verdad? ¿Niegas a los profetas? ¿Llamas necios a nuestros rabíes? Tú…

-El Reino del Mesías no es de este mundo. Es el Reino de Dios, fundado sobre el amor. No es otra cosa. Y el Mesías no es rey de pueblos y ejércitos, sino rey de espíritus.

Del pueblo elegido vendrá el Mesías, de la estirpe real, y, sobre todo, de Dios, que lo ha generado y enviado. Por el pueblo de Israel ha comenzado la fundación del Reino de Dios, la promulgación de la Ley de amor, el anuncio de la buena Nueva de que habla el profeta (Isaías 6l, l). Pero el Mesías será Rey del mundo, Rey de los reyes, y su Reino no tendrá límite en el tiempo ni confín en el espacio. Abrid los ojos y aceptad la verdad.

-No hemos entendido nada de tu desvarío. Dices palabras sin nexo. Habla y responde sin parábolas: ¿Eres o no eres el Mesías?

-¿Y no habéis entendido todavía? Os he dicho que soy Puerta y Pastor por esto. Hasta ahora ninguno ha podido entrar en el Reino de Dios, porque estaba murado y no tenía salidas. Pero ahora he venido Yo y está hecha la puerta para entrar en él.

-¡Oh! Otros han dicho que eran el Mesías, y luego han sido descubiertos como bandidos y rebeldes, y la justicia humana ha castigado su bellaquería. ¿Quién nos asegura que no eres como ellos? ¡Estamos cansados de sufrir y hacer sufrir al pueblo el rigor de Roma, por mérito de embusteros que se dicen reyes y hacen que el pueblo se levante en rebelión!

-No. No es exacta vuestra frase. Vosotros no queréis sufrir, eso es verdad. Pero que el pueblo sufra no os duele. Tanto es así, que al rigor de quien domina unís vuestro rigor, oprimiendo con décimos insoportables y otras muchas cosas al pueblo modesto. ¿Que quién os asegura que no soy un malandrín? Mis acciones. No soy Yo el que hace pesada la mano de Roma; al contrario, la aligero, aconsejando a los dominadores humanidad, a los dominados paciencia. Al menos estas cosas.

Mucha gente -ya mucha gente se ha congregado, y crece cada vez más, tanto que obstaculizan el paso por la calle grande y, por tanto, todos van a confluir en la callejuela, bajo cuyas bóvedas las voces retumban-aprueba diciendo:

-¡Bien dicho lo de los décimos! ¡Es verdad! A nosotros nos aconseja sumisión y a los romanos piedad».

Los fariseos, como siempre, se envenenan por las aprobaciones de la muchedumbre, y se muestran aún más mordaces en el tono con que se dirigen a Cristo. -Responde sin tantas palabras y demuestra que eres el Mesías.

-En verdad, en verdad os digo que lo soy. Yo, sólo Yo, soy la Puerta del redil de los Cielos. Quien no pasa por mí no puede entrar. Es verdad. Ha habido otros falsos Mesías, y más que habrá. Pero el único y verdadero Mesías soy Yo. Todos los que hasta ahora han venido presentándose como tales, no lo eran; eran sólo ladrones y salteadores.

Y no sólo aquellos que se hacían llamar, de parte de unos pocos de su misma forma de ser, Mesías, sino también otros que, sin darse ese nombre, exigen una adoración que ni siquiera al verdadero Mesías se le da. Quien tenga oídos para oír que oiga. De todas formas, observad: ni a los falsos Mesías ni a los falsos pastores y maestros las ovejas los han escuchado, porque su espíritu sentía la falsedad de su voz, que quería aparecer dulce y, sin embargo, era cruel.

Sólo los cabros los han seguido para ser sus compañeros en sus fechorías. Cabros salvajes, indómitos, que no quieren entrar en el Redil de Dios, bajo el cetro del verdadero Rey y Pastor. Porque esto, ahora, se da en Israel: que Aquel que es el Rey de los reyes viene a ser el Pastor del rebaño, mientras que, en el pasado, aquel que era pastor de rebaños vino a ser rey, y el Uno y el otro vienen de la misma raíz, de la raíz Iesaí, como está escrito en las promesas y profecías.

Los falsos pastores no han pronunciado palabras sinceras ni sus acciones han sido consoladoras. Han dispersado y torturado al rebaño, o lo han abandonado a los lobos, o lo han matado para sacar provecho vendiéndolo y así asegurarse la vida, o le han quitado los pastos para hacer de ellos moradas de placer y bosquecillos para los ídolos.

¿Sabéis cuáles son los lobos? Son las malas pasiones, los vicios que los mismos falsos pastores han enseñado al rebaño, practicándolos ellos los primeros. ¿Y sabéis cuáles son los bosquecillos de los ídolos? Son los propios egoísmos, ante los cuales demasiados queman inciensos. Las otras dos cosas no necesitan ser explicadas, porque son hasta demasiado claras estas palabras mías. Pero que los falsos pastores actúen así es lógico.

No son sino ladrones que vienen para robar, matar y destruir, para llevar fuera del redil a pastos traicioneros, o conducir a falsos apriscos, que en realidad son mataderos. Pero los que pasan por mí están en seguro y podrán salir para ir a mis pastos, o volver para venir a mis descansos, y hacerse robustos y pingües de sustancias santas y sanas. Porque he venido para esto.

Para que mi pueblo, mis ovejas, hasta ahora flacas y afligidas, tengan la vida, y vida abundante, y de paz y alegría. Y tanto quiero esto, que he venido a dar mi vida porque mis ovejas tengan la Vida plena y abundante de los hijos de Dios.

Yo soy el Pastor bueno. Y un pastor, cuando es bueno, da la vida por defender a su rebaño de los lobos y de los salteadores; por el contrario, el mercenario, que no ama a las ovejas sino al dinero que gana por llevarlas a pastar, se preocupa sólo de salvarse a sí mismo y -salvar la pequeña suma que lleva en el pecho, y, cuando ve venir al lobo o al salteador, huye, aunque luego vuelva para tomar alguna oveja que el lobo haya dejado medio muerta, o que haya sido desperdigada por el salteador, y matar a la primera para comérsela, o vender la segunda como suya, aumentando así su suma, para decir luego al amo, con falsas lágrimas, que ni siquiera una de las ovejas se ha salvado.

¿Qué le importa al mercenario si el lobo adentella y desperdiga a las ovejas, y el salteador hace saqueo de ovejas para llevarlas al carnicero? ¿Acaso veló por ellas mientras crecían, acaso trabajó esforzadamente para ponerlas robustas? Pero el que es amo y sabe cuánto cuesta una oveja, cuántas horas de trabajo, cuántos desvelos, cuántos sacrificios, las quiere y les presta cuidado, a ellas que son su bien. Pero Yo soy más que un amo.

Yo soy el Salvador de mi rebaño y sé cuánto me cuesta la salvación de una sola alma; por tanto, estoy dispuesto a todo con tal de salvar a un alma. Esa alma me ha sido confiada por el Padre mío. Todas las almas me han sido confiadas, con el mandato de que salve un grandísimo número de ellas. Cuantas más logre arrancar a la muerte del espíritu, más gloria recibirá mi Padre. Por tanto, lucho para liberarlas de todos sus enemigos, o sea, de su yo, del mundo, de la carne, del demonio, y de mis adversarios, que me las disputan para producirme dolor.

Yo hago esto porque conozco el pensamiento del Padre mío. Y el, Padre mío me ha enviado a hacer esto porque conoce mi amor por Él y por las almas. También las ovejas de mi rebaño me conocen a mí y conocen mi amor, y sienten que estoy dispuesto a dar mi vida para darles la alegría.

Tengo otras ovejas. Pero no son de este Redil. Por tanto, no me conocen en lo que Yo soy, y muchas ignoran mi existencia e ignoran quién soy Yo. Ovejas que a muchos de nosotros parecen peor que cabras salvajes y son consideradas indignas de conocer la Verdad y de poseer la Vida y el Reino. Y, sin embargo, no es así.

El Padre desea también éstas; por tanto, tengo que acercarme también a éstas, darme a conocer, hacer conocer la buena Nueva, guiarlas a mis pastos, reunirlas. Y éstas también escucharán mi voz porque acabarán amándola. De manera que habrá un solo Redil y un solo Pastor, y el Reino de Dios quedará reunido en la Tierra, ya preparado para ser transportado y acogido en los Cielos, bajo mi cetro, mi signo y mi verdadero Nombre.

¡Mi verdadero Nombre! ¡Sólo Yo lo conozco! Mas cuando el número de los elegidos esté completo y, entre himnos de alborozo, se sienten a la gran cena de bodas del Esposo con la Esposa, entonces mi Nombre será conocido por mis elegidos que por fidelidad a él se hayan santificado, aunque haya sido sin conocer toda la extensión ni profundidad de lo que era estar signado por mi Nombre y ser premiados por su amor a él, ni cuál era el premio… Esto es lo que quiero dar a mis ovejas fieles. Lo que constituye mi propia alegría…

Jesús recorre, con una mirada brillante de llanto extático, lo rostros dirigidos hacia él, y una sonrisa le tiembla en los labios, un sonrisa tan espiritualizada en su rostro espiritualizado, que se siente estremecer la muchedumbre, que intuye el rapto de Cristo a una visión beatífica, y su deseo de amor de verla cumplida. Vuelve a su estado normal. Cierra un instante los ojos, celando así el misterio que ve su mente y que los ojos podrían dejar transparentar demasiado y prosigue:

-Por esto me ama el Padre, ¡oh pueblo mío, o rebaño mío! Porque por ti, por tu bien eterno, doy la vida. Luego la tomaré de nuevo. Pero primero la daré para que tengas la vida y a tu Salvador como vida de ti mismo. Y la daré de forma que tú te nutras de ella, transformándome de Pastor en pasto y fuente que darán alimento y bebida, no durante cuarenta años como para los hebreos del desierto, sino durante todo el tiempo de exilio por los desiertos de la Tierra. Nadie, en realidad, me quita la vida.

Ni los que amándome con todo su ser merecen que la inmole por ellos, ni los que me la quitan por un odio desorbitado y un miedo estúpido. Nadie podría quitármela si por mí mismo no consintiera en darla y si el Padre no lo permitiera, invadidos los dos por un delirio de amor hacia la Humanidad culpable.

Por mí mismo la doy. Y tengo el poder de tomarla de nuevo cuando quiera, pues no es conveniente que la Muerte prevalezca contra la Vida. Por esto el Padre me ha dado este poder; es más, el Padre me ha mandado hacer esto. Y por mi vida, ofrecida e inmolada, los pueblos serán un único Pueblo: el mío, el Pueblo celeste de los hijos de Dios, separándose en los pueblos las ovejas de los cabros y siguiendo las ovejas a su Pastor al Reino de la Vida eterna.

Y Jesús, que hasta ahora ha hablado fuerte, se vuelve, en voz baja, a Sidonio, llamado Bartolmái, que ha estado durante todo este tiempo delante de Él con su canasta de manzanas olorosas a los pies, y le dice:

-Has olvidado todo por mí. Ahora, ciertamente, te castigarán y perderás el trabajo. ¿Lo ves? Yo te traigo siempre dolor. Por mí has perdido la sinagoga y ahora vas a perder al patrón…

-¿Y qué me importa todo eso si te tengo a ti? Sólo Tú tienes valor para mí. Dejo todo por seguirte. Basta que me lo concedas. Deja sólo que lleve esta fruta a quien la ha
comprado y luego estoy contigo.

-Vamos juntos. Después iremos a casa de tu padre. Porque tienes un padre y debes honrarlo pidiéndole su bendición.
-Sí, Señor. Todo lo que quieras. Pero enséñame mucho porque no sé nada, nada de nada, ni siquiera leer y escribir, porque era ciego.

-No te preocupes de eso. La buena voluntad te enseñará.

Y se encamina para volver a la calle principal, mientras la masa de gente hace comentarios, confronta pareceres, discute incluso, insegura entre las distintas opiniones, que son siempre las mismas: ¿es Jesús de Nazaret un poseído o un santo? La gente, en desacuerdo, discute mientras Jesús se aleja.

517- Hacia Nob. Judas Iscariote, tras un momento polémico, reconoce su error

El viento húmedo y frío peina los árboles del otero y empuja en el cielo cúmulos de nubes cenicientas.

Arrebujados en sus gruesos mantos, Jesús y los doce y Esteban bajan de Gabaón al camino que conduce hacia la llanura. Hablan entre sí mientras Jesús, absorto en uno de sus silencios, está lejos de lo que le rodea. Y ahí está, hasta que, llegados a un cruce a media ladera -es más, casi al pie del otero-, dice:

-Tomamos esta dirección y vamos a Nob.
-¿Cómo? ¿No vuelves a Jerusalén? -pregunta Judas Iscariote.
-Nob y Jerusalén es casi una sola cosa para quien está habituado a caminar mucho. Pero prefiero estar en Nob. ¿Lo lamentas?

-¡Oh! ¡Maestro! Por mí, acá o allá… Más bien lo que lamento es que en un lugar tan propicio para ti hayas figurado tan poco. Hablaste más en Bet-Jorón, que ciertamente no se mostraba amiga tuya. Deberías hacer lo contrario.

¡Vamos, eso me parece! Tratar de atraer cada vez más a ti las ciudades que sientes propicias, hacer de ellas… contraarmas para las ciudades dominadas por enemigos tuyos. ¿Sabes qué valor, tener de tu parte las ciudades cercanas a Jerusalén? Al fin y al cabo, Jerusalén no es todo. También pueden contar los otros lugares y hacer pesar su voluntad sobre el sentir de Jerusalén. Los reyes generalmente son proclamados en ciudades fidelísimas; consumada la proclamación, las otras se resignan…

-Cuando no se rebelan, y entonces hay luchas fraticidas. No creo que el Mesías quiera empezar su reinado con una guerra interna-dice Felipe.

-Yo quisiera una sola cosa: que hubiera comenzado en vosotros con visión precisa.Pero vosotros no veis todavía con precisión… ¿Cuándo vais a comprender?

Sintiendo que quizás es una reprensión lo que está para venir Judas Iscariote pregunta otra vez:

-¿Y por qué aquí, en Gabaón, has hablado tan poco?
-He preferido escuchar y descansar. ¿No comprendéis que Yo también necesito descanso?

-Hubiéramos podido quedarnos y darles esta satisfacción. Si estás tan cansado, ¿por qué te has puesto de nuevo en camino? -pregunta afligido Bartolomé.

-No son mis miembros los que están cansados. No necesito quedarme para darles reposo. Es mi corazón el que está cansado y necesita descanso. Y Yo descanso donde encuentro amor. ¿Creéis, acaso, que sea insensible a tanto odio?, ¿que los rechazos no me causen dolor?, ¿que las conjuras contra mí me dejen insensible?, ¿que las traiciones de quien se finge amigo, y es un espía de mis enemigos, puesto a mi lado para…?

-¡Jamás suceda eso, Señor! Y no debes siquiera sospecharlo. ¡Hablando así, nos ofendes! -protesta Judas Iscariote, con una apasionada irritación, que es superior a la de todos los demás; en efecto, todos protestan diciendo:

-Maestro, nos afliges con estas palabras. ¡Dudas de nosotros!

Y Santiago de Zebedeo, impulsivo, exclama:

-Me despido de ti, Maestro, y vuelvo a Cafarnaúm. Con el corazón roto. Pero me marcho. Y si no es suficiente Cafarnaúm, me iré con los pescadores de Tiro y Sidón, iré a Cintium, iré no sé a dónde. Pero lejos, que sea imposible que puedas pensar que te traiciono. ¡Dame tu bendición como viático!

Jesús lo abraza, diciendo:«-Paz, apóstol mío. Son muchos los que se dicen amigos míos, no sois sólo vosotros. Te afligen, os afligen mis palabras. ¿Pero en qué corazones deberé derramar la congoja y buscar consuelo, sino en los de mis amados apóstoles y discípulos de confianza? Busco en vosotros una parte de la unión que he dejado para unir a los hombres: la unión con el Padre mío en el Cielo; y una gota del amor que he dejado por amor a los hombres: el amor de mi Madre. Las busco como apoyo mío. ¡Oh, la ola amarga rebasa mi corazón, el peso inhumano oprime al Hijo del hombre!… La Pasión mía, la Hora mía, se hace cada vez más plena… ¡Ayudadme a soportarla y a cumplirla… porque es muy dolorosa!

Los apóstoles se miran conmovidos por el dolor profundo que vibra en las palabras del Maestro, y no saben hacer otra cosa sino pegarse a Él, acariciarlo, besarlo… y son simultáneos los besos de Judas a la derecha y de Juan a la izquierda, en el rostro de Jesús, que baja los párpados celando los ojos mientras Judas Iscariote y Juan lo besan…

Reanudan la marcha, y Jesús puede terminar su pensamiento interrumpido:

-En medio de tanta congoja mi corazón busca lugares donde halla amor y descanso; donde, en vez de hablar a secas piedras o a engañosas serpientes o a distraídas mariposas, puede escuchar las palabras de otros corazones y consolarse porque las siente sinceras, amorosas, justas.

Gabaón es uno de estos lugares. No había ido nunca. Pero he encontrado allí un campo arado y sembrado por magníficos obreros de Dios. ¡Ese arquisinagogo! Ha venido hacia la Luz, pero era ya espíritu luminoso. ¡Lo que puede hacer un buen siervo de Dios! Gabaón, ciertamente, no está exenta de los manejos de los que me odian.

Allí también intentarán acusaciones malignas y corrupciones. Pero tiene un arquisinagogo que es un justo, y los venenos del mal pierden su sustancia tóxica en esa ciudad. ¿Creéis, acaso, que me resulte agradable el tener siempre que corregir, censurar, e incluso reprender? Mucho más dulce me resulta poder decir: “Tú has comprendido la Sabiduría. Sigue por tu camino y sé santo” como he dicho al arquisinagogo de Gabaón.

-¿Vamos a volver, entonces?

-Cuando el Padre hace que encuentre un lugar de paz, lo saboreo y bendigo al Padre mío. Pero no he venido para esto. He venido a convertir para el Señor los lugares culpables y lejanos de Él. Vosotros mismos veis que podría estar en Betania y no estoy allí.

-También por no perjudicar a Lázaro.

-No, Judas de Simón. Hasta las piedras saben que Lázaro es amigo mío. Por tanto, por este motivo, sería vano que Yo pusiera frenos a mi deseo de confortación. Es por…

-Por las hermanas de Lázaro, por María en particular.

-Tampoco, Judas de Simón. Hasta las piedras saben que la lujuria de la carne no me turba. Observa que, entre las muchas acusaciones que me han sido lanzadas, la primera en caer ha sido ésta porque hasta mis más sañudos adversarios han comprendido que sostenerla era desenmascarar su habitual inclinación a la mentira

Ninguna persona honesta habría creído que Yo era un sensual. La sensualidad puede tener atractivo sólo para los que no se nutren de lo sobrenatural y aborrecen el sacrificio. Pero, para el que se ha consagrado al sacrificio, para el que es víctima, ¿qué atractivo crees que puede tener el placer de una hora?

El gozo de las almas víctimas está enteramente en el espíritu, y, si visten una carne, ésta no es más que un vestido. ¿Tú crees que los vestidos que llevamos tienen sentimientos? Lo mismo es la carne para los que viven de espíritu: un vestido, nada más.

El hombre espiritual es el verdadero superhombre, porque no es esclavo de los apetitos, mientras que el hombre material es un no-valor, según la dignidad verdadera del hombre porque tiene en común con el animal demasiados apetitos, y es incluso inferior a él, superándolo, haciendo del instinto vinculado al animal un vicio degradante.

Judas, perplejo, se muerde los labios; luego dice:
-Sí. Y además no podrías perjudicar a Lázaro; dentro de poco la muerte lo pondrá al margen de todo peligro de venganzas… ¿Y entonces por qué vas a Betania más a menudo?

-Porque no he venido para gozar, sino para convertir. Ya te lo he dicho.

-Pero… ¿Te es motivo de gozo el tener contigo a tus hermanos?

-Sí. Pero también es verdad que no tengo parcialidad hacia ellos. Cuando tenemos que dividirnos para buscar sitio en las casas, no se quedan conmigo generalmente, sino que sois vosotros los que os quedáis. Y esto es para demostraros que, para los ojos y la mente de quien se ha consagrado a la redención, la carne y la sangre no tienen valor, sino que solamente tiene valor la formación de los corazones y su redención. Ahora vamos a ir a Nob y de nuevo nos distribuiremos para dormir. Y, una vez más, Yo te tendré conmigo, y tendré también a Mateo, a Felipe y a Bartolomé.

-¿Es, acaso, que somos los menos formados? ¿Yo, especialmente, quien siempre retienes a tu lado?
-Tú lo has dicho, Judas de Simón.

-Gracias, Maestro. Ya me había dado cuenta -dice con ira mal reprimida Judas Iscariote.

-Y, si te has dado cuenta, ¿por qué no te esfuerzas en formarte? ¿Crees, acaso, que por no causarte una mortificación Yo pudiera mentir? Y, además, estamos entre hermanos, y no deben ser objeto de menosprecio las deficiencias de otro, o de abatimiento el ser amonestado delante de los demás, que ya saben, unos de otros, en qué falta cada uno de los hermanos. Ninguno es perfecto, Yo os lo digo. Pero incluso las imperfecciones de unos y otros, tan penosas de verse y de soportarse, deben ser motivo para mejorarse uno a sí mismo y no aumentar así la recíproca desazón.

Créeme, Judas, que, aunque te vea como realmente eres, ninguno, ni siquiera tu madre, te quiere como Yo te quiero, ni se esfuerza ninguno como tu Jesús en hacerte bueno.

-Ya, pero me reprendes y humillas, y en la presencia de un discípulo.

-¿Es la primera vez que te llamo la atención en orden a la justicia?
-Judas calla.

-¡Responde, te digo! -dice Jesús imperiosamente.
-No.

-¿Y cuántas veces lo he hecho públicamente? ¿Puedes decir que te he puesto en evidencia? ¿O debes decir que te he cubierto y defendido? ¡Habla!
-Me has defendido, es verdad. Pero ahora…

-Pero ahora es por tu bien. El que acaricia a un hijo culpable deberá vendar después las llagas, dice el proverbio. Y dice otro proverbio que el caballo no domado se hace intratable; y el hijo abandonado a sí mismo, un tarambana.

-¿Pero es que soy para ti un hijo? -pregunta Judas, mientras su cara alisa el ceño fruncido.

-Si te hubiera generado no podrías serlo más. Y me dejaría arrancar las entrañas para darte mi corazón y hacerte como
quisiera…

Judas tiene uno de sus recobros… y, sincero, verdaderamente sincero, se arroja a los brazos de Jesús y grita:

-¡No te merezco! ¡Soy demonio y no te merezco! ¡Eres demasiado bueno! ¡Sálvame, Jesús y llora, realmente llora con un llanto entrecortado por el jadeo, llanto de corazón turbado por cosas no buenas y por un contraste de éstas con el remordimiento de haber causado dolor a quien lo ama.

516- En Gabaón, milagro del mudito y elogio de la sabiduría como amor a Dios

En primavera, verano y otoño, Gabaón, construida en el copete de un suave y bajo otero aislado en medio de una llanura fertilísima debe ser una ciudad graciosa, ventilada y de bellísimo panorama.

Sus casas blancas se esconden casi entre el verde de los árboles -de todas clases-de hoja perenne, que están mezclados con árboles desnudos ahora por la estación del año, pero que en la estación buena deben transformar el otero en una nube de pétalos ligeros y, más tarde, en exuberancia de frutas.

Ahora, con el tono gris del invierno muestra las laderas listeadas de desnudas vides y grises por los olivos, y con manchas de árboles frutales, desnudos, de oscuros troncos; a pesar de lo cual, es bonita y aparece ventilada, y la mirada descansa en la ladera del monte y en la arada llanura.

Jesús se dirige hacia una cisterna grande o pozo, que me recuerda un poco el de la samaritana, o también En Rogel y, más todavía los depósitos cercanos a Hebrón. Hay allí mucha gente: quiénes se apresuran a tomar mucha agua para el sábado, que ya está cerca, quiénes concluyen los últimos tratos, quiénes, habiendo terminado ya sus ocupaciones, se entregan al descanso del sábado (entre éstos, los ocho apóstoles, que anuncian al Maestro y ya han tenido éxito. porque veo que traen a enfermos y se congregan mendigos y otras personas vienen de sus casas).

Cuando Jesús llega a donde está el pilón, se forma un murmullo que se transforma en un grito unánime:
-¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Está entre nosotros el Hijo de David! ¡Bendita la Sabiduría, que viene al lugar donde fue invocada!

-Benditos vosotros, que la sabéis acoger. ¡Paz! Paz y bendición.

Y enseguida se dirige hacia los enfermos y los tullidos (por desgracias o enfermedades), hacia los indefectibles ciegos o que están en camino de serlo, y los cura. Hermoso es el milagro de un mudito. La madre se lo presenta llorando. Jesús lo cura con un beso en la boca. Y él usa las palabras que la Palabra le da para gritar los dos nombres más bonitos:

«¡Jesús! ¡Mamá!». Y de los brazos de su madre, que lo tenía alzado por encima de la gente, se arroja a los brazos de Jesús, se abraza a su cuello, hasta que Jesús lo devuelve a la madre feliz. Ella explica a Jesús cómo este hijo suyo primogénito, destinado desde antes que naciera, en el corazón de los padres, para ser levita, podrá serlo ahora que no tiene defectos:

-No le había pedido al Señor, junto con mi esposo Joaquín, para mí, sino para que sirviera al Señor. Y no he pedido para él la palabra para que me llamase madre y me dijera que me quiere. Sus ojos y sus besos ya me lo decían. La pedía para que pudiera, como cordero sin defecto, ser consagrado enteramente al Señor y alabar su Nombre.

A lo cual Jesús responde:

-El Señor oía la palabra de su alma, -que Él, como una madre, hace de los sentimientos palabras y actos. Pero bueno ha sido tu deseo y el Altísimo lo ha acogido. Ahora esfuérzate en educar a tu hijo para la alabanza perfecta, para que sirva siempre con perfección al Señor.
-Sí, Rabí. Pero dime Tú qué es lo que debo hacer.

-Haz que ame al Señor Dios con todo su ser, y espontáneamente florecerá en su corazón la alabanza perfecta, y perfecto será en su servicio a su Dios.

-Bien has hablado, Rabí. La Sabiduría está en tus labios. Te ruego que nos hables a todos -dice un gabaonita de aspecto señorial que se ha abierto paso hasta Jesús y lo ha invitado a la sinagoga. Sin duda es el arquisinagogo.

Jesús se dirige hacia ella, seguido de todos, y dado que es imposible hacer que entren todos los de la ciudad, más los que ya estaban con Él, acepta el consejo del jefe de la sinagoga de hablar desde la terraza de su casa, contigua a la sinagoga. Una casa ancha y baja, fajada por dos lados por el verde tenaz de una espaldera de jazmines.

Y la voz de Jesús, potente y armoniosa, se expande en el aire apacible de la tarde que declina, y se propaga por la plaza y por las tres calles que en ella desembocan, mientras un pequeño mar de cabezas está con la cara alzada escuchando.

-La mujer de vuestra ciudad que ha deseado la palabra para su hijo, no por un deseo de oír de los labios de su hijo dulces palabras, sino para que fuera hábil para servir a Dios, me recuerda otras palabras, ya lejanas, brotadas de los labios de un gran hombre en esta misma ciudad. A éstas, como a las de la mujer de esta ciudad, Dios ha asentido, porque en ambos ha visto una petición de justicia, una justicia que debería estar en todas las oraciones para que encontraran acogida de parte de Dios y gracia.

¿Qué es necesario durante la vida para obtener luego el premio eterno, la verdadera Vida sin fin en una bienaventuranza sin fin? Es necesario amar al Señor con todo el propio ser, y al prójimo como a uno mismo. Y ésta es la cosa más necesaria para tener a Dios por amigo y obtener de Él gracias y bendiciones. Cuando Salomón, (2 Crónicas l, .3-l2; l Reyes 3, 4-l5), hecho rey después de la muerte de David, asumió de hecho el reino, subió a esta ciudad y ofreció un gran sacrificio de víctimas. Y en esa noche se le apareció el Altísimo y le dijo:

"Pídeme lo que desees de mí". Gran benignidad por parte de Dios. Gran prueba por parte del hombre. Porque a todo don le corresponde una gran responsabilidad por parte de quien lo recibe, responsabilidad que es tanto mayor cuanto mayor es el don. Y ésta es una prueba del grado de formación alcanzado por el espíritu.

Si un espíritu favorecido por Dios, en lugar de perfeccionarse, desciende hacia la materialidad, ha fallado la prueba y muestra con esto su no formación, o su parcial formación.

Hay dos cosas que son índice del valor espiritual del hombre: su modo de comportarse en la alegría y el modo de comportarse en el dolor. Sólo el que está formado en la justicia sabe ser humilde en la gloria, fiel en la alegría, agradecido-, constante aun después de haber obtenido algo, aun cuando no desee ya nada más. Y sólo el que es realmente santo sabe ser paciente y seguir siendo amante de su Dios cuando las penas se ensañan con él.

-¿Maestro, puedo preguntarte una cosa? -dice uno de Gabaón.
-Habla.

-Todo lo que dices es verdad. Y, si he comprendido bien, quieres decir que Salomón superó la prueba felizmente. Pero luego pecó. Ahora dime: ¿por qué Dios lo favoreció tanto si luego iba a pecar? (l Reyes ll, l-l3) Sin duda, el Señor conocía el futuro pecado del rey. ¿Y entonces por qué le dijo: "Pídeme lo que quieras"? ¡Fue un bien o un mal?

-Siempre un bien, porque Dios no cumple acciones malas.

-Pero has dicho que a todo don corresponde una responsabilidad. Ahora bien, habiendo Salomón pedido y obtenido la sabiduría…

-Tenía la responsabilidad de ser sabio y no lo fue, quieres decir. Es verdad. Y te digo que ciertamente esta falta suya respecto a la sabiduría fue castigada, y con justicia. Pero el acto de Dios de concederle la sabiduría que había pedido fue bueno. Y bueno fue el acto de Salomón de pedir la sabiduría y no otras cosas materiales.

Y, puesto que Dios es Padre y es Justicia, en el momento del error buena parte de error lo perdonó, teniendo presente que el pecador en el pasado había amado la Sabiduría más que a ninguna otra cosa o criatura Un acto habrá disminuido el otro acto. Una buena acción hecha antes del pecado permanece, y vale para el perdón, pero cuando el pecador después del pecado se arrepiente.

Por esto os digo que no dejéis pasar la ocasión de llevar a cabo buenas acciones, para que sean como monedas para pagar vuestros pecados (cuando, por gracia de Dios, de ellos os arrepentís).

Las acciones buenas -aunque parezcan pasadas, y por tanto se pueda pensar equivocadamente que ya no fermentan en nosotros y crean nuevos estímulos y fuerzas para cosas buenas-están siempre activas, aunque sea con el recuerdo que resurge desde el fondo de un alma humillada y suscita una añoranza del tiempo en que la persona era buena.

Y la añoranza es, a menudo, un primer paso por el camino del regreso a la Justicia. Yo he dicho que incluso un vaso de agua dado con amor a un sediento no queda sin premio.

Un sorbo de agua no es nada en cuanto al valor material, pero la caridad lo hace grande. Y no queda sin premio. A veces el premio puede ser volver al Bien que se forma con el recuerdo de esa acción, de las palabras del hermano sediento, de los sentimientos del corazón de aquella ocasión, de ese corazón que daba de beber en nombre de Dios y por amor.

Y entonces Dios, por sucesión de recuerdos, vuelve, como un sol que renace después de la noche oscura, para resplandecer en el horizonte de un pobre corazón que lo perdió y que, hechizado por su inefable Presencia, se humilla y grita:

"¡Padre, he pecado! Perdona. Te amo de nuevo". El amor a Dios es sabiduría. Es la sabiduría de las sabidurías, porque el que ama conoce todo y posee todo. Aquí, mientras cae la tarde y el viento vespertino hace tiritar a los cuerpos arropados y agita las antorchas que habéis encendido, no os repito lo que ya sabéis: los puntos del libro sapiencial donde está escrito cómo Salomón obtuvo la sabiduría, y la oración (Sabiduría 9) que hizo para obtenerla.

Pero, para memoria mía, para ir por sendero seguro, para tener luz de guía, os exhorto a meditar con vuestro arquisinagogo esas páginas. El Libro de la Sabiduría debería ser un código de vida espiritual. Como una mano materna debería guiaros -e introduciros en él-al perfecto conocimiento de las virtudes y de mi doctrina. Porque la Sabiduría me prepara los caminos y hace de los hombres “de corta vida e incapaces de entender los juicios y las leyes, siervos e hijos de siervas de Dios” los dioses del Paraíso de Dios.

Buscad, sobre todo, Sabiduría para honrar al Señor y oír que Él, el día eterno, os dice: "Porque has estimado sobre todo esto y no riqueza, bienes, gloria, larga vida, ni triunfo sobre los enemigos, te sea concedida la Sabiduría", o sea, Dios mismo, porque el Espíritu de Sabiduría es Espíritu de Dios.

Buscad, sobre todo, la Sabiduría santa, y Yo os digo que todas las demás cosas os serán dadas, y en un modo en que ninguno de los grandes del mundo puede procurárselas. Amad a Dios. Preocupaos sólo de amarlo. Amad al prójimo vuestro para honrar a Dios.

Consagraos al servicio de Dios, a su triunfo en los corazones. Convertid a quien no es amigo de Dios, convertidlo al Señor. Sed santos. Acumulad las obras santas para defensa vuestra contra las posibles debilidades del ser creado. Sed fieles al Señor.

No critiquéis ni a los vivos ni a los muertos. Pero esforzaos en imitar a los buenos, y, no para alegría vuestra terrena, sino para alegría de Dios, pedid al Señor gracias y os serán dadas.

Vamos. Mañana oraremos juntos y Dios estará con nosotros.
Y Jesús los bendice y los despide.

515- Las razones del dolor salvífico de Jesús. Elogio de la obediencia y lección sobre la humildad

Pero poco puede estar Jesús con sus pensamientos. Juan y su primo Santiago, luego Pedro y Simón, lo alcanzan y atraen su atención hacia el panorama que desde lo alto del collado se ve. Y, quizás con intención de distraerlo, porque está visiblemente muy triste, evocan hechos acontecidos en esas zonas que se muestran a sus ojos.

El viaje hacia Ascalón… la casa de los campesinos de la llanura de Sarón, donde Jesús devolvió la vista al anciano padre de Gamala y Jacob… el retiro de Jesús y Santiago en el Carmelo… Cesárea Marítima y la jovencita Áurea Gala… el encuentro con Síntica… los gentiles de Joppe… los ladrones de cerca de Modín… el milagro de las mieses en casa de José de Arimatea… la ancianita espigadora… Sí, son cosas, todas ellas, que tienen la intención de alegrar… pero que contienen, para todos o para Él sólo, un hilo de llanto y un recuerdo dolor. Se dan cuenta de ello los propios apóstoles, y susurran:

-Verdaderamente en todas las cosas de la Tierra uno encuentra un dolor. Es lugar de expiación…

Pero, justamente, Andrés, que se ha unido al grupo junto con Santiago de Zebedeo, observa:

-Es ley justa para nosotros, pecadores, pero para Él ¿por qué tanto dolor?

Surge una benévola discusión, y continúa también cuando, atraídos por las palabras de los primeros, que hablan en tono alto, se unen al grupo todos los otros. Menos Judas Iscariote, que está muy enfrascado con algunas personas modestas -a las cuales está enseñando-, imitando al Maestro en la voz, en el gesto, en el concepto.

Pero es una imitación teatral, pomposa, a la cual le falta el calor del convencimiento. Y los que lo escuchan se lo dicen, incluso sin rodeos, lo cual pone nervioso a Judas, que les echa en cara el ser obtusos y el que no comprenden nada por eso. Y Judas declara que los deja porque «no conviene arrojar las perlas de la sabiduría a los cerdos».

Pero se detiene, porque esta gente modesta, mortificada, le ruega que sea indulgente, confesándose «inferiores a él como un animal es inferior a un hombre»…

Jesús está distraído de lo que dicen en torno a Él los once, para escuchar lo que dice Judas; y, ciertamente, no le alegra lo que oye… pero suspira y calla. Hasta que Bartolomé le hace participar directamente. Somete a su consideración los distintos puntos de vista acerca de la razón de por qué Él, inocente sin pecado, debe sufrir. Bartolomé dice:

-Yo sostengo que esto sucede porque el hombre odia al bueno. Hablo del hombre culpable, o sea, de la mayoría.

Esta mayoría comprende que, comparada con quien está libre de pecado, resaltan aún más su culpabilidad y sus vicios, y por rabia se venga haciendo sufrir al bueno.

-Yo, sin embargo, sostengo que sufres por el contraste entre perfección y nuestra miseria. Aunque ninguno te despreciara en ningún modo, igualmente sufrirías, porque tu perfección debe ser una dolorosa repulsa de los pecados de los hombres -dice Judas Tadeo.

-Yo, por el contrario, sostengo que Tú, no careciendo de humildad, sufres por el esfuerzo de deber dominar con tu parte sobrenatural los impulsos de tu humanidad contra tus enemigos -dice Mateo.

-Yo, que sin duda me equivoco porque soy un ignorante, digo que sufres porque tu amor es rechazado. No sufres por no poder castigar como tu lado humano puede desear, sino que sufres por no poder beneficiar como querrías -dice Andrés.

-Y yo sostengo que sufres porque debes padecer todo el dolor para redimir todo el dolor. No predominando en ti una u otra naturaleza, sino estando igualmente estas dos naturalezas tuyas en ti, fundidas, con un perfecto equilibrio, para formar la Víctima perfecta ( tan sobrenatural, que puede ser válida para aplacar la ofensa hecha a la Divinidad; tan humana, que puede representar a la Humanidad y conducirla nuevamente a la pureza inmaculada del primer Adán, para anular el pasado y generar una nueva humanidad; recrear una humanidad nueva, conforme al pensamiento de Dios, o sea, una humanidad en que esté realmente la imagen y la semejanza de Dios y el destino del Hombre: la posesión, el poder aspirar a la posesión de Dios, en su Reino), debes sufrir sobrenaturalmente, y sufres, por todo lo que ves hacer y por lo que te rodea -podría decir-con perpetua ofensa a Dios, y debes sufrir humanamente, y sufres, para cercenar las tendencias de nuestra carne envenenada por Satanás. Con el sufrimiento completo de tus dos perfectas naturalezas, anularás completamente la ofensa a Dios, la culpa del hombre ­dice el Zelote.

Los demás guardan silencio. Jesús pregunta:
-¿Y vosotros no decís nada? ¿Cuál es, según vosotros, la definición más apropiada?

Unos dicen una, otros otra. Sólo callan Santiago de Alfeo y Juan.
-¿Y vosotros dos? ¿No aprobáis ninguna de ellas? -dice

Jesús para moverlos a hablar.
-No. Sentimos en todas algo de verdad, o mucho de verdad.

Pero sentimos también que falta la verdad más verdadera.
-¿Y no sabéis encontrarla?

-Quizás yo y Juan la hemos encontrado. Pero nos parece casi una blasfemia el decirla, porque… Somos unos buenos israelitas y tememos tanto a Dios, que casi no podemos pronunciar su Nombre. Y el pensar que, si el hombre del pueblo elegido, el hombre hijo de Dios, no puede pronunciar casi el Nombre bendito y crea nombres sustitutivos para nombrar a su Dios, el que pueda Satanás osar perjudicar a Dios nos parece pensamiento blasfemo. Y, no obstante, sentimos que el dolor es siempre activo contra ti porque Tú eres Dios y Satanás te odia. Te odia como ningún otro. Tú encuentras el odio, hermano mío, porque eres Dios -dice Santiago.

-Sí, encuentras el odio porque eres el Amor. No es que los fariseos o los rabíes, o éste o aquél, o por éste o por aquél, se alcen para hacerte sufrir. Sino que es el Odio el que inviste de sí a los hombres y los lanza contra ti, lívidos de odio, porque con tu amor arrancas demasiadas víctimas al Odio -dice Juan.

-A las muchas definiciones les falta todavía una cosa. Buscad la razón más verdadera. La razón por la cual he…» anima Jesús.

Pero ninguno la encuentra. Piensan, piensan. Se rinden, diciendo:

-No la encontramos…

-¡Es tan simple! Está siempre ante vosotros. Resuena en las palabras de nuestros libros, en las figuras de nuestras historias… ¡Animo, buscad! En todas vuestras definiciones hay algo de verdad, pero falta la primera razón. Buscadla no en nuestros días, sino en el pasado más lejano, antes de los profetas, antes de los patriarcas, antes de la creación del Universo…

Los apóstoles están pensativos… pero no hallan la razón. Jesús sonríe. Luego dice:

-Pues, si recordarais mis palabras, encontraríais la razón. Pero podéis recordar todo todavía. Eso sí, un día recordaréis. Escuchad. Remontemos juntos el curso de los siglos, hasta más allá de los límites del tiempo. Vosotros sabéis quién fue el que dañó el espíritu del hombre.

Satanás, la Serpiente, el Adversario, el Enemigo, el Odio.

Llamadlo como queráis. Pero ¿por qué lo dañó? Por una gran envidia: la de ver al hombre destinado al Cielo del que él había sido expulsado. Deseó para el hombre el mismo destierro que había recibido.

¿Por qué había sido expulsado? Por haberse rebelado contra Dios. Esto lo sabéis. ¿Pero en qué? En la obediencia. En el principio del dolor hay una desobediencia. Y entonces, ¿no es también necesariamente lógico que lo que restablezca el orden, que es siempre alegría, sea una obediencia perfecta?

Obedecer es difícil, especialmente si se trata de una materia grave. Lo difícil produce dolor a aquel que lo lleva a cabo. Pensad, pues, si Yo, al que el Amor solicitó si quería devolver la alegría a los hijos de Dios, no tendré que sufrir infinitamente, para llevar a cabo la obediencia al Pensamiento de Dios. Yo, pues, debo sufrir para vencer, para borrar no uno o mil pecados, sino el propio Pecado por excelencia que, en el espíritu angélico de Lucifer o en el que animaba a Adán, fue y será siempre hasta el último hombre, pecado de desobediencia a Dios.

Vosotros, hombres, debéis obedecer limitadamente a eso poco -os parece mucho pero es muy poco-requerido por Dios, que, en su justicia, os pide solamente aquello que podéis dar. Vosotros, de lo que Dios quiere, conocéis solamente lo que podéis cumplir. Pero Yo conozco todo su Pensamiento, respecto a los grandes y pequeños acontecimientos. Yo no tengo puestos límites en el conocimiento ni en la ejecución.

El amoroso sacrificador, el Abraham divino, no exime a su Víctima e Hijo suyo. Es el Amor no satisfecho y ofendido el que exige reparación y ofrecimiento. Y, aunque viviera millares de años, nada sería, si no consumara el Hombre hasta la última fibra; de la misma forma que nada habría sido, si ab aeterno no hubiera dicho Yo “sí” al Padre mío, disponiéndome a obedecer como Dios Hijo y como Hombre, en el momento que mi Padre considerara bueno.

La obediencia es dolor y es gloria. La obediencia, como el espíritu, no muere nunca. En verdad os digo que los verdaderos obedientes serán dioses, aunque después de una lucha continua contra sí mismos, contra el mundo y contra Satanás. La obediencia es luz. Cuanto más se es obediente, más luminoso se es y más se ve. La obediencia es paciencia, y, cuanto más se es obediente, más se soportan las cosas y a las personas. La obediencia es humildad, y, cuanto más obediente se es, más humilde se es para con nuestro prójimo.

La obediencia es caridad porque es un acto de amor, y, cuanto más obediente se es, más numerosos y perfectos son los actos. La obediencia es heroísmo. Y el héroe del espíritu es el santo, el ciudadano de los Cielos, el hombre divinizado.

Si la caridad es la virtud en que uno encuentra a Dios Uno y Trino, la obediencia es la virtud en que soy hallado Yo, vuestro Maestro. Haced que el mundo os reconozca como discípulos míos por una obediencia absoluta a todo lo santo. Llamad a Judas. Tengo que decirle algo también a él…

Judas acude. Jesús señala al panorama que se estrecha a medida que bajan, y dice:

-Una pequeña parábola para vosotros, futuros maestros de espíritu. Cuanto más subáis por el camino de la perfección, que es arduo y penoso, más veréis. Antes veíamos las dos llanuras, filistea y de Sarón, con sus muchos pueblos y campos y árboles frutales, e incluso un azul lejano, que era el gran mar, y el Carmelo verde allá en el fondo.

Ahora no vemos más que un poco. El horizonte se ha estrechado y se seguirá estrechando, hasta desaparecer en el fondo del valle. Lo mismo sucede con quien desciende en el espíritu en vez de subir. Su virtud y sabiduría se van haciendo cada vez más limitadas, y restringido su juicio hasta quedar anulado. En ese momento, un maestro de espíritu ha muerto en orden a su misión. Ya ni discierne ni guía. Es un cadáver y, de la misma manera que se ha corrompido, puede corromper. La bajada, a veces, es estimulante, casi siempre lo es, porque abajo hay satisfacciones de los apetitos.

También nosotros bajamos al valle en busca de descanso y alimento. Pero, si ello es necesario para nuestro cuerpo, no es necesario satisfacer los apetitos de la carne y la desgana del espíritu, bajando a los valles de la sensualidad moral y espiritual. Sólo en un valle se concede poner pie: en el de la humildad. Y es porque a éste el mismo Dios desciende a raptar al espíritu humilde para elevarlo hasta Él. Quien se humilla será enaltecido. Cualquier otro valle es letal, porque aleja del Cielo».

-¿Me has llamado para esto, Maestro?
-Para esto. Has hablado mucho con los que te preguntaban.
-Sí, y no merece la pena; son más duros de mente que los mulos.

-Y Yo he querido expresar un pensamiento donde todo quede reflejado. Para que puedas nutrir tu espíritu.
Judas lo mira confundido. No sabe sí es un don o un reproche. Los otros, que no se habían percatado de la conversación de Judas con los seguidores, no comprenden que Jesús está reprendiendo a Judas por su soberbia.
Y Judas prefiere prudentemente llevar la conversación por otros derroteros, así que pregunta:

-¿Maestro, Tú que piensas? ¿Esos romanos, y lo mismo el hombre de Petra, que han tenido un contacto muy limitado contigo, podrán llegar alguna vez a tu doctrina? ¿Y aquel Alejandro? Se marchó… No volveremos a verlo. Y éstos lo mismo. Se diría que en ellos hay una instintiva búsqueda de la verdad, pero están sumergidos hasta el cuello en el paganismo. ¿Lograrán alguna vez concluir alguna cosa buena?

-¿Quieres decir encontrar la Verdad?
-Sí, Maestro.
-¿Y por qué no iban a lograrlo?

-Porque son pecadores.

-¿Sólo ellos son pecadores? ¿Entre nosotros no hay
pecadores?

-Muchos, lo admito. Pero precisamente lo que yo digo es que si nosotros, nutridos de sabiduría y verdad ya desde hace siglos, somos pecadores y no conseguimos hacernos justos y seguidores de la Verdad que representas, ¿cómo podrán hacerlo ellos, si están saturados de impurezas?

-Todos los hombres, cualquiera que fuera el punto del que partieran, pueden llegar a alcanzar y poseer la Verdad, o sea, a Dios Cuando no hay soberbia de la mente ni depravación de la carne, sino sincera búsqueda de la Verdad y de la Luz, pureza de finalidad y anhelo de Dios, una criatura está ciertamente en el camino de Dios.

-Soberbia de la mente… y depravación de la carne… Maestro… entonces…

-Continúa tu pensamiento, que es bueno.

Judas elude continuar, y dice:

-Entonces ellos no pueden alcanzar a Dios, porque son unos depravados.

-No era eso lo que querías decir, Judas. ¿Por qué has amordazado tu pensamiento y tu conciencia? ¡Oh, qué difícil es que el hombre suba a Dios! Y el obstáculo mayor está en sí mismo, que no quiere confesar y reflexionar sobre sí mismo y sus defectos.

Verdaderamente también Satanás es calumniado muchas veces, cargándole a él toda causa de ruina espiritual. Y más calumniado aún es Dios, al cual se le cargan todos los hechos que suceden. Dios no viola la libertad del hombre.

Satanás no puede prevalecer contra una voluntad asentada en el Bien. En verdad os digo que setenta veces sobre cien el hombre peca por su voluntad. Y -no se considera esto, pero es así-y no se restablece de su pecado porque evita el examinarse, y a pesar de que la conciencia, con imprevisto impulso, se yergue dentro de él y grita las verdades que él no ha querido meditar, el hombre ahoga ese grito, borra esa figura que, severa y dolorosa, se yergue delante de su intelecto, modifica con esfuerzo su pensamiento influido por la voz acusadora, y no quiere decir, por ejemplo:

"Pero entonces nosotros, yo, no podemos alcanzar la Verdad, porque tenemos soberbia de la mente y corrupción de la carne". Sí, en verdad, en nuestro pueblo no se camina hacia la senda de Dios, porque en nuestro pueblo hay soberbia de la mente y corrupción de la carne. Una soberbia que es verdaderamente imitadora de la satánica, tanto que se juzgan u obstaculizan las acciones de Dios cuando son contrarias a los intereses de los hombres y de los partidos. Y este pecado hará de muchos de Israel réprobos eternos.

-Bueno, pero no somos todos así.

-No. Todavía hay espíritus buenos, en todos los niveles; más numerosos entre los humildes del pueblo que entre los doctos y ricos, pero los hay. Mas ¿cuántos son?, ¿cuántos, respecto a este pueblo de Palestina al que desde hace casi tres años evangelizo y favorezco, y por el cual me consumo? Hay más estrellas en una noche nubosa que en Israel espíritus deseosos de venir al Reino mío.
-¿Y los gentiles, esos gentiles, irán?

-No todos, pero sí muchos. Incluso entre mis propios discípulos algunos no perseverarán hasta el final. ¡Pero no nos preocupemos de los frutos que, podridos, caen de la rama! Tratemos, hasta cuando se pueda, de impedir que se pudran, con la dulzura, con la firmeza, con la recriminación y el perdón, con la paciencia y la caridad.

Luego, si dicen "no" a Dios y a los hermanos que quieren salvarlos, y se arrojan en los brazos de la Muerte, de Satanás, y mueren impenitentes, bajemos la cabeza y ofrezcamos a Dios nuestro dolor por no haberlo podido alegrar con esa alma, salvándosela. Todos los maestros tienen experiencia de estas derrotas; las cuales también son útiles, para mantener mortificado el orgullo del maestro de almas y probar la constancia de éste en el ministerio. La derrota no debe cansar la voluntad del educador de espíritus. Es más, debe impulsarlo a hacer más y mejor, en el futuro.

-¿Por qué has dicho al decurión que lo vas a volver a ver en un monte? ¿Cómo puedes saberlo?
Jesús mira a Judas con una mirada larga y extraña, mezcla de tristeza y sonrisa juntas, y dice:

-Porque será uno de los que estén presentes en mi exaltación, y dirá al gran doctor de Israel una severa palabra verdadera. Y desde ese momento comenzará su seguro camino hacia la Luz. Pero ya estamos en Gabaón. Que Pedro vaya con otros siete a anunciarme. Voy a hablar enseguida, para despedir a los que me han seguido desde los pueblos cercanos.

Los demás permanecerán conmigo hasta después del sábado.

Tú, Judas, estáte con Mateo, Simón y Bartolomé.

(No he reconocido en el decurión a ninguno de los soldados presentes en la Crucifixión. Pero debo decir también que centrada en la observación atenta de mi Jesús, no me di mucha cuenta de ellos. Eran, para mí, un grupo de soldados encargados de hacer ese servicio. Nada más. Y además, cuando habría podido observarlos mejor porque "todo estaba consumado", había una luz tan no luz que sólo las caras muy familiares podían ser reconocidas. De todas formas, por las palabras de Jesús pienso que es ese soldado que dice a Gamaliel algunas palabras que no recuerdo y que no puedo verificar, porque estoy sola y no puedo pedir a nadie que me dé el cuaderno de la Pasión).

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