509- El anciano sacerdote Matán acogido con los apóstoles y discípulos que han huido del Templo

Pedro entra y cae en el mismo estado de abatimiento en que cayó en el Jordán después de vadear en Betabara: se relaja derrengado en el primer asiento que encuentra y mete la cabeza entre las manos.

Los otros no están tan abatidos. Pero turbados, pálidos, yo diría: desconcertados, lo están todos; unos más, otros menos. Los hijos de Alfeo, Santiago de Zebedeo y Andrés no responden casi al saludo de José de Seforí y de la mujer de éste (la cual llega con una anciana criada y con pan caliente y alimentos varios). Margziam presenta signos de haber llorado. Isaac acude hacia Jesús y le toma la mano y se la acaricia susurrando:

-Igual que en la noche de la matanza… Y otra vez salvo.

¡Oh, mi Señor, hasta cuándo? ¿Hasta cuándo podrás salvarte?

Éste es el grito que abre las bocas, y todos, confusamente, hablan, refiriendo los maltratos, las amenazas, los miedos sufridos…

Otro golpe en la puerta.

-¿Oye no nos habrán seguido? ¡Ya había dicho yo que viniéramos en pequeños grupos!… -dice Judas Iscariote.

-Hubiera sido mejor, sí. Los tenemos siempre pisándonos los talones. Pero ya… -dice Bartolomé.

José, aunque con pocas ganas, va personalmente a mirar por el ventanillo mientras su mujer dice:

-Desde la terraza podéis bajar a las cuadras y de allí al huerto de atrás. Os lo voy a mostrar…

Pero, mientras se encamina, su marido exclama:

-¡El Anciano José! ¡Qué honor! -y abre la puerta y deja entrar a José de Arimatea.

-Paz a ti, Maestro. Estaba y he visto… Saliendo yo del
Templo profundamente asqueado, Manahén me ha encontrado. Y no poder intervenir, no poder hacerlo, para serte más útil y… ¡Oh!, ¿estás también tú aquí, Judas de Keriot? Tú podrías hacerlo, tú que eres amigo de tantos. ¿No sientes el deber de hacerlo, tú que eres su apóstol?

-Tú eres discípulo…
-No. Si lo fuera, lo seguiría como le siguen otros. Soy un amigo suyo.
-Es lo mismo.
-No. También Lázaro es amigo suyo, y no querrás decir que es discípulo…
-En el alma, sí.

-Todos los que no son diablos son discípulos de su palabra, porque la sienten palabra de Sabiduría.

La pequeña disputa entre José y Judas de Keriot se agota, mientras José de Seforí, comprendiendo ahora -no antes-que algo malo ha sucedido, pregunta a éste o a aquél con interés y muestras de dolor.

-¡Hay que decírselo a José de Alfeo! ¡Eso hay que decirlo! Y encargaré… ¿Qué quieres, José? -pregunta, volviéndose al Anciano, que le ha tocado el hombro para preguntarle algo.

-Nada. Sólo quería felicitarte por tu buen aspecto. Éste es un buen israelita. Fiel y justo en todo. ¡Sí, yo lo sé! De él se puede decir que Dios lo ha probado y conocido…
Otra llamada a la puerta.

Los dos José se dirigen juntos hacia ella para abrirla, y veo que José de Arimatea se inclina para decirle al oído algo al otro, que reacciona con un gesto de viva sorpresa y se vuelve un momento a mirar hacia los apóstoles. Luego abre la puerta.

Nicodemo y Manahén entran, seguidos de todos los pastores-discípulos presentes en Jerusalén, o sea, de Jonatán y de los que fueron discípulos de Juan el Bautista. Luego, con ellos, está el sacerdote Juan junto con otro muy anciano, y Nicolái. Y, al final de todos, Nique con la jovencita que le ha sido confiada por Jesús, y Analía con su madre. Se quitan el velo que esconde sus caras y aparecen sus rostros turbados.

-¡Maestro! ¿Pero qué te está sucediendo? Lo he sabido… antes por la gente que por Manahén… La ciudad está llena de estas voces, como una colmena de zumbidos. Y los que te aman te buscan con solicitud en los lugares donde piensan que estás. Claro, también han ido a tu casa, José… Yo misma estaba yendo a las casas de Lázaro… ¡Esto es demasiado! ¿Cómo te has salvado?

-La Providencia ha velado en defensa de mí. No lloren las discípulas; antes bien, bendigan al Eterno y fortalezcan el propio corazón. Y, a todos vosotros, gracias y bendiciones. No está del todo muerto el amor en Israel. Y ello me consuela.

-Sí. Pero no vayas más al Templo, Maestro. Durante mucho no vayas. ¡No vayas!

Las voces son unánimes al decir estas palabras, y el angustioso "no vayas" retumba entre las robustas paredes de la vieja casa con voz de suplicante advertencia.

El pequeño Marcial, escondido en alguna parte, siente ese rumor y, curioso, acude y mete la carita en la fisura de la cortina. Y al ver a María va donde ella y se refugia entre sus brazos por temor a la reprensión de José de Seforí. Pero José está demasiado intranquilo y ocupado en escuchar a uno o a otro, en aconsejar, en aprobar, etc. como para ocuparse de él, y lo ve sólo cuando el niño -al que la anciana María ha dicho algo-va donde Jesús y, echándole los brazos al cuello, lo besa. Jesús le coge con un brazo y lo arrima a sí, mientras responde a los muchos que le dicen lo que creen que sea mejor hacer.

-No. No me muevo de aquí. A casa de Lázaro, que me esperaba, id vosotros a decir que no puedo. Yo, galileo y amigo de años de la familia, me quedo aquí hasta el ocaso de mañana. Y luego… pensaré a dónde ir…

-Siempre dices esto, y luego vuelves allá. Pero ya no te dejaremos ir. Yo al menos. Verdaderamente te he creído perdido… -dice Pedro, y dos lágrimas se le forman de nuevo en la comisura de sus ojos abombados.

-Nunca he visto una cosa así. Y ya basta. Esto me ha hecho decidirme. Si no me rechazas… Estoy ya demasiado viejo para el altar, pero para morir por ti valgo todavía. Y moriré, si hace falta, entre el vestíbulo y el altar, como el sabio Zacarías; o como Onías, defensor del Templo y del Tesoro (2 Crónicas 24, l7-22; 2 Macabeos 4, 30-35) , moriré fuera del sagrado recinto al que he consagrado mi vida.

¡Pero Tú me abrirás un lugar más santo! ¡No, no puedo seguir viendo la abominación! ¿Por qué mis viejos ojos han tenido que ver tanto? ¡La abominación vista por el Profeta (Daniel 9, 27; ll, 3l; l2, ll) está ya dentro de los muros, y sube, sube como un movimiento de aguas que la riada empuja para sumergir a una ciudad! ¡Sube, sube! Invade los patios y los pórticos, supera los escalones, penetra más adelante.

¡Sube! ¡Sube! ¡Choca ya contra el Santo! ¡La ola fangosa lame ya las piedras que pavimentan el sagrado lugar! ¡Ensombrece los exquisitos colores! ¡Ensucia ya el pie del Sacerdote! ¡Moja la túnica! ¡Empapa el efod! ¡Vela las piedras del racional y ya no se pueden leer las palabras! ¡Oh! ¡Oh! Las ondas de la abominación suben hasta el rostro del Sacerdote Sumo y lo embadurnan, y la Santidad del Señor está debajo de una costra de fango, y la tiara es como un tejido caído en un pantano lodoso. ¡Fango! ¡Fango! ¿Pero sube desde fuera, o es que desde lo alto del Moria rebosa y cae sobre la ciudad y sobre todo Israel?

¡Padre Abraham! ¡Padre Abraham! ¿No querías encender allí el fuego del sacrificio (Génesis 22, l-l8) para que resplandeciera el holocausto del corazón fiel? ¡Ahora, donde debía haber fuego, brota lodo a borbotones! Isaac está en medio de nosotros y el pueblo lo inmola. Pero si pura es la Víctima… si pura es la Víctima… emponzoñados están los sacrificadores. ¡Anatema sobre nosotros! ¡Encima del monte el Señor verá la abominación de su pueblo!… ¡Ah! -y el viejo, que está con el sacerdote Juan, cae abatido al suelo, se cubre la cara y rompe en un desolado llanto de anciano.

-Te lo traía… Hace mucho que quiere… Pero hoy, después de lo que ha visto, nadie podía retenerlo… El anciano Matán (o Natán) tiene frecuentemente espíritu profético, y si bien la vista de sus pupilas se vela cada vez más, la de su espíritu cada vez más se ilumina. Acepta a mi amigo, Señor -dice el sacerdote Juan.

-No rechazo a nadie. Álzate, sacerdote, y alza el espíritu. En lo alto no hay fango. Y el fango no toca a quien sabe estar arriba.

El viejo se alza (pero, lleno de reverencia, antes de hacerlo, toma el borde extremo de la túnica de Jesús y lo besa).

Las mujeres, especialmente Analía, todavía lloran en su velo, conmovidas. Las palabras del anciano aumentan su llanto. Jesús las llama y ellas, desde su rincón, van cabizbajas hasta el Maestro. Si Nique y la madre de Analía saben reprimir el llanto y tenerlo casi escondido, la joven discípula solloza abiertamente, sin contención respecto a quienes la observan no con el mismo sentimiento.

-Perdónala, Maestro. Te debe la vida y te ama. No soporta pensar que te dañen. Y además se ha quedado tan… sola y tan… triste después de que… -dice la madre.

-¡No, no es por eso! ¡No, no es por eso! ¡Señor! ¡Maestro! ¡Salvador mío! Yo… Yo… -Analía no logra hablar, parte por los sollozos, parte por vergüenza, o por otros motivos.

-Ha temido represalias porque es discípula. Sin duda es por eso. Muchos se marchan por ese motivo… -dice Judas Iscariote.

-¡No! ¡Menos todavía por eso! Tú no comprendes nada, hombre, o es que prestas tu pensamiento a otros. Pero Tú, Señor, sabes por qué lloro. Mi temor ha sido que hubieras muerto y que no te hubieras acordado de la promesa… -termina en suspiro, después de haber dicho con fuerza las primeras palabras, al rebelarse a la insinuación de Judas.
Jesús le responde:

-Nunca olvido. No temas. Ve a tu casa tranquila a esperar la hora de mi triunfo y de tu paz. Ve. De un momento a otro se pondrá el sol. Retiraos, mujeres. Y la paz sea con vosotras.

-Señor, no querría dejarte… -dice Nique.
-La obediencia es amor.
-Es verdad, Maestro. ¿Pero por qué no yo también como Elisa?

-Porque tú me eres útil aquí como ella en Nob. ¡Ve, Nique, ve! Que algunos hombres acompañen a las mujeres para que no sean importunadas.
Manahén y Jonatán se preparan a obedecer. Pero Jesús para a Jonatán preguntándole:

-¿Entonces vuelves a Galilea?
-Sí, Maestro. El día después del sábado. Me manda mi patrón.

-¿Tienes sitio en el carro?
-Voy solo, Maestro.
-Entonces llevarás contigo a Margziam y a Isaac. Tú, Isaac, sabes lo que debes hacer; y tú también, Margziam…
-Sí, Maestro -responden los dos, Isaac con su pacífica sonrisa, Margziam con un temblor de llanto en la voz y en los labios.

Jesús lo acaricia y Margziam, olvidando todo comedimiento, se deja caer sobre su pecho y dice:

-¡Dejarte… ahora que te persiguen todos!… ¡Oh, Maestro mío! ¡No volveré a verte!… Has sido todo mi Bien. ¡Todo he encontrado en ti!… ¿Por qué me mandas irme? ¡Déjame morir contigo! ¿Qué crees que me importe ya la vida, si no te tengo a ti?

-Te digo a ti lo que le he dicho a Nique. La obediencia es amor.

-¡Me voy! ¡Bendíceme, Jesús!
Jonatán se marcha con Manahén, con Nique y las otras tres mujeres. También los otros discípulos se marchan en pequeños grupos.

Sólo cuando la habitación -antes muy llena-casi se vacía, se nota la falta de Judas de Keriot. Y muchos se sorprenden, porque estaba allí poco antes y no ha recibido ningún encargo.

-Habrá ido a comprar para nosotros -dice Jesús para impedir comentarios, y sigue hablando con José de Arimatea y Nicodemo, que son los únicos que, junto con los once apóstoles y Margziam, se han quedado. Margziam está al lado de Jesús con la avidez de disfrutar de Él estas últimas horas. Así, Jesús está entre Margziam, jovencito, Marcial, niño, morenitos, delgaditos, igualmente infelices en su niñez e igualmente recogidos en nombre de Jesús por dos buenos israelitas.

José de Seforí y su esposa se han eclipsado prudentemente para dejar libre al Maestro.
Nicodemo pregunta:

-¿Quién es este niño?
-Es Marcial. Un niño que José ha tomado como hijo.
-No lo sabía.

-Nadie, o casi nadie, lo sabe.
-Muy humilde, ese hombre. Otro habría sacado a relucir su acción -observa José.

-¿Tú crees?… Marcial, ve a enseñarle la casa a Margziam… -dice Jesús. Y, una vez que los dos se han marchado, sigue hablando:

-Estás en un error, José. ¡Qué difícil es juzgar con justicia!

-Pero, Señor, recoger a un huérfano, porque está claro que es un huérfano, y no jactarse de ello, es humildad.
-El niño, lo dice su nombre, no es de Israel…
-¡Ah, ahora entiendo! Hace bien entonces en tenerlo oculto.

-Pero ha sido circuncidado…
-No importa… Ya sabes… También Juan de Endor estaba circuncidado… y fue para ti ocasión de censura. José, que además es galileo, podría tener problemas, a pesar de la circuncisión. Hay muchos huérfanos también en Israel… La verdad es que con ese nombre… y con el aspecto…

-¡Hay que ver: sois todos "Israel", incluso los mejores; incluso cuando hacéis el bien no comprendéis y no sabéis ser perfectos! ¿No entendéis todavía que Uno solo es el Padre de los Cielos, y que todas las criaturas son hijas suyas?

¿No entendéis todavía que el hombre puede recibir un único premio o un único castigo, que sean verdaderamente premio o castigo? ¿Por qué haceros esclavos del miedo a los hombres?

¡Ah!, esto es el fruto de la corrupción de la Ley divina, tan trabajada, tan oprimida por leyezuelas humanas, que se llega a ofuscar y a oscurecer incluso el pensamiento del justo que la practica.

¿Acaso en la Ley mosaica -y, por tanto, divina-, o en la premosaica -únicamente moral, o surgida por inspiración celeste-está escrito que el que no era de Israel no podía entrar a formar parte de él? ¿No se lee en el Génesis (Génesis l7, l2): "Cumplidos ocho días, todo niño varón que esté entre vosotros sea circuncidado; tanto el nacido en casa como el comprado, aunque no sea de vuestra estirpe, sea circuncidado"? Esto estaba escrito.

Cualquier otro añadido es vuestro. Se lo he dicho a José y os lo digo a vosotros. Pronto ya no tendrá excesiva importancia la circuncisión antigua. Una nueva, y más verdadera, será aplicada, y en parte más noble. Pero mientras la primera siga, y vosotros, por fidelidad al Señor, la apliquéis al varón nacido de vosotros, o adoptado por vosotros, no os avergoncéis de haberlo hecho en carne de otra estirpe.

La carne es del sepulcro, el alma es de Dios. Se circuncida la carne al no poder circuncidar lo que es espiritual. Pero la señal santa resplandece en el espíritu. Y el espíritu es del Padre de todos los hombres. Meditad en esto.

Un momento de silencio. Luego José de Arimatea se levanta y dice:

-Me marcho, Maestro. Ven mañana a mi casa.
-No. Es mejor que no vaya.
-Entonces a la mía, a la casa que está en el camino que del monte de los Olivos va hacia Betania. Allí hay paz y…
-Tampoco. Iré al monte de los Olivos. Para orar… Mi espíritu busca soledad. Os ruego que me consideréis disculpado.

-Como quieras, Maestro. Y… no vayas al Templo. La paz a ti.
-La paz a vosotros.
Los dos se marchan…

-¡Yo quisiera saber a dónde ha ido Judas! -exclama Santiago de Zebedeo.

-Yo diría que donde los pobres.
-¡Pero está aquí la bolsa!

-No haced caso… Vendrá…

Vuelve María de José con unas lámparas, porque la luz ya no rompe el espesor de la plancha de mica puesta como lucernario en la espaciosa habitación. Y vuelven los dos chicos.
-Estoy contento de dejarte con uno que tiene casi mi nombre. Así, cuando lo llames a él, te acordarás de mí -dice Margziam.
Jesús lo estrecha contra sí.

Vuelve también Judas -le ha abierto la criada-. Entra seguro de sí, sonriente, atrevido.

-Maestro, quería ver… La tempestad está calmada. He acompañado a las mujeres… ¡Qué miedosa esa jovencita! No te he dicho nada porque me lo habrías impedido, y quería ver si había peligro para ti. Pero ya ninguno piensa en ello. El sábado vacía las calles.

-Bueno, bien. Ahora vamos a estar aquí en paz y mañana…
-¡No querrás ya ir al Templo! -gritan los apóstoles.
-No. A nuestra sinagoga, donde hay buenos galileos fieles.

508- Juan será la luz de Cristo hasta el final de los tiempos. El pequeño Marcial-Manasés acogido por José de Seforí

La casa de José no es la de José de Arimatea, sino la de un viejo galileo de Seforí, amigo de los hijos de Alfeo y especialmente de los mayores, porque era amigo, quizás también un poco pariente, del viejo y ya difunto Alfeo.

Y, si no me equivoco, está también muy relacionado con los hijos de Zebedeo por el comercio del pescado seco, que desde el lago de Genesaret se lleva a la capital junto con los otros productos de Galilea estimados por los galileos desarraigados que están en Jerusalén. Esto es lo que deduzco de lo que hablan los dos hijos de Alfeo y Juan y Tomás.

Jesús, sin embargo, está un poco detrás, con Manahén, al que da el encargo de ir donde José de Arimatea y donde Nicodemo con el ruego de que vayan a verlo.

Manahén ejecuta esto enseguida. Jesús se reúne todavía un momento con los tres para recomendar una vez más que sean prudentes en lo que dicen "por amor hacia el levita que los ha puesto a salvo", luego se separa y con pasos largos se echa a andar por un caminucho…
Pero pronto le da alcance Juan.

-¿Por qué has venido?
-No podíamos dejarte así solo… y he venido yo.
-¿Y crees que podrías defenderme tú solo contra tantos?
-No estoy seguro. Pero al menos moriría antes de ti. Y eso me bastaría.

-Morirás mucho tiempo después de mí, Juan. Pero no te sientas contrariado por ello. Si el Altísimo te deja en el mundo es para que le sirvas y sirvas a su Verbo.
-Pero después…

-Después servirás. ¡Cuánto deberías vivir para servirme como nuestros dos corazones querrían! Pero incluso después de muerto me servirás.

-¿Cómo lo voy a hacer, Maestro mío? Si estoy contigo en el Cielo te adoraré. Pero no podré servirte en la Tierra una vez que la haya dejado… -¿Estás seguro? Bueno pues te digo que me servirás hasta mi nueva venida, hasta la venida final.

Muchas cosas aridecerán antes de la última hora, cuales ríos que se secan y pasan a ser tierra polvorienta y pedruscos secos, habiendo sido bonito curso de agua azul y saludable. Pero tú serás todavía río con el sonido de mi palabra y el reflejo de mi luz. Serás la suprema luz que quede para recuerdo de Cristo. Porque serás luz enteramente espiritual, y los últimos tiempos serán lucha de tinieblas contra luz, de carne contra espíritu.

Los que sepan perseverar en la fe encontrarán fuerza, esperanza, confortación, en lo que dejarás después de ti y que será todavía tú mismo… y que, sobre todo, será todavía Yo mismo, porque Yo y tú nos queremos, y donde tú estás Yo estoy y donde Yo estoy tú estás.

Prometí a Pedro que la Iglesia, que tendrá como cúspide y como base mi Piedra, no será desarticulada por el Infierno, con sus repetidos y cada vez más feroces asaltos; mas ahora te digo que aquello que será todavía Yo mismo, y que tú dejarás como luz para quien busca la Luz, no será destruido, a pesar de que el Infierno trate y tratará-de cancelarlo usando todos los modos.

Te digo más: incluso aquellos que crean en mí imperfectamente, porque aun recibiéndome a mí no recibirán a mi Pedro, (Alude Jesús a los futuros protestantes) acudirán siempre a tu faro, como barquichuelos sin piloto y sin brújula que se dirigen hacia una luz en medio de su tempestad, porque luz quiere decir todavía salvación.

-¿Pero qué es lo que dejaré, Señor mío? Yo soy… pobre… ignorante… Tengo sólo el amor…

-Eso es lo que dejarás: el amor. Y el amor hacia tu Jesús será palabra. Y muchos, muchos, incluso entre aquellos que no pertenezcan a mi Iglesia, que no sean de iglesia alguna, pero que busquen luz y consuelo, movidos por el aguijón de su espíritu insatisfecho y por la necesidad de compasión en las penas, irán a ti y me encontrarán a mí.

-Quisiera que los primeros en encontrarte fueran estos crueles judíos, estos fariseos y escribas… Pero no sirvo para tanto…

-No entra cosa alguna donde ya hay llenura. Pero no te desalientes. Tú… Bueno, ya estamos donde José. Llama. Vamos a entrar.

Es una casa estrecha y alta. Al lado tiene un almacén bajo y maloliente de mercancías apiladas; y, al lado de éste, un patio, oscuro a causa de las paredes que se alzan por encima de él, un patio con aspecto casi de posada (como eran entonces las posadas): pórticos para las mercancías, cuadras para los burros, cuartitos, o grandes estancias, para los huéspedes. Aquí hay un patio malamente adoquinado; un pilón, dos cuadras bajas y oscuras, un rústico cobertizo que hace de pórtico, adosado a la casa y con una portezuela que da al almacén. Al lado de éste está la casa que he dicho, vieja, oscura, con una puerta alta y estrecha que se abre sobre tres peldaños de piedra consumida por el uso.

Juan llama a la puerta y espera hasta que un ventanillo se abre y una cara rugosa de anciana escruta desde la penumbra:

-¡Oh, Juan! Abro en seguida. Dios sea contigo -dice la boca que pertenece a esa cara rugosa, y la puerta se abre con mucho ruido de cerrojos.

-No estoy solo, María. Está conmigo el Maestro.
-La paz también a Él, honor de Galilea. Y feliz el día que trae los pies del Santo a la casa de un verdadero israelita. Entra, Señor. Voy inmediatamente a avisar a José. Está haciendo las últimas entregas, porque el ocaso viene solícito en el triste Etanim.

-Déjalo con su trabajo, mujer. Nos vamos a detener hasta mañana.

-Gran alegría para nosotros. Te esperábamos desde hacía tiempo. Y, también, hace días tu hermano José ha mandado a alguien para pedir noticias tuyas. Pero mi marido te explicará mejor. Pues aquí puedes estar… Te dejo, Señor, porque estoy ultimando el pan. Antes del ocaso debe estar cocido. Para cualquier cosa que quieras, Juan sabe dónde encontrarme.

-Ve en paz. No nos hace falta nada, aparte de hospedarnos.
Se quedan solos durante un tiempo. Luego una carita de tez morena se asoma por la cortina que separa de un pasillo la habitación, y da una ojeada, tímida y curiosa al mismo tiempo.

-¿Quién es ese niño? -pregunta Jesús a Juan.
-No lo sé, Señor. No estaba las otras veces. La verdad es que desde que estoy contigo, aquí, por el padre mío, no he vuelto. Ven aquí, niño.

El niño se acerca con pasos cortos.
-¿Quién eres?
-No te lo digo.
-¿Por qué?

-No quiero que se me digan cosas feas. Si las dices te contesto, y José no quiere.

-¡Esta si que es nueva! Maestro, ¡qué piensas Tú? -y Juan ríe, divertido por las razones del hombrecito.
También Jesús sonríe, pero alza la mano y acerca hacia sí al niño. Lo observa. Luego dice:

-¿Y tú sabes quién soy?
-¡Sí que lo sé! Eres el Mesías. El que hará todo el mundo suyo, y entonces no se les dirá cosas feas a los niños como yo.

-¿No eres de Israel, verdad?
-Soy circunciso… Hizo mucho daño… Pero, pero hacía daño también el hambre y… el no tener ya a mi mamá… y a nadie… Pero todavía hace daño el oír que se… que nos… -habiendo perdido toda la intrepidez inicial, llora.

-Debe ser algún huérfano extranjero, Juan. José debe haberlo recogido por compasión y circuncidado… -explica Jesús a Juan, que está asombrado de las razones y del llanto. Y Jesús levanta al niño a pulso y se lo pone encima de las rodillas.

-Dime tu nombre, niño. Yo te quiero. Jesús quiere a todos los niños y especialmente a los huerfanitos. Yo también tengo uno, que se llama Margziam y que….
-Yo también así, porque yo (la pequeña voz se hace susurro apenas perceptible) porque yo soy romano…

-¡Te lo había dicho! ¿Y eres huérfano, verdad?
-Sí… De mi padre no me acuerdo. De mi mamá, sí. Murió cuando yo ya era grande… y me quedé solo, y ninguno me quería consigo. Desde Cesárea a pie, detrás de los viandantes, después de que el patrón se marchó otra vez, lejos. Y mucha hambre. Y, si decía el nombre, palos…

Porque se comprendía por el nombre, ¿eh?! Luego vine aquí, durante una fiesta, y tenía hambre. Entré en los establos con una caravana y me escondí entre la paja, para comer el pienso y las algarrobas de los asnos. Y un burro me mordió y grité y vinieron y me querían pegar. Pero José dijo:

"No, Él lo ha hecho y dice que se haga lo que Él hace. Tomo al niño y lo haré israelita". Y me tomó consigo y me cuidó junto con María. Me puso otro nombre, porque el mío… Pero mi mamá me llamaba Marcial… y las lágrimas vuelven a gotear.

-Y Yo te llamaré Marcial, como tu mamá. Es muy bueno lo que ha hecho José contigo. Debes quererlo mucho.
-Sí. Pero más a ti. Lo dice él. Dice siempre: "Si un día te encuentras con Jesús de Nazaret, el Mesías, ámalo con todo tu ser, porque es por Él por quien estás salvado del error". María decía allí, a la criada, que estaba en casa el Mesías, y he venido para ver al que me había salvado.
-No sabía que José hubiera hecho esto. Era tan… celoso… Jamás habría pensado que pudiera… ¡Pobre José! Celoso y desencantado de sus hijos. No han respetado su pelo blanco.

-Lo sé. Pero, ¿ves?, quizás en este niño se renueva… y olvida. Dios lo compensa así la obra hecha con el niño. ¿Cómo te llamas ahora?

-Con un feo nombre. No me gusta aunque sólo sea porque empieza como el mío: ¡Me llamo Manasés!… Pero María, que comprende, me llama "Man".

Y el niño lo dice con una carita tan acongojada, que Jesús y Juan no pueden contenerse la sonrisa.
Pero Jesús, para consolarlo, explica:

-Manasés es un nombre que para nosotros tiene un dulce significado. Quiere decir: el Señor me ha hecho olvidar todo dolor. José te lo ha puesto queriendo significar que tú le vas a hacer olvidar todos sus dolores. Y lo harás, niño, para mostrarle agradecimiento. Tú mismo, con el nuevo nombre, te dices que el Señor te ha amado tanto que te ha dado un nuevo padre, una madre y una casa. ¿No es verdad?

-Sí. Explicado así, sí… Pero José dice que debo olvidar también mi casa. ¡No quiero olvidar a mi mamá
Jesús mira a Juan, y Juan mira al Maestro, y por encima de la cabecita morena hay toda una conversación de miradas…

-No se debe olvidar a la propia mamá, niño. José se ha explicado mal, o mejor: tú has comprendido mal. Sin duda quería decir que debes olvidar todo el dolor de tu pasado, el dolor de tu casa, porque ahora tienes ésta y tienes que ser feliz.

-¡Ah, así sí! Y María es buena y me hace feliz. Ahora me está haciendo las tortas. Voy a ver si están hechas y te las traigo también a ti -y se desliza hasta el suelo desde las rodillas de Jesús y corre afuera de la habitación. El ruido de los piececitos descalzos se pierde en el largo pasillo.

-¡Esta tendencia persiste siempre, incluso en los mejores de nosotros! ¡Pretender lo imposible! ¡Son más severos que Dios los hijos de su pueblo! ¡Pobre niño! ¿Se puede, acaso, pretender que un hijo olvide a la madre porque ahora sea circunciso? Se lo voy a decir a José.

-No tenía ninguna noticia de que hubiera hecho esto. Mi padre, como muchos galileos, baja aquí durante las fiestas. Y no me ha hablado, como no sabiendo la cosa… ¡Ah!, oigo la voz de José…

Jesús se pone en pie y Juan hace lo mismo, preparados ambos para saludar con los debidos honores al jefe de la casa, que entra y a su vez hace profundas reverencias para terminar arrodillándose a los pies de Jesús.

-Álzate, José. He venido. Ya lo ves.
-Perdona si te he hecho esperar. ¡El viernes es siempre un gran día! A ti la salud, Juan. ¿Tienes noticias de Zebedeo?
-No, desde los Tabernáculos. Ahí le vi.
-Pues ahora sabes que está bien, y lo mismo Salomé. Noticias frescas, de esta mañana, con la última carga de pescado. Y también a ti, Maestro, te puedo decir que todos tus parientes están bien en Nazaret. Al día siguiente del sábado, el que ha venido partirá. Si queréis enviar noticias… ¿Estáis solos?

-No. Dentro de poco estarán aquí los otros…
-¡Bien! Hay sitio para todos. Ésta es una casa fiel. Siento que María haya estado ocupada con el pan y yo con las ventas. Dejados así solos… No te hemos dado el honor ni ofrecido la compañía que corresponden al huésped. ¡Y gran huésped!

-Un hijo de Dios como tú, José. Todos iguales, los que siguen la Ley de Dios.
-¡No, no! Tú eres Tú. No soy un necio como estos judíos. ¡Tú eres el Mesías!

-Por voluntad de Dios. Pero por voluntad mía y deber soy hijo de la Ley como tú.
-Los que te calumnian no saben decir ni hacer lo que ahora dices y siempre haces.

-Pero tú haces mucho de lo que enseño. He visto al niño, José.
-¡Ah!, ¿lo has visto? ¡Ha venido! ¡Sabe que no quiero! Por ti… me agrada. Pero podías no haber sido Tú…
-¿Y entonces? ¿Qué habría sucedido?

-Que… ¡bueno, que no me gusta!
-¿Por qué, José? ¿Por no recibir alabanzas? Tu idea es encomiable, pero el niño podría pensar que te avergüenzas de mostrarlo…
-¡Y es verdad!

-¿Es verdad? ¡Por qué? Explícame esto.

-Pues mira, el niño no ha nacido hebreo de hebreos, ni siquiera de prosélitos, y ni siquiera de mujer hebrea y padre gentil. Es hijo de los romanos, libertos de casa de un romano que estaba en Cesárea Marítima y que había tenido consigo al niño mientras estuvo allí. Pero, cuando partió, no se ocupó de él y se quedó solo. Los hebreos, naturalmente, no lo acogieron. Los romanos… Tú sabes lo que son los romanos… ¡Y además esos romanos de Cesárea!

El niño, mendigando…
-Sí, lo sé. Llegó aquí y tú lo acogiste. Dios ha escrito tu acción en el Cielo.

-¡Y hecho de él un circunciso! Y le he cambiado el nombre. ¡El suyo! ¡Pagano! ¡Idólatra! Pero no quiero que esté a la vista de la gente y que recuerde su pasado.

-¿Por qué, José? -pregunta dulcemente Jesús, y continúa:
-El niño sufre por esto. Se acuerda de su madre. ¡Es comprensible!

-Pero también es comprensible mi deseo de no ser criticado por haber acogido a un…

-A un inocente. Solamente esto, José. ¿Por qué temes el juicio de los hombres cuando un juicio más alto, el divino, sanciona tu acto como santo? ¿Por qué te avergüenzas, por respeto humano o temor a represalias, de una acción buena? ¿Por qué quieres dar al niño una muestra de doblez como la que surge de haberle cambiado el nombre, de ahogar el pasado buscando, por miedo, evitar un daño? ¡Por qué quieres inculcar en el niño el desprecio hacia su padre y su madre?

Mira, José, has hecho una acción digna de alabanza, pero la cubres de polvo con estas… ideas imperfectas. Has imitado un gesto mío. Has acogido mis palabras. Esto está bien. ¿Pero por qué no haces perfecta mi imitación cumpliendo abiertamente la obra y diciendo:

"Sí, el niño era romano, y yo no me he espantado de ello, porque es hijo del Creador como nosotros. Lo único, he querido que estuviera dentro de nuestra Ley y lo he circuncidado? En verdad… la verdadera circuncisión está llegando y la nueva incisión se hará en el corazón de los hombres, de donde será extirpado el anillo estrangulador de la ternaria concupiscencia; así que, si… bueno si el niño hubiera seguido en su ingenuidad hasta ese momento…

Pero no quiero reprenderte por esto. Has hecho bien, tú hebreo, haciéndolo hebreo. Pero déjale su nombre. ¡Cuántos Marciales, Cayos, Félix, Cornelios, Claudios, etc. serán del Cristo y del Cielo! Puede estar él también entre ellos, el niño que no sabe de hebreos ni de gentiles, el niño que llegará a la eterna mayoría de edad cuando la verdadera y nueva Ley quede fundada con el nuevo Templo y con los nuevos sacerdotes, y no como tú crees, sino examinado por Dios y hallado digno de su verdadero Templo.

Déjalo con el nombre que su madre le dio. Es una caricia materna todavía para él. Comprendo lo que has querido decir llamándolo Manasés, pero déjale Marcial. Y a quien te pregunte puedes decirle: "Sí, es Marcial; casi como el discípulo del Cristo, al que le dio el nombre María". Sé valiente en el bien, José. Y serás grande, muy grande.

-Maestro… como Tú quieras. No quiero causarte desagrado. ¡Y crees que… he hecho bien también como hombre?

-Has hecho bien. Tu dolor te ha hecho bueno. Por lo cual, es bueno todo lo que has hecho, y también esto.
Unos golpes en la puerta de la calle interrumpen la conversación.

507- El gran debate con los judíos. Huyen del Templo con la ayuda del levita Zacarías

Jesús entra otra vez en el Templo con apóstoles y discípulos. Y algunos apóstoles, y no sólo apóstoles, le hacen la observación de que es imprudente entrar. Pero Él responde:

-¿Con qué derecho podrían negármelo? ¿Estoy condenado acaso? No, por ahora todavía no lo estoy. Subo, pues, al altar de Dios como todo israelita que teme al Señor. -Pero tienes intención de hablar…

-¿Y no es éste el lugar donde habitualmente se reúnen los rabíes para hablar? Estar fuera de aquí para hablar y adoctrinar es la excepción, y puede representar un descanso que se ha tomado un rabí, o una necesidad personal.

Pero el lugar en que todos apetecen enseñar a los discípulos es éste. ¿No veis en torno a los rabíes gente de todas las nacionalidades, que se acercan a oír al menos una vez a los célebres rabíes? Al menos para poder decir al regresar a su tierra natal:

"Hemos oído a un maestro, a un filósofo hablar según el modo de Israel". Maestro para los que ya son o tienden a ser hebreos; filósofo para los que son gentiles en el verdadero sentido de la palabra. Y los rabíes no se desdeñan de ser escuchados por éstos, porque esperan hacer de ellos prosélitos. Sin esta esperanza, que si fuera humilde sería santa, no estarían en el Patio de los Paganos, sino que exigirían hablar en el de los Hebreos, y, si fuera posible, en el Santo mismo, porque, según su juicio sobre sí mismos, son tan santos que sólo Dios es superior a ellos…

Y Yo, Maestro, hablo donde hablan los maestros. Pero ¡no temáis! No es todavía su momento. Cuando sea su momento os lo diré, para que fortalezcáis vuestro corazón.

-No lo dirás -dice Judas Iscariote.
-¿Por qué?

-Porque no lo podrás saber. Ninguna señal te lo indicará.

No hay señal. Hace casi tres años que estoy contigo y siempre te he visto amenazado y perseguido. Es más, antes estabas solo, mientras que ahora tienes detrás de ti al pueblo que te ama y que es temido por los fariseos. Así que eres más fuerte. ¿Por qué cosa esperas comprender el momento?

-Por lo que veo en el corazón de los hombres.
Judas se queda un momento desorientado, luego dice:
-Y tampoco lo dirás porque… al dudar de nuestro valor, nos eximirás de ello. -Por no afligirnos, calla -dice Santiago de Zebedeo.

-También. Pero seguro que no lo dirás.

-Os lo diré. Y hasta que no os lo diga, cualquiera que fuese la violencia y el odio que vierais contra mí, no os asustéis. Son cosas sin consecuencias. Seguid adelante. Yo me quedo aquí a esperar a Manahén y a Margziam.

A regañadientes, los doce y quien está con ellos se adelantan. Jesús vuelve hacia la puerta para esperar a los dos; es más, sale a la calle y tuerce hacia la Antonia.
Unos legionarios, parados al pie de la fortaleza, lo señalan -unos a otros se lo señalan-y hablan entre sí.

Parece que hay un poco de discusión, luego uno dice más fuerte:

-Yo se lo pregunto -y se separa yendo hacia Jesús.
-¡Salve, Maestro! ¿Vas a hablar también hoy ahí dentro?
-Que la Luz te ilumine. Sí. Hablaré.

-Entonces… ten cuidado. Uno que sabe nos ha advertido. Y una que te admira ha ordenado vigilar. Estaremos al lado del subterráneo de oriente. ¿Sabes dónde está la entrada?
-No lo ignoro. Pero está cerrada por las dos partes.

-¿Tú crees? -El legionario ríe con una breve sonrisa, y en la sombra de su yelmo los ojos y dientes brillan haciéndolo más joven. Luego, cuadrándose, saluda:

-¡Salve, Maestro! Acuérdate de Quinto Félix.

-Me acordaré. Que la Luz te ilumine.
Jesús echa a andar de nuevo y el legionario regresa al sitio de antes y habla con sus compañeros.

-¿Maestro, hemos tardado? ¡Eran muchos los leprosos! -dicen juntos Manahén -vestido sencillamente de marrón oscuro-y Margziam.

-No. Habéis tardado poco. De todas formas, vamos; los otros nos esperan. ¡Manahén, has sido tú el que ha avisado a los romanos?

-¿De qué, Señor? No he hablado con nadie. Y no sabría… Las romanas no están en Jerusalén».
De nuevo están junto a la puerta de la muralla y, como si estuviera por azar, está allí cerca el levita Zacarías.
-La paz a ti, Maestro. Quiero decirte… Trataré de estar siempre donde tú aquí dentro. Y no me pierdas de vista. Y, si hay tumulto y ves que me marcho, trata de seguirme siempre. ¡Te odian mucho! No Puedo hacer más… Compréndeme…

-Que Dios te lo pague y te bendiga por la piedad que tienes por su Verbo. Haré lo que dices. Y no temas, que ninguno sabrá de tu amor por mí.
Se separan.

-Quizás ha sido él el que se lo ha dicho a los romanos. Estando ahí dentro, habrá sabido… -susurra Manahén.
Van a orar, pasando entre la gente, que los mira con diferentes sentimientos, y que se reúne luego detrás de Jesús cuando, terminada la oración, Él vuelve del patio de los Hebreos.

Fuera ya de la segunda muralla, Jesús hace ademán de pararse, pero un grupo mixto de escribas, fariseos y sacerdotes, lo rodea. Uno de los magistrados del Templo habla por todos.

-¿Estás todavía aquí? ¿No comprendes que no te aceptamos?

¿No temes siquiera el peligro que te amenaza? Vete. Ya es mucho si te dejamos orar. No te permitimos ya más que enseñes tus doctrinas.
-Sí. Vete. ¡Vete, blasfemo!
-Sí, me voy, como queréis. Y no sólo fuera de estos muros.

Me voy a marchar, estoy ya marchándome, más lejos, a donde ya no podréis ir. Y llegarán horas en que me buscaréis también vosotros, y ya no sólo para perseguirme, sino también por un supersticioso terror de una acción contra vosotros por haberme echado; por una ansia supersticiosa de ser perdonados de vuestro pecado para obtener misericordia. Pero os digo que ésta es la hora de la misericordia, la hora de hacerse amigos del Altísimo.

Pasada esta hora, será inútil todo remedio. Ya no me tendréis, y moriréis en vuestro pecado. Aunque recorrierais toda la Tierra y lograrais alcanzar astros y planetas, no me encontraríais, porque a donde Yo voy vosotros no podéis ir. Ya os lo he dicho. Dios viene y pasa. El sabio lo acoge con sus dones cuando pasa. El necio lo deja marcharse y ya no vuelve a encontrarlo.

Vosotros soy de abajo, Yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, Yo no soy de este mundo. Por eso, una vez que Yo haya regresado a la morada de mi Padre, fuera de este mundo vuestro, ya no me encontraréis y moriréis en vuestros pecados, porque ni siquiera sabréis alcanzarme espiritualmente con la fe.

-¿Te quieres matar, endemoniado? Claro que, entonces, en el Infierno donde bajan los violentos nosotros no podremos alcanzarte, porque el Infierno es de los condenados, de los malditos, y nosotros somos los benditos hijos del Altísimo -dicen algunos.

Y otros aprueban, diciendo:

-Seguro que se quiere matar, porque dice que a donde Él va nosotros no podemos ir. Comprende que ha sido descubierto y que ha fallado el intento, y se quita la vida sin esperar a que se la quiten, como al otro galileo falso Cristo.

Y otros, benévolos:

-¿Y si fuera realmente el Cristo y realmente volviera a Aquel que lo ha enviado?
-¿A dónde? ¿Al Cielo? ¿No está allí Abraham y piensas que va a ir Él? Antes tiene que venir el Mesías.

-Pero Elías fue raptado al Cielo en un carro de fuego.
-En un carro, sí. Pero al Cielo… ¿quién lo asegura?
Y el contraste continúa mientras fariseos, escribas, magistrados, sacerdotes, judíos al servicio de sacerdotes, escribas y fariseos, van siguiendo a Cristo por los amplios pórticos como una jauría de perros acosa a la salvajina levantada.

Pero algunos, los buenos de la masa hostil, aquellos a quienes verdaderamente mueve un deseo honesto, se abren paso hasta llegar a Jesús y le hacen esa ansiosa pregunta que tantas veces se ha oído hacer, o con amor o con odio:

-¿Quién eres Tú? Dínoslo, para que sepamos obrar en consecuencia. ¡Di la verdad en nombre del Altísimo!

-Yo soy la Verdad misma y no uso nunca la mentira. Yo soy el que siempre os he dicho que soy, desde el primer día que he hablado a las muchedumbres, en todo lugar de Palestina; el que aquí he dicho que soy, varias veces, cerca del Santo de los Santos, cuyos rayos no temo porque digo la verdad.

Todavía me quedan de decir muchas cosas, y de juzgar en mi día y respecto a este pueblo, y, aunque parezca para mí cercano ya el atardecer, sé que las diré y que juzgaré a todos, porque así me lo ha prometido el que me ha enviado, que es veraz. El ha hablado conmigo en un eterno abrazo de amor, diciéndome todo su Pensamiento, para que Yo lo pudiera expresar con mi Palabra al mundo, y no podré callar, ni nadie podrá hacerme callar hasta que haya anunciado al mundo todo aquello que he oído al Padre mío.

-¿Y todavía blasfemas? ¿Sigues llamándote Hijo de Dios?

¿Y quién piensas que te va a creer? ¿Quién crees que va a ver en ti al Hijo de Dios? -le dicen los enemigos, gesticulando casi con los puños delante de la cara, pareciendo, a causa del odio, personas trastornadas.

Apóstoles, discípulos y la gente bienintencionada los rechazan, formando como una barrera de protección para el Maestro. El levita Zacarías, lentamente, con movimientos atentos para no llamar la atención de los energúmenos, se acerca a Jesús, a Manahén y a los dos hijos de Alfeo.

Ya están en el final del pórtico de los Paganos, porque la marcha es lenta entre las corrientes contrarias, y Jesús se detiene en su sitio habitual, en la última columna del lado oriental. Se para. Del lugar donde hasta los paganos están no pueden expulsar a un verdadero israelita, so pena de soliviantar a la muchedumbre, cosa que los farsantes evitan hacer. Y allí empieza a hablar otra vez, respondiendo a sus ofensores y con ellos a todos:

-Cuando elevéis al Hijo del hombre… Gritan los fariseos y escribas:

-¿Quién crees que te va a elevar? Mísero es el país que tiene por rey a un charlatán desquiciado y a un blasfemo aborrecido por Dios. Ninguno de nosotros te alzará, puedes estar seguro. El resto de luz que te queda te lo hizo comprender a tiempo, cuando fuiste tentado. ¿Sabes que nunca podremos hacerte nuestro rey!

-Lo sé. No me elevaréis a un trono, pero me elevaréis. Y alzándome, creeréis que me estáis bajando. Pero precisamente cuando creáis que me habéis bajado, seré alzado. No sólo en Palestina, no sólo en todo el Israel esparcido por el mundo, sino en todo el mundo, incluso en las naciones paganas, incluso en los lugares todavía ignorados por los doctos del mundo. Y seré elevado no durante una vida de hombre, sino durante toda la vida de la Tierra, y la sombra del dosel de mi trono se irá extendiendo cada vez más sobre la Tierra hasta cubrirla por entero. Sólo entonces volveré y me veréis. ¡Me veréis!

-¿Pero estáis oyendo que forma demente de hablar? ¿Lo elevaremos bajándolo y lo bajaremos alzándolo! ¡Un loco! ¡Un loco! ¡Y la sombra de su trono sobre toda la Tierra! ¡Más grande que Ciro! ¡Más que Alejandro! ¡Más que César! ¿Dónde pones a César? ¿Crees que te va a dejar tomar el imperio de Roma? ¿Y permanecerá en el trono durante todo el tiempo del mundo! ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!

Con su ironía dan bofetadas, más latigazos, peor que con un flagelo.

Pero Jesús deja que hablen. Alza la voz para ser oído en medio del clamor de quien se ríe y de quien defiende, y que llena el lugar con rumor de mar agitado.

-Cuando levantéis al Hijo del hombre, comprenderéis quién soy y que no hago por mí mismo nada, sino que digo aquello que mi Padre me ha enseñado y hago lo que Él quiere. Y el que me ha enviado, ciertamente, no me deja solo, sino que está conmigo.

De la misma manera que la sombra sigue al cuerpo, lo mismo está el Padre detrás de mí, vigilante y aunque invisible, presente. Está detrás de mí y me conforta y ayuda y no se aleja, porque hago siempre lo que a Él le agrada. Dios, por el contrario, se aleja cuando sus hijos no obedecen sus leyes e inspiraciones. Entonces se marcha y los deja solos. Por eso muchos en Israel pecan. Porque el hombre, abandonado a sí mismo, difícilmente se conserva justo y fácilmente cae en las espiras de la Serpiente.

Y en verdad, en verdad os digo que por vuestro pecado de resistencia a su Luz y Misericordia Dios se aleja de vosotros y dejará vacío de sí este lugar y vuestros corazones; y lo que con llanto dijo Jeremías en sus profecías y lamentaciones se cumplirá exactamente.

Meditad esas palabras proféticas, y temblad. Temblad y entrad otra vez en vosotros mismos con espíritu bueno. Oíd no las amenazas, sino aún la bondad del Padre que advierte a sus hijos mientras todavía les es concedido reparar y salvarse.

Oíd a Dios en las palabras y en los hechos y, si no queréis creer en mis palabras, porque el viejo Israel os ahoga, creed al menos en el viejo Israel. En él gritan los profetas los peligros y las calamidades de la Ciudad Santa y de toda nuestra Patria, si no se convierte al Señor su Dios y no sigue al Salvador. Ya pesó sobre este pueblo la mano de Dios en los siglos pasados.

Pero el pasado y el presente no serán nada respecto al tremendo futuro que le espera por no haber querido acoger a Aquel al que Dios ha enviado. Ni en rigor ni en duración es comparable lo que espera al Israel que repudia al Cristo.

Yo os lo digo, adelantando la mirada a través de los siglos: como árbol tronchado y arrojado a un vortiginoso río, así será la raza hebraica alcanzada por el anatema divino. Tenaz, tratará de detenerse en las orillas en uno u otro punto; siendo exuberante, brotarán de él vástagos y raíces.

Pero, cuando ya crea que ha arraigado, volverá contra él la violencia de la riada y ésta volverá a arrancarlo, romperá sus raíces y vástagos y el árbol irá más allá, a sufrir, para arraigar y ser de nuevo arrancado y vagar de nuevo. Y nada podrá darle paz, porque la riada que hostigará será la ira de Dios y el desprecio de los pueblos.

Sólo arrojándose a un mar de Sangre viva y santificante podría hallar paz. Pero evitará esa Sangre, porque, a pesar de las palabras de solicitación que ésta le dirigirá, le parecerá -Caín del Abel celeste-oír la voz de la sangre de Abel.

Otro amplio rumor que se propaga por el vasto recinto como rumor de olas. Pero en este rumor faltan las voces ásperas de los fariseos y escribas, y de los judíos a ellos subyugados. Jesús aprovecha para tratar de marcharse.

Pero algunos que estaban lejos se acercan a Él y le dicen:

-Maestro, escúchanos. No todos somos como ellos (y señalan a los enemigos), pero nos es costoso seguirte, incluso porque tu voz está sola contra una gran abundancia de voces que dicen lo contrario de lo que dices Tú. Y las cosas que dicen ellos son las que hemos oído a nuestros padres desde que éramos niños. Pero tus palabras nos inducen a creer.

¿Cómo lograremos, pues, creer completamente y tener vida? Estamos como atados por el pensamiento del pasado…

-Si os establecéis en mi Palabra como si renacierais ahora, creeréis completamente y seréis mis discípulos.

Pero es necesario que os despojéis del pasado y aceptéis mi doctrina, que no borra todo el pasado, sino que mantiene y vigoriza lo santo y sobrenatural del pasado y quita lo superfluo humano, y coloca la perfección de mi doctrina donde ahora están las doctrinas humanas, que siempre son imperfectas. Si venís a mí, conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres.

-Maestro, es verdad que te hemos dicho que estamos como atados por el pasado. Pero este vínculo no es cautiverio ni esclavitud. Nosotros somos descendencia de Abraham. En las cosas del espíritu. Porque con "descendencia de Abraham", si no nos equivocamos, se quiere significar descendencia espiritual contrapuesta a la de Agar, que es descendencia de esclavos. ¿Cómo es que dices, entonces, que seremos libres?

-Os hago la observación de que también era descendencia de Abraham Ismael y los hijos de él. Porque Abraham fue padre de Isaac y de Ismael.

-Pero impura, porque era hijo de una mujer esclava y egipcia.

-En verdad, en verdad os digo que no hay más que una esclavitud, la del pecado. Sólo el que comete pecado es un esclavo, y esta esclavitud ninguna moneda la rescata. Hacia un amo implacable y cruel. Una esclavitud que incluye la pérdida de todos los derechos a la libre soberanía en el Reino de los Cielos. El esclavo, el hombre hecho esclavo por una guerra o por desgracias, puede caer en manos de un buen amo. Pero siempre es precaria su buena posición, porque el amo puede venderlo a otro amo, cruel.

El esclavo es una mercancía y nada más. A veces sirve como moneda para saldar una deuda. Y ni siquiera tiene el derecho a llorar. El criado, sin embargo, vive en la casa de su señor, si bien sólo mientras éste no lo despide.

Pero el hijo se queda siempre en la casa de su padre y el padre no piensa en echarlo. Sólo por su libre voluntad puede salir. Y en esto está la diferencia entre esclavitud y servidumbre y entre servidumbre y filiación. La esclavitud encadena al hombre, la servidumbre lo pone al servicio de un señor, la filiación lo coloca para siempre, y con igualdad de vida, en la casa del padre.

La esclavitud aniquila al hombre, la servidumbre lo somete, la filiación lo hace libre y feliz. El pecado hace al hombre esclavo del amo más cruel y sin término: Satanás. La servidumbre, en este caso la antigua Ley, hace al hombre temeroso de Dios, como de un Ser intransigente. La filiación, o sea, el ir a Dios junto con su Primogénito, conmigo, hace del hombre un ser libre y feliz, que conoce la caridad de su Padre y en ella confía.

Aceptar mi doctrina es ir a Dios junto conmigo, Primogénito de muchos hijos preferidos. Yo romperé vuestras cadenas -basta con que vengáis a mí para que las rompa-, y seréis verdaderamente libres y coherederos conmigo del Reino de los Cielos. Sé que sois descendencia de Abraham. Pero aquel de vosotros que trate de hacerme morir ya no honra a Abraham sino a Satanás, y sirve a éste como fiel esclavo.

¿Por qué? Porque rechaza mi palabra; de forma que mi palabra no puede penetrar en muchos de vosotros. Dios no fuerza al hombre a creer, no lo fuerza a aceptarme; pero me envía para que os indique cuál es su voluntad. Y Yo os refiero lo que he visto y oído al lado de mi Padre. Y hago lo que Él quiere. Pero aquellos de vosotros que me persiguen hacen lo que han aprendido de su padre y lo que él sugiere.

Como paroxismo que resurge después de una pausa del mal, la ira de los judíos, fariseos y escribas, que parecía muy calmada, se despierta violenta. Se van introduciendo como una cuña en el círculo compacto que aprieta a Jesús, y tratan de llegarse a Él. La masa de gente se mueve con vaivén de fuertes y contrarias ondas, como contrarios son los sentimientos de los corazones. Gritan los judíos, lívidos de ira y de odio:

-¡El padre nuestro es Abraham! ¡No tenemos ningún otro padre!

-El Padre de los hombres es Dios. El mismo Abraham es hijo del Padre universal. Pero muchos repudian al Padre verdadero a cambio de uno que no es padre, pero que lo eligen como tal porque parece más poderoso y dispuesto a contentarlos en sus deseos desordenados. Los hijos hacen las obras que ven hacer a su padre. Si sois hijos de Abraham, ¿por qué no hacéis las obras de Abraham?

¿No las conocéis? ¿Os las debo enumerar como naturaleza y como símbolo? (Génesis l2; l3; l5; l8; 22) Abraham obedeció yendo al país que le fue indicado por Dios, y es figura del hombre que debe estar preparado para dejar todo e ir a donde Dios lo envíe.

Abraham fue condescendiente con el hijo de su hermano y le dejó elegir la región preferida, y es figura del respeto a la libertad de acción y de la caridad que debemos tener para con nuestro prójimo.

Abraham fue humilde después de la predilección de Dios y lo honró en Mambré, y se sintió siempre nada respecto al Altísimo, que le había hablado; es figura de la postura de amor reverencial que el hombre debe tener siempre hacia su Dios.

Abraham creyó en Dios y lo obedeció incluso en las cosas más difíciles de creer y penosas de cumplir, y por el hecho de sentirse seguro no se hizo egoísta, sino que oró por los de Sodoma.

Abraham no buscó un pacto con el Señor queriendo un premio por sus muchas obediencias, sino que, al contrario, para honrarlo hasta el fin, hasta el máximo límite, le sacrificó su amadísimo hijo…
-No lo sacrificó.

-Le sacrificó su amadísimo hijo, porque verdaderamente su corazón ya había sacrificado durante el trayecto, con su voluntad de obedecer, que fue detenida por el ángel cuando ya el corazón del padre se partía estando para partir el corazón de su hijo. Mataba al hijo por honrar a Dios.

Vosotros le matáis a Dios el Hijo por honrar a Satanás.

¿Hacéis, pues, vosotros las obras de aquel a quien llamáis padre? No, no las hacéis.

Tratáis de matarme a mí porque os digo la verdad tal y como la he oído de Dios. Abraham no hacía eso. No trataba de matar la voz que venía del Cielo, sino que la obedecía.

No, vosotros no hacéis las obras de Abraham, sino las que os indica vuestro padre.

-No hemos nacido de una prostituta. No somos espurios. Has dicho, Tú mismo lo has dicho, que el Padre de los hombres es Dios, y nosotros además somos del Pueblo elegido, y pertenecemos a las castas distinguidas de este Pueblo. Por tanto, tenemos a Dios como único Padre.

-Si reconocierais a Dios como Padre en espíritu y en verdad, me amaríais, porque Yo procedo y vengo de Dios; ciertamente no vengo de mí mismo, sino que es Él el que me ha enviado. Por eso, si verdaderamente conocierais al Padre, me conoceríais también a mí como Hijo suyo y hermano y Salvador vuestro. ¿Pueden los hermanos no reconocerse? ¿Pueden los hijos de Uno solo no conocer el lenguaje que se habla en la Casa del único Padre?

¿Por qué, entonces, no comprendéis mi lenguaje y no toleráis mis palabras? Porque Yo vengo de Dios y vosotros no. Vosotros habéis abandonado el hogar paterno y habéis olvidado el rostro y el lenguaje de Aquel que lo habita.

Habéis ido voluntariamente a otras regiones, a otras moradas, donde reina otro, que no es Dios, y donde se habla otro idioma. Y quien allí reina impone que, para entrar, uno se haga hijo suyo y lo obedezca. Y vosotros lo habéis hecho y seguís haciéndolo.

Vosotros abjuráis, renegáis del Padre Dios para elegiros otro padre. Y éste es Satanás. Vosotros tenéis como padre al demonio y queréis llevar a cabo lo que él os sugiere. Y los deseos del demonio son de pecado y violencia, y vosotros los acogéis. Desde el principio era homicida, y no perseveró en la verdad porque él, que se rebeló contra la Verdad, no puede tener en sí amor a la verdad. Cuando habla, habla como lo que es, o sea, como mentiroso y tenebroso, porque verdaderamente es mentiroso y ha engendrado y ha dado nacimiento a la mentira tras haberse fecundado con la soberbia y nutrido con la rebelión.

Toda la concupiscencia está en su seno, y la escupe e inocula para envenenar a las criaturas. Es el tenebroso, el menospreciador, el rastrero reptil maldito, es el Oprobio y el Horror. Desde hace muchos siglos sus obras atormentan al hombre, y las señales y frutos de ellas están ante las mentes de los hombres. Y, no obstante, a él, que miente y destruye, le prestáis oídos, mientras que si hablo Yo y digo lo que es verdad y es bueno no me creéis y me llamáis pecador.

¿Pero quién de entre los muchos que me han conocido, con odio o amor, puede decir que me ha visto pecar? ¿Quién puede decirlo con verdad? ¿Dónde, las pruebas para convencernos a mí y a los que creen en mí de que soy pecador?

¿Contra cuál de los diez mandamientos he faltado? ¿Quién, ante el altar de Dios, puede jurar que me ha visto violar la Ley y las costumbres, los preceptos, las tradiciones, las oraciones?

¿Quién de entre todos los hombres podrá hacerme mudar el rostro por haber sido convencido, con pruebas seguras, de pecado? Ninguno puede hacerlo. Ningún hombre y ningún ángel. Dios grita en el corazón de los hombres: "Es el Inocente".

De esto estáis todos convencidos, y, vosotros que me acusáis, más todavía que estos otros, que vacilan acerca de quién entre Yo y vosotros tiene razón. Mas sólo el que es de Dios escucha las palabras de Dios. Vosotros no las aceptáis a pesar de que resuenen en vuestras almas día y noche, y no las escucháis porque no sois de Dios.

-¿Nosotros, nosotros que vivimos para la Ley y en la más minuciosa observancia de los preceptos para honrar al Altísimo, no somos de Dios? ¿Y Tú osas decir esto? ¡Ah!

Parecen ahogarse del horror, como si fuera un dogal.

-¿Y no hemos de decir que eres un endemoniado y un samaritano?

-No soy ni lo uno ni lo otro, sino que honro a mi Padre, aunque vosotros lo neguéis para vilipendiarme. Pero vuestro vilipendio no me aflige. No busco mi gloria. Hay quien se preocupa de ella y juzga. Esto os digo a vosotros que me queréis denigrar. Pero a los que tienen buena voluntad les digo que quien acoja mi palabra, o ya la haya acogido, y la sepa custodiar, no verá la muerte por los siglos de los siglos.

-¡Ah! ¡Ahora vemos claro que por tus labios habla el demonio que te posee! Tú mismo lo has dicho: "Habla como mentiroso". Lo que acabas de decir es palabra mentirosa, por tanto es palabra demoníaca. Abraham murió y murieron los profetas. Y dices que el que guarde tu palabra no verá la muerte por los siglos de los siglos. ¡Entonces Tú no vas a morir?

-Moriré sólo como Hombre, para resucitar en el tiempo de Gracia, pero como Verbo no moriré. La Palabra es Vida y no muere. Y quien acoge en sí la Palabra tiene en sí la Vida y no muere para siempre, sino que resucita en Dios porque Yo lo resucitaré.

-¡Blasfemo! ¡Loco! ¡Demonio! ¿Eres más que nuestro padre Abraham, que murió, y que los profetas? ¿Quién te crees ser?
-El Principio que os habla.

-Se produce un pandemónium. Y, mientras esto sucede, el levita Zacarías empuja a Jesús insensiblemente hacia un ángulo del pórtico, ayudado en ello por los hijos de Alfeo y por otros que quizás colaboran, sin quizás saber siquiera bien lo que hacen.

Cuando Jesús está bien arrimado al muro y tiene delante de sí la protección de los más fieles, y un poco se calma el tumulto también en el patio, dice con su voz incisiva y hermosa, tranquila incluso en los momentos más agitados:

-Si me glorifico a mí mismo, no tiene valor mi gloria. Todos pueden decir de sí lo que quieran. Pero el que me glorifica es mi Padre, el que decís que es vuestro Dios, si bien es tan poco vuestro que no lo conocéis y no lo habéis conocido nunca ni lo queréis conocer a través de mí, que os hablo de Él porque lo conozco. Y si dijera que no lo conozco para calmar vuestro odio hacia mí, sería un embustero como lo sois vosotros diciendo que lo conocéis.

Yo sé que no debo mentir por ningún motivo. El Hijo del hombre no debe mentir, si bien el decir la verdad será causa de su muerte. Porque si el Hijo del hombre mintiera, ya no sería verdaderamente Hijo de la Verdad y la Verdad lo alejaría de sí. Yo conozco a Dios, como Dios y como Hombre. Y como Dios y como Hombre conservo sus palabras y las acato.

¡Israel, reflexiona! Aquí se cumple la Promesa. En mí se cumple. ¡Reconóceme en lo que soy! Vuestro padre Abraham suspiró por ver mi día. Lo vio proféticamente por una gracia de Dios, y exultó. Y vosotros en verdad lo vivís…

-¡Cállate! ¡No tienes todavía cincuenta años y pretendes decir que Abraham te ha visto y que Tú lo has visto? -y su carcajada de burla se propaga como una ola de veneno o de ácido corrosivo.

-En verdad, en verdad os lo digo: antes de que Abraham naciera, Yo soy.

-“¿Yo soy?” Sólo Dios puede decir que es, porque es eterno. ¡No tú! ¡Blasfemo! “¡Yo soy!” ¡Anatema! ¿Eres, acaso, Dios para decirlo?, le grita uno que debe ser un alto personaje porque acaba de llegar y ya está cerca de Jesús, dado que todos se han apartado con terror cuando ha venido.

-Tú lo has dicho -responde Jesús con voz de trueno.

Todo se hace arma en las manos de los que odian. Mientras el último que ha preguntado al Maestro se entrega a toda una mímica de escandalizado horror y se quita violentamente la prenda que cubre su cabeza, y se alborota el pelo y la barba y se desata las hebillas que sujetan la túnica al cuello, como si se sintiera desfallecer del horror, puñados de tierra, y piedras (usadas por los vendedores de palomas y otros animales para tener tensas las cuerdas de los cercados, y por los cambistas para… prudente custodia de sus arquetas, de las que se muestran más celosos que de la propia vida) vuelan contra el Maestro, y naturalmente caen sobre la propia gente, porque Jesús está demasiado dentro, bajo el pórtico, como para ser alcanzado, y la gente impreca y se queja…

Zacarías, el levita, da -único medio para hacerlo llegar hasta una puertecita baja, escondida en el muro del pórtico y ya preparada para abrirse-un fuerte empujón a Jesús; lo empuja hacia la puerta a la par que a los dos hijos de Alfeo, Juan, Manahén y Tomás. Los otros se quedan afuera, en el tumulto… Y el rumor de éste llega debilitado a la galería que está entre unos poderosos muros de piedra que no sé cómo se llaman en arquitectura.

Están construidos con técnica de ensamblaje, diría yo, o sea, con piedras anchas y piedras más pequeñas, y encima de éstas, sobre las pequeñas, las anchas, y viceversa. No sé si me explico bien. Oscuras, fuertes, talladas toscamente, apenas visibles en la penumbra producida por estrechas aspilleras puestas arriba a distancias uniformes, para ventilar y para que no sea completamente tenebroso este lugar, que es una angosta galería que no sé para lo que sirve, pero que me da la impresión de que da la vuelta por todo el patio.

Quizás había sido hecha como protección, como refugio, para hacer dobles y, por tanto, más resistentes los muros de los pórticos, que forman como cinturones de protección para el Templo propiamente dicho, para el Santo de los Santos. En fin, no sé. Digo lo que veo. Olor de humedad, de esa humedad que no se sabe decir si es frío o no, como en ciertas bodegas.

-¿Y qué hacemos aquí? -pregunta Tomás.
-¡Calla! Me ha dicho Zacarías que vendrá, y que estemos callados y parados -responde Judas Tadeo.
-Pero… ¿podemos fiarnos?
-Eso espero.

-No temáis. Ese hombre es bueno -consuela Jesús.
-Afuera, el tumulto se aleja. Pasa tiempo. Luego, un rumor de pasos y una pequeña luz trémula que se acerca desde profundidades oscuras.

-¿Estás ahí, Maestro? -dice una voz que quiere ser oída pero teme que la oigan.
-Sí, Zacarías.

-¡Alabado sea Yeohveh! ¿He tardado? He tenido que esperar a que corrieran todos hacia las otras salidas. Ven, Maestro… Tus apóstoles… He podido decirle a Simón que vayan todos hacia Betesda y que esperen. Por aquí se baja… Poca luz. Pero camino seguro. Se baja a las cisternas… y se sale hacia el Cedrón. Camino antiguo. No siempre destinado a buen uso, pero esta vez sí… y esto lo santifica…

Bajan continuamente en medio de sombras quebradas sólo por la llamita tembleteante de la lámpara, hasta que un claror distinto se vislumbra en el fondo… y detrás el claror del verde, que parece lejano… Una verja -tan maciza y apretada que es casi puerta-termina la galería.

-Maestro, te he salvado. Puedes marcharte. Pero, escúchame: no vuelvas durante un tiempo. No podría servirte siempre sin ser notado; y… olvida, olvidad todos este camino, y a mí que os he guiado aquí -dice Zacarías, moviendo unos artificios que hay en la pesada verja, y entreabriendo ésta lo indispensable para dejar salir a las personas. Y repite:

-Olvidad, por piedad hacia mí.

-No temas. Ninguno de nosotros hablará. Dios esté contigo por tu caridad.

Jesús alza la mano y la pone encima de la cabeza agachada del joven.

Sale, seguido de sus primos y de los otros. Se encuentra en un pequeño espacio llano -casi no caben todos-, agreste, con zarzas, frente al Monte de los Olivos. Un senderito de cabras baja entre las zarzas hacia el torrente.

-Vamos. Subiremos luego a la altura de la puerta de los Ovejas y Yo con mis hermanos iré a casa de José, mientras vosotros vais a Betesda por los otros y venís.

Iremos a Nob mañana al anochecer después del ocaso.

506- En el Templo, oposición al discurso que revela que Jesús es la Luz del mundo

Jesús está todavía en Jerusalén. No dentro de los patios del Templo.

Está en una vasta estancia bien adornada, una de las tantas que hay, diseminadas, dentro del recinto amurallado, que es tan grande como un pueblo.

Ha entrado en ella hace poco. Todavía va andando al lado del que lo ha invitado a entrar, quizás para protegerlo del viento frío que sopla en el Moira; detrás de Él van los apóstoles y algunos discípulos.

Digo "algunos" porque, además de Isaac y Margziam, está Jonatán y -mezclados entre la gente que también entra detrás del Maestro-aquel levita, Zacarías, que pocos días antes le había dicho que quería ser su discípulo, y también otros dos que ya he visto con los discípulos, y cuyo nombre ignoro.

Pero entre éstos, benévolos, no faltan los consabidos, los inevitables e inmutables fariseos. Se paran casi en la puerta, como si se hubieran encontrado allí por azar para discutir de negocios (¡entre tanto están ahí para oír!). Vivamente esperan los presentes la palabra del Señor.

Él mira a este grupo de distintas nacionalidades (es cosa visible; y no todas palestinas, aunque sí de religión hebraica). Mira a este grupo de personas, muchas de las cuales, quizás, mañana se esparcirán por las regiones de que provienen y llevarán a ellas su palabra diciendo:

«Hemos oído al Hombre del que dicen que es nuestro Mesías». Y no les habla -a ellos que ya están instruidos en la Ley-de la Ley, como hace muchas veces cuando comprende que tiene ante sí ignorancias o fes debilitadas; sino que habla de sí mismo, para que lo conozcan.
Dice:

-Yo soy la Luz del mundo y quien me sigue no caminará en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida.

Y calla, tras haber enunciado el tema del discurso que va a desarrollar, como hace habitualmente cuando está para pronunciar un gran discurso.

Calla para dar tiempo a la gente de decidir si el argumento les interesa o no; y dar también tiempo de irse, a aquellos a quienes el tema propuesto no les interesa. De los presentes no se marcha nadie; es más, los fariseos que estaban en la puerta, ocupados en una conversación forzada y estudiada, y que han callado y se han vuelto hacia dentro de la sinagoga a la primera palabra de Jesús, entran abriéndose paso con su indefectible prepotencia.

Cuando todo rumor ha cesado, Jesús repite la frase dicha antes, con voz aún más fuerte e incisiva, y prosigue:
-Yo, siendo el Hijo del Padre que es el Padre de la Luz, soy la Luz del mundo. Un hijo siempre asemeja al padre que lo engendró, y tiene su misma naturaleza. Igualmente Yo asemejo a Aquel que me ha engendrado, y tengo su naturaleza.

Dios, el Altísimo, el Espíritu perfecto e infinito, es Luz de Amor, Luz de Sabiduría, Luz de Potencia, Luz de Bondad, Luz de Belleza. Él es el Padre de las Luces y, quien vive de Él y en Él, al estar en la Luz, ve. Y es deseo de Dios que las criaturas vean. Él ha dado al hombre el intelecto y el sentimiento para que pudieran ver la Luz -o sea, verlo a Él-y comprenderla y amarla. Ha dado al hombre los ojos para que pudiera ver lo más bello de entre lo creado, lo que constituye la perfección de los elementos, aquello por lo cual es visible la Creación y que es una de las primeras acciones de Dios Creador y lleva el signo más visible de su Creador: la luz, incorpórea, luminosa, beatífica, consoladora, necesaria, como necesario es el Padre de todos, Dios eterno y altísimo.

Por una orden de su Pensamiento, Él creó el firmamento y la tierra, o sea, la masa de la atmósfera y la masa del polvo, lo incorpóreo y lo corpóreo, lo ligerísimo y lo pesado. Pero ambas cosas todavía pobres y vacías. Informes todavía por estar envueltas en las tinieblas. Vacías todavía de astros y de vida.

Mas para dar a la tierra y al firmamento su verdadera fisonomía, para hacer de ellos dos cosas hermosas, útiles, adecuadas para la prosecución de la obra creadora, el Espíritu de Dios -que aleteaba por encima de las aguas y era todo uno con el Creador que creaba y con el Inspirador que impulsaba a crear, para poder no sólo amarse a sí mismo en el Padre y en el Hijo sino también amar a un número infinito de criaturas, llamados astros, planetas, aguas, mares, florestas, árboles, flores, animales que volasen, que zigzagueasen, que se arrastrasen, que corrieran, que saltaran, que treparan, y, en fin, amar al hombre, la más perfecta de las criaturas, más perfecto que el Sol por tener el alma además de la materia, la inteligencia además del instinto, la libertad además del orden; al hombre semejante a Dios por el espíritu, semejante al animal por la carne; al semidiós que viene a ser dios por participación y por gracia de Dios y voluntad propia; al ser humano que queriendo puede transformarse en ángel; al amadísimo de la Creación sensible, para el cual, aun sabiéndolo pecador, desde antes de que el tiempo existiera preparó el Salvador, la Víctima, en el Ser amado sin medida, en el Hijo, en el Verbo, por el que todo ha sido hecho-, mas para dar a la tierra y al firmamento su verdadera fisonomía, decía, he aquí que el Espíritu de Dios, aleteando en el cosmos, grita, y es la primera manifestación de la Palabra:

"Sea la luz", y la luz es, buena, salutífera, potente durante el día, tenue durante la noche, pero imperecedera mientras dure el tiempo.

Del océano de maravillas que es el trono de Dios, el seno de Dios, Dios saca la gema más bella, la luz, que precede a la gema más perfecta, que es la creación del hombre, en el cual no está una joya de Dios, sino que está Dios mismo, con su soplo espirado en el barro para hacer de éste una carne y una vida y un heredero suyo en el Paraíso celeste, donde Él espera a los justos, a los hijos, para gozarse en ellos y ellos en Él.

Si al principio de la creación Dios quiso la luz sobre sus obras, si para hacer la luz se sirvió de su Palabra, si Dios a los más amados dona su semejanza más perfecta, la luz -luz material jubilosa e incorpórea, luz espiritual sabia y santificadora-, ¿podrá no haber dado al Hijo de su amor aquello que Él mismo es? En verdad, a Aquel en quien ab aeterno Él se complace, el Altísimo le ha dado todo, y ha querido que de ese todo la Luz fuera primera y potentísima, para que sin esperar a subir al Cielo los hombres conocieran la maravilla de la Triade, aquello que hace cantar a los bienaventurados coros de los Cielos, cantar por la armonía del maravillado júbilo que les viene a los ángeles del hecho de mirar a la Luz, o sea, a Dios, a la Luz que llena el Paraíso y hace bienaventurados a todos los que lo habitan.

Yo soy la Luz del mundo. ¡Quien me sigue no caminará en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida! De la misma manera que la luz en la tierra informe consintió la vida a las plantas y a los animales, mi Luz consiente a los espíritus la Vida eterna.

Yo (la Luz que Yo soy) creo en vosotros la Vida y la mantengo, la aumento, os creo de nuevo en ella, os transformo, os llevo a la Morada de Dios por caminos de sabiduría, de amor, de santificación.

Quien tiene en sí la Luz tiene en sí a Dios, porque la Luz es una con la Caridad y quien tiene la Caridad tiene a Dios. Quien tiene en sí la Luz tiene en sí la Vida, porque Dios está donde su dilecto Hijo es recibido.

Dices palabras sin razón. ¿Quién ha visto lo que es Dios?

Ni siquiera Moisés vio a Dios, porque en el Horeb, en cuanto supo quién hablaba detrás de la zarza que ardía, se cubrió el rostro; y tampoco las otras veces pudo verlo entre los rayos cegadores. ¿Y Tú dices que has visto a Dios? A Moisés, que sólo lo oyó hablar, le quedó un esplendor en el rostro.

Pero Tú, ¿qué luz tienes en tu cara? Eres un pobre galileo de cara pálida como la mayoría de vosotros. Eres un enfermo, cansado y enjuto. Verdaderamente, si hubieras visto a Dios y Él te amara, no estarías como uno que está próximo a la muerte. ¿Pretendes dar la vida Tú que ni para ti mismo la tienes? -y menean la cabeza compadeciéndolo con ironía.

-Dios es Luz y Yo sé cuál es su Luz, porque los hijos conocen a su padre y porque cada uno se conoce a sí mismo. Yo conozco al Padre mío y sé quién soy. Yo soy la Luz del mundo. Soy la Luz porque mi Padre es la Luz y me ha engendrado dándome su Naturaleza. La Palabra no es distinta del Pensamiento, porque la palabra expresa lo que el intelecto piensa. Y, además, ¿ya no conocéis a los profetas? ¿No os acordáis de Ezequiel y, sobre todo, de Daniel? (Ezequiel l, 26-28 y en Daniel 7,9­l0)

Describiendo a Dios, visto en la visión, en el carro de los cuatro animales, dice el primero:

"En el trono estaba uno que por el aspecto parecía un hombre Y dentro de él y en torno a él vi una especie de electro, como la apariencia del fuego, y hacia arriba y hacia abajo de sus caderas vi como una especie de fuego que resplandecía en torno; como el aspecto del arco iris cuando se forma en la nube en día de lluvia: tal era el aspecto del resplandor de en torno".

Y dice Daniel: "Yo estaba observando hasta que fueron alzados unos tronos y el Secular de los días se sentó. Sus vestiduras eran blancas como la nieve, sus cabellos como la cándida lana; vivas llamas era su trono, las ruedas de su trono fuego a llamaradas. Un río de fuego fluía rápido delante de él". Así es Dios, y así seré Yo cuando venga a juzgaros.

Tu testimonio no es válido. Te das testimonio a ti mismo. Por tanto, ¿qué valor tiene tu testimonio? Para nosotros no es verdadero.

-Aunque dé testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y a dónde voy.

Pero vosotros no sabéis ni de dónde vengo ni a dónde voy. Vuestra sabiduría es lo que veis. Yo, sin embargo, conozco todo lo que al hombre le es desconocido, y he venido para que también vosotros lo conozcáis. Por esto he dicho que soy la Luz, porque la luz hace conocer lo que ocultaban las sombras.

En el Cielo hay luz, en la Tierra reinan mucho las tinieblas y cubren las verdades a los espíritus, porque las tinieblas odian a los espíritus de los hombres y no quieren que conozcan la Verdad y las verdades, para que no se santifiquen. Y para esto he venido, para que tengáis Luz y, por tanto, Vida. Pero vosotros no me queréis acoger.

Queréis juzgar lo que no conocéis, y no podéis juzgarlo porque está muy por encima de vosotros y es incomprensible para todo aquel que no lo contemple con los ojos del espíritu, y un espíritu humilde y nutrido de fe. Pero vosotros juzgáis según la carne. Por eso no podéis estar en el juicio verdadero. Yo, por el contrario, no juzgo a nadie; basta que pueda abstenerme de juzgar. Os miro con misericordia, y oro por vosotros, para que os abráis a la Luz.

Pero, cuando tengo realmente que juzgar, mi juicio es verdadero, porque no estoy solo, sino que estoy con el Padre que me ha enviado, y Él ve desde su gloria el interior de los corazones. Y como ve el vuestro ve el mío. Y si viera en mi corazón un juicio injusto, por amor a mí y por el honor de su Justicia, me lo advertiría. Mas Yo y el Padre juzgamos de una única manera; por tanto, somos dos y no Yo solo los que juzgamos y testificamos.

En vuestra Ley está escrito (Deuteronomio l9, l5) que el testimonio de dos testigos que afirman lo mismo debe ser aceptado como verdadero y válido. Yo, pues, doy testimonio de mi Naturaleza, y conmigo el Padre que me ha enviado testifica lo mismo. Por tanto, lo que digo es verdad.
Nosotros no oímos la voz del Altísimo. Tú lo dices, que es tu Padre…

-Él habló de mí en el Jordán…
-Bien, pero no estabas solo Tú en el Jordán. También estaba Juan. Pudo hablarle a él. Era un gran profeta.

-Con vuestros propios labios os condenáis. Decidme: ¿quién habla por los labios de los profetas?
-El Espíritu de Dios.
-¿Y para vosotros Juan era profeta?
-Uno de los mayores, si no el mayor.

-¿Y entonces por qué no habéis creído en sus palabras y no creéis? Él me indicaba como el Cordero de Dios venido a cancelar los pecados del mundo. A quien le preguntaba si era el Cristo, decía:

"No soy el Cristo, sino el que le precede, porque existía antes de mí y yo no lo conocía, pero el que me tomó desde el vientre de mi madre y me ha investido en el desierto y me ha mandado a bautizar me ha dicho: Aquel sobre el que verás descender el Espíritu es el que bautizará con el Espíritu Santo y en fuego".

¿No os acordáis? Pues muchos de vosotros estabais presentes… ¿Por qué, pues, no creéis en el profeta que me indicó habiendo oído las palabras del Cielo? ¿Debo decir al Padre mío que su Pueblo ya no cree en los profetas?

-¿Pero dónde está el padre tuyo? José, el carpintero, duerme desde hace años en el sepulcro. Tú ya no tienes padre.

-Vosotros no me conocéis a mí ni conocéis a mi Padre. Pero, si quisierais conocerme, conoceríais también a mi verdadero Padre.

-Eres un endemoniado y un embustero. Eres un blasfemo, pues que quieres sostener que el Altísimo es tu Padre. Y merecerías el castigo de la Ley.

Los fariseos y otros del Templo gritan amenazadores, mientras la gente los mira con torva mirada, en defensa del Cristo.

Jesús los mira sin añadir palabra alguna, y sale de la estancia por una puertecita lateral que da a un pórtico.

505- En el Templo, una gracia obtenida con la oración incesante y la parábola del juez y la viuda

Jesús está de nuevo en Jerusalén.
Una ventosa y grísea Jerusalén invernal. Margziam está todavía con Jesús, y lo mismo Isaac. Hablando, se dirigen al Templo.

Con los doce -hablando con el Zelote más que con los otros, y con Tomás-están José y Nicodemo, que luego se separan, pasan adelante y saludan a Jesús sin detenerse.

-No quieren hacer resaltar su amistad con el Maestro. ¡Es peligroso! -susurra Judas Iscariote a Andrés.

-Yo creo que lo hacen por un pensamiento justo, no por vileza -los defiende Andrés.

-Además, no son discípulos y pueden hacerlo. Nunca lo han sido -dice el Zelote.
-¿No?! -Me parecía…
-Ni siquiera Lázaro es discípulo, y tampoco…
-Pero si excluyes y excluyes, ¿quién queda?
-¿Quién? Los que tienen la misión de discípulos.
-¿Y los otros, entonces, qué son?
-Amigos. Sólo amigos. ¿Dejan, acaso, sus casas, sus intereses, por seguir a Jesús?
-No. Pero lo escuchan con gusto y le ofrecen ayudas y…

-¡Si es por eso, también los gentiles lo hacen entonces! Ya viste que en casa de Nique encontramos a personas que se ocuparon de Él. Y esas mujeres seguro que no son discípulas.

-¡No te acalores! Lo decía por decirlo. ¿Te interesa tanto que tus amigos no resulten discípulos? Deberías querer lo contrario, me parece.

-No me acaloro. Ni quiero nada. Tampoco que tú los perjudiques diciendo que son discípulos suyos.
-¿Pero a quién se lo voy a decir? Estoy siempre con vosotros…

Simón Zelote lo mira tan severamente que la risita se hiela en los labios de Judas, el cual considera oportuno cambiar de tema preguntando:

-¿Qué querían hoy, que hablaban así con vosotros dos?
-Han encontrado la casa para Nique. Hacia los huertos. Cerca de la Puerta. José conocía al propietario y sabía que con una buena ganancia habría vendido. Se lo comunicaremos a Nique.

-¡Qué ganas de tirar dinero!
-Es suyo. Puede hacer de él lo que quiera. Quiere estar cerca del Maestro. Obedece con ello a la voluntad de su esposo y a su corazón.

-Sólo mi madre está lejos… -suspira Santiago de Alfeo.
-Y la mía -dice el otro Santiago.

-Pero por poco. ¿Has oído lo que ha dicho Jesús a Isaac y a Juan Y a Matías?: "Cuando volváis en la neomenia de la luna de Sabat, venid con las discípulas, además de con mi Madre".

-No sé por qué no quiere que Margziam vuelva con ellas. Le ha dicho: "Vendrás cuando te llame".

-Quizás porque Porfiria no se quede sin ayuda… Si nadie pesca, arriba no se come. Como nosotros no vamos, debe ir Margziam. Está claro que no son suficientes la higuera, la colmena, los pocos olivos y las dos ovejas para mantener a una mujer, vestirla, procurarle de comer… -observa Andrés.

Jesús, parado, apoyado en la muralla del Templo, los observa mientras se acercan. Con Él están Pedro, Margziam y Judas de Alfeo. Unos pobrecillos se levantan de sus yacijas de piedra, colocadas en el camino que viene hacia el Templo -el que viene de Sión hacia el Moira, no el que de Ofel viene al Templo-y se acercan, quejumbrosos, a Jesús, a pedir una limosna. Ninguno pide curación. Jesús ordena a Judas que les dé unas monedas. Luego entra en el Templo.

No hay mucha gente. Pasada la gran afluencia de las fiestas, cesa la llegada de peregrinos. Sólo quien por serios intereses está obligado a venir a Jerusalén o quien vive en la misma ciudad sube al Templo. Por tanto, los patios y los pórticos, aun no estando desiertos, tienen mucha menos gente, y parecen más grandes, y más sagrados, al tener menos ruido. También ­arrimados a las murallas por la parte del sol, de un pálido sol que se abre paso entre las nubes cenicientas-son menos numerosos los cambistas y los vendedores de palomas y otros animales.
Después de orar en el Patio de los Israelitas, Jesús vuelve atrás y se arrima a una columna. Observa… y es observado.

Ve que vuelven, ciertamente del Patio de los Hebreos, un hombre y una mujer que, aunque no lloren abiertamente, muestran un rostro más apenado que si lloraran. El hombre intenta consolar a la mujer, pero se ve que también él está muy acongojado.

Jesús se separa de la columna y va a su encuentro.
-¿Qué os hace sufrir? -les pregunta con sentimiento de piedad.

El hombre lo mira, asombrado por el interés. Quizás le parece incluso indelicado, pero la mirada de Jesús es tan dulce que lo desarma. De todas formas, antes de expresar lo que constituye su dolor, pregunta:

-¿Cómo es que un rabí se interesa de las penas de un simple fiel?

-Porque este rabí es tu hermano, hombre; tu hermano en el Señor, y te ama como el mandamiento dice.

-¡Tu hermano! Soy un pobre labriego de la llanura de Sarón, hacia Dora. Tú eres un rabí.

-El dolor es para los rabíes como para todos. Sé lo que es el dolor y quisiera consolarte.

La mujer retira un momento su velo para mirar a Jesús y susurra a su marido: -Díselo. Quizás puede ayudarnos…

Rabí, nosotros teníamos una hija. La tenemos. Por ahora la tenemos todavía… Y la hemos casado decorosamente con un joven que un común amigo nos garantizó como buen marido.

Son esposos desde hace seis años, y de su desposorio han tenido dos hijos. Dos… porque después cesó el amor…

Tanto que ahora el marido quiere el divorcio. Nuestra hija llora y se consume. Por eso hemos dicho que todavía la tenemos, porque dentro de poco morirá de dolor. Hemos intentado todo para convencer al hombre. Y hemos orado mucho al Altísimo… Pero ninguno de los dos nos ha escuchado… Hemos venido aquí en peregrinación por esto, y hemos estado aquí durante todo el curso de una luna.

Todos los días al Templo; yo en mi lugar, la mujer en el suyo… Esta mañana un criado de mi hija nos ha traído la noticia de que el marido ha ido a Cesárea para mandarle a ella desde allí el libelo de divorcio. Y ésta es la respuesta que han tenido nuestras oraciones…

-No hables así, Santiago -suplica la mujer en voz baja. Y termina:

-El Rabí nos maldecirá como blasfemos… Y Dios nos castigará. Es nuestro dolor. Viene de Dios… Y, si ha descargado su mano sobre nosotros, es señal de que lo hemos merecido -termina con un sollozo.

-No, mujer. Yo no os maldigo. Y Dios no os va a castigar. Yo os lo digo. Como también os digo que no es Dios el que os da este dolor, sino el hombre. Dios lo permite para prueba vuestra y para prueba del marido de vuestra hija.

No perdáis la fe y el Señor os escuchará.

-Es tarde. Nuestra hija ya ha sido repudiada y mancillada, y morirá… -dice el hombre.

-Nunca es tarde para el Altísimo. En un instante y por una oración que persiste puede cambiar el curso de los acontecimientos. Desde la copa a los labios la muerte tiene todavía tiempo de introducir su puñal e impedir que quien acercaba a sus labios el cáliz beba. Y ello por intervención de Dios. Yo os lo digo. Volved a vuestros lugares de oración y perseverad todavía hoy, mañana y pasado mañana, y, si sabéis tener fe, veréis el milagro.

-Rabí, Tú quieres consolarnos… pero en este momento,.. No se puede, y Tú lo sabes, anular el libelo una vez entregado a la repudiada -insiste el hombre.

-Ten fe, te digo. Es verdad que no se puede anular. ¿Pero sabes si tu hija lo ha recibido?
-De Dora a Cesárea no es largo el camino. Mientras el siervo venía hasta aquí, seguro que Jacob ha vuelto a casa y ha echado a María.

-No es largo el trayecto. ¿Pero estás seguro de que lo ha recorrido? ¿Un acto de voluntad superior al hombre no puede haber detenido a un hombre, si Josué con la ayuda de Dios detuvo el Sol?

¡Vuestra oración insistente y confiada, hecha con buen fin, no es, acaso, un acto santo de voluntad opuesto a la mala aspiración del hombre? ¿Y Dios -puesto que le pedís una cosa buena a Él, vuestro Padre-no os ayudará deteniendo el camino del demente? ¿No os habrá ayudado ya quizás? Y, aunque el hombre se obstinara todavía en ir, ¡podría hacerlo si vosotros os obstináis en pedir al Padre una cosa justa? Os digo: id y orad hoy, mañana y pasado mañana, y veréis el milagro.

-¡Vamos, Santiago! El Rabí sabe. Si dice que vayamos a orar es señal de que sabe que es una cosa justa. Ten fe, esposo mío. Siento que surge en mí, donde tenía tanto dolor, una gran paz, una esperanza fuerte. Dios te lo pague, Rabí que eres bueno, y te escuche. Ruega también tú por nosotros. Ven, Santiago, ven -y logra convencer a su marido, el cual la sigue después de saludar a Jesús con el habitual saludo hebreo de "la paz sea contigo", al que responde Jesús con la misma fórmula.

-¿Por qué no les has dicho quién eres? Habrían orado con más paz -dicen los apóstoles, y añade Felipe:
-Voy a decírselo.
-Pero Jesús lo retiene diciendo:

-No quiero. Efectivamente, habrían orado con paz, pero con menos valor y con menos mérito. Así su fe es perfecta y será premiada.

-¿De verdad?

-¿Pensáis, acaso, que miento engañando a dos infelices?
Mira a la gente que se ha congregado, unas cien personas, y dice:

-Escuchad esta parábola, que os expresa el valor de la oración constante.

Conocéis lo que dice el Deuteronomio (l6, l8-20) sobre los jueces y magistrados. Deberían ser justos y misericordiosos, escuchando con ecuanimidad a quien a ellos recurriera, pensando siempre en juzgar como si el caso que deben juzgar fuera suyo personal, sin tener en cuenta donativos o amenazas, sin deferencia hacia los amigos culpables y sin dureza hacia aquellos que estuvieran enemistados con los amigos del juez.

Pero, si son justas las palabras de la Ley, no son igualmente justos los hombres, ni saben obedecer a la Ley. Así, se ve que la justicia humana es frecuentemente imperfecta, porque raros son los jueces que saben conservarse puros de corrupción, misericordiosos, pacientes tanto con los ricos como con los pobres; tanto con las viudas y los huérfanos como con aquellos que no lo son.

En una ciudad había un juez muy indigno de su oficio, obtenido por medio de poderosos parentescos. Era sobremanera desigual al juzgar, propendiendo siempre a dar la razón al rico y al poderoso, o a quien tenía recomendación de ricos y poderosos; o hacia el que lo comprase con grandes donativos.

No temía a Dios y se burlaba de las quejas del pobre y del que era débil por estar sólo y carecer de fuertes defensas. Cuando no quería escuchar a quien tenía tan claras razones de victoria contra un rico, que no se le podía contradecir en manera alguna, él hacía que lo alejaran de su presencia y lo amenazaba con arrojarlo a la cárcel. La mayoría sufrían sus violencias y se retiraban vencidos, resignados a la derrota aun antes de tramitar la causa.

Pero en aquella ciudad había también una viuda cargada de hijos. Debía recibir una fuerte suma de un hombre poderoso por unos trabajos que su difunto esposo había llevado a cabo para él. Ella, movida por la necesidad y el amor materno, había tratado de que el rico le diera esa suma que le habría permitido saciar el hambre de sus hijos y vestirlos durante el invierno que se acercaba. Pero, habiéndose hecho vanas todas las presiones y súplicas dirigidas al rico, fue al juez.

El juez era amigo del rico, el cual le había dicho: "Si me das la razón, un tercio de la suma es tuyo". Por tanto, se mostró sordo a las palabras de la viuda, que le rogaba: "Ríndeme justicia respecto a mi adversario. Tú ves que lo necesito. Todos pueden decir si tengo derecho a esa suma". Permaneció sordo y mandó a sus ayudantes que la alejaran de su presencia.

Pero la mujer volvió: una, dos, diez veces; por la mañana, a la hora sexta, a la hora nona, al atardecer… incansable. Y lo seguía por la calle gritando: "¡Hazme justicia!¡Mis hijos tienen hambre y frío y no tengo dinero para comprar harina y vestidos!".

Allí estaba, en la puerta de la casa del juez cuando éste regresaba para sentarse a la mesa con sus hijos. Y el grito de la viuda ­"hazme justicia con mi adversario, que tengo hambre y frío, yo y mis criaturas"-penetraba hasta dentro de la casa, hasta el comedor, hasta el dormitorio por la noche, insistente como el grito de una abubilla: "¡Hazme justicia, si no quieres que Dios te castigue!

Hazme justicia. Recuerda que la viuda y los huérfanos son sagrados para Dios, y ¡ay de quien los pisotee! Hazme justicia si no quieres un día sufrir lo que nosotros sufrimos. ¡Nuestra hambre! Nuestro frío te lo encontrarás en la otra vida, si no haces justicia. ¡Pobre de ti!".

El juez no temía a Dios ni tampoco al prójimo. Pero estaba cansado de ser molestado siempre; de ver que era objeto de risas por parte de toda la ciudad por la persecución de la viuda, y también objeto de crítica. Por eso, un día se dijo a sí mismo: "Aunque no tema a Dios ni tema las amenazas de la mujer ni lo que piense la gente de la ciudad, a pesar de ello y para poner fin a tanta molestia, voy a escuchar a la viuda y le haré justicia obligando al rico a pagar. Me basta con que me deje de perseguir y se me quite de en medio". Y, convocado el amigo rico, dijo:

"Amigo mío, no puedo seguir complaciéndote. Cumple con tu deber y paga, porque ya no soporto ser molestado por causa tuya. He dicho". Y el rico tuvo que desembolsar la suma según justicia.

Esta es la parábola. Ahora os toca a vosotros aplicarla.
Habéis oído las palabras de un hombre inicuo: "Para poner fin a tanta molestia voy a escuchar a la mujer". Y era un inicuo.

¿Y Dios, el Padre lleno de bondad, va a ser inferior al juez malo? ¿No hará justicia a aquellos hijos suyos que saben invocarle día y noche?

¿Les hará esperar tanto el don, que su alma abatida deje de orar?

Os digo que prontamente les hará justicia, para que su alma no pierda la fe. Pero antes hay que saber orar, sin cansarse después de las primeras oraciones, y saber pedir cosas buenas. Y también fiarse de Dios diciendo:
"Pero hágase lo que tu Sabiduría ve más útil para nosotros".

Tened fe. Sabed orar con fe en la oración y con fe en Dios vuestro Padre. Y Él os hará justicia contra lo que os oprime, sean hombres o demonios, sean enfermedades u otras desventuras. La oración perseverante abre el Cielo, y la fe salva al alma, cualquiera que sea el modo en que la oración sea escuchada y atendida favorablemente. Vamos.

Y se encamina hacia la salida. Ya está casi fuera de la muralla cuando, alzando la cabeza para observar a los pocos que le siguen y a los muchos indiferentes u hostiles que lo miran de lejos, exclama con tristeza:

-¿Pero cuando vuelva el Hijo del Hombre encontrará en la Tierra todavía fe? -y, suspirando, se ciñe más estrechamente su manto y camina a grandes pasos hacia el arrabal de Ofel.

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