por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Es un pueblo recogido, bastante cuidado. Los habitantes están en las casas porque hace mucho viento.
Pero, cuando los discípulos van a advertir que está Jesús, todas las mujeres y niños y viejos (a quienes la edad ha obligado a quedarse en el pueblo) se arremolinan en torno a Jesús, que se ha detenido en la placita principal. El pueblo, al estar en un alto, tiene aire y luz incluso en este día lóbrego; y la vista se extiende: al sur hacia Jerusalén; al norte hacia Rama (digo Rama porque está escrito en un poste, con la indicación de la distancia).
La gente está muy emocionada. ¡Haber pasado a ser los que dan hospedaje al Señor es para ellos una cosa tan nueva y conmovedora!… Un viejo, un verdadero patriarca, lo dice por todos, y las mujeres, con la cabeza, asienten, asienten.
Acostumbrados a ser aplastados por la soberbia sacerdotal y farisaica, se muestran temerosos… Pero Jesús los pone enseguida a sus anchas tomando en brazos a una niñita que da sus primeros pasitos, acariciando al anciano, diciendo:
-¿No me habíais visto todavía?
-Desde lejos… Pasar por el camino… Algún hombre, en el Templo. Pero para nosotros, que estamos tan cerca de la ciudad, es aún más difícil obtener lo que otros consiguen viniendo de lejos -dice el anciano.
-Es siempre así, padre. Lo que parece facilitar las cosas las hace difíciles, porque todos se apoyan en la idea de que es fácil. Pero ahora nos conoceremos. Retírate, padre. El otoño desata sus vientos, que no son propicios a los patriarcas.
-¡Si me he quedado sólo! Los días ya no tienen valor para mí…
-Su hija se ha casado lejos, y la mujer se le murió en las Encenias -explica una mujer.
-Juan, no debes hablar así, hoy que tienes al Rabí contigo. ¡Lo deseabas mucho! -le dice una viejecita.
-Es verdad. Pero… Tú eres el Mesías, ¿no es verdad?
-Sí, padre.
-Y entonces, ¿qué más puedo desear, ahora que lo he visto y veo cumplida la promesa hecha a Abraham? Un anciano entonces el anciano era él-profirió un canto un día en el Templo -yo estaba porque ese día mi Lía se purificaba de su único parto, y yo estaba al lado de ella, y antes de nosotros había cumplido el rito Una poco más que niña…-, un anciano profirió este canto, besando al Hijo de la Muchacha:
"Ahora deja, oh Señor, que tu siervo se marche en paz, porque mis ojos han visto al Salvador". Aquel Recién Nacido eras Tú, entonces. ¡Oh, dichoso yo! En aquel momento oré al Señor diciendo: "Haz que yo también pueda morir después de haberlo conocido". Ahora te conozco. Estás aquí. La mano del Señor está apoyada en mi cabeza.
Su voz me ha hablado. El Eterno me ha escuchado. ¿Y qué diré, sino las palabras del anciano Simeón, docto y justo? Las digo: "¡Deja, oh Señor, que tu siervo se marche en paz, porque los ojos míos han conocido a tu Cristo!"
-¿No quieres esperar a ver su Reino? -dice una mujer.
-No, María. Las fiestas no son para los viejos. Y yo no creo lo que la mayoría dice. Recuerdo las palabras de Simeón… Prometió una espada en el corazón de aquella Muchacha, porque no todo el mundo amará al Salvador… Dijo que ruina o resurrección vendrían a muchos por Él… Y tenemos a Isaías… y a David… No. Prefiero morir y esperar su gracia desde allá… y desde allá, a su Reino…
-Padre, tú ves mejor que los jóvenes. Mi Reino es el de los Cielos. Pero para ti mi venida no significa ruina, porque sabes creer en mí. Vamos a tu casa. Yo permanezco contigo -y, guiado por el viejo, va a una casita blanca situada en un caminito entre huertos, que se desnudan de hojas por la violencia del viento, y entra con Pedro, los dos hijos de Alfeo y Juan.
Los demás se distribuyen por las otras casas… para, pasado un rato, regresar y abarrotar la casita, el huerto, la terraza del tejado, hasta el punto de que se suben a una albarrada baja que separa de la calle un lado del huerto, y a un robusto nogal y a un manzano robusto cuanto el primero, sin preocuparse del viento, que sigue aumentando y levanta mucho polvo. Quieren oír a Jesús.
Y Jesús hace un poco de tiempo. Hasta que empieza a hablar, permaneciendo en el umbral de la cocina (de forma que la voz se esparza dentro y fuera de la casa).
-Un rey poderoso, cuyo reino era muy vasto, quiso ir un día a visitar a sus súbditos. Vivía en un excelso palacio desde el que, por medio de sus servidores y mensajeros, enviaba sus órdenes y mercedes a los súbditos, los cuales, por eso, sabían que existía y conocían el amor que tenía por ellos y conocían sus propósitos; pero, de ninguna manera, conocían su persona, su voz ni su lenguaje. En una palabra, sabían que existía y que era su Señor, pero nada más.
Y, como a menudo sucede, por este hecho, muchas de sus leyes y mercedes sufrían variación, o por mala voluntad o por incapacidad de comprenderlas; tanto que esto perjudicaba los intereses de los súbditos y los deseos del rey, que quería que fueran felices. Él se veía obligado a castigarlos alguna vez, y, al hacerlo, sufría más que ellos. Mas los castigos no producían mejora.
Dijo entonces: "Iré yo. Les hablaré directamente. Me daré a conocer. Me amarán y me seguirán mejor y serán felices". Y dejó su excelsa morada para ir con su pueblo.
Mucho estupor causó su llegada. El pueblo sufrió una fuerte impresión, se agitó: quién con júbilo, quién con terror, quién con ira, quién con desconfianza, quién con odio. El rey, paciente, sin cansarse nunca, se puso a tratar tanto con los que lo querían como con los que le temían y con los que lo odiaban.
Se puso a explicar su ley, escuchó a sus súbditos, los favoreció, los soportó. Y muchos acabaron queriéndolo, no evitándolo por su excesiva grandeza; algunos, pocos, dejaron también de desconfiar y de odiar. Eran los mejores. Pero muchos siguieron siendo lo que eran, pues no tenían en sí buena voluntad.
Mas el rey, que era muy sabio, soportó también esto, refugiándose en el amor de los mejores como premio a sus fatigas.
Pero, ¿qué es lo que sucedió? Pues sucedió que incluso entre los mejores no todos lo comprendieron. ¡Venía de tan lejos! ¡Su lenguaje era tan nuevo! ¡Lo que quería era tan distinto de lo que querían los súbditos! Y no fue comprendido por todos…
Es más, algunos le causaron dolor, y con el dolor perjuicio, o al menos corrieron el riesgo de procurárselo, por comprenderlo mal. Y, cuando se dieron cuenta de que le habían causado dolor y perjuicio, huyeron de su presencia desolados, y, temiendo su palabra, no volvieron a acercarse a él.
Pero el rey había leído en sus corazones, y todos los días los llamaba con su amor, oraba al Eterno que le concediera encontrarlos de nuevo para decirles: "¿Por qué me teméis? Es verdad.
Vuestra incomprensión me ha causado dolor; pero la he visto sin malicia, fruto solamente de una incapacidad para comprender mi lenguaje, tan distinto del vuestro. Lo que me causa dolor es vuestro temor hacia mí.
Ello me dice que no sólo no me habéis comprendido como rey. Sino que tampoco como amigo. ¿Por qué no venís? Volved, pues. Lo que la alegría de amarme no os había hecho comprender, os lo ha esclarecido el dolor de haberme causado dolor.
¡Oh, venid, venid amigos míos! No aumentéis vuestro desconocimiento estando lejos de mí, vuestras brumas escondiéndoos, vuestras amarguras impidiéndoos a vosotros mismos mi amor. ¿Veis? Sufrimos tanto yo como vosotros estando separados. Yo más que vosotros todavía. Venid, pues, y alegrad mi corazón".
Así quería hablar el rey. Y así habla. Y Dios también habla así a aquellos que pecan. Y así habla el Salvador a aquellos que hayan podido cometer errores. Y así habla el Rey de Israel a sus súbditos.
El verdadero Rey de Israel, el que quiere llevar a sus súbditos desde el pequeño reino de la Tierra al grande de los Cielos. En éste no pueden entrar aquellos que no siguen al Rey, aquellos que no aprenden a comprender sus palabras y su pensamiento.
Pero, ¿cómo aprender si al primer error se elude al Maestro? Que ninguno se deprima si ha pecado y está arrepentido, si ha errado y reconoce su error. Venga a la Fuente que borra los errores y da luz y sabiduría; y en ella apague su sed; en ella, que ardientemente desea donarse y ha venido del Cielo para donarse a los hombres.
Jesús termina de hablar. Solamente el viento hace oír su voz, cada vez más fuerte (en el copete del montecito en que está Nob se ensaña tanto, que los árboles crujen temiblemente).
La gente se ve obligada a retirarse a las casas. Pero, cuando ya se han dispersado y Jesús entra de nuevo en la casa y cierra la puerta Matías, seguido por Manahén y Timoneo, aparece de detrás de la albarrada, entra en el huertecillo y llama a la puerta cerrada. Jesús mismo sale a abrir.
-¡Maestro, aquí los tienes!… -dice Matías señalando a los dos que, acobardados, se han quedado en el umbral del huerto y no se atreven a alzar la cara para mirar a Jesús.
-¡Manahén! ¡Timoneo! ¡Amigos míos! -dice Jesús mientras cierra la puerta -para dar a entender a los de dentro que no salgan a curiosear-y sale al huerto. Y va hacia los dos, con los brazos abiertos, ya abiertos para el abrazo.
Los dos alzan la cara, tocados por el amor, trémulo en la voz del Maestro; le ven la cara y los ojos, henchidos de amor, y su miedo cae; se echan a correr hacia Él con un grito ronco de llanto:
-¡Maestro! -caen a sus pies, le abrazan los tobillos y besan sus pies desnudos, bañándolos de lágrimas.
-¡Amigos míos! No ahí. Aquí, en mi corazón. ¡Os he
esperado mucho! ¡Y os he comprendido mucho! ¡Venga!… -y trata de ponerlos de pie.
-¡Perdón! ¡Perdón!… No nos lo niegues, Maestro. ¡Hemos sufrido mucho!
-Lo sé. Pero, si hubierais venido antes, antes os hubiera dicho: "Os quiero".
-¿Nos quieres? ¿Maestro? ¿Como antes? -es Timoneo el primero que habla, alzando un rostro interrogativo.
-Más que antes, porque ahora estáis curados de todo lo humano en vuestro amor por mí.
-¡Es verdad! ¡Oh, Maestro mío! -y Manahén, como movido por un resorte, se pone en pie. Ya no resiste, se arroja al pecho de Jesús. Timoneo hace lo mismo…
-¿Veis lo bien que se está aquí? ¿No es mejor aquí que en un pobre palacio? ¿Dónde se me podrá tener más, y más poderoso, dulce, rico de tesoros sin fin, sino allí donde se me tiene como Salvador, Redentor, Rey espiritual, Amigo amoroso?
-¡Es verdad! ¡Es verdad! ¡Oh! ¡Nos habían seducido! ¡Y nos parecía que te honrábamos, y que era justa su idea!
-No penséis ya más en ello. Ha pasado. Pertenece al pasado. Dejad que el tiempo, fluyendo veloz como el torbellino que nos choca, lo lleve lejos, lo disuelva para siempre… Pero, vamos a entrar en casa. No es posible seguir aquí…
Es verdaderamente un torbellino lo que arremete contra el pueblo desde el norte. Ramas que se tronchan, tejas que vuelan, algún antepecho inseguro de las terrazas de los techos que cae con fragor. El nogal y el manzano se tuercen como si quisieran descuajarse del suelo. Entran en casa y los cuatro apóstoles miran sorprendidos el rostro aún húmedo de lágrimas de los dos discípulos, que contrasta con la sonrisa que también muestran. Pero no dicen nada.
-Alguna catástrofe se está preparando -dice el anciano Juan.
-Sí. No sé qué van a hacer los que están todavía en las cabañas… -dice Pedro.
El viento es tan fuerte, que las llamitas de una lámpara de tres boquillas, encendida para iluminar la habitación cerrada, vacilan, a pesar de que las puertas estén bien cerradas.
Con el estrépito del viento, que continuamente aumenta y golpea la casa con tierra y detritos -tanto que parece que cayera un granizo menudo-, se mezclan gritos de mujeres, cada vez más cercanos; son esposas asustadas, madres angustiadas:
-¡Nuestros maridos! ¡Nuestros hijos! Están en camino. Tenemos miedo. Se ha derrumbado una pared de la casa abandonada… ¡Señor! ¡Jesús! ¡Piedad!».
Jesús se pone en pie, apenas puede abrir la puerta que el viento comprime con toda su violencia. Algunas mujeres, curvadas para resistir el viento -una verdadera tromba de aire bajo un cielo terrorífico-gimen echando hacia delante los brazos.
-Entrad. ¡No temáis! -dice Jesús. Y mira al cielo y a los árboles ya próximos a quebrarse.
-Entra, Jesús! ¿Ves cómo se rompen las ramas y caen tejas? No es prudente estar afuera -grita Judas de Alfeo.
-¡Pobres olivos! Esto es granizo. Donde caiga se pueden despedir de recoger -sentencia Pedro.
Jesús no entra. Es más, sale del todo, en medio del torbellino, que le retuerce la túnica y le alza los cabellos. Abre los brazos, ora, y luego ordena:
-¡Basta! ¡Lo quiero! -y vuelve a la casa.
El viento, después de un último mugido, cesa de golpe. Es impresionante el silencio que reina, después de tanto fragor. Es tal, que a las puertas o ventanas de las casas se asoman caras asombradas. Quedan las señales del huracán: hojas, ramas quebradas, telas hechas jirones.
Pero todo está calmo. El firmamento responde a la tierra, que ya no está agitada, aligerándose de nubes que de negras pasan a ser claras y se esparcen sin causar daño. Antes al contrario, dejan éstas caer una salpicadura de agua que termina de purificar el aire enturbiado por tanta tierra.
-¿Pero que ha sucedido?
-¿Así ha terminado?
-¿Parecía el fin, y ahora viene la calma?
Voces que preguntan, de una casa a otra.
Las mujeres que habían corrido hacia Jesús ahora corren hacia afuera.
-¡El Señor! ¡El Señor está con nosotros! ¡Ha hecho el milagro! ¡Ha detenido el viento! ¡Ha roto las nubes! ¡Hosanna! ¡Hosanna'. ¡Alabanza al Hijo de David! ¡Paz! ¡Bendición! ¡Cristo está con nosotros! ¡Con nosotros está el Bendito! ¡El Santo! ¡El Santo! ¡El Santo'. ¡El Mesías está con nosotros! ¡Aleluya!
Todos los habitantes del pueblo se echan a la calle, los reales y los ocasionales (o sea, apóstoles y discípulos, que acuden todos, a la casita donde está Jesús). Todos quieren besarlo, tocarlo, ensalzarlo.
-¡Alabad al Señor Altísimo. Él es el Amo de los vientos y las aguas. Si ha escuchado a su Hijo, ha sido para premiar vuestra fe y amor para con Él.
Y querría despedirlos. Pero ¿quién calma a un pueblo que está de fiesta, agitado por un milagro manifiesto? Especialmente, si es un pueblo lleno de mujeres. Los esfuerzos de Jesús son vanos. Él sonríe, paciente, mientras el anciano que le da hospedaje le lava con sus lágrimas la mano izquierda y se la llena de besos.
Llegan los primeros hombres de regreso de Jerusalén, jadeantes, asustados. Temen quién sabe qué catástrofe. Ven al pueblo de fiesta.
-¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado? ¿Pero no habéis tenido una borrasca? Desde el monte se veía desaparecer a la ciudad tras nubes de polvo. Creíamos que se hubiera venido abajo. ¡Y aquí todo está en pie!
-¡El Señor! ¡El Señor! Ha venido a tiempo de salvarnos de la destrucción. Sólo la casa maldita se ha derrumbado, y alguna teja y alguna rama. ¿Y vosotros? ¿Qué ha sucedido en Jerusalén?
Las preguntas y las respuestas se cruzan. Pero los hombres se abren paso para ir a venerar al Salvador. No antes de venerarlo, explican que había miedo en la ciudad por la borrasca inminente, y que todos huían de las cabañas hacia las casas, y los dueños de los olivos lloraban ya su recolección… cuando, de repente, el viento se ha calmado, el cielo se ha aclarado con poca lluvia… de modo que toda la ciudad se ha quedado asombrada.
Y, dado que la fantasía trabaja inmediatamente en ciertos casos, los hombres refieren que, mientras la gente huía, muchos que habían estado en el Templo los días antes, viendo que el Moria era el más embestido por las ráfagas, tanto que el viento había volcado los bancos de los cambistas y había habido daños en la casa del Pontífice, decían que era el castigo de Dios por los insultos contra su Mesías.
Y más y más y más… Llegan otros hombres y la narración toma más colorido. Casi que se hace más apocalíptica que la narración del Viernes Santo…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Sin preocuparse lo más mínimo de la malevolencia ajena, Jesús vuelve al Templo el tercer día.
No debe haber dormido en Jerusalén porque sus sandalias muestran abundante polvo del camino. Quizás ha pasado la noche en las colinas que hay alrededor de la ciudad. Y con El deben haber estado sus hermanos Santiago y Judas, junto con José (pastor) y Salomón. Se encuentra con los otros apóstoles y discípulos al pie de la muralla oriental del Templo.
-Han venido, ¿sabes? Tanto a nosotros como a los discípulos más conocidos. ¡Buena cosa ha sido que no estuvieras!
-Siempre tenemos que hacerlo así.
-Está bien. Pero hablaremos de ello después. Vamos.
-Una gran turba te ha, y nos ha, precedido exaltando tus milagros. ¡Cuántos se han persuadido y creen en ti! Tenían razón tus hermanos, en esto -dice Juan apóstol.
-Han ido a buscar incluso a casa de Analía, ¿sabes?
-Y al palacio de Juana. Pero han encontrado sólo a Cusa… ¡y con un humor! Los ha echado como a perros, diciendo que en su casa no quiere espías y que ya está aburrido de ellos. Nos lo ha dicho Jonatán, que está aquí con su jefe -dice Daniel (pastor).
-¿Sabes? Los escribas querían dispersar a los que te esperaban, convenciéndolos de que no eres el Cristo. Pero ellos respondieron: "¿No es el Cristo? Y entonces, según vosotros, ¿quién lo es? ¿Podrá, acaso, otro hombre hacer los milagros que hace Él? ¿Acaso los han hecho los otros que se presentaban como el Cristo? No, no. Podrán surgir cien, mil impostores -a lo mejor, incluso, creados por vosotros-, y que digan que son el Cristo. Pero ninguno de los que puedan venir hará jamás milagros como los que Él hace, ni tantos como hace".
Y, dado que los escribas y fariseos sostenían que los haces porque eres un Belcebú, ellos respondieron: “Entonces vosotros debíais hacer milagros estrepitosos, porque está claro que sois unos Belcebúes respecto al Santo" cuenta Pedro, y se ríe, y se ríen todos recordando la salida de la gente y el escándalo de los escribas y fariseos, que se habían marchado enojados.
Ya están dentro del Templo. Enseguida los rodea una multitud, aún más numerosa de la de los días precedentes.
-¡Paz a ti, Señor! -saludan los gentiles.
-La paz y la luz vengan a vosotros -responde Jesús con un único saludo.
-Temíamos que te hubieran apresado, o que no vinieras por prudencia o por desagrado. Y nos hubiéramos desparramado buscándote por todas partes -dicen muchos.
Jesús sonríe levemente, y pregunta:
-¿Entonces no queréis perderme?
-Y si te perdemos, Maestro, ¿quién nos va a dar las lecciones y gracias que Tú nos das?
-Mis lecciones permanecerán en vosotros, y las comprenderéis aún más cuando Yo me haya ido… Y no cesarán, a pesar de mi ausencia entre los hombres, de descender las gracias a aquellos que oren con fe.
-¡Oh! ¡Maestro! ¿Pero estás decidido a marcharte? Di a dónde vas y nosotros te seguiremos. ¡Tenemos mucha necesidad de ti!
-El Maestro lo dice para experimentar si lo amamos. Pero, ¿a dónde pensáis que puede ir el Rabí de Israel, sino quedarse aquí, en Israel?
-En verdad os digo que todavía un poco estaré con vosotros, y que voy donde aquellos a quienes el Padre me ha enviado. Después me buscaréis y no me encontraréis. Y a donde Yo estoy vosotros no podréis ir. Pero ahora dejadme irme. Hoy no voy a hablar aquí dentro. Tengo unos pobres que me esperan en otro lugar y no pueden venir, porque están muy enfermos. Después de la oración iré donde ellos.
Y, con la ayuda de los discípulos se abre paso, para ir al patio de los Israelitas. Los que se quedan se miran unos a otros.
-¿Y a dónde irá?
-Sin duda, a casa de su amigo Lázaro. Está muy enfermo.
-Yo decía: dónde irá no hoy, sino cuando nos deje para siempre ¿No habéis oído que ha dicho que no podremos encontrarlo?
-Quizá vaya a reunir a Israel, evangelizando a los dispersos de nosotros en las naciones. La Diáspora espera como nosotros al Mesías.
-O quizás vaya a enseñar a los paganos, para atraerlos hacia su Reino.
-No. No debe ser así. Siempre podríamos encontrarlo, aunque estuviera en la Asia lejana, a en el centro de África, o en Roma, o en Galia, o en Iberia, o en Tracia o entre los Sármatas. Si dice que no lo encontraremos ni siquiera buscándolo, es señal de que no estará en ninguno de estos lugares.
-¡Claro! ¿Qué querrán decir estas palabras suyas: "Me buscaréis y no me encontraréis, y a donde Yo estoy vosotros no podréis ir"? "Yo estoy…". No: "Yo estaré…". ¿Dónde está, pues? ¿No está aquí entre nosotros?
-¡Te lo voy a decir yo, Judas! ¡Parece un hombre, pero es un espíritu!
-¡No, hombre, no! Entre los discípulos hay algunos que lo vieron recién nacido. ¡Más todavía! Vieron a su Madre cuando lo llevaba en su seno pocas horas antes de nacer.
-¿Pero y será el mismo aquel niño que ahora se ha hecho hombre? ¿Quién nos asegura que no es otro ser?
-¡No, eh! Podría ser otro. Podrían equivocarse los pastores. ¿Pero la Madre? ¿Y los hermanos? ¿Y todo el pueblo?
-¿Los pastores han reconocido a la Madre?
-Por supuesto…
-Entonces… Pero ¿por qué dice entonces: “A dónde Yo estoy vosotros no podréis ir?” Para nosotros, el futuro: podréis.
Para Él queda el presente: estoy. ¿Es que no tiene un mañana este Hombre?
-No sé qué decirte. Es así.
-Yo os digo que es un loco.
-Loco lo serás tú, espía del Sanedrín.
-¿Yo espía? Yo soy un judío que lo admira. ¿Y habéis dicho que va a casa de Lázaro?
-Nada hemos dicho, viejo soplón. No sabemos nada. Y si lo supiéramos no te lo diríamos. Ve a decir a los que te mandan que lo busquen por sí mismos. ¡Espía! ¡Espía! ¡Pagado!…
El hombre ve el peligro que corre y pone tierra por medio.
-¿Y nosotros estamos aquí? Sí hubiéramos salido, lo habríamos visto. ¡Corre por esa parte! ¡Corre por esta otra!… Decidnos qué camino ha tomado. Decidle que no vaya donde Lázaro.
Los que tienen piernas ligeras se marchan a todo correr… Y vuelven…
-Ya no está… Se ha mezclado entre la multitud. Ninguno sabe dar razón de Él…
Desilusionada, la aglomeración se disuelve lentamente…
…Pero Jesús está mucho más cerca de lo que creen. Habiendo salido por alguna puerta, ha dado la vuelta a la torre Antonia y ha salido de la ciudad por la puerta del Rebaño, para bajar luego al valle del Cedrón, que en el centro de su lecho lleva poquísima agua.
Jesús lo atraviesa saltando por las piedras que sobresalen del agua, y entra en el Monte de los Olivos, denso en ese lugar e incluso mezclado con espesuras que hacen tétrica -yo diría: fúnebre-esta parte de Jerusalén, comprendida entre las sombrías murallas del Templo -que, con todo su monte, domina por ese lado-y el Monte de los Olivos. Más al sur, el valle se aclara y se ensancha; pero aquí es verdaderamente estrecho, una uñada de gigantesca garfa que ha excavado un surco profundo entre los dos montes: el Moria y el de los Olivos.
Jesús no va hacia el Getsemaní. Es más, va en dirección opuesta, hacia el norte. Sigue caminando por el monte, que luego se ensancha formando un valle agreste, por donde -más pegado a otra hilera corva de colinas bajas, aunque agrestes y pedregosas-fluye el torrente, que dibuja un arco al norte de la ciudad. En vez de olivos, ahí hay arbolillos estériles, espinosos, retorcidos, de enmarañadas frondas, mezclados con zarzas que, hacia todas las partes, lanzan sus tentáculos. Un lugar muy triste, muy solitario. Tiene algo de lugar infernal, apocalíptico.
Algún sepulcro, y nada más; ni siquiera leprosos. Y es extraña esta soledad que contrasta con el gentío de la ciudad, tan cercana y tan llena de gente y ruido. Aquí, aparte del gorgoteo del agua entre los cantos y el frufrú del viento entre las plantas nacidas entre las piedras, no se oye ningún ruido.
Falta, incluso, la nota alegre de los pájaros, tan numerosos entre los olivos del Getsemaní y del Monte de los Olivos. El viento, más bien fuerte, que viene del nordeste y levanta pequeños remolinos de tierra, rechaza el ruido de la ciudad; y el silencio, un silencio de lugar de muerte, reina en el paraje, oprimente, casi aterrador.
-¿Pero se va exactamente por aquí? -pregunta Pedro a Isaac.
-Sí, sí. Se va también por otros caminos, saliendo por la puerta de Herodes, y mejor por la de Damasco. Pero os conviene saber los senderos menos conocidos. Nosotros hemos recorrido todos los alrededores para conocerlos y para enseñároslos. Así podréis ir a donde queráis, en las cercanías, sin pasar por los caminos habituales. -Y… ¿se puede uno fiar de los de Nob? -dice Pedro.
-Como de tu misma casa. Tomás el año pasado, Nicodemo siempre, el sacerdote Juan, discípulo de Él, y otros, han hecho de ese pueblecito un lugar suyo.
-Y tú has hecho más que todos -dice Benjamín (pastor).
-¿Yo? Entonces todos hemos hecho, si yo he hecho. Pero, créeme, Maestro: ahora todo alrededor de la ciudad tienes lugares seguros…
-También Rama… -dice Tomás, que tiene amor a su ciudad Mi padre y mi cuñado, con Nicodemo, han pensado en ti.
-Entonces también Emaús -dice un hombre que no me resulta nuevo, aunque no sé decir exactamente quién es… bueno, incluso porque he encontrado más de una Emaús en Judea, sin hablar de aquel lugar cercano a Tariquea.
-Está lejos para ir y venir, como hago ahora. Pero no dejaré de ir alguna vez.
-Y a mi casa -dice Salomón.
-Allí, sin duda, al menos una vez, para saludar al anciano.
-También está Béter.
-Y Betsur.
-No iré a casa de las discípulas. Pero, cuando llegue la necesidad, las llamaré.
-Yo tengo un amigo sincero en En Royel. Su casa está abierta para ti. Y nadie pensará, de los que te odian, que estás tan cerca de ellos -dice Esteban.
-El jardinero de los jardines reales te puede hospedar. Manahén -que le consiguió ese puesto-y él son una misma cosa… Y además… lo curaste un día…
-¿Yo? No lo conozco…
-Estaba, durante la Pascua, entre los pobres que curaste en casa de Cusa. Un golpe de hoz sucia de estiércol le estaba descomponiendo una pierna, y su primer jefe lo había echado por esto. Mendigaba para sus hijos. Y Tú lo curaste. Manahén, luego, obteniéndole el puesto en un momento bueno de Antipas, lo puso en los Jardines. Ahora ese hombre hace todo lo que Manahén dice. Y si además es por ti… -dice Matías (pastor).
-No he visto nunca a Manahén con vosotros… -dice Jesús mirando fijamente a Matías, que cambia de color y se turba.
-Ven adelante conmigo.
El discípulo lo sigue.
-¡Habla!
-Señor… Manahén ha cometido un error… y sufre mucho, y con él Timoneo y algún otro más. No tienen paz porque Tú…
-No creerán que los aborrezco…
-¡Nooo! Pero… tienen miedo de tus palabras y de tu rostro.
-¡Oh! ¡Qué error! Precisamente por haber errado deben venir a la Medicina. ¿Sabes dónde están?
-Sí, Maestro.
-Entonces ve a ellos y diles que los espero en Nob.
Matías se va sin perder tiempo.
El sendero del monte sube, de forma que es visible toda Jerusalén vista desde el norte… Jesús con los suyos, yendo justo en dirección contraria a la ciudad, le vuelve las espaldas.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
El Templo está aún más lleno de gente que el día anterior.
Y, entre el gentío que llena el primer patio y en él hormiguea, veo a muchos gentiles, muchos más que ayer. Todos esperan con gran interés, tanto los israelitas como los gentiles. Y hablan gentiles con gentiles y hebreos con hebreos, formando corrillos esparcidos acá o allá, sin perder de vista las puertas.
Los doctores, debajo de los pórticos, se esfuerzan en alzar la voz como reclamo y para hacer alarde de elocuencia. Pero la gente está distraída y predican a pocos alumnos.
Está Gamaliel. En su sitio. Pero no habla. Pasea atrás y adelante sobre su suntuosa alfombra, con los brazos cruzados, la cabeza baja, meditando. La larga túnica y el manto aún más largo -que está suelto y pende sujeto a los hombros por dos broches de plata, en forma de rosetones-forman por detrás una cola que él aparta con el pie cuando vuelve sobre sus pasos. Sus discípulos, los más fieles, bien juntos al muro, lo miran en silencio, con temor, y respetan la meditación de su maestro.
Algunos fariseos y algunos sacerdotes dan muestra de tener muchas cosas que hacer, y van y vienen… La gente, que comprende sus verdaderas intenciones, los señala -unos a otros se los señalan-, y algún comentario surge, como un cohete abrasador, para abrasar su hipocresía. Pero ellos fingen no oír.
Ven prudente no reaccionar, porque son pocos respecto a los muchos que no odian a Jesús y que, por el contrario, los odian a ellos.
-¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Hoy viene por la puerta Dorada!
-¡Corramos!
-Yo me quedo. Vendrá aquí a hablar. No pierdo el sitio.
-Yo tampoco. Además, los que se marchan dejan el sitio a los que nos quedamos.
-Pero ¿lo dejarán hablar?
-¡Si lo han dejado entrar!…
-Sí, pero es distinto. Como hijo de la Ley, no pueden impedirle entrar. Pero como rabí pueden echarlo si quieren.
-¡Cuántas distinciones! Si lo dejan ir a hablar al Dios, ¿por que no tienen que dejarlo hablar a hombres? -el que habla es un gentil.
-Es verdad -dice otro gentil.
-A nosotros, porque somos impuros, no nos dejáis ir allá, pero venir aquí sí, esperando que nos hagamos circuncisos…
-Calla, Quinto. Por esto le dejan que nos hable a nosotros. Esperando podarnos como si fuéramos árboles. Pero no, nosotros venimos para poner sus ideas como ramas de injerto en nosotros, silvestres.
-Así es. ¡Es el único que no nos desprecia!
-¡Respecto a esto! Cuando vamos con una bolsa de monedas a comprar no nos desprecian tampoco los otros.
-¡Mira! Los gentiles nos hemos quedado como dueños y señores de este sitio. ¡Oiremos bien! ¡Y vamos a ver mejor! Me gusta ver lar caras de sus enemigos ¡Por Júpiter! Un combate de caras…
-¡Calla! Que no te oigan nombrar a Júpiter. Está prohibido aquí.
-¡Bueno, entre Júpiter y Yeohveh hay poca diferencia! Y entre dioses no se ofenderán… Yo he venido movido por un buen deseo de escuchar; no para burlarme. ¡Se habla mucho, por todas partes, de este Nazareno! Me dije: en esta época hace bueno y voy a oírlo hablar. Hay quien va más lejos para oír los oráculos…
-¿De dónde vienes?
-De Perge. ¿Y tú?
-De Tarso.
-Yo soy casi hebreo. Mi padre era un helenista de Iconio. Pero se casó en Antioquía de Cilicia con una romana, y luego murió antes de que yo naciera. Pero la progenie es hebrea.
-Tarda en venir… ¿Será que lo han detenido?
-No temas. Nos lo dirían los gritos del gentío. Estos hebreos chillan como urracas, siempre…
-¡Ahí está! ¡Es Él! ¿Va a venir justamente aquí?
-¿No ves que, arteramente, han ocupado todos los sitios menos este rincón? ¿Oyes cuántas ranas croan fingiéndose maestros?
-Pero aquel de allí está callado. ¿Es verdad que es el mayor doctor de Israel?
-Sí, pero… ¡Qué pedante! Un día lo escuché y, para digerir su ciencia, tuve que beber muchas copas de falerno en casa de Tito, en Beceta.
Se ríen.
Jesús se acerca lentamente. Pasa por delante de Gamaliel -que ni siquiera alza la cabeza-, y va al sitio de ayer.
La gente, mezcla, ahora, de israelitas, prosélitos y gentiles, comprende que va a empezar a hablar y susurra:
-Fijaos que habla públicamente y no le dicen nada.
-Quizás los príncipes y los jefes han reconocido en Él al Cristo. Ayer Gamaliel, cuando se marchó el Galileo, habló mucho con unos Ancianos.
-¡Pero es posible! ¿Cómo han hecho para reconocerlo de repente, si sólo un poco antes lo consideraban hombre merecedor de la muerte?
-Quizás Gamaliel tenía pruebas…
-¿Y qué pruebas? ¿Qué pruebas queréis que tenga en favor de ese hombre? -arremete uno.
-Cállate, ventajista. No eres más que el último de los escribanos. ¿Quién te ha preguntado? -y lo abuchean. Él se marcha.
Pero, en su lugar, aparecen otros, que no pertenecen al Templo, sino -ciertamente-a los incrédulos judíos:
-Nosotros tenemos las pruebas. Nosotros sabemos de dónde es éste. Pero, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es. No sabremos su origen. ¡Pero de éste! Es hijo de un carpintero de Nazaret, y todo su pueblo puede traer aquí su testimonio contra nosotros si mentimos…
Entretanto, se oye la voz de un gentil, que dice:
-Maestro, háblanos un poco a nosotros hoy. Nos ha sido dicho que afirmas que todos los hombres provienen de un solo Dios, el tuyo. Tanto que los llamas hijos del Padre.
Algunos poetas nuestros estoicos tuvieron también una idea semejante a ésta. Dijeron: "Somos estirpe de Dios". Tus connacionales dicen que somos más impuros que animales.
¿Cómo concilias las dos tendencias?
Se plantea la cuestión según las costumbres de las disputas filosóficas, al menos eso creo. Y, cuando Jesús está para responder, aumenta de tono la disputa entre los judíos incrédulos y los creyentes, y una voz estridente repite:
-¡Es un simple hombre! ¡El Cristo no será eso! ¡Todo en Él tendrá carácter excepcional: forma, naturaleza, origen!…
Jesús se vuelve en esa dirección y dice fuerte:
-¿Entonces me conocéis y sabéis de dónde vengo? ¿Estáis bien seguros de ello? ¿Y lo poco que sabéis no os dice nada? ¿No os resulta confirmación de las profecías? Pero no, vosotros no sabéis todo de mí.
En verdad, en verdad os digo que Yo no he venido por mí mismo, ni tampoco de donde vosotros creéis que he venido. Es la misma Verdad la que me ha enviado, y vosotros no la conocéis.
Prorrumpen los enemigos en un grito de enfado.
-La misma Verdad. Vosotros no conocéis sus obras. No conocéis sus caminos, los caminos por los que Yo he venido. El odio no puede conocer ni los caminos ni las obras del Amor. Las tinieblas no pueden aguantar la vista de la Luz. Mas Yo conozco a Aquel, que me ha enviado, porque Yo soy suyo, parte suya y un Todo con El. Y Él me ha enviado para que cumpla lo que su Pensamiento quiere.
Nace un tumulto. Los enemigos se lanzan contra Él para ponerle las manos encima, para capturarlo y pegarle.
Apóstoles, discípulos pueblo, gentiles, prosélitos reaccionan para defenderlo. Acuden otros a ayudar a los primeros, y quizás hubieran logrado su objetivo, pero Gamaliel, que hasta ese momento parecía ajeno a todo, deja su alfombra y va hacia Jesús apartado hacia el pórtico por quienes lo quieren defender-y grita:
-¡Dejadlo! Quiero oír lo que dice.
Más que el pelotón de legionarios que, de la Antonia, acude para calmar el tumulto, hace la voz de Gamaliel. El tumulto cesa cual torbellino que se deshace, y el clamor se calma transformándose en rumor. Los legionarios, por prudencia, se quedan cerca del muro externo, pero ya sin función alguna.
-Habla -ordena Gamaliel a Jesús -Responde a los que te acusan.
El tono es imperioso, pero no burlón.
Jesús da unos pasos hacia delante, hacia el patio.
Tranquilo, reanuda el discurso. Gamaliel permanece donde está, y sus discípulos se apresuran a llevarle alfombra y escabel para que esté cómodo. Pero él se queda de pie: los brazos cruzados, la cabeza baja, los ojos cerrados; concentrado en escuchar.
-Me habéis acusado sin motivo, como si hubiera blasfemado en lugar de decir la verdad. Yo, no para defenderme, sino para daros la luz con el fin de que podáis conocer la Verdad, hablo. Y no hablo por mí mismo, sino que hablo recordando las palabras en que creéis y por las que juráis.
Ellas me dan testimonio. Vosotros, lo sé, no veis en mí sino a un hombre semejante a vosotros, inferior a vosotros. Y os parece imposible que un hombre pueda ser el Mesías. Como mínimo pensáis que tendría que ser un ángel este Mesías, el cual debe tener un origen tan misterioso como para poder ser rey por la simple autoridad que el misterio de su origen suscita.
Pero, ¿acaso alguna vez en la historia de nuestro pueblo, en los libros que forman esta historia -y que serán libros tan eternos cuanto el mundo, porque a ellos los doctores de todas las naciones y de todos los tiempos irán a beber, para corroborar su ciencia y sus investigaciones sobre el pasado con las luces de la verdad-, acaso alguna vez se dice en estos libros que Dios haya hablado a un ángel suyo para decirle (Salmo 2, 7; ll0, l y 4): "Tú serás para mí, de ahora en adelante, Hijo, porque Yo te he engendrado"?».
Veo que Gamaliel pide una tablilla y pergaminos, se sienta y escribe…
-Los ángeles, criaturas espirituales siervas del Altísimo y mensajeras suyas, han sido creados por Él como el hombre, como los animales, como todo lo que fue creado.
Pero no han sido engendrados por Él. Porque Dios engendra únicamente a otro Sí mismo, pues no puede el Perfecto engendrar sino a un Perfecto, a otro Ser parejo a Sí mismo, para no rebajar su perfección engendrando a una criatura inferior a Él. Ahora bien, si Dios no puede engendrar a los ángeles, y ni siquiera elevarlos a la dignidad de hijos suyos, (Dios no puede… ni siquiera elevarlos a la dignidad de hijos suyos: Debe leerse a la luz de la frase Pero, si Dios no ha juzgado conveniente elevar al grado de Hijo a un ángel, de unos renglones más abajo, donde se aduce un motivo de conveniencia, no de imposibilidad divina), ¿cómo será el Hijo al que dice:
"Tú eres mi Hijo. Hoy te he engendrado"? ¿Y de qué naturaleza será si, engendrándolo, y señalándoselo a sus ángeles, dice: "Y le adoren todos los ángeles de Dios"? ¿Y cómo será este Hijo, para merecer oír que el Padre -Aquel a cuya gracia se debe el que los hombres lo puedan nombrar con el corazón anonadado en adoración-le dice: "Siéntate a mi derecha hasta que haga de tus enemigos escabel para tus pies"?
Ese Hijo no podrá ser sino Dios como el Padre, con quien comparte atributos y poderes y con quien goza de la Caridad que los letifica en los inefables e incognoscibles amores de la Perfección hacia sí misma.
Pero, si Dios no ha juzgado conveniente elevar al grado de Hijo a un ángel, ¿habría podido decir de un hombre lo que, al final de éste hará tres años, dijo de quien aquí os habla en el vado de Betabara? (y muchos de vosotros que os oponéis a mí estabais presentes cuando lo dijo).
Vosotros lo oísteis y temblasteis. Porque la voz de Dios es inconfundible, y sin una especial gracia suya abate a quien la oye, y estremece su corazón.
¿Qué es, entonces, el Hombre que os habla? ¿Es, acaso, uno que ha nacido de principio y de voluntad de hombre, como todos vosotros? ¿Habría podido poner el Altísimo a su Espíritu a vivir en una carne carente de gracia, como es la de los hombres nacidos por voluntad carnal? ¿Y podría el Altísimo, como satisfacción de la gran Culpa, aplacarse con el sacrificio de un hombre?
Pensad. Él no designa a un ángel para ser Mesías y Redentor. ¿Podrá, entonces, designar a un hombre para serlo? ¿Y podía el Redentor ser sólo Hijo del Padre, sin asumir naturaleza humana; ser el Redentor con medios y poderes que superaran las humanas deducciones? ¿Y el Primogénito de Dios podía, acaso, tener padres, si es el Primogénito eterno? ¿No se os trastoca el soberbio pensamiento ante estos interrogantes, que suben hacia los reinos de la Verdad, acercándose cada vez más a ella, y que hallan respuesta sólo en un corazón humilde y lleno de fe?
¿Quién debe ser el Cristo? ¿Un ángel? Más que un ángel. ¿Un hombre? Más que un hombre. ¿Un Dios? Sí, un Dios. Pero con una carne unida a Él, para que ésta pueda cumplir la expiación de la carne culpable. Todas las cosas deben ser redimidas a través de la materia con que pecaron. Dios, por tanto, habría debido enviar a un ángel para expiar las culpas de los ángeles caídos, y que expiara por Lucifer y sus seguidores angélicos.
Porque ya sabéis que Lucifer también pecó. Pero Dios no envía a un espíritu angélico a redimir a los ángeles tenebrosos. Ellos no han adorado al Hijo de Dios, y Dios no perdona el pecado contra su Verbo engendrado por su Amor.
Pero Dios ama al hombre y envía al Hombre, al único perfecto, a redimir al hombre y a obtener paz con Dios. Y es justo que sólo un Hombre-Dios pueda cumplir la redención del hombre y aplacar a Dios.
El Padre y el Hijo se han amado y se han comprendido. Y el Padre ha dicho:
"Quiero". Y el Hijo ha dicho: "Quiero". Y luego el Hijo ha dicho: "Dame". Y el Padre ha dicho: "Toma", y el Verbo tuvo una carne, cuya formación es misteriosa, y esta carne se llamó Jesucristo, Mesías, Aquel que debe redimir a los hombres, llevarlos al Reino, vencer al demonio, quebrar las esclavitudes.
¡Vencer al demonio! No podía un ángel, no puede cumplir lo que el Hijo del hombre puede. Y, por esto, Dios no llama a los ángeles a la gran obra, sino al Hombre. Aquí tenéis al Hombre cuyo origen se os presenta incierto, o es negado por vosotros u os pone pensativos. Aquí tenéis al Hombre.
Al Hombre aceptable para Dios. Al Hombre representante de todos sus hermanos. Al Hombre que es como vosotros en la semejanza; al Hombre superior y distinto de vosotros por la proveniencia; el cual -que no por un hombre sino por Dios ha sido engendrado y consagrado para su ministerio-está ante el excelso altar para ser Sacerdote y Víctima por los pecados del mundo, eterno y supremo Pontífice, Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec.
¡No temáis! No tiendo mis manos hacia la tiara pontifical. Otra corona me espera. ¡No temáis! No os voy a quitar el racional. Otro está ya preparado para mí. Temed sólo, más bien, el que para vosotros no sirva el sacrificio del Hombre y la misericordia del Cristo. Os he amado tanto, tanto os amo, que he obtenido del Padre mi anonadamiento. Os he amado tanto, tanto os amo, que he pedido asimilar todo el dolor del mundo para daros la salud eterna.
¿Por qué no me queréis creer? ¿No podéis creer todavía? ¿No está escrito del Cristo: "Tú eres Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec"? ¿Y cuándo comenzó el sacerdocio?
¿Quizás en tiempos de Abraham? No. Y vosotros lo sabéis. El rey de justicia y de paz (Génesis l4, l8-20) que viene a anunciarme, con figura profética, en la aurora de nuestro pueblo, ¿no os apercibe acerca de la existencia de un sacerdocio más perfecto, que viene directamente de Dios?; como Melquisedec, de quien nadie pudo jamás señalar sus orígenes y que es llamado "el sacerdote" y sacerdote será para siempre.
¿No creéis ya en las palabras inspiradas? Y, si creéis, ¿cómo es que vosotros, doctores, no sabéis dar una explicación aceptable a las palabras que dicen -y de mí hablan-: "Tú eres Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec"? Hay, pues, otro sacerdocio, más allá, antes del de Aarón. Y de éste está escrito "eres"; no, "fuiste"; no, "serás". Eres sacerdote para siempre. He aquí, pues, que esta frase anticipa que el eterno Sacerdote no será de la estirpe, conocida, de Aarón, no será de ninguna estirpe sacerdotal. No; será de proveniencia nueva, misteriosa, como Melquisedec. Es de esta proveniencia. Y si la Potencia de Dios lo manda, señal es de que quiere renovar el Sacerdocio y el rito para que sea provechoso para la Humanidad.
¿Conocéis vosotros mi origen? No. ¿Conocéis mis obras? No. ¿Intuís sus frutos? No. Nada sabéis de mí. Podéis ver, pues, que también en esto soy el "Cristo", cuyo origen y naturaleza y misión deben permanecer desconocidos hasta que a Dios le plazca revelarlos a los hombres.
Bienaventurados los que sepan, los que saben creer antes de que la revelación tremenda de Dios los aplaste contra el suelo con su peso y ahí los clave y triture bajo la fulgurante, poderosa verdad pronunciada: como trueno desde los Cielos; como grito desde la Tierra: "Éste era el Cristo de Dios".
Vosotros decís: "Es de Nazaret. Su padre era José. Su Madre es María". No. Yo no tengo padre que me haya engendrado hombre; no tengo madre que me haya engendrado Dios. Y, no obstante, tengo una carne, y la he asumido por misteriosa obra del Espíritu, y he venido a vosotros pasando por un tabernáculo santo. Y os salvaré después de haberme formado a mí mismo por voluntad de Dios; os salvaré haciendo salir a mi verdadero Yo mismo del tabernáculo de mi Cuerpo para consumar el gran Sacrificio de un Dios que se inmola por la salvación del hombre.
¡Padre! ¡Padre mío! Te lo dije al principio de los días: "Aquí estoy, para hacer tu voluntad". Te lo dije en la hora de gracia antes de dejarte para revestirme de carne, y así padecer: “Aquí estoy, para hacer tu voluntad". Te lo digo una vez más para santificar a aquellos por quienes he venido: “Aquí estoy, para hacer tu voluntad". Y volveré a decírtelo, siempre te lo diré, hasta que tu voluntad sea cumplida…
Jesús baja los brazos -los tenía levantados hacia el cielo, orando-, los recoge en su pecho y agacha la cabeza, cierra los ojos y se sume en una oración secreta.
La gente bisbisea. No todos han comprendido; es más, la mayoría (y yo con ellos) no ha comprendido. Somos demasiado ignorantes. Pero intuimos que ha enunciado cosas grandes. Y, admirados, guardamos silencio.
Los maliciosos, que no han comprendido o no han querido comprender, sonriendo malévolamente dicen: «¡Éste delira!». Pero no se atreven a decir más y se apartan o se encaminan hacia las puertas meneando la cabeza. Tanta prudencia creo que es el fruto de las lanzas y dagas romanas que brillan al sol contra la muralla externa.
Gamaliel se abre paso entre los que quedan. Llega hasta Jesús, que sigue en oración, absorto, lejanos la gente y el lugar, y lo llama:
-¡Rabí Jesús!
-¿Qué quieres, rabí Gamaliel? -pregunta Jesús alzando la cabeza, todavía absortos sus ojos en una interna visión.
-Que me des una explicación.
-Habla.
-¡Apartaos todos! -ordena Gamaliel, y lo hace con un tono tal, que apóstoles, discípulos, seguidores, curiosos, y los propios discípulos de Gamaliel se apartan rápidamente.
Se quedan solos, uno frente al otro. Y se miran. Jesús siempre manso y dulce; el otro, autoritario sin querer e involuntariamente soberbio de aspecto (expresión que ciertamente le ha venido de los años de deferencia exagerada).
-Maestro… Me han sido referidas unas palabras tuyas dichas en un banquete… que yo desaprobé porque era insincero. Yo contradigo o no contradigo, pero siempre abiertamente… He meditado en esas palabras. Las he cotejado con las que tengo en mi recuerdo… Y te he esperado, aquí, para preguntarte acerca de ellas… Y primero he querido oírte hablar… Ellos no han comprendido. Yo espero poder comprender. He escrito tus palabras mientras las pronunciabas. Para meditarlas. Y no para perjudicarte. ¿Me crees?
-Te creo. Y quiera el Altísimo hacerlas llamear ante tu espíritu.
-Que así sea. Escúchame. Las piedras que deben estremecerse ¿no serán las de nuestros corazones?
-No, rabí. Éstas (y señala a las murallas del Templo con gesto circular). ¿Por qué lo preguntas?
-Porque mi corazón se estremeció cuando me fueron referidas tus palabras del banquete, y tus respuestas a los tentadores. Creía que ese estremecimiento era el signo…
-No, rabí. Es demasiado poco el estremecimiento de tu corazón y el de pocos otros para ser el signo que no deja dudas… Aunque tú, con raro juicio de humilde conocimiento de ti, defines tu corazón como piedra. ¡Oh, rabí Gamaliel, ¿te es imposible hacer de tu corazón petrificado un luminoso altar que acoja a Dios? No por interés mío, rabí, sino para que tu justicia sea completa…
Y Jesús mira dulcemente al anciano maestro, que zalea su barba e introduce los dedos por debajo de la prenda que cubre su cabeza y corruga su frente; susurra, bajando la cabeza para decirlo:
-No puedo… No puedo todavía… De todas formas, espero… ¿Sigue en pie ese signo que vas a dar?
-Lo daré.
-Adiós, Rabí Jesús.
-El Señor venga a ti, rabí Gamaliel.
Se separan. Jesús hace una señal a los suyos y con ellos se encamina hacia fuera del Templo.
Escribas, fariseos, sacerdotes, discípulos de rabíes, como buitres, circundan velozmente a Gamaliel, que está metiéndose en el ancho cinturón los folios que ha escrito.
-¿Entonces? ¡Qué te parece? ¡Un loco? Has hecho bien en escribir esos delirios. Nos serán útiles. ¿Has decidido?
¡Estás convencido? Ayer… hoy… Más que suficiente para convencerte. Hablan tumultuariamente, y Gamaliel calla, y, mientras, se coloca el cinturón, cierra el tintero que lleva colgado a éste, devuelve a su discípulo la tablilla en que se ha apoyado para escribir en los pergaminos.
-¿No respondes? Desde ayer no hablas… -insta un colega suyo.
-Escucho. No a vosotros. A Él. Y trato de reconocer en las palabras de ahora la palabra que me habló un día. Aquí.
-¿Y… la encuentras? -ríen muchos.
-Como un trueno, que tiene voz distinta según esté más cercano o más lejano. Pero siempre es ruido de trueno.
-Sonido sin significado, entonces -dice uno, burlón.
-No te rías, Leví. En el trueno puede estar también la voz de Dios; y nosotros ser tan necios que la tomemos por rumor de nubes laceradas… No te rías tú tampoco,
Elquías, ni tú, Simón; no sea que el trueno se transforme en rayo y os reduzca a cenizas…
-Entonces… tú… casi estás diciendo que el Galileo es aquel niño que con Hil.lel creíste profeta; y que aquel niño y ese hombre son el Mesías… -inquieren, con mordacidad (aunque velada, porque Gamaliel se hace respetar).
-No digo nada. Digo que el ruido del trueno es siempre ruido trueno.
-¿Más cercano o más lejano?
-¡Ay! Las palabras son más fuertes, producto de la edad. Pero veinte años pasados han hecho veinte veces más cerrado mi intelecto ante el tesoro que posee. Y el sonido penetra más débilmente… -Gamaliel deja caer la cabeza sobre el pecho, meditabundo.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Te haces viejo y te haces necio, Gamaliel! Tomas por realidad los fantasmas. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! -todos ríen.
Gamaliel se encoge de hombros con desdén. Luego recoge su manto, que le pendía de los hombros; se envuelve con más de una vuelta -es muy amplio-y da las espaldas a todos sin replicar nada, despreciativo en su silencio.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús entra en el Templo.
Viene con sus apóstoles y con numerosísimos discípulos que conozco al menos de cara. Y, al final de todos, pero ya unidos al grupo como queriendo mostrar que quieren ser considerados seguidores del Maestro, caras nuevas, desconocidas todas, menos la sagaz del griego venido de Antioquía, que habla con otros -quizás gentiles como él-y que se detiene, con los que con él hablan, en el patio de los Paganos, mientras Jesús y los suyos prosiguen para entrar en el patio de los Israelitas.
Naturalmente, la entrada de Jesús en el Templo, que está de bote en bote, no pasa desapercibida. Un susurro nuevo se alza, como de una colmena disturbada, un susurro que cubre las voces de los doctores que dan sus lecciones bajo el pórtico de los Paganos.
Lecciones que, por lo demás, se suspenden, como por ensalmo; y alumnos de los escribas corren en todas las direcciones a llevar la noticia de la llegada de Jesús; de forma que cuando Él entra en el segundo recinto, donde está el atrio de los Israelitas, ya bastantes fariseos, escribas y sacerdotes están atropados observándolo. Pero, mientras ora, no le dicen nada, y ni siquiera se le acercan, únicamente lo vigilan.
Jesús vuelve al pórtico de los Paganos. Y ellos detrás. Y la comitiva de los malintencionados aumenta, como también aumenta la de los curiosos o de los bienintencionados. Y susurros en voz baja se mueven entre la gente. De vez en cuando, alguna voz más fuerte:
« ¿Veis como ha venido? Es un justo. No podía faltar a la fiesta». O: « ¿Qué ha venido a hacer?, ¿a extraviar más aún al pueblo?». O también: «¿Estáis contentos ahora?, ¿ahora veis dónde está?, ¡mucho lo habéis preguntado!».
Voces aisladas y apagadas enseguida, ahogadas en las gargantas por miradas significativas de discípulos y seguidores que amenazan, con su propio amor, a los rencorosos enemigos.
Voces irónicas, venenosas, de enemigos que arrojan una chorretada de veneno y después se detienen, porque tienen miedo de la muchedumbre. Y silencio de la muchedumbre después de una manifestación significativa en favor del Maestro, porque tiene miedo a las represalias de los poderosos. El reino del miedo recíproco…
El único que no tiene miedo es Jesús. Anda despacio, con majestad, hacia el lugar a donde quiere ir, un poco absorto, pero pronto para salir de su absorbimiento para acariciar a un niño que una madre le presenta, o sonreír a un anciano que lo saluda bendiciéndolo.
En el pórtico de los Paganos, de pie, erguido, entre un grupo de alumnos, está Gamaliel: con los brazos cruzados, con su esplendorosa vestidura blanquísima y amplísima -que parece aún más blanca en contraste con la gruesa alfombra roja oscura extendida en el suelo en el punto donde esta Gamaliel-, parece estar pensando -la cabeza un poco inclinada-y no interesarse de lo que ocurre. Entre sus discípulos, por el contrario, hay agitación, la agitación de la más grande curiosidad. Uno, pequeñito, incluso se sube a un alto escabel para ver mejor.
Pero, cuando Jesús está a la altura de Gamaliel, el rabí alza el rostro; y sus ojos profundos, bajo su frente de pensador, se clavan un instante en el rostro sereno de Jesús.
Es una mirada escrutadora, mortificante y mortificada. Jesús la siente y se vuelve. Lo mira. Los dos fulgores, el de los ojos negrísimos y el de los ojos de zafiro, se entrelazan: el de Jesús, abierto, manso, que se deja escrutar; el de Gamaliel, impenetrable, tendente a conocer y deseoso de rasgar el misterio de la verdad -porque para él es un misterio el Rabí galileo-, pero farisaicamente celoso de su pensamiento, de modo que se cierra a toda indagación que no sea de Dios. Un instante. Luego Jesús prosigue y el rabí Gamaliel vuelve a reclinar la cabeza sobre el pecho, sordo a toda pregunta recta, ansiosa, de algunos que están en torno a él, o subrepticia y cargada de aborrecimiento de otros:
-¿Es Él, maestro?
-¿Qué opinas tú?
-¡Bien!
-¿Cuál es tu juicio?
-¿Quién es Éste?
Jesús va al lugar que ha elegido para sí. ¡Oh!, ¡no tiene alfombras bajo los pies! Ni siquiera está bajo el pórtico; simplemente, junto a una columna, en pie, erguido, en el escalón más alto, en el fondo del pórtico. El lugar más modesto. En torno a Él, apóstoles, discípulos., seguidores, curiosos; más allá, fariseos, escribas, sacerdotes, rabíes. Gamaliel no deja el sitio donde está.
Jesús se pone a predicar por centésima vez la venida del Reino de Dios y la preparación de este Reino. Y yo podría decir que, ampliados en potencia, repite los mismos conceptos tratados, casi en el mismo lugar, veinte años antes. Habla de la profecía de Daniel, del Precursor anunciado por los profetas; recuerda la estrella de los Magos, la matanza de los Inocentes.
Y, sentadas estas premisas para mostrar los signos de la venida del Cristo a la Tierra, cita, como corroboración de su venida, los signos actuales que acompañan al Cristo docente, como antes los otros acompañaban al adviento del Cristo encarnado, o sea, recuerda la contradicción que lo acompaña, la muerte del Precursor, y los milagros que continuamente se producen, confirmando que Dios está con su Cristo.
No ataca nunca a sus antagonistas. Parece no verlos siquiera. Habla para confirmar en la fe a sus seguidores, para iluminar acerca de la verdad a aquellos que, sin culpa, están todavía en tinieblas respecto a ella…
Una voz áspera se deja oír desde el extremo de la gente:
-¿Cómo puede Dios estar en tus milagros, si se producen en día prohibido? Incluso ayer has curado a un leproso en el camino de Betfagé.
Jesús mira al que lo ha interrumpido, pero no responde.
Sigue hablando de la liberación del dominio que oprime a los hombres, y de la instauración del Reino de Cristo, eterno, invencible, glorioso, perfecto.
-Y esto, ¿cuándo? -dice un escriba haciendo risitas. Y añade:
-Ya sabemos que quieres hacerte rey. Pero un rey como Tú sería la ruina de Israel. ¿Dónde está tu potencia de rey?; ¿dónde, los soldados?;¿dónde, los tesoros?; ¿dónde, las alianzas? ¡Estás desquiciado!
Y muchos como él menean la cabeza riéndose con menosprecio.
Un fariseo dice:
-Así no. De esta forma nunca sabremos qué entiende Él por reino, cuáles leyes y cuáles manifestaciones tendrá ese reino. ¿Qué? ¿Acaso el reino antiguo de Israel fue de repente perfecto como en los tiempos de David y Salomón?
¿No recordáis cuántas incertidumbres y horas oscuras antes del esplendor regio del rey perfecto? Para disponer del primer rey fue necesario, antes, formar al hombre de Dios que lo ungiera, y, por tanto, quitar la esterilidad a Ana de Elcaná e inspirarle que ofreciera el fruto de su vientre.
Meditad el cántico de Ana. Es lección para nuestra dureza y ceguera: Nadie es santo como el Señor… No queráis multiplicar, jactándoos, las palabras soberbias… El Señor hace morir y vivir… exalta al pobre… Hace seguros los pasos de sus santos, y los impíos callarán porque el hombre no es fuerte por su fuerza, sino por la que le viene de Dios".
¡Recordad! "El Señor juzgará los confines de la Tierra.-dará el imperio a su rey y exaltará la potencia de su Cristo"(l Samuel 2; l Samuel l, l0ll y 20; 2, l-ll) El Cristo de las profecías no debía, acaso, venir de David? ¿Y es que todas las premisas, desde el nacimiento de Samuel en adelante, no son premisas para el reino del Cristo? ¿Tú, Maestro, no eres acaso de David, nacido en Belén? pregunta, para finalizar, directamente a Jesús.
-Tú lo has dicho -responde Jesús brevemente.
-¡Oh! Entonces satisface nuestras mentes. Ya ves que el callar no es buena cosa, porque fomenta las nubes de la duda en los corazones.
-No de la duda. De la soberbia. Es más grave aún.
-¿Cómo? ¿Dudar de ti es menos grave que ser soberbios?
-Sí. Porque la soberbia es la lujuria de la mente. Y es el pecado más grande, siendo el mismo pecado de Lucifer. Dios perdona muchas cosas, y su Luz resplandece amorosa para alumbrar las ignorancias y alejar las dudas. Pero no concede su perdón a la soberbia que lo escarnece afirmando ser mayor que Él.
-¿Quién de nosotros dice que Dios es más pequeño que nosotros? Nosotros no blasfemamos… -gritan varios.
-No lo decís con los labios, pero lo confirmáis con las obras. Queréis decir a Dios: "No es posible que el Cristo sea un galileo, uno del pueblo. No es posible que sea éste". ¿Qué es imposible para Dios?
La voz de Jesús es un trueno. Si antes presentaba un aspecto un poco modesto, apoyado como un mendigo en su columna, ahora Jesús se endereza, se separa del pilar, yergue majestuosamente la cabeza y asaetea a la gente con sus fúlgidos ojos. Está todavía en el escalón, pero tan regio es su aspecto, que es como si estuviera sobre un trono. La gente retrocede, casi con miedo, y ninguno responde a la última pregunta.
Luego un rabí, pequeño, lleno de arrugas, feo de aspecto como ciertamente lo es de alma, pregunta, haciendo preceder la pregunta de una risita disonante y cascada:
-La lujuria se cumple siendo dos ¿La mente con quién la cumple? No es corpórea. ¡Cómo puede, entonces, pecar lujuriosamente? ¿A qué, siendo incorpórea, se une para pecar? -y ríe, estirando las palabras y la risita.
-¿A quién? A Satanás. La mente del soberbio fornica con Satanás contra Dios y contra el amor.
-¿Y Lucifer con quién fornicó para hacerse Satanás, si todavía no era Satanás?
-Consigo mismo. Con su propio pensamiento inteligente y desordenado. ¿Qué es la lujuria, escriba?
-¡Pero… te lo he dicho! ¿Y quién no sabe qué es la lujuria? Todos la hemos experimentado…
-No eres un rabí sabio, porque no conoces la esencia verdadera de este pecado universal, trino fruto del Mal; así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son la trina forma del Amor. La lujuria es desorden, escriba.
Desorden guiado por una inteligencia libre y consciente, que sabe que su apetito está mal, pero de todas formas quiere saciarlo. La lujuria es desorden y violencia contra las leyes naturales, contra la justicia y el amor hacia Dios, hacia nosotros mismos, hacia nuestros hermanos.
Toda lujuria. Tanto la carnal como la que tiende a las riquezas y poderes de la Tierra, como la de aquellos que quisieran impedirle al Cristo su misión, porque mantienen contubernio con la inmoderada ambición que teme ser quebrantada por mí.
Un gran murmullo se extiende por la aglomeración de gente.
Gamaliel, que se ha quedado solo en su alfombra, alza la cabeza y lanza una mirada penetrante a Jesús.
-Pero ¡cuándo vendrá, entonces, el Reino de Dios? No has respondido… -insta de nuevo el fariseo de antes.
-Cuando el Cristo esté en el trono que Israel le prepara, más alto que todos los demás tronos, más alto que este mismo Templo.
-¿Pero, donde lo están aparejando, pues que no se ve aparato de nada? ¿Podrá ser verdad que Roma deje resurgir a Israel? ¿Es que las águilas se han quedado ciegas para no ver lo que se prepara?
-El Reino de Dios no viene con aparato. Sólo el ojo de Dios lo ve formarse, porque el ojo de Dios lee dentro de los hombres. Por tanto, no vayáis buscando dónde está este Reino, dónde se prepara. Y no creáis a quien diga:
"Se conjura en Batena, se conjura en las cavernas del desierto de Engadí, se conjura en las orillas del mar". El Reino de Dios está en vosotros, dentro de vosotros, en vuestro espíritu que acoge la Ley venida de los Cielos como ley de la verdadera Patria, ley que, practicándola, hace a uno ciudadano del Reino.
Por esto, antes de mí ha venido Juan a preparar los caminos de los corazones, por los cuales debía penetrar en ellos mi Doctrina. Con la penitencia se han preparado los caminos, con el amor el Reino surgirá, y caerá la esclavitud del pecado que impide a los hombres el Reino de los Cielos.
-¡Pero, verdaderamente este hombre es grande! ¿Y vosotros decís que es un artesano? -dice fuerte uno que escuchaba atentamente. Y otros, judíos por su vestimenta, y quizás instigados por los enemigos de Jesús, se miran confundidos, y miran a sus instigadores preguntando:
-¿Pero qué nos habéis imbuido? ¿Quién puede decir que este hombre extravía al pueblo? -y otros:
-Nos preguntamos y os preguntamos estas cosas: si es verdad que ninguno de vosotros lo ha instruido, ¿cómo tiene tantos conocimientos? ¿Dónde los ha aprendido, si no ha estudiado nunca con ningún maestro? -y dirigiéndose a Jesús:
-Di, pues, ¿dónde has encontrado esta doctrina tuya?
Jesús alza un rostro inspirado y dice:
-En verdad, en verdad os digo que esta doctrina no es mía, sino que es de Aquél que me ha enviado a vosotros. En verdad, en verdad os digo que ningún maestro me la ha enseñado, ni la he encontrado en ningún libro viviente, o en ningún rollo o monumento de piedra.
En verdad, en verdad os digo que me he preparado para esta hora oyendo al Viviente hablarle a mi espíritu. Ahora la hora ha llegado para que Yo dé al pueblo de Dios la Palabra venida de los Cielos. Y lo hago, y lo haré hasta el último respiro, y, tras haberlo exhalado, las piedras que me oyeron y no ablandecieron, conocerán un temor a Dios más fuerte que el que experimentó Moisés en el Sinaí; y en el temor, con voz de verdad, para bendecir o maldecir, las palabras de mi doctrina rechazada se grabarán en las piedras. Y esas palabras ya no se borrarán nunca.
El signo permanecerá. Luz para quien lo acoja, al menos entonces, con amor; absolutas tinieblas para quien ni siquiera entonces comprenda que ha sido la voluntad de Dios la que me ha enviado para fundar su Reino. Al principio de la creación fue dicho: "Hágase la luz". Y la luz apareció en el caos.
Al principio de mi vida fue dicho: "Paz a los hombres de buena voluntad". La buena voluntad es aquella que hace la voluntad de Dios y no combate contra ella. Ahora bien, aquel que hace la voluntad de Dios y no combate contra ella siente que no puede combatir contra mí, porque siente que mi doctrina viene de Dios y no de mí mismo. ¿Acaso busco Yo mi gloria? ¿Digo, acaso, que soy el Autor de la Ley de gracia y de la era de perdón? No. Yo no tomo la gloria que no es mía, sino que doy gloria a la gloria de Dios, Autor de todo lo que es bueno.
Ahora bien, mi gloria es hacer lo que el Padre quiere que haga, porque esto le da gloria a Él. El que habla a favor propio para recibir alabanza busca su propia gloria. Mas aquel que pudiendo -incluso sin buscarla-recibir gloria de los hombres por lo que hace o dice y la rechaza diciendo: "No es mía, creada por mí sino que procede de la del Padre, de la misma manera que Yo de Él procedo" está en la verdad y en él no hay injusticia, pues da a cada uno lo suyo sin quedarse con nada de lo que no le pertenece.
Yo soy porque Él ha querido que fuera». (El contexto presenta a Cristo en su humanidad ("Aquel que me ha enviado entre vosotros", "me ha preparado para esta hora", "hasta el último respiro", "Al principio de mi vida"…), por tanto hay que entender esta frase en el sentido de la Encarnación por voluntad del Padre).
Jesús se detiene un momento. Recorre con sus ojos la aglomeración de gente. Escudriña las conciencias. Las lee. Las sopesa. Abre de nuevo sus labios:
-Vosotros calláis: la mitad admirados, la otra mitad pensativos, pensando en cómo podéis hacerme callar. ¿De quién son los diez mandamientos? ¿De dónde vienen? ¿Quién os los ha dado?
-¡Moisés! -grita la gente.
-No. El Altísimo. Moisés, su siervo, os los trajo. Pero son de Dios. Vosotros los que tenéis las fórmulas pero no tenéis la fe, en vuestro corazón decís:
"Nosotros a Dios no lo hemos visto. Y tampoco lo vieron los hebreos que estaban al pie del Sinaí". ¡Oh!, no os son suficientes para creer que Dios estaba presente ni siquiera los rayos, que incendiaban el monte mientras Dios resplandecía tronando delante de Moisés.
No os valen ni siquiera los rayos y los terremotos para creer que Dios está sobre vosotros para escribir el Pacto eterno de salvación y de condena. Una epifanía nueva, tremenda veréis, y pronto, entre estos muros. Y las mansiones sagradas ya no estarán en tinieblas, porque habrá comenzado el Reino de la Luz, y el Santo de los Santos, no celado ya tras la ternaria cortina, será elevado ante la presencia de todos. Y todavía no creeréis.
Entonces, ¿qué se necesitará para haceros creer? ¿Que los rayos de la Justicia incidan en vuestras carnes? Pero entonces la Justicia estará apaciguada, y descenderán los rayos del Amor. Y, a pesar de todo, ni siquiera éstos escribirán en vuestros corazones, en todos vuestros corazones, la Verdad y suscitarán el arrepentimiento y luego el amor…
Los ojos de Gamaliel, en un rostro tenso, están ahora fijos en el rostro de Jesús…
-Pero, Moisés sabéis que era hombre entre los hombres; de él os han dejado descripción los cronistas de su tiempo.
Y, a pesar de todo, sabiendo incluso quién era, de Quién y cómo recibió la Ley, ¿observáis, acaso, esta Ley? No. Ninguno de vosotros la observa.
Un grito de protesta entre la gente.
Jesús impone silencio:
-¿Decís que no es verdad? ¿Que la observáis? ¿Y entonces por qué tratáis de matarme? ¿No prohíbe el quinto mandamiento matar al hombre? ¿Vosotros no admitís en mí al Cristo? Pero no podéis negar que Yo sea hombre. Entonces ¿por qué tratáis de matarme?
-¡Pero Tú estás loco! ¡Eres un endemoniado! ¡Un demonio habla en ti y te hace delirar y decir embustes! ¡Ninguno de nosotros piensa en matarte! ¡Quién quiere matarte? -gritan, precisamente aquellos que lo quieren hacer.
-¿Que quién? Vosotros. Y buscáis las disculpas para hacerlo. Y me echáis en cara culpas no verdaderas. Me echáis en cara -y no es la primera vez-el que haya curado a un hombre en sábado.
¿Y no dice Moisés (Deuteronomio 22, 4) que tengamos piedad incluso del asno y del buey caídos, porque representan un bien para el hermano?
¿Y Yo no debería tener compasión del cuerpo enfermo de un hermano, para el cual la salud recuperada es un bien material y un medio espiritual para bendecir a Dios y amarlo por su bondad?
¿Y la circuncisión que Moisés os dio, por haberla recibido de los patriarcas, acaso no la practicáis también en día de sábado? Si circuncidando a un hombre en día de sábado no se viola la Ley mosaica del sábado, porque la circuncisión sirve para hacer de un varón un hijo de la Ley, ¿por qué os enojáis contra mí si en día de sábado he curado a un hombre enteramente, en el cuerpo y en el espíritu, y he hecho de él un hijo de Dios?
No juzguéis según la apariencia y la letra, sino juzgad con recto juicio y con el espíritu, porque la letra, las fórmulas, las apariencias, son cosas muertas, escenarios pintados, pero no verdadera vida, mientras que el espíritu de las palabras y apariencias es vida real y fuente de eternidad. Pero vosotros no entendéis estas cosas porque no las queréis entender. Vamos.
Y vuelve las espaldas a todos y se dirige hacia la salida, seguido y circundado por sus apóstoles y discípulos, que lo miran: con pena por Él, con enojo contra los enemigos.
Él, pálido, les sonríe y les dice:
-No estéis tristes. Vosotros sois amigos míos. Y hacéis bien siéndolo, porque mi tiempo se acerca a su fin. Pronto llegará el tiempo en que desearéis ver uno de estos días del Hijo del hombre, mas no podréis ya verlo. Entonces hallaréis confortación en deciros:
"Nosotros lo amamos y le fuimos fieles mientras estuvo entre nosotros". Y para burlarse de vosotros y haceros aparecer como locos os dirán: "Cristo ha vuelto. ¡Está aquí! ¡Está allá!". No creáis en esas voces. No vayáis, no os pongáis a seguir a estos falaces burladores. El Hijo del hombre, una vez que se haya marchado, no volverá sino cuando llegue su Día.
Y entonces su manifestación será semejante al relámpago, que resplandeciendo surca el cielo de una parte a otra, tan rápidamente, que el ojo apenas puede seguirlo.
Vosotros, y no sólo vosotros, sino ningún hombre, podría seguirme en mi aparición final para recoger a todos aquellos que fueron, son y serán. Pero antes de que esto suceda es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho. Sufra todo. Todo el dolor de la Humanidad, y, además, sea repudiado por esta generación.
-Pero entonces, mi Señor, sufrirás todo el mal que será capaz de descargar sobre ti esta generación -observa el pastor Matías.
-No. He dicho: "Todo el dolor de la Humanidad". Ella existía antes de esta generación, y existirá, por generaciones y generaciones, después de ésta. Y siempre pecará.
Y el Hijo del hombre gustará toda la amargura de los pecados pasados, presentes y futuros, hasta el último pecado, en su espíritu, antes de ser el Redentor. Y, ya en su gloria, todavía sufrirá, en su espíritu de amor, al ver que la Humanidad pisotea su amor. Vosotros no podéis entender por ahora… Vamos ahora a esta casa que me es amiga.
Y llama a una puerta, que se abre y lo deja entrar, sin que el custodio muestre estupor por el número de personas que entran detrás de Jesús.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Los variados verdes de los campos que están en torno a Betania aparecen a la vista apenas salvado un picacho de monte, apenas puesto el pie en la vertiente sur del monte, que desciende con un camino en zigzag hacia Betania.
El verde plata de los olivos, el verde fuerte de los manzanos, salpicado acá o allá de las primeras amarilluras de las hojas, el desordenado y más amarillento verde de las vides, el oscuro y compacto verde de los algarrobos y las encinas, mezclados con el marrón de los campos, ya arados y a la espera de la semilla, mezclados con el verde fresco de los prados, que echan la nueva hierba, y de los fértiles huertos, forman como una alfombra multicolor para quien desde lo alto domina Betania y sus alrededores; y descollando sobre el verde más bajo, los pinceles de las palmas de dátiles, siempre elegantes, siempre rememorativas del Oriente.
La pequeña ciudad de Ensemes, acoclada en medio del verde y toda encendida de sol (de un sol que empieza su ocaso), pronto queda atrás; y después queda atrás la fuente amplia, rica en agua, situada un poco al norte donde empieza Betania, para ver después las primeras casas entre el verde… Han llegado después de mucho camino, y camino fatigoso. Y, a pesar de estar cansadísimos, parecen recuperar sus fuerzas por el simple hecho de estar cerca de la casa amiga de Betania.
La pequeña ciudad está calma, casi vacía. Muchos habitantes deben haberse trasladado ya a Jerusalén para la fiesta. Por eso, Jesús pasa inadvertido hasta los alrededores de la casa de Lázaro. Sólo cuando está ya junto al jardín ensilvecido de la casa donde estaban todas aquellas zancudas, encuentra a dos hombres que lo reconocen y lo saludan, y que preguntan:
-¿Vas donde Lázaro, Maestro? Haces bien. Está muy mal. Nosotros venimos de su casa. Le hemos llevado la leche de nuestras burritas, el único alimento que su estómago tolera todavía, junto con un poco de miel y jugo de fruta.
Las hermanas no hacen más que llorar. Están agotadas de vela y de dolor… Y él no hace más que desear tu presencia. Creo que ya habría muerto pero el ansia de volverte a ver le ha hecho vivir hasta aquí.
-Voy enseguida. Dios esté con vosotros.
-¿Y… lo vas a curar? -preguntan curiosos.
-La voluntad de Dios se manifestará en él, y con ella la potencia del Señor -responde Jesús, dejando perplejos a los dos; y se apresura a ir a la cancilla del jardín.
Lo ve un doméstico y corre a abrir, pero sin ninguna exclamación de alegría. Apenas abierta la cancilla, se arrodilla para venerar a Jesús y dice con voz afligida:
-¡Bien vienes, Señor! Quiera ser tu venida signo de alegría para esta casa en llanto. Lázaro, mi señor…
-Lo sé. Resignaos todos a la voluntad del Señor, que premiará el sacrificio de vuestra voluntad a la suya. Ve y llama a Marta y María. Las espero en el jardín.
El doméstico se marcha corriendo. Jesús lo sigue, despacio, después de haber dicho a los apóstoles:
-Voy donde Lázaro. Descansad, que lo necesitáis…
Y, efectivamente, mientras se asoman a la puerta las dos hermanas -tienen dificultad en reconocer al Señor, pues muy cansados están sus ojos de vela y lágrimas, y el sol, dándoles precisamente en los ojos, aumenta la dificultad de ver-, otros criados, por una puerta secundaria, salen al encuentro de los apóstoles y los acompañan.
-¡Marta! ¡María! Soy Yo. ¿No me reconocéis?
-¡Oh, el Maestro! -exclaman las dos hermanas, y se echan a correr hacia Él, y se arrojan a sus pies, a duras penas ahogando los sollozos. Besos y lágrimas descienden sobre los pies de Jesús, como ya en la casa de Simón el fariseo.
Pero esta vez Jesús no se queda inmóvil como entonces, recibiendo el lavatorio del llanto de Marta y María; esta vez se inclina y las toca en la cabeza -las acaricia y bendice con ese gesto-y las obliga a alzarse, mientras dice:
-Venid. Vamos a la pérgola de los jazmines. ¿Podéis dejar a Lázaro?
Más con gestos que con palabras, entre sollozos, dicen que sí. Y van al quiosco umbrío, entre cuya fronda tupida y oscura alguna tenaz estrellita de jazmín albea y perfuma.
-Hablad, pues…
-¡Oh, Maestro! ¡Vienes a una casa bien triste! El dolor nos ha entontecido. Cuando el criado nos ha dicho: "Un hombre os busca", no hemos pensado en ti. Al verte, no te hemos reconocido. Pero, ¿ves? Nuestros ojos están abrasados por el llanto. ¡Lázaro está muriendo!… -y el llanto vuelve, e interrumpe las palabras de las dos hermanas, que han hablado alternativamente.
-Y Yo he venido…
-¿A curarlo? ¡Oh, mi Señor! -dice María, radiante de esperanza tras los hilos de lágrimas.
-¡Ah, yo lo decía! Si Él viene… -dice Marta, juntando las manos con gesto de alegría.
-¡Marta, Marta! ¿Qué sabes tú de las operaciones y decretos de Dios?
-¡Ay, Maestro! ¿No lo vas a curar? -exclaman juntas, y vuelven a sumirse en el dolor.
-Yo os digo: tened una fe ilimitada en el Señor. Seguid teniéndola, a pesar de toda insinuación y hecho, y veréis grandes cosas cuando vuestro corazón ya no tenga motivo para esperar verlas. ¿Qué dice Lázaro?
-En sus palabras hay un eco de las tuyas. Nos dice: "No dudéis de la bondad y poder de Dios. Suceda lo que suceda, intervendrá para vuestro bien y el mío, y para el bien de muchos, de todos los que como yo y como vosotros sepan permanecer fieles al Señor".
Y, cuando está en condiciones de hacerlo, nos explica las Escrituras ya es lo único que lee -y nos habla de ti, y dice que muere en un tiempo feliz, porque la era de la paz y el perdón ha comenzado. Pero, lo oirás… Es que dice también otras cosas que nos hacen llorar incluso más que por él… - dice Marta.
-Ven, Señor. Cada minuto que pasa es un minuto robado a la esperanza de Lázaro. Contaba las horas… Decía: "Pues, para la fiesta estará en Jerusalén y vendrá…". Nosotras, nosotras que sabemos muchas cosas, que no se las decimos a Lázaro para no causarle dolor, teníamos menos esperanza, porque pensábamos que no venías para escabullirte de los que te buscan…
Marta sí pensaba mucho esto. Yo menos, porque… yo, si estuviera en tu lugar, desafiaría a los enemigos. Yo no soy de esas que tienen miedo de los hombres. Y ahora ya no tengo miedo tampoco de Dios. Sé cuán bueno es para con las almas arrepentidas… dice María, y lo mira con su mirada de amor.
-¿De nada tienes miedo, María? -pregunta Jesús.
-Del pecado… y de mí misma… Tengo siempre miedo de volver a caer en el mal. Creo que Satanás me debe odiar mucho.
-Tienes razón. Eres una de las almas más odiadas por Satanás. Pero eres también una de las más amadas por Dios. Recuerda esto.
-¡Lo recuerdo! ¡Es mi fuerza este recuerdo! Recuerdo lo que dijiste en casa de Simón. Dijiste: "Mucho se le perdona porque mucho ha amado", y a mí: "Te son perdonados los pecados. Tu fe te ha salvado. Ve en paz". Dijiste "los pecados".
No muchos. Todos. Y entonces pienso, Dios mío, en tu amor a mí, sin medida. Pues bien, si mi pobre fe de entonces, como la que podía haber nacido en un alma gravada de culpas, obtuvo tanto de ti, ¿mi fe de ahora no podrá defenderme del Mal?
-Sí, María. Vela por ti misma y vigílate. Es humildad y prudencia. Pero ten fe en el Señor. Él está contigo.
Entran en casa. Marta va a ver a su hermano. María quisiera servir a Jesús. Pero Jesús quiere antes ir donde Lázaro. Y entran en la habitación en penumbra en que se consuma el sacrificio.
-¡Maestro!
-¡Amigo mío!
Los brazos esqueletados de Lázaro se extienden hacia arriba; los de Jesús, hacia abajo para abrazar el cuerpo del amigo que languidece: un largo abrazo. Luego Jesús coloca de nuevo al enfermo sobre las almohadas y lo contempla con piedad. Pero Lázaro sonríe. Está feliz. En su rostro deshecho sólo resplandecen vivaces los ojos hundidos, iluminados con la alegría de tener allí a Jesús.
-¿Lo ves? He venido. Y para estar mucho contigo.
-¡No puedes, Señor! A mí no me dicen todo. Pero sé lo suficiente -como para decirte que no puedes. Al dolor que te causan, añaden el mío, mi parte, no concediéndome expirar entre tus brazos. Pero yo que te quiero, no puedo por egoísmo tenerte a mi lado, en el peligro. Tú… ya he dado disposiciones… debes cambiar siempre de lugar.
Todas mis casas están abiertas para ti. Los custodios han recibido órdenes, como también los encargados de mis campos. Pero no vayas al Getsemaní para estar allí un tiempo. Está muy vigilado. Me refiero a la casa. Porque a los olivos, especialmente a los de arriba, puedes ir, y por muchos caminos, sin que lo sepan.
¿Sabes que Margziam está ya aquí? Algunos le hicieron preguntas mientras estaba en la almazara con Marcos. Querían saber dónde estabas, y si venías. El muchacho respondió muy bien: "Es israelita y vendrá. Por dónde, no lo sé, porque lo dejé en el Merón". Así ha impedido que te tachasen de pecador y no ha mentido.
-Te lo agradezco, Lázaro. Seguiré tu consejo. Pero, de todas formas, nos veremos con frecuencia. Lo sigue contemplando.
-¿Me miras, Maestro? ¿Ves cómo me he quedado? Como un árbol que se despoja de hojas en otoño, yo, cada hora que pasa, me despojo de carne, de fuerza y de horas de vida. Pero digo la verdad diciendo que, si siento el no vivir lo suficiente para ver tu triunfo, exulto por marcharme para no ver -impotente, como soy, para frenarlo-el odio que aumenta en torno a ti.
-No eres impotente; nunca lo eres. Eres providente para con tu amigo aun antes de que Él llegue. Tengo dos casas de paz, y, podría decir: igualmente queridas: la de Nazaret y ésta. Si allí está mi Madre, el amor celeste casi cuanto el Cielo por el Hijo de Dios, aquí tengo el amor de los hombres por el Hijo del hombre. El amor amigo, creyente, venerante… ¡Gracias, amigos míos!
-¿Es que tu Madre no va a venir?
-Al principio de la primavera.
-¡Oh, entonces yo ya no la volveré a ver!…
-No. Tú la verás. Yo te lo digo. Me debes creer.
-En todo, Señor. Hasta en las cosas desmentidas por los hechos.
-¿Margziam dónde está?
-En Jerusalén con los discípulos. Pero viene aquí al atardecer. Dentro de poco. ¿Y tus apóstoles? ¿No están contigo?
-Están allá, con Maximino, que está atendiendo su cansancio y extenuación.
-¿Habéis andado mucho?
-Mucho. Sin tregua. Ya te contaré… Ahora descansa. Entretanto, te bendigo.
Y Jesús lo bendice y se retira.
Los apóstoles están ahora con Margziam y con casi todos los pastores, y refieren las insistencias de los fariseos en saber acerca de Jesús, y dicen que eso los ha escamado; tanto que ellos, los discípulos, han pensado en ponerse de guardia en todos los caminos que conducen hacia el interior de Jerusalén, para avisar al Maestro.
-Efectivamente -refiere Isaac -estamos diseminados, a algunos estadios de las Puertas, en todos los accesos.
-Maestro -Judas se ríe- ellos dicen que en la Puerta de Jaffa, había hoy medio Sanedrín, y discutían unos con otros porque algunos recordaban mis palabras de Enganním, otros juraban que habían sabido que habías estado en Dotán, otros, por el contrario, decían que te habían visto en los aledaños de Efraím, y eso los ponía furiosos, al no saber ya donde estabas… -y se ríe de la burla jugada a los enemigos de Jesús.
-Mañana me verán.
-No. Mañana vamos nosotros. Ya lo hemos concertado. Todos en grupo y haciéndonos ver bien.
-No quiero. Tú mentirías.
-Te juro que no mentiré. Si no me dicen nada, no digo nada. Si nos preguntan si estás con nosotros, diré: "¿Y no veis que no está?, y si quieren saber dónde estás, responderé: "Buscadlo vosotros. ¿Cómo queréis que sepa yo dónde está el Maestro en este momento?". Ciertamente, no podré saber si estás en casa, aquí o por los huertos, o sé dónde.
-Judas, Judas, te he dicho…
-Y yo te digo que tienes razón. Pero esto mío no será sencillez de paloma, sino prudencia de serpiente. Tú, la paloma; yo, la serpiente. Y juntos formaremos esa perfección que has enseñado -Toma el tono que tiene Jesús cuando enseña y dice, imitando a la perfección al Maestro:
"Yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas…
No os preocupéis de qué responder, porque en ese momento se os pondrá en los labios las palabras, siendo así que no habláis vosotros, sino que habla en vosotros el Espíritu… Cuando os persigan en una ciudad huid a otra, hasta que venga el Reino del Hijo del hombre… Las recuerdo y es la hora de aplicarlas.
-No las he dicho así, ni dije estas solas -objeta Jesús.
-Por ahora, sólo es necesario recordar éstas, y decirlas así. Sé lo que quieres decir. Pero, si no está confirmada la fe en ti, que es piedra en tu Reino, no está bien el ponerse en manos de los enemigos Después… diremos y haremos lo demás…
Y la expresión de Judas es tan brillante de inteligencia y picardía, que conquista a todos, menos a Jesús, que suspira. Es verdaderamente el hombre seductor al que nada le falta para triunfar sobre los hombres.
Jesús suspira y piensa… Pero, sintiendo que no es del todo mala la medida propuesta por Judas, cede. Y éste, triunfante, formula todo su plan.
-Nosotros, pues, iremos mañana, y pasado mañana, hasta el día siguiente del sábado. Y estaremos en una cabaña hecha de ramas, en el valle del Cedrón, como perfectos israelitas. Ellos se cansarán de esperarte… y entonces irás. Entretanto, estarás aquí, en paz, descansando.
Estás exhausto, Maestro mío. Y nosotros esto no lo queremos. Después de cerradas las puertas, uno de nosotros vendrá a decirte lo que hacen ellos. ¡Oh, será bonito verlos chasqueados!
Todos asienten y Jesús no opone resistencia. Quizás el cansancio, verdaderamente grande, quizás el deseo de confortar a Lázaro, de darle todo el conforte antes de la lucha final, contribuyen a que ceda. Quizás también la necesidad real de mantenerse libre, hasta que no se cumplan todas las obras que son necesarias para que Israel no dude de su Naturaleza antes de juzgarlo como reo… Lo cierto es que dice:
-Pues así sea. Pero no busquéis disputas, y evitad los embustes. Mejor callad, pero no mintáis. Ahora vámonos, que Marta nos llama. Ven, Margziam. Te encuentro con mejor aspecto… Se aleja, hablando, pasado un brazo en torno a los hombros del discípulo jovencito.