375- La cena ritual en casa de Lázaro y el banquete sacrílego en la casa de Samuel

Cuando Jesús entra en el palacio, ve que está invadido por una gran cantidad de personas de servicio que han venido de Betania y se apresuran en los preparativos.

Lázaro, echado en un triclinio y con muchos dolores, saluda con una pálida sonrisa a su Maestro, el cual acelera el paso hacia él y se inclina, todo amor, hacia el triclinio, diciendo:

-Has sufrido mucho con los bamboleos del carro, ¿no es verdad, amigo mío?

-Mucho, Maestro -responde Lázaro, tan postrado que con sólo evocar lo que ha sufrido le vuelven de nuevo las lágrimas a los ojos.

-¡Por culpa mía! ¡Perdóname!

Lázaro coge una de las manos de Jesús y se la lleva a la cara, frota contra ella el carrillo enflaquecido, la besa, y susurra:

-¡No por culpa tuya, Señor! Y estoy muy contento de que celebres conmigo la Pascua… mi última Pascua…

-Si Dios lo quiere, a pesar de todo, celebrarás muchas otras todavía, Lázaro. Y tu corazón siempre estará conmigo.

-Ha llegado mi fin. Me quieres consolar… pero ya es el fin. Y lo siento…
Llora.

-¿Lo ves, Señor? Lázaro no hace más que llorar -dice Marta compasiva -Dile que no lo haga. ¡Se agota!

-La carne tiene también sus derechos. El sufrimiento es penoso, Marta, y la carne llora. Necesita este desahogo. Pero el alma está resignada, ¿no es verdad, amigo mío? Tu alma de justo hace complacientemente la voluntad del Señor…

-Sí… Pero ahora lloro porque Tú, estando tan perseguido, no vas a poder asistirme en la muerte… Me estremece la muerte, tengo miedo de morir… Si estuvieras Tú, no tendría nada de esto. Me refugiaría en tus brazos… y me dormiría así… ¿Cómo voy a lograr morir sin sentir movimientos contra la obediencia a esta tremenda voluntad?

-¡Ánimo, hombre! ¡No pienses en estas cosas! ¿Ves? Haces llorar a tus hermanas… El Señor te ayudará tan paternamente que no sentirás miedo. Son los pecadores los que tienen que tener miedo…

-¿Pero Tú, si puedes, vienes a mi agonía? ¡Prométemelo!
-Te lo prometo. Esto y más todavía.

-Mientras preparan las cosas, cuéntame lo que has hecho esta mañana…

Y Jesús, sentado en el borde del triclinio, con una de las enflaquecidas manos de Lázaro entre las suyas, cuenta can pelos y señales todo lo que ha sucedido, hasta que Lázaro, rendido, se adormece; y Jesús no lo deja ni siquiera entonces; permanece inmóvil para no disturbar ese sueño reparador, y hace señas de que se haga el menor ruido posible, tanto que Marta, después de traer a Jesús algo de comer, se retira de puntillas, corre la tupida cortina y cierra la robusta puerta. El ruido de la casa, toda en movimiento, se atenúa así para transformarse en un susurro apenas sensible. Lázaro duerme. Jesús ora y medita.
Pasan las horas así, hasta que María de Magdala viene a traer una lamparilla, porque cae la tarde y ya se cierran las ventanas.

-¿Duerme todavía? -susurra.

-Sí. Está muy tranquilo. Le viene bien.
-Hacía meses que no dormía tanto… Creo que mucha de su agitación era el miedo a la muerte. Contigo al lado, no hay miedo… a nada… ¡Qué fortuna para él!
-¿Por qué, María?

-Porque te podrá tener a su lado cuando muera. Pero yo…
-¿Por qué tú no?

-Porque Tú quieres morir… y pronto. Y yo, ¿quién sabe cuándo moriré? ¡Haz que muera antes de ti, Maestro!

-No, debes servirme mucho tiempo todavía.

-¡Entonces tengo razón al hablar de la fortuna de Lázaro!
-Todos los amados tendrán su misma fortuna, y más que él.
-¿Quiénes son? ¿Las personas puras, verdad?
-Los que saben amar totalmente. Por ejemplo tú, María.
-¡Oh, Maestro mío!

María se deja caer al suelo, encima de la estera multicolor que cubre el piso de esta habitación, y ahí permanece en adoración a su Jesús.
Marta, buscándola, introduce la cabeza.

-¡Ven, oye! Tenemos que decorar la sala roja para la cena del Señor.

-No, Marta. Dejad esa sala para los más humildes, para los campesinos de Jocanán, por ejemplo.

-¿Pero por qué, Maestro?

-Porque cada pobre es otro Jesús y Yo estoy en ellos. Honrad siempre al pobre al que ninguno ama, si queréis ser perfectas. Para mí preparad en el atrio. Teniendo abiertas las puertas de las muchas habitaciones que dan a él, todos me verán por igual, y Yo veré a todos.

Marta, no demasiado satisfecha, objeta:
-¡Pero Tú en un vestíbulo!… ¡No es digno para ti! …
-Ve, ve. Haz lo que te digo. Es dignísimo hacer lo que el Maestro aconseja.

Marta y María salen sin hacer ruido y Jesús se queda, paciente, velando al amigo que descansa.

Las cenas están en pleno desarrollo: con una poca justa distribución de los invitados, según el punto de vista humano, pero con una visión superior, tendente a dar honor y amor a aquellos que el mundo normalmente no considera.
Así, en la espléndida, regia sala roja, cuya bóveda apoya en dos columnas de pórfido rojo, entre las cuales ha sido colocada la larga mesa, están sentados los campesinos de Jocanán, junto con Margziam e Isaac, más otros discípulos, hasta completar el número adecuado.

En la sala en que tuvo lugar la cena de la noche precedente hay otros discípulos de entre los más humildes. En la sala blanca -un sueño de candor -están las discípulas vírgenes, y con ellas, que son sólo cuatro, están las hermanas de Lázaro y Anastática y otras jóvenes; pero la reina de la fiesta es María, la Virgen por excelencia. En la habitación de al lado, que quizás es una biblioteca -porque está recubierta de altas arcas oscuras que quizás contienen rollos, o los contenían ­, están las viudas y las mujeres casadas; presiden el grupo Elisa de Betsur y María de Alfeo. Y así sucesivamente.

Pero lo que impresiona es ver a Jesús en el atrio marmóreo. Es verdad que el gusto señorial de las dos hermanas de Lázaro ha hecho del cuadrado vestíbulo un verdadero salón luminoso, floreteado, más espléndido que una sala. ¡Pero sigue siendo un vestíbulo! Jesús está con los doce; a su lado, Lázaro y con Lázaro Maximino.
Prosiguen las cenas según el rito… Jesús rebosa de alegría por estar en el centro de todos sus discípulos fieles.

Terminada la cena, bebido el último cáliz, cantado el último salmo, todos los que estaban en las distintas salas afluyen al atrio; pero no caben, dada la presencia de la mesa, que ocupa no poco espacio.

-Vamos a la sala roja, Maestro. Corremos la mesa contra la pared y nos ponemos todos alrededor de ti -sugiere Lázaro, y hace una señal a los criados para que así lo hagan.

Ahora Jesús, sentado en el centro, entre dos columnas de preciado valor, bajo la lámpara rutilante, elevado encima de un pedestal hecho con dos triclinios usados para la cena, parece verdaderamente un rey sentado en el trono en medio de sus cortesanos.

La túnica de lino que se ha puesto antes de la cena resplandece como si estuviera confeccionada con hilos preciosos, y parece aún más blanca en el contraste con el rojo mate de las paredes y el rojo brillante de las columnas. Y su rostro es verdaderamente divino y regio mientras habla o escucha a los que tiene alrededor. Los más humildes -a quienes ha querido tener muy cerca -, sintiéndose amados por los demás fraternalmente, hablan con seguridad, manifestando sus esperanzas y congojas con sencillez y fe.

¡Pero el más feliz entre tantas personas felices es el abuelo de Margziam! No se separa ni un instante de su nieto, goza mirándolo y escuchándolo… De vez en cuando, dado que está sentado junto a Margziam, que está de pie, reclina su cabeza cana en el pecho de su nieto, y éste la acaricia.

Jesús ve este gesto varias veces y pregunta al anciano:
-¿Padre, tu corazón se siente feliz?
-¡Muy feliz, mi Señor! Ni siquiera me parece verdad. Sólo quisiera una cosa…

-¿Cuál?
-Morir, si fuera posible, en esta paz. Pronto por lo menos. Porque el máximo bien ya lo he recibido. Más no puede tener una criatura sobre la faz de la tierra…

Irme… no sufrir más… Marcharme… Como has dicho justamente en el Templo, Señor. "Quien ofrece sacrificios con los bienes de los pobres es como quien degüella a un hijo ante los ojos de su padre.” Lo único que retiene a Jocanán para emular a Doras es el miedo a ti. Está empezando a pasársele el recuerdo de lo que le sucedió al otro.

Sus campos prosperan y él los fertiliza con nuestro sudor.

¿No es el sudor, acaso, un bien de los pobres, su propio yo que se exprime en trabajos superiores a sus fuerzas? No nos pega, nos da lo que hace falta para mantenernos fuertes para el trabajo. Pero, ¿no nos explota más que a los bueyes? Decidlo vosotros, compañeros míos…

Los labriegos de Jocanán -los viejos y los nuevos -asienten.

-¡Mmm! Creo que… Sí, que tus palabras le hacen ser más vampiro que nunca; y a costa de éstos… ¿Por qué las dijiste, Maestro? -pregunta Pedro.

-Porque se las merecía. ¿No es verdad, vosotros de los campos?

-¡Sí! Los primeros meses… fue bien. Pero ahora… peor que antes -afirma Miqueas.

-El cubo del pozo por su propio peso desciende -sentencia el sacerdote Juan.
-Sí, y el lobo pronto se cansa de aparecer como cordero añade Hermas.
Las mujeres hablan bajo entre sí, compasivas. Jesús, dilatados sus ojos por la compasión, mira a los pobres labriegos, afligido de verse impotente para quitarles este peso.

Lázaro dice:
-Había ofrecido sumas locas para conseguir esos campos y dar a éstos la paz. Pero no he logrado hacerme con ellos. Doras me odia. Es semejante en todo a su padre.

-Bueno… pues moriremos así. Este es nuestro destino.

¡Pero bienvenido será el descanso en el seno de Abraham! ­exclama Saulo, otro campesino de Jocanán.
-¡En el seno de Dios, hijo! En el seno de Dios. La Redención se cumplirá, los Cielos se abrirán, y vosotros iréis al Cielo y…

Alguien golpea vigorosamente el portón. Los golpes

retumban fuertes. Nace la alarma entre los presentes.

-¿Quién es?
-¿Quién está por la calle la noche de Pascua?
-¿Soldados?
-¿Fariseos?
-¿Soldados de Herodes?

Pero, mientras la agitación se extiende, aparece Leví, el guardián del palacio:

-Perdona, Rabí dice -hay un hombre que pregunta por ti.

Está en la entrada. Parece muy afligido. Es una persona
anciana; del pueblo llano, me parece. Pregunta por ti. Y con urgencia.

-¡Hala! ¡No es ésta la noche más adecuada para milagros! Que vuelva mañana… -dice Pedro.

-No. Todas las noches son tiempo de milagros y de misericordia -dice Jesús poniéndose en pie; y desciende de su sitial para ir hacia el atrio.

-¿Vas solo? ¡Voy yo también! -dice Pedro.

-No. Quédate donde estás.

Sale al lado de Leví.

En el fondo, junto al pesado portón, en el atrio semioscuro -han sido apagadas las lámparas que antes lo iluminaban ­hay un anciano. Está muy nervioso. Jesús se acerca a él.

-Detente, Maestro. Quizás he tocado un muerto y no quiero contaminarte. Soy el pariente de Samuel, el prometido de Analía. Estábamos consumiendo la cena, y Samuel bebía, bebía, bebía… contra lo que es lícito. Pero es que ese joven, desde hace un tiempo, me parece un desquiciado. ¡Es el remordimiento, Señor! Medio borracho y bebiendo más, decía: "Así no me acordaré de que le he dicho que lo odio.

Porque yo, sabedlo, he maldecido al Rabí". Y me parecía Caín, porque repetía: "Mi iniquidad es demasiado grande.

¡No merezco perdón! ¡Tengo que beber! Beber para no recordar. Porque está escrito que quien maldice a su Dios llevará consigo su pecado y es reo de muerte". Deliraba ya así, cuando ha entrado en la casa un pariente de la madre de Analía para preguntar el porqué del repudio. Samuel, medio borracho, ha reaccionado con malas palabras. El hombre, por su parte, lo ha amenazado con llevarlo al magistrado por el perjuicio que causa al honor de la familia. Samuel ha sido el primero en darle una bofetada.

Se han enzarzado… Yo soy viejo, como también es vieja mi hermana, y viejos son el criado y la criada. ¿Qué podíamos hacer nosotros cuatro, y qué podían hacer las dos niñas, hermanas de Samuel? ¡Podíamos gritar! ¡Podíamos tratar de separarlos! Nada más… Y Samuel ha cogido el hacha con que habíamos preparado la leña para el cordero y le ha dado con ella en la cabeza… No le ha abierto la cabeza porque ha golpeado con el reverso, no con al tajo. Pero el otro ha empezado a tambalearse, borbotando, y se ha caído…

Hemos dejado de gritar… para… para que no viniera gente… Nos hemos atrincherado en casa…

Aterrorizados… Esperábamos que el hombre volviera en sí echándole agua en la cabeza. Pero sigue borbotando, borbotando. Se va a morir, está claro. En algunos momentos parece ya muerto. Yo, en uno de estos momentos, me he marchado para venir a llamarte. Mañana… quizás antes, los parientes buscarán al hombre. En nuestra casa, porque sabían que había venido. Y lo encontrarán muerto… Y matarán a Samuel, según la Ley… ¡Señor! ¡Señor! La deshonra ya ha caído sobre nosotros… ¡Pero esto no! ¡Por mi hermana piedad, Señor! El te ha maldecido… pero su madre te ama… ¿Qué debemos hacer?

-Espérame aquí. Voy Yo -y Jesús vuelve a la sala y desde la puerta, dice:

-Judas de Keriot, ven conmigo.

-¿A dónde, Señor? -dice Judas obedeciendo inmediatamente.
-Lo sabrás. Vosotros todos seguid aquí con paz y amor. Volvemos pronto.

Salen de la sala, del vestíbulo, de la casa. Pronto recorren las calles, desiertas y oscuras. Llegan a la casa fatal.

-¿La casa de Samuel? ¿Por qué?…
-Silencio, Judas. Te he tomado conmigo porque tengo confianza en tu buen sentido.

El viejo se ha dado a reconocer. Entran. Suben al comedor, hasta donde han arrastrado al hombre agredido.

-¿Un muerto? ¡Pero Maestro! ¡Nos contaminamos!
-No está muerto. ¿No ves que respira?, ¿no oyes los estertores? Ahora lo voy a curar…

-¡Pero tiene un golpe en la cabeza! ¡Aquí ha habido un delito! ¿Quién ha sido?… ¡Y en el día del cordero!

Judas está horrorizado.

-Ha sido él -dice Jesús señalando a Samuel, que está en el suelo, en un rincón, hecho un ovillo, más moribundo que el propio moribundo, con estertores de terror como el otro de agonía, cubierta su cabeza con el extremo del manto, para no ver y no ser visto, mirado por todos con horror, por todos menos por la madre, que al horror por el homicida une la angustia por el hijo culpable y condenado ya de antemano por la férrea ley de Israel.

-¿Ves a dónde conduce un primer pecado? ¡A esto. Judas! Empezó siendo perjuro contra la mujer, luego contra Dios; luego se ha hecho calumniador, embustero, blasfemo, luego se ha dado al vino y ahora es un homicida. Así se cae en el poder de Satanás. Judas. Tenlo siempre presente…
Jesús se muestra terrible mientras señala a Samuel con su brazo extendido.

Pero luego mira a la madre, que, agarrada a una contraventana, apenas si se tiene en pie, temblorosa (parece ya cercana a la muerte), y con tristeza dice:

-¡Y así, Judas, se mata, sin más arma que la del delito del hijo, a las pobres madres!… De ella siento compasión. ¡Yo siento compasión por las madres! Yo, el Hijo que no verá compasión hacia su Madre…

Jesús llora… Judas lo mira estupefacto…

Jesús se inclina hacia el moribundo y le pone una mano en la cabeza. Ora. El hombre abre los ojos. Parece como un poco ebrio. Atónito… Pero pronto vuelve en sí.
Hincando los puños contra el suelo, se sienta. Mira a Jesús. Pregunta:

-¿Quién eres?
-Jesús de Nazaret.

-¡El Santo! ¿Por qué aquí junto a mí? ¿Dónde estoy? ¿Dónde está mi hermana y su hija? ¿Qué ha sucedido?
Trata de recordar.

-Hombre, tú me llamas santo. ¿Me crees santo entonces?
-Sí, Señor. Tú eres el Mesías del Señor.

-¿Entonces mi palabra es sagrada para ti?
-Sí, Señor.

-Entonces -Jesús se yergue, está majestuoso -…entonces Yo, como Maestro y Mesías, te ordeno que perdones. Has venido aquí y has sido insultado…

-¡Ah! ¡Samuel! ¡Sí!… ¡El hacha! Lo denun…» dice mientras se levanta.

-No. Perdona en nombre de Dios. Te he curado para esto.

Nutres afecto por la madre de Analía porque ha sufrido; pues esta de Samuel sufriría más todavía. Perdona.
El hombre se muestra muy elusivo. Mira con claro rencor al que lo ha herido. Mira a la madre angustiada. Mira a Jesús, que lo domina… No se sabe decidir.

Jesús le abre los brazos y lo arrima contra su pecho, diciendo:

-¡Por amor a mí!

El hombre rompe a llorar… ¡Estar entre los brazos del Mesías, sentir su aliento en los cabellos y un beso que desciende al lugar donde estaba el golpe!… Llora, llora…
Jesús dice:

-¿Sí, no es verdad? ¿Perdonas por amor a mí? ¡Dichosos los misericordiosos! Llora, llora en mi corazón. ¡Salga con el llanto todo rencor! ¡Completamente nuevo! ¡Completamente puro! ¡Así! ¡Manso, manso como debe ser un hijo de Dios!…

El hombre levanta la cara y dice entre lágrimas:
-Sí. Sí. ¡Tu amor es muy dulce! ¡Tiene razón Analía! Ahora la comprendo… ¡Mujer! ¡No llores más! El pasado es pasado. Nadie sabrá nada por boca mía. Goza de tu hijo, si es que puede darte alegría. Adiós, mujer. Regreso a mi casa -y hace ademán de salir.

Jesús le dice:

-Voy contigo, hombre. Adiós, madre. Adiós, Abraham. Adiós, niñas.

No dice una sola palabra a Samuel, el cual, a su vez, no encuentra ninguna palabra.

La madre le quita de la cabeza bruscamente el manto, y, como reacción al momento pasado, se abalanza hacia el hijo:

-¡Da gracias al Salvador, alma dura! ¡Dale gracias, hombre indigno, que no eres otra cosa!…

-Déjalo, déjalo, mujer. Su palabra no tendría valor. El vino lo tiene alelado y su alma está cerrada. Ora por él… Adiós.

Baja las escaleras, alcanza en la calle a Judas y al otro, se libera del anciano Abraham, que quiere besarle las manos, y se pone a andar raudo bajo los primeros rayos de la Luna.

-¿Estás lejos? -pregunta al hombre.
-Al pie del Moria.

-Entonces tenemos que separarnos.
-Señor, me has conservado para los hijos, para mi mujer, para mi vida. ¿Qué debo hacer por ti?

-Ser bueno, perdonar y callar. Jamás, por ningún motivo, debes decir ni una palabra de cuanto ha sucedido. ¿Lo prometes?

-¡Lo juro por el sagrado Templo! A pesar de que me duela el no poder decir que me has salvado…
-Sé un hombre justo y Yo salvaré tu alma. Y esto sí que lo podrás decir. Adiós, hombre. La paz sea contigo.

El hombre se arrodilla, saluda, se separan.
-¡Qué cosas! ¡Qué cosas! -dice Judas, ahora que están solos.

-Sí. Horrendas. Judas, tú tampoco debes hablar.

-No, Señor. Pero, ¿por qué has querido que viniera yo contigo?

-¿No estás contento de mi confianza?
-¡Mucho! Pero…

-Pues porque quería que meditaras sobre esto: a dónde puede conducir la mentira, la avidez de dinero, la crápula y las prácticas inertes de una religión que ha dejado de sentirse, y de practicarse, espiritualmente. ¿Qué era el banquete simbólico para Samuel? ¡Nada! Crápula. Un sacrilegio. Y en él se ha hecho homicida.

Muchos en el futuro serán como él, y con el sabor del Cordero en la lengua -y no del cordero nacido de oveja, sino del Cordero divino -irán al delito. ¿Y por qué sucede eso? ¿Cómo sucede? ¿No te lo preguntas? Pues te lo digo igualmente: porque habrán preparado esa hora con muchos hechos precedentes cometidos, primero por desatenciones, por obstinación después. Recuerda esto, Judas.

-Sí, Maestro. ¿Y qué vamos a decir a los demás?
-Que había uno muy grave. Es verdad.

Tuercen rápidamente por una calle y los pierdo de vista.

374- El día de la Parasceve. Por las calles de Jerusalén y en el barrio de Ofel

Salen del Templo, que hormiguea de gente, para sumergirse en el hormigueo de las calles en que todos se mueven presurosos, atareados en los últimos preparativos pascuales; y los que llegan con retraso buscan afanosamente una habitación, un vestíbulo, un sitio cualquiera, y transformarlo en cenáculo para comer el cordero.

Es fácil así encontrarse. También es fácil no reconocerse, en medio de este gentío que se agolpa, agitado continuamente, y que hace pasar ante los ojos caras de todas las edades, de todas las regiones en que hay israelitas y donde la sangre pura de Israel ha contraído, por mezclas de sangre o simplemente por mimetismo, semejanzas con otras razas. De forma que se ven hebreos que parecen egipcios, y también que, por los labios salientes, las narices chatas y el ángulo facial, parecen cruzamientos con nubienses; otros que, por las caras afiladas, pequeñas, las extremidades gráciles, las miradas perspicaces, delatan su procedencia de las colonias griegas o su mezcla con griegos; mientras que otros, hombres altos y fuertes, de rostros escuadrados, revelan claramente que no son del todo ajenos a los latinos; y hay también muchos que nosotros modernos diríamos que son circasianos o persas, con un vestigio de ojos mongólicos o indios: en los rostros blanquísimos de los primeros, en los rostros aceitunados de los segundos. ¡Un bonito calidoscopio de caras y vestidos! Los ojos se cansan, tanto que es fácil que al final miren sin ver. Pero lo que a uno le pasa desapercibido otro lo observa. Es, pues, comprensible que lo que le pasa desapercibido al Maestro, siempre un poco absorto dentro de sí cuando lo dejan en paz y no le hacen preguntas, lo note uno u otro de los que están con El. Y los apóstoles, los que van más cerca de Jesús, se señalan unos a otros lo que ven, y cuchichean entre sí una serie de comentarios… muy humanos, respecto a las personas señaladas.

Jesús capta uno de estos comentarios incisivos, sobre un ex discípulo que pasa con empaque fingiendo no verlos:
-¿A quién decís esas palabras? -pregunta.

-A ese mochuelo -dice Santiago de Zebedeo mientras lo señala -Ha hecho como que no nos veía. Y no es el único que lo hace. Pero cuando debías curarlo y te buscaba, ¡ah, entonces sabía vernos! ¡A ver si le viene la pústula maligna! -¡¡Santiago!! ¿Con estos sentimientos estás a mi lado y te preparas a comer el cordero? Verdaderamente tú eres más incoherente que él. Él se ha separado con franqueza, cuando ha sentido que no podía hacer lo que Yo decía. Tú te quedas, pero no haces lo que digo. ¿No eres entonces más pecador que él?

Santiago se pone colorado hasta de los compañeros, avergonzado.

-¡Es que duele ver que actúan así, Maestro! -dice Juan, para ayudar a su hermano que ha sido corregido -Nuestro amor se rebela al ver su desamor…

-Sí, ya. ¿Y pensáis que los vais a llevar al amor de esta
forma? Desaires, malas palabras, insultos nunca han llevado a un rival o a uno que piense de forma distinta al punto a donde se querría llevar. Son la dulzura, la paciencia, la caridad ­perseverantes a pesar de todas las negativas -, las que al final consiguen. Yo comprendo vuestro corazón, que sufre al no verme amado, y lo compadezco.

Pero querría percibiros, veros más sobrenaturales en vuestras acciones y en vuestros medios para hacer que me amen. ¡Ánimo, Santiago, ven aquí! No he hablado para avergonzarte. Comprendámonos, amémonos al menos entre nosotros, amigos míos… ¡Que ya hay mucha incomprensión y dolor para el Hijo del hombre!

Santiago, tranquilizado, vuelve junto a Jesús.

Andan un rato en silencio. Luego Tomás interviene bruscamente con una fuerte exclamación:

-¡Pero es una verdadera vergüenza!
-¿El qué? -pregunta Jesús.

-¡Pues la vileza de muchos! Maestro, ¿no ves cuántos fingen que no te conocen?

-¿Y qué? ¿Cambiará, acaso, su modo de actuar una iota de lo que está escrito acerca de mí? No. Sólo para ellos se cambia lo que se podría escribir. Porque en los libros eternos se podría decir de ellos:

"Los discípulos buenos", y se escribirá: "Los que no fueron buenos, aquellos para quienes fue nada la venida del Mesías". Palabra tremenda, ¿sabéis? Peor que la de: "Adán, con Eva, pecó". Porque Yo puedo anular aquel pecado. Pero no podré anular este de renegar del Verbo Salvador… Vamos a torcer por esta parte. Yo me detengo con los hermanos, con Simón Pedro y Santiago en el barrio de Ofel. Judas de Simón se quedará también. Pero Simón Zelote, Juan y Tomás irán al Getsemaní por las bolsas…
-Sí, así no se le atravesará el cordero a Jonás -dice Pedro todavía inquieto. Los otros ríen…

-¡Tranquilo, tranquilo! No te asombres de que tenga miedo. Mañana podrías tener miedo tú.
-¿Yo, Maestro? Es más fácil que el mar de Galilea se transforme en vino que no que tenga miedo yo -afirma Pedro con seguridad.

-Sin embargo… la otra noche… Simón… no parecías muy valiente en la escalera del palacio de Cusa -muerde Judas de Keriot, sin mucha ironía pero… siempre con el sarcasmo suficiente como para punzar a Pedro.
-¡Estaba agitado porque… temía por el Señor! No por otra cosa.

-¡Bien! ¡Bien! Esperemos que no tengamos nunca… miedo a quedar mal nosotros, ¿eh?» responde Judas de Keriot dándole una palmada en el hombro, protector y maligno… En otros momentos su modo de actuar habría desencadenado una reacción. Pero Pedro, desde la noche anterior, vive en estado de… admiración por Judas y lo soporta en todo.

Jesús dice:

-Felipe y Natanael con Andrés y Mateo que vayan al palacio de Lázaro, a decir que estamos yendo.
Se separan estos últimos, y los otros siguen con Jesús. Los discípulos, menos Esteban e Isaac, van con los apóstoles que han sido enviados al palacio.

En el barrio de Ofel, una nueva separación. Los encargados de ir al Getsemaní se encaminan, raudos, junto con Isaac. Esteban se queda con Jesús, los hijos de Alfeo, Pedro, Santiago y Judas Iscariote: y, para no estar parados en el cruce, prosiguen lentamente en la misma dirección de los que van al Getsemaní.

Van precisamente por la callecilla que será recorrida por Jesús entre sus torturadores la noche del Jueves Santo. Ahora, que es hacia mediodía, está vacía de gente. Después de pocos pasos, hay una pequeña placita, con una fuente sombreada por una higuera que abre sus tiernas hojas sobre la balsa del agua quieta.

-Ahí está Samuel de Analía -dice Santiago de Alfeo, que debe conocerlo bien. El joven está para entrar en casa con el cordero… Va cargado también con otros alimentos.
-Se ocupa de la cena pascual también para su pariente -observa Judas de Alfeo.

-¿Pero ahora se ha establecido aquí? ¿No estaba fuera? -dice Pedro.
-Sí. Se ha establecido aquí. Se dice que tiene relaciones con la hija de Cleofás, el fabricante de sandalias. Tiene mucho dinero esa mujer…

-¡Ah! ¿Y por qué dice, entonces, que Analía lo ha abandonado? -pregunta Judas Iscariote.
-¡Es una mentira!

-El hombre se sirve fácilmente de la mentira. Y no sabe que haciéndolo se mete por el camino del mal. Basta el primer paso, un paso, para no poderse ya liberar… Es como el ajonje… es un laberinto… una armadija. Una armadija en bajada… -dice Jesús a Judas

-¡Qué pena! ¡Parecía tan bueno el año pasado ese hombre! -dice Santiago de Zebedeo.

-Sí. Yo creía que imitaría a su prometida en cuanto a entregarse totalmente a ti, haciendo así una pareja de esposos ángeles y siervos tuyos. ¡Vamos que lo habría jurado!… -dice Pedro.

-¡Simón mío! No jures nunca sobre el futuro de un hombre. Es la cosa más incierta que hay. Ningún elemento presente en el momento del juramento puede ser fianza de juramento seguro. Hay delincuentes que se hacen santos, y hay justos, o que tienen apariencia de justos, que se hacen delincuentes -le responde Jesús.

Samuel, entretanto, después de entrar en casa, ha vuelto a salir para ir a la fuente por agua pura… Y ve a Jesús. Lo mira con visible desprecio y lanza un insulto; sí, ciertamente es un insulto, pero es en hebreo y no lo entiendo.

Judas Iscariote se lanza repentinamente hacia delante, lo coge por un brazo y le da unos meneos como si fuera un árbol del que se quisiera hacer caer la fruta madura:

-¿Así hablas al Maestro, pecador? ¡Abajo! ¡De rodillas! ¡Inmediatamente! ¡Pídele perdón, lengua sucia de inmundicia de cerdo! ¡Abajo! ¡o te destrozo!

Es terrible este Judas con esta violencia repentina. Su rostro se altera terriblemente. Inútilmente Jesús trata de calmarlo. Hasta que no ve al blasfemo arrodillado en la tierra fangosa que hay alrededor de la fuente, no afloja la presión.

-Perdón -dice entre dientes el malaventurado, que debe sentirse torturado por la tenaza de los dedos de Judas. Pero lo dice mal. Sólo porque se ve forzado. Jesús responde:

-No guardo rencor. Tú sí, a pesar de lo que dices. La palabra es inútil, si no está acompañada del movimiento del corazón. Tú, en el corazón, blasfemas contra mí todavía. Y con doble culpa; porque me acusas y me odias por un motivo que tu conciencia, en lo profundo, te dice que no es verdad, y porque tú eres el único que ha faltado, no Analía, ni tampoco Yo. Pero te lo perdono todo. Ve y trata de volver a ser honesto y grato a Dios.

Déjalo, Judas.

-Me marcho. ¡Pero te odio! Me has pervertido a Analía y te odio…

-De todas formas, te consuelas con Rebeca, hija del fabricante de sandalias; y te consolabas con ella ya desde cuando Analía era tu prometida y, estando enferma, pensaba sólo en ti…

-Me veía ya sin mujer… eso pensaba… y me buscaba esposa… Ahora he vuelto a Rebeca porque… porque…

Analía no me acepta -dice Samuel disculpándose, al ver descubiertos sus enjuagues.

Judas Iscariote termina:

…Y porque Rebeca es muy rica. Fea como una sandalia destaconada… y vieja como una suela perdida en el sendero… pero rica, eso sí, rica… -y ríe sarcásticamente mientras el otro huye.

-¿Cómo lo sabes? -pregunta Pedro.
-¡Es fácil saber dónde hay vírgenes y dinero!
-¡Bien! ¿Vamos por esa calle estrecha, Maestro? Esta plaza es un horno de pan. Allí hay sombra y ventilación -suplica Pedro, que está sudando.

Y caminan, despacio porque esperan a los otros de regreso. La pequeña calle está desierta.

Una mujer se separa de una puerta y viene a postrarse a los pies de Jesús llorando.

-¿Qué te pasa?
-¡Maestro!… ¿Ya te has purificado?
-Sí. ¿Por qué lo preguntas?

-Porque quería decirte… Pero no te puedes acercar a él. Es todo podredumbre… El médico dice que está infectado. Después de la Pascua voy a llamar al sacerdote… y… Hinnon lo recibirá. No me culpes. No lo sabía… Trabajó durante muchos meses en Joppe y me volvió así, diciendo que se había herido. Usé bálsamos y lavados con aromas…

Pero no aprovechaban. Consulté a un herbolario. Me dio polvos para la sangre… Separé a los hijos… separé la cama… porque… me empezaba a dar cuenta. Empeoró. Llamé a un médico. Me dijo: "Mujer, tú sabes tu deber y yo el mío.

Esto es herida de lujuria. Sepáralo de ti; yo lo separaré del pueblo; el sacerdote, de Israel. Tenía que haber reflexionado cuando ofendía a Dios, te ofendía a ti y se ofendía a sí mismo. Ahora que pague". Obtuve el silencio suyo hasta el día siguiente de los Ázimos.Pero, si Tú tuvieras piedad del pecador, y de mí, que todavía lo amo, y de los cinco hijos inocentes…

-¿Qué quieres que te haga? ¿No crees que quien ha pecado es justo que expíe?

-¡Sí, Señor! ¡Pero Tú eres la Misericordia viviente!

Toda la fe de que una mujer es capaz está presente en la voz, en la mirada, en el gesto de la mujer arrodillada con los brazos extendidos hacia el Salvador.
-¿Y él que tiene en su corazón?

-Humillación… ¿Qué otra cosa podría tener, Señor?
-¡Sería suficiente un movimiento sobrenatural de arrepentimiento, de justicia, para obtener piedad!…

-¿Justicia?

-Sí. Decir: "He pecado… Mi pecado merece esto y mucho más, y a los que he ofendido les pido misericordia".

-Yo ya se la he dado. Tú, Dios, dásela. No puedo decirte: entra… Ya ves que no te toco ni siquiera yo… Pero, si quieres, lo llamo, y le digo que hable desde la terraza.

-Sí.

La mujer mete la cabeza dentro de la puerta de casa y llama fuerte:

-¡Jacob! ¡Jacob! Sube al tejado. Asómate. No temas.

El hombre, pasados unos momentos, se asoma por el antepecho de la terraza. Una cara amarillenta, hinchada; vendados el cuello y una mano… Una ruina tábida de hombre… Mira con los ojos aguosos propios del enfermo de innobles enfermedades. Pregunta:

-¿Quién me requiere?

-¡Jacob, está aquí el Salvador!…

La mujer no dice nada más, pero parece como si quisiera hipnotizar al enfermo, infundirle su pensamiento…

El hombre, sea porque siente este pensamiento de ella, sea por un movimiento espontáneo, extiende los brazos y dice:

-¡Libérame! ¡Creo en ti! ¡Es horrible morir así!

-Es horrible faltar al propio deber. ¿No pensabas en ésta, ni en los hijos?

-Piedad, Señor… Por ellos, por mí… ¡Perdón! ¡Perdón!
Y se deja caer encima del murete, llorando. Las manos, vendadas, sobresalen con todo el brazo, descubierto ahora por haberse subido la manga, con manchas por las ya próximas pústulas, hinchado, repelente… El hombre, así como está, parece una marioneta macabra, un cadáver arrojado allí, ya próximo a la descomposición: da pena y náusea al mismo tiempo.

La mujer llora, todavía en el polvo del suelo, de rodillas.

Jesús parece esperar aún una palabra… que, por fin, baja, entre sollozos:

-¡Elevo mi dolor a ti contrito de corazón! Dame al menos la promesa de que ellos no sufrirán hambre… y luego… me marcharé, resignado, a expiar. ¡Y salva mi alma, Salvador bendito! ¡Al menos mi alma! ¡Al menos mi alma!

-Sí. Te curo. Por los inocentes. Para darte el modo de mostrarte justo. ¿Comprendes? Recuerda que el Salvador te ha curado. Dios, por el modo en que respondas a esta gracia, te absolverá de tus pecados. Adiós. La paz a ti, mujer.

Y se marcha, casi corriendo, al encuentro de los que regresan del Getsemaní. Ni siquiera los gritos del hombre, que siente y ve que se está curando, lo detienen, ni tampoco los de la mujer…

-Vamos a torcer por esta callejuela, para no pasar otra vez por allí -dice Jesús después de haberse reunido con los otros.

Entran por una callejuela miserable, tan estrecha que a duras penas dos pasan de lado, y, si viene por ella un burro con albardas, no queda otra solución sino aplastarse contra la pared como un sello. Hay penumbra, por los tejados que casi se tocan, y soledad, silencio y mal olor. Van en fila, como si fueran frailes, hasta el final de la callejuela miserable. Luego, en una placita llena de muchachos, se reúnen otra vez en grupo.

-¿Por qué has dicho esas palabras a aquel hombre? No las usas nunca… -pregunta curioso Pedro.
-Porque aquel hombre será uno de mis enemigos. Y este pecado agravará el que ya tiene.

-¡¿Y lo has curado?! -preguntan todos, estupefactos.
-Sí. Por los pequeñuelos inocentes.

-¡Mmm! Volverá a enfermar…
-No. De la vida del cuerpo, después del susto y el sufrimiento pasados, tendrá cuidado; no volverá a enfermar.

-Pero dices que pecará contra ti. Yo le quitaba la vida.
-Tú eres un hombre pecador, Simón de Jonás.
-Y Tú demasiado bueno, Jesús de Nazaret -replica Pedro.

Los absorbe una calle central y ya no veo nada más. Nota mía. (de María Valtorta.-) Reconozco tanto al hombre curado como a Samuel. El primero es el que, en la Pasión, golpea con una piedra a Jesús en la cabeza. Reconozco más que a él a su mujer, doliente ahora como entonces; y la casa, que tiene una puerta sui generis, alta, sobre tres peldaños. Y lo mismo, con la máscara de odio que lo transforma, reconozco en Samuel al joven que mata a su madre de una patada, para poder ir a golpear al Maestro con un garrote.

373- El día de la Parasceve. En el Templo

Jesús entra en el Templo.

Y, desde sus primeros pasos en él, es fácil comprender el humor de los ánimos hacia el Nazareno: miradas hostiles; órdenes a los miembros de la guardia del Templo de vigilar al «conturbador», órdenes dadas abiertamente, para que todos vean y oigan; palabras de desprecio para los que vienen con Él; incluso empujones voluntarios a los discípulos…

En fin, el odio es tal, que los relumbrantes fariseos, escribas y doctores asumen posturas y acciones de mozos de cuerda o peor todavía: y están tan cegados por el rencor, que no piensan que se rebajan mucho, incluso como hombres, actuando así.

Jesús pasa tranquilo, ¡como si ni siquiera se refiriera a Él eso que hacen! Es el primero en saludar, en cuanto ve a algún personaje que, por grado sacro o por poder, es un "superior" del mundo hebreo.

Y, si éste no responde al saludo correcto que Jesús le dirige, no por ello Jesús cambia de actitud. Eso sí, su rostro, cuando se vuelve de uno de estos soberbios hacia uno o varios de los muchos humildes que hay, toma un aspecto de sonrisa dulcísimo.

Y muchos son los mendigos y enfermos pobres que ayer ha recogido y que, debido a la suerte imprevista que han tenido, pueden celebrar una Pascua como quizás desde hacía años no celebraban.

Ahora, reunidos en grupos, en pequeñas sociedades nacidas espontáneamente, van a comprar los corderos que habrán de ser inmolados, contentos de ser -ellos que eran los despreciados -iguales que los demás, en vestidos y posibilidades. Y Jesús se para, benigno, a escucharlos: sus propósitos, sus narraciones de asombro, sus bendiciones…

Ancianos, niños, viudas, enfermos ayer, ahora curados; miserables ayer, andrajosos, hambrientos, despreciados, hoy vestidos, ¡y felices de ser hombres como los demás en estos días de la gran fiesta de los Ázimos!

Las voces -muy variadas: desde las de plata de los pequeñuelos a las temblorosas de los viejos, y, entre estos dos extremos, las voces vibrantes de las mujeres -saludan, acompañan, siguen a Jesús. Llueven los besos en sus vestiduras y en sus manos. Y Jesús sonríe y bendice, mientras sus enemigos, lívidos de rabia por la gran luminosidad de paz que hay en Él, se concomen de ira impotente.

Capto fragmentos de lo que dicen unos u otros…
-¡Tienes razón! Pero a nada que hagamos nos destrozan -(y un fariseo señala al pueblo que se apiña en torno a Jesús).

-¡Fijaos! Nos ha recogido, nos ha dado de comer, nos ha vestido, nos ha curado, y muchos, por medio de los discípulos ricos, han encontrado trabajo y asistencia. Pero la verdad es que todo ha venido por Él. ¡Que Dios lo salve siempre! -dice un hombre que quizás ayer estaba enfermo y mendigaba.

-¡Claro, así yo también! ¡Este sedicioso compra a la plebe así, para lanzarla contra nosotros! -gruñe entre dientes un escriba, hablando con un colega.

-Una discípula suya ha tomado mi nombre, y me ha dicho que vaya a su casa después de la Pascua, que me va a llevar a los campos que tiene en Béter. ¿Comprendes, mujer? Yo y mis hijos. Voy a trabajar. Pero, ¿qué es trabajar cuando hay protección y seguridad? ¡Es una alegría! Y mi Leví ya no tendrá que destrozarse trabajando en los cereales, porque la discípula que se hace cargo de nosotros lo va a poner en las rosaleras… ¡Vamos, te digo que un juego!

¡El Eterno dé gloria y bien a su Mesías! -dice 1a viuda de la llanura de Sarón a una israelita de clase más bien rica que le está preguntando.

-¡Oh! ¿Y yo no puedo?… ¿Estáis ya todos situados, todos a los que ayer ha recogido? -dice la mujer rica israelita.
-No, mujer. Hay todavía otras viudas con hijos, y otros hombres.

-Quisiera decirle que si me concede la gracia de ayudarle.
-¡Llámalo!
-No me atrevo.
-Ve tú, Leví mío, a decirle que una mujer quiere hablar con Él…

El niño va raudo y refiere esto a Jesús.
Entretanto, un saduceo trata con violencia a un anciano, que pontifica en medio de una masa de gente venida de la Transjordania y que teje el elogio del Maestro de Galilea.
El anciano se defiende diciendo:

-¿Qué estoy haciendo de malo? ¿Querías que te alabara a ti? Bastaría con que hicieras lo que hace Él. Pero tú -que Dios te perdone -desprecias las canas y la miseria en vez de amarlas; falso israelita, que no respetas el Deuteronomio teniendo piedad de los pobres.

-¿Estáis oyendo? ¡Este es el fruto de la doctrina del agitador! Enseña a la plebe a ofender a los santos de Israel.

Le responde un sacerdote del Templo:

-Pero la culpa es nuestra si sucede esto. No hacemos más que amenazar, sin traducir en acción las amenazas.
…Jesús, mientras tanto, dice a la mujer de Israel:

-Si verdaderamente te comprometes a ser madre de los huérfanos y hermana de las viudas, ve al palacio de Cusa, al Sixto. Di a Juana que te mando Yo. Ve, y fructifique tu tierra como la del Edén por tu piedad, y más aún fructifique tu corazón en un amor cada vez mayor a tu prójimo.

En esto, ve a los miembros de la guardia que arrastran al anciano que había hablado antes. Grita.:
-¿Qué le hacéis a ese anciano? ¿Qué ha hecho?
-¡Ha insultado a los oficiales que le reprendían!
-¡No es verdad! Un saduceo ha arremetido contra mí porque hablaba de ti a aquellos peregrinos. Y, como ha levantado contra mí su mano, porque soy viejo y pobre, le he dicho que es un falso israelita que pisotea las palabras del Deuteronomio.

-Soltad a ese anciano. Está conmigo. Su boca ha expresado la verdad. No la sinceridad: la Verdad. Dios habla por los labios de los niños, pero también por los de los ancianos.

Está escrito: "No desprecies al hombre en su vejez, porque son de los nuestros los que envejecen". Y también: "No desprecies las palabras de los ancianos sabios: antes bien, te sean familiares sus máximas, porque de ellos aprenderás la sabiduría y las enseñanzas de la inteligencia". Y también: "Donde hay ancianos no hables mucho".

Recuerde esto Israel, esa parte de Israel que quiere llamarse perfecta, porque en caso contrario el Altísimo sabe cómo desmentirla. Padre, ven a mi lado.

El anciano, de porte señorial, va donde Jesús, mientras los saduceos, afectados por el reproche, se marchan airados.

-Soy una mujer hebrea de la Diáspora, Rey esperado. ¿Podría servirte como esa mujer que has enviado a Juana? -dice una que me recuerda en todo a la que, de nombre Nique, enjugó el rostro de Jesús en el Gólgota y obtuvo el Sudario. Pero las hebreas son muy semejantes entre sí, y pasados ya meses desde aquella visión, podría equivocarme.
Jesús la mira. Ve a una mujer de unos cuarenta años, bien vestida, de maneras francas. Le pregunta:

-¿Eres viuda, no es verdad?
-Sí, y sin hijos. He vuelto hace poco y he adquirido unas tierras en Jericó. Para estar cerca de la Ciudad Santa. Pero ahora veo que Tú eres más grande que ella. Y te sigo. Y te ruego que me recibas a tu servicio. Sé de ti por discípulos. Pero superas lo que ellos cuentan.
-De acuerdo. Concretamente, ¿qué quieres?

-Ayudarte en los pobres y, según mis posibilidades, hacer que seas amado y conocido. Conozco a muchos de las colonias de la Diáspora, porque he seguido a mi marido en sus actividades comerciales. Dispongo de medios y me basta con poco, así que puedo hacer mucho; y quiero hacer mucho, por tu amor y para sufragio del espíritu de aquel que me tomó, virgen, hace veinte años, y fue para mí dulce compañero hasta el último suspiro. Parecía profetizar cuando moría. Decía:

"Cuando muera, entrega a la tumba la carne que te amó, y ve a nuestra patria. Encontrarás al Prometido. ¡Tú lo verás! Búscalo. Síguelo. Es el Redentor y Resucitador, y me abrirá las puertas de la Vida. Sé buena para ayudarme a estar preparado cuando abra los Cielos a los que no tengan ya deudas con la Justicia; y sé buena para merecer encontrarlo pronto. Jura que lo harás y que cambiarás en fortaleza hacendosa las estériles lágrimas de una viudez. Ten, esposa, a Judit como ejemplo tuyo, y todas las naciones conocerán tu nombre"̣

¡Pobre esposo mío! Lo único que pido es que me conozcas Tú…
-Te conoceré como discípula buena. Ve tú también donde Juana, y que Dios esté contigo…

..Pesados como abejas, vuelven al asalto los enemigos de Jesús, mientras Él, inmolado el cordero y habiendo esperado a que fueran inmolados los que habían tomado los discípulos para tener los necesarios para tantos, regresa hacia las murallas del Templo.

-¿Cuándo tienes pensado acabar con estas ostentaciones de rey? ¡Tú no eres rey! ¡Tú no eres profeta! ¿Hasta cuándo vas a abusar de nuestra bondad, hombre pecador, rebelde, causa de mal para Israel? ¿Cuántas veces te tenemos que decir que no tienes derecho a venir aquí como rabí?

-He venido a inmolar el cordero. No podéis impedírmelo. No obstante, os recuerdo a Adonías y Salomón.
-¿Qué tienen que ver con esto? ¿Qué quieres decir? ¿Eres Tú Adonías?

-No. Adonías se hizo rey fraudulentamente, pero la Sabiduría velaba y aconsejaba, de forma que fue rey sólo Salomón. Yo no soy Adonías, sino Salomón.

-¿Y Adonías quién es?
-Todos vosotros.

-¿Nosotros? ¡Atento a lo que dices!
-Hablo con verdad y justicia.

-Observamos todos los puntos de la Ley, creemos en los profetas y…

-No. No creéis en los profetas. Ellos me nombran, y vosotros no creéis en mí. No. No observáis la Ley. La Ley aconseja obras justas. Vosotros no las hacéis. Ni siquiera son rectas esas ofrendas que venís a hacer.

Está escrito: "Inmunda es la ofrenda de quien sacrifica bienes malamente adquiridos". Está escrito: "El Altísimo no acepta los dones de los inicuos, no vuelve su mirada hacia sus oblaciones, ni perdonará sus pecados porque acumulen muchos sacrificios".

Está escrito: "Quien ofrece sacrificio con los bienes de los pobres es como quien degüella a un hijo ante los ojos de su padre". ¡Esto está escrito, Jocanán! Está escrito:

"El pan de los indigentes es la vida de los pobres, quien se lo arrebata es un asesino". ¡Esto está escrito, Ismael!
Está escrito: "Quien arrebata el pan del sudor es como si matara al pobre". ¡Esto está escrito, Doras hijo de Doras!
Está escrito: "Quien vierte la sangre y quien quita su jornal al jornalero son hermanos". ¡Esto está escrito, Jocanán, Ismael, Cananías, Doras, Jonatán. Y recordad también que está escrito:

"Quienquiera que sea el que cierre sus oídos a los gritos de los pobres, gritará también él y no será escuchado".
Y tú, Eleazar ben Anás, recuerda, y recuerda a tu padre, que está escrito: "Mis sacerdotes han de ser santos y no se contaminarán por ningún motivo".

Y tú, Cornelio, ten presente que está escrito: "Quien maldiga a su padre y a su madre sea muerto", y no es muerte sólo la que procura el verdugo: una muerte mayor espera a los que pecan contra los padres, eterna, tremenda muerte.

Y tú, Tolmé, recuerda que está escrito: “Al que practica la magia lo extermino Yo".

Y tú, Sadoq, escriba de oro, recuerda que entre el adúltero y su paraninfo en el adulterio no hay diferencia a los ojos de Dios; y está escrito que quien jura lo falso es consumido por las llamas sin fin. Y di a aquel que lo ha olvidado que quien toma a una virgen y saciado ya, la separa de sí con acusaciones falsas, recibe condena. ¡No aquí! En la otra vida: por la mentira, el juramento falso, el daño contra la esposa, y por el adulterio.

¿Qué sucede? ¿Huís? ¿Ante el inerme que dice palabras no suyas, sino de aquellos a quienes vosotros citáis como santos en Israel? De forma que no podéis decir que el inerme sea un blasfemo, porque, si lo dijerais, llamaríais blasfemos a los libros sapienciales y a los libros mosaicos, que han sido dictados por Dios.

¿Huís ante el inerme? ¿Son, acaso, piedras mis palabras? ¿0 es que despiertan en vosotros, golpeando en el bronce duro de vuestro duro corazón, la conciencia, y la conciencia siente el deber de purificarse -ella y no sólo los miembros -en esta Parasceve, para poder consumir, sin pecado de impureza, e1 cordero santo? ¡Oh, si así es, gloria al Señor!

Porque, os lo digo a vosotros que queréis ser alabados como sabios, verdadera sabiduría es conocerse a sí mismo, reconocer los propios errores, arrepentirse de ellos e ir a los ritos con "verdadera" devoción, o sea, con culto y rito en el alma, y no rito externo… -¡Se han marchado!
Vámonos también nosotros, a dar paz a quien nos espera…

372- El día de la Parasceve. Despertar en el palacio de Lázaro

La residencia de Lázaro, transformada esa noche en dormitorio, muestra, diseminados por todas partes, cuerpos de hombres dormidos.

No se ve a las mujeres. Quizás las han conducido a las habitaciones superiores. El alba clara blanquece lentamente la ciudad, penetra en los patios de la casa, provoca los primeros gorjeos tímidos entre las frondas de los árboles plantados para dar sombra a aquéllos, y también los primeros arrullos de las palomas que duermen en la armadura del alero. Pero los hombres no se despiertan: cansados saciados de comida y emociones, duermen y sueñan…

Jesús sale al vestíbulo sin hacer ruido, y de ahí pasa al patio de honor. Se lava en una fuente clara que canta en el centro, dentro de un cuadrado de arrayanes a cuyo pie hay pequeños lirios muy parecidos a los llamados muguetes franceses. Se asea y, también sin hacer ruido, vuelve a donde está la escalera que conduce a los pisos de arriba y a la terraza que corona la casa; sube hasta ella, a orar, a meditar…

Paseando lentamente, va y viene. Sólo lo ven las palomas, las cuales, alargando el cuello y haciendo arrullos, parecen preguntarse una a otra: « ¿Quién es éste?». Luego se apoya en el antepecho y se queda recogido dentro de sí, inmóvil. En fin, alza 1a cabeza, reclamada quizás su atención por los primeros rayos del sol, que se levanta tras las colinas que celan Betania y el valle del Jordán. Jesús mira el panorama puesto a sus pies.

La residencia de Lázaro se alza sobre una de las tantas elevaciones del suelo que hacen de las calles de Jerusalén, especialmente de las menos bonitas, una ondulación continua.

Está casi en el centro de la ciudad, pero ligeramente retirada hacia el suroeste. Construida en una bonita calle que termina en el Sixto, formando con ella una T, domina la ciudad baja. Tiene, enfrente, Beceta, Moria y Ofel, y, detrás de éstos, la cadena del monte de los Olivos; en la parte de atrás, perteneciente ya al lugar en que está construida, el monte Sión; Mientras que, por el lado sur, la vista se extiende hacia las colinas meridionales, y al Norte, Beceta oculta buena parte del panorama. Pero, allende el valle de Guijón, la cabeza calva del Gólgota emerge amarillenta -siempre lúgubre, incluso con esta luz alegre -bajo el rosicler de la aurora.

Jesús la mira… Su mirada, aunque ahora es más viril y pensativa, me recuerda a aquella de la lejana visión de Jesús a los doce años en la escena de la disputa con los doctores. Ahora, como tampoco entonces, no es una mirada de terror. No. Es una mirada digna, de un héroe que mira al campo de su postrera batalla.

Luego se vuelve a mirar a las colinas del sur de la ciudad y dice: « ¡La casa de Caifás!» y, con la mirada, traza todo un itinerario desde aquel sitio hasta el Getsemaní, y luego al Templo, y luego mira más allá de las murallas de la ciudad, hacia el Calvario…
El sol, entretanto, ha salido del todo y la ciudad se enciende de luz…

Alguien da vigorosos golpes al portón de la casa, sin dejar intervalo entre uno y otro. Jesús se asoma para ver, pero el alero, muy saliente, y el hecho de que el portón esté muy adentro en los gruesos muros, le impiden ver quién llama. Eso sí, oye enseguida las voces de los durmientes, que se despiertan, mientras alguien cierra con estrépito el portón, abierto por Leví. Luego oye que muchas voces de hombre y de mujer gritan su Nombre… Se apresura a bajar y dice:

-Estoy aquí. ¿Qué queréis?
Los que lo llamaban, nada más oírlo, toman al asalto la escalera y suben corriendo y hablando alto. Son los apóstoles y los discípulos más antiguos; en medio de ellos, Jonás, el encargado del Getsemaní. Hablan todos a la vez y no se entiende nada.
Jesús debe imponer con violencia que se paren donde están y que guarden silencio, para poderlos calmar; se llega a ellos y dice al instante:

-¿Qué sucede?
Otro alboroto fragoroso, inútil por incomprensible. A las espaldas de los que gritan se asoman caras de aflicción o estupor, de mujeres y discípulos…

-Hablad de uno en uno. Tú, Pedro, el primero.

-Ha venido Jonás… Ha dicho que eran muchos y que te habían buscado por todas partes. Él ha estado mal toda la noche; luego, a la hora de la apertura de las puertas, ha ido a casa de Juana y ha sabido que estabas aquí. Pero ¿qué hacemos? ¡Tendremos que celebrar la Pascua, digo yo!
Jonás del Getsemaní refuerza la noticia diciendo:

-Sí, me han maltratado incluso. He dicho que no sabía dónde estabas, que quizás no volvías. Pero han visto vuestras túnicas y han comprendido que volvéis al Getsemaní. ¡No me seas causa de daño, Maestro! Siempre te he hospedado con amor. Esta noche he sufrido por ti. Pero… pero…

-¡No tengas miedo! No te volveré a poner en peligro de ahora en adelante. No volveré a detenerme en tu casa. Me limitaré a ir de paso, durante la noche, a orar… No me lo puedes prohibir…
Jesús se muestra dulcísimo hacia el aterrorizado Jonás del
Getsemaní.

Pero la voz de oro de María de Magdala prorrumpe vehemente:

-¿Desde cuándo, hombre, te olvidas de que eres siervo y que es nuestra condescendencia la que te hace usar modos de amo? ¿De quién son la casa y el olivar? Sólo nosotros podemos decir al Rabí: "No vayas a causar daño a nuestros bienes". Pero no lo decimos. Porque sumo bien sería siempre si, por buscarlo a Él, los enemigos del Cristo destruyeran incluso los árboles y las paredes, y hundieran los bancales; porque todo habría sido destruido por haber hospedado al Amor, y el Amor nos daría amor a nosotros sus fieles amigos. ¡Que vengan! ¡Que destruyan! ¡Que pisoteen! ¿Y qué?¡Basta con que El nos ame y resulte ileso!
Jonás está entre dos miedos: a los enemigos y a su ardiente ama, y susurra:

-¿Y si hacen daño a mi hijo?…
Jesús lo conforta:

-No temas, te digo. No volveré a detenerme en tu casa. Puedes decir a quien te lo pregunte que el Maestro ya no se hospeda en el Getsemaní… ¡No, María! Conviene hacerlo así, y déjame que lo haga así. Te agradezco tu generosidad… Pero no es mi hora, ¡no es todavía mi hora! Supongo que serían fariseos…

Y miembros del Sanedrín, y herodianos y saduceos… y soldados de Herodes… y… todos… todos… No me logro quitar el temblor del miedo… Pero, ¿ves, Señor, que he venido corriendo a avisarte?… a casa de Juana… luego aquí…

El hombre se preocupa de que se vea que, con el riesgo de su paz, ha cumplido su deber hacia el Maestro.
Jesús sonríe con compasión y bondad y dice:

-¡Lo veo! ¡Lo veo! ¡Que Dios te lo pague! Ahora ve en paz a tu casa. Enviaré a alguien para que te diga a dónde se deben mandar las bolsas, o a que las retire directamente.

El hombre se marcha, y ninguno, excepto Jesús y María Stma., le ahorran reproches o afrentas. Lo que dice Pedro es punzante, mordaz lo de Judas Iscariote, irónico lo de Bartolomé. Judas Tadeo no habla, ¡pero lo mira de una manera…! Y el murmullo y las miradas de reproche le acompañan también entre las filas de las mujeres, para terminar con la pulla final de María de Magdala, la cual, a la reverencia del servidor-campesino cuando la saluda, responde:

-Referiré a Lázaro que para la comida de la fiesta… vaya a procurarse pollos bien cebados a las tierras del Getsemaní.

-No tengo gallinero, ama.
-Tú, Marcos y María: ¡tres magníficos capones!
Todos se echan a reír por la salida nerviosa y… significativa de María de Lázaro, que está furiosa por ver el miedo de sus subordinados y por la molestia que sufre el Maestro, privado del tranquilo nido del Getsemaní.
-¡No te inquietes, María! ¡Paz! ¡Paz! ¡No todos tienen tu coraje!

-¡Ah, no, por desgracia! ¡Si todos tuvieran mi coraje, Rabbuní!¡Ni lanzas y flechas dirigidas contra mí me harían separarme de ti!

Un murmullo entre los hombres… María lo recoge y
responde solícita:

-Sí. ¡Y lo veremos! Y esperemos que sea pronto, si puede servir para enseñaros la valentía. ¡Nada me dará miedo si puedo servir a mi Rabí! ¡Servir! ¡Servir! ¡Y se sirve en las horas de peligro, hermanos! En las otras… ¡En las otras no es servir! ¡Es gozar!… ¡Y al Mesías no se le sigue para gozar!

Los hombres agachan la cabeza, punzados por esta verdad.

María hiende las filas y se pone enfrente de Jesús.

-¿Qué decides, Maestro? Es Parasceve. ¿Dónde tu Pascua? Ordena… y, si tanto he encontrado gracia ante ti, concédeme ofrecerte un cenáculo mío y ocuparme de todo…
-Has hallado gracia ante el Padre de los Cielos, y por tanto, gracia ante el Hijo del Padre, para el que es sagrado todo movimiento del Padre. Acepto el cenáculo, pero deja que a sacrificar el cordero, al Templo, vaya yo como buen israelita…

-¿Y si te echan mano? -dicen muchos.
-No me echarán mano. En la noche, en la oscuridad, como acostumbran a hacer los granujas, pueden atreverse; pero no entre la muchedumbre que me venera. ¡No me os hagáis cobardes!…

-¡Además ahora está Claudia! -grita Judas -¡El Rey y el Reino ya no están en peligro!…

-Judas, te ruego que no dejes que se derrumben en ti. No los hostigues dentro de ti. Mi Reino no es de este mundo. No soy un rey como los que están en los tronos. Mi Reino es del espíritu. Si lo rebajas a la pequeñez de un reino humano, en ti mismo lo hostigas y lo derrumbas.
-¡Pero Claudia…!

-Pero Claudia es una pagana. Así que no puede conocer el valor del espíritu. Ya es mucho si intuye y apoya a quien para ella es un Sabio… ¡Muchos en Israel no me juzgan siquiera como sabio!… ¡Pero tú no eres pagano, amigo mío! No hagas que tu encuentro providencial con Claudia se vuelva perjuicio; y no hagas que todos los dones que Dios te da para afirmar tu fe y tu voluntad de servir al Señor se te transformen en ruina espiritual.

-¿Cómo podría suceder, mi Señor?

-Fácilmente. No sólo en ti. Si un don, dado como socorro de la debilidad del hombre, en lugar de fortalecerlo y aumentar cada vez más su deseo de bien sobrenatural, o incluso simplemente moral, le sirviera para tener más rémoras de apetitos humanos y alejarlo del recto camino, por caminos en cuesta abajo, entonces el don se habría transformado en daño. Basta la soberbia para hacer de un don un daño.

Basta perder el norte, a causa de algo que exalta, perdiendo, por tanto, de vista el Fin supremo y bueno, para hacer de un don un daño. ¿Estás convencido de esto? El que haya venido Claudia debe darte sólo la fuerza de una consideración. Ésta: si una pagana ha sentido la grandeza de mi doctrina y la necesidad de que triunfe, tú, y contigo todos los discípulos, debéis sentir todo esto con más fuerza aún, y, como consecuencia, entregaros a ello totalmente. Pero siempre espiritualmente. Siempre… Y ahora vamos a decidir. ¿Dónde decís que conviene celebrar la Pascua?

Quiero que estéis en paz de espíritu para esta Cena de rito, para oír a Dios, que no se oye en la agitación. Somos muchos. Pero me sería dulce que estuviéramos todos juntos para que pudierais decir: "Celebramos una Pascua con Él. Elegid, pues, un lugar donde podamos decir: "Estábamos unidos y cada uno oía la voz del otro hermano", a pesar de subdividirnos según el ritual formando grupos que puedan comer el propio cordero.

Quién menciona un lugar, quién menciona otro. Pero las hermanas de Lázaro se salen con la suya.

-¡Señor, aquí! Mandamos a alguien por nuestro hermano. ¡Aquí! Hay muchas salas y habitaciones. Estaremos juntos y según el rito. ¡Acepta, Señor! La casa tiene habitaciones con capacidad para, al menos, doscientas personas divididas en grupos de veinte. Y tantos no somos. ¡Danos esta alegría, Señor! Por nuestro Lázaro que está tan triste… tan enfermo… -Las dos hermanas lloran, y terminan: «…, que no se puede pensar que coma otra Pascua…».

-¿Qué opináis? ¿Pensáis que se les debe conceder a estas buenas hermanas? -dice Jesús dirigiéndose a todos.

-Yo diría que sí -dice Pedro.

-Yo también -dice Judas Iscariote, y muchos otros. Quien no habla asiente.

-Encargaos entonces de ello. Nosotros vamos al Templo, a mostrar que quien está seguro de obedecer al Altísimo ni tiene miedo ni es vil. Vámonos. Mi paz para quien queda.

Y Jesús baja el resto de la escalera, atraviesa el vestíbulo y sale con los discípulos a la calle llena de gente.

371- El jueves prepascual. Por la noche en el palacio de Lázaro

¡Ciertamente no brillan por su heroísmo los que siguen a Jesús! La noticia que ha traído Judas es semejante a la aparición de un gavilán en una era llena de pollitos; o de un lobo en el ribazo, cercano a m rebaño. Terror, o por lo menos agitación, se ven en, al menos, nueve décimos de los rostros presentes, y especialmente de los rostros masculinos.

Yo creo que muchos tienen ya la impresión del filo de la espada o del azote contra la epidermis, y a decir poco piensan que tendrán que experimentar las mazmorras de las cárceles en espera de juicio. Las mujeres están menos agitadas.

Más que agitadas, están preocupadas por los hijos o los maridos y aconsejan a unos o a otros que desaparezcan en pequeños grupos diseminándose por los campos.
María de Magdala arremete contra esta ola de miedo exagerado:

-¡Cuántas gacelas hay en Israel! ¿No os da vergüenza temblar de ese modo? Os he dicho que en mi residencia estaréis más seguros que en una fortaleza. Así que venid. Os aseguro, y empeño mi palabra, que no os sucederá nada de nada. Si, además de los que ya ha designado Jesús, hay otros que piensan que estarán seguros en mi casa, que vengan.

Hay camas o divanes para una centuria. ¡Vamos, decidid, en vez de acoquinaros! Lo único que ruego a Juana es que ordene a sus criados seguirnos con provisiones. Porque en nuestra casa no hay comida para tantos, y ya es de noche. Una buena comida es la mejor medicina para dar nuevas fuerzas a los pusilánimes.

Y no sólo está majestuosa con su túnica blanca, sino que tiene también una buena dosis de ironía en sus espléndidos ojos mientras mira, desde su alta estatura, a este rebaño aterrorizado que se apiña en el vestíbulo de Juana.
-Me encargo enseguida. Podéis marcharos, que Jonatán os seguirá con los criados; y yo iré con él, os lo aseguro, tan sin miedo que voy a llevar conmigo a los niños -dice Juana.

Se retira a dar las indicaciones oportunas, mientras los de vanguardia del aterrado ejército asoman cautos la cabeza por el portal, y, viendo que no hay nada temible, se aventuran a salir a la calle y a encaminarse seguidos por los otros.

El grupo virginal va en el centro, inmediatamente después de Jesús, que está en las primeras filas. Detrás… ¡oh, detrás de las vírgenes las mujeres, y luego los más… vacilantes en el coraje, cubiertas sus espaldas por María de Lázaro, que se ha unido a las romanas, decididas a no separarse de Jesús tan pronto! Pero luego María de Lázaro, rauda, va adelante a decir algo a su hermana, y las siete romanas se quedan con Sara y Marcela, que se mantienen también en la retaguardia por orden de María, quien intenta que pasen aún más desapercibidas las siete romanas.

En esto, llega, a paso rápido, Juana, trayendo de la mano a los niños; detrás de ella, Jonatán con los criados cargados de bolsas y cestas. Estos se ponen en la cola de la pequeña multitud que, a decir verdad, pasa desapercibida de todos, porque en las calles pululan grupos dirigidos a las casas o a los campamentos, y la penumbra hace menos reconocibles las caras. Ahora María de Magdala, junto con Juana, Anastática y Elisa, va en primera fila, guiando hacia su residencia, por callejuelas secundarias, a sus huéspedes.

Jonatán camina casi a la altura de las romanas, y les dirige la palabra como si fueran siervas de las discípulas más ricas. Aprovecha Claudia para decirle:
-Hombre, te ruego que vayas a llamar al discípulo que ha traído la noticia. Dile que venga aquí. Pero dilo sin llamar la atención. ¡Ve!

El vestido es humilde, pero el modo es, involuntariamente, potente, como de persona habituada a mandar. Jonatán abre mucho sus ojos tratando de ver, a través del velo bajado, quién le habla así. Pero no logra ver sino el centelleo de dos ojos imperiosos. Debe intuir que no es una sierva la mujer que le habla, y antes de obedecer hace una reverencia.

Llega adonde Judas de Keriot, que va hablando animadamente con Esteban y Timoneo, y le tira de la túnica.

-¿Qué quieres?
-Tengo que decirte una cosa.
-Dila.
-No. Ven atrás conmigo. Te requieren, creo que para una limosna…

La disculpa es buena y es aceptada con tranquilidad por los compañeros de Judas y con entusiasmo por él, de forma que, ligero, se retrasa junto con Jonatán.
Ya está en la última fila.

-Mujer, aquí tienes al hombre que querías -dice Jonatán a Claudia.

-Te quedo agradecida por este servicio -responde ella, que permanece velada. Y luego, dirigiéndose a Judas: «Ten a bien quedarte n momento a escucharme».

Judas, que oye un modo de hablar muy refinado y ve dos ojos espléndidos a través del velo sutil, y sintiéndose quizás próximo a una gran aventura, acepta sin poner dificultad.

El grupo de las romanas se separa. Se quedan, con Claudia, Plautina y Valeria; las otras siguen adelante. Claudia mira alrededor, ve que la callecita en que se han detenido está solitaria, y, con su bellísima mano, aparta el velo y descubre la cara.

Judas la reconoce y, pasado un momento de estupor, se inclina para saludar con una mezcla de gestos judíos y palabra romana:

-¡Dómina!

-Sí. Yo. Yérguete y escucha. Tú amas al Nazareno. Te preocupas por su bien. Eso es correcto. Es una persona virtuosa y se le debe defender. Nosotros lo veneramos como grande y justo. Los judíos no lo veneran. Lo odian. Lo sé. Escucha y comprende bien, recuerda bien y aplica bien.

Quiero protegerlo. No como la lujuriosa de poco antes, sino con honestidad y virtud. Cuando tu amor y sagacidad te hagan comprender que se trama contra Él, ven o envía a alguien. Claudia tiene todo el poder sobre Poncio. Claudia obtendrá protección para el Justo. ¿Entiendes?

-Perfectamente, dómina. Que nuestro Dios te proteja. Iré, si puedo, yo personalmente. Pero ¿cómo puedo pasar a ti?
-Pregunta siempre por Albula Domitila. Es una segunda yo misma, y ninguno se sorprende si habla con los judíos, siendo ella la que se ocupa de mi prodigalidad. Te creerán un cliente. Quizás te humilla…

-No, dómina. Servir al Maestro y obtener tu protección es un honor.

-Sí. Os protegeré. Soy mujer. Pero soy de los Claudios. Tengo más poder que todos los grandes de Israel, porque detrás de mí está Roma. Entretanto, ten. Para los pobres del Cristo. Es nuestro óbolo. Pero… quisiera permanecer entre los discípulos esta noche. Procúrame este honor y Claudia te protegerá.

En una persona como el Iscariote, las palabras de la patricia obran prodigiosamente. ¡Sube al séptimo cielo!… Osa incluso preguntar:

-¿Pero verdaderamente le vas a ayudar?
-Sí. Su Reino merece ser fundado, porque es reino de virtud. Bienvenido sea en oposición a las ruines corrientes que cubren los reinos actuales y me dan asco.

Roma es grande, pero el Rabí es mucho más grande que Roma. Nosotros tenemos las águilas en nuestras enseñas y la soberbia sigla. Pero en las suyas estarán los Genios y su santo Nombre. Grandes serán, verdaderamente grandes, Roma y la Tierra, cuando pongan ese Nombre en sus enseñas y esté su signo en los lábaros y en los templos, en los arcos y columnas.

Judas está maravillado, soñante, extático. Sopesa en forma mecánica la pesada bolsa que le han dado, y dice con la cabeza "sí", "sí", "sí'', a todo…
-Bien, ahora vamos a alcanzarlos. ¿Somos aliados, no es verdad? Aliados para proteger a tu Maestro y al Rey de los corazones honestos.

Se echa el velo y ágil, va presurosa, casi corriendo a alcanzar al grupo que la ha adelantado, seguida por las otras y por Judas, que jadea, no tanto por el ritmo veloz, cuanto por lo que ha oído. La residencia de Lázaro está engullendo las últimas parejas de discípulos cuando llegan a ella. Entran rápidamente y el portón se cierra con fragor de cerrojos que el guardián echa.

Una solitaria lámpara, que lleva la mujer del guardián, a duras penas da claridad al cuadrado vestíbulo, todo blanco, de la residencia de Lázaro. Se comprende que la casa no está habitada, a pesar de que esté bien guardada y mantenida en orden. María y Marta guían a los huéspedes a un vasto salón -reservado para banquetes, ciertamente -de fastuosas paredes cubiertas de preciosos tejidos que dejan ver sus arabescos a medida que van siendo encendidas las lámparas y puestas las luces encima de los aparadores, o de los baúles preciosos colocados junto a las paredes alrededor de la sala, o en las mesas arrimadas a un lado, listas para ser usadas, pero desde hace tiempo ineficientes. María ordena, en efecto, que las lleven al centro de la sala y las preparen con las cosas para la cena con los alimentos que los criados de Juana están ya extrayendo de las bolsas y cestas y poniendo encima de los aparadores.

Judas toma aparte a Pedro y le dice algo al oído.

Veo a Pedro que pone los ojos como platos y sacude una mano como si se hubiera quemado los dedos, mientras exclama:
-¡Rayos y ciclones! ¿Pero qué dices?
-Sí. Mira. ¡Y fíjate! ¡No tener ya miedo, no estar ya tan angustiados!

-¡Es maravilloso! ¡Maravilloso! ¿Pero qué ha dicho? ¿Que nos protege? ¿Ha dicho eso? ¡Que Dios la bendiga! ¿Pero cuál es?

-Aquella vestida de color tórtola silvestre, alta, esbelta. Nos está mirando…
Pedro mira a la alta mujer de cara armónica y seria, de ojos dulces pero imperiosos.

-¿Y… cómo has conseguido hablar con ella? No has tenido…
-No, no, en absoluto.
-¡Pues tú aborrecías todo contacto con ellos! Como yo, como todos…

-Sí, pero lo he superado por amor al Maestro. Como también he superado el deseo de truncar las relaciones con mis antiguos compañeros del Templo… ¡Todo por el Maestro! Todos vosotros, y mi madre también, creéis que soy ambiguo. Tú., recientemente, me has echado en cara las amistades que tengo. Pero si no las mantuviera, no sin fuerte dolor, no sabría muchas cosas. No debemos ponernos vendas en los ojos y cera en los oídos por miedo a que el mundo entre en nosotros por los ojos y los oídos. Cuando uno está en una empresa como la nuestra, es necesario vigilar con ojos y oídos más que libres. Vigilar por Él, por su bien, por su misión, por la fundación de este reino bendito…

Muchos de los apóstoles y algún discípulo se han acercado y están escuchando, asintiendo con la cabeza; porque, efectivamente, no se puede decir que Judas hable mal.
Pedro, honesto y humilde, lo reconoce y dice:
-¡Tienes toda la razón! Perdona mis recriminaciones. Tú vales más que yo, eres hábil. Vamos a decírselo al Maestro, a su Madre, a la tuya. Estaba muy angustiada.

-Porque malas lenguas han murmurado… Pero por ahora calla. Después, más tarde. ¿Ves? Se están sentando a la mesa y el Maestro nos hace señales de que vayamos…
…La cena es rápida. Las romanas, sentadas en la mesa de las mujeres, entremezcladas con ellas, de forma que precisamente Claudia está entre Porfiria y Dorca, también comen en silencio lo que les ponen, y entre ellas y Juana y María de Magdala se intercambian misteriosas palabras hechas de sonrisas y guiños. Parecen escolaras en vacaciones.

Jesús, después de la cena, ordena que se forme un cuadrado de sillas y que tomen asiento para escucharlo. Él se pone en el centro y empieza a hablar en medio de un cuadrado de rostros atentos, de los que sólo los inocentes ojos del hijito de Dorca, que duerme en el regazo de su madre, están cerrados, y están velándose de sueño los de María, que está sentada en las rodillas de Juana, y los de Matías, que se ha acurrucado encima de las rodillas de Jonatán.

-Discípulos y discípulas aquí reunidos en nombre del Señor, o atraídos por un deseo de Verdad, deseo que también viene de Dios, que quiere luz y verdad en todos los corazones, escuchad.

Esta noche se nos concede estar todos juntos, y nos lo procura precisamente la maldad que nos quiere ver separados. Vosotros, de sentidos limitados, no sabéis cuán profunda y vasta es esta unión, verdadera aurora de las que habrán de venir, cuando el Maestro ya no esté entre vosotros físicamente sino con su espíritu. Entonces sabréis amar. Entonces sabréis practicar. Por ahora sois como niños todavía de pecho; entonces seréis como adultos que podréis comer todo tipo de alimentos sin que ello os perjudique; entonces sabréis, como Yo digo, decir: "Venid a mí todos vosotros, porque todos somos hermanos, y El se ha inmolado por todos".

¡Demasiados prejuicios en Israel!: cada uno un dardo que lesiona la caridad. Os hablo a vosotros, fieles, porque entre vosotros no hay traidores, ni personas llenas de prejuicios que separan, que se transforman en incomprensión, en obcecación, en odio hacia mí que os señalo los caminos del futuro. Yo no puedo hablar de otra forma. Y de ahora en adelante hablaré menos, porque veo que las palabras son inútiles o casi. Habéis oído palabras capaces de santificaros e instruiros de forma perfecta.

Pero poco habéis avanzado, especialmente vosotros, hombres hermanos, porque os gusta la palabra pero no la ponéis por obra. De ahora en adelante, y con una medida cada vez más restringente, os haré realizar lo que tendréis que hacer una vez que el Maestro haya vuelto al Cielo del que viniera. Haré que presenciéis lo que es el Sacerdote futuro. Más que las palabras, observad mis hechos; repetidlos, aprendedlos, unidlos a la enseñanza. Entonces seréis discípulos perfectos.

¿Qué ha hecho hoy el Maestro? ¿Qué os ha hecho hacer y practicar hoy el Maestro? La caridad en sus múltiples formas. Caridad hacia Dios. No la caridad de oración, vocal, de rito solamente; sino la caridad activa que renueva en el Señor, que despoja del espíritu del mundo, de las herejías del paganismo, el cual no está sólo en los paganos, sino también en Israel con las mil costumbres que han desplazado a la verdadera Religión, santa, abierta, simple como todo lo que de Dios viene. No acciones buenas, o aparentemente buenas, para ser alabados por los hombres, sino acciones santas para merecer la alabanza de Dios.

Todo el que ha nacido muere. Ya lo sabéis. Pero la vida no termina con la muerte. Prosigue de otra forma y eternamente con un premio para quien fue justo, con un castigo para quien fue malvado. Este pensamiento de un juicio cierto no signifique parálisis durante la vida ni a la hora de la muerte; antes bien, acicate y freno: acicate que estimula al bien; freno que contiene de malas pasiones. Sed, por tanto, verdaderamente amantes del Dios verdadero y actuad en la vida siempre con la finalidad de merecerlo en la vida futura. Vosotros que amáis las grandezas, ¿cuál grandeza mayor que haceros hijos de Dios y, por tanto, dioses? Vosotros que teméis el dolor, ¿cuál seguridad de no sufrir mayor que la que os espera en el Cielo? Sed santos. ¿Queréis fundar también un reino en la Tierra? ¿Os sentís hostigados y teméis no lograrlo? Si obráis como santos, lo lograréis. Porque ni la misma autoridad que nos domina podrá impedirlo, a pesar de sus cohortes, porque convenceréis a las cohortes de que sigan la doctrina santa, de la misma forma que Yo, sin coacción, he persuadido a las mujeres de Roma que aquí hay Verdad…

-¡Señor!… -exclaman las romanas, viéndose descubiertas.
-Sí, mujeres. Escuchad y recordad. Yo manifiesto a mis seguidores de Israel y a vosotras -que no sois de Israel pero tenéis corazón justo -el estatuto de mi Reino.

No motines. No hacen falta. Santificar a la autoridad impregnándola de nuestra santidad. Será un largo trabajo, pero victorioso. Con mansedumbre y paciencia, sin estúpidas prisas, sin desviaciones humanas, sin inútiles sublevaciones, obedeciendo donde obedecer no perjudique a la propia alma, llegaréis a hacer de la autoridad que ahora os domina paganamente una autoridad protectora y cristiana. Cumplid vuestro deber de súbditos para con la autoridad, como cumplís el de fieles para con Dios. Ved en cualesquiera autoridades no a un opresor sino a alguien que eleva, porque os proporciona la manera de santificarlo y de santificaros con el ejemplo y el heroísmo.

De la misma forma que sois buenos fieles y ciudadanos, sed buenos maridos, buenas esposas, santos, castos, obedientes, amorosos recíprocamente, unidos para educar a los hijos en el Señor, para ser paternos y maternos incluso con los que estén a vuestro servicio y con los esclavos, porque también ellos tienen alma y carne, sentimientos y afectos como vosotros los tenéis. Si la muerte os arrebata al compañero o la compañera, no queráis, si podéis, desear nuevo matrimonio; amad a los huérfanos también por la parte del compañero desaparecido.

Y vosotros, criados, estad sometidos a vuestros señores, y, si son imperfectos, santificadlos con vuestro ejemplo.

Tendréis gran mérito a los ojos del Señor. En el futuro, en mi Nombre, no habrá ya amos y siervos, sino hermanos; no habrá ya razas, sino hermanos; no habrá ya oprimidos y opresores que se odien, porque los oprimidos llamarán hermanos a sus opresores.

Amaos vosotros de la misma fe, ayudándoos recíprocamente, como hoy os he puesto a hacer. Pero no os limitéis a la ayuda a los pobres, peregrinos o enfermos, de vuestra raza; abrid los brazos a todos, de la misma forma que la Misericordia os abre los brazos a vosotros. El que tenga más que dé a quien no tiene o tiene poco. El que sepa más que enseñe al que no sabe o sabe poco, y que enseñe con paciencia y humildad, recordando que, en verdad, antes de que Yo os instruyera nada sabíais. Buscad la Sabiduría no para prestigio vuestro, sino como ayuda en el camino por las vías del Señor.

Las mujeres casadas que amen a las vírgenes, y éstas a las casadas, y que ambas den afecto a las viudas; todas sois útiles en el Reino del Señor. Los pobres no envidien, los ricos no susciten odios creando sus riquezas y siendo duros de corazón. Preocupaos de los huérfanos, de los enfermos, de los que no poseen una casa. Abrid el corazón antes incluso que la bolsa y la casa, porque si dais, pero con mal garbo, no honráis a Dios, que está presente en todos los desdichados; antes al contrario, lo ofendéis.

En verdad, en verdad os digo que no es difícil servir al Señor. Es suficiente con amar. Amar al Dios verdadero, amar al prójimo, quienquiera que sea. En todas las heridas o fiebres que sanéis, Yo estaré. En todas las desventuras que socorráis, Yo estaré. Y todo lo que me hagáis a mí en el prójimo, si está bien, habrá sido hecho a mí; y, si mal, también habrá sido hecho a mí. ¿Queréis hacerme sufrir? ¿Queréis perder el Reino de paz? ¿Queréis no haceros dioses? ¿Sólo por no ser buenos con vuestro prójimo?

Nunca volveremos a estar todos unidos de esta forma. Vendrán otras Pascuas… y no podremos estar juntos por muchas causas. Respecto a las primeras: una prudencia santa en parte y en parte excesiva -y todo exceso es culpa -que nos hará estar divididos. Respecto a las otras Pascuas, porque ya no estaré entre vosotros… Pero acordaos de este día. Haced en el futuro, y no sólo en Pascua sino siempre, lo que os he hecho hacer.

Nunca he sido lisonjero diciéndoos que era fácil pertenecerme. Pertenecerme quiere decir vivir en la Luz y la Verdad, pero comer también el pan de la lucha y de las persecuciones. Ahora bien, cuanto más fuertes seáis en el amor, más fuertes seréis en la lucha y en la persecución.
Creed en mí. En lo que soy realmente: Jesucristo, el Salvador, cuyo Reino no es de este mundo, cuya venida señala la paz a los buenos, cuya posesión quiere decir conocer y poseer a Dios; porque verdaderamente quien me tiene a mí en sí y se tiene a sí en mí está en Dios, y posee a Dios en su espíritu para poseerlo después en el Reino celeste para siempre.

La noche ha descendido. Mañana es Parasceve. Id. Purificaos, meditad, cumplid una Pascua santa.
Mujeres de raza distinta, pero de recto espíritu, podéis iros; la buena voluntad que os anima sea para vosotras camino para alcanzar la Luz. En nombre de los pobres, de los que Yo mismo soy uno, os bendigo por la limosna generosa y os bendigo por vuestras buenas intenciones hacia el Hombre que ha venido a traer amor y paz a la tierra. ¡Id! Y tú, Juana, y los demás que ya no temen asechanzas, podéis marcharos también.

Un rumor de asombro recorre a la asamblea mientras las romanas, reducidas a seis porque Egla se queda con María de Magdala, guardadas en una bolsa las tablillas enceradas que Flavia ha escrito mientras Jesús hablaba, salen después de un saludo colectivo. Tanto es el estupor, que ninguno de los presentes se mueve, excepto Juana, Jonatán y los siervos de Juana, que llevan en brazos a los pequeños durmientes. Pero, cuando el ruido sordo del portón al cerrarse dice que las romanas se han marchado, un clamor sucede al rumor.

-¿Pero quiénes son? ¿Cómo entre nosotros? ¿Qué han hecho?
Y más que nadie, grita Judas:

-¿Cómo tienes noticia, Señor, de la limosna que me han dado?

Jesús apacigua el tumulto con un gesto y dice:

-Son Claudia y sus damas. Y, mientras que las altas damas de Israel, temiendo la ira de sus consortes, o con el mismo pensamiento y corazón de sus consortes, no se atreven a ser seguidoras mías, las despreciadas paganas, con santa astucia, saben venir a recibir la Doctrina que, aunque por ahora la acepten sólo humanamente, siempre eleva… Y esta niña, que fue esclava, pero de raza judía, es la flor que Claudia ofrece a las filas de Cristo, devolviéndola a la libertad y dándola a la fe de Cristo.

Respecto a lo de tener noticia de la limosna… ¡Judas!

¡Todos menos tú podrían hacerme esta pregunta! Tú sabes que veo dentro de los corazones.

-¡Entonces verás que dije la verdad hablando de que había una asechanza y que yo la he disuelto yendo a hablar con… seres culpables!

-Es verdad.

-Dilo entonces bien fuerte. Que mi madre lo oiga… Madre, soy un muchacho, sí, pero no un truhán… Madre, vamos a hacer las paces. Vamos a comprendernos, a amarnos, unidos sirviendo a nuestro Jesús.

Y Judas va, humilde y amoroso, a abrazar a su madre, que dice:

-¡Sí, hijito! ¡Sí, Judas mío! ¡Sé bueno! ¡Sé bueno! ¡Sé siempre bueno, hijo mío! ¡Por ti, por el Señor, por tu pobre mamá!

Entretanto, la sala se ha llenado de agitación y comentarios, y muchos definen imprudente el haber acogido a las romanas y censuran a Jesús.

Judas lo oye. Deja a su madre y acude en defensa del Maestro. Cuenta su coloquio con Claudia y termina:

-No es una ayuda despreciable. Antes de recibirla entre nosotros tampoco nos hemos librado de la persecución.

Dejémosla actuar. Y tened bien presente que es mejor callar con todo el mundo. Pensad que, si es peligroso para el Maestro, no lo es menos para nosotros el ser amigos de paganos. El Sanedrín, que en el fondo se contiene por miedo hacia Jesús por un temor que les queda a alzar la mano contra el Ungido de Dios, no tendría muchos escrúpulos en matarnos como a perros, a nosotros, que somos unos pobres hombres cualesquiera.

En vez de poner esas caras escandalizadas, acordaos de que hace poco erais como gorrionas aterrorizadas; y bendecid al Señor porque nos ayuda, con medios impensados, ilegales si queréis, pero muy fuertes, a fundar el Reino del Mesías.

¡Todo lo podremos si Roma nos defiende! ¡Yo ya no temo! ¡Gran día hoy! Más que por todas las otras cosas, por ésta… ¡Ah, cuando Tú seas la Cabeza! ¡Qué poder tan dulce, fuerte y bendito! ¡Qué paz! ¡Qué justicia! ¡El Reino fuerte y benévolo del Justo! ¡Y el mundo que se acerca a él lentamente!…

¡Las profecías cumpliéndose! ¡Turbas, naciones… el mundo a tus pies! ¡Oh, Maestro! ¡Maestro mío! Tú, Rey; nosotros, tus ministros… En la Tierra paz, en el Cielo gloria… Jesucristo de Nazaret, Rey de la estirpe de David, Mesías Salvador, te saludo y te adoro.

Y Judas, que parece en un rapto de éxtasis, se postra y termina:

-En la Tierra, en el Cielo y hasta en los Infiernos tu Nombre es conocido, infinito tu poder. ¿Qué fuerza puede resistirte, Cordero y León, Sacerdote y Rey, Santo, Santo, Santo? -y se queda en actitud de gran reverencia, en esta sala muda de estupor.

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