por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
La llanura del lado oriental del Jordán, por las continuas lluvias, parece haberse convertido en una laguna, especialmente en el lugar en que se encuentran ahora Jesús y los apóstoles. Hace poco, han cruzado un torrente que desciende por una estrechura de las cercanas colinas, las cuales parecen formar verdaderamente una presa ciclópica, de norte a sur, paralela al Jordán, interrumpida acá o allá por estrechos valles por los que surge el inevitable torrente. Parece como si Dios hubiera puesto un gran festón de collados para orla del gran valle del Jordán, por esta parte. Diría, incluso, que son tan iguales sus salientes, formas y alturas, que es un festón monótono.
El grupo apostólico está entre los dos últimos torrentes, que además se han desbordado y han ocupado las zonas rayanas de sus orillas, ampliando así su lecho; especialmente el que está al sur, imponente por la masa de agua que trae de las montañas, que rumorea, turbia, en dirección al Jordán, cuyo rumor, a su vez, se oye fuerte, especialmente en las zonas en que las curvas naturales -podría decir, las estrechuras que continuamente presenta
o la desembocadura de un afluente producen una excesiva acumulación de aguas. Pues bien, Jesús está dentro de este triángulo truncado, formado por tres cursos de agua crecidos; y salir de ese pantano no es cosa fácil.
E1 humor apostólico está más turbio que el día. Con eso está todo dicho. Todos quieren expresar su opinión. Todas las cosas que se dicen celan, bajo la apariencia de un consejo, una crítica. Es la hora de los: «Yo lo había dicho», «si se hubiera hecho como aconsejaba yo»… tan violentos para una persona que haya cometido un error, para alguien que ya de por sí se sienta abatido por ello.
Aquí se dice: «Hubiera sido mejor pasar el río a la altura de Pel.la y luego ir por la otra parte, que es menos dificultosa», o: « ¡Hubiera convenido tomar aquel carro! Sí, hemos cumplido, ¿pero luego?…», y también: «¡Si nos hubiéramos quedado en los montes, no habría este barro!».
Juan dice:
-Sois los profetas de las cosas realizadas. ¿Quién podía prever esta insistencia de la lluvia?
Es su tiempo. Era natural -sentencia Bartolomé.
-Los otros años no han sido así antes de la Pascua. Cuando fui donde vosotros, el Cedrón no estaba crecido, y el año pasado hemos tenido incluso tiempo seco. Vosotros que os quejáis, ¿no os acordáis de la sed que pasamos en la llanura filistea?
-Dice el Zelote. -¡Claro! ¡Natural! ¡Hablan los dos sabios y nos contradicen! -dice con ironía Judas de Keriot. -Tú cállate, por favor. Sabes sólo criticar. Pero, en los momentos importantes, cuando hay que hablar con algún fariseo o similar, te quedas callado como si tuvieras trabada la lengua -le dice, inquieto, Judas Tadeo.
-Sí. Tiene razón. ¿Por qué no has replicado ni una palabra a esas tres serpientes en el último pueblo? Sabías que habíamos estado también en Yiscala y en Meirón, respetuosos y obsequiosos; y que allí quiso ir Él, justamente Él, que honra a los grandes rabíes difuntos.
¡Pero no has hablado! Sabes cómo exige de nosotros respeto a la Ley y a los sacerdotes. ¡Pero no has hablado! Hablas ahora. Ahora, porque hay alguna ironía que hacer sobre los mejores de entre nosotros, y críticas que hacer a las acciones del Maestro -dice, en tono apremiante, Andrés, que normalmente es paciente pero que hoy se manifiesta muy nervioso.
-Calla tú. Judas está equivocado. Él, que es amigo de muchos, demasiados, samaritanos… -dice Pedro.
-¡Yo! ¿Quiénes son? Dime sus nombres, si puedes.
-¡Sí, sí, amigo! Todos los fariseos, saduceos y gente influyente de cuya amistad te jactas. ¡Se ve que te conocen! A mí no me saludan nunca. A ti, sí. -¡Estás celoso! Bueno, yo pertenezco al Templo y tú no. -Por gracia de Dios soy un pescador. Sí, y me glorío de ello.
-Un pescador tan necio, que no ha sabido ni siquiera prever este tiempo.
-¿No? Ya lo dije: "Luna de Nisán mojada, agua a cantaradas" -sentencia Pedro.
-¡Ah! ¡Aquí te quería ver! ¿Y tú qué opinas, Judas de Alfeo? ¿Y tú, Andrés? ¡También Pedro, el Jefe, critica al Maestro!
-Yo no critico absolutamente a ninguno. Estoy diciendo un proverbio.
-Que, para quien lo oye, significa crítica y reproche
-Sí… pero todo esto no sirve para secar la tierra, me parece. Ya estamos aquí, y aquí debemos estar. Vamos a reservar el aliento para desencajar los pies de este pantano -dice Tomás.
¿Y Jesús? Jesús guarda silencio. Va un poco adelantado, chapoteando en el lodo, o buscando pedazos de tierra herbosa no sumergidos. Pero también basta con pisarlos para que salpiquen agua hasta la mitad de las espinillas, como si el pie hubiera pisado una bolsa, en vez de un trozo de tierra con hierba. Guarda silencio, los deja hablar, descontentos, enteramente hombres, nada más que hombres a quienes la mínima molestia vuelve irascibles e injustos.
Ya está cerca el río más meridional. Jesús, viendo pasar a lo largo del ribazo inundado a un hombre a lomos de un mulo, pregunta:
-¿Dónde está el puente?
-Más arriba. Yo también paso por él. El otro, hacia abajo, el romano, está ya sumergido.
Otro coro de quejas… Pero se apresuran a seguir al hombre, que habla con Jesús.
-De todas formas, te conviene subir hacia las colinas -dice. Y termina: «Vuelve al llano cuando encuentres el tercer río después del Yaloc. Tendrás ya cerca el vado. Pero apresúrate. No te detengas. Porque el río crece cada hora que pasa. ¡Qué estación más horrible! Primero el hielo, luego el agua. Y fuerte como ahora. Un castigo de Dios.
¡Pero es justo! Cuando no se apedrea a los blasfemos de la Ley, Dios castiga. ¡Y tenemos blasfemos de ésos! ¿Tú eres galileo, no es verdad? Entonces conocerás a ese de Nazaret del que todos los buenos se separan porque provoca todos los males. ¡Atrae las potencias destructoras con su palabra! ¡Los castigos! Hay que oír lo que cuentan de Él los que lo seguían. Tienen razón los fariseos en perseguirlo. ¡Qué gran ladrón será! Debe dar miedo como Belcebú.
Me vinieron ganas de ir a escucharlo, porque antes me habían hablado muy bien de Él. Pero… eran discursos de los de su banda. Todos gente sin escrúpulos como Él. Los buenos lo abandonan. Y hacen bien. Yo, por mi parte, ya no trataré de verlo otra vez. Y si me coincide en mi camino, lo apedreo, como se debe hacer contra los blasfemos.
-Apedréame entonces. Soy Yo Jesús de Nazaret. No huyo ni te maldigo. He venido para redimir al mundo derramando mi Sangre. Aquí me tienes. Sacrifícame, pero hazte justo.
Jesús dice esto abriendo un poco los brazos, hacia abajo; lo dice lentamente, mansamente, con tristeza. Pero, si hubiera maldecido al hombre, no le habría impresionado más. Éste tira tan bruscamente de los ramales, que el mulo pega una reparada que por poco si no se cae por el ribazo al río hinchado. Jesús echa mano al bocado y sujeta al animal, a tiempo de salvar hombre y mulo.
El hombre no hace sino repetir:
-¡Tú! ¡Tú!… -y, viendo el acto que lo ha salvado, grita:
-¡Pero si te he dicho que te apedrearía!… ¿No comprendes?
-Y Yo te digo que te perdono y que sufriré también por ti para redimirte. Esto es el Salvador.
El hombre lo mira todavía; luego da un golpe de talón en el costado del mulo y se marcha veloz… Huye… Jesús agacha la cabeza… Los apóstoles sienten la necesidad de olvidarse del barro, la lluvia y todas las otras miserias, para consolarlo. Lo circundan y dicen: -¡No te aflijas! No tenemos necesidad de bandidos. Y ése lo es. Porque sólo una persona mala puede creer que son verdaderas las calumnias que se dicen de ti, y tener miedo de ti.
-De todas formas -dicen también -¡qué imprudencia, Maestro! ¿Y si te hubiera agredido? ¿Por qué decir que eras Tú Jesús de Nazaret?
-Porque es la verdad… Vamos hacia las colinas, como ha aconsejado. Perderemos un día, pero vosotros saldréis del pantano.
-También Tú -objetan.
-¡Para mí no cuenta! El pantano que me cansa es el de las almas muertas -y dos lágrimas gotean de sus ojos.
-No llores, Maestro. Nosotros nos quejamos, pero te queremos. ¡Si encontramos a los que te difaman!… Nos vengaremos.
-Vosotros perdonaréis como perdono Yo. Pero dejadme llorar. ¡Al fin y al cabo, soy el Hombre! Y que me traicionen, que renieguen de mí, que me abandonen, me causa dolor.
-Míranos a nosotros, a nosotros. Pocos pero buenos. Ninguno de nosotros te traicionará ni te abandonará. Créelo, Maestro.
-¡Ciertas cosas no hay ni que decirlas! ¡Pensar que podamos cometer una traición es una ofensa a nuestra alma! exclama Judas Iscariote.
Pero Jesús está afligido. Guarda silencio. Y lentas lágrimas ruedan por las pálidas mejillas de un rostro cansado y enflaquecido.
Se acercan a los montes.
-¿Vamos a subir allá arriba o sólo vamos a bordear las bases de los montes? Hay pueblos a mitad de la ladera. Mira. De esta parte del río y de la otra -le indican.
-Está cayendo la tarde. Vamos a tratar de llegar a un pueblo. Que sea uno u otro es lo mismo.
Judas Tadeo, que tiene muy buenos ojos, escruta las laderas. Se acerca a Jesús. Dice: -En caso de necesidad, hay grietas en el monte. ¿Las ves allí? Nos podemos refugiar en ellas. Siempre será mejor que no el barro.
-Encendemos fuego -dice Andrés queriendo consolar.
-¿Con la leña húmeda? -pregunta con ironía Judas de Keriot. Ninguno le responde.
Pedro susurra:
-Bendigo al Eterno porque no están con nosotros ni las mujeres ni Margziam.
Pasan el puente -verdaderamente prehistórico -, que está justo en los lindes del valle. Toman el lado meridional de éste, por un camino de herradura que lleva a un pueblo.
Las sombras descienden rápidamente; tanto, que deciden refugiarse en una amplia gruta para huir de un chaparrón violento. Quizás es una gruta que sirve de refugio a los pastores, porque hay paja, suciedad y un tosco hogar.
-Como cama no sirve. Pero para hacer fuego… -dice Tomás, señalando los ramajes sucios y desmenuzados que hay por el suelo, desperdigados; y helechos secos y ramas de enebro o de otra planta similar. Y los arrima al hogar ayudándose con un palo. Los amontona. Prende fuego.
Humo y hedor, junto a olor de resina y enebro, se alzan del fuego. Y, no obstante, se agradece ese calor; todos hacen un semicírculo, y comen pan y queso a la luz móvil de las llamas.
-De todas formas se habría podido intentar en el pueblo -dice Mateo, que está ronco y resfriado.
-¡Sí, ya! ¿Para repetir la historia de hace tres noches? De aquí no nos echa nadie. Estamos sentados en aquella leña y hacemos fuego hasta que podamos. Ahora que se ve, ¿hay leña en cantidad, eh? ¡Mira, mira, también paja!… Es un redil. Para verano, o para cuando trashuman. ¿Y por aquí? ¿A dónde se va? Coge una rama encendida, Andrés, que quiero ver -ordena Pedro, mientras se mueve buscando hacer algún descubrimiento.
Andrés obedece. Se meten por una estrecha hendidura que hay en una pared de la gruta.
-¡Tened cuidado, no vaya a haber algún animal peligroso! -gritan los otros.
-O leprosos -dice Judas Tadeo.
A1 cabo de poco, llega la voz de Pedro.
-¡Venid! ¡Venid! Aquí se está mejor. Está limpio y seco, y hay bancos de madera, y leña para el fuego. ¡Es un palacio para nosotros! Traed ramas encendidas, que hacemos fuego inmediatamente.
Debe ser, sí, un refugio de pastores: ésta es la gruta donde duermen los que están de descanso, mientras que en la otra velan los que, por turno, vigilan el rebaño. Es una excavación en el monte, mucho más pequeña, quizás hecha por el hombre, o por lo menos ampliada y reforzada con palos, colocados para sujetar la bóveda. Una campana de chimenea primitiva se pliega en forma de gancho hacia la primera gruta, para aspirar el humo que, si no, no tendría salida. Contra las paredes, toscos bancos y paja; en éstas hay clavados unos ganchos para colgar lámparas, indumentos o bolsas.
-¡Está magnífico, hombre! ¡Venga, vamos a hacer un buen fuego! Estaremos calientes y se secarán los mantos. Fuera los cintos; vamos a usarlos como cuerdas para tender los mantos -indica Pedro.
Luego se pone a colocar los bancos y la paja y dice:
-Y ahora, un poco cada uno, dormimos y nos turnamos en mantener vivo el fuego. Para ver y estar calientes. ¡Qué gracia de Dios!
Judas barbota entre dientes. Pedro se vuelve resentido:
-Respecto a la gruta de Belén, donde nació el Señor, esto es un palacio; si Él nació allí, podremos estar una noche nosotros aquí.
-También es más bonita que las grutas de Arbela. Allí lo único hermoso que había era nuestro corazón, que era mejor que ahora -dice Juan, internándose en un místico recuerdo suyo.
-También es mucho mejor que la que hospedó al Maestro para prepararse a la predicación -dice en tono severo el Zelote, mirando a Judas Iscariote como diciéndole "ya está bien, ¿no?".
Jesús, por último, abre su boca y dice:
-Y es, sin comparación, más caliente y cómoda que en la que hice penitencia por ti, Judas de Simón, el pasado Tébet.
-¡Penitencia por mí! ¿Por qué? ¡No hacía falta!
-¡Verdaderamente deberíamos tú y Yo pasar la vida en penitencia para liberarte de todo lo que te grava! Y no sería suficiente todavía.
La sentencia, muy decidida aunque haya sido dada con serenidad, cae como un rayo en el grupo atónito… Judas baja la cara y se retira a un rincón. No tiene la audacia de reaccionar.
-Yo me quedo despierto. Me encargo del fuego. Dormid vosotros -ordena Jesús pasado un rato.
Y, poco después, a los chasquidos de la leña se une la respiración pesada de los doce cansados, echados entre paja encima de los toscos bancos. Y Jesús, sí la paja se cae y los deja descubiertos, se levanta y vuelve a extenderla encima de los durmientes, amoroso como una madre. Y llora incluso mientras contempla los rostros herméticos de algunos en el sueño, o plácidos, o contrariados.
Mira a Judas Iscariote, que parece sonreír maliciosamente incluso en el sueño, torvo, con los puños cerrados… Mira a Juan, que duerme con una mano debajo de la cara, velado el rostro por sus rubios cabellos, róseo, sereno como un niño en la cuna. Mira el rostro honesto de Pedro y el grave de Natanael, el picado de viruelas del Zelote, el rostro aristocrático de su primo Judas, y se detiene largamente a mirar a Santiago de Alfeo, que es un José de Nazaret muy joven. Sonríe al oír los monólogos de Tomás y Andrés, que parecen hablar al Maestro.
Tapa muy bien a Mateo, que respira con dificultad, cogiendo más paja para que esté caliente; paja que extiende encima de sus pies después de haberla calentado al fuego. Sonríe al oír a Santiago proclamar: «Creed en el Maestro y tendréis la Vida»… y continuar predicando a personajes de sueño. Y se inclina a recoger una bolsa donde Felipe conserva entrañables recuerdos, y se la coloca despacio debajo de la cabeza. En los intervalos medita y ora…
El primero en despertarse es el Zelote. Ve a Jesús todavía cabe el fuego encendido en la gruta ya bien caliente. Y, por el montón de la leña, reducido a una miseria, comprende que han pasado muchas horas. Baja de su yacija y se acerca de puntillas a Jesús.
-¿Maestro, no vienes a dormir? Velo yo.
-Ya amanece, Simón. Hace poco he ido allí y he visto que el cielo se está aclarando.
-Pero, ¿por qué no nos has llamado? ¡Tú también estás cansado!
-Simón, tenía mucha necesidad de pensar… y de orar -y le apoya la cabeza sobre el pecho.
El Zelote, en pie, junto a Él sentado, lo acaricia, y suspira. Pregunta:
-¿Pensar en qué, Maestro? Tú no tienes necesidad de pensar. Tú sabes todo.
-Pensar no en lo que debo decir, sino en lo que debo hacer. Estoy desarmado frente al mundo astuto, porque no tengo ni la malicia del mundo ni la astucia de Satanás. Y el mundo me vence… Y estoy muy cansado…
-Y apenado. Y nosotros contribuimos a ello, Maestro bueno inmerecido por nuestra parte. Perdóname a mí y a mis compañeros. Lo digo por todos.
-Os amo mucho… Sufro mucho… ¿Por qué tantas veces no me comprendéis?
E1 bisbiseo de los dos despierta a Juan, que es el que está más cerca. Abre sus ojos azul claro, mira a su alrededor extrañado, luego recuerda y enseguida, se pone de pie, y se acerca por detrás a los dos que están hablando.
Por este motivo, oye las palabras de Jesús:
-Para que todo el odio y las incomprensiones se transformaran en una insignificancia soportable, me bastaría vuestro amor, vuestra comprensión… Pero vosotros no me comprendéis… Y ésta es mi primera tortura. ¡Es dura! ¡Dura! Pero no tenéis culpa de ello.
Sois hombres… Será vuestro dolor el no haberme comprendido, cuando ya no podáis repararlo… Por eso, porque entonces expiaréis las superficialidades de ahora, las mezquindades de ahora, las cerrazones de ahora, Yo os perdono y digo anticipadamente: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen, ni el dolor que me causan".
Juan cae delante y de rodillas, y abraza las rodillas de su Jesús afligido, y ya está para llorar cuando susurra:
-¡Oh, Maestro mío!
El Zelote, que sigue teniendo en su pecho la cabeza de Jesús, se inclina a besarlo en los cabellos y dice:
-¡Y, a pesar de todo, te queremos mucho! Sólo que pretenderíamos de ti una capacidad de defenderte, de defendernos, de triunfar. Nos deprime el verte hombre, sujeto a los hombres, a las inclemencias, a la miseria, a la maldad, a las necesidades de la vida… Somos unos necios. Pero así es. Para nosotros eres el Rey, el Triunfador, el Dios. No logramos comprender la sublimidad de tu renuncia a tanto por amor nuestro. Porque Tú sólo sabes amar. Nosotros no sabemos…
-Sí, Maestro. Simón ha hablado bien. No sabemos amar como ama Dios: Tú. Y lo que es infinita bondad, infinito amor, lo interpretamos como debilidad y nos aprovechamos de ello… Aumenta nuestro amor, aumenta tu amor, Tú que eres su fuente; hazlo desbordarse como ahora se desbordan los ríos; empápanos, satúranos de amor, como están los prados en todo el valle. No son necesarios la sabiduría, el coraje, la austeridad, para ser perfectos como Tú quieres.
Basta con tener el amor… Señor, yo me acuso por todos: no sabemos amar.
-Vosotros, los dos que más comprenden, os acusáis. Sois la humildad. Y la humildad es amor. Pero también los otros tienen sólo una barrera para ser como vosotros. Y Yo la abatiré. Porque efectivamente soy Rey, Triunfador y Dios.
Eternamente. Pero ahora soy el Hombre. Mi frente pesa ya bajo el suplicio de mi corona. Siempre ha sido una corona torturadora el ser Hombre… Gracias, amigos. Me habéis consolado. Porque esto tiene de bueno el ser hombres: tener una madre que ama y amigos sinceros. Ahora vamos a despertar a los compañeros. Ya no llueve. Los mantos están secos. Los cuerpos descansados. Comed y nos ponemos en marcha.
Alza la voz lentamente, hasta que el «nos ponemos en marcha» es una orden firme. Todos se levantan y manifiestan su contrariedad por haber dormido todo el tiempo mientras Jesús velaba. Se arreglan un poco, comen, cogen los mantos, apagan el fuego y salen al sendero húmedo, y empiezan a bajar hasta el camino de herradura, que tiene el suficiente desnivel como para no ser un mar de lodo. La luz todavía es poca, porque ni hay sol ni el cielo está claro. Suficiente, de todas formas, para ver.
Andrés y los dos hijos de Alfeo van delante de todos. Llegados a un punto del camino, se inclinan, miran y rápidamente vuelven.
-¡Hay una mujer! ¡Parece muerta! Tapa el sendero.
-¡Qué lata! Ya empezamos mal. ¿Cómo es posible? ¡Ahora vamos a tener que purificarnos incluso!». Las primeras quejas del día.
-Vamos a ver nosotros si está muerta -dice Tomás a Judas Iscariote.
-Voy yo contigo, Tomás -dice el Zelote, y va adelante.
-Llegan adonde la mujer, se agachan, y Tomás regresa corriendo y gritando.
-Quizás la han asesinado -dice Santiago de Zebedeo.
-O ha muerto de frío -responde Felipe.
Pero Tomás se llega a ellos y grita:
-¡Lleva la túnica descosida de los leprosos…! (está tan desconcertado, que parece como si hubiera visto al diablo).
-¿Pero está muerta? -preguntan.
-¿Qué sé yo? He salido corriendo.
El Zelote se levanta y a buen paso, viene hacia Jesús. Dice:
-Maestro, una hermana leprosa. No sé si está muerta. Creo que no. Creo que el corazón todavía late.
-¿La has tocado?! -gritan bastantes separándose.
-Sí. Desde que soy de Jesús, no tengo miedo de la lepra. Y siento compasión, porque sé lo que es ser leproso. Quizás le han dado un golpe, porque está sangrando por la cabeza.
Quizás había bajado buscando algo de comer. Es tremendo, ¿sabéis?, morirse de hambre y tener que hacer frente a los hombres para conseguir un pan.
-¿Está muy maltrecha?
-No. Es más, no sé cómo es que está con los leprosos. No tiene ni escamas ni llagas ni gangrenas. Quizás es leprosa desde hace poco. Ven, Maestro. Te lo ruego. ¡Como de mí, ten piedad de esta hermana leprosa!
-Vamos. Dadme pan, queso y ese poco de vino que tenemos todavía.
-¿No le irás a dar de beber de donde bebemos nosotros! -grita aterrorizado Judas Iscariote.
-No temas. Beberá en mi mano. Ven, Simón.
Van hacia delante… pero la curiosidad manda adelante también a los otros. Sin sentir ya molestias por el agua del follaje (que llueve de las ramas encima de las cabezas cuando menean aquéllas) ni por el musgo empapado, suben por la ladera para ver a la mujer sin acercarse. Y ven que Jesús se agacha, la toma por las axilas, la arrastra sentada y la apoya contra una roca. La cabeza pende como si estuviera muerta.
-Simón, vuélvele la cabeza, para que pueda echarle en la garganta un poco de vino.
El Zelote obedece sin miedo, y Jesús, manteniendo en alto el calabacino, deja caer unas gotas de vino dentro de los labios entreabiertos y lívidos. Y dice:
-¡Está helada esta infeliz! Y empapada.
-Si no fuera leprosa, la podíamos llevar adonde hemos estado nosotros -dice Andrés compadecido.
-¡Sí! -prorrumpe Judas -¡sólo faltaba eso!
-¡Pero si no está leprosa! No tiene señales de lepra.
-Tiene la túnica y es suficiente.
E1 vino actúa mientras tanto. La mujer emite un suspiro cansado. Jesús, viendo que traga, le vierte un chorro en la boca. La mujer abre los ojos obnubilados y asustados. Ve a algunos hombres. Trata de alzarse y de huir, mientras grita:
-¡Estoy contaminada! ¡Estoy contaminada!
Pero las fuerzas no le ayudan. Se tapa el rostro con las manos y gime:
-¡No me apedreéis! He bajado porque tengo hambre… Hace tres días que ninguno me echa nada…
-Aquí hay pan y queso. Come. No tengas miedo. Bebe un poco de vino en mi mano -dice Jesús echando en el cuenco de su mano un poco de vino y dándoselo.
-¡Pero no tienes miedo! -dice, asombrada, la infeliz.
-No tengo miedo -responde Jesús. Y, poniéndose en pie, sonríe; se queda, de todas formas junto a la mujer, que come con avidez el pan y el queso.
Parece una fiera hambrienta. Jadea incluso, por el ansia de nutrirse. Luego, sedada la animalidad de las entrañas vacías, mira alrededor de sí… Cuenta en voz alta:
-Uno… dos… tres… trece… ¿Pero entonces?… ¿Quién es el Nazareno? ¿Tú, no? ¡Sólo Tú puedes tener compasión como has tenido de una leprosa!…
La mujer se pone de rodillas con dificultad por la flaqueza.
-Soy Yo, sí. ¿Qué quieres? ¿Curarte?
-Eso también… Pero antes debo decirte una cosa… Yo tenía noticia de ti. Me habían hablado hace mucho unos que pasaron… ¿Mucho? No. El otoño pasado. Pero para un leproso… cada día es un año… Hubiera deseado verte.
Pero ¿cómo podía ir a Judea o a Galilea? Me llaman
"leprosa". Pero lo único que tengo es una llaga en el pecho, que me la ha transmitido mi marido, que me tomó virgen y sana, y él no estaba sano.
Pero es una persona importante… y puede todo. Incluso decir que le había traicionado yendo a él ya enferma, y así repudiarme, para tomar a otra mujer de la que estaba prendado. Me denunció como leprosa. Por pretender justificarme, empezaron a pedradas conmigo. ¿Era justo, Señor? Ayer tarde, un hombre ha pasado, de Bet Yaboc, avisando que venías, y exhortando a salir a tu encuentro para echarte de aquí. Yo estaba… Había bajado hasta las casas porque tenía hambre. Habría hurgado incluso en los estercoleros para matar mi hambre… Yo, que era la "señora", habría querido quitarles a los pollos un poco de su frangollo agriado…
Llora… Luego continúa:
-La ansiedad por encontrarte -por ti, para decirte:
"¡Huye!"; por mí, para decirte: "¡Piedad!" -me ha hecho olvidarme de que, infringiendo nuestra ley, perros, cerdos y pollos viven junto a las casas de Israel pero que el leproso no puede bajar a pedir un pan, ni siquiera cuando es una que de leprosa sólo tiene el nombre. Y he venido, preguntando dónde estabas. No me vieron en ese momento, por la oscuridad, y me dijeron: "Sube por el ribazo del río".
Pero luego me vieron, y en vez de pan me dieron piedras. Salí corriendo, en la noche, para venir a tu encuentro, para evitar los perros. Tenía hambre, tenía frío, tenía miedo. Caí donde me has encontrado. Aquí. Creía que moría. Sin embargo, te he encontrado a ti.
Señor, no estoy leprosa. Pero esta llaga que tengo aquí en el pecho me impide volver con los vivos. No pido volver a ser la Rosa de Jericó de los tiempos de mi padre; pero por lo menos vivir con los demás hombres y seguirte a ti. Los que me hablaron en Octubre dijeron que tienes discípulas y que estabas con ellas… Pero primero sálvate Tú. ¡No mueras, Tú que eres bueno!
-No moriré hasta que no llegue mi hora. Ve allí, a aquella peña. Hay una gruta segura. Descansa. Luego ve al sacerdote.
-¿Para qué, Señor?
La mujer tiembla de ansiedad.
Jesús sonríe:
-Vuelve a ser la Rosa de Jericó que florece en el desierto y que siempre está viva aunque parezca muerta. Tu fe te ha curado.
La mujer alza ligeramente la parte de vestido que cubre el pecho, mira… y grita:
-¡Ya no hay nada! ¡Oh, Señor, mi Dios! -y cae rostro en tierra.
-Dadle pan y otras cosas de comer. Y tú, Mateo, dale un par de sandalias tuyas. Yo doy un manto. Para que pueda ir, después de reponer fuerzas, al sacerdote. Dale también el óbolo, Judas. Para los gastos de purificación. La esperaremos en Getsemaní para dársela a Elisa, que me pidió una hija.
-No, Señor. No descanso. Me pongo en marcha ya. Enseguida. Enseguida.
-Baja, entonces al río, lávate, ponte encima el manto…
-Señor, se lo doy yo a la hermana leprosa. Deja que lo haga. Yo la guío adonde Elisa. Me curo otra vez viéndome a mí en ella, así, dichosa -dice el Zelote.
-Sea como quieres. Dale todo lo necesario. Mujer, escucha bien. Irás a purificarte. Luego irás a Betania y preguntarás por Lázaro. Le dices que te dé hospedaje hasta que llegue Yo. Ve en paz.
-¡Señor! ¿Cuándo voy a poder besarte los pies?
-Pronto. Ve. Pero has de saber que sólo el pecado me produce horror. Y perdona a tu marido, porque por medio suyo me has encontrado a mí.
-Es verdad. Lo perdono. Me voy… ¡Oh, Señor! No te detengas aquí que te odian. Piensa que he caminado exhausta, durante una noche, para venir a decírtelo, y que si en vez de encontrarte a ti hubiera encontrado a otros me podían haber matado a pedradas como a una serpiente.
-Lo recordaré. Vete, mujer. Quema la túnica. Acompáñala, Simón. Nosotros os seguiremos. En el puente os alcanzaremos.
Se separan.
-Pero ahora tenemos que purificarnos. Todos estamos contaminados.
-No era lepra, Judas de Simón. Yo te lo digo.
-Bueno, pues, de todas formas me voy a purificar. No quiero cargar con impuridades.
-¡Que cándida azucena! -exclama Pedro. ¡No se siente impuro el Señor, y te vas a sentir tú impuro!
-¿Y por una que El dice que no está leprosa? Pero, ¿qué tenía, Maestro? ¿Has visto la llaga?
-Sí. Un fruto de la lujuria masculina. Pero no era lepra. Y si el hombre hubiera sido honesto no la habría repudiado, porque estaba más enfermo que ella. Pero todo les sirve a los lujuriosos para saciar su hambre. Tú, Judas, si quieres, vete también. Nos encontraremos en el Getsemaní. ¡Y purifícate! ¡Purifícate! Pero la primera purificación es la sinceridad. Tú eres hipócrita. No lo olvides. Vete, vete, si quieres.
-¡No, no, que me quedo! Si Tú lo dices, creo. No estoy, por tanto, contaminado y me quedo contigo. Tú quieres decir que soy lujurioso y que aprovechaba la ocasión para… Te demuestro que mi amor eres Tú.
Y caminan raudos cuesta abajo.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
El valle profundo y boscoso donde surge Yabés Galaad se oye rumoroso debido a un arroyuelo muy cargado de agua, que va espumando hacia el cercano Jordán. El crepúsculo y la jornada, tenebrosos, agravan los aspectos sombríos de las frondas; así que el pueblo se presenta triste e inhóspito ya desde los primeros momentos.
-¡Mmm! No quisiera que después de siglos se vengara en nosotros este pueblo, de la desagradable sorpresa que le dio Israel. ¡Basta! ¡Vamos a sufrir por el Señor! -dice Tomás, que conserva su buen humor, a pesar de que su ropa esté como recién sacada de una tina (barro caminando, de la cabeza a las caderas, de las caderas a los pies). (La desagradable sorpresa que le dio Israel está narrada en: I Macabeos 5, 9-36)
No los vapulean, eso no. Pero los echan de todas partes, llamándolos ladrones, y peor todavía. Felipe y Mateo tienen que pegarse una buena carrera para salvarse de un perro de grandes dimensiones embriscado por un pastor cuando habían ido a la puerta de un aprisco a pedir alojamiento para la noche «al menos en el cobertizo de los animales».
-¿Y ahora qué hacemos? No tenemos pan.
-Ni dinero. ¡Sin dinero no se encuentra ni pan ni posada!
-Y estamos empapados, helados, hambrientos.
-Y llega la noche. ¡Sí que vamos a estar cucos mañana, después de una noche en el bosque!
De doce que son, siete rezongan abiertamente; tres tienen escrito en el rostro su mal humor, y aunque de hecho guardan silencio, es como si hablaran. Simón Zelote va cabizbajo, indescifrable. Juan parece como sobre las brasas encendidas, y su cabeza se vuelve veloz, de los rezongones a Jesús y de éste a aquéllos, con la pena dibujada en la cara. Jesús continúa llamando de casa en casa, personalmente, puesto que los apóstoles no quieren o lo hacen con temor; continúa recorriendo, paciente, las callejuelas convertidas en pantanos resbaladizos y fétidos. Pero en todas partes es rechazado.
Ya están en el extremo del pueblo. Allí el valle se abre en los pastos de la llanura transjordánica. Alguna que otra casa, todavía… Todo son desilusiones…
-Busquemos en los campos. ¿Juan, eres capaz de subir a este olmo? Desde arriba puedes ver.
-Sí, mi Señor.
-El olmo está resbaladizo de lluvia. El muchacho no va a subir y se va a hacer daño. Y, por si fuera poco, vamos a tener un herido -dice Pedro descontento.
Y, Jesús, mansamente:
-¡Subo Yo!
-¡De ninguna manera! -gritan en coro. Los que más alzan la voz son los pescadores, que añaden: «Si es peligroso para nosotros, que somos pescadores, ¿cómo vas a poder Tú, que no has trepado nunca por las costanas ni por las cuerdas?
-Lo hacía por vosotros. Para buscaros un alojamiento. Para mí es indiferente. No es el agua lo que me resulta penoso…
¡Cuánta tristeza! ¡Cuánta noción a la piedad por El hay en la voz!
Algunos se aperciben y callan. Otros, que son, para mayor exactitud, Bartolomé y Mateo, dicen:
-Ya es demasiado tarde para poner remedio. Se debía haber pensado antes.
-Sí, y no hacer caprichos queriendo salir de Pel.la aunque ya lloviera. Has sido un testarudo, y un imprudente, y ahora todos tenemos que pagar las consecuencias.
¿Qué remedio vas a poner ahora? ¡Si hubiéramos tenido una bolsa bien nutrida, hubieras visto como se habrían abierto todas las casas! ¡Pero Tú!… ¿Por qué no haces un milagro, al menos un milagro para tus apóstoles, puesto que los haces hasta para los indignos? -dice Judas de Keriot, gesticulando como un loco, agresivo; tanto que los otros, aunque en el fondo piensen en parte come él, sienten la necesidad de exigirle respeto.
Jesús parece ya el Condenado mirando pacífico a sus verdugos. Y calla. Este callar, que va siendo cada vez más frecuente en Jesús desde hace un tiempo, preludio del "gran silencio" ante el Sanedrín, ante Pilatos y ante Herodes, me da mucha pena. Me semejan esas pausas de silencio que se oyen en el quejido de un moribundo, que no son signo de calma de los dolores, sino preludio de la muerte. Siento la impresión de que estos silencios de Jesús gritan, más que cualquier otra palabra, con su callar, y que expresan todo el dolor de Jesús ante la incomprensión de los hombres y su desamor. Y su mansedumbre que no reacciona, esta postura suya con la cabeza un poco baja, me lo presentan ya atado, consignado al odio de los hombres.
-¿Por qué no hablas? -le preguntan.
-Porque diría palabras que vuestro corazón no entendería en este momento… Vamos. Vamos a andar para no congelarnos… Y perdonad…
Se vuelve sin demora y se pone a la cabeza de esta comitiva que en parte es comprensiva; en parte, acusadora; en parte, polémica con los compañeros.
Juan se rezaga un poco, pero de forma que ninguno se dé cuenta. Luego se acerca a un árbol grande, alto -creo que es chopo o fresno-, y, arrojados manto y túnica, se pone a subir semidesnudo, fatigosamente, hasta que las primeras ramas no le facilitan la subida. Sube, sube, sube, como un gato.
Alguna vez también resbala, pero se afianza de nuevo. Está ya casi en la cima. Escudriña el horizonte bajo las últimas luces del día, más claras aquí -en abierta llanura -que en el valle, porque además las plomizas nubes son menos espesas. Agudiza la mirada en todas las direcciones. Por fin un gesto de alegría. Se deja resbalar rápidamente hasta el suelo, se pone los indumentos que se había quitado, se echa a correr hasta alcanzar y pasar a sus compañeros. Ya llegó donde el Maestro. Dice, jadeante por el esfuerzo realizado y por la carrera:
-Una cabaña, Señor… una cabaña hacia oriente… pero hay que volver atrás… He subido a un árbol… Ven, ven…
-Voy con Juan por esta parte. Si queréis venir, venid; si no, proseguid hasta el próximo pueblo siguiendo el río. Allí nos encontraremos -dice Jesús serio y decidido.
Los siguen todos por los prados empapados.
-¡Pero estamos volviendo a Yabés!
-Yo no veo casas…
-¿Quién sabe lo que habrá visto el muchacho!
-¡Quizás un pajar!
-O la cabaña de un leproso.
-Así terminamos de mojarnos. Estos prados parecen esponjas -se lamentan los apóstoles.
Pero no es ni la cabaña de un leproso ni un pajar lo que se presenta a sus ojos detrás de una espesura de troncos. Es una cabaña, eso sí. Ancha, baja, semejante a un aprisco pobre. Tejado de paja hasta la mitad, paredes de barro que apenas si se sujetan con los cuatro machones angulares de piedras sin desbastar. Una serie de estacas circuye la casucha; en el espacio intermedio, hortalizas que chorrean agua.
Juan da una voz. Se asoma un anciano.
-¿Quién es?
-Peregrinos camino de Jerusalén. ¿Posada en nombre de Dios! -dice Jesús.
-Siempre. Es un deber. Pero mal sitio os ha tocado. Tengo poco espacio y no tengo camas.
-No importa. Tendrás fuego al menos.
El hombre se afana en abrir el cierre y lo abre.
-Entrad. La paz sea con vosotros.
Pasan por la minúscula huerta. Entran en la habitación única, que es cocina y dormitorio. En el hogar está encendido el fuego. Hay orden y pobreza. No hay ni un utensilio más de los necesarios.
-¿Veis? ¡Lo único que tengo es un corazón grande y adornado! Pero si os adaptáis… ¿Tenéis pan?
-No. Un puñado de aceitunas…
-Yo no tengo pan para todos. Pero os voy a hacer una cosa con la leche, Tengo dos ovejas. Me bastan. Voy a ordeñarlas. ¿Me dais los mantos? Así los extiendo en el aprisco, aquí detrás. Se secarán un poco. Mañana con la llama se acabarán de secar.
El hombre sale cargado con la ropa húmeda. Todos están cerca del fuego y se alegran por el calor.
Vuelve el hombre trayendo una tosca estera. La extiende.
-Quitaos las sandalias. Así las lavo y les quito el barro y las cuelgo para que se sequen. También os voy a dar agua caliente para quitaros el barro de los pies. La estera es tosca, pero es gruesa y está limpia; la agradeceréis más que el suelo frío.
Descuelga un caldero lleno de agua verdosa, por las verduras que cuecen dentro, y vierte el agua mitad en un barreño mitad en una tina. La alarga con agua fría y dice:
-Aquí tenéis. Os reanimará. Lavaos. Éste es un paño limpio.
Y, entretanto, se afana avivando la llama, vierte leche en un caldero y la pone en el fuego. Y, en cuanto empieza a hervir, echa semillas dentro de la leche (creo que son o cebada molida o millo descascarado). Y remueve la papilla.
Jesús, que ha sido uno de los primeros que se ha lavado, se acerca a él:
-Que Dios te recompense por tu caridad.
-No hago sino restituir lo que he recibido de El. Estaba leproso. De los treinta y siete a los cincuenta y uno, leproso. Luego me curé. Pero en el pueblo me encontré ya que mis padres habían muerto, y mi mujer; y la casa estaba devastada. Además yo era "el leproso"… Vine aquí y me hice mi nido; yo solo y con la ayuda de Dios. Primero una cabaña de juncos, luego de madera. Luego tapias… Todos los años una cosa nueva.
El año pasado hice el lugar para las ovejas. Las he comprado fabricando esteras que vendo, y también platos y vasos de madera. Tengo un manzano, un peral, una higuera, una vid. Detrás tengo una parcelita de cebada; delante, las hortalizas. Cuatro parejas de palomas y dos ovejas. Dentro de poco tendré corderos. Esperemos que sean hembras esta vez. Bendigo al Señor y no pido más cosas. ¿Y Tú quién eres?
-Un galileo. ¿Tienes prejuicios?
-Ninguno, aunque sea de raza judía. Si hubiera tenido hijos, habría podido tener uno como Tú… Hago de padre a las palomitas…
-Estoy acostumbrado a estar solo.
-¿Y para las Fiestas?
-Lleno los comederos y me marcho. Alquilo un asno. Corro, hago lo que tengo que hacer, y vuelvo. Jamás me ha faltado ni una sola hoja. Dios es bueno.
-Sí, con los buenos y con los menos buenos; pero los buenos están bajo sus alas.
-Sí. Lo dice también Isaías… A mí me ha protegido.
-De todas formas, has sido leproso» observa Tomás.
-Y me he quedado pobre y solo. Pero, mira, volver a ser un hombre y tener techo y pan es gracia de Dios. Mi modelo en la desventura fue Job. Espero merecer como él la bendición de Dios, no en riquezas sino en gracia.
-La tendrás. Eres un justo. ¿Cómo te llamas?
-Matías.
Y quita del fuego su caldero, lo lleva a la mesa, añade mantequilla y miel, remueve, vuelve a ponerlo en el fuego y dice:
-Tengo sólo seis piezas de vajilla entre platos y cuencos. Os turnáis.
-¿Y tú?
-El que da hospitalidad es el último en servirse. Primero los hermanos que Dios envía. Bueno, ya está a punto. Esto sienta bien.
Y echa unos cazos de papilla humeante en cuatro platos y dos cuencos. Cucharas de madera sí que hay.
Jesús sugiere a los más jóvenes que coman.
-No. Tú, Maestro -dice Juan.
-No, no. Conviene que se sacie Judas, y vea que hay siempre comida para los hijos.
Judas Iscariote cambia de color, pero come.
-¿Eres un rabí?
-Sí. Éstos son mis discípulos.
-Yo iba donde el Bautista, cuando él estaba en Betabara. ¿Sabes algo del Mesías? Dicen que ya ha venido y que Juan lo señaló. Siempre que voy a Jerusalén espero verlo. Pero nunca lo he logrado. Cumplo el rito y no me detengo. Será por esto por lo que no lo veo. Aquí vivo aislado, y además… gente no buena en Perea. Hablé con unos pastores que vienen aquí por los pastos. Ellos sabían del Mesías. Me hablaron. ¡Qué palabras! ¿Qué será cuando las diga Él!…
Jesús no se da a conocer. Le toca ahora comer y lo hace serenamente, al lado del buen anciano.
-¿Y ahora? ¿Cómo vamos a hacer para dormir? Os cedo la cama. Pero es solo una… Yo voy donde las ovejas.
-No, vamos nosotros. El heno es bueno para quien está cansado.
La cena ha terminado. Ahora piensan en acostarse para partir al alba. Pero el anciano insiste y a su cama va Mateo, que está muy constipado.
Pero la aurora es un diluvio. ¿Cómo ponerse en marcha bajo esas cataratas? Siguen el consejo del viejo y se quedan. Entretanto cepillan y secan las túnicas, untan las sandalias, dan descanso a sus cuerpos. El viejo cuece otra vez cebada en la leche, para todos; luego mete unas manzanas entre las cenizas. La comida de todos. Lo están consumiendo cuando llega de fuera una voz.
-¿Otro peregrino? ¿Cómo nos vamos a arreglar? -dice el anciano. Pero se pone en pie y sale, envuelto en una manta de lana basta, impermeable.
En la cocina hay calor de fuego, pero no de humor bueno. Jesús guarda silencio.
Vuelve el anciano, con los ojos desmesuradamente abiertos. Mira a Jesús, mira a los otros. Parece sentir miedo… parece en duda y escrutador. Al fin dice:
-¿Uno de vosotros es el Mesías? Decidlo, porque los de Pel.la lo buscan para adorarlo, por un gran milagro que ha hecho. Llevan llamando, desde ayer tarde, a todas las casas, hasta el río, hasta el primer pueblo… Ahora, regresando, han pensado en mí. Alguno ha indicado mi casa. Están afuera, con los carros. ¡Mucha gente!
Jesús se levanta. Los doce dicen:
-No vayas. Si has dicho que era prudente no detenernos en Pel.la, es inútil mostrarte ahora.
-¡Pero entonces!… ¡Oh! ¡Bendito! ¡Bendito Tú y quien te ha enviado! ¡Y bendito yo, que te he acogido! Eres el rabí Jesús, aquel… ¡Oh!
E1 hombre está de rodillas, con la frente contra el suelo.
-Soy Yo. Pero deja que vaya a estos que me buscan. Luego vendré a ti, hombre bueno. Se libera los tobillos apresados por las manos del anciano y sale a la huerta inundada.
-¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Hosanna!
Se apean rápidamente de los carros. Son hombres y mujeres, y está el cieguito de ayer con su madre, y está la gerasena. Sin preocuparse del barro, se arrodillan y suplican:
-¡Regresa, regresa donde nosotros, a Pel.la!
-¡No: a Yábés! -gritan otros, que son ciertamente de allí.
-¡Te queremos con nosotros! ¡Estamos arrepentidos de haberte echado! -gritan los de Yabés.
-No, donde nosotros. A Pel.la, donde está vivo tu milagro. A ellos los ojos; a nosotros, la luz del alma.
-No puedo. Voy a Jerusalén. Allí me encontraréis.
-Estás enfadado porque te hayamos echado.
-Estás disgustado porque sabes que habíamos creído las calumnias de un pecador.
La madre de Marcos se tapa la cara y llora.
-Dile tú, Yaia, al que te ha amado, que vuelva.
-Me encontraréis en Jerusalén. Marchaos. Y perseverad. No seáis como los vientos, que van en todas las direcciones. Adiós.
-No. Ven. Te raptamos por la fuerza, si no vienes.
-Vosotros no alzaréis contra mí vuestra mano. Esto es idolatría, no verdadera fe. La fe cree incluso sin ver. Persevera aunque se la combata. Crece aun sin milagros. Me quedo en casa de Matías, que ha sabido creer sin ver nada y que es un justo.
-A1 menos, acepta nuestros presentes. Dinero, pan. Nos han dicho que habéis dado todo lo que teníais a Yaia y a su madre. Toma un carro. Irás en él. Lo dejas en Jericó, en casa de Timón el posadero. Tómalo. Llueve. Y va a seguir lloviendo. Estarás resguardado. Llegarás antes. Muéstranos que no nos odias.
Ellos al otro lado de la estacada, Jesús a este lado, se miran; los de la parte de allá están agitados. Detrás de Jesús está el anciano Matías, de rodillas, con la boca abierta; luego, de pie, los apóstoles.
Jesús tiende la mano y dice:
-Acepto para los pobres. Pero no acepto el carro. Soy el Pobre entre los pobres. No insistáis. Yaia, mujer, y tú de Gerasa, venid que os bendiga en particular.
Y cuando los tiene a su lado, puesto que Matías ha abierto la estacada, los acaricia y bendice, y se despide de ellos. Bendice luego a los otros, que se han aglomerado en torno a la entrada y están dando a los apóstoles monedas y víveres, y los despide.
Vuelve a casa…
-¿Por qué no les has hablado?
-Habla el milagro de los dos ciegos.
-¿Por qué no has tomado el carro?
-Porque ir a pie está bien.
Y se vuelve a Matías:
-Te habría recompensado con las bendiciones. Ahora puedo darte, además, un poco de dinero por los gastos que te ocasionamos…
-No, Señor Jesús… No lo quiero. Esto lo he hecho de buen corazón. Ahora… ahora lo hago sirviendo al Señor. No paga el Señor. No está obligado a ello. ¡He sido yo quien ha recibido, no Tú! ¡Este día vendrá, con su recuerdo, hasta la otra vida!
-Bien has hablado. Encontrarás tu misericordia hacia los peregrinos escrita en el Cielo, y también tu fe solícita.
En cuanto se aclare el cielo un poco, te dejo. Aquellos podrían volver. Insistentes mientras están bajo la impresión del milagro; luego… tardos como antes, o enemigos. Yo continúo mi camino. Hasta ahora me he detenido, tratando de convertirlos. Ahora vengo y paso, sin detenerme. Voy al destino mío que me apremia. Dios y el hombre me acucian. No puedo ya detenerme. Me aguija el amor y me aguija el odio. Quien me ama puede seguirme.
Pero el Maestro ya no va a correr detrás de las ovejas indóciles.
-¿No te aman, Maestro divino? -pregunta Matías.
-No me comprenden.
-Son malos.
-Los gravan las concupiscencias.
El hombre ya no se atreve a mostrarse con la libertad de antes. Parece como si estuviera delante del altar. Jesús, por el contrario, ahora que ya no es el Desconocido, se muestra menos reservado y habla al anciano como a un familiar.
Y así pasan las horas, hasta un principio de sol de mediodía. La nube, rota, promete suspensión de la lluvia. Jesús ordena la partida. Y, mientras el anciano va a recoger los mantos ya secos, deposita en un cajón unas monedas y dispone que metan panes y quesos en una masera.
Regresa el anciano. Jesús lo bendice. Luego reanuda su camino, y se vuelve todavía a mirar a la blanca cabeza que sobresale de la estacada oscura.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
El camino que de Gadara va a Pel.la recorre una zona fértil extendida entre dos órdenes de collados, uno más alto que el otro. Parecen dos enormes peldaños de una escalera de gigantes fabulosos, para subir del valle del Jordán a los montes de Aurán.
Cuando el camino se junta más al escalón de occidente, la mirada se enseñorea no sólo sobre los montes del otro lado creo que son los de la Galilea meridional, y ciertamente los de Samaria -, sino también sobre la verde lindura que hace de ala al río azul por una y otra parte; cuando se separa, acercándose a las cadenas de oriente, entonces pierde de vista el valle del Jordán, pero ve todavía las cimas de las cadenas de Samaria y Galilea recortadas con su verde en el fondo gris del cielo.
En día de sol sería un hermoso panorama, con tonalidades vivas de graciosa belleza. Hoy que el cielo está ya enteramente cubierto de nubes bajas, acumuladas por un siroco que aumenta sin cesar y va empujando nuevas masas de nubes densas para superponerse a las ya existentes, bajando así el cielo con toda esta guata gris y enredada, el panorama pierde la luminosidad de los colores verdes, que aparecen apagados como por una opacidad de niebla.
Llegan a algún que otro pueblecito, y los dejan atrás, sin que suceda nada particular. La indiferencia acoge y sigue al Maestro. Sólo los pordioseros, que van pidiendo limosna, no dejan de interesarse por el grupo de peregrinos galileos. No faltan los ciegos, que en su mayor parte tienen los ojos destruidos por el tracoma, o los casi ciegos, que van con la cabeza baja, soportando malamente la luz, pegados a las tapias, unas veces solos, otras con una mujer o un niño.
En un pueblo, donde se entrecruza el camino hacia Pel.la con el de Gerasa y Bosra hacia el Lago de Tiberíades, hay un grupo numeroso que asalta las caravanas con sus quejidos semejantes a gruñidos de perros, quebrados de tanto en tanto por verdaderos ululatos. Están atentos. Es un grupo de miseria, mugre y harapos, pegado a las tapias de las primeras casas.
Mordisquean cortezas de pan, y aceitunas; o están adormilados, y las moscas pican con toda libertad en los párpados ulcerados. Pero, al primer ruido de cascos o de roces de numerosos pies, se alzan y van -harapiento coro de tragedia antigua -, todos con las mismas palabras y los mismos gestos, hacia los que llegan. Alguna moneda vuela y algún mendrugo de pan, y los ciegos o semiciegos exploran nerviosamente el polvo y la inmundicia para encontrar el óbolo.
Jesús los observa y dice a Simón Zelote y a Felipe:
-Llevadles dinero y pan. Judas tiene el dinero; el pan, Juan.
Los dos se adelantan solícitos a realizar lo que ha sido ordenado, y se detienen a hablar mientras Jesús se acerca despacio, impedido por una fila de asnos que tapa el camino.
Los mendigos se asombran de la forma de saludarlos y de la gracia que les ofrecen los recién llegados, y preguntan:
-¿Quiénes sois, que nos tratáis amablemente?
-Los discípulos de Jesús de Nazaret, el Rabí de Israel, el que ama a los pobres y a los infelices porque es el Salvador, y pasa anunciando la Buena Nueva y haciendo milagros.
-Este es el milagro -dice uno que tiene los párpados atrozmente devastados. Y le da un mordisco a su pedazo de pan limpio; un verdadero animal que no siente y admira sino las cosas materiales.
Una mujer que, al pasar con sus ánforas de cobre, oye y dice:
-¡Cállate ahí, holgazán indecente!
Y se vuelve a los discípulos para decir:
-No es del pueblo. Es pendenciero y violento con sus semejantes. Habría que echarlo, porque roba a los pobres del pueblo. Pero tenemos miedo de sus venganzas -y, en voz baja, verdaderamente una pizca de voz, susurra:
«Se dice que es un ladrón que, durante años, ha robado y matado -bajando de los montes de Caracamoab y Sela, que ahora los dominadores llaman Petra -a los que recorren los caminos de los desiertos. Se dice que es un soldado desertor de aquel romano que fue allí para… que vieran lo que es Roma… Elio, me parece, y otro nombre más… Si le hacéis beber, habla… Ahora, ciego, ha venido a parar aquí… ¿Es aquel el Salvador? -pregunta luego señalando a Jesús, que ha pasado recto.
-Es ése. ¿Quieres decirle algo?
-¡No, no! -dice la mujer con indiferencia.
Los dos apóstoles se despiden de ella y se encaminan para alcanzar al Maestro. En esto, se produce un alboroto entre los ciegos, y se alza un llanto casi de niño. Varios se vuelven. La mujer de antes, que está en el umbral de la puerta de su casa, explica:
-Será ese despiadado que quita el dinero a los más débiles. Siempre lo hace.
También Jesús se ha vuelto, a mirar.
Efectivamente, un niño, o más bien un adolescente, sale sangrando y llorando del grupo y se queja:
-¡Me ha quitado todo! ¡Y mi madre ya no tiene pan!
Unos se muestras compasivos, otros se ríen…
-¿Quién es? -pregunta Jesús a la mujer.
-Un niño de Pel.la. Pobre. Viene mendigando. Todos ciegos en su casa, por una enfermedad cogida los unos de los otros. El padre ha muerto. La madre está en casa. E1 jovencito pide limosna a los que pasan y a los campesinos.
El muchacho se acerca con su bastoncito, secándose con un ribete de su manto desgarrado el llanto y la sangre, que le mana de la frente.
La mujer lo llama:
-¡Párate, Yaia! ¡Te lavo la frente y te doy un pan!
-¡Tenía dinero y pan para varios días! ¡Ahora nada! Mi madre me espera para comer… -se lamenta el desdichado mientras se lava con el agua de la mujer.
Jesús se acerca y dice:
-Yo te doy todo lo que tengo. No llores.
-¿Pero Señor? ¿Por qué? ¿Dónde vamos a hospedarnos? ¿Qué haremos? -dice inquieto Judas.
-Alabaremos a Dios, que nos conserva sanos. Es ya suma gracia.
El muchacho dice:
-¡Sí que lo es! ¡Si yo viera! Trabajaría para mi madre.
-¿Querrías curarte?
-Sí.
-¿Por qué no vas a los médicos?
-Ninguno nos ha curado nunca. Nos han dicho que hay Uno en Galilea que no es médico pero que cura. Pero, ¿cómo vamos a donde Él?
-Ve a Jerusalén. Al Getsemaní. Es un olivar que está en las faldas del monte de los olivos, cerca del camino de Betania. Pregunta por Marcos y Jonás. Todos los del arrabal de Ofel te darán indicaciones. Puedes unirte a una caravana. Pasan muchas. A Jonás pregúntale por Jesús de Nazaret…
-¡Eso! ¡Es ese nombre! ¿Me curará?
-Si tienes fe, sí.
-Tengo fe. ¿Tú a dónde vas, Tú que eres bueno?
-A Jerusalén, para la Pascua.
-¡Llévame contigo entonces! No te daré fastidio. Dormiré al raso, me bastará un pedazo de pan. Vamos a Pel.la ¿Tú vas allí, verdad? Y se lo decimos a mi madre, y luego vamos… ¡Ver! ¡Eres bueno, Señor!… -y el jovencito se arrodilla buscando los pies de Jesús para besarlos.
-Ven. Te llevaré a la luz.
-¡Bendito seas!
Reanudan el camino y la mano de Jesús sujeta de un brazo al niño para guiarlo solícitamente. Y el niño habla:
-¿Quién eres? ¿Un discípulo del Salvador?
-No.
-¿Pero lo conoces al menos?
-Sí.
-¿Y crees que me va a curar?
-Lo creo.
-Pero… ¿querrá dinero? No tengo. ¡Los médicos quieren mucho dinero! Por las curas hemos conocido el hambre…
-Jesús de Nazaret sólo quiere fe y amor.
-Es muy bueno entonces. Pero también Tú eres bueno -dice el jovencito, y, para coger y acariciar la mano que lo guía, palpa la manga de la túnica.
-¡Qué buena túnica llevas! ¡Eres un señor! ¿No te avergüenzas de mí, que voy andrajoso?
-Me avergüenzo sólo de las culpas que deshonran al hombre.
-Yo tengo las de murmurar alguna vez por mi estado, y de desear ropa caliente, pan y, sobre todo, la vista.
Jesús lo acaricia:
-No son culpas que deshonren. Pero trata de no tener ni siquiera esas imperfecciones y serás santo.
-Pero, si me curo, ya no las tendré… ¿O es que no me voy a curar y Tú lo sabes y me estás preparando para mi destino y enseñándome a santificarme como Job?
-Te curarás. Pero después, sobre todo después, tienes que estar siempre contento de tu condición, aun no siendo de las más halagüeñas.
Llegan a Pel.la. Las huertas que siempre preceden a las ciudades exponen la fecundidad de sus cuadros con un pujante verdecer de hortalizas.
Algunas mujeres que están trabajando en los surcos, o en las tinas de la colada, saludan a Yaia y le dicen:
-Vuelves pronto hoy. ¿Te ha ido bien? ¿Has encontrado un protector? Pobre hijo.
Una, anciana, grita desde el fondo de una huerta:
-¡Yaia! Si tienes hambre, hay una escudilla para ti. Si no, para tu madre. ¿Vas a casa? Tómala.
-Voy a decir a mi madre que voy con este señor bueno a Jerusalén para curarme. Conoce a Jesús de Nazaret y me guía a donde Él.
El camino, casi a las puertas de Pel.la, está lleno de gente. Hay mercaderes, pero hay también peregrinos.
Una mujer de buen aspecto, que hace su viaje en un burro, acompañada de una sierva y un siervo, al oír hablar de Jesús, se vuelve; luego tira de las riendas, para al burro, baja, y se dirige a Jesús.
-¿Conoces a Jesús de Nazaret? ¿Vas a donde El? Yo también voy… Para la curación de un hijo. Quisiera hablar con el Maestro porque… -se echa a llorar debajo del tupido velo.
-¿Qué enfermedad tiene tu hijo? ¿Dónde está?
-Es de Gerasa. Pero ahora está camino de Judea. Va como un poseso… ¡Oh!, ¿qué he dicho?
-¿Está endemoniado?
-Señor, lo estaba y fue curado. Ahora… es más demonio que antes, porque… ¡Esto sólo se lo puedo decir a Jesús de Nazaret!
-Santiago, tomad al niño entre Simón y tú, e id adelante con los otros. Esperadme fuera de la puerta. Mujer, puedes decir a los siervos que sigan adelante. Hablaremos entre nosotros.
La mujer dice:
-¡Pero Tú no eres el Nazareno! Yo quiero hablarle sólo a Él. Porque sólo Él puede comprender y tener misericordia.
Entretanto se han quedado solos. Los otros ya se han adelantado por su cuenta. Jesús espera a que la calle se desaloje y luego dice:
-Puedes hablar. Yo soy Jesús de Nazaret.
La mujer gime y hace ademán de arrodillarse.
-No. La gente no debe saberlo por ahora. Vamos. Allí hay una casa abierta. Vamos a pedir un lugar para estar y vamos a hablar. Ven.
Van por una callecita que discurre entre dos huertas, a una casa aldeana en cuya era retozan unos niños.
-La paz sea con vosotros. ¿Me permitís que pueda descansar unos momentos esta mujer? Debo hablar con ella. Venimos de lejos para podernos hablar y Dios nos ha hecho confluir antes de la meta.
-Entrad. El huésped es bendición. Os daremos leche y pan, y agua para los pies cansados -dice una anciana.
-No hace falta. Nos basta un lugar tranquilo para poder hablar.
-Venid -y sube con ellos a una terraza enguirnaldada con una vid en que ya brotan hojas esmeraldinas.
Se quedan solos.
-Habla, mujer. Ya he dicho que Dios nos ha hecho encontrarnos antes de la meta para alivio tuyo.
-¡No hay, no hay ya alivio para mí! Tenía un hijo. Quedó poseído por el demonio. Una fiera entre los sepulcros. Nada lo tenía sujeto. Nada lo curaba. Te vio. Te adoró con la boca del demonio, y Tú le curaste. Quería seguirte. Tú pensaste en mí, su madre, y me lo enviaste. Para que me diera nueva vida y nuevo juicio, que vacilaban por el dolor de un hijo endemoniado. Le enviaste también para que te predicara, dado que quería amarte.
Yo… ¡Oh! ¡Ser madre de nuevo; y además, de un hijo santo, de un siervo tuyo! Pero, ¡dime, dime! Cuándo le dijiste que regresara, ¿sabías que era… que sería otra vez un demonio? Porque es un demonio, que te deja después de tanto bien recibido, después de haberte conocido, después de haber sido elegido para el Cielo… ¡Dímelo! ¿Lo sabías? ¡Oh, estoy desvariando! Hablo y no te digo por qué es un demonio…
Hace algo de tiempo que ha caído otra vez en locura. Pocos días, pero para mí más penosos que los largos años que vivió endemoniado… Y entonces creía que nunca sufriría penas más grandes que ésa… Ha venido… y ha demolido la fe que Gerasa cultivaba hacia ti por mérito tuyo y suyo, diciendo infamias de ti. ¡Y ahora te precede hacia el vado de Jericó, procurándote daño, procurándote daño!
La mujer, que no se ha quitado en todo este tiempo el velo bajo el cual solloza desconsoladamente, se arroja a los pies de Jesús suplicando:
-¡Márchate! ¡Aléjate! ¡No te dejes insultar! Yo me he puesto en camino, de acuerdo con mi marido enfermo, rogando a Dios hallarte. ¡Me ha escuchado! ¡Bendito sea! ¡No quiero, no quiero permitir que Tú, Salvador, seas maltratado por causa de mi hijo! ¿Por qué lo he traído al mundo? ¡Te ha traicionado, Señor! Cita mal tus palabras. El demonio se ha apoderado de nuevo de él. Y… ¡oh, Altísimo y Santo!… ¡piedad de una madre! Y se condenará.
¡Mi hijo, mi hijo! Antes no tenía culpa de estar lleno de demonios. Era una desventura que le había sucedido. ¡Pero ahora, ahora que lo habías liberado, ahora que había conocido a Dios, ahora que Tú lo habías instruido! ¡Ahora ha querido ser un demonio, y ya ninguna fuerza lo liberará! ¡Oh!
La mujer está por el suelo: un amasijo de vestidos y carne agitándose en medio de los sollozos. Y gime:
-Dime, dime qué debo hacer por ti, por mi hijo. ¡Para desagraviar! ¡Para salvar! No. ¡Desagraviar! Ya ves que mi dolor es desagravio. ¡Pero salvar! No puedo salvar al que reniega de Dios. Está condenado… Y, para mí, israelita, ¿qué es esto? Tormento.
Jesús se agacha. Le pone la mano en el hombro.
-¡Álzate, cálmate! Te tengo amor. Escucha, pobre madre.
-¿No me maldices por haberlo generado?
-¡No! No eres responsable de su error. Has de saber, además, para consuelo tuyo, que sí puedes ser causa de su salvación. Los quebrantos de los hijos pueden ser reparados por las madres. Y tú lo vas a hacer. Tu dolor, siendo bueno como es, no es estéril; es fecundo. Por tu dolor será salvada el alma que amas. Expías por él, y expías con una intención tan recta, que eres la indulgencia de tu hijo. Volverá a Dios. No llores.
-¿Pero cuándo? ¿Cuándo será?
-Cuando tu llanto se disuelva en mi Sangre.
-¿Tu Sangre? ¿Entonces es verdad lo que dice él? ¿Que te matarán porque mereces la muerte?… ¡Blasfemia horrenda!
-Es verdad verdadera en la primera parte. Me matarán para haceros dignos de Vida. Soy el Salvador, mujer. La salvación se da con la palabra, con la misericordia y con el holocausto. Para tu hijo es necesario esto. Y lo daré.
Pero ayúdame. Dame tu dolor. Ve con mi bendición. Consérvala en ti para poder ser misericordiosa y paciente con tu hijo, y recordarle así que Otro fue misericordioso con él. Ve, ve en paz.
-¡Pero no hables en Pel.la! ¡No hables en Perea! Te los ha puesto en contra. Y no está solo. Pero yo veo sólo a él y hablo sólo de él…
-Hablaré con un hecho, que será suficiente para anular la obra de otros. Ve en paz a tu casa.
-Señor, ahora que me has absuelto de haberlo generado, ve mi rostro, para saber cómo es el rostro de una madre acongojada -y se destapa la cara diciendo «Aquí ves la cara de la madre de Marcos de Josías, renegador del Mesías y torturador de la que lo engendró» y baja de nuevo el tupido velo para cubrir su rostro devastado por el llanto, y dice gimiendo:
-¡Ninguna otra madre de Israel me igualará en el dolor!
Bajan del lugar hospitalario. Toman la calle otra vez. Entran en Pel.la y se reúnen de nuevo la mujer con los siervos y Jesús con los apóstoles.
Pero la mujer le sigue, como hechizada, mientras Jesús va detrás del muchacho, que se dirige a su pobre casuca: una casa situada en un sótano de una construcción pegada a la ladera del monte, característica de esta ciudad que sube a escalones, de forma que el bajo del lado oeste es el segundo piso del lado este, pero en realidad es un bajo también allí, porque se puede acceder a él desde el camino que pasa por arriba, que está al nivel del último piso.
El muchacho llama con fuerza:
-¡Madre! ¡Madre!
Del interior del antro mísero y oscuro sale una mujer todavía joven, ciega, desenvuelta porque conoce bien el recinto.
-¿Ya de regreso, hijo mío? ¡Tan numerosas han sido las limosnas, que regresas estando todavía alto el día?
-Mamá, he encontrado a uno que conoce a Jesús de Nazaret y que dice que me lleva a donde Él para que me cure. Es muy bueno. ¿Me dejas ir, mamá?
-¡Claro, Yaia! Me quedo sola, pero ve, ve, bendito, ¡y mira también por mí al Salvador!
La adhesión, la fe de la mujer es absoluta. Jesús sonríe. Habla:
-¿No dudas, mujer, ni de mí ni del Salvador?
-No. Si Tú lo conoces y eres amigo suyo, tienes que ser bueno sin duda. ¡Él puede hacerlo! ¡Ve, ve, hijo! No te retrases ni un momento. Vamos a darnos un beso y ve con Dios.
A tientas se encuentran y se besan.
Jesús pone encima de la tosca mesa un pan y unas monedas.
-Adiós, mujer. Aquí tienes con qué procurarte comida. La paz sea contigo.
-Salen. La comitiva reanuda la marcha. Caen las primeras gotas de lluvia.
-¿Pero no nos paramos? Llueve… -dicen los apóstoles.
-En Yabés Galaad nos detendremos. Caminad.
Se echan los mantos por encima de las cabezas. Jesús extiende el suyo sobre la cabeza del muchacho. La madre de Marcos de Josías le sigue con los siervos, en su asno. Da la impresión de que no se puede separar de Él.
Salen de Pel.la. Se adentran en la verde campiña, triste en este día lluvioso.
Recorren al menos un kilómetro. Luego Jesús se para. Toma la cabeza del cieguito entre sus manos, le besa en los ojos extinguidos y dice:
-Y ahora regresa. Ve a decir a tu madre que el Señor premia a quien tiene fe, y ve a decir a los de Pel.la lo que es el Señor.
Lo deja marcharse y se aleja rápido.
Pero no han pasado tres minutos cuando el muchacho grita:
-¡Pero si veo! ¡Oh! ¡No te vayas! ¡Tú eres Jesús! ¡Haz que Tú seas lo primero que vea! -y cae de rodillas en el camino mojado de lluvia.
Por una parte la mujer gerasena y los siervos, por otra los apóstoles, corren a ver el milagro.
También Jesús vuelve, lentamente, sonriente. Se agacha a acariciar al muchacho. -Ve; ve donde tu mamá. ¡Que sepas creer en mí, siempre!
-Sí, Señor mío… ¿Pero a mi madre nada? ¿En la oscuridad ella, que cree como yo?
Jesús sonríe aún más luminosamente. Mira a su alrededor. Ve en el borde del camino una mata de pequeñas margaritas aljofaradas de agua. Se agacha. Las coge. Las bendice. Se las da al niño.
-Pásalas por encima de los ojos de tu madre y ella verá. Yo no vuelvo para atrás. Voy adelante. El que sea bueno que me siga con su espíritu, y que hable de mí a los que vacilan. Tú habla de mí en Pel.la, que titubea en la fe. Ve. Dios está contigo.
Y luego se vuelve a la mujer de Gerasa:
-Y tú síguele. Ésta es la respuesta de Dios a todos los que tratan de disminuir la fe de los hombres en el Cristo.
Que esto refuerce tu fe y la de Josías. Ve en paz.
Se separan. Jesús reanuda la marcha hacia el sur; el niño, la gerasena y los siervos, hacia el norte. El velo tupido del agua los separa como tras una cortina de humo…
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Las magníficas estrellas de una serena noche de marzo resplandecen en el cielo de Oriente; tan amplias y vivaces, que parece que el firmamento haya descendido, como un baldaquino, hacia la terraza de la casa que ha acogido a Jesús: una casa muy alta, y edificada en uno de los puntos más altos de la ciudad; de modo que el horizonte infinito se abre delante, y alrededor, de quien mira, desde cualquier ángulo.
Y, si la tierra -no alegrada todavía por la Luna, que está en su fase menguante -se anula en la oscuridad de la noche, el cielo resplandece con un sinfín de luces. Es verdaderamente la revancha del firmamento, que expone victoriosamente sus pensiles de astros, sus praderas de Galatea, sus gigantes planetarios, sus bosques de constelaciones contra la efímera vegetación de la tierra, que, aunque sea secular, es, en todo caso, de una hora respecto a éstas, que existen desde cuando el Creador hizo el firmamento.
Y, perdiéndose mirando arriba, paseando la mirada por esas esplendorosas avenidas, en que las estrellas son los árboles, uno tiene la impresión de percibir las voces, los cantos de aquellas florestas de esplendores, de ese enorme órgano de la más sublime de las catedrales, en que gustosamente imagino que hacen de fuelles y registros los vientos de las carreras astrales, y de voces las estrellas lanzadas en sus trayectorias.
Y parece percibirse mucho más, dado que el silencio nocturno de esta Gadara durmiente es absoluto. No canta una fuente, no canta un pájaro. El mundo duerme, duermen las criaturas. Duermen los hombres -menos inocentes que las otras criaturas -sus sueños, más o menos tranquilos, en las casas oscuras.
Pero, por la puerta de la habitación que da a la terraza inferior -porque hay otra, superior, que está encima de la habitación más alta -se muestra una sombra alta, apenas visible en la noche, por la blancura del rostro y de las manos que contrastan con el indumento oscuro; le sigue otra más baja. Caminan de puntillas para no despertar a los que quizás duermen en la habitación de abajo, y de puntillas suben la escalera externa que conduce a la última terraza. Luego se toman de la mano y van, así, a sentarse en un banco que está adosado a todo lo largo del antepecho, muy alto, que circunda la terraza.
El banco bajo y el antepecho alto hacen que todas las cosas desaparezcan ante sus ojos. Aunque hubiera en el cielo la más clara Luna, que bajara a iluminar el mundo, para ellos no sería nada; porque la ciudad está escondida toda, y con ella las sombras más oscuras, en la oscuridad de la noche, de los montes cercanos. Solamente se les muestra el cielo con sus constelaciones de primavera y las magníficas estrellas de Orión (Rigel y Betelgeuse), Aldebarán, Perseo, y Andrómeda y Casiopea, y las Pléyades unidas como hermanas. Y Venus (zafíreo y diamantino), Marte (de pálido rubí) y el topacio de Júpiter son los reyes del pueblo astral, y titilan, titilan como saludando al Señor, acelerando sus latidos de luz para la Luz del mundo.
Jesús levanta la cabeza, apoyándola contra el alto pretil, para mirarlas; Juan hace lo mismo, perdiéndose mirando arriba, donde se puede ignorar el mundo… Luego Jesús dice:
-Y ahora que nos hemos limpiado en las estrellas, vamos a orar.
Se pone en pie. Juan también. Una larga oración, silenciosa, apremiante, toda alma, con los brazos abiertos en cruz, la cara alzada vuelta hacia oriente, donde se preludia un primer claror de luna. Y luego el Pater dicho en común, lentamente, no una vez sino tres, y -lo manifiesta claramente la voz -con un progresivo aumento de insistencia en la súplica; una súplica que es tan ardiente, que separa de la carne el alma y deja a ésta por los caminos del infinito.
Luego silencio. Se sientan donde estaban antes, mientras la Luna blanquece cada vez más la tierra durmiente.
Jesús pasa un brazo por los hombros de Juan, lo arrima hacia sí, y dice:
-Dime, pues, lo que sientes que tienes que decirme. ¿Qué cosas son las que mi Juan ha intuido, con ayuda de la luz espiritual, en el alma tenebrosa del compañero?
-Maestro… estoy arrepentido de haberte dicho eso. Cometeré dos pecados…
-¿Por qué?
-Porque te voy a causar dolor manifestándote incluso lo que no sabes, y… porque… Maestro, ¿es pecado manifestar el mal que vemos en otro? Sí, ¿no es verdad? ¿Y entonces cómo puedo decir esto si lesiono la caridad!…
Juan está angustiado.
Jesús da luz a su alma:
-Escucha, Juan. ¿Para ti es más el Maestro o el condiscípulo?
-El Maestro, Señor. Tú estás por encima de todos.
-¿Y qué soy Yo para ti?
-El Principio y el Fin. Eres el Todo.
-¿Crees que Yo, siendo Todo, conozco también todo lo que existe?
-Sí, Señor. Por esto siento una gran contrariedad dentro de mí. Porque pienso que sabes y sufres. Y porque recuerdo que un día me dijiste que en ocasiones Tú eres el Hombre, sólo el Hombre, y por tanto el Padre te hace conocer lo que es ser hombre que debe conducirse según razón. Y pienso también que Dios, por compasión hacia ti, podría ocultarte estas feas verdades…
-Atente a este pensamiento, Juan. Y habla. Con confidencia. Confiar lo que sabes a quien para ti es "Todo" no es pecado. Porque el "Todo" no se escandaliza, ni murmura, ni faltará a la caridad, ni siquiera con el pensamiento, hacia el desdichado. Sería pecado si dijeras lo que sabes a quien no puede ser todo amor, a tus compañeros por ejemplo, que murmurarían, e incluso agredirían sin misericordia al culpable, dañándolo a él y a sí mismos.
Porque hay que tener misericordia, una misericordia que ha de ser mucho mayor en la medida en que tengamos ante nosotros a una pobre alma enferma de todas las enfermedades: un médico, un enfermero compasivo, o una madre, si es poco el mal que sufre un enfermo, se impresionan poco, y poco luchan por curarle; pero si el hijo, o el hombre, está muy enfermo, en peligro de muerte, ya gangrenoso y paralizado, ¡cómo luchan, venciendo repugnancias y fatigas, para curarlo! ¿No es así?
-Así es, Maestro -dice Juan, que ahora está en esa postura suya del brazo en torno al cuello del Maestro y la cabeza apoyada en su hombro.
-Pues bien, no todos saben tener misericordia con las almas enfermas. Por eso hay que ser prudentes en dar a conocer sus males, para que el mundo no las rehúya y no las dañe con el desprecio. Un enfermo que se ve menospreciado se entristece, y empeora.
Si, por el contrario, le asisten con alegre esperanza, puede sanar, porque la alegría esperanzada del que le asiste entra en él y ayuda a la acción de la medicina.
Pero tú sabes que Yo soy la Misericordia y que no humillaré a Judas. Habla, pues, sin escrúpulos. No eres un espía. Eres un hijo que confía a su padre, con amorosa solicitud, el mal que ha descubierto en su hermano, para que el padre le asista. ¡Animo, pues…!
Juan emite un fuerte suspiro, luego inclina aún más la cabeza, dejándola caer hasta el pecho de Jesús, y dice:
-¡Cuán penoso es hablar de cosas corrompidas!… Señor…
Judas es un impuro… y me tienta a la impureza. No me importan sus escarnios hacia mí, lo que me duele es que se acerque a ti manchado de sus amores. Desde que ha vuelto me ha tentado varias veces. Cuando las circunstancias nos dejan solos -cosa que él provoca en todos los modos -no hace otra cosa que hablar de mujeres… y yo siento la repulsa que sentiría si me sumergieran en materias fétidas que trataran de introducirme en la boca…
-¿Pero en lo profundo te sientes turbado?
-¿En qué sentido turbado? Mi alma se estremece. La razón grita contra estas tentaciones… No quiero ser corrompido…
-¿Y tu carne qué hace?
-Se retrae horrorizada.
-¿Solamente esto?
-Esto, Maestro, y lloro entonces, porque me parece que Judas no podría ofender más a quien se ha consagrado a Dios. Dime: ¿esto va a lesionar mi ofrenda?
-No. No más que un puñado de barro arrojado a una lámina de diamante. No raya la lámina, no penetra en ella. Para limpiarla basta echar encima una copa de agua. Y queda más bonita que antes.
-Límpiame entonces.
-Tu caridad te limpia, y tu ángel. Nada queda en ti. Eres un altar limpio y Dios baja a él. ¿Qué más hace Judas?
-Señor, él… ¡Oh, Señor! -la cabeza de Juan desciende más todavía.
-¿Qué?
-El… No es verdad que sea dinero suyo el que te da para los pobres; es el dinero de los pobres que roba para sí: para ser alabado por una generosidad no verdadera. Le enfureciste al quitarle todo el dinero al regreso del Tabor. Y a mí me dijo: "Hay soplones entre nosotros". Yo dije: "¿Soplones de qué? ¿Acaso robas?". "No" me respondió, "pero soy previsor y hago dos bolsas. Alguno se lo ha dicho al Maestro y El me ha impuesto que dé todo; tan enérgicamente lo ha impuesto, que me he visto constreñido a hacerlo". Pero no es verdad, Señor, que haga eso por previsión. Lo hace para tener dinero. Podría declararlo con la casi certeza de decir la verdad.
-¡Casi certeza! Esta duda sí que es leve culpa. No puedes acusarlo de ser ladrón si no estás absolutamente seguro de ello. Las acciones de los hombres a veces tienen apariencia mala y son buenas.
-Es verdad, Maestro. No lo volveré a acusar, ni siquiera con el pensamiento. De todas formas, eso de que tiene dos bolsas, y que la que dice que es suya y te da es tuya, y que lo hace buscando alabanza, eso es verdad. Y yo eso no lo haría. Siento que no está bien hacerlo.
-¡Tienes razón. ¿Qué más debes decir?
Juan alza una cara asustada, abre la boca para hablar, pero la cierra. Se desliza hasta caer de rodillas. Esconde la cara en la túnica de Jesús. Él le pone una mano sobre sus cabellos.
-¡Ánimo! Quizás has juzgado equivocadamente. Yo te ayudaré a juzgar bien. Me debes decir también lo que piensas acerca de las posibles causas de que Judas peque.
-Señor, Judas se siente sin la fuerza que querría para hacer milagros… Tú sabes que siempre lo ha deseado fogosamente… ¿Te acuerdas de Endor? Y, sin embargo, es el que hace menos milagros. Y… bueno… desde que ha regresado, ya no consigue nada… y por la noche se queja de ello incluso en sueños, como si fuera una pesadilla, y… ¡Maestro, Maestro mío!
-Venga. Habla. Todo.
-Impreca… y practica la magia. Esto no es una mentira ni una duda. Lo he visto. Me elige como compañero porque tengo un sueño profundo. Es más, lo tenía. Ahora, lo confieso, lo vigilo, y mi sueño es menos profundo porque en cuanto se mueve lo oigo… Quizás he hecho mal. Pero he fingido dormir para ver lo que hacía. Y dos veces le he visto y oído hacer cosas feas. No es que yo entienda de magia, pero eso es magia.
-¿Sólo?
-No y sí. En Tiberíades lo seguí. Fue a una casa. Después pregunté quién vivía allí. Uno que practica la necromancia con otros. Y, cuando Judas salió, casi de mañana, por las palabras que dijeron, comprendí que se conocen y que son muchos… y no todos extranjeros. Pide al demonio la fuerza que Tú no le das. Por esto sacrifico yo mi fuerza al Padre, para que se la pase a él, y él deje de ser pecador.
-Haría falta que le dieras tu alma. Pero eso no lo permitiríamos ni el Padre ni Yo…
Un largo silencio. Luego dice Jesús con voz cansada:
-Vamos. Juan. Vamos a bajar y a descansar en espera del alba.
-¡Estás más triste que antes, Señor! ¡No debía haber hablado!
-No. Yo ya lo sabía. Pero tú al menos estás más tranquilo… y eso es lo que importa…
-Señor, ¿debo evitarlo?
-No. No temas. Satanás no perjudica a los Juanes. Los aterroriza, pero no puede quitarles la gracia que Dios continuamente les otorga. Ven. Por la mañana voy a hablar.
Luego iremos a Pel.la. No podemos demorarnos, porque el río está crecido, por la fusión de las nieves y el agua de los días pasados. Pronto estará colmo, y mucho más teniendo en cuenta que la Luna aureolada predice lluvias abundantes…
Bajan y deja de vérselos en la habitación de debajo de la terraza.
Es por la mañana. Una mañana de Marzo. Por tanto, nubes y claros se alternan en el cielo. Pero las nubes sobrepujan a los claros y tratan de apoderarse del cielo. Un aire caliente, con rachas rítmicas, sopla y carga el ambiente enrareciéndolo con polvo venido probablemente de las zonas del altiplano.
-¡Si no cambia el viento, esto es agua! -sentencia Pedro al salir de la casa con los otros.
El último en salir es Jesús, que se despide de las dueñas de la casa. El dueño acompaña a Jesús. Se dirigen hacia una plaza.
Dados pocos pasos, los para un suboficial romano que está con otros soldados.
-¿Eres Tú Jesús de Nazaret?
-Lo soy.
-¿Qué haces?
-Hablo a las gentes.
-¿Dónde?
-En la plaza.
-¿Palabras sediciosas?
-No. Preceptos de virtud.
-¡Ojo! No mientas. Roma ya tiene suficientes falsos dioses.
-Ven tú también. Verás como no estoy mintiendo.
El hombre que ha alojado a Jesús siente el deber de intervenir:
-¿Pero desde cuándo tantas preguntas a un rabí?
-Denuncia de hombre sedicioso.
-¿Sedicioso? ¿Él? ¡Pero hombre, Mario Severo, eso es una ilusión! Éste es el hombre más manso de la Tierra. Te lo digo yo.
El suboficial se encoge de hombros y responde:
-Mejor para Él. Pero esta es la denuncia que ha recibido el centurión. Que vaya si quiere. Está avisado.
Se da la media vuelta y se marcha con los subalternos.
-¿Pero quién puede haber sido? ¡No lo entiendo! -dicen varios. Jesús responde: -Dejad de entender. No hace falta.
Vamos a la plaza mientras haya muchos. Luego nos marcharemos también de aquí.
Debe ser una plaza más bien comercial. No es un mercado pero poco le falta, porque está circundada de fondaques en los que hay depósitos de mercancías de todos los tipos. Y la gente se aglomera en ellos. Por tanto, hay mucha gente en la plaza, y alguno hace señas de que está Jesús, de forma que pronto un círculo de gente está alrededor del "Nazareno". Un círculo compuesto de personas de todo tipo, clase y nación. Quién por veneración, quién por curiosidad.
Jesús hace un gesto de querer hablar.
-¡Vamos a escucharlo! -dice un romano que sale de un almacén.
-¿No nos tocará oír alguna lamentación? -le responde un compañero suyo.
-No lo creas, Constancio. Es menos indigesto que uno de nuestros oradores de rigor.
-¡Paz a quien me escucha! Está escrito en el libro de Esdras, en la oración de Esdras: "¿Qué vamos a decir ahora, Dios nuestro, después de las cosas que han sucedido? ¿Qué, si hemos abandonado los preceptos que habías decretado por medio de tus siervos…?".
-¡Detente, Tú que hablas! ¡Nosotros proponemos el tema! -grita un puñado de fariseos que se abre paso entre la gente.
Casi al mismo tiempo, vuelve a aparecer la unidad armada y se detiene en el ángulo más cercano. Los fariseos están ya frente a Jesús.
-¿Eres Tú el Galileo? ¿Eres Jesús de Nazaret?
-¡Lo soy!
-¡Bendito sea Dios por haberte encontrado!
La verdad es que tienen unas caras de tanta mala uva, que no se ve que estén alegres por el encuentro…
El más viejo habla:
-Te seguimos desde hace muchos días, pero llegamos siempre cuando Tú ya te has marchado.
-¿Por qué me seguís?
-Porque eres el Maestro y deseamos ser adoctrinados sobre un punto oscuro de la Ley.
-No hay puntos oscuros en la Ley de Dios.
-En ella no. Pero… en fin… pero la Ley ha sufrido "superposiciones", como Tú dices… en fin… que han proyectado oscuridad.
-Penumbras, al máximo. Y basta volver el intelecto a Dios para eliminarlas.
-No todos lo saben hacer. Nosotros, por ejemplo, permanecemos en penumbra. Tú eres el Rabí, así que ayúdanos.
-¿Qué queréis saber?
íamos saber si le es lícito al hombre repudiar por un motivo cualquiera a su mujer. Es una cosa que sucede
frecuentemente y siempre, donde sucede esto, da mucho que hablar. Vienen a nosotros para saber si es lícito. Y nosotros, según el caso, respondemos.
-Aprobando lo sucedido en el noventa por ciento de los casos. Y el diez por ciento que queda desaprobado pertenece a la categoría de los pobres o de vuestros enemigos.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque sucede así en todas las cosas humanas. Y agrego a la categoría la tercera clase: la que - si fuera lícito el divorcio - más derecho tendría, por ser la de los verdaderos casos penosos: como una lepra incurable, o una cadena perpetua, o enfermedades innominables…
-¿Entonces para ti nunca es lícito?
-Ni para mí ni para el Altísimo ni para ninguno de corazón recto. ¿No habéis leído que el Creador, al comienzo de los días, creó al hombre y a la mujer? Y los creó varón y hembra; y no tenía necesidad de hacerlo, porque, si hubiera querido, habría podido, para el rey de la creación, hecho a su imagen y semejanza, crear otro modo de procreación, y hubiera sido igualmente bueno aun siendo distinto de todos los otros naturales.
Y dijo: “Así, por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne". Así pues, Dios los unió en una sola unidad. No son, por tanto, ya "dos" sino "una" sola carne. Lo que Dios ha unido, porque vio que "es buena cosa", no lo separe el hombre, pues si así sucediera sería una cosa ya no buena.
-¿Pero por qué, entonces, Moisés dijo: "Si el hombre ha tomado consigo una mujer, pero la mujer no ha hallado gracia ante sus ojos por algún defecto desagradable, él escribirá un libelo de repudio, se lo entregará en mano y la despedirá de su casa"?
-Lo dijo por la dureza de vuestro corazón. Para evitar, con una orden, desórdenes demasiado graves. Por esto os
permitió repudiar a vuestras mujeres. Pero desde el principio no fue así. Porque la mujer es más que el animal, el cual sigue el capricho del amo o de las libres circunstancias naturales, y va a este o a aquel macho, es carne sin alma que hace pareja para reproducirse. Vuestras mujeres tienen un alma como vosotros, y no es justo pisotearla despiadadamente. Porque, si bien la condena dice:
"Estarás sometida a la potestad de tu marido y él te dominará", ello debe acaecer según justicia y no con atropello lesivo de los derechos del alma libre y digna de respeto. Vosotros, con el repudio, que no os es lícito, ofendéis al alma de vuestra compañera, a la carne gemela que se ha unido a la vuestra, a ese todo que es la mujer con que os habéis casado exigiendo su honestidad, mientras que vosotros, ¡perjuros!, vais a ella deshonestos, minorados, a veces corrompidos, y seguís corrompidos, y
aprovecháis todas las ocasiones para herirla y dar mayor campo a la lujuria insaciable que hay en vosotros.
¡Prostituidores de vuestras esposas! Por ningún motivo podéis separaros de la mujer que está unida a vosotros según la Ley y la Bendición.
Sólo en el caso de que la gracia os toque, y comprendáis que la mujer no es una propiedad sino un alma, y que, por tanto, tiene iguales derechos que vosotros de ser reconocida parte del hombre y no su objeto de placer, y sólo en el caso de que vuestro corazón sea tan duro que no sepáis elevarla a esposa, después de haber gozado de ella como una prostituta, sólo en el caso de anular este escándalo de dos que conviven sin que Dios bendiga su unión, podéis despedirla.
Porque entonces vuestra unión no es tal, sino que es fornicación, y frecuentemente sin el honor de unos hijos, porque, o son eliminados forzando la naturaleza, o repudiados como una vergüenza. En ningún otro caso. En ningún otro. Porque si tenéis hijos ilegítimos de vuestra concubina, tenéis el deber de poner término al escándalo casándoos con ella, si sois libres.
No contemplo el caso del adulterio consumado contra la esposa ignara. Para ese caso, santas son las piedras de la lapidación y las llamas del Seol. Y para el que repudia a su esposa legítima, porque está saciado de ella, y toma a otra, hay sólo una sentencia: ése es adultero. Y es adúltero el que toma a la repudiada, porque, si el hombre se ha arrogado el derecho de separar lo que Dios ha unido, la unión matrimonial continúa ante los ojos de Dios, y maldito aquel que pasa a segunda esposa sin ser viudo.
Y maldito aquel que toma otra vez a su mujer primera después de haberla despedido por repudio y haberla abandonado a los miedos de la vida, siendo así que ella haya cedido a nuevo matrimonio para ganarse el pan, si queda viuda del segundo marido. Porque, aunque sea viuda, fue adúltera por culpa vuestra, y haríais doble su adulterio.
¿Habéis comprendido, fariseos que me tentáis?
Éstos se van humillados, sin responder.
-Es un hombre severo. Si fuera a Roma, vería que allí fermenta un fango aún más hediondo - dice un romano.
También algunos de Gadara se quejan:
-¡Dura cosa ser hombres, si hay que ser castos de esa forma!…
Y algunos, más fuerte:
-¡Si tal es la condición del hombre respecto a la mujer, es mejor no casarse!
Y también los apóstoles repiten este razonamiento mientras toman de nuevo el camino que conduce a los campos, tras haber dejado a los de Gadara. Lo dice Judas con sarcasmo.
Lo dice Santiago de Zebedeo con respeto y reflexión. Y Jesús responde al uno y al otro:
-No todos comprenden esto, ni lo comprenden bien. Algunos, efectivamente, prefieren el celibato para tener libertad de secundar sus vicios; otros para evitar la posibilidad de pecar siendo maridos no buenos. Sólo algunos - a los cuales les es concedido - comprenden la belleza de estar limpios de sensualidad e incluso de una honesta hambre de mujer. Y son los más santos, los más libres, los más angélicos sobre la faz de la tierra. Hablo de aquellos que se hacen eunucos por el Reino de Dios.
Hay hombres que nacen así. A otros los hacen eunucos. Los primeros son personas deformes que deben suscitar compasión; los segundos… son abusos que hay que reprimir.
Mas está esa tercera categoría de eunucos voluntarios, los cuales, sin usar violencia para consigo - por tanto con doble mérito -, saben adherirse a eso que Dios pide, y viven como ángeles para que el altar abandonado de la tierra tenga todavía flores e inciensos para el Señor.
Éstos no complacen a su parte inferior, para crecer en la parte superior, de forma que ésta florezca, en el Cielo, en los arriates más próximos al trono del Rey. Y en verdad os digo que no son personas mutiladas, sino seres dotados de aquello que a la mayor parte de los hombres les falta.
No son, pues, objeto de necio escarnio; antes al contrario, de gran veneración. Comprenda esto quien debe, y respete, si puede.
Los apóstoles casados musitan entre sí.
-¿Qué os pasa? - pregunta Jesús.
-¿Y nosotros? No sabíamos esto, y hemos tomado mujer. Pero nos gustaría ser como Tú dices… - dice por todos
Bartolomé.
-Y no os está prohibido hacerlo de ahora en adelante. Vivid en continencia, viendo en vuestra compañera a vuestra hermana, y tendréis gran mérito ante los ojos de Dios. Vamos a acelerar el paso. Para estar en Pel.la antes de la lluvia.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús está ya en Transjordania. Y, por lo que entiendo, la ciudad que se ve en lo alto de una colina toda verde es Gadara; es también la primera ciudad que tocan después de haber bajado de las barcas en la orilla suroriental del lago de Galilea, porque allí han puesto pie en tierra, sin bajar a Ippo, adonde habían llegado ya las barcas que llevaban a los contrarios de Jesús. Creo que han desembarcado, por tanto, justo enfrente de Tariquea, en la salida del Jordán del lago.
-¿Sabes el camino más corto para ir a Gadara, ¿no? ¿Te acuerdas de por dónde es? -pregunta Jesús.
-¡Hombre, claro! Cuando lleguemos a las caldas del Yarmok, sólo tendremos que seguir el camino -responde Pedro.
-¿Y dónde vas a encontrar los manantiales? -pregunta Tomás.
-¡Basta tener buen olfato para encontrarlos! ¡Huelen desde algunas millas antes de llegar! -exclama Pedro arrugando con disgusto la nariz.
-No sabía que sufrieras de dolores… -observa Judas Iscariote.
-¿Dolores yo? ¿Y cuándo!
-¡Es que conoces tan bien las caldas del Yarmok que debes haber estado allí!
-¡Nunca he tenido necesidad de baños para estar bien! Me han salido los venenos de los huesos con las sudaderas del trabajo honrado… y, además, habiendo trabajado más que gozado, han entrado pocos venenos, siempre pocos, en mí…
-Lo dices por mí, ¿no es verdad? ¡Ya! ¡Yo tengo la culpa de todo!… -dice inquieto Judas.
-¿Pero quién te ha picado? Tú preguntas, yo respondo; a ti como habría respondido al Maestro o a un compañero. Y creo que ninguno de ellos, ni siquiera Mateo, que… ha sido una persona de mundo, se lo habría tomado a mal.
-¡Pues yo me lo tomo a mal!
-No te creía tan delicado. Pero te pido perdón de esa supuesta insinuación. Por amor al Maestro, ¿sabes? Al Maestro, que tanta aflicción recibe de los extraños y no tiene necesidad de recibir más de nosotros. Míralo, en vez de correr tras tus sensibilidades, y verás que necesita paz y amor.
Jesús no habla. Se limita a mirar a Pedro y a sonreírle agradecido. Judas no responde al respecto de la justa observación de Pedro. Está cerrado e inquieto. Quiere aparecer amable, pero la rabia, el malhumor, la desilusión que tiene en su corazón, se manifiestan a través de la mirada, la voz, la expresión, y hasta a través de su paso arrogante, que choca fuertemente las suelas, como para desahogarse, golpeando con ira el suelo para desfogarse de todo lo que le hierve dentro.
Pero se esfuerza en parecer sereno y en ser amable; no lo consigue, pero lo intenta… Pregunta a Pedro:
-¿Y entonces cómo conoces estos lugares? Quizás es que has estado aquí con tu mujer…
-No. He pasado por aquí en Etanim, cuando vinimos a Aurán con el Maestro. Acompañé a su Madre y las discípulas hasta las tierras de Cusa; por eso, viniendo de Bosra, pasé por aquí -responde sincera y prudentemente Pedro.
-¿Estabas tú solo? -pregunta con ironía Judas.
-¿Por qué? ¿No crees que valgo solo por muchos, cuando hay que valer y hay que hacer un encargo de confianza y, además, se hace por amor?
-¡Cuánta soberbia! ¡Querría haberte visto!
-Habrías visto a un hombre serio acompañando a mujeres santas.
-¿Pero estabas realmente solo? -pregunta Judas con acto verdaderamente de inquisidor.
-Estaba con los hermanos del Señor.
-¡Ah! ¡Ya empiezan las admisiones!
-¡Y empiezan a ponérseme de punta los nervios! ¿Se puede saber qué te pasa?
-Es verdad. Es una vergüenza -dice Judas Tadeo.
-Y ya es hora de acabar con esto -añade Santiago de Zebedeo.
-No te es lícito injuriar a Simón -dice Bartolomé en tono de reproche.
-Porque deberías recordar que es el jefe de todos nosotros -termina el Zelote.
Jesús no habla.
-No injurio a nadie, y no me pasa nada en absoluto; lo único es que me gusta pincharle un poco…
-¡No es verdad! ¡Mientes! Haces preguntas astutas porque quieres llegar a precisar algo. El artero considera a todos arteros. Aquí no hay secretos. Estábamos todos. Todos hicimos lo mismo: lo que había ordenado el Maestro.
Y no hay nada más. ¿Comprendes? -grita, verdaderamente airado, el otro Judas.
-Silencio. Parecéis mujeres riñendo. Todos estáis en error. Y me avergüenzo de vosotros -dice severo Jesús.
Se abate un profundo silencio, mientras van hacia la ciudad situada sobre la colina.
Rompe el silencio Tomás diciendo:
-¡Qué mal olor!
-Son las caldas. Aquél es el Yarmok y aquellas construcciones son las termas de los romanos. Detrás de las termas hay una calle bonita toda adoquinada que va a Gadara. Los romanos quieren viajar bien. ¡Gadara es muy bonita! -dice Pedro.
-Será todavía más bonita porque no nos encontraremos en ella a ciertos.., seres… A1 menos no abundantes -murmura Mateo entre dientes.
Cruzan el puente del río entre acres olores de aguas sulfurosas. Pasan muy cerca de las termas, entre los vehículos romanos; toman una bonita calle pavimentada con losas grandes, que conduce a la ciudad edificada en lo alto de la colina, hermosa dentro de sus murallas.
Juan se pone al lado del Maestro:
-¿Es verdad que donde están aquellas aguas, antiguamente, fue arrojado a las entrañas de la tierra un réprobo? Mi madre, cuando éramos pequeños, nos lo decía, para que comprendiéramos que no se debe pecar; si no, el infierno se abre bajo los pies de aquel a quien Dios maldice, y se lo traga. Y luego, como recuerdo y advertencia, quedan fisuras de las que sale olor, calor y aguas de infierno. Yo tendría miedo a bañarme en esas aguas…
-¿De qué, muchacho? No te corromperían. Es más fácil ser corrompidos por los hombres que llevan dentro el infierno y de él emanan hedor y venenos. Pero se corrompen solamente aquellos que, por sí mismos, tienen ya tendencia a corromperse.
-¿Me podrían corromper a mí?
-No. Aunque estuvieras en medio de una turba de demonios, no.
-¿Por qué? ¿Qué tiene de distinto de los demás? -pregunta inmediatamente Judas de Keriot.
-Tiene que es puro bajo todos los aspectos. Por tanto, ve a Dios -responde Jesús. Y Judas ríe maliciosamente.
Juan pregunta otra vez:
-¿Entonces no son bocas del infierno esos manantiales?
-No. Son, al contrario, cosas buenas puestas por el Creador para sus hijos. El infierno no está bajo la tierra. Está sobre la tierra, Juan; en el corazón de los hombres. Más allá, se completa.
(Aquí Jesús no niega que el Infierno esté en el centro de la Tierra, sino que, lo que quiere decir es que el Infierno, fundamentalmente, está, en primer lugar, en el alma del condenado, lo lleva cada réprobo en su propia alma, lo que no quiere decir que no exista el Infierno como lugar físico, real, en el centro de la Tierra, como afirman San Francisco Javier, la Beata Ana Catalina Emmerick, etc.)
-¿Pero existe verdaderamente el Infierno? -pregunta Judas Iscariote.
-¿Pero qué dices?-le preguntan, escandalizados, los compañeros.
-Digo: ¿existe verdaderamente? Yo -y hay otros, no soy sólo yo -no lo creo.
-¡Pagano! -gritan con horror.
-No. Israelita. Somos muchos en Israel los que no creemos en ciertas patrañas.
-¿Pero, entonces, cómo puedes creer en el Paraíso?, ¿y en la justicia de Dios?, ¿dónde metes a los pecadores?, ¿cómo explicas a Satanás? -gritan muchos.
-Digo lo que pienso. Se me ha echado en cara hace poco que soy un embustero. Os demuestro que soy sincero, aunque esto os haga escandalizaros de mí y me haga odioso ante vuestros ojos. Además, no soy el único en Israel que cree esto, desde que Israel ha progresado en el saber, en contacto con helenistas y romanos. Y el Maestro, el único cuyo juicio respeto, y que protege a los griegos y es visiblemente amigo de los romanos, no puede censurarnos ni a mí ni a Israel… Yo parto de este concepto filosófico: si Dios controla todo, todo lo que hacemos es por su voluntad; por tanto, nos debe premiar a todos de una única forma, porque no somos sino autómatas movidos por Él. Somos seres desprovistos de voluntad. Lo dice también el Maestro. Dice:
"La voluntad del Altísimo. La voluntad del Padre". Ésa es la única Voluntad. Y es tan infinita, que aplasta y anula la voluntad limitada de las criaturas. Por tanto, Dios hace tanto el bien como el mal, porque nos los impone, aunque parezcan hechos por nosotros. Y, por tanto, no nos castigará por el mal y así quedará ejercida su justicia, porque nuestras culpas no son voluntarias, sino impuestas por quien quiere que las hagamos para que en la tierra haya bien y mal. El malo es el medio de expiación de los menos malos. Y él sufre el no poder ser considerado bueno, expiando así su parte de culpa. Jesús ha dicho que el infierno está sobre la tierra y en el corazón de los hombres.
Yo no siento a Satanás. No existe. Tiempo hace lo creía. Pero ya desde hace algo de tiempo estoy seguro de que todo es una patraña. Y creer de esta forma es llegar a la paz.
Judas exhibe estas… teorías con un engreimiento tan formidable, que los otros se quedan sin respiración…
Jesús guarda silencio. Y Judas le incita:
-¿No tengo razón, Maestro?
-No.
El "no" es tan seco, que parece un estallido.
-Pues a pesar de todo yo… no siento a Satanás y no admito el libre albedrío, el Mal. Y todos los saduceos están conmigo, y muchos otros, de Israel o de fuera de Israel. No. Satanás no existe.
Jesús lo mira. Una mirada tan compleja, que no se puede analizar: de juez, de médico, de persona afligida, asombrada… hay todo en esa mirada…
Judas, ya lanzado, termina:
-Será que he superado el terror de los hombres hacia Satanás porque soy mejor que los demás, más perfecto.
Y Jesús guarda silencio.
Y él pincha:
-¡Pero habla! ¿Por qué no siento terror de él?
Jesús calla.
-¿No respondes, Maestro? ¿Por qué? ¿Tienes miedo?
-No. Soy la Caridad. Y la Caridad retiene su juicio hasta que no se ve obligada a emitirlo… Déjame, y retírate -dice, terminando, porque Judas intenta abrazarlo; y termina, susurrando, estrechado a la fuerza entre los brazos del blasfemo: « ¡Me horrorizas! ¡No ves ni sientes a Satanás porque forma unidad contigo! ¡Márchate, diablo!
Judas, con verdadero descaro, lo besa y ríe, como si el Maestro le hubiera hecho en secreto algún elogio.
Vuelve donde los otros, que se han detenido horrorizados, y dice:
-¿Os dais cuenta? Yo sé abrir el corazón al Maestro. Y lo hago feliz porque me abro a Él y de Él recibo la lección correspondiente. ¡Vosotros, por el contrario!… Jamás os atrevéis a hablar. Porque sois soberbios. ¡Oh, yo seré el que más sepa de Él! Y podré hablar…
Llegan a las puertas de la ciudad. Entran todos juntos, porque Jesús los ha esperado. Pero, mientras cruzan el pasaje, Jesús ordena:
-Que mis hermanos y Simón se adelanten para reunir a la gente.
-¿Por qué no yo, Maestro? ¿Ya no me encargas misiones? ¿No son ahora ya necesarias? Me diste dos seguidas, y de varios meses…
-Y te quejaste diciendo que quería tenerte lejos. ¿Ahora te quejas porque te tengo cerca?
Judas no sabe qué responder y calla. Se pone delante con Tomás, el Zelote, Santiago de Zebedeo y Andrés. Jesús se detiene para dejar pasar a Felipe, a Bartolomé, a Mateo y a Juan, como si quisiera estar solo. No se oponen.
Pero Juan, cuyos ojos durante las disputas y blasfemias de Judas más de una vez han brillado de lágrimas, movido por su amoroso corazón, se vuelve poco después: a tiempo para ver que Jesús, creyendo pasar desapercibido en la callecita solitaria y sombría (por las ininterrumpidas arcadas que la cubren), se lleva las manos a la frente con un gesto de dolor, y se curva como quien sufre mucho. Deja plantados a sus compañeros el rubio Juan y vuelve donde su Maestro:
-¿Qué te pasa, Señor mío? ¿Sufres otra vez tanto como cuando nos reunimos contigo en Akcib? ¡Oh, mi Señor!
-¡Nada, Juan, nada! Ayúdame tú, con tu amor. Y calla ante los demás. Ora por Judas.
-Sí, Maestro. ¿Es muy infeliz, no es verdad? Está en las tinieblas y no lo sabe. Cree haber alcanzado la paz… ¿Es paz ésa?
-Es muy infeliz -dice Jesús abatido.
-No te abatas de esta forma, Maestro. Piensa en cuántos pecadores, endurecidos en el pecado, han vuelto a ser buenos. Lo mismo hará Judas. ¡Oh, Tú ciertamente lo salvarás! Pasaré esta noche en oración por esto. Le voy a decir al Padre que haga de mí uno que sólo sepa amar; no deseo ninguna otra cosa. Soñaba con dar la vida por ti y hacer brillar tu potencia a través de mis obras. Ahora sólo esto. Renuncio a todo, elijo la vida más humilde y común y pido al Padre que dé todo lo mío a Judas… para hacerlo feliz… y para que así se vuelva hacia la santidad… Señor… tendría que decirte algunas cosas…
Creo saber por qué Judas es así.
-Ven esta noche. Oraremos juntos y hablaremos.
-¿Y el Padre me escuchará? ¿Aceptará mi sacrificio?
-El Padre te bendecirá. Pero sufrirás por ello…
-No, no; me basta con verte a ti contento… y con que Judas… y con que Judas…
-Sí, Juan. Mira, nos están llamando. Corramos.
La callecita se transforma en una bonita calle, y luego en una arteria adornada con pórticos y fuentes; y se adorna de plazas, a cuál más hermosa; se cruza con otra arteria igual. Al final, hay ciertamente un anfiteatro. Y en un ángulo de los pórticos ya están reunidos en espera del Salvador distintos enfermos.
Pedro viene al encuentro de Jesús:
-Han conservado la fe en lo que dijimos de ti en Etanim. Han venido inmediatamente.
-Y Yo inmediatamente voy a premiar su fe. Vamos.
Y se dirige, en el ocaso ya avanzado que tiñe de rojo los mármoles, a sanar a los que con fe le esperan.