por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Terminada la comida en la casa hospitalaria, Jesús sale con los doce, los discípulos y el anciano dueño de la casa. Vuelven al "manantial grande". Pero no se detienen allí. Siguen el camino siempre subiendo en dirección norte.
El camino que han tomado, aunque vaya muy cuesta arriba, es cómodo, porque es un verdadero camino, por el que pueden transitar incluso carros y cabalgaduras. En su parte más alta, en la cima del monte, hay un macizo castillo, o fortaleza si se prefiere, que causa estupor por su forma singular. Parece formado por dos construcciones colocadas a algunos metros de desnivel una de la otra, de manera que la más retrasada, y al mismo tiempo la más belicosa, está más alta que la otra, a la que domina y defiende. Hay un alto y ancho muro -sobre el cual se alzan torres cuadradas, bajas pero sólidas -entre las dos construcciones, que, aun siendo así, son una única construcción, porque está rodeada por un único cerco de murallas de bloques de piedra almohadillados, murallas derechas, o un poco oblicuas en la base para sostener mejor el peso del bastión.
No veo el lado oeste. Pero los dos lados norte y sur caen a pico, formando una unidad con el monte, que está aislado y desciende también a pico por esos dos lados. Y creo que el lado oeste presentará las mismas características.
El anciano Benjamín, por ese sutil orgullo propio de todo ciudadano respecto a su ciudad, ilustra el castillo del Tetrarca, que es, además de castillo, lugar de defensa de la ciudad, y enumera su belleza y fortaleza, su solidez, las comodidades de las cisternas y pilones para e1 agua, y del amplio espacio, las facilidades de su vasto radio de visión, de su posición, etc. etc.
-Los romanos también dicen que es bonito. ¡Y ellos entienden de castillos!… -termina el anciano. Y añade: «Conozco al administrador. Por eso puedo entrar. Os voy a enseñar el más amplio y bonito panorama de Palestina».
Jesús escucha benigno. Los otros sonríen un poco: ¡ellos que han visto tantos panoramas!… pero el anciano es tan bueno que no tienen corazón para contrariarlo y secundan su deseo de mostrar cosas bonitas a Jesús. Llegan a la cima. La vista es verdaderamente bonita ya incluso desde la plazoleta que hay delante del portón de entrada guarnecido de hierro. Pero el anciano dice:
-¡Venid, venid!… Dentro es más bonito. Vamos a subir a la torre más alta de la ciudadela. Veréis…
Y penetran en el oscuro pasaje abierto en la muralla de bastantes metros de anchura. Van hasta un patio. Allí están esperándolos el administrador y su familia. Los dos amigos se saludan y el anciano explica el objeto de la visita.
-¡El Rabí de Israel! ¡Qué pena que no esté Filipo! Deseaba verlo, porque su fama ha llegado hasta aquí. Filipo estima a los rabíes verdaderos, porque son los únicos que han defendido sus derechos, y también por desdén hacia Antipa, que no los estima. ¡Venid, venid!… -El hombre, al principio, ha mirado un momento a Jesús; luego ha decidido honrarlo con una reverencia digna de un rey.
Cruzan otro pasaje. Aparece un segundo patio y una nueva poterna que da acceso a un tercer patio. Pasado éste, hay una profunda cárcava y el murallón torreado de la ciudadela. Caras curiosas de armígeros o domésticos se asoman por todas partes. Entran en la ciudadela, y luego, por una estrecha escalera, suben al bastión, y de éste a una torre. En la torre entran sólo Jesús y el administrador, Benjamín y los doce. Más no podrían, porque ya están apretados como sardinas. Los otros se quedan en el bastión.
¡Qué vista, cuando desde la torre Jesús y los que están con él salen a la terracita que corona la torre y asoman todos la cabeza por el alto parapeto de bloques de piedra! Asomándose hacia el precipicio que hay en este lado oeste, el más alto del castillo, se ve toda Cesárea, extendida a los pies de este monte, y se ve bien, porque ella tampoco es llana, sino que está construida sobre suaves ondulaciones. Más allá de Cesárea, se extiende toda la fértil llanura que precede al lago Merón.
Y parece un pequeño mar de un verde tierno, con tornasoles de aguas de turquesas claras, resplendentes en la vasta llanura glauca cual jirones de cielo sereno.
Y luego graciosas colinas dispuestas como collares de un esmeralda oscuro irisado con la plata de los olivos, esparcidos acá o allá en los confines de la llanura. Y penachos esponjosos de árboles que florecen, o bolas compactas de árboles ya florecidos… Y, mirando hacia el norte y hacia oriente se ve el Líbano potente, el Hermón que brilla bajo el sol con sus nieves perladas y los montes de Iturea; y el valle del Jordán, por la cavidad comprendida entre los collados del mar de Tiberíades y los montes de la Galaunítida, aparece en un atrevido recorte, para perderse luego en lejanías de ensueño.
-¡Bonito! ¡Bonito! ¡Muy bonito -exclama Jesús mientras mira con admiración, y parece bendecir y querer abrazar estos lugares tan hermosos con su rostro sonriente y sus brazos abiertos. Y responde a los apóstoles, que piden una u otra explicación, señalando los lugares donde han estado, o sea las comarcas y las direcciones en que éstas se encuentran.
-Pero no veo el Jordán -dice Bartolomé.
-No lo ves, pero está allá, en aquella extensión entre dos cadenas montañosas; al pie de esa de poniente está el río. Bajaremos por allí, porque la Perea y la Decápolis todavía esperan al Evangelizador.
Pero, entretanto, se vuelve, preguntando casi al aire, por un quejido largo, ahogado, que no es la primera vez que hiere su oído. Y mira al administrador como para preguntarle qué sucede.
-Es una de las mujeres del castillo. Una mujer casada. Va a tener un niño. El primero y el último, porque su marido murió en las calendas de Kisléu. No sé si vivirá siquiera, porque la mujer, desde que se ha quedado viuda, no hace sino consumirse en llanto. Es un espectro. ¿Oyes? Ni siquiera tiene fuerza para gritar… Claro que… viuda a los diecisiete años… Y se querían mucho. Mi mujer y su suegra le dicen: "En tu hijo tendrás de nuevo a Tobit". Pero son palabras…
Bajan de la torre y pasan por los bastiones, admirando el lugar y el panorama. Luego el administrador quiere ofrecer a la fuerza unas bebidas y fruta a los visitantes; entran, pues, en una vasta habitación de la parte anterior del castillo, a donde los siervos traen las cosas requeridas.
El quejido es más desgarrador y más cercano. El administrador presenta disculpas por ello, incluso porque el hecho tiene ocupada a su mujer y no puede venir con el Maestro. Pero al lamento de antes sigue un griterío aún más doloroso, y hace suspender en el aire las manos que traen la fruta, o las copas en las bocas.
-Voy a ver qué ha sucedido -dice el administrador. Y sale, mientras la cacofonía de gritos y llantos penetra aún más intensamente por la puerta entreabierta.
Vuelve el administrador:
-Se le ha muerto el niño nada más nacer… ¡Qué congoja! Está tratando de reanimarlo con sus fuerzas huidizas… Pero ya no respira. ¡Está negro!… -y menea la cabeza, para concluir: «¡Pobre Dorca!».
-Tráeme al niño
-¡Pero si está muerto, Señor!
-Tráeme al niño, te digo. Como está. Y di a la madre que tenga fe.
El administrador se marcha corriendo. Vuelve:
-No quiere. Dice que no se lo deja a nadie. Parece loca. Dice que lo que queremos es quitárselo.
-Llévame a la puerta de su habitación. Que me vea.
-Pero…
-¡No te preocupes! Ya me purificaré después, si acaso…
Van raudos por un corredor oscuro hasta una puerta cerrada. Jesús mismo la abre y se queda en el umbral, frente a la cama, donde una liviana criatura alabastrina aprieta contra su corazón a una criaturita que no da señales de vida.
-La paz a ti, Dorca. Mírame. No llores. Soy el Salvador. Dame a tu pequeñuelo…
No sé lo que hay en la voz de Jesús. Sé que la desesperada, que en el primer momento, al verlo, había apretado ferozmente al recién nacido contra su corazón, lo mira y sus ojos acongojados y dementes se abren a una luz dolorosa pero llena de esperanza. Cede a la criaturita envuelta en paños delicados a la mujer del administrador… y se queda allí, con las manos extendidas hacia delante, con la vida, con la fe en sus ojos dilatados, sorda a las súplicas de la suegra que querría ponerla cómoda sobre las almohadones,
Jesús toma el fardito de carnes semifrías y de paños. Mantiene al pequeñuelo derecho por las axilas. Apoya su boca en los labiecitos entreabiertos, curvado hacia adelante porque la cabecita pende hacia atrás. Sopla fuerte en la inerte garganta… Está un instante con los labios apoyados en la boquita, luego se separa… Y un piar de pajarillo tiembla en el aire inmóvil… un segundo, más fuerte… un tercero… y, en fin, un verdadero vagido mientras oscila la cabecita, se agitan las manitas y los piececitos, y, contemporáneamente, durante el largo, triunfal llanto del recién nacido, toma color la cabecita pelada, la carita minúscula… Le responde el grito de la madre:
-¡Hijo mío! ¡Mi amor! ¡La semilla de mi Tobit! ¡En el corazón! ¡En el corazón de tu mamá… para que muera feliz!… -dice con un susurro que se apaga en un beso y en una reacción comprensible de abandono.
-¡Se muere! -gritan las mujeres.
-No. Entra en un merecido descanso. Cuando se despierte, decidle que al niño le ponga por nombre Iesaí Tobit. La paz sea con vosotras.
Cierra de nuevo, lentamente, la puerta, y se vuelve para regresar adonde estaba antes, adonde sus discípulos. Pero están todos allí, montón conmovido que ha presenciado y que ahora lo mira con maravilla.
Vuelven juntos al patio. Saludan al estupefacto administrador, que no hace sino repetir:
-¡Cuánto va a sentir el Tetrarca no haber estado! -y emprenden de nuevo la bajada para volver a la ciudad.
Jesús pone la mano en el hombro del anciano Benjamín diciendo:
-Te agradezco lo que nos has mostrado y el haber sido la razón de un milagro…
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Debe ser una ciudad de reciente construcción, como Tiberíades y Ascalón. Dispuesta en plano inclinado, culmina en la maciza fortaleza erizada de torres. Está circundada por murallas ciclópeas, y defendida por profundos fosos que reciben parte del agua de dos riachuelos que, casi unidos antes formando un ángulo, se separan luego, para fluir uno por fuera de la ciudad, el otro por dentro. Y las bonitas calles, plazas, fuentes, el aire de moda romana en las construcciones dicen que también aquí el obsequio servil de los Tetrarcas, pisoteando todo respeto por las costumbres de la Patria, se ha manifestado.
La ciudad, quizás por ser nudo de importantes vías de primer orden y rutas de caravanas dirigidas a Damasco, Tiro, Sefet y Tiberíades, como indican en cada puerta los postes señaladores, está llena de movimiento y gente.
Gente a pie o a caballo y largas caravanas de asnos y camellos se cruzan en las calles amplias y bien conservadas; en las plazas, bajo los soportales, o junto a las casas lujosas -quizás hay también termas -, corrillos de negociantes o de ociosos, tratan de negocios u ocian en charloteos fatuos.
-¿Sabes dónde podremos encontrarlos? -pregunta Jesús a Pedro.
-Sí. Me han dicho las personas a las que he preguntado que los discípulos del Rabí suelen reunirse a las horas de comer en una casa de fieles israelitas que está cerca de la ciudadela. Y me la han descrito. No puedo equivocarme: una casa de Israel incluso en el aspecto externo: una fachada sin ventanas exteriores y un portón alto con ventanillo; en un lado del muro, una fuentecita; las tapias altas del jardín prolongadas por dos lados en callejuelas; una terraza llena de palomas, en el tejado.
-Bien. Entonces vamos…
Cruzan toda la ciudad hasta la ciudadela. Llegan a la casa que buscaban. Llaman. A1 ventanillo se asoma el rostro rugoso de una anciana.
Jesús se pone delante y saluda:
-La paz sea contigo, mujer. ¿Han vuelto los discípulos del Rabí?
-No, hombre. Están hacia la "fuente grande", con otros que han venido de muchos pueblos de la otra orilla a buscar precisamente al Rabí. Todos lo están esperando. ¿Tú también eres de ellos?
-No, Yo buscaba a los discípulos.
-Entonces mira: ¿ves aquella calle casi enfrente de la fuente? Tómala y ve hacia arriba, hasta que te encuentres de frente un paredón de rocas del que sale agua que cae en una especie de pilón y luego forma como un regato. Por allí cerca los encontrarás. ¿Pero, vienes de lejos?
¿Quieres reposar?, ¿entrar aquí a esperarlos? Si quieres llamo a mis señores. ¡Son buenos israelitas, eh! Y creen en el Mesías Son discípulos sólo por haberlo visto una vez en Jerusalén en el Templo. Pero ahora los discípulos del Mesías los han instruido sobre Él y han hecho milagros aquí, porque…
-Bien, buena mujer. Volveré más tarde con los discípulos. Paz a ti. Vuelve, vuelve a tus labores -dice Jesús con bondad, aunque también con autoridad para detener esa avalancha de palabras.
Se ponen de nuevo en marcha. Los más jóvenes de los apóstoles se ríen con ganas por la escena de la mujer, y hacen sonreír también a Jesús.
-Maestro -dice Juan -parecía ella la "fuente grande". ¿No te parece? Echaba palabras sin interrupción, y ha hecho de cada uno de nosotros un pilón que se hace regato al estar lleno de palabras…
-Sí. Espero que los discípulos no hayan hecho milagros en su lengua… Habría que decir: habéis hecho demasiado milagro -dice Judas Tadeo, que, contrariamente a lo normal, se ríe con ganas.
-¡Lo mejor va a ser cuando nos vea volver y conozca al Maestro por lo que es! ¿Quién va a poderla callar? -pregunta Santiago de Zebedeo.
-No, no, se quedará muda de asombro -dice, tomando parte en los juveniles comentarios, Mateo.
-Alabaré al Altísimo si el asombro le paraliza la lengua. Será porque estoy casi en ayunas, pero, la verdad, ese remolino de palabras me ha mareado -dice Pedro.
-¡Y cómo gritaba! ¿Será que es sorda? -pregunta Tomás.
-No. Creía que los sordos éramos nosotros -responde Judas Iscariote.
-Dejadla en paz. ¡Pobre viejecita! Era buena y creyente. Su corazón es tan generoso como su lengua -dice semiserio Jesús.
-¡Entonces, Maestro mío, entonces esa anciana es generosa hasta el heroísmo! -dice riéndose abiertamente Juan.
Ya se puede ver la pared rocosa y calcárea, ya se oye el murmullo de las aguas que caen en el pilón.
-Éste es el regato. Vamos a seguirlo… Ahí está la fuente… y allí.., ¡Benjamín! ¡Daniel! ¡Abel! ¡Felipe! ¡Hermasteo! ¡Estamos aquí! ¡Viene también el Maestro! -grita Juan a un nutrido grupo de hombres que están congregados en torno a uno que no se ve.
-Calla, muchacho, que, si no, vas a ser tú también como esa vieja gallina -aconseja Pedro.
Los discípulos se han vuelto. Han visto. Y ver y lanzarse hacia abajo a saltos desde el escalón ha sido todo uno. Veo, ahora que se disgrega el compacto grupo, que con los discípulos, que son muchos, ya ancianos, están mezclados habitantes de Quedes y del pueblo del sordomudo. Deben haber tomado caminos más directos, porque han precedido al Maestro.
La alegría es mucha; también las preguntas y respuestas. Jesús, pacientemente, escucha y responde, hasta que, con otros dos, se ve venir al delgado y risueño Isaac, cargado de provisiones.
-Vamos a la casa hospitalaria, mi Señor. Allí nos dirás lo que no hemos podido decir por no saberlo tampoco nosotros. Éstos, los últimos en llegar -están con nosotros desde hace unas pocas horas -quieren saber qué es para ti la señal de Jonás que has prometido dar a la generación malvada que te persigue -dice Isaac.
-Se lo explicaré mientras vamos…
¡Ir! ¡Es fácil decirlo! Como si un aroma de flores se hubiera esparcido por el aire y numerosas abejas hubieran acudido, de todas partes viene gente para unirse a los que ya están alrededor de Jesús.
-Son nuestros amigos -explica Isaac -Gente que ha creído y que te esperaba…
-¡Gente que de éstos, y de él en especial, han recibido beneficios! -grita uno de la muchedumbre mientras señala a Isaac.
Isaac se pone rojo como la brasa, y, casi excusándose, dice:
-Pero yo soy el siervo, Él es el Señor. ¡Vosotros que esperáis, aquí tenéis al Maestro Jesús!
¡Entonces sí! El ángulo tranquilo de Cesárea, un poco apartado por estar relegado a la periferia, se transforma en un lugar más animado que un mercado, y también más rumoroso. Voces de aleluya, aclamaciones, súplicas… de todo hay.
Jesús avanza muy lentamente, comprimido en esa tenaza de amor. Pero sonríe y bendice. Tan lentamente, que algunos tienen tiempo de marcharse corriendo a esparcir la noticia y a volver con amigos o parientes, que traen a los niños y los aúpan para que puedan llegar, sin sufrir daño, hasta Jesús, el cual los acaricia y bendice.
Llegan así a la casa de antes. Llaman. La criada anciana de antes, al oír las voces, abre sin reserva alguna. Pero… ve a Jesús en medio del gentío aclamador, y comprende… Cae al suelo gimiendo:
-¡Piedad, mi Señor! ¡Tu sierva no te había conocido y no te había venerado!
-No hay mal en ello, mujer. No conocías al hombre, pero creías en Él. Esto es lo que se requiere para ser amados por Dios. Levántate y condúceme adonde tus señores.
La anciana obedece, toda temblorosa de respeto. Y ve a sus señores, también anonadados de respeto, literalmente contra la pared en el fondo del vestíbulo un poco oscuro. Los señala:
-¡Ahí están!
-Paz a vosotros y a esta casa. Os bendiga el Señor por vuestra fe en el Cristo y por vuestra caridad para con sus discípulos -dice Jesús yendo hacia los dos ancianos cónyuges, o hermano y hermana. Un gesto de veneración y lo acompañan al vasto mirador, donde tienen preparadas muchas mesas, bajo un tupido toldo. La vista se extiende libre sobre Cesárea y los montes que la ciudad tiene a sus espaldas y a los lados. Las palomas trenzan vuelos desde la terraza al jardín, lleno de plantas en flor.
Mientras un doméstico aumenta los puestos, Isaac explica
-¡Benjamín y Ana no sólo nos reciben en su casa a nosotros, sino también a todos los que vienen en busca de ti! Lo hacen en tu Nombre.
-Que el Cielo los bendiga cada vez que lo hacen.
-Disponemos de medios y no tenemos herederos. En el ocaso de la vida, adoptamos como hijos a los pobres del Señor dice con sencillez la anciana.
Y Jesús le pone la mano en su encanecida cabeza diciendo:
-Y esto te hace madre más que si hubieras concebido superabundantemente. Mas ahora permitidme que explique a éstos lo que deseaban saber, para poder despedir luego a los de la ciudad y sentarnos a la mesa.
La terraza está invadida de gente, que sigue entrando y apiñándose en los espacios libres.
Jesús está sentado en medio de una corona de niños, que lo miran extáticos con sus ojazos inocentes. Vuelve las espaldas a la mesa y sonríe a estos niños, aunque esté hablando de un tema grave. Parece como si leyera en sus caritas inocentes las palabras de la verdad solicitada.
-Escuchad. La señal de Jonás, que prometí a los malos, y que prometo también a vosotros, no porque seáis malos, sino, al contrario, para que podáis creer con perfección cuando la veáis cumplida, es ésta.
Como Jonás permaneció tres días en el vientre del monstruo marino y luego fue restituido a la tierra para convertir y salvar a Nínive, así será para el Hijo del hombre. Para calmar las violentas olas de una grande, satánica tempestad, los principales de Israel creerán útil sacrificar al Inocente. Lo único que conseguirán será aumentar sus peligros, porque, además del conturbador Satanás, tendrán a Dios con su castigo tras el delito cometido. Podrían triunfar contra la tempestad de Satanás creyendo en mí. Pero no lo hacen porque ven en mí la razón de sus inquietudes, miedos, peligros y desmentidas contra su insincera santidad. Mas, llegada la hora, ese monstruo insaciable que es el vientre de la tierra, que se traga a todo hombre que muere, se abrirá de nuevo para restituir la Luz al mundo que renegó de ella.
He aquí, pues, que, como Jonás fue signo para los ninivitas de la potencia y misericordia del Señor, así el Hijo del hombre lo será para esta generación; con la diferencia de que Nínive se convirtió, mientras que Jerusalén no se convertirá, porque está llena de esta generación malvada de que he hablado. Por ello, la Reina del Mediodía se alzará el Día del Juicio contra los hombres de esta generación y los condenará.
Porque ella vino, en su tiempo, desde los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, mientras que esta generación, que me tiene presente, y siendo Yo mucho más que Salomón, no quiere oírme, y me persigue y expele como a un leproso y a un pecador. También los ninivitas, que se convirtieron con la predicación de un hombre, se alzarán en el día del Juicio contra la generación malvada que no se convierte al Señor su Dios. Yo soy más que un hombre, aunque se tratara de Jonás o cualquier otro Profeta.
Por tanto, daré la señal de Jonás a quien pide una señal sin posibles equívocos. Más de una señal daré a quien no baja la frente proterva ante las pruebas ya dadas de vidas que renacen por voluntad mía. Daré todas las señales: tanto la de un cuerpo en descomposición que vuelve a vivir y a recomponerse, como la de un Cuerpo que por sí solo se resucita porque a su Espíritu le es dada la plenitud del poder.
Pero éstas no serán gracias. No significarán aligeramiento de la situación. Ni aquí ni en los libros eternos. Lo escrito escrito está. Y, como piedras para una próxima lapidación, las pruebas se amontonarán: contra mí, para perjudicarme sin lograrlo; contra ellos, para arrollarlos eternamente con la condena de Dios a los incrédulos malvados.
A esta señal de Jonás me refería. ¿Tenéis más cosas que preguntar?
-No, Maestro. Se lo comunicaremos a nuestro jefe de la sinagoga, que ha juzgado la señal prometida con juicio muy cercano a la verdad.
-Matías es un justo. La Verdad se revela a los justos como se revela a estos inocentes, que mejor que nadie saben quién soy Yo. Dejadme, antes de despedirme de vosotros, oír alabar la misericordia de Dios por boca de los ángeles de la tierra. Venid niños.
Los niños, que habían estado quietos con pena hasta ese momento, corren hacia Él.
-Decidme, criaturas sin malicia, ¿para vosotros, cuál es mi señal?
-Que eres bueno.
-Que curas a mi mamá con tu Nombre.
-Que quieres a todos.
-Que ninguno puede ser tan guapo como Tú.
-Que haces volverse bueno hasta al que era malo como mi padre.
Cada una de las boquitas, más o menos niñas, anuncia una dulce propiedad de Jesús, y testifica penas que Jesús ha transformado en sonrisas.
Pero el más simpático de todos es un pilluelo de unos cuatro años que trepa hasta el regazo de Jesús y se abraza a su cuello diciendo
-Tu señal es que quieres a todos los niños y que los niños te quieren. Así te quieren… -y abre lo más que puede sus bracitos regordetes, y ríe, para luego abrazarse otra vez al cuello de Jesús restregando su mejilla infantil con la de Jesús, que lo besa y pregunta: «Pero, ¿por qué me queréis si no me habéis visto nunca antes de ahora?».
-Porque pareces el ángel del Señor.
-Tú no lo has visto, pequeñuelo… -prueba Jesús, sonriendo.
El niño se queda un momento desorientado. Pero luego se echa a reír, mostrando todos los dientecitos, y dice:
-¡Pero lo ha visto bien mi alma! Dice mi mamá que la tengo, y está aquí, y Dios la ve, y el alma ha visto a Dios y a los ángeles, y los ve. Y mi alma te conoce porque eres el Señor.
Jesús lo besa en la frente y dice:
-Que te aumente, por este beso, la luz en el intelecto -y lo pone en el suelo. El niño, entonces, corre donde su padre dando brincos, teniendo la mano apretada contra la frente en el lugar en que ha sido besado, y grita: «¡Vamos donde mamá, donde mamá! Que bese aquí, donde ha besado el Señor y le vuelva la voz y no llore más.
Explican a Jesús que se trata de una mujer casada, enferma de la garganta, deseosa de milagro, pero que no lo habían realizado en ella los discípulos, los cuales no habrían podido curar ese mal, que no se podía tocar de tan profundo como estaba.
-La curará el discípulo más pequeño, su hijito. Ve en paz, hombre Y ten fe como tu hijo -dice mientras despide al padre del pequeñuelo
Besa a los otros niños, que se han quedado deseosos del mismo beso en la frente, y despide a los que viven en la ciudad. Se quedan los discípulos, los de Quedes y los del otro lugar.
Mientras se espera la comida, Jesús ordena la partida, para el día siguiente, de todos los discípulos, que habrán de precederlo a Cafarnaúm para unirse con los otros procedentes de otros lugares.
-Tomaréis luego con vosotros a Salomé y a las mujeres e hijas de Natanael y Felipe, y a Juana y Susana, según vais descendiendo hacia Nazaret. Allí tomaréis con vosotros a mi Madre y a la madre de mis hermanos, y las acompañaréis a Betania, a la casa donde está José, en las tierras de Lázaro. Nosotros iremos por la Decápolis.
-¿Y Margziam? -pregunta Pedro.
-He dicho: "precededme a Cafarnaúm". No "id". Pero desde Cafarnaúm podrán avisar a las mujeres de nuestra llegada, de modo que estén preparadas cuando nosotros vayamos hacia Jerusalén por la Decápolis. Margziam, que ya es un jovencito, irá con los discípulos escoltando a las mujeres…
-Es que… quería llevar también a mi mujer, pobrecilla, a Jerusalén. Siempre lo ha deseado y… no ha ido nunca porque no quería yo problemas… Pero este año querría darle esta satisfacción. ¡Es tan buena!
-Pues sí, Simón. Razón de más para que Margziam vaya con ella. Harán lentamente el viaje y nos reuniremos de nuevo todos allí…
El anciano dueño de la casa dice:
-¿Tan poco tiempo aquí?
-Padre, tengo todavía mucho que hacer, y quiero estar en Jerusalén al menos ocho días antes de la Pascua. Ten en cuenta que la primera fase de la luna de Adar ya ha terminado…
-Es verdad. ¡Pero tanto te he anhelado!… Teniéndote, me parece estar en la luz del Cielo… y que esta luz se haya de apagar en cuanto te marches.
-No, padre. Te la dejaré en tu corazón. Y a tu esposa. A toda esta casa hospitalaria.
Se sientan a las mesas y Jesús ofrece y bendice los alimentos, que luego el doméstico distribuye a las distintas mesas.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
La llanura costea el Jordán antes de que éste vierta sus aguas en lago de Merón.
Un hermoso llano, en que, cada día que pasa, crecen más exuberantes los cereales y van enfloreciéndose los árboles frutales.
Los montes, allende los cuales está Quedes, ahora quedan a espaldas de los peregrinos, que con frío andan ligeros bajo las primeras luces del día, mirando anhelantes al sol, que sube, y buscándolo, apenas su rayo toca los prados y acaricia el follaje. Deben haber dormido al raso, o como mucho en un pajar, porque los indumentos están arrugados y conservan algunas pajuelas y hojas secas, que ellos se van quitando según las van descubriendo con la luz más fuerte.
El río anuncia su presencia por su murmullo, que parece fuerte enmedio del silencio matutino del campo, y también por una densa hilera de árboles con hojas nuevas que tiemblan con la leve brisa de la mañana; pero todavía no se ve, porque fluye profundo en la rasa llanura. Cuando sus aguas azules, incrementadas por numerosos torrentillos que bajan de los montes occidentales, se ven brillar entre la hierba nueva de las márgenes, se está casi en la orilla.
-¿Seguimos la orilla hasta el puente, o pasamos el río por aquí? -preguntan a Jesús, que estaba solo, meditativo, y que se había parado a esperarlos.
-Mirad a ver si hay una barca para pasar. Es mejor atravesar por aquí…
-Sí. En el puente, que está justo en la vía para Cesárea Paneas, podríamos encontrar otra vez a algunos que hubieran seguido nuestra pista -observa Bartolomé, ceñudo, mirando a Judas.
-No. No me mires mal. Yo no sabía que íbamos a venir aquí, y no he dicho nada. Era fácil comprender que de Sefet Jesús iría a las tumbas de los rabíes y a Quedes.
Pero jamás habría imaginado que quisiera llegarse hasta la capital de Filipo. Por tanto, ellos lo ignoran. Y no nos los encontraremos por culpa mía, ni por su voluntad. A menos que no tengan como guía a Belcebú dice tranquilo y humilde Judas Iscariote.
-Esto está bien. Porque con cierta gente… Hay que tener ojo y medir las palabras; no dejar indicios de nuestros proyectos. Tenemos que estar atentos a todo. Si no, nuestra evangelización se transformará en un huir permanente -replica Bartolomé.
Vuelven Juan y Andrés. Dicen:
-Hemos encontrado dos barcas Nos pasan a una dracma por barca. Vamos a bajar al borde.
Y en dos barquichuelas, en dos veces, pasan a la otra orilla. La llanura rasa y fértil los acoge también aquí. Una llanura fértil y, sin embargo, poco poblada. Sólo los campesinos que la cultivan tienen casa en ella.
-¡Mmm! ¿Cómo vamos a conseguir el pan? Yo tengo hambre. Y aquí… no tenemos ni siquiera las espigas filisteas…
Hierba y hojas, hojas y flores. No soy ni una oveja ni una abeja -comenta Pedro a sus compañeros, los cuales sonríen ante la observación.
Judas Tadeo -que iba un poco más adelante -se vuelve y dice:
-Compraremos pan en el próximo pueblo.
-Siempre y cuando no nos hagan huir -termina Santiago de Zebedeo.
-Absteneos, vosotros que decís que hay que estar atentos a todo, de la levadura de los fariseos y saduceos; que creo que la estáis tomando sin reflexionar en lo que de malo hacéis. ¡Tened cuidado! ¡Guardaos! -dice Jesús.
Los apóstoles se miran unos a otros y cuchichean:
-¿Pero qué dice? Han sido aquella mujer del sordomudo y el posadero de Quedes los que nos han dado el pan. Y está todavía aquí; es el único que tenemos. Y no sabemos si podremos encontrar pan que comprar para nuestra hambre.
¿Cómo dice, entonces, que compramos a saduceos y fariseos pan con su levadura? Quizás no quiere que se compre en estos pueblos…
Jesús, que, todo solo, estaba de nuevo delante, se vuelve otra vez.
-¿Por qué tenéis miedo a quedaros sin pan para vuestra hambre? Aunque aquí todos fueran saduceos y fariseos, no os quedaríais sin comida por causa de mi consejo. No me refiero a la levadura del pan. Por tanto, podéis comprar donde os parezca el pan para vuestros vientres. Y, si nadie quisiera vendéroslo, igualmente no os quedaríais sin pan.
¿No os acordáis de los cinco panes con que comieron cinco mil personas? ¿No os acordáis que recogisteis doce cestas colmadas de los trozos sobrados? Podría hacer para vosotros, que sois doce y tenéis un pan, lo que hice para cinco mil con cinco panes. ¿No comprendéis a qué levadura aludo? A la que fermenta en el corazón de los fariseos, saduceos y doctores, contra mí. Eso es odio, es herejía. Y vosotros estáis yendo hacia el odio como si hubiera entrado en vosotros parte de la levadura farisaica. No debemos odiar ni siquiera a nuestro enemigo. No abráis siquiera una rendija a lo que no es Dios.
Tras el primero entrarían otros elementos contrarios a Dios. Hay veces que, por excesivo deseo de combatir a los enemigos con las mismas armas, uno termina pereciendo o vencido. Y, una vez vencidos, podríais, por contacto, absorber sus doctrinas. No. Tened caridad y prudencia. No tenéis en vosotros todavía tanto como para poder combatir estas doctrinas, sin que ellas mismas os contaminen. Porque también vosotros tenéis algunos de sus elementos, de los cuales uno es el odio a ellos. Os digo más: podrían cambiar de método para seduciros y arrancaros de mí, usando con vosotros mil amabilidades, mostrándose arrepentidos, deseosos de hacer la paz. No debéis huir de ellos. Pero, cuando quieran daros sus doctrinas, habréis de saber no acogerlas. A esta levadura me refiero. Es la malevolencia que va contra el amor, y las falsas doctrinas. Os digo: sed prudentes.
-¿Esa señal que pedían los fariseos ayer tarde era "levadura” Maestro? - pregunta Tomás.
-Era levadura y veneno.
-Has hecho bien en no dársela.
-Pero se la daré un día.
-¿Cuándo? ¿Cuándo? -preguntan curiosos.
-Un día…
-¿Y qué señal es? ¿No nos lo dices ni siquiera a nosotros, tus apóstoles? Para poder reconocerla inmediatamente pregunta, deseoso, Pedro.
-Vosotros no deberíais necesitar una señal.
-¡Bueno, no para poder creer en ti! No somos gente con muchos pensamientos. Tenemos uno sólo: amarte a ti -dice vehementemente Santiago de Zebedeo
-Pero, la gente -vosotros que tratáis con ella, así llanamente más que Yo, sin el sentido de temor que Yo puedo infundir -¿quién dice que soy? ¿Y cómo define al Hijo del hombre?
-Hay quien dice que Tú eres Jesús, o sea, el Cristo, y son los mejores; los otros te consideran Profeta, otros sólo Rabí, y otros -ya lo sabes -un loco y un endemoniado.
-Pero hay alguno que usa para ti el mismo nombre que Tú te das y te llama: "Hijo del hombre".
-Y algunos dicen también que no puede ser eso, porque el
Hijo del hombre es otra cosa muy distinta. Y esto no es siempre una cosa negativa, porque, en el fondo, admiten que eres más que el Hijo del hombre: eres el Hijo de Dios.
Otros, sin embargo, dicen que Tú no eres siquiera el Hijo del hombre, sino un pobre hombre agitado por Satanás o a merced de la demencia. Como puedes ver, los pareceres son muchos y todos distintos -dice Bartolomé.
-¿Pero, para la gente, entonces, quién es el Hijo del hombre?
-Es un hombre que debe poseer todas las virtudes más hermosas del hombre, un hombre que reúna en sí todos los requisitos de la inteligencia, sabiduría, gracia, que pensamos que tenía Adán; y algunos, a estos requisitos, añaden el de no morir. Ya sabes que circula la voz de que Juan Bautista no ha muerto, sino solamente que ha sido transportado a otro lugar por los ángeles, y que Herodes, para no reconocerse vencido por Dios, y más todavía Herodías, han mostrado, como cadáver del Bautista, el cuerpo mutilado del siervo. ¡Bueno, la gente dice tantas cosas!…
Por eso, hay muchos que piensan que el Hijo del hombre es o Jeremías, o Elías, o alguno de los Profetas, e incluso el mismo Bautista, que tenía sabiduría y gracia, y se decía el Precursor del Cristo. Cristo: el Ungido de Dios. El Hijo del hombre: un gran hombre nacido del hombre. Muchos no pueden admitir, o no quieren admitirlo, que Dios haya podido enviar a su Hijo a la tierra. Tú ayer lo dijiste: "Creerán sólo los que están convencidos de la infinita bondad de Dios". Israel cree en el rigor de Dios más que en su bondad… -añade Bartolomé.
-Ya, claro. Se sienten, efectivamente, tan indignos, que juzgan imposible que Dios sea tan bueno como para mandar a su Verbo a salvarlos. El estado degradado de su alma les es obstáculo para creerlo -confirma el Zelote. Y añade: «Tú mismo dices que eres el Hijo de Dios y del hombre. En efecto, en ti mora toda gracia y sabiduría como hombre. Y yo pienso que, realmente, uno que hubiera nacido de un Adán en gracia se habría parecido a ti en belleza, inteligencia en todas las demás cualidades. Y en ti brilla Dios por la potencia.
¿Pero quiénes de los que se creen dioses y en su soberbia infinita miden a Dios con el patrón de sí mismos podrán creerlo? Ellos, los crueles, los que odian, los rapaces, los impuros, no pueden, claro, pensar que Dios haya extendido su dulzura hasta darse a sí mismo para redimirlos; su amor hasta salvarlos, su generosidad hasta entregarse a merced del hombre, su pureza hasta sacrificarse en medio de nosotros. No pueden, no, siendo como son tan inexorables y escrupulosos en buscar y castigar las culpas.
-¿Y vosotros quién decís que soy Yo? Decidlo por vuestro juicio, sin más; sin tener en cuenta ni mis palabras ni las de los demás. Si estuvierais obligados a dar un juicio sobre mí, ¿qué diríais que soy?
-¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo! -grita Pedro mientras se arrodilla con los brazos extendidos hacia arriba, hacia Jesús. Y Jesús lo mira con una faz toda luz y se agacha a levantarlo de nuevo para abrazarlo, y dice:
-¡Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás! Porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Desde el primer día que viniste a mí te hiciste esta pregunta, y, por ser sencillo y honesto, supiste comprender y aceptar la respuesta que te venía de los Cielos. No viste manifestaciones sobrenaturales, como tu hermano y Juan y Santiago.
No conocías mi santidad de hijo, de obrero, de ciudadano, como Judas y Santiago, mis hermanos. No fuiste objeto de milagros ni los viste hacer, ni te di señal de poder, como hice y vieron en el caso de Felipe, Natanael, Simón Cananeo, Tomás, Judas. No fuiste subyugado por mi voluntad como en el caso de Leví el publicano. Y, no obstante, exclamaste:
"¡El es el Cristo!"'. Desde la primera hora en que me viste, creíste, y nunca tu fe se ha tambaleado. Por eso te llamé Cefas. Y por esto, sobre ti, Piedra, edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos. Lo que atares en la tierra será atado en los Cielos; lo que desatares en la tierra será desatado en los Cielos. Sí, hombre fiel y prudente, cuyo corazón he podido pulsar. Y aquí, desde este momento, tú eres el jefe y se te debe obediencia y respeto como a otro Yo mismo. Esto le proclamo delante de todos vosotros.
Si Jesús hubiera aplastado a Pedro con una granizada de correcciones, el llanto de Pedro no habría sido tan alto.
Llora todo convulso de sollozos, apoyada la cara en el pecho de Jesús. Un llanto que encuentra paralelo sólo en aquél, incontenible, de su dolor de haber renegado a Jesús.
El de ahora está hecho de mil sentimientos humildes y buenos… Otro poco del antiguo Simón -el pescador de Betsaida que, ante el primer anuncio de su hermano, se había reído diciendo: « ¡El Mesías se te aparece a ti!…
¡Precisamente!» incrédulo y jocoso -un poco mucho del antiguo Simón se desmorona bajo ese llanto, para dejar aparecer, bajo la costra ahora más delgada de su humanidad, cada vez más claramente, al Pedro pontífice de la Iglesia de Cristo.
Cuando alza la cara, tímido, confuso, no sabe hacer sino un acto para decir todo, para prometer todo, para entregarse todo con renovada energía al nuevo ministerio: echar sus cortos y musculosos brazos al cuello de Jesús y obligarle a agacharse más para besarlo, mezclando sus cabellos y su barba, un poco híspidos y entrecanos, con los cabellos y la barba, suaves y dorados, de Jesús; y luego lo mira, con una mirada de adoración, amorosa, suplicante, de sus ojos un poco overos, brillantes y rojos de las lágrimas lloradas, mientras tiene entre sus manos callosas, anchas, rudas, cual si se tratara de un vaso del que fluyera licor vital, el rostro ascético del Maestro, inclinado hacia el suyo… y bebe, bebe, bebe dulzura y gracia, seguridad y fuerza, de ese rostro, de esos ojos, de esa sonrisa…
Se separan por fin y reanudan la marcha hacia Cesárea de Filipo. Jesús entonces dice a todos:
-Pedro ha dicho la verdad. Muchos la intuyen, vosotros la sabéis. Pero, por ahora, no digáis a nadie lo que es el Cristo, en la verdad completa de lo que sabéis.
Dejad que Dios hable en los corazones como habla en el vuestro. En verdad os digo que quienes a mis afirmaciones o a las vuestras añaden la fe perfecta y el perfecto amor, llegan a saber el verdadero significado de las palabras Jesús, el Cristo, el Verbo, el Hijo del hombre y de Dios".
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
La ciudad de Quedes está situada en un montecillo, separado un poco de una larga cadena que va de norte a sur, dispuesta a oriente respecto a aquél; a occidente, una cadena de colinas, casi paralelas, que se orienta igualmente de norte a sur: dos líneas paralelas, que, sin embargo, se estrechan y forman casi un esbozo de X. En el punto más estrecho, y más apoyado en la cadena oriental que en la occidental está el otero en cuyas pendientes se sitúa Quedes: extendida desde la cima a las laderas, más bien poco inclinadas, dominando el valle fresco y verde, muy estrecho al sur, más amplio al oeste.
Es una bonita ciudad rodeada de muros, con casas bonitas y una imponente sinagoga; como imponente es la fuente, con sus muchas bocas que dejan caer agua fresca y abundante en la pila de debajo de la cual salen unos canalillos destinados a alimentar otras fuentes, quizás, o jardines… no sé.
Jesús entra en esta ciudad en día de mercado. Su mano ya no está vendada, pero tiene todavía una costra oscura y un amplio hematoma en el dorso. También Santiago de Alfeo tiene una pequeña costra, de color entre rojo y marrón, en la sien, y, todo alrededor, una amplia moradura. Andrés y Santiago de Zebedeo, menos heridos, ya no muestran señales de la pasada aventura. Y caminan ligero, mirando a todas partes, especialmente a los lados y hacia atrás, porque están escalonados, delante, detrás y al lado de Jesús.
Tengo la impresión de que se hayan detenido dos o tres días en el lugar descrito ayer, o en sus cercanías, quizás para descansar, o para distanciar a los rabíes, temiendo que hubieran ido a las ciudades principales con la esperanza de cogerlos en renuncio y dañarlos más todavía. Al menos esto hace pensar lo que dicen.
-¡Pero ésta es una ciudad de refugio! -dice Andrés.
-¡Sí, vaya, precisamente ellos van a respetar el amparo y la santidad de un lugar! ¡Pero qué ingenuo eres, hermano! -le responde Pedro.
Jesús va entre los dos Judas. Delante de Él, en vanguardia, Santiago y Juan, y luego el otro Santiago con Felipe y Mateo. Detrás de Él, Pedro, Andrés y Tomás. Los últimos, Simón Zelote y Bartolomé.
Todo va bien hasta la entrada en una bonita plaza (la de la taza de la fuente y la sinagoga) en que se aglomera la gente que trata de negocios. El mercado, no obstante, está más abajo y en el suroeste de la ciudad, donde desembocan la vía principal que viene del sur y la otra, la que ha recorrido Jesús, que viene del oeste (ambas confluyen en ángulo recto y se funden en una sola, que penetra por la puerta de la ciudad hasta transformarse en una vasta plaza oblonga, en que hay asnos y esteras, vendedores, compradores, y el consabido jaleo…
Pero cuando llegan a esta plaza más bonita -el corazón de la ciudad, creo, no tanto porque equidiste del contorno de los muros, cuanto porque la vida espiritual y comercial de Quedes late aquí (parece decirlo también su posición elevada respecto a la mayor parte del pueblo, posición dominadora, fácil para la defensa, como una ciudadela) -cuando llegan a esta plaza, empiezan las dificultades.
Junto al portón amplio y bello de esculturas y frisos de la rica sinagoga, hay un grupo numeroso de fariseos y saduceos, grupo de perros gruñidores a la espera de saltarle encima a un inerme cachorro, o, mejor, grupo de perros rastreros al acecho de la caza, cuyo olor han sentido ya en el viento; grupo mezclado -como elemento excitante -con un grupito de rabíes ya vistos en Yiscala, entre los cuales aquél llamado Uziel. Y, enseguida, unos a otros se hacen señas indicando a Jesús y a los apóstoles.
-¡Vaya, Señor! ¡Están también aquí! -dice asustado Juan volviéndose hacia atrás a hablar con Jesús.
-No temas. Sigue adelante seguro. De todas formas, los que no se sientan dispuestos a hacer frente a esos desdichados que se retiren y se vayan a la posada. Quiero, por encima de todo, hablar aquí, antigua ciudad levítica y de refugio.
Protestan todos:
-Maestro, ¿cómo puedes pensar que te vamos a dejar solo?!Que nos maten a todos, si quieren!. Nosotros compartiremos tu suerte.
Jesús pasa por delante del grupo enemigo y va a colocarse contra la tapia de un jardín, por encima de la cual llueven los cándidos pétalos de un peral en flor: la tapia oscura y la nube cándida son marco y corona de Cristo, que tiene enfrente a sus doce.
Jesús empieza a hablar, y su bonita voz entonada, que dice:
-¡Vosotros, aquí reunidos, venid a escuchar la Buena Nueva, porque más útil que los negocios y las monedas es la conquista del Reino de los Cielos! -llena la plaza y hace volverse a quienes están en ella.
-¡Oh, pero si ése es el Rabí galileo! -dice uno. Venid. Vamos a oír lo que dice. Quizás hace algún milagro.
Y otro:
-Yo, en Bet Yinna, le vi hacer uno. ¡Y qué bien habla! No como esos gavilanes rapaces y esas serpientes astutas.
Pronto mucha gente circunda a Jesús. Y Él prosigue para esta gente atenta:
-En el corazón de esta ciudad levítica no quiero recordar la Ley. Sé que la tenéis presente en vuestros corazones como en pocas ciudades de Israel, y lo demuestra incluso el orden que en ella he encontrado, la honestidad de que me han dado prueba los comerciantes a quienes he comprado el alimento para mí y mi pequeño rebaño, y esta sinagoga, ornamentada como conviene al lugar donde se honra a Dios.
Mas, dentro de vosotros hay también un lugar donde se honra a Dios, un lugar donde residen las aspiraciones más santas y resuenan las palabras más dulcemente esperanzadoras de nuestra fe y las oraciones más ardientes para que la esperanza se haga realidad: el alma: éste es el lugar santo e individual, donde se habla de Dios y con Dios en espera de que la Promesa se cumpla. Pero la Promesa se ha cumplido ya. Israel tiene su Mesías, y Él os trae la palabra y la certeza de que el tiempo de la Gracia ha llegado, de que la Redención está próxima, de que el Salvador está en medio de vosotros, de que el invicto Reino de Dios comienza.
¡Cuántas veces habréis oído la lectura de Habacuc! Y los más meditativos de vosotros habrán susurrado: "Yo también
puedo decir “¡Hasta cuándo, Señor, tendré que gritar sin que me prestes oídos?”Desde siglos Israel gime así.
Mas ahora el Salvador ha venido. El gran hurto, el perpetuo apuro, el desorden y la injusticia causado por Satanás, están a punto de caer, porque el Enviado por Dios está para reintegrar al hombre en lo que es su dignidad de hijo de Dios y coheredero del Reino de Dios. Miremos la profecía de Habacuc con ojos nuevos, y sentiremos que da testimonio de mí, que habla ya el lenguaje de la Buena Nueva que Yo traigo a los hijos de Israel.
Mas aquí soy Yo quien debe expresar un lamento: "Se ha verificado el juicio, y, no obstante, la oposición triunfa". Y lo expreso con profundo dolor. No tanto por mí, que estoy por encima del parecer humano, cuanto por aquellos que, por ser adversarios, se condenan, y por los que se extravían por causa de los adversarios. ¿Os asombra lo que digo? Entre vosotros hay mercaderes de otros lugares de Israel. Ellos os pueden decir que no miento.
No miento con una vida contraria a lo que enseño o no haciendo lo que del Salvador se espera. No miento cuando digo que la oposición humana se yergue contra el juicio de Dios, que me ha enviado, y contra el juicio de las gentes humildes y sinceras, que me han oído y juzgado rectamente en lo que soy.
Algunos de la multitud comentan:
-¡Es verdad! ¡Es verdad! Nosotros, del pueblo, lo estimamos, y sentimos que es santo. Pero aquéllos (y señalan a los fariseos y compañeros) lo hostigan.
Jesús prosigue:
-En aras de esta oposición se lacera la Ley, y cada vez será más maltratada, hasta llegar incluso a abolirla, con tal de cometer la suprema injusticia, la cual, no obstante, no durará mucho. Bienaventurados los que en la breve y espantosa espera, cuando parezca que la oposición haya triunfado contra mí, sepan seguir creyendo en Jesús de Nazaret, en el Hijo de Dios, en el Hijo del hombre, anunciado por los profetas: Yo podría cumplir el juicio de Dios con toda extensión, salvando a todos los hijos de Israel. Mas no podré hacerlo, porque el impío triunfará contra sí mismo, contra la parte mejor de sí mismo, y, de la misma forma que pisotea mis derechos y a mis fieles, pisoteará los derechos de su espíritu, que tiene necesidad de mí para ser salvado y que es entregado a Satanás con tal de negármelo a mí.
Los fariseos murmuran turbulentos. Pero un anciano de majestuoso porte hace ya un rato que se ha acercado al lugar donde está Jesús, y ahora, durante un momento de pausa del discurso, dice:
-Entra en la sinagoga, te lo ruego; enseña en ella. Nadie tiene más derecho que Tú a hacerlo. Soy Matías, el jefe de la sinagoga. Ven, que la Palabra de Dios habite mi casa como mora en tu boca.
-Gracias, justo de Israel. La paz sea siempre contigo.
Y Jesús, a través de la muchedumbre, que se abre como una ola para dejarlo pasar, y luego se cierra formando estela y lo sigue, cruza de nuevo la plaza y entra en la sinagoga, pasando otra vez por delante de los fariseos gruñidores, que entran también en la sinagoga, tratando de abrirse paso violentamente. Pero la gente los mira con cara de pocos amigos y dice:
-¿De dónde venís? Id a vuestras sinagogas y esperad allí al Rabí. Ésta es nuestra casa y entramos nosotros.
Y rabíes, saduceos y fariseos, tienen que soportar quedarse humildemente a la puerta para no ser expulsados por los habitantes de Quedes.
Jesús está en su sitio. Tiene cerca al arquisinagogo y a otros de la sinagoga, no sé si hijos o coadyutores.
Reanuda su discurso:
- Habacuc dice - ¡y con qué amor os invita a observar!: "Extended vuestra mirada sobre las naciones, y observad, maravillaos, asombraos, porque en vuestros días ha sucedido una cosa que nadie creerá cuando se la cuenten". También ahora tenemos enemigos materiales en Israel. Pero dejad pasar este pequeño detalle de la profecía y miremos solamente al gran vaticinio enteramente espiritual que contiene. Porque las profecías, aunque parecen tener una referencia material, su contenido es siempre espiritual.
La cosa, pues, que ha sucedido -y es tal, que nadie podrá aceptarla si no está convencido de la infinita bondad del verdadero Dios -es que Él ha mandado a su Verbo para salvar y redimir al mundo. Dios que se separa de Dios (María Valtorta explica en una copia mecanografiada la expresión Dios que se separa de Dios con la siguiente nota: Aun siendo todavía "una cosa" con el Padre, el Verbo ya no estaba en el Padre como antes de la Encarnación. La nota puede valer también para otras afirmaciones análogas) para salvar a la criatura culpable. Pues bien, Yo he sido mandado a esto.
Y ninguna fuerza del mundo podrá detener mi ímpetu de Triunfador sobre reyes y tiranos, sobre pecados y necedades. Venceré porque soy el Triunfador.
Una carcajada burlona y un grito se dejan oír desde el fondo de la sinagoga. La gente protesta. El jefe de la sinagoga, que está tan concentrado en escuchar a Jesús que tiene incluso los ojos cerrados se pone de pie e impone silencio, amenazando con la expulsión a los perturbadores.
-No te opongas a ellos; es más, invítalos a que expongan sus divergencias -dice Jesús en voz alta.
-¡Bien! ¡Esto esta bien! Déjanos acercarnos a ti, que queremos hacerte unas preguntas -gritan en tono irónico los objetores.
-Venid. Dejadlos pasar, vosotros de Quedes.
Y la gente, con miradas hostiles y caras disgustadas -y no falta algún que otro epíteto -los deja ir adelante.
-¿Qué queréis saber? -pregunta Jesús en tono severo.
-¿Tú, entonces, dices que eres el Mesías? ¿Estás verdaderamente seguro de ello?
Jesús, cruzados los brazos, mira con tal autoridad al que ha hablado, que a éste se le cae de golpe la ironía y cierra la boca.
Pero otro toma la palabra en su lugar y dice:
-No puedes pretender que se te crea por tu palabra.
Cualquiera puede mentir, incluso con buena intención. Para creer se necesitan pruebas. Danos, pues pruebas de que eres eso que dices ser.
-Israel está lleno de mis pruebas -dice secamente Jesús.
-¡Ah! ¡Esas!… Pequeñas cosas que cualquier santo puede hacer ¡Han sido hechas y serán hechas en el futuro por los justos de Israel! -dice un fariseo.
Otro añade:
-¡Y no se da por sentado que Tú las hagas por santidad y ayuda de Dios! Se dice, y verdaderamente es muy verosímil, que cuentas con la ayuda de Satanás. Queremos otras pruebas. Superiores, cuales Satanás no pueda dar.
-¡Sí, hombre, una victoria sobre la muerte!… -dice otro.
-Ya la habéis visto.
-Eran apariencias de muerte. Muéstranos a uno ya descompuesto que se reanime y recomponga, por ejemplo, para tener la seguridad de que Dios está contigo. Dios: el único que puede dar de nuevo respiro al fango que ya se vuelve polvo.
-Nunca fue pedido esto a los Profetas para creer en ellos.
Un saduceo grita:
-¡Tú eres más que un profeta. ¡Tú, al menos Tú lo dices, eres el Hijo de Dios!… ¡Ja! ja! ¿Por qué, entonces, no actúas como Dios? ¡Ánimo, pues! ¡Danos una señal! ¡Una señal!
-¡Sí, eso! Una señal del Cielo que diga que eres Hijo de Dios. Entonces te adoraremos -grita un fariseo.
-¡Sí! ¡Eso es, Simón! No queremos caer de nuevo en el pecado de Aarón. No adoramos al ídolo, al becerro de oro, ¡pero podríamos adorar al Cordero de Dios! ¿No eres Tú? Si es que el Cielo nos indica que lo eres -dice el que tiene por nombre Uriel, que estaba en Yiscala, y ríe sarcásticamente.
Interviene otro, a voces:
-Déjame hablar a mí, a Sadoq, el escriba de oro. ¡Óyeme, oh Cristo! Demasiados te han precedido, que no eran cristos. Basta ya de engaños. Una señal de que lo eres.
Dios, si está contigo, no te lo puede negar. Y nosotros creeremos en ti y te ayudaremos. Si no, ya sabes lo que te espera, según el Mandamiento de Dios.
Jesús alza la diestra herida y la muestra bien a su interlocutor.
-¿Ves esta señal? La has hecho tú. Has indicado otra señal. Te alegrarás cuando la veas abierta en la carne del Cordero. ¡Mírala! ¿La ves? La verás también en el Cielo, cuando te presentes a rendir cuentas de tu modo de vivir.
Porque Yo te he de juzgar, y estaré allí arriba con mi Cuerpo glorificado, con las señales de mi ministerio y del vuestro, de mi amor y de vuestro odio. Y tú también la verás, Uriel, y tú, Simón, y la verán Caifás y Anás, y otros muchos, en el último Día, día de ira, día tremendo, y por ello preferiréis estar en el abismo, porque mi señal abierta en la mano herida os asaeteará más que los fuegos del Infierno.
-¡Eso son palabras y blasfemias! ¿Tú en el Cielo con el cuerpo? ¡Blasfemo! ¿Tú juez en lugar de Dios? ¡Anatema seas! ¡Insultas al Pontífice! Merecerías la lapidación -gritan en coro fariseos, saduceos y doctores.
El jefe de la sinagoga se pone de nuevo en pie, patriarcal, con su espléndida canicie como un Moisés, y grita:
-Quedes es ciudad de refugio y levítica. Tened respeto…
-¡Viejas historias! ¡Ya no cuentan!
-¡Oh, lenguas blasfemas! Vosotros sois los pecadores, no Él, y yo lo defiendo. No dice nada malo. Explica los Profetas. Nos trae la Promesa Buena. Y vosotros lo interrumpís, lo tentáis, lo ofendéis. No lo permito. Él está bajo la protección del viejo Matías, de la estirpe de Leví por parte de padre y de Aarón por parte de madre.
Salid y dejad que ilumine con su doctrina mi vejez y la madurez de mis hijos.
Y, mientras, tiene su anciana, rugosa mano puesta en el antebrazo de Jesús, como defendiendo.
-¡Que nos dé una señal verdadera y nos iremos convencidos!. -gritan los enemigos.
-No te inquietes, Matías. Hablo Yo -dice Jesús calmando al arquisinagogo. Y, dirigiéndose a los fariseos, saduceos y doctores, dice:
-Al atardecer examináis el cielo, y si, en llegando el ocaso, está rojizo, sentenciáis en virtud de un viejo proverbio: "Mañana hará buen tiempo, porque el ocaso pone rojo el cielo". Lo mismo al alba, cuando en el aire pesado de niebla y vaho el sol no se anuncia áureo, sino que parece esparcir sangre por el firmamento, decís: "No pasará este día sin que haya tormenta". Sabéis, pues, leer el futuro del día a partir de los signos inestables del cielo y de los aún más volubles de los vientos.
¿Y no alcanzáis a distinguir los signos de los tiempos? Esto no honra ni vuestra mente ni vuestra ciencia, y completamente deshonra vuestro espíritu y vuestra presunta sabiduría. Sois de una generación malvada y adúltera, nacida en Israel de la unión de quien fornicó con el Mal.
Vosotros sois sus herederos, y aumentáis vuestra maldad y vuestro adulterio repitiendo el pecado de los padres de este desmán. Pues bien, sabedlo, tú, Matías, vosotros, habitantes de Quedes, y todos los presentes, fieles o enemigos:
Esta es la profecía que digo, profecía mía, en vez de la que quería explicar de Habacuc: a esta generación malvada y adúltera, que pide una señal, no le será dada sino la de Jonás… Vamos. La paz sea con los buenos de voluntad.
Y, por una puerta lateral, que da a una calle silenciosa situada entre huertos y casas, se aleja con sus apóstoles.
Pero los de Quedes no se dan por vencidos. Algunos lo siguen, y, al ver que ha entrado en una pequeña posada de los arrabales orientales del pueblo, lo comunican al arquisinagogo y a los conciudadanos; de forma que no ha terminado de comer todavía Jesús y ya el patio soleado de la posada está abarrotado de gente, y el anciano arquisinagogo de Quedes se asoma a la puerta de la habitación donde está Jesús y se inclina implorando:
-Maestro, en nosotros ha quedado todavía el deseo de tu palabra. ¡Era tan hermosa, explicada por ti la profecía de Habacuc! ¿Porque haya quien te odia, deberán quedarse sin conocerte los que te aman y creen en tu verdad?
-No, padre. No sería justicia castigar a los buenos por causa de los malos. Oíd entonces…-(y Jesús deja de comer para asomarse a la puerta y hablar a los que están aglomerados en el patio sereno).
-En las palabras de vuestro arquisinagogo se oye un eco de las de Habacuc. Él, en nombre propio y vuestro, confiesa y profesa que Yo soy la Verdad. Habacuc confiesa y profesa: "Desde el principio Tú eres, y estás con nosotros y no moriremos". Y así será. No perecerá quien cree en mí.
Me pinta el Profeta como Aquel que ha sido establecido por Dios para juzgar, como Aquel al que Dios ha hecho fuerte para castigar, como Aquel cuyos ojos son demasiado puros como para ver el mal, y que no podrá soportar la iniquidad. Pero, si bien es verdad que el pecado me repugna, podéis ver que abro los brazos a los que están arrepentidos de su pecar, porque soy el Salvador. Por esto vuelvo la mirada también hacia el culpable e invito al impío a arrepentirse…
¡Oh, vosotros de Quedes, ciudad levítica, ciudad santificada por el edicto de la caridad para el culpable de un delito -y todo hombre tiene delitos hacia Dios, hacia su alma, hacia su prójimo -, venid, pues, a mí, Refugio de los pecadores! Aquí, en mi amor, ni siquiera el anatema de Dios podría alcanzaros, porque mi mirada suplicante en favor de vosotros transforma el anatema de Dios en bendición de perdón.
¡Escuchad, escuchad! Escribid en vuestros corazones esta promesa, como Habacuc escribió su profecía cierta en el rollo. Allí se lee: "Si tarda, esperadlo, porque quien ha de venir vendrá sin tardanza". Pues bien, Aquel que había de venir ha venido: soy Yo.
"El incrédulo no tiene en sí un alma justa" dice el Profeta, y su palabra condena a los que me han tentado e insultado. No los condeno Yo. Los condena el Profeta que me vio anticipadamente y en mí creyó. El, de la misma forma que me describe a mí, al Triunfador, describe al hombre soberbio, diciendo que no tiene honor porque ha abierto su alma a la avidez y a la insaciabilidad, como ávido e insaciable es el infierno. Y amenaza: "¡Ay de aquel que acumula cosas que no son suyas y se echa encima denso fango!". Las malas acciones contra el Hijo del hombre son este fango; querer despojarle a Él de su santidad para que no haga sombra a la propia es avidez.
"¡Ay de aquel -dice el Profeta -que reúne en su casa los frutos de su perversa avaricia para colocar alto su nido,
creyendo salvarse de las garras del mal!” Es deshonrarse y matar la propia alma."¡Ay de aquel que edifica una ciudad sobre la sangre y apresta castillos sobre la injusticia!". En verdad, demasiados en Israel consolidan sus ávidas fortalezas amasando con sus lágrimas y su sangre, y esperan hasta el final para obtener la más dura mezcla. ¿Pero, qué puede una fortaleza contra los dardos de Dios; qué, un puñado de hombres contra la justicia de todo el mundo, que gritará de horror por el sin par delito?
¡Qué bien lo expresa Habacuc!: "¿Para qué sirve la estatua?". Estatua idolátrica ha venido a ser la falsa santidad de Israel. Sólo el Señor mora en su Templo santo, sólo ante Él se inclinará la tierra adoradora y temblará atemorizada, mientras la señal prometida será dada, más de una vez, y el Templo verdadero en que Dios descansa subirá, glorioso, a decir en los Cielos: "¡Ha quedado cumplido!", de la misma forma que, con lágrimas, lo habrá manifestado a la tierra para limpiarla con su anuncio.
"¡Fiat!" dijo el Altísimo, y el mundo empezó a ser; "fiat" dirá el Redentor, y el mundo será redimido. Yo procuraré al mundo con qué ser redimido. Los redimidos serán aquellos que tengan la voluntad de serlo.
"Ahora alzaos. Vamos a decir la oración del Profeta… ¡Qué apropiado es pronunciarla en este tiempo de gracia!:
͢ "He oído, Señor, tu anuncio, y he exultado.” Ya no es tiempo de miedo, vosotros que creéis en el Mesías.
"Señor, tu obra está en medio de los años, hazla vivir a pesar de las insidias de los enemigos. En medio de los años la darás a conocer". Sí, cuando la edad sea perfecta, la obra quedará cumplida.
"Y en el enojo resplandecerá la misericordia", porque el enojo será sólo para aquellos que hayan echado redes y lazos y lanzado flechas al Cordero Salvador.
͢ "Dios viene de la Luz al mundo.” Yo soy la Luz que viene a traeros a Dios. Mi esplendor inundará la tierra brotando a raudales "donde los afilados cuernos" hayan desgarrado las Carnes de la Victima, última victoria "de la Muerte y de Satanás, que huirán, derrotados, ante el Viviente y el Santo".
¡Gloria al Señor! ¡Gloria al Hacedor! ¡Gloria al Dador del Sol y de los astros! ¡Al Artífice de los montes! ¡A1 Creador de los mares! ¡Gloria, infinita gloria al Bueno que quiso a Cristo para salvación de su pueblo, para redención del hombre!
Uníos, cantad conmigo, porque la Misericordia ha venido al mundo y se acerca el tiempo de la Paz. Aquel que tiende hacia vosotros sus manos os exhorta a creer en el Señor y a vivir en Él, porque se acerca el tiempo en que Israel será juzgado con verdad.
Paz a vosotros, aquí presentes, a vuestras familias, a vuestras casas.
Jesús traza un amplio gesto de bendición y hace ademán de retirarse.
Pero el jefe de la sinagoga suplica:
-Quédate más tiempo.
-No puedo, padre.
-A1 menos, envíanos aquí a tus discípulos.
-Los tendréis, sin duda. Adiós. Ve en paz.
Se quedan solos…
-Yo quisiera saber quién nos los ha enredado entre las piernas. Parecen nigromantes… -dice Pedro.
Judas Iscariote se adelanta, pálido; se arrodilla a los
pies de Jesús:
-Maestro, yo soy el culpable. He hablado en aquel pueblo… con uno de ellos, que me hospedaba…
-¿Cómo? ¡Vaya, vaya, conque penitencia ¿eh? Tú eres…
-¡Silencio, Simón de Jonás! Tu hermano, sinceramente, se está excusando. Hónralo por esta humillación suya. No te angusties, Judas. Te perdono. Tú sabes que Yo perdono. Sé prudente otra vez…
Y ahora vamos. Caminaremos mientras dure la luna. Tenemos que cruzar el río antes del amanecer. Vamos. Aquí detrás empieza el bosque. Perderán nuestras huellas tanto los buenos como los malos. Mañana estaremos en el camino de Paneas.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No sé dónde han pernoctado los peregrinos. Sé que es de nuevo por la mañana, que están en camino, por lugares montañosos como antes, que Jesús tiene vendada la mano y Santiago de Alfeo la frente, que Andrés cojea bastante y Santiago de Zebedeo no lleva el talego (lo ha cogido su hermano Juan).
Jesús ha preguntado dos veces:
-¿Puedes seguir andando, Andrés?
-Sí, Maestro. Camino mal por el vendaje. Pero el dolor no es fuerte.
Y la segunda vez añade:
-¿Y tu mano, Maestro?
-Una mano no es una pierna. Está en descanso y duele poco.
-¡Mmm! Poco no creo, tan hinchada como está y tan abierta, hasta el hueso… El aceite hace bien. Pero quizás hubiera sido mejor si de ese ungüento de tu Madre le hubiéramos pedido un poco a…
-A mi Madre. Tienes razón -dice rápidamente Jesús, sintiendo lo que está para salir de los labios de Pedro, el cual, confuso, se pone colorado y mira con mirada desolada a su Jesús; tan desolada, que Él sonríe y apoya la mano, precisamente la herida, encima del hombro de Pedro, para arrimársele a sí.
-Te hará daño estar así.
-No. Simón. Tú me quieres y tu amor es un magnífico aceite saludable.
-¡Oh, entonces, si es por eso, ya deberías estar curado! Hemos sufrido todos de verte tratado de ese modo, y hay quien ha llorado.
Pedro mira a Juan y a Andrés…
-Aceite y agua son buena medicina, pero el llanto de amor y piedad es más potente que cualquier otra cosa. ¿Veis? Estoy mucho más alegre hoy que ayer. Porque hoy sé cuán obedientes sois y cuánto me queréis. Todos -y Jesús los mira con su mirada dulce, en cuya ya habitual tristeza hay una tenue luz de alegría esta mañana.
Pero qué hienas, ¡eh! ¡Jamás he visto un odio como ése! -dice Judas de Alfeo. -Debían ser todos judíos.
-No, hermano. La región no tiene nada que ver. El odio es igual en todos los sitios. Recuerda que en Nazaret, hace meses, fui expulsado y me querían apedrear. ¿No te acuerdas? -dice sereno Jesús (y ello sirve de consuelo de las palabras de Judas Tadeo para los que son judíos).
Tanto consuelo, que el Iscariote dice:
-¡Ah, pero esto lo voy a decir! ¡Vaya que si lo voy a decir! No estábamos haciendo nada malo No hemos reaccionado. Y Él ha hablado lleno de amor al principio.
Han empezado a pedradas con nosotros, como si fuéramos serpientes. Lo voy a decir.
-¿Y a quién se lo vas a decir, si están todos contra nosotros?
-Yo sé a quién decírselo. De momento, en cuanto vea a Esteban y a Hermas se lo digo. Lo sabrá enseguida Gamaliel. Pero para Pascua se lo digo a quien yo me sé.
Voy a decir: "No es justo actuar así. Con vuestro furor sois ilegales. Vosotros sois culpables, no Él"
-Mejor sería que no te acercaras mucho a esos "señores"!… Tengo la impresión de que para ellos tú también eres culpable -aconseja sabiamente Felipe.
-Es verdad. Mejor es que no vuelva a tener nunca contacto con ellos. Sí. Es mejor. Pero a Esteban sí se lo digo. Es bueno y no envenena…
-¡Déjalo, hombre, Judas! No harías mejorar nada. Yo he perdonado. No pensemos más en ello -dice sereno y persuasivo Jesús.
Dos veces que encuentran riachuelos, tanto Andrés como los
dos Santiagos se mojan las vendas que cubren sus contusiones. Jesús no. Prosigue tranquilo, como si no sintiera dolor.
Y, sin embargo, el dolor debe ser notable, si, cuando se detienen para comer, debe pedir a Andrés que le parta el pan; si, cuando se le desata una sandalia, debe rogar a Mateo que se la ate de nuevo; si, sobre todo, al bajar por un atajo con fuerte declive, y yendo a chocar contra un tronco porque su pie ha resbalado, no puede reprimir un quejido; si se le pone otra vez roja de sangre la venda (tanto que, en la primera casa de un pueblo, al que llegan hacia el crepúsculo, se detienen y piden agua y aceite para medicarle la mano, la cual, quitadas las vendas, aparece muy hinchada y de un color aturquesado en el dorso, con la herida rojiza en el centro).
Mientras esperan a que la mujer de la casa llegue con lo que han pedido, se arriman todos a la mano herida para observarla, y hacen sus respectivos comentarios. Pero Juan se retira un poco más allá para esconder su llanto.
Jesús lo llama:
-Ven aquí. No es una cosa grave. No llores.
-Lo sé. Si lo tuviera yo, no lloraría. Pero lo tienes Tú; y no dices todo el daño que te hace esta amada mano, que no ha dañado nunca a nadie -responde Juan. Jesús le ha dejado la mano relajada. Juan la acaricia dulcemente, en la punta de los dedos, en la muñeca, todo alrededor de la moradura, y la vuelve con dulzura, para besar su palma y apoyar su mejilla en el cuenco de la mano, y dice: «Está ardiendo… ¡Cuánto te debe doler! -y lágrimas de piedad caen sobre ella.
La mujer trae el agua y el aceite. Con un pedazo de tela, Juan quiere limpiar la mano manchada de sangre; con delicadeza, hace circular agua tibia sobre la parte herida; luego la unge, la venda con unas tiras limpias de tela, y en el lazo pone un beso. Jesús le coloca la otra mano en la cabeza, que tiene agachada.
La mujer pregunta:
-¿Es tu hermano?
-No. Es mi Maestro, nuestro Maestro.
La mujer sigue preguntando, esta vez a los otros:
-¿De dónde venís?
Del Mar de Galilea. ¡Lejos! ¿Para qué?
Para predicar la Salud.
-Es casi de noche. Quedaos en mi casa. Casa de pobres, pero de gente honrada. Puedo daros leche en cuanto vuelvan mis hijos con las ovejas. Mi marido os acogerá con gusto.
-Gracias, mujer. Si el Maestro quiere, nos quedamos aquí.
La mujer va a sus labores mientras los apóstoles le preguntan a Jesús qué deben hacer.
-Sí. Bien. Mañana vamos a ir a Quedes y luego hacia Panéade. He reflexionado, Bartolomé. Conviene hacer como dices. Me has dado un buen consejo. Espero encontrar así a otros discípulos y enviarlos delante de mí a Cafarnaúm. Sé que a estas alturas ya deben haber estado algunos discípulos en Quedes, entre los cuales los tres pastores libaneses.
Vuelve la mujer y pregunta:
-¿Entonces?
-Sí, buena mujer. Pasamos aquí esta noche.
-Y cenáis. Aceptadlo. No me pesa. Y, además, algunos, que son discípulos de ese Jesús de Galilea, al que llaman Mesías, que hace tantos milagros y predica el Reino de Dios, nos han enseñado la misericordia. Pero El no ha venido nunca aquí. Quizás porque estamos en los confines sirofenicios. Pero sí han venido sus discípulos. Y ya es mucho.
Para Pascua, los del pueblo queremos ir todos a Judea para ver si vemos a este Jesús. Porque tenemos enfermos y los discípulos han curado a algunos, pero a otros no. Y entre éstos está un hijo, joven, de un hermano de la mujer de mi cuñado.
-¿Qué le pasa? -pregunta Jesús sonriendo.
-Es… No habla y no oye. Nació así. Quizás un demonio entró en el vientre de la madre para hacerla desesperarse y sufrir. Pero es bueno. Un endemoniado no sería así. Los discípulos han dicho que para él es necesario Jesús de Nazaret, porque debe faltarle algo, y sólo este Jesús…
¡Ah, aquí están mis hijos y mi marido! Melquías, he acogido a estos peregrinos en nombre del Señor. Estaba hablando de Leví… Sara, ve pronto a ordeñar la leche, y tú, Samuel, baja a la gruta por aceite y vino, y trae manzanas del desván. Date prisa, Sara; preparamos las camas en las habitaciones altas.
-No te afanes, mujer. Estaremos bien en cualquier sitio. ¿Podría ver al hombre de que hablabas?
-Sí… Pero… ¡Oh! ¡Señor! ¿No serás Tú el Nazareno?
-Soy Yo.
La mujer cae de rodillas, y grita:
-¡Melquías, Sara, Samuel! ¡Venid a adorar al Mesías! ¡Qué gran día! ¡Qué gran día! ¡Y yo lo tengo en mi casa! ¡Y estaba hablando con Él, así! ¡Y le he traído el agua para lavar la herida!… ¡Oh!… -se ahoga de emoción. Y corre a donde el barreño. Lo ve vacío: « ¿Por qué habéis tirado esa agua? ¡Era santa! ¡Melquías! ¡El Mesías en nuestra casa!
-Sí. Pero tranquilízate, mujer. Y no se lo digas a nadie.
Más bien, ve por el sordomudo y tráemelo… -dice Jesús sonriendo…
…Y pronto regresa Melquías con el joven sordomudo, los parientes de él y medio pueblo al menos… La madre del infeliz adora a Jesús y le suplica.
-Sí, será como tú quieres.
Toma de la mano al sordomudo, le separa un poco de la masa de personas que se apiña, mientras los apóstoles, por compasión hacia la mano herida, luchan por mantener a la gente separada. Jesús arrima a sí bien al sordomudo; le pone los índices en las orejas y la lengua en los entreabiertos labios; luego, alzando los ojos al cielo ya algo oscurecido, expele su aliento sobre el rostro del sordomudo y grita fuertemente: «¡Abríos!» y lo suelta.
El joven lo mira por un momento, mientras la gente cuchichea.
Es sorprendente el cambio de la cara del sordomudo: primero apática y triste, ahora sorprendida y sonriente.
Se lleva las manos a las orejas. Aprieta y suelta… Se convence de que realmente oye… Abre a boca y dice:
-¡Mamá! ¡Oigo! ¡Oh, Señor, yo te adoro!
Se apodera de la gente el entusiasmo habitual; mucho más todavía, porque se preguntan:
-¿Y cómo puede saber hablar, si nunca, desde que nació, oyó palabra alguna? ¡Un milagro en el milagro! Le ha soltado el habla y al mismo tiempo le ha enseñado a hablar. ¡Viva Jesús de Nazaret! ¡Hosanna al Santo, al Mesías!
Y se apiñan contra Él, que levanta su mano herida para bendecir, mientras algunas personas, informadas por la mujer de la casa, se mojan la cara y los miembros con las gotas de agua que habían quedado en el barreño.
Jesús los ve y grita:
-Por vuestra fe, quedad todos curados. Id a vuestras casas. Sed buenos, honestos. Creed en la palabra del Evangelio. Y conservad para vosotros lo que sabéis, hasta que llegue la hora de proclamarlo en las plazas y por los caminos de la tierra. Mi paz sea con vosotros.
Y entra en la amplia cocina, donde resplandece el fuego y tiemblan las luces de dos lámparas.