325- Los ocho apóstoles se reúnencon Jesús cerca de Akcib

Jesús -un Jesús muy delgado y pálido, muy triste, atormentado yo diría -está en la cima, exactamente en la cima más alta de un montecito, que es sede de un pueblo.

Pero Jesús no está en el pueblo (que está en la cima, sí, pero vuelto hacia la ladera sureste), sino en una pequeña prominencia, la más alta, que mira hacia el noroeste (la verdad es que más oeste que norte).

Jesús, dado que mira desde varios lados, ve una cadena ondulada de montes, que en los extremos noroeste y suroeste introduce sus últimos ramales en el mar: al suroeste, con el Carmelo, que se difumina a lo lejos en este día claro; al noroeste, con un cabo cortante como un espolón de nave, muy parecido a nuestras Apuanas, por las venas rocosas que albean bajo el sol. Por las laderas de esta cadena ondulada de montes descienden torrentes y regatos (todos bien colmados de aguas en esta estación del año) que por la llanura costera corren a introducirse en el mar.

Cerca de la amplia bahía de Sicaminón, el más exuberante de ellos, el Kisón, desemboca en el mar, tras haber formado casi un pequeño lago en la confluencia con otro riachuelo, poco antes de la desembocadura. El sol meridiano del claro día extrae de los cursos de agua reflejos de topacios o zafiros, mientras que el mar es un inmenso zafiro veteado de livianos collares de perlas.

La primavera del sur se perfila ya con las nuevas hojas, que, de las abiertas gemas, brotan, tiernas, brillantes, tan nuevas, tan desconocedoras de polvo y tempestades, de mordeduras de insectos y de contactos de hombre, que yo diría virginales. Y las ramas de los almendros son ya borlas de espuma blanco-rosada; tan blandas, tan livianas, que da la impresión de que vayan a desprenderse del tronco natal y navegar, cual pequeñas nubes, por el aire sereno.

También los campos de la llanura, no vasta pero sí fértil, comprendida entre los dos cabos, el del noroeste y el del suroeste, muestra un tierno verdear de cereales, que quitan toda tristeza a los campos, poco antes desnudos.

Jesús mira. Desde el punto en que se encuentra, ve tres caminos: el que sale del pueblo y va a terminar ahí (es un caminito sólo para personas) y otros dos, que van hacia abajo, desde el pueblo, y se bifurcan en opuestas direcciones: hacia el noroeste, hacia el suroeste.
¡Qué Jesús tan desmejorado' Signado por la penitencia mucho más que cuando ayunó en el desierto: entonces era el hombre empalidecido, pero todavía joven y vigoroso; ahora es el hombre consumido por un complejo sufrir que deprime tanto las fuerzas físicas como las morales. Sus ojos están muy tristes, una tristeza dulce y grave al mismo tiempo.

Las mejillas, enflaquecidas, hacen realzar aún más la espiritualidad del perfil, de la frente alta, de la nariz larga y derecha, de esa boca cuyos labios carecen absolutamente de sensualidad. Un rostro angélico, de tanto como excluye la materialidad.

Tiene la barba más larga que de costumbre, crecida incluso en los carrillos hasta confundirse con los cabellos, que le caen sobre las orejas; de forma que de su rostro son visibles solamente la frente, los ojos, la nariz y los pómulos, flacos y de un color marfil sin sombra de róseo. Tiene los cabellos peinados rudimentariamente, cabellos que se han vuelto opacos y conservan, para recuerdo del antro en que ha estado, muchos pequeños fragmentos de hojas secas y de palitos que se han quedado enredados en la larga cabellera. Y la túnica y el manto, arrugados y polvorientos, denuncian también el lugar agreste en que han sido vestidos y usados sin tregua.

Jesús mira… El sol del mediodía lo calienta, y da la impresión de que ello le es agradable, porque evita la sombra de algunos robles para ir bien al sol; pero, a pesar de que sea un sol neto, resplandeciente, no enciende reflejos en sus cabellos polvorientos ni en sus ojos cansados, ni da color a su rostro enflaquecido.

No es el sol lo que lo conforta y aviva su color; es el ver a sus queridos apóstoles, que suben, gesticulando y mirando hacia el pueblo por el camino que viene del noroeste, el más llano. Entonces se produce la metamorfosis: la mirada se le aviva; el rostro parece perder en parte su aspecto demacrado, por una leve coloración rosada que se extiende sobre las mejillas, y más por la sonrisa que lo ilumina. Abre los brazos -los tenía cruzados -y exclama: «¡Mis amados!». Lo dice alzando la cara, extendiendo su mirada sobre las cosas, como queriendo comunicar su alegría a las hierbas y a los árboles, al cielo sereno, al aire, que ya sabe a primavera.

Recoge el manto ciñéndoselo bien al cuerpo, para que no se quede enganchado en las matas, y baja raudo, por un atajo, al encuentro de ellos, que suben y que todavía no lo han visto. Cuando la distancia puede ser salvada por la voz, los llama para detener su marcha en dirección al pueblo.
Oyen la llamada lejana. Quizás desde el punto en que están no pueden ver a Jesús, cuyo indumento oscuro se confunde con la espesura del bosque que cubre la ladera. Miran a su alrededor, gesticulan… Jesús los llama de nuevo… Por fin, un claro del bosque lo muestra a sus ojos, bajo el sol, con los brazos un poco extendidos, como queriéndolos abrazar ya. Entonces se oye un fuerte grito, que se refleja en la abrupta ladera:

-¡El Maestro! -y, dejando el camino, empieza una gran carrera hacia arriba por las escarpaduras, arañándose, tropezando, jadeando, sin sentir el peso de los talegos ni la fatiga del paso… llevados de la alegría de verlo de nuevo.

Naturalmente, los primeros en llegar son los más jóvenes y los más ágiles, es decir, los dos hijos de Alfeo, de paso seguro, propio de quien ha nacido en las colinas, y Juan y Andrés, que corren como dos cervatillos, sonriendo felices. Y caen a sus pies, amorosos y reverentes, felices, felices, felices… Luego llega Santiago de Zebedeo. Los últimos en llegar, casi juntos, son los tres menos expertos en carreras y en montañas: Mateo y el Zelote y, el último, el último de todos, Pedro.

Pero se abre paso -¡vaya que si se abre paso! -para llegar al Maestro. Los primeros que han llegado están abrazados a sus piernas y no se cansan de besarle las vestiduras o las manos, que El les ha dejado abandonadas. Coge enérgicamente a Juan y a Andrés, que están agarrados a las vestiduras de Jesús como ostras a un escollo, y jadeante por el esfuerzo realizado, los aparta lo suficiente como para poder caer también él a los pies de Jesús, y dice:

-¡Oh, Maestro mío! ¡Ahora vuelvo a vivir, por fin! Ya no podía más. He envejecido y adelgazado como por una mala enfermedad. Mira como es verdad, Maestro… -y alza la cara para que Jesús lo mire. Pero, al hacerlo, ve en él el cambio de Jesús, y se pone en pie gritando: « ¿Maestro? ¿Pero qué has hecho? ¡Necios! ¡Pero mirad! ¿No veis nada vosotros? ¡Jesús ha estado enfermo!… ¡Maestro, Maestro mío, ¿qué has tenido? ¡Díselo a tu Simón!».

-Nada, amigo.

-¿Nada? ¿Con esa cara? ¡Entonces es que alguien te ha tratado mal!

-¡No, hombre, Simón!

-¡Imposible! ¡O enfermo o has sufrido persecución! ¡Que tengo ojos, eh!…

-Yo también los tengo. Y, efectivamente, te veo enflaquecido y más viejo. Entonces tú ¿por qué estás así? -pregunta sonriendo el Señor a su Pedro, el cual lo observa atentamente como si quisiera leer la verdad en el pelo, en la piel, en la barba de Jesús.
-¡Pero yo he sufrido! No lo niego. ¿Crees que ha sido placentero ver tanto dolor?

-¡Tú lo has dicho! Yo también he sufrido por el mismo motivo…

-¿Sólo por eso, realmente, Jesús? -pregunta, enternecido y afectuoso, Judas de Alfeo.

-Por el dolor, sí, hermano mío. El dolor causado por tener que mandar a otro sitio…
-Y por el dolor de haberte visto obligado a ello por…

-¡Por favor!… ¡Silencio! Prefiero el silencio ante mi herida a cualquier palabra que quiera consolarme diciéndome: "Sé por qué has sufrido". Y, además, sabedlo todos, he sufrido por muchas cosas, no solo por ésta. Y, si Judas no me hubiera interrumpido, os lo habría dicho

-Jesús se muestra severo al decir esto. Todos se intimidan.
Pedro es el primero en reaccionar, y pregunta:
-¿Y dónde has estado, Maestro? ¿Qué has hecho?

-He estado en una gruta… orando… meditando… fortaleciendo mi espíritu, obteniendo fortaleza para vosotros en vuestra misión, para Juan y Síntica en su sufrimiento.

-¿Pero dónde, dónde? ¡Sin vestidos, sin dinero! ¿Cómo te las has arreglado?

Simón está nervioso.

-En una gruta no necesitaba nada.
-Pero, ¿y la comida?, ¿y el fuego?, ¿y la cama?, ¿y…? ¡Bueno, todo! Yo te imaginaba -era mi esperanza -, al menos, huésped, como un peregrino que hubiera perdido el camino, en Yiftael, o en otra parte… en definitiva, en una casa. Eso me tranquilizaba un poco. ¡Pero, de todas formas…! Decid vosotros si no era mi tormento el pensamiento de que Él estaba sin ropa, sin comida, sin medios para procurársela, sin, sobre todo esto, sin voluntad de procurársela. ¡Jesús, no debías haberlo hecho!

¡Y no me lo volverás a hacer, nunca! De ahora en adelante, no te dejaré ni por una hora. Me coseré a tu túnica, para seguirte como una sombra, quieras o no. Sólo si muero seré separado de ti.

-O si muero Yo.

-¡Tú no! Tú no debes morir antes que yo. No digas eso. ¿Quieres entristecerme del todo?

-No. Es más, quiero alegrarme contigo, con todos, en esta hermosa hora que me trae de nuevo a mis amados, predilectos amigos. ¿Veis? Ya estoy mejor, porque vuestro amor sincero me alimenta, me da calor, me consuela de todo.

Y los acaricia, uno a uno, mientras sus rostros resplandecen con una sonrisa dichosa y sus ojos brillan y tiemblan los labios por la emoción de estas palabras, preguntando:

-¿De verdad, Señor?
-¿Es realmente así?
-¿Tanto nos quieres?
-Sí. Os quiero mucho. ¿Habéis traído comida?
-Sí. Presentía que estabas exhausto y la he comprado por el camino. Tengo pan, carne asada, leche, queso y manzanas, y una borracha con vino generoso y huevos para ti, si es que no se han roto…

-Bien, entonces vamos a sentarnos aquí, bajo este buen sol, y vamos a comer. Mientras comemos me habláis…
Se sientan al sol en un risco. Pedro abre su talego y observa sus tesoros:

-¡Todo salvo! exclama -Incluso la miel de Antigonio. ¡Pero hombre! ¡Si ya lo he dicho yo! Al regreso, aunque nos hubiéramos metido en una cuba para rodar impulsados por un loco, o en un bote sin remos, hasta incluso con agujero, y además en una tempestad, habríamos llegado sanos y salvos… ¡Pero a la ida! Cada vez me convenzo más de que era el demonio el que nos ponía obstáculos, para no dejarnos ir con esos dos pobrecitos…

-Si, claro, ahora ya no tenía objeto… -confirma el Zelote.
-Maestro, ¿has hecho penitencia por nosotros? -pregunta Juan, que se olvida de comer por contemplar a Jesús.
-Sí, Juan. Os he seguido con el pensamiento. He sentido vuestros peligros y aflicciones. Os he ayudado como he podido…

-¡Yo lo he sentido! Y os lo dije, ¿os acordáis?
-Sí, es verdad -confirman todos.
-Ahora me estáis devolviendo lo que os he dado.
-¿Has ayunado, Señor? -pregunta Andrés.
-¿Qué remedio! -le responde Pedro -Aunque hubiera querido comer, sin dinero, en una gruta, ¿cómo querías que comiera?

-¡Por causa nuestra! ¡Cuánto me apena esto! -dice Santiago de Alfeo.
-¡Oh, no! ¡No os aflijáis! No solamente por vosotros. También por todo el mundo. He hecho lo que cuando empecé la misión. En aquella ocasión, al final, fui socorrido por los ángeles; ahora me socorréis vosotros. Y, creedme, para mí es doble alegría. Porque en los ángeles es inderogable el ministerio de caridad, pero en los hombres es menos fácil de encontrar. Vosotros lo estáis ejerciendo. Y habéis pasado, por amor a mí, de hombres a ángeles, habiendo elegido la santidad por encima de toda otra cosa.

Por tanto, me hacéis feliz como Dios y como Hombre-Dios. Porque me dais aquello que es de Dios: la Caridad, y me dais aquello que es del Redentor: vuestra elevación a la Perfección. Esto me viene de vosotros, y alimenta más que cualquier otro alimento. También en aquel entonces, en el desierto, fui nutrido de amor después del ayuno. Y ello me confortó.

¡Lo mismo ahora, lo mismo ahora! Todos hemos sufrido. Yo y vosotros. Pero no ha sido un sufrimiento inútil. Creo, sé, que este sufrimiento os ha favorecido más que todo un año de instrucción. El dolor, la meditación sobre el mal que un hombre puede hacer a su semejante, la piedad, la fe, la esperanza, la caridad que habéis debido ejercer, y además solos, os han madurado, como niños que se hacen hombres…

-¡Oh, sí! Me he hecho viejo. No volveré a ser el Simón de Jonás que era al partir. He comprendido lo dolorosa y fatigosa que es nuestra misión, a pesar de ser hermosa… -suspira Pedro.

-Bueno, pues ahora estamos aquí, juntos. Referid…
-Habla tú, Simón. Sabes hacerlo mejor que yo -dice Pedro al Zelote.

-No. Tú, como jefe competente que eres, habla por todos -responde.
Y Pedro empieza, diciendo como preliminar:
-Pero ayudadme.

Narra con orden hasta la partida de Antioquía. Luego comienza la narración del regreso:
-Sufríamos todos, ¿eh? Nunca olvidaré las últimas voces de los dos…

Pedro se seca con el dorso de la mano dos lagrimones que ruedan al improviso…
-Me parecieron el último grito de uno que se estuviera ahogando… ¡En fin! Bueno, hablad vosotros… yo no puedo… -y se levanta y se aparta un poco para controlar su emoción.

Continúa Simón Zelote:
-Ninguno habló durante mucho camino… No podíamos hablar… La garganta estaba tan hinchada de llanto que nos dolía… Y no queríamos llorar… porque si hubiéramos empezado, aunque hubiera sido uno sólo, ya no habría tenido solución. Llevaba los ramales yo, porque Simón de Jonás, para que no se viera que sufría, se había puesto en el fondo del carro a hurgar en los talegos. Nos detuvimos en un pueblecito a mitad de camino entre Antioquía y Seleucia.

A pesar de que la luna fuera cada vez más clara a medida que la noche avanzaba, no conociendo bien el lugar, nos detuvimos allí. Y nos quedamos adormilados ahí, entre nuestras cosas. No comimos, ninguno, porque… no podíamos. Pensábamos en ellos dos… Con la primera luz del alba, pasamos el puente y llegamos antes de la hora tercera a Seleucia. Restituimos el carro y el caballo al hospedero y -era un hombre muy bueno -le pedimos consejo respecto a la nave. Dijo: "Voy yo al puerto. Me conocen y conozco gente". Y así hizo. Encontró tres naves que estaban para zarpar para estos puertos. Pero en una de ellas había ciertos… seres que no quisimos tener cerca.

Nos lo dijo el hombre, que lo había sabido por el jefe de la nave. La segunda era de Ascalón, y no quería hacer escala para nosotros en Tiro, a menos que hubiéramos dado una suma que ya no teníamos. La tercera era una goleta bien mísera, cargada de madera bruta. Una barca pobre, con pocos tripulantes, y creo que con mucha miseria. Por eso, a pesar de que se dirigía a Cesárea, aceptó detenerse en Tiro, previo desembolso de una jornada de comida y paga para toda la tripulación.

Nos venía bien. Yo, verdaderamente, y conmigo Mateo, teníamos un poco de miedo. Es época de tempestades… Y ya sabes lo que encontramos a la ida. Pero Simón Pedro dijo: "No sucederá nada". Y subimos a la barca. Iba tan suave y veloz que parecía que los ángeles fueran las velas de la nave. Empleamos para llegar a Tiro menos de la mitad del tiempo tardado a la ida; y en Tiro el patrón fue tan bueno, que nos concedió remolcar la barca hasta cerca de Tolemaida.

Bajaron a la barca Pedro, Andrés y Juan, para las maniobras. Pero era muy simple… No como a la ida… En Tolemaida nos separamos. Estábamos tan contentos, que, antes de bajar todos a la barca, donde estaban ya nuestras cosas, les dimos más dinero del convenido. En Tolemaida nos hemos detenido un día, y luego hemos venido aquí… Pero nunca olvidaremos el dolor sufrido. Simón de Jonás tiene razón.

-¿No tenemos también razón ai decir que el demonio nos ponía obstáculos sólo a la ida? -preguntan más de uno.
-Tenéis razón. Ahora escuchad. Vuestra misión ha terminado. Volvemos hacia Yiftael, a esperar a Felipe y Natanael. Y hay que hacerlo pronto. Luego vendrán los demás. Entretanto, evangelizaremos aquí, en los confines de Fenicia y en la propia Fenicia. Pero todo lo ocurrido ha quedado para siempre sepultado en nuestros corazones.

No se dará respuesta a ninguna pregunta.
-¿Ni siquiera a Felipe y Natanael? Saben que hemos venido contigo.
-Hablaré Yo. He sufrido mucho, amigos, y vosotros lo habéis visto. He pagado con mi sufrimiento la paz de Juan y Síntica. Haced que mi sufrimiento no sea inútil. No carguéis mis hombros con un peso más. ¡Tengo ya muchos!… Y su peso crece cada día que pasa, cada hora que pasa…

Decid a Natanael que he sufrido mucho. Decídselo a Felipe. Y que sean buenos. Decídselo a los otros dos. Pero no digáis más. Decir que habéis entendido que he sufrido, y que os lo he confirmado, es una verdad. No hace falta más.

Jesús habla cansado… Los ocho lo miran apenados, y Pedro, que está detrás de Él, se atreve incluso a acariciarle la cabeza. Jesús la alza y mira a su honesto Simón con una sonrisa de tristeza afectuosa.

-¡No, no puedo verte así! Me parece, tengo la sensación de que la alegría de nuestra unión haya terminado, y que de ella quede la santidad, sólo la santidad.

Entretanto… vamos a Akcib. Te cambiarás de túnica, te rasurarás los carrillos, ordenarás tus cabellos. ¡Así no, así no! No puedo verte así… Me pareces… uno que hubiera logrado huir de manos crueles, o que le hubieran maltratado, o una persona al límite de sus fuerzas… Me pareces Abel de Belén de Galilea, liberado de sus enemigos…

-Sí, Pedro. Pero el maltratado es el corazón de tu Maestro… y no se curará nunca… Es más, será herido cada vez más. Vamos…

Juan suspira:
-Lo siento… hubiera deseado contar a Tomás, que tanto quiere a tu Madre, el milagro de la canción y del ungüento…

-Un día lo contarás… No ahora. Todo manifestaréis un día. Entonces podréis hablar. Yo mismo os diré: "Id a decir todo lo que sabéis". Pero, entretanto, sabed ver en el milagro la verdad, ésta: el poder de la fe. Tanto Juan como Síntica han calmado el mar y curado al hombre no por las palabras, no por el ungüento, sino por la fe con que han usado el nombre de María y el ungüento hecho por Ella.

Y otra cosa: ello se produjo porque en torno a su fe estaba la vuestra, la de todos vosotros, y vuestra caridad. Caridad hacia el herido. Caridad hacia el cretense.

Al primero le quisisteis conservar la vida; al otro quisisteis darle la fe. Pero si aun es fácil curar los cuerpos, cosa muy dura es curar los espíritus… No hay morbo más difícil de erradicar que el espiritual… -y Jesús suspira fuerte.

Están a la vista de Akcib. Pedro se adelanta con Mateo para encontrar alojamiento. Le siguen los demás, compactos en torno a Jesús. El sol declina rápidamente mientras entran en el pueblo…

324- Las pláticas de los ocho apóstoles antes de dejar Antioquía. El adiós a Juan de Endor y a Síntica

Los apóstoles están otra vez en la casa de Antioquía; con ellos, los dos discípulos y todos los hombres de Antigonio, no vestidos ya con túnicas cortas y de trabajo, sino con indumentos largos, festivos. De esto deduzco que es sábado.

Felipe ruega a los apóstoles que hablen al menos una vez a todos, antes de su ya inminente partida.
-¿Sobre qué?

-Sobre todo lo que queráis. Habéis oído estos días lo que hemos dicho. De acuerdo con ello, decidid.

Los apóstoles se miran unos a los otros. ¿Quién debe hablar? ¡Pedro, es natural! ¡Es el jefe! Pero Pedro no querría hablar y defiere a Santiago de Alfeo o a Juan de Zebedeo el honor de hacerlo. Sólo cuando los ve irremovibles se decide a hablar.

-Hoy hemos oído en la sinagoga explicar el capítulo 52 de Isaías. El comentario que se ha hecho ha sido docto según el mundo, pero deficiente según la Sabiduría. De todas formas no se debe recriminar al comentador, que ha dado lo que podía con esa sabiduría suya que carece de la parte mejor: el conocimiento del Mesías y del tiempo nuevo que Él ha traído.

No obstante, no hagamos críticas, sino oraciones para que llegue al conocimiento de estas dos gracias y las pueda aceptar sin obstáculo. Me habéis dicho que durante la Pascua oísteis hablar del Maestro con fe y también con menosprecio. Y que solamente por la gran fe que llena los corazones de la casa de Lázaro, todos los corazones, habíais podido resistir a la desazón que las acusaciones de otros metían en el corazón; mucho más si se considera que estos otros eran precisamente los rabíes de Israel.

Pero ser doctos no quiere decir ser santos ni poseer la Verdad. La Verdad es ésta: Jesús de Nazaret es el Mesías prometido, el Salvador de que hablan as Profetas, de los cuales el último descansa desde hace poco en el seno de Abraham después del glorioso martirio sufrido por la justicia. Juan el Bautista -y aquí están presentes los que oyeron esas palabras -dijo:

"Éste es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo". Sus palabras fueron creídas por los más humildes de entre los que se hallaban presentes, porque la humildad ayuda a llegar a la Fe, mientras que a los soberbios les es difícil el camino -cargados como están de lastre ­para llegar a la cima del monte donde vive, casta y luminosa, la Fe.

Estos humildes, porque tales eran y por haber creído, han merecido ser los primeros en el ejército del Señor Jesús. Podéis ver, pues, cuán necesaria es la humildad para tener fe solícita, y cuánto es premiado el saber creer, incluso cuando las apariencias se presentan contrarias. Os exhorto y estimulo a tener estas dos cualidades en vosotros; entonces seréis del ejército del Señor y conquistaréis el Reino de los Cielos… A ti, Simón Zelote. Yo he terminado. Continúa tú.

El Zelote, cogido tan al improviso y tan claramente indicado como segundo orador, tiene que salir adelante sin demoras ni quejas. Y dice:

-Voy a continuar la plática de Simón Pedro, cabeza de todos nosotros por voluntad del Señor. Voy a continuar sin dejar el tema del capítulo 52 de Isaías, visto por uno que conoce la Verdad encarnada, de la que es siervo para siempre. Está escrito: "¡Levántate, revístete de -tu fuerza, oh Sión, vístete de fiesta, ciudad del Santo!".

Así verdaderamente debería ser. Porque, cuando una promesa se cumple, cuando una paz se establece, cuando cesa una condena y cuando viene el tiempo de la alegría, los corazones y las ciudades deberían vestirse de fiesta y levantar las frentes abatidas, sintiendo que ya no son personas odiadas, derrotadas, golpeadas, sino amadas y liberadas. No estamos aquí haciendo un proceso a Jerusalén. La caridad, primera entre todas las virtudes, lo prohíbe.

Dejemos, pues, de observar el corazón de los demás y miremos al nuestro. Revistamos de fuerza nuestro corazón con esa fe de que ha hablado Simón, y vistámonos de fiesta, porque nuestra fe secular en el Mesías ahora se corona con la realidad de la cosa.

El Mesías, el Santo, el Verbo de Dios está realmente entre nosotros. Y tienen prueba de ello no sólo las almas, que reciben palabras de Sabiduría que las fortalecen e infunden santidad y paz, sino también los cuerpos, que por obra del Santo, al cual el Padre todo concede, se ven liberados de las más atroces enfermedades, e incluso de la muerte; para que las tierras y los valles de nuestra patria de Israel queden llenos de las alabanzas al Hijo de David y al Altísimo, que ha enviado a su Verbo, como había prometido a los Patriarcas y Profetas. El que os habla estaba leproso, destinado a morir, transcurriendo primero años de cruel angustia, en la soledad de fiera que es propia de los leprosos. Un hombre me dijo:

"Ve a Él, al Rabí de Nazaret, y serás curado". Tuve fe. Fui. Quedé curado. En el cuerpo. En el corazón. En el primero desapareció la enfermedad que separa de los hombres; en el segundo, el rencor que separa de Dios. Y con un corazón nuevo, pasé, de proscrito, enfermo.

inquieto, a ser su siervo, llamado a la feliz misión de ir a los hombres y amarlos en nombre suyo e instruirlos en la única cosa que es necesario conocer: que Jesús de Nazaret es el Salvador y que son bienaventurados los que creen en Él. Habla tú ahora, Santiago de Alfeo.

-Yo soy el hermano del Nazareno. Mi padre y su padre eran hermanos nacidos del mismo seno. Y, no obstante, no puedo llamarme hermano, sino siervo. Porque la paternidad de José, hermano de mi padre, fue una paternidad espiritual, y en verdad os digo que el verdadero Padre de Jesús, Maestro nuestro, es el Altísimo al que nosotros adoramos.

El cual ha permitido que la Segunda Persona de su Divinidad Una y Trina se encarnara y viniera a la tierra, permaneciendo de todas formas siempre unida con aquellas que viven en el Cielo. Porque ello lo puede hacer Dios, el infinitamente Potente. Y lo hace por el Amor, que es su naturaleza. Jesús de Nazaret es nuestro hermano, ¡oh hombres!, porque ha nacido de mujer y es semejante a nosotros por su humanidad.

Es nuestro Maestro porque es el Sabio, es la Palabra misma de Dios que ha venido a hablarnos para hacernos de Dios. Y es nuestro Dios, siendo uno con el Padre y con el Espíritu Santo, con los cuales está siempre en unión de amor, potencia y naturaleza. Sea propiedad vuestra también esta verdad, que con manifiestas pruebas fue concedido conociera el Justo que fue pariente mío. Y contra el mundo, que tratará de separaros de Cristo diciendo:

"Es un hombre cualquiera", responded: "No. Es el Hijo de Dios, es la Estrella nacida de Jacob, es el Cayado que se eleva en Israel, es el Dominador": no dejéis que ninguna cosa os disuada. Ésta es la Fe. A ti, Andrés.

-Ésta es la Fe. Yo soy un pobre pescador del lago de Galilea, y en las silenciosas noches de pesca, bajo la luz de los astros, tenía mudos coloquios conmigo mismo. Decía:

"¿Cuándo vendrá? ¿Viviré todavía? Faltan todavía muchos años, según la profecía". Para el hombre, de vida limitada, unas pocas decenas de años son siglos… Me preguntaba: "¿Cómo vendrá? ¿Dónde? ¿De quién?". Y mi embotamiento humano me hacía soñar regios esplendores, regias moradas y cortejos y poder, e irresistible majestad… Y decía: “¿Quién podrá mirar a este gran Rey?". Lo imaginaba manifestándose en modo más aterrorizador que el el propio Yeohveh en el Sinaí. Me decía:

"Los hebreos, allí, vieron al monte lanzando resplandores, pero no quedaron reducidos a cenizas parque el Eterno estaba más allá de los nimbos. Pero aquí nos mirará con ojos mortíferos y moriremos…". Era discípulo del Bautista. Y en las pausas de la pesca iba donde él, con otros compañeros. Era un día de esta luna… Las márgenes del Jordán estaban llenas de gente que temblaba al oír las palabras del Bautista. Yo había visto a un joven hermoso y calmo venir hacia nosotros por un sendero. Humilde la túnica, dulce el aspecto. Parecía pedir amor y dar amor.

Sus ojos azules se posaron un momento en mí, y experimenté una cosa que no he vuelto a experimentar jamás. Me pareció como si me acariciaran el alma, como si alas de ángel me rozaran apenas. Por un momento, me sentí tan lejos de la tierra, tan distinto, que dije:

"¡Ahora muero! Es la convocatoria de Dios a mi espíritu". Pero no morí. Me quedé hechizado contemplando al joven desconocido, que, a su vez, había fijado su mirada azul en el Bautista. Y el Bautista se volvió, se apresuró a ir a Él, se inclinó ante Él. Se hablaron. Y, dado que la voz de Juan era un trueno continuo, las misteriosas palabras llegaron hasta mí, que estaba escuchando, deseando vehementemente saber quién era el joven desconocido. Mi alma lo sentía distinto de todos. Decían: "Yo debería ser bautizado por Ti…". "Deja, ahora. Conviene cumplir toda justicia"… Juan ya había dicho:

"Vendrá uno al que no soy digno de desatar las correas de las sandalias". Había dicho ya: "En medio de vosotros, en Israel, hay uno que no conocéis. Tiene ya en su mano el aventador y limpiará su era y quemará la paja con el fuego inextinguible". Yo tenía ante mí a un joven común, de aspecto manso y humilde, y, no obstante había oído que era Aquel al que ni siquiera el Santo de Israel, el último profeta, el Precursor, era digno de desatarle las sandalias. Había oído que era Aquel al que no conocíamos. Pero no sentí miedo de Él. Es más, cuando Juan, pasado el superextasiante trueno de Dios, pasado el inconcebible esplendor de la Luz en forma de paloma de paz, dijo: "Éste es el Cordero de Dios", yo, con la voz del alma, jubiloso por haber presentido al Rey Mesías en el joven manso y humilde de aspecto, grité con la voz del espíritu:

"¡Creo!". Por esta fe soy su siervo. Sedlo vosotros también y tendréis paz. Mateo, a ti el narrar las otras glorias del Señor.

-Yo no puedo usar las palabras límpidas de Andrés. Él era un justo; yo, un pecador. Por eso mi palabra no tiene notas festivas, aunque no le falta la paz confidencial de un salmo. Era un pecador, un gran pecador. Vivía en el error completo. Me había endurecido en el error y no sentía desazón. Si alguna vez los fariseos o el arquisinagogo me herían con sus insultos o reprensiones, recordándome al Dios Juez implacable, experimentaba un momento de terror… y luego me arrellanaba en la necia idea:

"Total ya soy un réprobo. Gocemos, pues, sentidos míos, mientras podamos hacerlo". Y, más que nunca, me hundía en el pecado. Hace dos primaveras, vino un Desconocido a Cafarnaúm. También para mí era un desconocido. Lo era para todos, porque estaba en los comienzos de su misión. Solamente unos pocos hombres lo conocían por lo que Él era realmente. Estos que veis y otros pocos.

Me asombró su espléndida virilidad, más casta que la castidad de una virgen. Esto fue lo primero que me impresionó. Lo veía con porte grave, y, a pesar de ello, dispuesto a escuchar a los niños que iban a El como las abejas a la flor; su único entretenimiento eran sus juegos inocentes y sus palabras sin malicia. Luego me impresionó su poder. Hacía milagros. Dije:

"Es un exorcista. Un santo". Pero me sentía tan ignominioso a su lado, que me apartaba de Él. Él me buscaba. Ésa era mi impresión. No había vez que pasara cerca de mi banco que no me mirase con su mirada dulce y un poco triste. Y cada vez se producía como un sobresalto de la conciencia entorpecida, la cual no volvía ya al mismo nivel de torpor. Un día -la gente magnificaba siempre su palabra -sentí deseos de oírle. Escondiéndome detrás de una esquina de una casa le oí hablar a un pequeño grupo de hombres. Hablaba con sencillez, sobre la caridad, que es como indulgencia por nuestros pecados…

Desde aquella tarde yo, el exigente y duro de corazón, quise conseguir de Dios el perdón de muchos pecados. Hacía las cosas en secreto… Pero Él sabía que era yo, porque lo sabe todo. Otra vez, le oí explicar precisamente el capítulo 52 de Isaías: decía que en su Reino, en la Jerusalén celestial, no estarían los impuros ni los incircuncisos de corazón, y prometía que aquella Ciudad celeste -cuyas bellezas expresaba con tan persuasiva palabra, que me vino nostalgia de ella -sería de quien a Él fuera. Y luego,… y luego… ¡oh, aquel día no fue una mirada de tristeza, sino de mando! Me desgarró el corazón, puso mi alma al desnudo, la cauterizó, tomó en su poder a esta pobre alma enferma, la atormentó con su amor exigente… y mi alma fue nueva. Fui a Él con arrepentimiento y deseo. No esperó a que le dijera:

"¡Señor, piedad!". Dijo Él: "¡Sígueme!". El Manso había vencido a Satanás en el corazón del pecador. Que esto os diga, si alguno de vosotros tiene culpas que le turban, que es el Salvador bueno y que no hay que apartarse de Él, sino que, cuanto más pecador es uno, más debe ir a El con humildad y arrepentimiento para ser perdonado. Santiago de Zebedeo, habla tú.

-Verdaderamente no sé qué decir. Habéis hablado y dicho lo que yo habría dicho. Porque la verdad es ésta y no puede cambiar. Yo también estaba, con Andrés, en el Jordán, pero no me di cuenta de Él sino cuando me lo indicó la mención del Bautista. Yo también creí inmediatamente, y, cuando se marchó, después de su luminosa manifestación, me quedé como uno al que de una cima llena de sol lo llevan a una oscura cárcel. Sentía un incontenible deseo de volver a encontrar el sol. El mundo carecía totalmente de luz, después de habérseme presentado la Luz de Dios y luego haber desaparecido de mi presencia. Estaba solo entre los demás hombres.

Mientras comía tenía hambre. Durante el sueño velaba con la parte mejor de mí mismo. Dinero, oficio, afectos, todo había pasado a un segundo lugar respecto a este deseo incontenible de El; había quedado lejos, sin atractivo. Cual niño que ha perdido a su madre, gemía: "¡Vuelve, Cordero del Señor! ¡Altísimo, como enviaste a Rafael a guiar a Tobías, envía a tu ángel a guiarme a los caminos del Señor para que lo encuentre, lo encuentre, lo encuentre!".

Y, a pesar de todo, cuando, después de decenas de días de inútil espera y de búsqueda ansiosa -que, por su inutilidad, nos hacía sentir más cruel la perdida de nuestro Juan, que había sido arrestado por primera vez -, se nos presentó por el sendero, viniendo del desierto, no lo reconocí inmediatamente. Llegado a este punto, quiero, hermanos en el Señor, enseñaros otro camino para ir a Él y reconocerlo. Simón de Jonás ha dicho que hace falta fe y humildad para reconocerlo. Simón Zelote ha confirmado la absoluta necesidad de la fe para reconocer en Jesús de Nazaret a Aquel que es, en el Cielo y en la tierra, según cuanto ha sido dicho. Y Simón Zelote necesitaba una fe muy grande, para esperar incluso para su cuerpo inevitablemente enfermo.

Por eso Simón Zelote dice que fe y esperanza son los medíos para poseer al Hijo de Dios. Santiago, hermano del Señor, habla del poder de la fortaleza para conservar lo hallado. La fortaleza, que impide que las insidias del mundo y de Satanás socaven nuestra fe. Andrés muestra toda la necesidad de unir a la fe una santa sed de justicia, tratando de conocer y retener la verdad, cualquiera que fuere la boca santa que la anuncie, no por un orgullo humano de ser doctos, sino por el deseo de conocer a Dios.

Quien se instruye en las verdades encuentra a Dios. Mateo, que fue pecador, os indica otro camino por el que se alcanza a Dios: despojarse de la sensualidad por espíritu de imitación, yo diría que por reflejo de Dios, que es Pureza infinita.

El, el pecador, se siente impresionado, lo primero, por la "virilidad casta" del Desconocido que había ido a Cafarnaúm, y, casi como si ésta tuviera el poder de resucitar su muerta continencia, se veda a sí mismo, lo primero, el sentido carnal, liberando así de obstáculos el camino para la llegada de Dios y para la resurrección de las otras virtudes muertas. De la continencia pasa a la misericordia, de ésta a la contrición, de la contrición a la superación de todo sí mismo y a la unión con Dios.

"Sígueme.” "Voy.” Pero su alma había dicho ya: "Voy", y el Salvador había dicho ya: "Sígueme", desde la primera vez que la virtud del Maestro había atraído la atención del pecador. Imitad. Porque toda experiencia ajena, aunque fuera penosa, es guía para evitar el mal y encontrar el bien en aquellos que tienen buena voluntad. Yo, por mi, digo que, cuanto más se esfuerza el hombre en vivir para el espíritu, más apto es para reconocer al Señor; y la vida angélica favorece esto al máximo.

Entre nosotros, discípulos de Juan, el que lo reconoció, después de la ausencia, fue el alma virgen. Él, más incluso que Andrés, lo reconoció, a pesar de que la penitencia hubiera cambiado el rostro del Cordero de Dios. Por eso digo: "Sed castos para poderlo reconocer". Judas, ¿quieres hablar tú ahora?

-Sí. Sed castos para poderlo reconocer. Pero sedlo también para poderlo conservar en vosotros con su Sabiduría, con su Amor, con todo É1 mismo. Sigue diciendo Isaías en el capítulo 52: "No toquéis lo impuro,… purificaos los que lleváis los vasos del Señor". Verdaderamente, toda alma que se hace discípula suya es semejante a un vaso colmado del Señor, y el cuerpo que la contiene es como el portador del vaso consagrado al Señor. No puede Dios estar donde hay impureza. Mateo ha dicho cómo el Señor estaba explicando que nada que fuera impuro o que estuviera separado de Dios habitará en la Jerusalén celeste. Sí.

Pero es necesaria no ser impuros aquí abajo, y no estar separados de Dios, para poder entrar en ella. Desdichados aquellos que aplazan a la última hora su arrepentimiento.

No siempre tendrán tiempo de hacerlo. De la misma manera que los que ahora lo calumnian no tendrán tiempo de hacer nuevo su corazón en el momento de su triunfo, siendo así que no gozarán de los frutos de este. Quienes esperan ver en el Rey santo y humilde un monarca terreno, y, más aún, quienes temen ver en El un monarca terreno, no estarán preparados para aquella hora; engañados y defraudado su pensamiento, que no es el pensamiento de Dios sino un pobre pensamiento humano, pecarán cada vez más.

La humillación de ser el Hombre pesa sobre Él. Debemos tener presente esto. Isaías dice que todos nuestros pecados tienen mortificada a la Persona Divina bajo una apariencia común. Cuando pienso que el Verbo de Dios tiene alrededor de sí, como una costra sucia, toda la miseria de la Humanidad desde que ésta existe, pienso con profunda compasión y con profunda comprensión en el sufrimiento que debe producirle ello a su alma sin culpa: la repulsa de una persona sana que fuera recubierta con los andrajos y las porquerías de un leproso. Es verdaderamente el traspasado por nuestros pecados, el llagado por todas las concupiscencias del hombre. Su alma, que vive entre nosotros, debe temblar con los contactos como por escalofrío de fiebre. Y, no obstante, no dice nada.

No abre la boca para decir: "Me producís horror". La abre solamente para decir: "Venid a mí, que os quite vuestros pecados". Es el Salvador. En su infinita bondad, ha querido velar su irresistible belleza. Esa belleza que, si se hubiera presentado cual es en el Cielo, nos habría reducido a cenizas, como ha dicho Andrés. Esa belleza ahora se ha hecho atractiva, como de manso Cordero, para poder acercarse a nosotros y salvarnos. Su opresión, su condena durará hasta que, consumido por el esfuerzo de ser el Hombre perfecto en medio de los hombres imperfectos, sea elevado por encima de la multitud de los rescatados, en el triunfo de su realeza santa. ¡Dios que conoce la muerte, para salvarnos a la Vida!…

Que estos pensamientos os hagan amarlo sobre todas las cosas. El es el Santo. Yo lo puedo decir, yo que con Santiago he crecido con E1. Y lo digo y lo diré, dispuesto a dar mi vida para firmar esta confesión; para que los hombres crean en El y tengan la Vida eterna. Juan de Zebedeo, te toca hablar a ti.

-¡Qué hermosos en los montes los pies del mensajero! Del Mensajero de paz, de Aquel que anuncia la felicidad y predica la salud, de Aquel que dice a Sión: "¡Reinará tu Dios!". Y estos pies van, incansables, desde hace dos años, por los montes de Israel, convocando a las ovejas de la grey de Dios para reunirlas, confortando, sanando, perdonando, dando paz. Su paz. Verdaderamente me resulta extraño el no ver estremecerse de alegría los montes y exultar las aguas de la patria, bajo la caricia de su pie. Pero lo que más me asombra es el no ver a los corazones estremecerse de alegría y exultar diciendo:

"¡Gloria al Señor! ¡El Esperado ha venido! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!". Aquel que derrama gracias y bendiciones, paz y salud, y llama para el Reino abriéndonos el camino que a Él conduce; Aquel, sobre todo, que espira amor de cada una de sus acciones o palabras, de cada mirada, de cada respiro. ¿Qué es este mundo, pues, para estar ciego a la Luz que vive en medio de nosotros?

¿Qué losas, más espesas que la piedra que cierra las puertas de los sepulcros, le muran la vista del alma para no ver esta Luz? ¿Qué montañas de pecados tiene encima de sí para estar tan oprimido, separado, cegado, ensordecido, encadenado, paralizado, de forma que permanece pasivo ante el Salvador? ¿Qué es el Salvador? Es la Luz fundida con el Amor. La boca de mis hermanos ha cantado las alabanzas del Señor, ha recordado sus obras, ha indicado las virtudes que deben practicarse para llegar a su camino. Yo os digo: amad.

No hay virtud mayor ni más semejante a su Naturaleza. Si amáis, practicaréis todas las virtudes sin esfuerzo, empezando por la castidad. Y no os será gravoso el ser castos, porque amando a Jesús no amaréis a nadie inmoderadamente. Seréis humildes porque veréis en É1 sus infinitas perfecciones con ojos amantes, por lo cual no os ensoberbeceréis de las vuestras, mínimas. Seréis creyentes. ¿Quién no cree en aquel a quien ama? Sentiréis la contrición del dolor que salva, porque será recto vuestro dolor, es decir será un dolor por la pena causada a Él, no por la pena por vosotros merecida.

Seréis fuertes. ¡Oh, sí! ¡Cuando uno está unido a Jesús, es fuerte! Fuerte contra todo. Estaréis llenos de esperanza, porque no dudaréis del Corazón de los corazones, que os ama con la totalidad de sí mismo. Seréis sabios. Seréis todo. Amad a Aquel que anuncia la felicidad verdadera, que predica la salud, que va, incansable, por los montes y los valles convocando al rebaño para reunirlo; a Aquel en cuyo camino está la Paz, como también hay paz en su Reino, que no es de este mundo, sino que es verdadero, como verdadero es Dios. Abandonad cualquier camino que no sea el suyo. Liberaos de toda tiniebla. Id a la Luz.

No seáis como el mundo, que no quiere ver la Luz, que no quiere conocerla. Vosotros id a nuestro Padre, que es el Padre de las luces, que es Luz sin medida, a través del Hijo, que es la Luz del mundo, para gozar de Dios en el abrazo del Paráclito, que es fulgor de las Luces en una sola beatitud de amor, que a los Tres centra en Uno. ¡Infinito océano del Amor, sin tempestades, sin tinieblas,
acógenos! ¡A todos! A los inocentes y a los convertidos.

¡A todos! ¡En tu paz! ¡A todos! Para toda la eternidad. A todos los que habitamos sobre la tierra, para que te amemos a ti, Dios, y al prójimo como tú quieres. A todos, en el Cielo, para que sigamos amando, siempre, no sólo a ti y a los celestes habitantes, sino también, y todavía, a los hermanos que militen en la tierra en espera de la paz, y, cual ángeles de amor, los defendamos y apoyemos en las batallas y tentaciones, para que después puedan estar contigo en tu paz, para gloria eterna del Señor nuestro Jesús, Salvador, Amador del hombre, hasta el límite sin límite del anonadamiento sublime.

Como siempre, Juan, ascendiendo en sus vuelos de amor, lleva consigo a las almas a lugares de amor levísimo y silencio místico. Debe pasar un rato antes de que retorne la palabra a los labios del auditorio. El primero en hablar es Felipe, dirigiéndose a Pedro:

-¿Y Juan, el pedagogo, no habla?
-Os hablará por nosotros continuamente. Ahora dejadlo en su paz, y dejadnos también a nosotros un buen rato con él. Tú, Saba, haz lo que te he dicho antes; y tú también, buena Berenice…

Salen todos. Se quedan en la amplia sala los ocho con los dos. Hay un silencio grave: Están todos un poco pálidos: los apóstoles, porque saben lo que está para producirse; los dos discípulos, porque lo presienten.

Pedro abre sus labios, pero encuentra sólo esta palabra: «Oremos», y entona el "Pater noster". Luego -está verdaderamente pálido, quizás más que en el momento de la muerte -, yendo a ponerse entre los dos y colocando una mano sobre sus hombros, dice:

-Es la hora de la despedida, hijos. ¿Qué le digo al Señor en nombre vuestro? ¿A Él, que ciertamente estará ansioso de saber de vuestra santidad?

Síntica cae de rodillas y se cubre el rostro con las manos. Juan la imita. Pedro los tiene a sus pies, y, mecánicamente, los acaricia mientras se muerde los labios para no ceder a la emoción.
Juan de Endor alza su acongojado rostro y dice:

-Dirás al Maestro que nosotros hacemos su voluntad…
Y Síntica:

-Y que nos ayude a cumplirla hasta el final…
El llanto impide frases más largas.

-Bien. Démonos el beso de despedida. Esta hora debía llegar…
También Pedro se corta, ahogado por un nudo de llanto.
-Antes bendícenos -suplica Síntica.

-No. No yo. Mejor uno de los hermanos de Jesús…
-No. Tú eres el jefe. Nosotros los bendeciremos con el beso. Bendícenos a todos, a nosotros que nos marchamos y a ellos que se quedan -dice Judas Tadeo, poniéndose el primero de rodillas.

Y Pedro, el pobre Pedro -que ahora está rojo por el esfuerzo de mantener firme la voz y por la emoción de bendecir, con las manos extendidas hacia el pequeño núcleo arrodillado a sus pies -pronuncia, con voz aún más áspera por el llanto, casi de viejo, la bendición mosaica…

Luego se agacha, besa en la frente a la mujer, como si fuera una hermana; levanta y abraza, besándolo fuerte, a Juan, y… se marcha valientemente de la habitación, mientras los otros imitan su acto para con los dos que se quedan…

Afuera, el carro está ya preparado. Sólo están presentes Felipe y Berenice, y el siervo, que sujeta el caballo. Pedro ha subido ya al carro…

-Dirás al amo que esté tranquilo respecto a sus recomendados -dice Felipe a Pedro.

-Dirás a María que siento la paz de Euqueria desde que ella es discípula -dice en voz baja Berenice al Zelote.
-Le diréis al Maestro, a María, a todos, que los amamos, y que… ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Oh, no los volveremos a ver!

¡Adiós, hermanos! Adiós…

Corren afuera, al camino, los dos discípulos… Pero el carro, que ha partido al trote, ya ha doblado la esquina… Ha desaparecido…
-¡Síntica!
-¡Juan!

-¡Estamos solos!

-¡Dios está con nosotros!… Ven, pobre Juan. El sol declina. Te sienta mal estar aquí…

-Para mí el Sol se ha puesto para siempre… Sólo volverá a salir en el Cielo.

Y entran donde antes estaban con los demás, se dejan caer sobre una mesa y se entregan, ya sin freno, al llanto…
Dice Jesús:

«Y el tormento causado por un hombre, sólo querido por el hombre malo, quedó consumado, deteniéndose como un curso de agua en un lago después de haber realizado su recorrido…

Te hago notar cómo también Judas de Alfeo, a pesar de estar más nutrido de sabiduría que los demás, da al texto de Isaías, sobre mis sufrimientos de Redentor, una explicación humana. Y así era todo Israel, que se negaba a aceptar la realidad profética y contemplaba las profecías sobre mis dolores como alegorías y símbolos. Fue el gran error, por el que, en la hora de la Redención, bien pocos en Israel supieron ver todavía al Mesías en el Condenado.

La Fe no es sólo una corona de flores. Tiene espinas también. Y es santo aquel que sabe creer tanto en las horas de gloria como en las horas trágicas; y sabe amar, tanto si Dios lo cubre de flores, como si lo coloca sobre espinas.

323- La visita a Antigonio

-Mi hijo Tolmái ha venido para los mercados. Hoy, a la sexta, regresa a Antigonio. El día está templado. ¿Queréis ir, según vuestro deseo? -pregunta el anciano Felipe mientras sirve a los huéspedes leche humeante.

-Iremos, seguro. ¿Cuándo has dicho?
-A la sexta. Podréis volver mañana, si queréis; o, si no, si preferís, en la víspera del sábado, al caer de la tarde, cuando vienen para las funciones del sábado todos los subalternos hebreos o los que han entrado en la fe.

-Lo haremos así. Y se podría incluso elegir ese lugar para que vivieran éstos.

-Será un placer en todo caso, aunque los pierda. Porque es un lugar salubre. Y podríais hacer mucho bien con los subalternos, algunos de los cuales son todavía los que dejó el amo. Otros provienen de la bondad de la bendita ama, que los rescató de amos crueles. Por eso no son todos israelitas. Pero ahora ya no son tampoco paganos. Hablo de las mujeres. Los hombres, todos, están circuncidados. No sintáis aversión… Pero están todavía muy lejos de la justicia de Israel. Los santos del Templo, que son perfectos, se escandalizarían de ellos…

-¡Ah, ya! ¡Ya! ¡Ya!… ¡Bueno, bien! Ahora podrán progresar aspirando sabiduría y bondad de los enviados del Señor… ¿Estáis oyendo cuántas cosas que hacer tenéis aquí? -termina Pedro, dirigiéndose a los dos.
-Lo haremos. No defraudaremos al Maestro -promete Síntica. Y sale para preparar lo que cree oportuno.
Juan de Endor pregunta a Felipe:

-¿Piensas que en Antigonio voy a poder hacer un poco de bien también a otros, enseñando como pedagogo?
-Mucho bien. El anciano Plauto ha muerto ya hace tres lunas y los niños de los gentiles no tienen escuela. En cuanto a los hebreos, no hay maestro, porque todos los nuestros huyen de ese lugar que está cerca de Dafne. Se necesita uno que sea… que sea… como era Teófilo… Sin rigideces para… para…

-Sí, en fin, sin fariseísmo, quieres decir -concluye Pedro expeditivo.
-Eso… sí… No quiero criticar… Pero pienso… Maldecir no sirve para nada. Mejor sería ayudar… Como hacía la ama, que con su sonrisa conducía a la Ley más y mejor que un rabí.

-¡Ahora comprendo por qué me ha enviado aquí el Maestro! Soy exactamente el hombre con los requisitos precisos…

¡Haré su voluntad! ¡Hasta el último respiro! Ahora creo, creo con firmeza que es exclusivamente una misión de predilección ésta mía. Voy a decírselo a Síntica. Vais a ver como nos quedamos allí… Voy, voy a decírselo -y sale, animado como hacía tiempo no lo estaba.

-¡Altísimo Señor, te doy las gracias y te bendigo! Sufrirá todavía, pero no como antes… ¡Ah, qué alivio! -exclama Pedro. Y luego siente el deber de explicar a Felipe un poco, de la forma que puede, el por qué de su alegría:

«Debes saber que los… "rígidos" de Israel -tú los llamas "rígidos" -persiguen a Juan.
-¡Ah, comprendo! Perseguido político como… como… -y mira al Zelote.

-Sí, como yo y más; por otros motivos también. Porque, además de por la casta distinta, los irrita por ser del Mesías. Por lo cual, dicho sea de una vez por todas, él y ella quedan confiados a tu fidelidad… ¿Comprendes?
-Comprendo. Y sabré cómo moverme.

-Ante los demás, ¿cómo los vas a llamar?
-Dos pedagogos recomendados por Lázaro de Teófilo, él para los niños, ella para las niñas. Veo que tiene bordados y telares… Gente extranjera hace y vende muchas labores femeninas en Antioquía. Pero son labores toscas y recargadas. Ayer he visto una labor suya que me ha recordado a la buena ama mía… Serán labores muy solicitadas…

-Una vez más, alabado sea el Señor -dice Pedro.
-Sí. Esto disminuye en nosotros el dolor de la ya próxima despedida.

-¿Ya os queréis marchar?
-Tenemos que marcharnos. La tormenta nos ha hecho perder tiempo. Para los primeros días de Sabat tenemos que estar con el Maestro. Nos está esperando, porque ya vamos con retraso explica Judas Tadeo.

Se separan y va cada uno a sus incumbencias: Felipe a donde lollama una mujer; los apóstoles al sol, en la azotea.

-Podríamos partir el día siguiente del sábado. ¿Qué os parece? -pregunta Santiago de Alfeo.

-¡Por mí!… ¡Fíjate tú! Todos los días me levanto con el tormentode Jesús solo, sin ropa, desatendido, y todas las noches me acuesto con el mismo tormento. De todas formas, hoy lo decidimos.

-Decidme. ¿Creéis que el Maestro sabía todo esto? Hace días que me pregunto cómo sabía que encontraríamos al cretense; cómo ha visto con anticipación el trabajo de Juan y Síntica; cómo, cómo… en definitiva, muchas cosas -dice Andrés.

-Verdaderamente creo que el cretense tiene épocas fijas de
estancia en Seleucia. Quizás Lázaro se lo dijo a Jesús, y Él, por ello, decidió la partida sin esperar a la Pascua… -explica el Zelote.

-¡Sí! ¡Eso! ¿Y Juan cómo va a celebrar la Pascua? -pregunta Santiago de Alfeo.
-Pues como todos los israelitas… -dice Mateo.
-No. Sería caer en la boca del lobo».
-¿Pero qué dices, hombre? Entre tanta gente, ¿quién lo va a descubrir?

-El Iscar… ¡Oh, ya hablé! No penséis en ello. Es un capricho de mi mente…
Pedro está colorado, afligido por haber hablado.
Judas de Alfeo le pone una mano en el hombro, sonriendo con su sonrisa grave, y dice:

-¡Bueno, hombre! Todos pensamos lo mismo… Pero mejor no decírselo a ninguno. Bendigamos, más bien, al Eterno, que ha desviado la mente de Juan de este pensamiento.
Todos, abstraídos, guardan silencio. Pero para ellos, verdaderos israelitas, es una preocupación el cómo va a poder celebrar la Pascua en Jerusalén el discípulo exiliado… y vuelven sobre el tema.

-Yo creo que Jesús proveerá. Quizás Juan lo sabe. Basta preguntárselo -dice Mateo.
-No lo hagáis. No creéis deseos y espinas donde apenas si se acaba de establecer la paz -suplica Juan apóstol.
-Sí. Es mejor preguntárselo al Maestro mismo -confirma Santiago de Alfeo.

-¿Cuándo lo veremos? ¿Qué pensáis vosotros? -pregunta Andrés.
-Si partimos el día siguiente del sábado, para el final de la luna estaremos seguro en Tolemaida… -dice Santiago de Zebedeo.
-Si encontramos nave… -observa Judas Tadeo.
Y su hermano añade:
-Y si no hay tempestad.

-Por lo que se refiere a la nave, siempre hay alguna que parte para. Y, pagando, haremos que se haga escala en Tolemaida aunque la nave vaya para Joppe. ¿Tienes todavía? -pregunta el Zelote a Pedro.

-Sí. Contando incluso con que me ha pelado bien ese ladrón del cretense, a pesar de todas sus declaraciones de querer favorecer a Lázaro. Pero tengo que pagar la permanencia de la barca y la de Antonio… Y no toco los denarios que me han dado para Juan y Síntica. Sagrados. Los dejo intactos, a costa incluso de no comer.

-Haces bien. Ese hombre está muy enfermo. Él cree que podrá ejercer la función de pedagogo. Yo creo que su única función será la de enfermo, pronto… -juzga el Zelote.
-Sí, también yo creo eso. Síntica, más que labores, tendrá que hacer ungüentos -confirma Santiago de Zebedeo.
-¿Ese ungüento, eh? ¡Qué prodigio! Síntica me ha dicho que quiere hacer más y usarlo para poder entrar en familias de aquí» dice Juan.

-¡Buena idea! Un enfermo que se cura es siempre un discípulo conquistado, y con él los suyos -proclama Mateo.
-¡Ah, no, eso no! -exclama Pedro.
-¿Cómo? ¿Quieres decir que el milagro no arrastra hacia el Señor? -le pregunta Andrés, y también dos o tres más.

-Sois unos niñitos! ¡Parece que acabáis de bajar del Cielo! ¿Pero no veis lo que le hacen a Jesús? ¿Se ha convertido Elí de Cafarnaúm? ¿Y Doras? ¿Y Oseas de Corazín? ¿Y Melquías de Betsaida? ¿Y -perdonad los de Nazaret -y toda Nazaret por los cinco, seis, diez milagros cumplidos, hasta el último, el de vuestro sobrino? -pregunta Pedro.

Ninguno replica, porque es la amarga verdad…
-No hemos encontrado todavía al soldado romano. Jesús ya lo había dado a entender… -dice Juan después de un poco.
-Se lo diremos a los que se quedan. Es más, será otra misión más en su vida -responde el Zelote.
-Vuelve Felipe:

-Mi hijo está ya listo. Se ha dado prisa. Está con su madre, que prepara regalos para los nietos.

(Mi hijo: así llama a Tolmái el anciano Felipe, abuelo suyo, padre de su padre José. Los hebreos llamaban hijo también al nieto, de la misma forma que a los abuelos los llamaban padre y madre; y extendían la calificación de hermano o hermana a los primos y cuñados. En la Obra valtortiana se encuentran los dos modos de llamar a los distintos grados de parentesco: el de los tiempos de Jesús y el de nuestros tiempos)

-¿Es buena tu nuera, no?
-Buena. Ha sido consuelo mío en la pérdida de mi José. Es como una hija. Era sierva de Euqueria. La educó ella. Venid a reponer fuerzas antes de poneros en marcha. Los otros ya lo están haciendo…

…Y, precedidos por el carro de Tolmái, nieto de Felipe, trotan hacia Antigonio…

Llegan pronto a esta pequeña ciudad. Sepultada en la feracidad de sus jardines, protegida de las corrientes por las cadenas de montes que tiene alrededor -suficientemente lejanas para no ahogarla, pero suficientemente cercanas para protegerla y derramar sobre ella los efluvios de sus bosques de árboles resinosos y esenciales -, toda llena de sol, alegra la vista y el corazón con sólo cruzarla.

Los jardines de Lázaro están al sur de la ciudad. Están precedidos por un paseo, por ahora sin frondas, a lo largo del cual están las casas de los que trabajan en los jardines. Son casitas bajas, pero bien cuidadas. A sus puertas se asoman caras de niños que observan curiosos, y de mujeres que saludan sonriendo. Las razas distintas se manifiestan en la diversidad de los rostros.

Tolmái, en cuanto traspasan la cancilla donde empieza la propiedad, hace un especial chasquido de tralla al ir pasando por delante de todas las casas; debe ser como una señal. Y los que viven en ellas, tras haber observado, entran de nuevo y luego vuelven a salir, cierran las puertas y empiezan a caminar por el paseo, detrás de los dos carros, que van al paso y luego se paran en el centro de una confluencia de senderos (dirigidos, como los radios de una rueda, en todas las direcciones, entre muchos campos dispuestos en cuadros, cuáles desnudos, cuáles de un verde perenne, custodiados por laureles, por acacias o árboles semejantes, o por otros árboles que a través de los tajos incididos en su tronco rezuman leche olorosa y resinas). En el ambiente hay un olor mixto de aromas balsámicos, resinosos, fragantes. Panales por todas partes. Y pilones para el riego, en que beben palomas blanquísimas. Y, en zonas especiales, de tierra desnuda, recientemente cavada, escarban gallinitas también blancas custodiadas por muchachas.

Tolmái restalla la tralla repetidas veces, hasta que todos los súbditos del pequeño reino se reúnen en torno a los llegados. Entonces empieza su discursito:

-Escuchad. Felipe, jefe nuestro y padre de mi padre, manda y recomienda a estos santos de Israel, venidos aquí por voluntad de nuestro patrón. Que Dios esté siempre con él y con su casa.

Mucho nos quejábamos porque aquí faltaba la voz de los rabíes santos. He aquí que la bondad del Señor y de nuestro patrón, lejano pero que mucho nos ama -Dios le compense el bien que ofrece a sus siervos -, nos procuran lo que nuestro corazón soñaba. En Israel ha aparecido Aquel que había sido prometido a las gentes. Ya nos lo habían dicho durante las Fiestas en el Templo y en la casa de Lázaro. Pero ahora realmente ha llegado para nosotros el tiempo de la gracia, porque el Rey de Israel ha pensado en sus siervos más pequeños y ha enviado a sus ministros a portarnos sus palabras. Éstos son sus discípulos, y dos de ellos vivirán en medio de nosotros, aquí o en Antioquía, enseñando la Sabiduría para ser instruidos en orden al Cielo, y también la otra que se necesita para la tierra.

Juan, pedagogo y discípulo de Cristo, enseñará a nuestros niños estas dos sabidurías; Síntica, discípula y maestra con la aguja, enseñará la ciencia del amor a Dios y el arte del trabajo femenil a las muchachas. Recibidlos como bendición del Cielo, y amadlos como los ama Lázaro de Teófilo y Euqueria -gloria a sus almas y paz -y como los aman las hijas de Teófilo, Marta y María, nuestras amadas señoras y discípulas de Jesús de Nazaret, el Rabí de Israel, el Prometido, el Rey.

El pequeño pueblo de hombres, vestidos con cortas túnicas, de manos terrosas que sostienen utensilios de jardinería, de mujeres, de niños de todas las edades, escucha asombrado. Luego bisbisean. En fin, saludan con una profunda reverencia.

Tolmái empieza las presentaciones:

-Simón de Jonás, el jefe de los enviados del Señor; Simón el Cananeo, amigo de nuestro señor; Santiago y Judas, hermanos del Señor; Santiago y Juan, Andrés y Mateo.
Y luego, a los apóstoles y discípulos:

-Ana, mi mujer, de la tribu de Judá, como, por lo demás, mi madre, porque somos puros, venidos con Euqueria de Judá. José, el varón consagrado al Señor, y Teoqueria, primogénita, que en el nombre lleva e1 recuerdo de los justos señores, sabia hija y amante de Dios como una verdadera israelita. Nicolái y Dositeo. Nicolái es nazireo. Dositeo es el tercero de los hijos; ya lleva casado (y un fuerte suspiro acompaña el anuncio de esto) varios años con Hermiona. Ten aquí, mujer…

Se adelanta una jovencísima morenita con un lactante en brazos.

-Ésta es. Es hija de un prosélito y de una griega. Mi hijo la vio en Alejandrocena de Fenicia cuando fue para unas compraventas… y la quiso para sí… y Lázaro no se opuso, antes al contrario me dijo: "Mejor así que al mal".

Y no es ningún mal. Pero yo quería sangre de Israel…
La pobre Hermiona está con la cabeza agachada como una acusa-da. Dositeo está visiblemente agitado y se ve que sufre. Ana, la madre y suegra, mira con ojos entristecidos…

Juan, a pesar de ser el más joven, siente la necesidad de elevar los espíritus humillados y dice:
-En el Reino del Señor no hay ya griegos o israelitas, romanos o fenicios, sino solamente hijos de Dios. Cuando, a través de estos que han venido, conozcas la Palabra de Dios, sentirás elevarse tu corazón a nuevas luces, y ésta ya no será "la extranjera" sino la discípula, como tú y como todos, del Señor nuestro Jesús.

Hermiona levanta la humillada cabeza y sonríe con gratitud a Juan. En los rostros de Dositeo y de Ana se ve la misma expresión de agradecimiento.

Tolmái responde austero:
-Y Dios quiera que sea así, porque, aparte del origen, nada tengo que recriminar a mi nuera. El que está en sus brazos es Alfeo, el último nacido, que del padre de ella, prosélito, ha tomado el nombre. La pequeña de los ojos de cielo bajo los rizos de ébano es Mírtica, del nombre de la madre de Hermiona, y éste, el primogénito, es Lázaro, porque así lo quiso el señor nuestro, y el otro es Hermas.

-El quinto se debe llamar Tolmái y la sexta Ana, para decir al Señor y al mundo que tu corazón se ha abierto a nuevas comprensiones -dice otra vez Juan.

Tolmái se inclina sin decir nada. Luego reanuda las presentaciones:

-Éstos son dos hermanos de Israel: Miriam y Silvano, de la tribu de Neftalí. Y éstos son Elbónides Danita y Simeón judío. Luego, aquí están los prosélitos, que eran romanos, o, al menos, de romanos, caridad de Euqueria hecha obra, arrancados por ella al yugo y a gentilidad: Lucio, Marcelo, Solón, hijo de Elateo.
-Nombre griego -observa Síntica.

-De Tesalónica. Esclavo de un siervo de Roma -el desprecio es manifiesto al decir "siervo de Roma" -Euqueria lo tomó, junto con el padre agonizante, en un momento confuso; si el padre murió pagano, Solón es prosélito… Priscila ven aquí adelante con tus hijos…

Una mujer alta y delgada, de rostro aquilino, se adelanta empujando a una niña y a un niño; cogidas de la falda lleva a dos rapazuelos.

-Ésta es la mujer de Solón, que fue liberta de una romana ya difunta, y Mario, Cornelia, María y Martila, gemelas.

Priscila es experta en esencias. Amiclea, ven con tus hijos. Ésta es hija de prosélitos. Y prosélitos son los dos niños, Casio y Teodoro. Tecla, no te escondas. Es la mujer de Marcelo. Su dolor es que es estéril. También hija de prosélitos. Éstos son los colonos. Ahora a los jardines. Venid.

Y los guía por la vasta propiedad, seguido de los jardineros, que explican los cultivos y trabajos, mientras las muchachas vuelven a sus gallinitas, que han aprovechado la ausencia de las guardianas para irse a otros lugares sobrepasando los límites establecidos.
Tolmái explica:

-Se las trae aquí para limpiar la tierra de larvas antes de la siembra de los cultivos anuales.

Juan de Endor sonríe a las gallinitas, que cloquean, y dice:

-Parecen las que tenía yo… -y se agacha para echar miguitas de pan que tenía en el talego, hasta que se ve rodeado de polluelas, y ríe porque una de ellas, petulante, le arrebata el pan de los dedos.

-¡Menos mal! -exclama Pedro dando con el codo a Mateo y señalando a Juan, que juega con los pollos, y a Síntica, que está hablando griego con Solón y Hermiona.
Luego vuelven hacia la casa de Tolmái, que explica:

-Éste es el sitio. Pero, si queréis enseñar, se puede hacer un lugar. ¿Os quedáis aquí o…?

-¡Sí, Síntica! ¡Aquí! ¡Es más bonito! Antioquía me ahoga de recuerdos… -ruega quedamente Juan a su compañera.

-¡Sí, hombre, claro! Como quieras. Basta con que tú estés bien. Para mí todo es igual. No miro ya hacia atrás… sólo adelante, adelante… ¡Ánimo, Juan! Aquí estaremos bien. Niños, flores, palomas y gallinas para nosotros, pobres criaturas. Y para nuestra alma el gozo de servir al Señor. ¿Qué opináis vosotros? -pregunta volviéndose a los apóstoles.

-Pensamos como tú, mujer.
-Pues ya está dicho.
-Muy bien. Nos iremos contentos…

-¡Oh, no os marchéis! ¡No os volveré a ver! ¿Por qué tan pronto? ¿Por qué?… -Juan vuelve a su dolor.

-¡No nos marchamos ahora! Estamos aquí hasta… hasta que seas…

Pedro no sabe expresar lo que será Juan, y, para que no se vea que también él está repleto de lágrimas, abraza a Juan, que está llorando, y trata de consolarlo así.

322- Partida de Seleucia en un carro y llegada a Antioquía

-En los mercados encontraréis seguro un carro. Pero, si queréis el mío, os lo dejo, en recuerdo de Teófilo. Si vivo tranquilo, se lo debo a él. Me defendió, porque era justo. Ciertas cosas no se olvidan -dice el anciano posadero, erguido enfrente de los apóstoles bajo el primer sol de la mañana.

-Es que tú estarías sin tu carro varios días… Y, además, ¿quién lo guía? Yo con un burro… todavía… ¡pero con un caballo!…

-¡Es igual! No te voy a dar un potro indómito. Te doy un prudente caballo de tiro, bueno como un cordero. Llegaréis pronto y sin fatigaros. Para la hora novena estaréis en Antioquía; mucho más considerando que el caballo conoce muy bien el camino y va solo. Me lo devolverás cuando quieras, sin interés por mi parte, si no es el de hacer una cosa grata al hijo de Teófilo. Decidle que todavía le debo muchas cosas, y que lo recuerdo y me siento siervo suyo.

-¿Qué hacemos? -pregunta Pedro a sus compañeros.
-Lo que te parezca mejor. Tú juzga y nosotros obedecemos…

-¿Probamos con el caballo? Por Juan lo digo… y también para abreviar… Me siento como si estuviera llevando a uno a la muerte y estoy deseando acabar todo esto lo antes posible…

-Tienes razón -dicen todos.
-Entonces, hombre, acepto.
-Y yo ofrezco con alegría. Voy a aparejar el vehículo.

El hospedero se marcha. Pedro da rienda suelta a su pensamiento:

-He consumido en estos pocos días la mitad del tiempo de vida que tenía. ¡Una pena!… ¡Una pena!… Habría querido tener el carro de Elías, el manto que cogió Eliseo, cualquier cosa rápida para abreviar el tiempo… Pero, sobre todo, habría deseado, a costa de morir, dar a esos pobres algo que los consolase, que les hiciera olvidar, que les… ¡No sé! Algo, en definitiva, que no les hiciera sufrir tanto… Pero, si logro saber quién es la causa principal de este dolor, dejo de ser Simón de Jonás si no lo retuerzo como a un paño empapado. No digo matarlo, ¡no!, pero sí exprimirlo, como él ha exprimido la alegría y la vida a esos dos pobrecillos…

-Tienes razón. Es una gran pena. Pero Jesús dice que se debe perdonar las ofensas… -dice Santiago de Alfeo.
-Si me las hubieran hecho a mí, debería perdonar. Y podría. Estoy sano y fuerte, y si alguien me ofende tengo fuerza para reaccionar incluso contra el dolor. ¡Pero, el pobre Juan! No, no puedo perdonar la ofensa contra el redimido del Señor, contra uno que muere afligido de esta forma…

-Yo pienso en el momento en que lo dejemos del todo… -suspira Andrés.
-Yo también. Es un pensamiento fijo y que aumenta a medida que se acerca el momento… -susurra Mateo.
-Hagámoslo pronto, por piedad -dice Pedro.

-No, Simón. Perdona si te observo que te equivocas deseando eso. Tu amor al prójimo se está transformando en un amor desviado, y esto no debe suceder en ti, que siempre has sido recto -dice sereno el Zelote, poniendo una mano en el hombro de Pedro.

-¿Por qué, Simón? Eres culto y bueno. Muéstrame mi error, y yo, si así lo veo, te diré: tienes razón.
-Tu amor se está haciendo malsano, porque está para transformarse en egoísmo.

-¿Cómo? ¿Me aflijo por ellos y soy egoísta?
-Sí, hermano, porque tú, por exceso de amor -todo exceso es desorden y, por tanto, induce al pecado -te envileces. Quieres no sufrir tú de ver sufrir. Eso es egoísmo, hermano en el nombre del Señor.

-¡Es verdad! Tienes razón. Y te agradezco esta advertencia. Así se debe hacer entre buenos compañeros. Bien. Entonces ya no tendré prisa… Pero, decid la verdad, ¿no es un acto de piedad?
-Lo es, lo es… -dicen todos.

-¿De qué forma los vamos a dejar?
-Propondría hacerlo cuando nos haya recibido Felipe, pero quedándonos quizás ocultos un tiempo en Antioquía y preguntándole a Felipe cómo se van adaptando… -sugiere Andrés.

-No. Sería hacerles sufrir demasiado con una separación tan brusca -dice Santiago de Alfeo.

-Entonces… sigamos a medias el consejo de Andrés. Quedémonos en Antioquía, pero no en casa de Felipe, y durante unos días vamos a verlos, cada vez menos, cada vez menos, hasta que… no volvemos -dice el otro Santiago.
-Dolor renovado una y otra vez, y cruel desilusión. No. No se debe hacer -dice Judas Tadeo.

-¿Qué hacemos, Simón?
-¡Ah!, por lo que a mí respecta, quisiera estar en su lugar más bien que tener que decir: "Me despido de vosotros" -dice Pedro abatido.

-Propongo una cosa. Vamos con ellos a casa de Felipe. Nos quedamos allí. Luego, siguiendo todavía juntos, vamos a Antigonio. Es un lugar ameno… Y allí también estamos un tiempo. Una vez que ellos se hayan aclimatado, nos retiramos, con dolor pero con virilidad. Yo diría esto. A menos que Simón-Pedro tenga órdenes distintas del Maestro -dice Simón Zelote.

-¿Yo? No. Me dijo: "Haz todo, bien, con amor, sin pereza y sin prisa, y de la forma que juzgues mejor". Hasta ahora creo que lo he hecho. ¡Está eso de que dije que era pescador!… Pero, si no lo hubiera dicho no me habría dejado estar en el puente.

-No te crees escrúpulos tontos, Simón. Son puntadas del demonio para turbarte -conforta Judas Tadeo.

-¡Verdaderamente es así! Creo que está alrededor de nosotros como no lo ha estado jamás, poniéndonos obstáculos y creándonos miedos para movernos a actos viles -dice Juan apóstol, y concluye en voz baja: «Creo que quería inducir a la desesperación a ellos dos reteniéndolos en Palestina… y ahora que se escapan de su asechanza se venga en nosotros… Me lo siento alrededor como una serpiente escondida entre la hierba… Y ya hace meses que me lo siento alrededor así… Mirad, ahí vienen el hospedero por un lado y Juan y Síntica por el otro. Os diré el resto cuando estemos solos, si os interesa.

En efecto, por un lado del patio viene el carro, un carro sólido al que está unido un robusto caballo guiado por el hospedero; por el otro, vienen hacia ellos los dos discípulos.

-¿Es hora de marcharnos? -pregunta Síntica.
-Sí. Es la hora. ¿Estás cubierto bien, Juan? ¿Van mejor tus dolores?
-Sí. Estoy envuelto en lana y la unción con el ungüento me ha hecho bien.

-Entonces sube, que ahora subimos también nosotros.
…Y, ultimada la carga, todos ya en el carro, salen por la amplia puerta, después de repetidos aseguramientos del hospedero de que e1 caballo es dócil. Cruzan una plaza que les ha sido indicada y entran por una calle que bordea los muros de la ciudad, hasta que salen por una puerta; después siguen el curso de un profundo canal y luego el propio río. Es un camino bonito y bien mantenido, que va en dirección norte-este, pero siguiendo los meandros del río. Por el otro lado hay montes muy verdes, con sus pendientes, sus concavidades, sus barrancas; y ya se ven en los matorrales del monte bajo, en los lugares más expuestos al sol, llenarse las gemas de mil arbustos.

-¡Cuántos arrayanes! -exclama Síntica.
-¡Y laurel! -añade Mateo.
-Cerca de Antioquía hay un lugar sagrado dedicado a Apolo -dice Juan de Endor.
-Quizás el viento ha traído las semillas hasta aquí…

-Quizás. Pero éste es un lugar todo lleno de plantas hermosas -dice el Zelote.

-Tú, que has estado aquí, ¿crees que pasaremos por Dafne?
-Por fuerza. Veréis uno de los valles más bonitos del mundo. Aparte del culto obsceno y degenerado en orgías que cada vez son más asquerosas, es un valle de paraíso terrenal, y si en él entra la Fe se transformará en un paraíso verdadero. ¡Cuánto bien podréis hacer aquí! Os deseo corazones fértiles como fértil es el suelo… -dice el Zelote para suscitar en los dos discípulos pensamientos consoladores.

Pero Juan agacha la cabeza y Síntica suspira.
E1 caballo trota cadencioso. Pedro, estando todo centrado en el esfuerzo de guiar, aunque el animal va seguro sin necesidad de guía o estímulo, no habla. Así que el camino discurre bastante rápidamente. Llegan a un puente y se detienen para comer y para que el caballo descanse. El sol está en su culmen; vese toda la hermosura de la bellísima naturaleza.

-De todas formas… prefiero estar aquí antes que en el mar… -dice Pedro observando en derredor.
-¡Pero qué tempestad!

-El Señor ha orado por nosotros. Lo he sentido cerca cuando orábamos en el puente de la nave. Cerca como si estuviera en medio de nosotros… -dice sonriendo Juan.
-¿Y dónde estará? No estoy tranquilo pensando que no tiene ropa… ¿Y si se moja? ¿Y qué come? Es capaz de hacer ayuno…

-Puedes estar convencido de que lo hace, para ayudarnos a nosotros -dice con seguridad Santiago de Alfeo.
-Y también por otros motivos. Nuestro hermano está muy afligido desde hace un tiempo. Creo que se mortifica continuamente para vencer al mundo -dice Judas Tadeo.
-Querrás decir: al demonio que hay en el mundo dice Santiago de Zebedeo.
-Es lo mismo.

-No lo va a conseguir. Tengo el corazón oprimido por mil miedos… -suspira Andrés.
-¡Ahora que nosotros estarnos lejos, todo irá mejor! ̿ dice, no sin aflicción, Juan de Endor.

-No pienses eso. Tú y ella no erais nada respecto a las "grandes culpas" del Mesías según los grandes de Israel -dice resueltamente Judas Tadeo.

-¿Estás seguro? Yo, dentro de mi sufrimiento, tengo en el corazón también la espina de haber sido con mi llegada causa de mal para Jesús. Si estuviera seguro de que no es así, sufriría menos -dice Juan de Endor.
-¿Me crees veraz, Juan? -pregunta Judas Tadeo.
-¡Sí que lo creo!

-Pues bien, entonces, en nombre de Dios y mío, te aseguro que tú has dado sólo una pena a Jesús: la de tener que mandarte aquí en misión. En todas las otras penas suyas, pasadas, presentes y futuras, tú no estás implicado.
La primera sonrisa, después de tantos días de lóbrega melancolía ilumina el rostro asendereado de Juan de Endor, que dice:

-¡Qué alivio me das! E1 día me parece más luminoso, más ligero mi mal, más consolado el corazón. ¡Gracias, Judas de Alfeo! ¡Gracias!

Vuelven a subir al carro, y pasando por el puente, toman la otra orilla del río, el otro camino, que va derecho hacia Antioquía, a través de una zona fertilísima.

-¡Allí está! En aquel valle poético está Dafne, con su templo y sus bosquecillos. Y allá, en aquella llanura, se ve Antioquía, y sus torres que se alzan sobre las murallas. Entraremos por la puerta que hay al lado del río. La casa de Lázaro no está muy lejos de las murallas.

Las casas más bonitas han sido vendidas. Queda ésta, que fue lugar de parada tanto para el personal de Teófilo como para sus clientes, con muchas caballerizas y graneros.

Ahora vive en ella Felipe. Un buen viejo. Un fiel de Lázaro. Os encontraréis bien. Y, juntos, iremos a Antigonio, donde estaba la casa en que vivían Euqueria y sus hijos, que entonces eran niños…

-Muy fortificada esta ciudad, ¿eh?-observa Pedro, que respira tranquilo ahora que ve que su primer intento como auriga ha ido bien.

-Mucho. Murallas de altura y anchura grandiosas. Más de cien torres, que, como veis, parecen gigantes enhiestos encima de las murallas, y fosos infranqueables al pie de ellas. El Silpio también contribuye con sus cimas a la defensa, y hace de contrafuerte de las murallas en la parte más débil… Ahí está la puerta. Es mejor que pares y entres sujetando el bocado. Yo te guío porque sé el camino…

Pasan la puerta, vigilada por romanos.
Juan apóstol dice:
-Quién sabe si está aquí ese soldado de la puerta de los Peces… Jesús se alegraría de saberlo…
-Lo buscaremos. Pero ahora camina raudo -ordena Pedro, turbado por la idea de ir a una casa desconocida.

Juan obedece sin decir nada; se limita a mirar atentamente a todos los soldados que ve.

Un camino corto, luego una casa sólida y sencilla, o sea, un alto muro sin ventanas. Solamente un portal en el centro del muro.

-Aquí es. Para -dice el Zelote.
-¡Anda, Simón, habla tú ahora!
-¡Sí, hombre, si ello te agrada, hablo yo! -y el Zelote llama al recio portalón.

Simón se presenta como un enviado de Lázaro. Entra solo. Sale con un anciano alto y de noble porte, que se prodiga en profundas reverencias y da a uno del servicio la orden de abrir el portón para permitir entrar al carro; luego se disculpa por hacerles pasar a todos por esa puerta, en vez de por la puerta de casa.

El carro se para en un vasto patio con pórticos, bien cuidado, con cuatro recios plátanos en los cuatro ángulos y otros dos en el centro que amparan un pozo y un pilón para abrevar a los caballos.

-Preocúpate del caballo -ordena el administrador a su subordinado. Y dice a los que recibe como huéspedes: «Por favor, venid. Bendito sea el Señor, que me manda siervos suyos y amigos de mi jefe. Ordenad, que vuestro siervo escucha».

Pedro se pone colorado, porque especialmente a él van esas palabras y esas reverencias, y no sabe qué decir…
Le ayuda el Zelote.

-Los discípulos del Mesías de Israel, de que te habla Lázaro de Teófilo, que a partir de ahora vivirán en tu casa para servir al Señor, no necesitan sino descansar.

¿Nos enseñas dónde pueden habitar?

-Siempre tenemos preparadas habitaciones para peregrinos, como era costumbre de mi ama. Venid, venid…

Y, seguido por todos, entra en un pasillo y luego en un pequeño patio. A1 final de este patio está la verdadera casa. Abre la puerta. Va por un vestíbulo. Tuerce a la derecha. Una escalera. Suben. Otro pasillo con habitaciones a los lados.

-Aquí tenéis. Que sea agradable vuestra permanencia. Voy a decir que traigan agua y ropa. Dios sea con vosotros -dice el anciano, y se marcha.

Abren las contraventanas de las habitaciones que eligen. Las murallas y fuertes de Antioquía están frente a las ventanas de un lado; el tranquilo patio ornado de rosales trepadores, por ahora pobres a causa del período del año en que están, se ve por las del otro lado.

Y, después de tanto caminar, por fin una casa, una habitación, un lecho… Para algunos, sólo una etapa; para otros, meta…

321- Arribo a Seleucia. Se despiden de Nicomedes

En una bellísima puesta de sol, se delinea la ciudad de Seleucia como un voluminoso aglomerado blanco en el límite de las aguas azules del mar calmo y risueño (todo un jugueteo de olitas bajo un cielo que funde su cobalto sin nubes con la púrpura del ocaso). La nave, desplegadas sus velas, enfila veloz hacia la ciudad lejana, y tanto inciden en ella los esplendores del sol poniente, que parece incendiarse, con fuego de alegría por la fiesta de la llegada ya cercana.

En el puente de la nave, entre los marineros, que ya ni trajinan ni están inquietos, están los pasajeros, que ven acercarse la meta. Sentado junto a Juan de Endor (más macilento aún que cuando partió), se ve al marinero herido. Todavía tiene fajada la cabeza con una venda ligera; su tez, pálida-marfil por la gran cantidad de sangre que ha perdido. Pero sonríe y habla con sus salvadores, o con los compañeros que, pasando, se congratulan con él de verlo en el puente.

También el cretense se percata de su presencia. Deja por un momento su puesto, poniéndolo en manos del jefe de la tripulación, para ir a saludar a su «óptimo Demetes», que ha vuelto al puente por primera vez después de sufrir la herida. «Y gracias a todos vosotros» dice a los apóstoles.

«No tenía ninguna esperanza de que sobreviviera, después del golpe de ese pesado travesaño y del hierro que lo hacía todavía más pesado. Verdaderamente, Demetes, éstos te han dado de nuevo a la vida, porque estabas ya dos veces muerto.

La primera, yaciendo como una mercancía en el puente, donde habrías perecido por la sangre que salía y por las olas, que te hubieran llevado al mar; habrías descendido al reino de Neptuno, a hacer compañía a nereidas y tritones.

La segunda, por haberte curado con esos maravillosos ungüentos. ¡Déjame, pues, ver la herida!

El hombre se suelta la venda y muestra la cicatriz: bien cerrada, es como una señal roja desde la sien hasta la nuca, hasta el límite de los cabellos, que se ven cortados (quizás los cortó Síntica para que no entrasen en la herida).

Nicomedes toca apenas, levemente, la señal:
-¡También está soldado el hueso! ¡Te ha mostrado su amor Venus marina! Ha querido tenerte sólo en la superficie del mar y en las riberas de Grecia. Séate, pues, propicio Eros, ahora que ponemos pie en tierra, y contribuya a quitarte el recuerdo de la desgracia y el terror de Tánatos, que a te tenía en sus manos.

La cara de Pedro, al oír todas estas filigranas mitológicas, es todo un panorama de impresiones: apoyado en un mástil, con las manos detrás de la espalda, no habla; pero todo en él habla para aplicar un epíteto incisivo al pagano Nicomedes y a su paganismo, y para expresar su asco por todo lo que significa gentilismo.

No menos los otros… Judas de Alfeo tiene la cara de los momentos peores; su hermano se da la vuelta mostrando un gran interés por el mar. Santiago de Zebedeo y Andrés optan por dejar plantados a todos y bajar por los talegos y el telar. Mateo manosea su cinturón; el Zelote también se ocupa exageradamente de sus sandalias como si fueran una cosa nueva. Juan de Zebedeo se extasía mirando al mar.

Son tan manifiestos el desprecio y el tedio de los ocho -y no lo es menos el mutismo de los dos discípulos que están sentados junto al herido -, que el cretense se da cuenta y presenta disculpas:

-Mirad, es nuestra religión. Como vosotros creéis en la vuestra, yo y todos nosotros creemos en la nuestra…

Ninguno responde, y el cretense opta por dejar en paz a sus dioses y bajar del Olimpo a la tierra, o mejor, al mar, a la nave, e invita a los apóstoles a ir a la proa para ver bien la ciudad que ya se va acercando.

-Ahí tenéis, ¿veis? ¿Habéis estado alguna vez aquí?
-Yo una vez, pero viniendo por tierra -dice el Zelote, serio y seco. «

-¡Ah, bien! Entonces, al menos sabes que el verdadero puerto de Antioquía es Seleucia, en la costa, en la desembocadura del Oronte, que también se presta gentilmente a acoger a las naves, y, cuando las aguas son profundas, puede ser remontado por embarcaciones ligeras hasta Antioquía. Estáis viendo Seleucia, la más grande; la otra, orientada al sur, no es una ciudad, sino ruinas de un lugar devastado. Engañan: es sólo una ciudad muerta.

Aquella cadena montañosa es el Pierio que da a la ciudad el nombre de Seleucia Pieria. Aquel pico más hacia dentro, después de la llanura, es el monte Casio, que domina como un gigante la llanura de Antioquía. La otra cadena, al norte, es la del Amán. ¡Ya veréis qué obras han hecho los romanos en Seleucia y Antioquía! Mayores ya no podían. Un puerto de tres fondeaderos, que es uno de los mejores; y canales, y rompeolas, y diques. Tanto no se ve en Palestina. Pero Siria es mejor que otras provincias del Imperio…

Sus palabras caen en un silencio glacial. Hasta Síntica, que por ser griega es menos quisquillosa que los demás, aprieta los labios y su rostro adquiere más que nunca la expresividad de un rostro esculpido en una medalla o un bajorrelieve: un rostro de diosa, desdeñosa de los contactos terrenos.

El cretense se da cuenta y se disculpa:
-¡En el fondo, yo gano con los romanos!…

La respuesta de Síntica es tajante cual golpe de sable: «Y el oro hace perder el filo a la espada del honor nacional y de la libertad», y lo dice de tal forma y con un latín tan puro que el otro se queda paralizado…

Luego se atreve a preguntar: -¿Pero no eres griega?

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