por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
-Maestro, son mejores los humildes. Esos con los que hablé o se burlaron o manifestaron indiferencia. ¡Oh, sin embargo, los pequeños de Yuttá…!
Isaac está hablando con Jesús. Están todos sentados en círculo sobre la hierba de la orilla de un río. Isaac parece estar informando acerca del trabajo realizado.
Judas interviene y, cosa rara, llama por su nombre al pastor:
-Isaac, yo pienso como tú; estando con ellos perdemos tiempo y fe. Yo lo dejo.
-Yo no, aunque de hecho me hace sufrir. Lo dejaré sólo si el Maestro lo dice. Estoy acostumbrado desde hace años a sufrir por fidelidad a la verdad. No puedo mentir para atraerme la simpatía de los poderosos. ¿Sabes cuántas veces vinieron para burlarse de mí, a mi habitación de enfermo, prometiéndome - falsas promesas, ciertamente - ayuda con la condición de decir que había mentido, y que Tú, Jesús, no eras Tú, el Salvador que acababa de nacer? Pero yo no podía mentir. Mentir habría sido renegar mi alegría, habría sido matar mi única esperanza, habría sido rechazarte, ¡oh Señor mío! ¡Rechazarte a ti!… En la oscuridad de mi miseria, en la desolación de mi enfermedad, gozaba siempre de un cielo sembrado de estrellas: el rostro de mi madre, única alegría de mi vida de huérfano, el rostro de una esposa que nunca fue mía, a la cual guardé un amor en mi corazón incluso después de la muerte. Éstas eran las dos estrellas menores. Luego tenía dos estrellas más grandes, semejantes a purísimas lunas:
José y María, sonriendo a un Recién Nacido y a nosotros, pobres pastores. Y, fúlgido, en el centro del cielo de mi corazón, tu rostro: inocente, dulce, santo, santo, santo. ¡No podía rechazar este cielo mío! No quería privarme de su luz, más pura que ninguna. ¡Antes que rechazarte a ti, mi recuerdo bendito, mi Jesús Recién Nacido, habría rechazado la vida; incluso entre tormentos!
Jesús pone su mano en el hombro de Isaac y sonríe. Judas interviene de nuevo:
-¿Entonces tú insistes?
-Insisto. Hoy, y mañana, y al otro. Alguno vendrá.
-¿Cuánto durará el trabajo?
-No lo sé. Pero - convéncete - basta con no mirar ni hacia adelante ni hacia atrás. Trabajar día a día. Y si, terminado el día, el trabajo ha sido útil, decir:
"Gracias, Dios mío"; si inútil: "Espero en tu ayuda para mañana".
-Eres sabio.
-Ni siquiera sé qué quiere decir eso, pero yo hago en mi misión lo que he hecho en mi enfermedad. ¡Casi treinta años de enfermedad no son un día!
-¡Ya lo creo! Yo no había nacido todavía y tú ya estabas enfermo.
-Estaba enfermo, pero no he contado nunca esos años. Jamás dije: "Vuelve Nisán y no acompaño a las rosas en su nuevo germinar; vuelve Tisrí y languidezco aquí todavía". Iba adelante hablándome a mí mismo y a los buenos, de Él. Me daba cuenta de que los años pasaban porque los que había conocido pequeños venían a traerme sus dulces de boda y los de los nacimientos de sus pequeñuelos. Ahora, si miro hacia atrás - ahora que, de viejo, he pasado de nuevo a ser joven -, ¿qué veo del pasado? Nada. Pasado.
-Nada aquí, pero en el Cielo "todo" para ti Isaac; y ese todo te espera - dice Jesús.
Y, dirigiéndose a todos, añade:
-Así hay que actuar. Yo también actúo así. Ir hacia delante, sin cansancios. El cansancio es todavía una raíz de la soberbia humana, como también lo es la prisa. ¿Por qué uno siente fastidio por los fracasos? ¿Por qué uno se inquieta por la lentitud? Porque el orgullo dice: "¿A mí decirme `no?” “¿Conmigo tanta espera?” Esto es falta de respeto hacia el apóstol de Dios. No, amigos. Observad toda la Creación, y pensad en quien la hizo. Meditad sobre el progreso del hombre, y pensad en su origen. Pensad en esta hora que se cumple, y calculad cuántos siglos la han precedido. Lo creado es obra de serena creación. El Padre no hizo desordenadamente todo, sino que hizo el Universo por tiempos sucesivos.
El hombre, el hombre actual, es obra de un progreso paciente, y progresará cada vez más en saber y en poder; luego serán santos o no santos, según su voluntad. El hombre no se hizo docto de repente. Los Primeros, expulsados del Jardín, tuvieron que aprenderlo todo, lentamente, continuamente; aprender hasta incluso las cosas más simples: que el grano de trigo hecho harina y luego amasado y luego cocido es mejor, y aprender cómo molerlo y cómo cocerlo, aprender a encender la leña, aprender cómo se hace un vestido observando las pieles de los animales, cómo se hace un cobijo, observando las fieras, y un lecho observando los nidos, y a medicinarse con hierbas y aguas, observando a los animales que con ellas se medicinan por instinto, aprender a viajar por desiertos y por mares estudiando las estrellas, domando los caballos, y aprender, de una cáscara de nuez flotando a la orilla de un riachuelo, el equilibrio sobre el agua.
¡Cuántos fracasos antes de obtener un resultado! Pero lo obtuvo. Y seguirá progresando. No será más feliz por esto, porque más que en el bien se hará experto en el mal, pero progresará. La Redención ¿no es obra paciente? Decidida desde el principio de los siglos y aún antes, he aquí que adviene ahora, cuando los siglos ya la han preparado. Todo es paciencia. ¿Por qué, entonces, ser impacientes? ¿No podía Dios hacer todo en un abrir y cerrar de ojos?
¿No podía el hombre, dotado de razón, salido de las manos de Dios, saber todo en un abrir y cerrar de ojos? ¿No podía Yo venir al principio de los siglos? Todo podía ser. Pero nada debe ser violencia, nada. La violencia es siempre contraria al orden; y Dios, y lo que de Dios viene, es orden. No queráis valer más que Dios.
-Pero entonces, ¿cuándo serás conocido?
-¿Por quién, Judas?
-¡Hombre, por el mundo!
-Nunca.
-¿Nunca? ¿Pero, no eres el Salvador?
-Lo soy. Pero el mundo no quiere ser salvado. Sólo en la proporción de uno a mil me querrá conocer, y en la de uno a diez mil me seguirá realmente. Y aún así digo mucho. Ni siquiera los que estén más estrechamente ligados a mí me conocerán.
-Si están estrechamente ligados a ti, te conocerán, ¿no?
-Sí, Judas. Me conocerán como Jesús, el israelita Jesús, pero no me conocerán como quien soy. En verdad os digo que no seré conocido por todos ellos. Conocer quiere decir amar con fidelidad y virtud… y habrá quien no me conozca.
Se ve en Jesús su gesto de resignado desconsuelo, el que tiene siempre cuando anuncia la futura traición: abre las manos y las tiene así, hacia afuera, con el rostro lleno de dolor, un rostro que no mira ni a los hombres ni al cielo, sino sólo a su futuro destino de Traicionado.
-No digas eso, Maestro - suplica Juan.
-Nosotros te seguimos para conocerte cada vez más» dice Simón, y con él los pastores al unísono.
-Como a una esposa te seguimos, y te queremos más que a ella; nos sentimos más celosos de ti que de una mujer.
¡Oh, no! Tanto te conocemos, que no podemos ya ignorarte.
Él (y Judas señala a Isaac) dice que negar tu recuerdo, de cuando eras un Recién Nacido, habría sido para él más atroz que perder la vida. Y no eras más que un recién nacido. Nosotros te tenemos como Hombre y Maestro.
Nosotros te oímos y vemos tus obras. Tu contacto, tu aliento, tu beso, sor nuestra continua consagración y nuestra continua purificación. ¡Sólo un satanás podría renegarte después de haber sido una persona allegada a ti!
-Es cierto, Judas; no obstante, lo habrá.
-¡Ay de él! Seré su verdugo - exclama Juan de Zebedeo.
-No. Deja al Padre la justicia. Sé su redentor. El redentor de esta alma que tiende a Satanás… Saludemos a Isaac. Ha atardecido. Yo te bendigo, siervo fiel. Ya sabes que Lázaro de Betania es nuestro amigo y que desea ayudar a mis amigos. Yo parto. Tú te quedas. Árame el terreno árido de Judá. Más adelante volveré. Ya sabes donde encontrarme en caso de necesidad.
Te doy mi paz.
Jesús bendice, besa a su discípulo.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Otra aurora, otra vez las recuas de asnos amontonándose ante la puerta todavía cerrada, otra vez Jesús con Simón y Juan. Algunos vendedores lo reconocen y se le arremolinan alrededor.
Un soldado que está de guardia, cuando abren la puerta y lo ve, acude también. Lo saluda:
-Salve, galileo. Di a esta gente nerviosa que sean menos rebeldes. Se quejan de nosotros, pero no hacen más que maldecirnos y desobedecer. Y dicen que esto es culto para ellos. ¿Qué religión tienen, si está fundada sobre la desobediencia?
-Sé compasivo con ellos, soldado. Son como quien tiene en casa a un huésped indeseado pero más fuerte; sólo pueden vengarse con la lengua y con el desdén.
-Sí, pero nosotros tenemos que cumplir con nuestro deber, y tenemos que sancionarlos, con lo cual nos hacemos cada vez más esos huéspedes no deseados.
-Tienes razón. Debes cumplir con tu deber, pero hazlo siempre con humanidad. Piensa siempre: "Si yo estuviera en su lugar, ¿qué haría?". Verás como entonces sientes mucha piedad por las personas sometidas.
-Me gusta oírte hablar. No se ve en ti ni desprecio ni altivez. Los otros palestinos nos escupen por detrás, nos insultan, manifiestan asco hacia nosotros… menos en el caso en que haya posibilidad de desplumarnos, por una mujer o por compras. En ese caso el oro de Roma ya no produce asco.
-El hombre es el hombre, soldado.
-Sí, y es más falso que el mono. Pero no agrada estar entre gente que se comporta como serpientes al acecho…
También nosotros tenemos casas y madres y esposas e hijos, y la vida también tiene importancia para nosotros.
-Eso. Si cada uno recordase esto, desaparecerían los odios. Tú has dicho: "¿Qué religión tienen?". Te respondo: Una religión santa que, como primer mandamiento, tiene el amor hacia Dios y hacia el prójimo, una religión que enseña obediencia a las leyes, aunque provengan de Estados enemigos.
Porque, escuchad, hermanos míos en Israel, nada sucede sin que Dios lo permita. Incluso las dominaciones, desventuras sin par para un pueblo, de las cuales casi siempre se puede decir - si el pueblo se examina con rectitud - que el propio pueblo las ha querido, con sus modos de vivir contrarios a Dios. Acordaos de los Profetas. ¡Cuántas veces hablaron de esto! ¡Cuántas
mostraron con los hechos pasados, presentes y futuros, que el dominador es el castigo, la vara del castigo en la espalda del hijo ingrato! Y ¡cuántas veces enseñaron cómo dejar de padecerlo!: volviendo al Señor. No es ni la rebelión ni la guerra lo que sana heridas y lágrimas y rompe cadenas; es el vivir como justos. Entonces Dios interviene. Y ¿qué pueden hacer las armas y las formaciones de soldados contra los fulgores de las cohortes angélicas luchando en favor de los buenos? ¿Padecemos opresión?
Merezcamos que esto termine, con una vida propia de hijos de Dios. No remachéis vuestras cadenas con nuevos pecados. No permitáis que los gentiles os crean sin religión, o más paganos que ellos por vuestro modo de vivir. Sois el pueblo que ha recibido de Dios mismo la Ley. Observadla.
Haced que hasta los dominadores se inclinen ante vuestras cadenas diciendo: "Son personas sometidas, pero más grandes que nosotros; su grandeza no está en el número, en el dinero, en las armas, en el poder, sino que viene de su procedencia de Dios. Aquí brilla la divina paternidad de un Dios perfecto, santo, poderoso. Aquí se ve el
signo de una verdadera Divinidad. Se trasluce en sus hijos". Haced que mediten en esto y accedan a la verdad del Dios verdadero abandonando el error. Todos, incluso el más pobre, incluso el más ignorante del pueblo de Dios, pueden ser maestros para un gentil, maestros con su manera de vivir, y predicar a Dios a los paganos con las acciones de una vida santa.
Idos. La paz sea con vosotros.
-Tarda Judas, y también los pastores - observa Simón.
-¿Esperas a alguien, galileo? - pregunta el soldado que ha estado escuchando atentamente.
-Amigos.
-Entra al fresco del atrio. El sol quema ya desde las primeras horas. ¿Vas a la ciudad?
-No, vuelvo a Galilea.
-¿A pie?
-Soy pobre. A pie.
-¿Tienes mujer?
-Tengo una Madre.
-Yo también. Ven… si no sientes asco de nosotros como los demás.
-Sólo la culpa me repugna.
El soldado lo mira admirado y pensativo.
-Contigo no tendremos que intervenir nunca. La espada no se alzará nunca sobre ti. Eres bueno. ¡Pero los demás!…
Jesús está en la penumbra del atrio. Juan mira hacia la ciudad. Simón se ha sentado en un bloque de piedra que hace de banco.
-¿Cómo te llamas?
-Jesús.
-¡Ah, ¿eres el que hace milagros incluso con los enfermos?! Yo creía que eras sólo un mago… También tenemos nosotros. Un mago bueno, de todas formas; porque, ¡hay algunos…! Pero los nuestros no saben curar a los enfermos. ¿Cómo lo haces?
Jesús sonríe y calla.
-¿Usas fórmulas mágicas? ¿Tienes ungüentos de médula de muertos, serpientes disecadas y pulverizadas, piedras mágicas cogidas en las cuevas de los pitones?
-Nada de eso. Tengo sólo mi poder.
-Entonces eres realmente santo. Nosotros tenemos a los arúspices y a las vestales… y algunos de ellos realizan prodigios… y dicen que son los más santos. ¿Pero, tú lo crees? Son peores que los demás.
-Y entonces ¿por qué los veneráis?
-Porque… porque es la religión de Roma. Y si un súbdito no respeta la religión de su Estado, ¿cómo puede respetar al César y a la patria, y así tantas otras cosas?
Jesús mira fijamente al soldado.
-En verdad estás adelantado en el camino de la justicia. Prosigue, soldado, y llegarás a conocer eso que tu alma siente que tiene dentro y no sabe darle un nombre.
-¿El alma? ¿Qué es?
-Cuando mueras, ¿a dónde irás?
-¡Bueno!… no lo sé. Si muero como un héroe, a la pira de los héroes… si no paso de ser un pobre viejo, una nulidad, quizás me pudra en mi madriguera o en una cuneta.
-Esto por lo que respecta al cuerpo, pero el alma ¿a dónde irá?
-No sé si todos los hombres tienen alma o si la tienen sólo los destinados por Júpiter a los Campos Elíseos después de una vida portentosa, aunque no los lleve al Olimpo como sucedió con Rómulo.
-Todos los hombres tienen un alma. Y ésta es lo que distingue al hombre del animal. ¿Quisieras ser semejante a un caballo o a un pájaro o a un pez, carne que, muerta, es sólo podredumbre?
-¡Oh, no! Soy hombre y prefiero ser tal.
-Pues bien, lo que te hace hombre es el alma; sin ella, no serías mas que un animal que habla.
-¿Y dónde está? ¿Cómo es?
-No tiene cuerpo, pero existe, está en ti; viene de Aquel que creó el mundo, y a Él vuelve después de la muerte del cuerpo.
-Del Dios de Israel, según vosotros.
-Del Dios solo, uno, eterno, supremo Señor y Creador del universo.
-¿Y un pobre soldado como yo tiene también un alma?, ¿un alma que vuelve a Dios?
—Sí, también un pobre soldado, y Dios será Amigo de su alma si esta fue siempre buena, o la castigará si fue malvada.
-Maestro, mira Judas con los pastores y unas mujeres. Si no veo mal, está con ellos la niña de ayer - dice Juan.
-Adiós, soldado. Sé bueno.
-¿No te volveré a ver? Quisiera saber aún…
-Voy a estar en Galilea hasta Septiembre; si puedes, ven. En Cafarnaúm o en Nazaret todos sabrán darte noticias acerca de mí. En Cafarnaúm, pregunta por Simón Pedro; en Nazaret, por María de José. Es mi Madre. Ven. Te hablaré del Dios verdadero.
-Simón Pedro… María de José. Iré si puedo. Y Tú, si vuelves, acuérdate de Alejandro. Soy de la centuria de Jerusalén.
Judas y los pastores están ya en el atrio.
-Paz a todos vosotros - dice Jesús, que hubiera querido decir algo más…
Pero una jovencita delgaducha, aunque risueña, ha abierto el grupo y se ha echado a sus pies:
-¡Tu bendición una vez más sobre mí, Maestro y Salvador, y una vez más mi beso para ti! - (le besa las manos).
-Ve. Sé alegre, buena; buena hija, luego buena esposa y luego buena madre. Enseña a tus futuros pequeños mi Nombre y mi doctrina. Paz a ti y a tu madre. Paz y bendición a todos los que son amigos de Dios. Paz a ti también, Alejandro.
Jesús se aleja.
-Nos hemos retrasado, pero es que nos han asediado esas mujeres - explica Judas - Estaban en Get-Sammí y querían verte. Nosotros habíamos ido allí, sin saber los unos de los otros, para venir contigo, pero Tú ya te habías ido y en vez de ti estaban ellas. Queríamos quitárnoslas de encima… pero eran más pesadas que las moscas; querían saber muchas cosas… ¿Has curado a la niña?
-Sí.
-¿Y le has hablado al romano?
-Sí. Es un corazón honesto, y busca la Verdad…
Judas suspira.
-¿Por qué suspiras, Judas? - pregunta Jesús.
-Suspiro porque… porque quisiera que fueran los nuestros los que buscasen la Verdad. Sin embargo, o huyen de ella o se burlan de ella o permanecen indiferentes. Me siento desanimado. Siento el deseo de no volver a poner pie aquí y de dedicarme sólo a escucharte. Total, como discípulo no logro hacer nada.
-¿Y tú crees que Yo logro mucho? No te desanimes, Judas. Son las luchas del apostolado. Más derrotas que victorias: derrotas aquí, porque allá arriba son siempre victorias. El Padre ve tu buena voluntad y te bendice de todas formas, a pesar de que no cuaje en un fruto.
-¡Tú eres bueno! (Judas le besa una mano). ¿Lograré llegar a ser bueno?
-Sí, si lo quieres.
-Creo haberlo sido durante estos días… He sufrido para serlo… porque tengo muchas tendencias… pero lo he sido pensando siempre en ti.
-Persevera entonces. Me das mucha alegría. Y vosotros, ¿qué noticias me dais? - pregunta a los pastores.
-Elías te manda saludos y un poco de comida, y dice que no lo olvides.
-¡Oh, Yo tengo en mi corazón a mis amigos! Vamos hasta aquel pueblecito que se ve inmerso en el verdor. Luego, al atardecer, continuaremos el camino. Me siento contento de estar con vosotros, de ir a donde mi Madre, y de haber hablado de la Verdad a un hombre honesto. Sí, me siento feliz. Si supierais qué significa para mí llevar a cabo mi misión y ver que a ella se acercan los corazones, o sea, al Padre, ¡ah, entonces sí que me seguiríais cada vez más con el espíritu!… No veo más.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús está con Simón en Jerusalén. Se abren paso entre la muchedumbre de vendedores y de jumentos - parece una procesión por la calzada -. Jesús dice:
-Subamos al Templo antes de ir al Get Sammi. Oraremos al Padre en su Casa.
-¿Sólo, Maestro?
-Sólo eso. No puedo entretenerme. Mañana, al alba, es la cita en la Puerta de los Peces, y, si la muchedumbre insiste, me va a impedir ir. Quiero ver a los otros pastores. Los disemino como verdaderos pastores por Palestina para que congreguen a las ovejas y sea conocido el Dueño del rebaño, al menos, de nombre; de modo que cuando ese nombre Yo lo pronuncie, ellas sepan que soy Yo el Dueño del rebaño y vengan a mí y Yo las acaricie.
-¡Es dulce tener un Dueño como Tú! Las ovejas te amarán.
-Las ovejas…, no las cabras. Después de ver a Jonás, iremos a Nazaret y luego a Cafarnaúm. Simón Pedro y los otros sufren por tanta ausencia… Iremos a darles este motivo de gozo y a dárnoslo a nosotros mismos. Incluso el verano nos aconseja que lo hagamos. La noche está hecha para el descanso y demasiado pocos son los que posponen el descanso al conocimiento de la Verdad. El hombre… ¡el hombre! Se olvida demasiado de que tiene un alma, y piensa sólo en la carne y se preocupa sólo de la carne. El sol durante el día es vio-lento, impide caminar y enseñar en las plazas y por los caminos. Tanto cansa, adormece los
espíritus y los cuerpos. Pues entonces… vamos a adoctrinar a mis discípulos; a la agradable Galilea, verde y fresca de aguas. ¿Has estado allí alguna vez?
-Una vez, de paso y en invierno, en una de mis penosas peregrinaciones de un médico a otro. Me gustó…
-¡Oh, es hermosa siempre; durante el invierno y más aún, en las otras estaciones! Ahora, en verano, tiene unas noches tan angelicales… Sí, de lo puras que son, parecen hechas para los vuelos de los ángeles. El lago… el lago, con su cinturón de montes más o menos cercanos que lo resguardan, parece hecho justamente para hablar de Dios a las almas que buscan a Dios.
Es un trozo de cielo caído entre el verde; y el firmamento no lo abandona, sino que se refleja en él con sus astros, multiplicándolos así… como queriendo presentárselos al Creador diseminados sobre una lastra de zafiro. Los olivos descienden casi hasta las olas y están llenos de ruiseñores, y también cantan su alabanza al Creador que hace que vivan en ese lugar tan dulce y plácido.
¿Y mi Nazaret? Toda extendida bajo el beso del sol, toda blanca y verde, sonriente entre los dos gigantes del grande y del pequeño Hermón. Y el pedestal de montes en que se apoya el Tabor, pedestal de suaves pendientes del todo verdes, que elevan hacia el sol a su señor, frecuentemente nevado, pero tan hermoso cuando el sol ciñe su cima, que toma aspecto de alabastro rosado… En el lado opuesto, el Carmelo es de lapislázuli a ciertas horas de sol intenso en las que todas las venas de mármoles o de aguas, de bosques o de prados, se muestran con sus distintos colores; y es delicada amatista bajo la primera luz, mientras que por la tarde es de berilo violeta-celeste; y es un solo bloque de sardónica cuando la luna lo muestra todo negro contra el plateado lácteo de su luz. Y luego, abajo, al Norte, el tapiz fértil y florido del llano de Esdrelón.
Y luego… y luego, ¡oh…, Simón!, ¡allí hay una Flor… una Flor hay que vive solitaria difundiendo fragancia de pureza y amor para su Dios y para su Hijo! Es mi Madre. La conocerás, Simón, y me dirás si existe criatura semejante a Ella, incluso en humana gracia, sobre la faz de la Tierra. Es hermosa, pero toda hermosura queda pequeña ante lo que emana de su interior. Si un bruto la despojase de todas sus vestiduras, la hiriera hasta desfigurarla y la arrojara a la calle como a un vagabundo, seguiría viéndosela como Reina y regiamente vestida, porque su santidad le haría de manto y esplendor. Toda suerte de males puede darme el mundo, pero Yo le perdonaré todo, porque para venir al mundo y redimirlo la he tenido a Ella, la humilde y gran Reina del mundo, que éste ignora, y por la cual, sin embargo ha recibido el Bien y recibirá aún más durante los siglos.
Hemos llegado al Templo. Observemos la forma judía del culto. Pero en verdad te digo que la verdadera Casa de Dios, el Arca Santa, es su Corazón, cubierto por el velo de su carne purísima, bordado de filigrana por sus virtudes.
Ya han entrado y caminan por el primer rellano. Pasan por un pórtico, dirigiéndose a un segundo rellano.
-Maestro. Mira Judas, allí, entre aquel corro de gente. Y hay también fariseos y miembros del Sanedrín. Voy a oír lo que dice. ¿Me dejas?
-Ve. Te espero junto al Gran Pórtico.
Simón va rápido y se coloca de forma que puede oír sin ser visto. Judas habla con gran convencimiento:
-… Y aquí hay personas, que todos vosotros conocéis y respetáis, que pueden decir quién era yo. Pues bien, os digo queÉl me ha cambiado. El primer redimido soy yo. Muchos entre vosotros veneran al Bautista. El también lo venera, y le llama "el santo igual a Elías por misión, más aún mayor que Elías". Ahora bien, si tal es el Bautista, Éste, al cual el Bautista llama "el Cordero de Dios" y, por su propia santidad, jura haberle visto coronar por el Fuego del Espíritu de Dios mientras una voz desde los Cielos lo proclamaba "Hijo de Dios muy amado al que se debe escuchar", Este no puede ser sino el Mesías. Lo es.
Yo os lo juro. No soy un inculto ni un estúpido. Lo es. Yo le he visto obrar y he oído su palabra, y os digo: es Él, el Mesías. El milagro le sirve como un esclavo a su amo. Enfermedades y desventuras caen como cosas muertas y nace alegría y salud. Y los corazones cambian aún más que los cuerpos. Ya lo veis en mí. ¿No tenéis enfermos?, ¿no tenéis penas que necesiten ser aliviadas? Si las tenéis, venid mañana, al alba, a la Puerta de los Peces. Ahí estará Él trayendo consigo la felicidad. Entretanto, ved cómo yo, en su nombre, a los pobres les doy este dinero.
Judas distribuye unas monedas a dos lisiados y a tres ciegos, y por último fuerza a una viejecita a aceptar las últimas monedas. Luego despide a la multitud y se quedan él, José de Arimatea, Nicodemo y otros tres que no conozco.
-¡Ah, ahora me siento bien! - exclama Judas - No tengo ya nada, y soy como Él quiere.
-Verdaderamente no te reconozco. Creía que era una broma, pero veo que vas en serio - exclama José.
-¡En serio! ¡Si yo soy el primero que no me reconozco! Sigo siendo una bestia inmunda respecto a Él, pero ya estoy muy cambiado.
-¿Y vas a dejar de pertenecer al Templo? - pregunta uno de los que no conozco.
-¡Sí! Soy del Cristo. Quien lo conoce, a menos que sea un áspid, no puede más que amarlo, y no desea nada más aparte de Él.
-¿No va a volver aquí? - pregunta Nicodemo.
-Claro que volverá, pero no ahora.
-Quisiera oírlo.
-Ya ha hablado en este lugar, Nicodemo.
-Lo sé. Pero yo estaba con Gamaliel… Lo vi… pero no me detuve.
-¿Qué dijo Gamaliel, Nicodemo?
-Dijo: "Algún nuevo profeta". No dijo nada más.
-¿Y no le expresaste lo que yo te dije, José? Tú eres amigo suyo…
-Lo hice, pero me respondió: "Ya tenemos al Bautista y, según la doctrina de los escribas, al menos deben pasar cien años entre éste y aquél, para preparar al pueblo a la venida del Rey. Yo digo que hacen falta menos – añadió - porque el tiempo se ha cumplido ya - Y terminó: "Sin embargo, no puedo admitir que el Mesías se manifieste así… Un día creí que comenzaba la manifestación mesiánica, porque su primer destello era verdaderamente resplandor celeste; pero luego… se hizo un gran silencio. Y pienso que me he equivocado".
¿Por qué no se lo vuelves a decir? Si Gamaliel estuviera con nosotros y vosotros con él…
-No os lo aconsejo - objeta uno de los tres desconocidos - El Sanedrín es poderoso y Anás lo rige con astucia y avidez. Si tu Mesías quiere vivir, le aconsejo que permanezca en la oscuridad; a menos que se imponga con la fuerza, pero entonces está Roma…
-Si el Sanedrín lo oyera, se convertiría al Cristo.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! - se ríen los tres desconocidos y dicen:
«Judas, te creíamos, sí, cambiado, pero todavía inteligente. Si es verdad lo que dices de Él, ¿cómo puedes pensar que el Sanedrín lo siga? Ven, ven, José. Es mejor para todos. Dios te proteja, Judas. Lo necesitas - Y se marchan. Judas se queda sólo con Nicodemo.
Simón se aleja sin hacerse notar y va donde el Maestro.
-Maestro, me acuso de haber pecado de calumnia con la palabra y con el corazón. Ese hombre me desorienta. Lo creía casi un enemigo tuyo, y lo he oído hablar de ti de una forma que pocos entre nosotros lo hacen, especialmente aquí donde el odio podría matar primero al discípulo y luego al Maestro. Y le he visto dar dinero a los pobres, y tratar de convencer a los
miembros del Sanedrín…
-¿Lo ves, Simón? Me alegro de que lo hayas visto en una ocasión. Referirás esto también a los demás cuando lo acusen.
Bendigamos al Señor por esta alegría que me das, por tu honestidad al decir “he pecado" y por la obra del discípulo que creías malvado y no lo es.
Oran durante largo tiempo y luego salen.
-¿No te ha visto?
-No. Estoy seguro.
-No le digas nada. Es un alma muy enferma. Una alabanza sería semejante al alimento dado a un convaleciente de una gran fiebre de estómago. Le haría empeorar, porque se gloriaría al tener conciencia que los demás se fijan en él. Y donde entra el orgullo…
-Guardaré silencio. ¿A dónde vamos?
-A donde Juan; estará a esta hora calurosa en la casa de los Olivos.
Caminan ligeros, buscando la sombra por las calles, calles verdaderamente de fuego a causa del intenso sol. Salen del suburbio polvoriento, atraviesan la puerta de la muralla, salen a la deslumbrante campiña; de ésta a los olivos, de los olivos a la casa.
En la cocina (fresca y oscura por la cortina que han colocado en la puerta) está Juan. Se ha quedado traspuesto. Jesús lo llama:
-¡Juan!
-¿Tú, Maestro? Te esperaba por la noche.
-He venido antes. ¿Cómo te has sentido durante este tiempo, Juan?
-Como un cordero que hubiera perdido a su pastor. Les hablaba a todos de ti, porque ello ya significaba tenerte un poco. He hablado de ti a algunos familiares, a conocidos, a otras personas, y a Anás… y a un lisiado que lo he hecho amigo mío con tres denarios; me los habían dado y yo se los he dado a él. Y también a una pobre mujer, de la edad de mi madre, que lloraba en un corro de mujeres a la puerta de una casa. Le pregunté: "¿Por qué lloras?". Me respondió: "El médico me ha dicho: `Tu hija está enferma de tisis. Resígnate. Con los primeros temporales de Octubre morirá”. Ella es lo único que tengo; es hermosa, buena, y tiene quince años. Iba a casarse para la primavera, y en lugar del cofre de bodas le tengo que preparar el sepulcro".
Le respondí:
-Yo conozco a un Médico que te la puede curar si tienes fe.
-Ya ninguno la puede curar. La han visto tres médicos. Ya escupe sangre.
- El mío - dije - no es un médico como los tuyos, no cura con medicinas, sino con su poder; es el Mesías…".
Una viejecita, entonces, dijo:
-¡Cree, Elisa! ¡Conozco a un ciego al que Él le ha devuelto la vista!
La madre entonces pasó del desánimo a la esperanza, y te está esperando… ¿He hecho bien? No he hecho más que esto.
-Has hecho bien. Por la noche iremos a ver a tus amigos. ¿Has vuelto a ver a Judas?
-No, Maestro. Pero me ha mandado comida y dinero. Yo se lo he dado a los pobres. Me había dicho que podía usarlo porque era suyo.
-Es verdad. Juan, mañana vamos hacia Galilea…
-Esto me alegra, Maestro. Pienso en Simón Pedro. ¿Con qué ansia te esperará! ¿Pasaremos también por Nazaret?
-Sí, y allí esperaremos a Pedro, a Andrés y a tu hermano Santiago.
-¡Oh!, ¿nos quedamos en Galilea?
-Sí, durante un tiempo.
Se le ve contento a Juan. Y todo cesa aquí, en este momento de felicidad de Juan.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Una clarísima aurora estiva. Más que aurora, ya infancia de día, porque el sol ya ha dejado todo límite de horizonte y sube cada vez más, sonriéndole a la tierra sonriente. No hay tallito que no ría con destellos de rocío. Parece como si los astros nocturnos se hubieran pulverizado, para ser oro y gemas en todos los tallos, en todas las frondas, y hasta incluso sobre las piedras esparcidas en el suelo, con sus escamitas silíceas, humedecidas por el rocío, que parecen polvos de tocador hechos de diamante, o polvo de oro.
Jesús y Simón andan por un camino que se aleja de la calzada principal haciendo una V Se dirigen hacia unos magníficos huertos de árboles frutales, y espléndidos campos de lino tan alto como un hombre, ya cercano a la siega; otros campos, más lejanos, muestran sólo un gran rojear de amapolas entre la amarillez de los rastrojos.
-Estamos ya en la propiedad de mi amigo. Como puedes ver, Maestro, la distancia estaba dentro de la prescripción de la Ley. Jamás me habría permitido un engaño contigo. Detrás de aquel pomar está el muro que circunda el jardín; dentro está la casa. Te he traído por este atajo precisamente para no salirnos de la milla prescrita.
-¿Es muy rico tu amigo!
-Mucho. Pero no es feliz. Su casa tiene propiedades en otros lugares.
-¿Es fariseo?
-Su padre no lo era. Él… es muy observante. Ya te lo he dicho: un verdadero israelita.
Andan un poco más. Se ve un alto muro. Luego, al otro lado, árboles y más árboles, entre los cuales apenas si se ve la casa. El terreno aquí se eleva un poco, pero no tanto como para permitirle a la vista penetrar en el jardín, tan vasto que podríamos llamarle "parque".
Dan la vuelta a la esquina. El muro prosigue igual, dejando descender desde su parte alta ramas despeinadas de rosas y jazmines llenas de fragancia y esplendor en sus corolas bañadas de rocío.
Llegan a la sólida puerta de hierro forjado. Simón golpea con el pesado aldabón de bronce.
-Es una hora muy temprana para entrar, Simón - objeta Jesús.
-¡Pero si mi amigo, que sólo encuentra alivio en su jardín o entre los libros, se levanta nada más salir el sol! La noche es para él un tormento. No tardes más, Maestro, en darle tu alegría.
Un criado abre la puerta.
-¡Hola, Aseo! Dile a tu jefe que Simón el Zelote ha venido con su Amigo.
El criado los invita a entrar diciendo: «Vuestro siervo os saluda. Entrad, que la casa de Lázaro está abierta para los amigos». Luego se marcha corriendo.
Simón, que conoce bien el lugar, se dirige no hacia el paseo central sino hacia un sendero que entre rosales lleva a una pérgola de jazmines.
Y de allí, en efecto, sale Lázaro poco después. Está delgado y pálido, como siempre lo he visto; alto, pelo corto ni tupido ni rizado, barba rala apenas limitada a la barbilla. Viste de lino blanquísimo y anda con dificultad, como si le dolieran las piernas.
Cuando ve a Simón, hace un gesto de afectuoso saludo, y luego, como puede, corre hacia Jesús y se hinca de rodillas, y se inclina profundamente para besar el borde del vestido de Jesús, diciendo:
-No soy digno de tanto honor, pero, puesto que tu santidad se humilla hasta mi miseria, ven, mi Señor, entra, y sé dueño en mi pobre casa.
-Levántate, amigo. Recibe mi paz.
Lázaro se levanta y besa las manos de Jesús y lo mira con veneración no exenta de curiosidad. Caminan hacia la casa.
-¡Cuánto te he esperado, Maestro! Cada alba decía: "Hoy vendrá", y cada noche decía: "¡Tampoco hoy lo he visto!"».
-¿Por qué me esperabas con tanta ansia?
-Porque… ¿qué esperamos nosotros, los israelitas, sino a ti?
-¿Y tú crees que Yo soy el Esperado?
-Simón no ha mentido jamás, y no es un muchacho que se exalte por quimeras. La edad y el dolor lo han hecho maduro como un sabio. Y, además… aunque él no te hubiera conocido por la verdad de tu ser, tus obras habrían hablado y te habrían llamado "Santo". Quien hace las obras de Dios debe ser hombre de Dios. Y Tú las haces. Y las haces de un modo que dice cuánto eres Tú el Hombre de Dios. Él, mi amigo, fue a ti por la fama de milagros y obtuvo un milagro. Y sé que tu camino está marcado con otros milagros. ¿Por qué no creer entonces que eres el Esperado? ¡Oh, es tan dulce creer lo bueno! De muchas cosas que no son buenas debemos fingir creer que lo son, por amor a la paz, por no poderlas cambiar; debemos mostrar que creemos muchas palabras falsas, que parecen halagos, alabanzas, benignidad, y son por el contrario sarcasmo y censura, veneno recubierto de miel; debemos mostrar que las creemos aun sabiendo que son veneno, censura y sarcasmo…, debemos hacerlo porque… no se puede actuar de otra manera y somos débiles contra todo un mundo que es fuerte, y estamos solos contra todo un mundo que, como enemigo, está contra nosotros… ¿Por qué, entonces, tener dificultad en creer lo bueno? Pero es que, además, estamos en la plenitud de los tiempos y los signos de los tiempos se dan. Y cuanto pudiera faltar para robustecer la fe y hacerla impasible ante la duda, lo pone nuestra voluntad de creer y de aplacar nuestro corazón en la certeza de que la espera ha terminado y de que el Redentor está entre nosotros; está entre nosotros el Mesías… Aquel que devolverá la paz a Israel y a los hijos de Israel, Aquel que… hará que muramos sin angustia, sabiendo que hemos sido redimidos, y que vivamos sin ese aguijón de nostalgia por nuestros muertos… ¡Oh…, los muertos! ¿Por qué sentir pena por ellos, sino porque no tienen ya a sus hijos y todavía no tienen a su Padre y Dios?-¿Hace mucho que se te ha muerto tu padre?
-Tres años. Y siete que se me murió mi madre… Pero ya hace algo de tiempo que no los compadezco… Yo mismo quisiera estar donde espero que estén ellos aguardando el Cielo.
-No tendrías, entonces, como huésped al Mesías.
-Es cierto. Ahora yo soy más que ellos porque te tengo… y el corazón se aplaca con esta alegría. Entra, Maestro.
Concédeme el honor de hacer de mi casa la tuya. Hoy es sábado y no puedo honrarte convidando a amigos…
-No lo deseo. Hoy soy todo para el amigo común de Simón y mío.
Entran en una hermosa sala, donde unos criados están preparados para recibirlos.
-Os ruego que los sigáis - dice Lázaro - Podréis reponer fuerzas o tomar algo fresco antes de la comida matutina.
Y, mientras Jesús y Simón van a otro lugar, Lázaro da órdenes a los siervos. Comprendo que la casa es rica, y señorial además de rica…
…Jesús bebe leche (Lázaro quiere servírsela personalmente a toda costa antes de sentarse para la comida matutina).
Veo que Lázaro se vuelve a Simón y le dice:
-He encontrado al hombre que está dispuesto a adquirir tus bienes, y al precio que tu intendente ha estimado justo. No quita ni una dracma.
-Pero ¿está dispuesto a observar mis cláusulas?
-Está dispuesto. Acepta todo, con tal de estar en esas tierras. Y yo me alegro porque al menos sé con quién confino. No obstante, de la misma forma que tú deseas permanecer al margen en la venta, él desea que no sepas quién es. Te ruego que secundes este deseo suyo.
-No veo motivo para no hacerlo. Tú, amigo mío, harás mis veces… Todo lo que hagas estará bien. Me conformo sólo con que mi servidor fiel no se quede en la calle… Maestro, yo vendo, y, por lo que a mi respecta, me siento feliz de no tener ya nada que me ligue a ninguna cosa que no sea servirte a ti. Pero tengo un viejo criado fiel, el único que ha quedado después de mi desventura y que - ya te lo dije - me ayudó siempre en los momentos de segregación, cuidando de mis bienes como de los propios, haciéndolos incluso pasar con la ayuda de Lázaro por propios para salvármelos y poder socorrerme con ellos.
Ahora no sería justo que yo lo despidiera sin casa, ahora que es anciano. He decidido que una pequeña casa, en las lindes de la propiedad, se quede para él y que parte de la suma se le dé para su sustento futuro. Los viejos, ya sabes, son como la hiedra: cuando han vivido siempre en un lugar, sufren demasiado si se les aleja de él. Lázaro lo quería consigo, porque Lázaro es bueno, pero he preferido hacer esto. Sufrirá menos el anciano…
-Tú también eres bueno, Simón. Si todos fueran justos como tú, resultaría más fácil mi misión…» observa Jesús. -¿Sientes que el mundo es reacio, Maestro? - pregunta Lázaro.
-¿El mundo?… No. La fuerza del mundo: Satanás. Si él no fuera dueño de los corazones y los tuviera en su poder, Yo no encontraría resistencia. Pero el Mal está en contra del Bien, y tengo que vencer en cada uno al mal para introducir en ellos el bien… y no todos quieren.
-Es cierto. ¡No todos quieren! Maestro, ¿qué palabras encuentras para el culpable; para convertirlo, para doblegarlo?
¿Palabras de severa reprobación como las que llenan la historia de Israel hacia los culpables - el último que las usa es el Precursor - o por el contrario palabras de piedad?
-Practico el amor y la misericordia. Cree, Lázaro, que para quien a caído tiene más poder una mirada de amor que una maldición.
-¿Y si el amor es objeto de burla?
-Seguir insistiendo. Insistir hasta el extremo. Lázaro, ¿conoces las tierras traidoras que se tragan a los incautos?
-Sí. Lo he leído - en el estado en que me encuentro leo mucho, por pasión y por pasar las largas horas de insomnio. Sí, he leído acerca de ellas. Sé que existen en Siria y en Egipto, y otras en donde los caldeos, y sé que son como ventosas, aspiran cuando hacen presas. Un romano dice que son bocas del Infierno, habitadas por monstruos paganos. ¿Es verdad?
-No es verdad. No son más que especiales formaciones del suelo terrestre. El Olimpo no tiene nada que ver aquí.
Dejará de creerse en el Olimpo y aquéllas seguirán existiendo, y el progreso del hombre no podrá más que proporcionar una explicación más verídica del hecho, pero no eliminarlo. Ahora Yo te digo: De la misma forma que has leído acerca de esas tierras, habrás leído también de qué manera puede salvarse quien cae en ellas.
-Sí, lanzándole una soga, o con una estaca o una rama. En ocasiones es suficiente poco para darle al que se está hundiendo eso mínimo que necesita para mantenerse, que es además ese mínimo imprescindible para que esté tranquilo, sin movimientos convulsivos, mientras espera un socorro mayor.
-Pues bien. El culpable, el que está en manos de Satanás, es como si sufriera la succión de un suelo engañoso (cubierto de flores en la superficie, pero lodo movedizo por debajo). ¿Tú crees que, si uno supiera qué significa poner aunque sólo fuera un átomo de sí mismo en manos de Satanás, lo haría? Pero no sabe… y, después… o lo paraliza el aturdimiento y el veneno del Mal o lo enloquece, y para huir del remordimiento de haberse procurado la propia ruina empieza a moverse convulsivamente, a agarrarse al lodo, creando así pesadas ondas con su movimiento imprudente, las cuales aceleran cada vez más su fin. El amor es la soga, el hilo, la rama de que tú hablas. Insistir, insistir… hasta que se aferre… Una palabra… y perdón… un perdón más grande que la culpa… al menos para impedir que siga hundiéndose y esperar el socorro de Dios… Lázaro, ¿sabes qué poder tiene el perdón?: Hace que Dios acuda a ayudar a quien está socorriendo a otro… ¿Lees mucho?
-Mucho; y no sé si hago bien, pero la enfermedad y… y otras cosas… me han privado de muchas delicias del hombre… y ahora no tengo más que la pasión de las flores y los libros…, de las plantas y los caballos… Sé que se me critica, pero ¿puedo yo ir a mis propiedades en este estado (y descubre unas piernas enormes completamente vendadas) a pie o ni siquiera en mula?
Debo usar un carro, y además que sea rápido. Por eso he adquirido caballos y me he encariñado con ellos; lo digo. Pero si Tú me dices que está mal… pues que se los lleven a venderlos.
-No, Lázaro, no son estas cosas las que corrompen; corrompe lo que turba el espíritu y lo aleja de Dios.
-Precisamente esto, Maestro, es lo que querría saber. Yo leo mucho. Sólo tengo este consuelo. Me gusta saber. Yo creo que en el fondo es mejor saber que hacer el mal, es mejor leer que… que hacer otras cosas. Pero yo no leo sólo lo que se refiere a nosotros. Me gusta conocer también el mundo de los demás, y Roma y Atenas me atraen. Ahora sé cuánto mal le vino a Israel cuando se corrompió con los asirios y con Egipto, y cuánto mal nos hicieron los gobiernos helenizantes. No sé si un particular puede hacerse a sí el mismo daño que Judas se hizo a sí mismo y a nosotros, sus hijos. Pero Tú qué piensas de ello. Deseo que me enseñes. Tú, que no eres un rabí, pero que eres el Verbo sapiente y divino.
Jesús lo mira fijamente durante unos minutos; una mirada penetrante y al mismo tiempo lejana. Parece como si, traspasando el cuerpo opaco de Lázaro, Él escrutara su corazón y, yendo aún más allá, viera quién sabe qué… Al final, habla:
-¿Sientes turbación por lo que lees? ¿Te separa de Dios y de su Ley?
-No. Maestro; me mueve, por el contrario, a hacer comparaciones entre nuestra verdad y la falsedad pagana.
Comparo y medito las glorias de Israel, sus justos, sus patriarcas, sus profetas, y las figuras deshonestas de las historias de otros. Comparo nuestra filosofía - si se puede llamar así la Sabiduría que habla en los textos sagrados - con la pobre filosofía griega y romana, en las cuales hay, sí, chispas de fuego, pero no la segura llama que arde y resplandece en los libros de nuestros sabios. Y luego, con mayor veneración aún, me inclino con el espíritu a adorar a nuestro Dios que habla en Israel a través de hechos, personas y escritos nuestros.
-Pues entonces continúa leyendo… Te será útil conocer el mundo pagano… Continúa. Puedes continuar. Careces del fermento del mal y de la gangrena espiritual; por tanto puedes leer sin miedo: el amor verdadero que tienes hacia tu Dios hace estériles los gérmenes profanos que la lectura puede esparcir en ti. En todas las acciones del hombre hay posibilidad de bien o de mal, según se cumplan. Amar no es pecado, si se ama santamente. Trabajar no es pecado, si se trabaja cuando es justo.
Ganar no es pecado, si uno se conforma con lo que es justo. Instruirse no es pecado, si, por la instrucción, no se mata la idea de Dios en nosotros. Por el contrario, es pecado incluso el servir al altar, si ello se hace por interés propio. ¿Estás convencido esto, Lázaro?
-Sí, Maestro. He preguntado esto a otros, y han terminado despreciándome… Pero Tú me das luz y paz. ¡Oh, si todos te oyeran!… Ven, Maestro. Entre los jazmines se siente frescura y silencio, y dulce es descansar entre sus frescas sombras esperando a que decline el día».
Salen y todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús está en el campo, en una zona de tierras óptimas: magníficas parcelas de árboles frutales, viñedos espléndidos con racimos cargados de uvas, que tienden ya a teñirse de oro y de rubí… Está sentado entre frutales comiendo algo de fruta que le ha ofrecido un campesino.
Quizás poco antes ha estado hablando, porque el campesino dice:
-Me alegro de poder aliviar tu sed, Maestro. Tu discípulo ya nos había hablado de tu sabiduría, pero aun así nos hemos quedado asombrados al escucharte. Cerca como estamos de la Ciudad Santa, se va frecuentemente a ella para vender fruta y verduras. Se sube entonces también al Templo y se escucha a los rabíes. Pero no hablan, no, como Tú. Uno vuelve diciendo: "Si es así, ¿quién se salva?".
Tú, por el contrario… ¡oh, a uno le parece sentir el corazón aligerado! Un corazón que vuelve a ser niño, aunque se siga siendo hombre. Soy un hombre rudo… no sé explicarme, pero Tú, sin duda, entiendes.
-Sí. Te entiendo. Quieres decir que, con la seriedad y el conocimiento de las cosas, propios de quien es adulto, sientes, después de haber escuchado la Palabra de Dios, que la simplicidad, la fe, la pureza te renacen en el corazón, y te parece como si volvieras a ser niño, sin culpas ni malicia, con mucha fe, como cuando de la mano de tu madre subías al templo por primera vez u orabas sobre sus rodillas. Esto quieres decir. -Estos sí, exactamente esto. ¡Dichosos vosotros que estáis siempre con El! - dice luego a Juan, Simón y Judas, que comen jugosos higos, sentados en una tapia baja. Y termina - Y dichoso yo por tenerte como huésped durante una noche. Ya no temo ninguna desventura en mi casa, porque tu bendición ha entrado en ella.
Jesús responde:
-La bendición actúa y dura si los corazones permanecen fieles a la Ley de Dios y a mi doctrina; en caso contrario, la gracia cesa. Y es justo, porque, si es verdad que Dios da sol y aire tanto a los buenos como a los malos (para que vivan y, si son buenos, se hagan mejores, y, si son malos, se conviertan), también es justo que la protección del Padre se retire para castigo del malvado, para moverlo con penas a acordarse de Dios.
-¿No es siempre un mal el dolor?
-No, amigo. Es un mal desde el punto de vista humano, pero desde el punto de vista sobrehumano es un bien. Aumenta
los méritos de los justos que lo sufren sin desesperación y rebelión y que lo ofrendan, ofreciéndose a sí mismos con su resignación, como sacrificio de expiación por las propias faltas y por las culpas del mundo; y es también redención para los no justos.
-¡Es tan difícil sufrir!… - dice el campesino, al cual se han unido los familiares (unos diez entre adultos y niños).
-Sé que el hombre lo encuentra difícil. Y el Padre, sabiendo esto, al principio no había dado el dolor a sus hijos. El dolor vino por la culpa. Pero, ¿cuánto dura el dolor en la Tierra, en la vida de un hombre? Poco tiempo, siempre poco aunque durase toda la vida. Ahora bien, Yo digo: ¿No es mejor sufrir durante poco tiempo que siempre?, ¿no es mejor sufrir aquí que en el Purgatorio? Pensad que el tiempo allí se multiplica por mil. ¡Oh!, en verdad os digo que no se debería maldecir sino bendecir el sufrimiento, y llamarlo "gracia", y llamarlo "piedad".
-Nosotros bebemos tus palabras, Maestro, como un sediento en verano bebe agua con miel, sacada de fresca ánfora!
¿Te vas realmente mañana, Maestro?
-Sí, mañana. Pero volveré, para darte las gracias por cuanto has hecho por mí y por los míos, y para pedirte otra vez un pan y descanso.
-Eso siempre lo encontrarás aquí, Maestro.
Se acerca un hombre con un borrico cargado de verduras.
-Mira, si tu amigo quiere partir… mi hijo va a Jerusalén para el gran mercado de la Parasceve.
-Ve, Juan. Tú sabes lo que debes hacer. Dentro de cuatro días nos volveremos a ver. Mi paz sea contigo - Jesús abraza a Juan y lo besa. Simón también hace lo mismo.
-Maestro - dice Judas - si lo permites, voy con Juan. Me urge ver a un amigo. Todos los sábados está en Jerusalén. Iría con Juan hasta Betfagé y luego iría por mi cuenta… Es un amigo de casa… ya sabes… mi madre me dijo…
-No te he preguntado nada, amigo.
-Me llora el corazón al tener que dejarte. Pero dentro de cuatro días estaré de nuevo contigo, y seré tan fiel que hasta te resultaré pesado.
-Ve. Para el alba de dentro de cuatro días estad en la Puerta de los Peces. Adiós, y que Dios te asista.
Judas besa al Maestro y se marcha a poca distancia del borrico, que trota por el camino polvoriento.
Cae la tarde sobre la campiña, que se hace silenciosa. Simón observa cómo trabajan los hortelanos regando sus parcelas.
Jesús permanece un tiempo en donde estaba. Luego se levanta, va hacia la parte de atrás de la casa, se adentra entre los árboles frutales, se aísla. Va hasta una parte muy tupida en la cual robustos granados se entrecruzan con matas bajas – yo diría que son de uva crespa, pero no lo sé con seguridad, porque ya no tienen frutos y conozco poco la hoja de esta planta. Jesús se esconde detrás, se arrodilla, ora… y luego se inclina hacia la hierba, con el rostro contra el suelo, y llora (me lo dicen sus suspiros profundos y quebrados): es un llanto desconsolado; sin sollozos, pero muy triste.
Pasa el tiempo. La luz es ya crepuscular, pero aún no hay tanta oscuridad como para no poder ver. En este marco de escasa luz, se ve sobresalir por encima de una mata la cara fea pero honesta de Simón. Mira, busca, y distingue la forma replegada sobre sí del Maestro, todo cubierto por el manto azul oscuro que lo confunde casi con las sombras del suelo; sólo resaltan la cabeza rubia, apoyada sobre las muñecas, y las manos unidas en oración, que sobresalen por encima de aquélla.
Simón mira con esos ojos suyos un tanto saltones. Comprende que Jesús está triste, por los suspiros que emite, y su boca de labios abultados y violáceos se abre:
-¡Maestro!
Jesús alza el rostro.
-¿Lloras, Maestro? ¿Por qué? ¿Me permites acercarme?
El rostro de Simón está lleno de asombro y pena. Es, decididamente, un hombre feo. A las facciones no bellas, al colorido olivastro oscuro, se une el bordado azulino y hoyado de las cicatrices que su mal le ha dejado. Pero tiene una mirada tan buena, que desaparece la fealdad.
-Ven, Simón, amigo.
Jesús se ha sentado en la hierba. Simón se sienta cerca de Él.
-¿Por qué estás triste, Maestro mío? Yo no soy Juan y no sabré darte todo lo que te da él. Pero deseo darte todo el consuelo; siento sólo un dolor: el de ser incapaz de hacerlo. Dime: ¿Te he disgustado en estos últimos días hasta el punto de que te abata el tener que estar conmigo?
-No, amigo bueno. No me has disgustado jamás desde el momento en que te vi. Y creo que nunca serás para mí motivo de llanto.
-¿Entonces, Maestro? No soy digno de que te confíes a mí, pero, por la edad, casi podría ser padre tuyo, y Tú sabes qué sed de hijos he tenido siempre… Deja que te acaricie como si fueras un hijo y que te haga, en esta hora de dolor, de padre y de madre. Es de tu Madre de quien Tú tienes necesidad para olvidar muchas cosas…
-¡Oh, sí, es de mi Madre!
-Pues déjale a tu siervo la alegría de consolarte, en espera de poder consolarte en Ella. 'Tú lloras, Maestro, porque ha habido uno que te ha disgustado. Desde hace días tu rostro es como sol ensombrecido por nubes. Yo te observo. Tu bondad celatu herida, para que nosotros no odiemos al que te hiere; pero esta herida duele y te produce náusea. Dime, Señor mío: ¿Por qué no alejas de ti la fuente del dolor?
-Porque es inútil humanamente y además sería anticaridad.
-¡Ah! ¡Te has dado cuenta de que hablo de Judas! Es por él por quien sufres. ¿Cómo puedes Tú, Verdad, soportar a ese embustero? Él miente y no cambia de color; es más falso que un zorro, más compacto que un peñasco. Ahora se ha ido. ¿A hacer qué? Pero, ¿cuántos amigos tiene? Me duele dejarte; si no, querría seguirlo y ver… ¡Oh! ¡Jesús mío! Ese hombre… Aléjalo de ti, Señor mío.
-Es inútil. Lo que debe ser será.
-¿Qué quieres decir?
-Nada especial.
-Tú no te has opuesto a que se marche porque… porque te has asqueado de su modo de actuar en Jericó.
-Es verdad, Simón. Yo te sigo diciendo: Lo que debe ser será. Y Judas es parte de este futuro. Debe estar también él.
-Juan me ha dicho que Simón Pedro es todo autenticidad y fuego… ¿Lo podrá soportar a éste?
-Lo debe soportar. También Pedro está destinado a ser una parte, y Judas es el cañamazo en el que debe tejer su parte; o, si lo prefieres, es la escuela en que Pedro más madurará. Ser bueno con Juan, entender a los espíritus como Juan, es virtud hasta de los tontos. Pero ser bueno con quien es un Judas, y saber entender a los espíritus como los de Judas, y ser médico y sacerdote para ellos, es difícil: Judas es vuestra enseñanza viviente.
-¿La nuestra?
-Sí. La vuestra. El Maestro no es eterno sobre la Tierra. Se irá después de haber comido el más duro pan y haber bebido el más agrio vino. Pero vosotros os quedaréis para continuarme… y debéis saber. Porque el mundo no termina con el Maestro, sino que continúa después, hasta el retorno final del Cristo y el juicio final del hombre. Y, en verdad te digo que por un Juan, un Pedro, un Simón, un Santiago, Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, hay al menos otras tantas veces siete Judas. ¡Y más, más aún!…
Simón reflexiona y calla. Luego dice:
-Los pastores son buenos. Judas los desprecia. Yo los amo.
-Yo los amo y los ensalzo.
-Son almas sencillas, como te agradan a ti.
-Judas ha vivido en una ciudad.
-Es su única disculpa. Pero muchos han vivido en una ciudad y sin embargo… ¿Cuándo piensas venir donde mi amigo?
-Mañana, Simón. Y con mucho gusto, porque estamos tú y Yo solos. Creo que será un hombre culto y experimentado como tú.
-Y sufre mucho… en el cuerpo y, más aún, en el corazón. Maestro… quisiera pedirte una cosa: si no te habla de sus tristezas, no le preguntes sobre su casa.
-No lo haré. Yo soy para quien sufre, pero no fuerzo las confidencias; el llanto tiene su pudor.
-Y yo no lo he respetado… Pero es que me has dado tanta pena…
-Tú eres mi amigo y ya le habías dado un nombre a mi dolor. Yo para tu amigo soy el Rabí desconocido. Cuando me conozca… entonces… Vamos. La noche ha llegado. No hagamos esperar a los huéspedes, que están cansados. Mañana al alba iremos a Betania.
Jesús dice luego (a María Valtorta a quien seudónimamente llamaba “pequeño Juan”:
-Pequeño Juan, ¡cuántas veces he llorado, rostro en tierra, por los hombres! ¿Y vosotros quisierais ser menos que Yo?
También para vosotros, los buenos están en la proporción que había entre los buenos y Judas. Y cuanto más bueno es uno, más sufre por ello. Pero también para vosotros - y esto lo digo especialmente para aquellos que han sido designados para el cuidado de los corazones - es necesario aprender estudiando a Judas. Todos sois "Pedros", vosotros, sacerdotes, y debéis atar y desatar; pero, ¡cuánto, cuánto, cuánto espíritu de observación, cuánta fusión en Dios, cuánto estudio vivo, cuántas comparaciones con el método de vuestro Maestro debéis hacer para serlo como debéis!
A alguno le parecerá inútil, humano, imposible cuanto ilustro. Son los de siempre, los que niegan las fases humanas de la vida de Jesús, y de mí hacen una cosa tan fuera de la vida humana que soy sólo cosa divina. ¿Dónde queda entonces la Santísima Humanidad, dónde el sacrificio de la Segunda Persona vistiendo una carne? ¡Pues verdaderamente era Hombre entre los hombres! Era el Hombre, y por tanto sufría viendo al traidor y a los ingratos, y por tanto gozaba con quien me quería o a mí se convertía, y por tanto me estremecía y lloraba ante el cadáver espiritual de Judas. Me estremecí y lloré ante el amigo muerto, (Lázaro), pero sabía que lo llamaría a la vida y gozaba viéndolo ya con el espíritu en el Limbo.
Aquí… aquí estaba frente al Demonio. Y no digo más.
Tú sígueme, Juan. Demos a los hombres también este don. ¡Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y se esfuerzan en cumplirla! ¡Bienaventurados los que quieren conocerme para amarme! En ellos y para ellos, Yo seré bendición.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
La plaza del mercado de Jericó. Pero no por la mañana sino por la tarde, bajo una prolongada puesta de sol, calurosísima, de pleno verano. Del mercado de la mañana sólo quedan rastros: restos de verduras, montones de excrementos, paja caída de las cestas o de las cabezadas de los burros, jirones de trapajos… Sobre todo ello las moscas triunfan y, de todo, el sol hace fermentar y evaporar hedores y olores de cosas poco agradables.
La vasta plaza está vacía. Algún raro transeúnte, algún gamberro pendenciero que tira piedras a los pájaros de los árboles de la plaza, alguna mujer que va a la fuente; nada más.
Jesús llega por una calle, mira a su alrededor, no ve todavía a nadie. Pacientemente se apoya en un tronco y espera, encontrando la manera de hablar a los gamberros, sobre la caridad que comienza en Dios y desciende del Creador a todas las criaturas.
-No seáis crueles. ¿Por qué queréis disturbar a los pájaros del aire? Tienen nidos ahí arriba, tienen a sus pequeñas crías, no hacen daño a nadie, nos proporcionan cantos y limpieza, comiéndose los desperdicios que el hombre deja y los insectos que perjudican las cosechas y la fruta. ¿Por qué herirlos y matarlos, privando a los pequeñuelos de sus padres y de sus madres, o a éstos de sus pequeñuelos? Os agradaría que un malvado entrase en vuestra casa y os la destruyera, o que os matara a vuestros padres o que os llevara lejos de ellos?
No, claro que no os agradaría. Entonces, ¿por qué hacer a estos inocentes lo que no querríais que os hicieran a vosotros? ¿Cómo podréis el día de mañana no hacer mal al hombre, si, de niños, os endurecéis el corazón con criaturitas inermes y delicadas como los pajaritos? Y ¿no sabéis que la Ley dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo"? Quien no ama al prójimo tampoco puede amar a Dios. Y quien no ama a Dios, ¿cómo puede ir a su Casa a pedirle algo?
Dios podría decirle, y lo dice en los Cielos: "Vete, no te conozco. ¿Hijo, tú? No. No amas a tus hermanos, no respetas en ellos al Padre que los creó; por tanto, no eres ni hermano ni hijo, sino un bastardo: hijastro para Dios, hermanastro para los hermanos".
¿Veis cómo ama Él, el Señor eterno? En los meses más fríos hace que sus pajaritos puedan encontrar llenos los heniles, para que aniden en ellos. En los meses calurosos les da las sombras de las hojas para protegerlos del sol. Durante el invierno, en los campos, apenas está el trigo cubierto de tierra y es fácil sacar la semilla y comerla. En verano, alivian la sed con las frutas jugosas, y pueden hacer los nidos bien sólidos y calientes con las pajitas de heno y con la lana que las ovejas dejan en las zarzas.
Y es el Señor. Vosotros, pequeños hombres, creados por Él como los pájaros, por tanto hermanos suyos de creación, ¿por qué queréis ser distintos de Él, creyendo que os es lícito comportaros cruelmente con estos pequeños animales? Sed misericordiosos con todos y no privéis de lo justo a ninguno; para con los hombres hermanos y para con los animales, vuestros siervos y amigos; y Dios….
-¿Maestro? - dice Simón - Judas está llegando.
-…y Dios será misericordioso con vosotros, dándoos todo cuanto os hace falta, como se lo da a estos inocentes.
Marchaos y llevad con vosotros la paz de Dios.
-Jesús se abre paso en el círculo de muchachos, a los que se habían unido algunos adultos, y se dirige hacia Judas y Juan, que vienen rápidos por otra calle. A Judas se le ve jubiloso, Juan sonríe a Jesús… pero no parece contento en absoluto.
-Ven, ven, Maestro. Creo que he hecho una buena cosa. Ven conmigo, que aquí en la calle no se puede hablar.
-¿A dónde?, Judas.
-A la posada. Ya he reservado cuatro habitaciones… modestas. ¡No temas! Es sólo para poder descansar en una cama después de tanta incomodidad por este calor, y comer como hombres y no como pájaros en el follaje, y gozar de paz para hablar. He hecho una venta muy buena, ¿verdad, Juan?
Juan asiente sin mucho entusiasmo. Pero Judas está tan contento de lo que ha hecho que no nota, ni que Jesús se muestra poco contento ante la perspectiva de un alojamiento cómodo, ni la aún menos entusiasta actitud de Juan, y prosigue:
-Como he hecho la venta por más de lo que había estimado, me he dicho: "Es justo que deje aparte una pequeña suma, cien denarios, para nuestras camas y nuestra comida. Si estamos agotados nosotros, que hemos comido siempre, Jesús debe estar extenuado". ¡Tengo el deber de mirar porque no enferme mi Maestro! Deber de amor, porque Tú me amas y yo te amo…
También hay lugar para vosotros y para las ovejas - dice a los pastores - He pensado en todo.
Jesús no dice una palabra. Lo sigue junto con los demás.
Llegan a una placita secundaria. Judas dice:
-¿Ves aquella casa sin ventanas que den a la calle y con aquella puertecita tan estrecha que parece una hendidura en la pared? Es la casa del batidor de oro Diomedes. Parece una casa pobre, ¿verdad? Sin embargo, allí dentro hay tanto oro como para comprar Jericó y… ¡ja! ¡ja!… - Judas ríe maligno… - y entre ese oro pueden encontrarse muchos collares de piedras preciosas y vajillas y… y también otras cosas de las personas más influyentes en Israel. Diomedes… ¡oh!, todos fingen no conocerlo, pero todos lo conocen, desde los herodianos hasta… bueno… hasta todos. En aquel muro liso, pobre, se podría escribir: "Misterio y Secreto". ¡Si hablaran esas paredes!… ¡No ya escandalizarte, Juan, por la forma en que he negociado!… Es que tú… tú te morirías ahogado de estupor y de escrúpulo. Mejor dicho, mira, Maestro, no me mandes otra vez con Juan a tratar ciertos negocios. Por poco me hace que fracasara todo. No sabe cogerlas al vuelo, no sabe negar. Y con un lince como Diomedes
hay que tener reflejos rápidos, y mostrarse seguro. Juan dice en tono bajo:
-¡Decías unas cosas, tan raras y tan… tan…! Sí, Maestro, no me des este encargo otra vez, yo sólo soy capaz de amar, yo….
-Difícilmente necesitaremos otras ventas de este tipo - responde Jesús serio.
-Ahí está la posada. Ven, Maestro. Hablo yo porque… lo he hecho todo yo.
-Entran y Judas habla con el dueño, el cual se encarga de que se lleve a las ovejas a una cuadra y luego acompaña personalmente a los huéspedes a una habitación pequeña en donde hay dos esteras, que serían las camas, unos asientos y una mesa preparada, luego se retira.
-Hablemos enseguida, Maestro, mientras los pastores se ocupan de dejar a las ovejas.
-Te escucho.
-Juan puede decir si soy sincero.
-No lo dudo. Entre hombres honestos no debe ser necesario juramento y testimonio. Habla.
-Llegamos a Jericó a la hora sexta. Estábamos sudados como animales de carga. No quise darle a Diomedes la impresión de tener necesidad urgente. Así, vine aquí antes, me refresqué perfectamente, me puse un vestido limpio, y esto mismo quise que hiciera él. ¡Oh, no quería saber nada de dejarse ungir y atusar el pelo!… ¡Y es que yo había hecho mi plan, mientras venía por el camino! Cercano ya el atardecer, digo: "Vamos". Ya nos sentíamos descansados y frescos como dos ricachones en viaje de placer. Cuando estábamos para llegar donde Diomedes, le digo a Juan: "Tú sígueme la corriente, no niegues y sé rápido en entender".
¡Pero hubiera sido mejor haberle dejado fuera! No me ha ayudado en absoluto. Es más… ¡menos mal que yo soy vivo como dos y había pensado en todo!
De la casa salía el tasador. "¡Bien!", digo, "si sale ése, habrá denarios y lo que quiero para comparar". Porque el tasador,usurero y ladrón como todos los de su clase, tiene siempre joyas, arrancadas con amenazas y usura a los pobres desgraciados a los que tasa más de lo lícito para tener mucho de qué gozar en crápulas y mujeres; y es muy amigo de Diomedes, que compra y vende oro y carne…
Me identifiqué y entramos. Digo "entramos" porque una cosa es pasar al vestíbulo, donde él finge trabajar honestamente el oro, y otra cosa es bajar al sótano, donde lleva a cabo los verdaderos negocios. Para poder bajar es necesario que él lo conozca mucho a uno. Cuando me vio, me dijo: "¿Otra vez quieres vender oro? Estamos en un mal momento y tengo poco dinero". Lo de siempre. Yo le respondo: "No vengo a vender, sino a comprar. ¿Tienes joyas de mujer? Pero bonitas, ricas, valiosas y de peso, de oro puro". Diomedes se queda de una pieza y me pregunta: "¿Es una mujer lo que quieres?". "No te preocupes - le respondo - no es para mí; es para este amigo mío que se va a casar y quiere comprar el oro para su amada".
En ese momento Juan empezó a hacer el niño. Diomedes, que lo estaba mirando, viendo que se ponía como la púrpura, dice - como viejo repugnante que es- : "
-¡Eh!, el muchacho con sólo oír nombrar a su novia entra en fiebre de amor. ¿Es muy guapa tu amada?- pregunta.
Yo le doy una patada a Juan para espabilarlo y hacerle entender que no se comportara como un estúpido. Pero respondió con un "sí" tan estrangulado que Diomedes se escamó. Entonces dije yo:
-Si es guapa o no no tiene por qué interesarte, viejo; no estará nunca entre el número de las hembras por las que el Infierno te poseerá. Es virgen honesta y pronto será honesta esposa. Saca tu oro. Yo soy el paraninfo y me han encargado ayudar al joven… yo, judío y ciudadano.
-¿Él es galileo, verdad?" - ¡Ese pelo siempre os traiciona! -¿Es rico?
-Mucho.
Entonces fuimos abajo y Diomedes abrió cofres y arcas. Di la verdad, Juan, ¿no parecía que estábamos en el Cielo ante todas aquellas gemas y objetos de oro? Collares, coronas, brazaletes, pendientes, redecillas de oro y piedras preciosas para el pelo, horquillas, fíbulas, anillos… ¡ah, qué esplendores! Con mucha gravedad elegí un collar más o menos como el de Áglae, y anillos, fíbulas, pulseras… todo como lo que tenía en la bolsa, y en número igual. Diomedes se maravillaba y preguntaba:
"¿Todavía más? ¿Pero, quién es éste? ¿Y la novia quién es?, ¿una princesa?". Cuando tuve todo lo que quería, dije: "¿El precio?".
¡Oh, qué letanía de lamentos preparatorios, sobre los tiempos, sobre los impuestos, sobre los riesgos, sobre los ladrones! ¡Oh, qué otra letanía de aseguramientos de honestidad! Luego, ésta fue la respuesta: "Sólo porque se trata de ti, te diré la verdad, sin exageraciones; pero, menos de esto ni siquiera una dracma. Pido doce talentos de plata". "¡Ladrón!" dije. Dije: "Vamos, Juan; en Jerusalén encontraremos alguno menos ladrón que éste". Y fingí que me marchaba. Vino tras mí corriendo. "Mi gran amigo, mi estimadísimo amigo, ven, escucha a este pobre siervo tuyo. Menos no puedo. Realmente no puedo. Mira, hago verdaderamente un esfuerzo y me arruino; lo hago porque tú me has ofrecido siempre tu amistad y me has hecho hacer buenos negocios. Once talentos, eso es. Es lo que yo daría si tuviera que comprar este oro a uno que pasa hambre. Ni una perra menos. Sería como sacar la sangre de mis viejas venas". ¿Verdad que decía esto? Hacía reír y daba náuseas.
Cuando lo vi bien firme sobre el precio destapé mis cartas. "Viejo sucio, sabe que no comprar, sino vender, quiero. Esto quiero vender. Mira: es precioso como lo tuyo. Oro de Roma y de forma nueva. Te lo quitarán de las manos. Es tuyo por once talentos; lo que has pedido por esto. Tú lo has valorado. Paga". ¡Uh, entonces!… "¡Es una traición! ¡Has traicionado mi estima en ti! ¡Tú eres mi ruina! ¡No puedo darte tanto!" gritaba. "Lo has valorado tú. Paga". "No puedo.” "Mira que se lo llevo a otros.”
"No, amigo”; y alargando sus manos torcidas las metía en el montón de joyas de Aglae. "Pues entonces paga: debería querer doce talentos, pero me conformo con lo último que has pedido". "No puedo.” "¡Usurero! Ten en cuenta que aquí tengo un testigo y te puedo denunciar como ladrón…", y le mencioné también otras virtudes, que no repito por este muchacho…
En fin, dado que me urgía vender y actuar con rapidez, le dije una cosa, una cosa que quedaba entre él y yo y que no mantendré… Pero, ¿qué valor tiene una promesa hecha a un ladrón? Y concluí con diez talentos y medio. Nos marchamos entre llantos y propuestas de amistad y… de mujeres. Y Juan… poco más y se echa a llorar. Pero, ¿qué te importa que te consideren un vicioso? Es suficiente con que no lo seas. ¿No sabes que el mundo es así y que tú eres un aborto del mundo? ¿Un joven que no conoce el sabor de la mujer? ¿Quién quieres que te crea? O, si te creen… ¡yo no quisiera que pensaran de mí lo que puede
pensar de ti quien considere que no estás deseoso de una mujer!
Aquí está, Maestro. Cuéntalo Tú mismo. Tenía un montón de denarios, pero me pasé por donde el tasador y le dije: "Toma esta basura tuya y dame los talentos que te ha entregado Isaac" - porque, como última cosa, supe también esto, una vez hecho el trato. No obstante, le dije a Isaac-Diomedes al final: "Recuerda que el Judas del Templo ya no existe. Ahora soy discípulo de un santo. Hazte idea, por tanto, de que jamás me has conocido, si estimas tu cuello". Y un poco más y se lo retuerzo en ese momento, porque me contestó mal.
-¿Qué te dijo? - pregunta Simón con indiferencia.
-Me dijo: "¿Tú, discípulo de un santo? No lo creeré nunca; o pronto veré también aquí al santo a pedirme una mujer".
Me dijo: "Diomedes es una vieja desventura del mundo, pero tú eres la nueva desventura. Yo podría cambiar todavía, porque lo que soy ahora lo soy de viejo, pero tú no cambias porque has nacido así". ¡Viejo repelente! Niega tu poder, ¿comprendes?
-Y, como buen griego, dice muchas verdades.
-¿Qué quieres decir, Simón? ¿Lo dices por mí?
- No. Por todos. Es una persona que conoce lo mismo el oro que los corazones. Es un ladrón, uno que se ha ensuciado con los más asquerosos tráficos. Pero se percibe en él la filosofía de los grandes griegos. Conoce al hombre, animal de siete garras de pecado, pulpo que estrangula el bien, la honestidad, el amor, y tantas otras cosas, en sí y en los demás.
-Pero no conoce a Dios.
-Y tú… querrías dárselo a conocer…
-Sí. ¿Por qué? Son los pecadores los que necesitan conocer a Dios.
-Es cierto. Pero el maestro debe conocerlo para darlo a conocer».
-¿Y yo no lo conozco?
-Paz, amigos. Vienen los pastores. No turbemos su ánimo con querellas entre nosotros. ¿Has contado tú el dinero? Es suficiente. Lleva a cabo bien toda acción tuya como has hecho con ésta y, te lo repito, si puedes, en el futuro, no mientas, ni siquiera para alcanzar una acción buena…
-Entran los pastores.
-Amigos, aquí hay diez talentos y medio, faltan sólo cien denarios; Judas se ha quedado con ellos para los gastos de alojamiento. Tomad.
-¿Los entregas todos? - pregunta Judas.
-Todos. No quiero ni una perra de ese dinero. Nosotros tenemos el óbolo de Dios y de los que honestamente buscan a Dios… y nunca nos faltará lo indispensable. Créelo. Tomad y alegraos como Yo me alegro, por el Bautista.
Mañana os dirigiréis a su prisión. Dos, o sea, Juan y Matías. Simeón con José irán adonde Elías a dar noticias y a instruirse para el futuro. Elías ya sabe.
Luego José volverá con Leví. El lugar de encuentro es dentro de diez días junto a la Puerta de los Peces, en Jerusalén, a la hora prima. Y ahora comamos y descansemos. Mañana, de madrugada, parto con los míos. No tengo nada más que deciros por ahora. Más adelante sabréis de mí.
Y todo se desvanece en el momento en que Jesús parte el pan.