93- Tercera lección a los discípulos en Nazaret,en el huerto de la casa.

Palabras de consuelo a Judas de Alfeo
Jesús sale al huerto, que aparece todo lavado por el temporal de la tarde anterior, y ve a su Madre inclinada hacia unas plantitas. Va donde Ella y la saluda.

¡Qué dulce es su beso! Jesús la ciñe los hombros con el brazo izquierdo, la acerca hacia sí y la besa en la frente, en el límite del pelo; luego se inclina para que su Madre lo bese en la mejilla. Pero lo que completa la delicadeza es la mirada que acompaña al beso: la de Jesús, toda amor, dentro de lo que tiene de majestuosa y protectora; la de María, toda veneración, aun siendo toda amor. Cuando se besan así, parece como si el mayor fuera Jesús y Ella fuera la hija jovencita que, de su padre o de su hermano mucho mayor que ella, recibe el beso de la mañana.

-¿Han dañado tus flores el granizo de ayer por la tarde y el viento de la noche?- pregunta Jesús.
-No, Maestro - responde, antes que María, la voz un poco ronca de Pedro - lo único que ha sucedido es que han quedado muy desordenadas sus ramas.

Jesús levanta la cabeza y ve a Simón Pedro, que lleva sólo la túnica corta, trabajando en enderezar algunas ramas curvadas en lo alto de la higuera.

-¿Ya trabajando?
-Los pescadores dormimos como los peces: a todas horas, en cualquier sitio, pero sólo el tiempo que nos dejan descansar; y uno se acostumbra. Esta mañana he oído chirriar la puerta, al alba, y me he dicho: "Simón, Ella ya está levantada.

¡Venga!, ¡rápido! Ve a ayudarle con tus rudas manos". Pensaba que Ella había estado preocupada por sus flores durante esta noche llena de viento. Y no me he equivocado.

¡Conozco a las mujeres!… Mi mujer también, cuando hay tormenta, da vueltas en la cama como un pez en la red, y piensa en sus plantas… ¡Pobrecilla! Alguna vez le digo:

"Estoy seguro de que das menos vueltas cuando tu Simón está en el lago a merced de las olas como una pequeña ramita". Pero soy injusto, porque es una buena esposa.

No se diría que su madre… Bien: cállate, Pedro, esto no viene a cuento. No es correcto murmurar y dar a conocer imprudentemente lo que es bueno callar. ¿Ves, Maestro, cómo también en mi cabeza de asno ha entrado tu palabra?

Jesús responde riendo:
-Tú te lo dices todo. A mí no me queda más que aprobar y admirar tu sabiduría de arboricultor.
-Ya ha atado todos los sarmientos que se habían soltado, ha apuntalado ese peral que está sobrecargado, y ha pasado esas cuerdas bajo aquel granado que ha crecido sólo por una parte - observa María.

-Sí, parece un viejo fariseo; sólo pende hacia donde le interesa. Yo lo he trabajado como si de una vela se tratara, y le he dicho: "¿No sabes que lo justo está en el medio? Ven aquí, cabezón; si no, te rompes por exceso de peso". Ahora me he metido con esta higuera, aunque es por egoísmo. Pienso en el hambre de todos: ¡higos frescos y pan caliente! ¡Ni siquiera Antipas tiene una comida tan buena! Pero hay que ir con cuidado, porque la higuera tiene ramas tan tiernas como el corazón de una jovencita cuando dice su primera palabra de amor; y yo peso, y los higos mejores están arriba. Con estos primeros rayos de sol se han secado ya. Deben ser una delicia. ¡Tú, muchacho! No estés sólo mirándome. ¡Despierta! Dame ese cesto.

Juan - que ha salido del taller - obedece y trepa a la gruesa higuera. Cuando los dos pescadores bajan, ya han salido también del taller Simón Zelote, José y Judas Iscariote. No veo a los otros.

María trae pan fresco (pequeños panes oscuros y redondeados), y Pedro, con su navaja, los abre, y sobre ellos abre los higos. Ofrece primero a Jesús, luego a María y a los demás. Comen con gusto en el huerto refrescado, transido de hermosura bajo el sol de una mañana serena, serena incluso por la reciente lluvia que ha limpiado la atmósfera.

Pedro dice:

-Es viernes… Maestro, mañana es sábado…
-No has descubierto nada nuevo - observa Judas Iscariote.
-No, pero el Maestro sabe lo que quiero decir…
-Lo sé. Esta tarde iremos al lago, donde has dejado la barca, y navegaremos hacia Cafarnaúm. Mañana hablaré allí.
Se le ve muy contento a Pedro.

Entran en grupo Tomás, Andrés, Santiago, Felipe, Bartolomé y Judas Tadeo (los cuales han pasado la noche en otro lugar). Se saludan. Jesús dice:
-Quedémonos aquí juntos; así habrá un nuevo discípulo. Mamá, ven.

Se sientan… en una piedra, en una banqueta… haciendo un círculo en torno a Jesús, quien a su vez se ha sentado en el banco de piedra que está contra la casa, y tiene a su lado a su Madre y a los pies a Juan, que ha elegido sentarse en el suelo con tal de estar cerca. Jesús habla, despacio y con majestuosidad, como siempre.

-¿A qué compararé la formación apostólica? A la naturaleza que nos circunda. Podéis ver cómo la tierra en invierno parece muerta, pero dentro de ella actúan las semillas, y las linfas se nutren de humores, depositándolos en las frondas subterráneas - así podría llamar a las raíces - para luego disponer de ellos en gran abundancia para las frondas superiores, llegado el tiempo de florecer. Vosotros también sois comparables a esta tierra invernal, árida, desnuda, fea. Pero sobre vosotros ha pasado el Sembrador y ha echado una semilla.

Por vosotros ha pasado el Cultivador y ha cavado alrededor de vuestro tronco, plantado en la tierra dura, duro y áspero como ella, para que a las raíces les llegase el sustento de humores de las nubes y del aire, y así se fortaleciera el tronco con este alimento para futuro fruto. Y vosotros habéis acogido la semilla y aceptado la remoción de la tierra, porque tenéis la buena voluntad de fructificar en el trabajo de Dios.

Compararé también la formación apostólica a la tormenta de ayer, que azotó y plegó, aparentemente con inútil violencia. Mirad, sin embargo, el bien que ha producido.

Hoy la atmósfera está más pura, nueva, sin polvo, sin ese calor sofocante; el sol es el mismo de ayer, pero sin ese ardor que asemejaba a fiebre: hoy llega hasta nosotros a través de estratos purificados y frescos. Las hierbas, las plantas, se sienten aliviadas como los hombres, porque la limpieza, la serenidad, son cosas que alegran. También las discordias sirven para llegar a un más exacto conocimiento y a una clarificación; si no, serían sólo maldad.

Y ¿qué son las discordias sino las tormentas provocadas por nubes de distinta especie? Y estas nubes ¿no se acumulan poco a poco en los corazones con los malhumores inútiles, con los pequeños celos, con las oscuras soberbias? Luego viene el viento de la Gracia y las une para que descarguen todos sus malos humores y vuelva el tiempo sereno.

También es semejante la formación apostólica al trabajo que Pedro estaba haciendo esta mañana para alegrar a mi Madre: es enderezar, atar, sostener o soltar, según las tendencias y las necesidades, para hacer de vosotros "hombres fuertes"

a1 servicio de Dios. Enderezar las ideas equivocadas, atar los arranques carnales, sostener las debilidades, cortar si es necesario las tendencias, desligar las esclavitudes y las timideces. Vosotros tenéis que ser libres y fuertes, como águilas que, dejado el pico nativo, son sólo del vuelo cada vez más alto: el servicio a Dios es el vuelo, las afecciones son el pico.

Uno de vosotros hoy está triste porque su padre declina hacia la muerte, y declina hacia ella con el corazón cerrado a la Verdad y al hijo suyo que la sigue; no sólo cerrado, sino hostil. Aún no le ha dicho e1 injusto "vete", de que ayer hablaba (autoproclamándose por encima de Dios), pero su corazón cerrado y sus labios sigilados no son todavía capaces de decir tampoco: "Sigue la voz que te llama". No pretenderían, ni el hijo ni quien os habla, oír decir de esos labios: "Ven, y contigo venga el Maestro. Bendito sea Dios por haber elegido en mi casa un siervo suyo, creando así un parentesco más excelso que la sangre con el Verbo del Señor". Pero al menos Yo, por su bien, y su hijo por un motivo aún más complejo, querríamos oírle palabras no enemigas.

No llore este hijo. Sepa que en mí no hay ni rencor ni desdén hacia su padre, sino sólo piedad. He venido, y me he detenido un tiempo, aun conociendo la inutilidad de mi permanencia, para que un día este hijo no me dijera: "¿Por qué no viniste?". He venido para persuadirle de que todo es inútil cuando el corazón se encierra en el rencor. He venido también para confortar a una buena mujer que sufre por esta escisión de la familia, como incisión de cuchillo que le separase haces de fibras.

Pero, tanto este hijo como esta buena mujer, persuádanse de que en mí no responde el rencor al rencor. Yo respeto la honestidad del creyente anciano, fiel - aunque tenga una fe desviada - a lo que ha sido su religión hasta esta hora.

En Israel hay muchos así… Por eso os digo: me aceptarán más los paganos que los hijos de Abraham. La humanidad ha corrompido la imagen del Salvador, rebajando su realeza sobrenatural al nivel de una pobre idea de soberanía humana. Yo tengo que hendir la dura corteza del hebraísmo, penetrar, herir para llegar al fondo, y llevar al alma misma de tal hebraísmo la fecundación de la nueva Ley. Sí, verdaderamente Israel, crecido en torno al núcleo vital de la Ley del Sinaí, se ha hecho símil a un monstruoso fruto, de pulpa en estratos cada vez más fibrosos y duros, externamente protegidos por una cáscara que no sólo es
impenetrable, sino que además impide, tenacísima, la expulsión del germen. El Eterno juzga que ha llegado el momento de que yo cree la nueva planta de la fe en el Dios Uno y Trino.

Yo, para permitir que la voluntad de Dios se cumpla y que el hebraísmo pase a ser cristianismo, debo mellar, perforar, penetrar, abrir camino hasta el núcleo, y darle calor con mi amor, para que resurja y se agrande, germine, crezca, crezca, crezca, venga a ser la vigorosa planta del cristianismo, religión perfecta, eterna, divina. En verdad os digo que el hebraísmo sólo será perforable en la proporción de uno a cien.

Por tanto, no reputo réprobo a este israelita que no me acepta y que no quisiera darme a su hijo. Por eso le digo al hijo:

No llores por la carne y la sangre que sufren sintiéndose rechazados por la carne y la sangre que las engendraron. Por eso digo:

No llores tampoco por el espíritu. Tu sufrimiento actúa, más que cualquier otra cosa, en favor del espíritu tuyo y del suyo, de este padre tuyo que ni comprende ni ve. Y digo también: No te crees remordimientos por ser más de Dios que de tu padre.

Os digo a todos vosotros: Dios es más que el padre, que la madre, que los hermanos. Yo he venido a unir la carne y la sangre según el espíritu y el Cielo, no según la tierra. Por ello debo desunir las carnes y las sangres para tomar conmigo a los espíritus aptos para el Cielo ya desde esta tierra, para tomar a los siervos del Cielo. Por ello he venido a llamar a los "fuertes", a hacerlos aún más fuertes porque de "fuertes" está hecho mi ejército de mansos: mansos para con los hermanos, fuertes respecto al propio yo y el yo de la sangre familiar.

No llores, primo. Tu dolor - te lo aseguro - actúa ante Dios, en favor de tu padre y de tus hermanos, más que cualquier palabra, no sólo tuya, sino incluso mía. No entra la palabra allí donde el prejuicio crea una barrera; créelo. Pero la Gracia entra, y el sacrificio es imán de gracia.

En verdad os digo que cuando Yo llamo para ir a Dios, no hay obediencia más alta; y es necesario cumplirla sin detenerse a calcular cuánto y cómo reaccionarán los demás ante vuestro ir hacia Dios. Ni siquiera detenerse para enterrar al propio padre. Seréis premiados por este heroísmo, y el premio será no sólo para vosotros, sino también para aquellos de quienes, con un grito del corazón, os separáis, y cuya palabra frecuentemente os hiere más de lo que hiere una bofetada, porque os acusa de ser hijos ingratos, y os maldice, en su egoísmo, como rebeldes. No. No rebeldes, santos. Los primeros enemigos de los llamados son los familiares. Pero, entre amor y amor, hay que saber distinguir y amar sobrenaturalmente; o sea, amar más al Dueño de lo sobrenatural que a los siervos de ese Dueño. Amar a los parientes en Dios, y no, por el contrario, amarlos más que a Dios.

Jesús calla y se levanta, yendo donde su primo, el cual, con la cabeza baja, apenas logra contener el llanto. Lo acaricia.

-Judas… Yo he dejado a mi Madre para seguir mi misión.

Que ello te disuelva toda duda sobre la honestidad de tu forma de actuar. Si no hubiera sido un acto bueno, ¿lo habría hecho Yo respecto a mi Madre, teniendo en cuenta, sobre todo, que no tiene a nadie aparte de mí?

Judas se pasa la mano de Jesús por el rostro y asiente con la cabeza, pero no puede decir nada más.

-Vamos nosotros dos, solos, como cuando éramos niños y Alfeo pensaba que Yo era el más juicioso entre los muchachos de Nazaret.

Vamos a llevarle al anciano estos hermosos racimos de uva de oro. Que no crea que me olvido de él y que soy enemigo suyo. También tu padre y Santiago se alegrarán. Le diré que mañana estaré en Cafarnaúm y que su hijo queda todo para él. Ya sabes, los viejos son como los niños: son celosos y sospechan siempre que se los olvida; hay que compadecerlos…

Jesús desaparece de la escena dejando en el huerto a los discípulos enmudecidos por la revelación de un dolor y de una incompatibilidad entre un padre y un hijo por causa de El. María, suspirando apenada, vuelve de acompañar a Jesús hasta la puerta.

Todo termina.

92- Segunda lección a los discípulos en Nazaret, junto a la casa

Jesús ha llevado a los suyos a la sombra de un enorme nogal, que pende desde donde está - elevado respecto al huerto de María - hasta el mismo huerto. Jesús continúa instruyéndolos.

El día está borrascoso, se avecina una tormenta; quizás por eso Jesús no se ha alejado mucho de la casa. María va y viene de la casa al huerto y del huerto a la casa, y cada vez que lo hace alza la cabeza y sonríe a su Jesús, que está sentado en la hierba, junto al tronco, rodeado de discípulos. Jesús dice:

-Ayer os anuncié que lo que había provocado una palabra imprudente habría servido de lección hoy. La lección es ésta:

Tened por seguro - y sea regla en vuestro actuar - que nada de cuanto está escondido permanece siempre oculto. O Dios se ocupa de dar a conocer las obras de un hijo suyo a través de sus signos milagrosos, o a través de las palabras de los justos que reconocen los méritos de un hermano; o es Satanás quien, a través de la boca de un imprudente - no quiero decir más -, revela lo que los buenos, para no incitar a la anticaridad, han preferido callar, o altera las verdades, creando así confusión en los pensamientos. Por tanto, siempre llega el momento en que lo oculto se da a conocer.

Tened, pues, siempre esto presente en vuestro pensamiento. Sea para vosotros freno respecto al mal, sin que por otro lado os sintáis incitados a proclamar el bien que realizáis. ¡Cuántas veces uno actúa por bondad, verdadera bondad, pero humana! Y, siendo humana su actuación, o sea, de no perfecta intención, desea que los hombres la conozcan, y rabia y se amarga viendo que pasa desapercibida, y estudia la forma de manifestarla. No, amigos; así no. Haced el bien y dádselo al Señor eterno.

Él sabrá darlo a conocer también a los hombres, si es bueno para vosotros. Si, por el contrario, ello pudiera anular bajo un reflujo de complacencia de orgullo, vuestro comportamiento justo, entonces el Padre lo mantendrá secreto, reservándose el daros en el Cielo la gloria correspondiente, en presencia de toda la Corte celeste.

Quien vea un acto jamás juzgue por las apariencias. No acuséis nunca a nadie, porque las acciones de los hombres pueden en ocasiones presentar feo aspecto y celar otros motivos. Un padre, por ejemplo puede decirle a un hijo suyo ocioso y entregado a la crápula: "Vete”, y ello puede parecer crueldad e incumplimiento de los deberes paternos; pero no siempre lo es.

Su "vete" está sazonado con un llanto amarguísimo (más del padre que del hijo); a su "vete" le acompañan las palabras "volverás cuando te hayas arrepentido de tu ociosidad" y el voto de que se cumplan. Por otra parte, es un acto de justicia hacia los otros hijos, porque impide que un crapuloso consuma en vicios no sólo lo suyo, sino también lo de los demás. Malo será, en cambio, si esa palabra la dice un padre que se encuentre en culpa respecto a Dios y respecto a la prole, porque en su egoísmo se juzgará a sí mismo superior a Dios y considerará que su derecho se extiende también al espíritu de su hijo. No. El espíritu es de Dios, y ni siquiera Dios violenta la libertad del espíritu a donarse o no donarse. Para el mundo parecen iguales estos actos, y, sin embargo, ¡qué distintos son el uno del otro! El primero es justicia, el segundo es arbitrio culpable. Por tanto, no juzguéis nunca a nadie.

Ayer Pedro le dijo a Judas: "¿Qué maestro has tenido?".

Que no vuelva a decirlo. Que nadie eche la culpa a los otros de lo que ve en uno o en sí mismo. Los maestros tienen una misma palabra para todos los escolares. ¿Por qué, entonces, diez escolares resultan justos y diez malvados? Porque cada uno añade por su parte lo que tiene en el corazón, y ello pesa hacia el bien o hacia el mal.

¿Cómo es posible, entonces, acusar al maestro de haber enseñado mal porque el bien que ha inculcado quede anulado por el exceso de mal que reina en un corazón determinado? El primer factor de éxito está en vosotros. El maestro trabaja vuestro yo. Pero si vosotros no sois susceptibles de mejora, ¿qué puede hacer el maestro? ¿Qué soy Yo? En verdad os digo que no habrá maestro más sabio, paciente y perfecto que Yo. Y, no obstante, incluso de alguno de los míos se dirá: "Pero, ¿quién fue su maestro?".

No os dejéis vencer nunca, al juzgar, por motivos personales. Ayer Judas, amando su tierra más de lo justo, estimó que en mí había injusticia hacia ella.

Frecuentemente el hombre subyace bajo estos elementos imponderables que son el amor patrio o el amor a una idea, y se desvía, como alción desorientado, de su meta. La meta es Dios. Ver todo en Dios para ver bien.

No ponerse a sí mismo, no poner ninguna cosa por encima de Dios. Y si uno realmente se equivoca… ¡Pedro!, ¡todos!, no seáis intransigentes. El error que tanto os fastidia, cometido por uno de vosotros, ¿realmente no lo habéis cometido nunca vosotros?

¿Estáis seguros? Y, aun admitiendo que no lo hayáis cometido nunca, ¿qué habréis de hacer? Pues agradecérselo a Dios. Nada más. Y velar. Vigilar mucho. Continuamente.

Para no caer mañana en lo que hasta hoy ha podido ser evitado. ¿Veis? El cielo está nublado porque el granizo está próximo. Nosotros, escrutando el cielo, hemos dicho: "No nos alejemos de casa". Ahora bien, ¿por qué no sabemos juzgar dónde puede haber peligro para el alma?, si sabemos juzgar así respecto a las cosas que, a pesar de ser peligrosas, no son nada en relación a los peligros que hay, pecando, de perder la amistad de Dios.

Mirad: ved allí a mi Madre. ¿Podéis pensar que en Ella haya tendencia alguna al mal? Pues bien, dado que el amor la impulsa a seguirme, dejará su casa cuando mi amor lo desee. Pero esta mañana después de habérmelo pedido una vez más -porque Ella, mi Maestra, me decía: "Que entre tus discípulos esté también tu Madre, Hijo: Yo quiero aprender tu doctrina"; Ella, que ya poseía esta doctrina su seno y antes aún en su espíritu, por don dado por Dios a la futura Madre de su Verbo Encarnado – Ella ha dicho: "No obstante… juzga, si puedo ir contigo sin la posibilidad de perder la unión con Dios; sin que eso que es mundo, y que Tú dices que penetra con sus hedores, pueda corromper este corazón mío que fue y es y quiere ser sólo de Dios.

Yo me someto a examen y, por cuanto sé, me parece que puedo hacerlo, porque… (y en esto, sin saberlo, se ha procurado la más alta alabanza) porque no encuentro diferencia entre mi paz cándida cuando era una flor del Templo y esta que tengo en mí, ahora que desde hace más de seis lustros soy la mujer de casa. Pero yo soy indigna sierva que conoce mal, y juzga aún peor, las cosas del espíritu.-Tú eres el Verbo, la Sabiduría, la Luz, y puedes ser luz para tu pobre Mamá, que acepta el no volver a verte antes que ser no grata al Señor”…

Y Yo le he tenido que decir, temblándome el corazón de admiración: "Mamá, Yo te lo digo, no serás corrompida por el mundo; antes bien, el mundo será embalsamado por ti".

Mi Madre - lo acabáis de oír - ha sabido ver los peligros de vivir en el mundo, que son peligros también para Ella, también para Ella; Y vosotros, hombres, ¿pretendéis no verlos? ¡Ay!, Satanás verdaderamente está al acecho, y sólo los que vigilen resultarán vencedores. ¿Los demás? ¿Preguntáis acerca de los demás? Para los demás, lo que está escrito.

-¿Qué está escrito, Maestro?

-Y Caín se abalanzó sobre Abel y lo mató. Y el Señor le dijo a Caín ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho de él? El grito de su sangre llega hasta mí. Por tanto, serás maldito sobre la tierra que ha conocido el sabor de la sangre humana por mano de un hermano que ha abierto las venas a su hermano, y no cesará esta horrible hambre de la tierra de sangre humana. Y la tierra, envenenada por esta sangre será más estéril que una mujer seca por la edad. Y huirás, buscando paz y pan. Y no lo encontrarás. Tu remordimiento te hará ver sangre en cada flor y en cada tallo de hierba, en toda agua y alimento. El cielo te parecerá sangre, y sangre el mar. Del cielo, de la tierra, del mar, llegarán a ti tres voces: la de Dios, la del Inocente, la del Demonio; y, para no oírlas, te darás muerte".

-No habla así el Génesis - observa Pedro.
No, el Génesis no; Yo lo digo, y no yerro. Lo digo para los nuevos Caínes de los nuevos Abeles, para quienes, por no vigilar respecto a sí mimos y al Enemigo, vendrán a ser una cosa con él».

-Pero, entre nosotros, no habrá de esos, ¿no es cierto, Maestro?

-Juan, cuando sea desgarrado el Velo del Templo, una gran verdad brillará escrita en toda Sión.
¿Cuál, mi Señor?

Que los hijos de las tinieblas en vano han estado en contacto con la Luz. Recuérdalo, Juan.
-¿Seré yo, Maestro, un hijo de las tinieblas?
-No, tú no. Pero recuérdalo para explicar el Delito al mundo.

-¿Qué delito, Señor? ¿El de Caín?

-No. Ese es el primer acorde del himno de Satanás. Hablo del Delito perfecto, el inconcebible Delito, aquel que, para comprenderlo hay que mirarlo a través del sol del divino Amor y a través de la mente de Satanás; porque sólo el Amor perfecto y el perfecto Odio, solo el infinito Bien y el infinito Mal pueden explicar tal Donación y tal Pecado. ¿Oís? Parece como si Satanás estuviera oyendo y gritase de deseo de llevarlo a cabo. Vámonos, antes de que la nube rompa en relámpagos y granizo.

Y bajan corriendo por la pendiente, saltando al huerto de María mientras la tormenta estalla vehemente.

91- Primera lección a los discípulos en Nazaret, en un olivar

Veo a Jesús con Pedro, Andrés, Juan, Santiago, Felipe, Tomás, Bartolomé, Judas Tadeo, Simón y Judas Iscariote y el pastor José, saliendo de su casa y yendo fuera de Nazaret, a las afueras, a un tupido olivar. Dice:

-Venid en torno a mí. Durante estos meses de presencia y de ausencia os he sopesado y estudiado. Os he conocido, y he conocido, con experiencia de hombre, el mundo. Ahora he decidido enviaros al mundo. Pero primero debo instruiros, para haceros capaces de afrontar el mundo con la dulzura y la sagacidad, la calma y la constancia, con la conciencia y la ciencia de vuestra misión.

Usaré este tiempo de furor solar, que impide toda larga peregrinación por Palestina, para vuestra instrucción y formación como discípulos. Como un músico, he percibido lo que en vosotros desafina, y me dispongo a entonaros para la armonía celeste que tenéis que transmitir al mundo en mi nombre. Retengo a este hijo (y señala a José), porque a él le delego el encargo de llevar a sus compañeros mis palabras, para que también allí se forme un núcleo eficaz, que me anuncie; no un anuncio reducido al hecho de que Yo existo, sino con las características más esenciales de mi doctrina.

Como primera cosa os digo que es absolutamente necesario en vosotros amor y fusión. ¿Qué sois vosotros? Sois hombres de las más diversas clases sociales, de toda edad, y de los más distintos lugares. He preferido tomar a los vírgenes en doctrinas y cogniciones, para poder penetrar en ellos más fácilmente con mi enseñanza, y también porque - habiendo sido destinados para evangelizar a personas que se encontrarán en una absoluta ignorancia del Dios verdadero - quiero que, recordando la primitiva ignorancia, no sientan aversión hacia éstos, y, con piedad, los instruyan, recordando con cuánta piedad Yo los he instruido.

Percibo en vosotros una objeción: "Nosotros no somos paganos, aunque no tengamos cultura intelectual". No, no lo sois; pero vosotros - y sobre todo quienes entre vosotros representan a los doctos y los ricos - estáis dentro de una religión que, degenerada por demasiadas razones, de religión no tiene sino el nombre. En verdad os digo que son muchos los que se glorían de ser hijos de la Ley, pero de ellos ocho partes de diez no son más que idólatras que han confundido, entre nieblas de mil pequeñas religiones humanas, la verdadera, santa, eterna Ley del Dios de Abraham, Isaac, Jacob. Por tanto, mirándoos unos a otros, tanto vosotros, pescadores humildes y sin cultura, como vosotros, mercaderes o hijos de mercaderes, oficiales o hijos de oficiales, ricos o hijos de ricos, decid:

"Somos todos iguales. Todos tenemos las mismas deficiencias y todos tenemos necesidad
de la misma instrucción. Hermanos en los defectos personales o nacionales debemos, desde ahora en adelante, ser hermanos en el conocimiento de la Verdad y en el esfuerzo de practicarla.

Eso es, hermanos. Quiero que tales os llaméis y tales os veáis. Vosotros sois como una familia sola. ¿Cuándo prospera una familia?, ¿cuando la admira el mundo? Cuando está unida y se manifiesta concorde. Si un hijo se hace enemigo del otro, si un hermano perjudica al otro, ¿puede realmente durar la prosperidad de esa familia? En vano el padre de familia se esfuerza en trabajar, en allanar dificultades, en imponerse al mundo. Sus esfuerzos quedan sin resultado, porque los bienes se disgregan, las dificultades aumentan, el mundo se burla por este estado de lid perpetua que reduce corazón y patrimonio - que, unido, era potente contra el mundo - a un pequeño montón de pequeños, puntillosos intereses contrarios de que se aprovechan los enemigos de la familia para acelerar cada vez más su ruina. Nunca sea así entre vosotros. Estad unidos. Amaos. Amaos para ayudaros.

Amaos para enseñar a amar.

Observad: incluso lo que nos circunda nos ilustra acerca de esta gran fuerza. Mirad esta tribu de hormigas, que acude toda hacia un lugar. Sigámosla y descubriremos la razón de la utilidad de que acuda hacia un punto… Mirad aquí: esta pequeña hermana suya ha descubierto, con sus órganos minúsculos y para nosotros invisibles, un gran tesoro bajo esta ancha hoja de achicoria silvestre.

Es un pedazo de miga de pan que quizás se le haya caído a un campesino que haya venido aquí para cuidar sus olivos; a algún viandante que se haya detenido en esta sombra consumiendo su comida, o a un niño jubiloso sobre la hierba florecida.

¿Cómo hubiera podido por sí sola arrastrar hasta su casa este tesoro mil veces más voluminoso que ella? Ha llamado, pues, a una hermana y le ha dicho: "Mira, corre, rápido a decirles a las hermanas que aquí hay alimento para toda la tribu y para muchos días; corre, antes de que descubra este tesoro un pájaro y llame a sus compañeros y se lo devoren". Y la hormiguita ha corrido, afanosa, por las rugosidades del terreno, subiendo, bajando, entre guijas y hierbezuelas, hasta el hormiguero, y ha dicho: “Venid. Una de nosotras os llama; ha encontrado para todas, pero sola no puede traerlo aquí.

Venid". Y todas, incluso las que - ya cansadas por tanto como han trabajado durante todo el día - estaban descansando en las galerías del hormiguero, han acudido; incluso 11 estaban amontonando las provisiones en sus correspondientes celdas. Una, diez, cien, mil… Mirad…

Aferran con las pinzas, levantan haciendo de su cuerpo un carrito, arrastran hincando las patitas en el suelo. Ésta se cae… la otra, allí, casi se lisia porque la punta del pan ha rebotado y la ha comprimido contra una piedra; ¿y ésta tan pequeñita? (una jovencita de la tribu): se detiene derrengada… pero, toma aliento y continúa. ¡Qué unidas están! Mirad: ahora las hormigas tienen completamente abrazado el trozo de pan, y el pan avanza, avanza; lentamente, pero avanza.

Sigámoslo… Un poco más hermanitas, un poco más todavía y vuestra fatiga será premiada. Ya no pueden más, pero no ceden; descansan y luego continúan…Llegan al hormiguero.

¿Y ahora? Ahora al trabajo, para dividir en pequeños trocitos la miga grande. ¡Mirad qué trabajo! Unas cortan, otras transportan… Terminado. Ahora todo está a salvo, y, dichosas, desaparecen dentro de esa grieta, galerías abajo. Son hormigas, nada más que hormigas, y, sin embargo, son fuertes porque están unidas. Meditad en esto.

-¿Tenéis algo que preguntarme?

-Yo querría preguntarte si es que ya no volvemos a Judea – dice Judas Iscariote.

-¿Quién lo ha dicho?

-Tú, Maestro. ¡Has manifestado el deseo de preparar a José para que instruya a los demás en Judea! ¿Tanto te has ofendido como para no volver más allí?

-¿Qué te han hecho en Judea? - pregunta curioso Tomás.
Y Pedro, al mismo tiempo, vehementemente, dice:
-¿Entonces tenía yo razón cuando decía que habías vuelto en malas condiciones? ¿Qué te han hecho los "perfectos" en Israel?

-Nada, amigos, nada que no vaya a encontrar aquí. Aunque diera la vuelta al mundo encontraría por todas partes amigos mezclados con enemigos. De todas formas, Judas, te había rogado que te mantuvieras en silencio…
-Cierto, pero… No, no puedo quedarme callado cuando veo que prefieres Galilea a mi patria. Eres injusto; también allí has recibido honores…

-¡Judas! ¡Judas! ¡Oh, Judas! Eres injusto en este reproche. Tú a ti mismo te acusas, dejándote llevar de la ira y de la envidia. Yo había logrado dar a conocer sólo el bien que he recibido en tu Judea. Sin mentir y con alegría, había logrado manifestar este bien para hacer que os amasen a los de Judea. Con alegría. Porque para el Verbo de Dios no existe separación de regiones, no existen antagonismos, enemistades, diversidades. ¡Os amo a todos, oh hombres, a todos…! ¿Cómo puedes decir que prefiero Galilea cuando he querido llevar a cabo los primeros milagros y las primeras manifestaciones en el suelo sagrado del Templo y de la Ciudad Santa, estimada por todos los israelitas? ¿Cómo puedes decir que actúo con parcialidad, si de vosotros, discípulos, que sois once - o diez, porque mi primo es familia, no amistad -, cuatro son judíos? Y, si añado a los pastores, que son todos judíos, puedes ver de cuántos de Judea soy amigo.

¿Cómo puedes decir que no os amo, si Yo, que conozco las cosas, he organizado el viaje de manera que pudiera dar mi Nombre a un pequeñuelo de Israel y recibir el espíritu de un justo de Israel? ¿Cómo puedes decir que no os amo a vosotros, judíos, si en la revelación de mi Nacimiento y de mi preparación a la misión he querido que hubiera dos judíos, contra uno sólo de Galilea? Me tachas de injusto. Examínate, Judas, mira si el injusto no eres tú.

Jesús ha hablado con majestuosidad y dulzura. Pero, aunque no hubiera dicho nada más, habrían bastado los tres modos como ha dicho «Judas» al principio de sus palabras, para dar una gran lección. E1 primer «Judas» lo decía el Dios majestuoso que llama al respeto; e1 segundo, el Maestro que enseña con doctrina paterna; el tercero era el ruego del amigo dolido por el modo de actuar de su amigo.

Judas ha bajado la cabeza, humillado, todavía iracundo, afeado por este aflorar de bajos sentimientos.
Pedro no sabe quedarse callado.

-Al menos pide perdón, muchacho. ¡Si hubiera sido yo en vez de Jesús, no hubieras salido del paso sólo con unas palabras! ¡No sólo injusto! ¡No tienes respeto, señorito! ¡Así os educan los del Templo? ¿O es que eres tú el ineducable? Porque si son ellos…

-Basta, Pedro. He dicho Yo todo lo que había que decir. Esto también será motivo de instrucción mañana. Y ahora repito a todos lo que les había dicho a éstos en Judea: no digáis a mi Madre que su Hijo fue maltratado por los judíos. Ya está toda compungida por haber intuido mi pena.

Respetad a mi Madre. Vive en la sombra y silencio; es activa sólo en virtudes y oración por mí, por vosotros y por todos. Dejad que las lúgubres luces del mundo y las ásperas luchas queden lejos de su refugio fajado de discreción y pureza. No metáis ni siquiera el eco del odio donde todo es amor. Respetadla. Ella es más valiente que Judit; lo veréis. Pero no la obliguéis, antes de tiempo, a gustar la hez que supone los sentimientos de los miserables del mundo, de aquellos que no saben ni siquiera rudimentariamente qué es Dios y la Ley de Dios. Esos de que os hablaba al principio: los idólatras que se creen sabios de Dios y que, por tanto, unen la idolatría a la soberbia. Vamos.

Y Jesús se dirige de nuevo hacia Nazaret.

90- La llegada a Nazaret de los discípulos con los pastores


Veo a María que, descalza y diligente, con las primeras luces del día va y viene por su casa. Con su vestido azul tenue parece una delicada mariposa que apenas roza, sin hacer ruido, paredes y objetos. Se acerca a la puerta que da a la calle y la abre cuidando de no hacer ruido; la deja entornada, después de haber dado una ojeada a la calle todavía desierta. Pone en orden las cosas, abre puertas y ventanas. Entra en el taller - en donde, ahora que lo ha dejado el Carpintero, están los telares de María - y también allí trajina; cubre con cuidado uno de los telares en que hay una tejedura comenzada, y sonríe por un pensamiento que le viene al mirarla.

Sale al huerto. Las palomas se le agolpan encima de los hombros. Con vuelos cortos, de un hombro al otro, para conseguir el puesto, peleonas y celosas por amor a Ella, la acompañan hasta una alacena en la que hay provisiones. Saca unos granos para ellas y dice:

-Aquí, hoy aquí. No hagáis ruido. ¡Está muy cansado!
Luego coge harina y va a un cuartito que está junto al horno y se pone a hacer el pan. Lo amasa y sonríe. ¡Oh, como sonríe hoy la Mamá! Está tan rejuvenecida por la alegría, que parece la Madre jovencita de la Natividad. De la masa del pan aparta una cantidad, y la cubre; luego reemprende el trabajo. Suda. Sus cabellos presentan un aspecto más claro debido a una sutil capa de polvo de harina.

Entra despacio María de Alfeo.
-¿Ya trabajando?
-Sí. Estoy haciendo el pan. Mira, las tortas de miel que le gustan tanto.
-Dedícate a ellas. Yo hago el pan, que es mucha la masa.
María de Alfeo, de complexión fuerte, más aldeana, trabaja con ahínco en su pan, mientras María unta de miel y mantequilla sus dulces; hace muchos de forma redondeada y los coloca en una plancha.

-No sé cómo hacer para avisar a Judas… Santiago no se atreve… y los otros… - María de Alfeo suspira.
-Hoy vendrá Simón Pedro. Viene siempre con el pescado el segundo día después del sábado. Lo mandaremos a él a donde Judas.

-Si quiere ir…
-¡Oh, Simón nunca me dice que no!
-Que la paz acompañe este día vuestro - dice Jesús, dejándose ver.
Las dos mujeres se sobresaltan al oír su voz.
-¿Ya levantado? ¿Por qué? Yo quería que durmieras…
-He dormido un sueño de cuna, Mamá. Tú no debes haber dormido…
-Te he estado viendo dormir… Siempre lo hacía cuando eras pequeño. En el sueño sonreías siempre… y tu sonrisa permanecía todo el día en mi corazón como una perla… Pero esta noche no sonreías, Hijo; suspirabas como si estuvieras afligido…

María mira a su Hijo con congoja.

-Estaba cansado, Mamá. Y el mundo no es esta casa, donde todo es honestidad y amor. Tú… tú sabes quién soy y puedes comprender lo que significa para mí el contacto con el mundo. Es como quien por un camino fétido y fangoso; que, aunque camine con cuidado, un poco de lodo le salpica y el hedor penetra aunque se esfuerce en no respirar…Y si éste es hombre que ama todo lo que sea limpieza y aire puro, puedes hacerte una idea de la desazón que sentirá.

-Sí, Hijo. Comprendo. Pero me da mucha pena que sufras.
-Ahora estoy contigo y no sufro. Permanece el recuerdo… pero sirve para hacer más hermosa la alegría de estar contigo.

Y Jesús se inclina hacia su Madre para besarla.
Acaricia también a la otra María, que entra toda roja porque ha estado encendiendo el horno.
-Habrá que avisar a Judas - es la preocupación de María de Alfeo.
No hace falta. Judas estará aquí hoy.

-¿Cómo lo sabes?

Jesús sonríe y calla.

-Hijo, todas las semanas, este día, viene Simón Pedro. Es deseo suyo traerme el pescado recogido durante las primeras vigilias de la noche. Llega hacia el final de la hora prima. Se sentirá feliz hoy. Simón es bueno. Durante las horas que está aquí nos ayuda, ¿verdad, María?

-Simón Pedro es un hombre honesto y bueno - dice Jesús - Pero también el otro Simón - que dentro de poco verás – es un corazón grande. Salgo a su encuentro; estarán ya para llegar.

Y Jesús sale, mientras las mujeres, colocado el pan en el horno, entran de nuevo en la casa. María se vuelve a poner las sandalias y torna con un vestido de lino todo blanco. Pasa un tiempo, y, en la espera, María de Alfeo dice:

-No te ha dado tiempo a terminar ese trabajo.
-Lo terminaré pronto. Le dará frescor de sombra a mi Jesús y será liviano sobre su cabeza.

Empujan la puerta desde fuera.
-Mamá, he aquí a mis amigos. Entrad.
Entran en grupo los discípulos y los pastores. Jesús, con las manos sobre los hombros de los dos pastores, lleva a éstos hacia su Madre:

-He aquí a dos hijos que buscan una madre. Sé su alegría, Mujer.

-Yo os saludo… ¿Tú?… Leví… ¿Tú?… no sé, pero por la edad - Él me ha puesto al corriente - eres sin duda José. Ese nombre es dulce y sagrado aquí dentro. Ven. Venid. Con alegría os digo: mi casa os acoge, una Madre os abraza, en recuerdo de cuanto vosotros - tú en tu padre - amasteis a mi Niño.

Los pastores están tan extáticos, que parecen bajo efecto de un encantamiento.

-Soy María, sí. Tú viste a la Madre feliz. Sigo siendo la misma dichosa también ahora de ver a mi Hijo entre corazones fieles.

-Y éste es Simón, Mamá.

-Has merecido la gracia porque eres bueno; lo sé. La Gracia de Dios esté siempre contigo.
Simón, que conoce mejor los modos de la sociedad, hace una muy profunda reverencia, teniendo las manos cruzadas sobre el pecho, y saluda diciendo:

-Te saludo, Madre verdadera de la Gracia. Ya no le pido nada más al Eterno, ahora que conozco la Luz y te conozco a ti, más delicada que la Luna.

-Y éste es Judas de Keriot.
-Tengo una madre, pero mi amor por ella desaparece respecto a la veneración que siento por ti.

-No, no por mí; por Él. Yo soy porque Él es. Y no quiero nada para mí. Sólo pido para Él. Sé cuánto has honrado a mi Hijo en tu patria. Pero aun así te digo: sea tu corazón el lugar en que Él reciba de ti el sumo honor. Entonces te bendeciré con corazón de Madre.

-Mi corazón está bajo el calcañar de tu Hijo. ¡Feliz peso! Sólo la muerte disolverá mi fidelidad.

-Y este es nuestro Juan, Mamá.

-Me sentía tranquila desde que supe que estabas con Jesús. Te conozco y mi espíritu reposa cuando sé que estás con mi Hijo. Bendito seas. Mi quietud - Lo besa.
Se deja oír desde fuera la voz áspera de Pedro:
-Aquí está el pobre Simón con su saludo y…
En entrando, se queda de piedra. Arroja al suelo la cesta, redonda, que llevaba colgada a la espalda, y se arroja también él al suelo diciendo:

-¡Señor Eterno! Pero… No. ¿Cómo me has hecho esto, Maestro? ¡Estar aquí y no decirle nada al pobre Simón! ¡Dios te bendiga, Maestro! ¡Qué feliz me siento! ¡Ya no soportaba tu ausencia! - y le acaricia la mano, sin hacer caso a Jesús, que le dice:

«Levántate, Simón… ¡Que te alces!”
-Sí, me alzo. Pero… ¡Eh, tú, muchacho! (el muchacho es Juan) ¡Tú al menos podías haber venido corriendo a decírmelo!
Ahora, ¡venga!, sal enseguida, a Cafarnaúm, a decírselo a los demás… primero a casa de Judas. Pronto estará aquí tu hijo, mujer.

Rápido. Como si fueras una liebre perseguida por perros.
Juan se marcha risueño.
Pedro, por fin, se ha alzado. Sigue teniendo entre sus cortas, gruesas manos, de venas marcadas, la larga mano de Jesús y la besa sin dejarlo, a pesar de que quiera entregar su pescado, que está en el suelo, en el cesto.

-¡No quiero que te vayas otra vez sin mí! ¡Nunca más, nunca más, tanto tiempo sin verte! Te seguiré como la sombra sigue al cuerpo o la cuerda al ancla. ¿Dónde has estado, Maestro? Yo me decía: “¿Dónde estará?, ¿qué hará?, ¿ese niño de Juan sabrá tener cuidado de Él?, ¿estará atento a que no se canse demasiado, a que no se quede sin comida?" ¡Te conozco!… ¡Estás más delgado! Sí, más delgado. ¡No te ha cuidado bien! Le voy a decir que… Pero, ¿dónde has estado, Maestro? ¡No me dices nada!

-¡Espero a que me dejes hablar!

-Es verdad. Pero es que… verte es como un vino nuevo: se sube a la cabeza sólo con el olor. ¡Mi Jesús! - Pedro casi llora por la reacción de la alegría.

-Yo también he sentido deseo de ti, de todos vosotros, aunque estuviera entre amigos queridos. Mira, Pedro, éstos son dos que me han amado desde que tenía pocas horas. Más aún, ya han sufrido por mí. Éste es un hijo sin padre ni madre, por causa mía; pero, en todos-vosotros tiene muchos hermanos, ¿no es verdad?

-¿Lo preguntas, Maestro? Pero si, si se diera el caso de que el demonio te amara, yo lo amaría por su amor a ti. Veo que también vosotros sois pobres. Entonces somos iguales. Venid que os bese. Soy pescador, pero tengo el corazón más tierno que un pichón; y sincero. No miréis si soy rudo. Lo duro es por fuera; dentro soy todo miel y mantequilla. Con los buenos, quiero decir… porque con los malvados…

-Este es el nuevo discípulo.
-Me parece haberle visto ya…
-Sí. Es Judas de Keriot. Tu Jesús, a través de él, recibió buena acogida en esa ciudad. Os ruego que os améis, aunque seáis de regiones distintas. Sois todos hermanos en el Señor.

-Como tal lo trataré, si tal es. Y… sí… (Pedro mira fijo a Judas; a mirada abierta, de advertencia) y… sí… es mejor que lo diga; así conoces ya bien desde ahora. Lo digo: no siento mucha estima hacia los judíos en general ni hacia los de Jerusalén en particular. Pero soy honesto. Y por mi honestidad te aseguro que dejo aparte todas las ideas que tengo acerca de vosotros y quiero ver en ti sólo al hermano discípulo. Depende de ti ahora el no hacerme cambiar de pensamiento y decisión.

-¿Conmigo también, Simón, tienes tales prejuicios? -pregunta el Zelote sonriendo.

-¡No te había visto! ¿Contigo? ¡Contigo no! Llevas la honestidad dibujada en el rostro. La bondad te rezuma desde el corazón hacia el exterior como oloroso aceite por un vaso poroso. Y eres anciano. Ello no es siempre una dote. Algunas veces, cuanto más envejece uno más falso y malo se vuelve. Pero tú eres de esos que hacen como los vinos preciados: cuanto más envejecen, más genuinos y buenos son. -Has juzgado bien, Pedro - dice Jesús - Ahora venid. Las mujeres están ocupándose de nosotros, quedémonos mientras bajo la pérgola fresca. ¡Qué hermoso es estar con los amigos! Iremos luego todos juntos por Galilea, y más allá de Galilea; todos no. Leví, ahora ya contento, volverá a donde Elías, a llevarle el saludo de María ¿verdad, Mamá?

-Yo lo bendigo, y a Isaac y a los demás. Mi Hijo me ha prometido llevarme… y yo iré donde vosotros, los primeros amigos de mi Niño.

-Maestro, quisiera que Leví llevase a Lázaro el escrito que ya sabes.

-Prepáralo, Simón. Hoy es fiesta completa. Mañana por la tarde; Leví partirá, con tiempo para llegar antes del sábado.

Venid, amigos…

Salen al verde huerto y todo termina.

89- Adiós a Jonás y llegada de Jesús a Nazaret

Apenas un atisbo de luz. En la puerta de una mísera cabaña - y hablo así porque llamarla casa sería demasiado honor - están Jesús con los suyos y con Jonás y otros míseros campesinos como él. Es la horade la despedida.

-¿No te volveré a ver, Señor mío? pregunta Jonás. Tú has traído la luz a nuestros corazones. Tu bondad ha hecho de estas jornadas una fiesta que durará toda la vida. Ya has visto cómo nos tratan. El jumento recibe más cuidados que nosotros, y se trata más humanamente al árbol: son dinero; nosotros somos sólo ruedas de molino que proporcionan ganancia, y se nos utiliza hasta que morimos por exceso de uso. Pero tus palabras han sido como muchas caricias de alas. El pan nos ha parecido más abundante y mejor, porque Tú lo saboreabas con nosotros, este pan que él no da a sus perros. Vuelve a compartirlo con nosotros, Señor. Sólo porque eres Tú, oso decir esto. Para cualquier otro significaría una ofensa el ofrecer un cobijo y un alimento que hasta el mendigo desdeña. Pero Tú…

-Pero Yo encuentro en ellos un perfume y un sabor celestes, porque hay en ellos fe y amor. Vendré, Jonás. Vendré. Quédate donde estás atado al carro como un animal de tiro. Que el lugar en que estás sea tu escalera de Jacob. Ciertamente entre el Cielo y tú vienen y van los ángeles con la atención puesta en recoger todos tus méritos y llevárselos a Dios. Pero Yo vendré a ti, a consolar tu espíritu. Permanecedme todos fieles. ¡Oh! Quisiera daros una paz que fuera también humana, pero no puedo. Tengo que deciros: sufrid aún. Y ello es triste para Uno que ama… -Señor, si Tú nos amas, ya no es sufrir. Antes no teníamos a nadie que nos amara… ¡Oh, si pudiera, yo al menos, ver a tu Madre!

-No te angusties. Yo te la traeré. Cuando más suave esté el clima, vendré con Ella. No des pie a castigos inhumanos por la prisa de verla. Sabe esperarla como se espera el surgir de una estrella, de la primera estrella. Aparecerá ante ti imprevistamente, exactamente como la estrella vespertina que ahora no se ve e inmediatamente después titila en el cielo. Y piensa que, ya incluso desde ahora, Ella esparce sus dones de amor sobre ti. Adiós a todos vosotros. Mi paz os sirva de tutela contra las crueldades de quien os aflige. Adiós, Jonás. No llores. Has esperado muchos años con fe paciente, te prometo ahora una espera muy breve. No llores. No te dejaré solo. Tu bondad enjugó mi llanto infantil; ¿no es suficiente la mía para enjugar el tuyo?

-Sí… pero Tú te marchas… y yo me quedo…
-Amigo, Jonás, no me hagas partir abatido por el peso de no poderte consolar…

-No lloro, Señor… Pero ¿cómo voy a poder vivir sin verte ahora que sé que estás vivo?

Jesús acaricia una vez más al anciano desolado y luego se separa; pero, en el límite de la mísera era, erguido, abre los brazos bendiciendo la campaña. Luego se pone en camino.

-¿Qué significa lo que has hecho, Maestro? - pregunta Simón que ha notado el insólito gesto.
-He puesto un sigilo sobre todas las cosas, para que los malvados no puedan, dañándolas, perjudicar a esos desdichados. Más no podía…

-Maestro… adelantémonos. Quisiera decirte una cosa, sin que nos oigan.

Se separan aún más del grupo y Simón habla.

-Quería decirte que Lázaro tiene orden de usar la suma para socorrer a todos aquellos que recurran a él en nombre de Jesús. ¿No podríamos libertar a Jonás? Ese hombre está deshecho, su única alegría es tenerte. Démosela. ¿Qué puedes esperar de su labor aquí' Tu discípulo sería libre en esta llanura tan hermosa, y tan desolada. Aquí los más ricos de Israel tienen tierras óptimas, que exprimen explotando cruelmente a los trabajadores, exigiéndoles el ciento por uno. Lo sé desde hace años. Poco tiempo podrás permanecer aquí porque en este lugar impera la secta de los fariseos, que creo que nunca será amiga tuya. Los más infelices en Israel son estos trabajadores oprimidos y sin luz. Ya lo has oído: ni siquiera para la Pascua gozan de paz y oración, mientras los crueles patrones, con grandes gestos y estudiadas actitudes, se ponen en primera fila entre los fieles.

Tendrán al menos la alegría de saber que Tú vives, la alegría de oír tus palabras, repetidas por uno que no alterará de ellas ni una iota. Si te parece bien, Maestro, ordena, y Lázaro actuará.

-Simón, Yo ya había comprendido por qué te desprendías de todo. No desconozco el pensamiento del hombre. Y éste ha sido uno de los motivos por los que te he amado. Haciendo feliz a Jonás, haces feliz a Jesús. ¡Ah, cómo me angustia ver sufrir a los buenos! Mi condición de pobre y de despreciado por el mundo no me angustia sino por esto. Judas, si me oyera, diría:

"Pero, ¿no eres Tú el Verbo de Dios? Ordena, y las piedras se convertirán en oro y pan para los menesterosos". Repetiría la insidia de Satanás. Bien deseo Yo saciar las hambres, pero no como quisiera Judas.

Todavía estáis demasiado poco formados como para entender la profundidad de cuanto digo. Pero te lo digo: si Dios remediase todo, cometería una substracción para con sus amigos; los privaría de la facultad de ser misericordiosos. Y de obedecer, por tanto, al mandamiento del amor. Mis amigos tienen que tener este signo de Dios en común con Él: la santa misericordia, que se manifiesta en obras y en palabras. Y las infelicidades ajenas proporcionan a mis amigos la manera de ejercitarla. ¿Has aprendido este pensamiento?

-Es profundo. Lo medito. Y me humillo, comprendiendo lo obtuso que soy y lo grande que es Dios, el cual quiere que tengamos la totalidad de sus atributos más dulces, para llamarnos hijos suyos. Dios se me revela en su multiforme perfección por cada una de las luces que Tú difundes en mi corazón. Día tras día, como quien camina por un lugar desconocido, aumento mi conocimiento de esta inmensa Cosa que es la Perfección que quiere llamarnos "hijos", y me parece estar ascendiendo como un águila, o sumergiéndome como un pez, en dos profundidades sin confín como son el cielo y el mar, y subo cada vez más, y me sumerjo cada vez más, sin tocar nunca el límite. Pero entonces, ¿qué es Dios?

-Dios es la inalcanzable Perfección, Dios es la cumplida Belleza, Dios es la infinita Potencia, Dios es la incomprensible Esencia, Dios es la insuperable Bondad, Dios es la indestructible Compasión, Dios es la inconmensurable Sabiduría, Dios es el Amor hecho Dios.

¡Es el Amor! ¡Es el Amor! Dices que cuanto más conoces a Dios en su perfección, más te parece ascender o sumergirte en dos profundidades sin confín, de azul sin sombras… Cuando comprendas qué es el Amor hecho Dios, ya no subirás, ya no te sumergirás en ese azul sino en un remolino incandescente de llamas, y serás aspirado hacia una beatitud que te será muerte y vida. Tendrás a Dios, con completa posesión, cuando, por tu voluntad, hayas logrado comprenderlo y merecerlo.

Entonces quedarás fijo en su perfección.
-¡Señor!… - Simón se siente desbordado.
Se hace silencio. Llegan al camino. Jesús se detiene a esperar a los otros.

Cuando el grupo se completa de nuevo, Leví se arrodilla:
-Debo dejarte, Maestro, pero tu siervo te eleva una súplica: Llévame adonde tu Madre. Éste es huérfano como yo. No me niegues a mí lo que a él le das, para poder ver un rostro de madre…

-Ven. Yo doy en nombre de mi Madre lo que en nombre de mi Madre se pide…

Jesús está solo. Camina rápido entre bosques de olivos cargados de aceitunas ya bien formadas. El sol, a pesar de que esté declinando, asaetea la copa gris-verde de los árboles preciosos y pacíficos, pero no taladra el entramado de sus ramas sino con diminutos ojitos de luz. La calzada principal, por el contrario, encajonada entre dos pendientes, es una cinta de polvorienta incandescencia deslumbrante.

Jesús camina y sonríe. Llega a un tajo del terreno… y sonríe aún más vivamente. Allí está Nazaret… De tanto como la oprime la incandescencia del sol, parece como si vibrara. Jesús baja aún más veloz. Llega a la calzada ya sin preocuparse del sol.

Parece volar de lo presuroso que va, con el manto - colocado como protección sobre la cabeza - hinchado y palpitando a los lados y detrás de Él. La calzada está desierta y silenciosa hasta las primeras casas. Allí, alguna voz de niño o de mujer se oye venir desde el interior de las casas o desde los huertos, que suspenden incluso sobre la calzada las frondas de sus árboles. Jesús se aprovecha de estas manchas de sombra para rehuir el implacable sol. Gira por una callecita cuya mitad está en sombra. Allí hay mujeres que se arremolinan junto a un pozo fresco. Casi todas lo saludan, manifestando con voces aguda su alegría porque haya vuelto.

-Paz a todas vosotras… Pero… guardad silencio. Quiero dar una sorpresa a mi Madre.

-Su cuñada se ha marchado ahora con una jarra fresca, pero tiene que volver; se han quedado sin agua. El manantial está seco, o se pierde en el suelo ardiente antes de llegar a tu huerto; no sabemos María de Alfeo lo decía ahora. Mira, allí viene.

La madre de Judas y Santiago viene con un ánfora sobre la cabeza y otra en cada mano. No ve inmediatamente a Jesús y grita:

-De este modo me doy más prisa. María está toda triste, porque sus flores se mueren de sed. Son todavía las de José y Jesús, y siente desgajársele el corazón viéndolas languidecer.

-Pero ahora que me ve a mí…- dice Jesús, apareciendo detrás del grupo.
-¡Oh, mi Jesús! ¡Bendito Tú! Voy a decírselo….
-No. Voy Yo. Dame las ánforas.
-La puerta está sólo entornada. María está en el huerto. ¡Oh, qué contenta se pondrá! Hablaba de ti también esta mañana. ¡Pero haber venido con este sol!… ¡Estás todo sudado! ¿Estás solo?

-No. Con amigos. Yo me he adelantado para ver antes a mi Madre. ¿Y Judas?
-Está en Cafarnaúm. Va frecuentemente…
María no habla más pero sonríe mientras seca con su velo el rostro humedecido de Jesús.

Las ánforas ya están llenas. Jesús, usando su cinturón, se carga dos de ellas equilibradamente sobre los hombros, y la otra la lleva en la mano.

Camina, vuelve una esquina, llega a la casa, empuja la puerta, entra en la pequeña habitación, que parece oscura en relación al fuerte sol exterior, levanta despacio la cortina que cubre la puerta del huerto, observa.

María está en pie junto a un rosal, dando la espalda a la casa, compungida por la sedienta planta. Jesús posa el ánfora en el suelo, y el cobre suena al golpear contra una piedra.

-¿Ya aquí, María? – dice la Madre sin volverse - ¡Ven, ven! ¡Mira este rosal!, y estas pobres azucenas; morirán todas, si no las socorremos. Trae también unas cañitas para sujetar este tallo que se está cayendo.
-Te llevo todo, Mamá.

-María se vuelve de repente. Se queda atónita un segundo; luego, dando un grito, corre con los brazos abiertos hacia el Hijo, el cual ya ha abierto los suyos y la espera con una sonrisa que es todo amor.

-¡Hijo mío!
-¡Mamá! ¡Querida mamá!

La manifestación de afecto es larga, suave, y María está tan contenta que no ve, no siente lo sudado que está Jesús.

Pero luego se da cuenta:

-¿Por qué, Hijo, a esta hora? Estás como la púrpura y sudando como una esponja. Ven, ven dentro; que Mamá te seque y te refresque. Ahora te traigo una túnica nueva y sandalias limpias. ¡Pero 'Hijo! ¿Por qué vas por los caminos con este sol? ¡Las plantas se mueren por el calor y Tú, Flor mía, por los caminos…!

-¡Para llegar antes, Mamá!
-¡Oh, querido mío! ¿Tienes sed? Claro que sí. Ahora te preparo…
-Sí. De tu beso, Mamá. De tus caricias. Déjame estar así, con la cabeza en tu hombro, como cuando era pequeño… ¡Oh! ¡Mamá! ¡Cuánto te hecho de menos!
-¡Pero dime que vaya, Hijo, y yo iré! ¿Qué te ha faltado por causa de mi ausencia?: ¿comida de tu agrado?, ¿ropa fresca?, ¿cama bien hecha? ¡Oh, dime, mi Dicha!, ¿qué te ha faltado? Tu sierva, ¡oh mi Señor!, tratará de poner remedio.

-Nada aparte de ti…
-Jesús, que ha vuelto a entrar en la casa de la mano de su Madre, se ha sentado en el arquibanco que está junto a la pared y ahora mira fijamente a María. La tiene de frente, ceñida con sus brazos. Tiene apoyada la cabeza contra su corazón, y de vez en cuando la besa. Dice:

-Déjame que te mire. Déjame llenar mi vista de ti, ¡Mamá mía santa!
-Antes la túnica. No es bueno estar tan mojado. Ven.
Jesús obedece. Cuando vuelve con una túnica fresca, el coloquio continúa, delicado.

-He venido con discípulos y amigos. Pero los he dejado en el bosque de -Melca. Vendrán mañana a la aurora. Yo… no podía espera más. ¡Mamá mía!…- y le besa las manos - María de Alfeo se ha retirado para dejarnos solos; ella también ha entendido mi sed de ti Mañana… mañana tú serás de mis amigos y Yo de los nazarenos. Pero hoy tú eres mi Amiga y Yo el tuyo.

Te he traído… ¡Oh, Mamá!, he encontrado a los pastores de Belén, y te he traído a dos de ellos: son huérfanos y tú eres la Madre, la Madre de todos, y más aún de los huérfanos. Y te he traído también a uno que tiene necesidad de ti para vencerse a sí mismo; y a otro que es un justo y ha llorado; bueno,… y a Juan… Y el recuerdo de Elías, de Isaac, Tobías (ahora Matías), Juan y Simeón. Jonás es el más infeliz. Te llevaré donde él; lo he prometido. Seguiré buscando a otros. Samuel y José están en la paz de Dios.

-¿Estuviste en Belén?

-Sí, Mamá. Llevé allí a los discípulos que tenía conmigo. Te traigo estas florecillas, nacidas entre las piedras de la entrada.

-¡Oh!- María coge los tallitos secos y los besa - ¿Y Ana?
-Murió en la matanza de Herodes.

-¡Pobrecilla! ¡Te quería mucho!
-Los betlemitas sufrieron mucho y no han sido justos con los pastores. Han sufrido mucho…
-¡Pero contigo por entonces fueron buenos!

  • Sí. Por esto se les debe compadecer. Satanás está envidioso de aquella bondad suya y los instiga al mal. He estado también en Hebrón. Los pastores, perseguidos…

-¿Tanto?

-Sí. Los ayudó Zacarías, y, gracias a él, pudieron tener patrones y pan, aunque estos patrones fueran duros. Pero son almas de justos, y de las persecuciones y de las heridas se han hecho piedras de santidad. Los he reunido. He curado a Isaac y… y he dado mi Nombre a un niñito… En Yuttá, donde Isaac se consumía y donde ha renacido, hay ahora un grupo inocente que se llama María, José e Iesaí…

-¡Oh, tu Nombre!
-Y el tuyo, y el del Justo. Y en Keriot, patria de un discípulo, un fiel israelita murió contra mi corazón, por la alegría de haberme encontrado…Y también… ¡tengo tantas cosas que contarte…, mi perfecta Arniga, Madre dulce! Pero antes de nada, te lo suplico, te pido que tengas mucha piedad con los que vendrán mañana. Escucha: me aman pero no son perfectos. Tú, Maestra de virtud… ¡Madre, ayúdame a hacerlos buenos…! ¡Yo quisiera salvarlos a todos…!- Jesús se ha deslizado a los pies de María. Ahora Ella aparece en su majestuosidad de Madre.

-¡Hijo mío! ¿Qué puede hacer tu pobre Mamá que Tú no hagas?

-Santificarlos… Tu virtud santifica. Te los he traído aposta. Mamá…un día, ante la urgencia de santificar a los espíritus, viendo en ellos voluntad de redención, te diré: “Ven”. Yo solo no podré… Tu silencio será tan activo como mi palabra. Tu pureza ayudará a mi potencia. Tu presencia mantendrá distante a Satanás… Tu Hijo, Mamá, sabiendo que estás cerca, encontrará fuerzas. Vendrás, ¿no es cierto, mi dulce Madre?

-¡Jesús! ¡Amor! ¡Hijo! No te siento feliz… ¿Qué te pasa, Criatura de mi corazón? ¿Ha sido duro contigo el mundo? ¿No?

Creerlo me es motivo de consuelo… pero… ¡Oh! Sí. Iré. A donde Tú quieras, como Tú quieras, cuando Tú quieras, incluso ahora, bajo el sol, bajo las estrellas, o con hielo o entre aguaceros. ¿Me quieres contigo?: aquí me tienes. -No. Ahora no. Pero un día… ¡Qué dulce es la casa! ¡Y tu caricia! Déjame dormir así, con la cabeza en tus rodillas. ¡Estoy muy cansado! Sigo siendo tu Hijito…

Y Jesús realmente se duerme, cansado, derrengado, sentado en la estera, con la cabeza en el regazo de su Madre, mientras Ella le acaricia en el pelo, cariñosa.

88- Donde el pastor Jonás, en la llanura de Esdrelón

Por un senderillo entre campos quemados - sólo rastrojos y grillos - Jesús camina entre Leví y Juan. Detrás, en grupo, van José, Judas y Simón.

Es de noche y, sin embargo, no se siente refrigerio. La tierra es fuego que continúa ardiendo incluso después del incendio del día. El rocío no puede nada contra este asuramiento: tan fuerte es la llamarada que sale de los surcos y de las grietas del suelo, que creo que se seca incluso antes de tocar el suelo.

Todos callan, agotados y sudados. Pero veo a Jesús sonreír. La noche está clara, a pesar de que la Luna menguante apenas si aparece ahora, al este, en el horizonte.

-¿Crees que estará? - le pregunta Jesús a Leví.

-Ciertamente estará. A estas alturas ya está recogida la cosecha y todavía no ha empezado la recolección de la fruta, por tanto, lo campesinos se dedican a vigilar viñedos y pomares contra los depredadores, y no se alejan, especialmente cuando los patrones son odiosos como el que tiene Jonás. Samaria está cerca y cuando esos renegados pueden… están siempre dispuestos a perjudicarnos a nosotros, los de Israel. ¿No saben que luego apalean a los siervos? Sí lo saben. Pero la cosa es que nos odian.

-No guardes rencor, Leví - dice Jesús.
-Pero verás cómo fue herido Jonás hace cinco años por culpa de ellos. Desde entonces hace la vida de noche porque se queda de guardia, porque la flagelación es un suplicio cruel…

-¿Falta todavía mucho para llegar?

-No, Maestro. ¿Ves allí, donde termina esta desolación y se vislumbra aquella mancha oscura? Allí están los pomares de
Doras, el despiadado fariseo. Si me dejas, me adelanto para que Jonás pueda verme.
-Ve.
-¡Todos los fariseos son así, Señor mío? - pregunta Juan - ¡No querría estar a su servicio! Prefiero mi barca.
-¿Es la barca la predilecta? - pregunta semiserio Jesús.
-¡No, eres Tú! La barca lo era cuando aún no sabía que el Amor había venido a la Tierra - responde rápido Juan.
Jesús ríe al ver esta vehemencia.

-¿No sabías que sobre la Tierra había amor? Y entonces, ¿cómo naciste, si tu padre no amó a tu madre? - pregunta Jesús como en bromas.

-Ese amor es hermoso, pero no me seduce. Tú eres mi amor, Tú eres el Amor sobre la Tierra para el pobre Juan.
Jesús lo estrecha contra sí y dice:

-Deseaba oírtelo decir. El Amor está ansioso de amor y el hombre da y dará siempre a su avidez imperceptibles gotas, como estas que caen del cielo, tan insignificantes que se consumen, mientras caen, en la ola de calor estival, como también las gotas de amor de los hombres se consumirán a mitad de camino, eliminadas por llamaradas de demasiadas cosas. El corazón seguirá destilándolas, pero los intereses, los amores, los negocios, la avidez… muchas, muchas cosas humanas las harán evaporarse. Y, ¿qué subirá a Jesús? ¡Oh, demasiado poco! Los restos. De entre todos los latidos humanos, los que queden, los latidos interesados de los humanos para pedir, pedir, pedir mientras la necesidad urge. Amarme por amor sin mezcla de otra cosa será propiedad de pocos: de los Juanes…

Observa una espiga renacida. Es, quizás, una semilla caída durante la cosecha. Ha sabido nacer, resistir el sol, la sequía, crecer, desarrollar los primeros brotes, echar espiga… Mira: ya está formada. Sólo ella vive en estos campos asolados. Dentro de poco los granos maduros caerán al suelo rompiendo la lisa cascarilla que los tiene ligados al tallo, y serán caridad para los pajaritos, o, dando el ciento por uno, volverán a nacer una vez más y antes de que el invierno vuelva a traer el arado a los terrones, estarán de nuevo maduros y darán de comer a muchos pájaros, oprimidos por el hambre de las estaciones más tristes… ¿Ves, Juan mío, lo que puede hacer una semilla intrépida? Así serán los pocos que me amen por
amor. Uno sólo servirá para el hambre de muchos, bastará uno para embellecer la zona en que lo único que hay - había - es la fealdad de la nada, uno sólo bastará para crear vida donde antes había muerte; a él se acercarán los hambrientos, comerán un grano de su laborioso amor y luego, egoístas y disipados, volarán. Pero incluso sin saberlo ellos ese grano depositará gérmenes vitales en su sangre, en su espíritu… y volverán… Y hoy, y mañana, y al otro, como decía Isaac, los corazones crecerán en el conocimiento del Amor. El tallo, desnudo, ya no será nada, un hilo de paja quemado, pero su sacrificio ¡cuánto bien producirá!, su sacrificio ¡cuánto será premiado!

Jesús - que se había detenido un instante ante una lábil espiga nacida al borde del sendero, en una cuneta que en tiempos de lluvias quizás era un regato - prosigue su camino. Juan, mientras, lo escucha embelesado.

Los otros, que van hablando entre sí, no se dan cuenta del dulce coloquio. Llegan al pomar, se detienen, y se reúnen todos. El calor es tal, que sudan a pesar de no llevar manto. Callan y esperan.

De la parte más tupida, oscura, ahora apenas iluminada por la luna, se destaca la silueta clara de Leví, y, detrás, otra sombra más oscura.

-Maestro, aquí está Jonás.

-¡Recibe mi paz! - saluda Jesús, cuando aún Jonás no ha llegado donde Él.
Pero Jonás no responde; se echa a correr y, llorando, se arroja a sus pies y los besa. Cuando puede hablar dice:
-¡Cuánto te he esperado!, ¡cuánto! ¡Qué desconsuelo sentir la vida pasar, venir la muerte, y deber decir: "¡Y no lo he visto!"! Y, sin embargo, no, no toda la esperanza moría, ni siquiera una vez que estuve a las puertas de la muerte. Decía: "Ella lo dijo: `Vosotros aún le serviréis', y Ella no puede haber dicho nada que no sea verdad. Es la Madre del Emmanuel; por tanto, ninguna tiene consigo a Dios más que Ella, y quien a Dios tiene conoce las cosas de Dios.

-Álzate. Ella te saluda. Cerca de ti la has tenido y cerca la tienes; reside en Nazaret.
-¡Tú! ¡Ella! ¿En Nazaret? ¡Oh, si lo hubiera sabido…! De noche, en los fríos meses del hielo, cuando duermen los campos y los malintencionados no pueden perjudicar a los cultivadores, habría ido corriendo a besaros los pies, y me habría vuelto con mi tesoro de certeza. ¿Por qué no te has manifestado, Señor?

-Porque no era la hora. Ahora sí. Hay que saber esperar. Tú lo has dicho: "En los meses del hielo, cuando los campos duermen" -y ya han sido sembrados, ¿no es cierto? - Pues bien, Yo era también como el grano sembrado. Tú me habías visto en el momento de la siembra. Luego había desaparecido sepultado bajo un necesario silencio, para crecer y llegar al tiempo de la cosecha y resplandecer ante los ojos de quien me había visto Recién Nacido, y también ante los ojos del mundo. Ese tiempo ha llegado.

Ahora el Recién Nacido preparado para ser Pan del mundo, y, en primer lugar, busco a mis fieles, y les digo: "Venid. Saciad vuestra hambre conmigo".

El hombre lo escucha sonriendo dichoso, mientras, como para sí, « ¡Oh! ¡Es verdad, vives! ¡Eres Tú, es verdad!
-¿Has estado a punto de morir? ¿Cuándo?
-Cuando me azotaron a muerte porque me robaron los racimos de las cepas. ¡Mira cuántas heridas! - se baja la túnica y muestra los hombros del todo marcados por cicatrices irregulares - Con un azote de hierro me golpeó. Contó los racimos cogidos - se veía donde había sido arrancado el pedúnculo - y me dio un golpe por cada racimo. Luego me dejó allí medio muerto. Me socorrió María, la joven esposa de un compañero mío. Siempre me ha estimado. Su padre era el encargado antes de mí. Cuando vine aquí le tomé cariño a la niña porque se llamaba María. Me cuidó y me curé, aunque hicieron falta meses porque las llagas con el calor habían tomado un aspecto malísimo y daban fiebre fuerte.

Dije al Dios de Israel: "No importa. Permíteme volver a ver a tu Mesías y no me importará este mal; tómalo como sacrificio. No puedo ofrecerte un sacrificio nunca. Soy siervo de un hombre cruel, Tú lo sabes. Ni siquiera durante la Pascua me permite ir a tu altar. Tómame a mí como hostia. ¡Pero, dame a Jesús!

-Y el Altísimo ha satisfecho tu deseo. Jonás, ¿me quieres servir, como ya hacen tus compañeros?
-¡Oh!, ¿cómo podré hacerlo?
-Como lo hacen ellos. Leví sabe cómo. Te dirá lo simple que es servirme a mí. Quiero sólo tu buena voluntad.

La buena voluntad te la he ofrecido incluso cuando, recién nacido llorabas. Por ella he superado todo, tanto los momentos de desolación como los odios. Es… que aquí se puede hablar poco. El patrón una vez me dio de patadas, porque yo insistía diciendo que Tú existías. Pero cuando él estaba lejos, y con quien podía fiarme, yo narraba el prodigio de aquella noche.

—Pues entonces ahora narra el prodigio del encuentro conmigo. Os he encontrado a casi todos, y todos fieles; ¿no es esto un prodigio? Por el simple hecho de haberme contemplado con fe y amor os habéis hecho justos ante Dios y ante los hombres.

-¡Oh, ahora sí que voy a tener un valor…, un valor…! Ahora sé que vives y puedo decir: "Está allí. ¡Id a Él!…". Pero ¿dónde, Señor mío?

-Por todo Israel. Hasta Septiembre estaré en Galilea; frecuentemente en Nazaret o Cafarnaúm, allí se me podrá encontrar. Luego… estaré por todas partes; he venido a reunir a las ovejas de Israel.

-¡Ay, Señor mío, te encontrarás muchas cabras! ¡Desconfía de los poderosos de Israel!
-Si no es la hora, ningún mal me harán. Tú, a los muertos, a los que duermen, a los vivos, diles: "El Mesías está entre nosotros”
-¿A los muertos, Señor?
-A los muertos del espíritu. Los otros, los justos muertos en el Señor, ya exultan de gozo por la liberación del Limbo, que ya está cercana. Diles a los muertos que soy la Vida, diles a los que duermen que soy el Sol que sale y saca del sueño, diles a los vivos que soy la Verdad que ellos buscan.

-¿Curas también a los enfermos? Leví me ha hablado de Isaac. ¿Sólo para él el milagro, porque es tu pastor, o para todos?

-A los buenos, el milagro como justo premio; a los menos buenos, para impulsarlos a la verdadera bondad; a los malvados, también, en alguna ocasión, para removerlos de su estado y persuadirlos de que Yo soy y de que Dios está conmigo.

El milagro es un don. El don es para los buenos. Pero, Aquel que es Misericordia y que ve la pesantez humana, no removible sino por un hecho extraordinario, recurre a esto también para poder decir: "He hecho todo con vosotros y de nada ha servido. Decid entonces vosotros mismos qué más os debo hacer".

-Señor, ¿no te da repulsa entrar en mi casa? Si me aseguras que no vienen los ladrones a la propiedad, quisiera hospedarte, y llamar a los pocos que te conocen a través de mi palabra para reunirlos en torno a ti. El patrón nos ha doblegado y quebrado como a tallos despreciables. Sólo nos queda la esperanza de un premio eterno. Pero si Tú te manifiestas a los corazones oprimidos tendrán nuevo vigor.

-Voy. No temas por los árboles ni por las viñas. ¿Puedes creer que los ángeles vigilarán fielmente en lugar de ti?
-¡Oh! ¡Señor! Yo he visto a tus siervos celestes. Creo.

Voy seguro contigo. ¡Benditos estos árboles y estas cepas que poseen viento y canción de alas y voces angélicas! ¡Bendito este sueño que santificas con tu pie! ¡Ven, Señor Jesús! ¡Oíd, árboles y vides, oíd, terrones levantados por el arado: Aquel Nombre que os confié para paz mía, ahora se lo dirijo a Él! ¡Jesús está aquí! ¡Escuchad! ¡Por ramas y sarmientos discurra a borbotones la savia, el Mesías está con nosotros!

Todo termina con estas palabras gozosas.

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