75- Jesús encuentra a los pastores Elías y Leví

Las alturas se hacen mucho más elevadas y boscosas que las de Belén; suben cada vez más, transformándose en una verdadera cadena montañosa. Jesús va el primero, proyectando su mirada hacia delante y alrededor, como buscando algo. No habla. Escucha más las voces del arbolado que las de los discípulos, que van unos metros detrás de Él hablando bajo entre sí. Una esquila suena lejana, pero el viento porta su campanilleo. Jesús sonríe. Se vuelve:

  • Oigo algunas ovejas - dice.
  • ¿Dónde, Maestro?
  • Me parece que hacia aquella colina. Pero el bosque no me deja ver.
    Juan, sin decir una palabra, se quita la túnica — el manto lo llevan todos en bandolera, enrollado, porque tienen calor
    —, se queda sólo con la prenda corta, y abraza un tronco alto y liso (yo diría que es de fresno), y sube, sube… hasta que puede ver:
  • Sí, Maestro. Hay muchos rebaños y tres pastores; allí, detrás de aquella espesura.
    Baja, y ya caminan seguros.
  • ¿Serán ellos?
  • Preguntaremos, Simón; si no son, nos sabrán decir algo… Se conocen entre ellos.
    Unos cien metros más. Luego un amplio pacedero verde, del todo circundado de gruesos árboles añosos. Se ven muchas ovejas en el prado ondulado, rozando la abundante hierba. Tres hombres las custodian. Uno es anciano, ya completamente cano, los otros tienen: uno, aproximadamente, treinta años; el otro, unos cuarenta.
  • Cuidado, Maestro. Son pastores… - dice Judas con tono de consejo, al ver que Jesús acelera el paso.

Pero Jesús ni siquiera responde. Continúa, alto, hermoso, dándole el sol de poniente en el rostro, con su túnica blanca.

Se le ve tan luminoso, que parece un ángel…

  • La paz esté con vosotros, amigos - saluda en llegando al lindero del prado.
    Los tres se vuelven sorprendidos. Silencio. Luego el anciano pregunta:
  • ¿Quién eres?.
  • Uno que te ama.
  • Serías el primero desde hace muchos años. ¿De dónde vienes?
  • De Galilea.
  • ¿De Galilea? ¡Ah! - El hombre lo mira atentamente — también los otros se han acercado — De Galilea - repite el pastor, y añade en voz baja como para sí mismo - También El venía de Galilea… ¿De qué lugar, Señor?.
  • De Nazaret.
  • ¡Ah! Entonces dime. ¿Ha regresado un Niño, con una mujer de nombre María y un hombre de nombre José, un Niño aún más hermoso que su Madre (que flor más encantadora jamás vi en las laderas de Judá)? Un Niño nacido en Belén de Judá, en tiempos del edicto. Un Niño que luego huyó, para gran fortuna del mundo. ¡Un Niño que… yo daría la vida por saber que vive y es ya un hombre!

-¿Por qué dices que el que huyera ha sido una gran fortuna para el mundo?

  • Porque Él era el Salvador, el Mesías, y Herodes lo quería muerto. Yo no estaba cuando huyó con su padre y su madre…

Cuando tuve noticias de la matanza y volví — porque yo también tenía hijos (un sollozo), Señor, y mujer (sollozo) y sentía que los habían matado (otro sollozo), pero te juro por el Dios de Abraham, que temblaba por El más que por mi misma carne —, supe que había huido, y ni siquiera pude preguntar, ni siquiera pude recoger a mis criaturas degolladas… Me apedreaban como a un leproso, como a un inmundo, como a un asesino… Y tuve que huir a los bosques, llevar una vida de lobo… hasta que encontré a un propietario de ganado. ¡Oh, pero no es como era Ana!…

Es duro y cruel… Si una oveja se disloca una pata, si el lobo se me lleva un cordero, o recibo palos hasta sangrar o me quita mi poca paga o debo trabajar en los bosques para otros, hacer algo, pero pagar, siempre el triple del valor. Pero no importa. Siempre le he dicho al Altísimo: "Que yo pueda ver a tu Mesías. Que al menos pueda saber que vive, y todo lo demás no es nada". Señor, te he referido cómo me trataron los de Belén y cómo me trata el patrón. Habría podido devolver mal por mal, o hacer el mal, robando, para no sufrir a causa del patrón. Pero sólo he querido perdonar, sufrir, ser honesto, porque los ángeles dijeron: "Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de
buena voluntad".

  • ¿Dijeron eso exactamente?
  • Sí, Señor, créelo tú, tú al menos, que eres bueno. Conoce tú al menos, y cree, que el Mesías ha nacido. Nadie quiere creerlo ya. Pero los ángeles no mienten… y nosotros no estábamos borrachos como decían. Éste, ¿ves?, era un niño entonces, y fue el primero que vio al ángel. Sólo bebía leche. ¿Puede la leche emborracharlo a uno? Los ángeles dijeron: "Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador que es Cristo, el Señor. Lo reconoceréis por esto: encontraréis a un Niño recostado en un pesebre, envuelto en pañales".
  • ¿Dijeron eso exactamente? ¿No entendisteis mal? ¿No os equivocáis, después de tanto tiempo?
  • ¡Oh, no! ¿Verdad, Leví? Para no olvidarlo — ya de por sí no habríamos podido, porque eran palabras del Cielo y se escribieron con el fuego del Cielo en nuestros corazones — todas las mañanas, todas las tardes, cuando sale el Sol, cuando brilla la primera estrella, las recitamos como oración, como bendición, como fuerza y consuelo, con el Nombre de Él y de su Madre.
  • ¡Ah!, ¿decís: "Cristo"?
  • No, Señor. Decimos: "Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, por Jesucristo que nació de María en un establo de Belén y que, siendo el Salvador del mundo, estaba envuelto en pañales en un pesebre".
  • Pero, en definitiva, ¿vosotros a quién buscáis?
  • A Jesucristo, Hijo de María, el Nazareno, el Salvador.
  • Soy Yo - A Jesús se le ilumina el rostro al manifestarse a estos tenaces amantes suyos. Tenaces, fieles, pacientes.
  • ¡Tú! ¡Oh! ¡Señor, Salvador, Jesús nuestro! — los tres se han arrojado al suelo y besan los pies de Jesús, llorando de alegría.
  • Alzaos. Álzate, Elías, y tú, Leví, y tú, que no sé quién eres.
  • José. Hijo de José.
  • Éstos son mis discípulos. Juan es galileo; Simón y Judas, judíos.
    Los pastores ya no están rostro en tierra, pero sí todavía de rodillas, echados hacia atrás sobre los calcañares. Adoran al
    Salvador, con ojos de amor, labios temblorosos de emoción, rostros empalidecidos, o enrojecidos, de alegría.
    Jesús se sienta en la hierba.
  • No, Señor. En la hierba Tú no, Rey de Israel.
  • No os preocupéis, amigos. Soy pobre; un carpintero, para el mundo. Rico sólo de amor para el mundo, y del amor que los buenos me dan. He venido a estar con vosotros, a partir con vosotros el pan de la noche, a dormir a vuestro lado sobre el heno, a recibir consuelo de vosotros…
  • ¡Oh, consuelo! Somos incultos y estamos perseguidos.
  • Yo también lo estoy. No obstante, vosotros me dais lo que busco: amor, fe y esperanza que resiste durante años y florece. ¿Veis? Habéis sabido esperarme, creyendo sin ninguna duda que era Yo. Y Yo he venido.
  • ¡Oh, sí! Has venido. Ahora, aunque muera, ya nada me causa la pena de algo esperado y no obtenido.
  • No. Elías. Tú vivirás hasta después del triunfo del Cristo. Tú, que has visto mi alba, debes ver mi fulgor. ¿Y los otros?

Erais doce: Elías, Leví, Samuel, Jonás, Isaac, Tobías, Jonatán, Daniel, Simeón, Juan, José, Benjamín. Mi Madre me repetía siempre vuestros nombres como los de mis primeros amigos.

  • ¡Oh! - Los pastores están cada vez más conmovidos.
  • ¿Dónde están los demás?
  • El anciano Samuel, muerto, de viejo, hace veinte años. A José lo mataron por combatir en la puerta del aprisco para dar tiempo a su esposa, madre desde hacía pocas horas, de huir con éste, que yo recogí por amor de mi amigo, y por… por seguir teniendo niños a mi alrededor. También tomé conmigo a Leví… lo perseguían. Benjamín es pastor en el Líbano con Daniel.

Simeón, Juan y Tobías, que ahora se hace llamar Matías en recuerdo de su padre, al cual también lo mataron, son discípulos de Juan. Jonás está en la llanura de Esdrelón, al servicio de un fariseo. Isaac tiene la espalda hecha cisco, está en la absoluta miseria
y solo, está en Yuttá. Le ayudamos como podemos… pero estamos todos en la ruina y es como gotas de rocío en un incendio.

Jonatán es ahora siervo de un noble de Herodes.

  • ¿Cómo habéis logrado, especialmente Jonatán, Jonás, Daniel y Benjamín, conseguir estos trabajos?
  • Me acordé de Zacarías, tu pariente… Tu Madre me había enviado a él. Cuando nos volvimos a juntar en las gargantas de Judea, fugitivos y malditos, los llevé donde Zacarías. Fue bueno. Nos protegió, nos dio de comer. Nos buscó un patrón como pudo. Yo ya había recibido del herodiano todo el rebaño de Ana… y me quedé a su servicio… Cuando el Bautista llegó a la edad madura y empezó a predicar, Simeón, Juan y Tobías se fueron con él.
  • Pero ahora el Bautista está prisionero.
  • Sí. Y ellos vigilan en torno a Maqueronte, con un puñado de ovejas para no levantar sospechas; ovejas que les ha dado un hombre rico, discípulo de Juan, tu pariente.
  • Quisiera verlos a todos.
  • Sí, Señor. Iremos a decirles: "Venid, Él vive, Él se acuerda de nosotros y nos ama".
  • Y os quiere entre sus amigos.
  • Sí, Señor.
  • Pero, en primer lugar, iremos adonde Isaac. Samuel y José ¿dónde están enterrados?
  • Samuel en Hebrón. Quedó al servicio de Zacarías. José… no tiene tumba, Señor. Lo quemaron con la casa.
  • Pronto estará en la Gloria, no entre las llamas de los crueles, sino entre las llamas del Señor, Yo os lo digo; a ti, José, hijo de José, te lo digo. Ven, que Yo te bese para decir gracias a tu padre.
  • ¿Y mis hijos?
  • Ángeles, Elías. Ángeles que repetirán el "Gloria" cuando el Salvador sea coronado.
  • ¿Rey?
  • No. Redentor. ¡Oh, cortejo de justos y santos! ¡Y delante las falanges blancas y purpúreas de los párvulos mártires!
    Una vez abiertas las puertas del Limbo, subiremos juntos al Reino inmortal. ¡Y luego iréis vosotros y volveréis a encontrar padres, madres e hijos en el Señor! Creed.
  • Sí, Señor.
  • Llamadme Maestro. Llega la noche, nace la primera estrella. Di tu oración antes de la cena.
  • No yo. Tú.
  • Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad que han merecido ver la Luz y servirla. El Salvador se encuentra entre ellos. El Pastor de la estirpe real está en medio de su rebaño. La Estrella de la mañana ha nacido. ¡Regocijáos, justos, regocijáos en el Señor! Él, que ha hecho la bóveda de los cielos y los ha sembrado de estrellas, Él, que puso como límite de las tierras los mares, Él, que ha creado los vientos y los rocíos, y regulado el curso de las estaciones para dar pan y vino a sus hijos, ved cómo ahora os manda un Alimento más elevado: el Pan vivo que baja del Cielo, el Vino de la eterna Vid. Venid, vosotros, primicias de mis adoradores, venid a conocer al Padre en verdad para seguirlo en santidad y obtener así eterno premio.

Jesús ha orado en pie con los brazos extendidos; los discípulos y los pastores están de rodillas.

Después se distribuye pan y una escudilla de leche acabada de ordeñar, y, dado que son tres los tazones — o calabazas vaciadas, no lo sé —, primero comen Jesús, Simón y Judas; luego Juan (al cual Jesús le pasa su taza) con Leví y José; Elías come el último.Las ovejas no pastan más, se reúnen en un gran grupo compacto en espera de ser conducidas quizás a su aprisco. Sin embargo, veo que los tres pastores las conducen al bosque, debajo de un rústico cobertizo de ramas cercado con cuerdas. Ellos se ponen a prepararles a Jesús y a los discípulos un lecho de heno.

Se encienden algunos fuegos, tal vez para los animales
salvajes. Judas y Juan, cansados, se echan; al poco tiempo ya están dormidos. Simón querría hacerle compañía a Jesús, pero al cabo de un poco él también se queda dormido, sentado en el heno y con la espalda apoyada en un poste. Permanecen despiertos Jesús y los pastores. Y hablan: de José, de María, de la huida a Egipto, del regreso… Luego, después de estas
preguntas de amor, llegan las preguntas más elevadas: ¿qué hacer para servir a Jesús?, ¿cómo hacerlo ellos, rudos pastores?

Y Jesús instruye y explica:

  • Ahora Yo voy por Judea. Los discípulos os tendrán siempre al corriente. Después os llamaré. Entretanto, reuníos. Que cada uno tenga noticias de los demás y que sepan que Yo estoy en el mundo, como Maestro y Salvador; y, como podáis, manifestadlo a otras gentes. No os prometo que seréis creídos. Yo he recibido escarnio y golpes, vosotros también los recibiréis.

Pero, de la misma forma que habéis sabido ser fuertes y justos en esta espera, sedlo más aún ahora que sois míos. Mañana iremos hacia Yuttá. Luego a Hebrón. ¿Podéis venir?.

  • ¡Oh, sí! Los caminos son de todos y los pastos son de Dios. Sólo Belén nos está vedada, a causa de un odio injusto. Los otros pueblos saben todo… pero se conforman con burlarse de nosotros llamándonos borrachos. Por eso poco podremos hacer aquí».
  • Os llamaré a otro lugar. No os abandonaré.
  • ¿Durante toda la vida?
  • Durante toda mi vida.
  • No. Antes moriré yo, Maestro. Soy viejo.
  • ¿Tú crees? Yo no. Uno de los primeros rostros que vi fue el tuyo, Elías. Uno de los últimos será. Me llevaré conmigo en mi pupila tu rostro desencajado a causa del dolor por mi muerte. Pero luego será el tuyo el que lleve en el corazón lo radiante de una mañana triunfal, y con él esperarás la muerte… La muerte: el encuentro eterno con el Jesús que adoraste cuando era
    pequeñito. También entonces los ángeles cantarán el Gloria: "por el hombre de buena voluntad".

74- En la posada de Belén y en las ruinas de la casa de Ana

Son las primeras horas de una luminosa mañana de verano. El cielo toma unas pinceladas de rosa en algunas finas nubecitas que parecen deshiladuras de gasa perdidas en una alfombra de raso turquino. Hay todo un cantar de pájaros, ya ebrios de luz… gorriones, mirlos, petirrojos silban, gorjean, riñen por un tallito, por una larva, por una ramita que llevarse al nido, por una larva para llenar el buche, por una ramita que les sirva como dormitorio. Golondrinas se lanzan, como saetas, desde el cielo al pequeño riachuelo para mojarse el pecho de nieve, coloreado en su ápice de óxido, y, tomada la frescura de la ola, atrapada la mosquita que aún duerme colgada de un tierno tallo, se vuelven hacia arriba con un rapidísimo zigzag, como el destello de una hoja bruñida, chillando alegres.

Dos aguzanieves, vestidas de seda cenicienta, pasean graciosas como dos damiselas a lo largo de la orilla del riachuelo manteniendo bien alta la larga cola adornada de velludillos negros; se miran en el agua, se ven hermosas, continúan su paseo, mientras un mirlo, verdadero pilluelo del bosque, les hace burla y los silba por detrás con su largo pico amarillo.

Dentro de un tupido manzano silvestre, que se yergue solitario junto a las ruinas, una ruiseñora llama insistentemente a su compañero, y se calla sólo cuando lo ve llegar con una larga larva que se retuerce oprimida por el fino pico. Dos palomas zuranas, que probablemente huyeron de algún palomar ciudadano y que han elegido vivir libremente entre las grietas del torreón derruido, se entregan zureando a sus manifestaciones de afecto: él seductor, pudorosa ella.

Jesús, con los brazos cruzados, mira a todos estos animalitos alegres, y sonríe.

  • ¿Ya estás listo, Maestro? - pregunta Simón por detrás.
  • Ya listo. ¿Los otros duermen todavía?
  • Todavía.
  • Son jóvenes… Me he lavado en ese riachuelo… Una agua fresca que despeja la mente…
  • Ahora voy yo.

Mientras Simón — sólo con la prenda corta — se lava y se vuelve a vestir, salen Judas y Juan.

  • Dios te salve, Maestro. ¿Es demasiado tarde?
  • No. Apenas ha nacido la mañana. Pero ahora daos prisa. Vámonos.
    Los dos se lavan y se ponen la túnica y el manto.
    Jesús, antes de ponerse en camino, arranca unas florecillas nacidas entre las hendiduras de dos rocas y las coloca en una cajita de madera, en la cual ya hay otras cosas que no distingo bien. Y comenta:
  • Se las voy a llevar a mi Madre. Las guardará con cariño… Vamos.
  • ¿Adónde, Maestro?
  • A Belén.
  • ¡¿Sí?! Me parece que no hay un buen ambiente respecto a nosotros…
  • No importa. Vamos. Quiero mostraros dónde bajaron los magos y dónde estaba Yo.
  • Entonces… Escucha… Perdona, ¿eh?, Maestro…

Permíteme que hable. ¿Por qué no hacemos una cosa? En Belén, y en la posada, deja que sea yo quien hable o pregunte. En Judea no se os estima mucho a los galileos, y aquí menos que en otras partes. Es más, ¿por qué no hacemos así?: Tú y Juan tenéis aspecto de galileos hasta en el vestido, que es demasiado simple. Y luego… ¡ese pelo…! ¿Por qué os empeñáis en llevarlo tan largo? Yo y Simón os dejamos el manto y cogemos el vuestro. Tú, Simón, a Juan; yo al Maestro. Eso es… así. ¿Ves? Parecéis, en un momento, un poco más judíos. Ahora esto - Y se quita la prenda con la que cubre su cabeza: un pedazo de tela de rayas amarillas, marrones, rojas, verdes, como el manto, alternadas; sujetado por un cordón amarillo. Lo pone sobre la cabeza de Jesús, cubriendo con él ambos lados de su cara para ocultar los largos cabellos rubios. Juan coge el de Simón, que es de un color verde oscurísimo - ¡Bien!, ¡ahora está mejor! Yo tengo el sentido práctico.

  • Sí, Judas. Tú tienes el sentido práctico. Es verdad. Ten cuidado, no obstante, con que no rebase al otro sentido.
  • ¿A cuál, Maestro?
  • Al sentido espiritual.
  • ¡No, hombre! Pero en ciertos casos conviene saber ser más políticos que los embajadores. Escucha… perdona otra cosa… es por tu bien… no me contradigas si digo algunas cosas… algunas cosas… que realmente no son verdaderas.
  • ¿Qué quieres decir? ¿Por qué mentir? Yo soy la Verdad, y no quiero mentiras, ni en mí, ni en torno a mí.
  • ¡Oh!, no diré más que medias mentiras. Diré que regresamos todos de lugares lejanos, de Egipto, por ejemplo, y que deseamos tener noticias de unos amigos íntimos. Diré que somos judíos que regresamos de un destierro… En el fondo, en todo ello, hay un poco de verdadero… y, además, hablo yo… una mentira más, una mentira menos…
  • ¡Pero Judas! ¿Por qué engañar?
  • ¡No te preocupes, Maestro! El mundo se guía por engaños. Y, de vez en cuando, son necesarios. ¡Bien!, por darte gusto, diré sólo que venimos de lejos y que somos judíos, lo cual es verdad respecto a tres, de cuatro. Y tú, Juan, no hables nunca. Te traicionarías.
  • Estaré callado.
  • Luego… si las cosas se ponen bien… entonces diremos el resto. Pero tengo poca esperanza… Soy astuto y las cazo al vuelo.
  • Lo veo, Judas. Pero preferiría que fueras sencillo.
  • Sirve para poco. En tu grupo yo seré el de las misiones difíciles. Déjame… verás.
    Jesús se muestra poco entusiasta. Pero cede.
    Se ponen en camino. Rodean las ruinas; luego van siguiendo una gruesa pared sin ventanas, detrás de la cual se oye rebuznar, mugir, relinchar, balar, y ese sonido desagradable desafinado de los camellos o dromedarios. La pared hace esquina.

Vuelven ésta… y se encuentran en la plaza de Belén. El pilón de la fuente está en el centro de la plaza, que sigue teniendo la misma forma sesgada, pero que ahora es distinta en el lado opuesto a la posada. En el lugar en que estaba la casita — cuando pienso en ella, la veo todavía toda de plata pura bajo el rayo de la Estrella — hay ahora una gran abertura llena de escombros.

Sólo la pequeña escalera está todavía en pie con su pequeño balconcito. Jesús mira, y suspira. La plaza está llena de gente en tomo a los vendedores de productos alimenticios, de enseres o herramientas, telas, etc., los cuales han extendido sobre esteras, o colocado en cestas, sus mercancías, todas depositadas en el suelo; hasta ellos están en cuclillas, generalmente en el centro de su… puesto, si es que no están en pie, gritando y gesticulando, cerrando un trato con algún comprador tacaño.

  • Es día de mercado - dice Simón.
    La puerta, más exactamente: el portal de la posada, está abierta de par en par; está saliendo una fila de asnos cargados de mercancías.

Judas es el primero en entrar. Mira a su alrededor. Pilla, altanero, a un pequeño establero sucio y desarreglado, que lleva sólo una camisa larga, sin mangas y hasta la rodilla.

  • ¡Siervo! - grita. - ¡El dueño! ¡Enseguida! ¡Muévete, que no estoy acostumbrado a esperar!.
    El muchacho sale corriendo, llevando consigo una escoba de ramas.
  • ¡Pero Judas! ¡Qué modales!
  • Calla, Maestro. Déjame a mí. Deben creer que somos ricos y de ciudad.
    El dueño, que acude corriendo, se rompe la espalda de tantas reverencias como hace delante de Judas, al cual se le ve imponente con el manto rojo oscuro de Jesús encima de su rica vestidura amarilla oro, toda llena de bandas y franjas.
  • Venimos de lejos. Somos judíos de las comunidades asiáticas. Éste, perseguido, betlemita de nacimiento, viene buscando a sus amigos íntimos. Y nosotros venimos con Él, de Jerusalén, donde hemos adorado al Altísimo en su Casa. ¿Puedes darnos información particularizada al respecto?
  • Señor… tu siervo… Todo tuyo. Ordena.
  • Queremos saber acerca de muchos… y especialmente de Ana, la mujer que tenía su casa frente a esta posada.
  • ¡Oh, pobrecilla! A Ana sólo la volveréis a ver en el seno de Abraham, y, con ella, a sus hijos.
  • ¿Muerta? ¿Por qué?.
  • ¿No sabéis lo de la matanza de Herodes? Todo el mundo habló de ello, e incluso el César lo definió a Herodes "cerdo que se nutre de sangre". ¡Ay! ¿Qué he dicho! ¡No me denuncies! ¿Eres un auténtico judío?
  • Mira el signo de mi tribu. ¿Entonces?… Habla.
  • A Ana la mataron los soldados de Herodes, y con ella a todos sus hijos, menos una.
  • Pero, ¿por qué? ¡Era muy buena!
  • ¿La conocías?
  • Muy bien - Judas miente descaradamente.
  • La mataron por haber proporcionado alojamiento a los que se decían padre y Madre del Mesías… Ven aquí, a esta habitación… Las paredes oyen, y hablar de ciertas cosas… es peligroso.

Entran en una pequeña habitación oscura y baja. Se sientan en un diván también bajo.

  • La cosa fue así… yo intuí algo. ¡No en vano soy posadero! He nacido aquí, soy hijo de hijos de posaderos. Llevo la malicia en la sangre. Y entonces no los acepté. Quizás hubiera podido encontrar un lugar para ellos. Pero… galileos, pobres, desconocidos… ¡no, no!, ¡Ezequías no comete este error! Y además… sentía… sentía que eran distintos… esa mujer… unos
    ojos… un algo… ¡no, no!; debía tener el demonio dentro y hablar con él. Y nos lo trajo aquí… A mí no, pero sí a la ciudad. Ana era más inocente que un cordero, y los hospedó pocos días después, ya con el Niño. Decían que era el Mesías…

¡Cuánto dinero gané esos días! ¡Fue mucho más que un empadronamiento! Venía incluso gente que no habría debido venir por el padrón. Venían incluso desde el mar, ¡hasta de Egipto!, a ver… ¡y durante meses! ¡Qué ganancias tuve!… Los últimos en llegar fueron tres reyes, tres potentados, o tres magos… ¡yo qué sé! ¡Un cortejo!… ¡no acababa nunca! Me ocuparon todas las cuadras y pagaron en oro heno como para un mes, y luego se fueron al día siguiente dejándolo todo allí. ¡Y qué regalos a los mozos de los establos, a las mujeres… y a mí! Yo… del Mesías, fuera verdadero o falso, sólo puedo hablar bien. Me hizo ganar monedas a mansalva. No sufrí ningún desastre; muertos, tampoco, porque me acababa de casar. Por tanto… ¡Pero los demás…!

  • Querríamos ver los lugares de la matanza.
  • ¿Los lugares? Pero si todas las casas fueron lugar de matanza. Hubo muertos en varias millas a la redonda. Venid conmigo.

Suben una escalera y luego a una terraza que está encima del tejado; desde arriba se ve ampliamente el campo y toda Belén extendida como un abanico abierto sobre sus colinas.

  • ¿Veis los puntos destruidos? Allí ardieron incluso las casas porque los padres defendieron a sus hijos con las armas.

¿Veis allí aquella especie de pozo cubierto de hiedra? Son los restos de la sinagoga, quemada con el jefe dentro, que había afirmado que aquél era el Mesías. La quemaron los que se salvaron, locos por la matanza de sus hijos. Hemos tenido luego problemas… Y allí, y allí, y allí… ¿veis aquellos sepulcros? Son de las víctimas… Parecen ovejas esparcidas entre la hierba, hasta donde alcanza la mirada. Todos inocentes, y también sus padres y madres…

¿Veis aquel pilón? Su agua quedó roja después de limpiar las armas y lavarse las manos los sicarios en ella. Y ¿habéis visto ese riachuelo de aquí detrás?… Era rosa debido a la gran
cantidad de sangre que había recogido de las cloacas… Y ahí, sí, ahí enfrente… eso es todo lo que queda de Ana.

Jesús llora.

  • ¿La conocías bien?
    Responde Judas:
  • Era como una hermana para su Madre. ¿Verdad, amigo?
    Jesús responde solamente:
  • Sí»
  • Entiendo - dice el posadero, y se queda pensativo.
    Jesús se inclina hacia Judas para hablar con él en voz baja.
  • Mi amigo querría ir a esas ruinas - dice Judas.
  • ¡Pues que vaya! ¡Son de todos!.
    Bajan. Se despiden. Se marchan. El dueño de la posada se queda desilusionado; tal vez esperaba alguna ganancia.

Cruzan la plaza. Suben sobre la pequeña escalera que ha quedado en pie.

  • Aquí — dice Jesús — mi Madre me sacó a saludar a los Magos, y desde aquí bajamos para ir a Egipto.
    Algunas personas miran a los cuatro que están sobre las ruinas.
    Uno pregunta:
    -¿Familiares de la que mataron?
  • Amigos.
    Una mujer grita:
  • ¡No hagáis ningún mal, al menos vosotros, a la muerta, como los otros amigos suyos se lo hicieron a la viva, y luego escaparon indemnes.
    Jesús está erguido en la terraza, contra el muro que la limita, por tanto a una altura de unos dos metros con respecto a la plaza, con el vacío por detrás, un vacío rico de luz que lo aureola todo y hace aún más cándida la túnica de lino blanquísimo que lo cubre — sólo la túnica, ahora que el manto se ha deslizado desde los hombros y está a sus pies como una base multicolor
    —. Más atrás, el fondo verde y desarreglado de lo que era el huerto y la tierra propiedad de Ana, yermado y lleno de escombros.

Jesús abre los brazos. Judas, viendo este gesto, dice:

  • ¡No hables! ¡No es prudente!
    Mas Jesús llena la plaza de su voz potente:
  • ¡Hombres de Judá, hombres de Belén, escuchad! ¡Oíd vosotras, mujeres de esta tierra sagrada para Raquel! ¡Oíd a Uno que viene de David; que, habiendo sido perseguido, ha sufrido; que, constituido digno de hablar, habla para comunicaros luz y consuelo! ¡Oíd!.
    La gente deja de vocear, reñir, comprar, y se arremolina.
  • ¡Es un rabí!
  • Seguro que viene de Jerusalén.
  • ¿Quién es?
  • ¡Qué apuesto!
  • ¡Qué voz!
  • ¡Qué ademanes!
  • ¡Claro, si es de la estirpe de David…!
  • ¡Nuestro, entonces!
  • ¡Oigamos, oigamos!

Toda la plaza está ahora contra la pequeña escalera, que parece un púlpito.

  • El Génesis dice: "Yo pondré enemistad entre ti y la mujer… ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su calcañar". Y también: "Yo multiplicaré tus afanes y tus embarazos… y la tierra producirá abrojos y espinas". Esta es la condena del hombre, de la mujer y de la serpiente.

Habiendo venido de lejos a venerar la tumba de Raquel, he oído en el viento de la tarde, en el rocío de la noche, en el llanto del ruiseñor por la mañana, el sollozo de la Raquel de antaño, repetido por bocas y bocas de madres de Belén en la clausura de las tumbas o de los corazones. He oído el dolor de Jacob clamando en el dolor de los viudos, ya sin esposa porque el dolor la mató… Yo lloro con vosotros. Oíd, hermanos de mi tierra. Belén, tierra bendita, la más pequeña de las ciudades de Judá, pero la más grande ante los ojos de Dios y de la Humanidad por ser cuna del Salvador, como dice Miqueas, precisamente por ser
tal, por estar destinada a ser el tabernáculo sobre el cual habría de posarse la Gloria de Dios, el Fuego de Dios, su Encarnado Amor, ha hecho que se desencadenara el odio de Satanás.

"Pondré enemistad entre ti y la mujer. Ella te tendrá bajo su pie y tú acecharás su calcañar". ¿Qué mayor enemistad que la que mira a los hijos, corazón del corazón de la mujer? Y ¿qué pie más fuerte que el de la Madre del Salvador? He aquí por tanto que fue natural la venganza del Satanás vencido, el cual, no, no contra el calcañar, sino contra el corazón de las madres, por la Madre, lanzó su asechanza.

¡Oh, multiplicados afanes de la pérdida de los hijos después de haberlos dado a luz! ¡Oh, tremendos abrojos del haber sembrado y sudado por la prole, y seguir siendo padre pero ya sin prole! No obstante, ¡regocíjate, Belén! Tu sangre más pura, la sangre de los inocentes, ha abierto camino de llama y púrpura al Mesías…

La multitud, que, desde que Jesús ha nombrado al Salvador y luego a la Madre del mismo, ha ido progresivamente inquietándose, ahora muestra un indicio más claro de agitación.

  • Calla, Maestro - dice Judas - y vámonos.
    Pero Jesús no lo escucha. Continúa: .. al Mesías salvado de los tiranos por el Padre - Dios para conservárselo al pueblo para su salvación y… Una estridente voz de mujer grita:
  • ¡Cinco, cinco había dado a luz y ahora no hay ninguno en mi casa! ¡Pobre de mí! - y grita histéricamente.

Es el comienzo del alboroto.
Otra mujer se revuelca en el polvo, se desgarra el vestido, muestra un pecho con el pezón mutilado, y grita:

  • ¡Aquí, aquí, en esta mama me degollaron a mi primogénito! La espada le cortó la cara junto con mi pezón. ¡Oh, mi Elíseo!
  • ¿Y yo? ¿Y yo? ¡Ahí está mi mansión!: tres tumbas en una, veladas por el padre. Marido e hijos juntos. ¡Ahí, ahí está!…
    Si está entre nosotros el Salvador, que me devuelva a mis hijos, que me devuelva a mi esposo, que me salve de la desesperación, de Belcebú.

Gritan todos:

  • ¡Nuestros hijos, los maridos, los padres! ¡Que nos los devuelva, si está entre nosotros!.
    Jesús mueve los brazos imponiendo silencio.
  • Hermanos de mi tierra, Yo querría devolver a vuestra carne, sí, incluso a vuestra carne, los hijos. Pero Yo os digo: sed buenos, resignados; perdonad, tened esperanza, alegraos en una esperanza, regocijaos en una certeza. Pronto volveréis a tener a vuestros hijos, como ángeles en el Cielo, porque el Mesías enseguida abrirá las puertas de los Cielos, y, si sois justos, la muerte será Vida que viene, y Amor que vuelve…
  • ¡Ah!, ¿eres Tú el Mesías? En nombre de Dios, dilo.
    Jesús baja los brazos con ese gesto suyo tan dulce, tan manso, que parece un abrazo, y dice:
  • Lo soy.
  • ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Por tu culpa, entonces!
    Vuela una piedra entre silbidos y befas.
    Judas reacciona con una hermosa acción — ¡ah, si siempre hubiera sido así! —… Se mete delante del Maestro, erguido sobre la pequeña pared del balconcito, con el manto abierto, y recibe impertérrito las pedradas, sangrando incluso, y les dice a Juan y a Simón chillando:
  • ¡Lleváos a Jesús! ¡Detrás de esos árboles!. ¡Yo os alcanzo! ¡Vamos! ¡En nombre del Cielo! - y a la multitud -

¡Perros rabiosos! ¡Soy del Templo! ¡Os denunciaré ante el Templo y ante Roma!

La multitud, por un instante, tiene miedo. Pero luego sigue con la pedrea; por suerte, con poca puntería. Y Judas la recibe impertérrito, respondiendo con contumelias a las maldiciones de la multitud; es más, coge al vuelo una piedra y se la tira a la cabeza a un viejecito que chilla como una urraca desplumada viva. Y, dado que intentan asaltar su pedestal, rápido recoge una rama seca que hay en el suelo (ya no está encima del pequeño muro) y la hace girar sobre las espaldas, cabezas, manos, sin piedad. Acuden soldados haciéndose paso con las lanzas.

  • ¿Quién eres? ¿Por qué esta trifulca?
  • Un judío agredido por estos plebeyos. Estaba conmigo un rabí conocido por los sacerdotes, que estaba hablándoles a estos perros. Se han exaltado y nos han agredido.
  • ¿Quién eres?
  • Judas de Keriot. He pertenecido al Templo, ahora soy discípulo del Rabí Jesús de Galilea. Soy amigo del fariseo Simón, del saduceo Jocanán, del consejero del Sanedrín José de Arimatea, y… — esto lo puedes comprobar — de Eleazar ben Anás, el gran amigo del Procónsul.
  • Lo comprobaré. ¿Adónde vas?
  • Con mi amigo a Keriot, y luego a Jerusalén.
  • Ve. Te guardaremos las espaldas.
    Judas le ofrece algunas monedas al soldado. Debe ser una cosa ilícita… pero habitual, porque el soldado lo toma rápido y cauto, saluda y sonríe. Judas baja de su podio de un brinco. Va a saltos por el campo baldío, alcanza a sus compañeros.
  • ¿Estás muy herido?.
  • No es nada, Maestro. ¡Además, por ti!… No obstante, yo también he dado. Debo estar todo sucio de sangre…
  • Sí, en la mejilla. Aquí hay un hilo de agua.
    Juan moja un pequeño pedazo de tela y lava la mejilla de Judas.
  • Lo siento, Judas… Pero mira… aun diciéndoles a ellos que éramos judíos, según tu sentido práctico…
  • Son unos animales. Creo que te habrás persuadido, Maestro, y que no insistirás.
  • ¡Oh, no! No por miedo, sino porque es inútil por ahora. Cuando no nos quieren no se maldice, sino que uno se retira rogando por los pobres locos que se mueren de hambre y no ven el Pan. Vamos por este camino solitario. Creo que se puede tomar el camino de Hebrón… Vamos donde los pastores, si los encontramos.
  • ¿A llevarnos otras pedradas?
  • No. A decirles: "Soy Yo"».
  • ¡Entonces… por supuesto nos pegan de palos! ¡Sufren por tu causa desde hace treinta años!…
  • Veremos.
    Van por un tupido bosquecito, sombrío, fresco, y los pierdo de vista.

73- En Belén, en casa de un campesino y en la gruta de la Natividad

Un camino de llanura pedregosa, polvorienta, secada por el sol estival. Discurre entre vigorosos olivos, del todo llenos de pequeñas aceitunas que acaban de formarse. El suelo, en los lugares que no han sido aún pisados, tiene todavía un estrato de diminutas florecitas del olivo, caídas después de la fecundación.

Jesús, con los tres, avanza en fila india a lo largo del margen del camino, donde la sombra de los olivos ha mantenido la hierba todavía verde, y por ello hay menos polvo.

El camino cambia de dirección en ángulo recto y sube levemente hacia una cuenca que tiene forma de amplia herradura, en la cual están esparcidas numerosas casas, más o menos grandes, hasta formar una pequeña ciudad. Exactamente en el punto donde el camino vuelve, hay una construcción cúbica cubierta por una pequeña cúpula baja; está completamente cerrada, como abandonada.

  • He ahí el sepulcro de Raquel - dice Simón.
  • Entonces casi hemos llegado. ¿Entramos inmediatamente en la ciudad?
  • No, Judas. Antes os enseñaré un lugar… Después entraremos en la ciudad y, dado que hay todavía claridad y por la noche habrá Luna, podremos hablarle a la población, si quiere escuchar.
  • ¿Cómo quieres que no te escuche?
    Llegan al sepulcro, antiguo pero bien conservado, bien blanqueado. Jesús se detiene a beber en un rústico pozo cercano.

Una mujer, que ha venido a sacar agua, se la ofrece. Jesús le pregunta:

-¿Eres de Belén?.

  • Lo soy. Pero ahora, en tiempo de recolección, estoy con mi marido en estos campos, para cuidar los huertos y los árboles frutales. Y Tú, ¿eres galileo?
  • Nací en Belén, pero estoy en Nazaret de Galilea.
  • ¿También tú perseguido?
  • La familia. Pero por qué dices: "¿También Tú?" ¿Entre los betlemitas hay muchos perseguidos?
  • ¿No lo sabes? ¿Cuántos años tienes?
  • Treinta.
  • Entonces naciste justamente cuando… ¡oh, qué desdicha! ¿Pero por qué nació aquí aquél?
  • ¿Quién?
  • Aquel que se decía que era el Salvador. Maldición a los necios que, borrachos de sidra, vieron en las nubes ángeles, oyeron en los balidos y rebuznos voces del Cielo y, en la niebla de su embriaguez, tomaron a tres miserables por los más santos de la Tierra. ¡Maldición a ellos! Y a quien creyó en ellos.
  • No haces más que proferir maldiciones, pero no me explicas qué sucedió. ¿Por qué esas imprecaciones?
  • Porque… Oye: ¿adónde quieres ir?
  • A Belén, con mis amigos. Tengo compromisos allí. Debo saludar a viejos amigos y llevarles el saludo de mi Madre. Pero antes querría saber muchas cosas, porque faltamos, nosotros los de la familia, desde hace muchos años. Dejamos la ciudad teniendo Yo pocos meses.
  • Antes de la desgracia, entonces. Oye, si no te repugna la casa de un campesino, ven a compartir con nosotros el pan y la sal. Tú y tus compañeros. Hablaremos durante la cena y os hospedaré hasta mañana por la mañana. Mi casa es pequeña, pero encima del establo hay mucho heno amontonado. La noche será cálida y serena. Si lo ves oportuno, puedes dormir.
  • Que el Señor de Israel te pague tu hospitalidad. Iré con alegría a tu casa.
  • El peregrino porta consigo bendición. Vamos. Pero tengo que echar todavía seis ánforas de agua a las verduras que han nacido hace poco.
  • Yo te ayudo.
  • No. Tú eres un señor; lo dice tu manera de actuar.
  • Soy un obrero, mujer. Y éste es pescador. Éstos, judíos, son de censo y de empleo. No Yo - Y toma un ánfora que está recostada sobre su panza junto al bajísimo brocal del pozo, la ata y la descuelga.

Juan le ayuda, y los otros no quieren ser menos. Le dicen a la mujer:

  • ¿Dónde está el huerto? Muéstranoslo: llevaremos allí las tinajas.
  • ¡Dios os bendiga! Tengo los riñones hechos polvo del cansancio. Venid…
    Y, mientras Jesús extrae su cántaro, los tres desaparecen hacia abajo por un senderillo… Después vuelven con los dos cántaros vacíos; los llenan, vuelven a marcharse… Y esto lo hacen no tres sino diez veces. Y Judas ríe diciendo:
  • Se está destrozando la garganta de bendecimos. Le damos tanta agua a la ensalada que durante al menos dos días la tierra estará húmeda y esta mujer no se hará migas los lomos.

Cuando vuelve por última vez dice:

  • Maestro, de todas formas, creo que hemos venido a parar a un mal sitio.
  • ¿Por qué, Judas?
  • Porque la tiene tomada con el Mesías. Le he dicho: "No blasfemes. ¿No sabes que el Mesías es la mayor gracia para el pueblo de Dios? Yeové se lo prometió a Jacob y a partir de él a todos los Profetas y justos de Israel. ¿Y Tú lo odias?" Me ha respondido: "No a Él, sino al que llamaron "Mesías" unos pastores borrachos y unos malditos adivinos de Oriente". Y como ése eres Tú…
  • No importa. Sé que he sido introducido en el mundo para prueba y contradicción de muchos. ¿Le has dicho que soy Yo?
  • No, no soy estúpido. He querido cubrir tus espaldas y las nuestras.
  • Has hecho bien. No por las espaldas, sino porque deseo manifestarme cuando lo juzgue justo. Vamos.

Judas lo guía hasta el huerto.
La mujer vacía los últimos tres cántaros y luego los conduce hacia una rústica construcción entre los árboles frutales.

  • Entrad - dice - Mi marido está ya en casa.
    Se asoman a una baja y ahumada cocina.
  • La paz sea en esta casa - saluda Jesús.
  • Quienquiera que seas, bendición a ti y a los tuyos. Entra - responde el hombre. Primero trae un barreño con agua para que los cuatro se refresquen y se limpien, luego entran todos y se sientan alrededor de una tosca mesa.
  • Os doy las gracias por mi mujer. Me ha dicho lo que habéis hecho. Yo nunca había conocido galileos y me habían dicho que eran burdos y pendencieros. Pero vosotros habéis sido amables y buenos. ¡Estando ya cansados… trabajar tanto! ¿Venís desde lejos?
  • De Jerusalén. Éstos son judíos. Yo y este otro somos de Galilea. Pero, créeme, hombre: el bueno y el malo están en todas partes.
  • Es verdad. Yo, como primer encuentro con los galileos, encuentro al bueno. Mujer: trae de comer. No tengo más que pan, verduras, aceitunas y queso. Soy campesino.
  • No soy un señor tampoco Yo. Soy carpintero.
  • ¿Tú? No, a juzgar por tus modales.
    La mujer interviene:
  • Nuestro huésped es de Belén, te lo he dicho, y, si persiguen a los suyos, habrán sido quizás ricos e instruidos como lo eran Josoé de Ur, Matías de Isaac, Leví de Abraham… ¡pobres infelices!…
  • Nadie te ha preguntado. Perdónala. Las mujeres son más charlatanas que las gorrionas por la tarde.
  • ¿Eran familias de Belén?
  • ¿Cómo? ¿No sabes quiénes eran, siendo Tú de Belén?
  • Huimos cuando Yo tenía pocos meses…
    La mujer, que debe ser realmente una cotorra, vuelve a hablar:
  • Se marchó antes de la masacre.
  • ¡Ya lo veo! Si no, no estaría en el mundo. ¿No has vuelto nunca?
  • No.
  • ¡Qué gran desdicha! Encontrarás a pocos de los que — me lo ha dicho Sara — quieres conocer y saludar. A muchos los mataron, muchos huyeron, muchos… ¡bah!, desperdigados, y no se ha sabido nunca si murieron en el desierto o si fueron acallados en la cárcel en castigo de su rebelión. Pero, ¿fue rebelión? ¿Quién habría permanecido inerte dejando degollar a tantos inocentes? No, ¡que no es justo que estén todavía vivos Leví y Elías, y hayan muerto tantos inocentes!
  • ¿Quiénes son esos dos, y qué hicieron?
  • ¡Pero bueno!… al menos habrás oído hablar de la matanza, de la matanza de Herodes… Más de mil pequeñuelos, en la ciudad; otro millar casi, en los campos. Y todos, bueno, casi todos, varones, porque con la furia, con la oscuridad, con el revuelo, los desalmados tomaron, arrancaron de las cunas, de los lechos maternos, de las casas que asaltaron, incluso niñitas y las traspasaron con las armas como a gacelas lactantes tomadas como blanco por un arquero. Y todo esto ¿por qué? Porque un grupo de pastores, que para vencer el hielo nocturno ciertamente habían bebido sus buenos tragos de sidra, cayeron en delirio y dijeron que habían visto ángeles, que habían oído canciones, recibido señales… y nos dijeron a los de Belén:

"Venid. Adorad. El Mesías ha nacido". ¡Fíjate: el Mesías en una cueva! Realmente tengo que decir que todos nos comportamos como ebrios, también yo, adolescente, y mi mujer, que entonces tenías pocos años… porque todos creímos, y, en una pobre mujer galilea quisimos ver a la Virgen que da a luz, de que hablaron los Profetas. ¡Pero si estaba con un tosco galileo!; el marido, claro; y, si estaba casada, ¿cómo podía ser la "Virgen"? En definitiva: creímos. Dones, adoraciones… casas abiertas para hospedarlos…

¡Oh, habían sabido hacer bien su papel! ¡Pobre Ana! Le fueron en ello los bienes y la vida, y los hijos de su hija — la primera, la única que se salvó porque estaba casada con un mercader de Jerusalén — perdieron también los bienes, porque Herodes mandó quemar la casa y talar toda la propiedad. Ahora es un terreno baldío en el que pace el ganado. - ¿Los pastores tuvieron toda la culpa?

  • No, también tres brujos que venían de los reinos de Satanás. Quizás eran compinches de los tres…; Y nosotros, estúpidos, que nos considerábamos tan honrados por su presencia! ¡Aquel pobre jefe de la sinagoga! Lo matamos por jurar que las profecías avalaban la verdad de las palabras de los pastores y de los magos…
  • Por tanto, ¿toda la culpa fue de los pastores y de los magos?
  • No, galileo. También nuestra. De nuestra credulidad. ¡Se le esperaba desde hacía tanto tiempo al Mesías…! Siglos de espera. Muchas desilusiones en los últimos tiempos por los falsos mesías. Uno era galileo, como Tú, otro se llamaba Teoda. ¡Embusteros! ¡Mesías ellos!… ¡No eran más que ambiciosos aventureros en busca de fortuna! Deberíamos haber aprendido la lección. Sin embargo…
  • Y entonces, ¿por qué maldecís todos a los pastores y a los magos? Si os juzgáis estúpidos vosotros también, deberíais también maldeciros a vosotros mismos. Ahora bien, la maldición no está permitida por el precepto del amor. Maldición atrae maldición. ¿Tenéis la seguridad de que estáis en lo justo? ¿No podría ser que los pastores y los magos hubieran dicho la verdad, revelada a ellos por Dios? ¿Por qué querer creer que fueran embusteros?
  • Porque los años de la profecía no se habían cumplido. Después pensamos en ello… después de que la sangre, que volvió rojos pilones y arroyos, nos abriera los ojos del pensamiento.
  • ¿Y no habría podido el Altísimo, por exceso de amor hacia su pueblo, anticipar la venida del Salvador? ¿Sobre qué basaron los magos su aserción? Me has dicho que venían de Oriente…
  • En sus cálculos sobre una nueva estrella.
  • ¿Y no está escrito: "Una estrella nacerá de Jacob y un cetro surgirá de Israel"? Y ¿no es Jacob el gran patriarca, y no se detuvo en esta tierra de Belén estimada por él como pupila de su ojo, porque fue donde murió su amada Raquel? ¿Y no fue dicho también por boca profética: "Un retoño despuntará de la raíz de Jesé y una flor saldrá de esta raíz"? Iesaí, padre de David, nació aquí. ¿El retoño de la estirpe, serrada por la raíz por usurpación de unos tiranos, no es la "Virgen" que dará a luz a su Hijo, no de hombre, puesto que entonces ya no sería virgen, sino por querer divino, por lo cual El será "el Emmanuel" porque: Hijo de Dios, será Dios; y traerá, por tanto, a Dios a habitar entre su pueblo, como su nombre dice?

¿Y no será anunciado, dice la profecía, a los pueblos de las tinieblas, o sea, a los paganos, "por una gran luz"? ¿La estrella que vieron los magos no podría ser la estrella de Jacob, la gran luz de las dos profecías de Balaam y de Isaías? Y la misma matanza llevada a cabo por Herodes, ¿no forma parte de las profecías? "Un grito se ha oído en lo alto… Es Raquel que llora por sus hijos". Estaba signado que los huesos de Raquel vertieran lágrimas en el sepulcro de Efratá cuando, por el Salvador, llegara la recompensa al pueblo santo. Lágrimas para después mutarse en celeste sonrisa, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal, pero anuncia: "La serenidad ha sido concedida".

  • Eres muy docto. ¿Eres Rabí?
  • Lo soy.
  • Y yo lo percibo. Hay luz y verdad en tus palabras. Pero… ¡oh!, demasiadas heridas sangran todavía en esta tierra de
    Belén por el verdadero o falso Mesías… Yo no le aconsejaría que viniera jamás aquí. La tierra lo rechazaría como se rechaza a un hijastro por cuya causa murieron los verdaderos hijos. Pero… si era Él… murió degollado con los otros.
  • ¿Dónde viven ahora Leví y Elías?
  • ¿Los conoces? - El hombre desconfía.
  • No los conozco. No conozco su rostro. Pero son infelices y Yo siempre tengo piedad de los infelices. Deseo ir a verlos.
  • ¡Ya!… serás el primero después de casi seis lustros. Son todavía pastores y sirven a un rico herodiano de Jerusalén que se apropió de muchos bienes de los asesinados… ¡Siempre hay alguien que se aprovecha! Los verás con los rebaños hacia las alturas que conducen a Hebrón. Pero, un consejo: que los habitantes de Belén no te vean hablando con ellos. Te traería complicaciones. Los soportamos porque… porque está el herodiano. Si no…

-¡Oh…, el odio!… ¿Por qué odiar?

  • Porque es justo. Nos han causado un mal.
  • Creían que actuaban bien.
  • Pero actuaron mal. ¡Y mal reciban! Debíamos haberlos matado, de la misma forma que ellos, con su necedad, provocaron muertes. Pero estábamos alelados, y después… estaba el herodiano.
  • Si no hubiera estado él, entonces, ¿incluso después del primer impulso de venganza, los habríais matado?
  • Incluso ahora los mataríamos, si no tuviéramos miedo de su jefe.
  • Hombre, Yo te digo: no odies, no desees el mal, no desees hacer el mal. Aquí no hay culpa. Pero, aunque la hubiera, perdona; en nombre de Dios, perdona. Díselo a los otros de Belén. Cuando desaparezca el odio de vuestros corazones, vendrá el Mesías; lo conoceréis entonces, porque Él vive, Él ya estaba cuando tuvo lugar la matanza. Yo os digo que la matanza no ocurrió por culpa de los pastores y de los magos, sino por culpa de Satanás. El Mesías os ha nacido aquí, ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la casa de David abrió al mundo el río de las gracias eternas, abrió la vida al hombre…
  • ¡Fuera, fuera! ¡Sal de aquí! Tú, seguidor de este falso Mesías, que no podía más que ser falso, porque nos ha traído desdicha, a nosotros los de Belén. Tú lo defiendes, por tanto…
  • Silencio, hombre. Yo soy judío y tengo amigos en puestos importantes. Podría hacer que te arrepintieras del insulto - reacciona Judas agarrando de la túnica al campesino, y zarandeándole, violento, encendido de ira.
  • No, no, ¡fuera de aquí! No quiero problemas, ni con los de Belén, ni con Roma, ni con Herodes. Marchaos, malditos, si no queréis que os deje marcados. ¡Fuera!…
  • Vamos, Judas. No respondas. Dejémoslo en su odio. Dios no entra donde hay rencor. Vamos.
  • Sí, vamos. Pero me la pagaréis.
  • No, Judas, no. No hables así. Están ciegos… Habrá muchos así en mi camino…
    Salen, después de Simón y Juan — que ya estaban fuera, hablando en voz baja con la mujer, detrás de una esquina del establo.
  • Perdona a mi marido, Señor. Yo no creía hacer tanto mal… Mira, ten. Los tomarás mañana por la mañana. Son frescos, de hoy. No tengo otra cosa… Perdón. ¿Dónde vas a dormir?». (Da unos huevos).
  • No te preocupes. Sé a dónde ir. Vete en paz por tu bondad. Adiós.
    Caminan en silencio durante algunos metros. Luego Judas no se aguanta más y dice:
  • ¡Pero también Tú…! ¡Mira que no hacerte adorar!… ¿Por qué no hacerle comer el lodo a ese sucio blasfemo? ¡Al suelo! Humillado por haberte faltado a ti, Mesías… ¡Oh, yo lo habría hecho! A los samaritanos hay que reducirlos a cenizas con un milagro. Sólo esto los mueve.
  • ¡Oh, cuántas veces lo oiré decir! Pero, ¡si tuviera que reducir a cenizas a alguien por cada pecado contra mí!… No, Judas. Yo he venido para crear. No para destruir.
  • Ya. Pero los demás sí que te destruyen a ti.
    Jesús no rebate a Judas.

Simón pregunta:

  • ¿Adónde vamos ahora, Maestro?
  • Venid conmigo. Conozco un lugar».
  • Pero si no has vuelto nunca, desde que huiste, ¿cómo lo conoces? - pregunta, todavía enfadado, Judas.
  • Lo conozco. No es bonito. He estado allí otra vez. No es en Belén… un poco fuera… Torcemos por esta parte.
    Jesús adelante, luego Simón, luego Judas, el último Juan… En el silencio, roto sólo por el roce de las sandalias contra la grava del sendero, se oye un sollozo.
  • ¿Quién llora? - pregunta Jesús volviéndose.
    Y Judas:
  • Es Juan. Ha tenido miedo.
  • No. No miedo. Había echado ya la mano al cuchillo que tengo en el cinto… Pero me he acordado de tu: "No mates, perdona". Lo dices siempre…
  • Y entonces, ¿por qué lloras? - pregunta Judas.
  • Porque sufro viendo que el mundo no quiere a Jesús. No lo reconoce y no lo quiere conocer. ¡Oh…, es un dolor de tal naturaleza!… Como si me hurgasen en el corazón con espinas de fuego. Como si hubiera visto pisotear a mi madre y escupirle a mi padre en la cara… Más aún… Como si hubiera visto a los caballos romanos comer en el Arca Santa y descansar en el Santo de los Santos.
  • No llores, Juan mío. Dirás, ésta e infinitas veces: "Él era la Luz venida a resplandecer entre las tinieblas, pero las tinieblas no lo comprendieron. Vino al mundo que había sido hecho por Él, mas el mundo no lo conoció. Vino a su ciudad, a su casa, y los suyos no lo recibieron". ¡Oh, no llores así!
  • ¡Esto no sucede en Galilea! - suspira Juan.
  • Y tampoco en Judea - replica Judas - Jerusalén es su capital y hace tres días te aclamaba a ti, Mesías; este lugar de burdos pastores, campesinos y hortelanos, no hay que tomarlo como punto de referencia. Tampoco los galileos, ¡vamos!, serán todos buenos. Y además Judas, el falso Mesías, ¿de dónde era? Se decía… - Basta, Judas. No conviene alterarse. Yo estoy tranquilo, estad tranquilos también vosotros. Judas, ven aquí. Tengo que hablar contigo.

Judas se llega hasta Jesús.

  • Toma la bolsa. Tú te encargarás de las compras. Para mañana.
  • ¿Y ahora dónde nos vamos a alojar?
    Jesús sonríe y calla.
    Ha llegado la noche. La luna viste todo de candor. Los ruiseñores cantan entre los olivos. El riachuelo parece una cinta de plata sonora. De los prados segados llega olor de forrajes: caliente, diría… carnal. Algún mugido. Algún balido. Y estrellas, estrellas, estrellas… una siembra de estrellas en la capa del cielo, un baldaquino de gemas vivas extendido sobre las colinas de Belén.
  • ¡Pero aquí!… Hay ruinas. ¿Adónde nos llevas? La ciudad está más allá.
  • Lo sé. Ven. Sigue el riachuelo detrás de mí. Unos pocos pasos más, y luego… luego te ofreceré el lugar de alojamiento
    del Rey de Israel.
    Judas se encoge de hombros y calla.
    Unos pocos pasos más. Luego un amasijo de casas derruidas. Restos de viviendas… Un antro entre dos aberturas de una gruesa pared.

Jesús dice:

  • ¿Tenéis yesca? Encended.
    Simón saca un pequeño farol de su bolsa, lo enciende y se lo da a Jesús.
  • Entrad - dice el Maestro levantando la lamparita - Entrad. Esta es la estancia de la natividad del Rey de Israel.
  • ¡Estás de broma, Maestro! Ésta es una fétida cueva. ¡Ah, yo aquí, por supuesto, no me quedo! Me da asco: húmeda,
    fría, maloliente, llena de escorpiones, hasta de culebras quizás…
  • Y a pesar de todo… amigos, aquí, la noche del 25 de Encenias, de la Virgen nació Jesucristo, el Emmanuel, el Verbo de Dios hecho carne por amor al hombre: quien os está hablando. En aquel entonces, como ahora, el mundo se mostró sordo ante las voces del Cielo que hablaban a los corazones… y rechazó a mi Madre… y aquí… No, Judas, no desvíes con desagrado la mirada de esos murciélagos que revolotean, de esos lagartos, de esas telas de araña; no te recojas con asco tu bonita vestimenta bordada para que no arrastre sobre el suelo cubierto de excrementos de animales. Esos murciélagos son los hijos de los hijos de los que en realidad fueron los primeros juguetes agitados ante los ojos del Niño, por el cual los ángeles cantaban el "Gloria" que oyeron los pastores, que estaban ebrios, sí, pero sólo de extática alegría, de verdadera alegría. Esos lagartos, con su esmeralda, fueron los primeros colores que impresionaron mi pupila, los primeros después del candor del vestido y del rostro maternos; esas telas de araña, los baldaquinos de mi cuna regia. Este suelo… ¡oh!, lo puedes pisar sin desdén… Está cubierto de excrementos… pero está santificado por el pie de Ella, la Santa, la gran Santa, la Pura, la Intacta, la Puérpera deípara, aquella que dio a luz porque debía dar a luz, dio a luz porque Dios, no el hombre, se lo dijo y la fecundó de sí mismo. Ella; la Sin Mancha, lo ha comprimido con sus pies. Tú lo puedes pisar. Y Dios quiera que por las plantas de tus pies te suba al corazón la pureza que Ella espiró…

Simón se ha arrodillado. Juan va derecho hacia el pesebre y llora con la cabeza apoyada en él. Judas está aterrado… le vence la emoción y, dejando de pensar en su bonita vestimenta, se arroja al suelo, coge el orlo del vestido de Jesús, lo besa y se golpea el pecho diciendo:

  • ¡Misericordia, Maestro bueno, por la ceguera de tu siervo! Mi soberbia cae… te veo cual eres. No el rey que yo pensaba, sino el Príncipe eterno, el Padre del siglo futuro, el Rey de la paz. ¡Piedad, Señor y Dios mío! ¡Piedad!.
  • Sí. ¡Toda mi piedad! Ahora dormiremos donde durmieron el Infante y la Virgen, ahí donde Juan se ha colocado en el lugar de la Madre en adoración, aquí donde Simón parece mi padre putativo… O, si lo preferís, os hablo de aquella noche…
  • ¡Oh! sí, Maestro. Danos a conocer cómo naciste.
  • Para que sea perla de luz en nuestros corazones. Y para que se lo podamos transmitir al mundo.
  • Y venerar a tu Madre, no sólo por ser madre tuya, sino por ser… ¡por ser la Virgen!
    Primero ha hablado Judas, luego Simón, luego Juan con rostro lloroso y risueño, junto al pesebre…
  • Venid aquí sobre el heno. Escuchad…….. y Jesús cuenta su noche natal:

-…Estando por cumplírsele a mi Madre el tiempo de dar a luz, por orden de César Augusto, el delegado imperial, Publio Sulpicio Quirino, siendo gobernador de Palestina Senzio Saturnino, publicó un edicto cuyo contenido era empadronar a todos los habitantes del Imperio. Los no esclavos debían dirigirse a los lugares de origen para inscribirse en los registros del Imperio. José, esposo de mi Madre, era de la estirpe de David, como también de David era mi Madre. Obedeciendo por ello al edicto, dejaron Nazaret para venir a Belén, cuna de la estirpe real. Muy frío el tiempo…

Jesús continúa su narración y todo termina así.

72- Hacia Belén con Juan, Simón Zelote y Judas Iscariote

Ya desde las primeras horas de la mañana veo a Jesús en el momento en que llega a una cita que tiene con los discípulos Simón y Judas en la misma puerta de siempre. Jesús ya estaba con Juan. Y oigo que dice:

  • Amigos, os pido que vengáis conmigo por la Judea; si no os cuesta demasiado, especialmente a ti, Simón.
  • ¿Por qué, Maestro?
  • Es áspero el camino por los montes de Judea… y tal vez incluso te resultará más áspero el encontrar a ciertas personas que te han causado perjuicios.
  • Por lo que respecta al camino, te aseguro una vez más que desde que me curaste me siento más fuerte que un muchacho joven, y no me pesa ningún esfuerzo; además, siendo por ti, y, ahora, por si fuera poco, contigo…

Por lo que respecta al encuentro con los que me hicieron el mal, en el corazón de Simón, desde que es tuyo, ya no hay resentimientos, y ni siquiera sentimientos duros. El odio cayó junto con las escamas de la enfermedad. Y no sé, créelo, si decirte que hiciste un milagro mayor al curarme la carne corroída o el alma abrasada por el rencor. Pienso que no me equivoco si digo que el milagro más grande fue este último. Sana siempre con menos facilidad una llaga del espíritu… y Tú me curaste improvisamente. Esto es un milagro, porque… no, uno no se cura de repente, aunque quiera hacerlo con todas sus fuerzas; no se cura el hombre de un hábito moral, si Tú no anulas ese hábito con tu voluntad santificante. - No juzgas erradamente.

  • ¿Por qué no lo haces así con todos? - pregunta Judas un poco resentido.
  • Pero si lo hace, Judas. ¿Por qué le hablas así al Maestro? ¿No te sientes distinto desde que lo conoces? Yo ya era discípulo de Juan el Bautista, pero me he visto completamente cambiado desde que Él me dijo: "Ven".

Juan, que generalmente no interviene, especialmente si ello supone adelantarse al Maestro, esta vez no se sabe callar.

Dulce y afectuoso, ha depositado una mano sobre el brazo de Judas como para calmarlo y le habla afanoso y persuasivo. Luego se da cuenta de que ha hablado antes que Jesús, se pone colorado y dice:

  • Perdón, Maestro. He hablado en tu lugar… Pero quería… quería que Judas no te causara dolor.
  • Sí, Juan. Pero no me ha apenado como discípulo. Cuando lo sea, entonces, si persiste en su modo de pensar, me causará dolor. Me entristece sólo el constatar lo corrompido que está el hombre por Satanás, y cómo éste le aparta el pensamiento del recto camino. ¡Todos, ¿sabéis?, todos tenéis el pensamiento turbado por él! Pero vendrá, ¡oh!, vendrá el día en que tendréis en vosotros la Fuerza de Dios, la Gracia; tendréis la sabiduría con su Espíritu… Entonces dispondréis de todo para juzgar justamente.
  • ¿Juzgaremos todos justamente?
  • No, Judas.
  • Pero, ¿te refieres a nosotros, discípulos, o a todos los hombres?
  • Hablo aludiendo primero a vosotros, pero también a todos los demás. Cuando llegue la hora, el Maestro creará a sus obreros y los mandará por el mundo…
  • ¿No lo haces ya?
  • Por ahora sólo me sirvo de vosotros para decir: "El Mesías está entre nosotros. Id a Él". Llegada la hora, os haré capaces de predicar en mi nombre, de cumplir milagros en mi nombre…
  • ¡Oh!, ¿también milagros?
  • Sí, en los cuerpos y en las almas.
  • ¡Cuánto nos admirarán entonces! — se le ve a Judas alborozado ante esta idea.
  • Pero ya no estaremos con el Maestro entonces… y yo tendré siempre miedo de hacer con capacidad de hombre lo que es de Dios - dice Juan, y mira a Jesús pensativamente, y también un poco triste. - Juan, si el Maestro lo permite, quisiera decirte lo que pienso — es Simón quien ha hablado.
  • Díselo. Deseo que os aconsejéis mutuamente.
  • ¿Ya sabes que es un consejo?
    Jesús sonríe y calla.
  • Pues bien, entonces yo te digo, Juan, que no debes, no debemos temer. Apoyémonos en su sabiduría de Maestro santo, y en su promesa. Si Él dice: "Os mandaré", es señal de que sabe que puede enviarnos sin que le perjudiquemos a Él ni a nosotros, o sea, a la causa de Dios que todos amamos como se ama a la propia esposa recién casada. Si Él nos promete vestir nuestra miseria intelectual y espiritual con los fulgores de la potencia que el Padre le da para nosotros, debemos estar seguros de que lo hará, y nosotros tendremos ese poder de que nos habla el Maestro; no por nosotros, sino por su misericordia. Pero, ciertamente, todo esto sucederá si nosotros no ponemos orgullo, deseo humano, en nuestro obrar. Pienso que si corrompemos nuestra misión — que es completamente espiritual — con elementos terrestres, entonces decaerá también la promesa del Cristo; no por incapacidad suya, sino porque nosotros ahogaremos esta capacidad con el lazo de la soberbia. No sé si me explico
    bien.
  • Te explicas muy bien. Me he equivocado yo. Pero mira… pienso que, en el fondo, desear ser admirados como discípulos del Mesías, suyos hasta el punto de haber merecido hacer lo que Él hace, es deseo de aumentar aún más la potente figura del Cristo ante las gentes. Gloria al Maestro que tiene tales discípulos; esto es lo que yo quiero decir - le responde Judas.
  • No todo es erróneo en tus palabras. Pero… mira, Judas. Yo vengo de una casta perseguida por… por haber entendido mal qué y cómo debe ser el Mesías. Sí. Si nosotros lo hubiéramos esperado con justa visión de su ser, no habríamos podido caer en errores que son blasfemias contra la Verdad y rebelión contra la ley de Roma; por lo cual fuimos castigados por Dios y por Roma. Hemos querido ver en el Cristo un conquistador y un libertador de Israel, un nuevo Macabeo, y más grande que el gran Judas… Esto sólo. Y ¿por qué? Porque hemos cuidado más de nuestros intereses (los de la patria y los de los ciudadanos) que de los intereses de Dios.

¡Oh!, santo es también el interés de la patria. Pero, ¿qué es comparado con el Cielo eterno? He aquí cuanto he pensado y visto en las largas horas de persecución, primero, y de segregación, después; cuando, fugitivo, me escondía en las madrigueras de los animales salvajes, condividiendo con ellos lecho y alimento, para escapar de la fuerza romana, y sobre todo de las delaciones de los falsos amigos; o cuando, esperando la muerte, ya gustaba el olor del sepulcro en mi cueva de leproso: he visto la figura verdadera del Mesías… la tuya, Maestro humilde y bueno, la tuya, Maestro y Rey del espíritu, la tuya, oh Cristo, Hijo del Padre que al Padre conduces, y no a los palacios de tierra, no a las deidades de barro. Tú… ¡oh!, me resulta fácil seguirte… porque — perdona mi osadía que se proclama justa — porque te veo como te he pensado; te reconozco, en seguida te reconocí. Sí, no ha sido un conocimiento de ti, sino un reconocer a Uno que ya el alma había conocido…

  • Por esto te he llamado… y por esto te llevo conmigo, ahora, en este primer viaje mío por Judea. Quiero que completes el reconocimiento… y quiero que también éstos, a los cuales la edad los hace menos capaces de llegar a lo verdadero por medio de meditación severa, sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora… Entenderéis luego. He aquí, ante nuestros ojos, la torre de David; la Puerta Oriental está cerca.
  • ¿Salimos por ella?
  • Sí, Judas. En primer lugar vamos a Belén, donde nací… Conviene que lo sepáis… para decírselo a los otros. También esto tiene que ver con el conocimiento del Mesías y de la Escritura. Encontraréis las profecías escritas en las cosas, con voz no ya de profecía sino de historia. Demos la vuelta rodeando las casas de Herodes…
  • La vieja raposa malvada y lujuriosa.
  • No juzguéis. Para juzgar está Dios. Vamos por ese sendero entre estas huertas. Nos detendremos a la sombra de un árbol, junto a alguna casa hospitalaria, mientras el sol abrase; luego proseguiremos el camino.

71- Judas Iscariote presentado a Juan y a Simón Zelote

Veo a Jesús con Judas Iscariote, pasear yendo y viniendo junto a una de las puertas del recinto del Templo.

  • ¿Estás seguro de que vendrá? - pregunta Judas.
  • Estoy seguro. Partía al alba, de Betania, y se encontraría en Get-Sammi con mi primer discípulo…

Una pausa. Jesús se para y mira fijamente a Judas — se lo ha puesto de frente; lo estudia —, luego le pone una mano encima del hombro y le pregunta:

  • ¿Por qué, Judas, no me expresas tu pensamiento?
  • ¿Qué pensamiento? No tengo un pensamiento especial en este momento, Maestro. Te hago incluso demasiadas preguntas. La verdad es que no puedes quejarte de mutismo por mi parte.
  • Me haces muchas preguntas y me das muchas informaciones detalladas sobre la ciudad y sus habitantes, pero no me abres tu ánimo. ¿Qué importancia pueden tener para mí las noticias sobre el censo y la estructura de ésta o aquella familia? No soy una persona que no tenga nada que hacer y que haya venido aquí en plan de pasar el rato. Tú sabes para qué he venido. Y, como puedes comprender, ante todo me apremia ser el Maestro de mis discípulos.

Por eso quiero por parte de ellos sinceridad y confianza. ¿Te quería tu padre, Judas?

  • Me quería mucho. Yo era su orgullo. Cuando volvía de la escuela, e incluso después, cuando volvía a Keriot desde Jerusalén, quería que le dijese todo. Mostraba interés por todo lo que yo hacía. Si eran cosas buenas, se alegraba.

Si eran menos buenas, me confortaba. Si había cometido algún error — alguna vez, ya se sabe, todos erramos — y, por ello, había recibido una reprensión, él me mostraba toda la justicia de la amonestación recibida, o todo el error de mi acción. ¡Pero, lo hacía con tanta dulzura…! Parecía un hermano mayor. Terminaba siempre así: "Esto te lo digo porque quiero que mi Judas sea una persona justa. Quiero que me bendigan a través de mi hijo…". Mi padre…

Jesús, que ha estado en todo momento mirando fija y atentamente al discípulo, sinceramente conmovido ante la evocación del padre, dice:

  • Mira, Judas, estate seguro de cuanto te digo. Ninguna obra le hará tan feliz a tu padre como el que me seas fiel discípulo. El espíritu de tu padre exultará, allí, donde espera la luz — porque si te educó así debió ser justo —, si ve que eres discípulo mío. Pero, para serlo, tú debes decirte: "He vuelto a encontrar a mi padre perdido, al padre que parecía un hermano mayor; lo he encontrado de nuevo en mi Jesús, y a Él, como al padre amado que todavía lloro, le diré todo, para recibir guía, bendición o dulce amonestación". ¡Quiera el Eterno y quieras tú, sobre todo tú, que Jesús no tenga otra cosa que decirte sino:

"Eres bueno. Te bendigo"!.

  • ¡Oh, sí, Jesús, sí! Si me amas mucho, sabré llegar a ser bueno, como Tú quieres y como quería mi padre. Y mi madre así ya no tendrá esa espina en el corazón. Ella decía siempre: "Te has quedado sin guía, hijo, y todavía tenías mucha necesidad de ella". ¡Cuando sepa que te tengo a ti…
  • Yo te amaré como ningún otro ser humano podría hacerlo. Te amaré mucho. Te amo mucho. No me defraudes.
  • No, Maestro, no. Estaba lleno de conflictos interiores. Envidias, celos, ambiciones de ser el primero, carnalidad; todo luchaba en mí contra las voces buenas. Incluso, hace poco, ¿ves?, Tú me has proporcionado un sufrimiento. Bueno, Tú no, me lo ha proporcionado mi malvada naturaleza… Yo creía que era tu primer discípulo… y me has dicho que tienes ya otro.
  • Lo viste tú mismo. ¿No te acuerdas que en el Templo, durante la Pascua, estaba con muchos galileos?
  • Creía que eran amigos… Creía que yo era el primer discípulo elegido y, por tanto, el predilecto.
  • No hay distinciones en mi corazón entre los últimos y los primeros. Si el primero cometiera faltas y el último fuese santo, entonces sí se crearía ante los ojos de Dios la distinción. Pero Yo, Yo amaré lo mismo: con un amor beato al santo, con un amor doloroso al pecador. Mira, allí viene Juan con Simón: Juan es el primero; Simón es aquel de quien te hablé hace dos días.

Tú ya los has visto a Simón y a Juan. Uno estaba enfermo…

  • ¡Ah, el leproso! Ya me acuerdo. ¿Ya es discípulo tuyo?
  • Desde el día siguiente.
  • Y yo ¿por qué tanta espera?
  • ¡¿Judas?!
  • Es verdad. Perdón.
    Juan ha visto al Maestro y se lo indica a Simón. Aceleran el paso. El saludo de Juan es un cambio de besos con el
    Maestro. Simón, por el contrario, se postra ante Jesús y besa sus pies exclamando:
  • ¡Gloria a mi Salvador! ¡Bendice a tu siervo para que sus acciones sean santas a los ojos de Dios, y yo le dé gloria bendiciéndolo por haberme otorgado a ti!
    Jesús le pone la mano sobre la cabeza:
  • Sí, te bendigo para darte las gracias por tu trabajo. Álzate, Simón. Mira, Juan; mira, Simón: éste es el último discípulo, también él quiere seguir la Verdad; es hermano, por tanto, para todos vosotros. Se saludan mutuamente. Los dos judíos con recíproca indagación, Juan expansivamente
    .
  • ¿Estás cansado, Simón? - pregunta Jesús.
  • No, Maestro. Junto con la salud me ha venido un vigor que aún no conocía.
  • Y sé que lo empleas bien. He hablado con muchos y todos me han referido de ti que los habías instruido sobre el Mesías.

Simón sonríe contento.

  • Ayer por la tarde también hablé de ti con un honesto israelita. Espero que un día lo conozcas. Quisiera llevarte a él.
  • Esto no es imposible.
    Judas interviene:
  • Maestro, me has prometido que vendrías conmigo a Judea.
  • E iré. Simón continuará instruyendo a las personas acerca de mi venida. El tiempo es breve, amigos, y la gente es mucha. Yo ahora me voy con Simón. Por la tarde vosotros dos vendréis a mi encuentro por el camino del Monte de los Olivos.

Distribuiremos dinero a los pobres. Ahora marchaos.
Jesús, solo con Simón, le pregunta:

  • Esa persona de Betania ¿es un verdadero israelita?
  • Un verdadero israelita. Participa de todas las ideas imperantes, pero tiene también verdadera ansia del Mesías.

Cuando le dije: "Él está entre nosotros", respondió enseguida: "¡Dichoso yo que vivo en esta hora!".

  • Iremos a verlo un día, a llevar bendición a su casa. ¿Has visto al nuevo discípulo?
  • Lo he visto. Es joven y parece inteligente.
  • Sí. Lo es. Tú, que eres judío, compadécelo por sus ideas, más que a los otros.
  • ¿Es un deseo o una orden?
  • Es una dulce orden. Tú, que has sufrido, puedes tener más indulgencia. El dolor es maestro de muchas cosas.
  • Si Tú me lo ordenas, seré con él todo indulgencia.
  • Sí. Así. Quizás mi Pedro — y no sólo él — se escandalizará un poco al ver cómo cuido a este discípulo y me preocupo de él. Pero un día comprenderán… Cuanto peor formado está uno, más necesidad tiene de cuidados. Los otros… ¡oh!, los otros se forman incluso por sí mismos, por el solo contacto. Yo no quiero hacer todo solo. Pido la voluntad del hombre y la ayuda de los demás para formar a un hombre. Os llamo a ayudarme… y os gradezco la ayuda.
  • Maestro, ¿estás suponiendo que te va a defraudar?
  • No. Pero es joven, y ha crecido en Jerusalén.
  • ¡Oh! A tu lado se corregirá de todos los vicios de esta ciudad… Estoy seguro de ello. Yo, viejo y seco por el rencor, he quedado completamente renovado desde que te vi…
    Jesús susurra: - ¡Que así sea! - Luego dice fuerte - Ven conmigo al Templo. Voy a evangelizar al pueblo.

70- En Getsemaní con Juan de Zebedeo. Comparación entre el Predilecto y Judas de Keriot

Veo a Jesús dirigiéndose a la baja y blanca casa que hay en medio del olivar. Un jovencito lo saluda. Parece del lugar porque tiene en las manos los utensilios para podar y sachar.

  • Dios sea contigo, Rabí. Tu discípulo Juan ha venido, pero se ha vuelto a marchar, a buscarte.
  • ¿Hace mucho?
  • No, acaba de cruzar aquel sendero. Creíamos que vendrías por la parte de Betania…
    Jesús se encamina ligero, da la vuelta a una prominencia del terreno, ve a Juan bajando casi corriendo hacia la ciudad.
    Lo llama.

El discípulo se vuelve y, con el rostro iluminado por la alegría, grita:

  • ¡Maestro mío! - y regresa corriendo.
    Jesús le abre los brazos y los dos se abrazan afectuosamente.
  • Venía a buscarte… Creíamos que habías estado en Betania, como dijiste.
  • Sí. Eso quería. Tengo que empezar también a evangelizar los alrededores de Jerusalén. Pero después me he entretenido en la ciudad… para instruir a un nuevo discípulo.
  • Maestro, todo lo que Tú haces está bien hecho y sale bien. ¿Lo ves? También esta vez nos hemos encontrado enseguida.

Los dos caminan. Jesús tiene un brazo sobre los hombros de Juan, el cual, siendo más bajo, mira a Jesús de abajo arriba,
feliz de esa intimidad. Vuelven así hacia la casita.

  • ¿Hace mucho que has venido?
  • No, Maestro. Con el alba he salido de Doco, junto con Simón; ya le he dicho lo que querías. Después nos hemos detenido un tiempo en los campos de los alrededores de Betania, compartiendo la comida y hablando de ti a campesinos que hemos encontrado por allí. Cuando el fuego del sol ha disminuido, nos hemos separado. Simón ha ido a ver a un amigo suyo al que también quiere hablar de ti: es el dueño de casi toda Betania. El ya lo conocía cuando aún vivían sus respectivos padres.

Mañana viene aquí Simón. Me ha encargado decirte que se siente feliz de estar a tu servicio. Simón es muy competente.

Quisiera ser como él, pero soy un muchacho ignorante.

  • No, Juan. Tú también haces muy bien las cosas.
  • ¿Te sientes realmente contento de tu pobre Juan?
  • Muy contento, Juan mío. Mucho.
  • ¡Maestro mío! - Juan se inclina con ímpetu a tomar la mano de Jesús y la besa, y se la pasa por la cara como una caricia.

Han llegado ya a la casa. Entran en la cocina baja y humosa. El dueño los saluda:

  • La paz sea contigo.

Responde Jesús:

  • Paz a esta casa y a ti, y a quien vive contigo. Viene conmigo un discípulo.
  • Habrá pan y aceite también para él.
  • He traído pescado seco que me han dado Santiago y Pedro. Al pasar por Nazaret, tu Madre me ha dado pan y miel para ti. He caminado sin detenerme, pero de todas formas estará duro.
  • No importa, Juan. Tendrá el sabor de las manos de mi Madre.

Juan extrae sus tesoros de la bolsa que había dejado en un rincón, y veo preparar de una manera extraña el pescado seco: lo mojan unos instantes en agua caliente, después lo untan y lo asan directamente sobre el fuego.

Jesús bendice el alimento y se sienta con el discípulo a la mesa. También están sentados el dueño de la casa — oigo que le llaman Jonás — y su hijo. La madre va y viene con el pescado, aceitunas negras y verduras hervidas y condimentadas con aceite. Jesús ofrece miel. La extiende en el pan y se la ofrece a la madre.

  • Es de mi colmena - Mi Madre cuida las abejas. Cómela. Es buena. Tú eres tan buena conmigo, María, que mereces esto y más - añade, porque la mujer no querría privarle de esta dulce miel.

La cena termina rápidamente en medio de una breve conversación. Nada más acabar, después de dar las gracias por el alimento recibido, Jesús dice a Juan:

  • Ven. Salgamos un poco al olivar. La noche está templada y clara. Será agradable estar un poco afuera.

El dueño de la casa dice:

  • Maestro, yo me despido de ti. Estoy cansado, y también mi hijo. Vamos a descansar. Dejo la puerta entornada y el candil encima de la mesa. Ya sabes cómo se hace.
  • Sí, claro, Jonás, vete a descansar. Y apaga también el candil. Hay una luz de luna tan clara, que veremos incluso sin él.
  • Y tu discípulo, ¿dónde va a dormir?
  • Conmigo. En mi estera hay sitio también para él. ¿Verdad, Juan?
    Juan, ante la idea de dormir al lado de Jesús, entra en éxtasis.
    Salen al olivar — previamente Juan ha cogido algo del talego que había puesto en el rincón. Caminan un poco y llegan a una prominencia del terreno desde la que se ve toda Jerusalén.
  • Sentémonos aquí y hablemos entre nosotros - dice Jesús.
    Juan, sin embargo, prefiere sentarse a sus pies, sobre la hierba corta. Apoya el brazo en las rodillas de Jesús. Reclina la cabeza sobre el brazo. Y mira cada poco a su Jesús. Parece un niño junto a la persona que más quiere.
  • Desde aquí es bonito, Maestro. Mira qué grande parece la ciudad de noche; más que de día.
  • Es porque la luz de la luna difumina sus contornos. Observa: parece como si el límite se ensanchara en una luminosidad de plata. Mira la cúspide del Templo, allí arriba. ¿No parece suspendida en el vacío?
  • Parece que la llevan los ángeles en sus alas de plata.
    Jesús suspira.
  • ¿Por qué suspiras, Maestro?
  • Porque los ángeles han abandonado el Templo. Su aspecto de pureza y santidad está sólo circunscrito a los muros.
    Quienes deberían dárselo en el alma — porque todo lugar también tiene su alma, o sea, el espíritu en virtud del cual fue erigido, y el Templo tiene, debería tener, alma de oración y santidad — son los primeros en quitárselo. No se puede dar lo que no se tiene, Juan. Y si muchos son los sacerdotes y los levitas que viven allí, no hay ni siquiera una décima parte que sea apta para dar vida al Lugar Santo. Dan muerte. Le comunican la muerte que hay en su espíritu muerto a lo santo. Tienen las fórmulas, pero no la vida de ellas. Son cadáveres, sólo calientes por la putrefacción que los hincha.
  • ¿Te han maltratado, Maestro? — Juan está todo apenado.
  • No. Es más, me han dejado hablar cuando lo he solicitado.
  • ¿Lo has solicitado? ¿Por qué?
  • Porque no quiero ser Yo el que empiece la guerra. La guerra vendrá igualmente, porque Yo infundiré miedo, un estúpido miedo humano, a algunos, y seré un reproche para otros; pero esto debe estar en su libro, no en el mío.

Después de un momento de silencio, Juan habla otra vez; dice:

  • Maestro… yo conozco a Anás y a Caifás. Por necesidades de negocios, mi familia ha estado en relaciones con ellos, y, cuando yo estaba en Judea, por Juan, iba también al Templo, y ellos eran amables con el hijo de Zebedeo. Mi padre piensa siempre en ellos con el mejor pescado. Es costumbre, ¿sabes? Si se quiere tenerlos como amigos — continuar teniéndolos — hay que hacerlo así…
  • Lo sé - Jesús está serio.
  • Bueno, pues si lo ves oportuno, le hablaré de ti al Sumo Sacerdote. Y luego… si quieres, yo conozco a uno que está en relación de negocios con mi padre. Es un mercader de pescado. Tiene una casa bonita y grande junto al Hípico, porque son personas ricas, y también muy buenas. Estarías más cómodo y te cansarías menos. Además, para venir hasta aquí se tiene que atravesar ese suburbio de Ofel, tan desordenado y siempre lleno de asnos y de muchachos pendencieros.
  • No, Juan. Te lo agradezco, pero estoy bien aquí. ¿Ves cuánta paz? Se lo he dicho también esto al otro discípulo que me hacía la misma propuesta. Él decía: "Para estar mejor considerado".
  • Yo lo decía para que te cansaras menos.
  • No me canso. Por mucho que camine, no me cansaré jamás. ¿Sabes qué es lo que me cansa? La falta de amor. ¡Oh, eso,… qué carga!… Es como si llevara un peso en el corazón.
  • Yo te amo, Jesús.
  • Sí, y me consuelas. Te quiero mucho, Juan, te querré siempre porque tú no me traicionarás nunca.

-¡Traicionarte! ¡Oh!

  • Y, sin embargo, habrá muchos que me traicionen… Juan, escucha. Te he dicho que me detuve aquí para aleccionar a un nuevo discípulo. Es un joven judío, instruido y conocido.
  • Entonces tendrás que trabajar mucho menos que con nosotros, Maestro. Me alegro de que tengas alguno más capacitado que nosotros.
  • ¿Crees que tendré que trabajar menos?
  • ¡Digo yo! Si es menos ignorante que nosotros, te entenderá mejor y te servirá mejor, sobre todo si te ama mejor.
  • Exacto. Tú lo has dicho. Pero el amor no está en razón de la instrucción, y tampoco la formación. Quien es virgen ama con toda la fuerza de su primer amor. Esto también vale para las virginidades del pensamiento. Lo amado penetra y se imprime más en un corazón y en un pensamiento vírgenes que no en uno en el que ya haya habido otros amores. Pero, si Dios quiere…

Escucha, Juan, te ruego que seas un amigo para él. Mi corazón tiembla ante la idea de ponerte a ti, cordero intonso, junto al experto de la vida; pero, por otra parte, se calma, porque sabe que tú serás, sí, cordero, pero también águila, y si el experto quiere hacerte tocar el suelo, siempre fangoso, el suelo de la cordura humana, tú, con un batir de alas, sabrás liberarte y querer sólo el azul y el sol. Por eso te ruego que… conservándote a ti mismo como eres, seas amigo del nuevo discípulo, que no será muy estimado por Simón Pedro ni por otros, para transfundirle tu corazón…

  • ¡Oh, Maestro! ¿Pero no bastas Tú?
  • Yo soy el Maestro. A mí no se me dirá todo. Tú eres el condiscípulo, poco más joven, con quien será más fácil abrirse.

No digo que me refieras lo que él te diga. Odio a los espías y a los traidores. Sí te pido que lo evangelices con tu fe y caridad, con tu pureza, Juan. Es una tierra contaminada por aguas muertas; hay que secarla con el sol del amor, purificarla con la honestidad de pensamientos, deseos y obras, cultivarla con la fe. Tú puedes hacerlo.

  • Si crees que puedo… ¡sí! Si Tú dices que puedo hacerlo, lo haré. Por amor tuyo…
  • Gracias, Juan.
  • Maestro, has hablado de Simón Pedro, y me he acordado de lo primero que tenía que decirte. La alegría de oírte me lo había alejado del pensamiento. Después de volver a Cafarnaúm, pasada la fiesta de Pentecostés, encontramos la consabida suma de ese desconocido. El niño se la había llevado a mi madre. Yo se la di a Pedro y él me la devolvió diciendo que la usase un poco para el regreso y la estancia en Doco y que el resto te lo trajera a ti para lo que pudieras necesitar… porque también Pedro pensaba que éste es un lugar incómodo… Pero Tú dices que no…

Yo sólo he sacado dos denarios para dos pobrecillos que encontré cerca de Efraím. Por lo demás, me he mantenido con lo que me había dado mi madre y lo que me han dado algunas buenas personas a las que he predicado tu Nombre. Aquí tienes la bolsa.

  • Se la distribuiremos mañana a los pobres. Así también Judas aprenderá nuestras costumbres.
  • ¿Ha venido tu primo? ¿Cómo se las ha arreglado para darse tanta prisa? Estaba en Nazaret y no me habló de partir…
  • No. Judas es el nuevo discípulo. Es de Keriot. Tú lo has visto por Pascua, aquí, la tarde de la curación de Simón. Estaba con Tomás.
  • ¡Ah! ¿Es él? — Se le nota un poco turbado a Juan.
  • Es él. ¿Y Tomás qué hace?
  • Ha obedecido lo que habías dicho, dejando a Simón Cananeo y yendo por la vía del mar al encuentro de Felipe y Bartolomé.
  • Sí, quiero que os améis sin preferencias, ayudándoos mutuamente, comprendiéndoos mutuamente. Nadie es perfecto, Juan. Ni los jóvenes ni los viejos. Pero si tenéis buena voluntad llegaréis a la perfección; lo que os falte lo pondré Yo.

Vosotros sois como los hijos de una santa familia. En ella hay muchos caracteres distintos. Uno es fuerte; el otro, dulce o valiente o tímido o impulsivo o muy cauto. Si todos fuerais iguales, constituiríais una potencia en un carácter, pero estaríais incompletos en todos los demás; mientras que así formáis una unión perfecta porque os completáis unos a otros. El amor os une — debe uniros —, el amor por la causa de Dios.

  • Y por ti, Jesús.
  • Primero la causa de Dios y luego el amor hacia su Cristo.
  • Yo… ¿qué soy yo en nuestra familia?
  • Eres la paz amorosa del Cristo de Dios. ¿Estás cansado, Juan? ¿Quieres regresar? Yo me quedo a orar.
  • Yo también me quedo a orar contigo. Déjame quedarme a orar contigo.
  • Bien, quédate.

Jesús recita algunos salmos y Juan le sigue; pero la voz se apaga, y el apóstol se queda dormido con la cabeza en el regazo de Jesús, que sonríe y extiende su manto sobre los hombros del durmiente y continúa orando mentalmente. La visión termina así.
Luego dice Jesús:

  • Una comparación más entre mi Juan y otro discípulo, comparación en la que aparece aún más límpida la figura de mi predilecto.

Éste se despoja incluso de su modo de pensar y juzgar para ser "el discípulo". Juan es aquel que se dona sin querer retener de sí, del sí mismo anterior a la elección, ni siquiera una molécula. Judas, sin embargo, es aquel que no se quiere despojar de sí mismo: la suya es, por tanto, una donación irreal; lleva consigo su yo enfermo de soberbia, de sensualidad, de avidez; conserva su modo de pensar; neutraliza, por tanto, los efectos de la donación y de la Gracia.

Judas: primero de la serie de todos los apóstoles frustrados. ¡Y son tantos…! Juan: arquetipo de los que se hacen hostia por mi amor: tu arquetipo.

Yo y mi Madre somos las Hostias excelsas. Alcanzarnos es difícil, es más, imposible, porque nuestro sacrificio fue de una aspereza total. ¡Pero mi Juan!… Es esa hostia que pueden imitar mis amantes de todas las clases: virgen, mártir, confesor,

evangelizador, siervo de Dios y de la Madre de Dios, activo y contemplativo; él dispone de un ejemplo para todos: es aquel que ama.

Observa los distintos modos de razonar. Judas investiga, cavila, opone resistencia, y, aunque externamente parezca que cede, en realidad conserva su forma mental. Juan se siente nada, acepta todo, no pide razones, se siente satisfecho con hacerme feliz. Este es el ejemplo.

¿Y no te has sentido invadida de paz ante su amor sencillo y encantador? ¡Mi Juan! ¡Y mi pequeño Juan, al que deseo ver cada vez más semejante a mi predilecto! María, acepta todo, diciendo siempre como el Apóstol: "Todo lo que Tú haces está bien hecho, Maestro" para merecer siempre que se te diga: "Eres mi amorosa paz". También necesito alivio Yo, María, (habla Jesús a María Valtorta). Dámelo. Mí Corazón para descanso tuyo.

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