69- Jesús instruye a Judas Iscariote

Jesús y Judas salen del Templo después de haber estado orando en el lugar más cercano al Santo, concedido a los israelitas varones.

Judas quisiera seguir con Jesús, pero este deseo encuentra oposición en el Maestro.

  • Judas, quiero estar solo en las horas nocturnas. Durante la noche, mi espíritu toma del Padre su alimento. Oración, meditación y soledad, me son más necesarias que el alimento material. Quien quiere vivir para el espíritu y conducir a otros a vivir la misma vida, debe posponer la carne, diría casi: matarla en sus desafueros, para ocuparse completamente del espíritu; todos, Judas, también tú, si quieres verdaderamente ser de Dios, o sea, de lo sobrenatural.
  • Pero, Maestro, nosotros somos todavía de la tierra. ¿Cómo podemos desatender la carne poniendo toda nuestra solicitud en el espíritu? Lo que dices, ¿no está en antítesis con el mandato de Dios: "No matarás"?, ¿en esto no está también incluido el no matarse? Si la vida es don de Dios, ¿debemos o no amarla?».
  • Voy a responderte como no respondería a una persona sencilla, a la cual es suficiente elevarle la mirada del alma, o de la mente, a esferas sobrenaturales, para poder llevárnosla en vuelo a los reinos del espíritu. Tú no eres una persona sencilla. Te has formado en ambientes que te han afinado… pero que, al mismo tiempo, te han contaminado con sus sutilezas y con sus doctrinas. ¿Tienes presente a Salomón, Judas? Era sabio, el más sabio de aquellos tiempos. ¿Recuerdas lo que dijo, después de haber conocido todo el saber?: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Temer a Dios y observar sus mandamientos: esto es todo el hombre".

Ahora Yo te digo que hay que saber tomar de los alimentos sustento, pero no veneno. Y si se ve que un alimento nos es nocivo (porque se producen reacciones en nosotros por las cuales ese alimento es nefasto, siendo más fuerte que nuestros humores buenos, los cuales lo podrían neutralizar) es necesario dejar de tomar ese alimento, aunque sea apetitoso al gusto. Mejor pan, sin más, y agua de la fuente, que no los platos rebuscados de la mesa del rey que tienen especias que alteran y envenenan.

  • ¿Qué debo dejar, Maestro?
  • Todo aquello que sabes que te turba. Porque Dios es Paz, y si te quieres encaminar por el sendero de Dios debes liberar tu mente, tu corazón y tu carne, de todo lo que no es paz, de todo lo que conlleva turbación. Sé que es difícil reformarse a sí mismo, pero Yo estoy aquí para ayudarte a hacerlo. Estoy aquí para ayudar al hombre a ser de nuevo hijo de Dios, a volver a formarse como por una segunda creación, una autogénesis querida por él mismo.

Pero deja que te responda a cuanto preguntabas, para que no digas que no has salido del error por culpa mía. Es verdad que matarse es igual que matar. La vida es don de Dios, ya sea la propia o la ajena, y sólo a Dios, que la ha otorgado, le está reservado el poder de quitarla. Quien se mata confiesa su soberbia, y Dios odia la soberbia.
-¿La soberbia, confiesa? Yo diría la desesperación.

  • ¿Y qué es la desesperación sino soberbia? Considera esto, Judas: ¿Por qué uno pierde la esperanza?: o porque las desventuras se ensañan con él y quiere vencerlas por sí solo, sin ser capaz de tanto; o bien porque es culpable y juzga de sí mismo que Dios no lo puede perdonar. Tanto en el primero como en el segundo caso, ¿no es reina la soberbia? El hombre que quiere por sí solo resolver las cosas carece de la humildad de tender la mano al Padre diciéndole: "Yo no puedo, pero Tú sí puedes. Ayúdame, porque espero todo, todo lo estoy esperando, de Ti". El otro hombre, el que dice: "Dios no puede perdonarme", lo hace porque midiendo a Dios con el patrón de sí mismo sabe que otra persona, ofendida como él ha ofendido, no podría perdonarlo. O sea, también aquí hay soberbia. El humilde siente compasión y perdona aunque sufra por la ofensa recibida. El soberbio no perdona. Es además soberbio porque no sabe bajar la cabeza y decir: "Padre, he pecado, perdona a tu pobre hijo culpable". ¿O es que no sabes, Judas, que el Padre está dispuesto a disculpar todo, si se pide perdón con corazón sincero y contrito, con corazón humilde y deseoso de resucitar al bien?
  • Pero ciertos delitos no deben perdonarse, no pueden ser perdonados.
  • Eso lo dices tú. Y hasta será verdad, si el hombre así lo quiere. Pero, en verdad, ¡oh!, en verdad te digo que incluso después del delito de los delitos, si el culpable corriera a los pies del Padre — se llama Padre por esto, Judas, y es Padre de perfección infinita — y, llorando, le suplicara que lo perdonase, ofreciéndose a la expiación pero sin desesperación, el Padre le
    daría el modo de expiar para merecerse el perdón y salvar el espíritu.
  • Entonces dices que los hombres que la Escritura cita, y que se mataron, hicieron mal.
  • No es lícito hacer violencia a nadie, y tampoco uno a sí mismo. Hicieron mal. Conociendo relativamente el bien, habrán obtenido de Dios, en ciertos casos, misericordia. Pero a partir de que el Verbo haya aclarado toda verdad y haya dado fuerza a los espíritus con su Espíritu, desde entonces, ya no le será concedido el perdón a quien muera desesperado. Ni en el instante del juicio particular, ni, después de siglos de Gehena, en el Juicio Final, ni nunca. ¿Es dureza de Dios? No: justicia. Dios dirá: "Tú, criatura dotada de razón y de sobrenatural ciencia, creada libre por Mí, decidiste seguir el sendero elegido por ti, y dijiste: 'Dios no me perdona. Estoy separado para siempre de Él, Juzgo que debo aplicarme por mi mismo justicia por mi delito.

Dejo la vida para huir de los remordimientos', sin pensar que ya no habrías sentido remordimientos si hubieras venido a mi seno paterno. Recibe eso mismo que has juzgado. No violento la libertad que te he dado".

Esto le dirá el Eterno al suicida. Piénsalo, Judas. La vida es un don, y hay que amarla. ¿Y qué don es? Don santo. Así que ha de ser amada santamente. La vida dura mientras la carne resiste. Luego empieza la Vida grande, la eterna Vida: de beatitud para los justos, de maldición para los no justos. La vida, ¿es fin o es medio? Es medio. Sirve para el fin, que es la eternidad. Pues démosle entonces a la vida aquello que le haga falta para durar y servir al espíritu en su conquista. Continencia de la carne en todos sus apetitos, en todos. Continencia de la mente en todos sus deseos, en todos. Continencia del corazón en todas las pasiones que saben a humano. Sea, por el contrario, ilimitado el impulso hacia las pasiones celestes: amor a Dios y al prójimo, voluntad de servir a Dios y al prójimo, obediencia a la Palabra divina, heroísmo en el bien y en la virtud

Yo te he respondido, Judas. ¿Estás convencido? ¿Te basta la explicación? Sé siempre sincero y, si no sabes todavía bastante, pregunta; estoy aquí para ser Maestro.

  • He comprendido y me basta. Pero… es muy difícil llevar a la práctica lo que he comprendido.

Tú puedes porque eres santo. Pero yo… Soy un hombre, joven, lleno de vitalidad…

  • He venido para los hombres, Judas, no para los ángeles, que no tienen necesidad de maestro. Los ángeles ven a Dios, viven en su Paraíso, no ignoran las pasiones de los hombres, porque la Inteligencia, que es su Vida, los hace conocedores de todo, incluso a aquellos que no son custodios de un hombre. Pero, siendo espirituales, sólo pueden tener un pecado, como uno de ellos lo tuvo y arrastró consigo a los menos fuertes en la caridad: la soberbia, flecha que afeó a Lucifer, el más hermoso de los arcángeles, e hizo de él el monstruo horripilante del Abismo. No he venido para los ángeles (los cuales, después de la caída de Lucifer, se horrorizan incluso ante el espectro de un pensamiento de orgullo), sino que he venido para los hombres, para hacer de los hombres ángeles.

El hombre era la perfección de la creación. Tenía del ángel el espíritu, del animal la completa belleza en todas sus partes animales y morales; no había criatura que le igualara. Era el rey de la Tierra, como Dios es el Rey del Cielo, y un día, el día en que él se hubiera dormido por última vez en la tierra, iba a ser rey, con el Padre, en el Cielo. Satanás ha arrancado las alas al ángel - hombre y, en su lugar, ha puesto garras de fiera y avidez de inmundicia y ha hecho de él un ser al que cuadra más el nombre de hombre - demonio que el de hombre a secas. Yo quiero borrar la deformación causada por Satanás, anular el hambre corrompida de la carne contaminada, devolverle las alas al hombre, llevarlo de nuevo a ser rey, coheredero del Padre y del Reino celeste. Sé que el hombre, si quiere quererlo, puede llevar a cabo cuanto digo, para volver a ser rey y ángel. No os diría cosas que no pudierais hacer. Yo no soy uno de esos oradores que predican doctrinas imposibles. He tomado verdadera carne
para poder saber, por experiencia de carne, cuáles son las tentaciones del hombre.

  • ¿Y los pecados?
  • Todos pueden ser tentados; pecador, sólo quien quiere serlo.
  • ¿No has pecado nunca, Jesús?
  • Nunca he querido pecar. Y ello no porque sea el Hijo del Padre, sino que es que lo he querido y lo querré, para mostrarle al hombre que el Hijo del hombre no pecó porque no quiso pecar y que el hombre, si no quiere, puede no pecar.
  • ¿Has sido tentado alguna vez?
  • Tengo treinta años, Judas, y no he vivido en una cueva de un monte, sino entre los hombres. Y aunque hubiera estado en el lugar más solitario de la tierra ¿tú crees que no habrían venido las tentaciones? Todo lo tenemos en torno a nosotros: el bien y el mal. Todo lo llevamos con nosotros. Sobre el bien sopla el hálito de Dios y lo aviva como a turíbulo de gratos y sagrados inciensos. Sobre el mal sopla Satanás y, encendiéndolo, lo transforma en hoguera de feroz lengua. Mas la voluntad atenta y la oración constante son húmeda arena sobre la llamarada de infierno: la sofocan y la extinguen.
  • Pero, si no has pecado jamás, ¿cómo puedes emitir tu juicio sobre los pecadores?
    Soy hombre y soy el Hijo de Dios. Cuanto podría ignorar como hombre, y juzgarlo mal, lo conozco y juzgo como Hijo de Dios. Y, además… Judas, respóndeme a esta pregunta: uno que tiene hambre ¿sufre más cuando dice: "ahora me siento a la mesa", o cuando dice "no hay comida para mí"?
  • Sufre más en el segundo caso, porque sólo el saberse privado del alimento le trae a la memoria el olor de las viandas, y las vísceras se retuercen de deseo.
  • Exacto: la tentación es mordiente como este deseo, Judas. Satanás lo hace más agudo, exacto y seductor que cualquier acto cumplido. Además, el acto satisface, y alguna vez nausea, mientras que la tentación no desaparece, sino que, como árbol podado, echa ramas cada vez más vigorosas.
  • ¿Y no has cedido nunca?
  • No he cedido nunca.
  • ¿Cómo lo has conseguido?
  • He dicho: "Padre, no me dejes caer en la tentación".
    -¿Cómo? ¿Tú, Mesías, Tú, que obras milagros, has solicitado la ayuda del Padre?
  • No sólo la ayuda: le he pedido que no me deje caer en la tentación. ¿Tú crees que, porque Yo sea Yo, puedo prescindir del Padre? ¡Oh, no! En verdad te digo que el Padre le concede todo al Hijo, pero también el Hijo recibe todo del Padre. Y te digo que todo lo que se le pida al Padre en mi nombre será concedido. "Mas ya estamos cerca del Get - Sammi, donde vivo. Ya se ven sus primeros olivos al otro lado de las murallas. Tú estás más allá de Tofet. Ya cae la noche. No te conviene subir hasta allá. Nos veremos de nuevo mañana en el mismo lugar. Adiós. La paz sea contigo.
  • Paz a ti también, Maestro… Pero quisiera decirte aún una cosa. Te acompaño hasta el Cedrón, luego me vuelvo para atrás. ¿Por qué estás en ese lugar tan humilde? Ya sabes… la gente da importancia a muchas cosas. ¿No conoces en la ciudad a nadie que tenga una buena casa? Yo, si quieres, puedo llevarte donde algunos amigos. Te acogerán por amistad hacia mí. Serían moradas más dignas de ti.

-¿Tú crees? Yo no lo creo. Lo digno y lo indigno están en todas las clases sociales. Y, no por carecer de caridad, sino para no faltar a la justicia, te digo que lo indigno (y maliciosamente indigno) se halla frecuentemente entre los grandes. No hace falta ser poderoso para ser bueno, como tampoco sirve el ser poderoso para ocultar la acción pecaminosa a los ojos de Dios. Todo debe invertirse bajo mi Signo: no será grande el poderoso, sino el humilde y santo.

  • Pero, para ser respetado, para imponerse…
  • ¿Es respetado Herodes? Y César, ¿es respetado? No. Los labios y los corazones los soportan y maldicen. Créeme, Judas, sobre los buenos, o incluso sobre los que están deseosos de bondad, sabré imponerme más con la modestia que con la grandiosidad.
  • Pero entonces… ¿vas a despreciar siempre a los poderosos? ¡Te buscarás enemigos! Yo pensaba hablar de ti a muchos que conozco y que tienen un nombre…
  • No voy a despreciar a nadie. Iré tanto a los pobres como a los ricos, a los esclavos como a los reyes, a los puros como a los pecadores. Pero si bien he de quedar agradecido a quien proporcione pan y techo a mis fatigas (cualesquiera que sean ese techo y ese alimento), verdad es que daré siempre preferencia a lo humilde; los grandes tienen ya muchas satisfacciones, los pobres no tienen más que la recta conciencia, un amor fiel, e hijos, y el verse escuchados por la mayoría de ellos. Yo siempre prestaré atención a los pobres, a los afligidos y a los pecadores. Te agradezco el buen deseo, pero déjame en este lugar de paz y oración. Ve, y que Dios te inspire lo recto. Jesús deja al discípulo y se interna entre los olivos.

68- Jesús enseña en el Templo estando con Judas Iscariote

Veo a Jesús entrando, con Judas a su lado, en el recinto del Templo; pasa la primera terraza, o rellano de la grada si se prefiere; se detiene en un pórtico que rodea un amplio patio solado con mármoles de colores distintos. El lugar es muy bonito y está lleno de gente.

Jesús mira a su alrededor y ve un sitio que le gusta. Pero, antes de dirigirse a él, dice a Judas:

  • Llámame al responsable de este lugar. Debo presentarme para que no se diga que falto a las costumbres y al respeto.
  • Maestro, Tú estás por encima de las costumbres. Nadie tiene más derecho que Tú a hablar en la Casa de Dios; Tú, su Mesías.
  • Yo eso lo sé, y tú también lo sabes, pero ellos no. No he venido para escandalizar, como tampoco para enseñar a violar la Ley o las costumbres; antes bien, he venido justamente para enseñar respeto, humildad y obediencia; para hacer desaparecer los escándalos. Por ello quiero pedir el permiso para hablar en nombre de Dios, haciéndome reconocer digno de ello por el responsable del lugar.
  • La otra vez no lo hiciste.
  • La otra vez me abrasaba el celo de la Casa de Dios, profanada por demasiadas cosas. La otra vez Yo era el Hijo del Padre, el Heredero que en nombre del Padre y por amor de su Casa actuaba con la majestad que me es propia y que está por encima de magistrados y sacerdotes. Ahora soy el Maestro de Israel, y le enseño a Israel también esto. Y además, Judas, ¿tú crees que el discípulo es más que su Maestro?
  • No, Jesús.
  • ¿Y tú quién eres? ¿Y quién soy Yo?
  • Tú, el Maestro; yo, el discípulo.
  • Y entonces, si reconoces que son así las cosas, ¿por qué quieres enseñar a tu Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre, tú obedece a tu Maestro. Condición primera del Hijo de Dios es ésta: obedecer sin discutir, pensando que el Padre sólo puede dar órdenes santas; condición primera del discípulo es obedecer a su Maestro, pensando que el Maestro sabe y sólo puede dar órdenes justas.
  • Es verdad. Perdona. Obedezco.
  • Perdono. Ve. Escucha, Judas, esta otra cosa: acuérdate de esto, recuérdalo siempre.
  • ¿Obedecer? Sí.
  • No. Recuerda que Yo fui respetuoso y humilde para con el Templo; para con el Templo, o sea, con las clases poderosas. Ve.

Judas lo mira pensativo, interrogativamente… pero no se atreve a preguntar nada más, y se va meditabundo.

Vuelve con un personaje solemnemente vestido.

  • Este es, Maestro, el magistrado.
  • La paz sea contigo. Solicito enseñar, entre los rabíes de Israel, a Israel.

-¿Eres rabí?

  • Lo soy.
  • ¿Quién fue tu maestro?
  • El Espíritu de Dios, que me habla con su sabiduría y me ilumina cada una de las palabras de los Textos Santos.
  • ¿Eres más que Hil.lel, Tú, que sin maestro afirmas que sabes toda doctrina? ¿Cómo puede uno formarse si no hay uno que le forme?
  • Como se formó David, pastorcito ignorante que llegó a ser rey poderoso y sabio por voluntad del Señor.
  • Tu nombre.
  • Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joaquín, de la estirpe de David, y de Ana de Aarón; María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel.
  • ¿Quién lo prueba?
  • Todavía debe haber aquí levitas que se acuerden de ese hecho, coetáneos de Zacarías de la clase de Abías, pariente mío. Pregúntaselo a ellos, si dudas de mi sinceridad.
  • Te creo. ¿Pero quién me prueba que sepas enseñar?
  • Escúchame y podrás juzgar por ti mismo.
  • Si quieres puedes enseñar… Pero… ¿no eres nazareno?
  • Nací en Belén de Judá en tiempos del censo ordenado por el César. Proscritos a causa de disposiciones injustas, los hijos de David están por todas partes. Pero la estirpe es de Judá.
  • Ya sabes… los fariseos… toda Judea… respecto a Galilea…
  • Lo sé. No temas. En Belén vi la luz por primera vez, en Belén Efratá de donde viene mi estirpe; si ahora vivo en Galilea es sólo para que se cumpla lo que está escrito…
    El magistrado se aleja unos metros acudiendo a una llamada.

Judas pregunta:

  • ¿Por qué no has dicho que eres el Mesías?
  • Mis palabras lo dirán.
  • ¿Qué es lo que está escrito y debe cumplirse?
  • La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Cristo. Yo soy el Pastor de que hablan los Profetas, y vengo a reunir a las ovejas de todas las regiones, a curar a las enfermas, a conducir al pasto bueno a las errantes. Para mí no hay Judea o Galilea, Decápolis o Idumea. Sólo hay una cosa: el Amor que mira con un único ojo y une en un único abrazo para salvar..
    .
    Se le ve inspirado a Jesús. ¡Tanto sonríe a su sueño, que parece emanar destellos! Judas lo observa admirado.

Entre tanto, algunas personas, curiosas, se han acercado a los dos, cuyo aspecto imponente — distinto en ambos — atrae e impresiona.

Jesús baja la mirada. Sonríe a esta pequeña multitud con esa sonrisa suya cuya dulzura ningún pintor podrá nunca reflejar fidedignamente y ningún creyente que no la haya visto puede imaginar. Y dice:

  • Venid, si os sentís deseosos de palabras eternas.
    Se dirige hacia un arco del pórtico; bajo él, apoyado en una columna, empieza a hablar. Toma como punto de partida lo que había sucedido por la mañana.
  • Esta mañana, entrando en Sión, he visto que por pocos denarios dos hijos de Abraham estaban dispuestos a matarse.

Habría podido maldecirlos en nombre de Dios, porque Dios dice: "No matarás", y también afirma que quien no obedece a su ley será maldito. Pero he tenido piedad de su ignorancia respecto al espíritu de la Ley y me he limitado a impedir el homicidio, para que puedan arrepentirse, conocer a Dios, servirle obedientemente, amando no sólo a quien los ama, sino también a los enemigos.

Sí, Israel. Un nuevo día surge para ti. Más luminoso se hace el precepto del amor. ¿Acaso empieza el año con el nebuloso Etanim, o con el triste Kisléu de jornadas más breves que un sueño y noches tan largas como una desgracia? No, el año comienza con el florido, luminoso, alegre Nisán, cuando todo ríe y el corazón del hombre, aun el más pobre y triste, se abre a la
esperanza porque llega el verano, la cosecha, el sol, la fruta; cuando dulce es dormir, incluso en un prado florecido, con las estrellas como candil; cuando es fácil alimentarse porque todo terrón produce hierba o fruto para el hambre del hombre.

Mira, Israel. Ha terminado el invierno, tiempo de espera. Ahora toca la alegría de la promesa que se cumple. El Pan y el Vino pronto se ofrecerán para saciar tu hambre. El Sol está entre vosotros. Todo, ante este Sol, adquiere un respiro más dulce y amplio, incluso el precepto de nuestra Ley, el primero, el más santo entre los preceptos santos: 'Ama a tu Dios y ama a tu
prójimo".

En el marco de la luz relativa que hasta ahora te ha sido concedida, se te dijo — no habrías podido hacer más, porque sobre ti pesaba todavía la cólera de Dios por la culpa de Adán de falta de amor — se te dijo: 'Ama a los que te aman y odia a tu enemigo". Pero era tu enemigo no sólo quien traspasaba las fronteras de tu patria, sino también el que te había faltado en privado, o que te parecía que hubiera faltado. Así que el odio anidaba en todos los corazones, porque ¿quién es el hombre que, queriendo o sin querer, no ofende al hermano, y quién el que llega a la vejez sin que le hayan ofendido?

Yo os digo: amad incluso a quien os ofende. Hacedlo pensando que Adán fue un prevaricador respecto a Dios, y que por Adán todo hombre lo es, y que no hay ninguno que pueda decir: "Yo no he ofendido a Dios". Y, sin embargo, Dios perdona no una sola vez, sino muchas, muchísimas, muchísimas veces, y es prueba de ello la permanencia del hombre sobre la tierra.

Perdonad, pues, como Dios perdona. Y, si no podéis hacerlo por amor hacia el hermano que os ha perjudicado, hacedlo por amor a Dios, que os da pan y vida, que os tutela en las necesidades terrenas y ha orientado todo lo que sucede a procuraros la eterna paz en su seno. Esta es la Ley nueva, la Ley de la primavera de Dios, del tiempo florecido de la Gracia que se ha hecho presente entre los hombres, del tiempo que os dará el Fruto sin igual que os abrirá las puertas del Cielo.

La voz que hablaba en el desierto no se oye, pero no está muda. Habla todavía a Dios en favor de Israel y le habla todavía en el corazón a todo israelita recto, y dice — después de haberos enseñado: a hacer penitencia para preparar los caminos al Señor que viene; a tener caridad dando lo superfluo a quien no tiene ni siquiera lo necesario; a ser honestos no causando extorsiones o maltratando a nadie — os dice: "El Cordero de Dios, quien quita los pecados del mundo, quien os bautizará con el fuego del Espíritu Santo está entre vosotros; El limpiará su era, recogerá su trigo".

Sabed reconocer a Aquel que el Precursor os indica. Sus sufrimientos se elevan a Dios para procuraros luz. Ved. Ábranse vuestros ojos espirituales. Conoceréis la Luz que viene. Yo recojo la voz del Profeta que anuncia al Mesías, y, con el poder que me viene del Padre, la amplifico, y añado mi poder, y os llamo a la verdad de la Ley. Preparad vuestros corazones a la gracia de la Redención cercana. El Redentor está entre vosotros. Dichosos los dignos de ser redimidos por haber tenido buena voluntad.

La paz sea con vosotros.
Uno pregunta:

  • Hablas con tanta veneración del Bautista, que se diría que eres discípulo suyo. ¿Es así?.
  • Él me bautizó en las orillas del Jordán antes de que lo apresaran. Le venero porque él es santo a los ojos de Dios. En verdad os digo que entre los hijos de Abraham no hay ninguno que lo supere en gracia. Desde su venida hasta su muerte, los ojos de Dios se habrán posado sin motivo de enojo sobre este bendito.
  • ¿Él te confirmó lo relativo al Mesías?
  • Su palabra, que no miente, señaló el Mesías vivo a los presentes.
  • ¿Dónde? ¿Cuándo?
  • Cuando llegó el momento de señalarlo.
    Judas se siente en el deber de decir a diestro y siniestro:
  • El Mesías es el que os está hablando. Yo os lo testifico, yo que lo conozco y soy su primer discípulo.
  • ¡Él!… ¡Oh!… - La gente, atemorizada, se echa un poco hacia atrás. Pero Jesús se muestra tan dulce, que vuelven a acercarse.
  • Pedidle algún milagro. Es poderoso. Cura. Lee los corazones. Da respuesta a todos los porqués.
  • Habíale; para mí, que estoy enfermo. El ojo derecho está muerto, el izquierdo se está secando…
  • Maestro.
  • Judas - Jesús, que estaba acariciando a una niña pequeña, se vuelve.
  • Maestro, este hombre está casi ciego y quiere ver. Le he dicho que Tú puedes curarlo.
  • Puedo para quien tiene fe. Hombre, ¿tienes fe?
  • Yo creo en el Dios de Israel. Vengo aquí para meterme en Betesda, pero siempre hay uno que me precede.
  • ¿Puedes creer en mí?
  • Si creo en el ángel de la piscina, ¿no voy a creer en ti, de quien tu discípulo dice que eres el Mesías?
    Jesús sonríe. Se moja el dedo con saliva y roza apenas el ojo enfermo.
  • ¿Qué ves?
  • Veo las cosas sin la niebla de antes. Y el otro, ¿no me lo curas?
    Jesús sonríe de nuevo. Vuelve a hacer lo mismo, esta vez con el ojo ciego.
  • ¿Qué ves? - le pregunta, levantando del párpado caído la yema del dedo.
  • ¡Ah, Señor de Israel, veo tan bien como cuando de niño corría por los prados! ¡Bendito Tú, eternamente! - El hombre llora postrado a los pies de Jesús.
  • Ve. Sé bueno ahora por gratitud hacia Dios.
    Un levita, que había llegado cuando estaba concluyéndose el milagro, pregunta:
  • ¿Con qué facultad haces estas cosas?
  • ¿Tú me lo preguntas? Te lo diré, si me respondes a una pregunta. Según tu parecer, ¿es más grande un profeta que profetiza al Mesías o el Mesías mismo?
  • ¡Qué pregunta! El Mesías es el más grande: ¡es el Redentor que el Altísimo ha prometido!
  • Entonces, ¿por qué los profetas hicieron milagros? ¿Con qué facultad?
  • Con la facultad que Dios les daba para probar a las multitudes que Él estaba con ellos.
  • Pues bien, con esa misma facultad Yo hago milagros. Dios está conmigo, Yo estoy con Él. Yo les pruebo a las multitudes que es así, y que el Mesías bien puede, con mayor razón y en mayor medida, lo que podían los profetas.

El levita se marcha pensativo y todo termina.

66- Judas de Keriot en Getsemaní se hace discípulo

Por la tarde veo a Jesús… bajo unos olivos… Está sentado sobre un escalón del terreno, en su postura habitual: con los codos apoyados en las rodillas, los antebrazos hacia adelante y las manos unidas. Empieza a hacerse de noche y la luz va disminuyendo en el tupido olivar. Jesús está solo. Se ha quitado el manto como si tuviera calor. Va vestido de blanco, poniendo
así una nota clara en este lugar de tonalidad verde muy oscurecida por el crepúsculo.

Un hombre baja entre los olivos. Da la impresión de que busca algo o a alguien. Es alto, lleva un indumento de color alegre: un amarillo rosa que hace más vistoso el manto, grande, lleno de franjas ondulantes. No veo bien su rostro porque lo impiden la luz y la lejanía, y también porque un borde del manto le oculta mucho el rostro. Cuando ve a Jesús, hace un gesto como para decir: «¡Ahí está!», y acelera el paso. A pocos metros dice:

  • ¡Salve, Maestro!
    Jesús se vuelve repentinamente y alza la cara (la persona que ha llegado en ese momento está en el escalón superior).

Jesús lo mira serio, yo diría incluso que triste.
El hombre repite:

  • ¡Hola, Maestro! Soy Judas de Keriot. ¿No me reconoces? ¿No te acuerdas?.
  • Recuerdo y reconozco. Eres el que me habló aquí con Tomás en la Pascua pasada.
  • Y a quien Tú dijiste: "Piensa y sé juicioso en la decisión antes de mi regreso". Lo he decidido: voy contigo.
  • ¿Por qué vienes, Judas? — Jesús está muy triste.
  • Porque… ya te dije la otra vez por qué: porque sueño con el Reino de Israel y te he visto rey.
  • ¿Por esto vienes?
  • Por esto. Me pongo a mí mismo y todo lo que tengo: capacidad, conocimientos, amistades, todo mi esfuerzo, a tu servicio y al servicio de tu misión para reconstruir Israel.

Los dos están ahora frente a frente, cerca el uno del otro, en pie. Se miran fijamente: Jesús, serio hasta la tristeza; el otro, entusiasmado por su sueño, sonriente, hermoso y joven, ligero y ambicioso.

  • Yo no te he buscado, Judas.
  • Sí, ya me he percatado. Pero yo te buscaba. Hace muchos días que he puesto personas en las puertas para que me informasen de tu llegada. Pensaba que vendrías con algunos seguidores tuyos y que sería fácil verte. Sin embargo…

He deducido que habías venido porque un grupo de peregrinos iba bendiciéndote por haber curado a un enfermo. Pero nadie sabía decirme con exactitud dónde estabas. Entonces me he acordado de este lugar. Y he venido. Si no te hubiera encontrado aquí, me habría resignado a no encontrarte…

  • ¿Crees que haya supuesto un bien para ti el haberme encontrado?
  • Sí, porque te buscaba, te deseaba, quiero tenerte.
  • ¿Por qué? ¿Por qué me has buscado?
  • ¡Pero si ya te lo he dicho, Maestro! ¿No me has comprendido?
  • Te he comprendido, sí, te he comprendido; pero quiero que tú también me comprendas antes de seguirme. Ven.

Hablaremos mientras caminamos». Y se ponen a caminar el uno al lado del otro, hacia arriba y hacia abajo, por los senderillos que cortan transversalmente el olivar - Tú, Judas, me sigues por una idea que es humana. Yo te debo disuadir de ello. No he venido para esto.

  • Pero, ¿Tú no eres el que ha sido designado para Rey de los judíos, aquél de quien hablaron los profetas? Otros han surgido, pero les faltaban demasiadas cosas, y han caído como hojas que el viento ya no sostiene. Tú tienes a Dios contigo, hasta el punto de que obras milagros. Allí donde está Dios, el éxito de la misión está asegurado.
  • Es verdad lo que has dicho: que Yo tengo a Dios conmigo.

Yo soy su Verbo. Soy aquel que anunciaron los Profetas, que fue prometido a los Patriarcas, el esperado de las muchedumbres. Pero, ¿por qué, ¡oh Israel!, te has vuelto tan ciega y sorda que ya no sabes leer ni ver, oír ni comprender lo verdadero de los hechos? Mi Reino no es de este mundo, Judas. Disuádete. Vengo a traerle a Israel la Luz y la Gloria, mas no las de la Tierra. Vengo a llamar a los justos de Israel al Reino. Porque de Israel y con Israel debe formarse y venir la planta de vida eterna cuya linfa será la Sangre del Señor, la planta que se extenderá por toda la Tierra hasta el fin de los siglos. Mis primeros seguidores serán de Israel; mis primeros confesores, de Israel; mas también mis perseguidores, mis verdugos y quien me traicionará serán de Israel…

  • No, Maestro. Eso no sucederá nunca. Aunque todos te traicionasen yo estaré contigo y te defenderé.
  • ¿Tú, Judas? ¿Y en qué basas tu seguridad?
  • En mi honor de hombre.
  • Cosa más frágil que una tela de araña, Judas. Es a Dios a quien tenemos que pedirle la fuerza de ser honestos y fieles.

¡El hombre!… El hombre lleva a cabo obras de hombre. Para llevar a cabo obras del espíritu — y seguir al Mesías en verdad y justicia quiere decir realizar obras de espíritu — hace falta matar al hombre y hacer que vuelva a nacer. ¿Eres capaz de tanto?

  • Sí, Maestro. Y además… cierto que no todo Israel te amará, pero no llegará al punto de darle a su Mesías verdugos y traidores: ¡te espera desde hace siglos!
  • Me los dará. Ten presente a los Profetas, sus palabras… y cómo terminaron. Yo estoy destinado a defraudar a muchos, y tú eres uno de ellos. Judas, tienes aquí, frente a ti, a una persona mansa, pacífica, pobre y que quiere seguir siendo pobre. No he venido para imponerme o guerrear; no disputo ningún reino ni ningún poder a los fuertes y a los poderosos; Yo sólo a Satanás le disputo las almas, y vengo a vencer las cadenas de Satanás con el fuego de mi amor. Vengo para enseñar misericordia, sacrificio, humildad, continencia. Yo te digo, y digo a todos: no tengáis sed de riquezas humanas; trabajad más bien por las monedas eternas. Judas, si me crees uno que ha de triunfar sobre Roma y sobre las castas que imperan, desengáñate. Herodes y César, y los que son como ellos, pueden dormir tranquilos mientras Yo hablo a las turbas. No he venido para arrancar cetros a nadie… mi cetro, eterno, ya está preparado, pero nadie, que no fuera amor como soy Yo, lo querría empuñar. 'Vete, Judas, y medita…
  • ¿Me rechazas, Maestro?
  • Yo no rechazo a nadie, porque quien rechaza no ama. Pero, dime. Judas: ¿cómo llamarías tú la acción de uno que, sabiendo que tiene una enfermedad contagiosa, le dijera a otro que, desconocedor del hecho, fuera a beber de su cáliz: "Piensa lo que estás haciendo"? ¿Lo llamarías odio o amor?
  • Lo llamaría amor porque no quiere que esa persona pierda la salud.
  • Pues entonces llama también así a mi acto.
  • ¿Puedo perder la salud yendo contigo? No, nunca.
  • Puedes perder más que la salud, porque, piénsalo bien, Judas, poco le será imputado a quien asesine creyendo hacer justicia, creyéndolo porque no conoce la Verdad; pero mucho le será imputado a quien, habiéndola conocido, no sólo no la siga, sino que incluso se haga enemigo de ella.
  • Yo no lo seré. Tómame contigo, Maestro. No puedes rechazarme. Si eres el Salvador y ves que yo soy un pecador, una oveja descarriada, un ciego que no va por camino justo, ¿por qué recusas salvarme? Tómame contigo. Te seguiré hasta la muerte…
  • ¡Hasta la muerte! Cierto. Esto es cierto. Luego…
  • ¿Luego, Maestro?
  • El futuro está en el seno de Dios. Vete. Mañana nos volveremos a ver junto a la Puerta de los Peces.
  • Gracias, Maestro. El Señor sea contigo».
  • Y su misericordia te salve.

65- La pesca milagrosa y la elección de los primeros cuatro apóstoles

Jesús está hablando:

  • Cuando en primavera todo florece, el hombre del campo dice contento: "Obtendré mucho fruto", y se regocija su corazón por esta esperanza. Pero, desde la primavera al otoño, desde el mes de las flores al de la fruta, ¡cuántos días, cuántos vientos y lluvias y sol y temporales vendrán! A veces la guerra, o la crueldad de los poderosos, o enfermedades de las plantas, o del campesino.

Así es que los árboles, que prometían mucho fruto, — al no cavárselos o recalzarlos, regarlos, podarlos, sujetarlos o limpiarlos — se ponen mustios y mueren totalmente, o muere su fruto.

Vosotros me seguís. Me amáis. Vosotros, como plantas en primavera, os adornáis de propósitos y amor.

Verdaderamente Israel en esta alba de mi apostolado es como nuestros dulces campos en el luminoso mes de Nisán. Pero, escuchad. Como quemazón de sequía, vendrá Satanás a abrasaros con su hálito envidioso de mí. Vendrá el mundo con su viento helado a congelar vuestro florecer. Vendrán las pasiones como temporales. Vendrá el tedio como lluvia obstinada. Todos los enemigos míos y vuestros vendrán para hacer estéril lo que debería brotar de esta tendencia santa vuestra a florecer en Dios.

Yo os lo advierto, porque sé las cosas.
Pero, ¿entonces todo se perderá cuando Yo, como el agricultor enfermo — más que enfermo, muerto —, ya no pueda ofreceros palabras y milagros? No. Yo siembro y cultivo mientras dura mi tiempo; crecerá y madurará en vosotros, si vigiláis bien.

Mirad esa higuera de la casa de Simón de Jonás. Quien la plantó no encontró el punto justo y propicio. Trasplantada junto a la húmeda pared de septentrión, habría muerto si no hubiera deseado tutelarse a sí misma para vivir. Y ha buscado sol y luz. Vedla ahí: toda retorcida, pero fuerte y digna, bebiendo de la aurora el sol con el que se procura el jugo para sus cientos y cientos de dulces frutos. Se ha defendido por sí misma. Ha dicho: "El Creador me ha proyectado para alegrar y alimentar al hombre. ¡Yo quiero que mi deseo acompañe al suyo!". ¡Una higuera! ¡Una planta sin habla! ¡Sin alma! Y vosotros, hijos de Dios, hijos del hombre, ¿vais a ser menos que esa leñosa planta?

Vigilad bien para dar frutos de vida eterna. Yo os cultivo y al final os daré la savia más poderosa que existe. No hagáis, no hagáis que Satanás ría ante las ruinas de mi trabajo, de mi sacrificio y también de vuestra alma. Buscad la luz. Buscad el sol.

Buscad la fuerza. Buscad la vida. Yo soy Vida, Fuerza, Sol, Luz de quien me ama. Estoy aquí para llevaros al lugar del que provengo. Hablo aquí para llamaros a todos e indicaros la Ley de los diez mandamientos que dan la vida eterna. Y con consejo amoroso os digo: "Amad a Dios y al prójimo"; es condición primera para cumplir cualquier otro bien, es el más santo de los diez santos mandamientos. Amad. Aquellos que amen en Dios, a Dios y al prójimo y por el Señor Dios tendrán en la Tierra y en el Cielo la paz como tienda y corona.

La gente, después de la bendición de Jesús, se aleja, pero como no queriendo marcharse. No hay ni enfermos ni pobres.

Jesús dice a Simón:

  • Llama a los otros dos. Vamos a adentramos en el lago para echar la red.
  • Maestro, tengo los brazos deshechos de echar y subir la red durante toda la noche para nada. El pescado está en zona profunda, quién sabe dónde.
  • Haz lo que te digo, Pedro. Escucha siempre a quien te ama.
  • Haré lo que dices por respeto a tu palabra - y llama con fuerza a los peones, y a Santiago y a Juan - Vamos a pescar. El Maestro así lo quiere.
    Y mientras se alejan de la orilla le dice a Jesús:
  • Maestro, te aseguro que no es hora propicia. A esta hora los peces quién sabe dónde estarán descansando…
    Jesús, sentado en la proa, sonríe y calla.

Recorren un arco de círculo en el lago y luego echan la red. Después de pocos minutos de espera, la barca siente
extrañas sacudidas, extrañas porque el lago está liso como si fuera de cristal fundido bajo el Sol ya alto.

  • ¡Esto son peces, Maestro! - dice Pedro con los ojos como platos. Jesús sonríe y calla.
  • ¡Eúp! ¡Eúp! - dirige Pedro a los peones. Pero la barca se inclina hacia el lado de la red.
  • ¡Eh! ¡Santiago! ¡Juan! ¡Rápido! ¡Venid! ¡Con los remos! ¡Rápido!.

Se apresuran. Los esfuerzos de los hombres de las dos barcas logran subir la red sin dañar el pescado.

Las barcas se colocan una al lado de la otra, completamente juntas. Un cesto, dos, cinco, diez; todos llenos de estupendas piezas, y hay todavía muchos peces coleteando en la red: plata y bronce vivo que se mueve huyendo de la muerte.

Entonces no hay más que una solución: volcar el resto en el fondo de las barcas. Lo hacen, y el fondo se vuelve todo un bullir de vidas en agonía. Esta abundancia cubre a los hombres hasta más arriba del tobillo y el nivel externo del agua llega a superar, por el peso excesivo, la línea de flotación.

  • ¡A la orilla! ¡Vira! ¡Venga! ¡Con la vela! ¡Cuidado con el fondo! ¡Pértigas preparadas para amortizar el choque!

¡Demasiado peso!.

Mientras dura la maniobra, Pedro no reflexiona. Pero, una vez en la orilla, lo hace. Entiende. Siente una gran turbación.

  • ¡Maestro, Señor! ¡Aléjate de mí! Yo soy un hombre pecador. ¡No soy digno de estar a tu lado!. Pedro está de rodillas sobre la grava húmeda de la orilla.

Jesús lo mira y sonríe:

  • ¡Levántate! ¡Sígueme! ¡Ya no te dejo! De ahora en adelante serás pescador de hombres, y contigo estos compañeros tuyos. No temáis ya nada. Yo os llamo. ¡Venid!.
  • Inmediatamente, Señor. Vosotros ocupaos de las barcas. Llevadlo todo a Zebedeo y a mi cuñado. Vamos. ¡Del todo para ti somos, Jesús! Sea bendito el Eterno por esta elección.

64- El paralítico curado en Cafarnaúm

Veo las orillas del lago de Genesaret, y también las barcas de los pescadores sacadas a tierra; en la orilla, apoyados en ellas, están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que habían quedado aprisionados en éstas aclarándolas en el lago. A una distancia de unos diez metros, Juan y Santiago, centrados en su barca, tratan de poner orden en ella, ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta o cincuenta y cinco años, que creo que es Zebedeo, porque el peón le llama "jefe" y porque es parecidísimo a Santiago.

Pedro y Andrés, de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores. Sólo de vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual, por lo que puedo entender, ha sido infructuoso.

Pedro se queja de ello, no porque su bolsa esté vacía, ni por la inutilidad del esfuerzo, sino que dice:

  • Lo siento porque… ¿cómo vamos a arreglárnoslas para dar algo de comer a esos pobrecillos? A nosotros sólo nos llegan raros donativos, y yo no toco esos diez denarios y siete dracmas que hemos recogido en estos cuatro días. El Maestro, y sólo El, me debe indicar para quién y cómo se han de distribuir esas monedas. ¡Y hasta el sábado El no vuelve! ¡Si hubiera tenido buena pesca!… El pescado más menudo lo habría cocinado y se lo habría dado a esos pobres… y, si alguien de mi casa se hubiera quejado, no me hubiera importado: los sanos pueden ir a buscarlo, ¡pero los enfermos…!.
  • ¡Y además ese paralítico!… Ya han recorrido mucho camino para traerlo aquí… - dice Andrés.
  • Mira, hermano, yo pienso… que no podemos estar divididos. No sé por qué el Maestro no nos quiere tener permanentemente con Él. Al menos… no vería a estos pobrecillos a los que no puedo socorrer y, aunque los viera, podría decirles: "Él está aquí"
    .
  • ¡Aquí estoy!— Jesús ha venido caminando despacio por la arena blanda.
    Pedro y Andrés se estremecen. Se les escapa un grito:
    -¡Oh! ¡Maestro! - y llaman a Santiago y a Juan - ¡El Maestro! ¡Venid!.
    Los dos acuden, y todos se arriman a Jesús. Uno le besa la túnica, otro las manos; Juan osa pasarle un brazo alrededor de la cintura y apoyar la cabeza sobre su pecho; Jesús lo besa en el pelo.
  • ¿De qué hablabais?
  • Maestro… estábamos diciendo que te íbamos a necesitar.
  • ¿Para qué, amigos?
  • Para verte y amarte viéndote, y, además, por algunos pobres y enfermos; te esperan desde hace dos días o más… Yo he hecho lo qué podía. Los he alojado allí ¿ves aquella cabaña en aquel terreno baldío? Allí reparan las barcas los carpinteros de ribera. Allí he procurado cobijo a un paralítico, a uno que tiene mucha fiebre y a un niño que se está muriendo en brazos de su madre: no podía mandarlos a buscarte.
  • Has hecho bien. Pero, ¿cómo te las has arreglado para socorrerlos? ¿Quién los ha guiado?, ¡me has dicho que son pobres!…
  • Claro, Maestro. Los ricos tienen carros y caballos; los pobres, sólo las piernas. No pueden seguirte diligentemente. He hecho lo que he podido. Mira: esto es lo poco que he recaudado, pero no he tocado ni una perra; Tú lo harás.
  • Pedro, tú también podías haberlo hecho. Ciertamente… Pedro mío, siento que por mí sufras reprensiones o fatigas.
  • No, Señor, no debes afligirte por eso. A mí eso no me duele. Sólo siento el no haber podido tener una mayor caridad.
    Pero, créeme, he hecho, todos hemos hecho cuanto hemos podido.
  • Lo sé. Sé que has trabajado y sin intereses personales. Aunque haya faltado la comida, tu caridad no, y es viva, activa, santa a los ojos de Dios.

Algunos niños, entretanto, han llegado corriendo y gritan:

  • ¡El Maestro! ¡Está el Maestro! ¡Jesús! ¡Ha venido Jesús! - Y se le arriman. Él los acaricia, sin dejar por ello de hablar con los discípulos.
  • Simón, entro en tu casa. Tú y vosotros id a comunicar que he venido; después traedme a los enfermos.

Los discípulos salen, rápidos, en distintas direcciones. Toda Cafarnaúm ya sabe, no obstante, que Jesús ha llegado; lo sabe por los niños, que parecen abejas que en enjambre dejan la colmena hacia las distintas flores: en este caso, las casas, las calles, las plazas. Van, vienen, jubilosos, llevando la noticia a las mamás, a los transeúntes, a los viejos que están sentados tomando el sol; y luego vuelven para que, una vez más, los acaricie Aquél que los ama, y uno, audaz, dice:

  • Háblanos a nosotros, habla hoy para nosotros, Jesús. Te queremos y somos mejores que los mayores.

Jesús le sonríe al pequeño psicólogo y promete que hablará para ellos. Luego, siguiéndole los pequeños, se dirige a la casa, donde entra saludando con su fórmula de paz: «La paz descienda sobre esta casa».

La gente se apiña en la estancia grande posterior, empleada para las redes, maromas, cestos, remos, velas y provisiones. Se ve que Pedro la ha puesto a disposición de Jesús, amontonando todo en un rincón para dejar espacio libre. El lago no se ve desde aquí, sólo se oye el rumor lento de sus olas; y se ve sólo la pequeña tapia verdosa del huerto, con su vieja vid y su frondosa higuera. Hay gente hasta incluso en la calle; no cabiendo en la sala, ocupan el huerto; no cabiendo en el huerto, se quedan afuera.

Jesús empieza a hablar. En primera fila — se han abierto paso sirviéndose de su actitud avasalladora y del temor que siente hacia ellos la plebe — hay cinco personas… de elevada condición social; mantos púrpura bordados en oro, riqueza de vestidos y soberbia denuncian que son fariseos y doctores. Sin embargo, Jesús quiere tener en torno a sí a sus pequeños: una corona de caritas inocentes, ojos luminosos y sonrisas angelicales, mirando hacia arriba, a Él. Jesús habla, acariciando cada cierto

rato la cabecita rizada de un niño que se ha sentado a sus pies y tiene apoyada la cabeza en las rodillas de Él, sobre el bracito doblado. Jesús está sentado encima de un gran montón de cestos y redes.

  • Mi amado ha bajado a su jardín, al pensil de los aromas, a deleitarse entre los jardines y a recoger lirios… él, que se sacia entre los lirios - dice Salomón de David de quien provengo Yo, Mesías de Israel.

¡Mi jardín! ¿Qué jardín más hermoso y más digno de Dios que el Cielo, donde son flores los ángeles creados por el

Padre?… Y, sin embargo, otro jardín ha querido el Hijo unigénito del Padre, el Hijo del hombre, porque por el hombre Yo tengo carne, sin la cual no podría redimir las culpas de la carne del hombre; un jardín que habría podido ser poco inferior al celeste, si desde el Paraíso terrestre se hubieran propagado, como dulces abejas desde una colmena, los hijos de Adán, los hijos de Dios, para poblar la tierra de santidad destinada toda al Cielo. Pero el Enemigo sembró tribulaciones y espinas en el corazón de Adán, y tribulaciones y espinas desde este corazón se derramaron sobre la tierra, no ya jardín, sino selva áspera y cruel en que se estanca la fiebre y anida la serpiente.

Pero el Amado del Padre tiene todavía un jardín en esta tierra en que impera Satanás: el jardín al que va a saciarse de su alimento celeste: amor y pureza; el pensil del que coge las flores que aprecia, en las cuales no hay mancha de sentido, de avaricia, de soberbia: éstos — Jesús acaricia a todos los niños que puede, pasando su mano sobre la corona de cabecitas atentas (una única caricia que apenas los toca y les hace sonreír de alegría) —; éstos son mis lirios.

No tuvo Salomón, en su riqueza, vestidura más hermosa que el lirio que perfuma la hoya, ni diadema de más aérea y espléndida gracia que la que tiene el lirio en su cáliz de perla. Y, no obstante, para mi corazón no hay lirio que valga lo que uno de éstos; no hay jardín, no hay jardín de ricos, todo cultivado de lirios, que me valga cuanto uno sólo de estos puros, inocentes, sinceros, sencillos párvulos.

¡Oh hombres, oh mujeres de Israel, oh vosotros, grandes y humildes por riqueza o por cargo, oíd! Vosotros estáis aquí porque queréis conocerme y amarme. Pues bien, debéis saber cuál es la condición primera para ser míos. Mirad que no os digo palabras difíciles, ni os pongo ejemplos aún más difíciles; os digo: tomad a éstos como ejemplo.

¿Quién hay, entre vosotros, que no tenga en casa en la edad de la puericia, de la niñez, a un hijo, a un nieto o sobrino, a un hermano? ¿No es un descanso, un alivio, un motivo de unión entre esposos, entre familiares, entre amigos, uno de estos inocentes, cuya alma es pura como alba serena, cuyo rostro aleja las nubes y crea esperanzas, cuyas caricias secan las lágrimas e infunden fuerza vital? ¿Por qué tienen tanto poder ellos, que son débiles, inermes, ignorantes todavía?: porque tienen en sí a Dios, tienen la fuerza y la sabiduría de Dios, la verdadera sabiduría: saben amar y creer, creer y querer, vivir en este amor y en esta fe. Sed como ellos: sencillos, puros, amorosos, sinceros, creyentes.

No hay sabio en Israel que sea mayor que el más pequeño de éstos, cuya alma es de Dios y de cuya alma es el Reino.

Benditos del Padre, amados del Hijo del Padre, flores de mi jardín, mi paz esté con vosotros y con quienes os imiten por mi amor. Jesús ha terminado.

  • ¡Maestro! - grita Pedro entre la muchedumbre - aquí están los enfermos. Dos pueden esperar a que salgas, pero a éste lo está estrujando la multitud y, además… ya no aguanta más, y no podemos pasar. ¿Le digo que vuelva otra vez?
  • No. Descolgadlo por el techo.
  • ¡Es verdad! ¡Enseguida!.

Se oye caminar arrastrando los pies sobre el techo bajo de la estancia, la cual, no formando realmente parte de la casa, no tiene encima la terraza unida con cemento, sino sólo un tejaducho de haces de ramas cubiertas con placas similares a la pizarra. No sé qué piedra era. Hacen una abertura, y, con unas cuerdas, descuelgan la pequeña camilla en la que está el enfermo; la descuelgan justo delante de Jesús; la gente se apiña aún más, para ver.

  • Has tenido una gran fe, como también quien te ha traído.
  • ¡Oh! ¡Señor! ¿Cómo no tenerla en ti?.
  • Pues bien, Yo te digo: hijo — el hombre es muy joven —, te son perdonados todos tus pecados.
    El hombre lo mira llorando… quizás se queda un poco contrariado porque esperaba la curación del cuerpo.
    Los fariseos y doctores murmuran, arrugando nariz, frente y boca con desprecio.
  • ¿Por qué murmuráis, con los labios y, sobre todo, en el corazón? Según vosotros, ¿es más fácil decirle al paralítico:

"Tus pecados te son perdonados", o: "Levántate, toma la camilla y anda"? Vosotros pensáis "sólo Dios puede perdonar los pecados". Pero no sabéis responder cuál es la cosa más grande, porque a este hombre, maltrecho en todo su cuerpo, y que ha gastado los haberes sin resultado alguno, sólo lo puede curar Dios. Pues bien, para que sepáis que Yo lo puedo todo, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder sobre la carne y sobre el alma, en la tierra y en el Cielo, Yo le digo a éste: levántate, toma tu camilla y anda. Ve a tu casa y sé santo.

El hombre se estremece, grita, se levanta, se echa a los pies de Jesús, los besa y acaricia, llora y ríe, y con él los familiares y la multitud, la cual, luego, se abre para dejarlo pasar y lo sigue jubilosa (la muchedumbre, no los cinco rencorosos que se marchan engreídos y duros como estacas).

Así, puede entrar la madre con el pequeñuelo: un niño todavía lactante, esquelético. Lo acerca. Dice solamente:

  • Jesús, Tú los amas. Lo has dicho. ¡Que este amor y tu Madre…!- … y se echa a llorar.

Jesús toma al lactante — realmente moribundo —, se lo pone contra el corazón, lo tiene un momento con la boca en la carita cérea de labiuchos violáceos y párpados ya caídos. Un momento lo tiene así… y, cuando lo separa de su barba rubia, la carita tiene color rosáceo, la boquita expresa una sonrisa indecisa de infante, los ojitos miran alrededor vivarachos y curiosos, las manitas, antes cerradas y caídas, gesticulan entre el pelo y la barba de Jesús, que ríe.

  • ¡Oh, hijo mío! - grita, dichosa, la mamá.
  • Toma, mujer. Sé feliz y buena.
    Y la mujer toma al niño renacido y lo estrecha contra su pecho, y el pequeño reclama inmediatamente sus derechos de alimento: hurga, abre, encuentra… y mama, mama, mama, ávido y feliz.

Jesús bendice a los presentes. Pasa entre ellos. Va a la puerta, donde está el enfermo que tenía mucha fiebre.

  • ¡Maestro! ¡Sé bueno!.
  • Y tú también. Usa la salud en la justicia - Lo acaricia y sale.
    Vuelve a la orilla, seguido, precedido, bendecido por muchos que le suplican:
  • Nosotros no te hemos oído. No podíamos entrar. Háblanos también a nosotros.
    Jesús hace un gesto de aceptación y, dado que la multitud lo oprime hasta casi ahogarlo, monta en la barca de Pedro.

No es suficiente. El asedio es sofocante.

  • Mete la barca en el mar y sepárate bastante.

63- El leproso curado cerca de Corazín

Con una precisión de fotografía perfecta, tengo delante de la vista espiritual, desde esta mañana, todavía antes del alba, a un pobre leproso.

Es verdaderamente un despojo de hombre. No sabría decir qué edad tiene por lo mucho que le ha devastado la enfermedad. Esquelético, semidesnudo, muestra su cuerpo reducido al estado de una momia corroída.

Las manos y los pies están retorcidos e incompletos (de manera que son pobres extremidades que ya no parecen ni siquiera humanas): las manos tienen aspecto de garra y están retorcidas, asemejan en algo a la pata de un monstruo alado; los pies parecen casi pezuñas de buey por lo mutilados y desfigurados que están. ¡Y la cabeza?… Creo que una persona a la que no se la haya sepultado y que haya quedado momificada por el sol y por el viento tendrá una cabeza semejante a ésta.

Le quedan pocos mechones de cabellos esparcidos salteadamente, pegados al cutis amarillento y costroso como por polvo secado sobre una calavera. Los ojos los tiene apenas entreabiertos, ahondadísimos; los labios y la nariz, mordisqueados por el mal, muestran ya los cartílagos y las encías; las orejas son dos embrionarios restos de aurículas; recubre todo una piel apergaminada, amarilla como ciertos caolines, bajo la cual se destacan terriblemente los huesos; parece como si la función de esta piel fuera la de mantener reunidos estos pobres huesos dentro de su repelente saco repleto de costurones de cicatrices o laceraciones de llagas en putrefacción.

¡Una ruina! Pienso exactamente en una Muerte vagante por la tierra, con el esqueleto recubierto por una piel apergaminada, envuelta en un asqueroso manto todo hecho jirones, y con un nudoso bastón en la mano, ciertamente arrancado a algún árbol, en vez de la guadaña.

Está a la entrada de una cueva situada en un lugar apartado, una verdadera cueva, tan destruida que no puedo decir si originariamente era un sepulcro o una cabaña para leñadores, o restos de alguna casa derruida. Dirige su mirada hacia la calzada, a unos ciento y pico metros de su antro, una vía principal polvorienta, aún llena de sol. No hay nadie en ella. Hasta donde alcanza la vista, sólo sol, polvo y soledad en la calzada. Mucho más arriba, al noroeste, debe haber un pueblo, o ciudad. Veo las primeras casas. Estará al menos a un kilómetro de distancia.

El leproso mira, y suspira. Luego coge una escudilla desportillada y la llena en un arroyuelo. Bebe. Se adentra en una maraña de arbustos, detrás del antro; se agacha; le arranca al suelo algunas matas de achicoria silvestre.

Vuelve al arroyuelo, las limpia quitándoles el polvo más grueso con la escasa agua que aquél porta, y se las come despacio, llevándoselas con dificultad a la boca con sus destrozadas manos. Deben estar duras como palos. Trata de masticarlas con gran esfuerzo y muchas las escupe sin poderlas tragar, a pesar de que trate de ayudarse bebiendo sorbos de agua.

  • ¿Dónde estás, Abel? - grita una voz.
    El leproso se sobresalta. En sus labios se dibuja un simulacro de sonrisa. Pero están tan desfigurados esos labios, que también es informe este espectro de sonrisa. Responde con una voz extraña, estridente (me viene a la mente el grito de unas aves cuyo exacto nombre ignoro):
  • ¡Estoy aquí! Creía que ya no vendrías. Pensaba que te había sucedido algo malo y estaba triste… Si me llegases a faltar también tú, ¿qué le quedaría al pobre Abel? - Diciendo esto, camina hacia la calzada, se ve que hasta donde puede según la Ley, porque a mitad de recorrido se para.

Por el camino se acerca un hombre que de tan ligero como va casi corre.

  • ¿Pero eres realmente tú, Samuel? Si no eres la persona a quien espero, quienquiera que seas, no me hagas nada malo.
  • Soy yo, Abel, y no otro. Y sano. Mira cómo corro. Llego tarde, lo sé. Y lo sentía por ti. Pero cuando sepas… ¡oh!, te sentirás dichoso. Y te he traído no sólo los consabidos mendrugos de pan, sino un pan entero reciente y bueno, para ti solo, y tengo también pescado bueno, y un queso. Todo para ti. Quiero que hagas una fiesta, mi pobre amigo, para prepararte a una
    fiesta más grande.
  • ¿Pero cómo es que te has vuelto tan rico? No entiendo…
  • Ahora te contaré.
  • Y sano. ¡No pareces el mismo!
  • Escucha, pues. He sabido que en Cafarnaúm estaba ese Rabí que es santo, y he ido…
  • ¡Párate, párate! Estoy infectado.
  • ¡No importa! Ya no tengo miedo a nada». El hombre, que es el pobre tullido a quien Jesús curó y socorrió con una limosna en el huerto de la suegra de Pedro, ha llegado, efectivamente, con su paso veloz, hasta pocos pasos del leproso.

Hablaba mientras caminaba, y reía dichoso.
Pero el leproso insiste:

  • Párate, en nombre de Dios. Si te ve alguien…
  • Me paro. Mira: pongo aquí las provisiones. Come mientras sigo hablando - El hombre coloca encima de una voluminosa piedra un paquete, y lo abre. Luego se retira unos pasos. El leproso se acerca y se lanza sobre el alimento inusitado.
  • ¡Oh, cuánto tiempo hace que no comía así! ¡Qué bueno está! Y pensar que creía que me habría ido a descansar con el estómago vacío. Ninguna persona piadosa hoy… ni siquiera tú… Había masticado un poco de achicoria…
  • ¡Pobre Abel! Ya lo pensaba yo. Pero me decía: "Bueno. Ahora estará triste, ¡pero después se sentirá dichoso!".
  • Dichoso, sí, por esta buena comida. Pero luego…
  • ¡No! Serás feliz para siempre.

El leproso hace un gesto con la cabeza.

  • Mira, Abel. Si puedes tener fe, serás feliz.
  • ¿Fe en quién?
  • En el Rabí, en el Rabí que me ha curado a mí.
  • ¡Yo estoy leproso y en grado extremo! ¿Cómo puede curarme?
  • ¡Lo puede! Es santo.
  • Sí, también Elíseo curó a Naamán el leproso… lo sé… Pero yo… yo no puedo ir al Jordán.
  • Serás curado sin necesidad de agua. Escucha: Este Rabí es el Mesías, ¿entiendes? ¡El Mesías! Es el Hijo de Dios. Y cura a todos aquellos que tienen fe. Dice: "Quiero", y los demonios huyen, y los miembros del cuerpo se enderezan, y los ojos ciegos
    ven.
  • ¡Oh, vaya que si tendría fe yo! ¿Pero cómo puedo ver al Mesías?
  • Exacto… he venido para esto. Él está allí, en aquel pueblo. Sé dónde está esta noche. Si quieres… Yo dije: "Se lo digo a Abel, y si Abel siente que tiene fe lo conduzco hacia el Maestro".
  • ¿Estás loco, Samuel? Si me acerco a las casas me apedrearán.
  • No a las casas. Pronto será de noche. Te conduciré hasta aquel bosquecito y luego iré a llamar al Maestro. Lo llevaré hasta ti…
  • ¡Ve, ve inmediatamente! Voy yo solo por mi cuenta hasta aquel punto. Iré caminando por el lecho del regato, por entre las matas; pero tú ve, ve… ¡Oh, ve, buen amigo! ¡Si supieras qué es tener este mal y qué significa esperar curarse!… – El leproso ya ni siquiera se preocupa de la comida. Llora y gesticula implorándole al amigo.
  • Me voy y tú vas hasta el bosque - El ex tullido se marcha corriendo.

Abel baja con dificultad al lecho del regato que bordea la calzada, todo lleno de matas crecidas en el fondo seco. En el centro apenas si hay un hilo de agua. Cae la noche mientras el infeliz se desliza entre los grupos de matorrales, siempre alerta por si oye algún paso. Dos veces se extiende a lo largo contra el suelo del fondo: la primera, por un hombre a caballo que recorre al trote la calzada; la segunda, por tres hombres, cargados de heno, que van en dirección al pueblo. Después prosigue.

Pero, antes que él, llega Jesús con Samuel al bosquecito.

  • Dentro de poco estará aquí. Camina lento, por las llagas. Ten paciencia.
  • No tengo prisa.
  • ¿Lo vas a curar?
  • ¿Tiene fe?
  • ¡Oh!… se estaba muriendo de hambre, veía esa comida después de años de abstinencia, y, no obstante, ha dejado todo después de unos pocos bocados para venir rápidamente.
  • ¿Cómo lo has conocido?
  • Mira… yo vivía de limosnas después de mi desventura y recorría los caminos para desplazarme a uno u otro lugar. Por aquí pasaba cada siete días. Conocí a ese pobre hombre un día que, llevado del hambre, se había acercado en busca de algo hasta el camino que conduce al pueblo, bajo una tormenta que haría huir incluso a los lobos. Estaba hurgando entre la basura como un perro. Yo tenía algo de pan duro en el talego — el óbolo de algunas personas buenas — y lo compartí con él. Desde entonces somos amigos y todas las semanas lo abastezco. Con lo que tengo… Si mucho, mucho; si poco, poco. Hago lo que
    puedo, como si fuese un hermano mío. Desde la tarde que me curaste — ¡bendito seas! — pienso en él… y en ti.
  • Eres bueno, Samuel; por eso la gracia te ha visitado. Quien ama merece todo de Dios… Ahí hay algo entre los ramajes.
  • ¿Eres tú, Abel?
  • Soy yo.
  • Ven. El Maestro te espera aquí, bajo el nogal.
    El leproso sale del regato, sube hasta la orilla, continúa, se adentra en el prado. Jesús, apoyada la espalda en un altísimo nogal, lo espera.
  • ¡Maestro, Mesías, Santo, ten piedad de mí! - y se arroja entre la hierba a los pies de Jesús. Con el rostro en tierra dice
  • ¡Oh, Señor mío! ¡Si Tú quieres, puedes limpiarme! - Y luego se atreve a alzarse de rodillas y alarga los esqueléticos brazos, con sus retorcidas manos, y mueve hacia adelante el rostro huesudo, devastado… Las lágrimas bajan desde las órbitas enfermas
    hasta los labios comidos por la lepra.

Jesús lo mira con mucha piedad; mira a este espectro humano, que el mal horrendo está devorando y que sólo una verdadera caridad puede aguantar cerca, por lo repugnante de su estado y por el mal olor que despide. Y a pesar de todo Jesús le tiende una mano, su hermosa, sana mano derecha, como para acariciarle.

Éste, sin alzarse, se echa hacia atrás, sobre los talones, y grita:

  • ¡No me toques! ¡Piedad de ti!
    Pero Jesús da un paso hacia adelante. Solemne, bueno, dulce, posa sus dedos sobre la cabeza comida por la lepra y dice, con voz suave, toda amor y no por ello no llena de poder:
  • ¡Lo quiero! ¡Queda limpio! - La mano aún permanece unos minutos sobre la pobre cabeza. - Levántate. Ve al sacerdote. Cumple cuanto la Ley prescribe. Y no digas lo que he hecho contigo, sé sólo bueno, no peques nunca más. Te bendigo.
  • ¡Oh! ¡Señor! ¡Abel! ¡Si estás completamente sano! - Samuel, que ha visto la metamorfosis de su amigo, grita de alegría.
  • Sí, está sano. Se lo ha merecido por su fe. Adiós. La paz sea contigo.
  • ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Yo no te dejo! ¡No puedo dejarte!.
  • Cumple lo que requiere la Ley. Después nos veremos de nuevo. Por segunda vez, descienda sobre ti mi bendición.

Jesús se pone en camino haciéndole una seña a Samuel de que se quede. Y los dos amigos lloran de alegría mientras, a la luz de un cuarto de luna, vuelven a la cueva para estar por última vez en aquella madriguera de desventura.

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