por makf | 30 Ago, 2025 | Glorias de Maria
¡Oh Reina del mundo!, a Vos levantamos nuestros ojos. Debiendo presentarnos delante de nuestro Juez, después de haber cometido tantos pecados, ¿quién podrá aplacarle?
Nadie puede hacerlo mejor que Vos, oh santa Señora; Vos, que tanto le amáis y sois de Él tan tiernamente amada. Abrid, pues, oh Madre de misericordia, vuestro corazón a nuestros suspiros y a nuestras súplicas.
Nos refugiamos bajo vuestra protección, aplacad la cólera de vuestro Hijo y haced que recobremos su gracia.
Vos no aborrecéis al pecador por más criminal que sea. Vos no le desecháis si suspira por Vos y arrepentido solicita vuestra intercesión. Vos con vuestra piadosa mano le libráis de la desesperación; le inspiráis esperanza, le infundís consuelo, y no le abandonáis hasta haberlo reconciliado con su Juez.
Vos sois la única mujer en la cual el Salvador ha hallado su descanso, y en la que ha depositado a manos llenas sus tesoros inagotables. Por esta razón, todo el mundo, oh santa Señora mía, honra vuestro casto seno como templo de Dios, en el cual se dio principio a la salvación del mundo, y se verificó la reconciliación entre Dios y los hombres.
Vos sois, oh gran Madre de Dios, el huerto cerrado en el cual jamás ha penetrado la mano del pecador para coger las flores. Vos sois el hermoso jardín en el que Dios ha colocado las flores que adornan a vuestra Iglesia, y entre otras la violeta de vuestra humildad, la azucena de vuestra pureza y la rosa de vuestra caridad.
¿Con quién podré compararos, oh Madre de gracia y hermosura? Vos sois el paraíso de Dios. De Vos ha salido el manantial de agua viva que fecunda toda la tierra. ¡Cuántos beneficios ha recibido el mundo de Vos, que habéis merecido ser un acueducto tan saludable!
De Vos se dice: ¿Quién es aquella que se levanta como la aurora, hermosa como la luna y resplandeciente como el sol? Habéis venido al mundo, oh María, como brillante aurora precediendo con la luz de vuestra santidad la aparición del Sol de justicia.
El día en que vinisteis al mundo, puede muy bien llamarse día de salud, día de gracia. Sois hermosa como la luna, porque así como no hay planeta que más se asemeje al sol, así también no hoy criatura más semejante a Dios que Vos.
La luna alumbra por la noche con la luz que recibe del sol, y Vos alumbráis nuestras tinieblas son el resplandor de vuestras virtudes; pero Vos sois más bella que la luna, porque en Vos no hay manchas ni sombras. Vos sois escogida como el sol, esto es, como el Sol que ha criado al sol. El fue escogido entre todos los hombres, y Vos habéis sido escogida entre todas las mujeres.
¡Oh dulce, oh excelsa, oh amabilísima María! No es posible pronunciarse vuestro nombre sin que Vos inflaméis el corazón en vuestro amor; y los que os aman no pueden pensar en Vos sin sentirse excitados a amaros más todavía.
¡Oh santa Señora!, fortaleced nuestra debilidad. Y ¿quién mejor que Vos puede hablar a nuestro Señor Jesucristo que gozáis tan íntimamente de su dulcísima conversación? Hablad, hablad. Señora, porque vuestro Hijo os escucha, y alcanzáis de Él todo cuanto le pedís.
por makf | 30 Ago, 2025 | Glorias de Maria
¡Oh inmaculada y purísima Virgen María, Madre de Dios, Reina del universo, bondadísima Señora nuestra! Vos sois superior a todos los Santos, la esperanza de los escogidos y la alegría del Paraíso.
Vos nos habéis reconciliado con nuestro Dios; Vos sois la única abogada de los pecadores, el puerto seguro de les que naufragan, el consuelo del mundo, la redentora de los cautivos. el regocijo de los enfermos, el recreo de los afligidos, el refugio y la salvación del universo.
¡oh excelsa Princesa, Madre de Dios, cubridnos con las alas de vuestra misericordia, tened piedad de nosotros!
No tenemos más esperanza que en Vos, ¡oh Virgen purísima!; nos hemos entregado a Vos, y consagrados a vuestro obsequio, llevamos el nombre de vuestros siervos; no permitáis, pues, que el demonio nos lleve consigo al infierno.
¡oh Virgen inmaculada!, ponednos bajo vuestra protección: por esto acudimos sólo a Vos, y os suplicamos que impidáis que vuestro Hijo, irritado por nuestros pecados, nos abandone al poder del demonio.
¡oh María, llena de gracia!, alumbrad mi entendimiento, moved mi lengua para cantar vuestras alabanzas y principalmente la Salutación angélica tan digna de Vos.
Yo os saludo, oh paz, oh alegría, oh salud y consolación de todo el mundo.
Yo os saludo, oh el mayor de los milagros que jamás se haya obrado en el mundo; paraíso de delicias, puerto seguro del que se encuentra en peligro, fuente de la gracia, medianera entre Dios y los hombres.
¡Oh Madre de Jesús, amor de Dios y de todos los hombres!, a Vos sea dado honor y bendición, con el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo. Amén.
por makf | 29 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Cuenta el P. Rho, S. J., en su Libro de los Sábados, que en un pueblo de Gueldres, por el año de 1465, una soltera llamada María fue enviada por un tío suyo a comprar algunas cosas al mercado de Nimega, con orden de quedarse aquella noche a dormir en casa de otra tía suya.
Esta no la quiso recibir, y tuvo la sobrina que volverse; mas haciéndosele de noche en el camino, empezó, despechada, a llamar al demonio, que no tardó en aparecérsele en figura de hombre prometiéndole que la ayudaría con tal de que hiciese dos cosas.
«Todo lo haré» —respondió la infeliz— . «Pues la una es —volvió a decir el diablo— que de hoy en adelante no te has de hacer la señal de la Cruz, y la otra, que has de mudar de nombre.»
«En lo de la cruz, convengo — contestó ella —; pero nombre tan dulce como el de María no me lo mudo.»
«Pues yo no te favorezco» —replicó el enemigo — .
Finalmente, después de una larga contienda quedaron en que se llamaría con la primera sílaba de su nombre, esto es MA, y se fueron juntos a la ciudad de Amberes, donde vivió seis años con tan mal compañero en el estado infelicísimo que se deja pensar, al cabo de los cuales tuvo deseo de volver a su patria, y aunque él se negaba mucho, al fin condescendió.
Al entrar en Nimega hallaron que se estaba representando en público un drama de la vida de la Virgen, a cuya vista la pobre MA sintió avivarse la centella que conservaba en el corazón de afecto para con la Virgen Santísima, y empezó a llorar.
A esto, el demonio le dijo, muy enojado:
«¿Qué hacemos aquí? ¿Quieres que nosotros representemos otra comedia más graciosa?» Y tiraba de ella para apartarla de allí por fuerza, mas ella resistía.
Conociendo entonces que iba a perderla para siempre, la levantó en el aire y la dejó caer en el tablado.
Se hizo poco daño, y contó en alta voz toda su historia, yendo desde allí a buscar al párroco para confesarse, quien la mandó al obispo de Colonia, y éste al Papa, el cual, oídola en confesión, le mandó por penitencia llevar siempre tres aros de hierro, uno al cuello y dos a los brazos.
Obedeció la penitente, y llegando a Maestricht, se encerró en una casa de recogidas, donde vivió catorce años en rígida penitencia, al cabo de los cuales, al levantarse una mañana, vio rotas por sí las tres argollas, y pasados otros dos, murió con fama de santidad, dejando dicho que la enterrasen con aquellos hierros, que de esclava del demonio la habían hecho sierva feliz de su divina libertadora.
por makf | 29 Ago, 2025 | Glorias de Maria
No fue inventado en la tierra el nombre santísimo de María, como lo son los nuestros, sino que descendió del Cielo por divina ordenación, según afirman San Antonino, San Epifanio y otros muchos escritores sagrados.
Del trono de la divinidad salió vuestro excelso nombre, Señora, como el más excelente de todos, después del nombre adorable de Jesús, habiendo querido la Santísima Trinidad señalaros y enriqueceros con uno tan santo, que, oyéndole pronunciar, doblen la rodilla el Cielo, la tierra y los abismos.
Mas, entre las otras excelencias que el Señor le concedió, veamos ahora cuan dulce le hizo a sus devotos, así en la vida como en la muerte.
En vida, su nombre santísimo, dice un santo anacoreta, es la misma dulzura y suavidad celestial. El glorioso San Antonio de Padua hallaba tanta en él como San Bernardo en el sacrosanto de Jesús: El nombre de Jesús, decía el uno; el nombre de María, respondía el otro, es júbilo al corazón, miel en la boca, música al oído.
El Beato Juvenal Ancina, obispo de Saluzzo, siempre que pronunciaba el nombre de María sentía en la boca una dulzura sensible, tan suave, que se relamía los labios; y otro tanto afirma Marsilio, obispo, de una devota mujer de Colonia, por cuyo consejo, practicándolo él, empezó también a sentir el mismo sabor, y muy exquisito.
Hasta los ángeles preguntaban repetidas veces el día de su gloriosa Asunción (Cant., 3, 6): ¿Quién es Esta?, por oír reiterado su dulcísimo nombre, de tanta delicia para ellos.
Mas aquí no hablamos del gusto sensible, porque éste se concede a pocos, sino de la dulzura saludable de consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que de ordinario da esté suavísimo nombre a todos los que le invocan devotamente.
Después del santo nombre de Jesús, es el de María tan rico de bienes soberanos, que ni en la tierra ni en el Cielo resuena otro con el cual experimenten las almas piadosas tantas avenidas de gracia, confianza y dulzura; porque en sí contiene suavidad tan inefable, que siempre que llega a los corazones de los amigos sienten como fragancia y recreo de santidad.
Y su maravillosa propiedad es que, oído mil veces de los amantes de María, mil veces les parece nuevo, mil veces prueban el mismo gozo y dulzura.
Decía el B. Enrique Suson que al oírle o pronunciarle se le reanimaba tanto la esperanza y tanto se le enardecía el corazón, que entre el júbilo y lágrimas, que le empezaban a correr en abundancia, deseaba exhalar el espíritu por la boca, pareciéndole que este delicioso nombre se le derretía como un panal en el fondo del alma; y así le dice:
¡Oh nombre suavísimo de María! ¿Qué será la persona que tiene nombre tan dulce, si tan lleno está sólo él de gracia y amabilidad? ¡Oh excelsa, oh piadosa, oh dignísima de toda alabanza!, no se puede pronunciar vuestro nombre sin que inflame los corazones, ni pensar en él sin recrear y alegrar los ánimos de todos los que os aman.
Y si hablar de tesoros alegra tanto a los pobres, ¡cuánto más nos debe regocijar a nosotros vuestro santo nombre, más deseable y precioso que todas las riquezas del mundo, más eficaz y poderoso para aliviar los males de la vida presente que todos los remedios terrenos!
Lleno está de gracia y bendiciones divinas, como dice San Metodio, ni puede nunca ser proferido sin hacer bien a quien le pronuncie con afecto de devoción.
Esté duro un corazón más que la piedra, sienta en sí gran desaliento y desconfianza, dice el sabio Idiota, si llega a proferir vuestro nombre, oh María, es tanta su divina virtud, que al instante se alentará, ablandará y trocará en otro muy diverso que antes, porque Vos confortáis al pecador, animándole a esperar y disponiéndole a recibir la gracia.
En fin, escribe San Ambrosio, es vuestro nombre bálsamo lleno de celestial fragancia, y así, Virgen piadosísima, os pido que descienda hasta lo íntimo de mi corazón, concediéndome que le traiga siempre estampado en él con amor y confianza, pues quien os tenga y os nombre así, puede estar seguro de haber alcanzado ya la gracia divina, o, a lo menos, prenda segura de haberla pronto de poseer.
Su solo recuerdo, dice Landulfo de Sajonia, consuela a los afligidos, vuelve a los extraviados al sendero de la salud y conforta a los pecadores temerosos, para que no se dejen vencer por la desesperación.
Con sus cinco llagas dio al mundo el Salvador el remedio de todos los males, y Vos, con vuestro nombre dulcísimo, que tiene cinco letras, alcanzáis a cada hora perdón a los pecadores.
¡Dichoso el que a la hora de la muerte le invoque confiadamente! Gracia especial será y signo muy cierto de salvación.
Por esto el santo nombre de María es comparado al bálsamo en los sagrados Cantares (1, 2): Bálsamo derramado es tu nombre. Así como el bálsamo sana a los enfermos, difunde el olor y enciende la llama, así el nombre de María sana a los pecadores, recrea los corazones y los inflama en el divino amor.
Por lo cual los pecadores han de acudir a este gran nombre, pues él solo bastará para curarlos de todos sus males, asegurando que no hay enfermedad tan maligna que no ceda al instante a la fuerza de este nombre.
Al contrario, los demonios, afirma Tomás de Kempis, temen de tal manera a la Reina del Cielo, que al pronunciar su nombre huyen de quien le profiere como de un fuego que abrasa.
La misma bienaventurada Virgen reveló a Santa Brígida que no hay en esta vida pecador tan tibio en el amor divino que, invocando su santo nombre, con propósito de enmendarse, no ahuyente luego de él al demonio.
Y se lo confirmó diciéndole que todos los demonios de tal modo veneran su nombre y le temen, que al oírle resonar desprenden luego del alma las uñas con que la tenían asida.
Y así como los ángeles rebeldes huyen de los pecadores que invocan el nombre de María, así, por el contrario, dijo la misma nuestra Señora a Santa Brígida, los ángeles buenos se aproximan mucho más a las almas justas que con devoción lo profieren.
Y atestigua San Germán que así como la respiración es señal de vida, así también el pronunciar a menudo el nombre de María es señal, o de vivir ya en la divina gracia o de que presto vendrá la vida; pues este poderoso nombre tiene la virtud de alcanzar el auxilio y la vida a quien devotamente le invocare.
Finalmente, este admirable nombre es como una torre inexpugnable, en la cual, acogiéndose, el pecador se librará de la muerte; porque esta torre celestial defiende y salva a los pecadores más perdidos.
Con efecto, es torre, y torre de tal fortaleza, que no sólo libra a los pecadores del castigo, sino que defiende también a los justos de los asaltos del infierno.
Después del nombre de Jesús, no hay ningún nombre en el que se halle tanto auxilio ni que comunique tanta salud a los hombres como el gran nombre de María; y como generalmente lo experimentan los devotos de esta buena Madre, su excelso nombre comunica fuerza especial para vencer las tentaciones contra la castidad.
Sobre las palabras de San Lucas: Y el nombre de la Virgen era María, dice un autor que el Evangelista reúne estos dos nombres de María y de Virgen para darnos a entender que el nombre de esta purísima Donce-Hita no debe jamás ir separado del de la castidad. Por lo cual afirma San Pedro Crisólogo que el nombre de María es indicio de castidad, queriendo decir que quien dudare de haber o no pecado en las tentaciones impuras, si recordare haber invocado el nombre de María, tendrá una señal cierta de no haber ofendido la castidad.
Sigamos, pues, siempre el admirable consejo de San Bernardo, el cual dice: En todos los peligros de perder la divina gracia pensemos en María, e invoquemos a María juntamente con el nombre de Jesús, pues estos dos nombres van estrechamente unidos.
Jamás se aparten estos dos dulcísimos y poderosísimos nombres de nuestro corazón ni de nuestra boca, porque ellos nos darán fuerza para no caer y para vencer todas las tentaciones.
Son magníficas las gracias que Jesucristo ha prometido a los devotos del nombre de María, como Él mismo hablando con su santa Madre, lo manifestó a Santa Brígida, revelándole que quien invocare el nombre de María con confianza y propósito de enmienda recibirá tres gracias singulares, a saber: un perfecto dolor de sus pecados, la satisfacción de ellos y la fortaleza para llegar a la perfección: y, además, finalmente, la gloria celestial.
Porque, añadió el divino Salvador, son para Mí tan dulces y queridas, oh Madre mía, tus palabras, que no puedo negarte nada de cuanto me pides.
En suma, San Efrén llega a decir que el nombre de María es la llave de la puerta del Cielo para el que devotamente le invoca. Por esto, el salterio mariano llama, con razón, a María Salud de todos los que la invocan.
Como si fuera lo mismo invocar el nombre de María que alcanzar la salud eterna; porque afirma el sabio Idiota que la invocación de este santo y dulce nombre sirve para obtener una gracia sobreabundante en esta vida y una gloria sublime en la otra. Si deseareis, pues, oh, hermanos, concluye Tomás de Kempis, hallar consuelo en todos los trabajos, acudid a María, invocad a María, obsequiad a María, encomendaos a María.
on María regocijaos, con María llorad, con María rogad, con María caminad, con María buscad a Jesús. Con Jesús y María, finalmente, desead vivir y morir. Haciéndolo así, dice, siempre adelantaréis en los caminos del Señor; pues María rogará gustosa por vosotros, y el Hijo ciertamente escuchará a la Madre.
Muy dulce es, por tanto, ya en esta vida el santísimo nombre de María para sus devotos, por las innumerables gracias que, como hemos visto, les alcanza; pero más dulce lo hallarán en la hora suprema por la dulce y santa muerte que les obtendrá.
El Padre Sertorio, de la Compañía de Jesús, exhortaba a todos los que auxiliaban a algún moribundo que le repitieran a menudo el nombre de María, diciendo que este nombre de vida y esperanza, pronunciado en la hora de la muerte, basta para disipar a los enemigos y para confortar a los moribundos en todas sus angustias.
Igualmente, San Camilo de Lelis dejó muy recomendado a sus religiosos que recordasen con frecuencia a los moribundos el invocar el nombre de María y de Jesús, como él ya lo practicó después consigo mismo en la hora de su muerte, en la cual invocaba con tanta ternura los amados nombres de Jesús y de María, que inflamaba de amor aun a los que le escuchaban.
Y, finalmente, con los ojos fijos en sus adoradas imágenes y los brazos cruzados, expiró con semblante y paz celestial, invocando en las últimas palabras que pronunció los dulcísimos nombres de Jesús y de María.
Esta breve oración invocando los sacrosantos nombres de Jesús y de María, dice Tomás de Kempis, es tan fácil de retener en la memoria cuanto es dulce para considerarla, y fuerte al propio tiempo para proteger a quien la usa de todos los enemigos de su salvación.
¡Bienaventurado, dice el espejo de nuestra señora, el que ama vuestro dulce nombre, oh Madre de Dios! Es tan glorioso y admirable vuestro nombre, que todos los que se acuerdan de invocarle en el trance de la muerte no temen los asaltos de los enemigos.
¡Oh, quién tuviera la dicha de morir como murió el Padre fray Fulgencio de Ascoli, capuchino, el cual expiró cantando: ¡Oh María! ¡Oh María, la más hermosa de las criaturas, quiero ir en vuestra compañía!
Oh, también, como murió el Beato Enrique, cisterciense, de quien se refiere en los Anales de su Orden que terminó su vida articulando el nombre de María.
Ruguemos, pues, ¡oh devoto lector mío!, reguemos a Dios que nos conceda esta gracia de que la última palabra que pronuncien nuestros labios en la hora de la muerte sea el nombre de María, como lo deseaba y rogaba San Germán.
¡Oh muerte dulce, muerte segura, la que va acompañada y protegida del nombre de salud, que Dios sólo concede invocar en la hora de la muerte a los que quiere que se salven!
¡Oh dulce Madre mía, os amo, y porque os amo tengo también amor y devoción a vuestro santísimo nombre! Con vuestro favor y benignidad espero que le invocaré toda mi vida, y particularmente a la hora de la muerte.
Por la gloria, pues, y dignidad de vuestro nombre dulcísimo, salid al encuentro de mi alma cuando parta de este mundo, y recibidla en vuestros brazos maternales, consolándola con la hermosura de vuestra presencia, abogando por mí en el Tribunal de la divina justicia y poniéndome, ya perdonado, en posesión del eterno descanso.