644- Institución del «domingo». Gradual conversión de Gamaliel. Las dos sábanas

Es de noche. La Luna, en su plenitud, ilumina con su luz argéntea todo el Getsemaní y la casita de María y Juan. Todo calla; incluso el Cedrón, reducido a un hilo de agua.

De repente, un roce de sandalias pone su rumor en medio de este gran silencio, y se hace cada vez más nítido y cercano, y con él el bisbiseo de algunas voces masculinas y profundas. Luego aparecen, saliendo de detrás del enredo de las frondas, tres personas, que se dirigen hacia la casita. Llaman a la puerta cerrada.

Una lámpara se enciende. Una pequeña luz se filtra por una rendija de la puerta. Una mano abre. Una cabeza se asoma. Una voz -la de Juan-pregunta:

-¿Quiénes sois?

-José de Arimatea. Y conmigo están Nicodemo y Lázaro. La hora es indiscreta, pero nos la impone la prudencia. Traemos a María una cosa, y Lázaro nos escolta.

-Entrad. Voy a llamarla. No duerme. Está orando arriba, en su habitación de la terraza. ¡Le gusta mucho! -dice Juan, y sube rápidamente por la pequeña escalera que lleva a la terraza y a la habitación.

Los tres, que se han quedado en la cocina, hablan en tono bajo, a la luz de la lamparita, agrupados junto a la mesa, todavía bien cubiertos con su manto (excepto la cabeza, que se la han descubierto).

Juan entra con María, la cual saluda a los tres diciendo:
-La paz a vosotros todos.

-Y a ti, María -le responden los tres haciendo una reverencia.

-¿Hay algún peligro? ¿Ha sucedido algo a los siervos de Jesús?

-Nada, Mujer. Somos nosotros los que hemos decidido venir para darte -ahora lo sabemos con certeza, pero ya lo presentíamos-una cosa que deseabas tener. No hemos venido antes porque había contraste de ideas entre nosotros, y también entre nosotros y María de Lázaro. Marta no se ha expresado al respecto. Se ha limitado a decir: "El Señor, o directamente o inspirando a otros para que hablen, os dirá lo que ha de hacerse". Y, en verdad, se nos ha dicho qué debíamos hacer. Y hemos venido por esto -explica José.
-¿Os ha hablado el Señor? ¿Habéis recibido una visita suya?

-No, Madre. Ninguna otra vez, después de su subida al Cielo. Primero, sí. Se nos apareció, ya te lo dijimos, en modo sobrenatural, después de la Resurrección, en mi casa.

Aquel día se apareció a muchos, simultáneamente, para testimoniar su Divinidad y Resurrección. Luego, estando todavía entre los hombres, lo vimos, pero ya no en modo sobrenatural, sino como lo vieron los apóstoles y los discípulos -le responde Nicodemo.

-¿Y entonces cómo os indicó lo que habíais de hacer?
-Por boca de uno de sus predilectos y sucesores.

-¿Pedro? No creo. Está todavía demasiado asustado, por el pasado y por su nueva misión.

-No, María, no ha sido Pedro. Aunque la verdad es que cada día está más seguro, y, ahora que sabe a qué finalidad ha destinado Lázaro la casa del Cenáculo, ha decidido empezar los ágapes ordinarios y celebrar los misterios ordinarios el día siguiente a cada sábado; porque dice que ahora el día del Señor es ése, pues en ese día Él resucitó y se apareció a muchos para confirmarlos en la fe respecto a su Naturaleza eterna de Dios. Ya no hay sábado, en el sentido hebreo, quizás de "Shabahót"; ya no hay sábado, porque para los cristianos ya no hay sinagoga, sino Iglesia, como habían predicho lc profetas. Pero sí existe, y siempre existirá, el día del Señor, en memoria del Hombre-Dios, del Maestro, Fundador, Pontífice eterno después de haber sido Redentor, de la Iglesia cristiana.

A partir pues, del día siguiente al próximo sábado, tendrán lugar los ágapes entre los cristianos, que serán muchos, en la casa del Cenáculo. Esto no hubiera sido posible antes, tanto por el livor de los fariseos, sacerdotes, saduceos y escribas, como por la momentánea dispersión de muchos seguidores de Jesús, que se han visto zarandeados en su fe en Él y han sentido miedo del odio judío. Pero ya estos que odian están menos atentos, bien por miedo a Roma, que ha censurado el comportamiento del Procónsul y de la multitud, bien porque cree terminada la "exaltación de los fanáticos" -así definen ellos la fe de los cristianos en Cristo-por la momentánea dispersión de los fíeles que bien poco ha durado en verdad y ya ha terminado, porque toda las ovejas han vuelto al Redil del verdadero Pastor; están menos atentos e incluso yo diría que se desinteresan, juzgándola cosa muerta, acabada.

Y ello permite que nos reunamos para los ágapes. Nosotros queremos que tú puedas, ya para el primero de los ágapes, tener este recuerdo de Él para poder mostrárselo a los fieles y confirmarlos en la fe, y sin que te aflija demasiado.

Y José le entrega un voluminoso rollo que, envuelto en un paño oscuro, había tenido hasta ese momento escondido bajo su manto.

-¿Qué es? -pregunta María palideciendo -¿Acaso sus vestiduras? La túnica que le hice yo para… ¡oh!… -llora.

-Ésas a ningún precio las hemos encontrado. ¿Quién sabe cómo y dónde han acabado? -responde Lázaro.

Y añade:«-Pero también éste es un vestido suyo. Su última vestidura. Es la sábana limpia en que fue envuelto el Purísimo después de la tortura y la purificación -aunque fuera rápida y relativa-de sus miembros ensuciados por sus enemigos, y después del embalsamamiento sumario. José, cuando Él resucitó, retiró las dos del Sepulcro y las trajo a nuestra casa a Betania, para impedir escarnios sacrílegos contra ellas.

Cuando se trata de la casa de Lázaro, no se atreven mucho los enemigos de Jesús; y menos que nunca desde que saben que Roma censuró la acción de Poncio Pilato. Luego, pasado el primer tiempo, el más peligroso, te dimos a ti la primera sábana, y Nicodemo tomó la otra y la llevó a la casa que tiene en el campo.

-La verdad, Lázaro, es que eran de José -observa María.
-Es verdad, Mujer. Pero la casa de Nicodemo está fuera de la ciudad, y por eso llama menos la atención y es más segura por muchos motivos -le responde José.

-Sí, especialmente desde que Gamaliel, junto con su hijo, va allí asiduamente -añade Nicodemo.
-¿¡Gamaliel!? -dice María con gran estupor.
Lázaro no puede contener una sonrisa sarcástica mientras le responde:

-Sí. La señal, la famosa señal que esperaba para creer que Jesús era el Mesías, ya le ha hecho reaccionar. No se puede negar que la señal fue de tal magnitud, que podía quebrar hasta las cabezas y los corazones más reacios a rendirse. Y Gamaliel fue sacudido, zarandeado, derribado -más que las casas que se derrumbaron el día de la Parasceve cuando parecía que el mundo fuera a perecer junto con la Gran Víctima-. El remordimiento lo ha dejado más desgarrado que lo que quedó el velo del Templo: el remordimiento de no haber comprendido nunca a Jesús en lo que realmente Él era. El sepulcro cerrado de su espíritu de viejo, terco hebreo se abrió como las tumbas que dejaron aparecer a los cuerpos de los justos, y ahora busca afanosamente verdad, luz, perdón, vida. La nueva vida, la que sólo por Jesús y en Jesús se puede tener.

¡Oh, mucho tendrá que trabajar todavía para liberar totalmente a su yo viejo de las hacinas de su pasado modo de pensar! Pero lo logrará. Gamaliel busca paz, perdón y conocimiento: paz para sus remordimientos y perdón respecto a sus obstinaciones; y el conocimiento completo de Aquel al que, cuando pudo hacerlo, no quiso conocer completamente. Y busca a Nicodemo para llegar a esa meta que -ya sí-se ha propuesto alcanzar.

-Nicodemo, ¿estás seguro de que no te va a traicionar? -pregunta María.

-No. No me traicionará. En el fondo es un justo. Recuerda que se atrevió a imponerse al Sanedrín, durante el infame proceso, y que, abiertamente mostró su desdén y desprecio contra los jueces injustos, yéndose y mandando a su hijo que se marchara también para no ser cómplice, ni siquiera con una pasiva presencia, de aquel supremo delito. Esto por lo que respecta a Gamaliel. Respecto a las sábanas, he pensado -total… ya no soy hebreo y, por tanto, no estoy ya sujeto a la prohibición del Deuteronomio acerca de las esculturas y obras de fundición-hacer, en la manera en que sé hacerlo, una estatua de Jesús crucificado -usaré uno de mis gigantescos cedros del Líbano-, y he pensado esconder dentro una de las sábanas, la primera, si tú, Madre, nos la concedes.

Para ti sería siempre un dolor demasiado grande el verla, porque en ella se ven las inmundicias que Israel sacrílegamente arrojó contra el Hijo de su Dios. Además, claro, por los movimientos de la bajada del Gólgota, movimientos que zarandearon continuamente el Cuerpo martirizado, la imagen está tan borrosa, que es difícil distinguirla. Pero yo hacia esa tela, por contener sangre y sudor suyos, siento una entrañable estima; me resulta sagrada, aunque la efigie esté borrosa y ella misma esté manchada.

Escondida dentro de esa escultura estará en salvo, porque ningún israelita de las altas castas osará jamás tocar una escultura. Pero la otra, la segunda sábana que estuvo en contacto con Él desde el atardecer de Parasceve hasta la aurora de la Resurrección, debe venir a ti. Y -te aviso para que no te impresiones demasiado al verla-te digo que a medida que han ido pasando los días, en ella ha ido apareciendo cada vez más nítidamente la figura de Jesús, como estaba después del lavacro.

Cuando la retiramos del Sepulcro, parecía que simplemente conservaba la huella de sus miembros cubiertos por los óleos y, mezclados con los óleos, sangre y suero manados de sus muchas heridas. Pero, o por un proceso natural o -lo cual es mucho más cierto-por voluntad sobrenatural, por un milagro que Él ha hecho para darte alegría a ti, a medida que el tiempo ha ido pasando esa impronta se ha ido haciendo más clara y precisa. Él está allí, en esa tela, hermoso, majestuoso, a pesar de estar herido, y está sereno, pacífico, aun después de tantas torturas. ¿Tienes valor para verlo?

-¡Nicodemo! ¡Pero si éste era mi supremo deseo! Dices que aparece con un aspecto pacificado… ¡Oh, poder verlo así, no con esa expresión torturada que hay en el velo de Nique! -responde María uniendo sus manos sobre el corazón.

Entonces los cuatro corren la mesa para disponer de más espacio. Luego -Lázaro y Juan en un lado, Nicodemo y José en el otro lado-, lentamente, desenrollan el largo lienzo.

Aparece primero la parte dorsal, empezando por los pies; luego, después de la casi yuxtaposición de las cabezas, la frontal. Las líneas están bien claras, y las señales, todas las señales, de la flagelación, coronación de espinas, roce de la cruz, contusiones de golpes recibidos y caídas sufridas, y las heridas de los clavos y de la lanza.

María cae de rodillas, besa el lienzo, acaricia esas impresiones, besa las heridas. Está angustiada, pero también visiblemente contenta de poder tener esa sobrenatural, milagrosa efigie de Él.

Acabado su acto de veneración, se vuelve y dice a Juan, el cual, obligado como está a sujetar un ángulo del lienzo, no puede estar a su lado:

-Has sido tú el que se lo ha dicho a ellos, Juan; sólo tú podías decírselo, porque sólo tú conocías este deseo mío.

-Sí, Madre. He sido yo. Y ni siquiera había acabado de manifestarles este deseo tuyo y ya ellos habían asentido. Pero han tenido que esperar el momento propicio para hacerlo…

-O sea, una noche clarísima. Para poder venir sin antorchas ni lámparas. Y un período sin solemnidades que reúnan aquí, en Jerusalén y en los lugares cercanos, a gente común e ilustre. Ello por prudencia… -explica Nicodemo.

-Y yo he venido con ellos para mayor seguridad. Como dueño del Getsemaní, me estaba permitido venir a ver el lugar sin que ello llamara la atención de algún… encargado de vigilar todo y a todos -termina Lázaro.

-Dios os bendiga a todos. Pero vosotros habéis pagado las sábanas… Y no es justo…

-Es justo, Madre. Yo de Cristo, tu Hijo, he recibido un don que ninguna moneda concede: volver a vivir después de cuatro días de sepulcro, y, antes, la conversión de mi hermana María. José y Nicodemo han recibido de Jesús la Luz, la Verdad, la Vida que no muere. Y tú… tú, con tu dolor de Madre y tu amor de Madre santísima hacia todos los hombres, has comprado no un lienzo sino todo el mundo cristiano, que será cada vez más grande, para Dios. No hay moneda que pueda compensarte por lo que has dado. Toma esto, al menos. Es tuyo. Es justo que así sea. También María, mi hermana, piensa lo mismo; siempre lo ha pensado, desde el momento en que resucitó, y más desde que te dejó para subir al Padre -le responde Lázaro.

-Pues así sea. Voy por la otra. Efectivamente, me causa mucho dolor verla… Ésta es distinta. ¡Ésta da paz! Porque Él aquí está sereno, ya en paz. Parece sentir ya, en su sueño mortal, la Vida que vuelve y la gloria que nadie, nunca, podrá dañar ni abatir. Ahora ya no deseo nada, si no es unirme de nuevo a Él; pero ello se producirá cuando y en el modo en que Dios tiene dispuesto. Ahora me marcho. Que Dios os dé el céntuplo de la alegría que me habéis dado.

Toma con reverencia la sábana -los cuatro la han vuelto a plegar-, sale de la cocina, sube rápida la escalera… Y pronto vuelve a bajar y entra con la primera sábana, que entrega a Nicodemo, quien le dice:

-Que Dios te dé gracia, Mujer. Ahora nos marchamos, porque el alba se acerca y conviene estar en casa antes de que su luz surja y la gente salga de las casas.

Los tres la veneran antes de salir, y luego, con paso rápido, por el mismo camino que fueron, se dirigen hacia una de las cancillas del Getsemaní, la más cercana al camino que conduce a Betania.

María y Juan aguardan en la puerta de la casita hasta que ven que desaparecen, luego vuelven a la cocina y cierran la puerta hablando en tono bajo entre ellos.

643- María Stma. y Juan en los lugares de la Pasión

Rompe el alba. Es una clara alba de verano. María, junto con el fiel Juan, sale de la casita del Getsemaní y camina con paso diligente por el olivar silencioso y desierto.

Sólo algún canto de pájaro y el piar de los polluelos en los nidos rompen el gran silencio del lugar.

María se dirige, con paso seguro, hacia la roca de la Agonía. Se arrodilla contra ella, pone su beso en los lugares donde algunas estrechas fisuras de la roca muestran todavía huellas de color rojo-óxido, vestigios de la Sangre de Jesús que penetró en las fisuras y allí se coaguló; las acaricia como si acariciara todavía a su Hijo o a una parte de Él. Juan, detrás de Ella, en pie, la observa y llora en silencio, secándose rápidamente los ojos cuando María hace ademán de alzarse; es más, la ayuda a levantarse, y lo hace con gran amor, veneración y piedad.

María ahora baja hacia la explanada donde fue apresado Jesús. También ahí se arrodilla, y se agacha para besar la tierra. Pero antes le ha preguntado a Juan:

-¿Es justo éste el sitio del beso horrendo e infame que contaminó este lugar más que lo que ensució el Paraíso terrenal el coloquio sucio y corruptor de la serpiente con Eva?

Luego se levanta y dice:

-Pero yo no soy Eva. Yo soy la Mujer del Ave. He trocado las cosas. Eva arrojó al sucio barro lo que era cosa del Cielo; yo he aceptado todo: incomprensiones, críticas, sospechas, dolores -¡cuántos dolores y de cuántas clases antes del dolor supremo!­para sacar del sucio barro aquello que Eva y Adán a él habían arrojado, y levantarlo de nuevo hacia el Cielo. A mí no me ha podido hablar el demonio, aunque lo haya intentado, como lo intentó con el Hijo mío para destruir definitivamente el plan redentor.

Conmigo no pudo hablar porque cerré los oídos a su voz y los ojos a su vista, y, sobre todo, cerré mi corazón y mi espíritu contra todo asalto de lo que no era santo y puro.

Mi yo límpido, pero resistente a toda melladura, como puro diamante, se abrió sólo al Ángel anunciador. Mis oídos escucharon sólo esa voz espiritual, y así he reparado, reedificado aquello que Eva había lesionado y destruido.

Soy la Mujer del Ave y del Fiat. He restablecido el orden que Eva había trastornado. Y ahora puedo borrar y lavar con mi beso y mi llanto la huella de ese beso maldito y de ese emponzoñamiento, el mayor de todos, porque no fue obra de una criatura hacia otra, sino de una criatura hacia su Maestro y Amigo, hacia su Creador y Dios.

Luego se dirige a la cancilla. Juan abre. Salen juntos del Getsemaní. Bajan al Cedrón, cruzan el puentecillo, y también allí María se arrodilla para besar el rústico guardalado del puente, en el punto en que contra él cayó su Hijo. Dice:

-Me es sagrado todo lugar donde Él padeció los supremos dolores y ultrajes. Quisiera tener todo en mi casa. ¡Pero no todo se puede tener!
Suspira. Luego añade:

-Vamos rápidamente. Antes de que la gente se ponga en movimiento.

Y, junto con Juan, reanuda el camino.
No entra en la ciudad. Bordea el Valle de Hinnón y las cavernas donde viven los leprosos. Alza los ojos hacia esos antros de dolor. Hace una seña a Juan, quien inmediatamente dispone encima de una piedra unos alimentos que llevaba en una bolsa mientras lanza un grito de llamada. Algunos leprosos se asoman y se acercan a la piedra. Dan las gracias, pero ninguno pide curación. María observa esto y dice:

-Saben que Él ya no está, y, como están profundamente perturbados por su horrenda Muerte, ya no saben tener fe en Él y en sus discípulos. ¡Dos veces desdichados! ¡Dos veces leprosos! ¿Dos? No, totalmente desdichados, leprosos, muertos. En la Tierra y en el otro mundo.

-¿Quieres que intente hablar con ellos, Madre?
-¡Es inútil! Lo intentaron Pedro, Judas de Alfeo, Simón Zelote… Y se burlaron de ellos. Vino María de Lázaro, que siempre los socorre en memoria de Jesús, y también se rieron de ella. También vino Lázaro, con José y Nicodemo, para, hablándoles de su resurrección por obra de Jesús después de cuatro días de sepulcro, y de la del Hombre Dios por su propio poder, y de la Ascensión de Jesús, convencerlos de que Él era el Cristo. Fue todo inútil.

Respondieron: "Son mentiras. Los que saben la verdad dicen que son mentiras".

-Y estos últimos son los fariseos y los sacerdotes, seguro. Son ellos los que trabajan para destruir la fe en Él. ¡Estoy seguro de que son ellos!

-Puede ser, Juan. Lo cierto es que los leprosos que no se convirtieron antes, ni siquiera ante los milagros de Jesús, ya no se convertirán. Nunca. Son signo y símbolo de todos los que, a lo largo de los siglos, no se convertirán al Cristo y serán, por libre voluntad, leprosos de pecado y estarán muertos a la Gracia que es Vida; símbolo de todos aquellos por los que Él inútilmente murió… ¡y de esa manera!… -y llora, serenamente, sin sollozos, pero con verdadero caudal de lágrimas.

Juan, cuando María, para esconder su llanto a unas personas que pasan y que la observan, se cubre el rostro con su velo, la toma de un brazo, y, mientras amorosamente la guía, le dice:

-Tu llanto, tu oración, tu… vuestro… amor por todos los hombres (vuestro, porque tu amor es activo como lo es ­perfectamente activo-el de Jesús glorioso en el Cielo), vuestro dolor (el tuyo, por la sordera de los hombres; el suyo, por la obstinación de demasiados en pecar), no puede no dar fruto. ¡Mantén la esperanza, Madre! Mucho dolor te han dado y te darán todavía los hombres, pero también amor y alegría. ¿Quién no te querrá cuando sepa de ti? Ahora estás aquí, ignorada por el mundo, desconocida. Pero cuando la Tierra sepa, porque se haya hecho cristiana, ¡cuánto amor recibirás! Estoy seguro de ello, Madre santa.

Ya está cerca el Gólgota, y más cerca todavía el huerto de José. Llegan a éste, pero María no entra. Va primero al Gólgota. Y en los puntos que presenciaron especiales episodios durante la Pasión, o sea, en los lugares de las caídas, del encuentro con Nique y con Ella misma, se arrodilla y besa el suelo.

Llegada a la cima, sus besos se hacen más numerosos en el lugar de la Crucifixión. Besos y lágrimas -los primeros, casi convulsos; las lágrimas, serenas, pero cuantiosas como cerrada lluvia-caen en la tierra amarillenta (mojada ahora, más nítido ahora su color amarilloso).

Una plantita ha nacido justo donde la tierra fue removida para hincar la Cruz; una humilde plantita de prado, de hojas en forma de corazón y florecillas rojas como rubíes.

María la mira, piensa, luego la saca delicadamente del suelo, junto con un poco de tierra, y la pone en el vuelo de su manto, y dice a Juan:

-La voy a poner en un tiesto. Parece sangre de Él y ha nacido en la tierra teñida de rojo por su Sangre. Es una semilla traída, sin duda, por el torbellino de aquel día, una semilla venida aquí -a saber de dónde-y que cayó aquí -a saber por qué-y echó raíces en la tierra fecundada por esa Sangre. ¡Ah, si esto sucediera con todas las almas!

¿Por qué la mayor parte de ellas es más reticente que la árida y maldita tierra del Gólgota, lugar de suplicio para ladrones y homicidas? ¿Maldita? No. Él ha santificado esta tierra. Los que están bajo la maldición de Dios son aquellos que hicieron de este collado el lugar del más horrendo, injusto, sacrílego delito que jamás tendrá la Tierra.

Ahora los sollozos se unen a las lágrimas.
Juan ciñe con un brazo sus hombros para hacerle sentir todo su amor, y la convence para que se marche de ese lugar demasiado doloroso para Ella.

Bajan de nuevo hasta el pie del collado. Entran en el huerto de José. El Sepulcro muestra su interior por la amplia boca, que ya no está cerrada por la piedra, yacente ahora, volcada en el suelo, entre la hierba. El interior está vacío. Ausente toda huella del Depósito y de la Resurrección. Parece un sepulcro nunca usado.

María besa la piedra de la Unción, acaricia con la mirada las paredes. Luego solicita de Juan:

-Repíteme otra vez cómo encontraste las cosas aquí, cuando, con Pedro, viniste a este lugar durante el alba de la Resurrección.

Y Juan vuelve a describir -moviéndose a un lado o a otro, saliendo del Sepulcro y entrando en él-cómo estaban las cosas, y qué hicieron él y Pedro; y concluye:

-Hubiéramos debido retirar los paños. Pero estábamos tan impresionados por todos los acontecimientos de esos días, que no recapacitamos. Cuando volvimos aquí, ya no estaban.
-Los cogerían los del Templo para profanarlos -le interrumpe, llorando, María, que concluye:

-Tampoco María Magdalena pensó que convenía retirarlos para dármelos. Ella también estaba demasiado turbada.
-¿El Templo? No. Pienso que quizás los cogería José.
-Me lo habría dicho… ¡Oh, para un último desprecio los habrán cogido los enemigos de Jesús! -gime María.

-No llores, no sufras ya más. Jesús ya está en la gloria, en el amor perfecto e infinito; el odio y los desprecios ya no le pueden alcanzar.

-Es verdad. Pero esos paños…

-Te causarían dolor, como te lo causa el primer lienzo, que no te atreves a abrir porque además de los vestigios de su Sangre contiene también los de las cosas inmundas que arrojaron contra su Cuerpo Santísimo.

-Ése, sí. Pero estos, no: absorbieron todo lo que rezumó de É1 cuando ya no sufría… ¡Oh, no puedes comprender!
-Comprendo, Madre. Pero no creía que tú -que, sin duda, no estás separada de Él-Dios como nosotros, y menos aún como los que simplemente creen en Él-sintieras tan fuerte el deseo, es más: la necesidad, de tener algo de Él como Hombre torturado.

Perdona mi necedad. Ven… Volveremos otras veces. Ahora vámonos, porque el sol se va alzando y cada vez es más fuerte, y el camino es largo para nosotros, que tenemos que evitar la ciudad.
Salen del Sepulcro y del huerto; luego, por el mismo camino recorrido para ir allí, regresan al Getsemaní.

María anda a buen paso y silenciosa, recogida toda en su manto. Sólo una reacción, de repulsa y horror: cuando pasa cerca del olivo donde se ahorcó Judas y cerca de la casa de campo de Caifás, y susurra:

-Aquí llevó a cabo su condenación de impenitente desesperado, y allí perpetró la horrenda transacción.

642- María Santísima se establece en el Getsemaní con Juan, que le predice la Asunción

María está todavía en la casa del Cenáculo; sola, en la habitación suya habitual. Está cosiendo paños de finísimo lino, semejantes a manteles largos y estrechos.

De vez en cuando, levanta la cabeza para mirar hacia el jardín y medir, por la posición del sol sobre las tapias del jardín, la hora del día. Y, si oye un ruido en la casa o en la calle, escucha atentamente: parece estar esperando a alguien.

Pasa así un tiempo. Luego se oye un golpe en la puerta de la casa, seguido por un roce de sandalias que, corriendo, van a abrir. Voces de hombre resuenan en el pasillo, cada vez más fuertes y cercanas.

María escucha… Luego exclama:

-¡¿Ellos aquí?! ¡¿Pues qué habrá sucedido?!
Mientras está pronunciando estas palabras, alguien llama a la puerta de la habitación.

-Pasad, hermanos en Jesús, mi Señor -responde María.
Entran Lázaro y José de Arimatea, que saludan a María con profunda veneración y le dicen:
-¡Bendita tú entre todas las madres! Los siervos de tu Hijo y Señor nuestro te saludan -y se postran para besarle el extremo de la túnica.

-El Señor esté siempre con vosotros. ¿Por qué motivo, y cuando todavía no ha cesado el fermento de los perseguidores del Cristo y de sus seguidores, venís a mí?

-Como primera cosa, verte -porque verte a ti es verlo todavía a Él-, y sentirnos así menos afligidos por haberse ido de esta Tierra. Y también hemos venido para proponerte lo que, después de una reunión en mi casa, una reunión de los más amantes y fieles siervos de Jesús, tu Hijo y nuestro Señor, hemos pensado hacer -le responde Lázaro.

-Hablad. Me hablará vuestro amor, y yo con mi amor os escucharé.

Toma ahora la palabra José de Arimatea, que dice:

-Mujer, no ignoras, y lo has dicho, que el fermento -y peor aún-permanece todavía contra todos los que han vivido cercanos al Hijo tuyo y de Dios, o por parentesco o por fe o por amistad. Y no ignoramos que no tienes intención de dejar estos lugares donde has visto la perfecta manifestación de la naturaleza divina y humana de tu Hijo, su total mortificación y su total glorificación, mediante la Pasión y Muerte suyas -verdadero Hombre-y mediante sus gloriosas Resurrección y Ascensión ­verdadero Dios-.

Y tampoco ignoramos que no quieres dejar solos a los apóstoles, para quienes quieres ser Madre y guía en sus primeras pruebas, tú, Sede de la Sabiduría divina, tú, Esposa del Espíritu revelador de las verdades eternas, tú, Hija amada con predilección desde siempre por el Padre que ab aeterno te eligió para Madre de su Unigénito, tú, Madre de este Verbo del Padre, que ciertamente te instruyó con sus infinitas y perfectísimas Sabiduría y Doctrina, antes incluso de estar en ti como criatura en formación, o de estar contigo como Hijo que crecía en edad y sabiduría, hasta hacerse Maestro de los maestros.

Juan nos lo dijo al día siguiente de la primera, maravillosa predicación y manifestación apostólica, diez días después de la Ascensión de Jesús al Cielo. Tú, por tu parte, sabes, por haberlo visto en el Getsemaní el día de la Ascensión de tu Hijo al Padre y por haberlo sabido a través de Pedro, Juan y otros apóstoles, que yo y Lázaro, inmediatamente después de la Muerte y Resurrección, comenzamos a levantar tapias alrededor de mi huerto que está cerca del Gólgota y en el Getsemaní en el Monte de los Olivos, para que esos lugares, santificados por la Sangre del Mártir divino -Sangre que goteó, ¡ay!, ardiente de fiebre en el Getsemaní y helada y grumosa en mi huerto- no sean profanados por los enemigos de Jesús.

Ahora las obras están ultimadas, y, tanto yo como Lázaro, y con él sus hermanas y los apóstoles -que demasiado dolor sufrirían si no te tuvieran ya aquí-, te decimos: "Establécete en la casa de Jonás y María, los guardianes del Getsemaní".

-¿Y Jonás y María? La casa es pequeña, y yo aprecio la soledad. Siempre la aprecié. Y más la aprecio ahora, porque la necesito para abismarme en Dios, en mi Jesús, para no morir de congoja por no tenerlo ya aquí.

Sobre los misterios de Dios, porque Él es ahora Dios más que nunca, no es justo que se pose mirada humana. Mujer yo, Hombre Jesús. Pero nuestra Humanidad fue distinta de todas las otras, tanto por razón de la inmunidad respecto a la culpa -incluso la original-, como por razón de la relación con Dios uno y trino: somos únicos en estas cosas entre todas las criaturas, las pasadas, las presentes y las futuras. Pero el hombre, incluso el mejor y más prudente, es naturalmente, inevitablemente curioso, especialmente si tiene ante sí una manifestación extraordinaria.

Y sólo yo y Jesús -mientras estuvo en la Tierra-sabemos qué sufrimiento, qué… sí, incluso vergüenza, incomodidad, tormento, siente uno cuando la curiosidad humana escruta, vigila, espía nuestros secretos con Dios.

Es como si nos pusieran desnudos en medio de una plaza. Pensad en mi pasado, considerad que siempre busqué recato, silencio, y que siempre mantuve celados bajo las apariencias de una vida corriente de una pobre mujer, los misterios de Dios en mí. Recordad cómo, por no revelarlos ni siquiera a mi esposo José, por poco no hice de él -justo-un injusto. Sólo la intervención angélica impidió este peligro. Pensad en la vida tan humilde, oculta, corriente, que llevó Jesús durante treinta años. Pensad en su tendencia, ya como Maestro, a apartarse, a aislarse.

Debía hacer milagros e instruir, porque así era su misión. Pero, y lo sé por Él mismo, sufría -y éste era uno de los muchos motivos de la gravedad y tristeza que se reflejaban en sus grandes y poderosos ojos-, sufría, decía, por la exaltación de las muchedumbres, por la curiosidad más o menos buena con que observaban todos sus actos. ¡Cuántas veces ordenó a sus discípulos y a los que habían recibido algún milagro: "No digáis lo que habéis visto. No digáis lo que he hecho en vosotros"!… Ahora bien, yo no quisiera que miradas humanas indagaran sobre los misterios de Dios en mí, misterios que no han terminado, no, con el regreso al Cielo de Jesús, mi Hijo y mi Dios, sino que permanecen, y yo diría que incluso aumentan, por bondad suya y para mantenerme viva hasta que llegue la hora, tan deseada por mí, de unirme de nuevo a Él para toda la eternidad. Quisiera sólo a Juan conmigo. Porque es prudente, respetuoso, amoroso conmigo como un segundo Jesús. Pero Jonás y María sabrán…

Lázaro la interrumpe:

-¡Ya está hecho, oh Bendita! Ya hemos pensado en eso. Marcos, hijo de Jonás, se cuenta ahora entre los discípulos. María, su madre, y Jonás, su padre, están ya en Betania.
-¿Pero y el olivar? ¡Tiene mucha necesidad de cuidados! -le responde María.

-¡Sólo en el tiempo de podar, arrejacar y recoger! Pocos días al año, por tanto. Y menos días aún, porque mandaré a mis obreros de Betania junto con Marcos en esos períodos.

Tú, Madre, si quieres hacernos felices a mí y a mis hermanas, ven a Betania en estos días, a la casa solitaria del Zelote. Seremos vecinos, pero nuestros ojos no serán indiscretos respecto a tus encuentros con Dios.
-¿Pero y la almazara?…
-Ya ha sido transportada a Betania. El Getsemaní, completamente tapiado, propiedad aún más reservada de Lázaro de Teófilo, te espera, María. Y te aseguro que los enemigos de Jesús no se atreverán, por temor a Roma, a violar la paz de ese lugar y tuya.

-¡Bueno, siendo así! -exclama María, y aprieta sus manos contra el corazón, y los mira con una cara casi extática de tan beatífica como aparece, con una sonrisa de ángel en sus labios y lágrimas de alegría en sus rubias pestañas. Prosigue:

-¡Yo y Juan! ¡Solos! ¡Nosotros dos solos! ¡Me parecerá estar de nuevo en Nazaret con mi Hijo! ¡Solos! ¡En la paz!

¡En esa paz! ¡En el lugar donde Él, mi Jesús, pronunció tantas palabras y esparció tanto espíritu de paz! En el lugar donde, es verdad, sufrió hasta el punto de sudar sangre y de recibir el supremo sufrimiento moral del beso infame y las primeras…

Un sollozo y un recuerdo dolorosísimo le quiebran la palabra y el rostro, que durante breves momentos, presenta de nuevo la expresión doliente que tenía en los días de la Pasión y Muerte de su Hijo. Luego se repone y dice:
-¡En el lugar desde donde volvió a la infinita paz del Paraíso! Mandaré pronto a María de Alfeo aviso de que guarde mi casita de Nazaret, que tanto quiero porque allí se cumplió el misterio y allí murió mi esposo, ¡tan puro y santo!, y allí creció Jesús. ¡Muy querida por mí! Pero, desde luego, no como estos lugares donde instituyó el Rito de los ritos y se hizo Pan, Sangre, Vida para todos los hombres, y padeció y redimió y fundó su Iglesia y, con su última bendición, quedaron vestidas de bondad y santificadas todas las cosas de la Creación.

Me quedaré. Sí. Me quedaré aquí. Iré al Getsemaní. Y desde allí, siguiendo la parte externa de los muros, podré ir al Gólgota, y a tu huerto, José, donde tanto lloré; y podré ir a tu casa, Lázaro, donde siempre recibí, en mi Hijo antes y en mí después, mucho amor. Pero quisiera…
-¿Qué, Bendita? -le preguntan los dos.

-Quisiera poder volver también aquí. Porque, junto con los apóstoles, habíamos pensado, si Lázaro lo permite…
-Todo lo que quieras, Madre. Todo lo mío es tuyo. Antes se lo decía a Jesús, ahora te lo digo a ti. Y soy yo el que recibe una gracia, si aceptas mi don.

-Hijo… deja que te llame así… quisiera que nos concedieras hacer de esta casa, más exactamente: del Cenáculo, el lugar de reunión y ágape fraternos.

-Es justo. En este lugar tu Hijo instituyó el nuevo eterno Rito, constituyó la nueva Iglesia elevando al nuevo Pontificado y Sacerdocio a sus apóstoles y discípulos.

Justo es que esa habitación se transforme en el primer templo de la nueva religión. La semilla que mañana será árbol, y luego inmensa floresta; el germen que mañana será organismo vital, completo, y que irá creciendo, sin cesar, en altura, profundidad y anchura, extendiéndose por toda la Tierra. ¿Qué mesa y altar podrán ser más santos que aquellos sobre los que Él partió el Pan y puso el Cáliz del nuevo Rito, que permanecerá mientras permanezca la Tierra?

-Es verdad, Lázaro. ¿Ves? Por eso estoy cosiendo los manteles puros. Porque yo creo y ninguno creerá con igual fuerza­que el Pan y el Vino son Él, en su Carne y en su Sangre; Carne santísima e inocentísima, Sangre redentora, dados como Alimento y Bebida de Vida para los hombres.

¡Que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo os bendigan, oh buenos, sabios, piadosos siempre, para con el Hijo y para con la Madre!

-Entonces, de acuerdo. Toma. Ésta es la llave que abre las distintas cancillas del recinto del Getsemaní. Y ésta es la llave de la casa. Y sé feliz: cuanto Dios te conceda serlo y cuanto nuestro pobre amor quisiera que lo fueras.

José de Arimatea, ahora que Lázaro ha terminado de hablar, dice a su vez:

-Y ésta es la llave del recinto de mi huerto.
-Pero tú… ¡tienes tú todo el derecho a entrar!
-Tengo otra llave, María. El hortelano es un hombre justo, y lo mismo su hijo. A los únicos que podrás encontrar allí será a ellos y a mí. Y seremos todos prudentes y respetuosos.

-Que Dios os bendiga nuevamente -repite María.
-A ti gracias, Madre. Para ti nuestro amor y la paz de Dios, siempre.

Se postran después de este último saludo. Besan de nuevo el extremo de su túnica y se marchan.
Apenas han salido de la casa y ya se oyen los discretos golpes de alguien que llama a la puerta de la habitación en que está María.

-Pasa, pasa -dice María.

Juan no espera a que se lo digan dos veces. Entra y pregunta, un poco inquieto: -¿Qué querían José y Lázaro? ¿Hay algún peligro?

-No, hijo. Es sólo el cumplimiento de un deseo mío. Deseo mío y de otros. Sabes que Pedro y Santiago de Alfeo: el primero, Pontífice; el otro, cabeza de la Iglesia de Jerusalén, se sienten desolados ante la idea de perderme, y asustados por el temor a no saber actuar sin mí. Santiago sobre todo. Ni siquiera la especial aparición de mi Hijo a Él y su elección por voluntad de Jesús lo consuelan y fortalecen. ¡Y también los otros!… Ahora Lázaro satisface este deseo general y nos hace amos del Getsemaní. Yo y tú. Solos allí. Aquí están las llaves. Y ésta es la del huerto de José… Podremos ir al Sepulcro, a Betania, sin pasar por la ciudad… E ir al Gólgota… Y venir aquí siempre que se celebre el ágape fraterno. Todo nos lo conceden Lázaro y José.

-Son dos verdaderos justos. Lázaro recibió mucho de Jesús. Es verdad. Pero, antes de recibir incluso, siempre dio todo a Jesús. ¿Estás contenta, Madre?

-Sí, Juan. ¡Mucho! Viviré hasta que Dios quiera, asistiendo a Pedro y a Santiago y a todos vosotros, y ayudaré a los primeros cristianos en todos los modos. Si los judíos, los fariseos y los sacerdotes no se comportan como fieras también conmigo, como con mi Hijo, podré exhalar mi espíritu donde Él ascendió al Padre.

-Ascenderás tú también, Madre.

-No. No soy Jesús. Nací humanamente.

-Pero sin mancha original. Yo soy un pobre pescador ignorante. No sé de doctrinas ni de escrituras sino lo que me enseñó el Maestro. Pero soy como un niño, porque soy puro. Y por esto, quizás, sé más que los rabíes de Israel; porque, Él lo dijo, Dios esconde las cosas a los sabios y las revela a los pequeños, a los puros. Y por esto pienso -mejor dicho: siento-que tu destino será el que habría tenido Eva si no hubiera pecado. Y más todavía, porque tú no has sido esposa de un Adán-hombre, sino de Dios, para dar a la Tierra al nuevo Adán fiel a la Gracia.

El Creador, cuando creó a los Primeros Padres, no los destinó a la muerte (o sea, a la corrupción del más perfecto cuerpo por Él creado, y al que hizo el más noble de todos los cuerpos dotándolo de alma espiritual y de los dones gratuitos de Dios, por lo que podían llamarse "hijos adoptivos de Dios"), sino que quería para ellos solamente un paso del Paraíso terrenal al celestial. Ahora bien, tú no has tenido nunca mancha de pecado alguno en tu alma. Ni siquiera ese grande, común pecado, herencia de Adán para todos los humanos, te alcanzó a ti, porque Dios te preservó de él por singular, único, privilegio, habiendo sido tú, desde siempre, destinada a ser el Arca del Verbo.

Y el Arca, incluso esa Arca que, ¡ay!, no contiene sino cosas frías, áridas, muertas (porque, en verdad, el pueblo de Dios no las pone en práctica como debería), es, y debe ser, siempre purísima. El Arca, sí. ¿Pero quién, entre los que a ella se acercan, Pontífice y Sacerdotes, lo son realmente como lo eres tú? Ninguno. Por esto yo siento que tú, segunda Eva y Eva fiel a la Gracia, no conocerás la muerte.

-Mi Hijo, segundo Adán, la Gracia misma, obediente siempre al Padre, a mí, en modo perfecto, murió. ¡Y con qué muerte!

-Había venido para ser el Redentor, Madre. Dejó al Padre, dejó el Cielo, para tomar una Carne, para redimir, con su Sacrificio, a los hombres y devolverles la Gracia, y así elevarlos de nuevo al grado de hijos adoptivos de Dios, herederos del Cielo. Él debía morir. Y murió con su Humanidad santísima. Y tú moriste en el corazón viendo su suplicio atroz y su Muerte. Has padecido ya todo para ser redentora con Él. Yo soy un pobre ignorante, pero siento que tú, Arca verdadera del verdadero, viviente Dios, no serás, no puedes ser, corruptible.

De la misma manera que la nube de fuego (Éxodo 13, 21-22; Números 9, 15­23) protegió y dirigió al Arca de Moisés hacia la Tierra prometida, el Fuego de Dios te atraerá a su Centro. Como la caña de Aarón (Números 17, 23-26) no se secó, no murió, más, al contrario, a pesar de haber sido separada del árbol, echó yemas, hojas y frutos, y vivió en el Tabernáculo, así tú, elegida de Dios entre todas las mujeres que habitaron y habitarán la Tierra, tampoco morirás como una planta que se seca, sino que en el eterno Tabernáculo de los Cielos vivirás eternamente con la totalidad de ti misma.

Como las aguas del Jordán (Josué 3, 14-17) se abrieron para dejar pasar al Arca y a sus portadores y al pueblo todo, en tiempos de Josué, así para ti se abrirán las barreras que el pecado de Adán ha puesto entre Tierra y Cielo, y pasarás de este mundo al Cielo eterno. Estoy seguro de ello. Porque Dios es justo. Y para ti permanece el decreto emanado de É1 para quien no tiene ni pecado hereditario ni pecado voluntario en el alma.
-¿Te ha revelado esto Jesús?

-No, Madre. Me lo dice el Espíritu Paráclito, Aquel de quien el Maestro nos anunció que nos revelaría las cosas futuras y toda verdad.

El Consolador ya me lo dice, en el espíritu, para hacerme menos amargo el pensamiento de perderte, oh Madre bendita a la que amo tanto como a la mía y más, por todo lo que sufriste, por lo buena y santa que eres, sólo inferior al Hijo tuyo santísimo entre todos los santos presentes y futuros. La Santa más grande.

Y Juan, conmovido, se postra venerándola.

641- Pedro celebra la Eucaristía en una reunión de los primeros cristianos

Es una de las primeras reuniones de los cristianos, en los días inmediatamente posteriores a Pentecostés.

Los doce apóstoles son de nuevo doce, porque Matías, que ya ha sido elegido en lugar del traidor, está entre ellos.

Y el hecho de que estén los doce demuestra que no se habían separado todavía para ir a evangelizar, según la orden del Maestro.

Por tanto, Pentecostés debe haber tenido lugar poco antes, y todavía no deben haber empezado las persecuciones del Sanedrín contra los siervos de Jesucristo. En efecto, si así fuera, no tendrían esta celebración con tanta tranquilidad, y sin ninguna medida de precaución, en una casa conocida, demasiado conocida, por los del Templo, o sea, en la casa del Cenáculo, y precisamente en la habitación donde se verificó la última Cena, donde fue instituida la Eucaristía, donde empezó la verdadera y total traición, y la Redención.

Pero la vasta habitación ha sufrido un cambio, necesario para su nueva función como iglesia, e impuesto por el número de los fieles. La gran mesa ya no está en la pared de la escalera, sino en la frontal, y paralela a la pared.

De forma que incluso los que no pueden entrar en el Cenáculo -primera iglesia del mundo cristiano-, ya repleto de personas, pueden ver lo que sucede dentro, apiñándose, apretujándose, en el pasillo de entrada (donde está, abierta completamente, la puertecita por la que se entra en la habitación).

En la sala hay hombres y mujeres de todas las edades. En un grupo de mujeres, junto a la mesa, aunque en uno de los ángulos, está María, la Madre, rodeada de Marta y María de Lázaro, Nique. Elisa, María de Alfeo, Salomé, Juana de Cusa… en fin, de muchas de las mujeres discípulas, hebreas y no hebreas, a las que Jesús había curado, había consolado, había evangelizado, había hecho ovejas de su rebaño.

Entre los hombres, están Nicodemo, Lázaro, José de Arimatea, muchísimos discípulos, entre los cuales Esteban, Hermas, los pastores, Eliseo el hijo del arquisinagogo de Engadí, y muchísimos otros. Y está también Longinos, no vestido de militar, sino como si fuera un ciudadano cualquiera, con una larga y sencilla túnica cenizosa.

Luego otros, que claramente han entrado en la grey de Cristo después de Pentecostés y las primeras evangelizaciones de los Doce.

Pedro habla también ahora. Evangeliza e instruye a los presentes. Habla una vez más de la última Cena. Una vez más. Y es que, por sus palabras, se comprende que ya ha hablado otras veces de ella.
Dice:

-Os hablo unavez más -y remarca mucho estas palabras -de la Cena en que, antes de ser inmolado por los hombres, Jesús Nazareno, como le llamaban, Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador nuestro, como ha de ser afirmado y creído con todo nuestro corazón y nuestra mente, porque en este creer está nuestra salvación, se inmoló por espontánea voluntad y por exceso de amor, dándose como Alimento y Bebida para los hombres, y diciéndonos a nosotros, siervos y

continuadores suyos: "Haced esto en memoria mía". Y esto es lo que hacemos. Pero, oh hombres, de la misma manera que nosotros, sus testigos, creemos que en el Pan y en el Vino, ofrecidos y bendecidos, como Él hizo, en memoria suya y por obediencia a su divino mandato, están ese Cuerpo Santísimo y esa Sangre Santísima que lo son de un Dios, Hijo del Dios altísimo, y que fueron crucificado y derramada por amor y para vida de los hombres, también vosotros, todos vosotros, que habéis entrado a formar parte de la verdadera, nueva, inmortal Iglesia, anunciada por los profetas y fundada por el Cristo, debéis creerlo.

Creed y bendecid al Señor, que a nosotros, sus -si no materialmente, sí moral y espiritualmente-crucifixores por nuestra debilidad en servirle, por nuestra cerrazón en comprenderlo, por nuestra cobardía en abandonarlo huyendo en la hora suprema, por nuestra cobardía en nuestro… no, en mi personal traición de hombre temeroso y cobarde hasta el punto de renegar de Él, y negarlo, y negarme como discípulo suyo, es más: como el primero de entre sus siervos (y gruesas lágrimas ruedan y surcan el rostro de Pedro), poco antes de la hora primera, allí, en el patio del Templo; creed, decía, y bendecid al Señor, que a nosotros nos deja este eterno signo de perdón; creed y bendecid al Señor, que a aquellos que no lo conocieron cuando era el Nazareno les permite conocerlo ahora que es el Verbo Encarnado vuelto al Padre. Venid y tomad. Él lo dijo:

"El que come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá la Vida eterna". En aquel momento no comprendimos (y Pedro llora de nuevo). No comprendimos porque éramos obtusos de intelecto. Pero ahora el Espíritu Santo ha encendido nuestra inteligencia, fortalecido nuestra fe, infundido la caridad, y comprendemos.

Y en el Nombre del Dios altísimo, del Dios de Abraham, de Jacob, de Moisés, en el Nombre altísimo del Dios que habló a Isaías, a Jeremías, a Ezequiel, a Daniel y a los otros profetas, os juramos que esto es verdad y os conjuramos que creáis para poder tener la Vida eterna.

Pedro habla lleno de majestad. Ya nada queda en él del pescador no poco rudo de poco antes. Ha subido a un escabel para hablar y ser visto y oído mejor, porque, siendo bajo como es, si sus pies hubieran permanecido sobre el suelo de la habitación, los más lejanos no lo habrían podido ver, y él lo que quiere es alcanzar a todos con su vista. Habla equilibradamente, con voz apropiada y gestos de verdadero orador. Sus ojos, siempre expresivos, ahora hablan más que nunca: amor, fe, mando, contrición… todo sale a través de esta mirada suya, y anticipa y refuerza sus palabras.

Ya ha terminado de hablar. Baja del escabel y se coloca detrás de la mesa, en el espacio que hay entre la pared y la mesa, y espera. Santiago y Judas, o sea, los dos hijos de Alfeo y primos de Cristo, extienden ahora sobre la mesa un mantel blanquísimo. Para hacer esto levantan el arca ancha y baja que está puesta en el centro de la mesa.

También extienden sobre la tapa del arca un paño de finísimo lino.

El apóstol Juan va ahora donde María y le pide algo. María se quita del cuello una especie de llavecita y se la da a Juan. Juan la toma, vuelve al arca, la abre y vuelve la parte que está delante, la cual queda apoyada en el mantel, y cubierta con un tercer paño de lino.

Dentro del arca hay una sección horizontal que la divide en dos secciones: en la de abajo hay una copa y un plato, de metal; en la de arriba, en el centro, la copa usada por Jesús en la última Cena y para la primera Eucaristía, los restos del pan partido por Él, colocados en un platito, de material precioso como la copa.

A los lados de la copa y del platito que están en el plano superior, a un lado, están la corona de espinas, los clavos y la esponja; al otro lado, uno de los lienzos, enrollado, el velo con que Nique enjugó el Rostro de Jesús, y el que María dio a su Hijo para que se cubriera con él las caderas. En el fondo del arca hay otras cosas, pero, dado que quedan más bien ocultas y que ninguno habla de ellas ni las muestra, no se sabe lo que son.

Sin embargo, respecto a las otras, respecto a las visibles, Juan y Judas de Alfeo las muestran a los presentes, que se arrodillan ante ellas. Pero ni se muestran ni se tocan la copa y el platito del pan. Tampoco se extiende toda la sábana; sólo se muestra enrollada, mientras sé dice lo que es.

Quizás Juan y Judas no la desenrollan para no despertar en María el recuerdo doloroso de las atroces vejaciones sufridas por su Hijo.

Terminada esta parte de la ceremonia, los apóstoles, en coro, entonan unas oraciones. Yo diría que son salmos porque los cantan como acostumbraban a hacer los hebreos en sus sinagogas o en sus peregrinaciones a Jerusalén para las solemnidades prescritas por la Ley. La gente se une al coro de los apóstoles, que, de esa manera, cada vez se hace más solemne.

En fin, traen panes y los colocan en el platito de metal que había en la parte inferior del arca, y traen unas pequeñas ánforas, también de metal.

Pedro recibe de Juan, que está arrodillado al otro lado de la mesa (mientras que Pedro sigue entre la mesa y la pared, aunque vuelto hacia la gente), la bandeja con los panes; la alza y la ofrece; luego la bendice y la pone sobre el arca.

Judas de Alfeo, también arrodillado, al lado de Juan, da a su vez a Pedro la copa de la parte de abajo y las dos ánforas que antes estaban junto al platito de los panes. Pedro vierte el contenido de ellas en la copa; alza ésta y la ofrece, como había hecho con el pan. Bendice también la copa y la pone sobre el arca, al lado de los panes.

Oran de nuevo. Pedro fracciona los panes en muchos trozos mientras los presentes se postran más aún, y dice:
-Esto es mi Cuerpo. Haced esto en memoria mía.

Sale de detrás de la mesa llevando consigo la bandeja llena de los trozos de los panes, y lo primero, va donde María y le da un trozo. Luego pasa a la parte delantera de la mesa y distribuye el Pan consagrado a todos los que se acercan para recibirlo. Sobran pocos trozos, los cuales, en su bandeja, son colocados sobre el arca.

Ahora toma la copa y la ofrece -empezando esta vez también por María-a los presentes. Juan y Judas le siguen con las pequeñas ánforas y añaden los líquidos cuando el cáliz está vacío, mientras Pedro repite la elevación, el ofrecimiento y la bendición para consagrar el líquido.

Cuando todos los que pedían nutrirse de la Eucaristía han sido complacidos, los apóstoles consumen el Pan y Vino que han quedado. Luego cantan otro salmo o himno, y después de esto Pedro bendice a los presentes, quienes, después de su bendición, se marchan lentamente.

María, la Madre, que ha estado de rodillas durante toda la ceremonia de la consagración y de la distribución de las especies del Pan y del Vino, se alza y va hasta el arca.

Hace una inclinación por encima de la mesa y toca con la frente la superficie del arca donde están puestos la copa y el plato usados por Jesús en la última Cena, y pone un beso en el borde de ambos; un beso que es también para las otras reliquias recogidas ahí.

Luego Juan cierra el arca y devuelve la llave a María, que vuelve a ponérsela en el cuello.

640- La venida del Espíritu Santo. Fin del ciclo mesiánico

No hay voces ni ruidos en la casa del Cenáculo. No hay tampoco discípulos (al menos, no oigo nada que me autorice a decir que en otros cuartos de la casa estén reunidas personas). Sólo se constatan la presencia y la voz de los Doce y de María Santísima (recogidos en la sala de la Cena).

La habitación parece más grande porque los muebles y enseres están colocados de forma distinta y dejan libre todo el centro de la habitación, como también dos de las paredes.

A la tercera ha sido arrimada la mesa grande que fue usada para la Cena. Entre la mesa y la parecí, y también a los dos lados más estrechos de la mesa, están los triclinios usados en la Cena y el taburete usado por Jesús para el lavatorio de los pies.

Pero estos triclinios no están colocados verticalmente respecto a la mesa, como para la Cena, sino paralelamente, de forma que los apóstoles pueden estar sentados sin ocuparlos todos, aun dejando libre uno, el único vertical respecto a la mesa, sólo para la Virgen bendita, que está en el centro, en el lugar que Jesús ocupaba en la Cena.

No hay en la mesa mantelería ni vajilla; está desnuda, y desnudos están los aparadores y las paredes. La lámpara sí, la lámpara luce en el centro, aunque sólo con la llama central encendida, porque la vuelta de llamitas que hacen de corola a esta pintoresca lámpara está apagada.

Las ventanas están cerradas y trancadas con la robusta barra de hierro que las cruza. Pero un rayo de sol se filtra ardido por un agujerito y desciende como una aguja larga y delgada hasta el suelo, donde pone un arito de sol.

La Virgen, sentada sola en su asiento, tiene a sus lados, en los triclinios, a Pedro y a Juan (a la derecha, a Pedro; a la izquierda, a Juan). Matías, el nuevo apóstol, está entre Santiago de Alfeo y Judas Tadeo.

La Virgen tiene delante un arca ancha y baja de madera oscura, cerrada. María está vestida de azul oscuro. Cubre sus cabellos un velo blanco, cubierto a su vez por el extremo de su manto Todos los demás tienen la cabeza descubierta.

María lee atentamente en voz alta. Pero, por la poca luz que le llega, creo que más que leer repite de memoria las palabras escritas en el rollo que tiene abierto. Los demás la siguen en silencio, meditando. De vez en cuando responden, si es el caso de hacerlo.

El rostro de María aparece transfigurado por una sonrisa extática. ¡¿Qué estará viendo, que tiene la capacidad de encender sus ojos como dos estrellas claras, y de sonrojarle las mejillas de marfil, como si se reflejara en Ella una llama rosada?!: es, verdaderamente, la Rosa mística…

Los apóstoles se echan algo hacia adelante, y permanecen levemente al sesgo, para ver el rostro de María mientras tan dulcemente sonríe y lee (y parece su voz un canto de ángel). A Pedro le causa tanta emoción, que dos lagrimones le caen de los ojos y, por un sendero de arrugas excavadas a los lados de su nariz, descienden para perderse en la mata de su barba entrecana.

Pero Juan refleja la sonrisa virginal y se enciende como Ella de amor, mientras sigue con su mirada a lo que la Virgen lee, y, cuando le acerca un nuevo rollo, la mira y le sonríe.

La lectura ha terminado. Cesa la voz de María. Cesa el frufrú que produce el desenrollar o enrollar los pergaminos. María se recoge en una secreta oración, uniendo las manos sobre el pecho y apoyando la cabeza sobre el arca. Los apóstoles la imitan…

Un ruido fortísimo y armónico, con sonido de viento y arpa, con sonido de canto humano y de voz de un órgano perfecto, resuena de improviso en el silencio de la mañana. Se acerca, cada vez más armónico y fuerte, y llena con sus vibraciones la Tierra, las propaga a la casa y las imprime en ésta, en las paredes, en los muebles, en los objetos. La llama de la lámpara, hasta ahora inmóvil en la paz de la habitación cerrada, vibra como chocada por el viento, y las delgadas cadenas de la lámpara tintinean vibrando con la onda de sobrenatural sonido que las choca.

Los apóstoles alzan, asustados, la cabeza; y, como ese fragor hermosísimo, que contiene las más hermosas notas de los Cielos y la Tierra salidas de la mano de Dios, se acerca cada vez más, algunos se levantan, preparados para huir; otros se acurrucan en el suelo cubriéndose la cabeza con las manos y el manto, o dándose golpes de pecho pidiendo perdón al Señor; otros, demasiado asustados como para conservar ese comedimiento que siempre tienen respecto a la Purísima, se arriman a María.

El único que no se asusta es Juan, y es porque ve la paz luminosa de alegría que se acentúa en el rostro de María, la cual alza la cabeza y sonríe frente a algo que sólo Ella conoce y luego se arrodilla abriendo los brazos, y las dos alas azules de su manto así abierto se extienden sobre Pedro y Juan, que, como Ella, se han arrodillado.

Pero, todo lo que he tardado minutos en describir se ha verificado en menos de un minuto.

Y luego entra la Luz, el Fuego, el Espíritu Santo, con un último fragor melódico, en forma de globo lucentísimo, ardentísimo; entra en esta habitación cerrada, sin que puerta o ventana alguna se mueva; y permanece suspendido un momento sobre la cabeza de María, a unos tres palmos de su cabeza (que ahora está descubierta, porque María, al ver al Fuego Paráclito, ha alzado los brazos como para invocarlo y ha echado hacia atrás la cabeza emitiendo un grito de alegría, con una sonrisa de amor sin límites). Y, pasado ese momento en que todo el Fuego del Espíritu Santo, todo el Amor, está recogido sobre su Esposa, el Globo Santísimo se escinde en trece llamas cantarinas y lucentísimas -su luz no puede ser descrita con parangón terrenal alguno-, y desciende y besa la frente de cada uno de los apóstoles.

Pero la llama que desciende sobre María no es lengua de llama vertical sobre besadas frentes: es corona que abraza y nimba la cabeza virginal, coronando Reina a la Hija, a la Madre, a la Esposa de Dios, a la incorruptible Virgen, a la Llena de Hermosura, a la eterna Amada y a la eterna Niña; pues que nada puede mancillar, y en nada, a Aquella a quien el dolor había envejecido, pero que ha resucitado en la alegría de la Resurrección y tiene en común con su Hijo una acentuación de hermosura y de frescura de su cuerpo, de sus miradas, de su vitalidad… gozando ya de una anticipación de la belleza de su glorioso Cuerpo elevado al Cielo para ser la flor del Paraíso.

El Espíritu Santo rutila sus llamas en torno a la cabeza de la Amada. ¿Qué palabras le dirá? ¡Misterio! El bendito rostro aparece transfigurado de sobrenatural alegría y sonríe con la sonrisa de los serafines, mientras ruedan por las mejillas de la Bendita lágrimas beatíficas que, incidiendo en ellas la Luz del Espíritu Santo, parecen diamantes.

El Fuego permanece así un tiempo… Luego se disipa… De su venida queda, como recuerdo, una fragancia que ninguna flor terrenal puede emanar… es el perfume del Paraíso…

Los apóstoles vuelven en sí… María permanece en su éxtasis. Recoge sus brazos sobre el pecho, cierra los ojos, baja la cabeza… nada más… continúa su diálogo con Dios… insensible a todo… Y ninguno osa interrumpirla.

Juan, señalándola, dice:
-Es el altar, y sobre su gloria se ha posado la Gloria del Señor…

-Sí, no perturbemos su alegría. Vamos, más bien, a predicar al Señor para que se pongan de manifiesto sus obras y palabras en medio de los pueblos -dice Pedro con sobrenatural impulsividad.

-¡Vamos! ¡Vamos! El Espíritu de Dios arde en mí -dice Santiago de Alfeo.

-Y nos impulsa a actuar. A todos. Vamos a evangelizar a las gentes.

Salen como empujados por una onda de viento o como atraídos por una vigorosa fuerza.

Dice Jesús (a María Valtorta):
-Aquí termina esta Obra que mi amor por vosotros ha dictado, y que vosotros habéis recibido por el amor que una criatura ha tenido hacia mí y hacia vosotros.

Ha terminado hoy, conmemoración de Santa Zita de Luca, humilde sirvienta que sirvió a su Señor en la caridad en esta Iglesia de Luca, ciudad a la que Yo, desde lugares lejanos llevé a mi pequeño Juan para que me sirviera en la caridad y con el mismo amor de Santa Zita hacia todos los infelices.

Zita daba pan a los menesterosos, recordando que en cada uno de ellos estoy Yo, y que vivirán gozosos a mi lado aquellos que hayan dado pan y bebida a los que tienen sed y hambre. María-Juan ha dado mis palabras a los que flaquean envueltos en la ignorancia, en la tibieza o en la duda sobre la Fe, recordando que la Sabiduría dijo (Sabiduría 3, 1-9; Daniel 12, 3-4) que brillarían como estrellas en la eternidad aquellos que con fatiga se esforzaran en dar a conocer a Dios, dando gloria a su Amor dándolo a conocer a muchos y haciendo que muchos lo amen.

Y ha terminado hoy, día en que la Iglesia eleva a los altares a María Teresa Goretti, (María Teresa Goretti, más conocida como María Goretti, mártir de la pureza (1890-1902), beatificada el 27 de Abril de 1947 y canonizada en 1950) pura azucena de los campos que vio su tallo quebrado cuando todavía era capullo su corola -¿por quién quebrado, sino por Satanás, envidioso ante ese candor más esplendoroso que su antiguo aspecto de ángel?-, quebrado por ser flor consagrada al Amador divino.

Virgen y mártir, María, de este siglo de infamias en que se mancilla incluso el honor de la Mujer, escupiendo baba de reptiles negadora del poder de Dios de dar una morada inviolada a su Verbo, que, por obra del Espíritu Santo, se encarnaba para salvar a los que en Él creyeran.

También María-Juan es mártir del Odio, que no quiere que mis maravillas sean celebradas con esta Obra, arma que tiene poder para arrebatarle muchas presas. Pero también María-Juan sabe, como sabía María Teresa, que el martirio -fueren cuales fueren su nombre y su aspecto-es llave para abrir sin dilación el Reino de los Cielos para aquellos que lo padecen como continuación de mi Pasión.

La Obra ha terminado.

(Pero no han terminado las "visiones" ni los "dictados" fuera del ciclo mesiánico, declarado concluido con la venida del Espíritu Santo. Por ello se añadirán, completivos de la Obra, otros escritos pertinentes (de varios años, sobre todo del 1951). Como consecuencia, la Despedida de la Obra, escrita el 28 de Abril de 1947 y que en los cuadernos autógrafos sigue inmediatamente al presente "dictado", será recogida al término de la conclusión de la Obra)

Y, con su fin, con la venida del Espíritu Santo, se concluye el ciclo mesiánico, que mi Sabiduría ha iluminado desde sus albores (la Concepción inmaculada de María) hasta su terminación (la venida del Espíritu Santo). Todo el ciclo mesiánico es obra del Espíritu de Amor, para quien sabe ver bien. Cabal, pues, el haberlo empezado con el misterio de la inmaculada Concepción de la Esposa del Amor, y el haberlo concluido con el sello de Fuego Paráclito puesto en la Iglesia de Cristo.

Las obras manifiestas de Dios, del Amor de Dios, terminan con Pentecostés. Desde entonces, continúa ese misterioso obrar de Dios en sus fieles, unidos en el Nombre de Jesús en la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica, Romana; y la Iglesia -o sea, la asamblea de los fieles -pastores, ovejas y corderos-puede continuar su camino sin errar, por la continua, espiritual operación del Amor en sus fieles.

El Amor, Teólogo de los teólogos, Aquel que forma a los verdaderos teólogos, que viven abismados en Dios y tienen a Dios dentro de sí -la vida de Dios dentro de sí por la dirección del Espíritu de Dios que los guía-, los verdaderos "hijos de Dios" según el concepto de Pablo. (Romanos 8, 14-17)

Y al término de la Obra debo poner una vez más el lamento que he colocado al final de cada uno de los años evangélicos. Y en mi dolor de ver despreciado mi don os digo:

"No recibiréis más, porque no habéis sabido acoger esto que os he dado".

Y digo también las palabras que os hice llegar el pasado verano para llamaros de nuevo al camino recto:

“No me veréis hasta que no llegue el día en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor”.

639- Elección de Matías

Sereno atardecer. La luz merma dulcemente, haciendo del cielo -poco antes purpúreo-un suave entrecielo de amatista. Pronto vendrá la oscuridad, pero, por ahora, todavía hay luz; y es delicada esta luz vespertina, palidecida, después de tanto ardor de sol.

El patio de la casa del Cenáculo, vasta extensión entre los muros blancos de la casa, está lleno de gente, como en los atardeceres de después de la Resurrección. Y de estas personas congregadas aquí asciende un rumor uniformado de oraciones, interrumpidas cada cierto tiempo por pausas de meditación.

Va mermando cada vez más la luz en este patio comprendido entre los altos muros de la casa. Algunos traen lámparas, que colocan encima de la mesa junto a la cual están reunidos los apóstoles: Pedro en el centro, a su lado Santiago de Alfeo y Juan, luego los otros.

La luz palpitante de las pequeñas llamas ilumina de abajo arriba las caras apostólicas, dando gran relieve a las facciones y mostrando las expresiones: concentrada la de Pedro, una expresión como tensa por el esfuerzo de llevar a cabo dignamente estas primeras funciones de su ministerio; de una mansedumbre ascética, la de Santiago de Alfeo; serena y soñadora la de Juan; y al lado de éste el rostro pensador de Bartolomé, seguido del de Tomás, lleno de vivacidad, y del de Andrés, velado por esa humildad suya, que le hace estar con los ojos cerrados y un poco inclinado (parece decir "no soy digno"); al lado de Andrés, Mateo, que tiene apoyado un codo en la mano del otro brazo y la cara apoyada en la mano del brazo sujetado; después de Santiago de Alfeo, Judas Tadeo, con expresión de imperio (es un verdadero dominador de muchedumbres), y con unos ojos que mucho recuerdan, en color y expresión, a los de Jesús.

Ahora también Judas Tadeo -él más que todos los otros juntos-mantiene serena a la asamblea bajo el fuego de sus ojos. Y no obstante, tras su involuntaria imponencia regia, se ve aflorar el sentimiento compungido del corazón, especialmente cuando llega su turno de entonar una oración.

Cuando dice el salmo (115, 1-2): «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre dale gloria por tu misericordia y fidelidad, para que no digan las naciones:

"¿Dónde está su Dios?"», ora realmente con el alma arrodillada delante de Aquel que lo ha elegido, y el más fuerte sentimiento de su interior vibra en su voz; y también él dice con toda la intensidad de su oración:
-Yo no soy digno de servirte a ti que eres tan perfecto.

Felipe, a su lado, su rostro ya marcado por los años, pero aún dentro de la edad vigorosa, parece contemplar un espectáculo sólo presente a él, y mantiene apretadas las manos contra las mejillas, un poco agachada la cabeza y un poco triste… Mientras, el Zelote mira hacia arriba, ausente, y expresa una sonrisa interior, que embellece su rostro no bello, aunque atrayente por su austero señorío. Santiago de Zebedeo, lleno de impulso, vibrante, dice sus oraciones como si todavía hablara al Maestro amado, y el salmo 12 brota impetuoso de su espíritu encendido.

Terminan con el largo y bellísimo salmo 118, (en la Neovulgata son Salmo 13 y Salmo 119) que recitan alternadamente, una estrofa cada uno, repitiendo dos veces el turno para cumplir el número de las estrofas.

Luego se recogen en total silencio hasta que Pedro, que se ha sentado, se alza como movido por el impulso de una inspiración, y ora con voz fuerte y los brazos abiertos como hacía el Señor:

-Mándanos tu Espíritu, oh Señor, para que a su Luz podamos ver.

-Maran Athá -dicen todos.

Pedro se recoge en una intensa y muda oración, pero, quizás, más que pedir, escucha, o, al menos, espera palabras de luz… Luego alza de nuevo la cabeza, y de nuevo abre los brazos -los había aspado sobre el pecho-, y, como es pequeño respecto a la mayoría, se sube a su asiento para dominar la pequeña muchedumbre que está apiñada en el patio y para que todos lo vean. Y todos, comprendiendo que debe hablar, callan, mirando atentos.

-Hermanos míos, era necesario que se cumpliera lo que el Espíritu Santo por boca de David predijo en la Escritura (Salmo 41, 10) respecto a Judas, el cual guió a los que capturaron al Señor y Maestro nuestro bendito: Jesús.

Él, Judas, era uno de los nuestros, y recibió el destino de nuestro ministerio. Pero su elección, para él, se transformó en perdición, porque Satanás entró en él por muchos caminos y lo convirtió de apóstol de Jesús en traidor de su Señor. Creyó triunfar y gozar, y vengarse así del Santo, que había defraudado las inmundas esperanzas de su corazón lleno de toda concupiscencia.

Pero cuando creía triunfar y gozar comprendió que el hombre que se hace esclavo de Satanás, de la carne, del mundo, no triunfa, sino que, al contrario, muerde el polvo como un derrotado. Y conoció que el sabor de los alimentos que el hombre y Satanás proporcionan es amarguísimo y totalmente distinto del pan delicado y sencillo que Dios da a sus hijos. Y entonces conoció la desesperación y odió al mundo entero después de haber odiado a Dios, y maldijo todo lo que el mundo le había dado, y se dio muerte colgándose de un olivo del olivar que con sus iniquidades se había comprado, y el día que Cristo resucitó glorioso de la muerte, su cuerpo putrefacto y ya agusanado cayó, y sus entrañas se esparcieron por el suelo al pie del olivo, haciendo inmundo aquel lugar.

Sobre el Gólgota llovió la Sangre redentora y purificó la Tierra, porque era la Sangre del Hijo de Dios que se había encarnado por nosotros. Sobre la colina que está cerca del lugar del infame Consejo, no llovió sangre, ni lágrimas de buen remordimiento, sino que lo que llovió sobre el polvo del suelo fueron inmundicias de vísceras deshechas.

Porque ninguna otra sangre podía mezclarse con la Sangre santísima en esos días de purificación en que el Cordero nos lavaba con su Sangre, y muchísimo menos podía la Tierra, que bebía la Sangre del Hijo de Dios, beber también la sangre del hijo de Satanás.

Ésta es una cosa resabida. Y también se sabe que, en su furor de condenado, Judas llevó de nuevo al Templo el dinero del infame comercio y que golpeó con él, dinero inmundo, al Sumo Sacerdote en la cara.

Y se sabe que con ese dinero, sacado del Tesoro del Templo, pero que ya no podía reservarse en el Tesoro porque era precio de sangre, los príncipes de los Sacerdotes y los Ancianos, habiéndose asesorado unos a otros, compraron el campo del alfarero, como habían dicho las profecías (Jeremías 32, 6-10; Zacarías 11, 12-13) especificando incluso su precio. Y el lugar pasará a la historia de los siglos con el nombre de Haqueldamá.

Y así quede dicho todo lo relativo a Judas, y que desaparezca de entre nosotros hasta el recuerdo de su cara. Pero que se tengan presentes los caminos por los que de llamado por el Señor para el Reino celeste descendió a ser príncipe en el Reino de las tinieblas eternas, para no recorrerlos imprudentemente y no hacernos nosotros otros Judas para la Palabra que Dios nos ha confiado y que sigue siendo Cristo, Maestro en medio de nosotros.

Pero está escrito en el libro de los Salmos (69, 26; 109, 8): "Quédese su casa desierta y nadie viva en ella, y su oficio lo tome otro".

Es necesario, pues, que, de entre estos hombres que nos han acompañado durante todo el tiempo en que el Señor Jesús ha estado con nosotros peregrinando, comenzando desde el Bautismo de Juan y hasta el día en que estando entre nosotros fue elevado al Cielo, uno sea con nosotros constituido testigo de su Resurrección.

Y esto hay que hacerlo sin demora, para que esté presente con nosotros en el Bautismo de Fuego de que el Señor nos ha hablado, para que también él, que no recibió el Espíritu Santo del Maestro Santísimo, lo reciba directamente de Dios y quede por Él santificado e iluminado, y tenga las capacidades que nosotros tendremos, y pueda juzgar y perdonar y hacer lo que nosotros haremos, y sean válidos y santos sus actos.

Yo propondría elegirlo entre los fidelísimos de entre los fieles discípulos, de entre los que ya han padecido por Él y le han sido fieles incluso cuando para el mundo era el Ignorado. Muchos de éstos han venido a nosotros de Juan, Precursor del Mesías, y son almas modeladas por años de servicio a Dios.

Gran amor les tenía el Señor, y grandísimo amor tenía a Isaac, que tanto había padecido por causa de Jesús niño. Pero sabéis que su corazón cedió en la noche que siguió a la Ascensión del Señor.

No estemos tristes por su ausencia Está unido a su Señor. Era el único deseo de su corazón… Es también el nuestro… pero nosotros debemos padecer nuestra pasión. Isaac ya la había padecido.

Proponed, pues, vosotros, algún nombre de entre éstos, para poder elegir al duodécimo Apóstol según los usos de nuestro pueblo: dejando, en las situaciones más graves, al Señor altísimo la potestad de indicar: Él sabe.
Se consultan unos a otros. No pasa mucho tiempo y ya los más importantes discípulos (entre los no pastores), de común acuerdo con los diez apóstoles, comunican a Pedro que proponen a José, hijo de José de Saba, para honrar al padre, mártir por Cristo, y al hijo, discípulo fiel; y a Matías, por las mismas razones que para el primero, y además por la razón de honrar a su primer maestro, es decir, a Juan.

Y, habiendo aceptado Pedro su consejo, conducen a la mesa a los dos, y entretanto oran, extendidos los brazos hacia delante, en la postura habitual de los hebreos:

-Tú, Señor altísimo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, único y trino Dios, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos has elegido para que ocupe en este ministerio y apostolado el puesto del que prevaricó Judas para ir a su lugar.

-Maran Athá -hacen coro todos.

No teniendo dados u otra cosa con que echar a suertes, y no queriendo usar dinero para esta función, toman piedrecitas diseminadas por el patio, humildes piedrecitas, blancas y oscuras en número igual, decidiendo que las blancas son para Matías y las otras para José.

Cierran las piedrecitas dentro de una bolsa, que han vaciado de lo que contenía; agitan la bolsa y se la ofrecen a Pedro, quien, trazado sobre ella un gesto de bendición, mete dentro la mano y, orando con los ojos hacia el cielo, florecido ahora de estrellas, extrae una piedra: blanca como la nieve.

El Señor ha indicado a Matías como sucesor de Judas.

Pedro pasa a la parte delantera de la mesa y lo abraza diciendo que es para "hacerlo semejante a él". Los otros diez hacen también el mismo gesto, entre las aclamaciones de la pequeña muchedumbre.

Como última cosa, Pedro, que ha vuelto a su sitio teniendo cogida la mano del elegido -al cual tiene a su lado, de forma que ahora está entre Matías y Santiago de Alfeo-, dice:

-Ven al sitio que Dios te ha reservado, y borra con tu justicia el recuerdo de Judas, ayudándonos a nosotros, hermanos tuyos, a cumplir las obras que Jesús Santísimo nos ha dicho que cumplamos. La gracia del Señor Nuestro Jesucristo esté siempre contigo.

Se vuelve a todos y los despide…

Mientras los discípulos desalojan lentamente el patio por una salida secundaria, los apóstoles vuelven a la casa y conducen a Matías a la presencia de María, que está recogida en oración en su habitación, para que también de la Madre de Dios el nuevo apóstol reciba la palabra de saludo y de elección.

638- Últimas enseñanzas en el Getsemaní, despedida y ascensión al Padre

Un naciente rosicler de aurora en Oriente. Jesús pasea con su Madre por los escalones de la ladera del Getsemaní.

No median palabras, sólo miradas de inefable amor. Quizás ya han sido dichas las palabras, quizás no; han hablado las dos almas: la de Cristo y la de la Madre de Cristo.

Ahora lo que hay es contemplación de amor, recíproca contemplación; la conoce la naturaleza asperjada de rocío, y la pura luz matutina; la conocen esas delicadas criaturas de Dios que son las hierbas y las flores, los pájaros y las mariposas. Los hombres están ausentes.

Yo incluso me siento como incómoda de estar presente en esta despedida. «¡Señor, no soy digna!» exclamo entre las lágrimas que me caen, mirando la última hora de unión terrena entre la Madre y el Hijo, y pensando que hemos llegado al final de la amorosa fatiga, tanto Jesús como María como el pequeño, indigno niño que Jesús ha querido que fuera testigo de todo el tiempo mesiánico y que se llama María (aunque a Jesús le gusta llamarla "el pequeño Juan", o también "la violeta de la Cruz").

Sí. Pequeño Juan (María Valtorta). Pequeño, porque no soy nada. Juan, porque soy verdaderamente aquella a quien Dios ha conferido grandes gracias, y porque, en medida infinitesimal -pero es todo lo que poseo, y, dando todo lo que poseo sé que doy en la medida perfecta que satisface a Jesús, porque es el "todo" de mi nada-, en medida infinitesimal, yo, como el gran Juan predilecto, he dado todo mi amor a Jesús y a María, compartiendo con ellos lágrimas y sonrisas, siguiéndolos angustiada de verlos afligidos y de no poder defenderlos del livor del mundo a costa de mi propia vida, palpitando ahora mi corazón al ritmo de los suyos por lo que termina para siempre…

Violeta. Sí. Una violeta que ha tratado de estar escondida entre la hierba para que Jesús no la esquivara -Él que amaba todas las cosas creadas por ser obra del Padre suyo- sino que la calcara con su pie divino, y yo pudiera morir emanando mi tenue perfume en el esfuerzo de suavizarle el contacto con la tierra áspera y dura. Violeta de la Cruz, sí. Y su Sangre ha llenado mi cáliz hasta hacerlo plegarse y tocar el suelo…

¡Oh, mi Amado, que, antes, de tu Sangre me has colmado, dándome a contemplar tus pies heridos, clavados al madero "… y al pie de la cruz era yo una plantita de violetas ya abiertas, y caían las gotas de la Sangre divina sobre esa plantita de violetas florecidas…"

¡Recuerdo lejano, y siempre tan cercano y presente! Preparación para lo que después fui: ese portavoz tuyo que ahora está del todo rociado de tu Sangre, de tus sudores y lágrimas, del llanto de María tu Madre pero que también conoce tus palabras, tus sonrisas, todo, todo acerca de ti; y que ya no emana perfume de violetas, sino el perfume de ti, Amor mío único y solo, ese perfume divino que acunó ayer noche mi dolor y que desciende a mí, delicado como un beso, consolador como el propio Cielo, y me hace olvidar todo para vivir sólo de ti…

Tengo tu promesa. Sé que no te perderé. Me lo has prometido y tu promesa es sincera: es de Dios. Te seguiré teniendo. Siempre. Sólo si pecara de soberbia, mentira, desobediencia, te perdería; Tú lo has dicho, pero sabes que, sosteniendo tu Gracia mi voluntad, no quiero pecar, y espero no pecar porque Tú me sostendrás. Sé que no soy una encina. Soy una violeta. Un tallito frágil, que se puede plegar bajo la patita de un pajarillo o por el peso de un escarabajo. Pero Tú eres mi fuerza, Señor. Y el amor por ti es mi ala.

No te perderé. Me lo has prometido. Vendrás del todo para mí para traer alegría a tu agonizante violeta. Pero no soy egoísta, Señor. Tú lo sabes. Tú sabes que quisiera dejar de verte yo, con tal de que te vieran muchos otros, y creyeran en ti. A mí ya mucho me has dado, y no soy digna de ello. Verdaderamente me has amado como Tú sólo sabes amar a tus hijos especialmente amados.

Pienso en lo dulce que era verte "vivir" como Hombre entre los hombres. Y pienso que dejaré de verte así. Todo ha sido visto y dicho. Sé también que no se borrarán de mi pensamiento tus acciones de Hombre entre los hombres, y que no necesitaré libros para recordarte como realmente fuiste: bastará con que mire dentro de mí, donde toda tu vida está imprimida con caracteres indelebles. Pero era dulce, era dulce…

Ahora asciendes… La Tierra te pierde. María de la Cruz (María Valtorta) te pierde, Maestro Salvador. Te tendrá como Dios dulcísimo, y ya no verterás Sangre, sino celestial miel, en el cáliz violáceo de tu violeta…

Lloro… He sido discípula tuya junto a las otras por los caminos montanos, frondosos, o áridos, polvorientos de la llanura, en el lago y en las orillas del bello río, de tu Patria. Ahora te marchas, y sólo en el recuerdo veré Belén y Nazaret sobre sus colinas, verdes por los olivos; y Jericó ardiente de sol, susurradora con sus palmeras; y Betania amiga; y Engadí, perla perdida en medio de los desiertos; y la Samaria hermosa; y las óptimas llanuras de Sarón y Esdrelón; y la caprichosa llanura elevada de Transjordania; y la pesadilla del mar Muerto; y las ciudades llenas de sol de la costa mediterránea; y Jerusalén, la ciudad de tu dolor, con sus subidas y bajadas, sus espacios abovedados, sus plazas, sus barrios, pozos y cisternas, colinas y… incluso el triste valle de los leprosos donde tanta misericordia tuya ha sido prodigada… Y la casa del Cenáculo… la fuente que cerca de ella llora… el puentecito sobre el Cedrón, el lugar de tu sudor sanguíneo… el patio del Pretorio…

¡Ah, no! Lo que fue tu dolor está aquí, y aquí permanecerá siempre… Deberé buscar todos los recuerdos para encontrarlos, pero tu oración en el Getsemaní, tu flagelación, tu subida al Gólgota, tu agonía y muerte, y el dolor de tu Madre, no, no habré de buscarlos: están presentes siempre. Quizás los olvide en el Paraíso… y me parece imposible el poder olvidarlos incluso allí… Recuerdo todo lo de esas atroces horas. Recuerdo hasta la forma de la piedra sobre la que caíste, y hasta el capullo de rosa roja que chocaba -y parecía una gota de sangre-contra el granito, contra el cierre de tu sepulcro…
Amor mío divinísimo, tu Pasión vive en mi pensamiento… y a mí se me parte el corazón…

La aurora ha surgido completamente. Ya el sol está alto y los apóstoles hacen oír sus voces. Es una señal para Jesús y María. Se paran. Se miran, el Uno enfrente de la Otra, y luego Jesús abre los brazos y recibe en su pecho a su Madre… ¡Oh, vaya que si era un Hombre, un Hijo de Mujer!

¡Para creerlo basta mirar este adiós! El amor rebosa en una lluvia de besos a su Madre amadísima. El amor cubre de besos al Hijo amadísimo. Parece que no puedan separarse.

Cuando ya parece que vayan a hacerlo, otro abrazo los une de nuevo, y, entre los besos, palabras de recíproca bendición… ¡Oh, verdaderamente es el Hijo del Hombre despidiéndose de la Mujer que lo generó! ¡Verdaderamente es la Madre que da el adiós -para restituirlo al Padre- a su Hijo, la Prenda del Amor a la Purísima!… ¡Dios besando a la Madre de Dios!…

En fin, la Mujer, como criatura, se arrodilla a los pies de su Dios, que es, de todas formas, su Hijo; y el Hijo, que es Dios, impone las manos sobre la cabeza de la Madre Virgen, de la eterna Amada, y la bendice en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y luego se inclina y la alza; en fin, deposita un último beso en la blanca frente como pétalo de azucena bajo el oro de los cabellos (¡tan juveniles todavía!)…

Regresan hacia la casa, y ninguno, viendo con qué serenidad caminan el Uno al lado de la Otra, pensaría en la onda de amor que poco antes los ha desbordado. ¡Pero qué diferencia también, en este adiós, respecto a la tristeza de otras despedidas ya superadas, y respecto a la desgarradora congoja del adiós de la Madre a su Hijo al que habían dado muerte y había que dejarlo solo en el Sepulcro!…

En esta despedida -aunque los ojos brillen con ese llanto que es natural en quien está para separarse de su Amado-los labios sonríen con la alegría de saber que este Amado va a la Morada que en razón de su Gloria le corresponde…

-¡Señor! Fuera están, entre el monte y Betania, todos los que, como habías dicho a tu Madre, querías bendecir hoy ­dice Pedro.

-Bien. Ahora vamos donde ellos. Pero antes venid. Quiero compartir con vosotros una vez más el pan.

Entran en la habitación donde diez días antes estaban las mujeres para la cena del decimocuarto día del mes. María acompaña a Jesús hasta allí; luego se retira. Se quedan Jesús y los once.

En la mesa hay carne asada, pequeños quesos y aceitunas pequeñas y negras, un ánfora de vino y otra, más grande, de agua, y panes anchos. Una mesa sencilla, no aparejada para una ceremonia de lujo, sino sólo por la necesidad de nutrirse.

Jesús ofrece y divide. Está en el centro, entre Pedro y Santiago de Alfeo. Los ha llamado Él a estos lugares.

Juan, Judas de Alfeo y Santiago están frente a Él; Tomás, Felipe y Mateo, a un lado; Andrés, Bartolomé y el Zelote, al otro lado.

Así, todos pueden ver a su Jesús… Una comida de breve duración, y silenciosa. Los apóstoles, llegado el último día de cercanía de Jesús, y a pesar de las sucesivas apariciones, colectivas o individuales, desde la Resurrección, apariciones llenas de amor, no han perdido ni un momento esa devotísima compostura que ha caracterizado sus encuentros con Jesús Resucitado.

La comida ha terminado. Jesús abre las manos por encima de la mesa, con su gesto habitual ante un hecho ineluctable, y dice:

-Bien… Ha llegado la hora en que debo dejaros para volver al Padre mío. Escuchad las últimas palabras de vuestro Maestro.

No os alejéis de Jerusalén en estos días. Lázaro, con el cual he hablado, se ha preocupado una vez más de hacer realidad los deseos de su Maestro, y os cede la casa de la última Cena, para que dispongáis de una casa donde recoger a la asamblea y recogeros en oración. Estad dentro de esta casa en estos días y orad asiduamente para prepararos a la venida del Espíritu Santo, que os completará para vuestra misión. Recordad que Yo -y era Dios- me preparé con una severa penitencia a mi ministerio evangelizador.

Vuestra preparación será siempre más fácil y más breve. Pero no exijo más de vosotros. Me basta con que oréis con asiduidad, en unión con los setenta y dos y bajo la guía de mi Madre, la cual os confío con solicitud filial. Ella será para vosotros Madre y Maestra, de amor y sabiduría perfectos.

Habría podido enviaros a otro lugar para prepararos a recibir al Espíritu Santo. Pero no. Quiero que permanezcáis aquí. Porque es Jerusalén, la que negó, es Jerusalén la que debe admirarse por la continuación de los prodigios divinos, dados en respuesta a sus negaciones.

Después el Espíritu Santo os hará comprender la necesidad de que la Iglesia surja justamente en esta ciudad, la cual, juzgando humanamente, es la más indigna de tener a la Iglesia. Pero Jerusalén sigue siendo Jerusalén, a pesar de estar henchida de pecado y a pesar de que aquí se haya verificado el deicidio. Nada la beneficiará. Está condenada.

Pero, aunque ella esté condenada, no todos sus habitantes lo están. Permaneced aquí por los pocos justos que tiene en su seno; permaneced aquí porque ésta es la ciudad regia y la ciudad del Templo, y porque, como predijeron los profetas, aquí, donde ha sido ungido, aclamado y exaltado el Rey Mesías, aquí debe comenzar su soberanía en el mundo, y aquí, y aquí, en este lugar en que Dios ha dado libelo de repudio a la sinagoga a causa de sus demasiado horrendos delitos, debe surgir el Templo nuevo al que acudirán gentes de todas las naciones.

Leed a los profetas (Isaías 2, 1-5; 49, 5-6; 55, 4-5; 60; Miqueas 4, 1-2; Zacarías 8, 20-23). Todo está en ellos predicho. Primero mi Madre, después el Espíritu Paráclito, os harán comprender las palabras que los profetas dijeron para este tiempo.

Permaneced aquí hasta que Jerusalén os repudie a vosotros como me ha repudiado a mí, hasta que odie a mi Iglesia como me ha odiado a mí y maquine planes para exterminarla.

Entonces llevad la sede de esta amada Iglesia mía a otro lugar, porque no debe perecer. Os digo que ni siquiera el Infierno prevalecerá contra ella. Pero si Dios os asegura su protección, no por ello tentéis al Cielo exigiendo todo del Cielo. Id a Efraím, como fue vuestro Maestro porque no era la hora de que fuera capturado por los enemigos. Os digo Efraím para deciros tierra de ídolos y paganos. Pero no será la Efraím de Palestina la que deberéis elegir como sede de mi Iglesia.

Recordad cuántas veces -a vosotros congregados o a uno de vosotros individualmente­os he hablado de esto, prediciéndoos que ibais a tener que pisar los caminos de la Tierra para llegar al corazón de ella y enclavar allí mi Iglesia. Desde el corazón del hombre, la sangre se propaga a todos los miembros. Desde el corazón del mundo, el cristianismo se debe propagar a toda la Tierra.

Por ahora mi Iglesia es como una criatura ya concebida pero que todavía se está formando en la matriz. Jerusalén es su matriz, y en su interior el corazón, aún pequeño, en torno al cual se congregan los pocos miembros de la Iglesia naciente, envía sus pequeñas ondas de sangre a estos miembros.

Pero, cuando llegue la hora señalada por Dios, la matriz madrastra expelerá a la criatura que se habrá formado en su seno y ésta irá a una tierra nueva, donde crecerá y se hará un Cuerpo grande extendido por toda la Tierra, y los latidos del fuerte corazón de la Iglesia se propagarán por todo su gran Cuerpo.

Los latidos del corazón de la Iglesia, rotos todos los vínculos de ésta con el Templo, eterna ella y victoriosa sobre las ruinas del Templo finado y destruido, de la Iglesia que vivirá en el corazón del mundo, diciendo a hebreos y gentiles que sólo Dios triunfa y quiere lo que quiere, y que ni el livor de los hombres ni ejércitos de ídolos detienen su voluntad…

Pero esto vendrá después, y cuando llegue sabréis cómo actuar. E1 Espíritu de Dios os guiará. No temáis. Por ahora congregad en Jerusalén la primera asamblea de los fieles. Luego otras asambleas, a medida que vaya creciendo el número de los fieles, se formarán. En verdad os digo que los ciudadanos de mi Reino aumentarán rápidamente como semillas echadas en óptima tierra.

Mi pueblo se propagará por toda la Tierra. El Señor dice al Señor: "Por haber hecho esto y no haber eludido tu entrega por mí, te bendeciré y multiplicaré tu estirpe como las estrellas del cielo y como las arenas que hay en la playa del mar. Tu descendencia poseerá la puerta de sus enemigos y en ella serán bendecidas todas las naciones de la Tierra"(Génesis 22,15­18). Bendición es mi Nombre, mi Signo y mi Ley, donde son reconocidos como soberanos.

Está para venir el Espíritu Santo, el Santificador, y vosotros quedaréis henchidos de Él. Mirad que estéis puros, como todo lo que debe acercarse al Señor. Yo también era el Señor como Él.

Pero había revestido mi Divinidad con un velo para poder estar entre vosotros, y no sólo para adoctrinaros y redimiros con los órganos y la sangre de este velo, sino también para que el Santo de los Santos estuviera entre los hombres, eliminando la barrera, para todos los hombres, incluso para los impuros, de no poder depositar la mirada en Aquel al que temen mirar los serafines.

Pero el Espíritu Santo vendrá sin velo de carne y se posará sobre vosotros y descenderá a vosotros con sus siete dones y os aconsejará. Ahora bien, el consejo de Dios es una cosa tan sublime, que es necesario prepararse para él con la voluntad heroica de una perfección, que os haga semejantes al Padre vuestro y a vuestro Jesús, y a vuestro Jesús en su relación con el Padre y con el Espíritu Santo. Así pues, caridad y pureza perfectas para poder comprender al Amor y recibirlo en el trono del corazón.

Sumíos en el vórtice de la contemplación. Esforzaos en olvidar que sois hombres y en transformaros en serafines. Lanzaos al horno, a las llamas de la contemplación. La contemplación de Dios es semejante a chispa que salta del choque de la piedra contra el eslabón y produce fuego y luz. Es purificación el fuego que consume la materia opaca y siempre impura y la transforma en llama luminosa y pura.

No tendréis el Reino de Dios en vosotros si no tenéis el amor. Porque el Reino de Dios es el Amor, y aparece con el Amor, y por el Amor se instaura en vuestros corazones en medio de los resplandores de una luz inmensa que penetra y fecunda, disuelve la ignorancia, comunica la sabiduría, devora al hombre y crea al dios, al hijo de Dios, a mi hermano, al rey del trono que Dios ha preparado para aquellos que se dan a Dios para tener a Dios, a Dios, a Dios, a Dios sólo. Sed, pues, puros y santos por la oración ardiente que santifica al hombre porque le sumerge en el fuego de Dios, que es la caridad.

Vosotros debéis ser santos. No en el sentido relativo que esta palabra ha tenido hasta ahora, sino en el sentido absoluto que Yo le he dado proponiéndoos la santidad del Señor como ejemplo y límite, o sea, la santidad perfecta.

Nosotros llamamos santo al Templo, santo al lugar donde está el altar, Santo de los Santos al lugar velado donde está el arca y el propiciatorio. Pero, en verdad os digo que los que poseen la Gracia y viven en santidad por amor al Señor son más santos que el Santo de los Santos, porque Dios no se limita a colocarse sobre ellos -como sobre el propiciatorio del Templo, para dar sus órdenes-sino que mora en ellos, para darles sus amores.

¿Os acordáis de mis palabras de la última Cena? Os prometí el Espíritu Santo. Pues bien, está para llegar, para bautizaros no ya con agua, como hizo con vosotros Juan preparándoos para mí, sino con el fuego, para prepararos a que sirváis al Señor tal y como Él quiere que vosotros lo sirváis. Mirad, Él estará aquí dentro de no muchos días.

Después de su venida vuestras capacidades aumentarán sin medida, y seréis capaces de comprender las palabras de vuestro Rey y hacer las obras que Él ha dicho que se hagan, para extender su Reino sobre la Tierra.

-¿Entonces vas a reconstruir, después de la venida del Espíritu Santo, el Reino de Israel? -le preguntan interrumpiéndole.

-Ya no existirá el Reino de Israel, sino mi Reino, que se verá cumplido cuando el Padre ha dicho. No os corresponde a vosotros conocer los tiempos ni los momentos que el Padre se ha reservado en su poder. Pero vosotros, entretanto, recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá a vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y en Samaria y hasta los confines de la Tierra, fundando las asambleas en los lugares en que estén reunidas personas en mi Nombre; bautizando a las gentes en el Nombre Stmo. del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, como os he dicho, para que tengan la Gracia y vivan en el Señor; predicando el Evangelio a todas las criaturas; enseñando lo que os he enseñado; haciendo lo que os he mandado hacer. Y Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Otra cosa quiero. Que la asamblea de Jerusalén la presida Santiago, mi hermano. Pedro, como jefe de toda la Iglesia, deberá emprender a menudo viajes apostólicos, porque todos los neófitos desearán conocer al Pontífice jefe supremo de la Iglesia. Pero grande será el predicamento que, ante los fieles de la naciente Iglesia, tendrá mi hermano.

Los hombres son siempre hombres y ven las cosas como, hombres. A ellos les parecerá que Santiago sea una continuación de mí, por el simple hecho de ser hermano mío. En verdad digo que es más grande y más semejante al Cristo por la sabiduría que por el parentesco. Pero, así es; los hombres, que no me buscaban mientras estaba en medio de ellos, ahora me buscarán en aquel que es pariente mío. Tú, Simón Pedro… tú estás destinado a otros honores…

-Que no merezco, Señor. Te lo dije cuando te me apareciste, y te lo digo, en presencia de todos, una vez más. Tú eres bueno, divinamente bueno, además de sabio, y cabal ha sido tu juicio sobre mí. Yo renegué de ti en esta ciudad. Cabalmente has juzgado que no reúno las condiciones para ser su jefe espiritual. Quieres evitarme muchos vituperios justos…

-Todos fuimos iguales, menos dos, Simón. Yo también huí. No es por esto, sino por las razones que ha expresado, por lo que el Señor me ha destinado a mí a este puesto; pero tú eres mi Jefe, Simón de Jonás, y como tal te reconozco.

En la presencia del Señor y de todos los compañeros, te profeso obediencia. Te daré lo que pueda para ayudarte en tu ministerio, pero, te lo ruego, dame tus órdenes, porque tú eres el Jefe y yo el súbdito. Cuando el Señor me ha recordado una conversación ya lejana, he agachado la cabeza diciendo: "Hágase lo que Tú quieres". Esto mismo te diré a ti a partir del momento en que, habiéndonos dejado el Señor, tú seas su Representante en la Tierra. Y nos querremos ayudándonos en el ministerio sacerdotal -dice Santiago, inclinándose desde su sitio para rendir homenaje a Pedro.

-Sí. Quereos unos a otros, ayudándoos recíprocamente, porque éste es el mandamiento nuevo y la señal de que sois verdaderamente de Cristo.

No os turbéis por ninguna razón. Dios está con vosotros. Podéis hacer lo que quiero de vosotros. No os impondría cosas que no pudierais hacer, porque no quiero vuestra perdición sino vuestra gloria. Mirad, voy a preparar vuestro lugar junto a mi trono. Estad unidos a mí y al Padre en el amor. Perdonad al mundo que os odia. Llamad hijos y hermanos a los que se acerquen a vosotros, o a los que ya están con vosotros por amor a mí.

Tened la paz de saber que siempre estoy preparado para ayudaros a llevar vuestra cruz. Yo estaré con vosotros en las fatigas de vuestro ministerio y en la hora de las persecuciones; y no pereceréis, no sucumbiréis, aunque lo parezca a los que ven las cosas con los ojos del mundo.

Sentiréis peso, aflicción, cansancio, seréis torturados, pero mi gozo estará en vosotros, porque os ayudaré en todo. En verdad os digo que, cuando tengáis como Amigo al Amor, comprenderéis que todas las cosas sufridas y vividas por amor a mí se hacen ligeras, aun las duras torturas del mundo. Porque para aquel que reviste todas sus acciones ­voluntarias o impuestas-de amor, el yugo de la vida y del mundo se le transforman en yugo recibido de Dios, recibido de mí. Y os repito que mi carga está siempre proporcionada a vuestras fuerzas y que mi yugo es ligero, porque Yo os ayudo a llevarlo.

Sabéis que el mundo no sabe amar. Pero vosotros, de ahora en adelante, amad al mundo con amor sobrenatural, para enseñarle a amar. Y si os dicen, al veros perseguidos:

"¿Así os ama Dios?, ¿haciéndoos sufrir?, ¿dándoos dolor? Entonces no merece la pena ser de Dios", responded: "El dolor no viene de Dios. Pero Dios lo permite. Nosotros sabemos el motivo de ello y nos gloriamos de tener la parte que tuvo Jesús Salvador, Hijo de Dios". Responded:

"Nos gloriamos si nos clavan en la cruz, nos gloriamos de continuar la Pasión de nuestro Jesús". Responded con las palabras de la Sabiduría (Sabiduría 2, 23-24): "La muerte y el dolor entraron en el mundo por envidia del demonio.

Pero Dios no es autor de la muerte ni del dolor, ni se goza del dolor de los vivientes. Todas sus cosa son vida y todas son salutíferas". Responded: “Al presente parecemos perseguidos y vencidos, pero en el día de Dios, cambiadas las tornas, nosotros, justos, perseguidos en la Tierra, estaremos gloriosos frente a los que nos vejaron y despreciaron".

Pero decidles también: "¡Venid a nosotros! Venid a la Vida y a la Paz. Nuestro Señor no quiere vuestra perdición, sino vuestra salvación. Por esto ha entregado a su Hijo predilecto, para la salvación de todos vosotros".

Y alegraos de participar en mis padecimientos para poder estar después conmigo en la gloria. "Yo seré vuestra desmesurada recompensa" promete en Abraham (Génesis 15, 1) el Señor a todos sus siervos fieles. Sabéis cómo se conquista el Reino de los Cielos: con la fuerza; y a él se llega a través de muchas tribulaciones. Pero el que persevere como Yo he perseverado estará donde estoy Yo.

Ya os he dicho cuál es el camino y la puerta que llevan al Reino de los Cielos, y Yo he sido el primero en caminar por ese camino y en volver al Padre por esa puerta. Si existieran otros os los habría mostrado, porque siento compasión de vuestra debilidad de hombres. Pero no existen otros… Al señalároslos como único camino y única puerta, también os digo, os repito, cuál es la medicina que da fuerza para recorrerlo y entrar. Es el amor. Siempre el amor.

Todo se hace posible cuando en nosotros está el amor. Y el Amor, que os ama, os dará todo el amor, si pedís en mi Nombre tanto amor como para haceros atletas en la santidad.

Ahora vamos a darnos el beso de despedida, amigos míos queridísimos.

Se pone en pie para abrazarlos. Todos hacen lo mismo.

Pero, mientras que Jesús tiene una sonrisa pacífica de una hermosura verdaderamente divina, ellos lloran, llenos de turbación, y Juan, echándose sobre el pecho de Jesús, en medio de los fuertes espasmos a causa de los sollozos que le rompen el pecho de tan lacerantes como son, solicita, por todos, intuyendo el deseo de todos:

-¡Danos al menos tu Pan! ¡Que nos fortalezca en este momento!

-¡Así sea! -le responde Jesús.

Entonces toma un pan, lo parte después de haberlo ofrecido y bendecido, y repite las palabras rituales. Y lo mismo hace con el vino, repitiendo después:

-Haced esto en memoria mía -añadiendo:

-De mí que os he dejado esta arra de mi amor para seguir estando y estar siempre con vosotros hasta que vosotros estéis conmigo en el Cielo.

Los bendice y dice:

-Y ahora vamos.

Salen de la habitación, de la casa…

Jonás, María y Marco están afuera. Se arrodillan y adoran a Jesús.

-La paz permanezca con vosotros, y el Señor os compense de todo lo que me habéis dado -dice Jesús bendiciéndolos al pasar.

Marcos se alza y dice:

-Señor, los olivares que hay a lo largo del camino de Betania están llenos de discípulos que te esperan.
-Ve a decirles que se dirijan al Campo de los Galileos.
Marcos se echa a correr con toda la velocidad de sus jóvenes piernas.

-Entonces, han venido todos -dicen entre sí los apóstoles.
Más allá, sentada entre Margziam y María Cleofás, está la Madre del Señor. Y, viéndolo acercarse, se levanta, y lo adora con todo el impulso de su corazón de Madre y de fiel.

-Ven, Madre, y también tú, María… -invita Jesús al verlas paradas, paralizadas por la majestad que, resplandeciente, emana como en la mañana de la Resurrección. Jesús no quiere apabullar con esta majestad suya, así que, afablemente, pregunta a María de Alfeo:
-¿Estás sola?

-Las otras… las otras están adelante… con los pastores y… con Lázaro y toda su familia… Pero nos han dejado a nosotras aquí, porque… ¡oh, Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!…

¿Cómo soportaré el no verte, Jesús bendito, Dios mío, yo que te quise incluso antes de que nacieras y que tanto lloré por ti cuando no sabía dónde estabas después de la matanza… yo que tenía mi sol, y todo, todo mi bien en tu sonrisa desde que volviste?… ¡Oh, cuánto bien! ¡Cuánto bien me has dado!… ¡Ahora sí que voy a ser verdaderamente pobre, viuda, ahora sí que voy a estar verdaderamente sola!… ¡Estando Tú, teníamos todo!…

Aquella tarde creí conocer todo el dolor… Pero el propio dolor, todo aquel dolor de aquel día, me había ofuscado y… sí, era menos fuerte que ahora… Y además… estaba el hecho de que ibas a resucitar. Me parecía no creerlo, pero ahora me doy cuenta de que sí lo creía, porque no sentía lo que siento ahora… -llora, y, tanto la ahoga el llanto, que jadea.

-María buena, verdaderamente te afliges como un niño que crea que su madre ya no lo quiere y que lo haya abandonado por haber ido a la ciudad (a comprarle regalos que lo harán feliz, y pronto volverá a él para cubrirlo de caricias y regalos). ¿No es esto, acaso, lo que Yo hago contigo? ¿No voy a prepararte la alegría? ¿No voy para volver y decirte: "Ven, pariente y discípula mía amada, madre de mis amados discípulos"? ¿No te dejo mi amor? ¡Te doy mi amor, María! ¡Bien sabes que te quiero! No llores así. Exulta, más bien, porque ya no me verás vilipendiado y fatigado, ni perseguido, ni sólo rico del amor de pocos.

Y con mi amor te dejo a mi Madre. Juan será para ella hijo. Tú sé para Ella buena hermana, como siempre. ¿Lo ves? Mi Madre no llora. Sabe que, si bien la nostalgia de mí será la lima que consumirá su corazón, la espera será en todo caso breve respecto a la gran alegría de una eternidad de unión, y sabe también que esta-separación nuestra no será tan absoluta que le haga exclamar: "Ya no tengo Hijo". Ése fue el grito de dolor del día del dolor.

Ahora en su corazón canta la esperanza: "Sé que mi Hijo sube al Padre, pero no me dejará sin sus espirituales amores". Créelo así también tú, y todos… Ahí están los otros y las otras. Ahí están mis pastores.

Las caras de Lázaro y sus hermanas, en medio de todos los domésticos de Betania, y la cara de Juana, semejante a una rosa bajo un velo de lluvia, y las de Elisa y Nique, ya marcadas por la edad (y ahora las arrugas se hacen más profundas a causa del dolor: dolor de cualquier modo, para la criatura humana, aunque el alma se alegre por el triunfo del Señor), y la cara de Anastática, y las caras de azucena de las primeras vírgenes, y el ascético rostro de Isaac, y el inspirado de Matías, y el rostro viril de Manahén, y los austeros de José y Nicodemo… Caras, caras, caras…

Jesús llama a los pastores, a Lázaro, a José, a Nicodemo, a Manahén, a Maximino y a los otros de los setenta y dos discípulos. Les dice que se acerquen, pero quiere tener especialmente cerca a los pastores. Dice a éstos:

-Venid aquí. Vosotros, que estuvisteis junto al Señor cuando vino del Cielo, y que os inclinasteis ante su anonadamiento, estad ahora cerca del Señor cuando vuelve al Cielo, exultando en vuestro espíritu por su glorificación. Habéis merecido este puesto porque habéis sabido creer contra toda circunstancia desfavorable y habéis sabido sufrir por vuestra fe. Os doy las gracias por vuestro amor fiel.

A todos os doy las gracias. A ti, Lázaro amigo. A ti, José, y a ti. Nicodemo, compasivos con el Cristo cuando serlo podía significar un gran peligro. A ti, Manahén, que por ir por mi camino has sabido despreciar los sucios favores de un inmundo. A ti, Esteban, florida corona de justicia, que has dejado lo imperfecto por lo perfecto y serás coronado con una corona que todavía no conoces pero que te será anunciada por los ángeles. A ti, Juan, por breve tiempo hermano mío en el pecho purísimo, y venido a la Luz más que a la vista. A ti, Nicolái, que, siendo prosélito, has sabido consolarme por el dolor de los hijos de esta nación. Y a vosotras, discípulas buenas, y más fuertes que Judit, sin por ello dejar de ser dulces.

Y a ti, Margziam, niño mío, que tomarás a partir de ahora el nombre de Marcial, para memoria del niño romano matado en el camino y puesto delante de la cancilla de Lázaro con el rótulo de desafío: "Y ahora di al Galileo que te resucite, si es el Cristo y si ha resucitado", último de los inocentes que en Palestina perdieron la vida por servirme a mí aun inconscientemente, y primero de los inocentes de todas las naciones, de los inocentes que, por haberse acercado a Cristo, serán odiados y recibirán prematura muerte, como capullos de flores arrancados de su tallo antes de abrirse. Que este nombre, Marcial, te señale tu destino futuro: sé apóstol en tierras bárbaras y conquístalas para tu Señor, como mi amor conquistó al niño romano para el Cielo.

A todos, a todos os bendigo en este adiós, invocando al Padre, invocando para vosotros la recompensa de los que han consolado el doloroso camino del Hijo del hombre.

Bendita sea la Humanidad en esa porción selecta suya, que está en los judíos y está en los gentiles, y que se ha manifestado en el amor que ha tenido hacia mí.
Bendita sea la Tierra con sus hierbas y sus flores; benditos sus frutos, que me procuraron delicia y alimento muchas veces. Bendita sea la Tierra con sus aguas y con su calor, por las aves y los animales, que muchas veces superaron al hombre en confortar al Hijo del hombre.

Bendito seas tú, Sol, bendito seas tú, mar, benditos seáis vosotros, montes, colinas, llanuras; benditas vosotras, estrellas que me habéis acompañado en la nocturna oración y en el dolor. Y tú, Luna, que has sido luz para mis pasos durante mi peregrinaje de Evangelizador.

Benditas seáis todas, todas vosotras, criaturas, obras del Padre mío, compañeras mías en este tiempo mortal, amigas de Aquel que había dejado el Cielo para quitar a la atribulada Humanidad las espinas de la Culpa que separa de Dios.

(Con su última bendición -dirá la Madre Santísima – Jesús devolvió bondad y santidad a todas las cosas de la Creación)

¡Benditos seáis también vosotros, instrumentos inocentes de mi tortura: espinas, metales, madera, cuerdas trenzadas, porque me habéis ayudado a cumplir la Voluntad del Padre mío!

¡Qué voz tan resonante tiene Jesús! Se expande por el aire templado y sereno como voz de bronce golpeado; se propaga en ondas sobre el mar de rostros que lo miran desde todas las direcciones.

Yo digo que constituyen centenares las personas que rodean a Jesús, que sube con aquellos a quienes más quiere hacia la cima del Monte de los Olivos. Pero Jesús, al llegar al principio del Campo de los Galileos, despoblado de tiendas en este período situado entre las dos fiestas, ordena a los discípulos:

-Detened a la gente donde está. Luego seguidme.

Sigue subiendo, hasta el lugar más alto del monte, el lugar más próximo a Betania, a la que domina -no a Jerusalén­desde arriba. Arrimados a Él, su Madre, los apóstoles, Lázaro, los pastores y Margziam. Más allá, en semicírculo, manteniendo a distancia a la muchedumbre de los fieles, los otros discípulos.

Jesús está en pie sobre una ancha piedra un poco prominente y albeante entre la hierba verde de un claro.

El sol incide en Él, haciendo blanquear, cual si fuera nieve, su túnica; relucir, cual si fueran de oro, sus cabellos. Sus ojos centellean con luz divina.

Abre los brazos en ademán de abrazar: parece querer estrechar contra su pecho a todas las multitudes de la Tierra, que su espíritu ve representadas en esa muchedumbre.

Su inolvidable, inimitable voz da la última orden:
-¡Id! Id en mi Nombre, a evangelizar a las gentes hasta los extremos confines de la Tierra. Dios esté con vosotros. Que su amor os conforte, su luz os guíe, su paz more en vosotros hasta la vida eterna.

Se transfigura en belleza. ¡Hermoso! Tanto y más hermoso que en el Tabor. Caen todos de rodillas, adorando. Él, elevándose ya de la piedra en que se apoyaba, busca una vez más el rostro de su Madre, y su sonrisa alcanza una potencia que nadie podrá jamás representar… Es su último adiós a su Madre.

Sube, sube… El Sol, aún más libre para besarlo -ahora que no hay frondas, ni siquiera sutiles, que intercepten el camino de sus rayos-, incide con sus resplandores sobre el Dios-Hombre que asciende con su Cuerpo santísimo al Cielo, y evidencia sus Llagas gloriosas, que resplandecen como rubíes vivos.

El resto es un perlado sonreír de luces. Es verdaderamente la Luz que se manifiesta en lo que es, en este último instante como en la noche natalicia. Centellea la Creación con la luz del Cristo que asciende. Una luz que supera a la del Sol. Una luz sobrehumana y beatísima. Una luz que desciende del Cielo al encuentro de la Luz que asciende… Y Jesucristo, el Verbo de Dios, desaparece para la vista de los hombres en este océano de esplendores…

En la tierra, dos únicos ruidos en el silencio profundo de la muchedumbre extática: el grito de María cuando El desaparece: « ¡Jesús!», y el llanto de Isaac. Los demás están enmudecidos por religioso estupor, y permanecen allí, como en espera de algo, hasta que dos luces angélicas candidísimas, en forma mortal, aparecen y dicen las palabras recogidas en el primer capítulo de los Hechos Apostólicos:

-Hombres de Galilea, ¿por qué estáis mirando al Cielo?

Este Jesús, que os ha sido ahora arrebatado y que ha sido elevado al Cielo, su eterna morada, vendrá del Cielo, en su debido tiempo, tal y como ahora se ha marchado.

637- El adiós a la Madre antes de subir al Padre. Todo lo tenemos por María

Veo otra vez la habitación habitada por María. Las señales de la Pasión han desaparecido.

La Virgen está sentada y lee. Deben ser libros sagrados.

No, ciertamente no está leyendo otra cosa en ese rollo que tiene entre sus manos. Ya no se la ve torturada. Su rostro resulta ahora más grave que antes de la Pasión. Sin ser aquel rostro trágico, aparece más maduro. Ahora tiene aspecto majestuoso, aunque sereno.

La hora parece matutina. Efectivamente, ya luce un bonito sol, que, por la ventana abierta, entra en la tranquila habitación, pero se ve que el jardín (un jardín cercado por altas tapias, al cual da la ventana) está todavía lleno del frescor del rocío.

Entra Jesús, todavía con su espléndida vestidura de la mañana de la Resurrección. Su Rostro emana fulgor. Sus heridas son pequeños soles.

María se arrodilla sonriendo. Luego se alza y lo besa en la Mano derecha. Jesús la estrecha contra su Corazón y la besa en la frente, sonriendo, y le pide un beso, que María da, también en la Frente.

-Mamá. Mi tiempo de permanencia en la Tierra ha terminado. Subo al Padre. He venido para una especial despedida de ti, y para mostrarme a ti, una vez más, con el aspecto que tendré en el Cielo. No he podido mostrarme a los hombres con esta figura de esplendor: no habrían podido soportar la belleza de mi Cuerpo glorificado, una belleza que supera demasiado sus posibilidades. Pero a ti, Mamá, sí. Y vengo a inundarte de alegría otra vez con ella.

Besa mis Heridas. Que Yo sienta en el Cielo el perfume de tus labios y que a ti te quede en los labios la dulzura de mi Sangre.

Pero estáte segura, Mamá, de que nunca te dejaré. Saldré de tu corazón durante esos pocos instantes requeridos por la consagración del Pan y del Vino, para volver luego, después de esa fatigosa separación de ti, con un ansia de amor pareja a la tuya, ¡oh Cielo mío vivo cuyo Cielo soy Yo!

No habremos estado nunca tan unidos como de ahora en adelante. Al principio, mi incapacidad embrional; luego, mi infancia; luego, la lucha de la vida y del trabajo; luego, la misión; en fin, la Cruz y el Sepulcro: estas cosas me interponían distancia, y obstáculo para decirte cuánto te amo.

Pero ahora estaré en ti no ya como una criatura en formación; estaré a tu lado no ya en medio de los obstáculos del mundo que veda la fusión de dos que se aman: ahora estaré en ti como Dios; y nada, nada, ni en la Tierra ni en el Cielo, podrá separarnos a mí de ti ni a ti de mí, Madre Santa. Te diré palabras de inefable amor, te haré caricias de indescriptible dulzura. Y tú me amarás por quien no me ama.

¡Oh, tú colmas la medida del amor, que el mundo no dará a Cristo, con tu amor perfecto, Mamá! Por eso, más que un adiós, mi despedida es como la de uno que saliera un momento a este jardín florido a coger rosas y azucenas.

Pero Yo te traeré del Cielo otras rosas y otras azucenas más hermosas que éstas que aquí han florecido. Te llenaré de ellas el corazón, Mamá, para hacerte olvidar el hedor de la Tierra, que no quiere ser santa, y anticiparte la brisa del bienaventurado Paraíso donde con tanto amor se te espera.

Y el Amor, que no sabe esperar, vendrá a ti dentro de diez días. Adórnate con tu más hermosa alegría, oh Madre Virgen, que tu Esposo viene. El invierno ha pasado… Las viñas florecidas emanan su perfume, y Él canta: "¡Álzate, oh llena de hermosura! ¡Ven, Esposa mía, que serás coronada!". (Cantar de los cantares 2, 11-13)

Con su Fuego te coronará, ¡oh Santa!, y te hará feliz con su Espíritu, que se infundirá en ti con todos sus esplendores, ¡oh Reina de la Sabiduría!, Reina suya, que has sabido comprenderlo desde la aurora de tu vida y amarlo como ninguna criatura en el mundo jamás amó.

Madre, subo al Padre nuestro. A ti, Bendita, la bendición de tu Hijo.

María resplandece en su éxtasis, en esta habitación resplandeciente por la luz de Cristo.

Dice Jesús:
-No hagáis, hombres, objeto de polémica el hecho de si era o no posible que Yo cambiara de figura. Ya no era el Hombre vinculado a las necesidades del hombre. Tenía al Universo como escabel de mis pies, y todas las potencias como siervas obedientes. Y si, mientras era el Evangelizador, había podido transfigurarme en el Tabor, ¿no iba a poder transfigurarme para mi Madre siendo ya el Cristo glorioso? O mejor: ¿no iba a poder cambiar de figura para los hombres y aparecerme a Ella como ya era: divino, glorioso, transfigurado en Aquel que en realidad era, en vez de con esa figura de Hombre con que me mostraba a todos?

Ella, además, me había visto -¡pobre Mamá!-transfigurado por los padecimientos; era justo que me viera transfigurado por la Gloria.

No hagáis objeto de polémica el si Yo podía estar realmente en María. Si decís que Dios está en el Cielo y en la Tierra y en todas partes, ¿por qué sois capaces de dudar el que Yo pudiera estar contemporáneamente en el Cielo y en el Corazón de María, que era un vivo Cielo?

Si creéis que estoy en el Sacramento y cerrado dentro de vuestros ciborios, ¿por qué podéis dudar que Yo estuviera en este purísimo y ardentísimo Ciborio que era el Corazón de mi Madre?

¿Qué es la Eucaristía? Es mi Cuerpo y mi Sangre unidos a mi Alma y a mi Divinidad. Pues bien, cuando Ella me concibió, ¿acaso tenía algo distinto en su seno? ¿No tenía al Hijo de Dios, al Verbo del Padre con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad?

Si vosotros me tenéis, ¿no es, acaso, porque María me tuvo y me dio a vosotros, después de haberme llevado nueve meses?

Pues bien, de la misma manera que dejé el Cielo para morar en el seno de María, ahora, que dejaba la Tierra, elegía el seno de María como Ciborio para mí. ¿Y qué ciborio, en qué catedral, es más hermoso y santo que éste?

La Comunión es un milagro de amor que hice por vosotros, hombres. Pero en la cima de mi pensamiento de amor resplandecía el pensamiento de infinito amor de poder vivir con mi Madre y hacer que viviera Ella conmigo hasta que nos reuniéramos en el Cielo.

El primer milagro lo hice para alegría de María, en Caná de Galilea. El último milagro -es más: los últimos milagros-, para el consuelo de María, en Jerusalén. La Eucaristía y el velo de la Verónica: éste, para poner una gota de miel en la amargura de la Desolada; aquél, para que no sintiera que Jesús ya no estuviera en la Tierra.

¡Todo, todo, todo -comprendedlo de una vez por todas- lo tenéis por María!

Deberíais amarla y bendecirla cada vez que respirarais.

El velo de la Verónica es también un aguijón para vuestra alma escéptica. Comparad -vosotros, racionalistas, tibios, inseguros en la fe, vosotros que os conducís por secos exámenes- el Rostro del Sudario y el de la Sábana: uno es el Rostro de un vivo, el otro es el de un muerto; pero la altura, la anchura, los caracteres somáticos, la forma, las características son iguales. Superponed las imágenes.

Veréis que corresponden la una a la otra. Soy Yo. Yo que quise recordaros cómo era y en qué me convertí por amor a vosotros.

Si no estuvierais definitivamente extraviados, si no fuerais ciegos, deberían bastar esos dos Rostros para llevaros al amor, al arrepentimiento, a Dios.

El Hijo de Dios os deja, bendiciéndoos con el Padre y con el Espíritu Santo.

636- La Pascua suplementaria

La orden de Jesús esta vez ha sido ejecutada al pie de la letra, de manera que Betania rebosa de discípulos. Los prados, los senderos, los huertos y los olivares de Lázaro están llenos de discípulos.

Y, no siendo éstos suficientes para contener a tantas personas, que además no quieren dañar los bienes del amigo de Jesús, muchos se han diseminado por entre los olivares que conducen de Betania a Jerusalén por los caminos del Monte de los Olivos. Están más cerca de la casa los discípulos antiguos; más lejanos, muchos otros.

Caras poco conocidas o completamente desconocidas. ¿Pero quién podría ya reconocer tantas caras y nombrarlas? Yo creo que son centenares. De vez en cuando, entre el revoltillo, una cara o un nombre me recuerdan caras vistas entre aquellos a quienes Jesús favoreció o convirtió, quizás en los últimos momentos.

Pero es superior a mis capacidades el recordar tantos rostros y nombres, el reconocerlos todos. Sería como pretender que hubiera reconocido a los que estaban en la multitud que se apiñaba en las calles de Jerusalén el Domingo de Ramos o el doloroso Viernes, o que cubría el Calvario con su tapiz de rostros en su mayoría contraídos por el odio.

Los apóstoles entran en la casa de Simón, o salen de ella, moviéndose entre las personas para mantenerlas en calma o responder a sus preguntas. Los ayudan en esto Lázaro y Maximino.

Tras las ventanas del piso de arriba de la casa de Simón se ven aparecer y desaparecer todas las caras de las discípulas: cabelleras grises u oscuras, entre las que resaltan las cabezas rubias de María de Lázaro y Áurea. De vez en cuando, una se asoma a mirar y luego se retira.

Están todas. Todas. Jóvenes y ancianas. Incluso las que nunca habían venido, como Sara de Afeq.

En la terraza juegan los niños que Sara recogió, los nietos de Ana de Merón, María y Matías, el niño Salem (el niño deforme que era nieto de Nahúm, y que ahora vive feliz y sano), y otros más: una bandada de pajarillos felices, vigilados por Margziam y por otros discípulos jovencitos, como el pastorcito de Enón y Yaia de Pel.la. Veo ahora entre los niños al niño de Sidón que era ciego (se supone que su padre lo ha traído consigo).

Empieza la puesta del sol en un tersísimo cielo.

Pedro solicita el parecer de Lázaro y de sus compañeros:
-Yo digo que convendrá despedir a la gente. ¿Qué pensáis vosotros? Hoy tampoco va a venir. Y muchos de éstos tienen que celebrar esta noche la pequeña Pascua.

-Sí. Conviene despedirlos. Quizás el Señor ha considerado conveniente no venir hoy. En Jerusalén se han reunido todos los del Templo. No sé cómo les ha llegado la voz de que Él venía y… -dice Lázaro.

-¡Bueno, y aun así… ¿qué pueden hacerle ya?! -dice con vehemencia Judas Tadeo.

-Olvidas que ellos son ellos. Y con esto te he dicho todo.

Aunque a Él no le puedan hacer nada malo, a estos que han venido a adorarlo sí que pueden hacerles mucho daño. Y el Señor no quiere perjudicar a sus fieles. Además, ¿tú crees que ellos ­cegados como están por su pecado y por ese pensamiento suyo, siempre el mismo, inmutable-, entre el barullo de ideas que hay en su cabeza, no tienen también la de que el Señor haya resucitado, o sea, que no haya muerto nunca y que haya salido de allí como uno que se despertara, por sí solo o con la complicidad de muchos?

¡Vosotros no sabéis qué espesura agreste de pensamientos, qué enredo, qué borrasca de suposiciones hay en ellos!

Ellos se lo han procurado a sí mismos por no confesar la verdad. Verdaderamente se puede decir que los cómplices de ayer hoy están separados por la misma causa que antes los unía. Y a algunos les han seducido sus ideas. ¿No veis que algunos ya no están entre los discípulos?… -dice Lázaro.

-¡Déjalos que se marchen! Otros mejores han venido. Está claro que dentro del número de los que se han marchado hay que buscar a los que han dicho al Sanedrín que el Señor estaría aquí el decimocuarto día del segundo mes; y después de la delación no tienen el coraje de venir.

¡Fuera! ¡Fuera! ¡Basta ya de traidores! -dice Bartolomé.
-¡Siempre los tendremos, amigo! ¡El hombre…! Demasiado fácilmente cede ante las impresiones y las presiones. Pero no debemos temer. El Señor ha dicho que no debemos temer -dice el Zelote.

-Pues no tememos. Hace pocos días, todavía teníamos miedo. ¿Os acordáis? Yo, por mi parte, cuando pensaba en el regreso aquí, sentía miedo. Ahora me parece que ya no tengo ese temor. Pero no me fío demasiado de mí. Y vosotros tampoco os fiéis demasiado de vuestro Cefas, porque ya una vez he demostrado que soy arcilla que se deshace, en vez de granito compacto. Bueno, pues vamos a despedir a éstos. Hazlo, Lázaro.

-No, Simón Pedro. Hazlo tú. Eres el jefe… -dice Lázaro, pasando benévolamente un brazo por los hombros de Pedro y llevándolo así hacia la escalera y, escalera arriba, hasta la terraza que circuye la casa de Simón.

Cuando Pedro hace ademán de hablar, la gente que está cerca calla y los que están más lejos se acercan. Pedro espera a que la mayoría esté allí en torno. Luego dice:

-Hombres venidos de todos los lugares de Israel, escuchad.

Os exhorto a que volváis a la ciudad. El sol ha empezado a descender. Marchaos, pues. Si Él viene, os lo comunicaremos cueste lo que cueste. Que Dios esté con vosotros.

Se retira. Entra en una habitación vasta y luminosa donde están congregadas en torno a la Virgen todas las discípulas más fieles, así como las otras mujeres que querían al Señor como Maestro, a pesar de no haberle seguido nunca en sus desplazamientos. Pedro va a un rincón, a sentarse, y mira a María, que le sonríe.

La gente, afuera, lentamente se separa en dos partes: la de los que se quedan y la de los que vuelven a la ciudad. Voces de personas mayores que llaman a niños, vocecitas de niños que responden. Luego el murmullo desciende de tono.
-Y ahora -dice Pedro -nos marchamos también nosotros…

-¡Padre, pero el Señor dijo que estaría aquí!..
-Ya lo sé. Pero, como ves, no ha venido. Y es el día prescrito…

-Sí. Y mi hermano ha preparado todo para vosotros. Y aquí llega Marcos de Jonás, que viene para guiaros y abriros la cancilla. Pero también voy yo. Todos vamos. Lázaro ha preparado para todos -dice María de Magdala.

-¿Y dónde va a ser la cena para tanta gente?

-El mismo Getsemaní hará de Cenáculo. Dentro de la casa, la habitación para los que Jesús ha dicho; fuera, junto a la casa, las mesas de los otros: así lo ha querido.
-¿Quién? ¿Lázaro?
-El Señor.

-¿El Señor? ¿Pero cuándo ha venido?
-Ha venido… ¿Qué más te da el día? Ha venido y ha hablado con Lázaro.

-Yo creo que Él viene, es más: que ha venido, a visitar a cada uno de nosotros, aunque no todos lo digan, porque guardan esa alegría como su más preciada perla, que hasta temen mostrarla porque tienen miedo de que pierda su esplendor más hermoso. -¡Los secretos del Rey! -dice Bartolomé, y mira al grupito de las discípulas vírgenes, que se ponen como la púrpura, como si en sus caras se reflejaran los rayos del sol poniente (pero lo que las enciende es una llama espiritual de intensa alegría).

María, la Virgen de las vírgenes, que viste túnica de blanco lino -una azucena vestida de candor-, agacha la cabeza sonriendo sin hablar. ¿Cómo se parece en este momento a la Virgencita de la Anunciación!

-Está claro que solos no nos deja, aunque no aparezca visiblemente. Según mi opinión, es Él el que pone en mi pobre corazón y en mi mente, aún más pobre, ciertos pensamientos… -confiesa Mateo.

Los otros no hablan… Se miran, mientras se ponen los mantos observándose recíprocamente. Pero el cuidado mismo con que algunos se tapan lo más posible la cara para ocultar la onda de alegría espiritual que emerge al pensar en los divinos, secretos encuentros pone en claro que pertenecen al grupo de los más privilegiados.

-¡Decidlo, ¿no?! -dicen los otros. ¡No es que estemos celosos! Ni queremos saber indiscretamente. ¡Pero sí será un consuelo para nosotros la esperanza de no estar para siempre privados de verlo! Recordad las palabras de Rafael a Tobías: "Bueno es mantener oculto el secreto del rey, pero también es honorífico revelar y publicar las obras de Dios"(Tobías 12, 7). ¡Tiene razón el ángel de Dios!

Mantened el secreto de las palabras que Él os haya dicho, pero revelad su continuo amor a nosotros.

Santiago de Alfeo mira a María, como para recibir una luz, y, visto por la sonrisa de Ella que asiente, dice:

-Es verdad. He visto al Señor.

No dice más. Y es el único que lo dice. Los otros dos que se habían tapado mucho, o sea, Juan y Pedro, no dicen nada.

Salen todos en grupos: delante, los once; luego, en torno a María, Lázaro con sus hermanas y las discípulas; los últimos, los pastores y muchos de los setenta y dos discípulos. Se encaminan hacia Jerusalén por el camino que lleva al Monte de los Olivos. Los niños que quedaban van y vienen, corriendo felices.

Marcos muestra un caminito que sortea el Campo de los Galileos y las zonas más transitadas, y que lleva directamente a la cerca nueva del Huerto de los Olivos. Abre. Los invita a pasar. Cierra. Muchos discípulos se intercambian palabras en tono bajo y alguno de ellos va a preguntar algo a los apóstoles, especialmente a Juan. Pero hacen gestos que significan que esperen, que no es el momento de hacer lo que piden, y todos se tranquilizan.

¡Cuánta paz en este vasto olivar, besado aún por los últimos rayos del sol en sus partes más altas y ya en sombra en las más bajas! Un suave frufrú de viento entre las frondas verdeplata y un alegre cantar de pájaros despidiéndose del día que muere.

Ahí está la casita del guarda. En la terraza que le hace de techo, Lázaro ha mandado disponer una cobertura de toldos, de forma que aquélla se ha transformado en un ventilado cenáculo para los discípulos que un mes antes no habían podido celebrar la Pascua. Abajo, dispuestas en la pequeña y bien limpia explanada, otras mesas. Dentro de la casa, en la habitación mejor, la mesa de las discípulas.

Se llevan a las distintas mesas de los que no han
celebrado la Pascua los corderos asados, las verduras, los ázimos y la salsa rojiza; y se pone en las mesas el cáliz del rito. Pero en la de las mujeres no está este cáliz, sino que hay tantas copas cuantas son las comensales. Se deduce que de esta parte de la ceremonia estaban eximidas las mujeres. Y, en las mesas de los que han celebrado ya la Pascua en su debido momento, está el cordero, pero faltan los ázimos y las verduras con la salsa rojiza.

Lázaro y Maximino dirigen todo. Y Lázaro se inclina hacia Pedro para decirle algo, algo que le hace al apóstol menear bruscamente la cabeza negando con obstinación.

-Pues… es función tuya -dice Felipe, que está a su lado.
Pero Pedro, señalando a Santiago de Alfeo, dice:
-Éste debe hacerlo.

Mientras debaten esto, el Señor aparece donde empieza la explanada. Saluda: -Paz a vosotros.

Todos se ponen en pie. El ruido advierte a las discípulas de lo que está sucediendo. Están para salir, pero ya Jesús entra en la casa y las saluda a ellas también. María dice:

« ¡Hijo mío!» y lo venera más profundamente que todos los demás, enseñando con ese gesto que, por muy amigo que pueda ser Jesús -amigo y pariente hasta el punto de ser incluso hijo-sigue siendo Dios, y como a Dios se le ha de venerar. Venerarlo siempre, con espíritu adorador, aunque su amor por nosotros sea tan pleno, que lo lleve a darse, como Hermano y Esposo nuestro, con toda familiaridad.

-La paz a ti, Madre. Sentaos, comed. Yo subo arriba, donde Margziam espera su premio.

Sale otra vez, para subir por la pequeña escalera, y llama con fuerte voz:

-Simón Pedro y Santiago de Alfeo, venid.
Los dos nombrados suben detrás de Él. Jesús se sienta ante la mesa del centro, donde está Margziam, y dice a los dos apóstoles:

-Haréis lo que os diga -y a Matías, que está sentado en la presidencia de la mesa:

-Empieza el banquete pascual.

Jesús esta noche tiene a Margziam a su lado, en el lugar donde estaba Juan la otra vez. Pedro y Santiago están detrás del Señor, esperando sus órdenes.

Y con el mismo ritual de la Cena pascual se desarrolla ésta: los himnos, las preguntas, y el beber de los sucesivos cálices. No sé si en las otras mesas se verifica lo mismo. Donde está Jesús yo me concentro -a menos que un deseo suyo no me obligue a ver otra cosa-, y de todo me olvido para contemplar a mi Señor, que ahora está ofreciendo los mejores trozos de su cordero -lo ha tomado y lo ha puesto en su plato, pero no lo come, como tampoco come verduras ni salsa ni bebe del cáliz-a Margziam, que llega incluso a un estado de beatitud.

Jesús, al principio, había hecho a Pedro una señal de que se inclinara para escucharlo, y Pedro, después de escucharlo, había dicho con fuerte voz:

-En este momento el Señor, siendo Padre y Cabeza de su Familia, ofreció por todos nosotros el cáliz.

Ahora hace una nueva señal a Pedro, el cual de nuevo lo escucha y de nuevo se alza para decir:

-Y en este momento el Señor se ciñó para purificarnos y enseñarnos lo que habíamos de hacer nosotros mismos para celebrar dignamente el Sacrificio eucarístico.

La cena continúa. Y Pedro, tras una nueva señal, dice:
-En este momento el Señor tomó el pan y el vino, lo ofreció y, orando, los bendijo y, hechas las partes nos las distribuyó a nosotros diciendo: "Esto es mi Cuerpo y ésta es mi Sangre del nuevo Testamento eterno, que por vosotros y por muchos será derramada para el perdón de los pecados".

Jesús se pone en pie. Está majestuosísimo. Ordena a Pedro y a Santiago que tomen un pan y que lo partan en pequeños trozos, y que llenen de vino una copa, la más grande que haya en las mesas. Ellos obedecen y sostienen delante de Él el pan y el vino. Jesús entonces extiende sobre el pan y el vino sus manos, orando, sin gesto alguno aparte de la mirada arrobada…

-Distribuid las partes del pan y pasad el cáliz fraterno. Todas las veces que así lo hagáis, lo haréis en memoria mía.

Los dos apóstoles obedecen, llenos de veneración…
Jesús, mientras se verifica la distribución de las Especies, baja donde las mujeres. Pienso -pero no lo veo porque no entro donde ellas están-que Jesús da la Comunión a su Madre con sus propias manos. Es un pensamiento mío.

No sé si responde a la realidad. Pero no comprendería por qué se marchó allí, si no hubiera sido para hacer esto.
Luego vuelve a la terraza. Ya no se sienta. La cena toca a su fin. Él dice:

-¿Todo está consumado?
-Todo está consumado, Señor.
-Así hice Yo en la Cruz. Alzaos. Oremos.

Extiende sus brazos como si estuviera en la cruz y entona la oración del Padrenuestro.

No sé por qué lloro. Pienso que quizás es la última vez que se la oigo decir… Y, de la misma manera que ningún pintor o escultor podrá jamás darnos la verdadera efigie de Jesús, igualmente, ninguno, por muy santo que sea, podrá decir, al mismo tiempo tan viril y dulcemente, el Padrenuestro. Sentiré siempre una gran nostalgia de estos padrenuestros oídos a Jesús, verdaderos coloquios del alma con el Padre amadísimo y adoradísimo de los Cielos, gritos de honor, obediencia, fe, sumisión, humildad, misericordia, deseo, confianza… ¡todo!

-Marchaos. Y que la Gracia del Señor esté en todos vosotros y su paz os acompañe -dice Jesús despidiéndolos.

Y se despide en medio de un fulgor de luz que supera con mucho al claror de la Luna, ya llena, y alta sobre el Huerto silente, y de las lámparas que están sobre las mesas.

Ni una voz. Lágrimas en los rostros, adoración en los corazones… nada más… La noche vela y conoce junto con los ángeles los latidos de estos benditos.

635- Lección sobre los Sacramentos y predicciones sobre la Iglesia

Estoy en otro monte, más poblado aún de bosques, no lejos de Nazaret (a la que lleva un camino que bordea la base del monte). Jesús los invita a sentarse en círculo: más cerca, los apóstoles; detrás de éstos, los discípulos (los que, de los setenta y dos, no se habían desperdigado yendo a distintos lugares), más Zacarías y José. Margziam está a sus pies, en una posición de privilegio.

Jesús, en cuanto se sientan y se callan y están todos atentos a sus palabras, empieza a hablar. Dice:
-Prestadme toda vuestra atención porque os voy a decir cosas de suma importancia. Todavía no las comprenderéis todas, ni todas bien. Pero Aquel que vendrá después de mí os las hará comprender. Escuchadme, pues.

Nadie está más convencido que vosotros de que sin la ayuda de Dios el hombre peca fácilmente, pues es debilísima su constitución, debilitada por el Pecado. Sería, entonces, un Redentor imprudente si, después de haberos dado tanto para redimiros, no diera también los medios para conservaros en los frutos de mi Sacrificio.

Sabéis que toda la facilidad para pecar viene de la Culpa, que, privando de la Gracia a los hombres, los despoja de su fortaleza, que está en la unión con la Gracia. Habéis dicho:

"Pero Tú has devuelto la Gracia". No. Ha sido devuelta a los justos hasta mi Muerte. Para devolvérsela a los próximos se requiere un medio. Un medio que no será solamente una figura ritual, sino que imprimirá verdaderamente en quien lo reciba el carácter real de hijo de Dios, cuales eran Adán y Eva, cuya alma, vivificada por la Gracia, poseía dones excelsos que Dios había dado a su amada criatura.

Vosotros sabéis lo que tenía el Hombre y lo que perdió el hombre. Ahora, por mi Sacrificio, las puertas de la Gracia están de nuevo abiertas, y el río de la Gracia puede descender hacia todos los que la piden por amor a mí. Por eso, los hombres tendrán el carácter de hijos de Dios por los méritos del primogénito de los hombres, por los méritos de quien os habla, vuestro Redentor, vuestro Pontífice eterno, vuestro Hermano en el Padre, vuestro Maestro. Desde Jesucristo y por Jesucristo, los hombres presentes y futuros podrán poseer el Cielo y gozar de Dios, fin último del hombre.

Hasta ahora, ni los justos más justos, aunque estuvieran circuncidados como hijos del pueblo elegido, podían alcanzar este fin. Dios consideraba sus virtudes, sus lugares estaban preparados en el Cielo, pero éste les estaba vedado, y negado les era el gozar de Dios porque en sus almas, jardines benditos florecidos con toda suerte de virtudes, estaba también el árbol maldito de la Culpa original, y ninguna obra, por santa que fuera, podía destruirlo, y no es posible entrar en el Cielo con raíces y frondas de tan maléfico árbol. El día de la Parasceve, el suspiro de los patriarcas y profetas y de todos los justos de Israel se aplacó en el gozo de la Redención cumplida, y 1as almas, más blancas que nieve montana hasta donde alcanzaba su virtud, se vieron libres incluso de la única Mancha que las mantenía apartadas del Cielo.

Pero el mundo continúa. Generaciones y más generaciones surgen y surgirán. Pueblos y más pueblos vendrán a Cristo.

¿Puede Cristo morir para cada nueva generación, para salvarla, o para cada pueblo que a Él venga? No. Cristo ha muerto una vez y no volverá a morir jamás, en, toda la eternidad. ¿Habrá de suceder, pues, que estas generaciones, estos pueblos, se hagan sabios por mi Palabra pero no posean el Cielo ni gocen de Dios, por estar heridos por la Mancha original? Tampoco. No sería justo, ni para ellos, pues vano sería su amor a mí, ni para mí, pues por demasiado pocos habría muerto. ¿Y entonces? ¿Cómo conciliar estas cosas distintas? ¿Qué nuevo milagro hará Cristo -que ya ha hecho muchos-antes de dejar el mundo para ir al Cielo, después de haber amado a los hombres hasta querer morir por ellos?

Ya ha hecho uno, dejándoos su Cuerpo y su Sangre para alimento fortalecedor y santificador y para recuerdo de su amor; y os ha mandado que hagáis lo que Él hizo para recuerdo suyo y como medio santificador para los discípulos, y para los discípulos de los discípulos, hasta el final de los tiempos.

Pero, aquella noche, purificados ya vosotros externamente, ¿os acordáis lo que hice? Me ceñí una toalla y os lavé los pies. Y, a uno de vosotros, que se escandalizaba de aquel gesto demasiado humillante, 1e dije: "Si no te lavo, no tendrás parte conmigo".

No entendisteis lo que quería decir, ni de qué parte hablaba, ni qué símbolo estaba poniendo. Pues bien, os lo digo. Además de haberos enseñado la humildad y la necesidad de ser puros para entrar a formar parte del Reino mío, además de haberos hecho observar benignamente que Dios, de uno que es justo, y por tanto puro en su espíritu y en su intelecto, exige únicamente una última purificación -de aquella parte que, necesariamente, más fácilmente se contamina incluso en los justos, quizás sólo polvo que la necesaria convivencia con los hombres deposita en los miembros limpios, en la carne-, además de estas cosas, enseñé otra.

Os lavé los pies, la parte inferior del cuerpo, la que va entre barro y polvo, a veces incluso entre inmundicias, para significar la carne, la parte material del hombre, la cual tiene siempre -excepto en los sin Mancha original, o por obra de Dios o por naturaleza divina (María Stma. por obra de Dios y Jesús por naturaleza divina) -imperfecciones, a veces tan mínimas que sólo Dios las ve, pero que verdaderamente deben ser vigiladas, para que no cobren fuerza y se transformen en hábito natural, y deben ser agredidas para ser extirpadas.

Os lavé los pies, pues. ¿Cuándo? Antes de la fracción del pan y el vino transubstanciados en mi Cuerpo y en mi Sangre. Porque Yo soy el Cordero de Dios y no puedo descender a donde Satanás tiene puesta su huella. Así pues, primero os lavé; luego me di a vosotros. También vosotros lavaréis con el Bautismo a los que vengan a mí, para que no reciban indignamente mi Cuerpo y no se transforme en tremenda condena de muerte.

Os estremecéis. Os miráis. Con las miradas os preguntáis: "¿Y Judas, entonces?". Os digo: “Judas comió su muerte”.

El supremo acto de amor no le tocó el corazón. El extremo intento de su Maestro chocó contra la piedra de su corazón, y esa piedra, en lugar de la Tau, llevaba grabada la horrenda sigla de Satanás, la señal de la Bestia.

Así pues, os lavé antes de admitiros al banquete eucarístico, antes de escuchar la confesión de vuestros pecados, antes de infundiros el Espíritu Santo y, por tanto, el carácter de verdaderos cristianos reconfirmados en Gracia, y de Sacerdotes míos. Hágase, pues, así con aquellos a quienes debéis preparar para la vida cristiana.

Bautizad con agua en el Nombre del Dios uno y trino y en mi Nombre y por mis méritos infinitos, para que sea borrada de los corazones la Culpa original, sean perdonados los pecados, sean infundidas la Gracia y las santas Virtudes, y el Espíritu Santo pueda descender a morar en los templos consagrados que serán los cuerpos de los hombres que viven en la gracia del Señor.

¿Era necesaria el agua para borrar el Pecado? El agua no toca al alma, no. Pero tampoco el signo inmaterial toca la vista del hombre, tan material en todas sus acciones. Bien podía Yo infundir la Vida sin el medio visible. Pero ¿quién lo habría creído? ¿Cuántos son los hombres que saben creer firmemente si no ven? Tomad, pues, de la antigua Ley mosaica el agua lustral (Números 19, 17-22), usada para purificar a los impuros y admitirlos de nuevo, cuando se habían contaminado con un cadáver, en los campamentos. Es verdad, todo hombre que nace está contaminado al tener contacto con un alma muerta a la Gracia. Sea, pues, ésta, con el agua lustral, purificada del contacto impuro y hágasela digna de entrar en el Templo eterno.

Y tened estima por el agua… Después de haber expiado y redimido con treinta y tres años de vida fatigosa culminada en la Pasión, y después de haber dado mi Sangre por los pecados de los hombres fueron extraídas del Cuerpo desangrado e inmolado del Mártir las aguas saludables para lavar la Culpa original. Con el Sacrificio consumado, Yo os he redimido de aquella mancha. Si en el umbral de la muerte un milagro mío divino me hubiera hecho descender de 1a cruz, en verdad os digo que, por la sangre derramada habría purificado las culpas, pero no la Culpa. Para ésta ha sido necesaria la consumación total. En verdad, las aguas saludables de que habla Ezequiel (Ezequiel 47, 1-12) han salido de este Costado mío. Sumergid en él a las almas.

Que salgan de él inmaculadas para recibir al Espíritu Santo que, en memoria de aquel soplo que el Creador espiró en Adán para darle el espíritu y, por tanto, la imagen y semejanza con Él, volverá a soplar y a morar en los corazones de los hombres redimidos.

Bautizad con mi Bautismo, pero en el Nombre del Dios trino. Porque, en verdad, si el Padre no hubiera querido y el Espíritu no hubiera actuado, el Verbo no se habría encarnado y vosotros no habríais recibido Redención. Por lo cual, es cuestión de justicia y de deber el que todo hombre reciba la Vida por Aquellos que se han unido en querérsela dar, nombrándose al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en el acto del Bautismo, que de mí tomará el nombre de cristiano para diferenciarlo de los otros, pasados o futuros, los cuales serán rito: pero no signos indelebles en la parte inmortal.

Y tomad el Pan y el Vino como Yo hice, y, en mi Nombre, bendecid, fraccionad y distribuid; y se nutran de mí los cristianos. Y haced del Pan y del Vino una ofrenda al Padre de los Cielos, inmolándola después en memoria del Sacrificio que Yo ofrecí y llevé a cabo en 1a Cruz por vuestra salvación. Yo, Sacerdote y Víctima, por mí mismo me ofrecí y sacrifiqué, no pudiendo ninguno, si Yo no hubiera querido, hacer esto de mí. Vosotros, mis Sacerdotes, haced esto en memoria mía y para que los tesoros infinitos de mi Sacrificio suban impetradores a Dios y desciendan propicios sobre todos aquellos que lo invocan con fe segura.

Fe segura, he dicho. No se exige ciencia para gozar del eucarístico Alimento y del eucarístico Sacrificio, sino fe. Fe en que en ese pan y en ese vino que uno, autorizado por mí y por los que después de mí vendrán -vosotros: tú, Pedro, Pontífice nuevo de la nueva Iglesia; tú, Santiago de Alfeo; tú, Juan; tú, Andrés; tú, Simón; tú, Felipe; tú, Bartolomé; tú, Tomás; tú, Judas Tadeo; tú, Mateo; tú, Santiago de Zebedeo-, consagre en mi Nombre es mi verdadero Cuerpo, mi verdadera Sangre; y fe en que quien se nutre de ellos me recibe en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; y fe en que quien me ofrece, ofrece realmente a Jesucristo como Él se ofreció por los pecados del mundo.

Un niño o un ignorante me pueden recibir al igual que pueden hacerlo un adulto y una persona docta. Y el Sacrificio ofrecido aportará a un niño o a un ignorante los mismos beneficios que a cualquiera de vosotros. Basta con que en ellos haya fe y gracia del Señor.

Pero vosotros vais a recibir un nuevo Bautismo, el del Espíritu Santo. Os lo he prometido y se os dará. El propio Espíritu Santo descenderá sobre vosotros. Ya os diré cuándo. Y quedaréis repletos de Él, con la plenitud de los dones sacerdotales. Podréis, por tanto, como he hecho Yo con vosotros, infundir el Espíritu Santo de que estaréis repletos, para confirmar en gracia a los cristianos e infundir en ellos los dones del Paráclito. Sacramento regio poco inferior al Sacerdocio Éxodo 29, 1-35; Levítico 8).

Que tenga la solemnidad, pues, de las consagraciones mosaicas con la imposición de las manos y la unción con óleo perfumado, en el pasado usado para consagrar a los Sacerdotes.

¡No, no os miréis tan asustados! ¡No estoy diciendo palabras sacrílegas! ¡No os estoy enseñando un acto sacrílego! La dignidad del cristiano es tal, que, lo repito, en poco es inferior a un sacerdocio. ¿Dónde viven los sacerdotes? En el Templo. Y un cristiano será un templo vivo. ¿Qué hacen los sacerdotes? Sirven a Dios con oraciones, con sacrificios y cuidando de los fieles. Esto hubieran debido hacer… Y el cristiano servirá a Dios con la oración y el sacrificio y con la caridad fraterna.
Y escucharéis la confesión de los pecados, así como Yo he escuchado los vuestros y los de muchos, y he perdonado donde he visto verdadero arrepentimiento.

¿Os inquietáis? ¿Por qué? ¿Tenéis miedo de no saber distinguir? He hablado otras veces sobre el pecado y sobre el juicio acerca del pecado. Y, al juzgar, acordaos de meditar en las siete condiciones por las que una acción puede ser o no pecado, y de distinta gravedad. Resumo. ¿Cuándo se ha pecado y cuántas veces?, ¿quién ha pecado?, ¿con quién?, ¿con qué?, ¿cuál es la materia del pecado?, ¿cuál la causa?, ¿por qué se ha pecado? Pero no temáis. El Espíritu Santo os ayudará.

Eso sí, con todo mi corazón os conjuro que observéis una vida santa, la cual aumentará de tal manera en vosotros las luces sobrenaturales, que llegaréis a leer sin error el corazón de los hombres y podréis, con amor y autoridad, declarar a los pecadores, temerosos de revelar su pecado o rebeldes para confesarlo, el estado de su corazón, ayudando a los tímidos y humillando a los impenitentes.

Recordad que la Tierra pierde al Absolvedor y que vosotros debéis ser lo que Yo era: justo, paciente, misericordioso, pero no débil. Os he dicho: lo que desatéis en la Tierra quedará desatado en el Cielo y lo que aquí atéis quedará atado en el Cielo. Por tanto, con sopesada reflexión juzgad a cada uno de los hombres sin dejaros corromper por simpatías o antipatías, por regalos o amenazas; imparciales en todo y para todos como es Dios, teniendo presentes la debilidad del hombre y las insidias de los enemigos.

Os recuerdo que algunas veces Dios permite también las caídas de sus elegidos; no porque le guste verlos caer, sino porque de una caída puede resultar un bien futuro mayor. Tended, pues, la mano a quien cae, porque no sabéis si esa caída puede ser la crisis que remedia una enfermedad que para siempre termina, dejando en la sangre una purificación que produce salud, en nuestro caso: que produce santidad.

Sed, por el contrario, severos con los que no tengan respeto hacia mi Sangre y acabada de lavar su alma por el lavacro divino, se arrojen al cieno una y cien veces. No los maldigáis, pero sed severos. Exhortadlos. Reciban vuestro llamamiento setenta veces siete. Recurriréis al extremo castigo de separarlos del pueblo elegido sólo cuando su pertinacia en un pecado que escandalice a los hermanos os obligue a actuar para no haceros cómplices de sus acciones. Recordad lo que dije: "Si tu hermano ha pecado, corrígelo a solas. Si no te escucha, corrígelo ante dos o tres testigos. Si esto no basta, ponlo en conocimiento de la Iglesia. Si no escucha ni siquiera a la Iglesia, considéralo como un gentil y un publicano".

En la religión mosaica el matrimonio es un contrato (Tobías 7, 14). Que en la nueva religión cristiana sea un acto sagrado e indisoluble, sobre el cual descienda la gracia del Señor para hacer de los cónyuges dos ministros suyos en la propagación de la especie humana.

Tratad desde los primeros momentos de aconsejar al cónyuge procedente de la nueva religión que induzca al cónyuge que aún se halla fuera del número de los fieles a entrar a formar parte de este número, para evitar esas dolorosas divisiones de pensamiento, y consiguientemente de paz, que hemos observado incluso entre nosotros. Pero, cuando se trate de fieles en el Señor, que por ninguna razón se desuna aquello que Dios ha unido. Y en el caso de una parte que se encuentre, siendo cristiana, unida a otra parte gentil, aconsejo que aquélla lleve su cruz con paciencia y mansedumbre, y también con fortaleza, hasta el punto de saber morir por defender su fe, pero sin abandonar al cónyuge al que se ha unido con su pleno consenso.

Éste es mi consejo para una vida más perfecta en el estado matrimonial, mientras no sea posible -lo será con la difusión del cristianismo­tener matrimonios de fieles. Entonces sagrado e indisoluble ha de ser el vínculo, y santo el amor.

Malo sería el que, por la dureza de los corazones, se diera en la nueva fe lo que se dio en la antigua: la permisión del repudio y de la separación para evitar escándalos creados por la libídine del hombre (Deuteronomio 24, 1-4). En verdad os digo que todos deben llevar su cruz en todos los estados, y también en el matrimonial.

Y también os digo en verdad que ninguna presión debe doblegar vuestra autoridad que afirme: "No es lícito" a aquel que quiera pasar a nuevo desposorio antes de que uno de los cónyuges haya muerto. Os digo que es mejor que una parte corrompida se separe -ella sola o seguida por otros­antes que concederle, por retenerla en el Cuerpo de la Iglesia, algo que sea contrario a la santidad del matrimonio, escandalizando a los humildes y poniéndolos en la tesitura de hacer consideraciones desfavorables a la integridad sacerdotal y sobre el valor de la riqueza o el poder.

Acto serio y santo son las nupcias. Y para mostrar esto estuve en una boda, y allí realicé el primer milagro. Pero, ¡ay si degeneran en libídine y capricho! El matrimonio, contrato natural entre el hombre y la mujer; que se eleve de ahora en adelante a contrato espiritual por el cual las almas de dos que se amen juren servir al Señor en un amor recíproco ofrecido a Él en obediencia a su imperativo de procreación para dar hijos al Señor.

Otra cosa… Santiago, ¿recuerdas lo que hablamos en el Carmelo? Desde entonces te he venido hablando. Pero los otros ignoran esto… Visteis a María de Lázaro ungir mis miembros en la cena del sábado en Betania. En esa ocasión os dije:

"Ella me ha preparado para la sepultura". En verdad lo hizo. No para la sepultura -ella creía que ese dolor estaba aún lejano-, pero sí para purificar mis miembros de todas las impurezas del camino, para ungirlos y así subiera perfumado con óleo balsámico al trono.

La vida del hombre es un camino. La entrada del hombre en la otra vida debería ser la entrada en el Reino. A todo rey se le unge y perfuma antes de subir a su trono y mostrarse a su pueblo. También el cristiano es un hijo de rey, que recorre su camino en dirección al reino a donde el Padre lo llama. La muerte del cristiano no es sino la entrada en el Reino para subir al trono que el Padre le ha preparado. La muerte -para aquel que, sabiendo que está en su gracia, no teme a Dios-no infunde espanto.

Ahora bien, purifíquese de todo residuo el cuerpo de aquel que deba subir al trono, para que se conserve hermoso para la resurrección; y purifíquesele el espíritu, para que resplandezca en el trono que el Padre le ha preparado para que aparezca con la dignidad que corresponde al hijo de tan gran rey. Aumento de la Gracia, cancelación de los pecados de que el hombre tenga pleno arrepentimiento, suscitación de ardoroso deseo del Bien, comunicación de fuerza para el combate supremo: esto ha de ser la unción que se dé a los moribundos cristianos; o, dicho más propiamente, a los cristianos que estén para nacer, porque en verdad os digo que el que muere en el Señor nace a la vida eterna.

Repetid el gesto de María en los miembros de los elegidos. Y que ninguno lo considere indigno de él. Yo acepté de manos de una mujer aquel óleo balsámico. Que todo cristiano se sienta honrado considerándolo una gracia suprema que le viene de la Iglesia de la que es hijo, y que lo acepte del sacerdote para quedar limpio de sus últimas manchas.

Y que todo sacerdote gustosamente repita en el cuerpo de su hermano moribundo el acto de amor de María para con el Cristo penante. En verdad os digo que aquello que en aquella ocasión no hicisteis conmigo, dejando que una mujer os llevara la delantera -y ahora pensáis en ello con mucho dolor-podéis hacerlo en el futuro, y tantas veces cuantas sean las que os inclinéis con amor hacia un moribundo para prepararlo para su encuentro con Dios.

Yo estoy en los mendigos y en los moribundos, en los peregrinos, en los huérfanos, en las viudas, en los prisioneros, en los que tienen hambre, sed o frío, en los que están afligidos o cansados. Yo estoy en todos los miembros de mi místico Cuerpo, que es la unión de mis fieles. Amadme en ellos y ofreceréis reparación por vuestro desamor de tantas veces, y me daréis gran alegría a mí, y a vosotros os daréis mucha gloria.

Y considerad que contra vosotros conspiran el mundo, la edad, las enfermedades, el tiempo, las persecuciones. Evitad, pues, el ser avaros de lo que habéis recibido, y evitad la imprudencia. Transmitid, por esto, en mi Nombre, el Sacerdocio a los mejores de entre los discípulos, para que la Tierra no se quede sin sacerdotes. Y que sea un carácter sagrado concedido después de un profundo examen, no verbal sino de las acciones de aquel que pide ser sacerdote, o de aquel a quien juzguéis apto para serlo.

Pensad en lo que es el Sacerdote; en el bien que puede hacer y en el mal que puede hacer. Habéis visto una muestra de lo que puede hacer un sacerdote venido a menos en su carácter sagrado. En verdad os digo que por las culpas del Templo esta nación será dispersada.

Pero también os digo, en verdad, que igualmente será destruida la Tierra cuando el abominio de la desolación entre en el nuevo sacerdocio, conduciendo a los hombres a la apostasía para abrazar las doctrinas infernales.

Entonces surgirá el hijo de Satanás, y los pueblos, tremendamente horrorizados, gemirán, y pocos permanecerán fieles al Señor; entonces, entre convulsiones de horror, vendrá el final, tras la victoria de Dios y de sus pocos elegidos, y descenderá la ira de Dios sobre todos los malditos. ¡Desventura, tres veces desventura si para esos pocos ya no hay santos, los últimos pabellones del Templo de Cristo! ¡Desventura, tres veces desventura si para confortar a los últimos cristianos no hay verdaderos Sacerdotes como los habrá para los primeros!

En verdad, la última persecución, no siendo persecución de hombres sino del hijo de Satanás y de sus seguidores, será horrenda. ¿Sacerdotes? Tan feroz será la persecución de las hordas del Anticristo, que los de la última hora deberán ser más que sacerdotes. Semejantes al hombre vestido de lino (tan santo, que está al lado del Señor; el hombre de la visión de Ezequiel) (Ezequiel 9, 2.3.11; 10, 2.6.7), deberán, infatigablemente, con su perfección, marcar una Tau en los espíritus de esos pocos fieles para que llamas de infierno no la cancelen. ¿Sacerdotes? Ángeles. Ángeles que agiten el turíbulo cargado de los inciensos de sus virtudes para purificar el aire de los miasmas de Satanás. ¿Ángeles? Más que ángeles: otros Cristos, para que los fieles del último tiempo puedan perseverar hasta el final. Esto es lo que deberán ser.

Pero el bien y el mal futuros tienen raíz en el presente.

Los aludes empiezan con un copo de nieve. Un sacerdote indigno, impuro, hereje, infiel, incrédulo, tibio o frío, apagado, insípido, lujurioso, hace un daño diez veces superior al que provoca un fiel culpable de los mismos pecados; y arrastra a muchos otros al pecado. La relajación en el Sacerdocio, el acoger doctrinas impuras, el egoísmo, la codicia, la concupiscencia en el Sacerdocio, ya sabéis en donde desemboca: en el deicidio.

Y en los siglos futuros ya no se podrá matar al Hijo de Dios, pero sí se podrá matar la fe en Dios, la idea de Dios. Por lo cual se llevará a cabo un deicidio aún más irreparable, porque carecerá de resurrección. Sí, se podrá llevar a cabo; lo veo… Podrá ser llevado a cabo por los demasiados Judas de Keriot de los siglos futuros. ¡Un horror!…

¡Mi Iglesia removida de sus quicios por sus propios ministros! ¡Y Yo sosteniéndola con la ayuda de las víctimas! ¡Y ellos, esos Sacerdotes que tendrán únicamente las vestiduras del Sacerdote, pero no su alma, ayudando a intensificar las olas agitadas por la Serpiente infernal contra tu barca, Pedro! ¡En pie! ¡Yérguete! Transmite esta orden a tus sucesores:

"Mano al timón, mano dura con los náufragos que han querido naufragar y tratan de hacer naufragar a la barca de Dios. Descarga tu mano, pero salva y sigue adelante. Sé severo, porque justo es el castigo contra los hombres rapaces. Defiende el tesoro de la fe. Mantén alta la luz, como un faro por encima de las olas desatadas, para que los que siguen a tu barca vean y no perezcan. Pastor y nauta para los tiempos tremendos, recoge, guía, levanta alto mi Evangelio, porque en él y no en otra ciencia se halla la salvación.

Lo mismo que nos ha sucedido a los de Israel, y aún más profundamente, llegarán tiempos en que el Sacerdocio creerá ­por saber sólo lo superfluo, desconociendo lo indispensable, o conociendo sólo su forma muerta, esa forma con que ahora conocen los sacerdotes la Ley, o sea, no el espíritu sino el revestimiento, y exageradamente recargado de adornos-creerá, digo, ser una clase superior.

Vendrán tiempos en que el Libro quedará sustituido por todos los demás libros, y aquél será usado sólo como lo usaría uno que debiera utilizar forzadamente un objeto, o sea, mecánicamente; como un agricultor ara, siembra, recoge, sin meditar en la maravillosa providencia que hay en esa nueva multiplicación de semillas que sucede todos los años: una semilla arrojada a la tierra removida, que se hace tallo y espiga, luego harina y luego pan por paterno amor de Dios. ¿Quién al llevarse a la boca un trozo de pan alza el espíritu hacia Aquel que creó la primera semilla y desde siglos la hace renacer y crecer, distribuyendo con medida las lluvias y el calor para que germine y se alce y madure sin que se ponga lacia o se queme? Así, llegará el tiempo en que será enseñado el Evangelio científicamente bien, pero espiritualmente mal.

Ahora bien, ¿qué es la ciencia si falta la sabiduría? Es paja. Paja que se hincha y no nutre. Y en verdad os digo que llegará un tiempo en que demasiados de entre los Sacerdotes serán semejantes a pajares llenos, soberbios pajares, que se mostrarán arrogantes con su orgullo de estar muy llenos, como si a sí mismos se hubieran proporcionado esas espigas que coronaron las cañas, como si todavía las espigas estuvieran en la cima de las cañas; y creerán ser todo por tener toda esa paja, en vez del puñado de mies, del verdadero alimento que es el espíritu del Evangelio. ¡Un montón! ¡Un montón de paja! Pero ¿puede bastar la paja? Ni siquiera para el vientre del jumento basta, y, si el amo del jumento no vigoriza al animal con cereales y forraje fresco, el jumento nutrido sólo con paja se debilita e incluso muere.

Pues bien, os digo que llegará el momento en que los Sacerdotes, olvidando que con pocas espigas instruí a los espíritus en orden a la verdad, y olvidando cuánto le costó a su Señor ese verdadero pan del espíritu (sacado por entero y solamente de la Sabiduría divina, expresado por la divina Palabra, noble en su forma doctrinal, incansable en repetirse, para que no se pierdan las verdades dichas, humilde en su forma, sin atavíos de ciencias humanas, sin complementos históricos y geográficos), no se preocuparán del alma de ese pan del espíritu, sino sólo del revestimiento con que presentarlo, para hacer ver a las multitudes cuántas cosas saben, y el espíritu del Evangelio quedará difuminado en ellos bajo avalanchas de ciencia humana. Pero, si no lo poseen, ¿cómo pueden transmitirlo? ¿Qué darán a los fieles estos pajares hinchados? Paja.

¿Qué alimento recibirán de ellos los espíritus de los fieles? Pues lo que no da para más que para arrastrar una mortecina vida. ¿Qué fruto producirán de esta enseñanza y de este conocimiento imperfecto del Evangelio? Pues el enfriamiento de los corazones, el que entren doctrinas heréticas, doctrinas e ideas más que heréticas incluso, en vez de la única, verdadera Doctrina; y la preparación del terreno para la Bestia, para su fugaz reino de hielo, tinieblas y horror.

En verdad os digo que, de la misma manera que el Padre y Creador multiplica las estrellas para que no se despueble el cielo por las que, terminada su vida, perecen, así, igualmente, Yo tendré que evangelizar muchísimas veces a discípulos a los que distribuiré entre los hombres y a lo largo de los siglos. Y también en verdad os digo que el destino de éstos será como el mío; es decir, la sinagoga y los soberbios los perseguirán como me han perseguido a mí. Pero tanto Yo como ellos tenemos nuestra recompensa: la de hacer la Voluntad de Dios, y la de servirle hasta la muerte de cruz para que su gloria resplandezca y el conocimiento de Él no se apague.

Pero tú, Pontífice, y vosotros, Pastores, en vosotros y en vuestros sucesores, velad para que no se pierda el espíritu del Evangelio y, incansablemente, orad al Espíritu Santo para que en vosotros se renueve un continuo Pentecostés -no sabéis lo qué quiero decir, pero pronto lo sabréis-, de forma que podáis comprender todos los idiomas y discernir mis voces de las del Simio de Dios: Satán, y elegir aquéllas. Y no dejéis caer en el vacío mis voces futuras.

Cada una de ellas es un acto de misericordia mía para ayudaros; y esas voces, cuanto más vea Yo, por razones divinas, que el Cristianismo las necesita para superar las borrascas de los tiempos, más numerosas serán
¡Pastor y nauta, Pedro! Pastor y nauta. Llegará el día en que no te bastará con ser pastor, si no eres nauta; ni con ser nauta, si no eres pastor.

Ambas cosas deberás ser: para mantener congregados a los corderos (esos corderos que tentáculos y garras feroces tratarán de arrebatarte, o falaces músicas de promesas imposibles te seducirán), y para llevar adelante la barca (esa barca que será embestida por todos los vientos, de Septentrión y Meridión, de Oriente y Occidente; azotada y sacudida por las fuerzas del abismo; asaeteada por los arqueros de la Bestia; lamida por el aliento de fuego del dragón, que barrerá sus bordes con su cola, de forma que los imprudentes sufrirán el fuego y perecerán cayendo a las enfurecidas olas).

Pastor y nauta en los tiempos tremendos… Tu brújula, el Evangelio. En él están la Vida y la Salvación. Y todo está dicho en él. Todos los artículos del Código santo, todas las respuestas para los múltiples casos de las almas están en él. Y haz que de él no se separen ni los Sacerdotes ni los fieles. Haz que no vengan dudas sobre él, ni alteraciones a él, ni sustituciones ni sofisticaciones.

El Evangelio… soy Yo mismo el Evangelio. Desde el nacimiento hasta la muerte. En el Evangelio está Dios.

Porque en él aparecen manifiestas las obras del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. El Evangelio es amor. Yo he dicho: "Mi Palabra es Vida". He dicho "Dios es caridad". Que conozcan, pues, los pueblos mi Palabra y tengan en ellos el amor, o sea, a Dios. Para tener el Reino de Dios.

Porque el que no está en Dios no tiene en sí la Vida. Porque los que no reciban la Palabra del Padre no podrán ser una sola cosa con el Padre, conmigo y con el Espíritu Santo en el Cielo, y no podrán pertenecer a ese único Redil que es santo como Yo quiero que lo sea. No serán sarmientos unidos a la Vid, porque quien rechaza en su totalidad o parcialmente mi Palabra es un miembro por el que ya no circula la savia de la Vid. Mi Palabra es savia que nutre y hace crecer y fructificar.

Todo esto lo haréis en recuerdo de mí, que os lo he enseñado. Mucho más podría deciros sobre estas cosas. Pero me he limitado a echar la semilla. El Espíritu Santo la hará germinar. He querido daros Yo la semilla, porque conozco vuestros corazones y sé cómo titubearíais, a causa del miedo, por indicaciones espirituales, inmateriales. El miedo a caer en engaño paralizaría vuestra voluntad. Por eso os he hablado -Yo primero-de todas las cosas. Luego el Paráclito os recordará mis palabras y os las ampliará detalladamente. Y no temeréis porque recordaréis que la primera semilla os la di Yo.

Dejaos guiar por el Espíritu Santo. Si mi Mano os ha guiado con dulzura, su Luz es dulcísima. Él es el Amor de Dios. Así Yo me marcho contento, porque sé que Él ocupará mi lugar y os guiará al conocimiento de Dios. Todavía no lo conocéis, a pesar de que os haya hablado mucho de Él.

Pero no es culpa vuestra. Vosotros habéis hecho de todo por comprenderme y por eso estáis justificados, a pesar de que hayáis comprendido poco en tres años. La falta de la Gracia ofuscaba vuestro espíritu. Ahora también comprendéis poco, aunque la Gracia de Dios haya descendido de mi cruz sobre vosotros. Tenéis necesidad del Fuego. Un día hablé de esto a uno de vosotros, yendo por los caminos de las orillas del Jordán.

La hora ha llegado. Vuelvo a mi Padre, pero no os dejo solos, porque os dejo la Eucaristía, o sea, a vuestro Jesús hecho alimento para los hombres. Y os dejo al Amigo: al Paráclito. Él os guiará. Paso vuestras almas de mi Luz a su Luz y Él llevará a cabo vuestra formación.
-¿Nos dejas ahora? ¿Aquí? ¿En este monte?
Están todos desolados.

-No. Todavía no. Pero el tiempo vuela y pronto llegará ese momento.

-¡No me dejes en la Tierra sin ti, Señor! Te he querido desde tu Nacimiento hasta tu Muerte, desde tu Muerte hasta tu Resurrección, y siempre. Pero, ¡demasiado triste sería saber que no estuvieras ya entre nosotros! Escuchaste la oración del padre de Eliseo. Has acogido las peticiones de muchos. ¡Acoge la mía, Señor! -suplica Isaac, de rodillas, tendidas sus manos hacia adelante.

-La vida que todavía podrías tener sería predicación de mí, quizás gloria, de martirio. Supiste ser mártir por amor a mí cuando era niño, ¿temes ahora serlo por amor a mí glorioso?

-Mi gloria consistiría en seguirte, Señor. Soy pobre e ignorante. Todo lo que podría dar lo he dado con buena voluntad. Ahora lo que querría sería seguirte. Pero hágase como Tú quieres, ahora y siempre.
Jesús pone sobre la cabeza de Isaac la mano, y la mantiene haciendo una larga caricia mientras dice a todos los presentes:

-¿No tenéis preguntas que hacerme? Son las últimas lecciones. Hablad a vuestro Maestro… ¿Veis como los pequeños tienen confianza conmigo?
En efecto, también hoy Margziam apoya la cabeza en el cuerpo de Jesús, pegándose fuertemente a Él; e Isaac tampoco ha mostrado reticencia en exponer su deseo.
-La verdad… Sí… Tenemos preguntas que hacerte… -dice Pedro.

-Pues preguntad.
-Sí… Ayer, al declinar del día, cuando nos dejaste, estuvimos hablando entre nosotros sobre lo que habías dicho. Ahora otras palabras se acumulan en nosotros por lo que acabas de decir. Ayer, y también hoy, si lo pensamos bien, has hablado como si fueran a surgir herejías y divisiones, y pronto además. Esto nos hace pensar que tendremos que ser muy prudentes con los que quieran incorporarse a nosotros. Porque está claro que en ellos estará la semilla de la herejía y de la división.

-¿Lo crees? ¿Y no está dividido ya Israel respecto a venir a mí? Tú quieres decir que el Israel que me ha querido nunca será hereje y nunca estará dividido. ¿No? Pero, ¿acaso ha estado unido alguna vez desde hace siglos?, ¿acaso estuvo unido, incluso, en los momentos de su antigua formación? ¿Y ha estado unido en seguirme? En verdad os digo que está en él la raíz de la herejía.

-Pero…

-Pero es idólatra y vive en la herejía, desde hace siglos, bajo apariencia externa de fidelidad. Ya conocéis sus ídolos y sus herejías Los gentiles serán mejores. Por eso, Yo no los he excluido, y os digo que hagáis lo que Yo he hecho.

Esta será para vosotros una de las cosas más difíciles. Lo sé. Pero, traed a vuestra memoria a los profetas.

Profetizan la vocación de los gentiles y la dureza de los judíos (Isaías 45, 14-17; 49, 5-6; 55, 5; 60: Jeremías 16, 19-21; Miqueas 4, 1-2; Sofonías 3, 9-10; Zacarías 8, 20-23. Y profetizan le dureza de los judíos; por ejemplo, en: Éxodo 32, 7-10; 33, 5; 34, 8; Deuteronomio 9, 1­14; 31, 24-27; 2 Crónicas 30, 7-8; 36, 14-16; Jeremías 3, 6-25; 4, 1-4; 7, 21-28; Ezequiel 2, 3-8; 3, 4-9; 6, 11-14; 7, 15-27; 8,-11, 2­12; 20; 22).

¿Qué razón tendríais para cerrar las puertas del Reino a los que me aman y se acercan a la Luz que su alma buscaba?

¿Los creéis más pecadores que vosotros porque hasta el momento no han conocido a Dios; porque han seguido su religión y la seguirán hasta que no se vean atraídos por la nuestra? No debéis hacerlo. Yo os digo que muchas veces son mejores que vosotros porque, teniendo una religión no santa, saben ser justos.

No faltan los justos en ninguna nación ni religión. Dios observa las obras de los hombres, no sus palabras. Y si ve que un gentil, por justicia de corazón, hace naturalmente lo que la Ley del Sinaí manda, ¿por qué debería considerarlo abyecto? ¿No es aún más meritorio el que un hombre que no conoce el mandato de Dios de no hacer esto o aquello porque está mal se imponga por sí mismo un imperativo de no hacer lo que su razón le dice que no es bueno y lo siga fielmente?… ¿no es esto mayor respecto al mérito relativo de aquel que, conociendo a Dios, fin del hombre, y conociendo la Ley, que permite conseguir este fin, haga continuos compromisos y cálculos para adecuar el imperativo perfecto a la voluntad corrompida?

¿Qué os parece? ¿Creéis que Dios aprecia las escapatorias que Israel ha puesto a la obediencia para no tener que sacrificar mucho su concupiscencia? ¿Qué os parece? ¿Creéis que cuando salga de este mundo un gentil, justo ante Dios por haber seguido la recta ley que su conciencia se impuso, Dios lo va a juzgar como demonio? Os digo que Dios juzgará las acciones de los hombres, y el Cristo, Juez de todas las gentes, premiará a aquellos en quienes el deseo del alma tuvo voz de íntima ley para llegar al fin último del hombre, que es unirse de nuevo con su Creador, con el Dios desconocido para los paganos pero sentido como verdadero y santo más allá del escenario pintado de los falsos Olimpos.

Es más, tened mucho cuidado de no ser vosotros escándalo para los gentiles. Ya demasiadas veces ha sido mancillado el nombre de Dios entre los gentiles por las obras de los hijos del pueblo de Dios. No intentéis creeros tesoreros absolutos de mis dones y méritos. Yo he muerto por judíos y gentiles. Mi Reino será de todas las gentes. No abuséis de la paciencia con que Dios os ha tratado hasta este momento diciéndoos a vosotros mismos:

“A nosotros todo nos está permitido". No. Os lo digo. Ya no existe éste o aquel pueblo. Existe mi Pueblo. Y en él tienen el mismo valor los vasos que se han gastado en el servicio del Templo y los que ahora se colocan en las mesas de Dios. Es más, muchos vasos gastados en el servicio del Templo, pero no de Dios, serán arrinconados y, en vez de ellos, sobre el altar, serán colocados los que ahora no conocen ni incienso ni aceite ni vino ni bálsamo, pero están deseosos de llenarse de esto y de ser usados para la gloria de Dios.

No exijáis mucho a los gentiles. Basta con que tengan la fe y con que obedezcan a mi Palabra. Una nueva circuncisión toma el lugar de la antigua. De ahora en adelante, la circuncisión del hombre es la del corazón; la del espíritu, mejor aún que la del corazón; porque la sangre de los circuncisos, que significa purificación de aquella concupiscencia que excluyó a Adán de la filiación divina, ha quedado sustituida por mi Sangre purísima, la cual es válida en el circunciso y en el incircunciso en cuanto al cuerpo, con tal de que tenga mi Bautismo y de que renuncie a Satanás, al mundo y a la carne por amor a Mí. No despreciéis a los incircuncisos

. Dios no despreció a Abraham, a quien, por su justicia y antes de que la circuncisión mordiera su carne, eligió como jefe de su Pueblo. Si Dios estableció contacto con Abraham (Génesis 12, 1-3.7) para transmitirle sus preceptos cuando era incircunciso vosotros podréis establecer contacto con los incircuncisos para instruirlos en la Ley del Señor. Considerad cuántos pecados han cometido y a qué pecado han llegado los circuncisos. No seáis, pues, intransigentes con los gentiles.

-¿Pero tenemos que decirles a ellos lo que Tú nos has enseñado? No comprenderán nada, porque no conocen la Ley.
-Vosotros lo decís. Pero, ¿acaso ha comprendido Israel, que conocía la Ley y los Profetas?
-Es verdad.

-De todas formas, estad atentos. Diréis lo que el Espíritu os sugiera que digáis, con toda exactitud, sin miedos, sin querer obrar por propia iniciativa. Y cuando de entre los fieles, surjan falsos profetas, los cuales manifestarán sus ideas como si fueran ideas inspiradas, y serán los herejes, pues combatid con medios más estables que la palabra sus doctrinas heréticas. Pero no os preocupéis. El Espíritu Santo os guiará. Yo nunca digo nada que no se cumpla.

¿Y qué vamos a hacer con los herejes?
-Combatid con todas las fuerzas la herejía en sí misma, pero tratad, con todos los medios, de convertir para el Señor a los herejes. No os canséis de buscar las ovejas descarriadas para conducirlas de nuevo al Redil. Orad, sufrid, incitad a orar y a sufrir, id pidiendo sacrificios y sufrimientos a los puros, a los buenos, a los generosos, porque con estas cosas se convierten los hermanos. La Pasión de Cristo continúa en los cristianos. No os he excluido de esta gran obra que es la Redención del mundo.

Sois todos miembros de un único cuerpo. Ayudaos entre vosotros, y quien esté sano y sea fuerte que trabaje para los más débiles, y quien esté unido que extienda las manos y llame a los hermanos que están lejos.
-¿Pero los habrá, después de haber sido hermanos bajo un mismo techo?

-Los habrá.
-Y por qué?

-Por muchas razones. Llevarán todavía mi Nombre. Es más, se gloriarán de él. Trabajarán por extender el conocimiento de mi Nombre. Contribuirán a que Yo sea conocido hasta en los últimos confines de la Tierra. No se lo impidáis, porque os recuerdo que el que no está contra mí está de mi parte. Pero… ¡pobres hijos! Su trabajo será siempre parcial; sus méritos, siempre imperfectos. No podrán estar en mí si están separados de la Vid. Sus obras serán siempre incompletas.

Vosotros -digo "vosotros" y hablo a los que os sucederán-id a donde estén ellos; no digáis farisaicamente: "No voy para no contaminarme", o perezosamente: "No voy porque ya hay quien predica al Señor", o temerosamente: "No voy para no ser repelido por ellos". Id. Id, os digo. A todas las gentes. Hasta los confines del mundo. Para que sea conocida toda mi Doctrina y mi única Iglesia, y las almas tengan la manera de entrar a formar parte de ella.

-¿Y diremos o escribiremos todas tus acciones?
-Os he dicho que el Espíritu Santo os aconsejará sobre lo que conviene decir o callar según los tiempos. Ya veis que todo lo que he realizado es creído o negado, y que algunas veces, blandido por manos que me odian, se toma como arma contra mí. Me han llamada Belcebú cuando, como Maestro y en presencia de todos, obraba milagros. ¿Qué dirán ahora, cuando sepan que tan sobrenaturalmente he obrado? Seré blasfemado más aún. Y vosotros seríais perseguidos antes de su momento. Por tanto, callad hasta que llegue la hora de hablar.

-¿Pero y si esa hora llegara cuando ya nosotros, testigos, hubiéramos muerto?

-En mi Iglesia habrá siempre sacerdotes, doctores, profetas, exorcistas, confesores, obradores de milagros, inspirados: todo lo que ella requiere para que las gentes reciban de ella lo necesario. El Cielo, la Iglesia triunfante, no dejará sola a la Iglesia docente, y ésta socorrerá a la Iglesia militante. No son tres cuerpos. Son un solo Cuerpo. No hay división entre ellas, sino comunión de amor y de fin: amar la Caridad; gozar de la Caridad en el Cielo, su Reino. Por eso, también la Iglesia militante deberá, con amor, aportar sufragios a la parte suya que, destinada ya a la triunfante, todavía se encuentra excluida de ésta por razón de la satisfactoria reparación de las faltas absueltas pero no expiadas enteramente ante la perfecta divina Justicia.

En el Cuerpo místico todo debe hacerse en el amor y por amor, porque el amor es la sangre que por él circula. Socorred a los hermanos que purgan. De la misma manera que he dicho que las obras de misericordia corporales os conquistan un premio en el Cielo, también he dicho que os lo conquistan las espirituales. Y en verdad os digo que el sufragio para los difuntos, para que entren en la paz, es una gran obra de misericordia, por la cual Dios os bendecirá y os estarán agradecidos los beneficiarios del sufragio.

Os digo que cuando, en el día de la resurrección de la carne, estéis todos congregados ante Cristo Juez, entre aquellos a quienes bendeciré estarán los que tuvieron amor por los hermanos purgantes ofreciendo y orando por su paz. Ninguna buena acción quedará sin fruto, y muchos resplandecerán vivamente en el Cielo sin haber predicado ni administrado ni realizado viajes apostólicos, sin haber abrazado especiales estados, sino solamente por haber orado y sufrido por dar paz a los purgantes, por llevar a la conversión a los mortales. También estas personas, sacerdotes a quienes el mundo desconoce, apóstoles desconocidos, víctimas que sólo Dios ve, recibirán el premio de los jornaleros del Señor, pues habrán hecho de su vida un perpetuo sacrificio de amor por los hermanos y por la gloria de Dios. En verdad os digo que a la vida eterna se llega por muchos caminos, y uno de ellos es éste, y muy apreciado por mi Corazón. ¿Tenéis alguna otra cosa que preguntar? Hablad.

-Señor, ayer, y no sólo ayer, pensábamos que habías dicho: "Os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel". Pero ahora somos once…

-Elegid al duodécimo. Es tarea tuya, Pedro.
-¿Mía? ¡Mía no, Señor! Indícalo Tú.

-Yo elegí a mis Doce una vez, y los formé. Luego elegí a su cabeza. Luego les di la Gracia e infundí en ellos el Espíritu Santo. Ahora es tarea suya andar, porque ya no son lactantes incapaces de caminar.

-Pero dinos, al menos, dónde debemos poner nuestros ojos…

-Mirad, ésta es la parte selecta del rebaño -dice Jesús, señalando en círculo a los que, de los setenta y dos, están presentes.

-Nosotros no, Señor. Nosotros no. El puesto del traidor nos da miedo -suplican éstos.
-Tomamos a Lázaro. ¿Quieres, Señor?
Jesús calla.

-¿José de Arimatea? ¿Nicodemo?…
Jesús calla.

-¡Claro, Lázaro!
-¿Y al amigo perfecto queréis darle el lugar que vosotros no queréis? -dice Jesús.

-Señor, quisiera decir algo -dice el Zelote.
-Habla.
-Lázaro, por amor a ti, estoy seguro de ello, tomaría incluso ese lugar, y lo ocuparía de una manera tan perfecta, que haría olvidar de quién fue ese puesto. Pero, por otros motivos, no me parece conveniente hacerlo.

Las virtudes espirituales de Lázaro están en muchos de entre los humildes de tu rebaño. Y creo que sería mejor dar a éstos la prioridad, para que los fieles no digan que se buscó sólo el poder y las riquezas --cosa de fariseos-, en vez de la virtud a secas.

-Bien has hablado, Simón; y más aún considerando que has hablado con justicia sin que la amistad con Lázaro te pusiera cortapisas.

-Pues hacemos a Margziam el apóstol duodécimo. Es ya un jovencito.

-Yo, para borrar ese vacío horrendo, aceptaría; pero no soy digno. ¿Cómo podría hablar yo, siendo sólo un jovencito, a un adulto? Señor, di si no tengo razón.

-Tienes razón. De todas formas, no tengáis prisa. Llegará el momento, y os asombraréis entonces de tener todos un pensamiento común. Orad, mientras tanto. Yo me marcho. Retiraos en oración. Me despido de vosotros por ahora. Y esmeraos en estar todos, para el decimocuarto de Ziv en Betania.

Se levanta. Y todos se arrodillan, se postran, rostro en tierra, entre la hierba. Los bendice. Entonces la luz -servidora suya que lo anuncia y precede cuando viene y lo envuelve cuando se marcha-lo abraza y oculta, absorbiéndolo una vez más.

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