por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Levantaos. Nos marchamos. Vamos de nuevo al río. Buscamos una barca. Ve tú, Pedro, con Santiago. Una barca que nos lleve hasta las cercanías de Betabara. Estaremos un día donde Salomón y luego…
-¿Pero no íbamos a Nazaret?
-No. Por la noche he decidido. Lo siento por vosotros. Debo volver para atrás.
-¡Qué alegría! -exclama Margziam -¡Estaré más tiempo contigo!
-Sí, aunque, pobre niño, a mi lado ves días muy tristes.
-Pues precisamente por eso deseo quedarme contigo. Para darte amor. Es lo único que quiero. No pido nada más.
Jesús lo besa en la frente.
-¿Y vamos a pasar otra vez por Betabara? -pregunta Mateo.
-No. Atravesamos el río con la barca de algún pescador.
Regresan Pedro y Santiago.
-Ninguna barca, Maestro, hasta el atardecer… Y… ¿debo decirlo?
-Dilo.
-Y han pasado por aquí algunos… Deben haber pagado bien o amenazado fuertemente… No creo que encuentres barca tampoco al atardecer… Son unos despiadados…
Pedro suspira.
-No importa. Vamos a ponernos en camino… y el Señor nos ayudará.
La época del año es mala. Llueve. Hay fango. El camino está lodoso. En la orilla, la lluvia se suma al rocío de la noche, abundante a lo largo del río; pero, de todas formas, van por el estrecho realce que orilla el camino, menos fangoso y menos expuesto -debido a una hilera de chopos que protegen mucho-al estilicidio de la lluvia, diminuta pero continua; menos expuesto cuando un soplo de viento no hace caer de golpe todas las gotas de agua retenidas entre las ramas.
-¡Bueno, ya es su tiempo! -dice filosóficamente Tomás, recogiéndose la túnica.
-¡Es su tiempo! -confirma Bartolomé, y suspira.
-Ya nos secaremos en algún lugar. No estarán todos… irritados contra nosotros -dice Pedro.
-Y podremos encontrar una barca… ¡No es seguro que no! -añade Santiago de Alfeo.
-Si tuviéramos mucho dinero se encontraría todo. ¡Pero no quiso que fuera a vender a Jericó! -dice Judas de Keriot.
¡Calla! Te lo ruego. El Maestro está muy afligido -¡Calla! -suplica Juan.
-Callo. Es más, no hago más que alegrarme de su indicación. Así no se puede decir que yo haya mandado a esos saduceos de cerca de Jericó -y mira a Pedro. Pero Pedro está absorto y no ve ni responde.
Caminan, caminan bajo la lluvia menuda, fina como niebla, en este día grisáceo. De vez en cuando hablan entre sí. Pero las palabras que dicen parecen tanto conclusiones de un diálogo con un invisible interlocutor, que parece como si hablaran consigo mismos.
-Al final tendremos que pararnos en algún lugar.
-Todos los lugares son iguales, porque a todos vienen ellos.
-Persecución por persecución, lo mejor es estar en una ciudad: al menos uno no se moja.
-¿Pero a dónde quieren llegar?
-¡Pobre María! ¡Si supiera!»
-¡Dios Altísimo, protege a tus siervos!…
Luego se juntan y debaten en voz baja.
Jesús va delante, solo… ¡Solo! Hasta que llegan Margziam y el Zelote.
Los otros han bajado al guijarral. Para ver si hay barca… Tardaríamos menos. ¿Nos quieres contigo?
-Venid. ¿De qué hablabais antes?
-De lo que sufres Tú.
-Y del odio de los hombres. ¿Qué podemos hacer para aliviarte y para frenar el odio? -pregunta el Zelote.
-Para mi dolor está vuestro amor… Para el odio… no hay más remedio que soportarlo… Es una cosa que termina con la vida de la Tierra… y este pensamiento da paciencia y fortaleza mientras se soporta. ¡Margziam! ¡Niño! ¿Por qué estás turbado?
-Porque esto me recuerda a Doras…
-Tienes razón. Ya es tiempo de que te mande otra vez a casa…
-¡No! ¡Jesús! ¡No! ¿Por qué quieres castigarme por un mal que no he hecho?
-No es castigar. Es preservar… No quiero que recuerdes a Doras. ¿Qué se alza en ti tras este recuerdo? Responde…
Margziam llora con la cabeza agachada, luego levanta la cara y dice:
-Tienes razón. Mi espíritu no es capaz de ver y perdonar, no es todavía capaz. Pero ¿por qué me alejas de ti? Si sufres, con mayor razón debo estar a tu lado. ¡Tú también me has consolado siempre! Ya no soy ese niño necio que el año pasado te decía: "No me dejes ver tu dolor". Soy ahora un verdadero hombre. ¡Deja que me quede! ¡Señor! ¡Díselo tú, Simón!
-El Maestro sabe lo que es bueno para nosotros. Y quizás… quiere darte algún encargo… No sé… Estoy diciendo lo que pienso…
-Es como has dicho. Lo habría tenido conmigo, con gran satisfacción, hasta después incluso de las Encenias.
Pero… mi Madre está sola allá arriba. El ruido que produce el odio es muy fuerte. Podría temer más de lo necesario. Mi Madre está sola. Y seguro que llora. Irás donde Ella, le llevarás mi saludo y le dirás que la espero para después de las Encenias. Y no digas nada más, Margziam.
-¿Pero si me pregunta?
-Puedes no mentir diciendo… que la vida de su Jesús está como este cielo de Etanim. Nubes y lluvia, alguna vez borrasca. Pero no faltan los días de sol. Como ayer, como quizás mañana. Callar no es mentir. Háblale de los milagros que has visto. Dile que Elisa está conmigo, que Ananías me ha acogido como un padre. Que en Nob estoy en casa de un buen israelita. Lo demás… sobre lo demás esté el silencio. Y luego irás a estar con Porfiria. Y estarás allí hasta que Yo te llame.
Margziam llora más fuerte.
-¿Por qué lloras así? ¿No estás contento de ir donde María? Ayer lo estabas… -dice Simón.
-Ayer sí. Porque íbamos todos. Y además lloro porque tengo miedo de no volver a verte… ¡Oh, Señor, Señor! ¡Ya nunca veré días tan felices como lo han sido estos días!
-Nos veremos todavía, Margziam. Te lo prometo.
-¿Cuándo? No antes de la Pascua. ¡Es mucho tiempo!
Jesús calla.
-¿Verdaderamente no me quieres contigo antes de Pascua?
Jesús le pone un brazo en los hombros todavía gráciles y lo arrima a sí.
-¿Por qué quieres saber el futuro? Hoy estamos aquí. Mañana ya no estamos. El hombre -ni el más rico y poderoso-no puede añadir un día a su vida. La vida, y todo el futuro, está en las manos de Dios…
-Pero para Pascua debo ir al Templo. Soy israelita. ¡Tú no puedes hacerme pecar!
-No pecarás. Y el primer pecado que me debes prometer que no harás nunca es el de la desobediencia. Obedecerás. Siempre. A mí ahora, a quien te hable en mi Nombre después. ¿Lo prometes? Recuerda que Yo, tu Maestro y Dios, he obedecido a mi Padre y obedeceré hasta el… fin de mi tiempo.
Jesús se muestra solemne al decir estas últimas palabras.
Margziam, casi hechizado, dice:
-Obedeceré. Lo juro. Ante ti y ante el Dios eterno.
Un momento de silencio. Luego el Zelote pregunta:
-¿Sube solo?
-No, por supuesto. Con unos discípulos. Encontraremos otros además de Isaac.
-¿Mandas a Galilea también a Isaac?
-Sí. Regresará con mi Madre.
Llaman desde el río. Los tres se mueven, cruzan el camino, van hacia el agua.
-Mira, Maestro. Hemos encontrado. Y no quieren nada. Son parientes de uno al que has hecho un milagro. Pero llevan arena a aquel pueblo. Hay que ir hasta allí a pie. Luego nos toman.
-Que Dios se lo pague. Estaremos al atardecer en casa de Ananías.
Pedro, contento, sube hacia el camino y ve la cara turbada de Margziam.
-¿Qué te pasa? ¿Qué ha hecho?
-Nada malo, Simón. Le he dicho que, cuando llegue al primer sitio donde encuentre discípulos, lo voy a mandar a casa. Se ha entristecido por este motivo.
-A casa… Pues es justo… Esta época del año…
Pedro piensa.
Luego mira a Jesús y le tira de la manga, haciéndole agacharse hasta la altura de su boca. Le habla al oído:
-Maestro, ¿pero por qué lo mandas sin esperar?…
-Por la época del año, lo has dicho.
-¿Y además?
-Simón, no quiero encubrirte la realidad. Y además… porque es bueno que Margziam no se envenene el corazón…
-Tienes razón, Maestro. Envenenarse el corazón… ¡Sí!, es justamente eso lo que acaba sucediendo.
Alza el tono de voz:
-El Maestro tiene toda la razón. Irás y… nos veremos en Pascua. En fin… llega pronto… Pasado Kisléu… En breve tiempo llega el bonito Nisán.
-¡Sí, cierto! Tiene razón…
La voz de Pedro se hace menos segura.
Repite lentamente y con tristeza:
-Tiene razón… -y, hablándose a sí mismo:
-¿Qué habrá sucedido de aquí a Nisán?
Se da con la mano en la frente (es un gesto desconsolado).
Y caminan, caminan en esta húmeda jornada. No llueve ya hasta que, enfangados hasta las rodillas, montan en cinco pequeñas barcas húmedas y arenosas que bajan de nuevo siguiendo la corriente. Entonces se echa otra vez a llover, y, golpeando la lluvia contra el agua calma del río, que refleja el cielo de nubes cenicientas, dibuja en él muchos círculos que se hacen y deshacen continuamente, formando un juego de tornasoles anacarados.
Parece un paisaje desierto. En las márgenes, en los minúsculos lugares fluviales, no se ve alma viva. La lluvia cierra las casas y hace desiertas las calles. De modo que, cuando con el primer albor echan pie a tierra donde la aldea de Salomón, encuentran silenciosa y vacía la calle, y llegan a la casa sin ser vistos por nadie.
Golpean en la puerta. Llaman. Nada. Sólo zureo de palomas, balidos de ovejas, ruido de lluvia.
-No hay nadie. ¿Qué hacemos?
-Id a las casas del pueblo. Primero a la del pequeño Micael -ordena Jesús.
Y, mientras los apóstoles más jóvenes se marchan ágiles, Jesús y los más ancianos se quedan junto a la casa y observan y comentan.
-Todo cerrado… Incluso la cancilla, bien atada y asegurada. ¡Mira! Incluso hay un clavo grueso. Y las ventanas cerradas como para la noche. ¡Qué tristeza! ¿Y esa quejumbre de ovejas y palomas? ¿Estará enfermo? ¿Qué piensas, Maestro?
Jesús menea la cabeza. Está cansado y triste…
Vuelven corriendo los apóstoles. Andrés es el primero en llegar, y grita, todavía unos metros antes:
-Ha muerto… Ananías ha muerto… No se puede entrar en la casa porque todavía no está purificada… Desde hace pocas horas está en el sepulcro. Si hubiéramos podido venir ayer… Ahora viene la mujer, la madre de Micael.
-¿Pero qué nos persigue? -dice Bartolomé.
-¡Pobre anciano! ¡Se sentía tan feliz! ¡Estaba tan bien! ¿Pero cómo ha sido? ¿Cuándo se ha puesto enfermo?
Hablan todos al mismo tiempo.
Llega la mujer, la cual, quedándose a una cierta distancia de todos, dice:
-Señor, la paz sea contigo. Mi casa está abierta para ti. Pero… no sé si… Yo preparé al muerto. Por eso me mantengo a distancia de ti. Pero te puedo indicar las casas que te recibirán.
-Sí, mujer. Dios te lo pague, y contigo a quien usa piedad con los viandantes. Pero ¿cómo murió el hombre?
-No sé. No enfermó. Anteayer estaba bien. Sí, seguro.
Estaba bien. Micael había venido por la mañana por las dos ovejas para agregarlas a las nuestras. Estaba acordado. Y yo le había llevado a la hora sexta ropa que le había lavado. Estaba sentado a la mesa y comía, completamente sano. Al atardecer, Micael había llevado de nuevo las ovejas. Le había sacado dos ánforas de agua. Y Ananías le regaló dos tortitas que se había hecho para sí. Ayer por la mañana mi hijo vino, para sacar a las ovejas. Estaba cerrado todo, como ahora, y nadie respondió a los gritos del niño. Él empujó la cancilla, pero no logró abrirla.
Estaba bien cerrada. Entonces Micael se asustó y vino a mí corriendo. Yo y mi marido acudimos rápidamente, y con nosotros otros. Abrimos la cancilla, llamamos a la cocina… forzamos la puerta… Estaba todavía sentado junto al hogar, con la cabeza reclinada en la mesa, la lámpara todavía cercana, pero apagada como él; a los pies un cuchillo pequeño y una escudilla de madera medio tallada… La muerte lo sorprendió así… Sonreía…
Estaba en paz… ¡Oh, qué aspecto de justo había tomado su cara! Parecía hasta más guapo… Yo… Hacía poco que me ocupaba de él. Pero le había tomado Afecto… y lloro…
-Ananías está en paz. Tú misma lo has dicho. ¡No llores! ¿Dónde lo habéis puesto?
-Sabíamos que lo querías mucho, y entonces lo hemos puesto en el sepulcro que Leví se había hecho hacía poco. El único… porque Leví es rico. Nosotros no somos ricos. Allí, al final, al otro lado del camino. Ahora, si quieres, purificamos todo y…
-Sí. Tomas las ovejas y las palomas. El resto conservadlo para mí y los míos. Que Yo pueda venir alguna vez. Que Dios te bendiga, mujer. Vamos al sepulcro.
-¿Lo vas a resucitar? -pregunta asombrado Tomás.
-No. Para él no significaría alegría; donde está es muy feliz. Además, él lo deseaba…
Pero a Jesús se le ve muy abatido. Parece que todo se une para aumentar su tristeza. En las puertas de las casas, mujeres miran y saludan, y comentan.
Pronto llegan: es un pequeño exaedro construido recientemente. Jesús ora cerca del sepulcro. Luego se vuelve, con humedad de llanto en los ojos, y dice:
-Vamos… A las casas del pueblo. En nuestra casita ya no está quien nos esperaba para bendecirnos…
¡Padre mío! La soledad envuelve al Hijo tuyo, el vacío se hace cada vez más grande y más fosco. Los que me aman se marchan, y quedan los que me odian… ¡Padre mío, siempre se haga y sea bendecida tu Voluntad!…
Vuelven hacia el pueblo. Dos aquí tres allá… entran en las casas de los que no han tocado al muerto, en busca de amparo y de nuevas fuerzas.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Y todavía Jesús que sigue andando incansablemente por los caminos de Palestina.
El río está aún a su derecha, y Él camina en el mismo sentido de la bonita agua: azul y esplendente en los lugares donde el Sol la besa; verde-turquí en las orillas, donde la sombra de los árboles se refleja con sus verdes oscuros.
Jesús está en medio de sus discípulos. Oigo a Bartolomé que le pregunta:
-¿Entonces vamos realmente hacia Jericó? ¿No temes alguna asechanza?
-No temo. Llegué a Jerusalén para la Pascua por otro camino y ellos, frustrados, ya no saben dónde prenderme sin llamar demasiado la atención de la gente. Créeme, Bartolomé: para mí hay menos peligro en una ciudad muy poblada que por senderos lejanos. El pueblo es bueno y sincero, pero también es impetuoso. Se amotinaría, si me capturaran estando Yo entre ellos para evangelizar y curar.
Las serpientes trabajan en la soledad y en la sombra. Y además… tengo todavía hoy y hoy y hoy para trabajar… Luego… vendrá la hora del Demonio y vosotros me perderéis. Para hallarme de nuevo después. Creed esto. Y sabed creerlo cuando los hechos parezcan desmentirme más que nunca.
Los apóstoles suspiran, afligidos, y lo miran con amor y pena, y Juan emite un gemido: «¡No!», y Pedro lo rodea con sus cortos y robustos brazos, como para defenderlo, y dice:
-¡Oh, mi Señor y Maestro!
No dice nada más. Pero hay mucho en esas pocas palabras.
-Así es, amigos. Para esto he venido. Sed fuertes. Ya veis cómo voy seguro hacia mi meta, como uno que va hacia el Sol, y sonríe a este Sol que lo besa en la frente. Mi Sacrificio será un Sol para el mundo. La luz de la Gracia bajará a los corazones, la paz con Dios los hará fecundos, los méritos de mi martirio harán a los hombres capaces de ganarse el Cielo. ¿Y qué quiero sino esto? Poner vuestras manos en las manos del Eterno, Padre mío y vuestro, y decir:
"Mira, conduzco de nuevo a ti a estos hijos.
Mira, Padre, están limpios. Pueden volver a ti". Veros arropados en su seno y decir:
“Amaos finalmente, porque el Uno y los otros ansiáis esto, y sufríais agudamente por no haberos podido amar". Ésta es mi alegría. Y cada día que me acerca al cumplimiento de este retorno, de este perdón, de esta unión, aumenta mi ansia de consumar el holocausto para daros a Dios y su Reino.
Jesús está solemne y casi extático mientras dice esto. Anda erguido, con su túnica azul y su manto más oscuro, la cabeza descubierta, en esta hora aún fresca de la mañana. Parece sonreír a una visión -¡quién sabe cuál!-que sus ojos ven, contra el fondo azul de un cielo sereno.
El Sol, que lo besa en la mejilla izquierda, enciende más aún su esplendorosa mirada y coloca relumbres de oro en sus cabellos movidos por un leve viento y por su paso, y acentúa el rojo de los labios abiertos para la sonrisa, y parece encender todo el rostro de una alegría que en realidad viene del interior de su adorable Corazón, encendido por la caridad hacia nosotros.
-Maestro, ¿puedo decirte una palabra? -pregunta Tomás.
-¿Cuál?
-Anteayer dijiste que el Redentor, Tú, tendrá un traidor.
¿Cómo podrá un hombre traicionarte a ti, Hijo de Dios?
-Un hombre, efectivamente, no podría traicionar al Hijo de Dios, Dios como el Padre. Pero éste no será un hombre.
Será un demonio en cuerpo de hombre. El más poseído, el más endemoniado de los hombres. María de Magdala tenía siete demonios, y el endemoniado de hace unos días estaba dominado por Belcebú. Pero en éste estará Belcebú y toda su corte demoníaca…
¡Oh, verdaderamente el Infierno estará en ese corazón dándole coraje para vender, como cordero al jifero, el Hijo de Dios a sus enemigos!
-Maestro, ¿ahora este hombre está ya en posesión de Satanás?
-No, Judas Iscariote -Pero se inclina hacia Satanás, e inclinarse hacia Satanás quiere decir ponerse en las condiciones de caer en él.
-¿Y por qué no viene a ti para curarse de su inclinación? ¿Sabe que la tiene o lo ignora?
-Si lo ignorara no sería culpable, como lo es, porque sabe que tiende al mal y que no persevera en las resoluciones de salir de él. Si perseverara vendría a mí… pero no viene… El veneno penetra y mi cercanía no lo purifica, porque no la desea sino que huye de ella… ¡Este es, hombres, vuestro error! Cuanta más necesidad tenéis de mí, más huís de mí» (Jesús ha respondido a Andrés).
-¿Pero ha venido a ti alguna vez? ¿Lo conoces? ¿Y nosotros lo conocemos?
-Mateo, Yo conozco a los hombres antes incluso de que ellos me conozcan. Y tú lo sabes y éstos lo saben. Yo soy el que os llamé porque os conocía.
-¿Pero nosotros lo conocemos? -insiste Mateo.
-¿Podéis no conocer a uno que se acerca a vuestro Maestro?
Vosotros sois mis amigos y compartís conmigo el alimento, el descanso y las fatigas. Hasta mi casa os he abierto, la casa de mi Madre santa. Os llevo a mi casa para que el aura que en ella suavemente sopla os haga capaces de comprender el Cielo con sus voces y mandatos.
Os llevo a mi casa como un médico lleva a sus enfermos, poco antes resurgidos de una serie de enfermedades, a fuentes saludables que los fortalezcan venciendo los restos de las enfermedades que siempre pueden hacerse de nuevo nocivas. Por tanto, no tenéis desconocimiento de ninguno de los que se acercan a mí.
-¿En qué ciudad lo has visto?
-¡Pedro, Pedro!
-Es verdad, Maestro, soy peor que una mujer chismosa. Perdóname. Pero es el amor, ya sabes…
-Ya sé. Y por esto te digo que no siento aversión por este defecto tuyo. Pero quítatelo también.
-Sí, Señor mío.
El sendero, encajonado entre una hilera de árboles y una pequeña acequia, se estrecha, y el grupo se hace más lineal. Jesús va hablando precisamente con Judas Iscariote, al cual da indicaciones para las compras y las limosnas. Detrás, de dos en dos, van los otros.
En la cola, solo, Pedro. Piensa. Camina cabizbajo, tan recogido en sus pensamientos, que ni siquiera se da cuenta de que se va quedando distanciado de los otros.
-¡Eh, tú, hombre! -se dirige a él uno que pasa a caballo -¿Estás con el Nazareno?»
-Sí. ¿Por qué?
-¿Vais a Jericó?»
-¿Te preocupa saberlo? Yo no sé nada. Sigo al Maestro y no pregunto nada. Dondequiera que vaya, bien hecho está. El camino es el de Jericó, pero no hay que descartar que regresáramos a la Decápolis. ¡Quién sabe! Si quieres saber más, allí está el Maestro.
El hombre espolea y Pedro le hace detrás una mueca curiosa y barbota:
-No me fío, mi señorote. ¡Sois todos una masa de perros!
No quiero ser yo el traidor. Me juro a mí mismo: "Esta boca quedará sigilada". Esto es -y hace una señal en sus labios como si los cerrara con candado.
El hombre que va a caballo ya ha llegado donde Jesús. Le pregunta. Ello da la manera a Pedro de alcanzar a los otros.
Cuando el hombre se marcha, hace un gesto de saludo a Judas Iscariote. Ninguno lo advierte, menos Pedro, que viene el último, y que parece no aplaudir ese saludo. Toma a Judas de una manga y le pregunta:
-¿Quién es? ¿Lo conoces? ¿Y por qué?
-De vista. Es un rico de Jerusalén.
-Tienes amistades encumbradas tú, ¿eh? Bien… si es que es bien. Pero… dime: ¿es ese cara de zorra el que te dice tantas cosas?…
-¿Qué cosas?
-¡Hombre, pues las que dices que sabes sobre el Maestro!
-¿Yo?
-Sí. Tú. ¿No te acuerdas de aquel atardecer de agua y barro, cuando la crecida?
-¡Ah! No, no. ¿Pero piensas todavía en unas palabras
dichas en un momento de malhumor?
-Yo pienso en todo lo que puede perjudicar a Jesús: cosas, personas, amigos, enemigos… Y siempre estoy dispuesto a mantener las promesas que hago a quien quiera perjudicar a Jesús. Adiós.
Judas lo mira de forma curiosa mientras se marcha. En su mirada hay estupor, dolor, enojo, y diría incluso más: hay odio.
Pedro llega donde Jesús y lo llama.
-¡Oh! ¡Pedro! ¡Ven!
Jesús le pone un brazo en los hombros.
-¿Quién era ese híspido judío?
-¿Híspido, Pedro? ¡Si estaba todo liso y perfumado!
-Tenía híspida la conciencia. Desconfía, Jesús.
-Te he dicho que no es todavía mi tiempo. Y cuando ese tiempo llegue, ninguna desconfianza me salvará… si es que quisiese salvarme. Si Yo quisiera salvarme, hasta las piedras gritarían y me formarían una cadena en torno.
-Será así… Pero, desconfía… ¡Maestro!
-¿Pedro?
-¿Que te sucede?
-Maestro… tengo una cosa que decirte y un peso en el corazón.
-¿Una cosa? ¿Un peso?
-Sí. El peso es un pecado. La cosa es un consejo.
-Empieza por el pecado».
-Maestro… yo… yo odio… yo siento repulsa, eso es, si es que no es odio -porque Tú no quieres que haya odios-, por uno de nosotros. Me da la impresión de estar cerca de una hura de donde sale hedor de serpientes en celo… y temo que salgan para dañarte. Ese hombre es una madriguera de serpientes y él mismo está en celo con el demonio.
-¿Cómo lo deduces?
-Bueno, pues… No sé. Soy rudo e ignorante, pero tonto no soy. Estoy acostumbrado a leer en los vientos y en las nubes… y me ha venido ojo también para los corazones. Jesús… tengo miedo.
-No juzgues, Pedro. Y no sospeches. La sospecha crea quimeras. Se ve lo que no existe.
-Dios eterno quiera que no haya nada. Pero yo no estoy seguro.
-¿Quién es, Pedro?
-Judas de Keriot. Se jacta de tener amistades encumbradas. Incluso hace poco ese mala facha lo ha saludado como se saluda a uno bien conocido. Antes no las tenía.
-Judas es el que recibe y reparte. Tiene posibilidades de tratar con los ricos. Es hábil.
-¡Ya! Es hábil… Maestro, dime la verdad, ¿Tú no sospechas?
-Pedro, te quiero entrañablemente por tu corazón. Pero quiero que seas perfecto, y perfecto no es el que no obedece. Te he dicho: no juzgues y no sospeches.
-Sí pero no me dices…
-Dentro de poco estaremos cerca de Jericó y nos pararemos a esperar a una mujer que no puede recibirnos en su casa…
-¿Por qué? ¿Es una pecadora?».
-No. Es una desdichada. Ese hombre a caballo que tanto fastidio te ha dado ha venido a decirme que la espere. Y la voy a esperar, aunque sé que nada puedo hacer por ella. ¿Y sabes quién ha puesto sobre mis pasos a la mujer y a ese hombre? Judas. Como ves, por motivo honesto conoce a ese judío.
Pedro agacha la cabeza y calla, confuso. Quizás no convencido y curioso todavía. Pero calla.
Jesús se detiene fuera de los muros de la ciudad, y, cansado, se sienta a la sombra fresca de un sotillo que da sombra a una fuente al lado de la cual hay cuadrúpedos abrevando. Los discípulos se sientan, también esperando.
Debe ser una parte muy secundaria de la ciudad, porque, aparte de estos caballos y asnos, sin duda de mercaderes en viaje, no hay gente.
-Viene una mujer, toda arropada en un manto oscuro y con el rostro muy cubierto. El velo, tupido y oscuro, baja hasta la mitad de la cara. Viene con ella el hombre de antes, ahora a pie, y otros tres hombres pomposamente vestidos.
-Te saludamos, Maestro.
-Paz a vosotros.
-Ésta es la mujer. Escúchala y concédele lo que desea.
-Si puedo.
-Tú puedes todo.
-¿Lo crees, saduceo?
El saduceo es el que iba a caballo.
-Creo en lo que veo.
-¿Y has visto que puedo?
-Lo he visto.
-¿Y sabes por qué puedo?
Silencio.
-¿Puedo saber cómo juzgas que puedo?
Silencio
Jesús deja de ocuparse de él y de los otros. Habla a la mujer:
-¿Qué quieres?
-Maestro… Maestro…
-Habla, pues, sin temor.
La mujer mira oblicuamente a sus acompañadores, los cuales lo interpretan a su manera.
-Esta mujer tiene a su marido enfermo y te pide su curación. Es persona influyente, de la corte de Herodes.
Te conviene concederle lo que te pide.
-No por ser influyente, sino por su infelicidad, se lo concederé si puedo. Ya lo he dicho. ¿Qué le pasa a tu marido? ¿Por qué no ha venido? ¿Por qué no quieres que yo vaya a verlo?
Nuevo silencio y nueva mirada oblicua.
-¿Quieres hablarme sin testigos? Ven.
Se separan unos pasos.
-Habla.
-Maestro… yo creo en ti. Creo tanto, que estoy segura de que sabes todo sobre él, sobre mí, sobre nuestra desgraciada vida… Pero él no cree… Y te odia… Y él…
-Y él no puede sanar porque no tiene fe. No sólo no tiene fe en mí, es que tampoco tiene fe en el Dios verdadero.
-¡Ah! ¡Tú sabes!
La mujer llora desesperadamente.
-¡Es un infierno mi casa! ¿Un infierno! Tú liberas a los poseídos. Sabes, por tanto, lo que es el demonio. ¿Pero a este demonio sutil, inteligente, falso e instruido, lo conoces? ¿Sabes a qué perversiones conduce? ¿Sabes a qué pecados? ¿Sabes la destrucción que causa en torno a sí? ¿Mi casa? ¡Es una casa? No. Es el umbral del Infierno. ¿Mi marido? ¿Es mi marido? Ahora está enfermo y no se cuida de mí. Pero, incluso cuando estaba fuerte y deseoso de amor, ¿era un hombre el que me abrazaba, el que me tenía, el que me poseía? ¡No! Yo estaba entre las espiras de un demonio, sentía el hálito y la baba de un demonio. Lo he querido mucho, lo quiero.
Soy su mujer y me tomó la virginidad cuando yo era poco más que niña: tenía poco más de catorce años. Pero, aunque la hora me transportase a aquella primera hora, Y con ella me recordase las sensaciones intactas del primer abrazo que me hizo mujer, yo, con la parte más elevada de mí lo primero y luego con la carne y la sangre, sentía repulsa, repulsa de horror, cuando me daba cuenta de que él estaba ensuciado de nigromancia.
Me parecía que, no mi marido, sino los muertos que él invocaba estuvieran sobre mí, saciándose de mí… Y también ahora, ahora, con sólo mirarlo, moribundo y todavía abismado en esa magia, siento repulsión. No lo veo a él… veo a Satanás.
¡Oh, dolor mío! Ni siquiera en la muerte estaré con él, porque la Ley lo prohíbe. Sálvalo, Maestro. Te pido que lo cures para darle tiempo de curarse.
La mujer llora angustiosamente.
-¡Pobre mujer! No, Yo no puedo curarlo.
-¿Por qué, Señor?
-Porque él no quiere.
-Sí. Tiene miedo de la muerte. Sí, sí que quiere.
-No quiere. No es un demente, no es un poseído que no conozca su estado y que no pida la liberación porque no tenga la facultad del pensamiento libre. No es uno que tenga impedida la voluntad. Es uno que quiere ser lo que es. Sabe que lo que hace está prohibido. Sabe que está maldecido por el Dios de Israel. Pero persiste. Aunque lo curase y empezaría por el alma, el volvería a su satánico disfrute. Su voluntad está corrompida. Es rebelde. No puedo.
La mujer llora más fuerte. Se acercan los que la han acompañado.
-¿No la complaces en lo que te pide, Maestro?
-No puedo.
-¿No os lo había dicho? ¿Y las razones?
-Tú, saduceo, ¿las pides? Te remito al libro de los Reyes (I Samuel 28, l5-l9; 2 Reyes l, l6). Lee lo que dijo Samuel a Saúl y lo que dijo Elías a Ocozías. El espíritu del profeta recrimina al rey el haberlo molestado llamándolo del reino de los muertos. No es lícito hacerlo.
Lee el Levítico (l9, 4.26.3l; 20, 6), si es que ya no te acuerdas de la palabra de Dios, Creador y Señor de todo lo que existe, Tutor de la vida y de los que están en la muerte. Muertos y vivos están en las manos de Dios y no os es lícito arrancárselos de sus manos. Ni por vana curiosidad ni por sacrílega violencia ni por incredulidad maldita.
¿Qué queréis saber? ¿Si hay un futuro eterno? Y decís que creéis en Dios. Si Dios existe, tendrá una corte ¿no? ¿Y qué corte será, sino una corte eterna como Él, compuesta por espíritus eternos? Si decís que creéis en Dios, ¿por qué no creéis en su palabra? ¿No dice su palabra:
"No practicaréis adivinación ni observaréis los sueños”? ¿No dice: "Si uno se dirige a los magos y a los adivinos y fornica con ellos, volveré contra él mi rostro y lo exterminaré de en medio de su pueblo"? ¿No dice: "No os hagáis dioses de fundición"? ¿Y qué sois vosotros?
¿Samaritanos y perdidos, o sois hijos de Israel? ¿Y qué sois: hombres sin raciocinio o capaces de razonar? Y si, razonando, negáis la inmortalidad del alma, ¿por qué invocáis a los muertos? ¿Si no son inmortales esas partes incorpóreas que animan al hombre, qué otra cosa queda de un hombre después de la muerte?
Podredumbre y huesos, blancos huesos emergentes de una gusanera. Y, si no creéis en Dios -tanto como que recurrís a ídolos y señales para obtener curación, dinero, oráculos, como ha hecho este cuya salud pedís-, ¿por qué sí os hacéis dioses de fundición y creéis que ellos os pueden decir palabras más verdaderas, más santas, más divinas que las que Dios os dice?
Ahora Yo os doy la misma respuesta que diera Elías a Ocozías: "Por haber enviado mensajeros a consultar a Belcebú, dios de Acarón, como si no hubiera un Dios en Israel a quien poder consultar, por ello, no bajarás de la cama a que has subido, y ciertamente morirás en tu pecado".
-Siempre eres Tú el que insulta y nos ataca. Es una observación que te hago. Nosotros venimos hacia ti para…
-Para hacerme caer en una trampa. Pero Yo os leo el corazón. ¡Quitaos la máscara, herodianos vendidos al enemigo de Israel! ¡Quitaos la máscara, fariseos falsos y crueles! ¡Quitaos la máscara, saduceos, verdaderos samaritanos!
¡Quitaos la máscara, escribas de palabra contraria a las obras! ¡Quitaos la máscara, todos vosotros violadores de la Ley de Dios, enemigos de la Verdad, cuyos del Mal!
¡Quitáosla, profanadores de la Casa de Dios! ¡Quitáosla, agitadores de las conciencias débiles! ¡Quitaos la máscara, chacales que oléis la víctima en el viento que la ha tocado y seguís esa pista y aguaitáis, esperando la hora propicia para matar, y os relaméis los labios ante aquel cuya sangre anticipadamente saboreáis, y soñáis que llegue esa hora!…
¡Oh, chalanes y fornicadores, que vendéis por mucho menos de un puñado de lentejas vuestra primogenitura entre los pueblos!
Ya no tendréis bendición, porque otros pueblos se vestirán con la zalea del Cordero de Dios, y verdaderos Cristos serán a los ojos del Altísimo, quien, sintiendo emanar de ellos la fragancia de su Cristo, dirá: "¡Éste es el olor de mi Hijo! Semejante al olor de un florido campo bendecido por Dios. Para vosotros el rocío del Cielo: la Gracia. En vosotros, la copiosidad de la Tierra (los frutos de mi Sangre).
En vosotros, abundancia de trigo y de vino (mi Cuerpo y mi Sangre, que daré a los hombres para vida y para recuerdo de mí). Que os sirvan los pueblos y ante vosotros se inclinen las gentes, porque donde esté el signo de mi Cordero estará el Cielo. Y la Tierra está subordinada al Cielo.
Dominad a vuestros hermanos, porque los seguidores de mi Cristo serán los reyes del espíritu, teniendo como tienen la Luz, y a esta Luz los otros volverán la mirada esperando en su auxilio. Se inclinen ante vosotros los hijos de vuestra madre: la Tierra. Sí, todos los hijos de la Tierra se inclinarán un día ante mi Signo.
Maldito quien os maldice y bendito quien os bendice, porque tanto la bendición como la maldición que recae sobre vosotros a mí viene, a mí, Padre y Dios vuestro".
Esto dirá. Esto, fornicadores que pudiendo tener como amada esposa del alma la verdadera fe fornicáis con Satanás y con sus falsas doctrinas. Esto es lo que dirá, asesinos, asesinos de conciencias y asesinos de cuerpos.
Aquí hay víctimas vuestras. Y, si bien dos corazones son asesinados, un Cuerpo lo tendréis sólo durante el tiempo de Jonás. Y luego ese Cuerpo, unido a su inmortal Esencia, os juzgará.
Jesús se muestra terrible en esta invectiva. ¡Terrible! Creo que más o menos se mostrará así en el último Día.
-¿Y dónde están estos asesinados? ¡Tú deliras! ¡Tú eres un cuyo de Belcebú! Tú fornicas con él y en su nombre obras milagros. Y en nuestro caso no puedes porque tenemos la amistad de Dios.
Satanás no se expulsa a sí mismo. Yo expulso los demonios. ¿En nombre de quién, entonces?
Silencio.
-¡Responded!
-Pero no merece la pena ocuparse de este endemoniado. Ya os lo había dicho. Vosotros no lo creíais. Oídlo de sus labios. Responde, Nazareno demente. ¿Conoces el siemanflorás?
-¡No necesito conocerlo!
-¿Oís? Una pregunta más: ¿No has estado en Egipto?
-Sí.
-¿Lo veis? ¿Quién es el nigromante, el satanás? ¡Horror! Ven, mujer. Tu marido es santo respecto a éste. ¡Ven!… Necesitarás purificarte. ¡Has tocado a Satanás!…
Y se marchan con vivos gestos de repulsa y arrastrando a la mujer, que llora.
Jesús, con los brazos cruzados, los sigue con los relámpagos de sus miradas.
-Maestro… Maestro…
Los apóstoles están aterrorizados, por la violencia de Jesús y por las palabras de los judíos.
Pedro pregunta (incluso un poco agachado al decirlo):
-¿Qué han querido decir con esas últimas preguntas? ¡Qué es esa cosa?
-¿Qué? ¿El siemanflorás?
-Sí. ¿Qué es?
-No pienses en ello. Confunden la Verdad con la Mentira, a Dios con Satanás, y en su soberbia satánica piensan que haya que conjurar a Dios con su tetragrama, para que condescienda con los deseos humanos. El Hijo habla con el Padre el lenguaje verdadero, y con él, por amor recíproco de Padre e Hijo, se cumplen los milagros.
-¿Pero por qué te ha preguntado si has estado en Egipto?
-Porque el Mal se sirve de las cosas más inocuas para sacar de ellas acusaciones contra aquel a quien desea asestar el golpe. Mi estancia infantil en tierra de Egipto estará entre las imputaciones en su hora de venganza.
Sabed, vosotros y los futuros, que con el astuto Satanás y sus fieles servidores hay que tener doble astucia. Por esto he dicho: "Sed astutos como serpientes, además de sencillos como palomas". Esto es para poner el mínimo de armas en manos de los demonios. Y, de todas formas, no sirve. Vamos.
-¿A dónde, Maestro? ¿A Jericó?
-No. Tomaremos una barca y pasaremos de nuevo a la Decápolis. Remontaremos el Jordán hasta la altura de Enón y luego bajaremos a tierra. Después, en las riberas de Genesaret, tomaremos otra barca y pasaremos a Tiberíades, y de allí a Caná y a Nazaret. Tengo necesidad de mi Madre.
Y también vosotros. Lo que el Cristo no hace con su Palabra lo hace María con su silencio. Lo que no hace mi poder lo hace su pureza. ¡Oh, Madre mía!
-¿Estás llorando, Maestro? ¿Estás llorando? ¡Oh, no! ¡Nosotros te defenderemos! ¡Nosotros te queremos!
-No lloro ni temo por los que me aborrecen. Lloro porque los corazones son más duros que el diaspro y nada puedo en muchos de ellos. Venid, amigos.
Y bajan a la orilla y en la barca de uno remontan el río. Todo termina así.
Dice Jesús:
-Tú y quien te guía meditad mucho mi respuesta a Pedro.
El mundo -y por mundo entiendo no sólo los laicos, niega lo sobrenatural, y, luego, ante las manifestaciones de Dios, está dispuesto a sacar a colación no lo sobrenatural sino lo oculto. Confunden una cosa con la otra.
Ahora escuchad: sobrenatural es lo que de Dios viene. Oculto es lo que viene de fuente extraterrena pero no tiene raíz en Dios.
En verdad os digo que los espíritus pueden venir a vosotros. ¿Pero cómo? En dos modos. Por mandato de Dios o por violencia del hombre.
Por mandato de Dios vienen ángeles y bienaventurados y espíritus que ya están en la luz de Dios.
Por violencia del hombre pueden venir espíritus sobre los cuales un hombre puede tener mando, por estar sumergidos en regiones más bajas que las humanas, donde todavía hay un recuerdo de Gracia, si ya no hay Gracia activa.
Los primeros van espontáneamente, obedeciendo a una sola autoridad: la mía. Y consigo llevan la verdad que quiero que conozcáis.
Los otros van por un complejo de fuerzas unificadas: fuerzas del hombre idólatra con fuerzas de Satanás-ídolo. ¿Pueden daros la verdad? No. Jamás. Jamás en términos absolutos. ¿Puede una fórmula, incluso habiendo sido enseñada por Satanás, doblegar a Dios a la voluntad del hombre? No.
Dios viene siempre de forma espontánea. Una oración os puede unir a Él, no una fórmula mágica.
Y si alguno objeta: "Samuel se apareció a Saúl", Yo digo:
"No por mérito de la maga, sino por voluntad mía, con la finalidad de hacer reaccionar al rey, rebelde a mi Ley".
Algunos dirán: "¿Y los profetas?". Los profetas hablan por conocimiento de la Verdad, que se les infunde o directamente o por ministerio angélico. Otros objetarán:
"¿Y la mano que escribió en el banquete del rey Baltasar?". Lean éstos la respuesta de Daniel: "…tú también te has engreído contra el Dominador del Cielo… celebrando a los dioses de plata, bronce, hierro, oro, madera, piedra, los cuales no ven ni oyen ni conocen, y no has glorificado al Dios en cuyas manos están todos tus respiros y movimientos. Por ello, Él ha mandado el dedo -espontáneamente mandado, mientras que tú, rey necio y necio hombre, no pensabas en ello y te preocupabas de llenar tu vientre y engreírte la mente de esa mano que ha escrito lo que ahí se encuentra".
Sí. Alguna vez Dios os llama con manifestaciones que vosotros consideráis de un médium, y que son en realidad manifestaciones de piedad de un Amor que quiere salvaros.
Pero no debéis querer crearlas vosotros. Las que creáis no son nunca sinceras, no son nunca útiles, nunca traen un bien. No os hagáis esclavos de lo que os destruye. No queráis consideraros y creeros más inteligentes que los humildes, que se doblegan ante la Verdad depositada desde hace siglos en mi Iglesia, por el solo hecho de que sois unos soberbios que buscáis en la desobediencia permisos para vuestros ilícitos instintos.
Volved a la Disciplina varias veces secular y permaneced en ella: desde Moisés hasta Cristo, desde Cristo a vosotros, desde vosotros al último día, es ésa y no otra.
¿Es ciencia esta vuestra? No. La ciencia está en mí y en mi doctrina, y la sabiduría del hombre está en obedecerme.
¿Es curiosidad sin peligro? No. Es contagio cuyas consecuencias sufrís luego. Fuera Satanás si queréis tener a Cristo. Soy el Bueno y no desciendo a convivencia con el Espíritu del Mal. O Yo o él. Elegid.
¡Oh "portavoz" mío, di esto a quien hay que decírselo! Es la última voz que se les dirige. Y tú y quien te dirige sed cautos.
Las pruebas se transforman en pruebas contrarias en manos del Enemigo y de los enemigos de mis amigos. ¡Tened cuidado! Id con mi paz.
(De todo esto se deduce el peligro que presentan las sesiones espiritistas, las tablas ouijas, las cartas, etc. etc.: en todas estas prácticas ocultistas está presente el diablo)
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Acaban de cruzar el vado de Betabara. Al otro lado del río, azul, bastante lleno de agua por haberse nutrido de los afluentes colmados de lluvias otoñales, se ve la otra orilla, la oriental, con muchas personas gesticulantes.
En la orilla occidental, sin embargo, donde está Jesús con los suyos, hay sólo un pastor y un rebaño que roza la hierba verde del margen.
Pedro se sienta encima de un resto de murete que se encuentra allí, sin secarse siquiera las piernas, húmedas por el vado. Porque en esta estación del año usan las barcas, es verdad, pero, para que no se enarenen en este lugar de bajo fondo, las usan en la parte más profunda, deteniéndose a dejar bajar a los transbordados en donde ya roza la quilla con las hierbas sumergidas.
Así que el que atraviesa el río debe caminar algunos pasos en el agua.
-¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal? -le preguntan.
-No. Pero no puedo más. En el Nebo esa violencia, y antes en Esebón, y antes en Jerusalén, y antes en Cafarnaúm, y después del Nebo en Caliroe, y ahora en Betabara…
¡Oh!… -agacha la cabeza, la mete entre las manos y llora…
-No te abatas, Simón. No me hagas pobre también de tu coraje, de vuestro coraje -le dice Jesús, yendo a su lado y poniendo una mano sobre la gruesa túnica gris que cubre al apóstol.
-¡No puedo, no puedo ver esto! ¡No puedo verte maltratado de esta manera! Si me dejaras reaccionar… quizás podría. Pero así… Tenerme que contener… y asistir a sus insultos, a tus sufrimientos, como un impotente niño…
¡Oh, se me desgarra todo por dentro y me quedo echo un trapo!… ¡Fijaos vosotros, si es posible verlo así!
Parece un enfermo, uno que esté muriéndose de fiebres…
¡Parece un culpable perseguido que no encuentra dónde detenerse a tomar un bocado, a beber un trago, a buscarse una piedra para reclinar la cabeza! ¡Esa hiena del Nebo!
¡Esas serpientes de Caliroe! ¡Ese energúmeno que todavía está allí! (y señala la otra orilla). Menos demonio el de Caliroe, a pesar de que sea el segundo sólo del que dices que está dominado por Belcebú.
Tengo miedo de los endemoniados, pienso que si los ha atrapado de esa manera Satanás deben haber sido muy malos. Pero… el hombre puede caer sin absoluta voluntad de hacerlo. ¡Sin embargo, los que sin estar poseídos hacen lo que hacen, con toda su razón libre!…
¿No los vas a vencer nunca, dado que no quieres castigarlos? Y ellos… te vencerán… Y el llanto del fiel apóstol, que se había calmado un poco bajo el fuego de la indignación, vuelve fuerte…
-Pedro mío, ¿y crees que ésos no están endemoniados?
¿Crees que para estarlo hay que estar como aquel de Caliroe y otros que hemos encontrado?
¿Crees que la posesión se manifiesta sólo con los gritos descompuestos, los saltos, los arrebatos de furia, la extravagancia de vivir en las guaridas, los mutismos, los miembros impedidos, la razón entorpecida, de forma que el poseído habla y obra inconscientemente? No.
Existen también otras posesiones diabólicas, que, es más, son las más sutiles y potentes, las más peligrosas, porque no ponen obstáculo a la razón ni la debilitan para que no haga cosas buenas, sino que la desarrollan, es más, la aumentan para que sea poderosa en su servicio a aquel que la posee.
Dios, cuando posee a un intelecto y lo usa para que le sirva, transfunde en él, en las horas en que está al servicio de Dios, una inteligencia sobrenatural que aumenta en mucho la inteligencia natural del sujeto.
¿Pensáis, por ejemplo, que Isaías, Ezequiel, Daniel, y los otros profetas, si hubieran tenido que leer y explicar esas profecías como escritas por otros, no habrían encontrado las oscuridades indescifrables que en ellas encuentran los contemporáneos?
Pues bien, no obstante, Yo os digo que mientras las recibían las comprendían perfectamente. Mira, Simón.
Consideremos esta flor que ha nacido aquí, a tus pies.
¿Qué ves en la sombra que envuelve al cáliz? Nada. Ves un cáliz profundo y una pequeña boca y nada más. Mírala ahora que la tomo y la traigo aquí a este aro de sol. ¿Qué ves?
-Veo pistilos, veo polen, y, en torno a los pistilos, una coronita de pelitos que parecen pestañas y una franjita que adorna el pétalo largo y los dos pequeños, ciliada toda ella con minuciosidad… y veo una gotita de rocío en el fondo del cáliz… y… ¡ah! un mosquito ha bajado a beber dentro y se ha enviscado en la hebra ciliada y ya no es capaz de liberarse… ¡Ah, entonces! Déjame ver mejor.
¡Oh! La hebrita está como recubierta de miel, es pegajosa… ¡Comprendo! Dios lo ha hecho así o para que la planta se nutra, o se nutran los pajarillos viniendo a picar las moscas, o para que se limpie de moscas el aire… ¡Qué maravilla!
-Pero sin la fuerte luz del Sol no habrías visto nada.
-¡No, claro!
-Lo mismo ocurre en la posesión divina. La criatura, que por su parte pone únicamente la buena voluntad de amar totalmente a su Dios, el abandono a los deseos de Dios, la práctica de las virtudes y el dominio de las pasiones, es absorbida en Dios y en la Luz que es Dios, en la Sabiduría que es Dios, todo lo ve y todo lo comprende.
Después, cesada ya la acción absoluta, se produce en la criatura un estado en que lo recibido se transforma en norma de vida y de santificación; pero lo que antes parecía tan claro se vuelve oscuro o, mejor, crepuscular.
El demonio, perpetuo y torpe remedador de Dios, produce un efecto análogo en los poseídos en la mente, aunque limitado porque sólo Dios es infinito, en sus poseídos que espontáneamente se han entregado a él para triunfar, y les comunica una inteligencia superior pero únicamente dirigida hacia el mal, que mira a causar daño, a herir a Dios y al hombre.
Y la acción satánica, encontrando en el alma consentimiento, es continua, siendo así que, por grados, conduce a la total ciencia del Mal. Éstas son las peores posesiones. Nada se ve externamente, por lo cual no se huye de estos endemoniados. Pero existen estas posesiones. Como he dicho varias veces, serán los poseídos de esta manera los que descarguen su mano sobre el Hijo del hombre.
-¿Pero Dios no podría descargar la suya contra el Infierno?- pregunta Felipe.
-Podría. Es el más fuerte.
-¿Y por qué no lo hace para defenderte?
-Las razones de Dios serán conocidas en el Cielo. Venga, vamos. Y no os deprimáis.
El pastor, que ha estado escuchando aunque sin aparentarlo, pregunta:
-¿Tienes lugar a donde ir? ¿Te espera alguien?
-No, hombre. Debería ir hasta más lejos de Jericó. Pero no me espera nadie.
-¿Y estás muy cansado, Rabí?
-Cansado, sí. No nos han concedido alojamiento ni descanso desde el Nebo.
-Entonces… Te quería decir… Yo soy de cerca de Betagla la antigua… Tengo a mi padre ciego y no puedo ir lejos para no dejarlo durante varias lunas. Pero el corazón y el rebaño sufren por ello. Si quisieras… Te daría posada. No está lejos. El anciano cree mucho en ti. José, el hijo de José, tú discípulo, lo sabe.
-Vamos.
El hombre no se lo deja decir dos veces. Reúne el rebaño y lo pone en camino hacia el pueblo, un pueblo que debe estar al noroeste del lugar en que están ahora. Jesús se pone, con los suyos, detrás del rebaño.
-Maestro -dice después de un rato Judas Iscariote -Betagla seguro que no ofrece ni un comprador de los regalos de aquel hombre…
-Cuando vayamos a Jericó para ir donde Nique los venderemos.
-Es que… el hombre, éste, es pobre y habrá que compensarlo con dinero, y no tengo ni una moneda.
-Tenemos víveres, y muchos. Incluso para algún mendigo. Por ahora no hace falta más.
-Como quieras. Pero hubiera sido mejor que me hubieras mandado adelante. Habría podido…
-No hace falta…
-¡Maestro, eso es desconfianza! ¿Por qué ya no nos mandas de dos en dos como antes?
-Porque os quiero y pienso en vuestro bien.
-No está bien el tenernos tan en el anonimato. Pensarán que somos indignos, incapaces… Antes nos dejabas ir predicando, haciendo milagros, y éramos conocidos…
-¿Te dueles de no hacerlo ya? ¿Te hacía bien ir sin mí? Eres el único que se queja de no ir solo… ¡Judas!…
-¡Maestro, Tú sabes que te amo! -dice seguro Judas.
-Lo sé. Y para que tu espíritu no se corrompa te tengo conmigo. Eres ya el que recoge y distribuye, vende o permuta para los pobres. Esto basta. Y es ya demasiado. Observa a tus compañeros. Ni uno de ellos pide lo que tú pides.
-Pero a los discípulos se lo has concedido… Es una injusticia esta diferencia.
-Judas, eres el único que me llama injusto… Pero te perdono. Ve adelante. Y mándame a Andrés.
Y Jesús aminora el paso, para esperar a Andrés y hablarle aparte. No sé lo que le dice. Sé que Andrés sonríe con su apacible sonrisa y se inclina para besar las manos del Maestro y luego vuelve adelante.
Jesús se queda solo, al final de todos… y, muy cabizbajo, continúa andando y se seca la cara con el extremo de su manto como si sudara. Pero son lágrimas y no gotas de sudor lo que recorre las mejillas enjutas y pálidas.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Es una bonita mañana de otoño.
Quitando las hojas rojo-amarillas que cubren el suelo y recuerdan la época del año, está tan verde la hierba, con alguna florecilla abriéndose en las macollas renacidas con las lluvias de Octubre, y hay un aire tan sereno, que circula entre las ramas en parte ya desnudas, que a uno le viene la imagen de un comienzo de primavera.
Y mucho más al considerar que las plantas de hojas perennes, que se mezclan con las de hoja caduca, ponen la nota alegre de las nuevas hojitas esmeraldinas nacidas en los extremos de las ramitas, junto a las ramas desnudas de otras plantas; de forma que parece que éstas echan las primeras hojas.
Las ovejas salen de los rediles y, balando, se encaminan a los pastos con los corderos de los partos de otoño. El agua de una fuente, puesta a la entrada del pueblo, brilla como líquido diamante bajo el sol que la besa, y, cayendo en la oscura pila, produce todo un centelleo multicolor contra una casita de paredes ennegrecidas por el tiempo.
Jesús se sienta en un murete que limita el camino por un lado, y espera. Los suyos están en torno a Él. También los habitantes del pueblo. Los pastores, por su parte, obligados por el rebaño, para no alejarse demasiado, en vez de subir más arriba, se esparcen a ambos lados del camino, hacia la llanura.
Por el camino que desde el valle sube al Nebo, de momento, no viene nadie.
-¿Y vendrá? -preguntan los apóstoles.
-Vendrá. Y nosotros lo esperaremos. No quiero defraudar una esperanza en formación y destruir una futura fe responde Jesús.
-¿No estáis bien entre nosotros? Hemos dado lo mejor que teníamos -dice un anciano que se calienta al sol.
-Mejor que en otros lugares, padre. Y vuestra bondad recibirá premio de Dios -le responde Jesús.
-Entonces háblanos más. Aquí vienen de vez en cuando cumplidores fariseos y soberbios escribas. Pero no tienen palabras para nosotros. Es justo. Ellos son los separados, por altura, de… todo, y los sabios. Nosotros… ¿Pero no debemos, entonces, conocer nada nosotros porque la suerte nos haya hecho nacer aquí?
-En la Casa del Padre mío no hay separaciones ni diferencias para los que llegan a creer en Él y a practicar su Ley, que es el código de su voluntad, y ésta es que el hombre viva como justo para recibir eterno premio en su Reino.
Escuchad. Un padre tenía muchos hijos. Algunos habían vivido siempre en estrecho contacto con él; otros, por distintas razones, habían estado relativamente más lejos del padre. No obstante, conociendo los deseos paternos a pesar de estar lejos del padre, podían actuar como si éste estuviera presente.
Otros, por estar aún más lejos, y haber sido educados, desde el primer día después de nacer, por servidores que hablaban otras lenguas y tenían otras costumbres, se esforzaban en servir a su padre según eso poco que, más por instinto que por conocimiento, sabían que a él le agradaba.
Un día, el padre -que no ignoraba que, contrariamente a sus órdenes, sus servidores se habían abstenido de dar a conocer sus pensamientos a esos hijos lejanos, porque en su orgullo consideraban a éstos inferiores, desestimados por el solo hecho de no vivir con su padre- quiso reunir a toda su prole. Y la llamó a su presencia.
Pues bien, ¿creéis que juzgó según la línea del derecho humano, y que dio la posesión de los bienes sólo a los que habían estado siempre en su casa, o, cuanto menos, no tan lejanos como para impedirles conocer sus órdenes y deseos?
No, él siguió un concepto completamente distinto: observando las obras de los que habían sido justos por amor al padre, al que habían conocido sólo de nombre y habían honrado con todas sus obras, los llamó junto a sí y dijo:
"Doble vuestro mérito de haber sido justos, porque lo fuisteis sólo por vuestra voluntad y sin ayudas. Venid en torno a mí. ¡Bien tenéis derecho a ello! Los primeros me han tenido siempre, y cada obra suya estaba reglada por mi consejo y era premiada con mi sonrisa.
Vosotros habéis tenido que actuar sólo por fe y amor. Venid. Porque en mi casa está preparado vuestro lugar, está preparado desde hace tiempo, y ante mis ojos no constituye una diferencia el haber estado siempre en casa o el haber estado lejos; lo que tienen diferencia son las acciones, que, cerca o lejos de mí, mis hijos han llevado a cabo".
Ésta es la parábola. Y su explicación es ésta: que escribas o fariseos, que viven en torno al Templo, pueden no estar en el Día eterno en la Casa de Dios, y que muchos que han estado muy lejos de saber siquiera sucintamente las cosas de Dios, podrán estar entonces en su seno. Porque lo que da el Reino es la voluntad del hombre tendida a la obediencia a Dios, y no el cúmulo de prácticas y ciencia.
Haced, pues, cuanto os he explicado ayer. Hacedlo sin un excesivo temor que paraliza, sin el cálculo de evitar con ello el castigo; hacedlo, por tanto, sólo por amor a Dios que os ha creado para amaros y ser amado por vosotros. Y tendréis un sitio en la Casa paterna.
-¡Háblanos todavía más!
-¿Y qué os debo decir?
-Ayer decías que hay sacrificios más gratos a Dios que el de corderos o machos cabríos, y también que hay lepras más vergonzosas que las de la carne. No he comprendido bien tu pensamiento -dice un pastor, y termina:
-Antes de que un cordero tenga un año, y sea el más hermoso del rebaño, sin mancha ni defecto, ¿sabes cuántos sacrificios hay que hacer, y cuántas veces hay que superar la tentación de hacer de él el carnero del rebaño o venderlo para ello? Ahora bien, si durante un año se resiste a toda tentación, y se le cuida y uno se encariña con él, perla del rebaño, ¿sabes lo grande que es el sacrificio de inmolarlo sin ganancia y con dolor? ¿Puede haber un sacrificio más grande que ofrecer al Señor?
-Hombre, en verdad te digo que el sacrificio no está en el animal inmolado, sino en el esfuerzo que has hecho por conservarlo para inmolarlo. En verdad os digo que está llegando el día en que, como dice la palabra inspirada, (Isaías l, ll) Dios dirá:
"No necesito el sacrificio de corderos y machos cabríos" y exigirá un sacrificio único y perfecto. Y desde esa hora todo sacrificio será espiritual. Pero ya está escrito desde siglos cuál es el sacrificio que el Señor prefiere.
David (Salmo 5l, l8-l9) exclama llorando: "Si Tú hubieras deseado un sacrificio, te lo habría ofrecido, pero no te gustan los holocaustos. El sacrificio a Dios es el espíritu contrito (y Yo añado: obediente y amoroso, porque se puede cumplir también sacrificio de alabanzas y de gozo y de amor, no sólo de expiación).
El sacrificio a Dios es el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado Tú, oh Dios, no lo desprecias". No. Vuestro Padre no desprecia tampoco al corazón que ha pecado y se ha arrepentido. Y entonces, ¿cómo acogerá el sacrificio del corazón puro, justo, que lo ama? Este es el sacrificio más grato.
El cotidiano sacrificio de la voluntad humana a la divina que se os muestra en la Ley, en las inspiraciones y en las cosas que suceden cada día. Y así, no es la lepra de la carne la más vergonzosa y la que más excluye de la presencia de los hombres y de los lugares de oración; antes bien, la lepra del pecado.
Es verdad que ésta pasa muchas veces ignorada de los hombres. Pero ¿vivís para los hombres o para el Señor?
¿Todo termina aquí o prosigue en la otra vida? Ya lo sabéis vosotros. Entonces, sed santos para no ser leprosos a los ojos de Dios, que ven los corazones de los hombres, y conservaos limpios en el espíritu para poder vivir eternamente.
-¿Y si uno ha pecado fuertemente?
-Que no imite a Caín, que no imite a Adán y Eva; sino que corra a los pies de Dios y con verdadero arrepentimiento le pida piedad. Un enfermo, un herido va al médico para curarse. El pecador, que vaya a Dios para obtener perdón. Yo…
-¿Tú aquí, Maestro? -grita uno que sube por el camino entre muchos otros y bien cubierto con su manto. Jesús se vuelve y lo mira.
« -¿No me reconoces? Soy el rabí Sadoq. De vez en cuando nos encontramos.
-El mundo es siempre pequeño, cuando Dios quiere hacer que se encuentren las personas. Nos encontraremos todavía, rabí. Entre tanto, la paz sea contigo.
El otro no devuelve el saludo de paz, sino que pregunta:
-¿Qué haces aquí?
-He hecho lo que tú estás para hacer. ¿No es sagrado para ti este monte?»
-Tú lo has dicho. Y vengo con mis discípulos. ¡Pero yo soy un escriba!
-Y Yo soy un hijo de la Ley. Venero, pues, a Moisés como tú lo veneras.
-Eso es mentira. Anulas su palabra con la tuya y no apuntas ya a nuestra obediencia, sino a la tuya.
-A la vuestra no. Ésa es vuestra, pero no es necesaria…
-¿No es necesaria? ¡Qué horror!
-No, no más necesaria de cuanto lo sean en tus vestiduras, para resguardarte de los vientos otoñales, los fluentes y abundantes flecos que adornan el vestido. Es el vestido el que te protege. Igualmente, de las muchas palabras que se enseñan acepto las necesarias y santas, las mosaicas, y no presto atención a las otras.
-¡Samaritano! ¡No crees en los profetas!
-Vosotros no observáis a los profetas. Si los observarais, no me llamaríais samaritano.
-¡Déjalo, Sadoq! ¿Quieres hablar con un demonio? -dice otro peregrino que ha llegado en ese momento con otras personas. Y, volviendo su dura mirada en torno al grupo que envuelve a Jesús, ve a Judas de Keriot y lo saluda con sorna.
Quizás sucedería algún incidente, porque los habitantes del pueblo quieren defender a Jesús. Pero se abre paso, gritando, el hombre de Petra, seguido por un servidor.
Tanto él como el servidor tienen a un niño en los brazos.
-¡Dejadme pasar! Señor, ¿has tenido que esperarme demasiado?
-No, hombre. Ven a mí.
La gente se abre para dejarlo pasar. Va hacia Jesús y se arrodilla, mientras deposita en el suelo a una niñita que tiene la cabeza vendada con lino. El servidor hace lo mismo y pone en el suelo a un niñito de ojos opacos.
-¡Mis hijos, Maestro Señor! -dice, y en la breve frase palpita todo el dolor y la esperanza de un padre.
-Has tenido mucha fe, hombre. ¿Y si te hubiera defraudado? ¿Si no me hubieras encontrado? ¿Si te dijera que no te los puedo curar?
-No te creería. Y no creería tampoco en la evidencia de no verte. Habría dicho que te habías escondido para probar mi fe, y te habría buscado hasta encontrarte.
-¿Y la caravana? ¿Y tu ganancia?
-¿Estas cosas? ¿Qué son respecto a ti, que puedes curar a mis hijos y darme una fe segura en ti?
-Destapa la cara de la niña -ordena Jesús.
-Tengo tapada su cara porque sufre mucho con la luz.
-Será sólo un instante de dolor -dice Jesús.
Pero la pequeña se echa a llorar desesperadamente y no quiere que le quiten la venda.
-Hace esto porque cree que la vas a atormentar con el fuego como los médicos -explica el padre, luchando por quitar de las vendas las manitas de la niña.
-¡No tengas miedo, niña! ¿Cómo te llamas?
La niña llora y no responde. Responde el padre por ella:
-Tamar, de donde nació; y el niño, Fara.
-No llores, Tamar. No te hago daño. Toca mis manos. No tienen nada en los dedos. Ven encima de mis rodillas. Mientras, curaré a tu hermano, y él te dirá lo que ha sentido. Ven aquí, niño.
El criado lleva hasta sus rodillas al pobre cieguito, cuyos ojos están apagados a causa del tracoma. Jesús le acaricia la cabeza y le pregunta:
-¿Sabes quién soy?
-Jesús Nazareno, el Rabí de Israel, el Hijo de Dios.
-¿Quieres creer en mí?
-Sí.
Jesús le pone la mano en los ojos, cubriéndole más de la mitad de la cara. Dice: -¡Quiero! Y que la luz de las pupilas abra la vía a la luz de la Fe.
Quita la mano.
El niño lanza un grito, llevándose las manos a los ojos; luego dice:
-¡Padre! ¡Veo!
Pero no corre hacia su padre. En su espontaneidad de niño se agarra al cuello de Jesús y lo besa en las mejillas, y se queda así, agarrado a su cuello, refugiando su cabecita en el hombro de Jesús para acostumbrar de nuevo las pupilas al sol.
La gente aclama por el milagro, mientras el padre quisiera quitar al niño del cuello de Jesús.
-Déjalo. No molesta. Únicamente, Fara, dile a tu hermana lo que te he hecho.
-Una caricia, Tamar. Parecía la mano de nuestra mamá. ¡Cúrate tú también y jugaremos otras veces!
La niña, todavía un poco reacia, se deja poner encima de las rodillas de Jesús, el cual quisiera curarla sin tocarle siquiera las vendas. Pero los escribas y sus compañeros gritan:
-Es un truco. La niña ve. Una conjura para engañar vuestra buena fe, habitantes de este lugar.
-Mi hija está enferma. Yo…
-¡Deja! Tú, Tamar, ahora eres buena y dejas que te quite las vendas.
La niña, convencida, se deja.
¡Qué se ve, cuando la última venda cae! Dos llagas rojas, costrosas, hinchadas, de que gotean lágrimas y pus, están en lugar de los ojos. Un susurro de horror recorre a la gente, y de compasión, mientras la niña se lleva las manitas a la cara para protegerse de la luz, que debe hacerle sufrir horriblemente; en las sienes rojean quemaduras recientes.
Jesús le aparta las manitas y roza ligeramente ese estrago, apoya la mano encima y dice:
-Padre, que creaste la luz para alegría de los que viven, y hasta al mosquito le diste pupilas, devuelve la luz a esta criatura tuya, para que te vea y crea en ti, y a partir de la luz de la Tierra entre, con la Fe, en la luz de tu Reino.
Quita la mano…
-¡Oh! -gritan todos.
Ya no hay llagas. Pero la pequeña tiene todavía cerrados los ojos.
-Ábrelos, Tamar. No tengas miedo. La luz no te va a hacer daño.
La niña obedece un poco temerosa y abre los párpados, que dejan ver dos vivaces ojitos negros.
-¡Padre mío! ¡Te veo! -y ella también se apoya sobre el hombro de Jesús para acostumbrarse lentamente a la luz.
Alboroto festivo entre la gente, mientras el hombre de Petra se arroja, sollozando de alegría, a los pies de Jesús.
-Tu fe ha tenido su premio. Que desde ahora tu gratitud lleve a tu fe en el Hombre al ámbito más alto: a la fe en el verdadero Dios. Levántate y vamos.
Y Jesús pone en el suelo a la niña, que sonríe feliz; y se despega al niño y se levanta. Los acaricia una vez más y hace ademán de abrir el círculo de gente que se apiña para ver los ojos curados.
-Deberías pedir también tú la curación para tus ojos velados -dice un discípulo a un viejo, cuyos ojos están tan opacados que deben llevarlo de la mano.
-¿Yo? ¿Yo? No quiero que me dé la luz un demonio. Es más: ¡A ti te grito, oh Dios eterno! Escúchame. ¡A mí, a mí las tinieblas absolutas, pero que yo no vea la cara del demonio, de ese demonio, de ese sacrílego, usurpador, blasfemo, deicida! Desciendan las sombras sobre mis ojos para siempre. ¡Las tinieblas, las tinieblas para no verlo nunca, nunca, nunca!
Parece un demonio él. En su paroxismo se golpea las cuencas de los ojos como si quisiera hacerlos estallar.
-No temas. No me verás. Las Tinieblas no quieren la Luz, y la Luz no se impone a quien la rechaza. Yo me marcho, anciano. No me verás ya en esta Tierra. Pero, igualmente, me verás en otro lugar.
Y Jesús, con un abatimiento que le acentúa el modo de caminar propio de los que son muy altos, ligeramente echado hacia adelante, se encamina por la bajada. Está tan abatido, que parece ya el Condenado que baja el Moria con la carga de la Cruz… Y los gritos de los enemigos azuzados por el viejo furioso asemejan mucho a los de la muchedumbre de Jerusalén el día de Viernes Santo.
El hombre de Petra, afligido, con la atemorizada niña llorando entre sus brazos, susurra:
-¡Por mí, Señor! ¡Por causa mía! ¡Tú, tanto bien a mí! ¿Y yo a ti? He puesto en el baldaquino, sobre el camello, unas cosas para ti. Pero ¿qué son respecto a los insultos que te he procurado? Siento vergüenza de haber venido a ti…
-No, hombre. Ése es mi pan amargo de cada día. Y tú eres la miel que lo dulcifica. Siempre es más la cantidad de pan que la de miel, pero basta una gota de miel para hacer dulce mucho pan.
-Eres bueno… Pero, dime al menos: ¿qué tengo que hacer para medicar estas heridas?
-Conserva la fe en mí. Por ahora, como puedas y hasta donde puedas. Dentro de no mucho… sí, mis discípulos irán hasta Petra, y más allá. Entonces sigue su doctrina, porque Yo hablaré en ellos. Y por el momento habla a los de Petra de lo que te he hecho, de forma que, cuando estos que me rodean, y otros, vayan en mi Nombre, no les sea desconocido este Nombre mío.
Al pie de la bajada, en la calzada romana, están parados tres camellos. Uno, sólo con la silla; los otros, con el baldaquino. Los vigila un criado.
El hombre va a uno de los baldaquinos y coge unos paquetes:
-Aquí tienes -dice mientras se los ofrece a Jesús -Te serán útiles. No me des las gracias. Yo soy el que tiene que bendecirte por todo lo que me has dado. Si puedes hacerlo con incircuncisos, bendíceme a mí y a mis hijos, Señor- y se arrodilla con los niños. Los criados hacen lo mismo.
Jesús extiende sus manos y ora en voz baja con los ojos fijos en el cielo.
-Ve. Sé justo y hallarás a Dios en tu camino, y lo seguirás sin nunca más perderlo. ¡Adiós, Tamar! ¡Adiós, Fara!
Los acaricia antes de que suban con los criados, uno por camello.
Los animales se alzan al oír el crrr crrr de los camelleros, se vuelven y toman el trote por el camino que va hacia el sur. Dos manitas morenas se asoman por los baldaquinos y dos vocecitas dicen:
-¡Adiós, Señor Jesús! ¡Adiós, padre!
El hombre hace, a su vez, ademán de montar. Se postra y besa la túnica de Jesús, luego monta en la silla y se marcha hacia el norte.
-Y ahora vamos -dice Jesús, encaminándose igualmente hacia el norte.
-¿Cómo? ¿Ya no vas a donde querías? -preguntan.
-No. Ya no podemos ir… Las voces del mundo tenían razón… Y ello es porque el mundo es astuto y conoce las obras del demonio… Iremos a Jericó…
-¡Qué triste está Jesús!… Todos lo siguen, cargados con los bultos dados por el hombre; abatidos y sin decir palabra…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Echaré de menos siempre este monte y este reposo en el Señor -dice Pedro mientras se aprestan para bajar al valle por una ladera muy agreste.
Están en una cadena de montes bien altos. A oriente, al otro lado del valle, otros montes, y montes al sur y montes aún más altos al norte. Al noroeste, el verde valle del Jordán en su desembocadura en el Mar Muerto. Al oeste, primero, el oscuro mar, luego, más allá, la pedregosa, árida extensión desértica, interrumpida sólo por el oasis espléndido de Engadí, y luego los montes judíos.
Un panorama imponente, vasto. La mirada puede extenderse hasta donde quiera. Y olvidar, en medio de tanta visión de vida vegetal, que se supone habitada o que de hecho se sabe que lo está, la tétrica vista del lago Asfaltide, sin velas y sin vida, oscuro siempre, incluso bajo el sol, triste incluso en la baja y entrante península que por el lado oriental, casi a mitad del lago, en éste se introduce.
¡Pero qué senderos para bajar al valle! Sólo los animales salvajes se pueden encontrar a gusto en ellos. Si no pudieran agarrarse a tallos y a matas, no sería posible bajar desde la cumbre, lo cual hace proferir alusiones maliciosas a Judas Iscariote.
-A pesar de todo, quisiera volver -rebate Pedro.
-Tienes gustos singulares. Éste es peor todavía que el primer lugar y que el segundo.
-Pero no peor que donde nuestro Maestro se preparó para la predicación -objeta Juan.
-¡Ya, para ti todo siempre es bonito!…
-Sí. Todo lo que está en torno a mi Maestro es bonito y bueno, y lo amo.
-Mira que en este todo estoy también yo… y, frecuentemente, están también los fariseos, saduceos, escribas, herodianos… ¿También los amas a éstos?
-Él los ama.
-Y tú, ¡ja! ¡Ja!, haces lo que Él, ¿no? Pero Él es Él, y tú eres tú. No sé si podrás amar siempre, tú que palideces cuando oyes hablar de traición y muerte, o ves a alguien que tiene estos deseos.
-Si me turbo por temor por Él o por enojo contra los culpables, es señal de que soy solamente muy imperfecto.
-¡Ah!, ¿te turbas también de enojo? No creía yo… Entonces, si tú, supongamos, vieras un día a uno que realmente causara daño al Maestro, ¿qué harías?
-¿Yo?! ¿Me lo preguntas? La Ley dice: "Ojo por ojo, diente por diente". Mis manos se transformarían en tenazas en torno a su garganta.
-¡Oh! ¡Oh! Él dice que se debe perdonar! ¿Tanto bien te ha hecho el meditar?
-¡Déjame, perturbador! ¿Por qué me tientas y me turbas? ¿Qué tienes en el corazón? Quisiera poder leer en él…
-A quien escruta las aguas del Mar Muerto no se le muestra el misterio del fondo. Son, esas aguas, piedra de sepulcro sobre la podredumbre que han acogido -dice a espaldas de ellos Bartolomé, que se había quedado detrás de todos. Los otros, bien o mal, están adelante, y no han oído. Pero Bartolomé sí. Y se introduce en la conversación de los dos, y su mirada es monitoria.
-¡Oh, el sabio Tolmái! ¿Pero no querrás decir que yo soy como el Mar Salado, ¿no?
-No te hablaba a ti, sino a Juan. Ven conmigo, hijo de Zebedeo. Yo no te inquietaré -y toma de un brazo a Juan como buscando -él, anciano-apoyo en su ágil y joven compañero.
Judas se queda el último, y a espaldas de ellos hace un feo gesto de ira. Parece jurarse a sí mismo algo, o amenazar…
-¿Qué quería decir Judas? ¿Y tú qué querías decir? -pregunta Juan a Natanael (que ya está entrado en años, aunque bien llevados).
-No pienses en ello, amigo. Pensemos, más bien, en todo lo que nos ha explicado el Maestro en estos días. ¿Cómo no ha comprendido Israel?
-Es verdad. ¡No entiendo cómo el mundo no lo comprende!
-Tampoco nosotros le comprendemos completamente, Juan. No queremos comprenderlo. ¿Ves qué obstáculos tenemos para aceptar su idea mesiánica?
-Sí. En todo lo creemos ciegamente, pero no en esto. Tú, que eres docto, ¿me sabes decir el porqué? Nosotros, que vemos obtusos a los rabíes respecto al Cristo, ¿por qué, entonces, nosotros tampoco llegamos a la idea perfecta de una regalidad espiritual del Mesías?
-Me lo he preguntado muchas veces. Porque quisiera llegar a eso que llamas idea perfecta. Y creo poder tranquilizarme diciéndome a mí mismo que lo que lucha dentro de nosotros, que deseamos seguirlo no sólo material y doctrinalmente, sino también espiritualmente, contra esta aceptación, son todos los siglos que tenemos a las espaldas… y dentro. Dentro de nosotros. ¿Ves? Mira a oriente, a mediodía y occidente. Cada piedra tiene un recuerdo y un nombre.
Cada piedra, cada fuente, cada sendero, cada pueblo o castillo, cada ciudad, cada río, cada monte, ¿qué nos recuerda?, ¿de qué nos habla a gritos? De la promesa de un Salvador.
Las misericordias de Dios para su pueblo. Como gota de aceite del agujero de un odre, el pequeño grupo inicial, el núcleo del futuro pueblo de Israel, se expandió con Abraham por el mundo, hasta el lejano Egipto, y luego, cada vez más numeroso, volvió con Moisés a las tierras del padre Abraham, enriquecido con promesas cada vez más amplias y seguras y con los signos de la paternidad de Dios, y constituido en verdadero Pueblo porque poseía una Ley que es más santa que ninguna otra. Pero ¿qué ha ocurrido después? Lo que ha pasado en aquella cumbre que hasta hace muy poco resplandecía con el sol. Mírala ahora.
Está envuelta en nubes que cambian su aspecto. Si no se supiera que es ella misma y tuviéramos que reconocerla para dirigirnos por camino seguro, ¿podríamos hacerlo, así como está, alterada por capas de espesas nubes semejantes
a prominencias y yugos? En nosotros ha sucedido lo mismo.
El Mesías es lo que Dios dijo a los padres nuestros, a los patriarcas y profetas. Inmutable. Pero lo que hemos metido de lo nuestro, para… explicárnoslo según la pobre sabiduría humana, pues nos ha creado un Mesías, una figura moral del Mesías tan falsa, que ya no reconocemos al verdadero Mesías.
Y nosotros, con el paso de los siglos y con las generaciones que están a nuestras espaldas, creemos en el Mesías que nos hemos imaginado nosotros, en el Vengador, en el Rey humano, muy humano, y no somos capaces, aunque digamos que sí, que creemos, de concebir al Mesías y Rey como es realmente, como ha sido pensado y querido por Dios. ¡Así es, amigo!
-¿Pero entonces no lograremos nunca, nosotros, al menos nosotros, ver, creer, desear al Mesías real?
-Lo lograremos. Si no fuéramos a lograrlo, Él no nos habría elegido. Y si la Humanidad no fuera a conseguir nunca beneficiarse del Mesías, el Altísimo no lo habría mandado.
-¿Pero Él redimirá la Culpa incluso sin la contribución de la Humanidad! Sólo por su mérito.
-Amigo mío, sería una gran redención la de la Culpa original. Pero no completa. En nosotros hay otras culpas, individuales, además de la original. Y éstas, para ser lavadas, necesitan al Redentor y necesitan la fe de quien recurre a Él como Salvación suya.
Yo pienso que la Redención estará actuando hasta el final de los siglos. El Cristo no estará inactivo ni un instante desde cuando sea Redentor y dé a la Humanidad la Vida que hay en Él, de la misma forma que un manantial se da continuamente a quien tiene sed, día tras día, luna tras luna, año tras año, siglo tras siglo. La Humanidad siempre estará necesitada de Vida. Él no puede dejar de darla a quien espera y cree en Él con sabiduría y justicia.
-Eres docto, Natanael. Yo soy un pobre ignorante.
-Tú haces por instinto espiritual lo que yo llevo a cabo penosamente por reflexión mental: nuestra transformación de israelitas en cristianos. Pero tú llegarás antes al término, porque sabes amar, más que pensar. El amor te transporta y te transforma.
-Eres bueno, Natanael. ¡Ojalá fuéramos todos como tú! -Juan suspira fuerte.
-No pienses en ello, Juan. Oremos por Judas -le dice el anciano apóstol, que ha comprendido el suspiro de Juan…
-¿Estáis vosotros también aquí! Os mirábamos mientras veníais. ¿Qué os sucedía, que hablabais tanto? -pregunta sonriendo Tomás.
-Hablábamos del antiguo Israel. ¿Dónde está el Maestro?
-Se ha adelantado, con sus hermanos e Isaac, a casa de un pastor enfermo. Nos ha dicho que prosiguiéramos por este camino hasta el que sube a la cima.
-Vamos pues.
Bajan ahora por un sendero menos escarpado, hasta un verdadero camino de herradura que lleva a lo alto del Nebo. Un puñado de casas, en el bosque. Más abajo, casi en el valle, un pueblo en el sentido propio de la palabra albea en las laderas que ya son casi llanas. Desde el caminito en que se hallan, ven entrar a gente en el pueblo. -¿Esperamos allí al de Petra? -pregunta Pedro.
-Sí, ése es el pueblo. Esperemos que haya llegado. En ese caso, mañana reanudaremos el camino hacia el Jordán. No sé. No me siento nada tranquilo aquí -dice Mateo.
-El Maestro había dicho que fuéramos mucho más adelante -dice Judas Iscariote.
-Sí, pero espero que se convenza de lo contrario.
-¿Pero de qué tienes miedo? ¿De Herodes? ¿De sus esbirros?
-Los esbirros no están sólo al lado de Herodes. ¡Oh, ahí está el Maestro! Los pastores son numerosos y se les ve felices. Estos están conquistados. Son nómadas. Irán esparciendo la buena nueva de que el Mesías está en su Tierra -sigue siendo Mateo el que habla.
Jesús llega donde ellos seguido de pastores y rebaños.
-Vamos. Tenemos el tiempo justo para llegar al pueblo. Éstos nos darán posada. Son conocidos.
Jesús está contento de estar entre los sencillos que saben creer en el Seor.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No veo la ciudad de Esebón. Jesús con los suyos salen ya de ella. Por las caras de los apóstoles, comprendo que ha sido una desilusión. Los sigue o, mejor, los acosa, algunos metros más atrás, una turba vociferante y amenazadora…
-Estos lugares en torno al Mar Salado son malditos como el mismo mar -dice Pedro.
-¡Este lugar! Sigue siendo el mismo que en el tiempo mosaico, y Tú eres demasiado bueno como para castigarlo como fue castigado entonces. Es lo que haría falta. Y subyugarlos con las potencias del Cielo y con las de la Tierra. A todos. Hasta el último hombre y hasta el último rincón -dice Natanael inquieto, con un brillo de indignación en sus ojos hundidos. La raza hebrea resalta fuertemente en el apóstol, delgado y viejo, bajo el ímpetu de la indignación, y le hace parecerse mucho a los muchos rabíes y fariseos que se oponen siempre a Jesús.
El cual se vuelve y alza la mano diciendo:
-¡Paz! ¡Paz! Ellos también serán atraídos hacia la Verdad. Pero se requiere paz, se requiere conmiseración. Nunca hemos venido aquí. No nos conocen. Otros lugares fueron así la primera vez, pero luego cambiaron.
-Es que éstos son lugares como Masada. ¡Vendidos! Volvamos al Jordán -insiste Pedro.
Pero Jesús va por la vía miliaria, que han vuelto a tomar, en dirección sur. Los más encendidos contra Él lo siguen acosando, atrayendo la atención de los viandantes.
Uno -debe ser un rico mercader, o por lo menos uno que trabaja para un mercader-que guía una larga caravana dirigida hacia el norte observa estupefacto y para su camello; y con el suyo se paran todos los demás. Mira a Jesús, mira a los apóstoles, de aspecto tan inerme y benigno, y mira a los vociferadores amenazantes que están llegando, y les pregunta con curiosidad. No oigo sus palabras, pero sí las gritadas como respuesta:
-¡Es el Nazareno maldito, loco, endemoniado! ¡No lo queremos dentro de nuestros muros!
El hombre no pregunta más. Vuelve su camello, grita algo a uno de los suyos que le seguía cerca, e incita al animal, que en pocas zancadas alcanza a los apóstoles. -En nombre de vuestro Dios, ¿quién de entre vosotros es Jesús el Nazareno? pregunta a los apóstoles Mateo, Felipe y Simón Zelote, y a Isaac, que están en el último grupito.
-¿Por qué lo preguntas? ¿Tú también para atormentarlo? ¿No bastan sus compatriotas? ¿Tú también te incluyes? -dice muy inquieto Felipe.
-Soy mejor que ésos. Y solicito gracia. No me rechacéis. Lo pido en nombre de vuestro Dios.
Algo que hay en la voz del hombre convence a los cuatro, y Simón dice:
-El primero delante de todos, junto con los dos más jóvenes.
El hombre incita de nuevo a su animal, porque Jesús, ya delante, ha ido más adelante todavía durante el breve diálogo que El ignora.
-¡Señor!… Escucha a un desdichado… -dice en cuanto le da alcance.
Jesús, Juan y Margziam se vuelven, asombrados.
-¿Qué quieres?
-Soy de Petra, Señor. En representación de otros paso las mercancías que vienen desde el Mar Rojo hasta Damasco. No soy pobre, pero es como si lo fuera. Tengo dos hijos, Señor, y han contraído una enfermedad en los ojos, y están ciegos; uno, completamente -el primero que ha enfermado-; el otro, casi ciego, y pronto del todo. Los médicos no hacen milagros, pero Tú sí.
-¿Cómo lo sabes?
-Conozco a un rico mercader que te conoce. Cuando va de camino, hace un alto en mi recinto. Alguna vez incluso le sirvo. Me dijo, al ver a mis hijos: "Sólo Jesús de Nazaret los podría curar. Búscalo". Te habría buscado. Pero tengo poco tiempo y debo seguir los caminos más indicados.
-¿Cuándo viste a Alejandro?
-Entre las dos fiestas vuestras de primavera. Desde entonces he hecho otros dos viajes, pero no te he encontrado nunca. ¡Señor, ten piedad!
-Hombre, Yo no puedo bajar a Petra, ni tú puedes dejar la caravana…
-Sí que puedo. Arisa es de fiar. Le mando que prosiga lentamente y yo vuelo a Petra. Tengo un camello más veloz que el viento del desierto y ágil como una gacela. Tomo a los hijos y a otro siervo fiel. Te alcanzo. Tú los curas… ¡Oh! ¡La luz a sus ojos de estrellas negras, ahora cubiertos de densas nubes! Y prosigo mientras ellos vuelven donde su madre. Veo que sigues caminando, Señor.
¿A dónde te diriges?
-Iba a Debón…
-No vayas. Está llena de… de los de Maqueronte. Lugares malditos, Señor. No te substraigas a los infelices para darte a los malditos.
-Lo que decía yo -refunfuña entre dientes Bartolomé, y muchos le dan la razón.
En este momento están ya todos alrededor de Jesús y del hombre de Petra. Los habitantes de Esebón, por el contrario, visto que la caravana parece benigna para con el Perseguido, se vuelven para atrás. La caravana, parada, espera el desenlace y la decisión.
-Hombre, si no voy por las ciudades del Mediodía, vuelvo mis pasos hacia Septentrión. Y no es seguro que te complazca.
-Sé que soy abyecto para vosotros de Israel. Soy incircunciso, no merezco ser complacido. Pero Tú eres el Rey del mundo, y en el mundo estamos también nosotros…
-No es eso. Es… ¿Cómo puedes creer que Yo haga lo que no han podido hacer los médicos?
-Porque Tú eres el Mesías de Dios y ellos son hombres. Tú eres el Hijo de Dios. Me lo ha dicho Misax y yo lo creo. Tú puedes hacer todo, incluso para un pobre como soy yo.
La respuesta es segura, y el hombre la completa dejándose deslizar hasta el suelo sin siquiera hacer arrodillar a su camello, y se prosterna todo él en el polvo.
-Tu fe es mayor que la de muchos. Ve. ¿Sabes dónde está el Nebo?
-Sí, Señor. Aquel monte es el Nebo. Nosotros también sabemos acerca de Moisés. ¡Grande! Demasiado grande para no conocerlo. Pero Tú, más grande. Como una roca respecto al monte es el parangón entre Moisés y Tú.
-Ve a Petra. Yo te esperaré en el Nebo…
-Hay un pueblo al pie para los visitantes del monte. Y hay posadas… Estaré allí dentro de diez días lo más. Forzaré al animal, y si el que te envía me protege no encontraré tempestades.
-Ve. Y vuelve lo antes que puedas. Debo ir a otro lugar…
-¡Señor! Yo… no soy circunciso. Mi bendición es para ti un oprobio. Pero la de un padre no es oprobio nunca. Te bendigo y me marcho.
Toma un pequeño silbato de plata y silba tres veces. El hombre que está a la cabeza de la caravana viene al galope. Hablan entre sí. Se saludan. Luego el hombre vuelve a la caravana, la cual reanuda la marcha. El otro sube de nuevo a su camello y se marcha hacia el sur al galope.
Jesús y los suyos se ponen en camino otra vez.
-¿Vamos justamente al Nebo?
-Sí. Dejamos las ciudades y subimos por las laderas de los montes Abarim. Habrá muchos pastores. Por ellos sabremos cuál es el camino para el monte Nebo; y ellos, por nosotros, cuál es el Camino para el monte de Dios. Y luego nos detendremos algunos días, como hicimos en los montes de Arbela y en el Carít.
-¡Qué bonito será! Y nos haremos mejores. De esos lugares siempre hemos bajado más fuertes y mejores -dice Juan.
-Y nos hablarás de todo lo que el Nebo recuerda. Hermano, ¿te acuerdas, cuando éramos niños, de un día en que hiciste de Moisés bendiciendo, antes de morir, a Israel? -dice Judas de Alfeo.
-Sí. ¿Y de que tu Madre gritó al verte extendido como muerto? Ahora vamos precisamente al Nebo -dice Santiago de Alfeo.
-Y bendecirás a Israel. ¡Eres el verdadero Caudillo del Pueblo de Dios! -exclama Natanael.
-Pero no mueres allí. Tú no mueres nunca, ¿no es verdad, Maestro? -pregunta Judas de Keriot con una extraña risita.
-Yo moriré y resucitaré como está escrito. Muchos hombres morirán, pero no estarán muertos en ese día. Y, mientras que los justos resucitarán, aunque hayan muerto años antes, no resucitarán los que viven en la carne pero tengan el espíritu definitivamente muerto en ese día. Mira que no seas tú uno de éstos.
-Y Tú mira que no te oigan repetir que resucitarás. Lo llaman blasfemia -rebate Judas de Keriot.
-Es verdad. Y lo digo.
-¡Qué fe, ese hombre! ¡Y aquel Misax! -dice el Zelote intentando desviar la conversación.
-¿Pero quién es Misax?» preguntan los que no iban el año pasado en el viaje de la Transjordania. Y se alejan hablando de estas cosas, mientras Jesús reanuda, con Margziam y Juan, el tema interrumpido antes.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
-¿Pero quieres ir por este camino?, ¿precisamente por éste? No me parece prudente por muchas razones…-objeta Judas Iscariote.
-¿Cuáles? ¿No han venido, acaso, a mí, hasta Cafarnaúm, hombres de estos pueblos, buscando salud y sabiduría? ¿No son ellos también criaturas de Dios?
-Sí… Pero… No es prudente para ti acercarte demasiado a Maqueronte… Es lugar infausto para los enemigos de Herodes.
-Maqueronte está lejos. Y no tengo tiempo de ir hasta allá. Quisiera ir hasta Petra, e incluso más allá… Pero llegaré sólo a mitad de camino, y ni siquiera. De todas formas, vamos…
-José te ha aconsejado…
-Que estuviera por caminos vigilados. Éste es precisamente el camino de Transjordania, intensamente vigilado por los romanos. No soy un cobarde, Judas, y tampoco un imprudente.
-Yo no me fiaría. No me alejaría de Jerusalén. Yo…
-Pero déjalo al Maestro. Él es el Maestro y nosotros sus discípulos. ¿Pero cuándo se ha visto que el discípulo sea el que aconseje al Maestro? -dice Santiago de Zebedeo.
-¿Cuándo? No hace años que tu hermano dijo al Maestro que no fuera a Acor y Él lo escuchó. Ahora que me escuche a mí.
-Eres celoso y prepotente. Si mi hermano habló y fue escuchado, señal es que eran palabras justas y había que atenderlas. ¡Bastaba mirar a Juan aquel día para comprender que era justo darle oídos!
-Con toda su sabiduría, nunca ha sabido defenderlo, y nunca sabrá hacerlo. Sin embargo, está reciente aún lo que hice yo yendo a Jerusalén.
-Cumpliste con tu deber. Mi hermano también lo habría hecho en esas circunstancias; con otras maneras, porque no sabe mentir ni siquiera para cosas buenas, lo cual me alegra…
-Me estás ofendiendo. Me estás llamando embustero…
-¿Y quieres que te llame sincero, si mentiste con tanta habilidad sin cambiar de color!
-Lo hacía…
-Sí. Lo sé. ¡Lo sé! Para salvar al Maestro. Pero eso no va conmigo, ni con ninguno de nosotros. Preferimos la sencilla respuesta del anciano (Ananías). Preferimos guardar silencio y que nos llamen tontos, e incluso que nos maltraten, pero no mentir. Se empieza por una cosa buena y se acaba con una cosa no buena.
-El malo, no yo; el necio, no yo.
-¡Basta! Teniendo razón, acabáis en el yerro, un yerro distinto del que os impugnáis, porque es un yerro contra la caridad. Todos sabéis lo que pienso sobre la sinceridad. Y también lo que exijo en la caridad. Vamos. Estas disputas vuestras me son más penosas que los insultos de los enemigos.
Y Jesús, visiblemente enojado, se pone a andar rápidamente, Él solo, por una calzada que, sin necesidad de ser arqueólogo, se comprende que ha sido hecha por los romanos, y que va hacia el sur, casi recta hasta donde alcanza la vista, entre dos cadenas de montes respetables.
Calzada monótona, oscura a causa de las laderas boscosas que la cierran e impiden a la vista desplegarse hasta el horizonte; pero bien cuidada. De tanto en tanto, algún puente romano construido sobre torrentes y pequeños ríos, que, sin duda, bajan al Jordán o al Mar Muerto. No lo sé con exactitud, porque los montes me impiden ver hacia Occidente, donde deben estar el río y el mar. Y alguna caravana por la calzada, caravana que quizás sube desde el Mar Rojo para ir quién sabe a dónde, con muchos camellos y camelleros y mercaderes de raza visiblemente distinta de la hebrea.
Jesús continúa delante, solo. Detrás, divididos en dos grupos, los apóstoles, cuchicheando unos con otros: los galileos, delante; detrás, los judíos, más Andrés, Juan y los dos discípulos que se han unido a ellos. Los dos grupos tratan, uno, de consolar a Santiago, que se ha quedado deprimido por la severa corrección del Maestro, otro, de convencer a Judas de no ser siempre tan obstinado y agresivo. Y los dos grupos están de acuerdo en aconsejar a los dos corregidos a ir donde el Maestro y hacer la paz con Él.
-¿Yo? Hombre, pues voy enseguida. Sé que tengo razón. Conozco mis acciones. No he sido yo el que ha metido cizaña; así que voy -dice Judas Iscariote. Se muestra atrevido, yo diría descarado. Acelera el paso para alcanzar a Jesús. Me pregunto una vez más si en esos días estaba ya dispuesto a traicionar y conspiraba ya con los enemigos de Cristo…
Santiago, por el contrario, que en el fondo es el menos culpable, está tan abatido por haber causado dolor al Maestro, que no se atreve a ir adelante. Mira a su Maestro, que ahora está hablando con Judas… Lo mira, y es vivo en su rostro el deseo de las palabras de perdón de Jesús. Pero su mismo amor, sincero, constante, fuerte, le hace parecer imperdonable su yerro.
Ahora los dos grupos se han reunido, y también Simón Zelote, Andrés, Tomás y Juan dicen:
-¡Venga, hombre! ¡Si no lo conocieras! ¡Ya te ha perdonado! -y, con mucha agudeza de juicio, Bartolomé, anciano y sabio, dice, poniendo la mano en el hombro de Santiago:
-Yo te lo digo: por no suscitar otras disputas, os ha corregido imparcialmente a vosotros dos. Pero su corazón lo decía sólo a Judas.
-¡Así es, Tolmái! Mi hermano se consume en soportar a ese hombre, al cual se empeña en querer convertirlo; y se cansa en tratar de mostrárnoslo… como nosotros somos. El es el Maestro, y yo… soy yo… Pero, si yo fuera Él, ciertamente el hombre de Keriot no estaría con nosotros -dice Judas Tadeo con centellas en esos hermosísimos ojos suyos que recuerdan a los de Cristo.
-¿Tú piensas?, ¿sospechas? ¿Qué? -dicen varios.
-Nada. Nada concretamente. Pero ese hombre no me gusta.
-No te ha gustado nunca, hermano. Es una repulsa irracional, porque surgió con el primer encuentro. Tú me lo has confesado. Es contraria al amor. Deberías vencerla, aunque sólo fuera por dar una alegría a Jesús -dice, calmo y persuasivo, Santiago de Alfeo.
-Tienes razón, pero… no soy capaz. Ven, Santiago, vamos juntos donde mi hermano -y Judas de Alfeo toma resueltamente el brazo de Santiago de Zebedeo y se lo lleva consigo.
Judas los oye venir y se vuelve, y luego dice a Jesús algo. Jesús se para y los espera. Judas, con mirada maliciosa, observa al compungido apóstol.
-Perdona, apártate un poco. Necesito hablar con mi Hermano -dice Judas Tadeo. La frase es amable, pero el tono con que la dice es muy seco.
Una risita de Judas Iscariote, que luego se encoge de hombros y vuelve sobre sus pasos y se une a los otros.
-Jesús, somos pecadores… -dice Judas Tadeo.
-Yo soy pecador, no tú -susurra Santiago, cabizbajo.
-Nosotros somos pecadores, Santiago, porque lo que tú has dicho yo lo he pensado, lo he aprobado, lo tengo en el corazón. Por tanto, yo también estoy en pecado. Porque de mi corazón sale -y ello contamina mi caridad-el juicio sobre Judas…
Jesús, ¿no dices nada a tus discípulos que reconocen su pecado?
-¿Qué debo decir que no sepáis ya? ¿Cambiáis, acaso, respecto a vuestro compañero, por mis palabras?
-No. No más de lo que él cambie por las que Tú le dices -le responde, sincero, por sí y por los otros, su primo.
-¡Deja, Judas, deja! Yo he errado. De mí se trata y debo ocuparme de mí, no de otros. Maestro, no estés enojado conmigo…
-Santiago, Yo quisiera de ti, de todos, una cosa. Mucho dolor me causan las muchas incomprensiones que encuentro… las muchas resistencias obstinadas. Ya lo veis vosotros…
Por cada lugar que me da alegría, tres no me la dan, y me expulsan como a un malhechor. Pero, esa comprensión, esa adhesión que los otros no me dan quisiera recibirla al menos de vosotros.
Que el mundo no me ame, que me sienta asfixiado por todo este odio, por esta antipatía, enemistad, sospecha, que me rodea, y por todo tipo de indignidades, por los egoísmos, por todo lo que sólo mi amor infinito hacia el hombre me hace soportar… todo esto es penoso. Pero, bueno, pues lo sufro con paciencia.
He venido para sufrir esto por parte de los que odian la Salud. ¡Pero vosotros! ¡No, esto no lo soporto! Esto, es decir, el que no seáis capaces de amaros entre vosotros, y, por tanto, de comprenderme; esto, es decir, el que no prestéis adhesión a mi espíritu, esforzándoos en hacer lo que Yo hago.
¿Creéis, podéis creer todos vosotros, que no veo los errores de Judas?, ¿que ignoro cosa alguna de él? Convenceos de que no es así. Pero, si Yo hubiera querido tener personas perfectas en el espíritu, habría hecho que se encarnaran los ángeles y me habría rodeado de ellos. Habría podido hacerlo. ¿Habría sido un verdadero bien? No.
Por mi parte, hubiera sido egoísmo y desprecio. Habría evitado el dolor que me viene de vuestras imperfecciones, pero habría despreciado a los hombres a quienes el Padre mío ha creado y a los que ama tanto, que me ha enviado para que los salve. Y, por parte del hombre, habría sido un perjuicio para el futuro. Una vez terminada mi misión, una vez que hubiera subido de nuevo al Cielo con mis ángeles, ¿qué cosa apta para continuar mi misión habría quedado, y quién?
¿Qué hombre hubiera podido esforzarse en hacer lo que digo, si sólo un Dios y unos ángeles hubieran dado el ejemplo de una vida nueva reglada por el espíritu? Ha sido necesario que Yo me revistiera de carne para convencer al hombre de que, si quiere, puede ser casto y santo en todos los modos. Y ha sido necesario que tomara conmigo unos hombres… así… aquellos que con su espíritu respondieron a la llamada de mi espíritu, sin mirar si eran ricos o pobres, doctos o ignorantes, de ciudad o de pueblo. Que los tomara así, como los iba encontrando, y que mi voluntad y la suya los transformara lentamente en maestros de otros hombres.
El hombre puede creer en el hombre, en el hombre al que ve. Le es difícil al hombre, tan postrado, creer en Dios a quien no ve. No habían terminado todavía los rayos en el Sinaí, y ya al pie del monte había surgido la idolatría…
No había muerto Moisés todavía, cuyo rostro no se podía mirar, y ya se pecaba contra la Ley. Pero, cuando vosotros, transformados en maestros, estéis como ejemplo, como testimonio, como levadura, entre los hombres, ya no podrán decir: "Son seres que han descendido a estar entre los hombres y no podemos imitarlos". Deberán decir: "Son hombres como nosotros. Ciertamente tienen los mismos instintos y estímulos nuestros, las mismas reacciones; y, a pesar de todo, saben resistir contra los estímulos e instintos, y saben tener otras reacciones bien distintas de las nuestras, que son viles". Y se convencerán de que el hombre puede divinizarse, con sólo querer entrar en los caminos de Dios.
Observad a los gentiles y a los idólatras. ¿Todo su Olimpo, todos sus ídolos, acaso los hacen mejores? No. Porque ellos, si son incrédulos, dicen que sus dioses son una patraña; si son creyentes, piensan: "Son dioses y yo hombre" y no se esfuerzan en imitarlos. Vosotros, pues, tratad de haceros como Yo. Y no tengáis prisas. El hombre evoluciona lentamente de animal racional a ser espiritual. ¡Sed compasivos, sed compasivos los unos para con los otros! Nadie, excepto Dios, es perfecto.
Y ahora, todo ha pasado, ¿no es verdad? Transformaos con firme voluntad imitando a Simón de Jonás, que en menos de un año ha dado pasos de gigante. Y… ¿Quién, de entre vosotros, era hombre, más hombre que Simón con todas las imperfecciones de una humanidad muy material?
-Es verdad, Jesús. Es mi objeto de estudio continuo ese hombre. Y mi admiración -confiesa Judas Tadeo.
-Sí. Yo estoy con él desde la niñez. Lo conozco como si fuera hermano mío. Pero ahora tengo ante mí a un Simón nuevo. Te confieso que cuando dijiste que era nuestro jefe, yo -y no sólo yo-me quedé desorientado. Me parecía el menos indicado de todos. ¡Simón respecto al otro Simón y a Natanael! ¡Simón respecto a mi hermano y a tus hermanos! Sobre todo, respecto a estos cinco. Me parecía un completo error… Ahora digo que tenías razón.
-¡Y vosotros no veis más que la superficie de Simón! Pero Yo veo su profundidad. Para ser perfecto, aún tiene que hacer mucho y mucho que padecer. Pero quisiera en todos vosotros su buena voluntad, su sencillez, su humildad y su amor…
Jesús mira hacia delante, y parece que viera… ¿quién sabe qué? Está absorto en un pensamiento suyo y sonríe a lo que ve; luego baja los ojos hacia Santiago y le sonríe.
-¿Entonces… estoy perdonado?
-Quisiera poder perdonar a todos como a ti… Mirad, esa ciudad debe ser Esebón. El hombre dijo que después del puente de tres arcos estaba la ciudad. Vamos a esperar a los otros para entrar en ella juntos.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No sé dónde están. Sin duda, ya no en el valle del Jordán, sino en los montes que lo orillan, porque veo abajo el verde valle y el hermoso río azul, mientras que cimas de montes bien altos emergen sobre la meseta extendida al oriente del Jordán.
Veo a Pedro que, solitario en una pequeña elevación, está mirando atentamente al nordeste y suspira muy triste. A sus pies hay leña (sin duda, recogida en los bosques que cubren esta pequeña altura). Un pueblecito anida entre el verde. Pedro está verdaderamente muy abatido. Acaba sentándose en su haz y metiendo su cabeza entre las manos, todo acurrucado. Está así, perdida la noción del tiempo y de todas las cosas; tan absorto, que no le hacen reaccionar ni siquiera algunos niños que pasan detrás de algunas cabritas caprichosas. Los niños lo observan y luego se marchan corriendo detrás de las cabras, hacia el pueblecillo. El Sol declina lentamente y Pedro no se mueve.
Por el sendero que sube desde el pueblecillo a esta elevación, se está aproximando Jesús. Camina despacio, evitando hacer ruido. Llega así al lugar donde está Pedro. Y, erguido delante él, lo llama:
-¡Simón!
-¡Maestro!
Pedro se sobresalta y alza un rostro turbado, al decir esa palabra.
-¿Qué estabas haciendo, Simón? Tus compañeros, todos, han regresado. El único que no volvías eras tú. Estábamos preocupados. Tanto, que tu hermano y los hijos de Zebedeo, con Tomas y Judas, han ido en distintas direcciones por los montes, y mis hermanos, con Isaac y Margziam, han bajado hacia la llanura.
-Lo siento… Siento haber causado aflicción y molestias…
-Tus compañeros te quieren… Ha sido precisamente Judas el primero que se ha preocupado, y ha regañado a Margziam por haberte dejado marcharte solo.
-¡Mmm!…
-Simón, ¿qué te pasa?
-Nada, Maestro.
-¿Qué hacías aquí, en este risco, solo, al caer de la tarde?
-Estaba mirando…
-Habrás mirado, Simón. Pero ahora no estabas mirando… Han pasado cerca de ti unos niños, y estabas tan acurrucado, que han tenido casi miedo de que estuvieras muerto. Han venido corriendo al aprisco que nos ha acogido y me lo han dicho. He venido… ¿Qué estabas mirando, Simón?
-Estaba mirando… miraba hacia Ramot Galaad, hacia Gerasa, Bosra, Arbela… Nuestro viaje del año pasado, tan bonito, tan… ¡La Madre con nosotros! Las discípulas… Juan de Endor… Esto es lo que miraba: el pasado.
-Y el futuro, Simón mío.
Y Jesús se sienta sobre el haz, al lado de Pedro, y le pasa un brazo por los hombros mientras le habla:
-Mirabas al horizonte… y la tristeza te lo ha anublado. El presente, como un remolino ha levantado nubes temibles y te ha celado el sereno recuerdo lleno de promesas y esperanzas, y te ha atemorizado. Simón, te oprime una de esas horas de tristeza y tedio que nuestra naturaleza humana encuentra en su camino. Ninguno está exento de ello. Porque estas horas las suscita quien odia al hombre. Y cuanto más sirve a Dios el hombre, más trata Satanás de atemorizarlo y cansarlo para apartarlo de su ministerio.
Tú también atraviesas una hora de cansancio… El continuo martillear de la persecución contra tu Maestro te cansa. Y, en fin -y no sabes que no eres tú, sino que es el Tentador-, escuchas una voz que te susurra: "¿Y mañana?
¿Qué sucederá mañana?…".
-Señor, es verdad. Lees en mi corazón. Pero también ves que si pregunto esto no es por miedo por mí. Es porque… No. Jamás podría verte atormentado… A menudo, hablas de delito, de traición. Yo… ¡oh, no sólo yo!… ¿Cuántos, especialmente entre los viejos, te han pedido morir antes de ver agredido a su Rey? ¡Y yo!… Yo, Tú lo sabes, Tú eres todo para mí. Nada más que no seas Tú me interesa. No es como dice Judas, nostalgia de mi barca y de mi esposa…
Mira, ves que digo la verdad. Insistí mucho para tener a Margziam. Mi humanidad quería al menos un hijo adoptivo en lugar de los hijos que mi mujer no me ha dado, mortificando mi virilidad, que quería perpetuarse. Pero ahora, pero hoy, yo… Lo quiero, sí; pero, si Tú me le quitaras, no reaccionaría. Sólo te diría… ¡No, no diría nada!
-¿Sólo me dirías? Termina.
-Es inútil, Maestro.
-¡Di!
-Diría: "Dáselo a quien le haga, más que yo, crecer como justo". ¡Nada más! O sea… y esto te lo digo, llorando, por él, por mí, por mi hermano, y también por Juan y Santiago… y también por los demás… nosotros… nosotros somos tus primeros…
Pedro cae de rodillas y se apoya en las rodillas de Jesús, las manos altas, con las palmas hacia arriba, suplicantes, y con lágrimas en las mejillas que van a perderse entre la barba…
…Lo digo por nosotros: danos la muerte, llévanos de aquí antes de que nosotros… ¡Oh! Yo pensaba, sigo pensando, desde hace meses -y Tú ves que es un pensamiento que me corroe y me avejenta, es un continuo temor que no me deja libre ni siquiera en el sueño-, pienso que, si va a ser justamente como dices, podría ser yo también el traidor, o serlo Andrés, o Juan, o Santiago, o Margziam… Y, si no se llega a esto, ser uno de esos que decías también hace tres noches donde Ananías, uno de esos que llegan a querer ver derramada tu Sangre, o uno, incluso uno de esos que, por vileza, no saben oponerse a esto y condescienden con el mal por miedo al mal…
Yo… si se diera el caso, aunque sólo fuera eso, de que consintiera no reaccionando, por miedo… Maestro, ¡oh, Maestro mío!, yo me mataría para castigarme, o… mataría, si los encontrara, a tus asesinos. Yo… si no quieres esto, haz que muera antes, enseguida, aquí… La vida no es nada, pero faltar al amor a ti… Ser uno de ésos… ser… ver y no… Está tan inquieto, que hasta le faltan las palabras. Baja su cara hasta las rodillas de Jesús, llorando con un llanto áspero de hombre rudo, viejo, poco acostumbrado al llanto, y profundamente agitado por demasiados sentimientos.
Jesús le pone las manos en la cabeza, como para calmar ese dolor y alejar los pensamientos intranquilizadores, y habla:
-Amigo mío, ¿y crees que, aun cuando… no fueras perfecto en aquella hora, el Señor, que es justo, no pesaría tu error con el contrapeso de tu amor y deseo presentes? ¿Y temes que este áureo amor y este áureo deseo puedan pesar menos que tu momentánea imperfección, y ser insuficientes para obtenerte de Dios indulgencia, y con la indulgencia todas las ayudas para volver a ser tú, mi Simón amado?
-¡Haz que muera! ¡Sálvame! ¡Tengo miedo!
-Tú eres mi Piedra, Simón. ¿Podré desmenuzar la Piedra sobre la cual fundaré a Aquella que debe perpetuarme en la Tierra?
-Yo soy indigno de ello. Lo percibo. Soy un pobre hombre, ignorante, pecador. Todas las malas tendencias están en mí. ¡No soy digno, no soy digno! Me haré perverso, homicida, todo lo peor… Haz que muera. Comprende que si viniera a descubrir a quien te odia…
-Todo un mundo me odia, Simón. Hay que perdonar…
-Hablo del principal culpable. Habrá uno que sea el principal, y…
-Habrá muchos uno, y todos tendrán su papel principal…
-¿Qué papel? El de… ¡Oh, no dejes que lo diga! Pero yo…
-Pero tú debes perdonar, como Yo y conmigo. ¿Por qué te inquietas de esa forma, Simón, pensando en lo que podrías hacer para castigar? Deja esa tarea al Señor. Tú ama y perdona, sé compasivo y perdona. Ellos, todos los que serán culpables para con tu Jesús, tienen mucha necesidad de ser ayudados para obtener perdón.
-No hay perdón para ellos.
-¡Qué severo eres con tus hermanos, Simón! Sí que hay perdón; también para ellos lo hay, si se enmiendan. ¡Ay si ninguno de mis ofensores fuera a ser perdonado! Venga, levántate, Simón. Seguro que la congoja de tus compañeros ha aumentado, al ver que ahora tampoco Yo estoy en el aprisco. Pero, aun a costa de hacerlos sufrir todavía un rato, antes de ir donde ellos, vamos a orar. Vamos a orar juntos.
No ha de hacerse nada más para recuperar la paz, la fuerza espiritual, el amor, la compasión… incluso hacia nosotros mismos. La oración aleja los fantasmas de Satanás, nos hace sentir cercano a Dios. Y, con Dios cerca, todo se puede afrontar y soportar con justicia y mérito. Vamos a orar así, Yo y tú juntos, aquí, en este monte desde el que se abre tanta parte de nuestra Patria, como a Moisés se le abrió desde el Nebo la vista de la Tierra Prometida. Nosotros, más afortunados que él, a esta Tierra que será del Cristo, le llevamos la Palabra y la Salud.
Yo el primero, y luego tú. ¡Mira! Al claror de las últimas luces se ven todavía los montes de Judea. Pero más allá está la llanura, el mar, luego otras tierras, el mundo… Ellas, él, te esperan, Pedro. Te esperan a ti para saber que hay un Dios verdadero. Un Dios que dará verdadera luz a las almas que caminan a tientas en la oscuridad del gentilismo y la idolatría. Mira, la luz terrena se entenebrece.
¿Cómo podrían los viandantes no perder la dirección en una noche sin luz? Más allá se ve la estrella de la Polar, que ya surge para guiar a los viandantes. Mi Religión será la estrella que guíe a los viandantes espirituales por el camino del Cielo. Y tú estarás tan unido a ella que serás una sola luz conmigo y con mi Doctrina, ¡oh Pedro mío, oh Piedra mía bendita! Oremos por aquella hora en que los hombres se salvarán por mi Nombre. "Padre nuestro que estás en el Cielo"…
Dice lentamente el Pater, teniendo de la mano a Pedro; y parece como si, alzando así los brazos y las manos -en su derecha la izquierda del apóstol-, lo estuviera presentando al Padre.
-Ahora vamos a bajar. Y dejemos aquí las tristezas inútiles y las inútiles congojas por el mañana. Junto con el pan cotidiano, el Padre nos dará mañana, todos los mañanas, sus ayudas. ¿Estás persuadido de esto, Simón?
-Sí, Maestro, lo creo -dice con firmeza Pedro, cuyo rostro ya no está turbado, sino que tiene aspecto austero, como siempre desde hace unos pocos meses; un rostro que le hace aparecer muy cambiado respecto al pescador rudo y jocoso de los primeros dos años.
Bajan: Jesús delante, detrás Pedro con su haz; y, casi a la altura de la primera casa del pueblo, encuentran a los inquietos apóstoles.
-¿Pero a dónde habías ido? -gritan a Pedro.
-Habríamos estado aquí desde hace mucho, pero me he parado con él a hablar mirando hacia Gerasa… -responde por él Jesús.
Tuercen hacia la derecha, hacia unas ruinas (de un aprisco semi-derrumbado). Dentro de un valladar -mitad caído, el resto enmohecido y vacilante-hay un cobertizo de toscos muros, mal cubierto, mal cerrado con paredes por tres lados y con tablas en el cuarto. Dentro, nada, aparte de un poco de paja en el suelo y un hogar primitivo en un rincón. Pienso que en el pueblo no los han recibido y que se han refugiado ahí…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Para no ser vistos por la gente, entran en el pueblecillo donde está la casita de Salomón subiendo por el ribazo del río. Precaución que me parece inútil, porque cae el precoz atardecer de Noviembre o de finales de Octubre y la gente está ya en las casas. La calle se ve vacía, completamente vacía, y, si no fuera por algún balido, se diría que es un lugar desierto.
Mueven la cancela. Está cerrada: bien cerrada a la entrada del huertecillo, que en la penumbra vese todo ordenado.
-¡Llamad! Está en la cocina. Un hilo de luz se filtra por los cuarterones -dice Jesús.
Tomás, con su voz potente, se encarga de llamar al anciano, el cual abre enseguida la puerta y mira hacia la calle. Se muestra incierto a causa de la poca luz externa, él que viene de la cocina, donde resplandece el fuego y hay una lámpara encendida. Pero cuando Jesús dice: «Somos nosotros», el anciano reconoce inmediatamente la voz y grita: « ¡El Maestro!». Luego baja el tosco escalón y se apresura a abrir.
-¡Mi Señor! Entra, entra en tu casa. ¡Bendito sea este día que concluye con tu venida! -dice mientras se afana en abrir los cierres de la cancilla, y explica:
-Estoy solo y cierro muy bien… Los bandidos son capaces de todo. Hay algunos que hacen daño, ora aquí ora allá, bajando de los montes de Galaad. No es que tema por mi vida, pero tenía cosas preparadas para ti y… Mira, Maestro, ven. Este anochecer es húmedo. Tienes el pelo mojado por el relente…
-Y tú eres más solícito que la esposa del Cántico, padre. No te pe-a incomodarte para acoger al Peregrino -dice Jesús sonriendo.
-¿Incomodarme? ¡Qué largo era este tiempo! Un día y otro, y otro y otro. Había sembrado vuestras semillas y veía crecer bien las verduras. Decía: "Si viniera, esto seguro que le gustaría". Pero han madurado y no has venido… Y veía que tomaban color las frutas en los árboles, y las comía con dolor porque Tú no las comías. Aquella oveja me ha dado un cordero, todo blanco. Lo reservé, por tanto, para comerlo contigo. Esperaba verte antes de los Tabernáculos. Luego… un cordero todo para mí…
¡Demasiado! Lo cambié por una ovejita, y fueron buenos conmigo no queriendo ninguna diferencia. Pero de frutas y quesos he reservado lo más que he podido para ti, y pescado seco y legumbres, y todavía tengo algún melón; y un poco de vino… Yo no bebo vino, pero lo he preparado para ti, para el invierno.
Habla mientras limpia la mesa, pone encima la loza, atiza el fuego, aumenta el agua del caldero. Trajina contento. Ya no parece el mismo pobre viejo de pocos meses antes.
Sale, vuelve con leche, pide disculpas:
-Es poca, porque una es la oveja que da leche. Pero dentro de poco serán dos. De todas formas, para ti es suficiente.
Se muestra paternal, devoto y paternal al mismo tiempo. Ha tomado los mantos húmedos, las sandalias embarradas, y los ha llevado a otro lugar. Ha vuelto con unas manzanas y unas granadas y uvas y todavía algunos higos medio pasos, y explica:
-Los he secado así, al menos para que los probaras. Pensaba… pensaba que a mi Ananías le gustaban mucho preparados así…
La voz, antes serena, se baja, adquiriendo un tono triste, mientras dice estas palabras, y termina:
-Y… y pensaba que te gustarían, y, preparándolos, me parecía prepararlos todavía para el hijo de mi hijo.
Menea la cabeza, se esfuerza en sonreír con un brillo de llanto en los ojos.
Jesús, que se había sentado a la mesa, se levanta y le pasa un brazo por los hombros y estrecha contra sí al viejecito:
-Me gustan mucho. Es una cosa que me recuerda mi infancia… Y a mi padre. Pero no debías privarte de tantas cosas por mí. A los ancianos les vienen bien.
Tienes que estar sano y fuerte, para acogerme así siempre. ¡Es tan dulce encontrar una casa así, con un padre que nos espera! ¿No es verdad, vosotros, amigos míos?
-¡Cierto, es verdad! Tan bonito, que uno se empereza sin ayudar a Ananías -dice Pedro, y se levanta diciendo:
-Venga, vamos a preparar nuestras camas mientras Jesús habla con el hombre.
-¡No hace falta! Siempre están preparadas. Y todo está limpio allí… La única cosa es que… No son suficientes. Sois más de doce. Pero duermo en el heno y…
-Eso no, padre. Voy yo al heno, entonces -dice Juan.
-No, yo -dicen Andrés y otros.
-No es necesario. Yo me amodorro aquí, encima de esta mesa. Seguro que no es más dura que el fondo de mi barca, y Margziam… -dice Pedro.
-Duerme conmigo -le interrumpe Jesús.
-O conmigo, si quieres… como hacía el pequeño Ananías -dice el anciano, y sus ojos suplican.
-Sí, Maestro. Tú me tienes todavía. Él… Voy con él -dice Margziam.
Jesús lo acaricia, comprendiendo su gesto.
-Han venido varias veces a buscarte después de Pentecostés. Más no han vuelto a venir -dice luego el viejecillo.
-¿Quién lo buscaba?
-¡Pues fariseos! Y otros como ellos. Querían hacerte
preguntas. Pero yo les he dicho: "Id a su ciudad. No está aquí, ni sé cuándo vendrá…". Era verdad. Y se cansaron de venir. Y buscaban a otro, a un cierto Juan, que decían que estaba contigo y que pensaban que quizás se escondía aquí. Yo dije: "Pero si es su apóstol. Está con Él".
Dijeron: "Acaso es tuerto su apóstol? ¿Es viejo?, ¿está enfermo?, ¿moribundo?''. Comprendí que no eras tú y respondí: "Conozco sólo al apóstol Juan, un joven más bueno que un niño y sano de corazón y de carne". Me amenazaron. Pero ¿qué podía decir sino eso? Ésta es la verdad…
-Sí. Esto es verdad. Sé siempre veraz; aunque tuvieras que perjudicarme, no mientas nunca, padre.
-Señor, mi pelo ha encanecido tratando siempre de obedecer al Señor. Y entre las obediencias está también la de no decir cosas falsas. Pero… ¿por qué te buscan así, Señor?
Yo estaba ciego. Por tanto, no iba a Jerusalén. Ahora he vuelto… Por el puro rito. Porque quería estar aquí esperándote… Y he percibido odio y amor respecto a ti… Y he juzgado que hay más odio que amor entre los jefes del pueblo. Estaba en el Templo aquella mañana que te querían agredir… y huí desolado a esperarte y llorar aquí. ¿Por qué el hombre es tan malo?
-Porque ha matado su espíritu, y con el espíritu su capacidad de sentir el remordimiento de ser injusto.
-¡Es verdad!… ¿Y te buscan para hacerte algún daño?
-Sí.
-¿Sí!? ¿Israel quiere dañar a su Rey? ¡Qué horror! ¡Israel se condena a los castigos proféticos!… ¡Oh, me siento contento, ahora, de que mi hijo haya muerto… y quisiera morir también yo para no ver el pecado de Israel…
Se produce un gran silencio. Sólo tiene voz la leña en el hogar.
-¡Hablemos de otra cosa! ¡Siempre voces de muerte, de odio, de traición! ¡Basta! ¡Basta! ¡No tolero oírlas! -dice Judas Iscariote, profundamente alterado, torvo, agitado y agitándose por la cocina con las piernas, con los brazos, con todo su ser.
-Judas tiene razón -dicen muchos.
-Pero, no querer oír no es útil. Lo útil es no consentir -dice Jesús con su gesto de resignación de abrir las manos, con las palmas hacia arriba, sobre la tosca mesa.
-¿Qué quieres decir? ¡Consentir! ¿Quién consiente con esto?
Judas le agita las manos casi delante de la cara, estando curvado, casi echado a lo largo de la mesa para acercarse al Maestro.
-¿Que quién? Todos los que ya sueñan verme perecer en mi sangre. ¡Sangre! ¡Sangre de tu Mesías! ¡Sangre sobre ti, Tierra que no quieres a tu Señor! ¡Sangre más resplandeciente que esas llamas! ¡Sangre, fuego en el hielo y en las tinieblas de un mundo de delito! Esperan matar la Luz quitándole la sangre.
Pero Luz es el espíritu; la sangre es todavía materia. La materia grava al espíritu. La sangre arrojada a una lámina de mica debilita la luz, ¿no es, acaso, verdad? Pues bien, en verdad, en verdad os digo que, de la misma forma que aquella leña no ha lucido hasta que no se ha hecho llama y hasta que sus resinas, encendiéndose, no se han transformado en esplendor -de forma que ahora es un resplandor incandescente-, cuando todo esté cumplido y la sangre y la carne hayan sido consumidos por el sacrificio, entonces, como aquel fuego, que ahora ha transformado todo en luz, el espíritu mío más que nunca resplandecerá sobre el mundo, y seré Luz más que nunca.
Una Luz de tal naturaleza, que cegará para siempre a los que odian la Luz, a sus asesinos. Una Luz de tal naturaleza, que se fundirán las áureas puertas de los Cielos, cerradas para la Humanidad desde hace tantos siglos, y el Cielo se abrirá para los justos. Una Luz de tal naturaleza, que perforará las rocas que son bóveda del Abismo, y el atroz fuego del Infierno se hará atrocísimo bajo los resplandores de mis rayos. Y ¡ay, ay, ay de aquellos que hayan atentado contra la Luz! ¡Sangre y Luz! Estas dos cosas estarán ante ellos hasta convertirlos en locos y desesperados. ¡Demonios!
Jesús -que se había puesto en pie cuando decía «en verdad» y que había infundido miedo, de tan majestuoso como estaba, en esta baja cocina, de paredes oscuras, aureolado por las llamas del hogar-ahora se sienta y calla.
Se miran todos unos a otros. Todos, menos Judas, que parece hipnotizado mirando la leña que arde… Hipnotizado y espantado. Un espanto que le pone una máscara atroz de una palidez lívido-verdastra en que el fuego de la leña traza dedadas rojizas.
Me recuerda su espantosa cara del Viernes Santo. Luego se vuelve repentinamente y grita:
-¡Calla! ¡Calla! ¿Por qué nos atormentas? -y sale, dando un violento portazo…
-A su manera. Es verdad. Pero te quiere mucho… y sufre al oír ciertas palabras -dice Tomás. Y termina:
-¡Nos hacen tanto daño a nosotros también…! Pero nosotros somos menos.., extraños, digamos: extraños…
Ningún otro habla. El mismo Jesús calla…
-Las verduras están cocidas, la leche está caliente… -dice en tono bajo el viejecito, que se ha quedado atemorizado y casi no se atreve a decir ni estas comunes palabras, después de un incidente como el que se ha producido…
-Llamad a Judas. Vamos a cenar -ordena Jesús.
Juan sale a llamar a su compañero. Entran… Judas tiene un rostro atormentado. Pero el suyo es un tormento sin paz… De todas formas, se sienta a la mesa y se alza junto con los otros cuando Jesús ofrece y bendice, y mira a Jesús de reojo, cuando hace las partes y reserva para sí la última.
Todos quisieran romper la tristeza que reina en el lugar. Ninguno lo logra, hasta que el mismo Jesús habla al viejecito preguntándole si el pueblecillo y los lugares cercanos han acogido la palabra del Señor.
-Sí, sí, Maestro. Y muy muy bien. Yo diría que aquí mejor que en la otra orilla. Ya sabes… está muy viva aquí la memoria de Juan el Bautista; y sus discípulos, que ahora son tuyos, la mantienen viva, y sobre la base de sus palabras te explican a ti. Además… aquí… pocos fariseos hay en Perea y en la Decápolis, así que…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús ha dado alcance a los diez apóstoles y a los principales discípulos en las faldas del Monte de los Olivos, cerca de la fuente de Siloán. Cuando ellos ven venir, a paso expedito, a Jesús entre Pedro y Juan, van a su encuentro, y se juntan al pie de la fuente.
-Subimos al camino de Betania. Dejo la ciudad por un tiempo. Yendo, os diré lo que debéis hacer -ordena Jesús.
Entre los discípulos están también Manahén y Timoneo, que, tranquilizados, han vuelto a ocupar su lugar. Y están Esteban y Hermas, Nicolái, Juan de Éfeso, el sacerdote Juan y, en definitiva, todos los más destacables por sabiduría, además de los otros, sencillos pero muy activos por gracia de Dios y voluntad propia.
-¿Dejas la ciudad? ¿Te ha sucedido algo? -preguntan muchos.
-No. Pero hay lugares que esperan…
-¿Qué has hecho esta mañana?
-He hablado… Los profetas… Una vez más. Pero no entienden…
-¿Ningún milagro, Maestro? -pregunta Mateo.
-Ninguno. Un perdón. Y una defensa.
-¿Quién era? ¿Quién ofendía?
-Los que se creen libres de pecado acusaban a una pecadora. La he salvado.
-Pero, si era pecadora, tenían razón ellos.
-Su carne era ciertamente pecadora. Su alma… Mucho podría decir sobre las almas. Y no llamaría pecadoras sólo a aquellas cuya culpa es visible. Son pecadoras también aquellas que empujan a otros a pecar. Y con un pecado más astuto. Cumplen al mismo tiempo la función de la serpiente y del pecador.
-Pero ¿qué había hecho la mujer?
-Adulterio.
-¿Adulterio? ¿Y Tú la has salvado? ¡No debías haberlo hecho! -exclama Judas Iscariote.
Jesús lo mira fijamente, luego pregunta:
-¿Por qué no debía?
-Pues porque… Te puede perjudicar. ¡No sabes cómo te odian y cómo buscan de qué acusarte! Es cierto… Salvar a una adúltera es ir contra la Ley.
-Yo no he dicho que la salvaba. Les he dicho que sólo quien estuviera libre de pecado lanzase la piedra contra ella. Y ninguno lo ha hecho, porque ninguno estaba libre de pecado. Así que he confirmado la Ley, que conmina con la lapidación a los adúlteros; pero también he salvado a la mujer, porque no se encontraba ya un lapidador. -Pero Tú…
-¿Querías que la lapidara Yo? Habría sido justicia, porque Yo la habría podido lapidar. Pero no habría sido misericordia.
-¡Ah! ¡Estaba arrepentida! Te ha suplicado y Tú…
-No. No estaba siquiera arrepentida. Estaba sólo humillada y con miedo.
-¡Pero entonces!… ¿Por qué?… ¡Yo ya no te comprendo! Antes lograba todavía comprender tus perdones a María de Magdala, a Juan de Endor, a… en definitiva, a muchos peca…
-Dilo: a Mateo. No me lo tomo a mal. Es más, te quedo agradecido si me ayudas a recordar mi deuda de gratitud a mi Maestro -dice Mateo, calmo y digno.
-Sí, pues también a Mateo… Pero eran personas arrepentidas de su pecado, de su vida licenciosa. ¡Pero ésta!… ¡Yo ya no te comprendo! Y no soy el único que no te comprende…
-Lo sé. No me entiendes… Siempre me has comprendido poco. Y no sólo tú. Pero eso no cambia mi modo de actuar.
-El perdón se da a quien lo pide.
-¡Si Dios debiera dar el perdón sólo a quien lo pide! ¡Si debiera castigar inmediatamente a quien a la culpa no hace seguir el arrepentimiento! ¿Tú no te has sentido nunca perdonado antes de haberte arrepentido? ¿Puedes decir con certeza que te has arrepentido y que por eso has sido perdonado?
-Maestro, yo…
-Escuchadme todos, puesto que muchos de entre vosotros consideran que he errado y que Judas tiene razón. Aquí están Pedro y Juan. Ellos han oído lo que he dicho a la mujer y os lo pueden referir. No he sido un insensato en el perdón. No he dicho lo que dije a otras almas, a las que perdonaba porque estaban completamente arrepentidas.
Pero he dado modo y tiempo a esa alma de llegar al arrepentimiento y a la santidad, si quiere alcanzar estas cosas. Recordadlo para cuando seáis maestros de las almas.
Dos cosas es esencial tener para poder ser verdaderos maestros y dignos de ser maestros. Primera cosa: una vida austera respecto a nosotros mismos, de forma que podamos juzgar sin las hipocresías de condenar en los otros lo que a nosotros nos perdonamos.
Segunda: una paciente misericordia para dar a las almas la forma de sanar y fortalecerse.
No todas las almas se curan instantáneamente de sus heridas. Algunas lo hacen por fases sucesivas, y a veces lentas y con el riesgo de recaídas. Alejarlas, condenarlas, atemorizarlas, no es arte de médico espiritual. Si las alejáis de vosotros, volverán, resurtiendo, a arrojarse a los brazos de los falsos amigos y maestros.
Abrid vuestros brazos y vuestro corazón, siempre, a las pobres almas. Que sientan en vosotros un verdadero y santo confidente, sobre cuyas rodillas no se avergüencen de llorar. Si las condenáis y las priváis de las ayudas espirituales, cada vez más las haréis enfermas y débiles. Si les infundís temor en vosotros y en Dios, ¿cómo podrán alzar los ojos a vosotros y a Dios?
El hombre encuentra como primer juez al hombre. Sólo el ser que vive espiritualmente sabe encontrar primero a Dios. Pero la criatura que ha llegado ya a vivir espiritualmente no cae en culpa grave. Su parte humana puede todavía tener debilidades, pero el espíritu fuerte vela y las debilidades no pasan a ser culpas graves.
Mientras que el que todavía es mucha carne y sangre peca, y encuentra al hombre. Ahora bien, si el hombre que le debe indicar a Dios y formar el espíritu le infunde miedo, ¿cómo podrá el culpable abandonarse en él? ¿Y cómo puede decir: "Me humillo porque creo que Dios es bueno y que perdona", si ve que uno que es como él no es bueno?
Vosotros debéis ser el término de parangón, la medida de lo que es Dios, de la misma forma que una moneda pequeñísima es la parte que hace comprender la riqueza de un talento. Pero si vosotros -pequeños que sois una parte del Infinito y lo representáis-sois crueles con las almas, ¿qué creerán ellas, entonces, que es Dios? ¿Qué dureza intransigente pensarán que tiene Él?
Judas, tú que juzgas con severidad, si en este momento te dijera: "Te denunciaré ante el Sanedrín por prácticas mágicas…"
-Señor! ¡No lo harás! Sería… sería… Tú sabes que eso…
-Sé y no sé. Pero, como puedes ver, inmediatamente invocas piedad para ti… y sabes que no serías condenado por ellos porque…
-¿Qué quieres decir, Maestro? ¿Por qué dices esto? -dice, muy agitado, Judas, interrumpiendo a Jesús.
El cual, muy calmo, pero con una mirada que barrena el corazón a Judas, y al mismo tiempo frena a su turbado apóstol, en quien convergen las miradas de los otros once apóstoles y de muchos discípulos, dice:
-Pues porque te estiman. Tienes buenos amigos tú allí dentro. Lo has dicho varias veces.
Judas suelta un suspiro de alivio, se seca el sudor, un sudor extraño en este día frío y ventoso, y dice:
-Es verdad. Viejos amigos. Pero no creo que si pecara…
-¿Y entonces pides piedad?
-Ciertamente. Soy todavía imperfecto y quiero llegar a ser perfecto.
-Tú lo has dicho. También aquella criatura es muy imperfecta. Le he dado tiempo para ser buena, si quiere.
Judas deja de rebatir.
Están ya en el camino que va a Betania, lejos ya de Jerusalén. Jesús se detiene y dice: -¿Y vosotros habéis entregado a los pobres lo que os he dado? ¿Habéis hecho todo lo que os había dicho?».
-Todo, Maestro -dicen apóstoles y discípulos.
-Entonces escuchad. Ahora os voy a bendecir y nos vamos a despedir. Os diseminaréis, como siempre, por Palestina. Os reuniréis de nuevo aquí para la Pascua.
No faltéis para entonces… y en estos meses fortaleced vuestro corazón y los de quienes creen en mí. Sed cada vez más justos, desinteresados, pacientes. Sed lo que os he enseñado que debéis ser. Recorred las ciudades, los pueblos, las casas situadas en lugares recónditos. No evitéis a nadie.
Soportad todo. No servís a vuestro yo, de la misma forma que Yo no sirvo al yo de Jesús de Nazaret, sino que sirvo al Padre mío. Vosotros también servid al Padre vuestro.
Por tanto no vuestros intereses, sino los suyos, deben ser sagrados para vosotros, aunque procurasen dolor o lesión a vuestros intereses humanos. Tened espíritu de abnegación y de obediencia. Podrá suceder que Yo os llame, u os ordene permanecer donde estéis. No juzguéis mi orden. Sea cual fuere, obedeced, creyendo firmemente que es buena y es dada para vuestro bien. Y no tengáis envidia, si a algunos los llamo y a otros no. Ya veis… algunos se han separado de mí… y he sufrido por ello. Eran personas que todavía querían guiarse según su mente.
La soberbia es la palanca que derriba a los espíritus y la calamita que me los arrebata. No maldigáis a quien me ha dejado. Orad para que vuelva… Mis pastores estarán, de dos en dos, en los aledaños de Jerusalén.
Isaac por ahora viene conmigo junto con Margziam. Amaos mucho entre vosotros. Ayudaos los unos a los otros. Amigos míos, que todo lo demás os lo diga vuestro espíritu, recordándoos lo que he enseñado, y que os lo digan vuestros ángeles. Yo os bendigo.
Todos se arrodillan, mientras Jesús pronuncia la bendición mosaica. Luego se juntan para saludarlo. En fin, se separan de Él, que, con los doce, Isaac y Margziam, prosigue por el camino de Betania.
-Ahora nos detendremos, el tiempo necesario para saludar a Lázaro; luego continuaremos hacia el Jordán.
-¿Vamos a Jericó? -pregunta, interesado, Judas de Keriot.
-No. A Betabara.
-Pero… la noche…
-No faltan casas y pueblos de aquí al río…
Ya ninguno habla, y, aparte del frufrú de los olivos y el rumor de las pisaduras, no se oye ningún otro ruido.