390- La fe de Abraham de Engadí y la parábola de la semilla de palma

Jesús, hacia la hora de la puesta del sol, un ocaso de fuego que enrojece las casas blanquísimas de Engadí y da visos de madreperla negra al Mar Muerto, se encamina hacia la plaza principal. Está con Él el joven que lo ha hospedado y que ahora lo guía por las vueltas y revueltas de la ciudad, de arquitectura verdaderamente oriental.

Para defenderse del sol -que debe ser muy fuerte en estos lugares tan abiertos, situados cara a la superficie densa del Mar Salado, del cual me da la impresión de que en los meses de verano deben provenir masas de aire abrasador; en estos lugares tan aislados en medio del desierto yermo, sobre el que el sol debe incidir despiadado y poner el suelo incandescente -para defenderse del sol, digo, los habitantes de Engadí han construido calles estrechas, que parecen aún más estrechas a causa de los canalones y los aleros de las casas, que sobresalen mucho, de forma que si se alza la mirada se ve sólo una cintita de cielo, de un azul violento, aparecer arriba.

Las casas son altas, casi todas de dos pisos, coronadas por una terraza hasta la que han trepado, a pesar de la altura, extendiéndose, las vides para dar sombra y deleite de racimos, que deben ser -cumplida su maduración bajo el sol soberano, entre la reverberación de las tapias y del suelo de la terraza -dulces como moscatel paso.

Y las vides se hacen la competencia unas a otras en refrescar a los hombres y a los numerosísimos pájaros que, desde el gorrión a la paloma, hacen sus nidos en Engadí, con sus palmeras nacidas por todas partes y que agitan sus ramas; con sus árboles frutales de magnífica opulencia, que se alzan en los patios, en los huertos comprendidos entre las casas, y se asoman a las callejuelas, y rebosan, colgantes, por las tapias blancas con sus ramas ya cargadas de fruta que madura bajo el sol festivo, y sobrepasan los numerosísimos arcos, que en ciertos lugares forman verdaderas galerías, interrumpidas acá o allá por exigencias arquitectónicas, y se elevan hacia el cielo azul, un cielo tan uniforme, de un color tan pastoso, que da la impresión de que, si fuera posible tocarlo, sería como tocar tupido terciopelo o cuero liso, pintados o teñidos por un sabio artífice con tintura perfecta, más cargada de turquesa, menos cargada de zafiro, bellísima, inolvidable.

Y agua… ¡Cuántos manantiales y fuentes deben gorgotear en los patios y jardines de las casas, entre el verdor de mil plantas! Pasando por las callejuelas aún desiertas -porque los habitantes están o trabajando o en sus casas -se oye su gorgoteo y el caer de las gotas y el frufrú de las frondas, como notas de arpa arrebatadas por una arpista escondida. Y aumentan su hechizo los arcos arquitectónicos y los continuos rincones de las calles, recogiendo esas voces de aguas, amplificándolas, aumentando su número con los ecos, haciendo de ellas todo un arpegiar de acordes.

Y palmeras, palmeras, palmeras. Dondequiera que haya una placita, que puede ser no más grande que una habitación normal, allí se ven lanzarse hacia el cielo sus esbeltos, altísimos tallos; y allá arriba apenas oscila la copa de hojas susurrantes abrazadas en forma de pincel en la cúspide del tallo; mientras la sombra, que a mediodía cae perpendicular sobre las minúsculas plazas cubriéndolas enteras, ahora se refleja caprichosamente en los muretes de las terrazas más altas.

Pero la ciudad está limpia respecto a las otras ciudades palestinas. Quizás las casas, tan pegadas unas a otras, o el hecho de que todas tengan patios y jardines cultivados, ha sido lo que ha contribuido a enseñar a los habitantes a no arrojar basura a las calles, sino a reunirla, junto con las suciedades animales, en estercoleros ya dispuestos para ello, y así abonar los árboles y parterres… o quizás es un caso muy raro de orden. Las callecitas están limpias, secas por el sol, y no se encuentran esas poco graciosas exposiciones de desechos de verduras, sandalias rotas, trapos sucios, excrementos y cosas semejantes, que se ven en la propia Jerusalén, en cuanto una calle es un poco periférica.

Pero está llegando el primer labriego. Vuelve de su trabajo a lomos de un borrico gris. Como defensa contra las moscas, el hombre ha puesto toda una gualdrapa de ramas de jazmín a su borrico, que va dando trotecillos y meneando las orejas y los cascabeles en medio de la ondeante y perfumada cubierta de ramas. El hombre mira y saluda. El joven dice:

-Ven a la plaza grande, para oír al Rabí que está en mi casa»

También un rebaño de ovejas. Invade la calle, encanalándose en ella proveniente de una placita allende la cual se ve la campiña como fondo. Van encajonadas unas con otras, metiendo las pezuñitas en los mismos sitios que las otras; todas con la cabeza agachada, como si fueran cabezas demasiado pesadas para el cuello delgado en relación al cuerpo obeso; trotando con su paso extraño y sus cuerpos regordetes que parecen fardos apoyados en cuatro estacas… Jesús, Juan y Pedro, hacen lo mismo que el hombre que está con ellos y se pegan contra la pared caliente de una casa para dejarlas pasar. Un hombre y un mozalbete siguen al rebaño. Miran y saludan. El joven dice:

-Meted las ovejas en el aprisco y venid a la plaza grande con vuestros parientes. Tenemos con nosotros al Rabí de Galilea. Nos habla.

Y también la primera mujer que sale, rodeada de una nidada de hijos, para ir quién sabe a dónde. El joven dice:
-Ven con Juan y los hijos a oír al Rabí que llaman Mesías.

Las casas se van abriendo al caer de la tarde, y permiten ver fondos verdes de jardines, o serenos patios en que las palomas comen su última comida. El joven introduce la cabeza en cada una de las puertas abiertas y grita: ¡Venid a oír al Rabí, el Señor!

Aparecen, en fin, en una calle recta, la única recta en esta ciudad, que no se ha construido como habría querido, sino como han querido las palmeras o los robustos árboles de pistachos, sin duda centenarios, y respetados como a ciudadanos ilustres por los vecinos, que a ellos deben el no morir de insolación. Y se ve, en el fondo, una plaza en que hacen de columnas los troncos de numerosas palmas: parece una de esas salas hipóstilas de templos y palacios antiquísimos, hechas de un amplio espacio colmado de columnas colocadas a distancias constantes para formar una selva de piedra que sujete el techo. Aquí las palmeras hacen de columnas, y, siendo muchas y bien juntas, forman, con las hojas que se besan, un techo de esmeralda para la blanca plaza, en medio de la cual hay una alta y cuadrada fuente colmada de aguas cristalinas que brotan de una columnita situada en el centro de la taza, que caen en pilas más bajas, donde pueden beber los animales. En este momento las palomas, domésticas, pacíficas, la han tomado al asalto y beben o se mueven a ritmo de minué con sus patitas rosas en el borde más alto; o se salpican las plumas, que brillan aumentando sus tornasoles por las gotas de agua suspendidas un instante de las barbas de las plumas.

Hay gente. También están los ocho apóstoles que habían ido a distintos sitios en busca de alojamiento, y cada uno ha juntado a sus fieles, deseosos de oír a Aquel que han indicado como el Mesías prometido. Los apóstoles, provenientes de todas las partes, acuden presurosos hacia el Maestro, y, como las cometas, arrastran tras sí a los grupitos de sus conquistas.

Jesús levanta la mano para bendecir a los discípulos y a los de Engadí.

Judas de Alfeo habla por todos:

-Maestro y Señor: Hemos hecho lo que nos dijiste. Éstos saben que hoy la Gracia de Dios está enmedio de ellos.

Pero desean también la Palabra. Muchos te conocen de oídas. Algunos porque te han visto en Jerusalén. Todos, especialmente las mujeres, querían verte, y el primero de todos el jefe de la sinagoga. Aquí está. Ven, Abraham.

El hombre, muy anciano (mucho), se acerca. Está emocionado. Querría hablar, hablar, pero, con la emoción que tiene, ya no encuentra ninguna palabra de las que se había preparado. Se inclina para arrodillarse apoyándose en su bastón, pero Jesús se lo impide y lo primero que hace es abrazarlo, luego dice:

-¡Paz al anciano y justo siervo de Dios! -y el otro, cada vez más emocionado, sólo sabe responder:

-¡Alabado sea Dios! ¡Mis ojos han visto al Prometido! ¿Qué más podría pedir a Dios? -y, levantando los brazos, con postura hierática, entona el salmo de David (el 40°): «"Esperé ansiosamente al Señor y Él se inclinó hacia mí"». Pero no lo dice entero. Recita los puntos más adecuados al acontecimiento:

«"Escuchó mi grito y me sacó del abismo de la miseria y del fango del pantano…
Puso en mi boca un canto nuevo.

Dichoso el hombre que ha puesto su esperanza en el Señor. Muchas cosas maravillosas has hecho, oh Señor Dios mío. Ninguno es comparable a ti en tus designios. Quisiera enunciarlos, manifestarlos, mas su número excede toda cuenta.

No has querido sacrificio ni oblación, pero has abierto mis oídos… (se emociona cada vez más).
Está escrito que debo hacer tu voluntad… Tu ley está en el centro de mi corazón.

He anunciado tu justicia en la gran asamblea. No, Tú sabes, Señor, que no he tenido mis labios cerrados.
No he escondido tu justicia dentro de mí, he proclamado tu verdad y la salvación que de ti viene…

Pero Tú, Señor, no alejes de mí tu compasión…
Desgracias sin fin (y ahora ya llora abiertamente, diciendo las palabras con voz aún más vieja y temblorosa a causa del llanto) me han envuelto…
Soy un mendigo, un necesitado, pero el Señor me cuida. Tú eres mi auxilio, mi protector, ¡oh Dios mío, no tardes!…".

-Éste es el salmo, mi Señor, y añado cosas mías: Dime: "Ven" y te responderé lo que dice el salmo: "¡Sí, voy!"».
Y guarda silencio, llorando, con toda la fe concentrada en sus ojos nublados por los años.

La gente explica:

-Se le ha muerto su hija y le ha dejado nietos de corta edad. Su mujer se ha quedado ciega y alelada por las muchas penas. Y de su único hijo varón no se sabe nada. Desapareció, sin más, de la noche a la mañana…
Jesús pone la mano encima del hombro del anciano y le dice:

-Los sufrimientos de los justos pasan veloces como las golondrinas, respecto a la duración del premio eterno.

Pero devolveremos a tu Sara los ojos que tenía y la mente de sus veinte años, para que dé consuelo a tu vejez.

-Se llama Paloma -observa uno del pueblo…
-Para él es su princesa. Mas ahora escuchad la parábola que os propongo…

-¿No vas a liberar antes de las tinieblas los ojos y la mente de mi mujer para que pueda también ella saborear la Sabiduría? -pregunta ansioso el viejo arquisinagogo.

-¿Eres capaz de creer que Dios lo puede todo, y que su poder va desde un mundo al otro?

-¡Sí, Señor! Recuerdo un atardecer de hace muchos años.

Entonces yo era feliz. Pero era creyente aun viviendo en la alegría. ¡Porque es así! El hombre mientras es feliz puede a lo mejor olvidarse de Dios. Yo creía en Dios incluso en aquel tiempo de alegría, cuando mi mujer era joven y estaba sana, y crecía mi Elisa, ya novia, una jovencita bonita como una palmera, y Eliseo la igualaba en hermosura y la superaba en fuerza, como es natural en el hombre… Yo había ido con el niño a las fuentes que están rayanas con las viñas de la dote de Paloma. Había dejado a mi mujer y a mi hija en los telares, donde se tejía el ajuar nupcial… Pero quizás te estoy aburriendo. El mísero sueña la pasada alegría recordando… pero a los demás no les interesa…

-¡Habla, habla!

-Había ido con el niño… Las fuentes… Si has venido por el camino de occidente, sabes dónde están… Las fuentes estaban en el límite del lugar bendito, y mirando se veía, en el fondo, el desierto, y el camino blanquecino por las piedras romanas (entonces todavía bien visibles en las arenas de Judá)… Después… se borró también aquella señal. Al fin y al cabo, no importa que una señal se pierda en las arenas. Lo que sí es una mala cosa es que se haya borrado la señal de Dios, enviada para señalarte, en los espíritus de Israel. ¡En demasiados espíritus!

Mi hijo dijo: "¡Padre! ¡Mira! Una gran caravana y caballos y camellos y pajes y señores en dirección a Engadí. Quizás vienen a las fuentes antes de que anochezca…". Levanté los ojos de los sarmientos que estaba trabajando, mis ojos cansados después de mucha vendimia, y vi… Sí, los hombres venían precisamente a las fuentes. Y bajaron y me vieron y preguntaron si podían acampar en ese lugar durante una noche.

"Engadí tiene casas hospitalarias, y está cerca" respondí.

"No. Estamos alerta para estar preparados para huir, porque nos busca Herodes. Los que estén de guardia desde aquí verán todos los caminos, y será fácil escaparnos de quien nos busca".

389- Llegada a Engadí con diez apóstoles

Los peregrinos, a pesar de estar cansados por una larga marcha, cubierta quizás en dos etapas, desde el ocaso a esta aurora, y por senderos ciertamente no fáciles, no pueden contener una exclamación de maravilla cuando, dejado atrás el último tramo del camino que va por una pendiente encendida de diamantes con el primer sol le la mañana, se encuentran abierto frente a ellas el panorama completo del Mar Muerto con sus dos orillas.

Mientras que la orilla occidental deja un pequeño espacio de llanura entre el Mar Muerto y la línea de los pequeños montes que, siendo poco altos, parecen la última ondulación de las cadenas de montes de Judea -una ondulación que ha avanzado hacia el litoral bajo desolado y se ha quedado allí, hermosa de vegetación, después de haber puesto el desierto desnudo entre sí y la primera cadena judía -, en la oriental los montes descienden casi a pico en el lecho del Mar Muerto. Se tiene verdaderamente la impresión de que la tierra, en una espantosa catástrofe telúrica, se haya derrumbado así, con un corte neto, dejando fallas, verticales al lago, por las cuales descienden torrentes más o menos ricos de aguas destinadas a evaporarse en sal en las sombrías y malditas aguas del Mar Muerto. Detrás, más allá del lago y del primer marco de montes, más y más montes, hermosos con el sol de la mañana. A1 norte, la entrada verde-azul del Jordán; al sur, montes que hacen de marco al lago.

Un espectáculo de grandeza solemne, triste, monitoria, en que se funden los graciosos aspectos de los montes y el sombrío aspecto del Mar Muerto, que parece recordar así lo que pueden el pecado y la ira del Señor. ¡Porque es tremenda una superficie de agua tan extensa y sin una vela, una barca, un ave, un animal, que lo surque o lo recorra en vuelo, o beba en sus orillas! Y, como contraste del aspecto punitivo del mar, los milagros del sol en las colinas y en las dunas, hasta en las arenas del desierto, donde los cristales de sal adquieren el aspecto de jaspes preciosos diseminados en la arena, en las piedras, en los tallos rígidos de las plantas desérticas, transformando todo en belleza, recubierto por el polvo diamantino esparcido sobre todas las cosas.

Y, aún más milagroso, el fértil aspecto de una meseta situada a unos cien o ciento cincuenta metros sobre el nivel del mar, espléndida con sus palmas y plantas y vides de todo tipo, donde fluyen aguas azules y se extiende una bonita ciudad rodeada de sus exuberantes campiñas. Parece, pasando la mirada desde el sombrío aspecto del mar; desde el aspecto desapacible de la orilla oriental, que muestra paz, desabrida paz, solamente en una lengua de tierra baja y verde que se adentra hacia el sureste en el mar; desde el aspecto desolado del desierto de Judea; desde el severo aspecto de los montes judíos… hasta éste, tan delicado, risueño, florido… parece como si terminara bruscamente una febril pesadilla para transformarse en una suave visión de paz.

-Aquella ciudad es Engadí, cantada por los poetas de nuestra Patria. ¡Admirad cuán bella es la región alimentada por aguas de gracia en medio de tanta desolación! Vamos a bajar a sumergirnos en sus jardines, porque todo es jardín allí: el prado, el bosque, las viñas. Es la antigua Jasasón Tamar, cuyo nombre hace referencia a sus hermosas palmas, bajo las cuales más hermoso aún era levantar las cabañas y cultivar la tierra y amarse y criar a los hijos y a los rebaños bajo el frufrú cantarín del follaje de las palmas. Es el oasis riente, resto, entre las otras tierras, del edén castigado por Dios; circundado, cual perla en un engaste, por senderos practicables sólo para las cabras y corzos, como está escrito en los Reyes; senderos en que se abren cavernas hospitalarias para los perseguidos cansados o abandonados.

Recordad a David, rey nuestro, y su bondad hacia Saúl, su enemigo. Es Jasasontamar, que es Engadí, la fuente, la bendita, la belleza, la ciudad desde donde atacaron los enemigos del rey Josafat y de los hijos del pueblo suyo, los cuales, desalentados, fueron confortados por Yajaziel, hijo de Zacarías, hablando en él el Espíritu de Dios. Y obtuvieron una gran victoria porque tuvieron fe en el Señor y merecieron ayuda por la penitencia y la oración que hicieron antes de la batalla. Es la ciudad cantada por Salomón como semejanza de las bellezas de la Bella entre las bellas. Es la ciudad mencionada por Ezequiel como una de las alimentadas por las aguas del Señor… ¡Vamos a bajar! Vamos a llevar el Agua viva, que del Cielo desciende, a la gema de Israel.

Y empieza a descender, casi corriendo, por un sendero tremendamente inclinado, todo vueltas, y zigzagues en el roquedo calcáreo rojizo, y que, en los puntos en que más se acerca al mar, va justo hasta el extremo del monte que enmarca a éste: un sendero que haría venirles el vértigo hasta a los más diestros montañeros. Los apóstoles sólo con dificultad siguen su paso; y los más viejos, cuando el Maestro se para ante las primeras palmas y viñas de la fértil meseta que canta con sus aguas cristalinas y con sus aves de todas las especies, están ya totalmente distanciados.

Ovejas blancas pacen bajo el susurrante techo de palmeras, de mimosas, de árboles balsamíferos, de árboles de pistachos, y de otros, que exhalan aromas delicados o penetrantes para fundirse con los de los rosales y del espliego en flor, de la canela, el cinamomo, la mirra, e1 incienso, el azafrán, los jazmines, lirios, muguetes, y de la flor de aloe, que aquí es gigante, y de los claveles, y de los benjuíes que exudan, junto con otras resinas, de los tajos hechos en los troncos. Verdaderamente es "el huerto cerrado, la fuente de jardín", ¡y frutas y flores y fragancias y belleza se alzan de todas las partes! No hay en Palestina un lugar tan hermosamente vasto y sincero como éste. Se comprenden, al mirarlo, muchas páginas de poetas de Oriente, cuando cantan las bellezas de los oasis como bellezas de paraísos desperdigados sobre la superficie de la Tierra.

Los apóstoles, sudorosos, pero maravillados, se juntan de nuevo con el Maestro y, en grupo, bajan, por un camino bien cuidado, hacia la orilla, a la que se llega después de pasar una serie de terrazas, todas cultivadas, a través de las cuales, con cascadas risueñas, descienden beneficiosas aguas a alimentar todos los cultivos hasta la llanura, que termina en la playa. A mitad de la pendiente, entran en la ciudad blanca, susurrante por las palmeras, olorosa por los rosales y las mil flores de sus jardines.

Buscan alojamiento, en nombre de Dios, en las primeras casas. Y las casas, benignas como la naturaleza, se abren sin vacilaciones, mientras los que en ellas viven preguntan que quién es «el profeta que parece el rey Salomón vestido de lino y radiante de belleza»…
Jesús, con Juan y Pedro, entra en una casita donde vive una viuda con su hijo. Los otros se dispersan acá o allá, después de la bendición del Maestro y el acuerdo de reunirse a la puesta del sol en la plaza más grande.

388- Exhortación a Judas Iscariote, que irá a Betania con Simón Zelote.

Deben haber proseguido en la noche de luna. Deben haberse detenido en alguna caverna, durante unas horas, para reanudar la marcha al alba. Están visiblemente cansados, por el difícil camino sobre rocas desmenuzadas y entre arbustos espinosos y lianas rasantes que apresan los pies. Guía la marcha Simón Zelote, que parece conocer muy bien el lugar y que se disculpa por la dificultad del camino, como si la dificultad dependiera de él.

-Ahora, cuando subamos de nuevo a esos montes que veis, iremos mejor, y os prometo abundante miel silvestre y aguas cristalinas también abundantes…

-¿Agua? ¡Me lanzo a ella! La arena me ha roído los pies como si hubieran caminado por sal, y me escuece toda la piel. ¡Qué lugares más malditos! ¡Se siente, sí, se siente que estamos cerca de los lugares castigados con el fuego del Cielo! Ha quedado en el viento, en la tierra, en las espinas. ¡En todo! -exclama Pedro.

-Sin embargo, eran lugares bellos tiempo ha. ¿Verdad, Maestro?

-Mucho. En los primeros siglos del mundo, eran un pequeño Edén. Fertilísimo el suelo, rico en manantiales que podían ser utilizados para muchos usos, manantiales ordenados sólo para producir cosas buenas. Luego… el desorden de los hombres pareció pasar a los elementos. Y fue la ruina. Los sabios del mundo pagano explican de muchas maneras e1 terrible castigo. Pero de maneras humanas, y algunas veces con terror supersticioso. Y, sin embargo, habéis de creer que lo que quitó de los elementos el orden fue la voluntad de Dios, sólo la voluntad de Dios.

Entonces, los elementos del cielo llamaron a los de las profundidades, se estremecieron, arremetieron los unos contra los otros por un maléfico torbellino; los rayos encendieron el betún esparcido desordenadamente por las venas del suelo abiertas. Y fuego proveniente de las entrañas de la tierra y en la tierra, y fuego del cielo para alimentar el de la tierra y para abrir, con las espadas de los rayos, nuevas heridas en la tierra que temblaba con convulsión espantosa, quemó, destruyó, consumió muchos estadios de un lugar que antes era un paraíso, e hizo de él el infierno que veis y en el cual no puede haber vida.
Los apóstoles escuchan atentamente…

Bartolomé pregunta:
-¿Crees que, si se pudiera eliminar la capa de las aguas profundas, en el fondo del Mar Grande encontraríamos restos de las ciudades castigadas?

-Sin duda. Y casi intactas, porque el espesor de las aguas forma a manera de argamasa para las ciudades sepultadas. Y mucha arena ha vertido sobre ellas el Jordán. Y están doblemente sepultadas, para que no vuelvan a renacer: símbolo de aquellos que, obstinados en el pecado, están inexorablemente sepultados por la maldición de Dios y por el despotismo de Satanás, al que con tanto frenesí han servido durante su vida.

-¿Y aquí se refugió Matatías de Juan de Simeón, el justo asmoneo que es gloria, junto con sus hijos, de todo Israel?
-Aquí. Entre montes y desiertos. Y aquí reorganizó al pueblo y al ejército. Y Dios estuvo con él.

-Pero, al menos… A él le fue más fácil, ¡porque los Asideos fueron más justos que no los fariseos contigo!
-¡La verdad es que ser más justo que los fariseos es fácil! Más fácil que pinchar para este espino que se me ha agarrado a las piernas… ¡Mirad esto! -dice Pedro, que, escuchando, no ha mirado al suelo y se ha enredado en una maraña espinosa que le hace sangrar en las pantorrillas.
-En los montes hay menos espinos. ¿Ves como ya están disminuyendo? -dice Simón de Zelote para consolar.
-¡Mmm! Conoces muy bien…

-He vivido aquí proscrito y perseguido…
-¡Ah! ¡Bueno, entonces!…
Efectivamente, los pequeños montes se visten de un verde menos molesto, aunque tienen poca sombra y hierbas poco altas (pero olorosísimas, y tachonadas de flores, como una alfombra de colores). Un sinfín de abejas allí se sacian, y luego van a las cavernas que hay en las laderas montanas, y allí, debajo de colgantes cortinas de hiedras: madreselvas, depositan la miel en colmenas naturales.

Simón Zelote va a una caverna y sale con panales de miel de oro; a otra, y a otra más, hasta que tiene para todos; y ofrece al Maestro y a los amigos, que comen con gusto la dulce y filamentosa miel.

-¡Si hubiera pan! ¡Qué buena está! -dice Tomás.
-Sin pan, también está buena. Mejor que las espigas filisteas. Y… esperemos que ningún fariseo venga a decirnos que no podemos comerla! -dice Santiago de Zebedeo.

Van comiendo así, y llegan a una cisterna donde vierten sus aguas algunos regatos, para ser dirigidas luego no sé a dónde. El agua que rebosa sale del depósito por la bóveda de la roca en que está excavada la cisterna. Estando protegida del sol y de las impurezas, es fresca y cristalina. Cayendo luego, forma como un laguito minúsculo en la roca silícea y negruzca. Con visible placer, los apóstoles se quitan sus ropas y, por turnos, se zambullen en la piscina inesperada. Pero antes han querido que disfrutara del agua Jesús, «para luego ser santificados en el cuerpo» dice Mateo.

Reanudan la marcha, refrescados pero con más hambre que antes; y los más hambrientos, además de comerse la miel, mordisquean unos tallos de hinojo silvestre y otros vástagos comestibles cuyos nombres desconozco.

La vista es bella desde los rellanos elevados de estos originales montes, a los que parece se les hubiera decapitado la cima de un espadazo. Retazos de otros montes verdes y de llanuras fértiles se ven al sur, y también algún fragmento de horizonte del Mar Muerto, bien visible al este, con los montes lejanos de la otra orilla vaporosos por una niebla de livianas nubes que surgen del sudeste; al norte, cuando se muestra entre crestas de montes, se ve el verde lejano de la llanura jordánica; al oeste, los altos montes de Judea.

E1 sol empieza a quemar y Pedro sentencia que «aquellas nubes en los montes de Moab son señal de calor fuerte».
-Ahora vamos a bajar al valle del Cedrón. Es umbroso… -dice Simón.

-¿El Cedrón? ¿Cómo es que hemos llegado tan pronto al Cedrón?

-Sí, Simón de Jonás. Ha sido un camino áspero, pero ¡cuánto ha abreviado el trayecto! Yendo por su valle, pronto se llega a Jerusalén -explica el Zelote.

-Y a Betania… "Debería enviar a algunos de vosotros a Betania, para decir a las hermanas que lleven a Egla a casa de Nique. Me lo ha pedido con mucha insistencia. Y es una petición justa. La viuda sin hijos tendrá un santo amor. La niña sin padres tendrá una madre verdaderamente israelita, que la educará en nuestra antigua fe y en la mía. Quisiera ir Yo también… Descanso de paz para el espíritu afligido… En la casa de Lázaro el corazón de Cristo encuentra amor, sólo amor… ¡Pero es largo el viaje que quiero hacer antes de Pentecostés!

-Mándame a mí, Señor. Y, conmigo, a alguno que tenga buenas piernas. Iremos a Betania; luego subo a Keriot y allí nos encontramos -dice, entusiasta, Judas Iscariote. Los otros, sin embargo, ante la expectativa de ser elegidos para ese viaje que los separaría del Maestro, no se muestran de ninguna manera entusiastas.

Jesús piensa. Y mientras piensa mira a Judas. Duda si consentir. Judas insta:

-¡Sí, Maestro! ¡Di que si! ¡Dame esta satisfacción!…
-Judas, eres el menos indicado de todos para ir a Jerusalén.

-¿Por qué, Señor? ¡La conozco mejor que ningún otro!
-¡Es precisamente por eso!… No sólo la conoces. Penetra en ti más que en ningún otro.

-Maestro, te doy mi palabra de que no me detendré en Jerusalén, y de que no veré a ninguno de Israel, por propia voluntad… Pero, déjame ir. Te precederé en Keriot y…

-¿Y no vas a hacer presiones para darme honores humanos?
-No, Maestro. Lo prometo.
Jesús piensa aún.
-¿Por qué, Maestro, titubeas tanto? ¿Tanto desconfías de mí?

-Eres un débil, Judas. En cuanto te alejas de la Fuerza, caes. ¡Estás siendo tan bueno desde hace una temporada…!

¿Por qué quieres turbarte a ti y causarme dolor a mí?
-¡Que no, Maestro, que no quiero eso! ¡Día llegará en que tendré que estar sin ti, ¿no?! ¡Y entonces? ¿Cómo voy a afrontarlo, si no me he preparado?

-Judas tiene razón -dicen varios.

-¡Bien, de acuerdo!… Ve. Ve con Santiago, mi hermano.
Los otros respiran de alivio. Santiago suspira de pena, pero dócilmente dice:

-¡Sí, mi Señor! Bendícenos y nos pondremos en marcha.
Simón Zelote tiene compasión de su pena y dice:

-Maestro, los padres sustituyen gustosamente a sus hijos para darles una alegría. Yo a éste lo he tomado, junto con Judas, como a hijo. El tiempo ha pasado, pero mi pensamiento sigue siendo el mismo. Acoge mi petición…

Mándame a mí con Judas de Simón. Soy viejo, pero resistente como un joven, y Judas no tendrá motivo de queja conmigo.

-¡No, no es justo que te sacrifiques tú separándote del Maestro en mi lugar! Ciertamente para ti es un dolor no ir con Él… -dice Santiago de Alfeo.

-El dolor se mitiga con la alegría de dejarte a ti con el Maestro. Después me contarás lo que hicisteis… Por otra parte… voy de buen grado a Betania… -termina el Zelote como queriendo disminuir el valor de su ofrecimiento.

-Bien. Iréis vosotros dos. Entretanto, vamos a seguir hasta aquel pueblecito. ¿Quién sube a buscar pan en nombre de Dios?
-¡Yo! ¡Yo!
Quieren ir todos.

Pero Jesús retiene a Judas de Keriot. Una vez que todos se han alejado, Jesús lo toma las manos y le habla cara a cara, verdaderamente cara a cara. Parece como si quisiera transfundirle su pensamiento, sugestionarle hasta el punto de que Judas no pudiera tener otros pensamientos sino los que Jesús quiere.

-Judas… ¡No te dañes a ti mismo! ¡No te dañes, Judas mío! ¿No te sientes más tranquilo y feliz desde hace una temporada, libre de los potentes tentáculos de tu peor yo, de ese yo humano que es juguete tan fácil de Satanás y del mundo? ¡Sí, sí que te sientes así! Pues protege tu paz, tu bienestar. No te perjudiques, Judas. Yo leo en ti. ¡Estás en un momento tan bueno…!

¡Ah, si pudiera, si pudiera, a costa de toda mi sangre, mantenerte así, destruir el último baluarte en que anida un gran enemigo para ti, y hacerte todo espíritu, inteligencia espiritual, amor espiritual, espíritu, espíritu!

Judas, frente a frente, cara a cara con Jesús, las manos en sus manos, está casi aturdido. Susurra:

-¿Perjudicarme? ¿Ultimo baluarte? ¿Pero cuál?…

-¿Cuál?! Tú lo sabes. ¡Sabes con qué te perjudicas! Cultivando pensamientos de grandeza humana, y amistades que supones útiles para proporcionarte esta grandeza.

Créeme: Israel no te ama. Te odia, como me odia a mí y como odia a quienquiera que pueda tener aspecto de posible triunfador. Y tú, precisamente porque no ocultas tu pensamiento de querer serlo, eres odiado. No creas en sus engañosas palabras, ni en sus preguntas falaces, hechas con la disculpa de interesarse en lo que piensas para ayudarte.

Merodean a tu alrededor para hacer daño, para saber y hacer daño. Y no te ruego por mí, sino por ti, por nadie más. Yo, aunque sea blanco de la iniquidad, seré siempre el Señor. Podrán torturar la carne, matarla; más no. ¡Pero tú! ¡Pero tú! A ti te matarían el alma…

¡Evita la tentación, amigo mío! ¡Dime que vas a evitarla! ¡Da a tu pobre Maestro perseguido, afligido, esta palabra de paz!

Lo tiene ahora tomado entre sus brazos y le está hablando junto al oído, su cara arrimada a la de Judas, y sus cabellos de oro oscuro se mezclan con los espesos rizos morenos de Judas.

-Yo sé que tengo que padecer y morir. Sé que mi única corona será la del mártir. Sé que mi única púrpura será la de mi Sangre. Para esto he venido. Porque por este martirio redimiré a la Humanidad, y el amor me impulsa desde un tiempo sin límites a esta acción. Pero quisiera que ninguno de los míos se perdiera.

¡Oh, amo a todos los hombres, porque llevan en sí la imagen y semejanza de mi Padre, el alma inmortal que Él ha creado!

Pero vosotros, vosotros amados con predilección, vosotros sangre de mi Sangre, niña de mis ojos, ¿perderos?, ¡no, no! ¡Que no habrá tortura semejante a ésta -ni Satanás que clavara en mí sus armas ardientes de azufres infernales, y me mordiera, me estrujara, él, el Pecado, el Horror, la Repugnancia -, no habrá tortura semejante a ésta para mí: la de un elegido mío que se pierda…!

¡Judas, Judas, Judas mío! ¿Quieres que pida al Padre sufrir tres veces mi horrenda Pasión, y que de estas tres dos sean para salvarte solamente a ti? Dímelo, amigo, y lo haré. Diré que se multipliquen hasta el infinito mis sufrimientos por esto. Te amo, Judas. Mucho te amo. Y querría, querría darte a mí mismo, hacerte ser Yo mismo, para que te salvaras por ti mismo…

-No llores, no digas eso, Maestro. Yo también te amo. Yo también me ofrecería a mí mismo para verte fuerte, respetado, temido, triunfante. No te amaré con perfección… No pensaré con perfección… Pero todo lo que soy lo uso, quizás abusando, por el ansia de verte amado. Pero te juro, te juro por Yeohveh, que no trataré con escribas, ni fariseos, ni saduceos, ni judíos, ni sacerdotes. Dirán que estoy loco. Pero no me importa. Me basta con que Tú no estés afligido por mí. ¿Estás contento? Un beso, Maestro, un beso como tu bendición,
como tu protección.

Se dan un beso y se separan, mientras los otros regresan raudos colina abajo agitando hogazas grandes y quesos frescos. Se sientan en la hierba verde de las laderas y se reparten la comida contando que han sido bien recibidos, porque en las pocas casas que hay hay gente que conoce a los pastores-discípulos y se muestra propicia al Mesías.

-No hemos dicho que estabas, porque si no… -termina Tomás.

-Trataremos de pasar por aquí alguna vez. No se debe desatender a ninguno -responde Jesús.

La comida termina. Jesús se pone en pie y bendice a los dos que van a Betania, y que no esperan a que caiga la tarde para reanudar el camino, dado que el valle es umbroso y tiene agua fresca. Jesús y los diez que quedan se echan en la hierba y descansan en espera de la puesta del sol para volver hacia el camino de Engadí y Masada, como oigo que dicen los que se han quedado.

387- En Guilgal. El mendigo Ogla y los escribas tentadores. Los apóstoles comparados con las doce piedras del prodigio de Josué

No sé cómo será ahora Guilgal. En este momento en que entra Jesús, es como una de las tantas ciudades palestinas. Bastante poblada, construida sobre un collado poco alto y cubierto, por lo general, de viñas y olivos.

Pero el sol domina tanto aquí, que también los cereales pueden encontrar un lugar, sembrados al azar, bajo los árboles o entre las hileras de vides; y maduran, a pesar de las frondas, porque los tuesta bien este sol que ya evoca el cercano desierto.

Polvo, rumor de voces, suciedad, confusión de día de mercado. Y, como el destino, inexorables, los consabidos escrupulosos fariseos y escribas, que con vistosos gestos polemizan y conversan con aire de sabios en el mejor ángulo de la plaza, y que fingen no ver a Jesús, o no conocerlo.

Jesús continúa recto. Va a comer a una placita secundaria, casi de la periferia, toda umbrosa debido al entrelazado de ramas que forman los árboles (árboles de todo tipo). Mi impresión es que se trata de una parte de monte incluida hace poco en el poblado y que conserva todavía ese recuerdo de su estado natural.

E1 primero que se acerca a Jesús, que está comiendo pan y aceitunas, es un hombre andrajoso. Pide un poco de pan. Jesús le da el suyo y todas las aceitunas que tiene en la mano.

-¿Y Tú? Ya sabes que no tenemos cuartos, ¿no?… -observa Pedro.
-Hemos dejado todo a Ananías…
-No importa. No tengo hambre. Sed, sí…

El mendigo dice:
-Aquí detrás hay un pozo. Pero, ¿por qué me has dado todo? Podías haberme dado la mitad de tu pan… Si no te da asco tomarlo de nuevo…

-Come, come. Puedo pasar sin él. Pero, para quitarte esa sospecha de que tengo asco de ti, dame con tus manos un solo bocado; me lo comeré para ser tu amigo…
El hombre, de rostro triste y deslucido, se reviste de la belleza de una sonrisa de admiración, y dice:

-¡Es la primera vez, desde que soy el pobre Ogla, que uno me dice que quiere ser amigo mío! -y da el pedazo de pan a Jesús. Y pregunta: « ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?».
-Soy Jesús de Nazaret, el Rabí de Galilea.

-¡Ah!… He oído por otros hablar de ti… Pero… ¿no eres el Mesías?..

-Lo soy.

-Y Tú, el Mesías, ¿eres tan bueno con los mendigos? El Tetrarca manda a sus siervos que nos peguen si nos encuentra en su camino…

-Yo soy el Salvador. No pego. Amo.
El hombre lo mira muy fijamente. Luego empieza a llorar lentamente.
-¿Por qué lloras?
-Porque… querría ser salvado… ¿Ya no tienes sed, Señor? Te llevaría hasta el pozo y hablaría contigo…

Jesús intuye que el hombre quiere confesar algo. Se levanta y dice:
-Vamos.
-¡Voy yo también! -reacciona Pedro.
-No. Además… vuelvo enseguida… Y debemos sentir estima por los que se arrepienten.

Va con el hombre detrás de una casa a partir de la cual ya empiezan los campos.

-Allí está el pozo… Bebe y luego escúchame.
-No, hombre. Vierte antes en mí tu preocupación… Luego beberé-Quizás hallo una fuente aún más dulce que el agua del suelo para mi sed.
-¿Cuál, Maestro?

-Tu arrepentimiento. Vamos debajo de aquellos árboles. Aquí las mujeres nos observan. Ven -y le pone la mano en el hombro y lo mueve hacia una espesura de olivos.
-¿Cómo sabes que tengo culpas y que estoy arrepentido?
-¡Habla, hombre! Y no tengas miedo de mí.

-Señor… Éramos siete hermanos de un solo padre, pero yo había nacido de la mujer con que mi padre se había casado cuando se quedó viudo. Y los otros seis me odiaban. Mi padre, al morir, dividió entre todos por igual. Pero, una vez fallecido, sobornando a los jueces, los seis me despojaron de todo y nos expulsaron a mí y a mi madre con acusaciones infames. Ella murió cuando yo tenía dieciséis años… Murió a causa de la penuria… Desde entonces no he tenido a nadie que me amara… -llora con ahogo.

Toma nuevas fuerzas y continúa:

-Los seis, ricos y felices, prosperaban sirviéndose también de lo mío, y yo me moría de hambre, porque me había puesto enfermo asistiendo a mi agotada madre… Pero Dios los castigó, uno a uno. Los maldije tanto, los odié tanto, que se abatió sobre ellos el maleficio. ¿Hice mal? Sí, sin duda. Lo sé. Y lo sabía.

Pero, ¿cómo podía no odiarlos y maldecirlos? El último, que en realidad era el tercero, resistía contra todas las maldiciones; es más, prosperaba con los bienes de los otros cinco, que había tomado: legítimamente respecto a los tres más pequeños, que habían muerto sin dejar mujer, casándose con la mujer del primogénito, que había muerto sin dejar hijos; fraudulentamente respecto al segundo, habiendo adquirido, con engaños y préstamos, de la viuda y de los huérfanos, buena parte de los bienes del padre.

Y, cuando me encontraba de casualidad en los mercados a donde yo iba, como siervo de un rico, a vender alimentos, me insultaba y me pegaba… Una noche me encontré con él… Yo estaba solo; él también, y un poco embriagado de vino… yo, embriagado de recuerdos y odio… Habían pasado diez años desde el día en que había muerto mi madre… Me insultó, e insultó a la muerta… La llamó "perra inmunda" y a mí me llamó "hijo de hiena…".

Señor… si no hubiera tocado a mi madre… habría soportado. Pero la insultó… Lo agarré por el cuello.

Luchamos… Quería solamente pegarle… Pero resbaló y cayó al suelo… y la tierra estaba cubierta de hierba resbaladiza, en pendiente… y abajo había un barranco y un torrente… Rodó -estaba borracho -, y cayó… Después de tantos años, todavía lo buscan… Pero está debajo de las rocas y de la arena de uno de los torrentes del Líbano.

Yo no volví donde mi patrón. Y él no volvió a Cesárea Paneas. Yo me alejé, sin paz… ¡La maldición de Caín! Miedo a la vida… miedo a la muerte… Enfermé… Y luego… oí hablar de ti… Pero tenía miedo… Decían que veías el interior de los corazones. ¡Y son tan malos los rabíes de Israel!… No conocen la piedad… Tú, Rabí de los rabíes, eras mi terror… Y huía de ti. Y, no obstante, querría ser perdonado…

Llora echado en el suelo…
Jesús lo mira y susurra:

-¡Carguemos sobre mí también estos pecados!… ¡Hijo!

Escucha. Yo soy la Piedad, no el terror. También he venido para ti. No te acobardes ante mí… Soy el Redentor.

¿Quieres ser perdonado? ¿De qué?

-De mi delito. ¿Me lo preguntas? He matado a mi hermano.

-Has dicho: "Quería sólo pegarle", porque en ese momento te sentías herido y airado. Lo hacías como el respirar: espontáneamente. El odio y la maldición, la alegría cuando veías su castigo era tu pan espiritual, ¿no es verdad?

-Sí, Señor. Mi pan durante diez años.

-Pues bien, en realidad tu mayor delito lo empezaste desde el momento en que odiaste y maldijiste. Eres seis veces homicida de tus hermanos.

-Pero Señor, me habían arruinado y odiado… Y mi madre había muerto de hambre…
-¿Quieres decir que tenías razón en vengarte?
-Sí. Quiero decir esto.

-No tienes razón. Para castigar estaba Dios, tú debías amar. Y Dios te habría bendecido en la Tierra y en el Cielo.

-¿Entonces ya no me va a bendecir nunca?

-El arrepentimiento atrae de nuevo la bendición. ¡Pero, cuánto dolor, cuanta angustia te has causado con tu odio! Mucho más de cuanto te causaban tus hermanos…

-¡Es verdad! ¡Es verdad! Un horror que dura ya desde hace veintiséis años. ¡Perdóname en nombre de Dios! Tú eres testigo de mi dolor por el pecado. No pido nada para mi vida. Soy un mendigo y un enfermo. Quiero seguir así y sufrir y expiar.

¡Pero dame la paz de Dios! He hecho sacrificios en el Templo, padeciendo hambre para acumular la suma para el holocausto. Pero no podía manifestar mi delito, y no sé si habrá sido grato mi sacrificio.

-Nulo. Aunque todos los días hubieras ofrecido uno, ¿de qué te servía, cuando lo inmolabas con falsedad? El rito que no va precedido de una sincera confesión del pecado es supersticioso e inútil. Una culpa añadida a otra culpa, y; por tanto, aún más que inútil. Ofrenda sacrílega. ¿Qué le decías al sacerdote?

-Decía: "Quiero expiar, porque he pecado por ignorancia haciendo cosas que el Señor ha prohibido". Yo pensaba: "Sé en qué he pecado, y Dios también lo sabe. Pero al hombre no le puedo hablar con claridad. Dios, que ve todo, sabe que pienso en mi pecado".

-Restricciones mentales, escapatorias indignas. El Altísimo odia estas cosas. Cuando se peca, se expía. No lo vuelvas a hacer.

(Nota: la restricción mental a veces es necesaria y la Iglesia la admite, como aquel sacerdote perseguido que preguntado si era sacerdote, para fusilarlo, respondió:

¡No, soy presbítero!… y se escapó. En el caso que Jesús reprueba, el mendigo, en confesión, ante el sacerdote, no debía haber usado la restricción mental, sólo lícita cuando el que nos pregunta no tiene derecho a saber la verdad: el médico que es preguntado, imprudente y maliciosamente sobre la enfermedad de su enfermo, el abogado sobre la causa que defiende, el profesor sobre el examen que pondrá, el sacerdote sobre la confesión de un penitente, etc.)

-No, Señor. ¿Y seré perdonado? ¿O debo ir a confesar todo? ¿Pagar con la vida la vida que tomé? Me basta morir con el perdón de Dios.

-Vive para expiar. No podrías devolver el marido a la viuda, ni el padre a los hijos… ¡Antes de matar, antes de dejar que el odio se haga nuestro amo, habría que pensar! Pero levántate, y camina por la nueva vía.

Encontrarás en tu camino a algunos discípulos míos. Ellos recorren los montes de Judea, si vas de Tecua a Belén, y más allá, hacia Hebrón. Diles que te manda Jesús y que dice que antes de Pentecostés subirá hacia Jerusalén, pasando por Betsur y Béter. Pregunta por Elías, José, Leví, Matías, Juan, Benjamín, Daniel, Isaac. ¿Te acordarás de estos nombres? Dirígete especialmente a ellos. Ahora vamos…

-¿Y no bebes?

-He bebido tu llanto. ¡Un alma que vuelve a Dios! No hay para mí refrigerio mejor.

-¿Entonces estoy perdonado? Dices: "Vuelve a Dios"…
-Sí. Estás perdonado. Y no vuelvas a odiar nunca.

El hombre se agacha de nuevo, porque se había puesto de pie, y besa los pies de Jesús.

Vuelven donde los apóstoles y los encuentran disputando con algunos escribas.

-Ahí está el Maestro. Él os puede responder y decir que sois pecadores.

-¿Qué sucede? -pregunta Jesús, con un saludo deferente que no halla respuesta.

-Maestro, nos están humillando con preguntas y burlas…
-Soportar las molestias es obra de misericordia.

-Pero te están ofendiendo a ti. Te hacen objeto de burla… y la gente titubea. ¿Ves? Habíamos logrado reunir a unas personas… ¿Ahora quién queda? Dos o tres mujeres…

-¡No, no, tenéis también a un hombre, a un hombre repugnante!¡Y es demasiado incluso para vosotros! Sólo una cosa, Maestro:

¿No te parece que te contaminas demasiado, Tú que dices siempre que te estremecen las cosas inmundas? -dice con mofa un escriba joven, señalando al mendigo que está al lado de Jesús.

-Éste no es inmundicia. Esta miseria no me estremece. Éste es "el pobre". El pobre no repugna. Su miseria debe solamente abrir el alma a sentimientos de piedad fraterna.

Lo que me estremece son las miserias morales de los corazones hediondos, de las almas harapientas, de los espíritus llagados.

-¿Y Tú sabes si él no es de éstos?

-Sé que cree y espera en Dios y en su misericordia, ahora que la ha conocido.

-¿Conocido? ¿Y dónde vive? Dilo, para ir también nosotros a ver su rostro. ¡Ja, ja! ¡El Dios terrible, al que Moisés no se atrevía a mirar, debe tener un rostro no poco terrible incluso en la misericordia, aún cuando se hubiera suavizado su rigor después de tantos siglos! -rebate el joven escriba, y se ríe con una risa más opugnadora que una blasfemia.

-¡Yo, que te estoy hablando, soy la Misericordia de Dios! -grita Jesús, erguido e irradiando poder a través de sus ojos y su gesto.

No me explico cómo el otro no tiene miedo… De todas formas, aunque no huya, no se atreve a seguir haciendo sarcasmos y se calla, mientras otro lo reemplaza:

-¡Oh, cuántas palabras inútiles! Nosotros quisiéramos sólo poder creer. No pediríamos nada mejor. Pero para creer hay que tener pruebas. Maestro, ¿sabes lo que es Guilgal para nosotros?

-¿Me crees un ignorante? -dice Jesús. Y, tomando tono de salmo, lento, un poco espacioso, empieza: «"Y Josué, habiéndose alzado antes del alba, levantó el campamento. Partieron de Setim él y todos los hijos de Israel, y llegaron al Jordán, donde se detuvieron tres días, al final de los cuales los heraldos recorrieron el campamento gritando:

“Cuando veáis el Arca de la Alianza del Señor Dios vuestro y a los sacerdotes de la estirpe de Leví llevándola, partid también vosotros y seguidlos. Pero entre vosotros y el Arca ha de haber un trecho de dos mil codos, para que podáis ver desde lejos y distinguir el camino por donde debéis andar, pues no habéis pasado nunca y…"'».

-¡Basta, basta! Sabes la lección. Ahora bien, nosotros querríamos de ti, para creer, un milagro igual. En el Templo, en la Pascua, nos quedamos maravillados por la noticia que traía un barquero de que habías calmado la corriente del río crecido. Pues bien, si por un hombre cualquiera hiciste tanto, por nosotros -mucho más que un hombre -baja al Jordán con los tuyos y atraviésalo a pie enjuto, como Moisés el Mar Rojo, y Josué en Guilgal.

¡Animo! Los sortilegios sirven sólo para los ignorantes. A nosotros no nos seducirá tu nigromancia, aunque conozcas -y esto es sabido -los secretos de Egipto y las fórmulas mágicas.

-No tengo necesidad de ello.

-Bajemos al río y creeremos en ti.

-¡Está escrito: "No tientes al Señor tu Dios"!

-¡Tú no eres Dios! Eres un pobre loco. Eres un agitador de las masas ignorantes. Con ellas es fácil, porque Belcebú está contigo. Pero con nosotros, adornados con los distintivos del exorcismo, eres menos que nada -zahiere un escriba.

-¡No lo ofendas! Ruégale que nos complazca. De esa forma que usas se deprime y pierde el poder. ¡Ánimo, Rabí de Nazaret! Danos una prueba y te adoraremos -dice, serpentino, un viejo escriba, y con sus lisonjas sinuosas es más enemigo que los otros con su abierta saña.

Jesús lo mira. Luego se vuelve hacia el suroeste y abre los brazos extendiéndolos hacia delante. Dice:

-Allí está el desierto de Judá, y allí me propuso el Espíritu del Mal que tentara al Señor mi Dios. Y le respondí: "¡Aléjate, Satanás! Está escrito que sólo a Dios hay que adorar, y no tentarlo, y ha de seguírsele por encima de la carne y la sangre". Lo mismo os digo a vosotros.

-¿Nos estás llamando Satanás a nosotros? ¿A nosotros? ¡Ah! ¡Maldito! -y, pareciendo más unos gamberros que doctores de la Ley, echan mano a las piedras que hay diseminadas por el suelo con intención de lanzárselas, y gritan:

«¡Vete! ¡Vete! ¡Maldito para siempre!».

Jesús los mira, sin miedo. Les paraliza el sacrílego gesto. Recoge su manto y dice: -¡Vamos! Hombre, tú ve delante de mí -y vuelve hacia el pozo, hacia el olivar de la confesión, y se adentra en la espesura… Y baja la cabeza, abatido, con dos lágrimas incontenibles que desde las pestañas ruedan por su pálido rostro.

Llegan a un camino. Jesús se para y dice al mendigo:
-No puedo darte dinero. No tengo. Te bendigo. Adiós. Haz lo que te he dicho.
Se separan…

Los apóstoles están afligidos. No hablan. Se miran de reojo… Jesús rompe el silencio reanudando el tono de salmo interrumpido por el escriba:

-"Y el Señor dijo a Josué: Toma a doce hombres, uno por cada tribu, y diles que saquen del medio del Jordán, donde han pisado los pies de los sacerdotes, doce durísimas piedras; y las erigiréis en el lugar de los campamentos, donde vais a montar las tiendas esta noche”.

Y Josué, habiendo convocado a doce hombres elegidos entre los hijos de Israel, uno por cada tribu, les dijo: “Id delante del Arca del Señor Dios vuestro al medio del Jordán y sacad de allí, cargadas sobre vuestros hombros, cada uno una piedra, según el número de los hijos de Israel, para hacer con ellas un monumento en medio de vosotros. Y cuando, en el futuro, vuestros hijos os pregunten: ¿Qué significan estas piedras?, respondedles:

Las aguas del Jordán desaparecieron delante del Arca de la Alianza del Señor, que las cruzaba, y estas piedras fueron colocadas como eterno monumento de los hijos de Israel”.

Levanta la cabeza (la tenía bajada). Recorre con su mirada a los doce, que a su vez lo miran. Dice con otra voz, su voz de los momentos de mayor tristeza:

-Y el Arca penetró en el río. Y no las aguas, sino los cielos se abrieron, por respeto al Verbo, que estaba dentro de ellas santificándolas más que cuando el Arca se detuvo en el lecho del río. Y el Verbo ha elegido para sí doce piedras. Durísimas. Porque tienen que durar hasta el fin del mundo. Y porque tienen que servir de fundamentos al Templo nuevo y a la Jerusalén eterna. Doce. Recordadlo.

Éste debe ser el número. Y luego escogió otras doce para un segundo testimonio. Los primeros pastores y Abel el leproso y Samuel el tullido, los primeros curados… y agradecidos… ¡Durísimas también, porque habrán de resistir los golpes de Israel, que odia a Dios!… ¡Que odia a Dios!…

¡Qué voz tan afligida y mortecina, casi blanca, la de Jesús llorando por la dureza de Israel!
Prosigue:

-“En el río los siglos y el hombre desparramaron las piedras-recuerdo… En la Tierra, el odio desparramará a mis doce. En las orillas del río, los siglos y los hombres han destruido el altar-recuerdo… Las primeras y las segundas piedras, habiendo servido para todos los usos por el odio de los demonios - que no están sólo en el infierno, sino también dentro de los hombres - ya no se reconocen.

Algunas sirvieron incluso para matar. ¿Y quién me asegura que entre las piedras alzadas contra mí no había fragmentos de las piedras durísimas elegidas por Josué?

¡Durísimas! ¡Enemigas! ¡Oh, durísimas! También entre los míos habrá quienes, diseminados, harán de acera para los demonios que marcharán contra mí… y se harán piedras para herirme… y ya no serán piedras elegidas… sino diablos… ¡Oh, Santiago, hermano mío! Israel es durísimo con su Señor! - y, una cosa que nunca he visto, Jesús, abatido por no sé qué imponente desconsuelo, se apoya sobre el hombro de Santiago de Alfeo y lo abraza llorando..

386- Hacia la orilla occidental del Jordán

Jesús está de nuevo en camino. Ha dado la espalda al norte y ahora bordea los meandros del río en busca de alguien que lo pase a la otra orilla. Está acompañado de los suyos, que evocan los acontecimientos de los pocos días pasados en el pueblecito y en la casa de Salomón.

Según lo que entiendo, han estado allí hasta que se ha difundido entre los ambientes enemigos la voz de la presencia del Maestro en ese lugar; entonces, se han marchado, dejando al anciano Ananías, sereno en su pobreza ya no desconsolada, como custodio de la casita, ahora de nuevo en orden.

-Esperemos que los estados de ánimo permanezcan como al presente -dice Bartolomé.

-Si vamos y venimos como el Maestro dice, los mantendremos en esas disposiciones -responde Judas de Alfeo.

-¡Pobre anciano! Lloraba. Ha cogido cariño…

-Y me ha gustado su último discurso. ¿Verdad, Maestro, que habló sabiamente? -dice Santiago de Zebedeo.
-¡Santamente ha hablado, yo digo! -exclama Tomás.

-Sí. Y tendré presente su deseo -responde Jesús.
-¿Pero qué ha dicho exactamente? Yo estaba fuera con Juan para decirle a la madre de Micael que se acordara de hacer lo que el Maestro había dicho, y no sé exactamente -dice el Iscariote.

-Ha dicho: "Señor, si pasas por el pueblo de mi nuera, dile que no le guardo rencor y que estoy contento por no ser ya un desamparado, porque así será menor para ella el juicio de Dios. Dile que eduque a mis nietos en la fe del Mesías porque así los tendré conmigo en el Cielo, y en cuanto esté en la paz pediré por ellos y por su salud". Y lo voy a decir. Voy a buscar a la mujer y se lo voy a decir, porque es una cosa buena -dice Jesús.

-¡Ni una palabra acusatoria! A1 contrario, se congratula porque, no muriendo ya de hambre y desamparo, disminuye el pecado de la mujer. ¡Es admirable! -observa Santiago de Alfeo.

-¿Pero disminuirá realmente a los ojos de Dios la culpa de la nuera? ¡No está tan clara la cosa! -dice Judas de Alfeo.

Pareceres contrarios. Mateo se dirige a Jesús:
-¿Tú que piensas, Maestro? ¿Las cosas seguirán como antes o cambiarán?
-Cambiarán…

-¿Ves como tengo razón yo?… -dice Tomás victorioso.

Pero Jesús hace un gesto de que le dejen hablar y dice:

-Cambiarán para el anciano: de la misma forma que han cambiado en la Tierra por su dulzura indulgente, cambiarán en el Cielo. Para la mujer no cambiarán: su pecado sigue gritando en la presencia de Dios; sólo arrepintiéndose podría modificarse el juicio severo. Y se lo voy a decir.

-¿Dónde vive?

-En Masada, con sus hermanos.
-¿Y quieres ir hasta allí?
-También hay que evangelizar esos lugares…
-¿Y a Keriot'?

-Desde Masada subiremos a Keriot. Luego iremos a Yuttá, a Hebrón, Betsur, Béter, para subir de nuevo a Jerusalén para Pentecostés.

-Masada es un sitio de Herodes…

-¿Qué importa? Es una fortaleza, pero él no está allí. ¡Y aunque estuviera!… La presencia de un hombre no me podrá impedir ser el Salvador.

-Pero ¿por dónde atravesamos el río?

-A la altura de Guilgal. Desde allí seguiremos adelante bordeando los montes. Las noches son frescas y la nueva luna de Ziv está luminosa en cielo sereno.

-Si vamos por esos lugares, ¿por qué no vamos al monte donde ayunaste? Bueno es que todos lo conozcamos bien ­dice Mateo.

-Iremos también allí. ¡Ah, ahí hay una barca! Contratad el pasaje para que podamos cruzar a la otra parte.

385- Parábola de la encrucijada y milagros cerca del pueblo de Salomón

Sale de la casita la pequeña tropa, aumentada por el anciano, que se contempla a si mismo, admirado, con la túnica de alguno de los apóstoles de pequeña estatura.
-Si quieres quedarte, padre… -empieza a decir Jesús.
Pero el anciano le interrumpe:

-¡No, no! ¡Voy yo también! ¡Déjame ir! ¡He comido ayer! He dormido esta noche, ¡y además en una cama! ¡Y ya no tengo el dolor en el corazón! Estoy fuerte como un joven…
-Pues ven. Estarás conmigo, con Bartolomé y mi hermano Judas. Vosotros, de dos en dos, diseminaos como se ha dicho. Antes de la sexta todos aquí de nuevo. Id, y que la paz sea con vosotros.

Se separan. Unos van hacia el río, otros hacia los campos. Jesús deja que se adelanten y luego se pone en marcha Él también, el último. Cruza lentamente el pueblo, y no pasa desapercibido a los pescadores que regresan del río o que van a él, ni a las diligentes amas de casa que se han levantado con el alba para las coladas, para regar sus pequeñas huertas o para hacer el pan. Pero ninguno dice nada.

Sólo un muchachito, que empuja hacia el río a siete ovejas, pregunta al anciano:

-¿A dónde vas, Ananías? ¿Te vas del pueblo?
-Voy con el Rabí. Pero vuelvo con Él. Soy su siervo.
-No. Eres mi padre. Todos los ancianos justos son un padre y una bendición para el lugar que los hospeda y para quien los socorre. Bienaventurados los que aman y honran a los ancianos -dice Jesús con aspecto solemne.

El niño lo mira con temor. Luego susurra:
-Yo daba siempre un poco de mi pan a Ananías… -como queriendo decir: «No me regañes, que no lo merezco».
-Sí. Micael era bueno conmigo. Era amigo de mis nietos… y luego ha seguido siéndolo también del abuelo. Su madre no es mala tampoco. Ayudaría. Pero tiene once hijos y viven todos con la pesca…

Algunas mujeres se acercan curiosas y se ponen a escuchar.

-Dios ayudará siempre a quien ayuda lo que puede al pobre. Y siempre hay forma de ayudar. Muchas veces, el decir: "No puedo" es embuste. Porque, si uno se lo propone, siempre se encuentra el bocado superfluo, la manta rota, el vestido que ya no se usa, para dárselo a quien no tiene estas cosas. Y el Cielo recompensa el don. Dios te recompensará, Micael, por esos pedazos de pan que has dado al anciano.

Jesús acaricia al niño y reanuda su camino.
Las mujeres se quedan cabizbajas donde estaban. Luego preguntan al niño, el cual dice lo que sabe. Y el miedo se apodera de las avaras mujeres que han cerrado el corazón a las necesidades del anciano…

Entretanto, Jesús ha llegado a la altura de la última casa y ahora se dirige hacia la bifurcación que desde el camino de primer orden se desvía hacia el pueblecito. Se ve desde aquí que por el camino principal pasan caravanas que van de regreso hacia las ciudades de ta Decápolis y la Perea.
-Vamos allí y predicamos. ¿Quieres hacerlo tú también, padre?

-No sé hacerlo. ¿Qué digo?
-Sí que sabes. Tu alma posee la sabiduría de perdonar y de ser fiel a Dios y de tener resignación incluso en las horas de dolor. Y sabes que Dios socorre a quien en Él espera. Ve y díselo a los peregrinos.
-¡Ah, esto sí!

-Judas, ve con él. Yo me quedo con Bartolomé en la bifurcación.
Y así es: en llegando allí, se pone a la sombra de un grupo de plátanos frondosos, y espera paciente.

Alrededor, los campos están bonitos de espigas y de árboles frutales. Frescos en esta hora matutina. La mirada los contempla con placer. Y las caravanas pasan por el camino… Pocos miran a los dos que están apoyados a los troncos de los plátanos. Quizás creen que son viandantes cansados. Pero alguno reconoce a Jesús y lo señala, o se inclina saludando.

En fin… El primero para su burrito y los de los parientes, y que baja y se dirige hacia Jesús:
-¡Dios sea contigo, Rabí! Soy de Arbela. Te escuché el otoño pasado. Ésta es mi esposa; ésta, su hermana viuda; y mi madre. Este hombre anciano es su hermano. Y ése, joven, es el hermano de mi mujer. Y aquí ves a los hijos de todos nosotros. Tu bendición, Maestro. He sabido que has hablado en el vado. Pero llegué allí de noche… ¿No nos vas a decir a nosotros ninguna palabra?

-La Palabra no se niega nunca. Pero espera unos minutos, porque están viniendo otros…

En efecto, abatidos, están llegando a la bifurcación los habitantes del pueblo, y otros, que ya habían pasado por el camino en dirección hacia el norte, regresan; otros, despertada su curiosidad, se detienen y bajan de sus cabalgaduras, o se quedan sobre la silla. Se forma un pequeño auditorio, que va aumentando cada vez más.
Vuelven también Judas de Alfeo y el anciano, y con ellos vienen dos enfermos y varios sanos.
Jesús empieza a hablar.

Los que recorren los caminos del Señor, los caminos indicados por el Señor, y los recorren con voluntad buena, acaban encontrando al Señor. Vosotros encontráis al Señor regresando de cumplir vuestro deber de fieles israelitas respecto a la Pascua santa. Y he aquí que la Sabiduría os habla, como deseáis, en este cruce donde nos hace encontrarnos la bondad divina.

Muchas son las encrucijadas que el hombre encuentra en el camino de su vida, y más encrucijadas sobrenaturales que materiales. Todos los días, la conciencia se ve puesta ante las bifurcaciones y cruces del Bien y del Mal. Y debe elegir con atención para no errar. Y, si yerra, debe saber volver para atrás humildemente cuando alguien lo llama o le advierte. Y, aunque le pareciera más bonita la vía del Mal, o simplemente la de la tibieza, debe saber elegir la vía escabrosa pero segura del Bien.

Escuchad una parábola.
Un grupo de peregrinos, venidos de lejanas regiones en busca de trabajo, se encontró en los confines de un estado. En estos confines había unos contratantes de trabajo, que habían sido enviados por distintos patrones.

Había quien buscaba hombres para las minas. Otros buscaban hombres para las tierras de labor y para los bosques; otros, siervos para un rico infame; otros, soldados para un rey que estaba en la cima de un monte, en su castillo, al cual se llegaba por un camino muy empinado.

El rey quería soldados, pero exigía que fueran no tanto soldados de violencia cuanto soldados de sabiduría, para enviarlos luego por las ciudades a santificar a sus súbditos. Por eso vivía arriba, como en un eremitorio, para formar a sus siervos sin que las distracciones mundanas los corrompieran ni retrasaran o anulasen la formación de su espíritu.

No prometía altos salarios. No prometía vida cómoda. Pero aseguraba que el estar a su servicio produciría santidad y premio. Esto decían sus enviados a los que llegaban a las fronteras. Sin embargo, los enviados de los patrones de las minas o de las tierras decían: "No será una vida cómoda, pero seréis libres y ganaréis lo suficiente para vivir un poco holgadamente".

Y los que buscaban siervos para un patrón infame prometían incluso abundante comida, ocio, goces, riquezas: "Basta con que consintáis a sus caprichos ­¡de ninguna manera penosos! -y todos gozaréis como sátrapas".

Los peregrinos se consultaron entre sí. No querían dividirse… Preguntaron: "¿Pero están cerca las tierras y las minas y el palacio del mundano y el del rey?".
"¡No!" respondieron los contratantes. "Venid a esa encrucijada para mostraros los distintos caminos.”
Fueron.

"Mirad. Aquel camino espléndido, umbrío, florido, liso, con fuentes frescas, desciende hacia el palacio del señor" dijeron los contratantes de los siervos.
"Mirad. Este camino polvoriento, que va entre campos serenos, conduce a las tierras de labor. Calienta el sol, pero, como podéis ver, también está bien" dijeron los de las tierras.

"Mirad. Este camino, tan marcado por ruedas pesadas, y con manchas oscuras, señala la dirección de las minas. No es ni buena ni mala…" dijeron los de las minas.

"Mirad. Este sendero empinado, hundido entre rocas encendidas por el sol, sembrado de espinos y barrancos, que hacen lenta la marcha, pero, en compensación, procuran una fácil defensa contra los asaltos de los enemigos, conduce a oriente, al castillo severo, diríamos casi sagrado, donde los espíritus se forman en el Bien" dijeron los del rey.

Y los peregrinos miraban y miraban, y calculaban… Tentados por muchas cosas, de las cuales sólo una era totalmente buena. Y lentamente se fueron dividiendo. Eran diez. Tres torcieron hacia los campos… dos hacia las minas. Los que quedaban se miraron, y dos dijeron: "Venid con nosotros. Donde el rey. No vamos a ganar, ni vamos a gozar en la Tierra, pero seremos santos eternamente".

"¿Aquel sendero de allí? ¡Ni locos! ¿No ganar? ¿No gozar? No merecía la pena dejar todo y venir a tierras extranjeras para tener todavía menos de lo que teníamos en nuestra patria. Nosotros queremos ganar y gozar…".
"¡Pero perderéis el Bien eterno! ¿No habéis oído que es un patrón infame?".

"¡Eso son cuentos! Después de un poco lo dejamos, y habremos gozado y seremos ricos".
"No os liberaréis jamás de él. Mal han hecho los primeros, siguiendo la avidez de dinero. ¡Pero, vosotros! Vosotros seguís la avidez de placer. ¡Oh! ¡No cambiéis el destino eterno por una hora que pasa!".

"Sois unos estúpidos y creéis en las promesas ideales. Nosotros vamos a la realidad. ¡Adiós!…" y echándose a correr entraron por el bonito camino umbrío, florido, rico en agua, liso, en cuyo fondo brillaba bajo el sol el mágico palacio del mundano.

Los dos restantes tomaron, llorando y orando, el empinado sendero. Y era tan difícil que, a los pocos metros, casi se desanimaron. Pero perseveraron. Y la carne parecía cada vez más ligera, a medida que avanzaban. Y la fatiga se sentía consolada por un extraño júbilo.

Llegaron jadeantes, arañados, a la cima del monte. Fueron admitidos a comparecer ante el rey, el cual les dijo todo lo que exigía para incorporarlos en el número de sus valientes, y terminó: "Pensadlo durante ocho días y luego dad una respuesta".

Y ellos pensaron mucho y sostuvieron duras luchas contra el Tentador, que quería amilanar; contra la carne, que decía: "Vosotros me sacrificáis"; contra el mundo, cuyos recuerdos todavía seducían. Pero vencieron. Permanecieron. Vinieron a ser héroes del Bien.

Llegó la muerte, o sea, la glorificación. Desde lo alto del Cielo vieron en las profundidades a aquellos que habían ido donde el amo infame. Encadenados también ahora, después de la vida, gemían en la oscuridad del Infierno. "¡Y querían ser libres y gozar!" dijeron los dos santos.
Y los tres condenados, horrendos de aspecto, los vieron y los maldijeron, y maldijeron a todos, a Dios el primero, diciendo: "^Nos habéis engañado a todos!".

"No. No podéis decir eso. Se os había advertido el peligro. Habéis querido vosotros vuestro mal" respondieron los bienaventurados, que, a pesar de que veían y oían los torpes gestos de burla y blasfemias lanzados contra ellos, estaban serenos.

Y vieron a los de los campos, y las minas en distintas regiones purgativas, y ellos a su vez los vieron y dijeron: "No fuimos ni buenos ni malos, y ahora expiamos nuestra tibieza. ¡Orad por nosotros!". "¡Lo haremos! Pero, ¿por qué no vinisteis con nosotros?".

"Porque fuimos no demonios, pero sí hombres… No tuvimos generosidad. Amamos más que al Eterno y Santo a lo que, aun siendo honesto, era transitorio. Ahora aprendemos a conocer y a amar con justicia".

La parábola ha terminado. Todos los hombres están en la encrucijada. Toda la vida en una encrucijada. Bienaventurados los que son firmes y generosos en la voluntad de seguir los caminos del Bien. Dios sea con ellos. Y Dios toque y convierta a quien así no es y lo conduzca a serlo. Idos en paz.

-¿Y los enfermos? ¿Qué tiene la mujer?
-Fiebres malignas que le retuercen los huesos. Ha ido hasta las aguas milagrosas del Mar Grande. Pero sin alivio.

Jesús se inclina hacia la enferma y le pregunta: ¿Quién crees tú que soy Yo?

-El que buscaba. El Mesías de Dios. ¡Piedad de mí, que te he buscado mucho!

-Tu fe te dé salud, tanto a tus miembros como a tu corazón. ¿Y tú, hombre?

El hombre no responde. Por él habla la mujer que le acompaña:

-Un cáncer le roe la lengua. No puede hablar. Y muere de hambre.
Efectivamente, el hombre es un esqueleto.

-¿Tienes fe en que te puedo curar?

El hombre indica que sí con la cabeza.

-Abre tu boca -ordena Jesús, y acerca su cara a la horrenda boca roída por el cáncer. Echa en ella su aliento y dice: « ¡Quiero!».

Un momento de espera y luego dos gritos:
-¡Mis huesos otra vez sanos!

-¡María, estoy curado! ¡Mirad! Mirad mi boca. ¡Hosanna! ¡Hosanna! -y quiere levantarse, pero se tambalea por la flaqueza.

-Dadle de comer -ordena Jesús. Y hace ademán de retirarse.

-¡No te marches! ¡Vendrán otros enfermos! Volverán atrás otros… ¡También a ellos, también a ellos! -grita la multitud.

-Todas las mañanas, desde la aurora hasta la hora sexta vendré aquí. Que alguna persona voluntariosa se ocupe de reunir a los peregrinos.

-¡Yo, yo, Señor! -dicen no pocos.
-Que Dios os bendiga por esto.

Y Jesús tuerce hacia el pueblo con sus primeros compañeros, y con los otros, que han ido viniendo poco a poco -todos con más gente -mientras hablaba.

-¿Pero dónde están Pedro y Judas de Keriot? -pregunta Jesús.

-Han ido a la ciudad que está cercana. Llenos de dinero. A comprar…

-Sí. Judas ha obrado un milagro y está de fiesta -observa sonriendo Simón Zelote.

-También Andrés, y tiene una oveja como recuerdo. Le ha curado a un pastor la pierna rota, y el pastor le ha recompensado así. Se la daremos al padre… la leche es buena para los ancianos… -dice Juan mientras acaricia al viejecito, que está alegre.

Entran en la casa y preparan un poco de comida…
Están ya para sentarse a la mesa, cuando llegan los dos que faltaban, cargados como burros y seguidos por un carrito cargado de esos cañizos que sirven de cama a los pobres de Palestina.

-Perdona, Maestro. Pero esto era necesario. Ahora estaremos bien -dice Pedro.

Y Judas:

-Observa. Hemos comprado lo estrictamente necesario, limpio y pobre. Como te gusta a ti -y se ponen a trabajar para descargar, y luego despiden al carrero.

-Doce yacijas y doce cañizos. Algunos utensilios para la comida. Aquí las semillas. Aquí las palomas. Ahí los denarios. Y mañana mucha gente. ¡Uf! ¡Qué calor! Pero ahora va todo bien. ¿Tú qué has hecho Maestro?…

Y, mientras Jesús narra, se sientan a la mesa, contentos.

384- El anciano Ananías,guardián de la casita de Salomón

La casita de Salomón -la que vi sin saber quién era su propietario, en Marzo de 1944, en la visión de la resurrección de Lázaro -es una de las últimas de la única calle, que acaba en el río, de este pueblecito pobre y apartado.

Un pueblecito de barqueros. Sus casitas más… ricas están dispuestas a lo largo de esta callecita polvorienta: las otras, esparcidas a la buena de Dios entre los árboles de las orillas.

Verdaderamente no son muchas -no creo que lleguen a cincuenta -, y tan pequeñas que cabrían todas en uno de esos bloques de viviendas proletarias de las grandes ciudades actuales.

Ahora la primavera les da una apariencia menos mísera, porque las decora con su frescura, y hay guirnaldas de convólvulos, o festones de vides, o un franco reír de flores amarillas de calabaza, en las rudimentarias estacadas que señalan las propiedades, en las orillas de los techos, u orlando las puertas de las casas, y no falta alguna rosa como desorientada, ella bella en medio de cestas y redes, en medio del dorado de la mostaza en flor, en medio del humilde cimbreo de las primeras vainas de las legumbres.

La calle también parece menos fea, porque el cañaveral del fondo no tiene sólo las cuentas duras de los nudos polvorientos, sino que se adorna con los penachos de las heleocarias, y, entre las cintas de las hojas de las cañas, eleva los cuchillos de los gladios silvestres, que lucen las multicolores mazorcas de sus flores, mientras los sutiles zarcillos de tallito filiforme abrazan en espiral nudos y cañas y en cada giro ponen el cáliz delicadísimo de su florecilla de un color rosa lila tenuísimo.

Y pájaros, a miríadas, se requieren de amores entre los cañizares, coqueteando en lo alto de las cañas, acunándose colgados de los zarcillos, poniendo trinos y colores entre el verdor de las orillas palustres.

Jesús empuja la tosca cancilla, pequeña, que introduce en una huertecilla o patio. La verdad es que, si era una huerta, ahora es un revoltijo agreste de hierbas crecidas de nuevo; y, si era un patio, es igualmente un lío de yerbajos sembrados por los vientos. Sólo algunas calabazas han mostrado inteligencia, agarrándose a la única planta de vid y a la higuera, y subiendo a poner las bocas rientes de sus flores al lado de los racimos en miniatura de la vid o al lado de las tiernas hojas de la higuera, las cuales en su base, en la concavidad del pecíolo, tienen la yema dura de los higos-flor apenas formados.

Las ortigas martirizan los pies desnudos, tanto que Pedro y Tomás, recogidos dos remos carcomidos, se lían a abatir las irritantes plantas para disminuir su veneno.

Entretanto, Santiago y Juan tratan de hacer funcionar la gran cerradura oxidada, y, conseguido su objetivo, abren la tosca puerta y entran en una habitación-cocina que huele fuertemente a moho y a cerrado. Polvo y telarañas decoran las paredes; una basta mesa, unos bancos y otros asientos, una repisa, son su mobiliario; dos puertas se abren en una de las paredes.

Pedro explora…

-Aquí hay un cuarto pequeño con una cama sola. Buena para Jesús… ¿Y aquí? ¡Ah! ¡Ya! Esto es la despensa, el trastero, el granero y la ratonera… ¡Fíjate qué carreras de ratones! Han roído todo en estos meses. Pero ahora voy a arreglaros yo, no lo dudéis. Maestro… ¿podemos movernos aquí como si fuéramos los amos?

-Eso dijo Salomón.

-¡Muy bien! ¡Venga, hermano, y tú, Santiago! Venid aquí a cerrar todos los agujeros. Y Tú, Mateo, con Judas, métete en la puerta, y estáte atento a que no salga ni un solo ratón. Imagínate que eres todavía el amable recaudador de Cafarnaúm. Entonces no se te escapaba ni un solo cliente, ni aunque se hiciera ligero como una lagartija cuando se despierta… Y vosotros id a la huerta a recoger la mayor cantidad que podáis de yerbajos y traedlos aquí. Y tú, Maestro, ve… donde quieras, mientras… yo arreglo a estos diablos inmundos que han destrozado estas cómodas redes y se han comido la quilla entera de una barca…

Y mientras habla amontona maderas roídas, pedazos de red reducida a estopa, haces de leña… todo en medio de la habitación, y, cuando ya tiene las hierbas verdes, las pone encima de lo demás y prende fuego y se separa mientras las primeras espiras de humo se alzan del montón. Ríe diciendo:

-¡Y que mueran todos los filisteos!

-¿No vas a prender fuego a todo? -pregunta Simón Zelote.
-No, amigo. Porque la humedad de los ramajes mantiene bajas las llamas, y las llamas sacan de las yerbas el humo, de forma que, con buena alianza, lo seco y lo verde se ayudan en la venganza. ¿Sientes qué mal huele? ¡Dentro de poco verás qué chillidos! ¿Quién me hablaba de los cisnes que cantan antes de morir? ¡Ah, Síntica! Dentro de poco también cantarán los ratones.

Judas Iscariote corta bruscamente una carcajada y observa:

-No se ha podido saber nada más de ella. Y tampoco nada de Juan de Endor. ¿Quién sabe a dónde habrán ido a parar?
-Sin duda al lugar adecuado -responde Pedro.

-¿Lo sabes?

-Sé que ya no están para ser diana de la malevolencia.
-¿No has preguntado a nadie? Yo sí.

-Y yo no. No es una cosa que me interese el saber dónde están. Me basta con pensar que son santos y orar porque sigan siéndolo.

Tomás dice:

-A mí me han preguntado por ellos algunos fariseos ricos, clientes de mi padre. Pero he respondido que no sé nada.

-¿Y no sientes curiosidad por saberlo? -insiste Judas.
-Yo no, y digo la verdad…

-¡Mirad! ¡Mirad! El humo hace efecto. Pero vamos a salir, que, si no, nos ahogamos también nosotros -dice Pedro. Y desviando así la atención se pone fin al tema.

Jesús está en la huerta. Endereza unos tallos de legumbres arrastradas por el suelo, nacidas de semillas que han caído ahí.

-¿Estás de hortelano, Maestro? -pregunta sonriendo Felipe.
-Sí. Me da pena ver una planta arrastrada por el suelo, inútil, cuando, por el contrario, está destinada a elevarse hacia el sol y a dar fruto.

-Bonito tema para un discurso, Maestro -observa Bartolomé.
-Sí. Bonito. Todo sirve como tema para quien sabe meditar.

-Te ayudamos también nosotros. ¡Venga! ¿Quién va a las cañas del río, a coger algunas para las legumbres?
Van los jóvenes, riendo, y los más ancianos se ponen a hacer limpieza arrancando con atención las hierbas parásitas.

-¡Así se ve que es una huerta! No hay hortalizas para ensalada. Pero sí que hay puerros, ajos, verduras, hierbas delicadas y legumbres. ¡Y calabazas! ¡Cuántas calabazas! Hay que podar la vid, liberar la higuera y…

-¡Pero Simón, no nos vamos a quedar aquí!… -dice Mateo.
-Pero vendremos varias veces. Lo ha dicho Él. Y no nos perjudicará el tener un poco de orden aquí alrededor.

¡Mira, mira! También hay un jazmín -¡pobrecito! -debajo de esta cascada de calabazas. Si viera Porfiria esta planta tan triste, lloraría sobre ella y le hablaría como a un niño. Sí, porque antes de tener a Margziam les hablaba a sus flores como a hijos… Exactamente. También aquí he hecho espacio. He quitado la calabaza porque… "¡Ah!, ahí vienen los muchachos con las cañas y con un… ¡Maestro, hay trabajo para ti! ¡Está ciego!

En efecto, entran Santiago y Juan, Andrés y Tomás, cargados de cañas, y Tomás trae, casi en peso, a un pobre viejecito todo harapiento y que tiene los ojos blancos debido a las cataratas.

-Maestro, estaba buscando plantas de achicoria en las orillas y le ha faltado poco para caerse al agua. Está solo desde hace algunos meses, porque el hijo que lo mantenía ha muerto; la nuera se ha vuelto a su casa y él.., vive como puede. ¿Verdad, padre?

.Sí. Sí. ¿Dónde está el Señor? -dice mientras le giran los ojos velados.
-Aquí está. ¿Ves esa blancura alargada? Es Él.
Pero Jesús ya se ha acercado y lo toma de la mano.
-¿Estás solo, pobre padre? ¿Y no ves?

-No. Mientras podía ver, tejía cestas y nasas, y hacía redes. Pero ahora… Veo más con los dedos que con los ojos, y cuando busco hierbas me equivoco y algunas veces me hago daño al vientre con hierbas nocivas.
-Pero en el pueblo…

-Son todos pobres y están llenos de hijos, y yo soy viejo… Duele que se muera un burro…. ¡Pero si se muere un viejo!… ¿Qué es un viejo? ¿Qué soy? Mi nuera se me ha llevado todo. Pero si por lo menos me hubiera llevado con ella, como una oveja vieja, para que gozara de la presencia de mis nietos… los hijos de mi hijo… -llora apoyado en el pecho de Jesús, que lo tiene entre sus brazos y lo acaricia.

-¿No tienes casa?
-La vendí.
-¿Y cómo vives?
-Como los animales. Los primeros días me ayudaba el pueblo. Pero luego se cansaron…
-Salomón está degenerando entonces, porque es generoso -observa Mateo.

-Es generoso con nosotros. ¿Por qué no ha dado la casa a este anciano? -pregunta Felipe.
-Porque, cuando pasó por aquí la última vez, yo tenía todavía una casa. Salomón es bueno. Pero el pueblo lo llama "el loco" desde hace un tiempo, y ya no hacen lo que él había enseñado que había que hacer -dice el anciano.

-¿Quisieras quedarte aquí conmigo?
-¡Ya no echaría de menos a mis nietos!
-Aunque siguieras siendo pobre y siguieras estando ciego, ¿te bastaría servirme para ser feliz?
-¡Sí!
Un "sí" tembloroso pero muy seguro.
-De acuerdo, padre. Escúchame. Tú no puedes andar el camino que ando Yo. No puedo quedarme aquí. Pero podemos querernos y hacernos el bien mutuamente.
-Tú a mí, sí. Pero yo… ¿Qué puede hacer el viejo Ananías?

-Cuidarme la casa y la huerta, para que cada vez que vuelva las encuentre ordenadas. ¿Te gusta?
-¡Sí! Pero estoy ciego… La casa… me acostumbraré a las paredes. Pero la huerta… ¿Qué puedo hacer para cuidarla, si no distingo las hierbas? ¡Oh, sí, qué bonito sería servirte, Señor! Terminar la vida así…

El viejecito tiene las manos contra el corazón, soñando esta cosa imposible.
Jesús se inclina sonriendo y le besa los ojos velados…
-Pero yo… empiezo a ver… Veo… ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!…
Vacila de alegría, y se desplomaría si Jesús no lo sujetase.
-¡Claro… la alegría!… -dice Pedro con la voz ronca de la emoción.
-Y también el hambre… Ha dicho que hace días que vive sólo a base de achicoria, sin aceite ni sal… -termina Tomás.
-Sí, por eso lo hemos traído. Para darle de comer…

-¡Pobre anciano! -todos se muestran compasivos.
El viejecito vuelve en sí y llora, llora. El pobre llanto de los ancianos… tan triste, aun cuando es de alegría; y
susurra:

-¡Ahora sí, ahora puedo servirte, bendito! ¡Bendito! ¡Bendito! -y hace ademán de agacharse a besar los pies de Jesús.

-No, padre. Ahora vamos a entrar, vamos a comer, y luego te damos una túnica; tú estarás entre hijos y nosotros tendremos un padre que nos dará su bienvenida cada vez que volvamos y su bendición cada vez que salgamos. Buscaremos dos palomas, para que tengas criaturas vivas a tu alrededor. Buscaremos simientes para la huerta. Sembrarás semillas en los cuadros de la huerta, y la fe en mí en los corazones de este pueblo.

-¡Enseñaré la caridad! ¡No la tienen!
-También la caridad. Pero sé dulce…
-Lo seré. No dije ninguna palabra dura a mi nuera mientras me abandonaba. He comprendido y perdonado.
-Te lo he visto en tu corazón. Por eso te he amado. Ven. Ven conmigo…

Y Jesús entra en la casa llevando de la mano al viejecito. Pedro los ve caminar y se seca una lágrima con el dorso de la mano, antes de reanudar el trabajo interrumpido.

-¿Lloras, hermano?

Pedro no responde. Andrés insiste:

-¿Por qué lloras, hermano?
-Tú preocúpate de las gramas. Si lloro es porque… bueno, yo sé por qué…

-Dínoslo, sé condescendiente -dicen varios.
-Es porque… Es porque a mí me tocan más el corazón estas lecciones tan… tan… bueno este tipo de lecciones, que no sus solemnes invectivas…

-¡Pero en esos casos se ve en Él el Rey! -exclama Judas.

-Y aquí se ve el Santo. Tiene razón Pedro -dice Bartolomé.

-Pero para reinar tiene que ser fuerte.

-Pero para redimir tiene que ser santo.

-Para las almas, sí; para Israel…

-Israel no será nunca Israel si las almas no se santifican.

Los síes y los noes se entrecruzan. Y cada uno con su distinto parecer.

El viejecito sale de nuevo, esta vez con una jarra en la mano. Va a tomar agua a la fuente. Está tan feliz, que no parece el mismo de antes.

-Anciano padre, escucha. Según tú, ¿de qué tiene necesidad Israel para ser grande -pregunta Andrés -, de un rey o de un santo?

-Tiene necesidad de Dios. De ese Dios que ahí dentro ora y medita. ¡Ah! ¡Hijos, hijos! ¡Sed buenos, vosotros que lo seguís! ¡Sed buenos, buenos, buenos! ¡Qué don os ha dado el Señor! ¡Qué don! ¡Qué don! -y se aleja, agitando los brazos hacia el cielo y susurrando: « ¡Qué don! ¡Qué don!»…

383- Discurso sobre la muerte junto al vado del Jordán

Las orillas del Jordán en las inmediaciones del vado, en estos días de regreso de las caravanas hacia las diversas comarcas de residencia, asemejan en todo a un campamento nómada.

Hay, esparcidas por todas partes, a lo largo de los bosques que forman una orla verde en los lados del río, tiendas, o incluso simplemente mantas extendidas de un tronco a otro, apoyadas en palos hincados en el suelo, atadas a la alta silla de un camello, en definitiva, sujetas de alguna manera, lo suficiente como para poderse meter uno debajo y ampararse del aguazo, que debe ser hasta lluvia en estos lugares por debajo del nivel del mar.

Cuando Jesús llega a las orillas con los suyos, al norte del vado, los campamentos se están despertando lentamente. Jesús debe haber salido de la casa de Nique verdaderamente con los primeros albores, porque todavía no es plena aurora. Ya el aspecto del lugar es bello, fresco, sereno.

Los más diligentes empiezan a salir de las variopintas tiendas y a bajar al río para lavarse, despertados por los relinchos o rebuznos, por los gritos estridentes de caballos, asnos y camellos, y por las peleas o cantos de centenares de pájaros y otras aves que están entre el follaje de los sauces, de los cañaverales, o de los altos árboles que forman galerías verdes sobre las márgenes floridas. Algún lloro de niño y voces dulces de madres hablando a sus hijos.

La vida vuelve en todas sus manifestaciones, a cada minuto. De la cercana Jericó vienen vendedores de todas las especies y nuevos peregrinos, y guardias y soldados con la misión de vigilar y mantener el orden, en estos días en que gente de todas las regiones se encuentran y no se ahorran insultos ni reproches, y en los cuales no deben ser poco frecuentes los robos de rateros que se mezclan con apariencia de peregrinos -en realidad para cometer ladronerías -entre el gentío.

Tampoco faltan las mujeres públicas que tratan de hacer "su" peregrinaje pascual, o sea, sacar a los peregrinos más ricos y lujuriosos dinero y regalos como pago a una hora de placer, en la cual míseramente quedan anuladas todas las purificaciones pascuales…

Las mujeres honestas que están entre los peregrinos junto con sus maridos o sus hijos ya adultos chillan como urracas inquietas para llamar a sus hombres (a los que están embobados -o les parece que lo están a sus mujeres o madres-observando a las meretrices). Éstas ríen con desfachatez, y responden ásperamente a los… apelativos que las honestas les propinan. Los hombres, especialmente los soldados, ríen, y no rehúsan bromear con las mujeres públicas.

Algún israelita, verdaderamente rígido de moral, o sólo hipócritamente, se aleja desdeñado, y otros… anticipan el alfabeto de los sordomudos, porque con gestos se entienden maravillosamente con las mundanas.

Jesús no sigue el camino recto que le llevaría al centro del campamento, sino que baja al guijarral del río, se descalza y camina por donde el agua ya lame la hierba. Los apóstoles lo siguen.

Los más ancianos, los más intransigentes, dicen con enfado:
-¡Y pensar que aquí el Bautista predicó penitencia!
-¡Ya! ¡Claro! ¡Este lugar ahora está más degradado que un pórtico de termas romanas!

-¡Y los que se llaman santos no se desdeñan de buscar aquí su pasatiempo!
-¿Ves también tú?
-También tengo ojos en la cara. ¡Veo! ¡Veo!…

En la cola de la pequeña tropa, que lleva a la cabeza a Jesús, entre Andrés, Juan, Judas y Santiago de Alfeo, van los más jóvenes o los menos severos, o sea: Judas de Keriot, que ríe y mira muy atentamente lo que sucede en los grupos acampados y no se desdeña de contemplar a las guapas descaradas que han venido en busca de clientes; Tomás, que se ríe con ganas al ver las iras de las honestas; los desdenes de los fariseos; Mateo, que, habiendo sido un pecador, no puede hablar severamente contra el vicio y los viciosos, y se limita a suspirar y a menear la cabeza; y Santiago de Zebedeo, que observa sin interés ni críticas, con indiferencia.

El rostro de Jesús está serio, marmóreo, como esculpido en una piedra. Y se pone cada vez más serio cuanto más llegan a Él, desde lo alto del ribazo, frases admiradoras, o conversaciones desvergonzadas entre un hombre poco honesto y una mujer de placer. Mira siempre hacia adelante, fijamente. No quiere ver. Y su intención es muy clara por todo su aspecto.

Pero un joven, muy ricamente vestido, que con otros de su edad está hablando con dos mujeres mundanas, dice fuerte a una de ellas:

-¡Venga, venga! Que nos queremos reír un poco. ¡Ofrécete! ¡Consuélalo! Está triste porque es pobre y no puede comprarse hembras.

A Jesús le afluye por un momento el color rojo a su cara de marfil, que luego palidece de nuevo; pero no vuelve la mirada: la alteración del color es la única señal de que ha oído.

La desvergonzada, toda ella un traqueteo de adornos entre un liviano ondear de vestidos, con un grito zalamero, salta al guijarral desde la parte baja del ribazo, y encuentra la forma, al hacerlo, de mostrar furtivamente muchas secretas bellezas. Cae justo a los pies de Jesús, y toda ella un trino de risas en su bonita boca, y una invitación de ojos y de formas, grita:

-¡Oh, el más guapo de los nacidos de mujer! ¡Por un beso de tu boca, toda yo gratis!

Juan, Andrés, Judas y Santiago de Alfeo se han quedado inmóviles de escandalizado estupor y no saben hacer ningún gesto. ¡Pero Pedro! Da un salto de pantera y, desde su grupo, se abalanza sobre la malaventurada, que está de rodillas medio echada para atrás, la zarandea, la levanta, la arroja contra el ribazo con un epíteto tremendo, y arremete contra ella para darle el resto.

Jesús dice:
-¡Simón!
Un grito en que hay más que en un discurso.
Y Simón vuelve, rojo de ira, donde su Señor.
-¿Por qué no me dejas castigarla?

-Simón, no se castiga un vestido manchado. Se le lava. Esa mujer tiene por vestido su carne manchada, y su alma está profanada. Debemos orar para limpiarla en el alma y en la carne.

Y lo dice dulcemente, en voz baja, pero no tan baja que no lo pueda oír la mujer; y, reanudando la marcha, vuelve ­ahora sí que la vuelve -un instante la mirada de sus dulces ojos a la desventurada. ¡Una mirada, una sola! ¡Un instante, uno solo! ¡Pero hay en ella toda la potencia del misericordioso amor! Y la mujer agacha la cabeza y sube el velo, se envuelve en él… Jesús prosigue su camino.

Ya está en el vado. Las aguas, bajas, permiten que pasen por ellas a pie los adultos. Basta con subirse la ropa por encima de las rodillas y buscar las piedras anchas y sumergidas que blanquean bajo las aguas cristalinas para hacer de acera a los que vadean el río; mientras que los que van en cabalgaduras pasan río abajo.

Los apóstoles chapotean contentos dentro del agua, que les llega hasta la mitad del muslo. Pedro… no da crédito a ello. Promete y se promete que durante la estancia en casa de Salomón no faltará el modo de regalarse un baño «refrescante», dice él, como compensación de la «tostadura» de ayer.

Ya están en la otra parte. También aquí hay mucha gente, que se pone en movimiento después de la noche o que se seca tras haber vadeado el río.
Jesús ordena:

-Diseminaos para decir que está el Rabí. Yo voy junto a aquel tronco derribado y os espero.
Pronto mucha gente ha sido avisada y ya acude.
Jesús empieza a hablar. Toma como motivo un cortejo que pasa llorando detrás de unas angarillas, sobre las cuales hay uno que se ha enfermado en Jerusalén; ahora, desahuciado por los médicos, lo llevan rápidamente a casa para que muera allí. Todos hablan de él porque es rico y joven todavía. Y muchos dicen:

-¡Pues debe ser un gran dolor el morir con tantas riquezas y tan pocos años!

Y hay quien dice (quizás son personas que ya creen en Jesús):

-¡Le está bien empleado! No sabe tener fe. Los discípulos han ido a decir a los parientes: “Allí está el Salvador. Si tenéis fe y pedís, el enfermo se curará". Pero -el primero él -se han negado a venir al Rabí.

Las críticas siguen a las manifestaciones de compasión. Y Jesús se sirve de todo esto para empezar a hablar.
-¡La paz a todos vosotros!

Ciertamente a los ricos y jóvenes que son ricos y jóvenes sólo en dinero y años les duele morir, pero a los que son ricos en virtud y jóvenes por pureza de costumbres no les duele.

E1 verdadero sabio, desde el uso de razón en adelante, se conduce de forma tal, que su muerte sea plácida. La vida es la preparación de la muerte, como la muerte es la preparación a la Vida más grande que hay. El verdadero sabio, desde que comprende la verdad de la vida y de la muerte, de la muerte para la resurrección, se industria en todos los modos posibles para despojarse de todo lo inútil y para enriquecerse con todo lo útil, o sea, las virtudes y las buenas acciones, y así disponer de un bagaje de bienes ante Aquel que lo llama a su presencia para juzgarlo, para premiarlo, o para castigarlo con justicia perfecta.

El verdadero sabio conduce una vida que lo hace más adulto en la sabiduría que un anciano, y más joven que un adolescente, porque, viviendo con virtud y justicia, conserva en el corazón una frescura de sentimientos que en algunos casos ni siquiera los adolescentes tienen. ¡Qué dulce es entonces morir! Reclinar la cabeza cansada en el seno del Padre, recogerse en su abrazo, decir entre las brumas de la vida que huye: "Te amo, espero en ti, en ti creo", decirlo por última vez en la Tierra para decir después el jubiloso "¡Te amo!", eternamente, entre los fulgores del Paraíso.

¿Duro pensamiento la muerte? No. Justo decreto para todos los mortales, no grávido de angustia sino para aquellos que no creen y están cargados de culpas. Inútilmente el hombre, para explicar las angustias exasperadas de uno que muere y que en su vida no fue bueno, dice: "Es porque no quisiera morir todavía, porque no ha hecho ningún bien, o ha hecho poco bien, y querría vivir más para satisfacer por ello".

En vano dice: "Si hubiera vivido más, habría podido conseguir un premio mayor, porque habría hecho más". El alma sabe, al menos confusamente, cuánto tiempo le es dado: respecto a la eternidad, prácticamente nada. Y el alma incita a todo el yo a actuar.

(El alma sabe… Con una nota en una copia mecanografiada, MV precisa: “Sabe que la duración de la vida terrena es breve y la muerte puede descargar su mano de improviso, incluso en tierna edad o juventud. Por eso incita a obrar bien, enseguida…”)

Pero, ¡pobre alma! La verdad es que en muchas ocasiones se ve oprimida, pisoteada, amordazada para no oír sus palabras.

Esto sucede en los que no tienen buena voluntad. Por el contrario, los hombres justos, desde la niñez, escuchan al alma, obedecen sus consejos, y, laboriosos, obran continuamente. Joven en años pero rico en méritos muere el santo, algunas veces en la aurora de la vida; y no podría ser más santo de cuanto lo es ya, por cien o mil años que se añadieran, porque el amor a Dios y al prójimo, practicados en todas sus formas y con toda generosidad, lo hacen perfecto. En el Cielo no se mira cuántos años ha vivido uno, sino cómo ha vivido.

Se hace duelo ante los cadáveres. Se lloran. Pero el cadáver no llora. Uno tiembla por tenerse que morir, pero esa misma persona no se preocupa de vivir de forma que no haya de temblar en la hora de la muerte. ¿Y por qué no se llora y se hace duelo ante los cadáveres vivos, que son los cadáveres más verdaderos, aquellos que, como en un sepulcro, llevan en el cuerpo un alma muerta? ¿Y por qué los que lloran al pensar que su carne tiene que morir, no lloran por el cadáver que llevan dentro?

¡Cuántos cadáveres veo Yo, y que ríen y gastan bromas y no se lloran a sí mismos! ¡Cuántos padres, madres, esposos, hermanos, hijos, amigos, sacerdotes, maestros, veo que lloran sin sentido por un hijo, un cónyuge, un hermano, un padre, un amigo, un fiel, un discípulo, fallecidos en evidente amistad con Dios, después de una vida que ha sido una guirnalda de perfecciones; y que no lloran ante los cadáveres de las almas de un hijo, cónyuge, hermano, padre, amigo, fiel, discípulo, que está muerto por el vicio, por el pecado, y además muerto eternamente, perdido para siempre, si no se enmienda! ¿Por qué no tratar de resucitarlos? ¡Es amor, ¿sabéis?! Es el más grande amor.

¡Oh, lágrimas sin sentido por algo que era polvo y en polvo se ha convertido! ¡Idolatría del afecto! ¡Hipocresía del afecto! Llorad, sí, pero que sea por las almas muertas de vuestras personas más amadas. Tratad de llevarlos a la Vida. Y os hablo especialmente a vosotras, mujeres, que tanto podéis ante aquellos a quienes amáis.
Ahora, juntos, veamos aquello que la Sabiduría indica como causa de muerte y vergüenza.

No insultéis a Dios haciendo mal uso de la vida que os ha dado, manchándola con malas acciones que deshonran al hombre. No insultéis a vuestros padres con una conducta que arroja fango sobre sus cabellos blancos y espinos de fuego sobre sus últimos días. No injuriéis a quien os hace el bien, para no ser maldecidos por el amor que pisoteáis.

No injuriéis a quien gobierna, porque no es con la rebelión contra los gobernantes como se hacen grandes y libres las naciones, sino que la ayuda del Señor se obtiene con la conducta santa de los ciudadanos, y el Señor puede tocar el corazón de los gobernantes o quitarlos de su puesto o quitarles incluso la vida, como ha enseñado en repetidas ocasiones nuestra historia de Israel, cuando sobrepasan la medida, y, especialmente, cuando el pueblo, santificándose, merece el perdón por parte de Dios y Dios retira el instrumento opresor del cuello de los castigados. No injuriéis a vuestra mujer con la afrenta de adúlteros amores, ni hiráis la inocencia de vuestros hijos con el conocimiento de amores ilícitos.

Sed santos ante aquellos que en vosotros ven, por afecto y por deber, a la persona que debe ser el ejemplo de su vida. No podéis escindir la santidad hacia el prójimo más próximo de la santidad hacia Dios, porque una genera la otra como los dos amores, a Dios y al prójimo, se generan recíprocamente.

Sed justos con los amigos. La amistad es un parentesco del alma. Está escrito: "¡Cuán bello es para los amigos caminar juntos!". Pero es hermoso si se camina por un camino de bien. ¡Ay de aquel que corrompe y traiciona la amistad haciendo de ella un egoísmo, o una traición, o un vicio, o una injusticia! Demasiados son los que dicen: "Te amo" para saber las cosas del amigo y aprovecharlas en propio beneficio. Demasiados, los que usurpan los derechos del amigo.

Sed honestos con los jueces. Todos los jueces. Desde el altísimo, que es Dios, al cual no se le tima ni se le engaña con prácticas hipócritas, hasta el íntimo, que es la conciencia; hasta los amorosos, y dolientes, y atentos con su amor vigilante, que son los ojos de los familiares; hasta el severo, que son los jueces del pueblo. No mintáis invocando a Dios para dar fuerza a la mentira.

Sed honestos en las ventas y en las compras. Cuando vendéis y la concupiscencia os dice: "Roba para conseguir más ganancia", mientras que la conciencia os dice: "Sé honrado porque a ti te dolería que te robaran", escuchad esta última voz, recordando que no se debe hacer a los demás aquello que no querríamos que nos hicieran a nosotros mismos. El dinero que os dan a cambio de un producto muchas veces está bañado del sudor y el llanto del pobre.

Cuesta esfuerzo. Vosotros no sabéis cuánto dolor cuesta ese dinero, cuántos dolores hay detrás de esa moneda que a vosotros, vendedores, os parece siempre demasiado escasa por lo que dais. Niños enfermos, niños sin padre, ancianos escasos de dinero… ¡Oh, dolor santo y santa dignidad del pobre que el rico no comprende, ¿con qué finalidad no sois meditados?!

¿Por qué se vende con honradez al fuerte, al poderoso, por miedo a sus represalias, mientras que se abusa del indefenso, del hermano desconocido?

Ello es un delito más contra el amor que contra la honradez misma. Y Dios lo maldice, porque la lágrima extraída de los ojos del pobre, que sólo posee el llanto como reacción contra el atropello, para el Señor tiene la misma voz que la sangre extraída de las venas de un hombre por un homicida, por un Caín de su propio semejante.

Sed honestos en las miradas, como en la palabra y en las acciones. Una mirada dada a quien no la merece es semejante a un lazo, una mirada negada a quien la merece es como un puñal.

La mirada que se anuda con la pupila desvergonzada de la meretriz, y le dice: "¡Eres guapa!", y responde a su mirada invitante con la suya de adhesión, es peor que el nudo corredizo para el ahorcado.

La mirada negada al pariente pobre o al amigo caído en la miseria es semejante a un puñal clavado en el corazón de estos desdichados. Y lo mismo la mirada de odio para el enemigo, o de desprecio para el mendigo.

Al enemigo se le debe perdonar y amar al menos con el espíritu, si la carne se niega a amarlo. El perdón es amor del espíritu. No vengarse es amor del espíritu. Al mendigo se le debe amar porque ninguno lo conforta. No es suficiente arrojar una limosna y pasar despreciativos.

La limosna sirve para la carne hambrienta, desnuda, sin cobijo. Pero la piedad que sonríe cuando da, que se interesa por el llanto del infeliz, es pan del corazón. Amad, amad, amad.

Sed honestos en los diezmos y en las costumbres. Sed honestos dentro de vuestras casas, sin abusar del siervo sobrepasando la medida y sin atentar contra la sierva que duerme bajo vuestro techo: si bien el mundo ignora el hurto cometido en el secreto de la casa, el hurto a la esposa desconocedora de los hechos y a la sierva a la que deshonráis, Dios conoce vuestro pecado.

Sed honestos en cuanto a la lengua. Y honestos en la educación de los hijos y las hijas. Está escrito: "Haz esto para que tu hija no te haga el hazmerreír de la ciudad". Yo digo: "Haced esto para que el espíritu de vuestra hija no muera".

Y ahora idos. Yo os he dado un viático de sabiduría y también me marcho ahora. El Señor esté con los que se esfuerzan en amarlo.

Los bendice con el gesto y rápido, baja del tronco derribado para tomar un senderillo que hay entre los árboles. Remonta el río y pronto desaparece entre las verdes marañas de frondas.

La muchedumbre hace animados comentarios, no sin pareceres contrarios.

Naturalmente los contrarios son los pocos ejemplares de escribas y fariseos presentes entre las turbas de los humildes.

382- Un alto en casa de Nique

El camino, a pesar de que corte verdes campos orlados de árboles frondosos en su linde con él, es un horno bajo el sol cenital.

De los campos -los cereales se encaminan rápidamente a su maduración -viene un calor y olor como de horno en que la flor de la harina se transforma en pan. La luz es deslumbradora. Cada espiga, entre las glumas áureas y las aristas puntiagudas, parece una pequeña lámpara de oro, y los visos del sol en la paja de los tallos molestan a los ojos, como también los reflejos del camino, cegador de tanto sol. En vano los ojos buscan alivio en las frondas: si se alzan buscándolo, quedan aún más a merced del sol despiadado y han de bajarse enseguida, huyendo de esa violencia, y restringirse, reducirse a una abertura sutil entre las pestañas polvorientas, entre los bordes de los párpados enrojecidos y doloridos.
El sudor forma líneas brillantes en los carrillos polvorientos. Los pies cansados se arrastran levantando nuevo polvo que atormenta, atormenta, atormenta.

Jesús consuela a sus cansados apóstoles. Aunque Él también suda, se ha puesto sobre la cabeza el manto, para defenderse del sol, y aconseja a los demás que hagan lo mismo. Ellos obedecen sin decir nada. Están demasiado cansados para encontrar la fuerza necesaria para una de sus habituales manifestaciones de descontento. Van como borrachos…

-¡Ánimo!, que allá entre los campos hay una casa… -dice Jesús.

-Si es como las otras… lo único será el desconsuelo de recorrer mucho camino sin sentido por esas tierras abrasadoras ­rezonga Pedro bajo el manto. Y los otros lo confirman con un « ¡mmm!» desconsolado.

-Voy Yo. Quedaos aquí, debajo de esta poca sombra.
-No. No. Vamos también nosotros. Aquí no falta el agua. A1 menos tendrán un pozo… Y bebemos para apagar el fuego que tenemos dentro.

-Beber tan sudorosos os haría daño.

-Moriremos.., pero en todo caso será mejor que lo que tenemos ahora…

Jesús no rebate. Suspira y se pone a caminar delante del grupo, por un senderillo que hay entre los campos de cereales.

Los campos no llegan hasta la casa, sino sólo hasta los límites de un pomar maravilloso, lleno de sombra, donde la luz y el calor están mitigados, y que forma un cinturón óptimo y reconfortador en torno a la casa. Y los apóstoles, con un «¡ah!» de alivio, se lanzan adentro.

Jesús sigue andando, sin tener en cuenta sus peticiones de quedarse allí un buen rato.

Zurear de palomas, chirrío de garruchas, serenas voces de mujer vienen de la casa y se esparcen en el silencio soleado del campo. Jesús aparece en una placita que circunda a la casa, como una acera ancha y limpia sobre la que una pérgola de uva extiende un bordado de frondas y sombra protectora. Dos pozos, uno en el lado derecho, otro en el lado izquierdo de la casa, ensombrados por la vid.

Arriates junto a las paredes de la casa. Cortinas ligeras, de rayas oscuras, ondean en las puertas abiertas. Voces de mujeres y rumor de movimiento de loza salen de una habitación.

Jesús se dirige a ella, y a su paso una docena de palomas,
que estaban picoteando unos granos de cereales, alzan el vuelo con fuerte aleteo. El ruido atrae la atención de quien está en la habitación, y mientras Jesús aparta la cortina con la mano por la parte derecha, al mismo tiempo una criada la aparta por la izquierda… y se queda asombrada ante el Desconocido.

-¡Paz a esta casa! ¿Podéis darme refrigerio, como peregrino? -dice Jesús desde la puerta de esta habitación, que es una cocina grande donde las domésticas están lavando la loza usada para la comida del mediodía.
-La ama no te cerrará su casa. Voy a avisarle.

-Pero traigo conmigo a otros doce, y si pudiera darme refrigerio sólo a mí preferiría quedarme sin él.
-Vamos a decírselo a la ama sin duda…

-¡Maestro y Señor! ¿Tú aquí? ¿En mi casa? ¿Qué gracia especial es ésta? -interrumpe una voz; y una mujer, Nique, se acerca rápidamente y se arrodilla a besar los pies de Jesús.

Las criadas parecen estatuas. La que estaba lavando los platos se ha quedado con el trapo en la derecha y un plato que gotea en la izquierda enrojecida por el agua hirviendo. Otra, que estaba sacando brillo a los cuchillos, en un rincón, sentada en el suelo sobre los talones, se yergue sobre sus rodillas para ver mejor, y se le caen los cuchillos al suelo con estrépito. Una tercera, que estaba vaciando de ceniza los fogones, levanta la cara cenizosa y se queda así, por encima del nivel del hogar, con la boca abierta.

-¡Aquí estoy. Nos han rechazado en muchas casas. Estamos cansados y sedientos.

-¡Oh! ¡Ven! ¡Ven! No aquí. A las salas de septentrión, que son frescas y umbrosas. Y vosotras preparad agua para los cuerpos y bebidas aromáticas. Y tú, niña, corre a despertar al administrador; que te ayude para las primeras cosas de comer, en espera del banquete…

-¡No, Nique! No soy el invitado mundano. Soy tu Maestro perseguido. Te pido alojamiento y amor más que comida. Pido piedad. Más para mis amigos que para mí mismo…

-Sí, Señor. Pero ¿cuándo habéis comido por última vez?
-Ellos no lo sé. Yo ayer, al rayar el día, con ellos.
-¿Lo ves?… No voy a derrochar. Pero, como una madre o hermana, voy a darles a todos lo necesario, y a ti, como sierva y discípula, honor y ayuda. ¿Dónde están los hermanos?

-En el huerto. Pero quizás ya vienen. Oigo voces.
Nique corre fuera y los ve. Los llama y luego los conduce, junto con Jesús, a un fresco vestíbulo donde ya hay barreños y toallas y pueden refrescarse la cara, brazos y pies, del abundante polvo y del sudor.

-Por favor, quitaos esa ropa tan sudada; dádselo todo inmediatamente a las criadas. Es un gran descanso tener los vestidos limpios y las sandalias frescas. Y luego venid a esa sala. Os espero allí.

Y Nique se marcha, cerrando la puerta…
…¡Ah! ¡Pues se está bien en esta sombra y así, bien refrescados! -suspira Pedro entrando en 1a sala donde Nique los espera, atenta y respetuosa.

-Mi alegría por poderos aliviar es más grande que tu propio alivio, apóstol de mi Señor.

-¡Mmm! Apóstol… Ya… bueno… Mira, Nique, vamos a hacer una cosa simple, ¿eh? Tú sin mostrar que eres rica y culta, yo sin mostrar que soy apóstol; así… como buenos hermanos, que tienen necesidad el uno del otro para el alma y el cuerpo. Me da demasiado… miedo pensar que soy "apóstol".

-¿Miedo a qué? -pregunta sorprendida la mujer, y sonríe.

-De… ser demasiado… demasiado voluminoso respecto a la
arcilla que soy, y de que vaya a romperme por el peso… Miedo a… hacerme un engreído por la soberbia… Miedo de que… con la idea de que soy el apóstol, los otros… quiero decir, los discípulos… y las almas buenas, se mantengan distantes de mí y callen aunque me equivoque…

Y yo esto no lo quiero, porque entre los discípulos, incluso entre los que creen, así, llanamente y sin más, hay muchos que son mejores que yo, unos en una cosa, otros en otra; y yo quiero hacer como… como esa abeja que ha entrado y se ha chupado un poco de esto un poco de lo otro de las cestas de fruta que has mandado traer para nosotros, y ahora, para completar, añade los jugos de esas flores, y luego irá afuera a chupar tréboles y flores de lis, manzanillas y convólvulos. Toma de todos. Y yo necesito hacer como ella…

-¡Tú libas la más hermosa flor: el Maestro!
-Sí, Nique. Pero de É1 aprendo a hacerme hijo de Dios; de los hombres aprenderé a hacerme hombre.
-Lo eres.

-No, mujer. Soy poco menos que un animal. Y no sé verdaderamente cómo es que me soporta el Maestro…
-Te soporto porque sabes lo que eres, y por eso puedes ser trabajado como la pasta. Pero si hicieras resistencia y fueras terco, soberbio sobre todo, te alejaría de mí como a un demonio -dice Jesús.

Entran unas criadas con tazas de leche fría, y ánforas porosas donde los líquidos ciertamente están muy frescos.

-Por favor, tomad este refresco -dice Nique -Después podréis descansar hasta la noche. La casa tiene habitaciones y camas. Y, si no las tuviera, dejaría las mías para que descansarais vosotros. Maestro, me retiro para las labores de la casa. Sabéis todos dónde encontrarme, a mí y a las criadas.

-Ve. Y no estés preocupada por nosotros.
Nique sale. Los apóstoles hacen honor al refresco que les ha sido ofrecido. Y, comiendo con alegre apetito, hablan y comentan.
-¡Buena fruta!
-Y buena discípula.

-Bonita casa. No lujosa, pero no pobre.
-Y gobernada por una mujer que es dulce y fuerte al mismo tiempo. Orden, limpieza, respeto, y al mismo tiempo afectuosidad.
-¡Qué campos tan bonitos tiene alrededor! ¡Una buena riqueza!

-Sí. ¡Un horno!… -dice Pedro, que no ha olvidado todavía lo que ha sufrido. Los otros ríen.
-Pero aquí se está bien. ¿Y sabías que Nique estaba aquí? -pregunta Tomás.

-No más de lo que lo supierais vosotros. Sabía que cerca de Jericó tenía unas tierras que había adquirido hacía poco. Nada más. El amado ángel de los peregrinos nos ha guiado.

-La verdad es que te ha guiado a ti. Nosotros no queríamos venir.
-Yo estaba dispuesto ya a echarme al suelo y dejarme achicharrar por el sol antes que dar un sólo paso más -dice Mateo.

-Ya no se puede andar de día. Este año el sol muy pronto es fuerte. Parece que también él se está volviendo loco.
-Sí. Vamos a caminar durante las primeras horas del día y cuando sea de noche. Pero pronto iremos a los montes. Allí el calor está más mitigado.

-¿A mi casa? -pregunta Judas Iscariote.
-Sí, Judas. Y a Yuttá y a Hebrón.
-Pero no a Ascalón, ¿eh?

-No, Pedro. Iremos a lugares a donde no hayamos ido todavía. De todas formas, tendremos también sol y calor. Un poco de sacrificio por amor a mí y a las almas. Ahora descansad. Voy a orar al huerto.
-¿Pero Tú no estás nunca cansado? ¿No sería mejor que descansaras Tú también? -pregunta Judas de Alfeo.

-Quizás el Maestro quiere estar aquí un tiempo… -observa el Zelote.

-No, partimos al rayar el alba. Para esguazar el río durante las horas frescas.
-¿A dónde vamos a la otra orilla del Jordán?

-Las turbas regresan después de la Pascua a sus casas. En Jerusalén demasiados me buscaron en vano. Predicaré y curaré en el vado. Luego iremos a poner en orden la casita de Salomón. Nos será preciosa…
-¿Pero no volvemos a Galilea?

-También iremos allí. Pero estaremos mucho en estas partes meridionales y un refugio será precioso. Dormid. Yo salgo.
La cena debe haber tenido lugar. Es de noche. Abundantes gotas de rocío que de los aleros caen sonando en las hojas de la vid. Estrellas inverosímiles en el cielo; un número incalculable de estrellas, de estrellas en que se pierde la mirada. Cantos de grillos y aves nocturnas, y silencio de los campos.

Los apóstoles ya se han retirado. Pero Nique está levantada, escuchando al Maestro. Él está sentado rígidamente en un asiento de piedra que apoya contra la casa. La mujer está de pie, delante de Él, con postura de atento respeto.

Jesús debe estar terminando de desarrollar unas palabras. Dice:
-Sí. La observación es cabal. Pero es cierto que a este penitente, o mejor: a este que "está renaciendo", no le habría faltado la ayuda del Señor. Mientras cenábamos y tú preguntabas al mismo tiempo que servías, Yo pensaba que la ayuda eres tú. Has dicho: "No puedo seguirte sino por breves períodos, porque se debe vigilar la casa y a la servidumbre nueva". Y manifestabas tu desazón por ello, diciendo que si hubieras sabido que me ibas a haber encontrado enseguida, no habrías adquirido esto que te vincula.

Como puedes ver, esto ha servido para hospedar a los evangelizadores. Por tanto, es bueno. Pero es que, de todas formas, puedes servir… En espera de servir perfectamente a tu Señor, te pido un servicio, por amor a esa alma que está renaciendo, que está llena de buena voluntad, pero que es muy débil. El exceso de penitencia podría angustiarla, y Satanás servirse de esa angustia.

-¿Qué debo hacer, mi Señor?
-Ir. Cada luna, ir como si fuera un rito. Lo es. Es un rito de amor fraterno. Irás al Carit y, subiendo por el sendero que va entre los robles, llamarás: "¡Elías! ¡Elías!". Él se asomará, extrañado, para ver. Tú lo saludarás así: "La paz a ti, hermano, en nombre de Jesús el Nazareno". Le llevarás tantos panes bizcochados cuantos días tiene una luna. Nada más en el verano. Desde los Tabernáculos en adelante, junto con los panes le llevarás cuatro loges de aceite cada mes. Y para los Tabernáculos le llevarás una túnica caprina, que es pesada y no se moja, y una manta. Ninguna otra cosa.

-¿Y ninguna palabra?

-Las estrictamente útiles. Te preguntará por mí. Dirás lo que sabes. Te confiará sus dudas, esperanzas y desalientos. Tú dirás lo que tu fe y piedad te inspiren. Por otra parte, no durará mucho el sacrificio… Ni siquiera doce lunas… ¿Quieres ser compasiva conmigo y con el penitente?

-Sí, mi Señor… Pero ¿por qué tan triste?
-¿Y tú por qué lloras?

-Porque en tus palabras presiento presagio de muerte…
¿Te voy a perder tan pronto, Señor?
Nique llora en su velo.

-¡No llores! Tendré mucha paz, después… Sin odio. Sin celadas. Sin todo este… horror del pecado contra mí, en torno a mí… Sin compañías atroces… ¡No llores, Nique! Tu Salvador estará en paz. Victorioso…
-Pero antes… pero antes… Con mi marido siempre leíamos a los profetas… Y temblábamos de horror por las palabras de David e Isaías… Pero, ¿te va a pasar eso?, ¿exactamente eso?

-Eso y más todavía…
-¡Oh!… ¿Quién te consolará? ¿Quién hará que en tu muerte tengas… esperanza todavía'?
-El amor de los discípulos, y especialmente de las discípulas fieles.

-También el mío, entonces. Porque yo bajo ningún concepto estaré lejos de mi Redentor. Sólo… ¡oh! ¡Señor!… exige de mi todas las penitencias, todos los sacrificios, pero dame un coraje viril para esa hora. Cuando Tú seas "como una teja reseca", y tengas "la lengua pegada al paladar" por la sed, cuando parezcas "el leproso que se cubre la cara", haz que yo te conozca como Rey de reyes y te asista como sierva devota. ¡No me escondas tu rostro torturado, Dios mío! Como ahora dejas que me deleite en tu fulgor, Estrella de la mañana, haz que pueda mirarte entonces, y que tu rostro se estampe en mi corazón, que -¡ay, el mío también, como el tuyo! -ese día estará blando como la cera, por el dolor…

Nique está ahora de rodillas, casi abatida, y de vez en cuando levanta su cara bañada en lágrimas a mirar a su Señor, candor de carne bajo el candor de la luna contra el color oscuro de la pared.

-Tendrás todo esto. Y Yo, tu piedad. Subirá conmigo a mi patíbulo y de allí subirá conmigo al Cielo. Tu corona para toda la eternidad. Ángeles y hombres dirán de ti la más bella alabanza: "En la hora de la desventura, del pecado, de la duda, ella fue fiel, no pecó y socorrió a su Señor".

Levántate, mujer. Y bendita seas ya desde ahora y para siempre.

Le impone las manos mientras ella hace ademán de ponerse de pie, y luego vuelven a la casa silenciosa, para el descanso de la noche.

381- La parábola del administrador infiel y sagaz. Hipocresía de los fariseos y conversión de un esenio

Espera al Maestro mucha gente, diseminada por las laderas más bajas de un monte que está más bien aislado, porque sobresale de una red de valles que lo circundan, a partir de los cuales sus laderas se alzan (mejor: afloran bruscamente, escarpadas, casi a pico, en ciertos casos totalmente a pico).

Para llegar a la cima, un sendero labrado en la roca calcárea araña, serpenteando, las abruptas laderas del monte; en ciertos lugares tiene, como límite, por una parte la pared recta del monte, por otra el despeñadero escarpado.

Y el sendero escabroso, amarillento oscuro, tendente casi al rojizo, parece una cinta arrojada en medio del verde polvoriento de bajos matorrales espinosos, punzantísimos; yo diría que las hojas son las púas mismas que cubren las rocosas y áridas pendientes, adornándose acá o allá con una flor espléndida morado-roja semejante a un penacho o a un copo de seda arrancado de las vestiduras de algún desventurado que ha pasado por este zarzal.

Y este manto desapacible, hecho de puntas espinosas, de un verde glauco, triste como si estuviera empolvado con impalpable ceniza, se extiende en franjas hasta el pie del monte y por la llanura que hay entre él y otras elevaciones, tanto al noroeste coma al sureste, para alternar con los primeros lugares de hierba verdadera y verdaderos arbustos que no significan ni tortura ni inutilidad.

La gente está acampada en estos lugares y espera pacientemente la llegada del Señor. Debe ser el día siguiente del discurso a los apóstoles, porque es por la mañana. Una mañana fresca. El rocío todavía no se ha evaporado de todos los pedúnculos, y, especialmente en los que están más a la sombra, todavía decora de sí espinas y hojas, y transforma en una borla adiamantada las originales flores de los arbustos espinosos.

Es ciertamente la hora de la belleza para este triste monte; porque en las otras horas, bajo el sol despiadado o en las noches de luna, debe tener el horrible aspecto de un lugar de expiación infernal.

A1 este, una rica y vasta ciudad se ve en la ubérrima llanura. Y, desde esta ladera, baja todavía, donde están los peregrinos, no se ve nada más; pero, desde la cima, la vista debe gozar de un panorama sin par sobre las zonas cercanas. Yo creo que, por la altura del monte, deberá dominarse el Mar Muerto y las zonas orientales de éste, y hasta las cadenas de Samaria y las que ocultan Jerusalén. Pero yo no he estado en la cima, así que…

Los apóstoles circulan por entre la muchedumbre tratando de mantenerla serena y ordenada, y de poner en los puestos mejores a los enfermos. Algunos discípulos los ayudan en esta labor. Quizás son los que desarrollan su actividad en esa zona, y que habían guiado hasta cerca de los confines de Judea a los peregrinos deseosos de escuchar al Maestro.

De improviso, aparece Jesús, vestido de lino blanco, pero envuelto en su manto rojo, para conciliar el calor de las horas solares con el fresco de las noches aún no veraniegas. Mira -a Él no lo han visto todavía -a la gente que lo espera, y sonríe. Parece que viene de detrás (oeste) del monte, de una altura media. Desciende rápido por el difícil sendero.

Es un niño el que ve a Jesús (no sé si por seguir el vuelo de unos pájaros que están anidados entre los matorrales y han alzado el vuelo, asustados, por una piedra que desde arriba ha caído rodando, o quizás por atracción de la mirada), y grita mientras se pone en pie de un salto:

-¡El Señor!

Todos se vuelven y ven a Jesús, que está ya como mucho a doscientos metros. Su intención sería ir a su encuentro, pero Él, con el gesto de los brazos y la voz que llega nítida, quizás por la resonancia del monte, dice:
-Quedaos donde estáis.

Y, sonriendo todavía, baja hasta los que esperan. Se detiene en el punto más alto del rellano. Desde allí saluda:

-La paz a todos vosotros -y con una sonrisa especial repite el saludo a los apóstoles y discípulos que se han acercado dispuesto en torno a Él.

Jesús está radiante de belleza. Con el sol en la frente y la pared verdosa del monte a sus espaldas, parece una visión de sueño. Las horas pasadas en soledad, algún hecho que no conocemos, quizás una sobreabundancia en Él de las caricias paternas, no sé realmente qué cosa, acentúan su siempre perfecta belleza, la hacen gloriosa y majestuosa, pacífica, serena, yo diría: gozosa, como de uno que regresa de un encuentro de amor y trae consigo la alegría del momento en todo su aspecto, en la sonrisa, en las miradas.

Aquí el testimonio de este encuentro de amor, que es divino, se trasluce multiplicado cientos de veces respecto a lo que habitualmente es visible después de un encuentro de pobre amor humano:

Cristo está radiante. Y subyuga a los presentes, que, admirados, lo contemplan en silencio, como acobardados por la intuición de un misterio de conjunción del Altísimo con su Verbo… Es un secreto, una secreta hora de amor entre e1 Padre y el Hijo. Ninguno la conocerá jamás. Pero el Hijo conserva la señal, casi como si, después de haber sido el Verbo del Padre cual es en el Cielo, a duras penas pudiera volver a ser el Hijo del hombre.

La infinidad, la sublimidad encuentra dificultad para ser otra vez "el Hombre". La Divinidad rebosa, estalla, irradia a través de la humanidad como óleo suave a través de un vaso de arcilla poroso, o como luz de horno a través de un velo de cristales opacos.

Y Jesús baja sus ojos radiantes, agacha la cara gozosa, esconde su prodigiosa sonrisa, encorvándose hacia los enfermos, acariciándolos y curándolos; los cuales, a su vez, miran, asombrados, ese rostro de sol y amor inclinado hacia su miseria para dar alegría. Pero al final se tiene que erguir de nuevo y debe mostrar a las turbas lo que es el rostro del Pacífico, del Santo, del Dios hecho Carne, todo envuelto todavía en la luminosidad dejada por el éxtasis. Repite:

-La paz a vosotros.

Hasta la voz es más musical que de costumbre, penetrada de notas suaves y triunfales… Poderosa, se expande sobre los mudos oyentes, busca los corazones, los acaricia, los hace reaccionar, los llama a amar.

Todos están impresionados, menos el grupo de fariseos, más secos y ásperos, más espinosos y desabridos que el propio monte, que están como estatuas de incomprensión y odio en un ángulo; y menos otro grupo que, todo blanco y apartado, escucha desde un ribazo, un grupo al que oigo que Bartolomé y el Iscariote señalan como «esenios» (y Pedro dice con tono arisco:

-¡Y así hay una camada más de gavilanes!
-¡Déjalos! ¡El Verbo es para todos! -dice Jesús sonriendo a su Pedro, aludiendo a los esenios.
Luego empieza a hablar.

-Hermoso sería que el hombre fuera perfecto como desea el Padre de los Cielos. Perfecto en todos sus pensamientos, afectos, actos. Pero el hombre no sabe ser perfecto y usa mal los dones de Dios, que ha dado al hombre libertad de obrar, aunque mandando las cosas buenas y aconsejando las perfectas, para que el hombre no pudiera decir: "No sabía".

¿Cómo usa el hombre la libertad que Dios le ha dado? Pues, la mayor parte de la Humanidad como podría usarla un niño,
o un estúpido; o como un malhechor, las otras partes. Pero luego viene la muerte.

Entonces el hombre estará sujeto al Juez, que preguntará severo:

"¿Qué uso y qué abuso hiciste de lo que te di?". ¡Tremenda pregunta! ¡Ah, entonces los bienes de la tierra, aquellos por los que tan a menudo el hombre se hace pecador, con qué claridad aparecerán menores que briznas de paja! Pobre -una pobreza eterna -, despojado de un vestido irreemplazable, estará abatido y tembloroso ante la majestad del Señor, y no hallará palabra con que justificarse.

Porque en la Tierra es fácil justificarse, engañando al pobre ser humano. Pero en el Cielo esto no puede suceder.

A Dios no se le engaña. Jamás. Y Dios no acepta contubernios. Jamás.

¿Cómo salvarse entonces? ¿Cómo hacer que sirva todo para la salvación, incluso lo que proviene de la Corrupción, que ha mostrado los metales y las gemas como instrumentos de riqueza, que ha encendido ansias de poder y apetitos carnales?

¿No podrá entonces el hombre -que, por muy pobre que sea, siempre puede pecar deseando inmoderadamente el oro, los cargos, la mujer, haciéndose a veces ladrón de estas cosas para poseer lo que el rico tenía -, no podrá entonces el hombre, sea pobre o sea rico, salvarse nunca? Sí puede.

¿Cómo? Aprovechando la abundancia para el Bien, aprovechando la miseria para el Bien. El pobre que no envidia, que no impreca ni atenta contra lo que a otros pertenece, sino que se conforma con lo que tiene, ése, aprovecha su humilde condición para obtener de ella santidad futura. En verdad, la mayoría de los pobres lo sabe hacer. Menos lo saben hacer los ricos, para los cuales la riqueza es una continua trampa de Satanás, de la ternaria concupiscencia.

Mas oíd una parábola, y veréis que también los ricos pueden salvarse a pesar de ser ricos, o reparar sus pasados errores con un buen uso de las riquezas, aunque hayan sido adquiridas mal. Porque Dios, el Bonísimo, deja siempre muchos medios a sus hijos para que se salven.
Había, pues, un rico que tenía un administrador.

Algunos, enemigos de éste porque envidiaban el buen puesto que tenía, o muy amigos del rico y por tanto, celosos de su bienestar, acusaron al administrador ante su jefe. "Disipa tus bienes. Se queda con una parte. No se preocupa de que produzcan. ¡Ten cuidado! ¡Defiéndete!".

El rico, oídas estas repetidas acusaciones, ordenó al administrador que compareciera ante él. Y le dijo: "Me han dicho de ti esto y aquello.

¿Cómo es que has actuado así? Ríndeme cuentas de tu administración porque ya no te permito que sigas llevándola. No puedo fiarme de ti ni puedo dar un ejemplo de injusticia y de excesiva condescendencia que induciría a los consiervos a actuar como tú has obrado. Ve y regresa mañana con todas las escrituras, para que las examine y vea cuál es la situación de mis bienes, antes de confiarlos a un nuevo administrador".

Y despidió al administrador, que se marchó pensativo diciendo para sí: "¿Y ahora? ¿Cómo me las voy a arreglar ahora que el amo me quita la administración? No tengo ahorros porque, convencido como estaba que no me iban a pillar, dilapidaba en mis placeres todo lo que distraía. Entrar como labrador, y además subordinado, no me hace ninguna gracia, porque ya no tengo costumbre de trabajar y siento el peso de las juergas. Pedir limosna me hace menos gracia todavía. ¡Demasiada humillación! ¿Qué voy a hacer?".

Pensando y pensando, encontró la manera de salir de la penosa situación. Dijo: "¡Ya sé! Con el mismo medio con que me he asegurado una buena vida hasta ahora, en el futuro me voy a asegurar amigos que me reciban, por agradecimiento, cuando ya no tenga la administración.

Quien hace favores tiene siempre amigos. Vamos, pues, a hacer favores para recibirlos; inmediatamente además, antes de que la noticia se difunda y sea demasiado tarde".
Y fue a casa de los distintos deudores de su amo. Dijo al primero: "¿Cuánto debes a mi jefe, por la suma que te prestó en la primavera de hace tres años?".
El interlocutor respondió: "Cien barriles de aceite por la suma y los intereses".

"¡Vaya, hombre, pobrecillo! ¡Tú que estás tan cargado de prole, afligido por enfermedades de tus hijos, tener que dar tanto!… ¿Pero no te dio por un valor de treinta barriles?".

"Sí. Pero tenía urgente necesidad, y me dijo: "Yo te lo doy. Pero con la condición de que me devuelvas todo lo que esta suma te produzca en tres años". Ha producido por un valor de cien barriles. Tengo que entregarlos".

« ¡Pero hombre, es usura! No, no. É1 es rico, y a ti poco te falta para pasar hambre. El tiene poca familia; tú, mucha. Escribe que te ha producido por valor de cincuenta barriles y despreocúpate ya de ello. Yo juraré que es verdad, y tú tendrás bienestar".

« ¿No me traicionarás, no? ¿Si viene a saberlo?".
« ¡Pero hombre!… Yo soy el administrador, y lo que juro es sagrado. Haz lo que te digo y vive feliz".
El hombre escribió, entregó y dijo: "¡Bendito seas, amigo y salvador mío! ¿Cómo pagarte esto?".

"¡Con nada! Esto significa que si por ti sufriera algún daño y me echaran, me recibirías por agradecimiento".
"¡Hombre claro! ¡Claro! Puedes contar con ello".

El administrador fue a casa de otro deudor, y mantuvo más o menos la misma conversación. Éste tenía que devolver cien fanegas de trigo porque durante tres años la sequía había destruido sus cereales y había tenido que pedir al rico para dar de comer a la familia.

"¡No hombre, no te preocupes de doblar lo que te dio! ¡Negar el trigo! ¡Exigir el doble a uno que tiene hambre e hijos, mientras que su trigo se agorgoja en los graneros por sobreabundancia! Escribe ochenta fanegas".

"¿Pero si se acuerda de que me dio veinte, y veinte y luego diez?". "¿Cómo se va a acordar? Te las di yo, y yo no quiero acordarme. Hazlo así. Haz como te digo y arregla tu situación. ¡Hace falta justicia entre pobres y ricos! Por mi parte, si fuera yo el patrón, hubiera pedido sólo las cincuenta, y quizás las perdonase incluso".

"Tú eres bueno. ¡Si fueran todos como tú! Recuerda que ésta es una casa amiga para ti".

El administrador fue a ver a otros, usando el mismo método, manifestándose dispuesto a sufrir para subsanar las cosas con justicia. Y le llovieron bendiciones y ofertas de ayuda.

Despreocupado ya respecto al futuro, fue tranquilo a ver a su jefe, el cual, por su parte, había estado siguiendo los pasos del administrador y había descubierto su juego. Y, no obstante, lo alabó diciendo: "Tu acción no es buena. No te alabo por ella. Pero debo alabarte por tu sagacidad. En verdad, en verdad los hijos del siglo son más astutos que los hijos de la luz".

Y Yo os digo también lo que dijo el rico: "El fraude no es una cosa bonita y nunca alabaré por él a ninguno. Pero os exhorto a ser, al menos en cuanto hijos del siglo, astutos con los medios del siglo, para darles un uso como monedas para entrar en el Reino de la Luz".

O sea, con las riquezas terrenas, medios injustos en la repartición y usados para alcanzar un bienestar transitorio que no tiene valor en el Reino eterno, haceos amigos que os abran las puertas de él. Haced el bien con los medios de que disponéis, restituid lo que vosotros, u otros de vuestra familia, hayáis tomado sin derecho, separaos del apego enfermo y culpable hacia las riquezas.

Y todas estas cosas serán como amigos que, en la hora de la muerte, os abrirán las puertas eternas y os recibirán en las moradas bienaventuradas.

¿Cómo podéis exigir que Dios os dé sus bienes paradisíacos, si veis que no sabéis hacer buen uso ni siquiera de los bienes terrenos? ¿Pretendéis que, suponiendo un imposible, admita en la Jerusalén celeste elementos disipadores? No, nunca. Allá arriba se vivirá con caridad y con generosidad y justicia. Todos para Uno y todos para todos. La comunión de los santos es sociedad activa y honesta, es sociedad santa. Y ninguno que haya mostrado ser injusto e infiel puede entrar en ella.

No digáis: "Pero allá arriba seremos fieles y justos, porque tendremos todo sin sujeción a temor alguno". No. El que es infiel en lo poco sería infiel aunque poseyera el Todo, y quien es injusto en lo poco es injusto en lo mucho.

Dios no confía las verdaderas riquezas al que en la prueba terrena muestra que no sabe hacer uso de las riquezas terrenas.

¿Cómo podrá Dios confiaros un día en el Cielo la misión de ser espíritus auxiliadores de vuestros hermanos de la Tierra, cuando habéis mostrado que arrebatar y robar, o conservar con avidez, es vuestra prerrogativa?

Por eso os negará vuestro tesoro, el que había conservado para vosotros; y se lo dará a aquellos que supieron ser astutos en la Tierra usando incluso lo injusto y malsano en obras que lo hacían justo y sano.

(El que es infiel en lo poco sería infiel aunque poseyera el Todo… La expresión, que ha de entenderse a la luz de Lucas 16, 10-12 ͘fue aclarada por MV con la siguiente observación en una copia mecanografiada: “Lenguaje figurado para hacercomprensible la comparación. Es cierto que en el Cielo no se puede pecar ni ser infieles porque los que están en el Cielo están ya confirmados en gracia y ya no pueden pecar. Pero Jesús pone esta comparación para ser, comprendido más fácilmente)

Ningún siervo puede servir a dos señores. Porque será de uno de los dos u odiará a uno de los dos. Los dos señores que el hombre puede elegir son Dios o la Ganancia, Pero, si quiere ser del primero no puede ponerse los distintivos, seguir las voces, usar los medios del segundo».

Una voz se alza del grupo de los esenios:

-El hombre no es libre para elegir. Está obligado a seguir un destino. Y no se diga que éste está distribuido sin sabiduría. Es lo contrario: la Mente perfecta ha establecido, como propio designio perfecto, el número de los que serán dignos de los Cielos. Los otros inútilmente se esfuerzan en serlo. Así es. No puede ser de otra forma.

De la misma manera que uno, saliendo de casa, puede encontrar la muerte a causa de una piedra desprendida de la cornisa, y otro, en el corazón de una batalla, se puede salvar hasta de la más pequeña herida, igualmente e1 que quiere salvarse, pero no está escrito que se haya de salvar, lo único que hará será pecar incluso sin saberlo, porque su condenación está ya designada.

-No, hombre. No es así. Y cambia de idea. Pensando así haces una grave injuria al Señor.

-¿Por qué? Demuéstramelo y me enmendaré.

-Porque tú, diciendo esto, admites mentalmente que Dios es injusto hacia sus criaturas. Él las ha creado de igual modo y con un mismo amor. Él es un Padre. Perfecto en su paternidad, como en todas las cosas.

¿Cómo puede entonces hacer distinciones y maldecir a un hombre cuando es concebido y es un inocente embrión, maldecirlo desde cuando es incapaz de pecar?

-Para resarcirse de la ofensa recibida del hombre.
-No. ¡Dios no se resarce así! No se conformaría con un mísero sacrificio como éste, de un injusto y forzado sacrificio. La culpa contra Dios sólo la puede quitar el Dios hecho Hombre. Él será el Expiador. No éste o aquel hombre.

¡Ojalá hubiera sido posible que Yo tuviera que quitar sólo 1a culpa original! ¡Que la Tierra no hubiera tenido ningún Caín, ningún Lámek, ningún pervertido sodomita, ningún homicida, ladrón, fornicador, adúltero, blasfemo, ninguno sin amor a sus padres, ningún perjuro, y así sucesivamente! Mas, de cada uno de estos pecados el pecador, y no Dios, es culpable y autor. Dios ha dejado libertad a sus hijos de elegir el Bien o el Mal.

-¡No hizo bien! -grita un escriba -¡Nos ha tentado sobremodo!. Sabiendo que éramos débiles, ignorantes, gente corrompida, nos puso en la tentación. Ello es o imprudencia o maldad. Tú que eres justo deberás convenir en que digo una verdad.

-Dices una mentira para tentarme. Dios había dado a Adán y Eva todos los consejos. ¿Y de qué sirvió?

-Hizo mal también entonces. No debía haber puesto el árbol, la tentación, en el Jardín.

-¿Y entonces dónde está el mérito del hombre?
-Hubiera prescindido del mérito. Hubiera vivido sin mérito propio, sólo por mérito de Dios.

-Te quieren tentar, Maestro. Deja a esas serpientes. Escúchanos a nosotros, que vivimos en continencia y meditación ­grita de nuevo el esenio.

-Sí, vivís así. Pero malamente. ¿Por qué no vivir así santamente?

El esenio no responde a esta pregunta, sino que pregunta:

-De la misma forma que me has dado una razón convincente sobre el libre arbitrio, y la voy a meditar sin animosidad, esperando poder aceptarla, dime ahora:

¿Crees realmente en una resurrección de la carne y en una vida de los espíritus completados por ella?

-¿Tú crees que Dios va poner fin así, sin más, a la vida del hombre?

-Pero el alma… Dado que el premio la hace dichosa, ¿para qué sirve hacer resucitar la materia? ¿Va a aumentar eso el gozo de los santos?

-Nada aumentará el gozo que un santo tendrá cuando posea a Dios. O sea, sólo una cosa lo aumentará en el último Día: el saber que el pecado ya no existe. ¿Y no te parece justo que, de la misma forma que durante este día carne y alma estuvieron unidas en la lucha por poseer el Cielo, en el Día eterno carne y alma estén unidas para gozar del premio?

¿No estás convencido de esto? ¿Y entonces por qué vives en continencia y meditación?

-Para… para ser más plenamente hombre, señor por encima de los otros animales, que obedecen a los instintos sin freno; y para ser superior a la mayor parte de los hombres, que están embadurnados de animalidad, a pesar de ostentar filacterias y fimbrias, y fórmulas, y amplias vestiduras, y se llaman "los apartados".

-¡Anatema!

Los fariseos, recibido de lleno el flechazo, que hace murmurar aprobadora a la multitud, se retuercen y gritan como endemoniados.

-¡Nos está insultando, Maestro! Tú conoces nuestra santidad. Defiéndenos -gritan gesticulando.

Jesús responde:

-También él conoce vuestra hipocresía. Las vestiduras no corresponden a la santidad. Mereced las alabanzas y entonces podré hablar. Pero a ti, esenio, te respondo que te sacrificas por demasiado poco. ¿Por qué? ¿Por quién?

¿Por cuánto? Por una alabanza humana. Por un cuerpo mortal. Por un tiempo rápido como vuelo de halcón. Eleva tu sacrificio. Cree en el Dios verdadero, en la bienaventurada resurrección, en la voluntad libre del hombre. Vive como asceta. Pero por estas razones sobrenaturales. Y con la carne resucitada gozarás de la eterna alegría.

-¡Es tarde! ¡Soy viejo! Quizás he malgastado mi vida estando en una secta de error… ¡Ya nada!…

-No. ¡Nunca es demasiado tarde para quien quiere el bien!

Oíd, vosotros pecadores, vosotros que estáis en errores, vosotros, cualquiera que sea vuestro pasado. Arrepentíos.

Venid a la Misericordia. Os abre los brazos. Os indica el camino. Yo soy fuente pura, fuente vital. Alejad de vosotros las cosas que os han descarriado hasta este momento. Venid desnudos al lavacro. Revestíos de luz.

Renaced. ¿Habéis robado como salteadores de caminos, o elegante y astutamente en las transacciones y administraciones? Venid. ¿Habéis tenido vicios o pasiones impuras? Venid. ¿Habéis sido opresores? Venid. Venid.

Arrepentíos. Venid al amor y a la paz. Dejad que el amor de Dios pueda derramarse sobre vosotros. Consolad este amor acongojado por vuestra resistencia, por vuestro miedo, por vuestra vacilación. Os lo ruego en nombre del Padre mío y vuestro. Venid a la Vida y a la Verdad, y tendréis la vida eterna.

Un hombre de la muchedumbre grita:

-¡Yo soy rico y pecador! ¿Qué debo hacer para ir?
-Renuncia a todo por amor a Dios y por amor a tu alma.

Los fariseos murmuran y satirizan a Jesús como «vendedor de cosas ilusorias y de herejías», como «pecador que pasa por santo», y le advierten que los herejes son siempre herejes, y que eso son los esenios.

Dicen que las conversiones repentinas no son sino exaltaciones momentáneas y que el impuro seguirá siéndolo siempre, el ladrón ladrón, el homicida homicida, para terminar diciendo que sólo ellos, que viven en santidad perfecta, tienen el derecho al Cielo y a la predicación.

-Era un día feliz. Una siembra de santidad caía en los corazones. Mi amor, nutrido por el beso de Dios, daba a las semillas vida. El Hijo del hombre se sentía feliz de santificar… Vosotros me amargáis el día. Pero no importa. Yo os digo -y si no soy dulce la culpa es vuestra -, Yo os digo que sois de esos que se muestran justos, o tratan de hacerlo, a los ojos de los hombres, pero que no lo son.

Dios conoce vuestros corazones. Lo que es grande a los ojos de los hombres es abominable ante la inmensidad y perfección de Dios. Vosotros citáis la Ley antigua.

¿Por qué, entonces, no la vivís? Modificáis para ventaja vuestra la Ley, cargándola con pesos que os producen una ventaja. ¿Por qué, entonces, no dejáis que Yo la modifique en favor de estos pequeños, quitándole todas las fórmulas y sutilezas cargosas, inútiles, de los preceptos que habéis establecido vosotros, tales y tantos que la Ley esencial desaparece bajo ellos y muere ahogada?

Yo siento compasión de estas turbas, de estas almas que buscan respiro en la Religión y encuentran un nudo corredizo; que buscan el amor y encuentran el terror…
No.

¡Venid, pequeños de Israel! ¡La Ley es amor! ¡Dios es amor! Esto digo a los que vosotros atemorizáis. La Ley severa y los profetas amenazadores que me han anunciado sin lograr mantener distanciado el pecado, a pesar de los gritos de su profetismo angustioso, llegan hasta Juan.

De Juan en adelante viene el Reino de Dios, el Reino del amor. Y digo a los humildes: "Entrad en él. Es para vosotros". Y todos los que tienen buena voluntad se esfuerzan en entrar. Pero, para los que no quieren agachar la cabeza, golpearse el pecho, decir: "He pecado", no habrá Reino. Está escrito: "Circuncidad vuestro corazón y no endurezcáis más vuestra cerviz".

Esta tierra vio el prodigio de Eliseo, que hizo dulces las aguas amargas echando en ellas la sal. ¿Y Yo no echo la sal de la Sabiduría en vuestros corazones? ¿Y entonces por qué sois inferiores al agua y no cambiáis vuestro espíritu? Añadid a vuestras fórmulas mi sal y tendrán un nuevo sabor, porque volverán a dar a la Ley la primitiva fuerza. En vosotros, los más necesitados, antes que en ningún otro. ¿Decís que cambio la Ley? No. No mintáis.

Devuelvo a la Ley su primitiva forma, que vosotros habéis alterado. Porque es una Ley que durará cuanto dure la Tierra, y antes desaparecerán el cielo y la tierra que uno solo de sus elementos constitutivos o de sus consejos. Y si la cambiáis, por satisfacer vuestro gusto, y entráis en sutilezas buscando escapatorias a vuestras culpas, sabed que ello no es beneficioso. ¡No es beneficioso, Samuel! ¡No es beneficioso, Isaías! Permanentemente está escrito:

"No cometas adulterio", y Yo completo: "Quien despide a su esposa para tomar otra es adúltero, y quien se casa con una mujer repudiada por su marido es adúltero, porque sólo la muerte puede dividir lo que Dios ha unido".

Pero las palabras duras son para los pecadores impenitentes. Los que han pecado pero se afligen desconsoladamente por haberlo hecho, sepan, crean que Dios es Bondad, y se acerquen a Aquel que absuelve, perdona y admite a la Vida. Salid de aquí con esta certeza.

Esparcidla en los corazones. Predicad la misericordia que os da la paz bendiciéndoos en el nombre del Señor.
La gente empieza a marcharse del lugar, lentamente (bien porque el sendero es estrecho, bien porque Jesús los atrae), pero dejan el lugar…

Se quedan con Jesús los apóstoles. A su vez se ponen en marcha, y van hablando. Buscan sombra caminando al lado de un pequeño bosquecillo de tamarices de desordenadas frondas. Pero dentro hay un esenio. El que ha hablado con Jesús. Se está quitando sus vestiduras blancas.

Pedro, que va delante de todos, lleno de estupor al ver que el hombre se queda sólo con el calzón corto, se echa a correr hacia el grupo diciendo:

-¡Maestro! ¡Un loco! El que hablaba contigo, el esenio. Se ha desnudado y llora y suspira. No podemos ir allí.

Pero el hombre, delgado, con poblada barba, su cuerpo completamente desnudo a excepción del calzón corto y las sandalias, ya sale de la espesura del bosquete y viene hacia Jesús llorando y golpeándose el pecho. Se arrodilla:

-Yo soy el curado milagrosamente en el corazón. Me has curado el espíritu. Obedezco tu palabra. Tomo nuevo vestido, de luz, dejando todo pensamiento que fuera para mí vestido de error. Me separo para meditar sobre el Dios verdadero, para obtener vida y resurrección. ¿Es suficiente? Dame el nuevo nombre y un lugar donde vivir de ti y de tus palabras.

-¡Está loco! ¡No sabemos hacerlo nosotros que oímos tantas! Y él… por un solo discurso… -comentan entre sí los apóstoles.

Pero el hombre, que lo oye, dice:

-¿Queréis poner límites a Dios? Él me ha quebrantado el corazón para darme un espíritu libre. ¡Señor!… -suplica con los brazos extendidos hacia Jesús.
-Sí. Llámate Elías y sé fuego. Aquel monte está lleno de cavernas. Ve a él, y cuando sientas temblar la tierra por un tremendo terremoto, sal y busca a los siervos del Señor para unirte a ellos. Habrás nacido de nuevo, para ser siervo tú también. Ve.

El hombre le besa los pies, se alza y se pone en camino.
-¿Pero va así desnudo? -preguntan asombrados.

-Dadle un manto, un cuchillo, yesca y eslabón, y un pan.

Caminará hoy y mañana, y luego se retirará en oración al lugar donde estuvimos nosotros. El Padre se ocupará de su hijo.

Andrés y Juan se echan a correr y le dan alcance cuando ya está para desaparecer tras un recodo.

Vuelven diciendo:

-Lo ha cogido. Le hemos indicado también el lugar donde estábamos. ¡Qué conquista tan inesperada, Señor!

-Dios hace germinar flores hasta en las rocas. También en los desiertos de los corazones hace surgir espíritus de voluntad para consuelo mío. Ahora vamos hacia Jericó. Nos alojaremos en alguna casa del campo.

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